Fiesta de la Exaltación de la Santa Cruz. Homilía (Ciclo B)


Celebra la Iglesia la fiesta de la Exaltación de la Santa Cruz. La Cruz es misterio de amor, misterio que sólo se entiende desde el corazón y desde el amor, y al cual sólo puede aproximarse en la oración y en las lágrimas. En la Cruz se reveló al máximo el amor de Dios por la humanidad. Tanto amó Dios al mundo que entregó a su Unigénito (Jn 3, 16). y por este motivo exaltamos la Cruz en la que murió Cristo. El Padre “dio” al Hijo para salvarnos, y esto implicó la muerte de Jesús, y la muerte en la Cruz. Por medio de la Cruz de Cristo ha sido vencido el maligno, ha sido derrotada la muerte, se nos ha dado la vida, devuelto la esperanza. La Cruz de Jesús es nuestra única esperanza verdadera. Por eso la Iglesia “exalta” la Santa Cruz y también por eso, los cristianos bendecimos con el signo de la cruz (Papa Francisco, Homilía 14.IX.2014).

La Cruz parece determinar el fracaso de Jesús, pero en realidad manifiesta su victoria. En el Calvario, quienes se burlaban de Él, le decían: Si eres el Hijo de Dios, baja de la cruz (Mt 27, 40). Pero era verdadero lo contrario: precisamente porque era el Hijo de Dios estaba allí, en la Cruz. Cuando dirigimos la mirada a la Cruz donde estuvo Jesús clavado, contemplamos el signo del amor, del amor infinito de Dios por cada uno de nosotros y la raíz de nuestra salvación. De esa Cruz brota la misericordia del Padre, que abraza al mundo entero.

¿Por qué fue necesaria la Cruz? A causa de la gravedad del mal que nos esclavizaba. La Cruz de Jesús expresa toda la fuerza negativa del mal y toda la omnipotencia mansa de la misericordia de Dios. El árbol del conocimiento del bien y del mal colocado en medio del Paraíso, hizo tanto mal; por él vino la ruina del género humano. Por el árbol de la Cruz, situado en el Calvario, nos trajo la salvación; en él Cristo nos abrió las puertas del Cielo. La Cruz nos salva de las consecuencias del pecado cometido por nuestros primeros padres al comer del fruto del árbol del Paraíso. Por eso la Cruz es camino para encontrar a Jesucristo, nuestro Redentor, que da su vida por amor. Porque la Cruz nos habla de un Dios que ha querido asumir la historia del hombre y caminar con nosotros tomando la condición de siervo y haciéndose obediente hasta la muerte en la Cruz, para librarnos de la esclavitud del pecado.

Ha llevado él mismo nuestros pecados en su cuerpo sobre el árbol de la cruz, a fin de que muertos al pecado, vivamos a la justicia. Por sus llagas habéis sido curados (1 P, 2, 24). En la Cruz vemos la monstruosidad del hombre, cuando se deja guiar por el mal; pero vemos también la inmensidad de la misericordia de Dios que no nos trata según nuestros pecados, sino según su misericordia. Jesús en la Cruz siente todo el peso del mal, y con la fuerza del amor de Dios lo vence, lo derrota en su resurrección. Éste es el bien que Jesús nos hace a todos en el trono de la Cruz. La Cruz de Cristo, abrazada con amor, nunca conduce a la tristeza, sino a la alegría de ser salvados.

La primera lectura de la Misa de esta fiesta de la Cruz está tomada del libro de los Números. Se narra la protesta del pueblo contra Moisés, que es al mismo tiempo contra Dios. ¿Por qué nos habéis subido de Egipto para morir en el desierto? Pues no tenemos ni pan ni agua, y estamos cansados de ese alimento tan ligero (Nm 21, 5). Ante esta nueva queja de los israelitas, el Señor les envió serpientes venenosas que mordían al pueblo, y murió mucha gente de Israel (Nm 21, 6). Ya en el Paraíso terrenal una serpiente -el demonio- con su veneno consiguió -al engañar a Eva- introducir la muerte en el mundo. Ante el castigo, Moisés se convierte una vez más en intercesor a favor del pueblo. También nosotros tenemos un intercesor en el Cielo. Si alguno peca, tenemos a uno que abogue ante el Padre: a Jesucristo, el Justo (1 Jn 2, 1). Reconociendo su pecado, el pueblo pidió a Moisés: Ruega al Señor que aparte de nosotros las serpientes (Nm 21, 7). La paciencia de Dios no tiene límite y su misericordia es infinita. La súplica de Moisés en favor del pueblo hizo que Dios levantara el castigo.

El Señor dijo a Moisés: “Haz una serpiente venenosa y ponla sobre un mástil. Todo el que haya sido mordido y lo mire, vivirá”. Hizo Moisés una serpiente de bronce y la puso en un mástil. Y si una serpiente mordía a un hombre y éste miraba la serpiente de bronce, quedaba con vida (Nm 21, 8-9). Y así hizo Moisés una serpiente de bronce colocándola sobre un mástil. Esta serpiente era el remedio indicado por Dios para curar a quienes eran mordidos por las serpientes venenosas en el desierto. La serpiente de bronce curaba, pero era signo de dos cosas: del pecado hecho por la serpiente, de la seducción de la serpiente, de la astucia de la serpiente; y también era señal de la cruz de Cristo. Era una profecía. La salvación sólo viene de la cruz, pero de esta cruz que es Dios hecho hombre. No hay salvación en las ideas, no hay salvación en la buena voluntad, en el deseo de ser buenos… No. La única salvación está en Cristo crucificado, porque sólo Él, como significaba la serpiente de bronce, ha sido capaz de tomar todo el veneno del pecado y nos ha curado allí (Papa Francisco, Homilía 4.IV.2017).

La serpiente de bronce se menciona en el Evangelio como tipo de Cristo clavado en la Cruz, causa de salvación para cuantos dirigen a Él su mirada con fe: Como Moisés levantó la serpiente en el desierto, así es preciso que sea levantado el Hijo del Hombre para que todo el que crea tenga vida en él (Jn 3, 14-15). En el Evangelio se contempla la acción salvadora de la serpiente levantada en alto aludiendo al levantamiento de Jesús en la Cruz y a su eficacia salvífica. Cuando Cristo es alzado sobre todas las realidades humanas, eleva todas las cosas hacia Él, de modo que su glorificación es medio de curación definitiva para toda la humanidad.

La segunda lectura es el conocido himno de la Carta a los Filipenses, conocido como la kénosis. El cual, siendo de condición divina, no retuvo ávidamente el ser igual a Dios. Sino que se despojó de sí mismo tomando condición de siervo haciéndose semejante a los hombres y apareciendo en su porte como hombre; y se humilló a sí mismo, obedeciendo hasta la muerte y muerte de cruz. Por lo cual Dios le exaltó y le otorgó el Nombre, que está sobre todo nombre. Para que al nombre de Jesús toda rodilla se doble en los cielos, en la tierra y en los abismos, y toda lengua confiese que Cristo Jesús es Señor para gloria de Dios Padre (Flp 2, 6-11). Este es uno de los textos más antiguos del Nuevo Testamento que revelan la divinidad de Jesucristo. Es un testimonio claro de que los cristianos proclamaban desde el principio que Jesús, nacido en Belén, crucificado, muerto y sepultado, el mismo que resucitó, era verdaderamente Dios y hombre a la vez.

El himno se puede dividir en tres partes. La primera, trata de la humillación de Cristo al hacerse hombre. La segunda, constituye el centro de todo el pasaje, y proclama hasta qué límite llegó su humildad: en su condición de hombre aceptó por obediencia morir en la Cruz. La tercera, describe su gloriosa exaltación. San Pablo tiene presente la divinidad de Jesús, en virtud de la cual existía desde toda la eternidad. Centra su atención, no obstante, en la muerte en la Cruz como ejemplo supremo de humildad. Su humillación no consistió solamente hacerse hombre, como nosotros, ocultando la gloria de su Divinidad en su Humanidad santísima, sino que además llevó una vida de sacrificios y sufrimientos, que alcanzarían su consumación en la Cruz, en la que fue despojado de todo, como un esclavo. Pero, una vez cumplida su misión, vuelve a manifestarse con toda la gloria que en virtud de su naturaleza divina le corresponde, y que su naturaleza humana había merecido.

El Hombre-Dios, Jesucristo, culmina su existencia terrena en la Cruz, y, por la Cruz, entra en su gloria, como Señor y Mesías. Cristo nos da una admirable lección de humildad y obediencia; y nos invita a seguirle, pero por su mismo camino, el de la Cruz, el de la humillación. Y el que no toma su cruz y me sigue, no puede ser mi discípulo (Lc 14, 27). La vida cristiana es un camino divino, marcado por las huellas de Jesucristo en su paso por esta tierra. Y esta senda hay que recorrerla llevando nuestra propia Cruz. No olvidéis que estar con Jesús es, seguramente, toparse con su Cruz. Cuando nos abandonamos en las manos de Dios, es frecuente que Él permita que saboreemos el dolor, la soledad, las contradicciones, las calumnias, las difamaciones, las burlas, por dentro y por fuera: porque quiere conformarnos a su imagen y semejanza, y tolera también que nos llamen locos y que nos tomen por necios (San Josemaría Escrivá). Sí, el encuentro con la Cruz es siempre un encuentro con Cristo. Y es que Cristo y la Cruz, por especial designio de la voluntad de Dios, van ineludiblemente unidos. No es posible un cristianismo sin Cruz. Cuando caminamos sin la Cruz, cuando edificamos sin la Cruz y cuando confesamos a un Cristo sin Cruz, no somos discípulos del Señor: somos mundanos, pero no discípulos del Señor.

Cuando miramos a Jesús en la Cruz, hay cuadros bonitos pero la realidad es otra: Cristo estaba, sobre todo, ensangrentado por nuestros pecados. Ésta es la realidad que Él ha tomado para vencer a la serpiente en su campo. Mirar la Cruz de Jesús, no las cruces artísticas, bien pintadas: mirar la realidad, que era la cruz en ese tiempo. Si un cristiano quiere ir adelante en el camino de la vida cristiana debe abajarse, como se abajó Jesús. Es el camino de la humildad, sí, pero también de llevar sobre sí las humillaciones como las ha llevado Jesús (Papa Francisco, Homilía 14.IX.2015).

El pasaje evangélico narra el encuentro de Jesús con Nicodemo. En el desarrollo del mismo, el Señor explica el misterio de la Cruz: Jesús bajado del Cielo para llevarnos a nosotros a subir al Cielo. Nadie ha subido al cielo sino el que bajó del cielo, el Hijo del hombre (Jn 3, 13). Es una afirmación solemne de la divinidad de Jesús. Nadie sube al Cielo y, por tanto, nadie puede conocer perfectamente los secretos de Dios, sino el mismo Dios que se encarnó y bajó del Cielo: Jesús, Segunda persona de la Santísima Trinidad, el Hijo del Hombre profetizado en el Antiguo Testamento, el cual ha sido concedido señorío eterno sobre todos los pueblos, naciones y lenguas. Al encarnarse el Verbo no deja de ser Dios. Y así, aunque está en la tierra en cuanto hombre, no por eso deja de estar en el Cielo en cuanto Dios. Sólo después de la Resurrección y Ascensión, Jesucristo está en el Cielo también en cuanto hombre.

Con su paso por la tierra, Cristo nos enseña el camino del Cielo; nos invita a recorrer esa senda con Él. Y ésta es nuestra alegría: caminar con Jesús. Sin embargo, que nadie piense que la vida cristiana es cómoda, porque la vía escogida por Nuestro Señor es la vía de la Cruz. Pero no tengamos miedo a la Cruz, sino que, más bien, en la Cruz tenemos nuestra esperanza. Por eso, cuando la tierra cubra nuestro cuerpo, sobre la tumba: la Cruz. Esa Cruz que, en medio de la muerte, es señal de vida, de resurrección.

Junto a la cruz de Jesús estaba su madre (Jn 19, 25). ¡Con cuánto amor y dolor miraría la Virgen la Cruz de su Hijo! Aprendamos de Ella a amar la Santa Cruz.

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