La Pasión del Señor en la Semana Santa de Huelva (XXVI)


Hermandad de la Sagrada Resurrección de Nuestro Señor Jesucristo y María Santísima de la Luz

Primeras horas del domingo, amanecer del primer día de la semana, las santas mujeres van al Sepulcro, con el corazón cerrado por la tristeza, la tristeza de una derrota: su Maestro yace en el Sepulcro. ¡No! El Sepulcro está vacío. Un ángel les anuncia: ¡Cristo ha resucitado! La muerte ha sido vencida. El rostro de Cristo, su imagen de crucificado, ahora es también la del Resucitado. La oscuridad de la Pasión da paso a la Luz, a la gloria del Señor en su Resurrección. Cristo vive. Ésta es la gran verdad que llena de contenido nuestra fe. Jesús, que murió en la cruz, ha resucitado, ha triunfado de la muerte, del poder de las tinieblas, del dolor y de la angustia (San Josemaría Escrivá). La Iglesia celebra con júbilo el triunfo de Cristo, su Resurrección, que es la prueba mayor de la divinidad de Nuestro Señor. La fe de los cristianos es la Resurrección de Cristo; esto es lo que tenemos por cosa grande: el creer que resucitó (San Agustín).

Los cuatro evangelistas narran el hecho de la Resurrección del Señor. Lo acontecido en aquella mañana del primer día de la semana es el tema principal de la predicación de los Apóstoles: Y los apóstoles daban testimonio con gran fortaleza de la resurrección del Señor Jesús. Si no fuera así, no tendría sentido nuestra fe: Si Cristo no ha resucitado, vuestra fe es vana, dijo san Pablo. La Buena Nueva de la Resurrección nunca puede ser separada del misterio de la Cruz. La Resurrección de Jesús es el sello definitivo de todas las promesas de Dios, el lugar del nacimiento de una humanidad nueva y resucitada. Los cristianos pueden y deben mirar al futuro con gran confianza en la potencia gloriosa del Resucitado de hacer nuevas todas las cosas (San Juan Pablo II).

La Resurrección del Señor es la culminación del Evangelio, es la Buena Noticia por excelencia: Jesús, el crucificado, ha resucitado. Este acontecimiento es la base de nuestra fe y de nuestra esperanza. Si Cristo no hubiera resucitado, el cristianismo perdería su valor. He aquí el relato del Evangelio.

Pasado el sábado, al alborear el día siguiente, marcharon María Magdalena, la otra María y Salomé al sepulcro para embalsamar a Jesús. Y se decían unas a otras: ¿Quién nos quitará la piedra de la entrada del sepulcro? Y de pronto se produjo un gran terremoto, porque un ángel del Señor descendió del Cielo, se acercó, removió la piedra y se sentó sobre ella. Su aspecto era como de un relámpago, y su vestidura blanca como la nieve. Los guardias temblaron de miedo ante él y se quedaron como muertos. Las mujeres al llegar al sepulcro vieron que la piedra estaba quitada. El ángel tomó la palabra y les dijo a las mujeres: Vosotras no tengáis miedo; ya sé que buscáis a Jesús, el crucificado. No está aquí, porque ha resucitado como había dicho. Recordad cómo os lo dijo cuando estaba en Galilea: conviene que el Hijo del Hombre sea entregado en manos de hombres pecadores, y que sea crucificado y que resucite al tercer día. Venid a ver el sitio donde estaba puesto. Marchad enseguida y decid a los discípulos que ha resucitado de entre los muertos; irá delante de vosotros a Galilea: allí le veréis. Mirad que os lo he dicho. Ellas partieron al instante del sepulcro con temor y una gran alegría, y corrieron a dar la noticia a los discípulos. De pronto Jesús les salió al encuentro y las saludó. Ellas se acercaron, abrazaron sus pies y le adoraron. Entonces Jesús les dijo: No tengáis miedo; id a anunciar a mis hermanos que vayan a Galilea: allí me verán.

El Sepulcro vacío, ese Sepulcro nuevo situado en un jardín, donde José de Arimatea colocó devotamente el Cuerpo de Jesús, es el lugar de donde salió el anuncio de la Resurrección. Desde aquella mañana, las palabras de los ángeles: Jesús Nazareno, el crucificado, ha resucitado siguen resonando en el universo como anuncio perenne, que atraviesa los siglos. Jesús con su Cuerpo lleno de vida, vencida la muerte y rotas las barreras del sepulcro, nos repite hoy el anuncio gozoso de la Pascua: He resucitado y estoy aún y siempre contigo. La Resurrección de Cristo es el acontecimiento que ha traído la novedad radical para todo ser humano, para la historia y para el mundo: es el triunfo de la vida sobre la muerte.

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Después de haber vividos momentos cofrades, meditando la Pasión y Muerte del Divino Redentor, en las estaciones de penitencia de la hermandades de la Semana Santa, el Domingo de Pascua, desde la barriada de la Hispanidad, la Hermandad del Resucitado a traer a nuestra consideración la Resurrección de Nuestro Señor Jesucristo. Este misterio de la Resurrección es un acontecimiento real que tuvo manifestaciones históricamente comprobadas como lo atestigua el Nuevo Testamento. Durante cuarenta días estuvo Cristo apareciéndose a diversas personas, María Magdalena, las santas mujeres, los Apóstoles, los discípulos de Emaús… Aunque los Evangelios no lo dice, bien seguro que el Señor se apareció en primer lugar a su Madre, la Virgen María. La Resurrección ha supuesto el triunfo de Jesús sobre la muerte, el pecado y demonio. Cristo ha roto las cadenas de la triple esclavitud a la que estaba sometido el hombre. Sobre el cristiano, como sobre Cristo, la muerte no tiene la última palabra; el que vive en Cristo no muere para quedar muerto; muere para resucitar a una vida nueva y eterna. Dejemos, pues, en el Sepulcro del Señor los andrajos de nuestro hombre viejo, y resucitemos con Él a una vida nueva de gracia y santidad. Vida rejuvenecida en una primavera espiritual de esperanza, vida perennemente orientada hacia el Cielo, a donde Cristo sube para prepararnos lugar; vida regida por ese Espíritu celestial, que el mismo Jesús envía a la tierra para continuar su obra.

Nosotros, cristianos del siglo XXI, debemos testimoniar nuestra fe en Cristo. ¿De qué Cristo?, dirán algunos. Del Cristo eternamente joven, del Cristo vencedor de la muerte, del Cristo resucitado para siempre, del Cristo que en el Espíritu comunica la vida del Padre, del Cristo a quien debemos recurrir para fundamentar y asegurar la esperanza del mañana. El mensaje que debemos llevar al mundo es éste: Jesús, el Amor encarnado, murió en la Cruz por nuestros pecados, pero Dios Padre lo resucitó y lo ha constituido Señor de la vida y de la muerte. En Jesús, el amor ha vencido al odio, la misericordia al pecado, el bien al mal, la verdad a la mentira, la vida a la muerte.

La Resurrección del Señor es prenda de nuestra resurrección. Nuestros cuerpos, tras su disolución en la sepultura, resucitarán a su tiempo por el poder del Verbo de Dios para la gloria del Padre, que revestirá de inmortalidad nuestra carne corruptible, pues la omnipotencia de Dios se manifiesta perfecta en lo que es débil y caduco (San Ireneo de Lyon). San Pedro, en su predicación, hizo hincapié en la Resurrección del Señor, porque es el misterio central de la fe cristiana. Jesús, el Hijo de Dios encarnado, no se ha quedado en el Sepulcro, porque no podía permanecer bajo el dominio de la muerte, y la tumba no podía retener al que vive, al que es la fuente misma de la vida. La Vida pudo más que la muerte. Este misterio nos habla de esperanza, como bien afirmó san Agustín: la Resurrección del Señor es nuestra esperanza. Este Padre de la Iglesia explicaba que Jesús resucitó para que nosotros, aunque destinados a la muerte, no desesperáramos, pensando que con la muerte se acaba totalmente la vida. Cristo ha resucitado para darnos la esperanza. Jesucristo, crucificado y sepultado, ha resucitado con su cuerpo glorioso. Jesús ha resucitado para que también nosotros, creyendo en Él, podamos tener la vida eterna (Benedicto XVI).

Jesucristo, con su muerte y resurrección, nos libró del poder de Satanás y de la muerte. Por el Bautismo los hombres son efectivamente injertados en el misterio pascual de Cristo: mueren con Él, son sepultados con Él y resucitan con Él (Concilio Vaticano II). Esto es, los cristianos hemos resucitado a una vida nueva, que es sobrenatural, pues participamos ya en este mundo de la vida gloriosa de Jesucristo resucitado. Esta vida es de momento espiritual y oculta, pero en la Parusía, cuando Nuestro Señor venga con toda su gloria, llegará a ser manifiesta y gloriosa.

La alegría de saber que Jesús está vivo y la esperanza que llena el corazón no se pueden contener. ¡Sintamos la alegría de ser cristianos! ¡Nosotros creemos en un Resucitado que venció el mal y la muerte! ¡La Resurrección de Cristo es nuestra mayor certeza; es el tesoro más precioso! ¡Cómo no compartir con los demás este tesoro, esta certeza! No es sólo para nosotros, es para transmitirla, para darla a los demás, compartirla con los demás. Porque Jesús resucitó, nosotros resucitaremos; nosotros tenemos la esperanza en la resurrección porque Él nos abrió la puerta a esta resurrección. Y esta transformación, esta transfiguración de nuestro cuerpo se prepara en esta vida por la relación con Jesús, en los Sacramentos, especialmente en la Eucaristía. Nosotros, que en esta vida hemos sido alimentados con su Cuerpo y con su Sangre, resucitaremos como Él, con Él y por medio de Él (Papa Francisco).

María no busca entre los muertos a su Hijo, no fue al sepulcro, pasado el sábado, al alborear el día siguiente; nunca dudó de las palabras de su Hijo. Ella, que mereció llevar en su seno a Dios encarnado, no enterró su esperanza, no vaciló su fe en la Resurrección. Y ella, la Madre del Resucitado no experimentó la corrupción del cuerpo. Ella está en cuerpo y alma en el Cielo. En el caso de que pasara por el trance de la muerte, enseguida resucitó para ser llevada por los ángeles a la gloria del Cielo. Allí nos espera, donde por la infinita misericordia de Dios irá nuestra alma. Y después de la resurrección de los muertos, ya con cuerpo y alma gozaremos de su compañía viendo a Dios cara a cara. A Santa María le pedimos que nuestra fe en las palabras de Cristo sea cada vez mayor, pues somos de los que creemos sin haber visto.

De Domingo de Ramos al Domingo de Pascua, Señor, hemos seguido tu Pasión, Muerte y Resurrección. Haz que también desde el Domingo de Pascua al Domingo de Ramos meditemos todas las escenas del Evangelio, tu vida y tus enseñanzas, y de esta forma podamos ser buenos discípulos tuyos.

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