Domingo XXXII del Tiempo Ordinario. Homilía (Ciclo B)


Y enseñándoles, decía: “Guardaos de los escribas, que gustan pasear con vestidos lujosos, ser saludados en las plazas, ocupar los primeros asientos en las sinagogas y los primeros puestos en los banquetes; y que devoran las casas de las viudas con pretexto de hacer largas oraciones. Estos tendrán un juicio más riguroso” (Mc 12, 38-40). Cristo es buen Pastor, el Maestro que enseña con autoridad. Y estas palabras también están dirigidas a nosotros. Nos advierte el Señor de la hipocresía de los escribas, del afán de sobresalir, de quedar por encima de los demás. Claramente nos dicen cómo no debemos ser nosotros, seguidores suyos, y nos hace ver el contraste entre la conducta de los escribas y fariseos -que se pavonean en público cuando dan la limosna, la oración y el ayuno-, y aquello que por el contrario Jesús indica a los discípulos como la actitud correcta a tomar en las mismas circunstancias, y que es el “secreto”, la discreción apreciada y recompensada por Dios.

Jesús señala tres defectos que se manifiestan en el estilo de vida de los escribas, maestros de la ley: soberbia, avidez e hipocresía. Los escribas “aparentan hacer largas oraciones”. También hoy existe el riesgo de comportarse de esta forma. Por ejemplo, cuando se separa la oración de la justicia, porque no se puede rendir culto a Dios y causar daño a los pobres. O cuando se dice que se ama a Dios y, sin embargo, se antepone a Él la propia vanagloria, el propio provecho (Papa Francisco). Además, Cristo hace referencia al juicio, a un juicio severo para los sólo buscan su propio provecho. El destino de los hombres es morir una sola vez. Y después de la muerte, el juicio (Hb 9, 27). De la muerte no se quiere hablar, pero no por ello dejará de acudir a su cita con cada uno de nosotros. La consideración de los novísimos (muerte, juicio, infierno y cielo) es una valiosa ayuda que nos facilita ser cada día más fieles a Dios, mejores cristianos.

El alma inmediatamente después de separarse del cuerpo comparece ante Jesucristo para ser juzgada. Meditemos con frecuencia sobre la cuenta que hemos de dar a Dios cuando Él nos llame. El Señor nos preguntará: ¿Has sido pobre de espíritu? ¿Has tenido hambre y sed de justicia? ¿Has sido misericordioso? ¿Puro de corazón? ¿Te contabas entre los que procuraban la paz? ¿Entre los que han soportado las persecuciones y las calumnias “por causa de Cristo”? ¿Has amado a Dios con todo tu corazón, con toda tu mente, con todo tu ser? ¿Has amado al prójimo? ¿Has vivido las virtudes cristianas? ¿Has actuado siempre con rectitud de intención, buscando la gloria de Dios?

Cuidado con la levadura de los fariseos (Mc 8, 15). Es otra advertencia del Señor. La levadura es una cosa pequeñísima, pero por cómo habla Jesús es como si quisiera decir “virus”. Como un médico que diga a sus colaboradores: Poned atención a los riesgos de un contagio. Esta levadura es un virus que enferma y te hace morir. ¡Cuidado! Esta levadura te lleva a las tinieblas (Papa Francisco). Los fariseos estaban tan apegados a la ley que habían olvidado la justicia; tan apegados a la ley que habían olvidado el amor. No solo a la ley; estaban apegados a las palabras, a las letras de la ley. Este modo de vivir les alejaba del amor y de la justicia: cuidaban la ley, descuidaban la justicia; cuidaban la ley, descuidaban el amor. Jesús para esta gente encuentra solamente una palabra: ¡Hipócritas! El estar apegados a la letra de la ley, lleva a la cerrazón, lleva al egoísmo, a la soberbia de sentirse justos, a esa “santidad” de las apariencias. Jesús dice a esa gente: a vosotros os gusta haceros ver por la gente como hombres de oración y de ayuno

Después de mostrar el comportamiento hipócrita y avaricioso de los escribas, impropio para un cristiano, el Señor propone un ideal ejemplar de cristiano. Jesús sentado frente al gazofilacio, miraba cómo la gente echaba en él monedas, y bastantes ricos echaban mucho. Llegó también una viuda pobre y echó dos moneditas, o sea, una cuarta parte del as. Entonces, llamando a sus discípulos, les dijo: “Os digo de verdad que esta viuda pobre ha echado más que todos los que echan en el gazofilacio. Pues todos han echado algo de lo que les sobraba; ésta, en cambio, ha echado de lo que necesitaba todo cuanto poseía, todo lo que tenía para vivir” (Mc 12, 41-44).

Jesús alaba a esa pobre viuda por su generosidad y por saber confiar en Dios. Aquella mujer no tenía ni siquiera para comer, sin embargo ofrece todo lo que posee, dos pequeñas monedas. Jesús dice que estaba en la miseria. Debido a su extrema pobreza, hubiera podido ofrecer una sola moneda para el templo y quedarse con la otra. Pero ella no quiere ir a la mitad con Dios: se priva de todo. En su pobreza ha comprendido que, teniendo a Dios, lo tiene todo; se siente amada totalmente por Él y, a su vez, lo ama totalmente.

En ese tiempo las viudas no tenían la pensión del marido, estaban en la miseria. Estaban al límite. La viuda fue al templo a adorar a Dios, a decir al Señor que está sobre todo y que ella le ama. Siente que debe realizar un gesto por el Señor y da todo lo que tenía para vivir. Es algo más que generosidad, es otra cosa. Elige bien: sólo el Señor. Porque se olvida de sí misma. Podía decir: “Pero, Señor, tú lo sabes, necesito de esto para el pan de hoy”. Y esa moneda volvía al bolsillo. En cambio, eligió adorar al Señor hasta el final. Confiarse a la fidelidad del Señor: es una opción que también nosotros tenemos la oportunidad de hacer en nuestra vida cristiana. En la historia de la Iglesia, y también en nuestro tiempo, hay hombres, mujeres, ancianos y jóvenes que hacen esta elección. Nos alientan a dejar en el tesoro de la Iglesia todo lo que tenemos para vivir (Papa Francisco).

En el Antiguo Testamento, en el libro Primero de los Reyes se habla de una viuda, igualmente pobre, que también se fía de Dios. El profeta Elías llegó a una ciudad -Sarepta-, y viendo a una mujer recogiendo leña le pidió agua para apagar la sed después de haber recorrido un largo camino. Pero como no sólo tenía sed, sino también hambre, le dijo: Tráeme, por favor, un bocado de pan en tu mano (1 R 17, 11). Aquella mujer no puso ninguna objeción cuando lo que se le había pedido era un poco de agua (1 R 17, 10). Ya con llevarle agua en su jarro tendría su recompensa, porque es una obra de misericordia: Dar de beber al sediento, y bien claro lo dijo Jesucristo: El que diere un vaso de agua fresca a uno de estos pequeños por ser mi discípulo, en verdad os digo que no perderá su recompensa (Mt 10, 42).

Sabemos que el valor y el mérito de las buenas obras está principalmente en el amor a Dios con que se realizan. Dios recompensa sobre todo, las acciones de servicio a los demás, por pequeñas que parezcan. Decía san Francisco de Sales: ¿Ves ese vaso de agua o ese trozo de pan que una mano caritativa da a un pobre por amor de Dios? Poca cosa es en realidad y casi no estimable al humano juicio; pero Dios lo recompensa y concede inmediatamente por ello aumento de caridad.

Cuando Elías pide pan a la viuda de Sarepta, ésta ahora si que poner una objeción, que otro lado es totalmente lógica. Vive el Señor tu Dios, no tengo nada de pan cocido: sólo tengo un puñado de harina en la tinaja y un poco de aceite en la orza. Estoy recogiendo dos palos, entraré y lo prepararé para mí y para mi hijo, lo comeremos y moriremos (1 R 17, 12). La situación de la mujer era desesperada. La sequía que padecía aquella región estaba causando una hambruna. Todo lo que disponía la viuda era un poco de harina y algo de aceite. Cantidad totalmente insuficiente para sobrevivir. Ella estaba resignada a morir. Quizá lo que más le doliera fuera la muerte de su hijo, que estaba en el amanecer de su vida.

Pero Elías le dijo: “No temas. Entra y haz como has dicho, pero primero haz una torta pequeña para mí y tráemela, y luego la harás para ti y para tu hijo. Porque así habla el Señor, Dios de Israel: No se acabará la harina en la tinaja, no se agotará el aceite en la orza hasta el día en que el Señor conceda la lluvia sobre la haz de la tierra” (1 R 17, 13-14). Y he aquí que aquella mujer tuvo fe en las palabras del profeta, se fió de Dios, e hizo lo que Elías le había dicho. No se acabó la harina en la tinaja ni se agotó el aceite en la orza, según la palabra que el Señor había dicho por boca de Elías (1 R 17, 16).

Hemos de pedir al Señor que refuerce nuestra fe y nuestra esperanza, y que nos dé confianza para vencer las tribulaciones porque Él ha vencido al mundo. Cuando llegue un momento malo, difícil, confiemos en el Señor. Él nos ayudará y nos cuidará porque somos suyos. Y le decimos: Señor, yo me fío de Ti, de tu palabra.

Jesucristo presenta este hecho, que sea una viuda extranjera la elegida, como señal de que Dios da sus dones a quien quiere, no a quien se cree con derecho a recibirlos. Dios no se deja ganar en generosidad. Por eso, quien da un vaso de agua fresca -una limosna, un servicio u otra buena acción- recibirá su recompensa por haber sabido ser generoso con el mismo Señor, que se identifica con los pobres.

Seamos, pues, generosos en la entrega a nuestro prójimos; generosos también en el sacrificio por los demás y en el cumplimiento de nuestros deberes familiares; generosos para dedicar tiempo en la construcción de la civilización del amor. Pedimos al Señor por los jóvenes que sientan una llamada especial -vocación- para seguir a Jesucristo más de cerca, para que tengan la generosidad de dedicarle el corazón entero. Que no tengan miedo, porque no hay nada que temer cuando el premio que espera es Dios mismo, a quien a veces sin saberlo, todo joven busca.

Generosidad que vemos en Jesucristo, por haberse ofrecido una sola vez para quitar los pecados de la multitud (Hb 9, 28), padeciendo por nosotros. El sacrificio que ofreció a Dios no fue con sangre ajena, sino con el ofrecimiento de su propia sangre derramada en la cruz.

Santa María se confió totalmente a Dios. Sabe que todas las generaciones le llamarán bienaventurada, pero Ella se consideraba la esclava del Señor (Lc 1, 38). Por eso le pedimos que nos ayude a ser generosos con Dios y con el prójimo, como la pobre viuda que echó en el gazofilacio del Templo todo lo que tenía, sin reservarse nada.

Deja una respuesta

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Salir /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Salir /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Salir /  Cambiar )

Conectando a %s