Domingo II del Tiempo Ordinario. Ciclo C


Al tercer día se celebraron unas bodas en Caná de Galilea, y estaba allí la madre de Jesús. También fueron invitados a la boda Jesús y sus discípulos. Y, como faltó vino, la madre de Jesús le dijo: “No tienen vino”. Jesús le respondió: “Mujer, ¿qué nos importa a ti y a mí? Todavía no ha llegado mi hora”. Dijo la madre a los sirvientes: “Haced lo que él os diga” (Jn 2, 1-5). Entre los invitados a las bodas de Caná, el evangelista menciona en primer lugar a Santa María. Y después cita a Jesús y a los discípulos de Éste. Tanto Jesús como su Madre viven en el mundo. Tienen muchos amigos y parientes. Y no descuidan la vida de relación social. Esta presencia de Cristo en las bodas de Caná es señal de que Jesús bendice el amor entre hombre y mujer, sellado con el matrimonio. Dios, en efecto, instituyó el matrimonio al principio de la Creación, y Jesucristo lo confirmó y lo elevó a la dignidad de Sacramento.

La Iglesia nos enseña a respetar y promover la maravillosa realidad del matrimonio indisoluble entre un hombre y una mujer, que es, además, el origen de la familia. Por eso, reconocer y ayudar a esta institución es uno de los mayores servicios que se pueden prestar hoy día al bien común y al verdadero desarrollo de los hombres y de las sociedades, así como la mejor garantía para asegurar la dignidad, la igualdad y la verdadera libertad de la persona humana (Benedicto XVI, Homilía 9.VII.2006).

También podemos encontrar otra enseñanza de la presencia del Señor en Caná. Asistiendo a aquella fiesta de bodas, Cristo nos enseña que no hay por qué destruir las fiestas populares; hay que ennoblecerlas. Las fiestas alegran a las personas. ¿Por quéno bailar o cantar? Eso sí, sin ofender a Dios. Las fiestas son para que la gente esté contenta, se lo pase bien.

Quizás para algunos, desgraciadamente, diversión es sinónimo de pecado; pero están equivocados. Eso sí, hay lugares de diversión que no se puede frecuentar porque son ocasión próxima de pecado. Pero la diversión en sí misma no es algo malo. Es necesario que los cristianos llevemos a cabo un apostolado de la diversión, como parte importante de la nueva evangelización. La Iglesia anima a sus fieles a esta labor: a cooperar para que las manifestaciones y actividades culturales colectivas, propias de nuestro tiempo, se humanicen y se impregnen de espíritu cristiano (Concilio Vaticano II).

Las fiestas de boda tenían larga duración en Oriente. Durante ellas, parientes y amigos iban acudiendo a felicitar a los esposos; en los banquetes podían participar hasta los transeúntes. El vino era considerado elemento indispensable en las comidas y servía además para crear un ambiente festivo. Quizás porque el mayordomo no había calculado bien, o porque acudieron muchas más personas de las previstas, el vino empezó a escasear. Y la Virgen, por estar en los detalles y pendiente de los demás para que se lo pasen bien, se dio cuenta de esta escasez. Enseguida se le vino a la cabeza el apuro que iban a pasar los recién casados, y movida por la misericordia acudió a su Hijo, le dice: No tienen vino.

María advierte que falta el vino. Se da cuenta Ella sola, y enseguida. ¡Qué familiares nos resultan las escenas de la vida de Cristo! Porque la grandeza de Dios, convive con lo ordinario, con lo corriente. Es propio de una mujer, y de un ama de casa atenta, advertir un descuido, estar en los detalles pequeños que hacen la vida agradable la existencia humana: y así actuó María (San Josemaría Escrivá, Es Cristo que pasa, n. 141). La confianza de la Virgen en su Hijo es total. Sabe que Él es la encarnación de la misericordia de Dios y, por lo tanto, no pasa de largo ante las necesidades de los hombres. Y aunque la respuesta del Señor tiene una apariencia negativa, Ella va a los sirvientes y les dice: Haced lo que él os diga.

Estas palabras, este consejo de buena madre también están dirigidas a nosotros. Podemos considerarlas como una invitación permanente para cada uno de nosotros: En esto consiste toda la santidad cristiana: pues la perfecta santidad es obedecer a Cristo en todas las cosa (Santo Tomás de Aquino). El papa Francisco dice: Hemos venido a llamar a la puerta de la casa de María. Ella nos ha abierto, nos ha hecho entrar y nos muestra a su Hijo. Ahora Ella nos pide: “Haced lo que Él os diga”. Sí, Madre, nos comprometemos a hacer lo que Jesús nos diga. Y lo haremos con esperanza, confiados en las sorpresas de Dios y llenos de alegría.

Había allí seis tinajas de piedra preparadas para las purificaciones de los judíos, con una capacidad de unas dos o tres metretas. Jesús les dijo: “Llenad de agua las tinajas”. Y las llenaron hasta arriba. Entonces les dijo: “Sacadlas ahora y llevadlas al maestresala”. Así lo hicieron. Cuando el maestresala probó el agua convertida en vino, sin saber de dónde provenía -aunque los sirvientes que sacaron el agua lo sabían- llamó al esposo y le dijo: “Todos sirven primero el mejor vino, y cuando ya han bebido, el peor; tú, al contrario, has reservado el vino bueno hasta ahora” (Jn 6-10).

Jesucristo realizó su primer milagro por la intercesión de su Madre. Santa María es la omnipotencia suplicante. Aprendamos de la Virgen a confiar en el poder de la oración. María, Maestra de oración. -Mira cómo pide a su Hijo, en Caná. Y cómo insiste, sin desanimarse, con perseverancia. -Y cómo logra. -Aprende (Camino, n. 502). En el Evangelio están las palabras de Cristo que nos invita a pedir a Dios con fe: Pedid y se os dará; buscad y hallaréis; llamad y se os abrirá; porque quien pide recibe, y quien busca halla, y al que llama se le abre (Lc 11, 9-10).

El evangelista san Juan subraya la abundancia del don concedido por el milagro. Según la capacidad de las tinajas, Jesús puso a disposición de los asistentes a la boda 600 litros de vino de la mejor calidad. Y es que el Señor realizaba los milagros sin tacañería. Con este detalle, se indica la sobreabundancia de los bienes de la Redención.

Jesús convierte el agua en vino, pero no en cualquier vino, sino en un vino estupendo. Los Santos Padres han visto en este vino, el mejor posible, reservado para el final de aquella fiesta de boda, y en su abundancia, una figura del coronamiento de la Historia de la Salvación: Dios había enviado a los patriarcas y profetas, pero, al llegar la plenitud de los tiempos, envió a su propio Hijo, cuya doctrina lleva a la perfección la Revelación antigua, y cuya gracia excede las esperanzas de los justos del Antiguo Testamento. También han visto en este vino bueno del final el premio y el gozo de la vida eterna, que Dios concede a quienes, queriendo seguir a Cristo, han sufrido las amarguras y contrariedades de esta vida.

La presencia de la Virgen en aquellas bodas es origen de varias maravillas. Primera, sólo Ella se dio cuenta del gran apuro de los novios, que se quedaron sin vino. Segunda, Ella intuía que su Hijo tenía en su mano la solución. Tercera, cuenta con Jesús, confía en su Hijo, a pesar de la aparente reticencia del Señor. Cuarta, le dice a los sirvientes lo que tenían que hacer (Haced lo que Él os diga). Quinta, esas palabras nos sirven a los cristianos del siglo XXI, como le han servido a todos los cristianos de los siglos pasados. En el río Jordán, cuando Jesús fue bautizado por Juan el Bautista y en el Monte Tabor, cuando el Señor se transfiguró delante de los apóstoles Pedro, Santiago y Juan, se oyó la voz de Dios Padre que decía: Éste es mi hijo amado, escuchadle. Y es lo mismo que nos recomienda la Virgen: que estemos atentos a las palabras de su Hijo para que hagamos lo que Él nos pida.

El apóstol san Pablo, en su primera carta a los cristianos de Corinto, se refiere a diversidad de dones, ministerios y acciones que hay en la única Iglesia de Cristo. Hay diversidad de dones, pero el Espíritu es el mismo; y diversidad de ministerios, pero el Señor es el mismo; y diversidad de acciones, pero Dios es el mismo, que obra todo en todos. A cada uno se le concede la manifestación del Espíritu para provecho común; a uno se le concede por el Espíritu palabra de sabiduría, a otro palabra de ciencia según el mismo Espíritu; a uno fe en el mismo Espíritu, a otro don de curación en el único Espíritu; a uno poder de obrar milagros, a otro profecía, a otro discernimiento de espíritus; a uno diversidad de lenguas, a otro, interpretación de lenguas. Pero todas estas cosas las realiza el mismo y único Espíritu, que distribuye a cada uno, según quiere (1 Co 12, 4-11).

En el silencio de la oración se realiza el encuentro con Dios y se escucha esa palabra que Dios dice en eterno silencio y en silencio tiene que ser oída. En la oración que sepamos descubrir lo que el Señor quiere de nosotros. Y al reconocer los dones y gracias que hemos recibido, veamos cómo ponerlos para utilidad y servicio de los demás miembros de la Iglesia, para provecho común. En aquella primera época del cristianismo, el Espíritu Santo concedía a los fieles dones extraordinarios –poder de obrar milagros, don de profecía, don de curación, diversidad de lenguas…-, pero también a lo largo de los siglos, y actualmente, ha concedido -y concede- dones extraordinarios, con manifestaciones espectaculares, puesto que el poder de Dios no ha menguado; sin embargo no sólo estas gracias extraordinarias contribuyen a la expansión de la Iglesia. Decía san Juan Pablo II: La renovación en el Espíritu será auténtica y tendrá una verdadera fecundidad en la Iglesia, no tanto en la medida en que suscite carismas extraordinarios, sino en cuanto conduce al mayor número posible de fieles, en su vida cotidiana, a un esfuerzo humilde, paciente y perseverante para conocer mejor el misterio de Cristo y dar testimonio de Él.

Importa descubrir qué puede hacer cada uno de nosotros, con los carismas recibidos. Algunos quizás descubran una llamada especial de Dios, una vocación para el sacerdocio o para la vida religiosa. Para otros su vocación puede ser de una entrega total a Dios en medio del mundo, sin entrar en el estado clerical ni en el de los religiosos, para hacer apostolado entre sus amigos y compañeros. Y para la mayoría, será una llamada al estado matrimonial, para formar una familia cristiana. ¿Qué puedo hacer? Quizás dar catequesis en la parroquia a los niños de primera comunión, o a los jóvenes que se preparan para la Confirmación. Otra cosa que se puede hacer es visitar a los enfermos, ancianos y personas que viven solas, o colaborar en actividades de cáritas. También existe la dedicación a recoger fondos para actividades apostólicas o para el mantenimiento de los templos. E incluso acompañar a los sacerdotes cuando llevan la comunión a los enfermos; otra actividad es participar en los cursos prematrimoniales dando charlas. Y podríamos poner un largo etcétera. Pero siempre haciendo lo que el Señor nos diga. Entonces Dios estará se complacerá con el que cumple su voluntad, según dice el profeta Isaías: El Señor se ha complacido en ti, y tu tierra tendrá esposo. Como un joven se casa con su novia, así te desposa el que te construyó, y la alegría que encuentra el marido con su esposa, la encontrará tu Dios contigo (Is 62, 4-5).

Vamos a rogarle a Santa María que pida a su Hijo que no nos falte nunca el vino nuevo y mejor del Evangelio; el vino bueno de la caridad, para que sepamos ir al encuentro de todos los hombres y ayudarles en toda una serie de necesidades; el vino espléndido y oloroso del afán apostólico y evangelizador, de manera que nos proporcione la fuerza y la sabiduría para poder hablar de Dios a nuestros semejantes; para que cada uno pueda decir: Por amor de Sión no callaré, por amor de Jerusalén no descansaré hasta que su justicia despunte como la aurora, y su salvación llamee como una antorcha. Las naciones verán tu justicia, y todos los reyes, tu gloria; te llamarán con un nombre nuevo, que pronunciará la boca del Señor (Is 62, 1-2).

San Juan termina el relato del primer milagro del Señor diciendo: Así, en Caná de Galilea hizo Jesús el primero de los signos con el que manifestó su gloria, y sus discípulos creyeron en él (Jn 2, 11). Antes del milagro los discípulos ya creían que Jesús era el Mesías; pero todavía tenían un concepto excesivamente terreno de su misión salvífica. San Juan atestigua que este milagro fue el comienzo de una nueva dimensión de su fe, que hacía más profunda la que ya tenían. El milagro de Caná constituye un paso decisivo en la formación de la fe de los discípulos. María aparece como Virgen orante en Caná, donde, manifestando al Hijo con delicada súplica una necesidad temporal, obtiene también un efecto de gracia: que Jesús, realizando el primero de sus “signos”, confirme a los discípulos en la fe en Él (Beato Pablo VI, Exhortación apostólica Marialis cultus).

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