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Melquisedec

Melquisedec

Abrahán y su sobrino Lot se tuvieron que separar porque la región donde se habían instalado no les permitía habitar juntos, porque tenían mucha hacienda y no había lugar para ambos. Por eso surgieron disputas entre los pastores del ganado de Abrán y los pastores del ganado de Lot (Gn 13, 6-7). Abrahán bajó al valle de Mambré, hasta las puertas de la ciudad de Hebrón, y Lot fue a instalarse en las ciudades de la vega del Jordán, ocupando las tierras hasta Sodoma.

Vivía Lot tranquilo y feliz cuando unos reyes de pueblos vecinos invadieron de pronto el territorio donde Lot se había asentado, saqueando todo lo que encontraban a su paso, e hicieron prisionero al sobrino de Abrahán. Cuando éste se enteró de lo sucedido, reunió a su gente, a los nacidos en su casa, en total, trescientos dieciocho, y salió en persecución (de aquellos reyes) hasta Dan. Cayó con su gente sobre ellos por la noche y los derrotó. Luego los persiguió hasta Jobá, que está al norte de Damasco, y recuperó todas las riquezas; también rescató a su sobrino Lot con sus riquezas, a las mujeres y a la gente (Gn 14, 14-16).

Cuando Abrahán volvió victorioso, le salió al encuentro Melquisedec, rey de Salem y sacerdote del Dios Altísimo, que ofreció un sacrificio de pan y vino en acción de gracias, y bendijo a Abrahán: Bendito sea Abrán por parte del Dios Altísimo, creador de cielo y tierra; y bendito sea el Dios Altísimo que puso a tus enemigos en tus manos (Gn 14, 19-20). Abrahán le dio el diezmo del botín que había tomado de sus enemigos. El sacrificio ofrecido por Melquisedec es figura de la Eucaristía.

A Melquisedec se le atribuye un carácter sacerdotal anterior y más excelso que el de la familia de Aarón. Esta superioridad respecto al sacerdocio levítico está atestiguada en la Epístola a los hebreos. En el Nuevo Testamento, la misteriosa figura sacerdotal de Melquisedec es presentada como tipo del sacerdocio de Cristo, ya que éste, sin pertenecer a la familia de Aarón, es realmente sacerdote eterno: En efecto, Melquisedec, rey de Salem, sacerdote del Dios Altísimo, salió al encuentro de Abrahán que volvía de la victoria sobre los reyes y le bendijo; y Abrahán le dio el diezmo de todo. Su nombre significa, en primer lugar, rey de justicia y además, rey de Salem, es decir, rey de paz: Al no tener ni padre, ni madre, ni genealogía, ni comienzo de días ni fin de vida, es asemejado al Hijo de Dios y permanece sacerdote para siempre (Hb 7, 1-3).

Samuel

Samuel

La vida de Samuel, narrada en la Sagrada Escritura comienza con la petición de Ana al Señor para que conceda un hijo. Dios escuchó la oración de Ana, que concibió un hijo al que puso de nombre Samuel. El nacimiento de Samuel había sido para sus padres una gracia especial del cielo y recompensa de su piedad.

Siendo aún niño, Samuel fue llevado por sus padres a Siló, donde se hallaba el Tabernáculo, y lo entregaron al sumo sacerdote Helí, para que fuese consagrado al servicio de Dios durante su vida.

Una noche, estando acostado Samuel en el Santuario del Señor donde estaba el Arca de Dios, el Señor le llamó: “¡Samuel, Samuel!” Él respondió: “Aquí estoy” Y corrió hasta Helí y le dijo: “Aquí estoy porque me has llamado”. Pero Helí le respondió: “No te he llamado. Vuélvete a acostarte”. Y fue a acostarse. El Señor le llamó de nuevo: “¡Samuel!” Se levantó, fue hasta Helí y le dijo: “Aquí estoy porque me has llamado”. Pero Helí contestó: “No te he llamado, hijo mío. Vuélvete a acostarte”. Samuel todavía no reconocía al Señor, pues aún no se le había revelado la palabra del Señor. Volvió a llamar el Señor por tercera vez a Samuel. Él se levantó, fue hasta Helí y le dijo: “Aquí estoy porque me has llamado”. Comprendió entonces Helí que era el Señor quien llamaba al joven, y le dijo: “Vuelve a acostarte y si te llaman dirás: ‘Habla, Señor, que tu siervo escucha’” Samuel se fue y se acostó en su aposento. Vino el Señor, se presentó y le llamó como otras veces: “¡Samuel, Samuel!” Respondió Samuel: “Habla, que tu siervo escucha” (1 S 3, 4-10).

“Habla, Señor, que tu siervo escucha”. Esta oración fue el inicio de la misión de Samuel como profeta llamado por Dios, y la pauta de su comportamiento, pues siempre su actividad estuvo regida por el trato asiduo y directo con el Señor y la intercesión por los suyos. Con Samuel se inicia una nueva etapa del pueblo israelita en la que Dios dará a conocer su palabra a través de los profetas que, como hombres de Dios, interpelarán al pueblo, a los sacerdotes y hasta al mismo rey.

Cuando murió Helí, los israelitas, sabiendo que Dios estaba con Samuel, eligieron a éste como juez. Samuel tuvo la dicha de recobrar el Arca de la Alianza, que se habían llevado los filisteos, quienes no tuvieron ningún reparo en devolverla a los israelitas, pues durante todo el tiempo que la tuvieron en su poder no cesaba de atraerles todo género de desgracias. Además, hay que destacar la victoria sobre los filisteos. Estos quedaron humillados y no volvieron a acercarse a las fronteras de Israel, pues la mano del Señor siguió pesando sobre los filisteos durante toda la vida de Samuel (1 S 7, 13). También bajo el gobierno de Samuel se rehizo Israel de los desastres que había sufrido y disfrutó de larga paz.

Cuando Samuel se fue haciendo viejo, designó a sus hijos como jueces sobre Israel; el nombre del mayor era Joel, y el del segundo, Abías. Eran jueces en Berseba. Pero sus hijos no se comportaron como él, sino que se inclinaron al propio provecho, aceptando el soborno y pervirtiendo la justicia (1 S 8, 1-3). Al ver el comportamiento de los hijos de Samuel, el pueblo pidió a Samuel un rey. Entonces todos los ancianos de Israel se reunieron y se acercaron a Samuel en Ramá, diciéndole: “Tú te vas haciendo viejo y tus hijos no se comportan como tú. Nómbranos un rey que nos gobierne como hacen las demás naciones” (1 S 8, 4-5).

A Samuel le disgustó que le dijeran: Nómbranos un rey que nos gobierne, e invocó al Señor. El Señor le dijo: Escucha la voz del pueblo en todo lo que te propone. No es a ti a quien rechazan, sino a mí; no quieren que sea su rey. Han obrado así desde que salieron de Egipto hasta el día de hoy: me han abandonado y han servido a dioses extranjeros, y así se portan ahora contigo. Sin embargo, escucha su voz, pero adviérteles bien y explícales los derechos del rey que reine sobre ellos (1 S 8, 7-9). Después de haber escuchado estas palabras de Dios, Samuel ungió a Saúl como rey. Era aproximadamente el año 1040 antes de Cristo. Saúl fue el primer rey de Israel.

Caín y Abel

Caín y Abel

Después de la expulsión de nuestros primeros padres de Paraíso nacieron los primeros hijos de Adán y Eva, Caín y Abel. Adán conoció a Eva, su mujer, que concibió y dio a luz a Caín. Y dijo: “He adquirido un varón gracias al Señor”. Después dio a luz a su hermano Abel. Abel fue pastor de ganado menor, y Caín, labrador (Gn 4, 1-2).

La Biblia enseña en el capítulo cuarto del Génesis cómo se transmitió la vida humana a partir de los primeros padres, y cómo, al mismo tiempo, la vida del hombre sobre la tierra sigue marcada por el mal y el pecado. El hombre se convirtió en el enemigo de sus semejantes (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 2.259). Esto se ve claramente en el relato de muerte de Abel a manos de su hermano Caín. El episodio del fratricidio, recogido por antiguas tradiciones, muestra cómo ya desde el comienzo de la humanidad el mal fue avanzando con la violencia y la injusticia.

Los dos hermanos ofrecían sacrificios a Dios. El Señor veía con agrado el sacrificio de Abel, porque éste le ofrecía lo mejor de su ganado. Sin embargo, Dios apartaba su mirada de las ofrendas de Caín, ya que su corazón era malo, y no ofrecía lo mejores frutos de la tierra. Por esto Caín se irritó en gran manera y andaba cabizbajo. Entonces dijo el Señor a Caín: “Por qué estás irritado? ¿Por qué andas cabizbajo? ¿No llevarías el rostro alto si obraras bien? Pero si no obras bien, el pecado acecha a la puerta; no obstante, tú podrás dominarlo (Gn 4, 5-7).

A tal extremo llegó la irritación de Caín por esa postergación que, llevando a su hermano a un sitio extraño, se alzó contra Abel, y lo mató. Cometido el fratricidio, quiso huir y ahogar los remordimientos de su conciencia.

Caín es el prototipo del hombre perverso y homicida; Abel, el del hombre justo que sufre sin culpa la muerte violenta. De ahí que a Abel se le haya considerado como figura de Jesucristo, cuya sangre derramada en la cruz interpela a los hombres con más fuerza aún que la de Abel: Vosotros en cambio os habéis acercado a Jesús, mediador de la Nueva Alianza, y a la sangre derramada, que habla mejor que la de Abel (Hb 12, 24). Caín, en cambio, es tipo de todo hombre que odia a su prójimo, pues el odio supone el deseo de que el otro no exista.

Caín fue castigado por su crimen. El Señor dijo a Caín: “¿Dónde está tu hermano Abel?” Él respondió: “No lo sé. ¿Acaso soy el guardián de mi hermano?” El Señor le dijo: “¿Qué has hecho? La voz de la sangre de tu hermano clama hacia mí desde la tierra. Ahora, maldito seas, márchate de esta tierra que ha abierto su boca para recibir la sangre que has derramado de tu hermano. Aunque la trabajes, no volverá a darte su fruto; vivirás errante y vagabundo por la tierra (Gn 4, 9- 12).

La reina Ester salva a su pueblo

La reina Ester salva a su pueblo

Ester era una joven judía, muy hermosa y de bellísimas prendas personales, huérfana de padre y madre, que había sido criada por su tío Mardoqueo. Permitió Dios que cuando Asuero, rey de Persia, repudió a su esposa, la reina Vasti, pusiera los ojos en Ester, cuyo origen ignoraba. Y así la muchacha judía pasó a ocupar el lugar de la repudiada Vasti. El hecho de que Ester se convirtiera en reina, fue la salvación de los judíos.

Se produjo un enfrentamiento entre Mardoqueo y el primer ministro del rey Asuero, Amán. Éste, gozando del favor del rey, se irritó de sobremanera al saber que Mardoqueo no le reverenciaba doblando la rodilla cuando él aparecía en público, y resolvió perderle con todos los de su nación. Para ello, hizo creer al rey Asuero que los judíos habitantes aún en Persia eran sus mayores enemigos; y valiéndose de su influencia ante el rey, consiguió que se promulgara un edicto para que los judíos fueran exterminados en todas las provincias del imperio en un mismo día.

Los judíos, al tener noticia del decreto, quedaron consternados y se pusieron a orar a Dios. Y Mardoqueo pidió a la reina Ester que intercediera al rey por su pueblo, y tanto el uno como la otra se dirigieron al Señor en oración.

Ester decidió presentarse ante el rey Asuero, a pesar de que la ley prohibía, bajo pena de muerte, presentarse al rey sin haber sido llamado. Presa de angustia por el inminente peligro de muerte, oró al Señor. Después de fortalecer su espíritu con la oración y la penitencia, acompañada de dos doncellas, se fue a la estancia donde el rey Asuero recibía los homenajes de la corte. Apareció en la sala real Ester reluciente en la plenitud de su belleza, con el rostro alegre como el de una enamorada, aunque su corazón estaba abrumado por el miedo. Franqueadas todas las puertas, se encontró en presencia del rey. Éste se hallaba sentado en el trono real, vestido con lo adecuado para las ceremonias públicas, fastuoso, con oro y piedras preciosas; ciertamente presentaba un aspecto terrorífico, y en su mano sostenía el cetro de oro (Est 5, 20). Un rayo de cólera brilló en los ojos del rey al ver presentarse ante él a Ester, y, como ésta se dio cuenta, sintió que se desvanecía, se demudó su rostro y apoyó la cabeza sobre una de las doncellas que le acompañaban. Pero el Dios de los judíos y Señor de todas las criaturas mudó en dulzura el ánimo del rey, que preocupado descendió del trono, la tomó entre sus brazos, y mientras se reponía la animaba con palabras afectuosas: “Ester, ¿qué te sucede, hermana mía y consorte del reino? Yo soy tu hermano, no tengas miedo. No morirás, porque esta ley no va contigo sino que es sólo para la gente vulgar. Acércate” (Est 5, 2). Y Asuero le preguntó qué deseaba, dispuesto a complacerla en todo. Entonces Ester, después de sufrir un segundo desmayo, volvió en sí y suplicó al rey que asistiese al día siguiente, en compañía de Amán, a un banquete que les iba a preparar, y durante el cual le manifestaría su deseo. Asuero accedió a su ruego.

Según lo previsto, el rey asistió acompañado de Amán al banquete que ofreció la reina Ester. Durante el convite el rey instó a Ester para que le manifestase su deseo. Entonces la reina dijo: “Si he encontrado gracia a tus ojos, oh rey, y si le parece bien al rey, concédeme mi vida, porque es lo que te estoy pidiendo, la de mi pueblo, porque eso es lo que busco. Pues mi pueblo y yo hemos sido vendidos al exterminio, a la muerte y a la eliminación. Ojalá hubiéramos sido vendidos como siervos y esclavas; en ese caso me callaría, pues esa angustia no me parecería suficiente como para molestar al rey”. El rey Asuero dijo a la reina Ester: “¿Quién es y dónde está aquel al que su corazón ha movido a actuar así?” Ester replicó: “El adversario y enemigo es este perverso Amán”. Amán se quedó aterrado delante del rey y de la reina (Est 7, 3-6).

Indignado, Asuero hizo prender al perverso Amán y sabiendo que éste había hecho preparar una horca para ahorcar a Mardoqueo, mandó que el mismo Amán fuera colgado de esa horca. No se contentó Asuero con revocar el decreto de proscripción dado contra los judíos, sino que, enterado de que Mardoqueo era tío de Ester, lo llamó a palacio, le asignó todos los bienes de Amán y le nombró primer ministro. Desde entonces vivieron pacíficamente los judíos bajo la dominación de los persas.

Batallas y victorias de Judas Macabeo

Batallas y victorias de Judas Macabeo

En los dos libros de los Macabeos se narran las batallas y victorias que obtuvo Judas Macabeo. Éste, que recibió y transmitió a su familia el glorioso nombre de Macabeo, sucedió a su padre, Matatías, y fue uno de los más grandes héroes de que pudo gloriarse el pueblo de Israel.

Judas Macabeo tuvo un sueño, en la cual se veía victorioso de muchas batallas. Ésta fue su visión: Onías, el que fuera sumo sacerdote, hombre bueno y honrado, modesto en su comportamiento, de carácter afable, que empleaba correctamente las palabras y desde niño se había ejercitado en todo lo pertinente a la virtud, extendiendo las manos oraba por todo el pueblo judío. Después apareció igualmente otro hombre que se distinguía por sus canas y su dignidad; y la majestad que le rodeaba era admirable y grandiosa. Onías tomó la palabra y dijo: “Éste es el que ama a sus hermanos, el que ora tanto por el pueblo y la ciudad santa, Jeremías, el profeta de Dios”. Entonces Jeremías extendió su mano derecha y entregó una espada a Judas diciendo al dársela: “Toma esta espada santa, don de Dios, con la que destruirás a los enemigos (2 M 15, 12-16).

Efectivamente, con muchos menos medios consiguió Judas Macabeo derrotar a cinco grandes ejércitos sirios, rescató la ciudad de Jerusalén y restableció el culto del verdadero Dios.

En una batalla contra Gorgias y los idumeos, viendo Judas Macabeo que los hombres de su ejército se encontraban exhaustos, pues estaban luchando desde hacía mucho tiempo, invocó al Señor para que se mostrara como aliado y guía en la batalla, y después lanzó el grito de guerra, consiguiendo la victoria. En esta batalla quedaron muertos en el campo bastantes judíos, y, cuando al día siguiente los compañeros de Judas fueron a trasladar los cuerpos de los que habían caído para darles sepultura, vieron debajo de las túnicas de cada uno de los muertos objetos consagrados a los ídolos que la Ley prohíbe a los judíos. Se hizo evidente a todos que aquellos había caído por esta causa. Entonces, todos, después de alabar los designios del Señor juez justo que hace manifiestas las cosas ocultas, recurrieron a la oración pidiendo que el pecado cometido fuese completamente perdonado. El valeroso Judas exhortó a la multitud a mantenerse sin pecado, tras haber contemplado con sus ojos lo sucedido por el pecado de los que habían caído. Y haciendo una colecta entre sus hombres de hasta dos mil dracmas de plata, la envió a Jerusalén para que se ofreciera un sacrificio por el pecado, obrando recta y noblemente al pensar en la resurrección. Porque si no hubiese estado convencido de que los caídos resucitarán, habría sido superfluo e inútil rezar por los muertos. Pero si pensaban en la bellísima recompensa reservada a los que se duermen piadosamente, su pensamiento era santo y devoto. Por eso hizo el sacrificio expiatorio por los difuntos, para que fueran perdonados sus pecados (2 M 12, 41-46).

No dejaba de reconocer Judas Macabeo que su pueblo se cansaba de aquella cruelísima guerra sin tregua ni descanso; por esto buscó el apoyo de alguna nación fuerte, y concluyó un tratado de alianza con los romanos; pero antes de que recibiera ningún refuerzo, fue de nuevo invadida Palestina por los sirios. El general sirio Báquides, con un gran ejército, presentó batalla a los judíos. Éstos sólo eran tres mil hombres selectos bajo las órdenes de Judas Macabeo. Los soldados judíos, cuando vieron el ejército enemigo tan numeroso, se llenaron de tanto miedo que muchos huyeron del campamento. Sólo ochocientos permanecieron fieles, dispuestos a luchar. Judas, muy afligido, dijo a los ochocientos: “Levantémonos y vayamos contra nuestros enemigos. Quizá todavía podemos pelear contra ellos”. Pero le trataban de disuadir con estas palabras. “No podemos. Es mejor que nosotros mismos nos pongamos a salvo ahora. Más tarde volveremos con nuestros hermanos y les haremos frente. Nosotros somos muy pocos”. Judas dijo: “¡Jamás haremos semejante cosa como huir de ellos! Si ha llegado nuestra hora, moriremos valientemente por nuestros hermanos y no toleramos que se cuestionen nuestra gloria” (1 M 9, 8-10).

La batalla fue muy dura, cayendo heridos de muerte muchos hombres de los dos ejércitos. También Judas cayó mortalmente herido, y entonces los suyos huyeron. Era el año 161 antes de Cristo. Jonatán y Simón recogieron el cuerpo sin vida de su hermano y le dieron sepultura en la tumba de sus padres en Modín. Todo Israel lloró y se lamentó por él con gran dolor. Hicieron duelo por él durante muchos días y decían: “¡Cómo ha caído el héroe que salvaba a Israel!” (1 M 9, 21).

Dios entrega las tablas de la Ley a Moisés

Dios entrega a Moisés las Tablas de la Ley

Después de haber salido de Refidim, los israelitas llegaron al desierto del Sinaí, y allí acamparon frente a la montaña del mismo nombre, donde Dios iba a darles su ley.

El Señor llamó a Moisés desde la cima de la Montaña. Y le mandó que dijera al pueblo: Vosotros habéis visto lo que he hecho con los egipcios y cómo os he llevado en alas de águila y os he traído hacia mí. Ahora, pues, si de veras escucháis mi voz y guardáis mi alianza, seréis mi propiedad exclusiva entre todos los pueblos, porque mía es toda la tierra; vosotros seréis para mí un reino de sacerdotes y una nación santa (Ex 19, 4-6). Los israelitas después de oír lo que Dios le había dicho por medio de Moisés, respondieron unánimes: Haremos cuanto ha dicho el Señor (Ex 19, 8). Y Moisés refirió al Señor la respuesta de su pueblo. Entonces Dios dijo a Moisés: Ve al pueblo y haz que se purifiquen hoy y mañana, que laven sus vestidos. Y que estén preparados para el tercer día, porque el día tercero el Señor descenderá a la vista de todo el pueblo sobre el monte Sinaí.

En ese día el Señor dio su Ley. El día tercero desde la mañana, apareció el monte Sinaí cubierto de una densa nube, de la que salían relámpagos y truenos. Bien pronto, por entre las llamas, se dejó oír la voz del Señor, pronunciando las palabras, que contienen la Ley de Dios.

Yo soy el Señor, tu Dios, que te ha sacado del país de Egipto, de la casa de la esclavitud. No tendrás otro dios fuera de mí. No te harás escultura ni imagen, ni de lo que hay arriba en el cielo, ni de lo que hay abajo en la tierra, ni de lo que hay en las aguas por debajo de la tierra. No te postrarás ante ellos ni les dará culto, porque yo, el Señor, tu Dios, soy un Dios celoso que castigo la culpa de los padres en los hijos hasta la tercera y la cuarta generación de aquellos que me odian; pero tengo misericordia por mil generaciones con los que me aman y guardan mis mandamientos. No tomarás el nombre del Señor, tu Dios, en vano, pues el Señor no dejará impune al que tome su nombre en vano. Recuerda el día del sábado, para santificarlo. Durante seis días trabajarás y harás tus tareas. Pero el día séptimo es sábado, en honor del Señor, tu Dios. No harás en él trabajo alguno, ni tú ni tu hijo, ni tu hija, ni tu siervo, ni tu sierva, ni tu ganado, ni el extranjero que habita junto a ti. Pues el Señor en seis días hizo el cielo y la tierra, el mar y todo lo que contiene, pero el día séptimo descansó. Por eso el Señor bendijo el día del sábado y lo santificó. Honra a tu padre y a tu madre para que se prolonguen tus días sobre la tierra que el Señor, tu Dios, te da. No matarás. No cometerás adulterio. No robarás. No darás falso testimonio contra tu prójimo. No codiciarás los bienes de tu prójimo; ni codiciarás la mujer de tu prójimo, ni su esclavo ni su esclava, ni su buey, ni su asno ni nada de lo que pertenezca a tu prójimo (Ex 20, 2-17).

El pueblo de Israel juró solemnemente que guardaría la Ley de Dios. Haremos todo lo que ha dicho el Señor (Ex 24, 3). Después, subió Moisés de nuevo a la montaña y el Señor le dio el Decálogo escrito en dos tablas de piedra, llamadas por ello Tablas de la Ley. También le hizo conocer su voluntad respecto a la construcción del Tabernáculo y cuanto se refería a la organización civil y religiosa de su pueblo. Moisés permaneció en la montaña cuarenta días y cuarenta noches (Ex 24, 18).

José vendido por sus hermanos

José vendido por sus hermanos

José era el hijo predilecto de Jacob. Éste le amaba más que a todos los otros hijos, porque le habido nacido en la vejez. Muestra de esta predilección es la túnica con mangas que le hizo. Al ver sus hermanos que su padre lo prefería a los demás, empezaron a odiarlo y le negaron el saludo.

Un día José tuvo un sueño y se lo contó a sus hermanos, que lo odiaron aún más. Les dijo: “Escuchad el sueño que he tenido: Estábamos atando gavillas en el campo y mi gavilla se erguía y se mantenía en pie, mientras que vuestras gavillas la rodeaban y se postraban ante ella”. Sus hermanos le dijeron: “¿Acaso vas a ser tú nuestro rey o vas a someternos a tu dominio?” Y le tuvieron todavía más odio a causa de sus sueños y de sus palabras. Aún tuvo otro sueño y lo contó a sus hermanos diciendo: “He tenido otro sueño: el sol, la luna y once estrellas se postraban ante mí”. Cuando se lo contó a su padre y a sus hermanos, su padre le recriminó diciéndole: “¿Qué significa ese sueño que has tenido? ¿Es que yo, tu madre y tus hermanos vamos a postrarnos por tierra ante ti?” Sus hermanos sintieron celos de él, pero su padre meditaba todas estas cosas (Gn 37, 5-11).

Cierto día en que los hermanos de José se habían ido a pastorear las ovejas de su padre a Siquem, Jacob le dijo a José: “Tus hermanos deben estar con los rebaños en Siquem. Anda, pues, a ver cómo siguen tus hermanos y cómo está el ganado, y tráeme noticias (Gn 37, 13-14). José estuvo caminando hasta que encontró a sus hermanos en Dotán. Ellos lo vieron a lo lejos y antes de que se acercara a donde estaban, se confabularon contra él para darle muerte. Se decían unos a otros: “Mira, ahí viene ese soñador; vamos a matarlo y a echarlo en un aljibe; luego diremos que una fiera lo ha devorado; veremos en qué paran sus sueños” (Gn 37, 18-21). Entonces Rubén, queriendo salvar a José, dijo: “No le quitemos la vida. No derraméis sangre; echadlo a este pozo, en medio del desierto, pero no pongáis las manos sobre él” (Gn 37, 21-22). Con esta propuesta, el hijo mayor de Jacob salvó de la muerte a José, con la intención de devolverlo a su padre.

Se aceptó la propuesta de Rubén, y en cuanto llegó José donde estaban sus hermanos, estos lo prendieron, le quitaron la túnica y lo arrojaron al pozo. El pozo estaba vacío, sin agua. Después se sentaron a comer, y he aquí que llegó al lugar donde estaban una caravana de ismaelitas que se dirigían a Egipto. Entonces, no estando presente Rubén, dijo Judá a sus hermanos: “¿Qué sacamos con matar a nuestro hermano y ocultar su sangre? Vamos a venderlo a los ismaelitas y no pongamos las manos sobre él, pues es nuestro hermano y carne nuestra” (Gn 37, 26-27). Los hermanos asintieron. Y vendieron a José cómo esclavo a los ismaelitas por veinte monedas de plata.

El juicio de Salomón

El juicio de Salomón

Salomón pidió a Dios con humildad que le concediera sabiduría para gobernar su pueblo. Concede a tu siervo un corazón dócil para juzgar a tu pueblo y para saber discernir entre el bien y el mal. Pues, ¿quién podrá juzgar a tu pueblo siendo éste tan grande?” Fue grato a los ojos del Señor que Salomón hubiera pedido tal cosa. Y Dios le respondió: “Porque has hecho esta petición y no has pedido para ti ni muchos años, ni riquezas, ni la vida de tus enemigos, sino que pediste para ti discernimiento para escuchar juicios, mira que yo he obrado según tus palabras: te he dado un corazón sabio e inteligente; hasta tal punto que no ha habido antes otro como tú, ni existirá después. Además te he concedido lo que no has pedido para ti: riquezas y gloria tales, que ningún rey te igualará en todos tus años. Y si sigues mis caminos guardando mis leyes y mis mandamientos como los siguió tu padre David, yo prolongaré tus años” (1 R 3, 9-14).

El don de discernimiento que tuvo Salomón quedó manifiesto en el llamado juicio de Salomón. Muy pronto se le presentó al joven rey la ocasión de dar a conocer la cordura y sabiduría que Dios le había concedido. Sucedió que, viviendo en una misma casa, dos prostitutas dieron a luz un niño cada una, con una diferencia de tres días. Una noche murió asfixiado el hijo de una de ellas porque ésta se recostó sobre el niño. Y mientras dormía la otra, cambió su hijo muerto por el niño vivo de su compañera. Sorprendida ésta, cuando descubrió aquel atroz engaño, exigió que se le devolviese su hijo; pero su petición no fue atendida por la madre del niño muerto. Y se enzarzaron en una tremenda disputa. Para resolver el caso, acudieron al tribunal del rey. Y de nuevo, ante Salomón, discutieron: cada una decía ser la madre del niño vivo. Entonces dijo el rey: “La una dice: ‘Mi hijo es éste, el que está vivo; el tuyo es el muerto’. La otra dice: ‘No, tu hijo es el muerto; el mío, el que está vivo’”. Y el rey añadió: “Traedme una espada”. Enseguida presentaron la espada al rey, y el rey ordenó: “Partid en dos al niño vivo. Dad una mitad a ésta, y otra mitad a la otra”. La mujer de la que era el hijo vivo, al conmovérsele las entrañas por su hijo, suplicó al rey: “Por favor, mi señor, dadle a ella el niño que está vivo. No lo matéis”. Pero la otra decía: “Que no sea ni para mí ni para ti. Que lo partan”. Entonces habló el rey y dijo: “Dadle a la primera mujer el niño que está vivo, y no lo matéis. Ella es su madre”. Todo Israel se enteró de la sentencia que había dictado el rey, y sintieron temor ante él porque veían que la sabiduría de Dios estaba con él para administrar justicia (1 R 3, 23-28).

Eleazar

Eleazar

Cuando murió Alejandro Magno, sus generales asumieron el poder, cada uno en su región, imponiéndose la corona real. A éstos les sucedieron sus hijos, multiplicando la maldad sobre la tierra. De éstos brotó una raíz pecadora: Antíoco Epífanes (1 M 1, 10). Subió al trono en el año ciento treinta y siete de la dominación griega.

Antíoco IV decretó para todo su reino que todos fuesen un solo pueblo y que cada cual renunciase a sus propias tradiciones. Todos los gentiles aceptaron el edicto del rey. Muchos en Israel adoptaron de buen grado su religión, ofrecieron sacrificios a los ídolos y profanaron el sábado. El rey, mediante mensajeros, envió decretos a Jerusalén y a las ciudades de Judá para que vivieran conforme a tradiciones extrañas a las del país: que se prohibiera hacer holocaustos, sacrificios y libaciones en el Santuario; que profanaran los sábados y los días de fiesta; que el Santuario y los objetos sagrados fueran contaminados; que levantaran altares, templos e ídolos; que hicieran sacrificios de cerdos y animales impuros; que no circuncidaran a sus hijos y que hicieran sus almas abominables con toda clase de inmundicia y profanación; así se olvidarían de la Ley y cambiarían todas sus buenas costumbres. El que no cumpliera la orden del rey sería condenado a muerte (1 M 1, 41-50).

Muchos judíos tuvieron la desgracia de apostatar, alejándose de la alianza santa, y comenzaron a obrar el mal. Pero otros prefirieron morir antes que renegar de su fe. Entre éstos estaba Eleazar. Éste era un escriba, hombre de avanzada edad. Los enviados del rey se empeñaron que comieran carne de cerdo, algo prohibido por la Ley de Moisés. Al negarse el venerable anciano, le abrieron la boca para forzarle a comer. Pero él, prefiriendo una muerte gloriosa a una vida ignominiosa, escupiendo el bocado mostró el modo de comportarse de aquellos que se mantienen firmes en rechazar las cosas que no es lícito comer ni siquiera por el entrañable amor a la vida.

Algunos, llevados de una falsa compasión, le dijeron que comiera carne de la que estaba permitido comer, y así fingir comer de la carne prohibida. De esta forma se libraría de la muerte. Pero él tomó una honrosa decisión digna de su edad, del prestigio de su vejez, de sus merecidas y venerables canas, de su inmejorable conducta desde niño, y, sobre todo, de la divina y santa legislación (2 M 6, 23). Y dijo a los que le pedían que fingiera: Porque no es digno de nuestra edad fingir, de manera que muchos jóvenes crean que el nonagenario Eleazar se ha pasado a las costumbres extranjeras, y a causa de mi simulación y de una vida breve y pasajera, se pierdan por mi culpa, y yo acarree ignominia y deshonor en mi vejez. Pues incluso si al presente yo escapara del castigo de los hombres, no huiría de las manos del Todopoderoso, ni vivo ni muerto. Por eso, entregando valerosamente la vida, me mostraré digno de mi vejez, dejando a los jóvenes un noble ejemplo de morir voluntaria y noblemente por las santas y venerables leyes (2 M 6, 24-28). Tras pronunciar estas palabras, fue conducido al tormento. Y cuando estaba a punto de morir por las heridas, aún tuvo fuerzas para decir: Quede patente al Señor, poseedor del santo conocimiento, que aun pudiendo librarme de la muerte, soporto fuerte dolores en mi cuerpo al ser flagelado, pero en mi alma lo sufro con gusto por temor a Él (2 M 6, 30). Y murió Eleazar dejando a su nación y a los siglos venideros un gran ejemplo de entereza en la fidelidad de Dios.

Daniel interpreta el sueño de Nabucodonosor

Daniel interpreta el sueño de Nabucodonosor

Dios concedió al profeta Daniel la capacidad de interpretar visiones y sueños. Estando Daniel deportado en Babilonia, el rey Nabucodonosor tuvo un sueño que le llenó de preocupaciones, pues no consiguió recordarlo, y le dejó un poco trastornado. Llamó a los magos, astrólogos y adivinos de su imperio, y ninguno de ellos supo decirle al rey c uál era su sueño y la interpretación del mismo. Entonces Daniel, después de haber invocado al Señor, se presentó ante el rey para darle a conocer el sueño y su interpretación. Tú, oh rey, estabas mirando y apareció una gran estatua. Era una estatua enorme; su brillo extraordinario resplandecía ante ti, y su aspecto era terrible. Aquella estatua tenía la cabeza de oro fino, el pecho y los brazos de plata, el vientre y los muslos de bronce, las piernas de hierro, y los pies parte de hierro y parte de barro. Seguías mirando hasta que una piedra se desprendió sin intervención de mano alguna, golpeó la estatua sobre los pies de hierro y de barro, y los hizo pedazos. Entonces se hicieron pedazos a la vez el hierro, el barro, el bronce, la plata y el oro, y fueron como el tamo de una era en verano; el viento se los llevó y desaparecieron sin dejar rastro. Y la piedra que golpeó la estatua se convirtió en una montaña y llenó toda la tierra (Dn 2, 31-35).

Daniel continuó diciendo: Éste es el sueño: su interpretación la vamos a exponer al rey. Tú, majestad, eres rey de reyes, a quien el Dios del cielo ha entregado el reino, el poder, la fuerza y la gloria, y en cuyas manos ha puesto todo lugar donde habitan los hombres, las bestias del campo y las aves del cielo; tu dominio se extiende sobre todos ellos. Tú eres la cabeza de oro. En tu lugar se establecerá después otro reino inferior a ti; y luego otro tercer reino de bronce, que dominará toda la tierra. Habrá después un cuarto reino, fuerte como el hierro; y lo mismo que el hierro rompe y machaca todo, como hierro demoledor él romperá y triturará a todos ellos. Los pies y dedos que viste, parte de barro de alfarero y parte de hierro, será un reino dividido, pero que tendrá la fuerza del hierro, porque viste hierro mezclado con barro de arcilla. Como los dedos de los pies, parte de hierro y parte de barro, parte del reino será fuerte y parte será débil. Como viste el hierro mezclado con barro de arcilla, así se mezclarán ellos mediante descendencia humana, pero no llegarán a unirse el uno con el otro, lo mismo que el hierro no se fusiona con el barro. En los días de esos reyes el Dios del cielo suscitará un reino que nunca será destruido, y ese reino no pasará a otro pueblo; destruirá y acabará con todos los demás reinos, y él permanecerá por siempre. Tal como viste que de la montaña se desprendió una piedra sin intervención humana, y que destrozó el hierro, el bronce, el barro, la plata y el oro, así el Gran Dios da a conocer al rey lo que sucederá después de esto. El sueño es verdadero y la interpretación cierta (Dn 2, 36-45). Apenas acabó de hablar Daniel, el rey Nabucodonosor cayó rostro en tierra, y exclamó: Verdaderamente vuestro Dios es Dios de dioses y Señor de reyes, el que revela los secretos, pues tú fuiste capaz de desvelar este secreto (Dn 2, 47); y después colmó de honores a Daniel y a sus compañeros.

La interpretación dada por Daniel anuncia que, tras los reinos de este mundo que se han ido sucediendo a lo largo de la historia, llegará un reino eterno instaurado por Dios mismo por encima de todas las posibilidades humanas. El cristiano ve aquí el reino de Cristo, si bien no se trata de un reino de carácter terreno y político sino espiritual, como dijo Jesús al procurador romano Poncio Pilato: Mi reino no es de este mundo (Jn 18, 36).