Solemnidad de la Encarnación del Señor. Homilía (Ciclo B)


La Encarnación del Hijo de Dios es un maravilloso misterio, ante el cual lo lógico es doblar la rodilla por la grandeza del amor de Dios. Ese Dios que le pide a una mujer -eso sí, la criatura más santa y perfecta salida de las manos divinas- un lugar en su seno para asumir la naturaleza humana.

¿Por qué la Encarnación? El primer motivo: la Redención del género humano. El Verbo se encarnó para salvar al hombre reconciliándolo con Dios: Dios nos amó y nos envió a su Hijo como propiciación por nuestros pecados (1 Jn 4, 10); El Padre envió a su Hijo para ser salvador del mundo (1 Jn 4, 14); Él se manifestó para quitar los pecados del mundo (1 Jn 3, 5). El segundo motivo: Hacer a los hombres hijos de Dios. El Verbo se hizo hombre para hacernos partícipes de la naturaleza divina (2 P 1, 4). Porque tal es la razón por la que el Verbo se hizo hombre, y el Hijo de Dios, Hijo del hombre: para que el hombre al entrar en comunión con el Verbo y al recibir así la filiación divina, se convirtiera en hijo de Dios (San Ireneo, Adversus haereses, 3, 19, 1). El tercer motivo: Manifestación del amor de Dios. La Segunda Persona de la Santísima Trinidad se encarnó para que el hombre conociese así el amor de Dios: En esto se manifestó el amor que Dios nos tiene: en que Dios envió al mundo a su Hijo único para que vivamos por medio de Él (1 Jn 4, 9). El cuarto motivo: Mostrar el único modelo de santidad. El Hijo se encarnó para ser modelo de santidad: Tomad sobre vosotros mi yugo, y aprended de Mí (Mt 11, 29).

En la primera lectura de la Misa de la Encarnación del Señor se lee: Escuchad, pues, casa de David: ¿Os parece poco cansar a los hombres, que cansáis también a mi Dios? Pues bien, el Señor mismo va a daros una señal: He aquí que una virgen está encinta y va a dar a luz un hijo, y le pondrá por nombre Enmanuel (Is 7, 13-14). En el Nuevo Testamento las palabras del profeta se cumplieron al llegar la plenitud de los tiempos en su sentido más profundo: María es Virgen y es Madre, y su Hijo no es un símbolo de la protección de Dios sino la realidad del Dios verdadero que habita entre nosotros.

Santa María aparece proféticamente en varios pasajes del Antiguo Testamento. Ya en el Paraíso, en la promesa hecha por Dios a nuestros primeros padres acerca de la victoria sobre la serpiente. Igualmente, Ella es la virgen profetizada por Isaías. Su Hijo será el Enmanuel, Dios-con-nosotros (Mt 1, 23). Con Santa María, excelsa Hija de Sión, concluye la larga espera de la humanidad en la venida del Mesías. Es el momento en que el Hijo de Dios tomó de María la naturaleza humana para librar al hombre del pecado por medio de los vividos en su carne.

En el Nuevo Testamento el nombre Enmanuel subraya la realidad gozosa de que Jesús es en verdad Dios con nosotros. Y el Verbo se hizo carne, y habitó entre nosotros (Jn 1, 14). El que es Dios verdadero se hace hombre verdadero, sin que falte nada a la integridad de su naturaleza humana, conservando la totalidad de la esencia que le es propia y asumiendo la totalidad de nuestra esencia humana. En multitud de pasajes del Antiguo Testamento se anuncia que Dios habitará en medio del pueblo (Jr 7, 3). A las señales de la presencia de Dios, primero en la Tienda del Santuario peregrinante en el desierto y después en el Templo de Jerusalén, sigue la prodigiosa presencia de Dios entre nosotros: Jesús, verdadero Dios y verdadero hombre, en quien se cumple la antigua promesa más allá de los que los hombres podían esperar. La promesa de Isaías acerca del Enmanuel se cumple plenamente en este habitar del Hijo de Dios Encarnado entre los hombres.

El pasaje evangélico de la Misa es el de la Anunciación de san Gabriel a la Santa María. Al sexto mes fue enviado por Dios el ángel Gabriel a una ciudad de Galilea, llamada Nazaret, a una virgen desposada con un hombre llamado José, de la casa de David; el nombre de la virgen era María (Lc 1, 26-27). San Lucas nos presenta a la Virgen, nos la muestra ya adolescente, sonrojada ante el saludo del arcángel san Gabriel. Pero ese encuentro, decisivo en la vida de María, fue preparado por una infancia que apenas se vislumbra tras los relatos evangélicos. Desde muy niña, la que fue concebida inmaculada experimentó en su alma el Amor de Dios como nadie hasta entonces. Dios la amaba con santos celos; la quería toda suya. Y así, Ella desde la más tierna infancia se consagró a Él. Así misma se decía que Ella era la esclava del Señor. Después vinieron los desposorios con José. De común acuerdo decidieron vivir la virginidad. María sería esposa y virgen. Pero Dios quiso también que fuera madre, y madre de su Hijo. Y llegó el ángel que desplegó ante Ella el plan de Dios. Convenía que la Madre de Dios, además de ser virgen, estuviera desposada, entre otras razones, para que al dar a luz no sufriera menoscabo en su honra por parte de los judíos ni pudiera imputársele pena alguna legal.

Y entrando, le dijo: “Dios te salve, llena de gracia, el Señor es contigo”. Ella se conturbó por estas palabras, y discurría qué significaría aquel saludo. El ángel le dijo: “No temas, María, porque has hallado gracia delante de Dios; vas a concebir en el seno y vas a dar a luz un hijo, a quien pondrás por nombre Jesús. Él será grande y será llamado Hijo del Altísimo, y el Señor Dios le dará el trono de David, su padre; reinará sobre la casa de Jacob por los siglos y su reino no tendrá fin” (Lc 12, 28-33). La Virgen María conocía muy bien las Sagradas Escrituras, la Historia de la Salvación, la Alianza de Dios con su Pueblo; y lo referente al futuro Mesías. Su linaje davídico, su reino sempiterno… San Gabriel hace recordar Santa María la historia del Pueblo de Dios, al que Ella pertenecía. Por la evocación de las antiguas profecías mesiánicas, la Virgen entendió claramente lo que el arcángel le anunciaba: iba a ser Madre de Dios.

Para las leyes de la naturaleza era imposible concebir un hijo conservando la virginidad. Y María tenía el propósito de permanecer virgen. ¿Cómo sería posible ser virgen y madre? Es la pregunta que hace Santa María. ¿Cómo será esto, puesto que no conozco varón? (Lc 1, 34). La fe de María en las palabras de san Gabriel fue absoluta. Si le había dicho que vas a concebir en el seno y vas a dar a luz un hijo, y además se lo decía de parte de Dios, no había duda alguna de que así sucedería. El ángel le respondió: “El Espíritu Santo vendrá sobre ti y el poder del Altísimo te cubrirá con su sombra; por eso el que ha de nacer será santo y será llamado Hijo de Dios. Mira, también Isabel, tu pariente, ha concebido un hijo en su vejez, y este es ya el sexto mes de aquella que llamaban estéril, porque ninguna cosa es imposible para Dios” (Lc 1, 35-37). Una vez conocida la Voluntad de Dios y cómo ocurrirá lo que el ángel le ha anunciado, la Virgen da su consentimiento. Se da cuenta de la desproporción entre lo que va a ser -Madre de Dios- y lo que es -una mujer-. Sin embargo, Dios lo quiere y nada es imposible para Él, y por esto nadie es quien para poner dificultades al designio divino. De ahí que, juntándose en María la humildad y la obediencia, pronuncie el sí, diciendo: He aquí la esclava del Señor; hágase en mí según tu palabra (Lc 1, 38). Madre, te damos gracias por tu fe de mujer fuerte y humilde; y renovamos nuestra entrega a ti, Madre de nuestra fe.

Esta palabra hágase de la Virgen María abrió las puertas para la entrada en el mundo de la salvación que trajo Jesucristo. Comenta un Padre de la Iglesia: La majestad asume la humildad, el poder la debilidad, la eternidad la mortalidad; y, para saldar la deuda contraída por nuestra condición pecadora, la naturaleza invulnerable se une a la naturaleza pasible; de este modo, tal como convenía para nuestro remedio, el único y mismo mediador entre Dios y los hombres, Cristo Jesús, hombre también él, pudo ser a la vez mortal e inmortal, por la conjunción en él de esta doble condición (San León Magno, Carta a Flaviano 3-4).

La salvación no se compra ni se vende. Se regala, es gratuita. Nosotros no podemos salvarnos por nosotros mismos, la salvación es un regalo, totalmente gratuita. No se compra con “la sangre de toros y machos cabríos” (Hb 10, 4). Para que esta salvación entre en nosotros pide un corazón humilde, un corazón dócil, un corazón obediente, como el de María. El modelo de este camino de salvación es Dios mismo, su Hijo, que no estimó un bien irrenunciable ser igual a Dios -lo dice Pablo- sino que se anonadó a sí mismo y obedeció hasta la muerte y una muerte de cruz. ¿Qué significa el camino de la humildad, de la humillación? Significa decir: yo soy hombre, yo soy mujer, y tú eres Dios. Y seguir adelante, en presencia de Dios, como hombre, como mujer, en la obediencia y en la docilidad del corazón (Papa Francisco, Homilía 25.III.2014).

María concibió a Jesús en la fe, y después en la carne, cuando dijo “sí” al anuncio que Dios le dirigió mediante el ángel. ¿Qué quiere decir esto? Que Dios no ha querido hacerse hombre ignorando nuestra libertad, ha querido pasar a través del consentimiento de María, a través de su “sí”. Lo que ocurrió en la Virgen María de manera única (la Encarnación), también nos sucede a nosotros en el plano espiritual cuando acogemos la Palabra de Dios con corazón sincero y lo ponemos en práctica. Es como si Dios adquiriera carne en nosotros. Él viene a habitar en nosotros, porque toma morada en aquellos que le aman y cumplen su Palabra.

La segunda lectura de la Misa está tomada de la Carta a los Hebreos. El autor sagrado recoge versículos del salmo 40. He aquí que vengo, como está escrito de mí al comienzo del libro para hacer, oh Dios, tu voluntad (Hb 10, 7). En Getsemaní Nuestro Señor también manifestó que había venido para hacer la voluntad divina: Padre, no se haga mi voluntad, sino la tuya (Lc 22, 42). El sacrificio de Cristo que ha entrado en este mundo (Hb 10, 5) sustituyó los sacrificios antiguos de todo tipo. Holocaustos y sacrificios por el pecado no te agradaron (Hb 10, 6). Su sacrificio consistió en cumplir perfectamente la voluntad de su Padre, aunque le exigiera dar la vida hasta morir en el Calvario.

El secreto de la santidad es la amistad con Cristo y la adhesión fiel a su voluntad. Por eso le decimos al Señor con el Salmista: Enséñame a hacer tu voluntad, porque eres mi Dios (Sal 146, 10). Lo que le agrada a Dios es que cumplamos su voluntad. Ahí está nuestro bien, porque Dios quiere nuestra felicidad. “Hágase la voluntad de Dios”: María nos invita a decir también a nosotros este sí, que a veces resulta tan difícil. Sentimos la tentación de preferir nuestra voluntad, pero Ella nos dice: “¡Sé valiente! Di también tú: “Hágase tu voluntad”, porque esta voluntad es buena”. Al inicio puede parecer un peso casi insoportable, un yugo que no se puede llevar; pero, en realidad, la voluntad de Dios no es un peso. La voluntad de Dios nos da alas para volar muy alto, y así con María también nosotros nos atrevemos a abrir la puerta de nuestra vida, las puertas de este mundo, diciendo sí a su voluntad, conscientes de que esta voluntad es el verdadero bien y nos guía a la verdadera felicidad (Benedicto XVI, Homilía 18.XII.2005).

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