Domingo XXIII del Tiempo Ordinario. Homilía (Ciclo B)


En el Evangelio según san Lucas se narra que cuando estando ya cerca el tiempo de su partida, Jesucristo decidió ir a Jerusalén. Y envió por delante unos mensajeros, que entraron en una aldea de samaritanos para prepararle hospedaje, y no lo acogieron, porque daba la impresión de ir a Jerusalén. Al ver esto, sus discípulos Santiago y Juan dijeron: “Señor, ¿quieres que digamos que baje fuego del cielo y los consuma?” Y volviéndose, les reprendió, y se fueron a otro pueblo (Lc 9, 52-56).

Es muy posible que a los dos apóstoles les viniera a la memoria lo que sucedió con Sodoma y Gomorra, de cómo Dios castigó aquellas dos ciudades, con una lluvia de fuego azufre que destruyó todo. Y sintiendo como una gran ofensa a su Maestro que no le recibieran, de que cerraran las puertas del pueblo a Jesús, pensaron que los samaritanos de aquella aldea debían ser castigados. Jesús reprocha a los apóstoles Santiago y Juan este deseo de venganza. Con paciencia les explica a sus discípulos que esto que le piden los hijos del Zebedeo es opuesto a la misión del Mesías, que no ha venido a perder a los hombres sino a salvarlos. Comenta el papa Francisco: El Señor se giró y les reprochó: “Éste no es nuestro espíritu”. El Señor va siempre adelante, nos hace conocer cómo es el camino del cristiano. No es, en este caso, un camino de venganza. El Espíritu cristiano es otra cosa, dice el Señor. Es el espíritu que Él nos hará ver en el momento más fuerte de su vida, en la pasión, espíritu de humildad, espíritu de mansedumbre.

Cuando vemos tantas injusticias en este mundo; clínicas que se dedican a matar seres humanos en el seno materno; el negocio bien floreciente de la pornografía; el tráfico de drogas; los abusos sexuales a los niños; ideologías totalmente contrarias a lo establecido por Dios al crear al hombre (varón y mujer); soldados niños en guerras tribales; prostitución infantil en países subdesarrollados; traficantes de seres humanos convertidos en esclavos; leyes opuestas a la Ley de Dios como la del matrimonio entre personas del mismo sexo… ¡Cuántas veces desearíamos que Dios se mostrara más fuerte! Que actuara duramente, derrotara el mal y creara un mundo mejor. Todas las ideologías del poder se justifican así, justifican la destrucción de lo que se opondría al progreso y a la liberación de la humanidad. Nosotros sufrimos por la paciencia de Dios. Y, no obstante, todos necesitamos su paciencia. El Dios, que se ha hecho cordero, nos dice que el mundo se salva por el Crucificado y no por los crucificadores. El mundo es redimido por la paciencia de Dios y destruido por la impaciencia de los hombres (Benedicto XVI).

Lo nuestro es la impaciencia, nosotros tenemos una gran prisa por juzgar, clasificar, poner de este lado a los buenos y del otro a los malos. Sin embargo, Dios es paciente, sabe esperar. Dios es un Padre paciente, que nos espera siempre y nos espera con el corazón en la mano para acogernos, para perdonarnos. Jesucristo, con su ejemplo, nos enseña que el celo por las cosas de Dios no debe ser áspero y violento.

La paciencia de Dios no es indiferencia ante el mal. No se puede crear confusión entre el bien y el mal. En la parábola de la cizaña, ante la impaciencia de los servidores por arrancar la mala hierba, está la actitud del propietario del campo que es de espera paciente, pero de una espera fundada en la certeza de que el mal no tiene ni la primera ni la última palabra. Y ante la cizaña que vemos hoy día en el mundo, el cristiano, fiel discípulo del Señor Jesús, está llamado a imitar la paciencia de Dios, alimentar la esperanza con el apoyo de una firme confianza en la victoria del bien, es decir de Dios. ¿Y cuántas veces, gracias a esta paciencia de Dios, la cizaña misma, es decir el corazón malo con muchos pecados, al final ha llegado a ser buen trigo? San Pedro escribe en su segunda Carta: (El Señor) usa de paciencia con vosotros, porque no quiere que nadie perezca, sino que todos se conviertan (2 P 3, 9). El Príncipe de los apóstoles recuerda que, en su gran misericordia, Dios no busca la condenación, sino que todos los hombres se salven y usa con ellos de una maravillosa paciencia. ¿Hemos pensado en la paciencia de Dios, en la paciencia que tiene con cada uno de nosotros?

En el mundo, en nuestra sociedad, al igual que en el campo de la parábola de la cizaña, se ha sembrado el mal en medio del bien, de tal modo que es imposible a nosotros los hombres separarlos claramente; pero Dios, al final, podrá hacerlo. Nada se escapa a Dios (Qo 3, 15). Jesucristo dijo a los que le apresaron, a los sumos sacerdotes, oficiales del Templo y ancianos: Ésta es vuestra hora y el poder de las tinieblas (Lc 22, 53). Luego, ¿el hombre pecador tiene su hora? -Sí…, ¡y Dios su eternidad! (Camino, n. 734). Al final, Dios dará a cada uno el premio o el castigo que haya merecido, según está escrito el libro del profeta Isaías: Decid a los de corazón intranquilo: ¡Animo, no temáis! Mirad que vuestro Dios viene vengador; es la recompensa de Dios, él vendrá y os salvará (Is 35, 4).

Él vendrá y os salvará. Isaías profetiza la venida del Mesías, del Salvador del mundo, y los milagros que probarán que es el que “había de venir”. Entonces se despegarán los ojos de los ciegos, y las orejas de los sordos se abrirán; saltará el cojo como ciervo, y la lengua del mudo lanzará gritos de júbilo (Is 35, 5-6). El mismo Cristo hará referencia a estos milagros como señal de la llegada de los tiempos mesiánicos cuando respondió a los discípulos del Bautista a la pregunta: ¿Eres tú el que ha de venir, o hemos de esperar a otro? (Mt 11, 3). El Señor respondió: Id y anunciad a Juan lo que estáis viendo y oyendo: Los ciegos ven y los cojos andan, los leprosos quedan sanos y los sordos oyen, los muertos resucitan y a los pobres se anuncia el evangelio (Mt 11, 4-5).

En el Evangelio según san Marcos se narra uno de estos signos propios del Mesías y de su Reino. Se trata de la curación milagrosa de un sordomudo. Le presentan un sordo que, además, hablaba con dificultad, y le ruegan imponga la mano sobre él. Él, apartándole de la gente, a solas, le metió sus dedos en los oídos y con su saliva le tocó la lengua. Y, levantando los ojos al cielo, dio un gemido, y le dijo: “Effatá”, que quiere decir: “¡Abrete!” Se abrieron sus oídos y, al instante, se soltó la atadura de su lengua y hablaba correctamente. Jesús les mandó que a nadie se lo contaran. Pero cuanto más se lo prohibía, tanto más ellos lo publicaban. Y se maravillaban sobremanera y decían: “Todo lo ha hecho bien; hace oír a los sordos y hablar a los mudos” (Mc 7, 32-37).

Este milagro realizado por Jesucristo es un acontecimiento prodigioso que muestra cómo el Señor restablece la plena comunicación del hombre con Dios y con los otros hombres. En la curación del sordomudo podemos encontrar una imagen de la actuación de Dios en las almas: para creer, es necesario que Dios abra nuestro corazón, a fin de que podamos escuchar su palabra. Y después, anunciar con nuestra lengua las riquezas insondables de las enseñanzas de Cristo. El sordomudo que es llevado ante Jesús se transforma en el símbolo del no-creyente que recorre un camino hacia la fe. En efecto, su sordera expresa la incapacidad de escuchar y de comprender no solo las palabras de los hombres, sino también la Palabra de Dios. Y san Pablo nos recuerda que “la fe nace del mensaje que se escucha”. En el Bautismo, están el gesto y la palabra de Jesús: “¡Effatá!-¡Ábrete!” Y el milagro se cumplió: en el Bautismo hemos sido curados de la sordera del egoísmo y del mutismo de la cerrazón y del pecado y hemos sido incorporados a la gran familia de la Iglesia; podemos escuchar a Dios que nos habla y comunicar su Palabra a cuantos no la han escuchado nunca o a quien la ha olvidado y sepultado bajo las espinas de las preocupaciones y de los engaños del mundo (Papa Francisco).

Todo bautizado ha de confesar a Cristo ante el mundo, pues la vocación cristiana es, por su naturaleza misma, vocación al apostolado. Después de haber encontrado a Cristo, después de haber descubierto quién es Él, se debe sentir la necesidad de anunciarlo.

Manarán aguas en el desierto y torrentes en la estepa; el páramo se trocará en estanque, y secarral en manantiales de aguas (Is 35, 6-7). Es otra señal de la llegada del Mesías profetizada por Isaías. San Justino, mostrando al judío Trifón que esta profecía se cumple en Cristo, señala: Fuente de agua viva de parte de Dios brotó este Cristo en el desierto del conocimiento de Dios, es decir, en la tierra de las naciones.

En el pasaje de la samaritana, el Señor le ofrece a aquella mujer que ha ido a sacar agua del pozo de Jacob un agua capaz de saciar la sed de una vez para siempre. El que beba del agua que yo le daré, no tendrá nunca más sed, sino que el agua que yo le daré se hará en él fuente de agua que salta a la vida eterna (Jn 4, 14). Podemos ver en esta agua de la que habla Jesús el agua del Bautismo. Cristo se refiere a la transformación que realiza en cada hombre la participación de la vida divina, la gracia santificante, la presencia del Espíritu Santo, el don más excelente que habrían de recibir cuantos creyesen en Él.

Son muchas las ansiedades que bullen en nuestro interior, intensos deseos de felicidad y paz; quien recibe al Señor y se une a Él como los sarmientos a la vid, no sólo sacia su sed, sino que además se transforma en fuente de agua viva. Por eso dijo : Si alguno tiene sed, venga a mí, y beba quien cree en mí. Como dice la Escritura, brotarán de su seno ríos de agua viva (Jn 7, 37-38). El Señor se presenta como Aquel que puede saciar el corazón del hombre y darle paz.

Tenemos en Cristo tres fuentes de gracia. La primera es de misericordia, en la que nos podemos purificar de todas las manchas de nuestros pecados. La segunda fuente es de amor; quien medita en los sufrimientos e ignominias de Jesucristo por nuestro amor, desde el nacimiento hasta la muerte, es imposible que no se sienta abrasado en la feliz hoguera que vino a encender por la tierra en los corazones de todos los hombres. La tercera fuente es de paz; quien desee la paz del corazón venga a mí, que soy el Dios de la paz (San Alfonso María de Ligorio).

Los ríos de agua viva riegan todas las naciones. Cristo vino a salvar a todos los hombres, porque Dios no admite acepción de personas (Dt 10, 17). Todos los que reciben las aguas bautismales son hechos hijos de Dios por la fe en Cristo Jesús. En efecto, todos los bautizados en Cristo os habéis revestido de Cristo: ya no hay judío ni griego; ni esclavo ni libre; ni hombre ni mujer, ya que todos vosotros sois uno en Cristo Jesús (Ga 3, 26-28). Y todos los hombres, dotados de alma racional y creados a imagen de Dios, tienen la misma naturaleza y el mismo origen. Y porque, redimidos por Cristo, disfrutan de la misma vocación a la santidad y de idéntico destino, que es la vida eterna.

Es contrario al plan divino toda forma de discriminación, ya sea social o cultural, por motivos de sexo, raza, color, condición social, lengua o religión. Por eso el apóstol Santiago en su Carta se dirige a aquellos cristianos que hacían acepción o discriminación de personas por razón de su nivel social. Hermanos míos, no entre la acepción de personas en la fe que tenéis en nuestro Señor Jesucristo glorificado. Supongamos que entra en vuestra asamblea un hombre con un anillo de oro y un vestido espléndido; y entra también un pobre con un vestido sucio; y que dirigís vuestra mirada al que lleva el vestido espléndido y le decís: “Tú, siéntate aquí, en un buen lugar”; y en cambio al pobre le decís: “Tú, quédate ahí de pie”, o “Siéntate a mis pies”. ¿No sería esto hacer distinciones entre vosotros y ser jueces con criterios malos? Escuchad, hermanos míos queridos: ¿Acaso no ha escogido Dios a los pobres según el mundo como ricos en la fe y herederos del Reino que prometió a los que le aman? (St 2, 1-5).

Con el mismo amor con que Dios nos ama -y con su paciencia- realicemos gestos de fraternidad, de perdón y de reconciliación. Y le pedimos a Santa María que interceda ante su Hijo para que Él –fuente de agua que salta hasta la vida eterna– prepare nuestros corazones al encuentro con los demás hombres más allá de las diferencias de ideas, lengua, cultura, religión.; y que unja todo nuestro ser con el aceite de la misericordia, que cura las heridas de los errores, de las incomprensiones, de las controversias; la gracia de enviarnos, con humildad y mansedumbre, a los caminos, arriesgados pero fecundos, de la búsqueda de la paz. Y así ser manantiales de agua viva.

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