Domingo XXX del Tiempo Ordinario. Homilía (Ciclo B)


Al salir Jesús de Jericó acompañado de sus discípulos y de una gran gentío, un mendigo ciego llamado Bartimeo que estaba sentado al borde del camino pidiendo limosna, al enterarse de que era Jesús de Nazaret, se puso a gritar: “¡Hijo de David, Jesús, ten compasión de mí!” (Mc 10, 46-47). También nosotros le pedimos al Señor que tenga compasión de nosotros, que somos pecadores. Es la limosna que deseamos: la ayuda y gracia para responder con amor a sus delicadezas. Y le decimos que no queremos ya la limosna de afectos a las criaturas, pues sólo Él puede saciar la sed de nuestro corazón.

Muchos le increpaban para que se callara. Pero él gritaba mucho más: “¡Hijo de David, ten compasión de mí! (Mc 10, 48). Bartimeo, por su ceguera, no veía, y la única forma que tenía para sobrevivir era mendigar. Ciego, pero no era tonto: estaba precisamente a la entrada de la ciudad de Jericó, por donde pasaban muchas gentes, de todo tipo. Al pasar Jesús el rumor de la muchedumbre quizás fuera mayor que en otras ocasiones. Cuando se enteró que precisamente Jesús se acercaba, gritó. Habría oído hablar de las curaciones milagrosas de Cristo. Y cuando querían hacerle callar, gritaba aún más fuerte. Seguramente pensó que era su única oportunidad de conseguir la visión que una enfermedad le había quitado, o bien le había privado desde su nacimiento. Los que estaban con Jesucristo pretendían callar al ciego para evitar que el Señor interrumpiera sus palabras, esas palabras de vida eterna. A pesar de esto, el hijo de Timeo era un hombre que no tenía nada, un mendigo ciego, pero que quería la salvación, quería ser curado, y por lo tanto grita más fuerte que el muro de la indiferencia que lo rodea hasta que vence su propósito y consigue llamar a la puerta del corazón de Jesús.

Es el fruto de la fe y de la perseverancia en la oración. Y es una enseñanza para todos nosotros. Hagamos como el ciego de Jericó que invoca la intervención del Maestro con una voz más alta de quien quiere callarlo. Hoy día quieren hacer callar a los cristianos, que no se les oigan en los foros de la sociedad moderna. Una sociedad que está necesitada de la luz y de la verdad del Evangelio. Y sin embargo, un gran sector de la sociedad no acepta las enseñanzas de Cristo, y, en consecuencia, toma otros derroteros: el hedonismo, el divorcio, el aborto, el control de natalidad, los medios contraceptivos. Estas formas de entender la vida están en claro contraste con la Ley de Dios y las enseñanzas de la Iglesia. No permanezcamos callados. Hay que difundir la doctrina cristiana, hablar de las benditas exigencias del Evangelio, de nuestra fe. Es necesario proclamar por todos los caminos y rincones del mundo la verdad de Dios: con la prensa y con otras publicaciones, con el cine, la radio y la televisión… e internet.

Jesús se detuvo y dijo: “Llamadle”. Llaman al ciego, diciéndole: “¡Animo, levántate! Te llama” (Mc 10, 49). Es una gracia cuando Jesús se detuvo y dijo: “mirad allí, traedlo a mí”. Así hace que los que le rodean giren la cabeza hacia aquel pobre ciego que sufre, que está necesitado de ayuda. Es como si les dijera, nos dijera a nosotros cristianos del tercer milenio: No me miréis solo a mí. Si, me tenéis que mirar, pero no solo a mí. Miradme también en los demás, en los necesitados.

Y él, arrojando su manto, dio un brinco y vino donde Jesús (Mc 10, 50). Comenta san Josemaría Escrivá: ¡Tirando su capa! No sé si tú habrás estado en la guerra. Hace ya muchos años, yo pude pisar alguna vez el campo de batalla, después de algunas horas de haber acabado la pelea; y allí había, abandonados por el suelo, mantas, cantimploras y macutos llenos de recuerdos de familia: cartas, fotografías de personas amadas… ¡Y no eran de los derrotados; eran de los victoriosos! Aquello, todo aquello les sobraba para correr más aprisa y saltar el parapeto enemigo. Como a Bartimeo, para correr detrás de Cristo. No olvides que, para llegar hasta Cristo se precisa el sacrificio; tirar todo lo que estorbe (Es Cristo que pasa).

Jesús, dirigiéndose a él, le dijo: “¿Qué quieres que te haga?” El ciego le dijo: “Rabboní, ¡que vea!” Jesús le dijo: “Vete, tu fe te ha salvado”. Y al instante, recobró la vista y le seguía por el camino (Mc 10, 51-52). Este pasaje del Evangelio comienza con un no ver, un ciego, y termina con un ver: Todo el pueblo, al ver esto, alabó a Dios (Lc 18, 43). No solamente le pedimos al Señor que tenga misericordia y se compadezca de nosotros, sino que también le decimos, como Bartimeo, Señor, haz que yo vea; haz que vea con los ojos de mi alma, con los ojos de la fe, con los ojos de la obediencia, con la limpieza de mi vida. Que yo vea con mi inteligencia, para defender al Señor en todos los ámbitos del mundo (San Josemaría Escrivá).

Jesús, en su paso por la tierra, trató a gente de todas las clases sociales, de diversas edades (ancianos, jóvenes) y profesiones (soldados, pescadores, recaudadores de impuestos), a creyentes y no creyentes, a sanos y enfermos, a ricos y pobres… Gente del Pueblo elegido. Jeremías, cuando anuncia el feliz regreso de los deportados, dice: Lanzad gritos de alegría por Jacob, cantad himnos de gozo a la capital de las naciones; hacedlo oír, alabad y decid: “¡Ha salvado el Señor a su pueblo, al Resto de Israel!” Mirad que yo los traigo del país del norte, y los recojo de los confines de la tierra. Con ellos vienen ciegos y cojos, embarazadas y paridas juntas. Una enorme comunidad vuelve acá. Con lloro vienen y con súplicas los devuelvo, los llevo a arroyos de agua por camino llano, en que no tropiecen. Porque yo soy para Israel un padre (Jr 31, 7-9). El pueblo volverá a la tierra emocionado ante la bondad de Dios. El pasaje destaca los cuidados de Dios. Él se manifiesta como “padre para Israel”, destacando su misericordia.

También en la Iglesia, nuevo Pueblo de Dios, caben todo tipo de personas. Y Jesucristo nos da a conocer a Dios como Padre. El pueblo de Dios es un pueblo que no excluye a pobres y desfavorecidos, es más, los incluye. Dice el profeta: “Entre ellos hay ciegos y cojos”. Es una familia de familias, en la cual quien tiene dificultades no se encuentra marginado, dejado atrás, sino que consigue estar al mismo paso que los otros, porque este pueblo camina al paso de los últimos; como se hace en las familias, y como nos enseña el Señor, que se ha hecho pobre entre los pobres, pequeño con los pequeños, último con los últimos. No lo ha hecho para excluir a los ricos, a los grandes y a los primeros, sino porque es el único modo de salvarlos también a ellos, para salvar a todos: ir con los pequeños, con los excluidos y con los últimos (Papa Francisco).

Por ese cuidado paternal de Dios, existe en la Iglesia el sacerdocio. Cristo es el Sumo Sacerdote que puede realmente liberarnos de todo pecado. El único Sacerdote perfecto. Nuestro Sumo Sacerdote, Jesucristo, eligió algunos discípulos que en la Iglesia desempeñaran, en nombre suyo, el oficio sacerdotal: ejerciendo públicamente en su nombre el oficio sacerdotal en favor de todos los hombres, continuaran su misión personal de Maestro, Sacerdote y Pastor. Porque todo Sumo Sacerdote, escogido entre los hombres, está puesto para representar a los hombres en el culto a Dios; para ofrecer dones y sacrificios por los pecados; y puede compadecerse hacia los ignorantes y extraviados, por estar también él rodeado de flaqueza (Hb 5, 1-2). Estas palabras de la Carta a los Hebreos constituyen una definición, breve y exacta, de lo que es todo sacerdote, pues tiene como oficio propio el de ser mediador entre Dios y el pueblo. Los sacerdotes participan de la misma misión de Cristo: por un lado, entrega al pueblo las cosas divinas; y, por otro, ofrece a Dios las oraciones del pueblo, y satisface a Dios por los pecados de ese mismo pueblo.

El sacerdote, cuya identidad es ser Cristo mismo- está llamado a sembrar la semilla de la palabra de Dios -la semilla que lleva en sí el reino de Dios-, a distribuir la misericordia divina, y a alimentar a los fieles en la mesa del Cuerpo y de la Sangre del Señor. Su vida es de total dedicación a Cristo; es una vocación que requiere grandes sacrificios e impone muchas obligaciones, pero es también una manera de amar a Cristo y a su pueblo que conlleva su buena parte de paz, de satisfacción y de alegría (San Juan Pablo II). El sacerdote debe atender a la salvación de las almas con toda solicitud, con la caridad y con el consejo, siendo instrumento de Cristo o prolongación de su santísima Humanidad.

Como buen pastor, debe hacer todas las cosas para salvar las almas, rescatadas por Cristo a tan gran precio, y encaminarlas hacia el amor de Dios. El oficio de buen pastor es un oficio delicado en extremo: exige mucho amor y mucha paciencia, valentía, competencia, mansedumbre; también, prontitud de ánimo y un gran sentido de responsabilidad. El descuido de esta misión ocasionaría gravísimos daños al pueblo de Dios: el mal pastor lleva a la muerte incluso a las ovejas fuertes (San Agustín).

La Iglesia tiene necesidad de sacerdotes santos, que sepan sacar de la riqueza del Evangelio las respuestas a los interrogantes del hombre de hoy: a la oscuridad de la duda, han de responder con la luz de la fe, extraída de la propia intimidad con Jesús; a la debilidad de la condición humana, con la fortaleza de los sacramentos; a la tristeza de la soledad, con la alegría de la reconciliación con el Padre.

Y a causa de esa misma flaqueza debe ofrecer por los pecados propios igual que por los del pueblo (Hb 5, 3). Los sacerdotes no actúan en nombre propio, ni so representantes del pueblo, sino que desempeñan su misión sagrada en nombre de Dios. Entre las cualidades morales que son necesarias al sacerdote están la misericordia y la compasión, dos virtudes que le llevarán a acoger a los pecadores y a la vez le moverán al deseo de reparar por sus pecados. El sacerdote, como todo hombre, es pecador. Por eso, en el ceremonial del Antiguo Testamento para el Día de la expiación, el Sumo Sacerdote, antes de entrar en el “Santo de los Santos”, ofrecía un sacrificio por sus propios pecados; asimismo, los sacerdotes del Nuevo Testamento tienen la responsabilidad de ser santos, de rechazar el pecado, de pedir perdón por sus propias faltas y de interceder por los pecadores. El modelo que el sacerdote debe considerar siempre es el de Jesucristo Sumo y Eterno Sacerdote.

Palabras de Benedicto XVI a los presbíteros de Roma: Ser sacerdote significa convertirse en amigo de Jesucristo, y esto cada vez más con toda nuestra existencia. El mundo tiene necesidad de Dios, no de un dios cualquiera, sino del Dios de Jesucristo, del Dios que se hizo carne y sangre, que nos amó hasta morir por nosotros, que resucitó y creó en sí mismo un espacio para el hombre. Este Dios debe vivir en nosotros y nosotros en Él. Ésta es nuestra vocación sacerdotal: sólo así nuestro ministerio sacerdotal puede dar fruto.

Presentemos también al Señor la urgente necesidad que la Iglesia tiene de encontrar jóvenes generosos y dispuestos a asumir la gozosa tarea de hacer ministerialmente presente a Cristo. Y pidamos a Santa María por la santidad de todos los sacerdotes y para que todos los cristianos veamos con los ojos de la fe y sintamos en nuestro corazón el amor paternal de Dios.

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