Domingo XXV del Tiempo Ordinario. Homilía (Ciclo B)


Y saliendo de allí, iban caminando por Galilea; él no quería que se supiera, porque iba enseñando a sus discípulos. Les decía: “El Hijo del hombre será entregado en manos de los hombres; le matarán y a los tres días de haber muerto resucitará” (Mc 9, 30-31). Nuestro Señor Jesucristo anuncia repetidas veces a los apóstoles su pasión, muerte y resurrección. San Mateo cuenta a continuación de la última vez que Jesús hace este anuncio que se reunieron los príncipes de los sacerdotes y los ancianos del pueblo en el palacio del sumo sacerdote, que se llamaba Caifás, y acordaron apoderarse de Jesús con engaño y darle muerte (Mt 26, 3-4). San Juan también habla de una convocatoria. Los príncipes de los sacerdotes y los fariseos convocaron el Sanedrín (Jn 11, 47). Y ¿cuál fue el motivo? Ver qué hacer con Jesús. Y la decisión tomada fue el de darle muerte. Anteriormente san Juan se refiere a otra reunión, también de los sacerdotes y fariseos. En esta ocasión Nicodemo salió en defensa de Jesús: ¿Es que nuestra Ley juzga a un hombre sin haberlo oído antes y conocer lo que ha hecho? (Jn 7, 51). ¿Hubo unanimidad en la condena del Señor? No, porque José de Arimatea, varón bueno y justo, miembro del Consejo, no estaba de acuerdo con su decisión y sus acciones (Lc 23, 50-51).

Lo tratado en esas reuniones aparece en el libro de la Sabiduría, escrito siglos antes de la pasión del Señor: Tendamos lazos al justo, que nos fastidia, se enfrenta a nuestro modo de obrar, nos echa en cara pecados contra la Ley y nos culpa de faltas contra la educación que recibimos. Veamos si son veraces sus palabras, examinemos lo que pasará en su tránsito. Pues si el justo es de verdad hijo de Dios, él le asistirá y le librará de las manos de sus enemigos. Sometámosle al ultraje y al tormento para conocer su rectitud y probar su paciencia. Condenémosle a una muerte afrentosa, pues, según él, Dios le asistirá (Sb 2, 12.17-20). Estas palabras de los impíos, dichas de forma irónica, tienen eco en los ultrajes de los escribas, fariseos, ancianos y príncipes de los sacerdotes contra Jesús en la cruz. Confió en Dios, que le salve ahora si le quiere de verdad, porque dijo:”Soy Hijo de Dios” (Mt 27, 43); Que el Cristo, el Rey de Israel, baje ahora de la cruz, para que veamos y creamos (Mc 15, 32); El pueblo estaba mirando, y los jefes se burlaban de él y decían: Ha salvado a otros, que se salve a sí mismo, si él es el Cristo de Dios, el elegido (Lc 23, 35).

Jesús dice a sus apóstoles lo que le va a suceder en Jerusalén, pero ellos no entendían sus palabras y temían preguntarle (Mc 9, 32). San Marcos muestra la dificultad de los discípulos para entender las palabras de Jesús. No se les pasa por la cabeza que el Mesías tenga que sufrir y morir de forma afrentosa. Y es que únicamente con la gracia es posible entender estas verdades. Comenta san Anastasio de Antioquía: Esto que decía estaba de acuerdo con las predicciones de los profetas, que habían anunciado de antemano el final que debía tener en Jerusalén. Predecían también el motivo por el cual el Verbo de Dios, por lo demás impasible, quiso sufrir la pasión: porque era el único modo como podía ser salvado el hombre. Cosas, todas estas, que sólo las conoce Él y aquellos a quienes las revela.

¿Por qué temían preguntarle? Quizás para que su Maestro no diera más detalles de los sufrimientos que iba a padecer, lo cual les entristecería más aún. Pero si se sabe ciertamente por qué callaron cuando, estando ya en casa, les preguntó: “¿De qué hablabais por el camino?” (Mc 9, 33). Aquí el evangelista sí dice el motivo: Callaron, pues por el camino habían discutido entre sí quién era el mayor (Mc 9, 34). Lo que Jesús preguntó a sus apóstoles, una pregunta aparentemente indiscreta. Y esa pregunta también puede hacérnosla a nosotros hoy. Es como si nos dijera: ¿De qué habláis cotidianamente? ¿Cuáles son vuestras aspiraciones? Los apóstoles callaron porque les daba vergüenza decirle a Jesús de lo que hablaban. Como a los discípulos de ayer, también hoy a nosotros, nos puede acompañar la misma discusión: ¿Quién es el más importante?

El Señor sabía aprovechar las ocasiones para ir formando a los suyos. Esta vez con motivo de una discusión de sus discípulos mantenida a sus espaldas. Entonces se sentó y, llamando a los doce, les dijo: “Si uno quiere ser el primero, sea el último de todos y el servidor de todo” (Mc 9, 35). Y les habla de la actitud que deben tener, que debemos tener los cristianos. Una actitud de servicio, siguiendo el ejemplo de Cristo, pues el Hijo del Hombre no ha venido a ser servido, sino a servir (Mc 10, 45). Jesús nos dice que la vida auténtica se vive en el compromiso concreto con el prójimo: servir, cuidar a los frágiles de nuestras familias, de nuestra sociedad, de nuestro pueblo. Son los rostros sufrientes, desprotegidos y angustiados a los que Jesús propone mirar e invita concretamente a amar.

Entre las personas más frágiles están los niños. Y tomando un niño, le puso en medio de ellos, le estrechó entre sus brazos y les dijo: “El que reciba a un niño como éste en mi nombre, a mí me recibe; y el que me reciba a mí, no me recibe a mí sino a Aquél que me ha enviado” (Mc 9, 36-37). En los Santos Evangelios se ve la ternura de Jesús con los niños, que le hizo decir: Dejad que los niños se acerquen a mí, no se lo impidáis (Mc 10, 14). Los ángeles de los niños reflejan la mirada de Dios, y Dios no pierde nunca de vista a los niños. Existe una tierna y misteriosa relación de Dios con el alma de los niños. Es una relación real que Dios quiere y Dios la cuida. El niño está listo desde el nacimiento para sentirse amado por Dios. En el alma inocente de los niños está el amor de Dios. Si miramos a los niños con los ojos de Jesús, podríamos realmente entender en qué sentido protegemos a la humanidad. Los niños son una promesa de vida, y Dios vigila esta promesa desde el primer instante.

Los niños son en sí mismos una riqueza para la humanidad y también para la Iglesia, porque nos remiten constantemente a la condición necesaria para entrar en el reino de Dios: la de no considerarnos autosuficientes, sino necesitados de ayuda, de amor y perdón.

A mí me gusta decir que en una sociedad bien constituida los privilegios solamente deben ser para los niños y para los ancianos, porque el futuro de un pueblo está en manos de ellos. Los niños porque ciertamente llevarán la fuerza delante de la historia y los ancianos porque son la sede de la sabiduría de un pueblo y tienen que aportar esa sabiduría. Los horrores de la manipulación educativa que hemos vivido en las grandes dictaduras genocidas del siglo XX no han desaparecido: conservan su actualidad bajo ropajes diversos y propuestas que fuerzan a caminar a los niños por el camino dictatorial del “pensamiento único”. Me decía hace poco un gran educador: “A veces uno no sabe si con estos proyectos educativos manda al niño a la escuela o a un campo de reeducación”. Me viene a la mente el logotipo de la Sagrada Familia sobre un burrito escapando a Egipto defendiendo al Niño. A veces para defender hay que escapar. A veces hay que quedarse y proteger. A veces hay que pelear. Pero siempre hay que tener ternura (Papa Francisco).

El mismo Dios se hizo niño en Belén, y será para siempre signo de ternura y de su presencia en el mundo. El Niño de Belén es frágil, como todos los recién nacidos. No sabe hablar y, sin embargo, es la Palabra que se ha hecho carne, que ha venido a cambiar el corazón y la vida de los hombres. Este Niño, como todo niño, es débil y necesita ayuda y protección. También hoy los niños necesitan ser acogidos y defendidos desde el seno materno. Cuando los niños son recibidos, amados, custodiados, tutelados, la familia está sana, la sociedad mejora, el mundo es más humano.

Queremos para ellos un mundo mejor. En la Carta de Santiago se habla de la existencia en el mundo de envidias y espíritu de contienda, allí hay desconcierto y toda clase de maldad (St 3, 16). Es verdad, pero hay que continuar leyendo. En cambio la sabiduría que viene de lo alto es, en primer lugar, pura, además pacífica, complaciente, dócil, llena de compasión y buenos frutos, imparcial, sin hipocresía. El fruto de la justicia es sembrado con paz entre aquellos que promueven la paz (St 3, 17-18). ¿Quiénes promueven la paz? Los “pacíficos” de las Bienaventuranzas, que son -debemos ser los cristianos- los que crean a su alrededor un ambiente propicio para el desarrollo de la justicia y la santidad. Todo cristiano que se esfuerza por vivir de acuerdo con la fe recibida realiza una siembra de santidad y justicia llena de paz. Sólo así, sembrando paz y alegría, se construye un mundo más humano y más fraterno para ofrecérselos a los niños de hoy.

Vemos que en el mundo hay guerras y peleas entre los hombres. ¿De dónde proceden? El apóstol Santiago contesta, preguntando a su vez: ¿No es de vuestras pasiones que luchan en vuestros miembros? (St 4, 1). El pecado de Adán rompió la armonía que existía en el mundo; se desataron las pasiones. El hombre estropeó el mundo que Dios había creado. ¿No sabéis que la amistad con el mundo es enemistad con Dios? Por tanto, el que desee ser amigo de este mundo, se hace enemigo de Dios (St 4, 4).

¿Pero qué se entiende por mundo? La palabra mundo tiene varias acepciones. La primera designa al conjunto de la creación, y dentro de ella la humanidad, los hombres, a quienes Dios ama entrañablemente. En este contexto se entiende la enseñanza de san Josemaría Escrivá: El mundo no es malo, porque ha salido de las manos de Dios, porque es criatura suya, porque Yavé lo miró y vio que era bueno. En segundo lugar, mundo indica los bienes de la tierra, de suyo caducos y que pueden presentar oposición a los bienes del espíritu. Finalmente, porque los hombres malos han sido esclavizados por el pecado y por el demonio, príncipe de este mundo, el mundo es considerado a veces como enemigo de Dios y contrario a Cristo y a sus seguidores. En este sentido el mundo es malo, y por eso Jesús no es del mundo, ni lo son sus discípulos. Sí, el cristiano no es mundano, pero está en el mundo. Son cosas diferentes. Y está en medio del mundo para cristianizar la sociedad desde dentro. Un escritor francés dijo: El mundo sólo será salvado por unos cuantos hombres que estén plenamente en el mundo, pero que no se parezcan en nada al mundo.

En la tierra paz a los hombres de buena voluntad (Lc 2, 14). Ese don requiere ser implorado incesantemente en la oración. Recordemos el cartel: En la base de la paz está la oración. Este don se debe implorar y se debe acoger cada día con empeño, en las situaciones en las que nos encontramos. Le pedimos a Santa María, Reina de la paz, por este don divino para que los niños de hoy encuentren un mundo mejor.

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