Archivo de la categoría: Anécdotas de la historia

Conversión

La colina de la resurrección.

En su primer viaje a Europa en 1964, el escultor japonés Yasutake Funakoshi acompañado de su esposa, fue recibido en audiencia por el papa beato Pablo VI. Años más tarde, en 1972, le concedió una condecoración pontificia, de reconocimiento al espíritu cristiano de su meritoria obra artística.

Con acierto y razón. Entre 1958 y 1962 fue erigiéndose en Nagasaki, la ciudad mártir de la brutalidad humana, el gran monumento a los 26 mártires de Nagasaki, torturados, crucificados y atravesados con la lanza japonesa en 1597.

Yasutake recibió por esta obra el premio Kotaro Takamura. Los cristianos japoneses llaman al lugar del martirio la colina de la resurrección. El nombre resumida la fe recuperada que profesaba el corazón de Yasutake Funkoshi. Marcado por la mentalidad budista y sintoista le hervían los ancestrales sentimientos sobre el sentido de la vida, del sufrimiento y la muerte. Funakoshi que no era cristiano, leyó libros sobre Cristo, habló con un sacerdote, dibujó el rostro de Jesús, esculpió un gran crucifijo. Al final de este camino se hizo bautizar con toda su familia, lo que supuso una permanente renovación interior para él y para los suyos, un cambio de mentalidad como significa la palabra conversión.

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Una reliquia

Un día vi, a primera hora de la tarde, que todas las luces del templo parroquial estaban encendidas; y las puertas, cerradas. Fui y vi que estaba el arzobispo de Colonia, acompañado por el vicario regional del Opus Dei en Alemania, y por un sacerdote de la parroquia, coadjutor como yo. Como san Alberto Magno, titular de la parroquia, era de Colonia, el cardenal Joachim Meisner, arzobispo de Colonia, quiso visitar la parroquia. Y prometió enviar una reliquia del santo. Esta reliquia fue enviada, y ahora está expuesta a la veneración de los fieles.

El año de los cuatro papas

El año de los cuatro papas

En el transcurso del año 1276 cuatro papas sucesivamente ocuparon la Silla Apostólica.

El primero de ellos fue el beato Gregorio X (1271-1276), el papa que instituyó el cónclave para evitar períodos de sede vacante prolongados. Falleció en Arezzo el 10 de enero de 1276.

Las nuevas disposiciones para elegir a los papas se revelaron eficaces. El 21 de enero de 1276 fue elegido como pontífice el dominico Pedro de Tarantasia, que eligió el nombre de Inocencio V. Pero su pontificado fue corto. Murió el 22 de junio de aquel mismo año. Fue beatificado en 1898 por León XIII.

Para elegirle sucesor el cónclave se reunió en Letrán. Y el 11 de julio de 1276 salió elegido un sobrino de Inocencio IV, Ottobono Fieschi, cardenal-diácono de San Adriano. Tomó el nombre de Adriano V. Ya era anciano cuando subió a la Sede de San Pedro. Atacado por las fiebres, fue a Viterbo con ánimo de curarse, pero sin mucha convicción de conseguirlo. Presentía su cercana muerte. Cuando sus familiares le felicitaban por su elevación al Papado, les respondía: ¡Ojalá pudierais alegraos con un cardenal sano, mas no como sucede ahora, con un Papa moribundo! Su presentimiento se cumplió. Sólo 39 días duró su pontificado. Falleció el 18 de agosto de 1276, antes de que pudiera ser ordenado sacerdote y, por consiguiente, consagrado obispo.

El 8 de septiembre de 1276 había un nuevo papa. Era Juan XXI, que tampoco tuvo un pontificado duradero. Sólo unos meses estuvo sentado en la Cátedra de San Pedro, pues murió el 20 de mayo de 1277. Eso sí, había conseguido superar el 31 de diciembre de 1276.

A pesar de los pesares

San Josemaría Escrivá solía acercarse a rezar a la Basílica Vaticana. Durante muchos años lo hacía casi a diario. Frente a la Basílica y a los Palacios Vaticanos recitaba el Símbolo Apostólico, intercalando algunas palabras. Por ejemplo, cuando llegaba a la frase Creo en el Espíritu Santo, en la Santa Iglesia Católica, etc. decía siempre tres veces seguidas: Creo en mi Madre la Iglesia Romana, a pesar de los pesares. En una ocasión creyó oportuno contar esta devoción suya al entonces Secretario de Estado, Cardenal Tardini, y cuando éste le preguntó qué quería decir con a pesar de los pesares, san Josemaría le respondió con simpatía: Sus errores personales, Eminencia, sus errores personales y los míos.

En la eternidad

En su primer viaje a Alemania, san Juan Pablo II tuvo mucho trabajo, una agenda muy apretada. Estando en Munich, el cardenal Ratzinger, arzobispo de Munich, se dio cuenta del inmenso trabajo del Papa. Y consiguió un rato de descanso para el Papa al mediodía. San Juan Pablo II accedió y se retiró a su habitación, pero enseguida llamó a Ratzinger. Éste fue a la habitación y encontró al Papa rezando el Breviario. -“¡Santidad, ahora usted debe descansar!” Y san Juan Pablo II respondió: -“Ya descansaré en la eternidad”. Era realmente infatigable.

Anécdota de san Juan XXIII

El cardenal Frings pronunció en 1961 en Génova una conferencia que trataba sobre el Concilio que se iba a celebrar. Se la había escrito Ratzinger. Fue un poco polémica. Más tarde, el cardenal fue llamado por san Juan XXIII. Frings pensó que al Papa no le había gustado la conferencia (fue publicada). Al llegar al Vaticano, san Juan XXIII le dijo: “Eminencia, debo darle las gracias. Leí anoche su discurso. ¡Qué feliz coincidencia de pensamiento!” Frings respondió: “Santo Padre, la conferencia no la escribí yo, sino un joven catedrático”. A ello replicó el Papa: “Señor cardenal, tampoco yo escribí mi última encíclica. Lo importante es con qué se identifica uno”.

Un epitafio

En Virginia, entre las miles de lápidas del cementerio militar de Arlington, hay una en la que puede leerse este curioso epitafio: “Aquí yace el soldado John S. Brown. Quiso comprobar con una cerilla si el depósito de gasolina de su tanque estaba lleno. Y si lo estaba”.