Domingo XXIV del Tiempo Ordinario. Homilía (Ciclo )


En Cesarea de Filipo tuvo lugar la confesión de Pedro en la mesianidad de Jesús, diciendo: Tú eres el Cristo (Mc 8, 30). El evangelista san Mateo añade a esas palabras estas otras: El Hijo de Dios vivo (Mt 16, 16); y san Lucas pone en boca de Pedro: El Cristo de Dios (Lc 9, 20). Inmediatamente después esta confesión, Jesucristo anuncia por primera vez a los apóstoles su pasión, muerte y resurrección. Comenzó a enseñarles que el Hijo del hombre debía sufrir mucho y ser reprobado por los ancianos, los sumos sacerdotes y los escribas, ser matado y resucitar a los tres días (Mc 8, 31). En otras dos ocasiones el Señor hablará de su pasión, pero concretando más: El Hijo del hombre será entregado a los príncipes de los sacerdotes, a los escribas y a los ancianos, y lo condenarán a muerte y lo entregarán a los gentiles; se burlarán de él, le escupirán, lo azotarán y lo matarán, pero al tercer día resucitará (Mc 10, 33-34). En la tercera predicción, Jesús dice: Se cumplirán todas las cosas que han sido escritas por medio de los Profetas acerca del Hijo del hombre (Lc 18, 31).

De todos los Profetas, el que describe con más señales la pasión y muerte de Cristo es Isaías, en los poemas del Siervo de Yavé, también conocidos como La Pasión del Señor según Isaías. Por eso, a este profeta se le ha llamado el evangelista del Antiguo Testamento. Nuestro Señor citaría a Isaías en esos anuncios de su pasión y muerte, como también en la conversación que mantuvo con los discípulos de Emaús cuando comenzando por Moisés y por todos los Profetas les interpretaba en todas las Escrituras lo que se refería a Él (Lc 24, 27).

En su pasión, Cristo en todo momento acepta la voluntad de Dios Padre. En Getsemaní, le dice a su Padre: Si quieres, aparta de mí este cáliz; pero no se haga mi voluntad, sino la tuya (Lc 22, 42). Seiscientos años, ya estaba profetizado: Yo no me he rebelado, no me he echado atrás (Is 50, 5). Cristo conocía bien la Escritura. Era consciente de los sufrimientos que iba a padecer. He ofrecido mi espalda a los que me golpeaban y mis mejillas a quienes me arrancaban la barba. No he ocultado mi rostro a las afrentas y salivazos (Is 50, 6). Es exactamente lo que hizo Nuestro Señor. Su docilidad a la voluntad divina le llevó a aceptar sin rechistar ni queja alguna esos sufrimientos. El Señor Dios me sostiene, por eso no me siento avergonzado; por eso he endurecido mi rostro como el pedernal y sé que no quedaré avergonzado. Cerca está el que me justifica: ¿quién litigará conmigo? Comparezcamos juntos. ¿Quién es mi adversario? Que se acerque a mí (Is 50, 7-8). Estos dos versículos destacan la fortaleza del Siervo de Yavé: si sufre en silencio no es por cobardía, sino porque Dios le ayuda y le hace más fuerte que sus verdugos. Él saldrá victorioso, permanecerá, mientras sus adversarios se desvanecerán. Todos ellos se gastarán como un vestido, la polilla los devorará (Is 50, 9).

Los evangelistas vieron cumplidas la profecía de Isaías en Jesucristo, especialmente en lo que se refiere al valor del sufrimiento y a la fortaleza callada del Siervo de Yavé. Jesús anunciando su pasión y muerte se revela como Siervo sufriente. La descripción de los sufrimientos que tuvo que afrontar resonó en el corazón de los primeros cristianos -y deben continuar resonando hoy días en nuestros corazones- al meditar que comenzaron a escupirle en la cara y a darle bofetadas (Mt 26, 67), y que más adelante los soldados romanos le golpeaban en la cabeza con una caña, le escupían e hincando las rodillas se postraban ante él (Mc 15, 19). El Señor se hizo obediente hasta la muerte y muerte de cruz, de forma que puso su cuerpo, sus espaldas a los golpes; y los latigazos hirieron ese divino pecho y sus mejillas no se apartaron de las bofetadas.

San Pablo hace alusión en la Carta a los Romanos a estas palabras de Isaías: Mirad, el Señor Dios me sostiene, ¿quién podrá condenarme? (Is 50, 9), al aplicar a Cristo Jesús la función de interceder por los elegidos en el pleito permanente con los enemigos del alma: ¿quién puede pretender vencer en una causa contra Dios? Sí, Jesucristo que murió, resucitó y está a la derecha de Dios, intercede por nosotros. En la historia bimilenaria de la Iglesia siempre ha habido persecuciones contra los discípulos del Señor. Cuando se habla de persecuciones contra los cristianos, no hay que remontarse sólo a los primeros siglos, a las persecuciones de los emperadores romanos. La Iglesia ha sido atacada en todas las épocas. Ya lo dijo Cristo: Si el mundo os aborrece, sabed que me aborreció a mí primero que a vosotros. (Jn 15, 18).

Como todos sabemos, el siglo XX fue un tiempo de martirio. Muy bien lo puso de relieve el Papa Juan Pablo II, que pidió a la Iglesia “actualizar el Martirologio” y canonizó y beatificó a numerosos mártires de la historia reciente. Por tanto, si la sangre de los mártires es semilla de nuevos cristianos, al inicio del tercer milenio se puede esperar un renovado florecimiento de la Iglesia, especialmente donde ha sufrido más a causa de la fe y del testimonio del Evangelio (Benedicto XVI). También en estos albores del siglo XXI se persigue a los cristianos. Hay un laicismo sectario y anticatólico que pretende que lo religioso no tenga ninguna influencia en la vida ordinaria de los hombres, además de querer ridiculizar a los creyentes. Pero esta pretensión es como tratar de morder un bloque de granito. La victoria siempre caerá del lado de Dios.

¿Por qué anuncia Jesús su pasión? Para enseñar a sus discípulos -y a todos los cristianos de todos los tiempos- el verdadero sentido de su misión: la salvación se realiza a través del sufrimiento y de la cruz. A san Pedro le costó comprender que el triunfo de Cristo fuera realmente la cruz, y con gran osadía, tomando a Jesús aparte se puso a reprenderle (Mc 8, 32). Es como si le hubiera dicho: Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo. Te sigo, pero no hablemos de la cruz. Esto no tiene nada que ver. Te sigo de otra manera, sin cruz. Por ese atrevimiento, oyó de labios del Señor una fuerte reprensión: ¡Quítate de mi vista, Satanás! porque tus pensamientos no son los de Dios, sino los de los hombres (Mc 8, 33). Jesucristo le reprendió abiertamente porque su modo de ver las cosas era incompatible con el plan salvífico de Dios. Cristo y la Cruz, por especial designio de la voluntad del Padre, van ineludiblemente unidos. Comenta el papa Francisco: Cuando caminamos sin la cruz, cuando edificamos sin la cruz y cuando confesamos un Cristo sin cruz, no somos discípulos del Señor, somo mundanos. Quisiera que todos tuviéramos el valor de caminar en presencia del Señor, con la cruz del Señor; de edificar la Iglesia sobre la Sangre del Señor, derramada en la cruz; y de confesar la única gloria: Cristo crucificado.

Después de reprender a san Pedro, Jesús dice claramente que quien quiera seguirle tiene que estar dispuesto a la renuncia de sí mismo. Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz y sígame. Porque quien quiera salvar su vida, la perderá; pero quien pierda su vida por mí y por el Evangelio, la salvará (Mc 8, 34-35). Estas palabras del Señor debieron de parecer estremecedoras a quienes las escuchaban, pero dan la medida de lo que Cristo exige para seguirle: no un entusiasmo pasajero, ni una dedicación momentánea, sino la renuncia de sí mismo, el cargar cada uno con su cruz. Porque la meta que el Señor quiere para todos es la bienaventuranza del Cielo. Y a la luz de la vida eterna es como se ha de valorar la vida presente que es transitoria, relativa, medio para conseguir la vida definitiva de la Gloria. Morir por la fe es don para algunos, para todos aquellos que Dios concede la palma del martirio; pero vivir la fe es una llamada para todos. No damos la vida sólo en el momento de la muerte: debemos darla día a día, siendo testigos de Cristo en el mundo actual.

La senda que hemos de recorrer se dibuja muy clara: la ha trazado Jesucristo durante su vida terrena, y la Iglesia la conserva intacta mediante sus sacramentos y sus enseñanzas, que nos hablan de cumplir amorosamente la Voluntad del Padre. Nosotros estamos llamados a caminar por el sendero abierto por el Hijo de Dios hecho hombre, para compartir así su marcha gozosa hacia el Padre, también en los momentos de auténtico dolor (Javier Echevarría).

Hay quienes pretenden convertir el cristianismo en algo fácil, sin sacrificio alguno; de hacerlo conformista y con el modo de vida mundano. Es una tremenda equivocación. El cristianismo no puede dispensarse de la cruz. Sin cruz, se convertiría en una interpretación cómoda de la vida que no conduciría al Cielo. El Evangelio no es la promesa de éxitos fáciles. No promete a nadie una vida cómoda. Es exigente. Y al mismo tiempo es una Gran Promesa: la promesa de la vida eterna para el hombre, sometido a la ley de la muerte; la promesa de la victoria, por medio de la fe, a ese hombre atemorizado por tantas derrotas. Esta es la victoria que ha vencido al mundo: nuestra fe (1 Jn 5, 4).

El apóstol Santiago especifica que la fe debe tener obras. ¿De qué sirve, hermanos míos, que alguien diga: “Tengo fe”, si no tiene obras? ¿Acaso podrá salvarle la fe? (St 2, 14). Una fe sin obras no puede salvar. En la vida del cristiano tiene que haber una completa sintonía y coherencia entre la fe que profesa y las obras que practica. Las tres virtudes teologales están estrechamente relacionadas. Por eso se debe mantener encendidas las luces de la fe, de la esperanza y la caridad. Preguntémonos: ¿A quién hemos “contagiado” con nuestra fe? ¿A cuántas personas hemos alentado con nuestra esperanza? ¿Cuánto amor hemos compartido con nuestro prójimo?

Fe y esperanza. Quien no tiene fe, no tiene luz; quien no tiene religión, no tiene esperanza. Y la fe y la esperanza aseguran que nuestra vida continúa más allá de ese terrible momento que se llama muerte.

Fe y caridad. La fe, además de suponer una firme adhesión a las verdades reveladas, ha de influir en la vida ordinaria. Si un hermano o una hermana están desnudos y carecen del sustento diario, y alguno de vosotros les dice: “Idos en paz, calentaos y hartaos”, pero no les dais lo necesario para el cuerpo, ¿de qué sirve? (St 2, 15-16). Es un ejemplo muy gráfico. Las obras dan la medida de la autenticidad de la vida del cristiano, poniendo en evidencia si su fe y su caridad son verdaderas. La fe, si no tiene obras, está realmente muerta (St 2, 17). La doctrina cristiana llama también “fe muerta” a la persona que está en pecado mortal: al no estar en gracia de Dios, no tiene la caridad, que es como el alma -la forma- de todas las virtudes. La fe si no va acompañada de la esperanza y de la caridad, ni une perfectamente con Cristo, ni hace miembro vivo de su Cuerpo. Por cuya razón se dice con toda verdad que “la fe sin obras está muerta y ociosa (Concilio de Trento).

Alguno podrá decir: “¿Tú tienes fe?; pues yo tengo obras. Pruébame tu fe sin obras y yo te probaré por las obras mi fe” (St 2, 18). El apóstol Santiago subraya con fuerza el contrasentido que encierra una fe desprovista de obras. Fe. ‑Da pena ver de qué abundante manera la tienen en su boca muchos cristianos y con qué poca abundancia la ponen en sus obras. ‑No parece sino que es virtud para predicarla, y no para practicarla (San Josemaría Escrivá, Camino, n. 579).

Nuestro camino de fe está unido de manera indisoluble a María desde el momento en que Jesús, muriendo en la cruz, nos la ha dado como Madre. Ella nos precede y continuamente nos confirma en la fe. A Ella confiamos nuestro itinerario de fe, de una fe con obras, de una fe que nos hace ver en la Cruz de Cristo nuestra salvación.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Salir /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Salir /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Salir /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Salir /  Cambiar )

Conectando a %s