Solemnidad de la Asunción de la Virgen María. Homilía (Ciclo B)


Era el Año Santo de 1950 cuando el Pío XII, en la solemnidad de Todos los Santos, proclamó el cuarto dogma mariano con estas palabras: La Inmaculada Madre de Dios, siempre Virgen María, cumplido el curso de su vida terrena, fue asunta en cuerpo y alma a la gloria celestial (Munificentissimus Deus). Esta verdad de fe era conocida por la Tradición, afirmada por los Padres de la Iglesia, y era sobre todo un aspecto relevante del culto tributado a la Madre de Cristo; y fue proclamada para honor del Hijo, para glorificación de la Madre y para alegría de toda la Iglesia. En la definición dogmática están los cuatro dogmas marianos: Maternidad Divina, Inmaculada Concepción, Virginidad Perpetua y Asunción al Cielo.

La Asunción al cielo, en alma y cuerpo, es un privilegio divino dado a la Santa Madre de Dios por su particular unión con Jesús. Se trata de una unión corporal y espiritual, iniciada desde la Anunciación y madurada en toda la vida de María a través de su participación singular en el misterio de su Hijo. María siempre iba con el Hijo: fue su primera discípula. La existencia de la Virgen se desarrolló como la de una mujer común de su tiempo: rezaba, gestionaba la familia y la casa, frecuentaba la sinagoga… Pero cada acción diaria la hacía siempre en unión total con Jesús. Y en el Calvario esta unión alcanzó la cumbre en el amor, en la compasión y en el sufrimiento del corazón. Por eso Dios le dio una participación plena en la resurrección de Jesús. El cuerpo de la Santa Madre fue preservado de la corrupción, como el del Hijo. Estamos llamados a servir y glorificar a Dios con todo nuestro ser, alma y cuerpo. Servir a Dios solamente con el cuerpo sería una acción de esclavos. En el año 220, san Ireneo afirmaba que “la gloria de Dios es el hombre vivo, y la vida del hombre consiste en la visión de Dios”. Si hubiéramos vivido así, en el alegre servicio a Dios, que se expresa también en un generoso servicio a los hermanos, nuestro destino, en el día de la resurrección, será como el de nuestra Madre celestial. Entonces se nos dará la oportunidad de realizar plenamente la exhortación del apóstol Pablo: “Glorificad a Dios en vuestro cuerpo” (1 Co 6, 20) (Papa Francisco, Homilía 15.VIII.2018).

El episodio evangélico de la Misa de la Solemnidad de la Asunción nos presenta a María, que, inmediatamente después de haber concebido a Jesús por obra del Espíritu Santo, va a visitar a su prima Isabel, que en su ancianidad milagrosamente espera un hijo. En el saludo, Isabel es consciente del gran bien que supone la presencia de María y del Hijo que Ésta lleva en su seno, y exclama: ¿De dónde a mí tanto bien, que venga la madre de mi Señor a visitarme? (Lc 1, 43), y adelantándose al coro de todas las generaciones venideras, proclama bienaventurada a Santa María y alaba su fe. Quien preguntare ¿por qué María es glorificada con la asunción al cielo? San Lucas ve la raíz de la exaltación y de la alabanza a María en la expresión de Isabel: Bienaventurada la que ha creído que se cumplirían las cosas que le fueron dichas de parte del Señor (Lc 1, 45). No ha habido fe como la de Santa María; en Ella tenemos el modelo más acabado de cuáles han de ser las disposiciones de la criatura ante su Creador: sumisión completa, acatamiento pleno. Con su fe, María es el instrumento escogido por el Señor para llevar a cabo la Redención como Mediadora universal de todas las gracias. Ella está asociada a la obra redentora de su Hijo.

Después oír las palabras de Isabel, la Virgen pronunció el cántico Magníficat. Desde ahora me felicitarán todas la generaciones (Lc 1, 48). Es una profecía para toda la historia de la Iglesia. Esta expresión del Magníficat, referida por san Lucas, indica que la alabanza a la Virgen santa, Madre de Dios, íntimamente unida a Cristo su Hijo, concierne a la Iglesia de todos los tiempos y de todos los lugares. Y la anotación de estas palabras por parte del evangelista presupone que la glorificación de María ya estaba presente en el tiempo de san Lucas y que él la consideraba un deber y un compromiso de la comunidad cristiana para todas las generaciones. Las palabras de María dicen que es un deber de la Iglesia recordar la grandeza de la Virgen por la fe. Así pues, esta solemnidad es una invitación a alabar a Dios, a contemplar la grandeza de la Virgen, porque es en el rostro de los suyos donde conocemos quién es Dios (Benedicto XVI, Homilía 15.VIII.2012).

El Magníficat es el cántico de Santa María a Dios; es un himno de fe y de amor, que brota del corazón de la Virgen. Ella vivió con fidelidad ejemplar y custodió en lo más íntimo de su corazón las palabras de Dios a su pueblo, las promesas hechas a Abrahán, Isaac y Jacob, convirtiéndolas en el contenido de su oración. En el Magníficat la Palabra de Dios se convirtió en la palabra de María, en lámpara de su camino, y la dispuso a acoger también en su seno al Verbo de Dios hecho carne (Benedicto XVI, Homilía 15.VIII.2012). Decía san Josemaría Escrivá comentando este canto: Nuestra oración puede acompañar e imitar esa oración de María. Como ella, sentiremos el deseo de cantar, de proclamar las maravillas de Dios, para que la humanidad entera y los seres todos participen de la felicidad nuestra (Es Cristo que pasa n. 144).

En la primera lectura, tomada del Apocalipsis, se lee: Se abrió en el cielo el santuario de Dios, y apareció en su santuario el arca de su alianza (Ap 11, 19). En las letanías lauretanas, en una de las invocaciones nos dirigimos a la Virgen llamándola Arca de la Alianza. En el Antiguo Testamento, el Arca era símbolo de la presencia de Dios en medio de su pueblo. El Arca era un mueble donde se guardaban las dos tablas de la Ley que Dios entregó a Moisés en el monte Sinaí. Y así se manifestaba la voluntad de Dios de mantener la Alianza con el pueblo elegido. Pero en el Nuevo Testamento, la verdadera arca de la Alianza es una persona viva y concreta: la Virgen María. Ya Dios no habita simbólicamente en un mueble, sino realmente en una persona, en un corazón, en María que llevó en su seno al Hijo eterno de Dios hecho hombre, Jesús nuestro Señor y Salvador. Con su fiat (hágase) en el momento de la Anunciación acogió en sí a Jesús, a Aquél que es la Alianza nueva y eterna. Con razón, por consiguiente, la piedad cristiana, se dirige a ella invocándola como Foederis Arca, “Arca de la alianza”, arca de la presencia de Dios, arca de la alianza de amor que Dios quiso establecer de modo definitivo con toda la humanidad en Cristo.

También el pasaje del Apocalipsis de la Misa de la Asunción quiere indicar otro aspecto importante de la realidad de María. Ella, arca viviente de la alianza, tiene un extraordinario destino de gloria, porque está tan íntimamente unida a su Hijo, a quien acogió en la fe y engendró en la carne, que comparte plenamente su gloria del cielo. Es lo que sugieren los siguientes versículos: Un gran signo apareció en el cielo: una mujer vestida del sol, y la luna bajo sus pies y una corona de doce estrellas sobre su cabeza; y está encinta (…). Y dio a luz un hijo varón, el que ha de pastorear a todas las naciones (12, 1-2.5). La grandeza de María, Madre de Dios, llena de gracia, plenamente dócil a la acción del Espíritu Santo, vive ya en el cielo de Dios con todo su ser, alma y cuerpo.

El gran signo aparecido en el cielo es la mujer. Ésta, en primer lugar, es figura de la Virgen María. Vestida de sol, es decir, totalmente llena de Dios, rodeada y penetrada por la luz divina. Coronada con doce estrellas, como Reina de los Doce Apóstoles y de los ángeles y santos del Cielo. La luna por pedestal. Bajo los pies de la mujer está la luna, que es imagen de la muerte y de la mortalidad. María superó la muerte; está totalmente vestida de vida, elevada en cuerpo y alma a la gloria de Dios (Benedicto XVI).

San Juan Damasceno refiriéndose a la Asunción de la Virgen al Cielo dijo: Hoy la santa y única Virgen es llevada al templo celestial… Hoy el arca sagrada y animada por el Dios vivo, (el arca) que llevó en su seno a su propio Artífice, descansa en el templo del Señor, no construido por mano de hombre (…) Era preciso que aquella que había acogido en su seno al Logos divino, se trasladara a los tabernáculos de su Hijo… Era preciso que la Esposa que el Padre se había elegido habitara en la estancia nupcial del cielo (Homilía II sobre la Dormición).

Hoy la Virgen María sube a los cielos; porque reina con Cristo para siempre (Antífona del “Magnificat”). La fiesta de la Asunción de la Virgen es para nosotros un signo de segura esperanza y de consolación, y nos impulsa a mirar al Cielo, morada eterna y meta de nuestra vida. Santa María está en alma y cuerpo en el Cielo y allí nos espera. Mientras que estamos en camino, la Virgen nos ayuda a vencer los ataques infernales que padecemos. Añade san Juan en su relato de la visión de la mujer vestida de sol que está encinta, y grita con los dolores del parto y con el tormento de dar a luz. Y apareció otra señal en el cielo: un gran Dragón rojo (Ap 12, 2-3), y que el dragón estaba dispuesto a tragarse al niño en cuanto naciera. El dragón, fortísimo y que parece invencible, personifica el poder del infierno que, a lo largo de la historia, en formas diversas, ha combatido a la Iglesia y a los cristianos. Sin embargo, al final venció la mujer inerme; venció el amor de Dios.

Hoy día, el dragón tiene la forma de ideologías materialistas, que nos dicen: es absurdo pensar en Dios; es absurdo cumplir los mandamientos de Dios; es algo del pasado. Lo único que importa es vivir la vida para sí mismo, tomar en este breve momento de la vida todo lo que nos es posible tomar. Sólo importa el consumo, el egoísmo, la diversión. Ésta es la vida. Así debemos vivir (Benedicto XVI). Pero también ahora sigue siendo Dios más fuerte que el dragón, y la verdad derrotará las falsas ideologías basadas en el odio.

Con la muerte, el alma de los justos separada del cuerpo es recibida en el Cielo, mientras el cuerpo se corrompe aquí en la tierra. Pero en el Cielo también hay un lugar para el cuerpo. Hasta el final de los tiempos sólo están en Cielo las almas de los santos, con la excepción de la Virgen que está también con su cuerpo. Pero con la resurrección de los muertos, también los cuerpos de los bienaventurados estarán en el Cielo, hay sitio para ellos. El último enemigo en ser destruido será la muerte (1 Co 15, 26). La muerte no tiene la última palabra, ha sido vencida por Cristo.

La resurrección de los muertos es una verdad de fe. Claramente lo afirma san Pablo: Cristo resucitó de entre los muertos como primicias de los que durmieron. Porque, habiendo venido por un hombre la muerte, también por un hombre viene la resurrección de los muertos. Pues del mismo modo que en Adán mueren todos, así también todos revivirán en Cristo (1 Co 15, 20-22). Por esto la fiesta de la Asunción es un día de alegría. Dios ha vencido. El amor ha vencido. Ha vencido la vida. Se ha puesto de manifiesto que el amor es más fuerte que la muerte, que Dios tiene la verdadera fuerza, y su fuerza es bondad y amor. Y además en el Cielo tenemos una madre, Santa María, Madre de Dios pero también Madre nuestra por voluntad de Jesucristo. Ella intercede siempre por nosotros.

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