La Pasión del Señor en la Semana Santa de Huelva (XX)


Hermandad de Penitencia y Cofradía de Nazarenos del Santísimo Cristo de la Sangre, Nuestra Señora del Valle, San Sebastián Mártir y Santa Ángela de la Cruz

Muerte victoriosa la tuya. Pero el triunfo derramado en tus venas se ocultaba celosamente, y para los que te vieron eras sólo un despojo humano, unos restos inútiles… Dios sin vida para hacernos vivir. Dejaste de alentar para infundirnos aliento. Te sometiste al abandono, a la traición, al desamparo, para que cifremos nuestra dicha en sentirnos abandonados, traicionados, desvalidos. Y nuestra desconfianza es tan grande que todavía nos obstinamos en temer, estremeciéndonos ante la posibilidad de morir. No olvidemos que, en tu muerte, nos abriste las puertas de Ti mismo y la mansión de tu amor (Ernestina de Champourcin). Sirvan de introducción estas letras de la poeta de la generación del 27 para considerar el valor redentor de la Preciosísima Sangre de Jesucristo.

La Hermandad conocida como la de los Estudiantes tiene de Sagrado Titular al Santísimo Cristo de la Sangre. En el “paso” está la imagen del Señor muerto en la Cruz. De las cinco llagas sale la Sangre redentora de Jesús. Esa Sangre que ya fue derramada a los ocho días de nacer el Señor cuando fue circuncidado; la misma Sangre de la que una sola gota puede liberar de todos los crímenes al mundo entero (Santo Tomás de Aquino). Sangre del Redentor, Sangre divina. Sudor de gotas de sangre en Getsemaní, sangre que enrojece sus espaldas desnudas al látigo, sangre de sus sienes por las espinas de la corona, sangre de sus manos y pies taladrados por los clavos, sangre que mana de la llaga del costado. ¡Sangre divina, Sangre del Redentor!

Con tu sangre has comprado para Dios hombres de toda tribu, lengua, pueblo y nación; has hecho de ellos una dinastía sacerdotal, que sirva a Dios y reine sobre la tierra, escribió san Juan en el Apocalipsis. Sí, la sangre de Jesucristo, derramada en la Cruz por nosotros, ha sido el precio que Dios ha pagado para rescatarnos de nuestra antigua condición de esclavos del pecado, como afirma repetidas veces la Escritura. Este elevado precio nos hace ver el valor inmenso que nuestra persona tiene a los ojos de Dios, y el aspecto, doloroso y sacrificial, por parte de Cristo, de nuestra salvación.

Señor, al derramar tu Sangre nos libra de la esclavitud de la muerte. Tu Sangre rompe las cadenas del pecado. Tu Sangre, Señor, quita las penas y todas nuestras inquietudes. Señor, tu preciosa Sangre ha lavado y blanqueado las vestiduras de los santos. Señor, tu preciosa Sangre es fortaleza en la tribulación y en el sufrimiento de hombres y mujeres dóciles a los designios divinos. Señor, tu preciosa Sangre hace afrontar pruebas, persecuciones y martirio a los que perseveran en tu amor. Señor, riega con tu Sangre este valle de lágrimas… y florecerán virtudes.

El cristianismo nace de un acto sublime de fortaleza y de caridad: la muerte de Cristo en la Cruz; y se ha desarrollado gracias también a la sangre de los mártires. Nadie como el cristiano se siente comprendido en sus flaquezas, disculpado en sus errores, perdonado en sus pecados. Pero nadie como el cristiano se sabe solicitado al ejercicio de la fortaleza, hasta el extremo.

La muerte de san Esteban, el primer mártir cristiano, fue el inicio de la violenta persecución que la Iglesia ha sufrido en el pasado y que padece en nuestros días. Durante toda su historia, la Iglesia ha sido perseguida. Los dos mil años transcurridos desde el nacimiento de Cristo se caracterizan por el constante testimonio de los mártires, verdaderos testigos de la fe. El número de mártires es incontable. Es una corona de gloria para la Iglesia. Personas de todas clases sociales -hombres y mujeres, ancianos y niños, eclesiásticos y seglares- sufrieron por su fe, pagando con la sangre su adhesión a Cristo y a la Iglesia. En todos ellos, algo común: murieron perdonando. La liturgia de la Iglesia ha resumido la ascética y la teología del martirio en el prefacio que celebra a los mártires cristianos: La sangre del glorioso mártir derramada, como la de Cristo, para confesar tu nombre, manifiesta las maravillas de tu poder; pues en su martirio, Señor, has sacado fuerza de lo débil, haciendo de la fragilidad tu propio testimonio.

El martirio es un acto supremo de valor y de verdadera prudencia, que a los ojos del mundo puede padecer locura. Es además una expresión de humildad, porque el mártir no es presuntuoso o un bravucón que confía sólo en sus fuerzas, sino un hombre débil como los demás, que lo podrá todo en la gracia de su Señor. A pesar de su carácter extraordinario, la figura del mártir revela a los cristianos las posibilidades de la naturaleza que se abre a la fuerza de Dios y señala una pauta real y simbólica a la vez, para la conducta de todo discípulo de Jesucristo.

Los mártires permanecen fieles a la fe en Cristo, aunque en ello les vaya la vida. Y derraman su sangre en testimonio valiente y heroico de la fe. Su muerte es serena y llena de esperanza. Dejan esta vida terrena y alcanzan la vida eterna. A cada uno de ellos le dice el Señor: Mira, vengo pronto y traigo mi recompensa conmigo para pagar a cada uno según su trabajo. Dichosos los que laven sus vestiduras, así podrán disponer del árbol de la Vida y entrarán por las puertas en la Ciudad. De ahí su confianza de entrar en el Cielo.

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Siempre la Iglesia ha afirmado la excelencia del martirio por causa de la fe. Aunque existen modos heroicos de imitar y seguir al Señor que no llevan consigo el derramamiento de sangre y el dramatismo de la muerte cruenta, deben saber todos los cristianos que esta magnífica confesión de fe siempre será actual y en ocasiones necesaria. También en nuestros días los cristianos son perseguidos. Para encontrar mártires no es necesario ir a las catacumbas o al Coliseo: los mártires están vivos ahora, en muchos países. Los cristianos son perseguidos por la fe. En algunos países no pueden llevar la cruz: son castigados si lo hacen. Hoy, en el siglo XXI, nuestra Iglesia es una Iglesia de mártires (Papa Francisco).

El Señor advirtió a los suyos: Seréis odiados de todos por causa de mi nombre; pero el que persevere hasta el fin, ése será salvo. La vida del cristiano no está exenta de dificultades. Cristo dijo a sus discípulos: En el mundo tendréis tribulación, pero confiad: yo he vencido al mundo. A lo largo de la historia han sido muchísimos -una infinidad- los cristianos perseguidos, que han padecido, abierta o solapadamente, los efectos del odio al Evangelio. Contra ellos han atentado en sus vidas, fama y bienes. Sin embargo, todo esto es nada en comparación de la gloria con que Dios les ha premiado.

La victoria de los mártires, su testimonio del poder del amor de Dios, sigue dando frutos en la Iglesia, que sigue creciendo gracias a su sacrificio. Jesús pide al Padre que nos consagre y proteja, pero no que nos aparte del mundo. Sabemos que Él envía a sus discípulos para que sean fermento de santidad y verdad en el mundo: la sal de la tierra, la luz del mundo. En esto, los mártires nos muestran el camino. Los mártires nos invitan a poner a Cristo por encima de todo y a ver todo lo demás en relación con Él y con su Reino eterno. Nos hace preguntarnos si hay algo por lo que estaríamos dispuestos a morir (Papa Francisco). Sí, el testimonio de los mártires da su fruto, como bien lo expresó un escritor eclesiástico: La sangre de los mártires es semilla de nuevos cristianos (Tertuliano).

La Hermandad del Santísimo Cristo de la Sangre tiene su sede canónica en la Parroquia de San Sebastián. El santo Patrón de Huelva tiene la doble palma del martirio. Derramó su sangre primeramente al ser asaetado, y después en el segundo y definitivo martirio, cuando fue apaleado hasta la muerte. Y la diócesis de Huelva cuenta en su santoral varios mártires. Los hermanos san Walabonso y santa María, de Niebla, que sufrieron martirio por su fe en Cristo, en el siglo IX, a manos de los mahometanos de Córdoba. De Ayamonte es el beato Vicente de San José Ramírez, que confesó su fe derramando su sangre en el siglo XVII, en Japón. Y también están mártires onubenses de la persecución religiosa que hubo en España en el siglo XX. El beato Manuel Gómez Contioso, sacerdote salesiano, natural de Moguer, asesinado por su condición religiosa en Málaga; la beata María Dolores Barroso Villaseñor, nació en Bonares, era de la Congregación de la Hijas de la Caridad, y murió mártir en Madrid; el beato Pedro Velasco Narbona, carmelita, nacido en Minas de Riotinto, y asesinado por su fe católica en Hinojosa del Duque; el beato José María Mateos Carballido, sacerdote de la Orden Carmelita, nació en Encinasola y murió mártir en Montoro. A estos hay que añadir el sacerdote agustino beato José Agustín Fariña Castro, que estuvo en el colegio de los agustinos de Huelva y fue asesinado en Paracuellos del Jarama; y la beata Carmen Moreno Benítez, directora del colegio de las salesianas de Valverde del Camino durante unos años, y que murió mártir en Barcelona. Todos ellos murieron perdonando y derramando su sangre como una exigencia de su fe para unirla a la Sangre Redentora de Cristo.

Santísimo Cristo de la Hermandad de los Estudiantes, Tú que has redimido a todos los hombres con tu preciosa Sangre, conserva en nosotros la acción de tu misericordia para que podamos conseguir los frutos eternos de nuestra salvación.

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