Conmemoración de los Fieles Difuntos. Homilía (Ciclo B)


La Iglesia conmemora a todos los fieles difuntos el día después de la fiesta de Todos los Santos. Las almas del Purgatorio, una vez purificadas, pasarán a engrosar el número de los bienaventurados del Cielo. Este día conmemorativo nos habla de tres dimensiones: el pasado, el futuro y el presente. El pasado para recordar a quienes caminaron antes con nosotros, a los que nos han educado en la fe, a los que nos han dado la vida y a los que nos dieron ejemplo de vida cristiana. Y es un recuerdo lleno de gratitud que nos lleva a ofrecer sufragios por sus almas. El futuro por la esperanza de llegar al Cielo, a una tierra nueva y a la Jerusalén celestial. Y vi la Ciudad Santa, la nueva Jerusalén, que bajaba del cielo, de junto a Dios, engalanada como una novia, ataviada para su esposo (Ap 21, 2). Y el presente, que es el camino que debemos recorrer, el que nos ha dado Dios y nos ha mostrado Jesús. Las luces que nos acompañan para no equivocarnos de camino son las Bienaventuranzas (mansedumbre, pobreza de espíritu, justicia, misericordia, pureza de corazón). Este es nuestro presente.

En este día, además de rezar por los difuntos, es conveniente pensar en la muerte. Ante el hecho de la muerte, nos preguntamos: ¿Dónde están los difuntos?; ¿qué pasa después de la muerte?; ¿volveremos de nuevo a la vida?; ¿existen el cielo y el infierno?; ¿qué valor tiene para nosotros la resurrección de Cristo? La muerte es una realidad que nos supera; la vemos rodeada de misterio. Una realidad que, lo queramos o no, nos lleva a pensar en Dios. Él es el único que puede iluminarnos para despejar este misterio, para dar sentido a esta realidad que, humanamente, no sabemos explicar. Ésta nos llegará a todos. Pero para quienes aclamamos a Cristo como Camino, Verdad y Vida, la tristeza de la muerte se cambia en esperanza de ir a una de las muchas estancias que Jesús nos ha preparado en la casa del Padre. Y le pedimos al Señor que nos conceda una muerte consciente, sabiendo que vayamos al encuentro de Jesús que nos introducirá en el Cielo, para que estemos toda la eternidad con Él.

En Cristo brilla la esperanza de nuestra feliz resurrección; a pesar de la tristeza que nos causa la certeza de morir, tenemos el consuelo de la futura inmortalidad. La muerte es el paso de la vida terrena a la vida eterna; de este valle de lágrimas a la patria celestial. Después de la muerte comienza una eternidad de gloria para todas aquellas personas que, a pesar de su fragilidad y debilidad -propias de la condición humana-, amaron a Dios y cumplieron sus mandamientos.

Es bello pensar que la muerte del cuerpo es como un sueño del que Jesús mismo nos despertará. La tradición de la Iglesia ha exhortado siempre a rezar por los fieles difuntos, ofreciendo por ellos la celebración eucarística, que es la mejor ayuda espiritual que podemos ofrecer a las almas, particularmente a las más abandonadas. El recuerdo de los difuntos, el cuidado de los sepulcros y los sufragios son el testimonio de la confiada esperanza radicada en la certeza que que la muerte no es la última palabra sobre la suerte humana, porque el hombre está destinado a una vida sin límites que tiene su raíz y su fin en Dios (Papa Francisco, Homilía 2.XI.2017).

Que la muerte no tiene la última palabra está dicho en la Sagrada Escritura, como se lee en la primera lectura de una de las tres misas del día de los Difuntos. El Señor Dios ofrecerá a todos los pueblos, en este monte, un banquete de sabrosos manjares, un convite de buenos vinos, manjares suculentos y vinos exquisitos. Consumirá en este monte el velo que cubre a todos los pueblos y el manto que cubre a todos los gentes. Eliminará para siempre la muerte definitivamente. Enjugará el Señor Dios las lágrimas de todos los rostros, y quitará el oprobio de su pueblo de sobre toda la tierra, porque el Señor ha hablado. Se dirá aquel día: “Ahí tenéis a nuestro Dios: esperamos que nos salve; éste es el Señor en quien esperábamos; nos regocijamos y nos alegramos por su salvación” (Is 25, 6-9). Con estas palabras el Señor expresa de modo simbólico que hará partícipes a los hombres de alimentos divinos, que superan todo lo imaginable.

También hay que ver en esta profecía una prefiguración del banquete eucarístico, instituido por Jesucristo en Jerusalén, en el que se entrega un alimento divino, el Cuerpo y la Sangre de nuestro Señor, que vigoriza el alma y es prenda de la vida eterna: La participación en la “cena del Señor” es anticipación del banquete escatológico por las “bodas del Cordero” (Ap 19, 9). Al celebrar el memorial de Cristo, que resucitó y ascendió al cielo, la comunidad cristiana está a la espera de “la gloriosa venida de nuestro Señor Jesucristo” (San Juan Pablo II, Dies Domini n. 38). Los santos han considerado a la Eucaristía como prenda de la vida futura en el Cielo. El que come mi carne y bebe mi sangre tiene vida eterna y yo lo resucitaré en el último día (Jn 6 56). Al referirse a la Eucaristía dijo el Santo Cura de Ars: Es para nosotros “prenda eterna”, de manera que ello nos asegura el Cielo; éstas son las arras que nos envía el Cielo en garantía de que un día será nuestra morada; y, aún más, Jesucristo hará que nuestros cuerpos resuciten tanto más gloriosos, cuanto más frecuente y dignamente hayamos recibido el suyo en la Comunión (San Juan Bautista María Vianney, Sermón sobre la Comunión).

La muerte ha sido vencida y redimida por Cristo. De ahí que Isaías diga: Eliminará para siempre la muerte definitivamente. Este versículo es citado por san Pablo en su primera carta a los cristianos de Corinto al afirmar gozoso que la resurrección de Cristo ha supuesto la victoria definitiva sobre la muerte. Y san Juan en el Apocalipsis anuncia la salvación que traerá el Cordero muerto y resucitado: Y enjugará toda lágrima de sus ojos; y no habrá ya muerte, ni llanto, ni lamento, ni dolor, porque todo lo anterior pasó (Ap 21, 4). La Iglesia evoca asimismo estas palabras en su oración por los difuntos, por quienes piden a Dios que los reciba en su Reino donde esperamos gozar todos juntos de la plenitud eterna de tu gloria; allí enjugarás las lágrimas de nuestros ojos, porque, al contemplarte como Tú eres, Dios nuestro, seremos para siempre semejantes a Ti y cantaremos eternamente tus alabanzas (Misal Romano, Plegaria Eucarística III).

San Pablo en la Carta a los Romanos nos dice: El amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por medio del Espíritu Santo que nos ha sido dado (Rm 5, 5). Y este amor con que Dios nos ama se manifiesta en el envío del Espíritu Santo, y hace que nosotros podamos amar a Dios. Amar a Dios es exclusivamente un don de Dios. El mismo, que, sin ser amado, ama, nos concede que le amásemos (Concilio II de Orange). La prueba de que Dios nos ama es que Cristo, siendo nosotros todavía pecadores, murió por nosotros. ¡Con cuánta más razón, pues, justificados ahora por su sangre, seremos por él salvos de la cólera! Si cuando éramos enemigos, fuimos reconciliados con Dios por la muerte de su Hijo, ¡con cuánta más razón, estando ya reconciliados, seremos salvos por su vida! Y no solamente eso, sino que también nos gloriamos en Dios, por nuestro Señor Jesucristo, por quien hemos obtenido ahora la reconciliación. (Rm 5, 8-11).

A la amistad que reinaba en el Paraíso entre Dios y el hombre sucedió la enemistad introducida por el pecado de Adán. Dios, al prometer un futuro Redentor, ofreció de nuevo su amistad al género humano. La medida de este amor de dios por nosotros se pone de manifiesto en la “reconciliación” de que habla el Apóstols de los gentiles, que tuvo lugar en la Cruz cuando Cristo, dando muerte en sí mismo a la enemistad, estableció la paz y nos reconcilió con Dios. La petición del Padrenuestro -perdona nuestras ofensas como nosotros perdonamos a los que nos ofenden-, es una invitación a imitar esta conducta de Dios con nosotros, pues en el hecho de mar a nuestros enemigos se ve claramente cierta semejanza con Dios nuestro Padre, que reconcilió consigo al género humano, muy enemigo y contrario suyo, redimiéndolo de la eterna condenación por medio de la muerte de su Hijo (Catecismo Romano).

En el Evangelio de la Misa de esta conmemoración se leen unas palabras del Señor que son una llamada para que vayamos a Él. Venid a mí todos los que estáis fatigados y sobrecargados, y yo os daré descanso. Tomad sobre vosotros mi yugo, y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón; y hallaréis descanso para vuestras almas. Porque mi yugo es suave y mi carga ligera (Mt 11, 28-30). San Agustín bien lo dijo: Nos hiciste, Señor, para Ti, y nuestro corazón está inquieto hasta que descanse en Ti (Confesiones). El Señor llama hacia Sí a todos los hombres, que andamos bajo el peso de nuestras fatigas, luchas y tribulaciones. La historia de las almas muestra la verdad de estas palabras de Jesús. Sólo el Evangelio calma la sed de verdad y de justicia que anhelan los corazones sinceros. El hombre busca siempre la felicidad, y aquí en la tierra sólo se puede tener una felicidad relativa. Será en el Cielo donde la felicidad será completa y en plenitud. Allí será el descanso eterno.

La felicidad que buscamos, la felicidad que deseamos saborear, tiene un nombre, un rostro: el de Jesús de Nazaret, oculto en la Eucaristía. Sólo Él da plenitud de vida a la humanidad. Por eso, el Señor nos dice: Venid a mí. Sólo Cristo es quien libera al hombre de las cadenas del pecado y de toda esclavitud; Él es la luz que brilla en medio de las tinieblas; Él es quien da a la vida las razones por las que vale la pena vivir, amar, trabajar, sufrir; Él es nuestro apoyo y nuestro alivio. Él es fuente de la alegría, manantial de felicidad.

El Evangelio no es la promesa de éxitos fáciles. No promete a nadie una vida cómoda. Es exigente. Y al mismo tiempo es una Gran Promesa: la promesa de la vida eterna para el hombre, sometido a la ley de la muerte; la promesa de la victoria, por medio de la fe, a ese hombre atemorizado por tantas derrotas (San Juan Pablo II, Cruzando el umbral de la esperanza).

En caso de que la Virgen hubiera muerto ‑otros autores piensan en la dormición‑ su muerte fue muy distinta de la nuestra. Tres cosas principalmente hacen a la muerte triste y desconsoladora: el apego a las cosas de la tierra, el remordimiento de los pecados cometidos y la incertidumbre de la salvación. Pero la muerte de la Virgen no sólo estuvo exenta de estas amarguras, sino que fue acompañada de tres señaladísimos favores, que la trocaron en agradable y consoladora. Murió desprendida, como siempre había vivido, de los bienes de la tierra; murió con envidiable paz de conciencia; murió, finalmente, con la esperanza cierta de alcanzar la gloria eterna (San Alfonso María de Ligorio). ¡Ojalá nuestra muerte sea parecida a la suya!

Con el corazón dirigido a este misterio de salvación, ofrezcamos sufragios por los que nos han precedido en el último paso hacia la vida eterna. Invoquemos la bienaventurada Virgen María, para que los acoja en la casa del Padre, con la esperanza confiada de poder unirnos a ellos un día para gozar la plenitud de la vida y de la paz.

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