Homilía de la Solemnidad de Santa María, Madre de Dios. Ciclo C


Que el Señor te bendiga y te proteja. Que el Señor haga brillar su rostro sobre ti y te muestre su gracia. Que el Señor te descubra su rostro y te conceda la paz (Nm 6, 24-25). El deseo contenido en esta bendición se ha realizado plenamente en una mujer, María, por haber sido destinada a ser la Madre de Dios. Éste es el título principal y esencial de la Virgen María. Por eso todas las generaciones la llamarán bienaventurada.

El Señor te muestre su rostro y te conceda la paz. Así invocarán mi nombre sobre los hijos de Israel, y yo los bendeciré (Nm 6, 26-27). Por haber dado María su consentimiento a Dios para ser Madre de su Hijo hizo la bondad de Dios que viniese a los hombres la bendición y la vida. Toda bendición comienza con el nombre del Señor, y se implora la protección de la vida, la gracia y la paz; tres dones que resumen las aspiraciones de los hombres y sólo Dios puede otorgar en plenitud. La Iglesia bendice a los fieles dentro de las ceremonias litúrgicas, y muy especialmente al terminar la celebración de la Santa Misa, para implorar sobre ellos el favor divino.

Al llegar la plenitud de los tiempos, envió Dios a su Hijo, nacido de mujer, nacido bajo la ley, para rescatar a los que se hallaban bajo la ley, y para que recibiéramos la filiación adoptiva (Ga 4, 4-5). En sus escritos san Pablo se refiere con frecuencia a la divinidad de Jesús. Pero en estos versículos de la Carta a los Gálatas subraya la humanidad auténtica del Señor. Jesucristo no apareció de pronto en la tierra como una visión celestial, sino que se hizo realmente hombre, como nosotros, tomando nuestra naturaleza humana en las entrañas purísimas de una mujer. Con ello se distingue también la generación eterna (la condición divina, la preexistencia del Verbo) de su nacimiento temporal. La fe católica afirma que Jesús, en cuanto Dios, es engendrado misteriosamente, no hecho, por el Padre desde toda la eternidad. En cuanto hombre, sin embargo, nació, fue hecho de mujer, de Santa María.

La maternidad divina es el hecho central que llena de luz la vida de María, y explica los innumerables privilegios con que Dios quiso adornarla; una verdad que los cristianos profesaron desde los orígenes de la Iglesia. Cuando Nestorio, en el primer tercio del siglo V, negó a María el título de theotocos -Madre de Dios-, todo el orbe cristiano reaccionó en defensa de la verdad católica; y el III Concilio Ecuménico reunido en Éfeso (año 431) proclamó solemnemente a María como Madre de Dios. ¿En qué sentido se dice que la Virgen María es la Madre de Dios? No en el sentido que la Virgen dé origen a la naturaleza divina del Hijo de Dios, porque esa naturaleza es eterna y anterior a Ella, sino en el sentido de que es Ella quien engendra el cuerpo de Jesús, en el que Dios infundió el alma, y a esa naturaleza humana concebida en su seno tiene como sujeto a la persona divina del Hijo o Verbo de Dios. Al ser María verdadera Madre de Jesucristo, que es Dios, es verdaderamente Madre de Dios.

San Josemaría Escrivá, en su predicación, expuso con gran belleza este misterio: Cuando la Virgen respondió que sí, libremente, a aquellos designios que el Creador le revelaba, el Verbo divino asumió la naturaleza humana: el alma racional y el cuerpo formado en el seno purísimo de María. La naturaleza divina y la humana se unían en una única Persona: Jesucristo, verdadero Dios y, desde entonces verdadero Hombre, hijo verdadero de María: por eso Nuestra Señora es Madre del Verbo encarnado, de la segunda Persona de la Santísima Trinidad que ha unido a sí para siempre -sin confusión- la naturaleza humana. Podemos decir bien alto a la Virgen Santa, como la mejor alabanza, esas palabras que expresan su más alta dignidad: Madre de Dios (Amigos de Dios, n. 274).

La Maternidad divina de Santa María es celebrada en la liturgia de la Iglesia como solemnidad el primer día del año, para destacar la figura de María, madre de Jesús, hombre-Dios. Ha querido nuestra Santa Madre Iglesia que al comienzo de un nuevo año contemplemos esta Maternidad de la Virgen como icono de paz, y que aprendamos de Santa María, fiel discípula de su Hijo, a acoger en la fe y en la oración la salvación que Dios quiere derramar sobre los que confían en su amor misericordioso. La promesa antigua se cumple en su persona. Ella ha creído en las palabras del ángel, ha concebido al Hijo, se ha convertido en la Madre del Señor. A través de ella, a través de su “sí”, ha llegado la plenitud de los tiempos. El evangelio dice: “Conservaba todas estas cosa, meditándolas en su corazón” (Lc 2, 19). Ella se nos presenta como un vaso siempre rebosante de la memoria de Jesús, Sede de la Sabiduría, al que podemos acudir para saber interpretar coherentemente su enseñanza. Madre, derrama sobre nosotros tu bendición y muéstranos el rostro de tu Hijo Jesús, que trae a todo el mundo misericordia y paz (Papa Francisco).

Entre todas las virtudes con que fue adornada Santa María por el Creador, la de la virginidad es especialmente singular. La singularidad consiste en haber juntado Dios en Ella de una manera prodigiosa la Maternidad más fecunda con su perpetua Virginidad. María es madre, pero madre virgen; María es virgen, pero virgen madre. Si alguien preguntara cómo puede ser que una virgen sea a la vez madre, habría que responderle: Para Dios no hay nada imposible (Lc 1, 37). La virginidad de Santa María está revelada por Dios en la Sagrada Escritura y en la Tradición, y se expresa diciendo que fue siempre virgen antes del parto, en el parto y después del parto. María fue virgen antes del parto concibiendo en su purísimo seno al Hijo de Dios por obra y gracia del Espíritu Santo. Igualmente fue virgen en el mismo parto, pues dio a luz a su divino Hijo de una forma milagrosa sin detrimento de su virginidad, a la manera que un rayo de sol sale por un cristal sin romperlo ni mancharlo. Y por último, la Madre de Dios conservó su virginidad después del parto, porque después de Jesús ya no tuvo ningún otro hijo.

En el Evangelio según san Lucas se describe a María como Virgen silenciosa y Maestra de oración en constante escucha de la Palabra eterna, que vive en la palabra de Dios. María conserva en su corazón las palabras que vienen de Dios y, uniéndolas como en un mosaico, aprende a comprenderlas. En su escuela queremos aprender también nosotros a ser discípulos atentos y dóciles del Señor (Benedicto XVI).

San Lucas, al narrar el nacimiento de Jesús, cuenta cómo unos pastores son los primeros en dar testimonio de la venida del Mesías. Avisados por un ángel, fueron a toda prisa, y encontraron a María y a José, y al niño acostado en el pesebre. Al verlo, dieron a conocer lo que les habían dicho acerca de aquel niño; y todos los que lo oyeron se maravillaban de lo que los pastores les decían (Lc 2, 18). No satisfechos los pastores con creer la ventura que les había anunciado el ángel, y cuya realidad vieron llenos de asombro, manifestaban su alegría, no sólo a María y a José, sino también a todo el mundo, y lo que es más, procuraban grabarla en su memoria.

También nosotros podemos contemplar lo que vieron los pastores. Aconsejaba san Josemaría Escrívá que nos meteríamos en el portal de Belén. Y nos maravilláremos. ¿Cómo no maravillarse viendo en la tierra, con frío y en medio de la pobreza, recostado en un pesebre, a Aquél que está en el Cielo, y que ha venido a reconciliar lo celestial con lo terreno?

Por medio de María recibimos a Jesucristo, por quien renacemos a la vida de la gracia y somos hechos hijos de Dios. Cristo mediante su obra redentora no sólo nos ha liberado de la esclavitud del diablo, sino que nos ha dado la posibilidad de tener una condición nueva ante Dios, la condición de hijos. Por eso escribe san Pablo: La prueba de que sois hijos es que Dios ha enviado a nuestros corazones el Espíritu de su Hijo que clama: ¡Abbá, Padre! De modo que ya no eres esclavo, sino hijo; y si hijo, también heredero por voluntad de Dios (Ga 4, 6-7). La filiación divina es el gran don que Jesucristo nos ha conseguido. Nuestra filiación divina es la participación de la filiación de Cristo: Jesucristo es el Hijo por naturaleza; nosotros lo somos por adopción; pero somos verdaderamente hijos.

Cuando se cumplieron los ocho días para circuncidarle, se le dio el nombre de Jesús, el que le dio el ángel antes de ser concebido en el seno (Lc 2, 21). Jesús es el nombre exclusivo del que es Dios y hombre, el cual significa salvador. Antes del nacimiento del Mesías, Dios quiso comunicar el nombre que tendría el Verbo encarnado tanto a José como a María. San Mateo narra cómo un ángel de Dios le dijo a José que su esposa había concebido por obra del Espíritu Santo y que daría a luz un hijo; y añadió que él le pondría al Niño el nombre de Jesús, porque salvará a su pueblo de sus pecados (Mt 1, 21). En la Anunciación el arcángel san Gabriel, después de decirle a la Virgen María que había hallado gracia delante de Dios, y que concebiría en un seno y daría a luz un hijo, le comunicó el nombre que pondría a su hijo: Jesús. Por tanto, el nombre le fue impuesto al Niño no por disposición humana, sino para cumplir lo que Dios había dispuesto.

San José, al ser esposo de Sana María, era el padre legal de Jesús. La figura de padre legal era equivalente en cuanto derechos y obligaciones a la del verdadero padre. Por tanto, le correspondía a san José poner el nombre al Niño que había nacido de su esposa, y por esto, Dios, por medio de un ángel, le dijo que se le impusiera al Niño el nombre de Jesús. Pero también es totalmente lógico que Dios comunicara a la Virgen María el nombre del hijo que iba a dar a luz, pues era la madre.

Con la circuncisión, recuerdo perenne de la alianza establecida por Dios con Abrahán, Jesús queda legalmente incorporado al pueblo israelita. Esta ceremonia era ejecutada por cualquier hebreo, aunque solía hacerlo personalmente el padre de la criatura, que en ese momento le imponía el nombre. Lo que más destaca en esta escena evangélica es el sometimiento de Jesucristo a la Ley que Dios había dado a su pueblo. El Señor no quiere ninguna cosa especial, ningún privilegio (San Josemaría Escrivá). En la Antigua Ley, la circuncisión era el signo de una especial pertenencia a Dios. Mediante esa ceremonia, manifestación de la fe en el Mesías esperado, el nuevo israelita entraba a formar parte del pueblo elegido. Pero este Niño es precisamente el Mesías prometido; más aún, el Hijo Unigénito del Eterno Padre, que se ha hecho hombre para hacer de los hombres hijos de Dios.

¡Cómo palpitaría el corazón de san José al tomar al Niño en sus brazos para cumplir la Ley divina! Junto a la natural pena por causarle un dolor, le embarga una alegría inmensa, de la que sólo María, su virginal Esposa, es plenamente partícipe, pues este Niño es el Mesías tan largamente esperado durante siglos, es el Dios que salva.

Santa María, Madre de Dios, ayúdanos y ruega por nosotros.

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