Homilía de la Solemnidad de San José (Ciclo B)


La genealogía de Jesús que aparece en el capítulo 1 del Evangelio según san Mateo termina con este versículo: Jacob engendró a José, el esposo de María, de la que nació Jesús, llamado Cristo (Mt 1, 16). Es la primera vez que aparece el nombre de san José en los Santos Evangelios, diciendo de él que era el esposo de la Virgen María. Es de señalar que el evangelista, para indicar el nacimiento de Jesús, usa una fórmula completamente diversa de la aplicada a los demás personajes de la genealogía. La genealogía dice: Abrahán engendró a Isaac; Isaac a Jacob… (Mt 1, 2), y así con todos los que aparecen. Sin embargo, no se dice que José engendró a Jesús. El padre de Jesús es Dios, pero el santo Patriarca, al ser esposo de Santa María, fue el padre legal de Jesús.

Entre los hebreos las genealogías se hacían por vía masculina; y en las dos genealogías de Cristo contenidas en los Evangelios se ve que san José era descendiente del rey David. Y también Santa María era de linaje davídico, ya que era costumbre ordinaria celebrar los esponsales entre los miembros de una misma estirpe. Por tanto, Jesucristo descendía de David, como profetizó el profeta Natán cuando le dijo a David: Esto dice el Señor. Yo seré para él padre y él será para mí hijo (2 S 7, 14). Estas palabras las pudo decir san José con propiedad. Él tuvo la misión dada por Dios de hacer de padre de Jesús. Y así aparece repetidas en el Evangelio. Por ejemplo, cuando María y José encontraron en el Templo de Jerusalén al Niño Jesús después de estar tres días buscándole, dijo la Virgen a su Hijo: Hijo, ¿por qué nos ha hecho esto? Mira cómo tu padre y yo, angustiados, te buscábamos (Lc 2, 48).

Sobre el Santo Patriarca recayó la misión de custodiar al Hijo de Dios, al Rey del mundo; la misión de custodiar la virginidad, la santidad de María; la misión de cooperar ‑único llamado a participar del conocimiento del gran misterio escondido a los siglos‑ en la Encarnación divina y en la salvación del género humano (Pío XI, Alocución 19.III.1928).

San José merece el reconocimiento, el cariño y la devoción de todos porque supo custodiar a su esposa, Santa María, y a Jesús, nuestro Redentor. Ser “custodio” es la característica de san José: es su gran misión, ser custodio. Miremos a José como el modelo de educador, que custodia y acompaña a Jesús en su camino de crecimiento “en sabiduría, edad y gracia”. 1. En “edad”. José, junto con María, se ocupó de Jesús ante todo desde el este punto de vista, es dice, lo “crió”, preocupándose de que no le faltase lo necesario para un un desarrollo sano. José enseñó a Jesús incluso su trabajo, y Jesús aprendió a ser carpintero con su padre José. Así, José ayudó a crecer a Jesús. 2. La “sabiduría”, José educó al pequeño Jesús en la escucha de las Sagradas Escrituras, sobre todo acompañándole el sábado a la sinagoga de Nazaret. 3. La dimensión de la “gracia”. La parte reservada a san José es más limitada. Pero sería un grave error pensar que un padre y una madre no pueden hacer nada para educar a los hijos en el crecimiento en a gracia de Dios (Papa Francisco, Homilía 19.III.2014).

Habiéndose celebrado los desposorios entre María y José, pero antes de que viviesen juntos, estando Ella en su casa de Nazaret, tuvo lugar la Anunciación. El arcángel san Gabriel, de parte de Dios, pide a María su consentimiento para que la Segunda Persona de la Santísima Trinidad se encarne en sus purísimas entrañas. Al decir la Virgen hágase en mi según tu palabra (Lc 1, 38) se produjo el acontecimiento más maravilloso de la historia de la Humanidad: la Encarnación. Santa María concibió en su seno al Hijo de Dios por obra del Espíritu Santo. El evangelista san Mateo narra escuetamente este hecho: La generación de Jesucristo fue de esta manera: Su madre, María, estaba desposada con José y, antes de empezar a estar juntos ellos, se encontró encinta por obra del Espíritu Santo. José su esposo, como era justo y no quería ponerla en evidencia, resolvió repudiarla en secreto (Mt 1, 18-19). Es de suponer el desconcierto de José al darse cuenta del estado de buena esperanza de su esposa. Y sin dudar lo más mínimo de la santidad de María, decidió con gran dolor dejarla ocultamente. Para él era un sacrificio grande, como lo fue el de Abrahán cuando Dios le pidió que le ofreciera en sacrificio su hijo Isaac: renunciar a lo más precioso, a la persona más amada. Pero, como en el caso del Patriarca del Antiguo Testamento el Señor intervino: encontró la fe que buscaba y abre un camino distinto, una vía de amor y de felicidad.

Así lo tenía planeado, cuando el Ángel del Señor se le apareció en sueños y le dijo: “José, hijo de David, no temas tomar contigo a María tu mujer porque lo engendrado en ella es del Espíritu Santo” (Mt 1, 20). Dios ilumina oportunamente al hombre que actúa con rectitud y confía en el poder y sabiduría divina ante situaciones que supera la comprensión de la razón humana. Y es lo que hizo con san José. Y éste hizo lo que el ángel del Señor le había ordenado, y recibió a su esposa (Mt 1, 24). Destaca en la conducta de san José su prontitud para seguir las indicaciones que le vienen del Cielo. La vida de san José no fue fácil, pero él se movió siempre de la lógica divina. Otro, tal vez, se hubiera rebelado ante tan continuo cambio de planes, ante tanta contrariedad (viajes inesperados en momentos inoportunos, huidas…), pero en el santo Patriarca no hubo una sola queja, ni un solo reproche. Hizo todo lo que Dios le pedía, poniendo en ello su entendimiento y su corazón, y sin necesidad de pruebas o de señales extraordinarias.

San Mateo explícitamente dice que san José era justo. El Evangelio no ha conservado ninguna palabra suya, pero su silencio está lleno de grandeza. En cambio, ha descrito sus acciones; acciones sencillas, cotidianas, que tienen a la vez el significado límpido para la realización de la promesa divina en la historia del hombre; obras llenas de la profundidad espiritual y de la sencillez madura. Fue un hombre fuerte y valiente, trabajador, pero en su alma se percibe una gran ternura, que no es la virtud de los débiles, sino más bien todo lo contrario: denota fortaleza de ánimo y capacidad de atención, de compasión, de verdadera apertura al otro, de amor. Destaca en el santo Patriarca su obediencia a lo que Dios le pide. Y se le ve como un hombre sereno, de permanente sonrisa, porque en su alma rebosaba la paz de Dios, y aunque fueron muchas y muy graves las dificultades que debió afrontar, jamás perdió los nervios, porque era un varón santo.

En el Calendario Litúrgico aparece otra fiesta de san José. Es la de san José Obrero, que fue instituida por el papa Pío XII el día 1 de mayo de 1955. San José cumplió con fortaleza y cariño la misión que Dios le confió. Y se hizo santo sin dejar su humilde trabajo de artesano, como para recordarnos a todos que en eso consiste la santidad: en cumplir la voluntad de Dios en el sitio donde Él nos ha colocado, haciendo muy bien y con amor las cosas corrientes de cada día. San José supo santificarse en los quehaceres cotidianos, en su taller y en su hogar, en su trabajo y en su familia. Señor, concédenos tu gracia. Ábrenos la puerta del taller de Nazaret, con el fin de que aprendamos a contemplarte a Ti, con tu Madre Santa María, y con el Santo Patriarca José ‑a quien tanto quiero y venero‑, dedicados los tres a una vida de trabajo santo. Se removerán nuestros pobres corazones, te buscaremos y te encontraremos en la labor cotidiana, que Tú deseas que convirtamos en obra de Dios, obra de Amor (San Josemaría Escrivá, Amigos de Dios, n. 72).

En Nazaret, en el hogar de la Sagrada Familia y en el taller de san José, se presenta José, María y Jesús como una familia de trabajadores. La Virgen María fue ama de casa; san José, carpintero; y Jesús, primero aprendiz de carpintería, y luego tuvo el mismo oficio de san José. Cuando Jesús va a Nazaret, una vez que ha comenzado su vida pública, en la ciudad donde se crió era conocido como el “hijo del carpintero”, o incluso “el carpintero”. En los años de su infancia, el Niño Jesús estaría muy a gusto en los brazos o sobre las rodillas de José, y más tarde siendo ya adolescente, en la carpintería cerca de José aprendiendo el oficio.

En su viaje a Tierra Santa, san Pablo VI estuvo en Nazaret, donde dijo: Nazaret es la escuela donde empieza a entenderse la vida de Jesús, es la escuela donde se inicia el conocimiento de su Evangelio. Se nos ofrece una lección de vida familiar. Que Nazaret nos enseñe el significado de la familia, su comunión de amor, su sencilla y austera belleza, su carácter sagrado e inviolable, lo dulce e irreemplazable que es su pedagogía y lo fundamental e incomparable que es su función social. Finalmente, aquí aprenderemos también la lección del trabajo. Nazaret, la casa del hijo del artesano: cómo deseamos comprender más en este lugar la austera pero redentora ley del trabajo humano y exaltarla debidamente; restablecer la conciencia de su dignidad, de manera que fuera a todos patente; recordar aquí, bajo este techo, que el trabajo no puede ser un fin en sí mismo, y que su dignidad y la libertad para ejercerlo no provienen tan sólo de sus motivos económicos, sino también de aquellos otros valores que lo encauzan hacia un fin más noble (Alocución 5.I.1964).

San José nos da una santa envidia por su cercanía con Jesús y María. Nuestro deseo es vivir como él: muy pegados a Jesús; queremos aprender de él la forma de vivir las virtudes, de santificar el trabajo y la vida familiar. Ningún hombre ha estado nunca tan cerca de Jesús como san José. ¿Acaso las palabras pueden sustituir al gozo de la compañía? No necesitamos decir nada si Cristo vive en nosotros. Por eso todos los santos han tenido una especial predilección por san José. Su secreto estaba, justamente en lo esencial: ser de Cristo, vivir en Él, con Él y para Él. Con san José, el cristiano aprende lo que es ser de Dios y estar plenamente entre los hombres, santificando el mundo. Tratad a José y encontraréis a María, que llenó de paz el amable taller de Nazaret (San Josemaría Escrivá).

La muerte de san José es uno de los silencios de su vida: no sabemos en qué momento preciso tuvo lugar. La última vez que aparece en el Evangelio es cuando Jesús tenía doce años. Parece ser que debió morir antes de que Jesús comenzara su ministerio público. Es significativo que en las bodas de Caná se diga que es invitada María y no se nombre a su esposo. También sabemos que José no estuvo en el Calvario cuando Jesús murió. Si hubiera vivido aún, Cristo no habría confiado el cuidado de su Madre al apóstol san Juan. Pero sí sabemos que no pudo tener san José una muerte más apacible, rodeado de Jesús y de María, que le atendían piadosamente. Jesús le confortaría con palabras de vida eterna. María, con los cuidados y atenciones que se tienen con un enfermo a quien se quiere de verdad. Por tanto, es lógico que san José haya sido proclamado Patrono de la buena muerte. A él acudiremos cuando tengamos que ayudar a otros en sus últimos momentos, y le pediremos ayuda cuando vayamos a partir hacia la casa del Padre. Él nos llevará de la mano ante Jesús y María.

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