La Pasión del Señor en la Semana Santa de Huelva (XXI)


Devota y Fervorosa Hermandad de Caridad y Cofradía de Nazarenos del Santísimo Cristo de la Sagrada Lanzada, María Santísima del Patrocinio, San Juan Evangelista y Nuestra Señora de los Dolores

La Parroquia de Nuestra Señora de los Dolores fue fundada en la década de los cincuenta del siglo XX, debido al desarrollo de la ciudad y de la expansión del barrio de Las Colonias donde se ubica, y es la sede canónica de la Hermandad del Santísimo Cristo de la Sagrada Lanzada desde su fundación. En el “paso” del misterio vemos a Cristo muerto en la Cruz y a un soldado romano -la tradición le ha dado el nombre de Longinos- que montado en un caballo atraviesa con su lanza el costado del Señor ante el desconsuelo de la Madre de Jesús, del apóstol san Juan y de María Magdalena. Y es precisamente el Discípulo Amado quien narra en su Evangelio este episodio de la lanzada.

Los judíos, como era el día de la Preparación, para que no quedasen los cuerpos en la cruz el sábado -porque aquel sábado era muy solemne- rogaron a Pilato que les quebraran las piernas y los retiraran. Fueron, pues, los soldados y quebraron las piernas del primero y del otro crucificado con él. Pero al llegar a Jesús, como lo vieron ya muerto, no le quebraron las piernas, sino que uno de los soldados le atravesó el costado con una lanza y al instante salió sangre y agua. El que lo vio lo atestigua y su testimonio es válido, y él sabe que dice la verdad, para que también vosotros creáis. Y todo esto sucedió para que se cumpliera la Escritura: No se le quebrará hueso alguno. Y también otra Escritura dice: Mirarán al que traspasaron.

Jesús muere en la víspera de la Pascua judía, cuando en el Templo se inmolaban oficialmente los corderos pascuales. Al subrayar esta coincidencia el Evangelista insinúa que el Sacrificio de Cristo sustituía a los sacrificios de la antigua Ley e inauguraba la Nueva Alianza con su Sangre. Como la Ley de Moisés mandaba que los ajusticiados no permaneciesen colgados del madero al llegar la noche, los judíos piden al procurador romano que aceleren la muerte. Cuando llegaron los soldados enviados por Pilato para esta misión Jesucristo ya había muerto. Y es entonces cuando uno de aquellos soldados clavó su lanza en el costado del Señor. Y esto fue permisión de la divina providencia, a fin de que, brotando de la herida sangre y agua, se derramase el precio de nuestra salud, el cual, manando de la fuente arcana del corazón, diese a los sacramentos de la Iglesia la virtud de conferir la vida de la gracia, y fuese para los que viven en Cristo como una copa llenada en la fuente viva, que salta hasta la vida eterna (San Buenaventura).

En el Gólgota, el Cuerpo sin vida del Redentor, libre ya de dolores, es atravesado por una lanza, y su Corazón… traspasado de amor. Del costado abierto por la lanzada se abrió la puerta de la vida… y del Corazón de Jesús brotó con fuerza sangre y agua… manaron los sacramentos, simbolizados por la Sangre pura y el agua limpia salidas de la saludable herida. Los Sacramentos nos concede la gracia y alimenta nuestra fe y nuestro amor. La llaga se hizo manantial de gracia. La muerte del Señor da vida a los muertos. Así como del costado del primer padre dormido Dios formó a la primera mujer, del costado del Crucificado muerto salió la Iglesia, Esposa de Cristo.

Dios permitió la lanzada para que a través de la llaga abierta en el costado de Jesús tuviéramos fácil acceso a su Corazón Sacratísimo y Misericordioso, a la amistad con Él. El corazón, en el lenguaje bíblico, y aun en nuestro lenguaje habitual, representa la sede de nuestros sentimientos, de nuestra afectividad y, sobre todo, de nuestro amor. Y llegar, por tanto, al Corazón de Jesús es sentir el inmenso amor que el Señor nos tiene, amor que culminó en la prueba máxima de dar la vida por cada uno de nosotros. En su Corazón descubrimos la fidelidad humilde y la mansedumbre del amor de Cristo, revelación de la misericordia de Dios. Es el Corazón que más ha amado y sigue amando a todos los hombres, también a los que le crucificaron y al que lo traspasó con la lanza. Por eso le pedimos al Señor que nuestro corazón sea semejante al suyo: manso y humilde, puro, misericordioso y compasivo; porque la fidelidad de Dios nos enseña a acoger la vida como un acontecimiento de su amor y nos permite testimoniar este amor al prójimo.

Nuestro destino es ser amigos suyos. Nosotros no lo somos y nos alejamos, con nuestros pecados, con nuestros caprichos y muchas otras cosas. Él es fiel a la amistad porque nos ha llamado a vivirla. Nos ha elegido para ser sus amigos: “Ya no os llamo siervos, a vosotros os amigos”. ¿Cómo habla Jesús a Judas, en el momento de la traición?: “Amigo, ¿a qué vienes?” . Él es fiel. No le dice: “Vete porque tú te has alejado de mí. Vete”. ¡No! Él hasta el final es fiel al don de la amistad (Papa Francisco). Por eso podemos confiar plenamente en el Señor. Jamás nos defraudará el más fiel Amigo que tenemos. Sagrado Corazón de Jesús, en Vos confío.

*****

San Juan da un testimonio veraz acerca de los sucesos de la vida del Señor. Él conoció a Jesús desde el principio de la vida pública del Maestro, y estuvo al pie de la Cruz. La alusión que hace de la Escritura se refiere al precepto de la Ley de no romper ningún hueso al cordero pascual, y con esto nos dice que Jesús es el verdadero Cordero pascual que quita el pecado del mundo. Y termina el relato de la Pasión del Señor con el siguiente versículo del profeta Zacarías: Derramaré sobre la casa de David y sobre los habitantes de Jerusalén un espíritu de gracia y de oración; y mirarán hacia mí. En cuanto a aquél a quien traspasaron, harán lamentación por él como lamentación por hijo único, y le llorarán amargamente como se llora amargamente a un primogénito, que preanunciaba la Salvación por el sufrimiento y muerte misteriosos de un Redentor. El Discípulo Amado evoca con este texto profético la salvación realizada por Jesucristo que, clavado en la Cruz, ha cumplido la promesa divina de Redención. Todo aquél que le mire con fe recibe los frutos de su Pasión. Mirad al árbol de la Cruz, donde estuvo clavada la salvación del mundo, y desde los primeros tiempos de la Iglesia el Crucifijo es el signo que recuerda a los cristianos el momento supremo del amor de Cristo que, muriendo, nos libra de la muerte eterna.

La presencia del Cristo de la Lanzada en las calles y plazas de Huelva es una invitación que el Señor hace a todos los fieles onubenses para que nos introduzcamos en su Corazón a través de la llaga de su costado. Por el Corazón de Jesús sabemos quién es Dios y lo vemos. Dios “sintió” por el Corazón de su Hijo Encarnado, y pudo sufrir, llorar, alegrarse, entregarse como los amantes de este mundo. El Sagrado Corazón es la encarnación del amor de Dios, y como escribió san Pablo: En Él habita realmente toda la plenitud de Dios. Por medio de ese Corazón podemos también amarlo humanamente.

Santa Margarita María de Alacoque, cuya razón de su vida fue dar a conocer a todos el amor de Dios, revelado por Jesucristo, y simbolizado en su Corazón, un buen día vio el Corazón de Jesús, que es amor personificado. Vio un corazón de carne que se elevaba en las enormes llamas del amor divino, atormentado y atravesado por una corona de espinas de los innumerables pecados de la Humanidad y sangrando continuamente. Este Corazón es un mar sin límites del amor y del sufrimiento que exige nuestro amor, nuestra compasión y nuestro consuelo. Es la imagen y la encarnación de la entrega insondable de Dios a los hombres; una imagen, pero al mismo tiempo esta enorme realidad: Dios se entrega y diviniza al hombre. La Humanidad de Nuestro Redentor, de nuestro único Salvador es el camino que nos lleva hasta Dios. Su Sagrado Corazón quiere nuestro corazón y nos habla: Dame tu corazón, es decir, tu persona, tu cuerpo y tu alma, ese yo que no podría sustituir nadie más. Es nuestro corazón lo que Dios quiere de nosotros.

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