Homilía del Domingo IV de Adviento. Ciclo C


Pero tú, Belén Efrata, aunque eres la menor entre las aldeas de Judá, de ti saldrá el que ha de ser dominador en Israel; sus orígenes son muy antiguos, de días remotos (Mi 5, 1). De las muchas profecías sobre el Mesías, ésta es la que indica el sitio dónde iba a nacer. La profecía es citada por san Mateo, aplicando el texto directamente a Jesús, nacido en Belén. Siguiendo esta interpretación del Evangelio según san Mateo, la tradición cristiana ha visto en las palabras de Miqueas el anuncio del nacimiento de Jesús en Belén. Ya antes, la tradición judía consideró el texto de Miqueas un vaticinio mesiánico. Los contemporáneos de Jesús estaban convencidos de la procedencia del Mesías, según se deduce del cuarto Evangelio, el de san Juan: ¿Acaso el Cristo viene de Galilea? ¿No dice la Escritura que el Cristo viene de la descendencia de David y de Belén la aldea de donde era David? (Jn 7, 40-42).

Para percibir su presencia, de que había llegado ya el Mesías, hubo que esperar a que dé a luz la que ha de dar a luz (Mi 5, 2), hecho que ocurrió en la plenitud de los tiempos. El Mesías anunciado apacentará con el poder del Señor, con la majestad del Nombre del Señor, su Dios (Mi 5, 3). Esto no puede referirse al rey contemporáneo al profeta, sino al futuro rey-Mesías, cuya acción benéfica -la Salvación- alcanzará los confines de la tierra (Mi 5, 3). Uno de los nombres del Mesías es Príncipe de la paz (Is 9, 5). El Niño que nacerá en Belén Él mismo será la paz (Mi 5, 4), traerá la paz. Por eso en la noche de Belén se escuchó las alabanzas de los ángeles a Dios: Gloria a Dios en las alturas y paz en la tierra a los hombres en los que Él se complace (Lc, 2, 14).

Dios, paz eterna, ha dado la paz al mundo a través de Jesús. La paz ha sido derramada en nuestros corazones y en ellos está esparcida más profundamente que todas las inquietudes de nuestras mentes, más que todos los tormentos de nuestros corazones. Nuestro Dios es el Dios de la paz que dirige nuestras mentes y nuestros corazones. Él nos da su paz, no como una posesión para retener, sino como un tesoro que poseemos sólo cuando lo compartimos con los demás. Por eso, la paz sobre la tierra, nacida del amor al prójimo, es imagen y efecto de la paz de Cristo. Él ha reconciliado con Dios a todos los hombres por medio de su cruz, ha dado muerte al odio en su propia carne y, después del triunfo de su resurrección, ha infundido el Espíritu de amor en el corazón de los hombres.

San Pablo hace eco a las palabras de Miqueas. Cristo es nuestra paz. Él ha hecho de los dos pueblos uno solo y derribó el muro de la separación, la enemistad (Ef 2, 14). El tercer milenio del cristianismo, que comenzó con tantas esperanzas con el gran Jubileo del Año Santo 200, desde el principio ha estado -y está- amenazado por nubes tenebrosas de violencia y de guerra, pero las palabras del Apóstol de los gentiles que escucharemos pronto en Navidad es un rayo de luz penetrante, un clamor de confianza y optimismo. El divino Niño nacido en Belén lleva en sus pequeñas manos, como un don, el secreto de la paz para la humanidad. ¡Él es el Príncipe de la paz!

En los últimos del Adviento la liturgia va presentando varias personas santas relacionadas con el advenimiento de Cristo a la tierra. María y José encabezan ese cortejo de personas (Isabel, Juan Bautista, Simeón y Ana) que, día a día, se fueron preparando para el encuentro con Jesús. Por eso la Iglesia invita a asumir a fondo las actitudes interiores de todos los que esperaron, buscaron, creyeron y amaron a Jesús, mediante la constante meditación y asimilación de la Palabra de Dios, que para el cristiano sigue siendo el primero y fundamental punto de referencia para su vida espiritual (San Juan Pablo II).

María y José viven ilusionados con la llegada de Jesús. Se dedican a preparar el nacimiento del Señor, porque saben que ya está cercano. Como toda madre, la Virgen tendría preparada la ropa, los pañales. José, carpintero él, haría una cuna para el Niño. Y seguramente le acondicionaría una habitación en su casa de Nazaret. Éstos eran sus planes. Ellos saben que en las purísimas entrañas de la Virgen María, ya estaba en el mundo Dios-con-nosotros. Y de esta presencia pronto se enteraría santa Isabel.

De la mano de Santa María y de San José tratemos de disponernos a recibir al Niño Dios de la mejor manera posible: es necesario retomar la lucha diaria con nuevos bríos, de modo que el Adviento y la Navidad supongan una profunda y real conversión personal. Jesucristo quiere que cada día, cada hora, cada instante los vivamos por entero con Él (Javier Echevarría). No resulta difícil imaginarse a María y a José en aquellas semanas próximas al nacimiento del Señor la leyendo la Sagrada Escritura, especialmente los pasajes que hablan del Mesías prometido. Sería una evocación meditada, de la que sacarían propósitos y que les servirían como preparación para recibir al Niño Jesús.

La consideración de las jornadas previas al nacimiento de Jesús, de los acontecimientos acaecidos en la vida de la Virgen y de su esposo, nos ayuda a contemplar al Niño-Dios. Estas escenas nos facilitan el prepararnos con alegría al misterio de la venida del Señor, e intensificar nuestra oración, medio indispensable para crecer en intimidad con Dios.

Cuenta san Lucas: En aquellos días, se levantó María y se fue con prontitud a la región montañosa, a una ciudad de Judá; entró en casa de Zacarías y saludó a Isabel. Y sucedió que, en cuanto oyó Isabel el saludo de María, saltó de gozo el niño en su seno, e Isabel quedó llena de Espíritu Santo; y exclamando con gran voz, dijo: “Bendita tú entre las mujeres y bendito el fruto de tu seno; y ¿de dónde a mí que la madre de mi Señor venga a mí? Porque, apenas llegó a mis oídos la voz de tu saludo, saltó de gozo el niño en mi seno” (Lc 1, 39-44).

La presencia de la que ya es Madre del Redentor en la casa de Isabel estremece las entrañas de ésta, derramando sobre madre e hijo las primicias de la gracia redentora. Isabel, inspirada por el Espíritu Santo, reconoce en María a la madre de su Señor. Y pronuncia esas palabras de alabanzas a la Virgen, que ésta endereza enseguida al Señor con el Magnificat, que es el cántico del Pueblo de Dios en camino, y de todos los hombres y mujeres que esperan en Dio, en el poder de su misericordia.

El tiempo de Adviento nos devuelve el horizonte de la esperanza, una esperanza que no decepciona porque está fundada en la Palabra de Dios. El modelo de esta actitud espiritual, de este modo de ser y de caminar en la vida, es la Virgen María. Fijémonos en Ella. ¡Bienaventurada tú, que has creído, porque se cumplirán las cosas que te han dicho de parte del Señor! (Lc 1, 45). Isabel alaba la fe de María. No ha habido fe como la de la Virgen; en Ella tenemos el modelo más acabado de cuáles han de ser las disposiciones de la criatura ante su Creador: sumisión completa, acatamiento pleno.

Estamos a las puertas de la Navidad, un tiempo de gracia que recuerda el ilimitado amor de Dios a los hombres. Es motivo de alegría profunda sabernos destinatarios de tanto derroche divino. La Iglesia repite la oración: ¡Ven, Señor! Y lo llama con nombres distintos, llenos de mensaje sobre el Señor mismo: Oh sabiduría, oh Dios poderoso, oh raíz de Jesé, oh sol, oh rey de las naciones, oh Enmanuel. Las puertas de nuestro corazón están abiertas de par en par para recibirte.

El Hijo viene a la tierra en obediencia perfecta a la voluntad del Padre. Esta es la razón de la Encarnación, a la que el autor de la Carta a los Hebreos alude: Aquí vengo, como está escrito de mí al comienzo del libro, para hacer, oh Dios, tu voluntad (Hb 10, 7). Nos preguntamos: ¿Por qué esta obediencia, por qué este abajamiento? La respuesta la encontramos en el Credo: Propter nos homines et propter nostram salutem (Por nosotros los hombres y por nuestra salvación). Jesús bajó del cielo, se hizo uno de nosotros, para hacer subir allá arriba con pleno derecho al hombre, para llevarnos con Él al Padre, haciéndonos semejantes a Él.

El pasaje evangélico de la visitación de María a Isabel lo comenta el papa Francisco haciendo hincapié en el cumplimiento de la voluntad de Dios por parte de la Virgen, de esa voluntad divina que nos exige vivir la caridad. María se levantó y de prisa fue a servir a su prima Isabel, que en su ancianidad iba a ser madre. (Sería bello añadir a las Letanías una que diga así: “Señora que vas deprisa, ruega por nosotros). Ella cumplió la voluntad de Dios poniéndose a disposición de quien lo necesitaba. María siempre estuvo con su pueblo en favor de los pequeños. Ella conoció la soledad, la pobreza y el exilio, y aprendió a crear fraternidad y hacer de cualquier lugar en donde germine el bien la propia casa. A Ella le suplicamos que nos dé un alma pobre que no tenga soberbia, un corazón puro que vea a Dios en el rostro de los desfavorecidos, una paciencia fuerte que no se arredre ante las dificultades de la vida.

La actitud fundamental con la que María expresó su amor a Jesús fue hacer la voluntad de Dios. El que haga la voluntad de mi Padre que está en los cielos, ese es mi hermano y mi hermana y mi madre (Mt 12, 50). Con estas palabras Jesús deja un mensaje importante: la voluntad de Dios es la ley suprema que establece la verdadera pertenencia a Él. Por ello María instaura un vínculo de parentesco con Jesús antes aún de darle a luz: se convierte en discípula y madre de su Hijo en el momento en que acoge las palabras del Ángel. Además, el “sí” de María abrió la puerta al “sí” de Jesús: Yo vengo para hacer tu voluntad.

Hágase en mí según palabra (Lc 1, 38) fueron las palabras de la Virgen a san Gabriel aceptando el designio divino de la Encarnación. Hágase la voluntad de Dios: María nos invita a decir también a nosotros este , que a veces resulta tan difícil. Sentimos la tentación de preferir nuestra voluntad, pero Ella nos dice: ¡Sé valiente! Di también tú: “Hágase tu voluntad”, porque esta voluntad es buena. Al inicio puede parecer un peso casi insoportable, un yugo que no se puede llevar; pero, en realidad, la voluntad de Dios no es un peso. La voluntad de Dios nos da alas para volar muy alto, y así con María también nosotros nos atrevemos a abrir la puerta de nuestra vida, las puertas de este mundo, diciendo a su voluntad, conscientes de que esta voluntad es el verdadero bien y nos guía a la verdadera felicidad.

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