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Páginas bíblicas. La historia de Tobías

Historia de Tobías

¿En qué libro de la Biblia está narrada la historia de Tobías? En el libro que se llama precisamente de Tobías.

¿En cuántas partes puede dividirse el libro de Tobías? En tres. En una primera parte se presenta la desgracia y oración de Tobit, padre de Tobías, en Nínive (Asiria), y la de Sara en Ecbatana (Media). En la segunda se narra el viaje que hace Tobías a Media acompañado del arcángel Rafael. Y en la tercera y última se cuenta el regreso de Tobías a la casa de su padre Tobit, y la curación de éste, así como sus últimos días en la tierra.

¿Quién era Tobit? Era un judío de los que fueron deportados de Israel y llevados cautivos a Nínive. Hombre piadoso. Desde su juventud había sido constante y fiel en el culto del verdadero Dios, sin adorar al becerro de oro, como hicieron muchos israelitas.

Durante su cautiverio se hizo acreedor a las consideraciones de Salmanasar, el rey de Asiria, que le había dado permiso para ir a donde quisiera; pero Tobit no hizo uso de las deferencias y autorización del rey, sino para el bien de su pueblo, que se hallaba tiranizado; además era el consuelo de los pobres, prestaba dinero sin interés alguno, practicaba obras de misericordia, y cuidaba especialmente de dar sepultura a los muertos.

¿Qué desgracia le ocurrió a Tobit? Cierto día, después de enterrar un cadáver, se sentó en el patio de su casa, junto a la pared, y se quedó dormido. No sabía que encima de mí, en la pared, había unos pájaros; éstos dejaron caer sus excrementos todavía calientes sobre mis ojos, y me salieron unas manchas blancas. Acudí a los médicos para que me curaran y cuantas más medicinas me aplicaron, tanto más quedaban ciegos mis ojos por las manchas, hasta que me quedé ciego por completo (Tb 2, 10). Como consecuencia de la ceguera, Tobit quedó sumido en la pobreza. Además se encontró con la incomprensión de su esposa. En esa situación elevó su oración a Dios pidiendo la muerte: Haz ahora conmigo lo que quieras y ordena que me sea retirado mi espíritu, de manera que yo desaparezca de la faz de la tierra y me convierta en polvo; porque prefiero la muerte antes que la vida, puesto que he oído reproches injustos y se ha apoderado de mí una enorme tristeza. Manda, Señor, que me libre de este sufrimiento y envíame al lugar eterno, pero no apartes de mí tu rostro, Señor, porque prefiero morir a ver tanto sufrimiento en mi vida y escuchar tales improperios (Tb 3, 6).

La versión latina de la Biblia Vulgata incluye una reflexión sobre el sentido de las desgracias sufridas por Tobit: El Señor permitió que le llegara esta prueba para que quedara a quienes vienen detrás un ejemplo de su paciencia como la del santo Job. Puesto que desde su infancia había tenido temor de Dios y había guardado sus mandatos, no se irritó contra Dios cuando le vino la desgracia de la ceguera, sino que permaneció en el temor de Dios, dando gracias a Dios todos los días de su vida. Y así como al santo Job le insultaban reyes, así familiares y parientes de Tobit se reían de su forma de vida diciéndole: “¿Dónde está tu esperanza por la que dabas limosnas y enterrabas a los muertos?” Pero Tobit les replicaba: “No habléis así, porque somos hijos de santos, y esperamos aquella vida que Dios dará a los que no retiran de Él su confianza” (Tb 2, 12-18).

¿Quién era Sara y qué desgracia tuvo? Sara, hija de Ragüel, era una joven de una familia judía, también en el destierro. Vivía en Ecbatana de Media. Había sido dada en matrimonio a siete maridos sucesivos, pero en la noche de la boda Asmodeo, el perverso demonio, los había matado antes de que se hubieran unido a ella como se suele hacer con una esposa (Tb 3, 8). A esta desgracia se le unió el tener que escuchar las injurias de una criada de su padre. Ésta le dijo: ¡Eres tú la que matas a tus maridos! Has sido entregada a siete maridos, pero de ninguno de ellos has tomado nombre. ¿Por qué nos castigas por culpa de que hayan muerto tus maridos? ¡Vete tras ellos, y que no veamos nunca un hijo o una hija tuyos! (Tb 3, 8-9). Todo esto hizo que Sara se entristeciera y pensara en ahorcarse. Pero no llegó a cometer este gran pecado del suicidio por el amor a su padre. Pensó y se dijo: Puede que injurien a mi padre y le digan: “La única hija que has tenido, para ti muy querida, se ha ahorcado por los disgustos. Entonces arrastraré la ancianidad de mi padre hasta el sepulcro a causa de la tristeza. Es preferible que no me ahorque, sino que suplique al Señor que me conceda la muerte; así, ya no volveré a escuchar injurias en mi vida” (Tb 3, 10).

La versión Vulgata de la Biblia no menciona que Sara pensara en quitarse la vida, sino que dice: Subió al patio de arriba de su casa y se pasó tres días con sus noches sin comer ni beber, pidiendo incesantemente entre lágrimas que Dios la librase de aquella humillación.

¿Cuál fue la oración de Sara? Bendito seas, Dios misericordioso, y bendito sea tu nombre por siempre. Que te bendigan todas tus obras por los siglos. Ahora, a ti levanto mi rostro y mis ojos. Ordena que yo desaparezca de la tierra, para que no oiga más insultos. Tú sabes, Señor, que soy pura respecto a cualquier contacto con varón, y que no he manchado mi nombre ni el de mi padre en la tierra de mi cautividad. Soy hija única de mi padre; no posee ningún otro hijo que pueda heredarle, ni tiene parientes próximos o familiares lejanos para darme en matrimonio. Ya he perdido siete maridos, ¿para qué me sirve la vida? Si no te parece bien quitarme la vida, escucha, Señor, el improperio contra mí (Tb 3, 11-15).

¿Llegó a oídos de Dios la oración de Tobit y de Sara? Sí. Dios envió al arcángel Rafael para curar a los dos: a Tobit de su ceguera; y a Sara la liberó del perverso Asmodeo, y así la joven pudo contraer matrimonio con el hijo de Tobit, Tobías. Esto está narrado en el libro de Tobías.

¿Cómo se conocieron Tobías y Sara? La historia es un poco larga. Todo empieza porque Tobit se acordó del dinero que había dejado en depósito a Gabael, en Ragués, en la región de Media. Y pensó: “Yo he pedido la muerte. ¿Por qué no llamo a mi hijo Tobías, y le informa sobre ese dinero antes de morir?” (Tb 4, 2). Y llamó a su hijo para aconsejarle.

¿Qué consejos dio Tobit a su hijo? Cuando yo muera, dame una sepultura digna; honra a tu madre y no la abandones durante todos los días de su vida; haz lo que es bueno a sus ojos y no la pongas triste en nada. Acuérdate de ella, hijo, porque ha pasado muchos peligros cuando estabas en su seno. Cuando ella muera, dale sepultura junto a mí en la misma tumba. Hijo, acuérdate del Señor todos tus días y no quieras pecar ni vulnerar sus preceptos. Realiza obras buenas todos los días de tu vida y no vayas por caminos de iniquidad, porque los que actúan con rectitud tendrán éxito en sus obras, igual que todos los que practican la justicia. Reparte limosnas de tus bienes, y que tu mirada no tenga recelo al hacerla; no apartes tu rostro de ningún necesitado, para que el rostro de Dios no se aparte de ti. Repártela según lo que tengas, hijo: si tienes mucho, reparte abundantes limosnas; si tuvieses poco, no tengas miedo de repartir limosnas conforme a ese poco. De esta manera atesorarás un buen premio para el día de la necesidad; pues la limosna libera de la muerte e impide caer en la tiniebla. La limosna es un buen regalo para todos lo que la realizan en presencia del Altísimo. Apártate, hijo, de toda fornicación, y, en primer lugar, contrae matrimonio con una mujer de la descendencia de tus padres; no te cases con una extraña que no sea de la tribu de tu padre, pues somos hijos de profetas. Noé, Abrahán, Isaac y Jacob son desde siempre nuestros padres; recuerda, hijo, que todos se casaron con mujeres que descendían de sus hermanos, fueron bendecidos en sus hijos, y su descendencia heredará la tierra. Tú, hijo, ama a tus hermanos y no sea soberbio tu corazón ni con los hijos ni con las hijas de tu pueblo, y recibe como esposa a una de ellas. Porque la soberbia es causa de perdición y de gran desorden, y en la ociosidad están la miseria y la escasez. Además, la ociosidad es la madre de la penuria. No retengas el salario de cualquier hombre que trabaje para ti, sino entrégaselo enseguida; así cuando sirvas a Dios, él te recompensará. Hijo, esmérate en todas tus obras y sé educado en todo tu comportamiento. Lo que odias no se lo hagas a nadie. No beba vino hasta la embriaguez y que ésta no sea tu compañera de camino. Reparte tu pan con el hambriento y tus vestidos con los desnudos. Da en limosna todo lo que te sobre, y tu mirada no tenga recelo al dar limosna. Esparce tus panes y derrama tu vino sobre los sepulcros de los justos y no los des a los pecadores. Busca el consejo de todo hombre prudente y no desprecies ninguna advertencia valiosa. Bendice al Señor Dios en todo momento, y suplícale que tus caminos sean rectos y que todas tus sendas y proyectos terminen bien. Pues no todas las gentes tienen este pensamiento, sino que es el mismo Señor el que les da los buenos pensamientos, y el que, a quien Él quiere, humilla hasta lo más profundo del hades. Ahora, hijo, ten presentes estos preceptos míos y que no se borren de tu corazón (Tb 4, 2-19).

Después darle estos consejos a su hijo, Tobit le hizo saber a Tobías que había dejado dinero en depósito a Gabael, en Ragués de Media, y que era preciso que fuera a recuperarlo. Y por último, aún le dio otro consejo: Hijo, no temas porque nos hayamos convertido en pobres. Poseerás muchos bienes, si temes a Dios, te apartas de todo pecado, y obras el bien delante del Señor, tu Dios (Tb 4, 21).

¿Qué precauciones tomó Tobías antes de iniciar el viaje a Ragués de Media? Para que Tobías pudiera recuperar el dinero que su padre había dejado en depósito a Gabael, Tobit le dio el recibo de Gabael que le entregó este último hacía ya veinte años cuando recibió el dinero. Además, como Tobías no conocía el camino a Media, su padre le dijo que se buscara un hombre fiel que le acompañara. Enseguida Tobías encontró al ángel Rafael, que se presentó ante él, pero Tobías no sabía que fuera un ángel de Dios. Y le preguntó: “¿De dónde eres, joven?” Contestó: “Soy uno de los hijos de Israel, tus hermanos, que he venido aquí a buscar trabajo”. Tobías le dijo: “¿Conoces el camino para ir a Media?” Él respondió: “Sí. He estado allí muchas veces; soy experto y conozco bien todos los caminos. Con frecuencia he ido a Media y me he alojado en casa de Gabael, nuestro hermano, que vive en Ragués de Media. Hay dos días de camino desde Ecbatana hasta Ragués, pues se encuentra en la montaña” (Tb 5, 4-6).

Tobías le dijo a su padre que ya había encontrado al que le acompañaría en el viaje. Tobit se interesó no sólo de que el guía fuera capaz de conducir a su hijo a Media, sino de que resultara una buena compañía para él, que fuera un buen judío. Al ser preguntado el ángel por su nombre, Rafael dijo: Yo soy Azarías, hijo del gran Ananías, uno de tus hermanos (Tb 5, 13).

¿Por qué el ángel Rafael dio estos dos nombres? Los nombres que el ángel puso ante el padre de Tobías son significativos: Azarías quiere decir “Dios ayuda”, y Ananías “Dios es misericordioso”.

¿Fue dolorosa la despedida? Tobit bendijo a los dos jóvenes. A continuación Tobías, antes de emprender su camino, besó a su padre y a su madre. Tobit le dijo: “¡Que tengas buen viaje!” Su madre se puso a llorar y dijo a Tobit: “¿Por qué has enviado a mi hijo? ¿No es él el bastón de nuestra mano, el que entra y sale delante de nosotros? Que el dinero no se añada al dinero, sino que sea basura en comparación a nuestro hijo. Con lo que el Señor nos ha dado para vivir, teníamos bastante”. Pero Tobit contestó: “No digas eso. Nuestro hijo tendrá un buen viaje y regresará sano a nosotros; tus ojos lo verán el día que vuelva sano junto a ti. No pienses así, ni tengas miedo por ellos, hermana. Le acompaña un ángel bueno que le hará fácil el camino y nos lo devolverá sano” (Tb 5, 17-22).

¿Hubo incidencias en el viaje? Sí. Al anochecer del primer día acamparon en la orilla del río Tigris. El joven Tobías se introdujo en las aguas del río para lavarse los pies, y he aquí que un pez enorme se le acercó e intentó devorar el pie del muchacho. Éste comenzó a gritar, y entonces el ángel le dijo: “¡Agárralo y no lo dejes escapar!” El muchacho se apoderó del pez y lo sacó a tierra. El ángel le dijo: “Raja el pez, sácale la hiel, el corazón y el hígado, y guárdalos; los intestinos, tíralos. La hiel, el corazón y el hígado sirven como medicamentos” (Tb 6, 4-5). Tobías hizo lo que le indicó el ángel, pero se quedó intrigado por las últimas palabras de Rafael. ¿Cómo podrían servir de medicamento aquellas partes del pez? Y el ángel se lo explicó: Cuando se queman el corazón y el hígado del pez delante de un hombre o mujer poseídos por un demonio o espíritu maligno, alejan de ellos toda posesión y desaparecen de ellos para siempre. La hiel sirve para untar los ojos de un hombre al que le hayan salido manchas blancas; al soplar sobre las manchas blancas, los ojos se curan (Tb 6, 8-9).

¿Recuperó Tobías el dinero? Sí, pero hay algo más interesante. Cuando Tobías y Azarías llegaron a Media, por indicación del ángel se hospedaron en Ecbatana, en la casa de Ragüel. Éste era pariente de Tobit, y tenía una hija llamada Sara. Rafael aconsejó a Tobías que la tomara por esposa, ya que Sara -le dijo el ángel- es una muchacha prudente, fuerte y muy guapa; además su padre es bueno (Tb 6, 12). El joven Tobías manifestó a Rafael su temor en tomar a la joven por esposa porque había llegado a sus oídos que ya había sido dada a siete maridos y que murieron en sus aposentos nupciales por la noche, cuando iban a acercarse a ella. También he oído decir que los mataba un demonio. Por eso tengo miedo, pues el demonio está celoso por ella y a ella no le hace ningún daño, pero mata a quien pretende acercársele (Tb 6, 14-15). El ángel le tranquilizó. No te preocupes de ese demonio, y cásate. Yo sé que esta noche te la entregarán como esposa. Cuando entres en el aposento nupcial, toma parte del hígado y del corazón del pez y ponlos sobre las brasas del incienso. Surgirá un aroma que, al ser inhalado por ese demonio, lo ahuyentará y ya nunca más aparecerá junto a ella (Tb 6, 16-17).

¿Se casaron Tobías y Sara? Sí. Ragüel no tuvo inconveniente alguno en conceder la mano de su hija a Tobías, pero tanto él como su mujer Edna temían que también en esta ocasión como en las siete anteriores, en la noche de bodas, muriera el marido de Sara. Pero esta vez no ocurrió. Tobías hizo con el hígado y el corazón del pez lo que le había dicho el ángel, y el demonio Asmodeo desapareció. Una vez que Tobías y Sara en el aposento, el joven dijo a Sara: Vamos a rezar y a suplicar a nuestro Señor que haga descender sobre nosotros misericordia y salvación (Tb 8, 4). Y los dos juntos rezaron a Dios antes de acostarse.

¿Cuál fue la oración de Tobías? ¡Bendito eres, Dios de nuestros padres, y bendito tu nombre por todos los siglos de los siglos! ¡Que los cielos y tu creación entera te bendigan por siempre jamás! Tú creaste a Adán y creaste para él a Eva, su mujer, para que fuera su ayuda y su apoyo. De ambos ha surgido el género humano. Tú dijiste que no era bueno que el hombre estuviera solo: “Hagámosle una ayuda semejante a él”. Ahora tomo a esta pariente mía no por causa del placer, sino con rectitud de intención. Ten misericordia de ella y de mí, para que alcancemos junto la ancianidad (Tb 8, 7).

¿Y el dinero…? La celebración de la boda duró varios días. Mientras tanto, Azarías se acercó a Ragués, a casa de Gabael, con el recibo, y recuperó el dinero.

¿Fue prolongada la ausencia de la casa paterna de Tobías? Sí. Tanto se prolongó la ausencia del joven con motivo de su boda, que sus padres sufrían una angustiosa inquietud. Tobit había calculado el tiempo que tardaría su hijo en ir a Media y volver, y viendo que ya se había cumplido sin que Tobías hubiera vuelto, se temió lo peor. Igualmente angustiada estaba Ana, su esposa. Ésta pensaba que su hijo había muerto, pero aún tenía cierta esperanza. Todos los días salía al camino por el que su hijo había marchado, y no hacía caso de nadie. Al ocultarse el sol, entraba en casa, se lamentaba y se pasaba toda la noche llorando sin poder dormir (Tb 10, 7). Y así durante largo tiempo, hasta que un día, estando sentada mirando en lontananza el camino se dio cuenta de que regresaba su hijo. Se levantó para darle la buena noticia a Tobit, su marido. Ambos salieron a recibir a Tobías. Éste, después de abrazar a sus padres, hizo lo que le había indicado Azarías, es decir, colocó la hiel del pez en los ojos de Tobit, le aplicó el medicamento, y con las manos le quitó las manchas blancas de las comisuras de sus ojos. Y Tobit recobró la vista.

Tobías entró en casa alegre y bendiciendo a Dios con toda su voz. Relató Tobías a su padre que había sido favorecido en su viaje y que había recobrado el dinero y había recibido como esposa a Sara, la hija de Ragüel, que también venía y estaba ya cerca de las puertas de Nínive (Tb 11, 15). Entonces Tobit salió, feliz y bendiciendo a Dios, hasta la puerta de Nínive al encuentro de su nuera.

¿Y Azarías…? Tobit dijo a su hijo que recompensara al joven que le había acompañado en el viaje. Tobías quiso pagarle a Azarías la mitad de todo lo que había traído. Entonces, Rafael dijo a Tobit y a Tobías: Bendecid a Dios y proclamad ante todos los vivientes el bien que os ha hecho, para que alaben y canten himnos en su nombre. Manifestad con veneración a todos los hombres las acciones de Dios y no dejéis de proclamarlo. Es bueno mantener oculto el secreto real, pero también lo es manifestar y proclamar las acciones de Dios con veneración. Practicad el bien, y el mal no os encontrará. Buena es la oración sincera, y es preferible la limosna con justicia a la abundancia inicua. Es mucho mejor dar una limosna que atesorar oro. La limosna libra de la muerte y purifica de todo pecado. Lo que dan limosna gozarán de una larga vida. Los que cometen pecado e iniquidad son enemigos de su propia vida. Os explicaré toda la verdad sin ocultaros nada. Ya os he mostrado y os he dicho que es bueno mantener oculto el secreto real, y manifestar gloriosamente las acciones de Dios. Cuando Sara y tú hacíais oración era yo el que presentaba el testimonio de vuestra plegaria ante la gloria del Señor. Lo mismo que cuando enterrabas a los muertos (Tb 12, 6-12).

¿Se dio a conocer el ángel? Sí. Después le dijo a Tobit: Dios me ha enviado para curarte a ti y a tu nuera Sara. Yo soy Rafael, uno de los siete ángeles que servimos y estamos presentes ante la gloria del Señor (Tb 12, 15). Al oír esta revelación, tanto el padre como el hijo se quedaron atónitos, y se postraron en tierra, sobrecogidos de espanto. Entonces el ángel añadió: No temáis. La paz esté con vosotros. Alabad a Dios por los siglos de los siglos. Mientras he permanecido con vosotros no os he acompañado por iniciativa mía, sino por voluntad de Dios. Alabadlo todos los días y cantadle himnos. Os habréis dado cuenta de que yo no comía nada, sino que aparecía a vuestros ojos como una visión. Ahora, alabad al Señor sobre la tierra y proclamad a Dios. Yo subo hacia el que me ha enviado. Poned por escrito todo lo que os ha sucedido (Tb 12, 17-20). Y dicho esto, desapareció.

¿Fue Tobías un hijo ejemplar? Sí. Tobit tenía sesenta y dos años cuando quedó ciego, y después de la vuelta de su hijo y de recobrar la vista vivió en la abundancia y repartió limosnas. Durante toda su vida bendijo a Dios y proclamó su grandeza. Cuando sintió que su muerte estaba próxima le dijo a Tobías que tomara a sus hijos y se marchasen de Nínive, cuya próxima ruina había anunciado el profeta Nahúm. Cuando murió, fue sepultado por su hijo con el honor debido. Igualmente, al morir Ana, Tobías la enterró junto a su padre. Y siguiendo el consejo de Tobit se marchó con su esposa a Media. Se estableció en Ecbatana en casa de su suegro Ragüel. Cuidó de la ancianidad de sus suegros de forma digna y les dio sepultura en Ecbatana de Media (Tb 14, 12-13). Tobías murió estimado por todos. Antes de morir bendijo al Señor Dios por todos los siglos de los siglos.

Los Novísimos

Las verdades eternas

Un día, estando conversando con un chico de primero de BUP (Bachillerato Unificado Polivalente), le pregunté si pensaba de vez en cuando en los novísimos. La respuesta fue negativa. Ni siquiera sabía lo que eran los novísimos. Entonces se me ocurrió emplear la palabra sinónima -las postrimerías– por si le sonaba más. Tampoco tenía idea de lo que pudieran ser las postrimerías. Visto lo cual, comencé a decirle: Mira, los novísimos son cuatro: muerte…¡Uf!, a mí aún me queda mucho tiempo… Claramente no le interesaba el tema. Solamente nombrar la muerte me interrumpió y dijo:

Pues sí que es un tema que hay que tener presente en la vida. Y de él vamos a tratar ahora. El lenguaje tradicional cristiano designa como los cuatro novísimos o postrimerías del hombre a la Muerte, al Juicio, al Infierno y al Cielo. Y es importante considerar estas verdades, pues toda una eternidad es lo que está en juego. La meditación sobre los novísimos es una ayuda para vivir siempre cara a Dios, con sentido de eternidad. No se puede olvidar que el hombre tiene un destino eterno.

Hay un cuento oriental, que podríamos titular: Cita con la muerte. Paso a narrarlo. Una mañana un cierto mercader de Bagdad envió a su sirviente al mercado para que comprara las provisiones del día. Al poco rato regresó el criado, completamente pálido y tembloroso. Amo y señor -le dijo al mercader-. Estando en el mercado una mujer me empujó y cuando me volví para mirarla, vi que era la Muerte. Clavó en mí sus ojos profundos y me hizo un gesto amenazante. Señor, si tú te dignas prestarme tu caballo huiré a Samarra, y allí la Muerte no me podrá encontrar. El mercader le prestó su caballo, y el sirviente, con prisas, se montó en él partiendo velozmente como el viento. Entonces el mercader fue al mercado  y viendo a la Muerte entre la multitud se acercó a ella y le preguntó: ¿Por qué hiciste un gesto de amenaza a mi criado esta mañana cuando te tropezaste con él? La Muerte respondió: No fue un gesto de amenaza. Fue un gesto de sorpresa. Me asombró verlo aquí, en Bagdad, cuando tenía una cita conmigo esta noche en Samarra.

El hombre no quiere pensar en su muerte, y si es joven, aún menos; para él la muerte es asunto de los demás. Pero, quiérase o no, un día llegará y no será posible huir de ella. Y puede venir en cualquier momento. El ¡uf!, a mí aún me queda mucho tiempo… puede no ser verdad, no se sabe… Quizá ese mucho tiempo sea sólo unas semanas, o unos días, o unas horas, o, incluso, unos minutos o segundos. No sabemos cuándo, ni dónde, ni cómo. Lo único cierto es que vendrá, y lo verdaderamente importante es tener el alma limpia de pecados mortales, la conciencia en paz con Dios, morir como buenos cristianos. Y normalmente como se vive se muere.

La visión cristiana de la muerte se expresa en estas palabras de la liturgia de la Iglesia: La vida de los que creemos en ti, Señor, no termina, se transforma y, al deshacerse nuestra morada terrena, adquirimos una mansión eterna en el cielo (1). Por tanto, para una persona que durante su vida ha procurado amar a Dios, la muerte es la puerta que le introducirá en la vida que no tendrá fin, el momento del encuentro con el Señor. Bien lo expresó el papa Juan Pablo II cuando dijo: La vida de aquí abajo no es un camino hacia la muerte, sino hacia la vida, hacia la luz, hacia el Señor. (2)

Y ¿qué ocurre inmediatamente después que una persona muere? Después de la muerte viene el juicio, pero antes de hablar de este segundo novísimo quiero contar lo que ocurrió en un viaje. En el compartimento de un tren que se dirigía a Londres estaban dos hombres. Uno, de pelo gris y edad madura. El otro era joven y estaba inquieto, preocupado y temeroso. El de más edad le dirigió la palabra: Observo que está usted atribulado. ¿Puedo ayudarle en algo? El joven, un poco sorprendido, dijo: No, señor; nadie puede ayudarme… Y a continuación, añadió: Pero como usted es un desconocido y creo que jamás volveremos a vernos, y, por otra parte, me inspira confianza, le contaré lo que me está pasando. Será para mí un desahogo, un alivio. Y comenzó a contar. Era una historia muy triste. Para ayudar a su madre viuda, empezó a cometer algunos pequeños hurtos en la empresa donde trabajaba. Luego se hizo amigo de dos compañeros del trabajo, que eran unos indeseables, y que influyeron demasiado en él. Los tres planearon un robo de importancia. Cuando lo estaban cometiendo, un vigilante nocturno los sorprendió y uno de sus compañeros lo mató de un tiro. Los dos colegas fueron capturados por la policía, y ambos le culparon del asesinato. El muchacho pudo escapar de la persecución policial, pero había una orden de detención contra él, y por este motivo huía, pensando que en Londres le sería más fácil esconderse.

El hombre mayor le escuchó con atención e interés, y cuando terminó el relato, le dijo: Le aconsejo encarecidamente que se entregue a la justicia, y repita ante el tribunal el relato exacto que acaba de hacerme. Esto es lo mejor y lo único que puede hacer. Reconozco que mi consejo es fácil de dar, y no puedo negar que yo mismo pasaría un miedo tremendo ante el tribunal… El joven prometió seguir aquel consejo.

El día del juicio, el joven, pálido y tembloroso, estaba sentado en el banquillo de los acusados. Se leyeron los cargos que pesaban sobre él y se le exigió que prestara declaración. Apenas tenía fuerzas para pronunciar una palabra. Cuando levantó los ojos hacia el juez, ¡qué sorpresa!: era el caballero que coincidió con él en el compartimento del tren. Aliviado, prestó declaración a quien ya conocía la verdad de los hechos. Se le condenó sólo por el intento de robo.

El alma cuando sale del cuerpo comparece inmediatamente ante Jesucristo para ser juzgada. En este juicio se examina todo cuanto el hombre haya hecho, dicho o pensado, e incluso se tendrán en cuenta las omisiones. Para acudir a esta cita con Jesús es muy conveniente que examinemos nuestra conciencia diariamente, y de esta forma veremos cuál es el estado de nuestra alma. Si resulta que está manchada con algún pecado, la limpiamos cuanto antes en el sacramento de la Penitencia. Pues si confesamos nuestras faltas y pecados con verdadero arrepentimiento el mismo Dios nos los perdonará. Con el examen de conciencia bien hecho no habrá sorpresas desagradables en el juicio particular.

Ahora bien, si durante nuestra existencia terrena hemos vivido según las enseñanzas de Jesucristo, el Señor nos recibirá con un gran abrazo y nos introducirá en el Cielo.

En todo juicio se pronuncia sentencia. Del juicio particular hay dos posibles sentencias: una es salvífica; la otra, condenatoria. Recibirán la primera los que mueran en gracia de Dios, y su premio es el Cielo, al que irán inmediatamente o después de pasar por el Purgatorio (3), según tengan o no tengan algo de que purificarse; y la segunda, los que al momento de morir tengan el alma en estado de pecado, y su castigo es el Infierno.

Pero, ¿realmente existe el Infierno? Esta pregunta se la formulan muchas personas, y la respuesta es afirmativa. Sí, el Infierno existe. Para negar su existencia habría que arrancar páginas enteras del Evangelio o manipular sus textos y olvidar todo lo que la Iglesia dice sobre este castigo. Cristo habló con claridad meridiana de la eternidad de las penas del infierno. Reconozco que es una verdad que resulta impopular hablar de ella, pero no se puede omitir en la catequesis. El Catecismo de la Iglesia Católica la expresa así: La enseñanza de la Iglesia afirma la existencia del Infierno y su eternidad. Las almas de los que mueren en pecado mortal descienden a los infiernos inmediatamente después de su muerte y allí sufren las penas del Infierno, el “fuego eterno” (4).

Una vez, un hombre incrédulo se mofaba de una persona piadosa diciéndole: Oh tú, pobre creyente, ¡qué chasco te llevarás cuando, después de la muerte, veas que todo el reino celestial es una simple fábula! El creyente, sin alterarse lo más mínimo, se limitó a responderle casi con las mismas palabras: Oh tú, pobre incrédulo, ¡qué chasco te llevarás cuando, después de tu muerte, veas que todo el Infierno no es una simple fábula!

El venerable Juan Pablo II habló del Infierno. Entre otras cosas ha dicho: Dios es Padre infinitamente bueno y misericordioso. Pero, por desgracia, el hombre, llamado a responderle en libertad, puede elegir rechazar definitivamente su amor y su perdón, renunciando así para siempre a la comunión gozosa con él. Precisamente esta trágica situación es lo que señala la doctrina cristiana cuando habla de condenación o Infierno (5).

 

El mismo Jesús nos advierte ¿de qué le sirve al hombre ganar todo el mundo si pierde su alma? (6). Dios quiere que nos movamos por amor, pero dada nuestra debilidad, consecuencia del pecado original, ha querido manifestarnos a dónde conduce el pecado, para que tengamos un motivo más que nos aparte de este grave mal: el santo temor.

Y ahora toca tratar del cuarto novísimo, que es el Cielo. Antes de entrar en materia voy a referir algo que ocurrió en el siglo XVI. Es sabido que el Anglicanismo (7) comienza por la pasión del rey Enrique VIII por una dama de la Corte llamada Ana Bolena. El monarca inglés pidió al papa Clemente VII la declaración de nulidad de su matrimonio con Catalina de Aragón. El Papa, después de estudiar tan delicado asunto, denegó la petición por considerar que el matrimonio de Enrique y Catalina era verdadero matrimonio. Montó en cólera el rey y se autonombró Cabeza de la Iglesia en Inglaterra, separándose de la Iglesia Católica. A partir de ese momento comenzó en Inglaterra una persecución contra los católicos que se mantuvieron fieles a Roma. Un día, Enrique VIII amenazó a dos católicos con estas palabras: Si no os declaráis partidarios del Anglicanismo, os haré arrojar al Támesis. Pero ellos no se asustaron ante las amenazas reales, que verdaderamente eran reales, a pesar de que eran conscientes que el rey había mandado a la muerte a muchos católicos, y replicaron: Nosotros sólo deseamos ir al Cielo y lo mismo nos da llegar allí por tierra que por agua.

Pero hablemos ya del Cielo. Lo primero que hay que decir es que Dios quiere nuestra felicidad eterna, nos ha preparado el Cielo. El mismo Jesús lo dijo con claridad: En la casa de mi Padre hay muchas moradas (…) voy a prepararos el lugar. Cuando yo me haya ido y os haya preparado el lugar, de nuevo volveré y os tomaré conmigo, para que donde yo estoy estéis también vosotros (8) .

El Cielo es la recompensa que Dios tiene reservada para los que en esta tierra le aman. Después de esta vida Nuestro Señor nos espera en el Cielo. Allí estaremos con la Trinidad Beatísima y sólo habrá cosas buenas, sin mezcla de mal alguno. Tendremos un gozo que nadie nos podrá quitar. Las lágrimas y las penas no tienen entrada en el Paraíso.

El cristiano es hombre de esperanza, porque aspira a la vida eterna en la gloria del Cielo, donde la felicidad será completa. Pongamos nuestra confianza en las promesas de Cristo. No olvidemos que el cielo es el único bien que está al alcance de todos, pero para alcanzarlo no podemos apoyarnos en nuestras fuerzas sino en los auxilios de la gracia del Espíritu Santo.

San Pablo escribió del Cielo y no encontró palabras para describirlo, sólo supo decir: Ni ojo vio, ni oído oyó, ni vino a la mente del hombre, lo que Dios ha preparado para los que le aman (9). Un Cielo hecho por nuestro Dios para nosotros. Es preciso tener presente siempre que en esta vida lo único realmente importante que hay que hacer es merecer el Cielo.

De la consideración de los novísimos se puede sacar como propósito cuidar el examen de conciencia diario y fomentar la virtud de la esperanza. Y cuando alguna dificultad aparezca en el camino hacia Dios, repitamos una y otra vez: Vale la pena, vale la pena.

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(1) Prefacio I de la Misa de Difuntos.

(2) Juan Pablo II, Homilía 2.XI.1988.

(3) Los que mueren sin pecados mortales, pero sí con pecados veniales, y los que tienen que satisfacer pena temporal por los pecados cometidos ya perdonados, antes de entrar en el Cielo van al Purgatorio. Los que mueren en la gracia y en la amistad de Dios, pero imperfectamente purificados, aunque estén seguros de su eterna salvación, sufren después de su muerte una purificación, a fin de obtener la santidad necesaria para entrar en la alegría del cielo (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 1.030). ¿Qué es el Purgatorio? La Iglesia llama Purgatorio a esta purificación final de los elegidos que es completamente distinta del castigo de los condenados. La Iglesia ha formulado la doctrina de la fe relativa al Purgatorio sobre todo en los Concilios de Florencia y de Trento. La tradición de la Iglesia, haciendo referencia a ciertos textos de la Escritura, habla de un fuego purificador (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 1.031).

(4) Catecismo de la Iglesia Católica, n. 1.034.

(5) Juan Pablo II, Discurso 28.VII.1999.

(6) Mt 16, 26.

(7) ¿Qué es el Anglicanismo? Se llama Comunión Anglicana o Anglicanismo a la Iglesia que resultó al proclamarse Enrique VIII como Jefe de la Iglesia en Inglaterra rompiendo la unión con el Papa.

(8) Jn 14, 2-4.

(9) 1 Co 2, 9.

 

¿Diálogo?

Una vez Herodes supo el lugar del nacimiento de Jesús, dijo a los Magos: Id e informaos bien acerca del niño; y cuando lo encontréis, avisadme para ir yo también a adorarle (Mt 2, 8). El rey pretendía saber con exactitud dónde estaba el Niño no precisamente para adorarle, como decía, sino para librarse de Él, según la visión puramente política que tenía. Utiliza la mentira para poder cometer una fechoría. Hoy día también hay muchos capitaneados por el padre de la mentira que engañan, que tienen como arma la mentira para realizar planes inconfesables. ¿No has observado cómo tergiversan las noticias en medios de comunicación -prensa, radio, televisión y redes sociales- que manejan? Lo suyo es la manipulación de la información. Y hablan del diálogo… El diálogo sólo es posible cuando ambas partes -con voluntad recta- buscan la paz, el entendimiento mutuo, pero no hay que creer en el diálogo entre la mentira y la verdad; entre los que defienden el error a la vez que pisotean derechos divinos y humanos, y los que saben permanecer firmes en la verdad. Y no porque estos últimos sean incapaces de dialogar, sino porque los primeros utilizan con doblez el diálogo para la consecución de sus fines. Sí, no hay que creer en el diálogo cuando es transigencia en lo que no se debe transigir. Aún estamos pagando las consecuencias del diálogo de Eva con la serpiente y eso que ocurrió en el mismo principio de la humanidad.

Decálogo del abuelo

Decálogo de los abuelos

Vivid con alegría esta etapa final del camino, el atardecer, descubriendo que, junto a sus limitaciones, tiene también sus alegrías.

Aceptad pasar a un segundo plano en la vida de los hijos: en la toma de decisiones, en la disposición de las cosas, en lo que se refieren a vuestros nietos…

Buscad el mayor conocimiento de un Dios que os espera con la misma ternura con que vosotros esperabais, al caer de la tarde, el retorno de vuestros hijos.

Redescubrid el amor a ese hombre o a esa mujer con quien un día ya lejano fundasteis un hogar, tuvisteis unos unos hijos y fue envejeciendo junto a vosotros.

Cuidad el amor a vuestros hijos, los cuales, a la vez que problemas, os aportaron un verdadero enriquecimiento intelectual, afectivo, de carácter…

Estrenad gozosos el amor a vuestros nietos -en lo que habéis reencontrado a vuestros hijos- dándoles vuestro ejemplo, vuestra conversación y vuestra ternura.

Entregaos, en asociaciones con vuestros mismos ideales, al servicio de la sociedad. No dejéis que se pierdan, estériles, vuestros valores y vuestra experiencia.

Aceptad las enfermedades que conllevan vuestras limitaciones. Pero tras ellas, descubrid la mano providente de Quien todo lo dirige al bien de los que ama.

Recordad, finalmente, que hay cuatro palabras que os pueden ayudar para proceder con acierto en el atardecer de la vida. Amar, comprender, disculpar…

…Y sonreír.

Alegría cristiana

La alegría esencial de la creación se completa a su vez con la alegría de la salvación, con la alegría de la Redención. El Evangelio es en primer lugar una gran alegría por la salvación del hombre. El Creador del hombre es también su Redentor. La salvación no sólo se enfrenta con el mal en todas las formas de su existir en el mundo, sino que proclama la victoria sobre el mal. Yo he vencido al mundo, dice Cristo. Son palabras que tienen su plena garantía en el Misterio pascual, en el suceso de la Pasión, Muerte y Resurrección de Jesús. Durante la vigilia de Pascua, la Iglesia canta como transportada: O felix culpa, quae talem ac tantum meruit habere Redemptorem (¡Oh feliz culpa, que nos hizo merecer un tal y tan gran Redentor! (Exultet). El motivo de nuestra alegría es pues tener la fuerza con la que derrotar al mal, y recibir la filiación divina, que constituye la esencia de la Buena Nueva. Este poder lo da Dios al hombre en Cristo. El Hijo unigénito viene al mundo no para juzgar al mundo, sino para que el mundo se salve del mal.

(San Juan Pablo II, Cruzando el umbral de la esperanza)

Hay Dios y los demás

Empezaste a vislumbrar un horizonte distinto al que acostumbrabas divisar con tu miopía hedonista de la vida. Antes, para ti sólo la búsqueda del placer era la brújula que guiaba tu caminar por el tiempo. No es que fueras como el rico Epulón de la parábola evangélica, aunque no distabas mucho de él porque estabas muy aburguesado, y en ningún momento pensabas en dedicar parte de tu energía vital en socorrer o aliviar el dolor de tu prójimo.

Un día, alguien te gritó: “Deja el yo cuando hay Dios y los demás”. Esas palabras te hirieron. Era verdad que en ti el ego dominaba todo tu ser, pero no te considerabas egoísta, y, sin embargo, tu mundo se reducía a un caprichoso vivir sin compromisos (complicaciones, dirías tu) con la realidad sangrante de los muchos lázaros que con manos suplicantes y rostros dolientes te miraban buscando no una limosna, sino algo de amor que saliera de tu endurecido corazón.

En la noche de aquel día, no pudiste conciliar el sueño. El “deja el yo” resonaba continuamente en tus oídos, mientras que luchabas por acallar aquella voz. Sí, estabas decidido a seguir el camino cómodo de tu yo. Pero… “hay Dios y los demás”.

Sin querer se abría ante ti una opción entre egoísmo y altruismo. Hacía tiempo que el placer egoísta era el ídolo al que lo habías sacrificado todo, convirtiéndolo en el verdadero dios de tu persona. Aquel alguien al decirte que hay Dios no se había referido a ese dios hecho por ti a tu medida y capricho, sino al Dios que es amor.

El fuego

La seducción del fuego

Sagrado y diabólico, infernal y divino, el fuego hechiza y devora. Una zaraza ardiente sedujo a Moisés. Era la pasión de Dios por liberar a su pueblo. Y con fuego selló en el Sinaí la Alianza.

En el bautismo de fuego nacen los hombres nuevos. ¡Fuego del Espíritu que devora y seduce! Llamas de amor viva, para posarse en el pensamiento del hombre, para encender la palabra en la boca de los profetas. Fuego que hace brillar los ojos enrojecidos de amor y de ira; fuego que apasiona el corazón y las entrañas. Fuego en los labios del Creador cuando soplaron el barro y besaron al hombre. Fuego de creación que enciende los atardeceres y embruja de colores el paisaje y enamora el alma para la fiesta del encuentro.

Fuego de creación guardado en la noche para encender el alba y llenar de luz el nuevo día. Fuego oculto celosamente en el seno de la tierra y brillante allá arriba en las estrellas. Fuego que arde en los labios de la esposa, y en el cuerpo de una virgen, y alumbra los sueños del poeta, del genio y del santo, y templa el alma para la lucha y el martirio. Y fuego humilde en la cocina que reúne a la familia y la descansa de fatigas (Mario).

Día del Seminario

(Palabras dirigidas a seminaristas). No os estáis preparando para hacer “un trabajo”, para convertiros en “funcionarios de una empresa” o de un “organismo burocrático”. Tenemos tantos, tantos curas a mitad de camino. Es un dolor que no hayan logrado llegar a la plenitud, tienen algo de funcionarios, algo de burocrático, y esto no hace bien a la Iglesia. Estad atentos, no os convirtáis en esto. En la escuela ministerial de Cristo no hay lugar para la mediocridad.

Os estáis preparando para ser pastores a imagen y semejanza de Jesús, que se trata de algo demasiado grande para los hombres que son demasiado pequeños, pero que cuentan con la fuerza del Espíritu Santo. Para ser pastores a imagen y semejanza de Jesús tenéis que meditar todos los días el Evangelio para así trasmitirlo con su vida y predicación, experimentar la misericordia de Dios en el sacramento del perdón, nutrirse con la fe del amor a la Eucaristía y ser hombres de oración.

En el seminario se propone a los candidatos a sacerdote una experiencia que transforma los proyectos vocacionales en fecunda realidad apostólica y tiene como objetivo preparar a los futuros ministros ordenados en un clima de oración, estudio y fraternidad. Si no estáis dispuestos a seguir este camino, con este comportamiento y estas experiencias, es mejor que seáis valientes y busquéis otro camino. Hay muchas maneras de dar testimonio en la Iglesia.

Cuidado con los malos pastores, porque digamos la verdad, el seminario no es un refugio para tantas limitaciones que podamos tener, carencias psicológicas, o porque no tengo valor para ir adelante en la vida y allí busco un lugar que me defienda. No es eso, si el seminario fuera eso se convertiría en una hipoteca para la Iglesia. reflexionad seriamente sobre vuestro futuro (Papa Francisco).

Una sonrisa… por favor

El arte supremo de la sonrisa

En uno de sus libros, José Luis Martín Descalzo hace esta confesión: Si debiera pedir a Dios un don, solamente le rogaría el arte supremo de la sonrisa. Se ha escrito que la sonrisa es una especie de sacramento de Dios, un signo que de alguna forma transparenta a Dios. Los cristianos tenemos sobrados motivos para prestar a los demás el generoso servicio de la sonrisa.

Para que la sonrisa sea un compañero fiel en nuestras relaciones humanas hemos de partir de una idea positiva del hombre, viendo en él una imagen de Dios, fijarnos en la dignidad de todo ser humano.

La sonrisa nos parece un lenguaje normal, lógico con cualquier niño pequeño. Pero únicamente parece tener sitio al paso de los años, cuando el adulto se encuentra en situación de necesidad y con ella queremos transmitirle un rayo de esperanza o expresarle nuestro afecto. Evidentemente no cualquier momento es el adecuado para sonreír. La sonrisa es una excelente terapia para el alma dolorida; ella es capaz de iluminar los lugares más tenebrosos. Poseer el arte supremo de la sonrisa es todo un regalo de Dios.

Pensamientos…

Una vida sin Dios es un buque sin timón; una vida fuera de Dios es una vida mísera y vana.

Una vida en Dios es una vida rica y sublime.

Si la tentación de la rutina te acosa, fortalece tu voluntad con la virtud.

El paraíso que formaste en tu imaginación, no lo busques… Sólo existe en tu imaginación.

Si tu mirada se pierde en la lejanía, no te fijes en el horizonte, que no es ni cielo ni tierra.

Si frente a ti ves una figura doliente, no desvíes tu mirada: es la imagen de un hombre, siempre hermano.

Si una mano extendida te suplica, no empequeñezcas la grandeza del corazón humano.

Si hay palabras, mas no obras, huye… sólo hay hipocresía.

A nadie se le puede hacer bien si antes no se le quiere bien.

Si asumes el compromiso de tu vida, no pienses en la caducidad de lo terreno, sino en la dimensión de eternidad con que fuiste creado.

En el rompeolas de tu vida, esa espuma que blanquea ilusoriamente la arena, no la recojas. Es el pasado que quedó atrás cuando empezaste a sentir la alegría en tu alma.

No te preocupes de la oscuridad que sientas en la noche de la prueba siempre que tengas la esperanza de un amanecer claro.

No pierdas energías en lamentarte por ese pasado tuyo que Dios ya ha olvidado y perdonado cuando aún te queda vida para hacer penitencia.

No mires hacia atrás porque tropezarás en el camino que te queda por recorrer.

No digas nunca: ¡basta!, en tu esfuerzo por una siembra de bien, porque la cizaña continúa siendo abundante.

No hables de imposibilidades en el apostolado cuando Dios está de nuestra parte y su poder no se ha empequeñecido.

No cierres tus oídos al oír gritos angustiados porque son manos que buscan en ti ayuda.

No reces sólo para ti cuando en la tierra que pisamos millones de hombres arrastran consigo el dolor.

No andes por esas sendas torcidas de la iniquidad sino por el camino de los mandatos del Señor.

No dejes en tu caminar más huella que aquella que pueda seguir otro hombre en su encuentro con Dios.

No busques tranquilidad y sosiego cuando aún se oye estrépito de guerra, porque se te pide que combatas en primera línea de fuego.