Domingo XII del Tiempo Ordinario. Homilía (Ciclo B)


Y se levantó una gran tempestad de viento, y las olas se echaban encima de la barca, hasta el punto de que la barca ya se inundaba (Mc 4, 37). ¿Quiénes estaban en la barca? Cristo y los apóstoles. Es decir, el divino Fundador de la Iglesia y las columnas de la misma Iglesia. A veces se ha comparado a la Iglesia a una barca sacudida por el oleaje y los vendavales de la historia. Pero esta barca no puede hundirse. Cristo está dentro de la barca y por eso las puertas del infierno no prevalecerán contra ella (Mt 16, 18).

El Cristianismo ha estado demasiadas veces en lo que parecía un fatal peligro, como para que ahora nos vaya a atemorizar una nueva prueba. Son imprevisibles las vías por las que la Providencia rescata y salva a sus elegidos. Generalmente la Iglesia no hace otra cosa que perseverar, con paz y confianza, en el cumplimiento de sus tareas, permanecer serena, y esperar de Dios la salvación (Beato John H. Newman).

San Marcos dice que durante la tempestad, Jesús estaba en la popa de la barca durmiendo. Los discípulos, temiendo naufragar, despertaron al Señor, y le dijeron: Maestro, ¿no te importa que perezcamos? (Mc 4, 38). Entonces Cristo obró el milagro de calmar la tempestad. Y a continuación dijo a los apóstoles: ¿Por qué os asustáis? ¿Todavía no tenéis fe? (Mc 4, 40). Estas preguntas del Señor a sus discípulos nos hablan de una verdad perenne: la fe vence al miedo; con fe no hay nada que pueda causar tribulación. El que cree en Jesús vence al mundo, a ese mundo que es uno de los enemigos del alma. Y ésta es la victoria que ha vencido al mundo: nuestra fe. ¿Quién es el que vence al mundo sino el que cree que Jesús es el Hijo de Dios? (1 Jn 5, 4-5).

El mar, en muchos lugares de la Sagrada Escritura, representa el lugar de las fuerzas maléficas que solamente Dios puede dominar. Al someterlo con el imperio de su voz como quien domina a los demonios, Jesús se presenta con el poder de Dios; de ahí la pregunta que se hicieron los apóstoles al ver el milagro: ¿Quién es éste, que hasta el viento y el mar le obedecen? (Mc 4, 41). Con Cristo siempre saldremos victoriosos.

Siempre la Iglesia ha sido perseguida. Desde en el principio, ya en la época apostólica, hasta nuestros días. Ya lo predijo el Señor: Acordaos de las palabras que os he dicho: no es el siervo más que su señor. Si me han perseguido a mí, también a vosotros os perseguirán (Jn 15, 20). Cristo pide a los que le siguen que sean valientes y que le confiesen sin temor, porque Dios les cuidará con su providencia y les asistirá con la sabiduría de su Espíritu. La infinidad de mártires dan testimonio de fortaleza ante la muerte. Para ellos, morir por Cristo era una ganancia.

Actualmente, en algunos países la Iglesia se encuentra en un período de persecución tal que no es inferior a la de los primeros siglos. No es algo nuevo. Desde que Jesucristo Nuestro Señor fundó la Santa Iglesia, esta Madre nuestra ha sufrido una persecución constante. Quizá en otras épocas las agresiones se organizaban abiertamente; ahora, en muchos casos, se trata de una agresión solapada. Hoy como ayer, se sigue combatiendo a la Iglesia… (San Josemaría Escrivá). A los perseguidores de la Iglesia les decía san Juan Crisóstomo: Es inútil pelear contra el cielo. Cuando combates contra un hombre, o vences o eres vencido; pero si peleas contra la Iglesia, el dilema no existe. Dios es siempre más fuerte.

Quieren los enemigos de la Iglesia que ésta permanezca callada, pero la Iglesia no dejará nunca de proclamar el Evangelio; de hablar de la moral que se deriva de la Ley de Dios; de denunciar con valentía las violencias; de recordar la primacía de la dignidad del hombre sobre cualquier estructura social; de luchar por la justicia y la caridad, mientras en el mundo se den formas de injusticia. Si no lo hiciera, no sería fiel a la misión confiada por Jesús.

Cuando a principios del siglo XX, el gobierno francés movido por un laicismo sectario y agresivo promulgó leyes contrarias a la Iglesia, el papa san Pío X se dirigió a los católicos franceses con estas palabras: Tenemos la esperanza, mil veces cumplida, de que jamás Jesucristo abandonará a su Iglesia y jamás la privará de su apoyo indefectible. No podemos temblar por el futuro de la Iglesia. Su fuerza es divina… y contamos con la experiencia de siglos.

Fe en la Iglesia. Sería más fácil apagar el sol que destruir la Iglesia. Esta frase es una afirmación categórica de fe, de imperturbable seguridad de que la barca de Pedro no se hundirá jamás. Todo lo humano pasa; pero la Iglesia permanece siempre idéntica a sí misma, como Cristo la quiso. Cristo está presente, y la barca no se puede hundir, aunque, a veces, se vea zarandeada de un lado para otro. Esta asistencia divina es lo que hace inquebrantable nuestra fe en la Iglesia, frente a todas las contingencias humanas, en medio de todas las tempestades. La Iglesia ha sufrido -y sufre- la difamación y la calumnia, ya sea en la prensa sectaria o en programas de televisión. No podemos permanecer inactivos. Una cosa que se puede hacer es no consumir los productos que patrocinan esos programas, y hacerlo saber a sus casas comerciales.

En el Misal Romano hay una misa Por los cristianos perseguidos. En la oración colecta pedimos a Dios para que conceda a esos hermanos nuestros en la fe, que sufren persecución por el solo hecho de ser cristianos, espíritu de paciencia y caridad, para que se manifiesten siempre testigos verdaderos de la fe en Cristo. Y la oración sobre las ofrendas es ésta: Recibe, Señor, nuestras oraciones y ofrendas, y haz que todos aquellos que sufren persecución de los hombres por su fidelidad en tu servicio se gocen de verse asociados al sacrificio de Jesucristo tu Hijo, y sientan la alegría de saber que sus nombres ya están escritos en el cielo.

Sabemos que los cristianos perseguidos del siglo XXI nos están dando un ejemplo maravilloso. En medio de tantas tribulaciones y peligros siguen siendo fieles a la fe recibida en el bautismo, y se glorían de seguir llamándose cristianos. Hoy como ayer la sangre de los mártires es semilla de nuevos cristianos. El siglo XX fue un tiempo de martirio. Están los mártires “cristeros”, en México; los mártires de la persecución religiosa de España; los mártires de Alemania en la época del nazismo; los mártires católicos de los países dominados por el comunismo. Por eso san Juan Pablo II quiso que se actualizara el “Martirologio Romano”, y canonizó y beatificó a numerosos mártires de la historia reciente. Y hemos visto en nuestra época un renovado florecimiento de la Iglesia en aquellos lugares donde ha sufrido más a causa de la fe y del testimonio del Evangelio.

En la bula Incarnationis mysterium de san Juan Pablo II, por la cual convocaba el Gran Jubileo del Año 2000, el Papa se refirió a los testigos de la fe con estas palabras: Un signo perenne, pero hoy particularmente significativo, de la verdad del amor cristiano es la memoria de los mártires. Que no se olvide su testimonio. Ellos son los que han anunciado el Evangelio dando su vida por amor. El mártir, sobre todo en nuestros días, es signo de ese amor más grande que compendia cualquier otro valor: Su existencia refleja la suprema palabra pronunciada por Jesús en la cruz: “Padre, perdónales, porque no saben lo que hacen” (Lc 23 ,34). Los dos mil años transcurridos desde el nacimiento de Cristo se caracterizan por el constante testimonio de los mártires. En los dos mil años de historia, personas de todas clases sociales han sufrido por su fe, pagando con la sangre su adhesión a Cristo y a la Iglesia, o soportando con valentía largos años de prisión o privaciones de todo tipo por no renunciar a su fe. En nuestros días, ¡cuántos cristianos han sido desplazados de sus hogares, e incluso de su patria!

San Lucas narra en los Hechos de los Apóstoles la persecución que se desató contra la Iglesia de Jerusalén. Y como aquellos primeros cristianos se dispersaron por las regiones de Judea y Samaría. Los que se habían dispersado iban de un lugar a otro anunciando la palabra del Evangelio (Hch 8, 4). La expansión de la Iglesia por Samaría es el primer paso del cumplimiento de las palabras que dijo Cristo a sus apóstoles antes de subir al Cielo: Seréis mis testigos en Jerusalén, en toda Judea y Samaría, y hasta los confines de la tierra (Hch 1, 8). El Evangelio, la Buena Nueva, el mensaje salvífico del Señor, rebasa las fronteras de Judea porque en medio de infortunio, los cristianos continúan la predicación, en vez de descuidarla (San Juan Crisóstomo, In Acta Apostolorum 18).

El éxito de la predicación del diácono Felipe en Samaría, según narra san Lucas en los Hechos de los Apóstoles, es la primera consecuencia de la persecución. Decía un Padre de la Iglesia: La religión fundada por el misterio de la Cruz de Cristo no puede ser destruida por ningún género de crueldad. No se disminuye la Iglesia por las persecuciones, antes al contrario, se aumenta. El campo del Señor se viste entonces con una cosecha más rica. Cuando los granos que caen mueren, nacen multiplicados (San León I Magno, In natali Apostolorum Petri et Pauli 6).

Estando san Pablo en Listra, unos judíos que vinieron de Antioquía y de Iconio sedujeron a la muchedumbre para que apedreara al apóstol, y lo arrastraron fuera de la ciudad creyéndole muerto. Al día siguiente, san Pablo, acompañado de san Bernabé, marchó a Derbe. Después de predicar el Evangelio en aquella ciudad y hacer numerosos discípulos, se volvieron a Listra, Iconio y Antioquía, confortando los ánimos de los discípulos y exhortándoles a perseverar en la fe, diciéndoles que es preciso que entremos en el Reino de Dios a través de muchas tribulaciones (Hch 14, 21-22). Aquí san Lucas señala el progreso y la victoria de la Palabra de Dios, al tiempo que no deja de apuntar que el camino de los que anuncian el Evangelio es un camino de cruz. Cruz, trabajos, tribulaciones: los tendrás mientras vivas. -Por ese camino fue Cristo, y no es el discípulo más que el Maestro (Camino, n. 699).

Acompañemos con nuestra oración a los cristianos perseguidos. Son millones de cristianos en todo el mundo que no pueden vivir su fe libremente. Cada año son asesinados cerca de 100.000 cristianos a causa de sus creencias religiosas, es decir, uno cada cinco minutos. De hecho, el cristianismo es la confesión religiosa más perseguida. El derecho a la libertad religiosa se vulnera en 82 países. En una ciudad de Irak, Mosul, el grupo yihadistas dieron a elegir a los cristianos entre convertirse al islam o marcharse en el plazo de 24 horas; de lo contrario, perecerían “por la espada”. De esta manera, una ciudad que hasta hace poco contaba con 30.000 cristianos, hoy ya no tiene ninguno. De hecho, es la primera vez en 1.600 años que ya no se celebra la liturgia dominical.

Sancta Maria, Regina Martyrum, ora pro nobis.

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