La Pasión del Señor en la Semana Santa de Huelva (XXIV)


Cofradía de la Santa Cruz, Santo Sudario de Nuestro Señor Jesús de la Providencia y María Santísima Madre de Gracia

La última cofradía en incorporarse a los desfiles procesionales de la Semana Santa onubense es la de la Santa Cruz. La iconografía del “paso” del Señor es: Jesús ha sido descendido de la Cruz. Nicodemo y José de Arimatea, junto a María Salomé y María Cleofás, procede a depositarlo en el sudario para su traslado al Sepulcro, mientras la Virgen es confortada por san Juan y María Magdalena ante una Cruz ya vacía. En la celebración de la Pasión del Señor, en el Viernes Santo, la liturgia de la Iglesia nos invita a mirar a la Cruz: Mirad el árbol de la Cruz donde estuvo clavada la salvación del mundo. Venid a adorarlo. Vamos, pues, a contemplar la Cruz, esa locura divina, que es locura del amor infinito de Dios por el hombre. Su mensaje es salvífico, y tiene la fuerza de atraer a los hombres hacia Dios. En las páginas del Evangelio vemos en la Calle de la Amargura -la Vía Dolorosa- a un Cireneo contrariado, obligado a llevar la Cruz, que se convierte en un Simón enamorado de Cristo a quien ayuda con cariño a llevar el peso del Santo Madero; y el llanto dolorido de las mujeres de Jerusalén. Momentos después, en el Calvario, el arrepentimiento del aquel malhechor, san Dimas; el toque de gracia al centurión romano que reconoce la divinidad del Ajusticiado –Verdaderamente éste era hijo de Dios-; y la compunción de la multitud del pueblo que volvía del Gólgota golpeándose el pecho.

Contemplando la Cruz, vendrán a nosotros deseos de desagraviar a Dios por nuestros pecados, porque el peso de la Cruz es el peso de todos los pecados de los hombres de todas las épocas. Jesús padece por causa del pecado; del pecado original de nuestros primeros padres, de los personales de todos los hombres, de los que nos han precedido y de los que nos seguirán, por tus pecados y por los míos. Tomó sobre sí nuestras enfermedades, y cargó con nuestros dolores; fue llagado por nuestras iniquidades, quebrantado por nuestros pecados; el castigo de nuestras culpas sobre él recayó, profetizó Isaías. Jesús en la Cruz sintió el peso de todos los males -guerras, violencias, corrupción, injusticias, abusos sexuales, atropellos a la dignidad de la persona humana, abortos, explotación de los más débiles económicamente, despilfarro de bienes de primera necesidad, divorcios y también los pecados personales de los hombres, y un largo etcétera-. Pero Él con la fuerza del amor de Dios los venció. Este es el gran bien que Cristo hizo a todos los hombres en el trono de la Cruz. Por eso la Cruz nos habla de la alegría de ser salvados. Por medio de la Cruz de Cristo ha sido vencido el maligno, ha sido derrotada la muerte, se nos ha dado la vida, devuelto la esperanza. La Cruz de Jesús es nuestra única esperanza verdadera. Por eso la Iglesia “exalta” la Santa Cruz y también por eso, los cristianos bendecimos con el signo de la cruz (Papa Francisco).

La Cruz de Cristo debemos tenerla grabada a fuego en el corazón; la Cruz, si queremos de verdad vivir con todas sus consecuencias nuestra vocación cristiana, sobre los hombros, llevada a peso, siendo cireneo del Señor. Con generosidad, con garbo, con alegría, y comprobaremos entonces que la carga del Señor es ligera y suave su yugo. No hay señal más cierta de haber encontrado a Cristo que sentirse cargado con su bendita Cruz (San Josemaría Escrivá). El encuentro con la Cruz es siempre un encuentro con Cristo.

Con los ojos de la fe vemos que la Cruz es trono, poder de Dios, mensaje de salvación, llave de la gloria, signo de bendición… Pero también debemos fijarnos en la otra cara de la Cruz, en esa cara que se ve con la sola visión humana, pero tan real como la primera. Y la Cruz aparece entonces como instrumento de castigo, patíbulo, algo infamante, suplicio para los esclavos. Era el suplicio más doloroso, la forma de muerte más horrenda que se podía dar. Los terribles sufrimientos de Cristo crucificado nos hablan de la gravedad del pecado y del amor de Dios que se manifiesta de manera patente en la Cruz y que exige de nosotros correspondencia.

Antes de la crucifixión de Cristo, la cruz era señal de maldición maldito todo el que es colgado del madero se lee en la Escritura- pero el amor infinito de Dios por el hombre transforma la cruz de instrumento de muerte en árbol de la vida; la convierte de señal de maldición en signo de bendición. De ser algo infamante pasa a ser llave de la puerta de la mansión celestial. La Cruz no deja lugar a la indiferencia: mueve a todo hombre a decidirse a favor o en contra de Jesús. Para unos -los que se pierden- es una necedad. Y cuando en sus vidas se encuentran con una cruz, ésa no es la de Cristo, sino la del mal ladrón, que no salva, que no es aceptada ni aprovechada. Otros, en cambio, los que van camino de salvarse, descubren -descubrimos- que la Cruz es poder de Dios, porque en ella el demonio y el pecado han sido vencidos, como pregona jubilosamente la Iglesia en el Prefacio de la Misa de la Exaltación de la Santa Cruz: Dios ha puesto la salvación del género humano en el árbol de la Cruz, para que donde tuvo origen la muerte, de allí resurgiera la vida, y el que venció en un árbol, fuera en un árbol vencido.

La Cruz de Cristo es árbol que engendra vida en nosotros sin ocasionar la muerte, porque en él murió el que es Vida; que ilumina en medio de las tinieblas que acompañaron a la muerte de Jesús sin producir sombras, porque en él está clavada la Luz del mundo; que convierte el dolor en camino de santidad, porque en él padeció el Redentor; que fructifica en todos los lugares, en todas las épocas y en la vida de todo apóstol con frutos imperecederos, porque está regado por la Sangre de un Dios hecho hombre; que introduce en el paraíso celestial, porque es la llave de la gloria. Tiene apariencia de patíbulo, pero es trono de un Salvador; parece un madero de ignominia, pero es cátedra de la suprema sabiduría que pone de manifiesto la arrogante estupidez de la sabiduría mundana. Es también altar del único Sacrificio de la Nueva Ley donde se inmola el Cordero pascual como Víctima propiciatoria, en holocausto gratísimo a Dios.

La Cruz es el trofeo erigido contra los demonios, la espada contra el pecado, la espada con la que Cristo atravesó a la serpiente; la Cruz es la voluntad del Padre, la gloria del Hijo, el júbilo del Espíritu Santo, el ornato de los ángeles, la seguridad de la Iglesia, el motivo de gloriarse de Pablo, la protección de los santos, la luz de todo el orbe (San Juan Crisóstomo). Y ahora nos preguntamos: ¿Qué es la Cruz para nosotros? Es la señal del cristiano, porque en ella nos redimió Cristo. Cuando dirigimos la mirada a la Cruz donde estuvo Jesús clavado, contemplamos el signo del amor, del amor infinito de Dios por cada uno de nosotros y la raíz de nuestra Salvación. De esa Cruz brota la misericordia del Padre, que abraza al mundo entero. En la cruz vemos la monstruosidad del hombre, cuando se deja guiar por el mal; pero vemos también la inmensidad de la bondad de Dios que no nos trata según nuestros pecados, sino según su misericordia.

¿Por qué fue necesaria la Cruz? A causa de la gravedad del mal que nos esclavizaba. La Cruz de Jesús expresa toda la fuerza negativa del mal y toda la omnipotencia mansa de la misericordia de Dios. El árbol del conocimiento del bien y del mal colocado en medio del Paraíso, hizo tanto mal; por él vino la ruina del género humano. Por el árbol de la Cruz, situado en el Calvario, nos trajo la Salvación; en él Cristo nos abrió las puertas del Cielo. La Cruz nos salva de las consecuencias del pecado cometido por nuestros primeros padres al comer del fruto del árbol del Paraíso. Por eso la Cruz es camino para encontrar a Jesucristo, nuestro Redentor, que da su vida por amor. Porque la Cruz nos habla de un Dios que ha querido asumir la historia del hombre y caminar con nosotros tomando la condición de siervo y haciéndose obediente hasta la muerte en la Cruz, para librarnos de la esclavitud del pecado.

*****

En el Gólgota, antes de la crucifixión, manos sacrílegas despojan a Cristo de sus vestiduras. En el Calvario, descendido el Señor de la Cruz, Santos Varones cubren su cuerpo con un sudario. Los evangelistas cuentan que el Cuerpo de Jesús fue envuelto en un sudario. San Mateo dice: Y José tomó el cuerpo , lo envolvió en una sábana limpia. San Marcos: Entonces José, habiendo comprado una sábana, lo bajó y lo envolvió en la sábana. San Lucas: Y habiéndolo descolgado lo envolvió en una sábana. San Juan: Tomaron el cuerpo de Jesús y lo envolvieron en lienzos, con los aromas, como es costumbre dar sepultura entre los judíos. Al Señor, probablemente, después de bajarlo con piedad de la Cruz, lo lavaron con cuidado, lo perfumaron y lo envolvieron en un lienzo. Tanto los Santos Varones como las mujeres no escatimaron medios para honrar el Cuerpo del Señor.

Cuando el pueblo cristiano se muestra espléndido en el culto eucarístico no ha hecho sino aprender bien la lección de aquellos primeros que trataron a Cristo en su vida terrena. ¡Qué bien la aprendió el santo arcipreste de Huelva! La triste experiencia de ver un sagrario completamente sucio, lleno de andrajos y con insectos, le marcó para toda su vida, dedicándose desde entonces a propagar la devoción a la Eucaristía. La impresión de aquel tristísimo Sagrario de tal modo hizo mella en mi alma, que no solamente no se me ha borrado, ni se borrará en mi vida. Fuíme derecho al Sagrario…y ¡qué Sagrario, Dios mío! ¡Qué esfuerzos tuvieron que hacer allí mi fe y mi valor para no salir corriendo para mi casa! Pero, no huí. Allí de rodillas… mi fe veía a un Jesús tan callado, tan paciente, tan bueno, que me miraba… que me decía mucho y me pedía más, una mirada en la que se reflejaba todo lo triste del Evangelio… La mirada de Jesucristo en esos Sagrarios es una mirada que se clava en el alma y no se olvida nunca. Vino a ser para mí como punto de partida para ver, entender y sentir mi ministerio sacerdotal de otra manera… consagrado por Dios para pelear contra el abandono del Sagrario (San Manuel González García). Cuidemos, pues, todo lo que se refiere al culto divino: la limpieza de los manteles del altar y de los ornamentos, el lavado de los purificadores, el buen estado de los vasos sagrados, el lugar visible del Sagrario dentro del templo…

La Virgen estuvo en el Calvario, junto a la cruz de Jesús. El fiat de María en la Anunciación encuentra su plenitud en el fiat silencioso que repite al pie de la Cruz. Desde que concibió virginalmente a su divino Hijo, Ella no tuvo más corazón ni más vida que la de Jesús. Acudamos a la Madre de Dios pidiéndole que nos conceda la gracia de estar como Ella en el Calvario, porque allí nos encontramos con la Cruz del Señor, esa Cruz gloriosa con la que Jesús, muerto por nosotros, nos redimió.

Gracias, Jesús de la Providencia. Pasaste de la Cruz al sepulcro; de la Muerte a la Resurrección… del dolor a la alegría. Y tu Madre, de ser Virgen Dolorosa a Madre de Gracia.

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