Domingo XXI del Tiempo Ordinario. Homilía (Ciclo B)


En el libro de Josué se lee la decisión del pueblo elegido de permanecer fiel a Dios. Josué reunió a todas las tribus de Israel y, después de recordar a los israelitas la fidelidad de Dios que siempre cumple sus promesas, les pidió una correspondencia a esa fidelidad con estas palabras: Así que ahora reverenciad al señor, servidlo con pureza y verdad, apartaos de los dioses a los que sirvieron vuestros padres al otro lado del río y en Egipto, y servid al Señor. Si os parece mal servir al Señor, escoged hoy a quién vais a servir: a los dioses a los que sirvieron vuestros padres cuando estaban al otro lado del río o a los dioses de los amorreos en cuya tierra habitáis. Yo y mi casa serviremos al Señor (Jos 24, 14-15). El pueblo respondió: Lejos de nosotros abandonar al Señor para servir a otros dioses; porque el Señor es nuestro Dios (Jos 24, 16).

Josué advierte: Dios es santo y es un Dios celoso; no pasará por encima de vuestros delitos y de vuestros pecados. Si abandonáis al Señor y servís a dioses extranjeros, se volverá, os maltratará y os consumirá después de haberos favorecido (Jos 24, 19-20). Y el pueblo se reafirma en la decisión ya tomada: Serviremos al Señor (Jos 24, 20).

Jesucristo nos habla de dos puertas y dos sendas. Entrad por la puerta angosta. ¡Cuán ancha es la puerta y espaciosa la senda que lleva a perdición! Y son muchos los que entran por ella. ¡Cuán angosta es la puerta y estrecha la senda que lleva a la vida! Y son pocos los que dan con ella (Mt 7, 13-14).

En la vida, cada hombre debe elegir el camino que quiere seguir. La doctrina moral cristiana reconoce la específica importancia de una elección fundamental que cualifica la vida moral y que compromete la libertad a nivel radical ante Dios.

En la sinagoga de Cafarnaún Cristo promete la Eucaristía. Esta promesa está recogida en el capítulo 6 del Evangelio según san Juan. El Señor dice de sí mismo que es el pan de la vida (Jn 6, 35); Yo soy el pan bajado del cielo (Jn 6, 41). Y también afirma: Mi carne es verdadero manjar y mi sangre verdadera bebida (Jn 6, 56); El que come mi carne y bebe mi sangre, tiene vida eterna, y yo le resucitaré en el último día (Jn 6, 55). Y ocurrió que muchos de sus discípulos al oírlo, dijeron: Este modo de hablar es duro, ¿quién puede hacerle caso? (Jn 6, 61), y dejaron de seguir a Cristo. A continuación, tras la desbandada de muchos de sus discípulos, el evangelista san Juan pone por escrito la respuesta de Simón Pedro a Cristo, cuando Jesús preguntó a sus apóstoles: ¿Queréis iros vosotros también? (Jn 6, 68). Cada de nosotros le puede decir a Jesús, con las mismas palabras de san Pedro: Señor, ¿a quién iríamos? Tú tienes palabras de vida eterna, y nosotros hemos creído y sabemos que tú eres el Santo de Dios (Jn 6, 69-70).

Sólo Jesús de Nazaret, el Hijo de Dios y de María, la Palabra eterna del Padre, que nació hace dos mil años en Belén de Judá, puede satisfacer las aspiraciones más profundas del corazón humano. Toda su vida, Jesús se muestra como nuestro modelo: Él es el hombre perfecto que nos invita a ser sus discípulos y a seguirle: con su anonadamiento, nos ha dado un ejemplo que imitar; con su oración atrae a la oración; con su pobreza, llama a aceptar libremente la privación y las persecuciones (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 520).

¿A dónde iríamos? Sólo en Cristo está el verdadero bien. Él es el Mesías prometido que nos ha traído la salvación; es la Luz del mundo que disipa las tinieblas del pecado; es el Camino que conduce al Cielo; es la Verdad que nos libra del error y de la mentira; es la Vida porque sin Él la vida terrena carece de sentido; es la Resurrección que nos dice que más allá de la muerte hay vida; es el Pan de vida que alimenta el espíritu en nuestra peregrinación por esta tierra. Él, que está en el Padre y el Padre en Él, nos muestra el rostro misericordioso de Dios.

La vida del cristiano debe ser una historia admirable de fidelidad a Dios, con un amor encendido a Cristo. Es el único camino para alcanzar el Cielo. Que Dios pueda decirnos estas palabras: Me acuerdo de tu fidelidad al tiempo de tu adolescencia; de tu amor hacia mí cuando te desposé conmigo; de tu seguirme a través del desierto, tierra donde no se siembra (Jr 2, 2). La vida se acaba con la muerte: todos hemos de morir. Y después viene el Juicio, la Gloria (quizás pasando antes por el Purgatorio) o el Infierno. Para nosotros, si somos fieles, vendrá el Paraíso.

¡Duras son estas palabras! ¿Quién puede oírlas? ¡Cuántas veces decimos esto mismo! Nos parece muy exigente la doctrina del Evangelio. ¡En cuántas circunstancias, más que conformarnos dócilmente a la voluntad divina, quisiéramos que Dios realizara nuestros designios y colmara todas nuestras expectativas! ¡En cuántas ocasiones nuestra fe se muestra frágil, nuestra confianza débil y nuestra religiosidad contaminada por elementos mágicos y meramente terrenos! (Benedicto XVI).

Jesucristo nos habla de caridad, de amar al prójimo. Es fácil querer a los que nos hacen bien. Sin embargo, resulta difícil amar a los enemigos. Pero la enseñanza del Maestro, del único Maestro que tiene palabras de vida eterna, es bien clara: Dijo Jesús a sus discípulos: habéis oído que fue dicho: Amarás a tu prójimo, y aborrecerás a tu enemigo. Mas yo os digo: Amad a vuestros enemigos, haced el bien a los que os aborrecen, y rogad por los que os persiguen y calumnian, para que seáis hijos de vuestro Padre, que está en los cielos (Mt 5, 43-45).

La vida de Jesucristo en la tierra obliga a los hombres a tomar postura; o con Dios, o contra Dios. Bien claro lo dijo Nuestro Señor: El que no está conmigo, está contra mí; y el que no recoge conmigo, desparrama (Lc 11, 23).

La vida cristiana no es cómoda. El que quiera venir en pos de Mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz y sígame (Mt 16, 24). Pero no olvidemos que Cristo será nuestro cirineo, nos ayudará a llevar la cruz. Decía san Juan Pablo II: Es necesario repetir a todos que Jesucristo no prometió a los que se unen en matrimonio un paraíso terrenal, sino su ayuda para superar las dificultades y alcanzar una alegría más grande. Es necesario repetir que Jesucristo concede a los esposos cristianos la fuerza de la fidelidad y los hace capaces de resistir la tentación de la separación, hoy tan difundida y seductora (Discurso 3.VIII.1994).

Si uno quiere ser buen cristiano no le queda otro remedio que ir contra corriente, especialmente en nuestros días, en esta sociedad hedonista de Occidente, que no admite las exigencias de la moral cristiana y que es “alérgica” a todo lo que proceda del Magisterio de la Iglesia, especialmente si se trata de la doctrina sobre el matrimonio (uno e indisoluble, y siempre entre personas de distintos sexos); sobre el valor de toda vida humana (derecho de todo ser humano a la vida, ya esté en la fase embrionaria, ya sea un feto, ya sea un anciano o un enfermo en estado vegetativo; sobre la sexualidad (encíclica Humanae vitae -anticonceptivos-, ilicitud de las relaciones prematrimoniales, homosexualidad).

Pero vivir nuestra fe como relación de amor con Cristo significa también estar dispuestos a renunciar a todo lo que constituye la negación de su amor. Por eso dijo Jesús a sus discípulos -y a todos nosotros-: Si me amáis guardaréis mis mandamientos (Jn 14, 15). Simón Pedro y los demás apóstoles amaban a Jesucristo. Por eso le seguían. Nosotros seguimos al Señor porque le amamos. Y este amor se manifiesta en el cumplimiento de la Ley de Dios, del Decálogo. Pero, ¿cuáles son los mandamientos de Cristo? Cuando el Señor Jesús enseñaba a las muchedumbres, no dejó de confirmar la ley que el Creador había inscrito en el corazón del hombre y que luego había formulado en las tablas del Decálogo. No penséis que he venido a abolir la ley y los profetas. No he venido a abolir, sino a dar cumplimiento (Mt 5, 17). Jesús nos mostró con nueva claridad las leyes divinas reveladas en el Sinaí, es decir, el amor a Dios y al prójimo: Amar (a Dios) con todo el corazón, con toda inteligencia y con todas las fuerzas, y amar al prójimo como a sí mismo vale más que todos los holocaustos y sacrificios (Mc 12, 33).

Nos decía el papa Benedicto XVI: Si confiamos en Cristo no perdemos nada, sino que lo ganamos todo. En sus manos nuestra vida adquiere su verdadero sentido. El amor a Cristo lo debemos expresar con la voluntad de sintonizar nuestra vida con los pensamientos y los sentimientos de su Corazón.

Pongamos nuestra confianza en Dios, que nos pide un abandono confiado en sus manos. Sólo en el Evangelio de Jesús está la salvación esperada y deseada. Puesto que no existe debajo del cielo otro nombre, dado a los hombres, en el cual hayamos de ser salvados (Hch 4, 12). En el Evangelio nos habla Dios. Escuchemos a Cristo y obedezcamos su voz: éste es el camino real, el único que conduce a la plenitud de la alegría y del amor.

Las palabras que yo os he hablado son espíritu y son vida (Jn 6, 64). Cristo habla a los hombres como amigo, movido por su gran amor, y les ofrece su compañía. Vive su vocación cristiana quien acepta este ofrecimiento, quien se entrega a Cristo, quien le ofrece la propia vida, porque considera al Señor como el mejor Amigo, el ser más querido, Aquél por quien vale la pena sacrificar cualquier plan, cualquier ambición.

La senda que hemos de recorrer la ha trazado Nuestro Señor durante su vida terrena. Estamos llamados a caminar por ese sendero marcado por las huellas de Cristo. Somos conscientes de que seguir a Jesucristo implica muchas veces ir contra corriente, como ya se ha dicho, exigiéndonos un testimonio valiente en una sociedad que a menudo vive de espaldas a Dios. ¿Quién irá de buena gana por un camino de rosas y flores si va a parar a la muerte, y quién rehusará un camino áspero y dificultoso si va a parar a la vida? (San Juan Crisóstomo). Siempre vale la pena ser fiel a Cristo. Dios no se deja ganar en generosidad.

Debemos seguir a Cristo. Si seguimos a Cristo y llevamos a los demás hombres tras de Él, entonces el camino de nuestra vida terrena estará lleno de paz aun en medio de las tempestades. Si perseveramos en nuestro camino terreno en pos de Cristo, en la eternidad gozaremos de su misma felicidad. Vale la pena dar todo, renunciar a todo, incluso a la vida, para merecer ser contado entre los amigos de Cristo. Vale la pena.

Santa María, Madre de Dios, tú has dado al mundo la verdadera luz, Jesús, tu Hijo, el Hijo de Dios. Te has entregado por completo a la llamada de Dios y te has convertido así en fuente de la bondad que mana de Él. Muestra a Jesús. Guíanos hacia Él. Enséñanos a conocerlo y amarlo, para que también nosotros podamos llegar a ser capaces de un verdadero amor y ser fuentes de agua viva en medio de un mundo sediento (Benedicto XVI, Encíclica Deus caritas est).

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