Archivo de la categoría: Anécdotas de la historia

Anécdota de san Juan XXIII

El cardenal Frings pronunció en 1961 en Génova una conferencia que trataba sobre el Concilio que se iba a celebrar. Se la había escrito Ratzinger. Fue un poco polémica. Más tarde, el cardenal fue llamado por san Juan XXIII. Frings pensó que al Papa no le había gustado la conferencia (fue publicada). Al llegar al Vaticano, san Juan XXIII le dijo: “Eminencia, debo darle las gracias. Leí anoche su discurso. ¡Qué feliz coincidencia de pensamiento!” Frings respondió: “Santo Padre, la conferencia no la escribí yo, sino un joven catedrático”. A ello replicó el Papa: “Señor cardenal, tampoco yo escribí mi última encíclica. Lo importante es con qué se identifica uno”.

Un epitafio

En Virginia, entre las miles de lápidas del cementerio militar de Arlington, hay una en la que puede leerse este curioso epitafio: “Aquí yace el soldado John S. Brown. Quiso comprobar con una cerilla si el depósito de gasolina de su tanque estaba lleno. Y si lo estaba”.

San Ambrosio y el emperador Teodosio

En tiempo del emperador Teodosio -gran campeón de la Iglesia, tanto contra losa arrianos, como contra los paganos- hubo serios desórdenes y rebeliones en Tesalónica en el año 390. Se llegó incluso al asesinato de algunos oficiales del Imperio. El emperador, mal aconsejado por los que le rodeaban, se vengó de la ciudad en forma tal que llenó de horror al mundo entero. Se proclamaron juegos públicos en la ciudad de Tesalónica y se llenó el anfiteatro. Los soldados del Imperio comenzaron la matanza, contra el pueblo desarmado, después de haberlo rodeado de manera que fuese imposible la evasión del gran local público. Unas siete mil personas fueron las víctimas de tan inhumana represalia. Por este tiempo Teodosio reunió su corte en la capital del Imperio, Milán, cuyo obispo, san Ambrosio, era muy amigo del emperador. Pero después del tamaño crimen, el santo, no sólo le negó la comunión, sino que se fue de Milán y escribió al emperador, diciéndole que debía hacer pública penitencia antes de entrar de nuevo en la iglesia. (Algunos dicen que, de hecho, el santo obispo aguardó al emperador a la puerta de la iglesia y le negó la entrada). Teodosio se excusó poniendo el ejemplo del rey David, que había obrado así con los rebeldes.

Si imitaste a David pecador -le contestó-, imita también a David penitente.

El emperador obedeció y se humilló. Hizo penitencia pública en la iglesia, postrado en tierra, sin ninguna señal de realeza y llorando su pecado, mientras el pueblo, llorando también, rogaba por él. Sólo así fue readmitido a la comunión.

Decidió ser sacerdote

En una ocasión san Juan Pablo II preguntó a un joven:

¿Has pensado alguna vez en ser sacerdote?

El joven, sorprendido, respondió que no, que su ilusión era llegar a ser un buen pintor, y para eso estaba estudiando. El Papa le explicó entonces que siendo sacerdote podría todos los días, con su trabajo sacerdotal, confesando a niños y a viejos, enseñando la doctrina cristiana en el catecismo, y predicando con su palabra y con su ejemplo, ir añadiendo pinceladas magistrales sobre ese lienzo de su tiempo. Y al final del día tendría terminado un cuadro, que le gustaría especialmente a Dios.

Sólo habrás cambiado -le dijo- de Sala de Exposición.

El joven dejó la pintura para prepararse a ser sacerdote.

La humildad de un sacerdote santo

Un sacerdote escribió -con evidente falta de caridad, y quizás con envidia- al santo Cura de Ars y¡una carta, en la cual se leía esta frase: Señor Cura, cuando se sabte tan poca teología como usted, no se debe uno sentar en el confesonario.

La respuesta del santo Cura de Ars fue la siguiente: Mi querido y venerado compañero: ¡Cuántos motivos tengo para amaros! Vos sólo me habéis conocido bien. Puesto que sois tan buen que os dignáis interesaos por mi pobre alma, ayudadme a conseguir la gracia que pido desde hace tiempo, a fin de que sea relevado de mi cargo, del que no soy digno a causa de mi ignorancia, y pueda retirarme a un rincón para llorar allí mi pobre vida. ¡Cuánta penitencia he de hacer, , cuántas cosas he de expiar, cuántas lágrimas he de derramar!…

Cristóbal Colón y el rey Juan II de Portugal

Cristóbal Colón presentó su proyecto de llegar a las Indias navegando hacia occidente al rey Juan II de Portugal. Éste escuchaba atento. Cuando el genovés acabó su exposición, el rey le preguntó:

¿Qué deseas? Todo eso está muy bien, pero ¿necesitas dinero?

Yo no vengo a pedir, sino a dar, fue la respuesta de Colón, y añadió: Si se me ayuda a equipar unas naves para ir a las indias, devolveré lo que me hayan prestado multiplicado por cien. Aunque genovés de nacimiento, considero que Portugal es mi verdadera patria y quiero engrandecerla.

¿Cuáles serían tus condiciones si te confiara el mando de una expedición hacia el oeste?, preguntó de nuevo el rey.

Pido el título de almirante y ser virrey de las tierras que descubra.

¿Eso es todo?

Claro que no. Quiero también una décima parte de todas las ganancias.

¿Y qué más?

Como es lógico, estos derechos adquiridos serán parte de la herencia que deje a mis hijos.

El rey Juan II entonces dijo secamente: Los verdaderos portugueses no suelen vender los servicios hechos a su patria y a su soberano.

Falsos triunfadores

Falsos triunfadores

De la historia de los Juegos Olímpicos se puede sacar una lista negra con los nombres de los que quisieron gustar de los laureles del triunfo aunque para conseguirlo tuvieran que hacer uso del fraude.

Éstos son algunos de esos nombres de falsos triunfadores. El primero, se trata de un emperador. Conrado Duránter, en su obra Olimpia y los Juegos Olímpicos, escribe: Nerón, con su demencial megalomanía, se inscribe en los Juegos Olímpicos de la CCXI Olimpíada, que hace aplazar dos años por conveniencia. Obliga a crear modalidades nuevas, hasta entonces desconocidas, y en todas ellas, cuádrigas de potros, tiros de potros de a diez, etc., se hace proclamar campeón, sin que nada se pueda alegar contra la parcialidad de los jueces que así lo proclaman, a pesar de haber presenciado su caída del carro… Con su irracional proceder, siente envidia de los que le precedieron en la victoria y ordena que las estatuas de los antiguos vencedores, que se alinean en el Altis sean destruidas y arrojadas a las letrinas”.

Otro falsario fue el norteamericano Fred Lordz, que ha pasado a la historia de las Olimpíadas por ser el atleta más tramposo que ha pisado una pista.

Lordz participó en la prueba del maratón en los Juegos de San Luis, celebrados en 1904, y fue el primero en cruzar la línea de mera con un tiempo milagroso dadas las extremas condiciones en que se disputó. Pero en realidad no hubo ningún milagro. Lo excepcional del tiempo registrado tiene otra explicación: Cuando Lordz llevaba recorridos unos catorce kilómetros se sintió desfallecer, por lo que solicitó de un automovilista que seguía la prueba que le acercara al estadio. Ya en las proximidades del estadio, donde estaba situada la meta, el atleta saltó del coche, ya restablecido, y continuó corriendo hasta la cinta de meta, siendo, naturalmente, el primero en cruzarla.

Cuando estaba a punto de ser coronado vencedor por la hija del Presidente Roosevelt, el engaño fue descubierto y Lordz descalificado a perpetuidad, aunque al año siguiente fuera perdonado.

La delegación norteamericana quiso explicar el engaño diciendo que Lordz sólo había querido gastar una broma. Explicación que no convenció a nadie. Por todo ello, Lordz ha quedado marcado en la lista negra de los atletas olímpicos.

En 1976, durante la Olimpíada de Montreal, de nuevo un participante se vale del engaño para ganar. Sucedió cuando se disputaba la prueba de pentatlón moderno. En la modalidad de espada todos se admiraban con la facilidad y velocidad con que el soviético Onischenko se deshacía de sus rivales. Extrañados por su pericia, los jueces descubrieron que Onischenko había instalado en la cazoleta de su espada un ingenioso dispositivo electrónico que, manejado a voluntad, señalaba el tocado de su contrario.

Descubierto el truco a tiempo, el tramposo fue descalificado a perpetuidad. Al parecer, se daba el caso de que uno de los jueces no era ajeno a los manejos del soviético. Onischenko tenía ya 38 años y había sido medalla de plata, cuatro años antes, en Munich.

Más recientemente, el 24 de septiembre de 1988, un jamaicano con pasaporte canadiense, llamado Ben Johnson, asombró al planeta cuando ganó en Seúl la final olímpica de 100 metros con 9.79 segundos. La imagen de su llegada a la meta, con clara ventaja sobre su máximo rival Carl Lewis, el Hijo del Viento, y señalando con un dedo su indiscutible supremacía en la distancia (dos años antes ya se había proclamado campeón mundial en los Campeonatos Mundiales de Atletismo de Roma), fue vista por infinidad de ojos humanos, repetidas veces, en los Cinco Continentes.

Dos días después, el 26, a las 10.00 horas, Michella Verdier, portavoz del Comité Olímpico Internacional, confirmó oficialmente que el vencedor de la prueba de los 100 metros lisos, el canadiense Ben Johnson, había dado positivo en el control antidopaje.

Johnson ganó la carrera más importante del atletismo, pero luego, en menos de 48 horas, perdió el honor, la medalla… y sobre todo se despidió de todo ese mundo de élite y gloria de los grandes campeones. Fue suspendido por dos años y desposeído del título y de la marca (récord mundial) ganados anteriormente en Roma.

En 1996, mientras Lewis se disponía en Atlanta a participar en sus cuartos Juegos Olímpicos, con la posibilidad de ganar dos medallas de oro, que le hubieran colocarían por delante del finlandés Paavo Nurmi como plusmarquista de triunfos olímpicos, en un bar de noche de Orlando (Florida) un camarero jamaicano, con nacionalidad canadiense, Benjamín Sinclair Johnson, repartía copas y atendía a los clientes…