Solemnidad de Jesucristo, Rey del Universo. Homilía (Ciclo B)


Las lecturas de la Misa de la Solemnidad de Jesucristo, Rey del Universo, hablan de la realeza del Señor. El profeta Daniel, con visión profética, dice que el reino de Cristo no tiene fronteras y es eterno. Le dieron poder real y dominio; todos los pueblos, naciones y lenguas lo respetarán. Su dominio es eterno y no pasa, su reino no tendrá fin (Dn 7, 14). San Juan, en el Apocalipsis, dice que Jesús es el príncipe de los reyes de la tierra (Ap 1, 5) pues a Él pertenece el dominio universal, que se manifestará plenamente en su segunda venida, pero que ya ha comenzado a actuar venciendo el poder del pecado y de la muerte. Por eso, a él, la gloria y el poder de Dios por los siglos de los siglos (Ap 1, 6). En el pasaje evangélico, ante la pregunta de Poncio Pilato: Luego, ¿tú eres rey?” Respondió Jesús:Tú lo dices: soy Rey” (Jn 18, 37).

Jesús es el Hijo del Hombre que ve Daniel en visión nocturna. Y he aquí que en las nubes del cielo venía como un Hijo de hombre. Se dirigió hacia el Anciano y fue llevado a su presencia (Dn 7, 13). La Iglesia cuando proclama en el Credo que Cristo se sentó a la derecha del Padre confiesa que fue a Cristo a quien se le dio el imperio. Sentarse a la derecha del Padre significa la inauguración del reino del Mesías, cumpliéndose la visión del profeta Daniel respecto al Hijo del Hombre. El imperio del Señor nunca pasará, y su reino no será destruido jamás.

El Evangelio presenta la realeza de Jesús en el culmen de su obra de salvación, y lo hace de una manera sorprendente. El Mesías de Dios, el Elegido, el Rey, se muestra sin poder y sin gloria: está en la cruz, donde parece más un vencido que un vencedor. Los cuatro evangelistas relatan el proceso de Jesús ante Pilato, siendo san Juan quien le da más relieve y amplitud. Describe con detalle y de forma armónica lo ocurrido en el pretorio, destacando la majestad de Jesucristo, como Rey mesiánico y, a la vez, el rechazo por parte de los judíos.

Condujeron a Jesús de Caifás al pretorio (Jn 18, 28). En casa de Caifás el Señor es sometido a un interrogatorio, que concluye con la declaración de que Jesús es reo de muerte por la pretendida blasfemia de proclamarse el Hijo de Dios. Para conseguir la muerte de Cristo en una cruz cambiaron la acusación religiosa por una política. Por eso presentaron ante el procurador romano Poncio Pilato la denuncia de que Jesús era un revolucionario que conspiraba contra el César, al declararse como el Mesías y Rey de los judíos.

Pilato llamó a Jesús y le dijo: “¿Eres tú el Rey de los judíos?” Respondió Jesús: “¿Dices eso por tu cuenta, o es que otros te lo han dicho de mí?” (Jn 18, 33-34). Al Procurador romano no le incumbía intervenir en las cuestiones religiosas de los judíos, pero como la acusación que le presentaron contra Jesús es de orden político, comenzó su interrogatorio obviamente con la averiguación de la denuncia fundamental. El Señor, al contestar con una nueva pregunta, no rehuye la respuesta, sino que quiere, como siempre, dejar claro el carácter espiritual de su misión. No aceptó la posición de quienes mezclaban las cosas de Dios con actitudes meramente políticas. La perspectiva de su misión es mucho más profunda. Consiste en la salvación integral por un amor pacificador, de perdón y reconciliación.

Pilato respondió: “¿Es que yo soy judío? Tu pueblo y los sumos sacerdotes te han entregado a mí. ¿Qué has hecho?” Respondió Jesús: “Mi Reino no es de este mundo. Si mi Reino fuese de este mundo, mi gente habría combatido para que no fuese entregado a los judíos: pero mi Reino no es de aquí” (Jn 18, 35-36). Después del milagro de la multiplicación de los panes y de los peces, Jesús se había negado a ser proclamado rey, porque la muchedumbre pensaba en un reino temporal. Sin embargo, entra triunfalmente en Jerusalén y acepta que le aclamen como Rey-Mesías. Ahora, en el pretorio, cuando está siendo juzgado por la autoridad civil, reconoce que Él es verdaderamente Rey, pero aclarando que su reino no es como los de la tierra. Por eso los que esperaban del Mesías un poderío temporal visible se equivocaban: “que no consiste el reino de Dios en el comer ni en el beber, sino en la justicia, en la paz y en el gozo en el Espíritu Santo” (Rm 14, 17). Verdad y justicia; paz y gozo en el Espíritu Santo. Ese es el reino de Cristo: la acción divina que salva a los hombres y que culminará cuando la historia acabe, y el Señor, que se sienta en lo más alto del paraíso, vengar a juzgar definitivamente a los hombres (San Josemaría Escrivá, Es Cristo que pasa, n. 180).

El Reino del que es rey Nuestro Señor Jesucristo no es de este mundo. Pero Él es Rey. Es un rey coronado de espinas, cuyo cetro es una caña. Aunque aparezca despojado de sus vestiduras y clavado en una cruz, desde ahí, su trono de gloria, triunfó sobre la muerte y el pecado, venció a Satanás. Su victoria nos abre las puertas del Cielo. Su realeza es paradójica: su trono es la cruz; su corona es de espinas; no tiene cetro, pero le ponen una caña en la mano; no viste suntuosamente, pero es privado de la túnica; no tiene anillos deslumbrantes en los dedos, pero sus manos están traspasadas por los clavos; no posee un tesoro, pero es vendido por treinta monedas. Verdaderamente el reino de Jesús no es de este mundo, pero justamente es aquí por donde encontramos la redención y el perdón. Porque la grandeza de su reino no es el poder según el mundo, sino el amor de Dios, un amor capaz de alcanzar y restaurar todas las cosas. Por este amor, Cristo se abajó hasta nosotros, vivió nuestra miseria humana, probó nuestra condición más ínfima: la injusticia, la traición, el abandono; experimentó la muerte, el sepulcro, los infiernos. De esta forma nuestro Rey fue incluso hasta los confines del Universo para abrazar y salvar a todo viviente (Papa Francisco). Por tanto, Cristo no es fracasado que muere en una cruz, sino un Rey triunfador.

Entonces Pilato le dijo: “¿Luego tú eres Rey?” Respondió Jesús: “Sí, como dices, soy Rey. Yo para esto he nacido y para esto he venido al mundo: para dar testimonio de la verdad. Todo el que es de la verdad, escucha mi voz” (Jn 18, 37). Este es el sentido profundo de la realeza de Cristo. Su reino es el reino de la Verdad y la Vida, el reino de la Santidad y la Gracia, el reino de la Justicia, el Amor y la Paz (Prefacio de la Misa de Cristo Rey). Quiere Cristo reinar en nuestras almas. Viene a destruir el reino de Satanás, del pecado, del vicio. Quiere que la virtud, la vida cristiana se difunda por todas las naciones, que las leyes y las costumbres sean conformes al Evangelio, para que venga la paz y prosperidad a los pueblos, y consigan los hombres la eterna bienaventuranza. Y Cristo reina sobre aquellos que aceptan y viven la Verdad por Él revelada: el amor del Padre. Se hizo carne, tomó nuestra naturaleza humana para manifestar esta Verdad, y para que los hombres puedan conocerla y aceptarla. Y así los que reconocen la realeza y soberanía de Cristo se someten a Él, que de ese modo reina sobre ellos con un reinado eterno y universal.

La gran tentación del hombre de hoy, creyéndose autosuficiente, es prescindir de Dios. Se repite de nuevo el grito satánico: no serviré. Ya Cristo, en la parábola de las minas, al hablar de un hombre noble que se fue a una tierra a recibir la investidura real, dice que muchos dijeron: No queremos que éste reine sobre nosotros (Lc 19, 14). Rechacemos esa tentación. Nosotros sí queremos que Cristo reine sobre nosotros, por eso le entregamos nuestro corazón y dejamos que reine en nuestra alma. Le decimos serviam! (serviré). Si no lo hiciésemos, hablar del reinado de Cristo sería vocerío sin sustancia cristiana, manifestación exterior de una fe que no existiría, utilización fraudulenta del nombre de Dios para las componendas humanas (San Josemaría Escrivá, Es Cristo que pasa, n. 181). Queremos gastar nuestra vida en servir a Cristo Rey y, por Él, a todos los que han redimidos con su sangre.

Mis gentes me habrían defendido. Somos de Cristo. Defendamos a Cristo, ahora que se ataca su divinidad, con doctrina clara. Vamos a ser nosotros soldados fieles de ese Rey de paz, vamos a serle siempre leales y, para eso, procuremos primero que Cristo reine en nuestras vidas, en nuestras inteligencias, en nuestros corazones (San Josemaría Escrivá). Nuestra misión es extender y afirmar el reinado de Jesucristo en todos los corazones, y en todas las actividades humanas. Proclamemos la Verdad, dando testimonio de ella. Esa Verdad oprimida por unos días sale victoriosa tras la muerte con la resurrección del Señor. Jesucristo es la Verdad hecha Persona, que atrae hacia Sí al mundo. La luz irradiada por Jesús es el resplandor de la verdad. Cualquier otra verdad es un fragmento de la Verdad que es Él y remite a Él (Benedicto XVI).

Jesús, mediante su Muerte y Resurrección, demuestra que el juicio en el pretorio llevado adelante contra Él por los hombres, como el juicio de la casa de Caifás, era falso y mentiroso; era Cristo quien decía la verdad, y no sus jueces y acusadores, y Dios respalda la verdad de Jesús, la verdad de sus palabras, de sus hechos, de su Revelación, mediante el milagro singular de su Resurrección gloriosa. La verdad en la que creemos los cristianos es que Cristo vive para siempre siendo muerto y vence siendo derrotado en el juicio y en la Cruz.

El título y poder de rey pertenecen en derecho propio a Jesucristo, como Dios y como Hombre. Es también Rey por derecho de conquista en cuanto es el libertador de toda la humanidad redimida con su Sangre. Ha hecho de nosotros un Reino de Sacerdotes para su Dios y Padre (Ap 1, 6). El Señor no se contentó con librarnos de nuestros pecados, sino que nos hizo participar de su dignidad real y sacerdotal. Mirad, viene acompañado de nubes: todo ojo le verá, hasta los que le traspasaron, y por él harán duelo todas las razas de la tierra (Ap 1, 7). Él ha congregado su pueblo santo sobre la tierra para la salvación definitiva, y su manifestación gloriosa a todo el mundo será al final de los tiempos. Será el día del triunfo definitivo, cuando aquellos que crucificaron a Jesús verán atónitos la grandeza y la gloria del Crucificado, y la majestad Jesucristo como Rey del Universo. La alegría de quienes han sabido aguardar con esperanza esta manifestación de Cristo, contrastará con el duelo de quienes hayan rechazado hasta el final el amor de Dios.

Yo soy el Alfa y la Omega, dice el Señor Dios, “Aquel que es, que era y que va a venir”, el Todopoderoso (Ap 1, 8). La venida del Señor glorioso, la culminación de su señorío, está garantizada por el poder de Dios, dueño absoluto del mundo y su destino. Alfa y Omega son la primera y la última letra del alfabeto griego; en este versículo del Apocalipsis se utilizan para proclamar que Dios es el principio y fin de todas las cosas, del mundo y de la historia: el que está presente en todos los tiempos: antes, ahora y en lo sucesivo.

A Santa María, Reina y Madre del Rey del Universo, le rogamos que nos ayude para que siempre Cristo reine en nuestras vidas.

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