La Pasión del Señor en la Semana Santa de Huelva (XVII)


Hermandad Sacramental de Culto, Penitencia y Caridad y Cofradía de Nazarenos del Santísimo Cristo del Perdón y Nuestra Señora de los Dolores

De la Parroquia de Santa Teresa de Jesús, en el barrio de La Orden, inicia su recorrido procesional la Hermandad del Santísimo Cristo del Perdón. El “paso” del misterio es el clásico Calvario: Jesús crucificado y muerto, y al pie de la Cruz la Virgen María y san Juan. Durante unas horas, por las calles y plazas de Huelva, este Cristo ya sin vida, nos recordará algo tan importante en la vida de los hombres como es el perdón. Ese perdón que viene de la Sangre derramada del Señor que borra los pecados, y ese perdón que debe salir siempre de nuestro corazón para perdonar a los que nos ofenden, como se lo pedimos a Dios en el Padrenuestro.

El evangelista san Lucas es el autor del libro Hechos de los Apóstoles. Comienza este libro haciendo referencia al contenido de su Evangelio: En el primer libro, ¡oh Teófilo!, traté de todo lo que Jesús hizo y enseñó. Y entre las enseñanzas de Cristo -predicadas con la palabra y con el ejemplo- está la necesidad de hacer oración. Jesús no se limita a decir que es necesario orar, sino que nos da ejemplo de vida de oración. Igualmente Cristo puso por obra lo que dijo sobre la universalidad de la virtud de la caridad, que abarca a todos. Amad a vuestros enemigos y rezad por los que os persiguen. Habiendo llegado Jesús al lugar llamado Calvario, le crucificaron allí. Y mientras sus verdugos le clavaban en la Cruz, el Señor se dirige al Padre en tono de súplica: Padre, perdónales, porque no saben lo que hacen. Sabe Jesús que su Padre es un Dios que perdona.

Cabe distinguir dos partes en la plegaria del Señor: la petición escueta: Padre, perdónales, y la disculpa añadida: porque no saben lo que hacen. En las dos se nos muestra como quien cumple lo que predica, y como modelo que imitar. Había predicado el deber de perdonar las ofensas y aun de amar a los enemigos, porque había venido a este mundo para ofrecerse como Víctima para la remisión de los pecados y alcanzarnos el perdón. Sorprenden a primera vista las disculpas con que Jesús acompaña la petición de perdón: Porque no saben lo que hacen. Son palabras del amor, de la misericordia y de la justicia perfecta que valoran hasta el máximo las atenuantes de nuestros pecados. No cabe duda de que los responsables directos tenían conciencia clara de que estaban condenando a un inocente, cometiendo un homicidio; pero no entendían, en aquellos momentos de apasionamiento, que estaban cometiendo un deicidio. En este sentido san Pedro dice a los judíos, estimulándoles al arrepentimiento, que obraron por ignorancia, y san Pablo añade que de haber conocido la sabiduría divina no hubieran crucificado al Señor de la Gloria. En esta inadvertencia se apoya Jesús, misericordioso, para disculparles. En toda acción pecaminosa el hombre tiene zonas más o menos extensas de oscuridad, de apasionamiento, de obcecación que, sin anular su libertad y responsabilidad, hacen posible que se ejecute la acción mala atraído por los aspectos engañosamente buenos que presenta. Y esto constituye una atenuante en lo malo que hacemos.

Cristo nos enseña a perdonar y a buscar disculpas para nuestros ofensores, y así abrirles la puerta a la esperanza del perdón y del arrepentimiento, dejando a Dios el juicio definitivo de los hombres. Esta caridad heroica fue practicada desde el principio por los cristianos. Así, el primer mártir, san Esteban, muere suplicando el perdón divino para sus verdugos. Esfuérzate, si es preciso, en perdonar siempre a quienes te ofendan, desde el primer instante, ya que, por grande que sea el perjuicio o la ofensa que te hagan, más te ha perdonado Dios a ti (San Josemaría Escrivá). Amor y perdón. ¿Hasta siete veces? No, hasta setenta veces siete, siempre. Que sepamos perdonar a los que no ofenden.

*****

El apóstol san Juan escribió en su primera carta: Si dijéramos que no tenemos pecado, nos engañaríamos a nosotros mismos y la verdad no estaría en nosotros. Si confesamos nuestros pecados, fiel y justo es Él para perdonarnos y limpiarnos de toda iniquidad. Jesucristo vino a la tierra para quitar el pecado del mundo. En el Evangelio aparecen constantes referencias al pecado y al perdón del Señor:

– el hijo pródigo: Padre, he pecado contra el cielo y contra ti; ya no soy digno de ser llamado hijo tuyo;

– dijo Jesús al paralítico de Cafarnaúm: Tus pecados te son perdonados;

– refiriéndose a la mujer pecadora que le ungió los pies con perfume: Por eso te digo (a Simón el leproso): le son perdonados sus muchos pecados, porque ha amado mucho;

– en la escena de la mujer adúltera: El que de vosotros esté sin pecado que tire la piedra el primero; (y dirigiéndose a la mujer): Tampoco yo te condeno; vete y desde ahora no peques más;

– transmite a los Apóstoles el poder de perdonar los pecados: A quienes les perdonéis los pecados, les son perdonados; a quienes se los retengáis, les son retenidos.

Jesucristo, en su paso por la tierra, tuvo una auténtica pasión por curar a hombres y mujeres de las enfermedades del cuerpo y del alma. No sólo devolvía la salud corporal, sino que también perdonaba los pecados. Por ejemplo, al paralítico de Cafarnaúm, que es llevado en camilla ante Jesús por cuatro amigos, además de ser curado milagrosamente, se le perdonan los pecados. María Magdalena, el Buen Ladrón, la Samaritana, Zaqueo… son algunos de los pecadores que aparecen en los Santos Evangelios perdonados por el Señor. Nuestro Señor quiso que el perdón de los pecados se consiguiese a través de un signo sensible, e instituyó el sacramento de la Penitencia. Cuando acudimos a este sacramento bien arrepentidos, con las disposiciones necesarias, tenemos la certeza de que Dios nos perdona, borra todos nuestros pecados, todas nuestras faltas.

Hay que acudir a la Confesión -o al menos tener el deseo de confesarse cuanto antes después hacer un acto de contrición- para obtener el perdón de los pecados. No basta, como dicen algunos, confesarse directamente con Dios, sin necesidad de decir los pecados al sacerdote. Porque el pecado es una ofensa a Dios. Cuando una persona ha ofendido a otra, la que pone las condiciones para otorgar el perdón es la persona ofendida y no la ofensora. Pues bien, Dios es el ofendido por el pecado, y el hombre, si quiere obtener el perdón, debe aceptar las condiciones impuestas por Dios. En el Evangelio vemos cómo Jesucristo, el mismo día de su Resurrección, confirió a los Apóstoles el poder de perdonar los pecados. Si Cristo da este poder a sus discípulos es para que éstos -y sus sucesores- lo ejerzan y para que acudamos a ellos pidiendo el perdón de nuestros pecados. Resulta ilógico que el hombre pecador quiera imponer a Dios la forma en que Éste le tiene que perdonar, o elegir otro medio no previsto ni querido por Dios para reconciliarse con Él. Y Dios -Jesucristo es verdadero Dios y verdadero Hombre- ha instituido un sacramento para perdonar los pecados. No es razonable pensar que ha instituido un sacramento innecesario, pues si uno puede obtener el perdón sin Confesión, o sin el deseo de confesarse, el sacramento de la Penitencia sobraría al no ser necesario. Y no se puede admitir que Cristo haya instituido un sacramento superfluo.

¡Santísimo Cristo del Perdón!, viéndote muerto en la cruz con todo tu cuerpo ensangrentado y contemplando esas heridas en carne inocente por nuestros pecados causadas, con lágrimas en mis ojos, sale de mi boca una voz que quema el corazón: ¡Señor, perdón! Mi llanto es de muerte y amor, al verte con ojos tristes, mi Señor -Varón de Dolores- sin apariencia humana. Y una vez más -y siempre- por la flagelación y la corona de espinas… y la cruz… y por mis pecados, ¡Señor, perdón!

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