La Pasión del Señor en la Semana Santa de Huelva (XXIV)


Antigua, Real e Ilustre Hermandad de Nuestra Señora de las Angustias, Santo Entierro de Cristo y Soledad de María

En Huelva hay dos lugares sagrados con el nombre de Nuestra Señora de la Soledad. Uno de ellos, el cementerio de la ciudad. En él esperan la resurrección de los muertos los que confiaron en las palabras del Señor: Yo soy la Resurrección y la Vida, el que cree en mí, aunque hubiera muerto, vivirá, y todo el que vive y cree en mí no morirá para siempre. Por eso, sobre las tumbas y en las lápidas de los nichos está la Cruz. Esta Cruz, en medio de la muerte, es señal de Vida, de Resurrección. Y el otro es la ermita situada en la calle Jesús de la Pasión, que da nombre a la plaza que se encuentra enfrente. En este templo tiene su sede canónica una de las hermandades más antiguas de la Semana Santa onubense: la Hermandad del Santo Entierro.

En la tarde-noche del Viernes Santo el cortejo fúnebre que lleva el Sagrado Cuerpo de Cristo a enterrar recorre las calles de Huelva, en medio del silencio y del dolor de un pueblo que ha seguido los acontecimientos de la Pasión y Muerte del Señor con fervor. En la década de los sesenta del siglo XX, el “paso” de Cristo yacente iba acompañado por los religiosos fossores de la comunidad del cementerio de Huelva. Hace dos mil años pocas personas estuvieron en el entierro del Redentor: su Madre, unas santas mujeres, el apóstol adolescente y dos discípulos. Muerto por los hombres y enterrado piadosamente por manos amigas. Son momentos plenos de angustias para su Santísima Madre. Una sábana limpia es el sudario; trasladado con exquisita veneración, el Cuerpo sin vida del Señor en un sepulcro nuevo excavado en la roca es depositado con grande amor. Rodada la piedra de entrada del sepulcro, viene la esperanza en la Soledad de María. A pesar de ver a todo un Dios morir, cree y espera la Resurrección de su Divino Hijo. He aquí el relato evangélico del entierro de Cristo.

Tomaron el cuerpo de Jesús y lo envolvieron en vendas con los aromas, conforme a la costumbre judía de sepultar. En el lugar donde había sido crucificado había un huerto, y en el huerto un sepulcro nuevo, el que José de Arimatea había hecho excavar en la roca, y en el cual nadie todavía había sido depositado. Allí, pues, porque era el día de la Preparación de los judíos y el sepulcro estaba cerca, pusieron a Jesús. Luego, hicieron rodar una gran piedra hasta la entrada del sepulcro y se fueron. Las mujeres que habían venido con él desde Galilea, fueron detrás y vieron el sepulcro y cómo era colocado su cuerpo. Y regresando, prepararon aromas y mirra. Y el sábado descansaron según el precepto.

Los Santos Padres han comentado con frecuencia el detalle del huerto en sentido místico. Suelen enseñar que Cristo, apresado en un huerto -el de los Olivos- y sepultado en un huerto -el del sepulcro-, nos ha redimido sobreabundantemente de aquel primer pecado cometido también en un huerto -el paraíso-. Del sepulcro nuevo comentan que, siendo el Cuerpo de Jesús el único que fue depositado allí, no habría duda de que era Él quien había resucitado y no otro. Observa también san Agustín: Así como en el seno de María Virgen ninguno fue concebido antes ni después de Él, así en este sepulcro nadie fue sepultado ni antes ni después de Él.

En los tres evangelios sinópticos se mencionan la presencia de algunas mujeres en el momento en que Cristo es sepultado. En san Mateo: Estaban allí María Magdalena y la otra María sentadas frente al sepulcro. En san Marcos: María Magdalena y María la de José observaban dónde lo colocaban. En san Lucas: Las mujeres que habían venido con él desde Galilea le siguieron y vieron el sepulcro y cómo fue colocado su cuerpo. Además de las mujeres citadas por su nombre, hay otras que permanecen en el anonimato. Es tan grande el amor de estas mujeres a Cristo, que no se alejan del sepulcro hasta el último momento, cuando -por necesidad de observar el reposo sabático- no tienen más remedio que marcharse. Aunque no lo dicen los evangelistas, también estaba presente la Virgen María acompañada por san Juan.

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Las santas mujeres, después de ver cómo sepultaron a Jesús, regresaron y prepararon aromas y ungüentos. El sábado descansaron según el precepto. Ellas pensaban terminar -con esos detalles propios de la mujer- lo que había quedado por hacer, pues tuvieron que limitarse a hacer lo imprescindible. Esperarían a la mañana del domingo para terminar de embalsamar el Cuerpo del Señor. Hay que resaltar que cuando nació Jesús no tuvo siquiera la cuna de un niño pobre: un pesebre fue su cuna. Durante su ministerio público no tenía donde reclinar la cabeza. En su muerte estuvo desprendido hasta de sus vestidos. Pero cuando su Cuerpo es entregado a los que le quieren y le siguen de cerca, le veneración, el respeto y el amor de éstos hizo que fuera enterrado como un judío pudiente. El Cuerpo muerto del Señor quedó en manos de los que le quieren de verdad y todos porfían por ver quién tiene más atenciones con Él. Buen ejemplo nos dieron aquellos primeros seguidores del Señor al no escatimar nada en las cosas que se refieren al Señor. Un ejemplo de valentía, de seguirle abiertamente, cuando esto no sea, como se dice en nuestros días, políticamente correcto, ni popular en el ambiente que nos rodea.

Cristo está presente en la Eucaristía, en los sagrarios de nuestras iglesias, y está vivo, pero tan indefenso como en el sepulcro de José de Arimatea. Se nos entrega para que nuestro amor lo cuide y lo atienda con lo mejor que podamos; y esto, a costa de nuestro dinero, de nuestro tiempo, de nuestro esfuerzo. Todo nos debe parecer poco para el Señor. Cada uno, en la medida que esté de su parte, debe colaborar para que el culto a Jesús en la Eucaristía tenga la dignidad y riqueza que el Señor merece y espera de nosotros. El esmero en todo esto es expresión de nuestro cariño y un testimonio público de fe y amor.

Mientras el Cuerpo del Señor era depositado en el sepulcro, su Alma fue al “seno de Abrahán”. Hay una homilía antigua para el Sábado Santo, que recoge el momento del encuentro de Jesús con Adán. Un gran silencio reina hoy en la tierra, un gran silencio y una gran soledad. Un gran silencio porque el Rey duerme. La tierra ha temblado y se ha calmado porque Dios se ha dormido en la carne y ha ido a despertar a los que dormían desde hacía siglos… Va a buscar a Adán, nuestro primer Padre, la oveja perdida. Quiere ir a visitar a todos los que se encuentran en las tinieblas y a la sombra de la muerte. Va a liberar de sus dolores a Adán encadenado y a Eva, cautiva con él, el que es al mismo tiempo su Dios y su Hijo… “Yo soy tu Dios y por tu causa he sido hecho Hijo tuyo. Levántate, tú que dormías porque no te he creado para que permanezcas aquí encadenado en el infierno. Levántate entre los muertos, yo soy la vida de los muertos”.

Acerca de la muerte y sepultura de Cristo la doctrina cristiana enseña, entre otras, las dos verdades siguientes: Una, que el Cuerpo de Cristo no sufrió corrupción en parte alguna, y sobre esto había vaticinado el profeta no permitirá que tu Santo experimente la corrupción. La otra, que la sepultura, la Pasión y la Muerte atañen a Jesucristo solamente en cuanto a la naturaleza humana, aunque también se atribuyen a Dios, porque es evidente que se predican con verdad de aquella Persona que al mismo tiempo es perfecto Dios y perfecto hombre.

La Virgen María, Madre Dolorosa, estuvo en todo momento junto a su Hijo muerto. Una vez que Jesús fue sepultado, Santa María vivió aquellas horas de soledad con esperanza y con fe en la Resurrección de Jesucristo. Ella no fue a buscar en la mañana del primer día de la semana Al que vive. ¡Cristo ha resucitado! Muerte y Vida lucharon y la muerte fue vencida. Resucitar con Cristo para la vida eterna es nuestra esperanza y la meta a la que queremos llegar. Que la Virgen nos ayude a conseguirla.

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