Homilía del Domingo II de Pascua (Ciclo B)


La primera lectura de la Misa del domingo II de Pascua, tomada de los Hechos de los Apóstoles es un resumen de la vida de la primera comunidad cristiana que, presidida por Pedro y los demás Apóstoles, era la Iglesia, toda la Iglesia de Jesucristo. La multitud de los creyentes no tenía sino un solo corazón y una sola alma. Nadie llamaba suyos a sus bienes, sino que todo era en común entre ellos (Hch 4, 32). En este versículo se habla de una de las notas de la Iglesia, que es la unidad. Esta unidad es una virtud de los buenos cristianos.

La Iglesia de Jesucristo es una y única porque tiene un solo Señor, una sola fe y un solo bautismo (Ef 4, 5), así como una sola cabeza visible- el Papa- que representa a Cristo en la tierra. El modelo y principio último de esta unidad es la Trinidad de Personas divinas, que contiene la unidad de un solo Dios Padre e Hijo en el Espíritu Santo (Concilio Vaticano II, Decreto Unitatis redintegratio, n. 2). Esta nota de la Iglesia se manifiesta visiblemente en la confesión de una sola fe, en la unidad del régimen, en la celebración de un mismo culto divino y en la concordia fraterna de toda la familia de Dios.

Los apóstoles daban testimonio con gran poder de la resurrección del Señor Jesús. Y gozaban todos de gran simpatía (Hch 4, 33). Es bonito ver cómo los fieles de la primitiva cristiandad tenían respeto y veneración por los Apóstoles. Estos eran los testigos de la vida de Jesús y, especialmente, de Cristo resucitado. Igualmente los fieles cristianos de nuestros días tenemos la obligación de rezar, honrar y respetar a los pastores de nuestras almas, en especial al obispo de nuestra diócesis. Jesús, en el misterio del obispo, sigue predicando el Evangelio de salvación y santificando a los creyentes mediante los sacramentos de la fe; es Cristo quien, por medio del ministerio paternal del obispo agrega nuevos miembros a la Iglesia, su Cuerpo. Debéis honrarlo como ministro de Cristo y dispensador de los misterios de Dios, a él se ha confiado dar testimonio del Evangelio y administrar la vida del espíritu y la santidad (Papa Francisco).

No había entre ellos ningún necesitado, porque todos los que poseían campos o casas los vendían, traían el importe de la venta, y lo ponían a los pies de los apóstoles, y se repartía a cada uno según su necesidad (Hch 4, 34-35). El desprendimiento de los discípulos no sólo denota solicitud hacia los necesitados. Demuestra también sencillez de corazón, deseo de pasar ocultos y confianza plena en los Apóstoles. Comenta san Juan Crisóstomo: Entregaban sus bienes y manifestaban al hacerlo su respeto hacia los Apóstoles. Porque no se atrevían a ponerlos en sus manos, es decir, no los presentaban con ostentación, sino que los dejaban a sus pies y hacían a los Apóstoles dispensadores y dueños.

La caridad es esencial en el cristianismo. La naturaleza íntima de la Iglesia se expresa en una triple tarea: anuncio de la Palabra de Dios, celebración de los Sacramentos y servicio de la caridad. Son tareas que se implican mutuamente y no pueden separarse una de otra. Para la Iglesia, la caridad no es una especie de actividad de asistencia social que también se podría dejar a otros, sino que pertenece a su naturaleza y es manifestación irrenunciable de su propia esencia.

La segunda lectura es de la primera carta de san Juan, y también hace referencia al amor. Todo el que cree que Jesús es el Cristo ha nacido de Dios; y todo el que ama a aquel que da el ser ama también al que ha nacido de él (1 Jn 5, 1). El que cree ama a Dios y a los hombres, sus hermanos. La fraternidad humana es consecuencia de la filiación divina. En esto conocemos que amamos a los hijos de Dios: si amamos a Dios y cumplimos sus mandamientos. Pues en esto consiste el amor a Dios: en que guardemos sus mandamientos (1 Jn 5, 2-4).

Por la fe participamos en el triunfo del Señor. Jesús ha vencido al mundo con su muerte y Resurrección, y el cristiano tiene a su alcance las gracias necesarias para vencer las tentaciones y participar de la misma gloria. Claramente lo dice san Juan: Todo lo que ha nacido de Dios vence al mundo. Y lo que ha conseguido la victoria sobre el mundo es nuestra fe. Pues, ¿quien es el que vence al mundo sino el que cree que Jesús es el Hijo de Dios? (1 Jn 5, 4-5). En este texto el término “mundo” tiene un sentido peyorativo: significa todo aquello que se opone a la obra redentora de Cristo y a la consiguiente salvación de los hombres.

El pasaje evangélico de la Misa es del Evangelio según san Juan y narra primeramente la aparición de Cristo resucitado a los Apóstoles reunidos en el cenáculo el mismo día de la resurrección. El Señor se presentó en medio de ellos, y después de decirles: La paz sea con vosotros (Jn 20, 19), creando un ambiente de intimidad y de confianza, va a comunicarles poderes trascendentales. Dicho esto, sopló sobre ellos y les dijo: “Recibid el Espíritu Santo. A quienes perdonéis los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengáis, les quedan retenidos” (Jn 20, 22-23). La Iglesia ha entendido siempre que Jesucristo con estas palabras confirió a los Apóstoles la potestad de perdonar los pecados, poder que se ejerce en el sacramento de la Penitencia.

Este sacramento de la Reconciliación es la expresión más sublime del amor y de la misericordia de Dios con los hombres, como enseña Jesús en la parábola del hijo pródigo. El Señor espera siempre con los brazos abiertos que volvamos arrepentidos, para perdonarnos y devolvernos nuestra dignidad de hijos suyos. Por eso espreciso que sepamos apreciar y aprovecharnos con fruto este Sacramento. Un Dios que perdona, ¡es una maravilla!, solía decir san Josemaría Escrivá.

San Juan habla de una ausencia, la del apóstol Tomás. Tomás, uno de los Doce, llamado el Mellizo, no estaba con ellos cuando vino Jesús. Los otros discípulos le decían: “Hemos visto al Señor”. Pero él les contestó: “Si no veo en sus manos la señal de los clavos y no meto mi dedo en el agujero de los clavos y no meto mi mano en su costado, no creeré” (Jn 20, 24-25). Tomás no da crédito a las palabras de los demás apóstoles y exige una prueba para creer. Pero esta duda del apóstol Tomás moverá al Señor a darle una prueba especial de la realidad de su cuerpo resucitado. Así confirma al mismo tiempo la fe de los que más tarde habían de creer en Él.

Ocho días después, estaban otra vez sus discípulos dentro y Tomás con ellos. Se presentó Jesús en medio estando las puertas cerradas, y dijo: “La paz con vosotros”. Luego dice a Tomás: “Acerca aquí tu dedo y mira mis manos; trae tu mano y métela en mi costado, y no seas incrédulo sino creyente”. Tomás le contestó: “Señor mío y Dios mío” (Jn 20, 26-28). Las palabras del Señor ponen de manifiesto la convicción de que a Jesús ya no se le debe reconocer por el rostro, sino más bien por las llagas. Después de su muerte en la Cruz, los signos distintivos de la identidad de Jesús son sobre todos las llagas, en las que se revela hasta qué punto nos ha amado. La respuesta de Tomás no es una simple exclamación, es una afirmación: un maravilloso acto de fe en la Divinidad de Jesucristo. A este respecto, san Agustín comenta: Tomás veía y tocaba al hombre, pero confesaba su fe en Dios, a quien ni veía ni tocaba. Pero lo que veía y tocaba lo llevaba a creer en lo que hasta entonces había dudado. ¡Señor mío y Dios mío! es una magnífica jaculatoria para expresar nuestra fe en la presencia real de Cristo en la Sagrada Eucaristía.

Santo Tomás no creyó cuando oyó las palabras de los demás apóstoles, sino después de ver. Dícele Jesús: “Porque me has visto has creído. Dichosos los que no han visto y han creído” (Jn 20, 29). Tomás es figura de los que dudan de Jesús, pero que luego se convierten. El Resucitado es el mismo que el crucificado. Porque me has visto Comenta Benedicto XVI las palabras que Jesús dirige al apóstol: Esta frase puede ponerse también en presente: “Bienaventurados los que no ven y creen”. En todo caso, Jesús enuncia aquí un principio fundamental para los cristianos que vendrán después de Tomás, es decir, para todos nosotros. Y comenta santo Tomás de Aquino: Tiene mucho más mérito quien cree sin ver que quien cree viendo. La fe es el comienzo -todavía oscuro ¡qué duda cabe!- de la visión beatífica de Dios. Porque así como ésta nos unirá completamente con Dios, así la fe nos une ya con Él. Por eso, no hay diferencia esencial entre la fe y la visión; ambas nos unen con Dios; la fe, todavía en la oscuridad del camino terreno; la visión, en la claridad de la luz que no tendrá atardecer.

Tomás, como todos los hombres, necesitó de la gracia de Dios para creer, pero además recibió una prueba singular; hubiera sido más meritoria su fe si hubiera aceptado el testimonio de los Apóstoles. Las verdades reveladas se transmiten normalmente por la palabra, por el testimonio de otros hombres que, enviados por Cristo y asistidos por el Espíritu Santo, predican el depósito de la fe. Por consiguiente la fe viene por la predicación y la predicación por la palabra de Cristo (Rm 10, 17). La predicación, pues, del Evangelio tiene las suficientes garantías de credibilidad, y el hombre al aceptarlo ofrece a Dios el homenaje total de su entendimiento y su voluntad asintiendo libremente a los que Dios revela (Concilio Vatiano II, Constitución dogmática Dei Verbum).

El caso del apóstol Tomás es importante para nosotros al menor por tres motivos: primero, porque nos conforta en nuestras inseguridades; en segundo lugar, porque nos demuestra que toda duda puede tener un final luminoso más allá de toda incertidumbre; y, por último, porque las palabras que le dirigió Jesús nos recuerda el auténtico sentido de la fe madura y nos alientan a continuar, a pesar de las dificultades, por el camino de fidelidad a él (Benedicto XVI).

Jesús realizó en presencia de los discípulos otras muchas señales que no están escritas en este libro. Estas han sido escritas para que creáis que Jesús es el Cristo, el Hijo de Dios, y para que creyendo tengáis vida en su nombre (Jn 20, 30-31). Estos dos versículos es un primer epílogo o conclusión del Evangelio según san Juan, en los que se pone de manifiesto la finalidad que perseguía el autor sagrado al escribir su Evangelio: que los hombres crean que Jesús es el Mesías anunciado en el Antiguo Testamento por los profetas, y que, al creer esta verdad salvadora, puedan participar ya aquí de la vida eterna.

Dichosa tú, que has creído (Lc 12, 45). La Virgen María creyó cuando el mensajero de Dios le habló, y concibió en sus purísimas entrañas al Hijo de Dios; creyó en las palabras de su Hijo, y por eso no fue a buscar entre los muertos al que está vivo. Y porque creyó todas las generaciones la llaman bienaventurada.

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