Homilía del Domingo I de Adviento. Ciclo C


Mirad que vienen días -oráculo del Señor-, en que cumpliré la promesa que hice a la casa de Israel y a la casa de Judá (Jr 33, 14). ¿Qué promesa hizo Dios? En el Génesis ya se habla de esta promesa que Dios hace a toda la humanidad: la promesa de un Mesías redentor. En el Protoevangelio se anuncia al Mesías en las palabras que Dios dijo a la serpiente. Pondré enemistad entre ti (el diablo) y la mujer (la Virgen María), entre tu linaje y el suyo (Jesucristo); él te aplastará la cabeza (Gn 3, 15).

Más adelante la Sagrada Escritura concreta que el Mesías será descendiente del rey David. Por eso, Jeremías profetiza: En aquellos días y en aquella hora suscitaré a David un vástago legítimo, que hará justicia y derecho en la tierra (Jr 33, 15). Y la profecía de Jeremías y la promesa de Dios se cumplieron con la visita del Señor a la humanidad. Pero hay que hablar no sólo de una visita, sino de dos. La primera visita ya se realizó con la Encarnación, el nacimiento de Jesús en la gruta de Belén. La otra tendrá lugar al final de los tiempos, como profesamos cada vez que recitamos el Credo: De nuevo vendrá con gloria para juzgar a los vivos y a los muertos. La primera se realizó en el sufrimiento, en la oscuridad y calladamente, como lluvia sobre la hierba; la segunda será en el esplendor de su gloria, que se realizará en el futuro y traerá consigo la corona del reino.

La Iglesia en el tiempo de Adviento invita a los fieles a prepararse para las solemnidades de Navidad, para que salgamos al encuentro del Señor que quiere nacer de nuevo, espiritualmente, en el alma del cristiano. Y quiere que estemos vigilantes y en oración. De esta forma acogeremos a Cristo en nuestra vida, le recibiremos dignamente. Pero también nos invita a preparar la segunda visita, a renovar ardientemente la expectación de esta postrera venida del Señor, a abrir nuestros corazones a Jesucristo, que es el único justo y el único Juez que puede dar a cada uno la suerte que merece.

En una homilía, el papa Francisco comentando la parábola del juez injusto, que ni temía a Dios ni le importaban los hombres (Lc 18, 2), dijo: ¿Por qué a éste que es un descarado a quien no le importa ni Dios ni los otros, que es una persona injusta y mala, le va todo bien en la vida, tiene todo lo que quiere, y nosotros que queremos hacer el bien tenemos tantos problemas? También nosotros nos preguntamos a veces: ¿Qué ventajas hemos recibido por cumplir los mandamientos de Dios, mientras que los “soberbios” aun haciendo el mal, se multiplican y, aun provocando a Dios quedan impunes? ¿Por qué a éste que es un descarado a quien no le importa ni Dios ni los otros, que es una persona injusta y mala, le va todo bien en la vida, tiene todo lo que quiere y nosotros que hacemos el bien tenemos tantos problemas? Y la respuesta viene del papa Francisco: Ahora no vemos los frutos de esta gente que sufre, de esta gente que lleva la cruz, como en aquel Viernes Santo y aquel Sábado Santo no se veían los frutos del Hijo de Dios Crucificado, de sus sufrimientos. ¿Qué dice el Salmo sobre los malvados, sobre los que pensamos que les va todo bien? “No así los impíos, no así; serán paja que arrebata el viento. Porque el Señor protege el camino de los justos, pero el camino de los impíos acaba mal” (Sal 1, 4-5).

En el Juicio universal habrá justicia. En aquellos días se salvará Judá, y en Jerusalén vivirán tranquilos, y la llamarán así: “El Señor es nuestra justicia” (Jr 33, 16). Sí, porque Dios es Justicia. Por eso nosotros, cristianos, estamos llamados a ser en el mundo los artífices de una paz fundada en la justicia. La salvación que se espera de Dios tiene también el sabor del amor.

Cristo Jesús también habla de su segunda venida a la tierra. Entonces verán al Hijo del hombre venir en una nube, con gran poder y majestad (Lc 21, 27). Aparecerá Nuestro Señor en su gloria y acompañado de todos los ángeles (Mt 25, 31). El triunfo de Cristo es también el de los justos, que vivirá ese momento con la cabeza erguida. Entonces verán cuán fundada estaba su esperanza cuando pacientemente soportaba las dificultades.

Vigilad sobre vosotros mismos, para que vuestros corazones no estén ofuscados por la crápula, la em­briaguez y los afanes de esta vida, y no sobrevenga aquel día de improviso sobre vosotros (Lc 21, 34). Es una vigilancia necesaria, basada en una oración continua, para evitar ser arrastrados por el mal. Y así poder estar en pie delante del Hijo de hombre (Lc 21, 36) cuando venga de nuevo. Somos conscientes de que debemos librar una dura batalla contra el poder de las tinieblas, que, iniciada en los orígenes del mundo, durará, como dice el Señor, hasta el final. Enzarzado en esta pelea, hemos de luchar continuamente para acatar el bien. Para vencer contamos con la ayuda de la gracia de Dios.

Existe el riesgo de dejarse llevar por los placeres de la vida, del bienestar por encima de todo, e incluso de las leyes divinas, siendo como el rico Epulón de la parábola evangélica, que banqueteaba todos los días en abundancia; esto era lo importante para  él. Por eso las palabras del Señor son una invitación a la sobriedad, a no ser dominados por las cosas de este mundo, de las realidades materiales, los afanes de esta vida sino más bien a gobernarlas.

Del peligro de ser arrastrados por lo que el papa Francisco llama mundanidad ya antes Benedicto XVI había dicho: Os apremio a llevar una vida digna de nuestro Señor y de vosotros mismos. Hay muchas tentaciones que debéis afrontar cada día -droga, dinero, sexo, pornografía, alcohol- y que el mundo os dice que os darán felicidad, cuando, en verdad, estas cosas son destructivas y crean división. Sólo una cosa permanece: el amor personal de Jesús por cada uno de vosotros. Buscadlo, conocedlo y amadlo, y él os liberará de la esclavitud de la existencia deslumbrante, pero superficial, que propone frecuentemente la sociedad actual. Dejad de lado todo lo que es indigno y descubrid vuestra propia dignidad como hijos de Dios.

La segunda venida -la Parusía– será al final del mundo, pero ¿cuándo ocurrirá? Jesucristo no lo reveló. Nadie sabe de ese día y de esa hora: ni los ángeles de los cielos, ni el Hijo, sino sólo el Padre (Mt 24, 36). Son palabras terminantes: no se revelará el día ni la hora de la Parusía. Jesús se abstiene de revelar el día del juicio para que nos mantengamos vigilantes. No revela el momento, pero sí las señales que se producirán. Habrá señales en el sol, en la luna y en las estrellas, y sobre la tierra angustia de las gentes, consternadas por el estruendo del mar y de las olas: y los hombres perderán el aliento a causa del terror y de la ansiedad que sobrevendrán al mundo. Porque las potestades de los cielos se conmoverán (Lc 21, 25-26). La creación entera, cielos, tierra y mar, participarán de la angustia de las gentes, que se debatirán entre la ansiedad y el terror. Sin embargo, el cristiano vivirá esos momentos con paz y serenidad, pues saldrá al encuentro del Señor que viene. Y lo hará ante todo, pero no sólo, con la oración. Las “obras buenas” son esenciales e inseparables de la oración, como recuerda la oración del primer domingo de Adviento, con la que pedimos al Padre celestial que suscite en nosotros “el deseo de salir al encuentro de Cristo, que viene, acompañados por las buenas obras” (Benedicto XVI).

El mensaje de la Iglesia al principio del Adviento es una promesa de esperanza. Jesús nos exhorta a levantar la cabeza, a no dejarse asustar por los paganos. Estos tienen su tiempo y debemos soportarlo con paciencia. Precisamente en el Juicio final el Señor, Juez justo, se fijará en las buenas obras que hayamos hecho. Tuve hambre y me disteis de comer; tuve sed y me disteis de beber; era peregrino y me acogisteis; estaba desnudo y me vestisteis, enfermo y me visitasteis, en la cárcel y vinisteis a verme (Mt 25, 35-36). Por eso le pedimos a Dios que nos colme y nos haga rebosar en la caridad de unos con otros y en la caridad hacia todos (1 Ts 3, 12). Esa caridad -virtud infusa y sobrenatural- que nos inclina a amar a Dios -por ser Él quien es-, sobre todas las cosas, y al prójimo como a nosotros mismos, por amor de Dios. Puesto que es Dios quien la infunde, además de ejercitarla es necesario pedirle que nos la aumente.

La caridad, para ser verdaderamente un amor sobrenatural, debe ser universal, que alcance a todos sin excepción. Amar a una persona y mostrar indiferencia a otras es característico del afecto puramente humano; pero san Pablo nos dice que nuestro amor no debe tener ninguna restricción (San Juan Crisóstomo). Es esta caridad la que confirma en los corazones una santidad sin tacha ante Dios, nuestro Padre, el día de la venida de nuestro Señor Jesús con todos sus santos (1 Ts 3, 13); es la verdadera fuerza que puede salvar al hombre y al mundo del pecado, el mal moral, el mal espiritual. Sólo el amor llena los vacíos, las vorágines negativas que el mal abre en el corazón y en la historia. Sólo el amor puede hacer esto, y ésta es la alegría de Dios. Jesús es todo misericordia, Jesús es todo amor: es Dios hecho hombre (Papa Francisco).

El amor es la esencia del cristianismo. El amor a Dios y el amor al prójimo se funden entre sí. En absoluto son incompatibles. No existe la disyuntiva: “O Dios o el hombre”. Debemos amar “a Dios y al hombre”. Pero nunca al hombre más que a Dios, contra Dios o tanto como a Dios. En estos términos, el amor de Dios es superior pero no exclusivo. El amor del prójimo es un camino para encontrar también a Dios, y que cerrar los ojos ante el prójimo nos convierte también ciegos ante Dios (Benedicto XVI).

A veces nos puede venir a la mente esta pregunta: ¿Amo de verdad a Dios? La respuesta nos la da Cristo: Cualquiera que me ama, observará mis mandamientos (Jn 14, 23). Por eso san Pablo recomienda a los cristianos de Tesalónica: Os rogamos y os exhortamos en el Señor Jesús a que, conforme aprendisteis de nosotros sobre el modo de comportaros y de agradar al Señor, y tal como ya estáis haciendo, progreséis cada vez más. Pues conocéis los preceptos que os dimos de parte del Señor Jesús (1 Ts 4, 1-2). Conocemos los mandamientos, pero no basta el conocimiento, sino que es necesario ponerlos por obra.

El Adviento es un tiempo para rogar a la Virgen María y a san José que nos enseñen a disponernos a recibir a Jesús; y para considerar nuestra misión apostólica: Dios nos ha confiado este tiempo de espera hasta la Parusía, para que anunciemos el Evangelio a todos los hombres. Pero la advertencia del Señor –estar siempre despiertos, pidiendo fuerza- no es sólo para el encuentro con Cristo al final de los tiempos, sino también para el encuentro con el Señor en el momento que Él nos llame a su presencia, en el momento de la muerte. Que Santa María nos obtenga la gracia de ser santos e inmaculados en el amor, cuando tenga lugar la venida de nuestro Señor Jesucristo.

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