Fiesta de la Dedicación de la Basílica de Letrán. Homilía (Ciclo B)


El Calendario Romano General señala la Misa y el Oficio divino de cada día. En él está prevista prevista la celebración de la Dedicación de las cuatro basílicas mayores de Roma. El 5 de agosto, la de Santa María la Mayor; el 18 de noviembre, la de las de San Pedro y de San Pablo; y el 9 de noviembre, según la tradición que arranca del siglo XII, se celebra el aniversario de la dedicación de la basílica de San Juan de Letrán, que es la catedral de Roma. Esta basílica fue construida por el emperador Constantino en el Laterano. Esta celebración fue primero una fiesta de la ciudad de Roma; más tarde se extendió a toda la Iglesia de rito romano, con el fin de honrar a la basílica que es llamada

Madre de todas las Iglesias de la Urbe y del Orbe, en señal de amor y de unidad para la cátedra de Pedro que, como escribió san Ignacio de Antioquía, preside a todos los congregados en la caridad.

En la Basílica Lateranense se celebraron cinco concilios ecuménicos. El más importante de ellos es el IV de Letrán, convocado por Inocencio III, y celebrado en el año 1215. Lo más descastado en el plano de la doctrina fue la aceptación del vocablo transubstanciación para explicar el misterio de la Eucaristía. Esta palabra expresa perfectamente lo que ocurre en la Misa cuando el sacerdote pronuncia las palabras que el Señor dijo en la Última Cena: la conversión de toda la substancia del pan en la substancia del Cuerpo de Cristo, y de toda la substancia del vino en la substancia de su Sangre. Esta conversión se opera en la plegaria eucarística con la consagración, mediante la eficacia de la palabra de Cristo y de la acción del Espíritu Santo. Sin embargo, permanecen inalteradas las características sensibles del pan y del vino, esto es las “especies eucarísticas”. Significando “especie” para estos efectos, los “accidentes” del pan y del vino: color, gusto, cantidad, etcétera.

La liturgia de la Iglesia evoca la Dedicación de la Basílica de Letrán, la catedral de Roma, que la tradición define como “madre de todas las Iglesias de la Urbe y del Orbe”. El templo material, hecho de ladrillos, es signo de la Iglesia viva y operante en la historia, el “templo espiritual” del que Cristo es la piedra viva, rechazada por los hombres pero elegida y preciosa ante Dios. El templo de Dios no es sólo el edificio hecho de ladrillos, sino su cuerpo, hecho de piedras vivas. Por la fuerza del Bautismo, todo cristiano forma parte del edificio espiritual, la Iglesia. Cada uno de nosotros está llamado a ser coherente con el don de la fe y de avanzar por un camino de testimonio cristiano. Esto es un cristiano, no tanto por lo que dice, sino por lo que hace, por el modo como se comporta: testimoniar la fe con la caridad (Papa Francisco, Homilía 9.XI.2015).

En la segunda lectura de la Misa de la Dedicación de la Basílica Lateranense están estos versículos: ¿No sabéis que sois santuario de Dios y que el Espíritu de Dios habita en vosotros? Si alguno destruye el santuario de Dios, Dios le destruirá a él; porque el santuario de Dios es sagrado, y vosotros sois ese santuario (1 Co 3, 16-17). Estas palabras se aplican tanto a cada cristiano como a la Iglesia entera. La imagen del cristiano como templo de Dios, utilizada con frecuencia por san Pablo, manifiesta la inhabitación en el alma en gracia de la Santísima Trinidad.

San Pablo dice claramente que el cristiano es templo de Dios en el cual habita el Espíritu de Dios. De ahí, la obligación de glorificar a Dios en nuestro cuerpo. ¿No sabéis que vuestros cuerpos son miembros de Cristo? (1 Co 6, 15). No podemos manchar el cuerpo que hemos recibido de Dios. La impureza mancha el cuerpo y el alma. Todo pecado que un hombre comete queda fuera de su cuerpo; pero el que fornica peca contra su propio cuerpo (1 Co 3, 18). El que peca contra la castidad profana su cuerpo, templo del Espíritu Santo.

Pero tampoco podemos destruirlo. Sois edificación de Dios. Nadie tiene derecho a destruir lo que Dios ha edificado. En la época actual, con la cultura de la muerte que algunos quieren implantar en la sociedad, hay que resaltar que sólo Dios es dueño de la vida; Él la da y Él la quita. Nadie puede usurpar este derecho divino. Si alguno destruye su cuerpo, destruye el templo de Dios. He aquí la malicia de la eutanasia.

Es un eufemismo decir que poner fin con la muerte a los sufrimientos de los enfermos incurables es una buena muerte. Sólo se puede calificar de buena la muerte de una persona que muere en paz con Dios y aceptando la voluntad divina. La doctrina médico-jurídica que afirma la legitimidad de la eutanasia es contraria a la doctrina cristiana. La eutanasia tiene una doble malicia: la del suicidio y la del homicidio; es un asesinato que nunca jamás está permitido por la ley de Dios.

El mismo Jesucristo ha revelado el misterio sublime de la inhabitación del Espíritu Santo en nuestra alma en gracia, misterio que nunca hubiéramos podido sospechar: El Espíritu de la verdad (…) permanece a vuestro lado y está en vosotros (…) Si alguno me ama, guardará mi palabra, y mi Padre le amará y vendremos a él y haremos morada en él (Jn 14, 17.23). La consideración de esta maravillosa realidad ayuda a caer en la cuenta de la trascendencia que tiene el vivir en gracia de Dios, y el profundo horror que ha de tenerse al pecad mortal, que destruye el templo de Dios, privando al alma de la gracia y amistad divinas. Además, mediante esta inhabitación, la criatura humana comienza a gozar un anticipo de lo que será la visión beatífica del Cielo, ya que esta admirable unión sólo en la condición y estado se diferencia de aquella en que Dios llena a los bienaventurados beatificándolos (León XIII, Encíclica Divinum illud munus n. 11).

Celebramos siempre con gozo la dedicación de los templos -catedrales, iglesias, oratorios, santuarios…-, teniendo en cuenta que nosotros debemos ser el templo vivo y verdadero de Dios. Todos nosotros, amadísimos, antes del bautismo, fuimos lugar en donde habitaba el demonio; después del bautismo, nos convertimos en templos de Cristo. Y, si pensamos con atención a lo que atañe a la salvación de nuestras almas, tomamos conciencia de nuestra condición de templos verdaderos y vivos Dios. Dios habita no sólo en templos construidos por hombres ni en casas hechas de piedra y madera, sino principalmente en el alma hecha a imagen de Dios y construida por él mismo, que es su arquitecto. Por esto, dice el apóstol Pablo: “el templo de dios es santo: ese templo sois vosotros” (San Cesáreo de Arlés, Sermón 229, 1).

El Señor quiere a los cristianos como piedras vivas en esa Edificación de Dios (1 Co 3, 9) -imagen de la Iglesia-, los ha asociado con Él en la tarea redentora en la salvación de todos los hombres, de manera que -a la vez que son redimidos- sean corredentores con Él, completando lo que falta a las tribulaciones de Cristo por su cuerpo, que es la Iglesia (Col 1, 24). Y comentaba san Josemaría Escrivá: Jesús ha querido hacer a cada hombre cooperador libre de su obra redentora. La salvación continúa y nosotros participamos en ella. Vale la pena jugarse la vida, entregarse por entero, para corresponder al amor y a la confianza que Dios deposita en nosotros. Vale la pena, ante todo, que nos decidamos a tomar en serio nuestra fe cristiana (es Cristo que pasa n. 129).

La Iglesia es Edificación de Dios. Cuando se trata de piedras materiales, se colocan en los cimientos las piedras más sólidas y resistentes con el fin de que todo el peso del edificio pueda descansar con seguridad sobre ellas. Y la Iglesia es construida con la piedra viva (1 P 2, 4) que es Jesucristo, pero también nosotros, cual piedras vivas (1 P, 2, 5) entramos en la construcción del edificio espiritual. Y lo que se dice de las piedras materiales, hay que entenderlo también de las piedras vivas, la cuales algunas son como cimiento de la Iglesia. ¿Cuáles son estas piedras que se colocan como cimiento? Los apóstoles y profetas. Así lo afirma san Pablo cuando escribe a los cristianos de Éfeso: Estáis edificados sobre el cimiento de los apóstoles y profetas, y el mismo Cristo Jesús es la piedra angular (Ef 2, 20). Y nos dice un escritor eclesiástico: Para que te prepares con mayor interés, tú que me escuchas, a la construcción de este edificio, para que seas una de las piedras próximas a los cimientos, debes saber que es Cristo mismo el cimiento de este edificio que estamos describiendo (Orígenes, Homilía sobre el libro de Josué). Así lo afirmó el apóstol Pablo: Nadie puede poner otro cimiento fuera del ya puesto, que es Jesucristo (1 Co 3, 11).

El pasaje evangélico de la Misa es el de la expulsión de lo mercaderes del Templo. Con motivo de la Pascua judía, Jesús va a Jerusalén. Y encontró en el Templo a los vendedores de bueyes, ovejas y palomas, y a los cambistas en sus puestos. Haciendo un látigo con cuerdas, echó a todos fuera del Templo, con las ovejas y los bueyes; desparramó el dinero de los cambistas y les volcó las mesas; y dijo a los que vendían palomas: “Quitad esto de aquí. No hagáis de la casa de mi Padre un mercado”. Sus discípulos se acordaron de que estaba escrito: El celo por tu casa me devorará (Jn 2, 14-17). El Templo era un lugar de oración, que había sido profanado al convertirlo en un mercado. Y de nuestras iglesias podemos decir que son la casa de Dios y la puerta del Cielo (Gn 28, 17). Está realmente presente el Señor en el Sagrario.

La urbanidad de la piedad exige un comportamiento digno, un silencio que facilite la oración. Nuestras iglesias y catedrales no son museos, aunque tengan obras valiosas de arte; no fueron construidas para fomentar el turismo. Están destinadas al culto divino. Por eso siempre hay que estar en ellas con respeto, porque vamos a acompañar o visitar al Señor que nos espera en el Sagrario, o a participar en algún acto de culto, o a simplemente a rezar.

Jesús purifica el templo. Pero lo hace con el látigo en la mano. Se pone a expulsar las actitudes paganas, en este caso de los mercaderes que vendían y habían transformado el templo en pequeños negocios para vender, para cambiar las monedas, las divisas. Jesús purifica el templo reprendiendo: “Está escrito: mi casa será casa de oración” y no otra cosa. El templo es un lugar sagrado. Y nosotros debemos entrar allí, en la sacralidad que nos lleva a la adoración (Papa Francisco, Homilía 9.XI.2014).

Si deseamos encontrar en la iglesia ese lugar de recogimiento, iluminado y limpio, procuremos ser dignos de estar en la casa de Dios. Para eso no ensuciemos el alma con el pecado, ni la tengamos en tinieblas. Iremos con nuestra alma limpia -o para limpiarla allí con el sacramento de la Penitencia-. Que el deseo de Dios se cumpla: que brille en nosotros la luz de las buenas obras. Del mismo modo que tú entras en esta iglesia, así quiere Dios entrar en tu alma (San Cesáreo de Arlés, Sermón 229, 3).

Verdadero templo de Dios fue Santa María: en su seno llevó a Dios encarnado.

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