Archivo de la categoría: Anécdotas de la historia

En la eternidad

En su primer viaje a Alemania, san Juan Pablo II tuvo mucho trabajo, una agenda muy apretada. Estando en Munich, el cardenal Ratzinger, arzobispo de Munich, se dio cuenta del inmenso trabajo del Papa. Y consiguió un rato de descanso para el Papa al mediodía. San Juan Pablo II accedió y se retiró a su habitación, pero enseguida llamó a Ratzinger. Éste fue a la habitación y encontró al Papa rezando el Breviario. -“¡Santidad, ahora usted debe descansar!” Y san Juan Pablo II respondió: -“Ya descansaré en la eternidad”. Era realmente infatigable.

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Anécdota de san Juan XXIII

El cardenal Frings pronunció en 1961 en Génova una conferencia que trataba sobre el Concilio que se iba a celebrar. Se la había escrito Ratzinger. Fue un poco polémica. Más tarde, el cardenal fue llamado por san Juan XXIII. Frings pensó que al Papa no le había gustado la conferencia (fue publicada). Al llegar al Vaticano, san Juan XXIII le dijo: “Eminencia, debo darle las gracias. Leí anoche su discurso. ¡Qué feliz coincidencia de pensamiento!” Frings respondió: “Santo Padre, la conferencia no la escribí yo, sino un joven catedrático”. A ello replicó el Papa: “Señor cardenal, tampoco yo escribí mi última encíclica. Lo importante es con qué se identifica uno”.

Un epitafio

En Virginia, entre las miles de lápidas del cementerio militar de Arlington, hay una en la que puede leerse este curioso epitafio: “Aquí yace el soldado John S. Brown. Quiso comprobar con una cerilla si el depósito de gasolina de su tanque estaba lleno. Y si lo estaba”.

San Ambrosio y el emperador Teodosio

En tiempo del emperador Teodosio -gran campeón de la Iglesia, tanto contra losa arrianos, como contra los paganos- hubo serios desórdenes y rebeliones en Tesalónica en el año 390. Se llegó incluso al asesinato de algunos oficiales del Imperio. El emperador, mal aconsejado por los que le rodeaban, se vengó de la ciudad en forma tal que llenó de horror al mundo entero. Se proclamaron juegos públicos en la ciudad de Tesalónica y se llenó el anfiteatro. Los soldados del Imperio comenzaron la matanza, contra el pueblo desarmado, después de haberlo rodeado de manera que fuese imposible la evasión del gran local público. Unas siete mil personas fueron las víctimas de tan inhumana represalia. Por este tiempo Teodosio reunió su corte en la capital del Imperio, Milán, cuyo obispo, san Ambrosio, era muy amigo del emperador. Pero después del tamaño crimen, el santo, no sólo le negó la comunión, sino que se fue de Milán y escribió al emperador, diciéndole que debía hacer pública penitencia antes de entrar de nuevo en la iglesia. (Algunos dicen que, de hecho, el santo obispo aguardó al emperador a la puerta de la iglesia y le negó la entrada). Teodosio se excusó poniendo el ejemplo del rey David, que había obrado así con los rebeldes.

Si imitaste a David pecador -le contestó-, imita también a David penitente.

El emperador obedeció y se humilló. Hizo penitencia pública en la iglesia, postrado en tierra, sin ninguna señal de realeza y llorando su pecado, mientras el pueblo, llorando también, rogaba por él. Sólo así fue readmitido a la comunión.

Decidió ser sacerdote

En una ocasión san Juan Pablo II preguntó a un joven:

¿Has pensado alguna vez en ser sacerdote?

El joven, sorprendido, respondió que no, que su ilusión era llegar a ser un buen pintor, y para eso estaba estudiando. El Papa le explicó entonces que siendo sacerdote podría todos los días, con su trabajo sacerdotal, confesando a niños y a viejos, enseñando la doctrina cristiana en el catecismo, y predicando con su palabra y con su ejemplo, ir añadiendo pinceladas magistrales sobre ese lienzo de su tiempo. Y al final del día tendría terminado un cuadro, que le gustaría especialmente a Dios.

Sólo habrás cambiado -le dijo- de Sala de Exposición.

El joven dejó la pintura para prepararse a ser sacerdote.

La humildad de un sacerdote santo

Un sacerdote escribió -con evidente falta de caridad, y quizás con envidia- al santo Cura de Ars y¡una carta, en la cual se leía esta frase: Señor Cura, cuando se sabte tan poca teología como usted, no se debe uno sentar en el confesonario.

La respuesta del santo Cura de Ars fue la siguiente: Mi querido y venerado compañero: ¡Cuántos motivos tengo para amaros! Vos sólo me habéis conocido bien. Puesto que sois tan buen que os dignáis interesaos por mi pobre alma, ayudadme a conseguir la gracia que pido desde hace tiempo, a fin de que sea relevado de mi cargo, del que no soy digno a causa de mi ignorancia, y pueda retirarme a un rincón para llorar allí mi pobre vida. ¡Cuánta penitencia he de hacer, , cuántas cosas he de expiar, cuántas lágrimas he de derramar!…

Cristóbal Colón y el rey Juan II de Portugal

Cristóbal Colón presentó su proyecto de llegar a las Indias navegando hacia occidente al rey Juan II de Portugal. Éste escuchaba atento. Cuando el genovés acabó su exposición, el rey le preguntó:

¿Qué deseas? Todo eso está muy bien, pero ¿necesitas dinero?

Yo no vengo a pedir, sino a dar, fue la respuesta de Colón, y añadió: Si se me ayuda a equipar unas naves para ir a las indias, devolveré lo que me hayan prestado multiplicado por cien. Aunque genovés de nacimiento, considero que Portugal es mi verdadera patria y quiero engrandecerla.

¿Cuáles serían tus condiciones si te confiara el mando de una expedición hacia el oeste?, preguntó de nuevo el rey.

Pido el título de almirante y ser virrey de las tierras que descubra.

¿Eso es todo?

Claro que no. Quiero también una décima parte de todas las ganancias.

¿Y qué más?

Como es lógico, estos derechos adquiridos serán parte de la herencia que deje a mis hijos.

El rey Juan II entonces dijo secamente: Los verdaderos portugueses no suelen vender los servicios hechos a su patria y a su soberano.