Domingo XXXI del Tiempo Ordinario. Homilía (Ciclo B)


Se acercó (a Jesús) uno de los escribas que les había oído y, viendo que les había respondido muy bien, le preguntó: “¿Cuál es el primero de todos los mandamientos?” (Mc 12, 28). El escriba que hace la pregunta muestra una actitud leal ante el Señor porque busca sinceramente la verdad. Había quedado impresionado por la respuesta que Cristo había dado a los saduceos sobre el tema de la resurrección de los muertos, y es de suponer que se acerca a Jesús con deseos de conocer mejor las enseñanzas del Maestro. Sin embargo hay quienes ven en la actitud del escriba no buena intención. Cuando el escriba se acercó a Jesús para preguntarle lo que, según él, es “el primero de todos los mandamientos” es probable que su intención no fuera tan inocente. Hay que evaluar el comportamiento del hombre que se dirige a Cristo dando la impresión de “meterlo a la prueba”, si no es de “hacerlo caer en la trampa” (Papa Francisco).

La pregunta del escriba es acertada y Jesús se entretiene en instruir a este hombre, perteneciente a un grupo, los escribas, sobre el que lanzaría acusaciones muy fuertes. Pero el Señor no ve en el personaje que le pregunta sobre el primer mandamiento de la Ley de Dios solamente a un escriba sino a un alma que busca la verdad. Y la enseñanza de Jesús penetra en su corazón; aquel hombre la repite saboreándola y el Señor tendrá para él una palabra cariñosa que incita a la definitiva conversión. No estás lejos del Reino de Dios (Mc 12, 34).

Jesús no responde con una explicación, sino que usa la Palabra de Dios, y cita el libro del Deuteronomio: Escucha, Israel: El Señor nuestro Dios es el único Dios. Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma y con toda tu fuerza (Dt 6, 4-5). En estas palabras hay una clara y solemne profesión de monoteísmo, característica distintiva de Israel respecto a sus pueblos vecinos. Y Dios pide a su pueblo un amor completo. Pero ¿acaso el amor puede propiamente ser objeto de un mandamiento? Lo que el Señor reclama a Israel, y a cada uno de nosotros, no se reduce al ámbito de un sentimiento incontrolable por el hombre, sino que pertenece a la esfera de la voluntad. Es un afecto que puede y debe cultivado por la toma de conciencia, cada vez más profunda, de nuestra relación filial, como expresó san Juan en su primera carta: En esto consiste el amor: no en que nosotros hayamos amado a Dios, sino que Él nos amó y envió a su Hijo como víctima de propiciación por nuestros pecados. (…) Nosotros amamos, porque Él nos amó primero (1 Jn 4, 10.19). Por tanto, Dios puede propiamente promulgar el precepto del amor.

Hoy día, el hombre, tentado por Satanás, abriga la sospecha de que el amor de Dios crea una dependencia y que necesita desembarazarse de esta dependencia para ser plenamente él mismo. El hombre no quiere recibir de Dios su existencia y la plenitud de su vida. No quiere contar con el amor que no le parece fiable. Más que el amor, busca el poder, con el que quiere dirigir de modo autónomo su vida. Al hacer esto, se fía de la mentira más que de la verdad, y así se hunde con su vida en el vacío, en la muerte. Pero, si vivimos contra el amor y contra la verdad -contra Dios-, entonces nos destruimos recíprocamente y destruimos el mundo. Así no encontramos la vida, sino que obramos en interés de la muerte. Todo esto está relatado, con imágenes inmortales, en la historia de la caída original y de la expulsión del hombre del Paraíso terrestre (Benedicto XVI, Homilía 15.V.2005).

Amar a Dios significa hacer que Dios esté presente en nuestra vida, pero no sólo en la vida privada, sino también pública. Es decir, hacer espacio a Dios cada día en nuestra vida, comenzando desde la mañana con la oración y luego dando tiempo a Dios, dando el domingo a Dios. No perdemos nuestro tiempo libre si se lo ofrecemos a Dios. Si Dios entra en nuestro tiempo todo el tiempo se hace más grande, más amplio, más rico.

¡Escucha, Israel! El Señor nuestro Dios es el único Señor. La confesión en el único Dios se realiza en la vida, en el camino de la vida; no basta decir: “Yo creo en Dios, el único”; sino que requiere preguntarse cómo se vive este mandamiento. En realidad, con frecuencia se sigue viviendo como si Él no fuera el único Dios y como si existieran otras divinidades a nuestra disposición: es el peligro de la idolatría, la cual llega a nosotros con el espíritu del mundo.

El camino del amor a Dios -amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón y con toda tu alma- es un camino de amor; es un camino de fidelidad. Al Señor le complace hacer la comparación de este camino con el amor nupcial. Y esta fidelidad nos impone expulsar los ídolos, descubrirlos, ocultos, en nuestra personalidad, en nuestro modo de vivir; y nos hacen infieles en el amor (Papa Francisco). Desprendámonos de la codicia del tener, del dinero idolatrado y después derrochado. Pongamos a Jesús en primer lugar. Él nos puede librar de las idolatrías que nos convierten en esclavos. Hay que fiarse de Dios, pues Él nos conoce, nos ama y jamás se olvida de nosotros.

Jesucristo pudo haberse limitado a hablar solamente del amor a Dios, del primer mandamiento. En cambio, Jesús añadió algo que no le había preguntado el escriba. El segundo es: Amarás a tu prójimo como a ti mismo. No existe otro mandamiento mayor que éstos (Mc 12, 31). Tampoco este segundo mandamiento lo inventa Jesús, sino que lo toma del libro del Levítico. Su novedad consiste precisamente en poner juntos estos dos mandamientos, revelando que son inseparables y complementarios, son las dos caras de una misma moneda. Por tanto, el Decálogo debe ser interpretado a la luz de este doble y único mandamiento de la caridad, plenitud de la Ley. Y dice san Agustín: El amor de Dios es lo primero que se manda, y el amor del prójimo lo primero que se debe practicar. Tú, que todavía no ves a Dios, amando al prójimo te harás merecedor de verle a Él. El amor al prójimo limpia los ojos para ver a Dios, como dice claramente Juan: Si no amas al prójimo, a quien ves, ¿cómo vas a amar a Dios, a quien no ves?

Cuando el hombre ama a Dios y se pone en sus manos, encuentra la verdadera libertad; el hombre al dirigirse hacia Dios se hace divino, llega a ser verdaderamente él mismo. Además, no se empequeñece encerrándose en sí mismo, en su egoísmo, sino su corazón se despierta verdaderamente y él se transforma en una persona sensible y, por tanto, benévola y abierta, que ama al prójimo. Cuanto más cerca está el hombre de Dios, tanto más cerca está de los hombres. No se puede amar a Dios sin amar al prójimo y no se puede amar al prójimo sin amar a Dios. En efecto, el signo visible que el cristiano puede mostrar para testimoniar al mundo y a los demás, a su familia, el amor de Dios es el amor a los hermanos. El mandamiento del amor a Dios y al prójimo es el primero. Jesús no lo puso en el vértice, sino en el centro, porque es el corazón desde el cual todo debe partir y al cual todo debe regresar y hacer referencia (Papa Francisco).

Después de oír la respuesta de Jesús a la pregunta que le había hecho, el escriba dijo: Muy bien, Maestro; tienes razón al decir que Él es único y que no hay otro fuera de Él, y amarle con todo el corazón, con toda la inteligencia y con todas las fuerzas, y amar al prójimo como a sí mismo vale más que todos los holocaustos y sacrificios (Mc 12, 32-34). El escriba conocía bien el Deuteronomio, pues cita un pasaje entrañable, de singular importancia para la fe y la vida del pueblo elegido. Y sabe que el amor que Dios pide a Israel va precedido del amor de Dios por Israel. Pero también es vital para los cristianos, ya que se toca uno de los puntos centrales de la Revelación de Dios a los hombres, tanto en el Antiguo como en el Nuevo Testamento: por encima de cualquier otra consideración, Dios es amor (1 Jn 4, 8).

Ahora bien, no basta solamente conocer la Sagrada Escritura, sino que hay que vivirla, poner en práctica lo que Dios nos ha querido revelar. Por eso, el comentario de Cristo: No estás lejos del Reino de Dios se puede interpretar de esta manera. En esencia, con el “no está lejos”, Jesús quería decirle al escriba: “Sabes muy bien la teoría”, pero “todavía te falta una distancia hacia el Reino de Dios”, es decir, debes caminar para transformar en “realidad este mandamiento “, ya que “la confesión de Dios” se hace en el “camino de la vida”.

En la carta a los Hebreos se habla del sacerdocio de Cristo, que es eterno. Los sacerdotes del Antiguo Testamento fueron muchos, porque la muerte les impedía perdurar. Pero éste (Jesucristo) posee un sacerdocio perpetuo porque permanece para siempre (Hb 7, 23-24). El sacerdocio de Cristo es manifestación de su Amor, del cual no se puede separar, y puesto que su Amor es eterno, eterno también será su sacerdocio con toda la riqueza de manifestaciones de su Amor redentor, del amor de su Corazón por todos los hombres.

¿Hasta llegó el amor de Jesús? Habiendo amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el fin (Jn 13, 1), hasta el extremo de dar su vida por nosotros. Y Cristo nos sigue amando todavía ahora, hoy, y nos presenta su corazón como la fuente de nuestra redención. Por esto puede también salvar a los que se acercan a Dios a través de Él, ya que está siempre vivo para interceder por nosotros (Hb 7, 25). Cristo ama a todos los hombres con su Corazón sacratísimo y misericordioso. Y amor con amor se paga, dice el refrán. Sin embargo, de labios de Jesús salieron estas palabras que dijo a santa Margarita María de Alacoque: Mi corazón que tanto ha amado a los hombres y que es tan poco correspondido.

San Juan Crisóstomo se fija en para siempre. Porque Cristo no sólo intercedió por nosotros aquí en la tierra, sino que sigue intercediendo desde el Cielo. Por eso, este Padre de la Iglesia dijo: Este “para siempre” indica un gran misterio. No sólo aquí, sino también allí, en el Cielo; no sólo aquí y por un tiempo, sino también allí en la vida eterna. Pero ¿en qué sentido sigue intercediendo por todos ya que no puede merecer más de lo que ya hizo en la tierra? La respuesta la da santo Tomás de Aquino: Intercede en primer lugar presentando de nuevo al Padre su Humanidad, con las gloriosas señales de su Pasión, y luego expresando el gran amor y deseo de su Alma de conseguir nuestra salvación. Cristo, por decirlo de algún modo, sigue ofreciendo al Padre el sacrificio de su paciencia, de su humildad, de su obediencia y de su amor.

Cristo es el Sumo Sacerdote que nos convenía: santo, inocente, incontaminado, apartado de los pecadores, encumbrado por encima de los cielos, que no tiene necesidad de ofrecer sacrificios cada día, primero por sus pecados propios como aquellos Sumos Sacerdotes (los del Antiguo Testamento), luego por los del pueblo: y esto lo realizó de una vez para siempre, ofreciéndose a sí mismo (Hb 7, 26-27). Este es el amor de Dios que debe ser correspondido amándole con todo el corazón, con toda el alma, con toda la mente y con todas las fuerzas. Como le amó la Virgen María, y en esto también debemos imitar a nuestra Madre.

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