Homilía del Domingo V de Cuaresma (Ciclo B)


Había algunos griegos de los que subían a adorar en la fiesta. Estos se dirigieron a Felipe, el de Betsaida de Galilea, y le rogaron: “Señor, queremos ver a Jesús”. Felipe fue a decírselo a Andrés; Andrés y Felipe fueron a decírselo a Jesús (Jn 12, 20-22). Las personas no creyentes que buscan sinceramente la verdad, nos están diciendo a nosotros, los cristianos: Queremos ver a Jesús, aunque no lo expresen con estas palabras. Están esperando que alguien las conduzcan a Cristo, que se identifica con la Verdad; y solamente en Él encontrarán la respuesta que sacie la sed de sus corazones. Y ese alguien eres tú, soy yo. A esas personas de buena fe debemos ayudarles a encontrar la estrella -como la estrella de los Reyes Magos- que indica donde está Cristo.

Existe un gran número de hombres y mujeres, con espíritu de generosidad y con buenas disposiciones, que no conocen a Cristo ni su mensaje salvífico, pero si lo conocieran, sin duda alguna, amarían al Señor. Cada uno de nosotros debemos ser esa mano amiga que les ayude a encontrar a Jesús y enseñarles a amarlo. Es preciso que seamos audaces, sintiendo la urgencia del amor de Cristo, en la labor apostólica concreta de cada uno, y en la oración y mortificación para hacer la Iglesia en esta época.

Que conozcan a Cristo, que sigan a Cristo, porque fuera de Cristo no hay paz ni felicidad; sin Cristo, no hay vida eterna. Sólo con Cristo hay libertad; sin Él el hombre está esclavizado por el pecado, es rehén de ideologías aberrantes, camina a ciegas en la oscuridad del error. Cristo es la Verdad. Conoceréis la verdad y la verdad os hará libres (Jn 8, 32). El Verbo encarnado, Palabra de verdad, nos hace libres y dirige nuestra libertad hacia el bien.

La vida de Jesucristo en la tierra obliga a los hombres a tomar postura; o con Dios, o contra Dios: El que no está conmigo, está contra mí; y el que no recoge conmigo, desparrama (Lc 11, 23).

Éste es el sentido único de la vida: conocer a Cristo. Conocer a Cristo como amigo: como alguien que se preocupa de vosotros y de las personas que viven aquí o en cualquier otro sitio, sin distinción de lengua, raza o color. Toda su vida, Jesús se muestra como nuestro modelo: Él es el “hombre perfecto” que nos invita a ser sus discípulos y a seguirle: con su anonadamiento, nos ha dado un ejemplo que imitar; con su oración atrae a la oración; con su pobreza, llama a aceptar libremente la privación y las persecuciones (Catecismo de la Iglesia Católica).

Nuestro deseo es que sean realidad las palabras del profeta Jeremías: Ya no tendrán que adoctrinar más el uno a su prójimo y el otro a su hermano, diciendo: “Conoced al Señor”, pues todos ellos me conocerán desde el menor al mayor -oráculo del Señor-, porque habré perdonado su culpa y no me acordaré más de su pecado (Jr 31-34).

Sí, hemos de ayudar a otras personas a que conozcan a Jesús, que es el Amor hecho carne. Cristo no es solamente un maestro de sabiduría, no es un ideal al que tendemos y del que nos sabemos forzosamente distantes, es el sentido de la vida y de la historia que ha puesto su tienda entre nosotros. Pero la mejor manera de ayudar a esas personas es siempre con el ejemplo de nuestra vida cristiana, dando testimonio de verdaderos discípulos de Jesús.

A quienes también hoy quieren saber quién es Jesús podemos ofrecerle tres cosas, tres: el evangelio; el crucifijo; y el testimonio de nuestra fe, pobre, pero sincera. El evangelio: allí podemos encontrar a Jesús, escucharlo, y conocerlo: para que se pueda llevar en el bolso, en el bolsillo, leerlo con frecuencia, un pasaje, un párrafo cada día, la Palabra de Dios es luz para nuestro camino. El crucifijo signo del amor de Jesús que se ha donado por nosotros; y después, una fe que se traduce en gestos simples de caridad fraterna. Pero principalmente, en la coherencia de vida entre lo que decimos y lo que vivimos. El evangelio, el crucifijo y el testimonio (Papa Francisco).

En el Evangelio está la Nueva Alianza, también profetizada por Jeremías, que ha de permanecer para siempre. Esta alianza viene definidas por tres características: es nueva, es interior y es afectiva. Es nueva no tanto en relación con la Antigua Alianza que quedó caduca, sino en cuanto es definitiva y no habrá otra. Es interior, puesto que está plasmada en el corazón de cada individuo. Su contenido es la Ley de Dios que está escrita en lo más íntimo de la persona. Pondré mi Ley en su interior y sobre sus corazones la escribiré (Jr 31, 33). Y es afectiva en cuanto que está basada en la relación amorosa entre y los suyos.

El autor sagrado de la Carta a los Hebreos nos dice que Cristo por su obediencia al Padre se convirtió en causa de salvación eterna para todos los que le obedecen (Hb 5, 9). La obediencia del Señor es para nosotros fuente de salvación y ejemplo que debemos seguir. Dios quiere que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento de la verdad (1 Tm 2, 4), es decir, al conocimiento de Cristo Jesús. Es preciso que Cristo sea anunciado a todos los hombres. La transmisión de la fe cristiana es ante todo el anuncio de Jesucristo para llevar a la fe en Él. Mostremos a ese Jesús que ha venido a la tierra para buscar a los hombres y mujeres de todos los tiempos. Como buen samaritano de la familia humana, se acercó a la gente para sanarla de sus pecados y llevarla a la casa del Padre.

Si alguno me sirve, que me siga, y donde yo esté, allí estará también mi servidor. Si alguno me sirve, el Padre le honrará (Jn 12, 26). Jesucristo quiere que cada uno de nosotros le sirva. Es un misterio de los designios divinos que Él -que es todo, que tiene todo y no necesita de nada ni de nadie- quiera necesitar de nuestro servicio para que su doctrina y la salvación operada por Él lleguen a todos hombres. Seguir a Cristo: éste es el secreto. Acompañarle tan de cerca, que vivamos con Él, como aquellos primeros doce; tan de cerca, que con Él nos identifiquemos. En este esfuerzo por identificarse con Cristo, he distinguido como cuatro escalones: buscarle, encontrarle, tratarle, amarle. Quizá comprendéis que estáis como en la primera etapa. Buscadlo con hambre, buscadlo en vosotros mismos con todas vuestras fuerzas. Si obráis con este empeño, me atrevo a garantizar que ya lo habéis encontrado, y que habéis comenzarlo a tratarlo y a amarlo, y a tener vuestra conversación en los cielos (San Josemaría Escrivá, Amigos de Dios, nn. 299-300).

Ante las dificultades de la vida, y en un ambiente lleno de materialismo sin dejar espacio al espíritu, hay quienes se preguntan: ¿Qué puedo hacer yo para sanar a una sociedad profundamente cansada y enferma? ¿Cómo dar sentido a la vida? Para el cristiano que es coherente con su fe ese sentido tiene un nombre: el nombre de Jesucristo. Ha encontrado a Jesús. Él se ha convertido en su esperanza. Sólo Él es la solución de los problemas de la humanidad; sólo Él es la verdadera salvación del mundo. Él es el maestro, el único cuyas enseñanzas no pasan, el único que enseña con autoridad divina.

“¿Buscáis a Jesús el Nazareno, el crucificado? No está aquí, ha resucitado” (Mc 16, 6). Así dijo el mensajero de Dios, vestido de blanco, a las mujeres que buscaba el cuerpo de Jesús en el sepulcro. Y lo mismo nos dice también a nosotros el evangelista: Jesús no es un personaje del pasado. Él vive y, como ser viviente, camina delante de nosotros; nos llama a seguirlo a Él, el viviente, y a encontrar así también nosotros el camino de la vida (Benedicto XVI, Homilía 15.IV.2006). En nuestro caminar por los senderos de la verdad, la sinceridad y la autenticidad, tenemos un modelo ideal. Ese modelo es Jesucristo, Cristo en su humanidad, Cristo hombre. Pero tengamos en cuenta de que Él no es sólo nuestra meta; es también el camino que conduce a donde vamos. En ese camino actúa como Pastor; llega incluso a entregarse a sí mismo como alimento para el viaje.

Jesucristo aprovecha la presencia de aquellos griegos para hablar de su sacrificio redentor. Ahora mi alma está turbada. Y ¿que voy a decir? ¡Padre, líbrame de esta hora! Pero ¡si he llegado a esta hora para esto! (Jn 12, 27). Ante la evocación de la muerte que le espera, Jesucristo se turba y se dirige al Padre con una oración muy parecida a la de Getsemaní. De este modo el Señor, en cuanto hombre, busca filialmente apoyo en el amor y en el poder de su Padre Dios, para fortalecerse y ser fiel a su misión. Es un consuelo para nosotros, tantas veces débiles en el momento difícil de la prueba; entonces, como Jesús, hemos de apoyarnos en la fuerza de Dios: porque Tú eres mi fortaleza y mi refugio (Sal 30, 4).

¡Padre, glorifica tu nombre! Entonces vino una voz del cielo: Lo he glorificado y de nuevo lo glorificaré (Jn 12, 28). Esta petición que hace Jesucristo a su Padre es semejante a la que viene en el Padrenuestro, la oración aprendida de labios del Señor: Santificado sea tu Nombre. En la Sagrada Escritura “gloria” indica santidad y el poder de Dios. La respuesta a la petición de Jesús es una nueva teofanía donde, al igual de las del Bautismo de Cristo y la de la Transfiguración, Dios Padre da testimonio de la divinidad de Jesucristo. En esta teofanía la voz del Padre ratifica de modo solemne que en el Señor habita la plenitud de la divinidad.

Ahora bien, la afirmación de la divinidad de Jesús no debe servir de pretexto para atenuar su condición humana. Jesús es el Hijo de Dios, preexistente en el seno del Padre, que subsiste en una naturaleza humana singular: es el Hijo quien siente, quien habla, quien mira, quien sufre, quien desea, quiere, entiende, confía en el Padre, ama, obedece y se entrega humanamente, con toda la verdad de su naturaleza humana. Y como hombre muere. Y yo, cuando sea levantado de la tierra, atraeré a todos hacia mí. Señalando de que muerte iba a morir (Jn 12, 32-33). El Señor desde la Cruz atrae a todos los hombres, pues todos pueden contemplarlo crucificado.

Cada cristiano, siguiendo a Cristo, ha de ser una bandera enarbolada, una luz puesta sobre el candelero: bien unido por la oración y mortificación a la Cruz, en cada momento y circunstancia de la vida, ha de manifestar a los hombres el amor salvador de Dios Padre.

Si buscas a María, encontrarás “necesariamente” a Jesús, y aprenderás ‑siempre con mayor profundidad‑ lo que hay en el Corazón de Dios (San Josemaría Escrivá, Forja, n. 661). La Virgen hará que cada día conozcamos mejor a su Hijo.

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