Domingo XXXIII del Tiempo Ordinario. Homilía (Ciclo B)


En la Sagrada Escritura se habla del fin del mundo. No solamente en el libro del Apocalipsis, sino en los Evangelios, y también en el Antiguo Testamento. Leemos en el libro de Daniel: Por aquel tiempo se levantará Miguel, el arcángel que se ocupa de tu pueblo: Serán tiempos difíciles, como no los ha habido desde que hubo naciones hasta ahora. Entonces se salvará tu pueblo: todos los inscritos en el libro. Muchos de los que duermen en el polvo despertarán: unos para vida perpetua, otros para ignominia perpetua. Los sabios brillarán como el fulgor del firmamento, y los que enseñaron a muchos la justicia, como las estrellas, por toda la eternidad (Dn 12, 1-3).

La profecía de Daniel es un texto clásico de la literatura apocalíptica del Antiguo Testamento, que unía la venida del Mesías con el fin de los tiempos y la resurrección de los muertos. Esta venida del Mesías es la segunda venida del Señor a la tierra.

El arcángel san Miguel también lo encontramos citado en la Carta de san Judas Tadeo y en el Apocalipsis. En ambos libros aparece librando batalla contra Satanás. defiende la causa de Dios contra la serpiente antigua, como dice san Juan. Satanás, que no es otro que el dragón o la serpiente, intenta continuamente hacer creer a los hombres que Dios debe desaparecer, para que ellos puedan llegar a ser grandes. Y en esa batalla, el arcángel sale vencedor. Se trabó una gran batalla en el Cielo. Miguel y sus Ángeles luchaban contra el dragón, y el dragón peleaba ayudado por los suyos. Y éstos no prevalecieron, ni hubo ya lugar para ellos en el Cielo (Ap 12, 7-8). Estas palabras nos recuerdan el combate librado por san Miguel y los ángeles fieles frente a Satanás y los ángeles que se rebelaron contra Dios y fueron precipitados al infierno.

El profeta Daniel dice que Miguel se ocupa de tu pueblo. Acudamos a este arcángel, que es protector del pueblo de Dios, para que nos ayude en nuestra pelea contra el demonio. Él capitaneó la lucha contra el diablo. Fue el primero que en la prueba sufrida por los ángeles tomó partido por Dios. Ayudados por san Miguel también nosotros saldremos victoriosos de todas las batallas que nos presente el diablo.

El papa León XIII quiso que después de la Santa Misa se rezara esta oración a san Miguel: Arcángel san Miguel, defiéndenos en la lucha, ampáranos contra la perversidad y asechanzas del demonio. Reprímale Dios, pedimos suplicantes, y tú, príncipe de la celestial milicia, lanza al infierno con el divino poder a Satanás y a los otros malignos espíritus que discurren por el mundo para la perdición de las almas.

Serán tiempos difíciles, como no los ha habido desde que hubo naciones hasta ahora. Tras el tiempo de la Iglesia militante, viene el tiempo del Hijo del Hombre triunfante. El destino del mundo se resume en el momento glorioso en el que Jesús viene a juzgar al mundo y salvar a sus elegidos. Los sufrimientos de los cristianos son el camino que conduce a la venida del Hijo de Hombre.

También Nuestro Señor, al hablar de su segunda venida al final del mundo, hace referencia a tiempos calamitosos, la abominación de la desolación (Mc 13, 14); y que habrá en aquellos días una tribulación como no la hubo igual desde el principio de la creación, que hizo Dios hasta ahora, ni la habrá (Mc 13, 19). Y también habla de señales – el sol se oscurecerá y la luna no dará su resplandor, (25) y las estrellas caerán del cielo, y las potestades de los cielos se conmoverán (Mc 13, 24-25)- antes de la venida del Hijo del Hombre, que aparecerán con todo su poder y gloria, entre las nubes y rodeados de sus ángeles. Será la Parusía. Esta venida triunfal fue de nuevo profetizada por Cristo en casa de Caifás, cuando les dijo a los allí presentes: Veréis al Hijo del Hombre sentado a la derecha del Poder y venir sobre las nubes (Mc 14, 62).

San Mateo dice que el Hijo del Hombre se sentará entonces en el trono de su gloria, y serán reunidas ante él todas las gentes (Mt 25, 31-32). Será el momento del Juicio Final. Cristo habrá venido para juzgar, para premiar a los buenos y castigar a los malos. Siguiendo a los profetas y a Juan Bautista, Jesús anunció en su predicación el Juicio del último día. Entonces, se pondrán a la luz la conducta de cada uno y el secreto de los corazones. Entonces será condenada la incredulidad culpable que ha tenido en nada la gracia ofrecida por Dios. La actitud con respecto al prójimo revelará la acogida o el rechazo de la gracia y del amor divino. Jesús dirá en el último día: Cuanto hicisteis a uno de estos hermanos míos más pequeños, a mí me lo hicisteis (Mt 25, 40).

Muchos de los que duermen en el polvo despertarán: unos para vida perpetua, otros para ignominia perpetua. Estas palabras del profeta Daniel hacen referencia al cielo (vida perpetua) y al infierno (ignominia perpetua). También en los Evangelios se habla de estos dos novísimos. Jesucristo alude en repetidas ocasiones a estos dos lugares como recompensa al bien o al mal hecho, especialmente cuando habla del Juicio final: Venid, benditos de mi Padre, tomad posesión del reino preparado para vosotros desde la creación del mundo (Mt 25, 34); Apartaos de mí, malditos, al fuego eterno, preparado para el diablo y sus ángeles (Mt 25, 41). Consideremos estas dos realidades.

En tiempos pasados, la predicación sobre el infierno, a veces, convertía el mensaje cristiano de salvación en un mensaje de amenaza. Hoy día, en la predicación actual generalmente se evita hablar de este lugar de castigo eterno. Sin embargo, es necesario también en nuestros tiempos exponer -con sobriedad- la fe católica sobre el infierno, evitando la tentación de atenuar esta verdad de fe.

La enseñanza de la Iglesia afirma la existencia del infierno y su eternidad. Las almas de los que mueren en estado de pecado mortal descienden a los infiernos inmediatamente después de la muerte y allí sufren las penas del infierno, “el fuego eterno”. La pena principal del infierno consiste en la separación eterna de Dios en quien únicamente puede tener el hombre la vida y la felicidad para las que ha sido creado y a las que aspira (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 1.034).

Las afirmaciones de la Escritura y las enseñanzas de la Iglesia a propósito del infierno son un llamamiento a la responsabilidad, con la que el hombre debe usar de su libertad en relación con destino eterno. Se dice, con frecuencia: Dios es demasiado bueno para que haya un infierno, ¡un infierno eterno! Pero es el hombre el responsable del infierno, y no Dios; y quien se condena es porque él lo ha querido, pues rechaza el amor misericordioso de Dios.

Dios, infinitamente Perfecto y Bienaventurado en sí mismo, en un designio de pura bondad ha creado libremente al hombre para que tenga parte en su vida bienaventurada (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 1). Fomentemos la esperanza del Cielo, que nos ayuda a vencer las dificultades en nuestro camino hacia Dios. El Cielo es un lugar preparado por Dios para los que le aman; un sitio preparado por Jesucristo. En la casa de mi Padre hay muchas moradas (…) voy a prepararos el lugar. Cuando yo me haya ido y os haya preparado el lugar, de nuevo volveré y os tomaré conmigo, para que donde yo estoy estéis también vosotros (Jn 14, 1-3).

Todo será gozo, una felicidad sin limitación alguna, y ¡para siempre! Ni ojo vio, ni oído oyó, ni vino a la mente del hombre, lo que Dios ha preparado para los que le aman (1 Co 2, 9). Un cielo hecho por tu Dios para ti. Un gran Amor te espera en el Cielo: sin traiciones, sin engaños: ¡todo el amor, toda la belleza, toda la grandeza, toda la ciencia…! Y sin empalago: te saciará sin saciar (San Josemaría Escrivá).

¿Y cuándo será el tiempo de la segunda venida de Cristo? Nuestro Señor habló del fin del mundo, del Juicio Final, de la recompensa (premio o castigo)…, pero no dijo nada de cuándo sucederá, aunque sí mencionó algunas señales que precederán a su gloriosa venida. Pero nadie de ese día y de esa hora (Mc 13, 32). Jesús no quiso revelar el día del juicio para que nos mantengamos vigilantes. Vigilar ante el advenimiento de Cristo no es buscar de continuo señales de su venida, sino comportarse y trabajar en todo momento cristianamente.

El cristiano debe velar. Jesús quiso ocultarnos esto para que permanezcamos en vela y para que cada uno de nosotros pueda pensar que este acontecimiento se producirá durante su vida. Ha muy claramente que vendrá, pero sin precisar en qué momento. Así todas las generaciones y siglos lo esperan ardientemente (San Efrén) La Iglesia nos estimula a avivar esta actitud de vigilia, especialmente en el tiempo litúrgico de Adviento.

También Cristo habla de estar preparados –porque a la hora que menos penséis vendrá el Hijo del Hombre (Mt 25, 44)- en las parábolas del siervo fiel, de las vírgenes necias y prudentes, de los talentos, que recoge san Mateo en su evangelio a continuación de referirse a la segunda venida del Señor.

En la Carta a los Hebreos leemos que Cristo ofreció un solo sacrificio por los pecados (Hb 10, 12), y más adelante, citando al profeta Jeremías, están estas palabras, que, por ser inspiradas, son de Dios: Y de sus pecados y de sus iniquidades ya no me acordaré (Hb 10, 17).

Sobre la puerta gigantesca del templo de Apolo en Delfos -una de las maravillas del mundo antiguo- se podía leer una inscripción que era como el resumen de la sabiduría clásica: “conócete a ti mismo”. Y por sorprendente que esto pueda parecer en una época como la nuestra, en que está de modo un lema parecido: “encontrarse a sí mismo”, aquella máxima no se refería tanto a descubrir las grandezas de la propia personalidad cuanto a tomar conciencia de sus serias limitaciones (Juan Luis Lorda, Para ser cristiano). No es correcto pensar que en nuestra vida no tenemos necesidad de perdón. Debemos aceptar nuestra fragilidad, permaneciendo en el camino, siguiendo adelante sin rendirnos y mediante el sacramento de la Reconciliación convirtiéndonos constantemente para volver a comenzar, creciendo, madurando para el Señor, en nuestra comunión con Él.

Estar preparados es tener el alma en gracia. Todos estamos necesitados de reconciliación, pues todos hemos pecado. Continuamente experimentamos en nosotros, no sin dolor, que, en lugar de dejarnos llevar por el espíritu de Cristo y hacer la voluntad de Dios, seguimos el espíritu de este mundo y contradecimos lo que somos como cristianos. Necesitamos de la misericordia de Dios más grande que todas nuestras infidelidades.

En medio del peligro y de las tribulaciones el hijo encuentra refugio en su madre. Cristo, abandonado de todos, sólo contó con la presencia de María. El cristiano sabe que, por eso, Cristo no reprobará a quien se refugia de nuevo en la Madre, arca segura de salvación. Ella es Refugio de los pecadores y Abogada nuestra. Por eso confiamos que en el día del Juicio Final, estando a la derecha de Jesucristo, escucharemos de sus labios estas palabras dirigidas a nosotros: Venid, benditos de mi Padre, tomad posesión del Reino preparado para vosotros desde la creación del mundo (Mt 25, 34).

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