Archivo de la categoría: Charlas para jóvenes

El fuego

La seducción del fuego

Sagrado y diabólico, infernal y divino, el fuego hechiza y devora. Una zaraza ardiente sedujo a Moisés. Era la pasión de Dios por liberar a su pueblo. Y con fuego selló en el Sinaí la Alianza.

En el bautismo de fuego nacen los hombres nuevos. ¡Fuego del Espíritu que devora y seduce! Llamas de amor viva, para posarse en el pensamiento del hombre, para encender la palabra en la boca de los profetas. Fuego que hace brillar los ojos enrojecidos de amor y de ira; fuego que apasiona el corazón y las entrañas. Fuego en los labios del Creador cuando soplaron el barro y besaron al hombre. Fuego de creación que enciende los atardeceres y embruja de colores el paisaje y enamora el alma para la fiesta del encuentro.

Fuego de creación guardado en la noche para encender el alba y llenar de luz el nuevo día. Fuego oculto celosamente en el seno de la tierra y brillante allá arriba en las estrellas. Fuego que arde en los labios de la esposa, y en el cuerpo de una virgen, y alumbra los sueños del poeta, del genio y del santo, y templa el alma para la lucha y el martirio. Y fuego humilde en la cocina que reúne a la familia y la descansa de fatigas (Mario).

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Día del Seminario

(Palabras dirigidas a seminaristas). No os estáis preparando para hacer “un trabajo”, para convertiros en “funcionarios de una empresa” o de un “organismo burocrático”. Tenemos tantos, tantos curas a mitad de camino. Es un dolor que no hayan logrado llegar a la plenitud, tienen algo de funcionarios, algo de burocrático, y esto no hace bien a la Iglesia. Estad atentos, no os convirtáis en esto. En la escuela ministerial de Cristo no hay lugar para la mediocridad.

Os estáis preparando para ser pastores a imagen y semejanza de Jesús, que se trata de algo demasiado grande para los hombres que son demasiado pequeños, pero que cuentan con la fuerza del Espíritu Santo. Para ser pastores a imagen y semejanza de Jesús tenéis que meditar todos los días el Evangelio para así trasmitirlo con su vida y predicación, experimentar la misericordia de Dios en el sacramento del perdón, nutrirse con la fe del amor a la Eucaristía y ser hombres de oración.

En el seminario se propone a los candidatos a sacerdote una experiencia que transforma los proyectos vocacionales en fecunda realidad apostólica y tiene como objetivo preparar a los futuros ministros ordenados en un clima de oración, estudio y fraternidad. Si no estáis dispuestos a seguir este camino, con este comportamiento y estas experiencias, es mejor que seáis valientes y busquéis otro camino. Hay muchas maneras de dar testimonio en la Iglesia.

Cuidado con los malos pastores, porque digamos la verdad, el seminario no es un refugio para tantas limitaciones que podamos tener, carencias psicológicas, o porque no tengo valor para ir adelante en la vida y allí busco un lugar que me defienda. No es eso, si el seminario fuera eso se convertiría en una hipoteca para la Iglesia. reflexionad seriamente sobre vuestro futuro (Papa Francisco).

Una sonrisa… por favor

El arte supremo de la sonrisa

En uno de sus libros, José Luis Martín Descalzo hace esta confesión: Si debiera pedir a Dios un don, solamente le rogaría el arte supremo de la sonrisa. Se ha escrito que la sonrisa es una especie de sacramento de Dios, un signo que de alguna forma transparenta a Dios. Los cristianos tenemos sobrados motivos para prestar a los demás el generoso servicio de la sonrisa.

Para que la sonrisa sea un compañero fiel en nuestras relaciones humanas hemos de partir de una idea positiva del hombre, viendo en él una imagen de Dios, fijarnos en la dignidad de todo ser humano.

La sonrisa nos parece un lenguaje normal, lógico con cualquier niño pequeño. Pero únicamente parece tener sitio al paso de los años, cuando el adulto se encuentra en situación de necesidad y con ella queremos transmitirle un rayo de esperanza o expresarle nuestro afecto. Evidentemente no cualquier momento es el adecuado para sonreír. La sonrisa es una excelente terapia para el alma dolorida; ella es capaz de iluminar los lugares más tenebrosos. Poseer el arte supremo de la sonrisa es todo un regalo de Dios.

Pensamientos…

Una vida sin Dios es un buque sin timón; una vida fuera de Dios es una vida mísera y vana.

Una vida en Dios es una vida rica y sublime.

Si la tentación de la rutina te acosa, fortalece tu voluntad con la virtud.

El paraíso que formaste en tu imaginación, no lo busques… Sólo existe en tu imaginación.

Si tu mirada se pierde en la lejanía, no te fijes en el horizonte, que no es ni cielo ni tierra.

Si frente a ti ves una figura doliente, no desvíes tu mirada: es la imagen de un hombre, siempre hermano.

Si una mano extendida te suplica, no empequeñezcas la grandeza del corazón humano.

Si hay palabras, mas no obras, huye… sólo hay hipocresía.

A nadie se le puede hacer bien si antes no se le quiere bien.

Si asumes el compromiso de tu vida, no pienses en la caducidad de lo terreno, sino en la dimensión de eternidad con que fuiste creado.

En el rompeolas de tu vida, esa espuma que blanquea ilusoriamente la arena, no la recojas. Es el pasado que quedó atrás cuando empezaste a sentir la alegría en tu alma.

No te preocupes de la oscuridad que sientas en la noche de la prueba siempre que tengas la esperanza de un amanecer claro.

No pierdas energías en lamentarte por ese pasado tuyo que Dios ya ha olvidado y perdonado cuando aún te queda vida para hacer penitencia.

No mires hacia atrás porque tropezarás en el camino que te queda por recorrer.

No digas nunca: ¡basta!, en tu esfuerzo por una siembra de bien, porque la cizaña continúa siendo abundante.

No hables de imposibilidades en el apostolado cuando Dios está de nuestra parte y su poder no se ha empequeñecido.

No cierres tus oídos al oír gritos angustiados porque son manos que buscan en ti ayuda.

No reces sólo para ti cuando en la tierra que pisamos millones de hombres arrastran consigo el dolor.

No andes por esas sendas torcidas de la iniquidad sino por el camino de los mandatos del Señor.

No dejes en tu caminar más huella que aquella que pueda seguir otro hombre en su encuentro con Dios.

No busques tranquilidad y sosiego cuando aún se oye estrépito de guerra, porque se te pide que combatas en primera línea de fuego.

Charla sobre el fracaso escolar

Charla sobre el fracaso escolar

Un ejemplo de cómo han evolucionado los métodos de enseñanza

El problema de las patatas

El bachillerato español ha experimentado, en las tres últimas décadas una evolución y radical transformación que puede quedar gráficamente reflejada en las diferentes formas de plantear un mismo problema matemático. Con este absurdo ejemplo vamos a ver cómo se ha ido sofisticando la enseñanza. Lo que uno no sabe después de leer este ejemplo es si las cosas han cambiado para mejor o peor.

Enseñanza 1960: Un campesino vende un saco de patatas por 1.000 ptas. Sus gastos de producción se elevan a los 4/5 del precio de venta. ¿Cuál es su beneficio?

Enseñanza tradicional 1970: Un campesino vende un saco de patatas por 1.000 ptas. Sus gastos de producción se elevan a los 4/5 del precio de venta, esto es, 800 ptas. ¿Cuál es su beneficio?

Enseñanza moderna 1970 (LGE): Un campesino cambia un conjunto “P” de patatas por un conjunto “M” de monedas. El cardinal del conjunto “M” es igual a 1.000 ptas., y cada elemento “PM” vale una peseta. Dibuja 1.000 puntos gordos que representen los elementos del conjunto “M”. El conjunto del gasto de producción comprende 200 puntos gordos menos que el conjunto “M”. Representa el conjunto “F” como subconjunto del conjunto “M” y responde a la cuestión siguiente. ¿Cuál es el cardinal del conjunto “B” de los beneficios? Dibujar “B” en color rojo.

Enseñanza renovada 1980: Un agricultor vende un saco de patatas por 1.000 ptas. Los gastos de producción se elevan a 800 ptas. y el beneficio es de 200 ptas. Subraya la palabra “patata” y discute sobre ella con tu compañero.

Enseñanza reformada (LODE): Un lavriego vurgués, capitalista insolidario, sanriquecido con 200 ptas. al bender especulando un saco de patatas. Analiza el texto y reseguido di lo que piensas de este avuso antidemocrático.

Enseñanza comprensiva (*) 1996 (LOGSE): Tras la entrada de España en el Mercado Común, los agricultores no pueden fijar libremente el precio de venta de las patatas. Suponiendo que quieras vender un saco de patatas por 1.000 ptas., hazuna encuesta para poder determinar el volumen de la demanda potencial de patatas en nuestro país y la opinión sobre la calidad de nuestras patatas en relación con las importadas de otros países, y cómo se vería afectado todo el proceso de venta si los sindicatos del campo convocan una huelga general. Completa esta actividad analizando los elementos del problema, relacionando los elementos entre sí y buscando el principio de relación de esos elementos. Finalmente, haz un cuadro de doble entrada, indicando en horizontal, arriba, los nombres de los grupos citados y, abajo, en vertical, diferentes formas de cocinar las patatas.

(*) Educación comprensiva es aquella que ofrecerlas mismas experiencias educativas a todos los alumnos. El aprendizaje ha de asegurar que los conocimientos adquiridos en el aula puedan ser utilizados en las circunstancias en que el alumno vive y en las que puede llegar a necesitarlos.

Rechazó una invitación divina

¡Los jóvenes apóstoles! Pensad en Pedro, Santiago, Juan, Natanael, cómo se fueron encontrando con Jesús. Otro joven es el joven rico, que se acerca a Jesús con una vida intachable, un muchacho bueno, y le dice: “¿Qué tengo que hacer para madurar mi vida, para heredar la vida eterna?” Jesús le dice: “Cumple los mandamientos y anda adelante”. “Sí ya los cumplí siempre”. El Evangelio dice que: “Jesús lo amó”, y entonces le dijo: “Mira, te falta una cosa: da todo lo que tienes a los pobres y ven conmigo, a predicar el Evangelio”. Y ese chico se fue triste. Se fue triste porque tenía mucho dinero y no se animó a dejarlo todo por Jesús. Y se fue con SU dinero y con SU tristeza. Los primeros estaban con su alegría, con esa hermosa alegría que daba el encuentro con Jesús. Éste se fue con su tristeza (Papa Francisco).

Los Novísimos

Las verdades eternas

Un día, estando conversando con un chico de primero de BUP (Bachillerato Unificado Polivalente), le pregunté si pensaba de vez en cuando en los novísimos. La respuesta fue negativa. Ni siquiera sabía lo que eran los novísimos. Entonces se me ocurrió emplear la palabra sinónima -las postrimerías– por si le sonaba más. Tampoco tenía idea de lo que pudieran ser las postrimerías. Visto lo cual, comencé a decirle: Mira, los novísimos son cuatro: muerte…¡Uf!, a mí aún me queda mucho tiempo… Claramente no le interesaba el tema. Solamente nombrar la muerte me interrumpió y dijo:

Pues sí que es un tema que hay que tener presente en la vida. Y de él vamos a tratar ahora. El lenguaje tradicional cristiano designa como los cuatro novísimos o postrimerías del hombre a la Muerte, al Juicio, al Infierno y al Cielo. Y es importante considerar estas verdades, pues toda una eternidad es lo que está en juego. La meditación sobre los novísimos es una ayuda para vivir siempre cara a Dios, con sentido de eternidad. No se puede olvidar que el hombre tiene un destino eterno.

Hay un cuento oriental, que podríamos titular: Cita con la muerte. Paso a narrarlo. Una mañana un cierto mercader de Bagdad envió a su sirviente al mercado para que comprara las provisiones del día. Al poco rato regresó el criado, completamente pálido y tembloroso. Amo y señor -le dijo al mercader-. Estando en el mercado una mujer me empujó y cuando me volví para mirarla, vi que era la Muerte. Clavó en mí sus ojos profundos y me hizo un gesto amenazante. Señor, si tú te dignas prestarme tu caballo huiré a Samarra, y allí la Muerte no me podrá encontrar. El mercader le prestó su caballo, y el sirviente, con prisas, se montó en él partiendo velozmente como el viento. Entonces el mercader fue al mercado  y viendo a la Muerte entre la multitud se acercó a ella y le preguntó: ¿Por qué hiciste un gesto de amenaza a mi criado esta mañana cuando te tropezaste con él? La Muerte respondió: No fue un gesto de amenaza. Fue un gesto de sorpresa. Me asombró verlo aquí, en Bagdad, cuando tenía una cita conmigo esta noche en Samarra.

El hombre no quiere pensar en su muerte, y si es joven, aún menos; para él la muerte es asunto de los demás. Pero, quiérase o no, un día llegará y no será posible huir de ella. Y puede venir en cualquier momento. El ¡uf!, a mí aún me queda mucho tiempo… puede no ser verdad, no se sabe… Quizá ese mucho tiempo sea sólo unas semanas, o unos días, o unas horas, o, incluso, unos minutos o segundos. No sabemos cuándo, ni dónde, ni cómo. Lo único cierto es que vendrá, y lo verdaderamente importante es tener el alma limpia de pecados mortales, la conciencia en paz con Dios, morir como buenos cristianos. Y normalmente como se vive se muere.

La visión cristiana de la muerte se expresa en estas palabras de la liturgia de la Iglesia: La vida de los que creemos en ti, Señor, no termina, se transforma y, al deshacerse nuestra morada terrena, adquirimos una mansión eterna en el cielo (1). Por tanto, para una persona que durante su vida ha procurado amar a Dios, la muerte es la puerta que le introducirá en la vida que no tendrá fin, el momento del encuentro con el Señor. Bien lo expresó el papa Juan Pablo II cuando dijo: La vida de aquí abajo no es un camino hacia la muerte, sino hacia la vida, hacia la luz, hacia el Señor. (2)

Y ¿qué ocurre inmediatamente después que una persona muere? Después de la muerte viene el juicio, pero antes de hablar de este segundo novísimo quiero contar lo que ocurrió en un viaje. En el compartimento de un tren que se dirigía a Londres estaban dos hombres. Uno, de pelo gris y edad madura. El otro era joven y estaba inquieto, preocupado y temeroso. El de más edad le dirigió la palabra: Observo que está usted atribulado. ¿Puedo ayudarle en algo? El joven, un poco sorprendido, dijo: No, señor; nadie puede ayudarme… Y a continuación, añadió: Pero como usted es un desconocido y creo que jamás volveremos a vernos, y, por otra parte, me inspira confianza, le contaré lo que me está pasando. Será para mí un desahogo, un alivio. Y comenzó a contar. Era una historia muy triste. Para ayudar a su madre viuda, empezó a cometer algunos pequeños hurtos en la empresa donde trabajaba. Luego se hizo amigo de dos compañeros del trabajo, que eran unos indeseables, y que influyeron demasiado en él. Los tres planearon un robo de importancia. Cuando lo estaban cometiendo, un vigilante nocturno los sorprendió y uno de sus compañeros lo mató de un tiro. Los dos colegas fueron capturados por la policía, y ambos le culparon del asesinato. El muchacho pudo escapar de la persecución policial, pero había una orden de detención contra él, y por este motivo huía, pensando que en Londres le sería más fácil esconderse.

El hombre mayor le escuchó con atención e interés, y cuando terminó el relato, le dijo: Le aconsejo encarecidamente que se entregue a la justicia, y repita ante el tribunal el relato exacto que acaba de hacerme. Esto es lo mejor y lo único que puede hacer. Reconozco que mi consejo es fácil de dar, y no puedo negar que yo mismo pasaría un miedo tremendo ante el tribunal… El joven prometió seguir aquel consejo.

El día del juicio, el joven, pálido y tembloroso, estaba sentado en el banquillo de los acusados. Se leyeron los cargos que pesaban sobre él y se le exigió que prestara declaración. Apenas tenía fuerzas para pronunciar una palabra. Cuando levantó los ojos hacia el juez, ¡qué sorpresa!: era el caballero que coincidió con él en el compartimento del tren. Aliviado, prestó declaración a quien ya conocía la verdad de los hechos. Se le condenó sólo por el intento de robo.

El alma cuando sale del cuerpo comparece inmediatamente ante Jesucristo para ser juzgada. En este juicio se examina todo cuanto el hombre haya hecho, dicho o pensado, e incluso se tendrán en cuenta las omisiones. Para acudir a esta cita con Jesús es muy conveniente que examinemos nuestra conciencia diariamente, y de esta forma veremos cuál es el estado de nuestra alma. Si resulta que está manchada con algún pecado, la limpiamos cuanto antes en el sacramento de la Penitencia. Pues si confesamos nuestras faltas y pecados con verdadero arrepentimiento el mismo Dios nos los perdonará. Con el examen de conciencia bien hecho no habrá sorpresas desagradables en el juicio particular.

Ahora bien, si durante nuestra existencia terrena hemos vivido según las enseñanzas de Jesucristo, el Señor nos recibirá con un gran abrazo y nos introducirá en el Cielo.

En todo juicio se pronuncia sentencia. Del juicio particular hay dos posibles sentencias: una es salvífica; la otra, condenatoria. Recibirán la primera los que mueran en gracia de Dios, y su premio es el Cielo, al que irán inmediatamente o después de pasar por el Purgatorio (3), según tengan o no tengan algo de que purificarse; y la segunda, los que al momento de morir tengan el alma en estado de pecado, y su castigo es el Infierno.

Pero, ¿realmente existe el Infierno? Esta pregunta se la formulan muchas personas, y la respuesta es afirmativa. Sí, el Infierno existe. Para negar su existencia habría que arrancar páginas enteras del Evangelio o manipular sus textos y olvidar todo lo que la Iglesia dice sobre este castigo. Cristo habló con claridad meridiana de la eternidad de las penas del infierno. Reconozco que es una verdad que resulta impopular hablar de ella, pero no se puede omitir en la catequesis. El Catecismo de la Iglesia Católica la expresa así: La enseñanza de la Iglesia afirma la existencia del Infierno y su eternidad. Las almas de los que mueren en pecado mortal descienden a los infiernos inmediatamente después de su muerte y allí sufren las penas del Infierno, el “fuego eterno” (4).

Una vez, un hombre incrédulo se mofaba de una persona piadosa diciéndole: Oh tú, pobre creyente, ¡qué chasco te llevarás cuando, después de la muerte, veas que todo el reino celestial es una simple fábula! El creyente, sin alterarse lo más mínimo, se limitó a responderle casi con las mismas palabras: Oh tú, pobre incrédulo, ¡qué chasco te llevarás cuando, después de tu muerte, veas que todo el Infierno no es una simple fábula!

El venerable Juan Pablo II habló del Infierno. Entre otras cosas ha dicho: Dios es Padre infinitamente bueno y misericordioso. Pero, por desgracia, el hombre, llamado a responderle en libertad, puede elegir rechazar definitivamente su amor y su perdón, renunciando así para siempre a la comunión gozosa con él. Precisamente esta trágica situación es lo que señala la doctrina cristiana cuando habla de condenación o Infierno (5).

El mismo Jesús nos advierte ¿de qué le sirve al hombre ganar todo el mundo si pierde su alma? (6). Dios quiere que nos movamos por amor, pero dada nuestra debilidad, consecuencia del pecado original, ha querido manifestarnos a dónde conduce el pecado, para que tengamos un motivo más que nos aparte de este grave mal: el santo temor.

Y ahora toca tratar del cuarto novísimo, que es el Cielo. Antes de entrar en materia voy a referir algo que ocurrió en el siglo XVI. Es sabido que el Anglicanismo (7) comienza por la pasión del rey Enrique VIII por una dama de la Corte llamada Ana Bolena. El monarca inglés pidió al papa Clemente VII la declaración de nulidad de su matrimonio con Catalina de Aragón. El Papa, después de estudiar tan delicado asunto, denegó la petición por considerar que el matrimonio de Enrique y Catalina era verdadero matrimonio. Montó en cólera el rey y se autonombró Cabeza de la Iglesia en Inglaterra, separándose de la Iglesia Católica. A partir de ese momento comenzó en Inglaterra una persecución contra los católicos que se mantuvieron fieles a Roma. Un día, Enrique VIII amenazó a dos católicos con estas palabras: Si no os declaráis partidarios del Anglicanismo, os haré arrojar al Támesis. Pero ellos no se asustaron ante las amenazas reales, que verdaderamente eran reales, a pesar de que eran conscientes que el rey había mandado a la muerte a muchos católicos, y replicaron: Nosotros sólo deseamos ir al Cielo y lo mismo nos da llegar allí por tierra que por agua.

Pero hablemos ya del Cielo. Lo primero que hay que decir es que Dios quiere nuestra felicidad eterna, nos ha preparado el Cielo. El mismo Jesús lo dijo con claridad: En la casa de mi Padre hay muchas moradas (…) voy a prepararos el lugar. Cuando yo me haya ido y os haya preparado el lugar, de nuevo volveré y os tomaré conmigo, para que donde yo estoy estéis también vosotros (8) .

El Cielo es la recompensa que Dios tiene reservada para los que en esta tierra le aman. Después de esta vida Nuestro Señor nos espera en el Cielo. Allí estaremos con la Trinidad Beatísima y sólo habrá cosas buenas, sin mezcla de mal alguno. Tendremos un gozo que nadie nos podrá quitar. Las lágrimas y las penas no tienen entrada en el Paraíso.

El cristiano es hombre de esperanza, porque aspira a la vida eterna en la gloria del Cielo, donde la felicidad será completa. Pongamos nuestra confianza en las promesas de Cristo. No olvidemos que el cielo es el único bien que está al alcance de todos, pero para alcanzarlo no podemos apoyarnos en nuestras fuerzas sino en los auxilios de la gracia del Espíritu Santo.

San Pablo escribió del Cielo y no encontró palabras para describirlo, sólo supo decir: Ni ojo vio, ni oído oyó, ni vino a la mente del hombre, lo que Dios ha preparado para los que le aman (9). Un Cielo hecho por nuestro Dios para nosotros. Es preciso tener presente siempre que en esta vida lo único realmente importante que hay que hacer es merecer el Cielo.

De la consideración de los novísimos se puede sacar como propósito cuidar el examen de conciencia diario y fomentar la virtud de la esperanza. Y cuando alguna dificultad aparezca en el camino hacia Dios, repitamos una y otra vez: Vale la pena, vale la pena.

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(1) Prefacio I de la Misa de Difuntos.

(2) Juan Pablo II, Homilía 2.XI.1988.

(3) Los que mueren sin pecados mortales, pero sí con pecados veniales, y los que tienen que satisfacer pena temporal por los pecados cometidos ya perdonados, antes de entrar en el Cielo van al Purgatorio. Los que mueren en la gracia y en la amistad de Dios, pero imperfectamente purificados, aunque estén seguros de su eterna salvación, sufren después de su muerte una purificación, a fin de obtener la santidad necesaria para entrar en la alegría del cielo (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 1.030). ¿Qué es el Purgatorio? La Iglesia llama Purgatorio a esta purificación final de los elegidos que es completamente distinta del castigo de los condenados. La Iglesia ha formulado la doctrina de la fe relativa al Purgatorio sobre todo en los Concilios de Florencia y de Trento. La tradición de la Iglesia, haciendo referencia a ciertos textos de la Escritura, habla de un fuego purificador (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 1.031).

(4) Catecismo de la Iglesia Católica, n. 1.034.

(5) Juan Pablo II, Discurso 28.VII.1999.

(6) Mt 16, 26.

(7) ¿Qué es el Anglicanismo? Se llama Comunión Anglicana o Anglicanismo a la Iglesia que resultó al proclamarse Enrique VIII como Jefe de la Iglesia en Inglaterra rompiendo la unión con el Papa.

(8) Jn 14, 2-4.

(9) 1 Co 2, 9.