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Los Reyes Magos

Los Reyes Magos

La Iglesia y el vulgo, la piedad y el arte, rezan y cantan, se extasían y pintan desde tiempos remotos en torno a este entrañable misterio. Bucear en los orígenes de esta tradición implica remontarse a uno de los Evangelio: Mateo (2, 1-12) nos narra cómo unos Magos guiados por una estrella, llegaron a Belén para adorar al recién nacido Mesías. Magos. Mateo tampoco los menciona.

El venerable Beda, un monje benedictino y doctor de la Iglesia (siglo VIII) los describió así en un códice: Melchor, anciano de blancos cabellos y larga barba del mismo color; Gaspar más joven y rubio;Baltasar, negro. Los nombres son distintos en diversas lenguas. En griego: Appellicón, Amerín y Damascón; en hebreo: Magalah, Galgalath y Serakin.

Los dones con que obsequiaron al Niño Jesús simbolizan: el oro la realeza de Cristo; el incienso su divinidad; la mirra era una alusión a la pasión. O en otras palabras, cada uno aludía a la triple condición de Jesús como rey, Dios y hombre. Su destino tras la adoración fue incierto San Mateo sólo dice que regresaron a su país por otro camino para burlar a Herodes.

¿Quiénes eran los filisteos?

¿Quiénes eran los filisteos?

Los filisteos llegaron a la tierra de Canaán doce siglos antes de Cristo. Era un pueblo procedente de ultramar, originario de las tierras limítrofes al Mar egeo. Se instalaron en la costa meridional de Tierra Santa, en la región llamada Paleshet (Filistia). Después los griegos y los romanos extendieron el nombre a todo el país llamándolo Palestina. El actual nombre árabe de Falastin sigue manteniendo en su etimología el nexo con los filisteos.

En la Biblia, los filisteos son recordados como adversarios de los hebreos. En tiempo del rey Saúl infligieron en los montes de Gelboé una desastrosa derrota a los israelitas. De ahí que la nota dominante de la Biblia hacia los filisteos sea de descrédito y, como el Antiguo Testamento fue adoptado por la civilización cristiana, la palabra “filisteo” se ha transformado en las lenguas europeas en sinónimo de cualidades negativas. Así, el inglés Philistin equivale a ignorante, enemigo de la cultural, materialista. Un antiguo diccionario francés registra el nombre philistin como sinónimo de persona libertina. En alemán e italiano se llama filistea a una persona de escasa cultura. Personajes más populares de los filisteos: el gigante Goliat que luchó contra David y fue vencido; y Dalila la filistea que sedujo a Sansón.

Los cristianos, hombres de Dios

Después de la Ascensión del Señor al Cielo, los apóstoles volvieron a Jerusalén desde el monte llamado de los Olivos, que dista poco de Jerusalén, el espacio de un camino sabático. Y cuando llegaron subieron a la estancia superior, donde vivían, Pedro, Juan, Santiago y Andrés; Felipe y Tomás; Bartolomé y Mateo; Santiago de Alfeo, Simón el Zelotes y Judas de Santiago. Todos ellos perseveraban en la oración, con un mismo espíritu en compañía de algunas mujeres, de María, la madre de Jesús, y de sus hermanos (Hch 1, 12-14). En los Evangelios sinópticos aparece la lista de los doce apóstoles; y en la lista que está en los Hechos de los Apóstoles, como es lógico, no aparece el apóstol traidor Judas Iscariote, que se ahorcó durante la Pasión del Señor.

Es entrañable saber los nombres de los apóstoles, de aquellos que convivieron con Cristo y conocieron el mensaje salvífico de labios del divino Maestro. Ellos dieron testimonio de lo que habían oído, visto, contemplado y palpado con sus manos acerca del Verbo encarnado. Y para nuestro gozo nos lo anunciaron. El mismo Jesús los eligió para que constituir sobre ellos la Iglesia. El Señor no los llamó porque fueran sabios, poderosos, importantes… Su elección fue gratuita –llamó a los que quiso (Mc 3, 13)-. Fueron hombres normales y corrientes que respondieron con fe a la gracia de la llamada de Jesús. Excepto Judas Iscariote, todos fueron fieles. La Iglesia los venera con especial afecto y se siente orgullosa de ser continuadora -apostólica- de la misión sobrenatural que ellos iniciaron y de ser fiel al testimonio que supieron dar de las enseñanzas del Señor.

De algunos apóstoles se conoce bastante de su vida; de otros, casi nada. Digamos algo de cada uno de ellos. Santo Tomás tuvo varias intervenciones que recogen los evangelistas. Cuando Cristo decidió ir a Betania para resucitar a Lázaro, acercándose así de manera peligrosa a Jerusalén, santo Tomás dijo a los demás apóstoles: Vayamos también nosotros a morir con él (Jn 11, 16). Durante la despedida del Señor en la Última Cena, al decir Jesús: Pues para donde yo voy, vosotros conocéis el camino (Jn 14, 1-4), Tomás le preguntó: No sabemos adónde vas; ¿cómo podemos conocer el camino? (Jn 14, 5). Pero por lo que es más conocido es por incredulidad. Cuando en la noche del día de la resurrección del Señor, los apóstoles llenos de alegría, le dijeron: Hemos visto al Señor (Jn 20, 24). Mas Tomás no les creía, y dijo: Si no veo en sus manos la señal de los clavos y no meto mi dedo en el agujero de los clavos y no meto mi mano en su costado, no creeré (Jn 20, 25).

San Simón sólo aparece en el Nuevo Testamento en las listas de los Doce. Por tanto, las noticias que se refieren a él hay que buscarlas en escritos no bíblicos y en la Tradición. En los evangelios de san Mateo y de san Marcos, san Simón recibe el apelativo de Cananeo, y san Lucas, tanto en su evangelio como en el libro de los Hechos de los Apóstoles, lo apoda el Zelotes. Más conocido es Santiago el de Alfeo -Santiago el Menor-. En Evangelio de san Marcos lo cita aparece como pariente de Jesús, pues, según el estilo semítico, es llamado hermano. Y también san Pablo, en la Carta a los Gálatas cita a Santiago como el hermano del Señor. Es autor de un libro del Nuevo Testamento -la Carta de Santiago-. El libro de los Hechos de los Apóstoles subraya el papel destacado que desempeñó en la Iglesia de Jerusalén, de la cual fue su primer obispo.

San Judas Tadeo aparece en las cuatro listas de los Doce que vienen en el Nuevo Testamento. San Lucas, tanto en su evangelio como en el libro de los Hechos de los Apóstoles, para distinguirlo del traidor, lo llama Judas de Santiago. En las demás listas de apóstoles, se le menciona por el sobrenombre de Tadeo. Es autor de una Carta,en la que se presenta como Judas, siervo de Jesucristo y hermano de Santiago. En el Evangelio según san Juan se recoge una petición que san Judas Tadeo a Jesús durante la celebración de la Última Cena. El Maestro dice: El que recibe mis preceptos y los guarda, ése es el que ama; el que me ama a mí será amado de mi Padre, y yo le amaré y me manifestaré a él (Jn 14, 18-21). Y en este momento es cuando interviene Judas, no el Iscariote: Señor, ¿qué pasa para que te vayas a manifestar a nosotros y no al mundo? (Jn 14, 22).

Lo que se sabe de san Felipe está en el cuarto evangelio. Era natural de Betsaida. San Juan narra su vocación, el encuentro de Felipe con el Señor y la llamada que le hizo el Maestro. Cristo vio a Felipe y le dijo sígueme. Hay una intervención suya recogida en el Evangelio. En un momento en que Cristo está hablando a los apóstoles de la unidad del Padre y del Hijo, Felipe le dijo: Señor, muéstranos al Padre y nos basta. Jesús le contestó: Felipe, ¿tanto tiempo como llevo con vosotros y no me has conocido? El que me ha visto a mí ha visto al Padre; ¿cómo dices tú: Muéstranos al Padre? (Jn 14, 8-9).

El evangelista san Juan narra el encuentro de san Bartolomé con el Señor. El apóstol Felipe después de aceptar la invitación del Señor –sígueme– vio a Natanael, amigo suyo, y le hizo partícipe de su gozo por haber conocido al Mesías: Hemos encontrado a Aquél de quien escribieron Moisés en la Ley, y los profetas: Jesús de Nazaret, el hijo de José (Jn 1, 45). Ante la respuesta más bien escéptica de Natanael –¿De Nazaret puede salir algo bueno?-, Felipe le respondió: ven y lo verás (Jn 1, 46). Natanael hizo caso a su amigo, y fue al encuentro del Señor. Vio Jesús a Natanael que venía hacia Él, y dijo de él: He aquí un verdadero israelita, en quien no hay engaño (Jn 1, 47). Al oír las palabras del Señor, Natanael, asombrado, replica: ¿De dónde me conoces? Contestó Jesús y le dijo: Antes que Felipe te llamase, cuando estabas debajo de la higuera te vi (Jn 1, 48). Entonces Natanael hizo un acto maravilloso de fe: Rabbí, tú eres el hijo de Dios, tú eres el Rey de Israel (Jn 1, 49). Y Jesús le anunció: ¿Porque te he dicho que te vi debajo de la higuera crees? Cosas mayores has de ver. Y añadió: En verdad, en verdad os digo que veréis abrirse el cielo y a los ángeles de Dios subiendo y bajando sobre el Hijo del hombre (Jn 1, 50-51).

San Mateo fue apóstol y evangelista. También se sabe de él cómo Cristo le llamó para que fuera apóstol. De su vida tenemos pocas e incompletas noticias. Su vocación la cuenta escuetamente él mismo: Jesús vio a un hombre, llamado Mateo, sentado ante la mesa de cobro de los impuestos, y le dijo: “Sígueme”. Él, levantándose, le siguió (Mt 9, 9). Lleno de gozo por esa predilección divina, invitó a Jesús a comer en su casa. Y sucedió que, estando Jesús a la mesa en casa de Mateo, muchos publicanos y pecadores vinieron a colocarse junto a él y a sus discípulos (Mt 9, 10). La presencia de publicanos y pecadores provocó el escándalo de los fariseos, que criticaron duramente la actitud de Jesús. El Señor dijo a los que escandalizaban por conducta: No necesitan médico los sanos sino los enfermos; no he venido a llamar a justos, sino a pecadores (Mc 2, 17).

San Andrés fue el primero de los apóstoles en ser llamados a seguir a Jesús. Siendo discípulo de san Juan Bautista, éste le mostró a Jesús que pasaba: He aquí el Cordero de Dios (Jn 1, 37). Estaba también con él uno de los hijos de Zebedeo, Juan. Preguntaron a Jesús: Rabbí, ¿dónde vives? Les respondió: “Venid y veréis”. Fueron y vieron dónde vivía y permanecieron aquel día con él (Jn 1, 38-39). Fue él quien llevó a su hermano Simón (san Pedro) al Señor. Encontró él luego a su hermano Simón, y le dijo: “Hemos hallado al Mesías, que quiere decir el Cristo”, y lo condujo a Jesús (Jn 1, 40-43). Días después el Señor llamó a los dos hermanos para le siguieran: Venid en pos de mí y os haré pescadores de hombres. Ellos dejaron al instante las redes y le siguieron (Mt 4, 18-20). En una ocasión preguntó a Cristo cuando había de suceder la destrucción del Templo y los signos del fin del mundo: Dinos cuándo sucederá eso y cuál será la señal de que todas están cosas están para cumplirse (Mc 13, 4). Por la tradición sabemos que murió crucificado en una cruz en aspa, la cruz de san Andrés.

Santiago el Mayor fue el primer apóstol que dio su vida por su fe en Cristo. En aquel tiempo prendió el rey Herodes (Agripa I) a algunos de la Iglesia para maltratarlos. Dio muerte por la espada a Santiago, hermano de Juan (Hch 12, 1-2). Había nacido en Betsaida. Era hijo de Zebedeo. Con san Pedro y su hermano Juan fue testigo de la transfiguración del Señor, de la resurrección de la hija de Jairo y de la agonía del Señor en Getsemaní. Los evangelistas han dejado constancia del carácter fuerte de los dos hermanos. Así se explica porque el Señor les llamó hijos del trueno. Fue llamado al apostolado cuando estaba en la barca con su padre y su hermano en la orilla del mar de Galilea remendando las redes. Santiago y Juan, cuando el Señor los llamó, al instante, dejaron la barca y a su padre, y le siguieron (Mt 4, 22). En el Evangelio está recogida la petición que hizo la madre de Santiago a Jesucristo: Manda que estos dos hijos míos se sienten, uno a tu derecha y otro a tu izquierda, en tu Reino (Mt 20, 20-21). Entonces el Señor preguntó a los dos hermanos: “¿Podéis beber el cáliz que yo voy a beber?” Ellos dijeron: “Podemos” (Mt 20, 22).

San Juan es el discípulo amado. Aquel discípulo a quien amaba Jesús (Jn 21, 20), son las palabras con las que el mismo Juan se designa en un intento frustrado de pasar inadvertido. En su humildad, Juan no se dio cuenta de que pasaría a la historia con el apodo más precioso que persona alguna ha tenido nunca. Natural de Betsaida, hijo de Zebedeo y hermano de Santiago el Mayor. Fue discípulo de san Juan Bautista. Además de apóstol fue evangelista y autor de tres Cartas y del Apocalipsis. En su Evangelio cuenta su encuentro con el Señor y la llamada que Éste le hizo para que le siguiera. Al final de su vida, siendo muy anciano, se acordaba perfectamente de la hora en la que el Señor se cruzó en su camino: Era como la hora décima (Jn 1, 39). En el Calvario estuvo al pie de la cruz, junto a la Virgen María. Y es el Gólgota donde recibe a María como Madre. Ahí tienes a tu Madre (Jn 19, 26), oye que le dice Cristo. Y él, desde aquella hora, la introduce en su casa, en su vida; la coloca en el centro de sus afectos más puros. Además fue el primero de los apóstoles en llegar al sepulcro vacío, cuya imagen le quedó muy viva e hizo avivar su fe en la resurrección del Señor. También es el primero en reconocer a Jesús resucitado, cuando se aparece a un grupo de discípulos a la orilla del mar de Tiberíades. Lleno de júbilo comunica a Pedro: ¡Es el Señor! (Jn 21, 7).

San Pedro es el Príncipe de los Apóstoles. Su primer encuentro con Jesucristo se produjo gracias a san Andrés. Éste, después de haber estado con el Señor, al ver a su hermano Simón, le dijo: “Hemos encontrado al Mesías” (que significa el Cristo). Y lo llevó a Jesús. Mirándolo Jesús le dijo: “Tú eres Simón, el hijo de Juan; tú te llamarás Cefas” (que significa Piedra) (Jn 1, 41-42). Cristo prometió a san Pedro el Primado sobre la Iglesia, inmediatamente después de la confesión en Cesárea de Filipo, con estas palabras: Y Yo te digo a ti que tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia, y las puertas del infierno no prevalecerán contra ella (Mt 16, 18). Después de su Resurrección, el Señor confirió a san Pedro el Primado jerárquico, constituyéndole Cabeza visible del nuevo Pueblo de Dios, la Iglesia. En los Evangelios y en los Hechos de los Apóstoles, aparece con bastante frecuencia san Pedro. Es autor de dos Cartas que están en el Nuevo Testamento. Durante la vida de Jesús sobresale Simón Pedro por su espontaneidad. Después de la Ascensión del Señor estuvo en Jerusalén, Antioquía (capital de la provincia romana de Siria) y luego a Roma sucesivamente. En la capital del Imperio romano murió mártir en la persecución contra los cristianos del emperador.

El Señor había prometido a los apóstoles que les enviaría el Espíritu Santo, y ellos se prepararon para recibir al Paráclito con oración. San Lucas destaca dos aspectos de la espera hasta Pentecostés: su perseverancia en la oración y la presencia de la Virgen María.

Ejerciendo su misión de Primado, san Pedro escribe a las comunidades cristianas de Asia Menor: Sino alegraos en la medida en que participáis en los sufrimientos de Cristo, para que también os alegréis alborozados en la revelación de su gloria. Dichosos de vosotros, si sois injuriados por el nombre de Cristo, pues el Espíritu de gloria, que es el Espíritu de Dios, reposa sobre vosotros. Que ninguno de vosotros tenga que sufrir ni por criminal ni por ladrón ni por malhechor ni por entrometido: pero si es por cristiano, que no se avergüence, que glorifique a Dios por llevar este nombre (1 P 4, 13-16). La respuesta que da el cristianismo al dolor está en el Evangelio. Allí se encuentra la respuesta a todo. Por ejemplo, para el dolor se ve una respuesta en el Cristo crucificado. Su sufrimiento es una luz para el misterio y también una promesa de que habrá una recompensa. Nosotros no podemos convertirnos en Dios y creer que Él tiene que pensar como nosotros; por eso es esencial tener fe y aceptar ese misterio.

En Antioquía los discípulos de Cristo recibieron por primera vez el nombre de cristianos. Ser cristiano no puede convertirse nunca en motivo de vergüenza o de cobardía, sino de agradecimiento a Dios y de santo orgullo. Los cristianos amilanados -cohibidos o envidiosos- en su conducta, ante el libertinaje de los que no han acogido la Palabra de Dios, demostrarían tener un concepto miserable de nuestra fe. Si cumplimos de verdad la Ley de Cristo- si nos esforzamos por cumplirla, porque no siempre lo conseguiremos-, nos descubriremos dotados de esa maravillosa gallardía de espíritu, que no necesita ir a buscar en otro sitio el sentido de la más plena dignidad humana (San Josemaría Escrivá, Amigos de Dios,n. 38).

En el Catecismo de la Doctrina Cristiana, escrito por Gaspar Astete comenzaba con estas preguntas y respuestas: ¿Sois cristiano? Sí, por la gracia de Dios; Ese nombre de cristiano, ¿de quién lo hubisteis? De Cristo nuestro Señor; ¿Qué quiere decir cristiano? Hombre de Cristo; ¿Qué entendéis por hombre de Cristo? Hombre que tiene la fe de Jesucristo, que profesó en el bautismo y está ofrecido a su santo servicio.

Los cristianos somos hombres de Dios, y discípulos del Señor. En su oración, Jesucristo le habla al Padre de sus Apóstoles: He manifestado tu Nombre a los hombres que tú me has dado tomándolos del mundo. Tuyos eran y tú me los has dado; y han guardado tu Palabra (Jn 17, 6), y ruega por ellos. No ruego por el mundo, sino por los que tú me has dado, porque son tuyos; y todo lo mío es tuyo y todo lo tuyo es mío; y yo he sido glorificado en ellos. Yo ya no estoy en el mundo, pero ellos sí están en el mundo, y yo voy a ti. Padre Santo, guarda en tu nombre a los que me has dado, para que sean uno como nosotros (Jn 17, 9-11). Al pedir que los guarde en su nombre está rogando para que perseveren en la doctrina recibida y en comunión íntima con Él. Consecuencia inmediata de esta comunión es la unidad, y esa unidad que pide para los discípulos es reflejo de la que existe entre las tres Personas divinas.

Los cristianos, como los Apóstoles, estamos en el mundo, pero no somos del mundo, es decir, mundanos. Por eso Cristo pide al Padre: No pido que los saques del mundo, sino que los guardes del Maligno (Jn 17, 15). Existe el riesgo de apoltronarse, de la comodidad, de la mundanidad en la vida y en el corazón, de concentrarnos en nuestro bienestar. Debemos evitar que lo mundano se convierta en el centro de la vida. Estemos en guardia contra la tentación seguir la moda -lo que es políticamente correcto- aunque sea contraria a la moral cristiana. Esta tentación de vivir mundanamente es muy peligrosa, de vivir con el espíritu del mundo que Jesús no quería. Pensad en la oración sacerdotal de Jesús cuando ora al Padre: “No ruego que los retires del mundo, sino que los guardes del mal”. La mundanidad va contra el testimonio, mientras que el espíritu de oración es un testimonio que se ve: se ve quién es el hombre y la mujer que rezan, así como quien reza formalmente pero no con el corazón. Son testimonios que la gente ve (Papa Francisco).

Para no ser mundanos, perseveremos en la oración, como los primeros discípulos del Señor, en compañía de María, la madre de Jesús. Ella, que también es Madre nuestra, nos ayudará a vivir en el mundo con espíritu cristiano sin dejarnos arrastrar por modas e ideologías opuestas al Evangelio.

Los números en la Biblia

Los números en la Biblia

Según los estudiosos el número 1 simboliza a Dios, que es único. Así cuando Jesús le contesta al joven rico: ¿Por qué me preguntas por lo bueno?; 1 solo es el Bueno. O cuando dice: el Padre y yo somos 1, el 1 simboliza el ámbito divino. El 2 representa al hombre, pues en él siempre hay dualidad, división interior por culpa del pecado. El 3 expresa totalidad, quizás porque 3 son las dimensiones del tiempo: pasado, presente y futuro. Las 3 veces que Pedro negó a Jesús simbolizan todas las veces que Pedro le fue infiel. El 4 simboliza al cosmos, al mundo, ya que 4 son los puntos cardinales. Así cuando se dice que en el Paraíso había 4 ríos significa que todo el cosmos era un Paraíso antes del pecado de Adán y Eva.

El 5 significa unos cuantos, algunos. Así se dice que Jesús tomó 5 panes en la multiplicación de los panes. Que la Samaritana tenía 5 maridos… Jesús emplea el 5 en sus parábolas: las 5 vírgenes prudentes y las 5 necias, los 5 talentos, las 5 yuntas de bueyes… El número 7 representa la perfección. El Apocalipsis es el que más lo emplea: las 7 Iglesias de Asia, los 7 espíritus del trono de Dios, las 7 trompetas, los 7 candeleros, los 7 cuernos y 7 ojos del Cordero. Se equivocan quienes toman este número como una cantidad real.

El arrepentimiento de David

El arrepentimiento de David

David en una ocasión sucumbió ante la tentación y cometió dos pecados gravísimos: adulterio y asesinato. Sin embargo, ante el arrepentimiento del rey David prevalece la misericordia de Dios, que perdona a David.

David lloró de verdad su pecado. Su arrepentimiento es ejemplar, humillándose ante el Señor y pidiéndole perdón. A pesar de sus debilidades y pecados, confió en la misericordia de Dios. Se puede decir que David es modelo de penitencia porque reconoció su pecado y así obtuvo el perdón divino. Su arrepentimiento quedó plasmado en el salmo miserere, donde con una gran belleza y profunda piedad se recoge la súplica de David pecador ante el Señor. Tan sincero fue el arrepentimiento David que durante el resto de su vida se distinguió por su penitencia y piedad.

El rey David tras haber cometido crímenes contra su prójimo, los confiesa como pecados ante Dios con arrepentimiento sincero. Desde el fondo de su corazón desea cambiar radicalmente de vida, e implora a Dios que no le niegue su amistad. Promete mostrar su agradecimiento sirviendo al Señor continuamente y enseñando a otros los caminos divinos, para que ellos también cumplan en todo la voluntad de Dios.

Ten piedad de mí, oh Dios, // según tu misericordia: // Y según la muchedumbre de tus piedades, // borra mi iniquidad. // Lávame todavía más de mi iniquidad // y límpiame de mi pecado. // Porque yo reconozco mi maldad, // y delante de mí tengo siempre mi pecado. // Contra Ti solo he pecado; // y he cometido la maldad delante de tus ojos // a fin de que perdonándome, aparezca justo en cuanto hables, // y quedes victorioso en los juicios que de Ti se forme. // Mira, pues, que fui concebido en iniquidad, // y que mi madre me concibió en pecado. // Y mira que Tú amas la verdad: // Tú me revelaste los secretos y recónditos misterios de tu sabiduría. // Me rociarás, Señor, con el hisopo, y seré purificado: // me lavarás, y quedaré más blanco que la nieve. // Infundirás en mi oído palabras de gozo, y de alegría; // con lo que se recrearán mis huesos quebrantados. // Aparta tu rostro de mis pecados, // y borra todas mis iniquidades. // Crea en mí, oh Dios, un corazón puro, // y renueva en mis entrañas el espíritu de rectitud. // No me arrojes de tu presencia, // y no retires de mí tu santo Espíritu. // Restitúyeme la alegría de tu Salvador; // y fortaléceme con un espíritu generoso. // Yo enseñaré tus caminos a los malos, // y se convertirán a Ti los impíos. // Líbrame de la sangre, oh Dios, Dios salvador mío, // y ensalzará mi lengua tu justicia. // Oh Señor, Tú abrirás mis labios; // y publicará mi boca tus alabanzas. // Que si Tú quisieras sacrificios, ciertamente te los ofreciera; // mas Tú no te complaces sólo con holocaustos. // El espíritu compungido es el sacrificio más grato para Dios: // no despreciarás, oh Dios mío, el corazón contrito y humillado (Sal 50, 3-19).

Helí y sus hijos

Helí y sus hijos

Helí era juez y sumo sacerdote de Israel. Un hombre justo y temeroso de Dios; y tenía dos hijos, Ofní y Finés, que eran sacerdotes del Señor en el santuario de Siló. Los hijos de Helí eran hombres depravados que no reconocían al Señor ni las obligaciones del sacerdote ante el pueblo (1 S 2, 12). La conducta llena de codicia y totalmente relajada de Ofní y Finés escandalizaba al pueblo y lo alejaba del Tabernáculo. Además cometían muchos otros crímenes acostándose con las mujeres que servían a la entrada del Tabernáculo de la Reunión. Todo el pueblo, escandalizado, le hablaba de estas fechorías a Helí, un hombre anciano y vencido, y -aunque era temeroso de Dios- fue negligente para corregir a sus hijos, y se encontró sin fuerzas para controlarlos. Al enterarse del comportamiento de Ofní y Finés, les dijo: ¿Por qué os comportáis así? Yo mismo he oído contar al pueblo esas maldades. No, hijos míos, no son buenos los rumores que oigo por todo el pueblo del Señor. Si un hombre peca contra otro, Dios podrá ser árbitro; pero si peca contra el Señor, ¿quién intercederá por él? (1 S 2, 23-25). Pero los hijos no le hicieron caso. La negligencia de Helí en corregirlos desagradó al Señor.

El Señor advirtió a Helí por medio de Samuel que su familia estaba ya reprobada y que en breve sus hijos recibirían el castigo que sus culpas merecían. El Señor dijo a Samuel: Voy a hacer en Israel algo que a quienes lo oigan les zumbarán los oídos. Aquel día cumpliré en Helí todo lo que había prometido contra su casa, desde el principio hasta el fin. Le hago saber que voy a condenar a su casa para siempre porque él sabía que sus hijos maldecían a Dios y no les reprendió. Por eso, juro a la casa de Helí que no se expiará jamás su culpa ni con sacrificio ni con ofrendas (1 S 3, 11-14). Después de oír estas palabras del Señor, Samuel le contó todo a Helí sin ocultarle nada. Entonces Helí dijo: Es el Señor. Que haga lo que considere mejor (1 S 3, 18).

Muy pronto se cumplió la amenaza divina. Habiendo atacado los filisteos a los israelitas, estos fueron derrotados. Entonces los ancianos de Israel dijeron: ¿Por qué nos ha afligido hoy el Señor con la derrota ante los filisteos? Traigamos de Siló el Arca de la Alianza del Señor y llevémosla con nosotros para que nos salve de nuestros enemigos (1 s 4, 3). Ofní y Finés llevaron el Arca de la Alianza al campamento israelita. En una nueva batalla, los filisteos derrotaron otra vez a los israelitas, y el Arca de la Alianza cayó en su poder. En la batalla murieron los hijos de Helí, Ofní y Finés.

Un mensajero fue a llevar la noticia de la derrota a Helí. “Los israelitas han huido ante los filisteos; ha sido una gran derrota para el pueblo. Además, han muerto tus hijos, Ofní y Finés, y el Arca de Dios ha sido capturada”. Al mencionar el Arca de Dios, Helí cayó de su estrado hacia atrás, hacia la puerta, se desnucó y murió porque era muy viejo y estaba débil. Había sido juez de Israel durante cuarenta años (1 S 4, 17-18).

La promesa de Jefté

La promesa de Jefté

Una vez más, los israelitas volvieron a hacer el mal a los ojos del Señor y cayeron en la idolatría, pues dieron culto a dioses falsos, abandonando el culto al Dios verdadero. Entonces se encendió la ira del Señor contra Israel, y los entregó en manos de los filisteos y de los amonitas (Jc 10, 7). Esta situación de opresión duraba ya dieciocho años, cuando los israelitas clamaron al Señor diciendo: Hemos pecado contra ti porque hemos abandonado a nuestro Dios para dar culto a los baales (Jc 10, 10). Y arrepentidos, retiraron los dioses extraños que había entre ellos y dieron culto al Señor, que se aplacó ante la desdicha de Israel.

Mientras tanto, los amonitas se prepararon para hacer la guerra a Israel. Es entonces cuando los ancianos de Galaad fueron a llamar a Jefté para decirle: Ven y serás nuestro jefe. Lucharemos contra los amonitas (Jc 11, 6). Aceptó Jefté, y se puso al frente del ejército de Israel.

Al salir hacia el campo de batalla, Jefté hizo un voto al Señor diciendo: Si pones en mis manos a los amonitas, quien salga al encuentro por las puertas de mi casa cuando regrese en paz después de luchar con los amonitas será para el Señor, lo ofreceré en holocausto (Jc 11, 30-31).

Jefté consiguió vencer a los amonitas, y la noticia de la victoria se difundió rápidamente por las distintas poblaciones. Cuando Jefté volvía a su casa en Mispá, su hija salió con tamboriles y danzas. Era hija única, ya que no tenía otros hijos ni hijas. Al verla, rasgó sus vestiduras y dijo: “¡Ay, hija mía! Me has dejado completamente abatido. Tú has venido a ser la causa de mi aflicción. Yo he hecho una promesa al Señor, y no puedo echarme atrás” (Jc 11, 34-35). Al saber la joven el voto que había hecho su padre, le exhortó a que lo cumpliese con estas palabras: Padre mío, ya que abriste tu boca ante el Señor, haz conmigo lo que prometiste puesto que el Señor te ha concedido desquitarte de tus enemigos, los amonitas (Jc 11, 36). Y añadió: Hazme este favor: déjame dos meses para que vaya a vagar por los montes y llore mi virginidad junto con mis compañeras (Jc 11, 37). Jefté se lo concedió. Al cabo de dos meses la joven volvió junto a su padre que cumplió con ella el voto que había hecho.

Jeftté imprudentemente hizo un voto temerario, y de forma precipitada. Es verdad que el voto obliga a cumplirlo, pero siempre que se trate de una promesa deliberada y libre hecha a Dios acerca de un bien posible y mejor. En el caso de Jefté la promesa consistía en algo malo, como era sacrificar a un ser humano inocente. De ahí que su acción es reprobable.

Moisés es salvado de las aguas

Moisés es salvado de las aguas

Los hijos de Israel fueron muy prolíficos y crecieron, se multiplicaron y se hicieron muy fuertes, hasta ir llenado el país entero (Ex 1, 7). Este aumento alarmó a los egipcios de tal manera que un faraón que no había conocido a José comenzó a dictar disposiciones contra los hebreos. Al principio sólo procuró debilitarlos imponiéndoles los más duros trabajos; pero como este medio no le daba el resultado apetecido hizo llamar a las comadronas hebreas y les dio estas órdenes: “Cuando asistáis a las hebreas y llegue el momento del parto, si es niño, hacedlo morir; si es niña, dejadla con vida” (Ex 1, 16). Pero las comadronas temían a Dios y no hicieron lo que el faraón les había ordenado. Entonces el rey de Egipto dio a todo su pueblo esta orden: “A todo niño que les nazca a los hebreos lo arrojaréis al Nilo; en cambio, a las niñas las dejaréis con vida” (Ex 1, 22).

Por aquel tiempo un hombre llamado Amram, de la tribu de Leví, tomó por esposa a Jocabel, también de la misma tribu. Ella concibió y dio a luz un niño y, viendo que era hermoso, lo tuvo escondido durante tres meses. Al no poderlo ocultar por más tiempo, tomó una cesta de papiro, la calafateó con betún y pez, colocó en ella al niño y la puso entre los juncos, a la orilla del Nilo. La hermana del niño se situó a lo lejos, para ver que ocurría. La hija del faraón bajó a bañarse mientras sus doncellas paseaban por la orilla del río. Cuando descubrió la cesta en medio de los juncos, envió a su sierva para que lo recogiera. Al abrirla vio al niño que lloraba, se compadeció de él y dijo: “Es un niño de los hebreos”. Entonces la hermana del niño dijo a la hija del faraón: “¿Quieres que vaya a buscarte una nodriza que te amamante al niño?” “Ve”, le contestó la hija del faraón. Fue, pues, la joven y llamó a la madre del niño. Y la hija del faraón le dijo: “Llévate este niño y amamántamelo, que yo te daré tu salario”. Tomó la mujer al niño y lo amamantó. Cuando el niño creció, su madre lo llevó a la hija del faraón, que lo trató como a un hijo y le impuso el nombre de Moisés, diciendo: “De las aguas lo he sacado” (Ex 2, 2-10). Moisés fue educado en la corte del faraón, aunque no se olvidó de que era hebreo ni de sus hermanos de raza.

Acusación calumniosa contra José

Acusación calumniosa contra José

Los mercaderes que compraron a José a los hermanos de éste, cuando llegaron a Egipto, vendieron de nuevo a José. Esta vez a Putifar, cortesano del faraón y jefe de la guardia. Al poco tiempo, José obtuvo el favor y la confianza de su amo, pues todo cuanto emprendía prosperaba. Putifar nombró a José administrador de su casa confiándole todo lo que tenía.

Como José era un joven bien parecido y de bella presencia, la mujer de Putifar puso los ojos en él. Un día la mujer dijo a José: “Acuéstate conmigo”. Pero él rehusó, y dijo a la mujer: “Mira, mi amo no se preocupa de lo que hay en la casa y todo lo suyo lo ha puesto en mi mano. Él no ejerce más autoridad en esta casa que yo, y no se ha reservado nada sino a ti, porque eres su mujer. ¿Cómo voy a cometer yo semejante injusticia y a pecar contra Dios?” Y, aunque ella insistía un día y otro, José no accedió a acostarse ni a estar con ella. Pero cierto día entró él en la casa para hacer su trabajo, y no había ningún criado allí en la casa. Ella lo agarró de la ropa y le dijo: “Acuéstate conmigo”. Pero él dejando el vestido, huyó y salió afuera (Gn 39, 7-12). Entonces la mujer llamó a los criados para decirles que José, el hebreo, había querido acostarse con ella, y como prueba patente era la ropa que tenía en sus manos. Cuando Putifar llegó a la casa, su mujer le dijo: “El siervo hebreo que nos trajiste ha entrado donde yo estaba para abusar de mí, y cuando levanté la voz y grité, abandonó su ropa junto a mí, huyó fuera” (Gn 39, 17-18). Putifar creyó en las palabras calumniosas de su mujer, y apresó a José y lo metió en la cárcel.

José es ejemplo de hombre que vive la castidad. San Cesáreo de Arlés comenta este pasaje bíblico, diciendo: José huye para poder escapar de aquella mujer indecente. Aprende, por tanto, a huir si quieres obtener la victoria contra el ataque de la lujuria. No te avergüences de huir si deseas alcanzar la palma de la castidad. Entre todos los combates del cristiano, los más difíciles son los de la castidad, en la que la lucha es diaria y la victoria difícil. En esto no pueden faltar al cristiano actos diarios de martirio. Pues si Cristo es la castidad, la verdad y la justicia, quien obstaculiza estas virtudes es un perseguidor de Cristo; quien las intenta defender en otros o guardarlas en sí mismo, será un mártir (Sermones 41, 1-3). También San Josemaría Escrivá aconseja la huída ante el peligro de caer en la impureza: No tengas la cobardía de ser “valiente”: ¡huye! (Camino, n. 132).

El castigo de Sodoma

El castigo de Sodoma

Sodoma era una ciudad rica y populosa, pero que había excitado el enojo de Dios porque sus habitantes eran perversos y pecadores empedernidos contra el Señor (Gn 13, 13). Y como la perversión reinante era muy grande, Dios decidió exterminar Sodoma. Pero antes quiso comunicárselo a Abrahán. La reacción de éste fue la de interceder ante Dios para que no llevara a cabo la destrucción de Sodoma. Abrahán se acercó a Dios y le dijo: “¿Vas a destruir al justo con el malvado? Quizá haya cincuenta justos dentro de la ciudad; ¿la vas a destruir?, ¿no la perdonarás en atención a los cincuenta justos que haya dentro de ella? Lejos de ti hacer tal cosa; matar al justo con el malvado, y equiparar al justo y al malvado; lejos de ti. ¿Es que el juez de toda la tierra no va a hacer justicia?”

El Señor respondió: “Si encuentro en Sodoma cincuenta justos dentro de la ciudad, la perdonaré en atención a ellos”.

Abrahán contestó diciendo: “Soy en verdad un atrevido al hablar a mi Señor, yo que soy polvo y ceniza; quizá falten cinco para los cincuenta justos. ¿Acaso destruirás por cinco la ciudad?”

Dios respondió: “No la destruiré si encuentro allí cuarenta y cinco”.

Todavía volvió a hablarle Abrahán diciendo: “Quizá se encuentren allí cuarenta”.

Dijo Dios: “No lo haré en atención a los cuarenta”.

Continuó Abrahán: “No se enfade mi Señor si sigo hablando; quizá se encuentren allí treinta”.

Dijo Dios: “No lo haré si encuentro allí treinta”.

Insistió Abrahán: “Soy en verdad un atrevido al hablar a mi Señor; quizá se encuentren sólo veinte”.

Contestó Dios: “No la destruiré en atención a los veinte”.

Abrahán siguió: No se enfade mi Señor si hablo una vez más; quizá se encuentren allí diez”.

Dios contestó: “No la destruiré en atención a los diez”.

Desgraciadamente, no había en Sodoma ni siquiera diez justos. Todos los sodomitas tenían relaciones homosexuales. Únicamente Lot había conservado el temor de Dios en medio de ese corrompido pueblo, y sólo él y su familia se libraron del castigo. Tan pronto Lot, su mujer y sus dos hijas hubieron salido de la ciudad, hizo Dios caer sobre Sodoma una lluvia de fuego y azufre, que la consumió con todos sus habitantes. Gomorra y otras ciudades inmediatas, que también se habían degradado moralmente como los sodomitas, tuvieron el mismo fin que Sodoma.

A raíz de este pasaje bíblico, las relaciones homosexuales reciben también el nombre de sodomía. En el relato bíblico de la destrucción de Sodoma se pone de relieve la gravedad de tal pecado; y en otros lugares de la Sagrada Escritura, los pecados de sodomía son presentados como depravaciones graves.