Homilía del Jueves Santo (Ciclo B)


Con la Misa in coena Domini comienza el Santo Triduo Pascual. El Jueves Santo la Iglesia celebra la institución de dos sacramentos: la Eucaristía y el Orden Sacerdotal. En la primera lectura de la Misa se lee el pasaje del libro del Éxodo en el cual se narra la institución de la Pascua judía. Ésta conmemoraba la salida de los israelitas después del paso del Señor por la tierra de Egipto hiriendo a todos los primogénitos de los egipcios, librándoles de la esclavitud del Faraón. El Señor había ordenado a los hebreos que la sangre del cordero sacrificado para la cena pascual fuera untada en las dos jambas y el dintel de las casas donde lo coman (Ex 12, 7) para que fuera señal de las casas donde moraban. Cuando yo vea la sangre pasaré de largo ante vosotros, y no habrá entre vosotros plaga exterminadora cuando yo hiera el país de Egipto (Ex 12, 13). Termina el relato con el mandato de conmemorar este hecho. Éste será un día memorable para vosotros, y lo celebraréis como fiesta en honor del Señor de generación en generación. Decretaréis que sea fiesta para siempre (Ex 12, 14).

La liberación de los israelitas de la esclavitud prefigura la que Jesucristo vendría a hacer: redimir a los hombres de la esclavitud del pecado, mediante su sacrificio en la Cruz. Por tanto, la celebración de la Pascua hebrea era el marco más adecuado para instituir la nueva Pascua cristiana. Jesucristo quiso celebrar la Pascua antes de su pasión y muerte. Sus discípulos le preguntaron: “¿Dónde quieres que te preparemos la cena de Pascua?” Jesús respondió: “Id a la ciudad, a casa de tal persona, y comunicadle: El Maestro dice: mi tiempo está cerca; en tu casa voy a celebrar la Pascua con mis discípulos” (Mt 26, 17-18). Los discípulos prepararon la cena. Ardientemente he deseado comer esta Pascua con vosotros (Lc 22, 14). Con estas palabras de Cristo comienza la Última Cena. Jesús sabe bien que celebra su última Pascua, y su amor se desborda ante el ya próximo desenlace de su existencia terrena. Este amor es sin límites, hasta el fin. Antes de la fiesta de la Pascua, sabiendo Jesús que había llegado su hora de pasar de este mundo al Padre, habiendo amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el extremo (Jn 13, 1).

Dios ama así: hasta el extremo. Y da la vida por cada uno de nosotros, y se enorgullece de ello y lo quiere así por que Él tiene amor: “Amar hasta el extremo”. No es fácil, porque todos nosotros somos pecadores, tenemos límites, defectos, tantas cosas. Todos sabemos amar, pero no somos como Dios que ama sin mirar las consecuencias, hasta el extremo. Y nos da el ejemplo: para enseñarlo, Él, que era “el jefe”, que era Dios, lava los pies a sus discípulos (Papa Francisco, Homilía 13.IV.2017). San Juan es el único de los evangelistas que narra el lavatorio de los pies. Jesús se levanta de la mesa, se quita sus vestidos y, tomando una toalla, se la ciñó. Luego echa agua en un lebrillo y se puso a lavar los pies de los discípulos y a secárselos con la toalla con que estaba ceñido (Jn 13, 4-5). Lavar los pies era una costumbre de aquella época, antes de los almuerzos y de las cenas, porque no existía el calzado que existe hoy día y la gente andaba entre el polvo. Por lo tanto, uno de los gestos para recibir a una persona en casa, y también a la hora de comer, era lavarle los pies. Era tarea de los criados, pero Cristo, siendo Maestro y Señor de sus discípulos, quiso lavarles los pies antes de la cena.

Es de imaginar la cara de sorpresa de los Apóstoles al ver a Jesús realizar esa tarea. San Pedro se resiste a que su Maestro le lave los pies. “Señor, ¿tú lavarme a mí los pies?” Jesús le respondió: “Lo que yo hago, tú no lo entiendes ahora: lo comprenderás más tarde”. Le dice Pedro: “No me lavarás los pies jamás”. Jesús le respondió: “Si no te lavo, no tienes parte conmigo”. Le dice Simón Pedro: “Señor, no sólo los pies, sino hasta las manos y la cabeza” (Jn 13, 6-9). No quería, pero Jesús le explicó que tenía que ser así, que Él había venido al mundo para servir, para servirnos, para hacerse esclavo por nosotros, para dar su vida por nosotros, para amar hasta el extremo. En definitiva, para que le imitemos. Porque os he dado ejemplo, para que también vosotros hagáis como yo he hecho con vosotros (Jn 13, 15). Con estas palabras nos está hablando de la virtud de la caridad, del amor fraterno que debemos tener los cristianos, con verdadero espíritu de servicio.

Cuando Jesús advirtió a Pedro que si no se dejaba lavar los pies no tendría parte con Él, el Apóstol se mostró dispuesto a dejarse lavar no solamente los pies, sino también las manos y la cabeza. Entonces el Señor dijo: “El que se ha bañado, no necesita lavarse; está del todo limpio. Y vosotros estáis limpios, aunque no todos”. Sabía quién le iba a entregar, y por eso dijo: “No estáis limpios todos” (Jn 13, 10-11). Cristo habla de la limpieza de los Apóstoles en el momento inmediato a la institución de la Eucaristía. Es una alusión a la necesidad de tener el alma limpia de pecado para recibirle sacramentalmente en la sagrada comunión. San Pablo se hace eco de esta enseñanza cuando escribe: Quien coma o beba el cáliz del Señor indignamente será reo del Cuerpo y de la Sangre del Señor (1 Co, 11, 27). La Iglesia Católica, basada en estas enseñanzas de Jesús y de los Apóstoles, establece que para comulgar es preciso confesarse previamente, si hay conciencia, o duda positiva, de pecado grave.

San Juan no relata la institución de la Eucaristía; los otros tres evangelistas, sí. Y también san Pablo en su primera carta a los cristianos de Corinto. El relato paulino es la segunda lectura de la Misa. Porque yo recibí del Señor lo que os he transmitido: que el Señor Jesús, la noche en que fue entregado, tomó pan, y después de dar gracias, lo partió y dijo: “Éste es mi cuerpo que se da por vosotros; haced esto en conmemoración mía”. Y de la misma manera, después de cenar, tomó el cáliz, diciendo: “Éste cáliz es la Nueva Alianza en mi sangre. Cuantas veces lo bebáis, hacedlo en recuerdo mío”. Pues cada vez que coméis este pan y bebéis este cáliz, anunciáis la muerte del Señor, hasta que venga (1 Co 11, 23-26). En este texto vemos la fe de la Iglesia desde sus inicios en el misterio eucarístico. Contiene puntos fundamentales de la fe cristiana sobre la Eucaristía. En primer lugar, la institución de este Sacramento por Jesucristo y la presencia real del Señor. El segundo punto es la institución del sacerdocio cristiano. Y por último, la Eucaristía, sacrificio del Nuevo Testamento.

“Cristo Jesús que murió, resucitó, que está a la derecha de Dios e intercede por nosotros” (Rm 8, 34), está presente de múltiples maneras en su Iglesia: en su Palabra, en la oración de la Iglesia, “allí donde dos o tres estén reunidos en mi nombre” (Mt 18, 20), en los pobres, los enfermos, los presos, en los sacramentos de los que Él es autor, en el sacrificio de la misa y en la persona del ministro. Pero, sobre todo, está presente bajo las especies eucarísticas (Catecismo de Iglesia Católica, n. 1373). Esto es lo que creemos. Bien lo expresó santo Tomás de Aquino en el himno Adoro te devote. En la Eucaristía, bajo las especies eucarísticas está Jesucristo. En la Cruz se escondía sólo la divinidad, pero aquí también se esconde la humanidad. Creo y confieso ambas cosas. Y acerca de la presencia real, san Pablo VI escribió en la encíclica Mysterium fidei: Nuestro Salvador está presente según su humanidad, no sólo a la derecha del Padre, conforme al modo natural de existir, sino al mismo tiempo también en el Sacramento de la Eucaristía según un modo de existir que, aunque apenas podemos expresar con palabras, podemos sin embargo alcanzar con la razón ilustrada por la fe y debemos creer firmísimamente que es posible para Dios.

La Eucaristía es el sacramento de la presencia de Cristo que se nos da porque nos ama. Él nos ama a cada uno de nosotros de un modo personal y único en la vida concreta de cada día: en la familia, entre los amigos, en el estudio y en el trabajo, en el descanso y en la diversión. Nos ama cuando llena de frescura los días de nuestra existencia y también cuando, en el momento del dolor, permite que la prueba se cierna sobre nosotros; también a través de las pruebas más duras, Él nos hace escuchar su voz (San Juan Pablo II, Homilía 20.VIII.2000).

Haced esto en conmemoración mía. El Señor, después de instituir la Eucaristía, mandó a los Apóstoles que perpetuaran lo que Él había hecho, y la Iglesia siempre ha entendido que con ese mandato Cristo constituyó a los Apóstoles y sus sucesores en sacerdotes de la Nueva Alianza, para que renovaran el Sacrificio del Calvario de manera incruenta en la celebración de la Misa. Nosotros creemos que la Misa que es celebrada por el sacerdote “in persona Christi”, en virtud de la potestad recibida por el sacramento del Orden, y que es ofrecida por él en nombre de Cristo y de los miembros de su Cuerpo místico, es realmente el Sacrificio del Calvario que se hace sacramentalmente presente en nuestros altares (Credo del pueblo de Dios n. 24).

La palabra “conmemoración” está cargada del sentido de una palabra hebrea que se usaba para designar la esencia de la fiesta de la Pascua, como recuerdo o memorial de la salida de Egipto. Con el rito pascual los israelitas no solamente recordaban un acontecimiento del pasado, sino que tenían conciencia de actualizarlo o revivirlo, para participar en él, de alguna manera, a lo largo de todas las generaciones. Cuando nuestro Señor manda a los Apóstoles haced esto en conmemoración mía, no se trata, puees, de recordar meramente su cena, sino de renovar su propio sacrificio pascual del Calvario, que está ya anticipadamente presente en la Última Cena.

El sacerdocio ministerial ha nacido en el cenáculo junto con la Eucaristía, y marca toda la vida del quien lo ha recibido con el sello de un servicio sumamente necesario y exigente, como es la salvación de las almas. La vida del sacerdote es de dedicación a Cristo, y requiere grandes sacrificios e impone muchas obligaciones, pero es también una manera de amar a Cristo y a su pueblo que conlleva su buena parte de paz, de satisfacción y de alegría.

El núcleo del sacerdocio es ser amigos de Jesucristo. Ser sacerdote significa convertirse en amigo del Señor. Sólo así puede hablar verdaderamente in persona Christi. Ser amigo de Jesús, ser sacerdote significa, por tanto, ser hombre de oración, hombre de Dios. Comprobar que su sacerdote está habitualmente unido a Dios es el deseo de muchos fieles. A un abogado de Lyon cuando volvía de visitar al Cura de Ars le preguntaron: ¿Qué ha visto Ud. en Ars? Respuesta: He visto a Dios en un hombre.

En todos los momentos de la vida se puede experimentar la afectuosa presencia de la Virgen, que introduce a cada fiel al encuentro con Cristo en el silencio de la meditación, en la oración y en la fraternidad. María ayuda a encontrar al Señor sobre todo en la celebración eucarística, cuando en la Palabra y en el Pan consagrado se hace nuestro alimento espiritual cotidiano. San Juan Pablo II comentó que la Eucaristía, por estar realmente presentes el Cuerpo y la Sangre de Cristo, se encuentra una fragancia de la Virgen que, por obra del Espíritu Santo, dio el Cuerpo y la Sangre a nuestro Redentor. Acudamos a la intercesión de María para ser almas de Eucaristía (Javier Echevarría, Homilía 13.IV.2006).

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