Domingo XX del Tiempo Ordinario. Homilía (Ciclo B)


La Sabiduría ha edificado una casa, ha labrado sus siete columnas, ha hecho su matanza, ha mezclado su vino, ha preparado también su mesa. Ha mandado a sus criadas y anuncia en lo alto de las colinas de la ciudad: “Si alguno es simple, véngase acá”. Y al falto de juicio le dice: “Venid y comed de mi pan, bebed del vino que he mezclado; dejaos de simplezas y viviréis, y dirigíos por los caminos de la inteligencia” (Pr 9, 1-6). Con estas palabras, el autor del libro de los Proverbios, que no es otro que Dios, nos invita a participar del banquete que ha preparado en su casa. La comida tiene un significado simbólico: es la enseñanza de los sabios, y la asimila quien la escucha. Fortalecidos por esta comida podremos avanzar por los caminos de la inteligencia. Y es la doctrina de Cristo la que nos permite andar por la senda del discernimiento.

También este alimento que nos ha preparado la Sabiduría prefigura el verdadero Pan de Vida que Dios entregará a los hombres, y que es el Cuerpo del Verbo Encarnado, de la propia Sabiduría hecha hombre. Un antiguo autor cristiano pone esas palabras en boca de Jesucristo: Tanto a los faltos de obras de fe como a los que tienen el deseo de una vida más perfecta, dice: “Venid, comed mi cuerpo, que es el pan que os alimenta y fortalece; bebed mi sangre, que es el vino de la doctrina celestial que os deleita y os diviniza; porque he mezclado de manera admirable mi sangre con la divinidad, para vuestra salvación” (Procopio de Gaza, In librum Proverbiorum 9).

La casa de la Sabiduría está asentada en siete columnas. Estas “siete columnas” podrían aludir a su perfección, pues el siete goza del simbolismo de la cifra perfecta. Esta perfección de la Sabiduría es enseñada en la Escritura, y si asimilamos nos hace tener la conciencia bien formada. Decía san Juan Pablo II: El camino del amor según Cristo es un camino difícil, exigente. Hay que ser realistas. Los que no os hablan más que de espontaneidad, de facilidad, os engañan. Sed hombres y mujeres de conciencia. No sofoquéis vuestra conciencia, no la deforméis; llamad con su nombre el bien y el mal.

La conciencia, para ser norma válida del actuar humano, tiene que ser recta; es decir, verdadera y segura de sí misma, y no dudosa ni culpablemente errónea. De ahí la necesidad de formar bien la conciencia, de conocer la moral cristiana. Quizá en nuestra vida, por debilidad, podremos hacer cosas mal hechas. Pero las ideas claras, la conciencia clara: lo que no podemos es hacer cosas malas y decir que son cosas santas (San Josemaría Escrivá).

San Pablo nos aconseja el examen de conciencia y la sensatez. Así pues, mirad atentamente cómo vivís; que no sea como imprudentes, sino como prudentes; aprovechando bien el tiempo presente, porque los días son malos. Por tanto, no seáis insensatos, sino comprended cuál es la voluntad de Señor (Ef 5, 15-17). Nuestra vida de cristiano debe caracterizarse por la sensatez. Y en eso nos diferenciamos por quienes se empeñan en vivir de espaldas a Dios, que son necios. La sensatez es consecuencia en el hombre del conocimiento de la voluntad de Dios y de la plena identificación con los planes divinos. De esta coherencia entre la fe y la vida procede la verdadera sabiduría, la que nos hacer discernir el bien del mal y la virtud del vicio.

Consecuencia de la sensatez es aprovechar bien el tiempo. Con razón se llama tiempo perdido el que se gasta sin servicio de Dios ni provecho del prójimo. Hay personas que ocupan su tiempo en perseguir bienes materiales: un mejor puesto de trabajo, la segunda casa, unos viajes, unos capitales…, y no dedican tiempo en buscar otros bienes más importante: la vida de familia, la amistad, la cultura… y, sobre todo, el trato con Dios. Alguien dijo que se compra la felicidad eterna con la moneda del tiempo. Con visión cristiana, aprovechar el tiempo quiere decir aprovechar todos los momentos y circunstancias para dar gloria Dios.

No os embriaguéis con vino, que es causa de libertinaje; llenaos más bien del Espíritu (Ef 5, 18). En el ambiente pagano en tiempos de san Pablo, que por desgracia también tan frecuentemente se está viviendo en nuestros días, no faltaban quienes pensaban que la alegría y la felicidad se podían alcanzar con el recurso a medios exclusivamente materiales. Nada más falso. El Apóstol de los gentiles dijo a los cristianos de Éfeso -y nos enseña a los cristianos de todas las épocas- donde está la raíz de la verdadera felicidad: en la docilidad a la acción del Espíritu Santo en las almas. Con ello se logra una paz y una alegría que el mundo no puede dar. Por tanto, no dejemos que la cultura del placer adormezca nuestra conciencia. Vivo mejor con la conciencia tranquila que con una buena cuenta corriente, declaró un famoso actor de cine. Y san Gregorio Magno: No hay almohada más agradable y blanda para descansar que la buena conciencia. Esas frases son muestras claras de sabiduría.

La verdadera sabiduría nos hace vivir la virtud de la templanza por la que refrenamos los deseos desordenados de los placeres sensibles y usamos con moderación de los bienes temporales. Esta virtud es expresión del señorío que el hombre tiene sobre los bienes creados por Dios, y su ejercicio es imprescindible para mantener el sentido sobrenatural en la vida.

Recitad entre vosotros salmos, himnos y cánticos inspirados; cantad y salmodiad en vuestro corazón al Señor, dando gracias continuamente y por todo a Dios Padre, en nombre de nuestro Señor Jesucristo (Ef 5, 19-20). Cuando el astronauta Neil Armstrong, el primero hombre que llegó a la luna, dijo al pisar la superficie de nuestro satélite: Quisiera decir a todos los que me escuchan que hagan una pausa en su mente y, considerando todo lo que ha ocurrido en los últimos minutos, den gracias a Dios cada uno a su manera. Todo hombre -especialmente el cristiano- debe dar gracias a Dios por los dones recibidos, sabiendo que todas las cosas cooperan para el bien de los que aman a Dios (Rm 8, 28).

No hay circunstancia alguna de la vida que escape a la providencia divina. Él permite junto con las alegrías y las penas, tanto los éxitos como los fracasos. De ahí que un cristiano consecuente con su fe, todo se convierte en éxito, incluso aquello que humanamente puede parecer negativo y le hace sufrir, porque si lo considera con visión sobrenatural y lo afronta con amor a la Cruz de Cristo, proporciona paz y alegría a la vez que es fuente de méritos para el Cielo. Y saber esto también es señal de sabiduría.

Una forma de expresar ese agradecimiento a Dios está en la liturgia cristiana. Ya desde los comienzos de la Iglesia los fieles, por medio de salmos, himnos y cánticos espirituales, manifiestan su gratitud a Dios. En las ceremonias litúrgicas de la Iglesia , los cánticos son manifestaciones de júbilo ante las grandezas de Dios y expresión de agradecimiento por los bienes recibidos.

Entre los bienes recibidos está el Pan de Vida. Yo soy el pan vivo, bajado del cielo. Si uno come de este pan, vivirá para siempre; y el pan que yo le voy a dar, es mi carne por la vida del mundo (Jn 6, 51). Los que están escuchando el discurso eucarístico de Jesús en la sinagoga de Cafarnaún, entienden perfectamente el sentido propio y directo de las palabras del Señor; pero no creen que tal afirmación pueda ser verdad. Discutían entre sí los judíos y decían: “¿Cómo puede éste darnos a comer su carne?” (Jn 6, 52). Cristo no hablaba en sentido figurado o simbólico, si así lo hubiera hecho, a sus oyentes no les hubiera causado tan gran extrañeza ni se hubiera producido la discusión.

Nuestro Señor, al ver la incredulidad de aquellos hombres, insiste de nuevo en su afirmación confirmando lo ya dicho: El que come mi carne y bebe mi sangre, tiene vida eterna, y yo le resucitaré el último día. Porque mi carne es verdadera comida y mi sangre verdadera bebida. El que come mi carne y bebe mi sangre, permanece en mí, y yo en él (Jn 6, 54-56). Además reitera con gran fuerza la necesidad de recibirle en la Eucaristía para alcanzar la vida eterna: Si no coméis la carne del Hijo del Hombre y no bebéis su sangre, no tendréis vida en vosotros (Jn 6, 53). El Cuerpo y la Sangre del Señor son prenda de vida eterna y garantía de la resurrección de nuestros cuerpos.

Así como el alimento corporal es necesario para la vida terrena, la Comunión es necesaria para mantener la vida del alma. Comulgar es entrar en comunión con la persona del Señor vivo. La comunión es realmente un encuentro entre dos personas, es un dejarse penetrar por la vida de quien es el Señor, de quien es Creador y Redentor. El objetivo de la comunión es la asimilación de la vida de quien comulga con la de Cristo, su transformación y configuración con quien es Amor vivo. Por esto la Iglesia exhorta a sus fieles a que reciban frecuentemente el sacramento de la Eucaristía.

El efecto más importante que se produce en la persona que comulga es la unión íntima con Jesucristo. El mismo nombre de Comunión indica esta participación unitiva en la misma Vida del Señor. En los demás sacramentos se nos da la gracia; en la Eucaristía recibimos al Autor de la gracia. Participando realmente del Cuerpo del Señor en la fracción del pan eucarístico, somo elevados a una comunión con Él y entre nosotros. “Porque el pan es uno, somos muchos un solo cuerpo, pues todos participamos de un único pan (1 Co 10, 17) (Concilio Vaticano II, Constitución Lumen gentium, n. 7).

He aquí una oración del papa san Juan XXIII: Oh, Jesús, único “pan verdadero” y alimento sustancial de las almas, congrega a todos los pueblos en torno a tu mesa que es divina realidad en la tierra, prenda de favores celestes, seguridad de justo entendimiento entre las gentes y de pacíficas competiciones por el verdadero progreso de la civilización. Nutridos por Ti y de Ti, oh Jesús, los hombres serán fuertes en la fe, dichosos en la esperanza, activos en las múltiples aplicaciones de la caridad. Las voluntades sabrán superar las insidias del mal, las tentaciones del egoísmo.

Termina Jesús el Discurso del Pan de Vida, también conocido como Discurso eucarístico o Promesa de la eucaristía, diciendo: Éste es el pan bajado del cielo; no como el que comieron vuestros padres, y murieron; el que coma este pan vivirá para siempre (Jn 6, 58). Jesús compara el verdadero Pan de Vida, su propio Cuerpo, con el maná, con el que Dios había alimentado a los hebreos diariamente durante cuarenta años en el desierto. Así, hace una invitación a alimentar frecuentemente nuestra alma con el manjar de su Cuerpo.

Invocamos a Santa María como Asiento de la Sabiduría. Ella es mujer “eucarística”. ¿Cómo imaginar los sentimientos de María al escuchar de la boca de Pedro, Juan, Santiago y los otros Apóstoles, las palabras de la Última Cena: “éste es mi cuerpo que es entregado por vosotros?” Aquel cuerpo entregado como sacrificio y presente en los signos sacramentales, ¡era el mismo cuerpo concebido en su seno! Recibir la Eucaristía debía significar para María como si acogiera de nuevo en su seno el corazón que había latido al unísono con el suyo y revivir lo que había experimentado en primera persona al pie de la Cruz (San Juan Pablo II, Encíclica Ecclesia de Eucharistia n. 56). Le pedimos a la Virgen, en continuidad con su fe en el Misterio eucarístico, que creamos firmemente que el mismo Jesús, Hijo de Dios e Hijo de María, se hace presente con todo su ser humano-divino en las especies del pan y del vino, y que cuando comulguemos seamos coherentes con esa creencia.

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