Homilía de la Solemnidad de la epifanía del Señor. Ciclo C


¡Levántate, brilla, Jerusalén, que llega tu luz; la gloria del Señor amanece sobre ti! Mira que las tinieblas cubren la tierra, y la oscuridad, los pueblos, pero sobre ti amanece el Señor, aparece sobre ti su gloria. Las naciones caminarán a tu luz, los reyes, al resplandor de tu aurora (Is 60, 1-3). En la Iglesia se han cumplido estas palabras proféticas referidas a la ciudad santa de Jerusalén. El profeta Isaías nos hace vislumbrar en el futuro esplendor de Jerusalén la grandeza de la Iglesia, cuya luminosidad de la fe que predica brota de la gloria del Señor, que está presente en su Iglesia. Esta luz atrae a todas las naciones no sólo porque las instruye con la Palabra de Dios, sino porque las asombra con su esplendor de santidad.

La Iglesia está llamada a hacer que en el mundo resplandezca la luz de Cristo, reflejándola en sí misma como la luna refleja la luz del Sol. Esto lo deberán realizar los discípulos de Cristo; después de aprender de Él a vivir según el estilo de la Bienaventuranzas, procurando atraer a todos los hombres hacia Dios mediante el testimonio del amor: Alumbre así vuestra luz a los hombres, para que vean vuestras buenas obras y den gloria a vuestro Padre que está en el cielo (Mt 5, 16).

Alza tus ojos y mira alrededor: todos ellos se congregan, viene a ti. Tus hijos vienen de lejos, tus hijas abrazadas a su costado. Entonces, mirarás y te pondrás radiante, palpitará y se ensanchará tu corazón, pues de la abundancia del mar se volcará sobre ti, llegará a ti la riqueza de las naciones (Is 60, 4-5). Isaías habla a Jerusalén, pero estas palabras también las podemos dirigir a la Iglesia. A ella llegan gentes de todas las partes -ya sean judíos o gentiles-, por su carácter universal. Para esto ha nacido la Iglesia: para, dilatando el reino de Cristo por toda la tierra, hacer partícipes a todos los hombres de la redención salvadora, y, por medio de ellos, orientar verdaderamente todo el mundo hacia Cristo (Concilio Vaticano II, Decreto Apostolicam actuositatem, n. 2).

Los gentiles son coherederos, miembros del mismo cuerpo y partícipes de la Promesa en Jesucristo, por el Evangelio (Ef 3, 6), nos dice san Pablo en la Carta a los Efesios, para afirmar que el Hijo de Dios vino al mundo no sólo para los judíos, sino para todos los hombres. La Iglesia de Dios es glorificada especialmente por la conversión de los gentiles. Éste es el cumplimiento de: “Y mi casa de oración será glorificada”. Esta promesa fue hecha a la antigua Jerusalén, la madre de la nueva ciudad, que, como ya se ha dicho, es el conjunto de los que en el antiguo pueblo vivieron rectamente: los profetas y patriarcas, hombres justos, a los que el logos proclamó primero la venida de Cristo (Eusebio de Cesarea, Commentaria in Isaiam 60-67).

Te cubrirá una multitud de camellos, dromedarios de Madián y Efá, todos vendrá de Sabá cargados de oro e incienso, y pregonando alabanzas al Señor (Is 60, 6). Isaías, con luz profética, ve llegar a Jerusalén grupos de caravaneros procedentes del Este con las riquezas propias de aquellas regiones: plata, oro, etc. También el cumplimiento de esta profecía está en el relato de los Magos de Oriente que llegan para adorar a Jesús con presentes traídos de su tierra.

En el Evangelio según San Mateo está narrada la adoración de los Magos. Nacido Jesús en Belén de Judea, en tiempo del rey Herodes, unos magos que venían del Oriente se presentaron en Jerusalén, diciendo: “¿Dónde está el Rey de los judíos que ha nacido? Pues vimos su estrella en el Oriente y hemos venido a adorarle” (Mt 2, 1-2). Los Magos eran unos sabios dedicados al estudio de los astros. Al no ser judíos, son como las primicias de los gentiles que recibirán la llamada de la salvación en Cristo. Seguramente tendrían conocimiento del esperado Mesías, porque los judíos habían difundido por Oriente las esperanzas mesiánicas. Eran hombres de su época, y por aquel tiempo existía la idea de que todo personaje importante en la historia universal debía tener una estrella relacionada con su nacimiento. Por eso, cuando vieron en el firmamento una estrella grande y maravillosa, y de especial resplandor, pensaron que era la señal de la llegada al mundo del esperado Rey de los Judíos. Dios quiso valerse de estas concepciones para conducir hasta Cristo a los representantes de los gentiles, que habían de creer.

Vimos su estrella, dicen a los jerosolimitanos cuando preguntaron por el Rey de los Judíos. Emplean un tiempo de pasado, y no de presente. Por lo cual al llegar a la Ciudad Santa se deduce que no ven la estrella. Precisamente se les había ocultado, para que, al hallarse sin guía, no tuvieran otro remedio que preguntar a los judíos, y quedara de manifiesto a todos el nacimiento de Cristo (San Juan Crisóstomo, Homilía sobre el Evangelio de san Mateo). Es de destacar que Dios los llamó por lo que a ellos les era más familiar. La llamada de los Magos, mientras se dedican a su oficio, es un hecho que se repite en el llamamiento que Dios hace a los hombres: llamarlos precisamente entre las ocupaciones ordinarias de su vida. Así llamó a Moisés cuando pastoreaba el rebaño, al profeta Eliseo cuando araba su tierra con los bueyes, a Amós cuando cuidaba su ganado…

Al enterarse el rey Herodes la llegada de los Magos y de su pregunta, se turbó, y con él toda Jerusalén. Y, reuniendo a todos los sumos sacerdotes y escribas del pueblo, y por ellos se estuvo informando del lugar donde había de nacer el Cristo. Ellos le dijeron: “En Belén de Judea, porque así está escrito por medio del profeta: Y tú, Belén, tierra de Judá, no eres, no, la menor entre los principales clanes de Judá; porque de ti saldrá un caudillo que apacentará a mi pueblo Israel” (Mt 2, 3-6). En aquellos tiempos se encontraba ampliamente difundida en todos los ambientes judíos la esperanza de la pronta venida del Mesías, concebido sobre todo como rey a la manera de un nuevo y más grande David. De aquí la turbación de Herodes, rey de los judíos con el apoyo de los romanos y cruelmente celoso de la defensa de su corona. Por su ambición política y su carencia de sentido religioso, Herodes vio al posible Mesías-Rey como un peligroso competidor de su poder temporal.

Se turbó (el rey), y con él toda Jerusalén. Todos los jerosolimitanos conocían bien la desmesurada ambición de su rey, que, por permanecer en el trono, no vaciló nunca en cometer los crímenes más abyectos, crueles y horribles. Como además sufría manía persecutoria, veía por todas partes conspiraciones y competidores de su realeza. Su crueldad era tal que había asesinado a varias de las mujeres que tuvo, a algunos de sus hijos y a buen número de personas influyentes en su corte y en la ciudad. Por lo que la noticia del nacimiento de un nuevo rey en vida de Herodes sólo podía traer ríos de sangre. No es, pues, difícil de imaginar el temor que se apoderó de toda la población jerosolimitana cuando se presentaron aquellos extranjeros en la misma capital del reino judío preguntando nada más ni nada menos que por un rey recién nacido. De aquí el estremecimiento que se propagó de puerta a puerta, de casa a casa por toda la ciudad.

La respuesta que los sacerdotes y escribas dieron a Herodes está basada en la profecía de Miqueas, en la cual se predice el lugar exacto del nacimiento del Mesías, y que éste es un personaje determinado.

Entonces Herodes llamó aparte a los magos y por sus datos precisó el tiempo de la aparición de la estrella. Después, enviándolos a Belén, les dijo: “Id e indagad cuidadosamente sobre ese niño; y cuando le encontréis, comunicádmelo, para ir también yo a adorarle”. Ellos, después de oír al rey, se pusieron en camino, y he aquí que la estrella que habían visto en el Oriente iba delante de ellos, hasta que llegó y se detuvo encima del lugar donde estaba el niño. Al ver la estrella se llenaron de inmensa alegría (Mt 2, 7-10). Herodes pretendía saber con exactitud dónde estaba el Niño no precisamente para adorarle, sino para librarse de Él. San Josemaría Escrivá comenta estos versículos así: Ocurre en determinados momentos de nuestra vida interior, casi siempre por culpa nuestra, lo que pasó en el viaje de los Reyes Magos: que la estrella desaparece. ¿Qué hacer, entonces? Seguir los pasos de aquellos hombres santos: preguntar. Herodes se sirvió de la ciencia para comportarse injustamente; los Reyes Magos la utilizan para obrar el bien. Pero los cristianos no tenemos necesidad de preguntar a Herodes o a los sabios de la tierra. Cristo ha dado a su Iglesia la seguridad de la doctrina, la corriente de gracia de los Sacramentos; y ha dispuesto que haya personas para orientar, para conducir, para traer a la memoria constantemente el camino (Es Cristo que pasa, n. 34).

Al ver de nuevo la estrella, volvió la claridad a sus ojos y a su mente, la alegría al corazón y la ilusión renovada a la voluntad. Alegría que fue mayor cuando la estrella se detuvo indicando el lugar donde estaba el Niño al cual venían a rendir pleitesía. Al llegar a Belén, los Magos entraron en la casa; vieron al niño con María su madre y, postrándose, le adoraron; abrieron luego sus cofres y le ofrecieron dones de oro, incienso y mirra (Mt 2, 11). He aquí por fin al momento tan esperado: el encuentro con Jesús. Entraron en la casa: esta casa representa en cierto modo la Iglesia. Para encontrar al Salvador hay que entrar en la casa, que es la Iglesia.

Comenta san Pedro Crisólogo este encuentro de los Magos con el Niño Jesús: Hoy el mago encuentra llorando en la cuna a aquel que, resplandeciente, buscaba en las estrellas. Hoy el mago contempla claramente entre pañales a aquel que, encubierto, buscaba pacientemente en los astros. Hoy el mago discierne con profundo asombro lo que allí contempla: el cielo en la tierra, la tierra en el cielo, el hombre en Dios, y Dios en el hombre; y aquel que no puede ser encerrado en todo el universo incluido en un cuerpo de niño. Y, viendo, cree y no duda; y lo proclama con sus dones místicos: el incienso para Dios, el oro para el rey, y la mirra para el que morirá. Hoy el gentil, que era el último, ha pasado a ser primero, pues entonces la fe de los magos consagró la creencia de las naciones (Sermones 160).

Le adoraron. El concilio de Trento cita expresamente este pasaje evangélico de la adoración de los Magos al enseñar el culto que se debe dar a Cristo en la Eucaristía: Todos los fieles de Cristo en su veneración a este Santísimo Sacramento deben tributarle aquel culto de latría que se debe al verdadero Dios. Porque aquel mismo Dios creemos que está en él presente, a quien al introducirle el Padre eterno en el orbe de la tierra dice: Y adórenle todos los ángeles de Dio; a quien los Magos postrándose le adoraron, a quien, en fin, la Escritura atestigua que le adoraron los Apóstoles en Galilea.

También a propósito de esta adoración de los Magos, comentaba san Gregorio Nacianceno: Nosotros permanezcamos en adoración; y a quien por causa de nuestra salvación se humilló a tal grado de pobreza de recibir nuestro cuerpo, ofrezcámosle no ya el incienso, oro y mirra -lo primero como a Dios, lo segundo como a rey y lo tercero como aquel que buscó la muerte por nuestra causa-,sino dones espirituales, más sublimes que los que se ven con los ojos.

Le ofrecieron dones de oro, incienso y mirra. Con el oro, reconocieron la realeza de Jesús; con el incienso, su divinidad; y con la mirra, su humanidad. Fijémonos en la simbología de estos dones. El oro es símbolo de los bienes terrenales. Estos bienes no son sino un préstamo de Dios para su gloria, para nuestro provecho y para el bien de nuestros prójimos. No sirvamos a los bienes materiales sino que estos nos sirvan a nosotros para servir a Dios. En el incienso está simbolizados los honores terrenos. No nos envanezcamos por nuestras buenas cualidades. ¿Qué tienes que no lo hayas recibido de Dios? Y por último, la mirra simboliza nuestros sufrimientos que nos acompaña desde la cuna al sepulcro durante nuestra breve vida. Llevémoslos con paciencia y ofrezcámoslos al Señor; de esta manera nos servirá de consuelo en la tierra y de gloria en el cielo.

Y, avisados en sueños que no volvieran donde Herodes, se retiraron a su país por otro camino (Mt 2, 12). La intervención de los Magos en los acontecimientos de Belén termina con un nuevo acto de delicada obediencia y cooperación con los planes de Dios. Con su decisión de no volver a Herodes pusieron por obra los que, más adelante, dijeron los Apóstoles: Hay que obedecer a Dios antes que a los hombres (Hch 5, 29). También el cristiano debe ser dócil hasta el final a la gracia y a la misión concreta que Dios le asigne, aunque esto suponga modificar los planes personales que uno se haya propuesto.

El deseo de adorar al Niño Dios fue lo que impulsó a los Magos a seguir la estrella, a realizar el viaje hasta Jerusalén primero, y después a Belén. No se pararon en considerar las dificultades que pudieran encontrar en el camino: montañas, secos desiertos, bosques y llanuras dilatadas, bandidos, etc. Lo único importante para ellos -y para nosotros- es encontrar a Jesús. Estar con Cristo llena nuestra vida de felicidad y de gozo; sin Él la vida carece de sentido. Pedimos a Santa María, Estrella de la mañana, que ilumine nuestro caminar terreno hacia Dios.

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