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Compendio de Historia Sagrada. Curso 2016-17. Clases de Religión. Lección trigésima primera. Apogeo y ruina del imperio babilónico

Lección trigésima primera

Apogeo y ruina del imperio babilónico

¿Cómo comienza el libro del profeta Daniel? El libro de Daniel comienza contando cómo Daniel, uno de los jóvenes judíos deportados a Babilonia, y tres compañeros suyos (Ananías, Misael y Azarías) entraron al servicio del rey Nabucodonosor II. Y cómo reciben de Dios una sabiduría extraordinaria. Además, el Señor concedió a Daniel la capacidad de interpretar visiones y sueños.

En el libro de este profeta buena parte del contenido es más legendario que histórico, por lo que conviene tener cierta cautela a la hora de tomar todo lo narrado como histórico. Por ejemplo, en el capítulo 6, donde se narra el episodio de Daniel en el foso de los leones, aparece Darío el Medo. De este personaje no hay noticia alguna en la historia. El hecho de contar este episodio es una forma de recalcar cómo Dios salva a los que cumplen las exigencias de la religión judía.

¿Cuál fue el primer sueño que interpretó Daniel? Nabucodonosor tuvo un sueño que le llenó de preocupaciones, pues no consiguió recordarlo, y le dejó un poco trastornado. Llamó a los magos, astrólogos y adivinos de su imperio, y ninguno de ellos supo decirle al rey cuál era su sueño y la interpretación del mismo. Entonces Daniel, después de haber invocado al Señor, se presentó ante el rey para darle a conocer el sueño y su interpretación. Tú, oh rey, estabas mirando y apareció una gran estatua. Era una estatua enorme; su brillo extraordinario resplandecía ante ti, y su aspecto era terrible. Aquella estatua tenía la cabeza de oro fino, el pecho y los brazos de plata, el vientre y los muslos de bronce, las piernas de hierro, y los pies parte de hierro y parte de barro. Seguías mirando hasta que una piedra se desprendió sin intervención de mano alguna, golpeó la estatua sobre los pies de hierro y de barro, y los hizo pedazos. Entonces se hicieron pedazos a la vez el hierro, el barro, el bronce, la plata y el oro, y fueron como el tamo de una era en verano; el viento se los llevó y desaparecieron sin dejar rastro. Y la piedra que golpeó la estatua se convirtió en una montaña y llenó toda la tierra (Dn 2, 31-35).

¿Cuál la interpretación que le dio a ese sueño? Daniel continuó diciendo: Éste es el sueño: su interpretación la vamos a exponer al rey. Tú, majestad, eres rey de reyes, a quien el Dios del cielo ha entregado el reino, el poder, la fuerza y la gloria, y en cuyas manos ha puesto todo lugar donde habitan los hombres, las bestias del campo y las aves del cielo; tu dominio se extiende sobre todos ellos. Tú eres la cabeza de oro. En tu lugar se establecerá después otro reino inferior a ti; y luego otro tercer reino de bronce, que dominará toda la tierra. Habrá después un cuarto reino, fuerte como el hierro; y lo mismo que el hierro rompe y machaca todo, como hierro demoledor él romperá y triturará a todos ellos. Los pies y dedos que viste, parte de barro de alfarero y parte de hierro, será un reino dividido, pero que tendrá la fuerza del hierro, porque viste hierro mezclado con barro de arcilla. Como los dedos de los pies, parte de hierro y parte de barro, parte del reino será fuerte y parte será débil. Como viste el hierro mezclado con barro de arcilla, así se mezclarán ellos mediante descendencia humana, pero no llegarán a unirse el uno con el otro, lo mismo que el hierro no se fusiona con el barro. En los días de esos reyes el Dios del cielo suscitará un reino que nunca será destruido, y ese reino no pasará a otro pueblo; destruirá y acabará con todos los demás reinos, y él permanecerá por siempre. Tal como viste que de la montaña se desprendió una piedra sin intervención humana, y que destrozó el hierro, el bronce, el barro, la plata y el oro, así el Gran Dios da a conocer al rey lo que sucederá después de esto. El sueño es verdadero y la interpretación cierta (Dn 2, 36-45). Apenas acabó de hablar Daniel, el rey Nabucodonosor cayó rostro en tierra, y exclamó: Verdaderamente vuestro Dios es Dios de dioses y Señor de reyes, el que revela los secretos, pues tú fuiste capaz de desvelar este secreto (Dn 2, 47); y después colmó de honores a Daniel y a sus compañeros.

¿Cuál es el mensaje de la interpretación del sueño? La interpretación dada por Daniel anuncia que, tras los reinos de este mundo que se han ido sucediendo a lo largo de la historia, llegará un reino eterno instaurado por Dios mismo por encima de todas las posibilidades humanas. El cristiano ve aquí el reino de Cristo, si bien no se trata de un reino de carácter terreno y político sino espiritual, como dijo Jesús al procurador romano Poncio Pilato: Mi reino no es de este mundo (Jn 18, 36).

¿Gozaron siempre los compañeros de Daniel del favor real? No. Nabucodonosor era muy engreído y orgulloso. Con motivo de sus importantes victorias sobre sus enemigos se llenó de soberbia y se hizo representar por una estatua de oro, y mandó que la adorasen todos sus súbditos y vasallos. Un heraldo del rey proclamó: A vosotros, pueblos, naciones y lenguas, se os ordena: en el momento en que oigáis tocar el cuerno, la flauta, la cítara, el laúd, el arpa, la vihuela y toda clase de instrumentos, os postraréis y adoraréis la estatua que ha erigido el rey Nabucodonosor. Quien no se postre y adore será inmediatamente arrojado al horno encendido (Dn 3, 4-6). Pero Ananías, Misael y Azarías no se postraban ante la estatua, y por esto fueron acusados ante el rey. Hay unos hombres judíos a los que pusiste en la administración de la provincia de Babilonia, Sadrac, Mesac y Abed-Negó (estos eran los nuevos nombres de los compañeros de Daniel), y estos hombres no obedecen el decreto real, ni sirven a tus dioses, ni adoran la estatua de oro que has erigido (Dn 3, 12). Entonces el rey mandó traer a los tres jóvenes hebreos y les preguntó por qué no adoraban la estatua de oro. Sadrac, Mesac y Abed-Negó contestaron al rey Nabucodonosor diciendo: “Nosotros no necesitamos darte respuesta sobre esto. Si existe nuestro Dios, al que adoramos, Él puede librarnos del horno encendido, y Él nos librará, oh rey de tus manos. Y si no lo hiciera, que te conste, majestad, que nosotros ni servimos a tus dioses ni adoramos la estatua de oro que has erigido” (Dn 3, 16-18). Ante esta respuesta, el rey ordenó que los tres jóvenes fueran arrojados al horno. Pero un ángel del Señor los preservó del fuego, de modo que andaban por medio de las llamas bendiciendo a Dios y cantando alabanzas. En vista de tal prodigio, dispuso Nabucodonosor que los sacasen del horno, y glorificó al Dios de Israel.

¿Castigó Dios la soberbia de Nabucodonosor? Sí. Mientras Nabucodonosor II se hacía adorar como una divinidad, tuvo Daniel el valor necesario para anunciarle que algún día habría de verse reducido a la condición de las bestias, y obligado a separarse de las personas por algún tiempo. Y tal como lo profetizó Daniel, ocurrió. Al cabo de doce meses estaba paseando el rey por el palacio real de Babilonia y contemplaba la magnificencia de las obras que había mandado hacer en la capital de su reino, mientras decía: ¿No es ésta la gran Babilonia que yo he edificado para residencia real conforme a la grandeza de mi poder y según la gloria de mi majestad? (Dn 4, 27). Todavía estaba Nabucodonosor autoensalzándose cuando oyó una voz del cielo, diciéndole: A ti te hablan, rey Nabucodonosor. Se te ha quitado el reino. Te apartarán de los hombres y vivirás con las bestias del campo; te darán a comer hierba como a los toros, y así pasarás siete años hasta que reconozcas que el dominio del Altísimo está por encima del reinado de los hombres y que Él lo da a quien quiere (Dn 4, 28-29). Y al instante se cumplió esta palabra. Nabucodonosor fue alejado de los hombres, comía hierba como los toros y su cuerpo se empapaba del rocío del cielo, hasta que el cabello le creció como las plumas de las águilas, y las uñas como las de las aves (Dn 4, 30). Sin embargo, al cabo de un tiempo recobró la razón, se humilló ante Dios, y volvió a ocupar el trono, reinando a partir de entonces con más esplendor que antes.

¿Por qué Daniel fue arrojado a un foso con leones? Un sucesor de Nabucodonosor, Darío el Medo, viendo cómo Daniel sobresalía entre los ministros y los sátrapas porque poseía un espíritu superior, pensó ponerlo al frente de todo el reino. Entonces los cortesanos acusaron a Daniel de no obedecer las leyes del rey. Éste, que apreciaba mucho a Daniel, cuando oyó la acusación se disgustó mucho, y se puso a pensar la manera de salvarlo, pues la pena por no obedecer los decretos reales era ser arrojado al foso de los leones. Pero los acusadores le dijeron al rey: Sabes, majestad, que la ley de medos y persas es que cualquier prohibición o decreto que el rey haya establecido no se puede cambiar (Dn 6, 16). Entonces el rey, muy a pesar suyo, mandó que Daniel fuera arrojado al foso de los leones. Pero Dios preservó a Daniel de las garras de los leones, enviando un ángel que cerró las fauces de aquellas fieras. Al cabo de siete días, el rey vio con asombro vivo a Daniel, sin ningún rasguño, porque había confiado en Dios. Luego ordenó el rey que los calumniadores fueron arrojados al foso de los leones y no habían llegado aún al suelo del foso y ya los leones los habían atrapado y triturado todos sus huesos.

En vista de este milagro, el rey Darío escribió a todos los pueblos, naciones y lenguas que pueblan toda la tierra: Que aumente vuestra paz. De mi parte queda establecido el decreto de que en todos los dominios de mi reino se tiemble y se tema ante el Dios de Daniel. Él es el Dios vivo, que permanece por los siglos. Su reino no será destruido, su imperio dura hasta el fin. Él salva y libra, hace prodigios y milagros en el cielo y en la tierra. Él salvó a Daniel del poder de los leones (Dn 6, 26-28). Después de este suceso, Daniel prosperó en el reinado de Darío y en el reinado de Ciro el Persa.

¿Cómo fue la ruina de Babilonia? Al poderoso imperio babilónico le llegó la hora de su fin, de ser destruido, cuando Ciro, rey de Persia, después de haber conquistado los reinos de Media y Lidia, dirigió sus ejércitos contra el de Babilonia. En el año 539 antes de Cristo el rey Nabónido fue vencido y capturado en Borsipa, ciudad caldea. Baltasar (en el libro de Daniel figura como rey, aunque sólo era gobernador de Babilonia) tomó las riendas del poder y creyéndose seguro detrás de las fortificadas murallas de la capital, descuidó la defensa de la ciudad, pues no se preocupaba más en placeres y orgías.

En un gran banquete que dio Baltasar a sus nobles, se puso a beber vino. Bajo el efecto del vino, Baltasar mandó traer los vasos de oro y plata que su padre; Nabucodonosor, se había llevado del Templo de Jerusalén, y que bebieran en ellos el rey, sus nobles, sus mujeres y sus concubinas. Cuando trajeron los vasos de oro que se habían llevado de Templo de Jerusalén, bebieron en ellos el rey, sus nobles, sus mujeres y sus concubinas. Bebían vino y alababan a sus dioses de oro y plata, de bronce y de hierro, de madera y piedra. En aquel momento aparecieron unos dedos de mano humana y escribieron frente al candelabro sobre el revoque del muro del palacio real; y el rey veía la palma de la mano que iba escribiendo. Entonces el semblante del rey palideció y sus pensamientos le turbaron; las articulaciones de las caderas se le aflojaron y las rodillas le chocaban una contra otra (Dn 5, 2-6). Aterrorizado Baltasar mandó llamar a los sabios de Babilonia, pero ninguno supo siquiera leer aquel misterioso escrito.

Entonces se acordó de Daniel, y le hizo comparecer. Una vez en su presencia, Baltasar le dijo a Daniel: He oído acerca de ti que puedes dar interpretaciones y resolver problemas; pues bien, si logras leer lo escrito y darme a conocer su interpretación, vestirás de púrpura, llevarás al cuello un collar de oro y serás el tercero en autoridad en el reino (Dn 5, 16). Daniel rechazó todos aquellos honores y le dijo a Baltasar: Yo leeré al rey lo escrito y le daré a conocer su interpretación (Dn 5, 17). Y después de recordarle a Baltasar la conducta soberbia del rey Nabucodonosor y su castigo hasta que reconoció el dominio del Dios Altísimo, le dijo: Te has alzado contra el Señor del cielo y te han traído los vasos de su Templo, y tú, tus nobles, tus mujeres y tus concubinas habéis bebido vino en ellos. Has ensalzado a dioses de plata y de oro, de bronce y de hierro, de madera y de piedra, que ni ven, ni oyen, ni conocen; mientras que al Dios en cuyas manos está tu vida y al que pertenecen todos tus caminos no lo has glorificado. Por eso, Él, por su parte, ha enviado la palma de esa mano que ha grabado el escrito. Éste es el escrito grabado: Mené, mené, teqel y ufarsin. Y la interpretación de las palabras es ésta: Mené: Dios ha contado los días de tu reinado y les ha señalado el final; Tequel: ha sido pesado en la balanza, y se te encuentra falto de peso; Ufarsin: tu reino ha sido dividido, y entregado a medos y persas (Dn 5, 23-28).

¿Se cumplió lo anunciado en aquellas misteriosas palabras? El terrible vaticinio se cumplió aquella misma noche, pues fue asesinado Baltasar. Y los persas, después de haber desviado las aguas del río Éufrates, penetraron en Babilonia por el cauce de aquel río, y se apoderaron de la ciudad. Poco tiempo después Ciro entró triunfalmente en la capital entre las aclamaciones del pueblo y de los sacerdotes, y presenció el asalto y la toma de la formidable ciudadela de Nabucodonosor II, que se resistía. Tomado el palacio real, el imperio de Babilonia pasó a manos de Ciro. Era el año 538 antes de Cristo.

La misión de la Iglesia

¿Qué misión tiene el pueblo de Dios? La de llevar al mundo la esperanza y la salvación de Dios: ser signo del amor de Dios que llama a todos a la amistad con Él; ser levadura que hace fermentar toda la masa, sal que da sabor y preserva de la corrupción, ser una luz que ilumina. En nuestro entorno, basta con abrir un periódico, vemos que la presencia del mal existe, que el Diablo actúa. Pero quisiera decir en voz alta: ¡Dios es más fuerte! Porque Él es el Señor, el único Señor. Y desearía añadir que la realidad a veces oscura, marcada por el mal, puede cambiar si nosotros, los primeros, llevamos a ella la luz del Evangelio, sobre todo con nuestra vida (Papa Francisco).

En la Escuela de María

La Virgen María nos enseña el significado de vivir en el Espíritu Santo y qué significa acoger la novedad de Dios en nuestra vida. Ella concibió a Jesús por obra del Espíritu, y cada cristiana, cada uno de nosotros, está llamado a acoger la Palabra de Dios, a acoger a Jesús dentro de sí y llevarlo luego a todos. María invocó al Espíritu con los Apóstoles en el Cenáculo: también nosotros, cada vez aque nos reunimos en oración estamos sostenidos por la presencia espiritual de la Madre de Jesús, para recibir el don del Espíritu y tener la fuerza de testimoniar a Jesús resucitado. Que María os ayude a estar atentos a lo que el Señor os pide, y a vivir y caminar siempre según el Espíritu Santo (Papa Francisco).

Compendio de Historia Sagrada. Curso 2016-17. Clases de Religión. Lección trigésima. Cautividad de Babilonia

Lección trigésima

Cautividad de Babilonia

¿Quiénes fueron los últimos reyes de Judá? El inmediato sucesor de Josías fue su hijo Joacaz. Pero éste reinó muy poco tiempo -tres meses- pues el rey de Egipto Necó II lo destronó de Jerusalén y lo hizo prisionero, llevándoselo a Egipto donde murió. Además impuso al país el pago de cien talentos de plata y uno de oro. Destronado Joacaz, el faraón puso en el trono de Judá a Eliaquim, hijo también de Josías, cambiándole el nombre por el de Joaquín. Esto ocurría en el año 608 antes de Cristo. Joaquín I, muy débil de carácter y además entregado a la idolatría, pagó el tributo a Necó II, y, a pesar de las terribles amenazas de los profetas Jeremías y Baruc, desoyó las advertencias del cielo. Su reinado de Joaquín I se caracterizó por la corrupción y la injusticia; él fue el responsable del asesinato del profeta Urías, y no quiso escuchar la palabra del Señor por boca de Jeremías.

A Joaquín I, muerto en el año 598 antes de Cristo, le sucedió su hijo, también llamado Joaquín -Joaquín II-. Éste reinó poco tiempo, pues llevado cautivo a Babilonia por Nabucodonosor. El rey de Babilonia puso en el trono de Judá al tío de Joaquín II, llamado Matanías, al que le fue cambiado el nombre por el de Sedecías. Éste fue el último rey de Judá.

¿Cuándo comenzó la cautividad de Babilonia? Hubo dos deportaciones. La primera durante el reinado de Joaquín II, en el año 597 antes de Cristo, aunque antes ya algunos jóvenes judíos habían sido llevados a Babilonia. En el año 612 antes de Cristo, aún durante el reinado de Josías, Nínive fue destruida por los medos y babilonios, que se repartieron el imperio de Asiria. Creyendo el rey de Egipto Necó II que había llegado el momento propicio para apoderarse de Siria y Palestina, atacó a Nabopolasar, rey de Babilonia. Éste envió contra el faraón a su hijo Nabucodonosor, que derrotó al egipcio en Carquemís.

Después de vencer en Carquemís, Nabucodonosor siguió su expedición y llegó a Jerusalén para someterla; se apoderó de ella, saqueó el Templo, exigió un fuerte tributo para dejar al rey de Judá en libertad, y se llevó consigo a cierto número de judíos, entre ellos al Daniel y a sus compañeros. Esto ocurrió en el año 605 antes de Cristo. Fue el preludio de la cautividad de Babilonia anunciada por los profetas.

Muerto Nabopolasar (año 604 antes de Cristo), le sucedió Nabucodonosor en el trono de Babilonia. Éste rey -Nabucodonosor II- fue el más poderoso de los reyes de Babilonia. El poder de su imperio se extendió por todo el Oriente próximo.

En el año 601 antes de Cristo, Joaquín I, rey de Judá, se rebeló contra Nabucodonosor y atrajo sobre sí los ataques a pequeña escala de los reinos vecinos favorables al poder babilonio. Y Nabucodonosor, rey de Babilonia, subió contra él (Joaquín I); lo sujetó con cadenas de bronce y lo deportó a Babilonia. Nabucodonosor se llevó también a Babilonia parte de los objetos del Templo del Señor y los depositó en su palacio (2 Cro 36, 6-7).

En el año 597 antes de Cristo, nada más comenzar el reinado de Joaquín II, los soldados de Nabucodonosor sitiaron la ciudad de Jerusalén. Luego llegó Nabucodonosor, rey de Babilonia, frente a la ciudad, mientras sus soldados estrechaban el cerco sobre ella. Joaquín II, rey de Judá salió al encuentro del babilonio, y éste lo tomó prisionero. Conquistada la ciudad de Jerusalén, Nabucodonosor saqueó el Templo del Señor, llevándose todos los tesoros del Templo y también los del palacio del rey. Hizo añicos todos los objetos de oro que había fabricado Salomón, rey de Israel, para el Santuario del Señor. Sucedió tal como lo había dicho el Señor. Llevó cautiva a Jerusalén entera, a todos los jefes y a todos los guerreros valientes; hizo diez mil cautivos, todos los herreros y cerrajeros. No dejó más que al pueblo llano pobre. Llevó cautivo a Joaquín, a la madre del rey, a sus esposas, eunucos y a los hombres importantes del país; los llevó a la cautividad desde Jerusalén a Babilonia. A todos los varones fuertes, siete mil, a los herreros y cerrajeros, mil, a todos los guerreros que podían pelear, el rey de Babilonia los llevó a la cautividad de Babilonia (2 R 24, 13-16). Fue la primera deportación.

¿Y la segunda…? Algunos años después vino la segunda deportación. En el lugar de Joaquín II, puso Nabucodonosor a Matanías -tío del rey depuesto- cambiándole el nombre por el de Sedecías. Éste obró el mal a los ojos del Señor, su Dios; y no quiso humillarse ante el profeta Jeremías que hablaba de parte del Señor. Además se rebeló contra el rey Nabucodonosor que le había hecho jurar fidelidad en el nombre de Dios. Endureció su cerviz y decidió en su corazón, con firmeza, no volver al Señor, Dios de Israel (2 Cro 36, 12-13). Entonces apareció por segunda vez el ejército de Nabucodonosor cerca de los muros de Jerusalén, que fue tomada por asalto después de 18 meses de sitio. El Señor hizo subir contra ellos al rey de los caldeos, que mató a espada a los mejores hombres jóvenes en el interior del Santuario sin tener piedad ni de muchachos ni de doncellas, ni de ancianos ni de viejos; a todos los puso en sus manos. Se llevó a Babilonia todos los objetos del Templo, grandes y pequeños, los tesoros del Templo y los de rey y de los oficiales. Luego incendiaron el Templo, demolieron los muros de Jerusalén, prendieron fuego a todos sus palacios y destruyeron todas las cosas de valor. Finalmente deportaron a Babilonia a todos los que se habían librado de la espada, sirviendo de esclavos suyos y de sus hijos hasta la llegada del reino persa. Así se cumplió la palabra del Señor pronunciada por Jeremías: “Hasta que el país llegue a disfrutar los sábados perdidos, vivirá en un sábado prolongado durante los días de la desolación, en concreto, setenta años” (2 Cro 36, 17-21). Sólo quedaron en la Judea los habitantes más pobres del campo, que se dedicaron al cultivo de la tierra. Esta segunda deportación ocurrió en el año 587 antes de Cristo.

¿Y qué pasó con Sedecías? En un principio, el rey de Judá pudo escapar, pero después fue capturado. Llevado a presencia del rey de Babilonia, que pronunció sentencia contra él. Degollaron a los hijos de Sedecías ante sus propios ojos. Luego hizo sacarle los ojos a Sedecías, lo mandó atar con cadenas de bronce y lo hizo conducir a Babilonia (2 R 25, 7).

Así acabó el reino de Judá, víctima, lo mismo que el de Israel, de sus prevaricaciones contra el Dios de sus padres, después de haber subsistido 345 años, del año 932 al año 587 antes de Cristo.

¿Fue para los judíos esta cautividad tan dura como la esclavitud en Egipto? No. Nabucodonosor trató con bastante humanidad a los cautivos, permitiéndoles adquirir tierras, dedicarse al comercio y juzgarse por sus propias leyes, de suerte que los judíos no dejaron de subsistir como pueblo particular. Demostraron gran habilidad en el comercio y en política, por lo cual su condición mejoró poco a poco, y algunos alcanzaron gran influencia y poder.

¿Qué profetas son de la época de la cautividad de Babilonia? Están Daniel, Ezequiel y Jeremías.

Ezequiel fue un sacerdote y profeta hebreo, exiliado a Babilonia, que ejerció su ministerio durante el cautiverio de Israel en Babilonia y sostuvo el ánimo y la fe de los cautivos diseminados por las márgenes del río Éufrates. A diferencia de otros profetas, Ezequiel decía captar importantes revelaciones en forma de visiones simbólicas de parte de Dios, por lo que se caracteriza por las descripciones detalladas de sus visiones.

Ezequiel fue llevado cautivo a Babilonia junto con el rey Joaquín I de Judá e internado en la región de Caldea. Cinco años después, a los treinta de su edad, Dios lo llamó a la misión de profeta, que ejerció entre los desterrados durante 22 años, es decir hasta el año 570 antes de Cristo.

A pesar de las calamidades del destierro, los primeros cautivos (los deportados en el año 597 antes de Cristo) no dejaban de abrigar esperanzas de que el cautiverio terminaría pronto y de que el Señor, Dios de Israel, no permitiría la destrucción de la santa ciudad de Jerusalén y de su Templo. Había, además, falsos profetas. Estos engañaban al pueblo prometiéndole, en un futuro cercano, el retorno al país de sus padres. Tanto mayor fue el desengaño de los infelices cuando llegó la noticia de la caída de Jerusalén y la destrucción del Templo. No pocos perdieron la fe y cayeron en la desesperación. La labor del profeta Ezequiel consistió, principalmente, en someter a la amonestación, llamar al arrepentimiento, y combatir el paso de los judíos a la religión de los conquistadores. Predicó contra la corrupción moral y la práctica de costumbres babilónicas (que él consideraba bárbaras). Y proclamó contra ideas erróneas acerca del pronto viaje de retorno a Jerusalén. Para consolarlos escribió Ezequiel, con los más vivos y bellos colores, las esperanzas del tiempo mesiánico. Las profecías de Ezequiel descuellan por la riqueza de alegorías, imágenes y acciones simbólicas de tal manera que han sido llamadas “mar de la palabra divina” y “laberinto de los secretos de Dios”.

El profeta Jeremías nació el año 650 antes de Cristo, y a partir del año 585 antes de Cristo (que es el año que va a Egipto) no se sabe nada de él, ni por tanto el año de su muerte. Es otro de los profetas mayores. Además de ser el autor del libro de Jeremías, escribió el libro de las Lamentaciones. Era un hombre sensible y tímido de ordinario, pero de sublimes arranques cuando hablaba por inspiración de Dios. Sufrió grandes persecuciones por parte de los reyes Joaquín I, Joaquín II y Sedecías, y varias veces estuvo a punto de ser condenado a muerte, pero al fin su virtud y su justicia fueron reconocidas por el pueblo, cuando éste, en castigo de sus propios pecados, fue llevado a Babilonia.

La labor de Jeremías fue llamar al arrepentimiento al reino de Judá y principalmente a los reyes Joaquín I, Joaquín II y Sedecías, debido al castigo impuesto por Dios de que serían conquistados por los caldeos si no volvían su corazón hacia Dios. Su vida como profeta se caracterizó por soportar con una férrea entereza los múltiples apremios y acusaciones que sufrió a manos de estos reyes y de los principales de Israel, desde azotes hasta ser abandonado en estanques o encerrado entre rejas.

Con sus profecías sobre la invasión de los “pueblos del norte” (Babilonia) desafió la política y el paganismo de los últimos reyes de Judea, y anunció el castigo de Dios por la violencia y corrupción social, que rompían la alianza con Dios: Hablan de paz, pero no hay paz, escribió.

La primera versión del libro de Jeremías fue destruida a fuego por el rey Joaquín I, bajo cuyo gobierno el profeta vivió en continuo peligro de muerte. La persecución contra Jeremías se acrecentó bajo el mandato de Sedecías. Éste a pesar de reconocerlo como portador de la palabra de Dios, lo trató con crueldad y lo acusó de espía de los babilonios, porque el profeta proclamó que el reino Judá sería destruido si no se arrepentía de sus pecados y de no retomar la alianza con Dios. Jeremías llegó a lamentarse por su destino, pero finalmente decidió continuar su misión profética.

¿Y Daniel…? Entre los cautivos había bastantes hijos de familias nobles y distinguidas, como lo eran Daniel, Ananías, Misael y Azarías, descendientes de la sangre real de David. Encantado el rey de Babilonia de las bellas cualidades de estos jóvenes, los hizo educar a su lado, con intención de agregarlos a su servidumbre. Dios recompensó las virtudes de estos jóvenes y su fidelidad a la Ley de Moisés concediéndoles una sabiduría nada común, y a Daniel, el don de interpretar sueños. En poco tiempo llegaron a gozar del favor del rey y a desempeñar cargos importantes en la corte real.

Siendo Daniel muy joven se había dado a conocer porque salvó de una ignominiosa muerte a una virtuosa mujer llamada Susana, acusada falsamente por dos viejos infames.

¿Cómo lo consiguió salvarla? Susana era una mujer casada, bella y temerosa de Dios. Sus padres eran justos y habían educado a su hija según la Ley de Moisés. Su marido Joaquín era muy rico y tenía un jardín contiguo a su casa. La hermosura de Susana levantó deseos lujuriosos en dos ancianos perversos. Ambos estaban locos de pasión por ella, pero no se comunicaron su pena el uno al otro, pues les daba vergüenza manifestar su deseo ya que querían unirse a ella. Cada día acechaban ansiosamente para verla (Dn 13, 10-11). Un día los dos ancianos se confesaron su deseo y planearon juntos el momento propicio en el que pudiera encontrarla sola. Y esto ocurrió un día cuando Susana salió de su casa acompañada de dos criadas para bañarse en el jardín porque hacía mucho calor. Nadie estaba en el jardín excepto los dos ancianos, que se habían escondido. Susana dijo a las criadas: Traedme el aceite y los ungüentos, y cerrad la puerta del jardín mientras me baño (Dn 13, 17). Cuando se fueron las criadas, los dos ancianos fueron hacia ella y le dijeron: “Las puertas del jardín están cerradas, nadie nos ve, y nosotros sentimos deseos de ti; así que danos tu consentimiento y únete a nosotros. Si no daremos testimonio contra ti de que un joven estaba contigo y por eso habías mandado afuera a las criadas”. Susana lanzó un gemido y dijo: “Estoy atrapada por todas partes: si hago eso, mereceré la muerte; si no lo hago, no escaparé de vuestras manos. Pero mejor es para mí no hacerlo y caer en vuestras manos que pecar delante del Señor” (Dn 13, 20-23). Ante la negativa de Susana, los ancianos la denunciaron por adúltera, diciendo: Mientras nosotros paseábamos solos por el jardín, salió ésta con dos criadas, cerró la puerta del jardín y despidió a las criadas. Entonces llegó hasta ella un joven que estaba escondido y se unió a ella. Nosotros estábamos en una esquina del jardín y, al ver aquella iniquidad, corrimos hacia ellos. Los vimos abrazados, pero a él no pudimos sujetarlo, porque era más fuerte que nosotros y, abriendo la puerta, salió corriendo. En cambio, a ésta la agarramos y le preguntamos quién era el joven, pero no quiso decírnoslo. De esto damos testimonio (Dn 13, 36-41). El pueblo reunido en asamblea creyó a los ancianos, y Susana fue condenada a muerte. Cuando la llevaba para ejecutarla, apareció Daniel, que gritó con fuerte voz: “Yo soy inocente de la sangre de ésta”. Toda la gente se volvió hacia él, y le preguntaron: “¿Qué es eso que estás diciendo?” Él, en pie en medio de ellos, contestó: “¿Tan necios sois, hijos de Israel? ¿Así, sin hacer juicio ni conocer toda la verdad, condenáis a una hija de Israel? Volved al tribunal, porque ésos han dado falso testimonio contra ella” (Dn 13, 46-49). Entonces Daniel llamó a los dos ancianos infames para interrogarles separadamente. Primero llamó a uno y le preguntó bajo qué árbol vio a Susana abrazado con el joven. El anciano contestó: Debajo de la acacia (Dn 13, 54). Después llamó al otro para hacerle la misma pregunta. Éste respondió: Debajo de la encina (Dn 13, 58). Y así demostró Daniel que los dos ancianos habían dado falso testimonio contra Susana. El pueblo actuó según la Ley de Moisés y dieron muerte a los dos viejos perversos. De esta forma salvó Daniel a Susana de una muerte injusta.

Compendio de Historia Sagrada. Curso 2016-17. Clases de Religión. Lección vigésima novena. Ezequías, Manasés y Josías

Lección vigésima novena

Ezequías, Manasés y Josías

¿En qué años reinó Ezequías en Judá? Ezquías fue rey de Judá entre los años 726 al 697 antes de Cristo Cuando comenzó a reinar tenía veinticinco años, y reinó en Jerusalén veintinueve años. Hizo lo recto a los ojos del Señor, tal como lo había hecho su padre David (2 R 18, 3). Es el juicio positivo que hacen de Ezequías los autores de los libros 2 Reyes y 2 Crónicas.

¿Fue piadoso Ezequías? Sí. Fue un rey según el corazón de Dios. Llevó a cabo la reforma religiosa que abarcaba los aspectos más importantes del culto. Así, al comienzo de su reinado procedió a la reapertura del Templo que había cerrado su antecesor Ajaz. Además llevó a cabo la purificación del Templo, ofreciendo sacrificios al Señor en expiación por los pecados de Judá y de todo Israel. También restableció el culto y la celebración solemne de la Pascua en todo el país, que había caído en el olvido desde mucho tiempo. Acometió lo que ninguno de sus antecesores se había atrevido a hacer: la destrucción de todo lo idolátrico. Y reorganizó el servicio de los sacerdotes en el Templo. Todo lo hizo para buscar de todo corazón a Dios (2 Cro 31, 21). Y aunque tuvo algunas flaquezas, supo arrepentirse y humillarse ante Dios.

¿Narra la Sagrada Escritura alguna de estas flaquezas? Sí. Hay un momento en que Ezequías no fue agradecido con Dios, que le había curado de una grave enfermedad. Ezequías enfermó de muerte, y el profeta Isaías, hijo de Amós, fue a visitarle y le dijo: “Ordena tu casa, porque morirás tú y no vivirás”. Volvió Ezequías el rostro a la pared, y oró al Seño diciendo: “Te ruego, Señor, que recuerdes que he caminado en tu presencia con sinceridad, y con perfecto corazón, y que he hecho lo que era bueno a tus ojos”. Y rompió a llorar con grande llanto. Luego habló el Señor a Isaías y le dijo: “Vuelve a Ezequías y dile: esto dice el Señor, Dios de tu padre David: He oído tu oración y he visto tus lágrimas. Sabe que te añadiré otros quince años de vida; y libraré del poder del rey de los asirios a ti y a esta ciudad, y la protegeré, dice el Señor Todopoderoso” (Is 36, 1-6). Y así fue. Pero Ezequías no correspondió al beneficio recibido, sino que se enorgulleció su corazón y atrajo el furor divino sobre él, sobre Judá y sobre Jerusalén. Sin embargo, Ezequías se humilló de la soberbia de su corazón y con él todos los habitantes de Jerusalén, y no recayó sobre ellos el furor del Señor durante la vida de Ezequías (2 Cro 32, 25-26).

¿Tuvo prosperidad Ezequías? Sí. Tuvo abundante riqueza y buena fama. Se construyó depósitos para el oro, la plata y las piedras preciosas, para los aromas, los escudos y para todos los objetos de valor. Y también almacenes para la cosecha de trigo, de mosto y de aceite; establos para toda clase de animales, y apriscos para el ganado. Además, se construyó ciudades y adquirió ganado mayor y menor en abundancia, porque Dios le había concedido gran cantidad de bienes. Fue él quien cegó la salida superior de las aguas de Guijón y las desvió por un canal subterráneo hacia Jerusalén. Y tuvo éxito en todas sus empresas.

¿Y en el terreno político y bélico? Ezequías presenció la caída del reino del Norte y la cautividad de Israel. Entretanto el rey de Asiria, Sargón II, afianzado en el trono, emprendió una serie de conquistas, pero habiendo sido vencido a orillas del Tigris por los reyes de Babilonia y de Elam, se le sublevaron todos los pueblos de Occidente, entre ellos el reino de Judá, sostenidos por el rey de Egipto. Con las victorias de Carcar, sobre los sirios, y de Rafia, sobre egipcios y filisteos, el rey de Asiria logró someter de nuevo a los pueblos sublevados. Después, mientras guerreaba contra las tribus de Armenia, Merodac-Baladán, rey de Babilonia, fomentó una nueva rebelión de egipcios, judíos y filisteos, que cesaron de pagar el tributo a Asiria. Entonces, el rey de Asiria entró en el reino de Judá, se apoderó de las plazas fuertes principales, pero no atacó a Jerusalén porque Ezequías se sometió.

Cuatro años después de conquistar Babilonia, el rey Sargón fue asesinado en su palacio de Nínive. Era el año 705 antes de Cristo. Le sucedió su hijo Senaquerib, que se vio obligado a reconquistar casi todas las provincias del imperio asirio, sublevadas a la muerte de su padre. Resolvió Senaquerib destruir el reino de Judá, como su padre había destruido el de Israel. Al frente de un ejército formidable se apoderó de todas las ciudades de Judá, con excepción de Jerusalén. El rey asirio, dando por descontado su completo triunfo sobre Ezequías, se dirigió contra los filisteos, tomó Ascalón y cerca de Ecrón venció a los egipcios que habían acudido en ayuda de los judíos, filisteos y otros pueblos palestinos.

Mientras tanto, Ezequías hizo los preparativos que exigían las circunstancias para salvar Jerusalén; y estando preparando la defensa de la ciudad de David, recibió una carta de Senaquerib, en la que insultaba al Señor, Dios de Israel, en estos términos: Como los dioses de las naciones de la tierra que no libraron a sus pueblos de mi mano, así es el Dios de Ezequías que tampoco podrá librar a su pueblo (2 Cro 32, 17). Y cuando Senaquerib hubo sometido a todos los pueblos comarcanos, se dirigió contra Jerusalén, enviando por delante unos emisarios. Los emisarios gritaban en lengua judía al pueblo de Jerusalén, que estaba en lo alto de la muralla, con el fin de atemorizarlo y desmoralizarlo, y así poder ocupar la ciudad. Hablaban del Dios de Jerusalén como de los dioses de los pueblos de la tierra, que son obra de manos humanas (2 Cro 32, 18-19). Entonces, Ezequías, como hombre piadoso que era, y el profeta Isaías suplicaron a Dios, llenos de confianza en el poder de Dios. Sus esperanzas no quedaron defraudadas, pues el Señor envió un ángel que exterminó a todos los guerreros, a los príncipes y a los jefes del campamento del rey de Asiria; éste se tuvo que volver avergonzado a su país. Y cuando entraba en el templo de su dios, algunos de sus hijos, salidos de sus entrañas, lo mataron a espada. Así el Señor salvó a Ezequías y a los habitantes de Jerusalén de la mano de Senaquerib, rey de Asiria, y de todos los demás enemigos, y les concedió paz en sus alrededores. Entonces muchos trajeron a Jerusalén ofrendas al Señor y objetos valiosos para Ezequías, rey de Judá, que con todo esto alcanzó gran prestigio ante todos los pueblos (2 Cro 32, 21-23).

¿Fue Isaías uno de los grandes profetas? Sí. Es uno de los cuatro profetas mayores. Era de la familia de David, y comenzó a profetizar durante el reinado de Ajaz. Pero principalmente profetizó durante el reinado de Ezequías. El libro de Isaías es el libro del Antiguo Testamento más citado en el Nuevo, después del libro de los Salmos. El profeta Isaías anunció con más claridad que ningún otro escrito profético a Jesucristo y la economía de la salvación cristiana. San Agustín dijo de Isaías: Este profeta, entre las reprensiones que hace, las instrucciones que da y las amenazas futuras que anuncia al pueblo pecador, profetizó sobre Cristo y la Iglesia muchas más cosas que los otros profetas. Tan es así, que algunos dicen que es más evangelista que profeta (De civitate Dei 18, 29, 1). Además de las profecías mesiánicas, también profetizó sobre otras cosas, por ejemplo, vaticinó la destrucción de los reinos de Israel y de Judá, y la cautividad de Babilonia.

¿Cuáles son las más conocidas profecías mesiánicas de Isaías? Una de ellas es la concepción virginal de Jesús y la divinidad del Mesías. El evangelista san Mateo, al escribir sobre el nacimiento de Jesús, cita al profeta Isaías: Mirad, la virgen concebirá y dará a luz un hijo, a quien pondrán por nombre Emmanuel, que significa Dios-con-nosotros (Mt 1, 23). Y otra es la descripción profética de la Pasión del Señor, que está recogida en los Poemas del Siervo de Yavé.

¿Qué dijo en concreto Isaías sobre la Pasión de Cristo? Entregué mis espaldas a los que me azotaban, y mis mejillas a los que mesaban mi barba; no retiré mi rostro de los que me escarnecías y escupían (Is 50, 5-6). Su aspecto parecía sin apariencia humana, y en una forma despreciable entre los hijos de los hombres (Is 52, 14). No hay buen parecer en él, ni hermosura; le hemos visto, y nada hay que atraiga nuestros ojos. Despreciado, el desecho de los hombres, varón de dolores, experimentado en el sufrimiento; y su rostro como cubierto de vergüenza y afrentado; por lo que no hicimos ningún caso de él. Tomó sobre sí nuestras dolencias, y cargó con nuestras penalidades; y nosotros le reputamos como leproso, y como un hombre herido por Dios y humillado. Por causa de nuestras iniquidades fue él llagado, y despedazado por nuestros pecados; el castigo de nuestras culpas sobre él recayó y con sus llagas fuimos sanados. Como ovejas descarriadas éramos todos nosotros: cada cual se desvió por su camino, y el Señor cargó sobre sus hombros la iniquidad por todos nosotros. Se ofreció porque él mismo lo quiso. Fue maltratado, pero él se humilló, y no abrió su boca; conducido fue a la muerte, como oveja va al matadero, y no abrió siquiera su boca como cordero que está mudo delante del que lo trasquila. Sin defensa y sin justicia fue condenado y sobre su suerte, ¿quién la contará?, porque fue arrancado de la tierra de los vivientes; por las maldades de su pueblo ha sido condenado a muerte. E hicieron su sepultura con el malvado, y con el rico su sepulcro, aunque él no hizo maldad, ni hubo engaño en su boca. Quiso el Señor consumirlo con el sufrimiento; ofreciendo su vida por el pecado, verá una descendencia larga, prolongará sus días y por él se cumplirá la voluntad del Señor. Por cuanto padeció, verá el fruto de los afanes de su alma, y quedará saciado. Con sus sufrimientos, mi siervo justificará a muchos al cargar sobre sí los pecados de ellos. Por esto, le daré como porción suya una gran muchedumbre, y repartirá los despojos de los fuertes, porque entregó su vida a la muerte y con los malvados fue contado; tomó sobre sí los pecados de todos y rogó por los transgresores (Is 53, 2-12).

A partir de la muerte de Jesús en la cruz y de la resurrección del Señor, los Apóstoles entendieron que en Cristo se habían cumplido las profecías de Isaías. El evangelista san Mateo lo dice expresamente al recordar cómo actuaba Jesús curando y ocultando su gloria: Para que se cumpliera el anuncio del profeta Isaías: “He aquí a mi siervo, a quien elegí; mi amado, en quien mi alma se complace. Haré descansar mi espíritu sobre él y anunciará el derecho a las gentes. No disputará ni gritará, nadie oirá su voz en las plazas. La caña cascada no la quebrará y no apagará la mecha humeante hasta hacer triunfar el derecho; y en su nombre pondrán las naciones su esperanza” (Mt 12, 16-21). En el mismo sentido, al narrar la pasión del Señor, los evangelistas parece que tienen delante los poemas del Siervo sufriente para mostrar el valor expiatorio de la muerte de Cristo.

¿A quién reprendió más Isaías? Al rey Manasés, hijo y sucesor de Ezequías, por las muchas impiedades que cometía.

¿Tan impío fue Manasés? Manasés fue el rey que más tiempo reinó en Judá, cuarenta y cinco años en el trono. Desde el punto de vista religioso su reinado hay que calificarlo de funesto, pues fue totalmente contrario a la reforma que había emprendido Ezequías. Hizo lo malo a los ojos del Señor según las abominaciones de los gentiles que el Señor había arrojado delante de los israelitas. Volvió a edificar los lugares altos que había destruido su padre Ezequías. Levantó altares a Baal y construyó una Aserá como había hecho Ajab, rey de Israel. Adoró a todo el ejército del cielo y le tributó culto (2 R 21, 2-3). Entre sus impiedades están: Hizo pasar a su hijo por el fuego. Echó conjuros y practicó magia negra. Nombró nigromantes y adivinos. Se prodigó en hacer lo malo a los ojos del Señor para irritarle (2 R 21, 6).

Tan desastroso fue reinado que por su causa Dios decidió la ruina de Jerusalén. Manasés derramó además muchísima sangre inocente, hasta llenar Jerusalén de un extremo a otro; esto sin contar el pecado que hizo cometer a Judá haciendo lo malo a los ojos del Señor (2 R 21, 16). Según la tradición judía, entre la sangre inocente derramada por Manasés está la del profeta Isaías. Así aparece en un libro no inspirado conocido como La ascensión de Isaías, en el que narra que irritado el rey contra el profeta porque éste le reprendía sus impiedades, ordenó aserrarlo con una sierra de madera.

¿Se hizo esperar el castigo del cielo? No. El Señor castigó a Manasés poniendo Jerusalén y a su rey en manos de los babilonios, que llevaron a Manasés atado con cadenas a Babilonia. El Señor habló por medio de los profetas diciendo: A causa de las abominaciones que ha cometido Manasés, rey de Judá, peores que las que cometiron antes que él los amorreos, y por haber hecho pecar de idolatría incluso a Judá, por eso dice el Señor, Dios de Israel: “He aquí que voy a traer tal desgracia sobre Jerusalén y Judá que a cuantos la escuchen les zumbarán los oídos. Extenderé sobre Jerusalén el cordel de Samaría y la plomada de Ajab, limpiaré a Jerusalén como se limpia un vaso que se friega y se vuelve boca abajo. Desecharé el resto de mi heredad y los entregaré en manos de sus enemigos. Serán objeto de despojo y rapiña para todos sus enemigos, porque hicieron lo malo a mis ojos y se convirtieron en mis irritadores, desde el día en que sus padres salieron de Egipto hasta hoy” (2 R 21, 11-15).

¿Se convirtió Manasés? Sí. Estando cautivo en Babilonia se convirtió de sus pecados. Al verse angustiado trató de aplacar el rostro del Señor, su Dios; se humilló ante el Dios de sus padres, y le suplicó. El Señor se conmovió y escuchó su plegaria; le hizo volver a Jerusalén para seguir reinando. Así Manasés reconoció que el Señor es Dios (2 Cro 33, 12-13). Al volver a Jerusalén, Manasés restableció el culto del verdadero Dios y reinó en esforzándose en reparar los males que había hecho a su pueblo.

¿Cuál fue la plegaria de Manasés? Hay una Oración de Manasés, que es un salmo apócrifo, breve. Es una plegaria piadosa que trata sobre la infinita compasión de Dios y la eficacia del verdadero arrepentimiento. He pecado, Señor, he pecado y mis faltas yo conozco, pero Te pido suplicante: ¡Aparta de mí tu enojo, Señor, aparta de mí tu enojo, y no me hagas perecer junto a mis faltas ni, eternamente resentido, me prestes atención a las maldades ni me condenes a los abismos de la tierra! Porque Tú eres, Señor, el Dios de los que se arrepienten y en mí mostrarás tu bondad ya que aun siendo indigno, me salvarás conforme a tu mucha misericordia.

¿Hay algún de particular relieve durante el reinado de Manasés? Sí. El asedio de la ciudad de Betulia por parte del general asirio Holofernes, y el desenlace del mismo, gracias a Judit. La historia está contada en el libro de Judit. Este libro tiene muchos anacronismos y nombres simbólicos como la ciudad misma, Betulia, que no aparece en ningún otro lugar. Por esta razón no parece que pueda considerarse un libro histórico en sentido estricto.

¿Cuál es esa historia? Un poderoso ejército asirio mandado por el general Holofernes se dirigía a Jerusalén y que, antes de llegar a la capital del reino de Judá, puso asedio a la ciudad de Betulia. Los israelitas, atemorizados, invocaron la protección de Dios. La larga duración del asedio lleva a los habitantes de Betulia a una situación desesperada al borde de la rendición. Ante esta situación tan dramática, una piadosa viuda, joven aún y de buena apariencia y muy hermosa, después de rezar confiadamente a Dios, pidiendo la ayuda del cielo para llevar a cabo un plan audaz y peligroso que ha pensado para salvar a su pueblo, salió con su doncella de la ciudad sitiada y se dirigió al campamento enemigo; allí logró tener acceso hasta Holofernes. Éste se asombró de la belleza de Judit, y organizó un banquete, y le dijo al eunuco que estaba al mando de todos sus asuntos: Anda y convence a la mujer hebrea que está contigo para que venga aquí y coma y beba con nosotros. Sería una vergüenza para nuestra reputación si despedimos a una mujer como ella sin haber disfrutado de su compañía; porque si no la seducimos se burlará de nosotros (Jdt 12, 11-12). El eunuco, llamado Bagoa, comunicó a Judit la invitación que le había hecho Holofernes, y Judit le dijo: ¿Quién soy yo para oponerme a mi señor? Haré enseguida todo lo que sea de su agrado; y esto será mi alegría hasta el día de mi muerte (Jdt 12, 14).

Judit acudió al banquete ataviada con sus mejores galas y se puso todos los adornos femeninos. Cuando Judit entró en el lugar que se celebraba el banquete, Holofernes quedó fascinado por ella, su alma se turbó y se llenó de deseos de estar con ella, porque desde el día en que la vio buscaba la ocasión de seducirla (Jdt 12, 16). Judit comió y bebió lo que su doncella le había preparado, sin beber del vino del banquete. Holofernes se alegró por su presencia y bebió muchísimo vino, tanto como no había bebido nunca en un solo día desde que nació (Jdt 12, 20). Bebió tanto hasta perder el sentido. Por el contrario, la heroína hebrea fue austera en medio de aquel ambiente relajado y sensual. Y comentó san Ambrosio este detalle de austeridad: ¿Qué diré de la sobriedad? Pues si Judit hubiese bebido, habría dormido con el adúltero, pero como no bebió, la sobriedad de una sola pudo, sin dificultad, vencer y ganar a los ejércitos ebrios (De viduis 7, 40).

¿Cómo fue esa victoria? Después de la orgía, cuando se hizo de noche, los comensales se retiraron a sus tiendas, y Holofernes se fue a la suya. Todos se fueron a la cama cansados por la gran cantidad de vino que habían bebido. En la tienda sólo se quedó Judit con Holofernes, que estaba tendido sobre su cama saturado de vino. Entonces Judit mandó a su doncella que permaneciera fuera de su dormitorio y vigilara su salida como todos los días, porque le había dicho que iba a salir para hacer su oración. También se lo había mencionado a Bagoa. Todos se habían marchado de allí y nadie, pequeño o grande, se había quedado en el dormitorio. Judit, de pie a lado de la cama de Holofernes, dijo en su corazón: “Señor, Dios de todo poder, mira en esta hora la obra de mis manos para glorificación de Jerusalén; porque ahora es el momento de preservar tu heredad y de dar cumplimiento a mi propósito de destruir a los enemigos que se han levantado contra nosotros”. Luego se acercó a la columna de la cama que estaba junto a la cabeza de Holofernes, descolgó de allí su alfanje, se arrimó a la cama, y, agarrándole por el cabello, dijo: “Dame fuerza, Señor, Dios de Israel, en el día de hoy”. Entonces con toda su fuerza le asestó dos golpes en el cuello y le cortó la cabeza. A continuación hizo rodar su cuerpo fuera del lecho y arrancó la cortina de las columnas. Poco después salió y entregó la cabeza de Holofernes a su doncella, que la escondió en la alforja de los alimentos. Las dos salieron juntas, como de costumbre, para hacer oración. Atravesaron el campamento, rodearon aquel valle, subieron la ladera del monte de Betulia y llegaron a las puertas de la ciudad (Jdt 13, 1-10). Ya dentro de la ciudad, Judit mostró la cabeza de Holofernes. Todo el pueblo se llenó de asombro y alabaron a Dios diciendo: ¡Bendito seas, Dios nuestro, que has aniquilado en el día de hoy a los enemigos de tu pueblo! (Jdt 13, 12). Los asirios, viéndose privados de su jefe, fueron presa del pánico y del miedo, y se dieron a la fuga.

¿Hay algunas analogías entre Judit y la Virgen María? Sí. Ozías, uno de los jefes de la ciudad, dijo a Judit: Bendita seas tú de parte de Dios altísimo, hija, por encima de todas las mujeres de la tierra, y bendito sea Dios, que creó los cielos y la tierra, que te ha guiado para herir en la cabeza al príncipe de nuestros enemigos. Porque la esperanza que tú has tenido no se alejará del corazón de los hombres que se acuerden para siempre del poder de Dios. Que Dios te conceda esto para exaltación eterna, que te llene de bienes, ya que no dudaste en poner en peligro tu vida a causa de la humillación de nuestro pueblo, sino que nos has librado de nuestra perdición portándote rectamente delante de nuestro Dios (Jdt 13, 18-20). Las palabras de bendición pronunciadas por Ozías en las que alude a que ha herido la cabeza del enemigo, contienen una cierta referencia al protoevangelio –Pongo perpetua enemistad entre ti y la mujer, entre tu linaje y el suyo; y éste te aplastarás la cabeza (Gn 3, 15)-. También por este motivo, en la tradición cristiana se han subrayado las analogías entre Judit y María Santísima. Por ejemplo, el paralelismo entre la bendición de Ozías: Bendita tú, de parte de Dios Altísimo, hija, por encima de todas las mujeres, y bendito Dios, que creó los cielos y la tierra; y la bendición de santa Isabel: Bendita tú entre las mujeres y bendito es el fruto de tu vientre (Lc 1, 42). Además, el libro de Judit se usa en la liturgia de la Iglesia en las fiestas de la Virgen María.

¿Quién sucedió a Manasés? Su hijo Amón, que hizo todo lo malo que había hecho su padre antes de su conversión. Dio culto a los ídolos, adorándolos; abandonó al Señor, Dios de sus padres, y no anduvo por los caminos del Señor. El reinado de Amón fue breve, dos años, pues sus servidores urdieron una trama contra él y le mataron en su palacio. Pero el pueblo llano hirió a todos los que habían conspirado contra el rey Amón, y en su lugar proclamó rey a su hijo Josías (2 R 21, 24).

¿Siguió Josías los pasos de Amón, su padre? No. Obró con rectitud a los ojos del Señor y siguió en todo los caminos de David, su padre, sin desviarse ni a derecha ni a izquierda. En el año octavo de su reinado, cuando todavía era un muchacho, comenzó a buscar al Dios de David, su padre (2 Cro 34, 2-3). Fue muy piadoso. Siguió al Señor de todo corazón, con toda su alma y con todas sus fuerzas, siguiendo en todo la ley de Moisés. Con gran celo comenzó las reformas religiosas, destruyendo los ídolos esculpidos y fundidos y los lugares del culto idolátrico. Además, durante se reinado tuvo lugar el hallazgo del libro de la Ley. La mayor alabanza que hace la Sagrada Escritura de Josías es el de haber seguido fielmente el modelo davídico. Como correspondía a un rey piadoso, la primera preocupación de Josías fue reparar el Templo en el que habita el Señor, bastante necesitado de ser restaurado, después de los excesos cometidos por Manasés.

¿Qué otros hechos son destacables en el reinado de Josías? La renovación de la Alianza. Estando el rey en el Templo del Señor junto con todos los hombres de Judá y los habitantes de Jerusalén, los sacerdotes, los levitas y todo el pueblo, desde el más pequeño al mayor, estableció la alianza ante el Señor, comprometiéndose a caminar tras el Señor y guardar sus mandamientos, preceptos y leyes con todo el corazón y toda el alma; y a cumplir las palabras escritas en el Libro de la Alianza.

También hay que señalar la celebración de la Pascua. Josías dio órdenes a todo el pueblo diciendo: “Celebrad la Pascua en honor del Señor, Dios nuestro, según está escrito en este libro de la alianza”. Pues no había sido celebrada una Pascua como ésta desde los días en los que jueces gobernaban Israel, ni durante el tiempo de los reyes de Israel ni de los de Judá. Solamente el año decimoctavo del rey Josías fue celebrada esta Pascua en Jerusalén en honor del Señor (2 R 23, 21-23).

¿Cómo murió Josías? En pleno combate. En sus días el faraón Necó, rey de Egipto, subió en ayuda del rey de Asiria hasta el río Éufrates. El rey Josías fue a su encuentro y aquél le mató en Meguido, en cuanto lo vio. Sus siervos lo subieron muerto al carro, lo llevaron de Meguido a Jerusalén, y lo enterraron en su sepulcro (2 R 23, 29-30). Todo Judá y Jerusalén hicieron duelo por Josías. El profeta Jeremías compuso una elegía por él. Todos los cantores y cantoras siguen recordando a Josías hasta el día de hoy en sus elegías; se han transmitido como tradición y están escritas en las lamentaciones (2 Cro 35, 24-25).

La Santísima Trinidad

La Santísima Trinidad

Exposición del caso:

Al comenzar un nuevo curso, Covadonga -tiene 16 años- encuentra que la profesora de religión es nueva. Pronto descubren las alumnas que es una joven inexperta -está dando sus primeros pasos en la docencia-, que todavía no sabe controlar bien la clase, se pone nerviosa con facilidad y no parece sentirse muy segura. Un día, después de comer en el colegio, Covadonga se reúne con sus amigas y sale en la conversación la profesora nueva. Animándose unas a otras, deciden entre todas montar en la próxima clase de religión -esa misma tarde- lo que llaman “un vacile”, a fin de intentar sacar de quicio a la profesora.

El tema de la clase de religión de ese día era la relación fe-razón. Cuando la profesora dijo que no hay nada en la fe que contradiga a la razón, empezó la contestación. Fue Covadonga la que interrumpió: -“¿Cómo que no?” -“Como que no…” –-“¿Ah, no? ¿Y la Trinidad, qué?” -“La Trinidad divina es un misterio que supera la razón, pero no la contradice”. Fue otra voz la que interrumpió esta vez: -“Pero, oiga: ¿cómo no va a ser una contradicción ser a la vez uno y tres?” -“Lo sería si se aplicara a lo mismo: pero es un sólo Dios, y tres personas”. -“Pues es lo mismo, ¿no? -terció otra-: yo soy un ser humano y una persona; es impensable que en mi ser humano hubiera tres personas como yo”. -“¡Ay, no, por favor!”, se oyó una voz, seguida de una risa generalizada. -“¡Callaos! -dijo la profesora-. Parece mentira que os podáis tomar así a la ligera algo tan importante de la fe y la vida cristiana”. -“Oiga -saltó otra-, pero el otro día dijo que el ser de Dios era simple y sin partes, y que a eso se llegaba por la razón. Pues si hay tres personas tendrán que tener alguna cosa que las diferencie, ¿no?” -“Es que sólo se diferencian precisamente en ser personas distintas -contestó la profesora-. Bueno, esto es bastante difícil de explicar, y no hay tiempo para eso ahora”. Otra de las alumnas intervino: -“Pero si se puede explicar…, entonces no es un misterio”. -“Se puede dar una explicación para ver que no es un absurdo, pero se sigue sin entender cómo es eso”. -“Oiga, ¿puedo preguntar una cosa?”, dijo otra alumna. -“A ver…” -“¿Sale en alguna parte del Evangelio que hay tres personas en Dios?” -“De manera tan explícita no, pero sí que sale”. -“¿Y por qué no de manera explícita?” -“Mira -contestó la profesora, que a estas alturas ya estaba a punto de perder la paciencia-, yo no he escrito los Evangelios. Si está como está será por algo; a lo mejor es para que se vayan dando cuenta poco a poco cabezas tan duras como las vuestras”. Se oyó una nueva voz: -“Pero si no está tan claro a lo mejor no pasa nada por creerlo o no creerlo…”. Ahí acabó la paciencia de la profesora. Empezó a decir lo que le podría pasar a la siguiente que dijera una estupidez, y siguió con cosas como que esa clase merecería estar en “educación especial”, que si continuaban así no iban a hacer nada de provecho en la vida, etc. Estando así, sonó el timbre anunciando el final. Covadonga y sus amigas salieron sonrientes, por haber logrado lo que querían: sabotear la clase.

De vuelta a casa, Covadonga empezó a preguntarse si no se habría pasado de la raya, pensando en lo que dijo la profesora sobre que se estaban tomando a la ligera algo que realmente era tan importante como su fe. En un momento dado consideró qué habría podido decirles una que no fuese cristiana si hubiese asistido a esa clase, y llegó a la conclusión de que había sido todo “de vergüenza”. Fue al día siguiente a pedir perdón a la profesora. -“¿Por…?”, preguntó ésta. -“Por lo de ayer. Fue culpa mía”. -“Bueno, no sólo tuya”. -“Y… ¿puedo preguntar un cosa? Esta vez en serio…” -“¿Qué es?” -“Es que dijo que la Trinidad es muy importante para la vida cristiana. ¿Es verdad?” -“Sí”. -“Pero no parece que influya en lo que yo tenga que hacer”. Siguió una larga explicación sobre la acción de Dios en el alma, la gracia, la liturgia, la oración, escuchada con interés. -“Pues sí que era serio, sí”, concluyó.

Preguntas que se formulan:

-¿Aparece la distinción de personas divinas en la Sagrada Escritura? ¿Aparece en los dos Testamentos, o sólo en el nuevo? ¿Por qué? ¿Aparece de modo explícito? ¿En qué sentido? ¿Conoces algún pasaje del Evangelio que muestre al Padre y al Hijo como personas distintas? ¿Y alguno que muestre como tal al Espíritu Santo?

-¿Qué es en Dios uno y qué trino? ¿Qué entendemos por “persona” y qué por “esencia”? ¿Hay contradicción en afirmar a la vez la Unidad y la Trinidad en Dios? ¿La habría si se afirmara de un ser humano? ¿Cuál es la diferencia?

-¿En qué se distinguen las personas divinas? ¿Sus nombres las relacionan (expresan relación)? ¿Qué clase de relaciones son? ¿Cuántas hay? Si lo único distinto en Dios son las relaciones, ¿pueden identificarse éstas con las personas divinas? ¿Puede decirse que cada una es parte de Dios? ¿Por qué? ¿Hay alguna distinción entre ellas en el obrar divino (ad extra)? ¿Por qué entonces atribuimos algunas operaciones a una de las tres Personas? ¿Hay algún fundamento para esa atribución? ¿Sabes qué es una “misión” divina?

-¿Por qué crees que Dios ha querido revelar este misterio? ¿Es verdaderamente importante para la vida cristiana? ¿Por qué? ¿Cómo se manifiesta en la liturgia? ¿Cómo debe manifestarse en la vida de piedad?

Bibliografía

Vid. Catecismo de la Iglesia Católica, nn. 232-260, 1077, 1084, 1091.

Comentario:

Como se anunciaba en el comentario al caso anterior, en este misterio central de la fe cristiana se pone de manifiesto la “paradoja” como en ningún otro: Dios es uno y tres, es Uno y Trino. Habría contradicción si el “uno” y el “tres” se refirieran a lo mismo, al mismo aspecto. Pero no es así. Uno es el ser: hay un solo Dios. Tres son las personas. Lo incomprensible es cómo puede un ser comprender en sí mismo tres personas. Lo que no cabe hacer es poner como punto de comparación al ser humano, pues es algo exclusivo de Dios. Es un misterio, pero no un absurdo.

Las objeciones que pone el alumnado, independientemente de su intención, son atinadas. Las respuestas de la profesora, mientras conserva el control de sí misma, también lo son: resumen la doctrina y la teología católica sobre el tema. No se trata en este comentario de explicarlas más detalladamente: lo hacen los puntos del Catecismo que se señalan. Lo curioso es que la profesora también acierta cuando, tras ser preguntada sobre el porqué no aparece más explícitamente en la Escritura que son tres Personas en un sólo Dios, pierde un poco los papeles y contesta que quizás es para que se vayan dando cuenta poco a poco unas cabezas duras. Ése es el motivo, aunque sean otras las cabezas: tan sorprendente era este misterio para los judíos contemporáneos del Señor, que tenía que revelarse de ese modo, y, aún así, acusaron al Señor de blasfemo por decir que era Hijo de Dios.

Es también verdad que éste es un misterio muy importante para la vida cristiana. A primera vista no lo parece: ¿qué tendrá que ver cómo es Dios en sí con cómo debemos de comportarnos nosotros? Pues mucho, porque los cristianos estamos llamados a comportarnos como hijos de Dios. Y esto es así porque somos constituidos verdaderamente en hijos de Dios. Y somos hechos hijos de Dios por medio de Jesucristo, que es el Hijo, la Segunda Persona de la Santísima Trinidad. O sea, que nos hacemos partícipes de la filiación del Hijo: participamos de su filiación, y, por tanto, de la vida trinitaria. En esto consiste la gracia, y la gloria del cielo. Y es que Dios no revela misterios “porque sí”, ni para que lo contemplemos como una pieza de museo, ni menos aún para complicarnos la cabeza buscando una explicación. Lo hace porque tiene una relevancia central en esa nueva vida que nos consiguió el Hijo de Dios encarnado. De paso, es también muy bonito y muy consolador pensar que, precisamente porque Dios es amor y nos destina al Amor, Dios no está solo: no es un “Yo”, sino un “Nosotros”.

El papa Francisco habla de la virtud de la fe

Se acercó a Jesús un leproso, suplicándole de rodillas -un gesto de adoración- y le dijo: Si quieres, puedes limpiarme. Desafía al Señor diciendo: Yo soy un derrotado en la vida -el leproso era un derrotado por no poder hacer vida social, era siempre “descartado”, dejado de lado- pero tú puedes transformar esta derrota en victoria. Es decir: Si quieres, puedes limpiarme. Delante de esto Jesús tuvo compasión , extendió la mano, lo tocó y le dijo: Quiero, queda limpio. Así, simplemente: esta batalla ha terminado en dos minutos con la victoria; la otra, todo el día, con la derrota. Este hombre tenía algo que lo empujaba a ir donde Jesús y lanzarle ese desafío. ¡Tenía fe!… Pidamos al Señor la gracia de rezar con fe, de estar seguros de que todo lo que le pedimos nos será dado, con esa seguridad que nos da la fe. Y esta es nuestra victoria: ¡nuestra fe! (13.I.2016).

 

Era tanta la gente delante de la casa donde estaba Jesús que tuvieron que abrir el techo y descolgar la camilla en la que estaba el enfermo. Tenían fe, la misma fe que esa señora que también, en medio de la multitud, cuando Jesús iba a casa de Jairo, tocó el borde de su manto para ser sanada. Jesús aquí da un paso más: no sólo sana a los enfermos sino que les perdona los pecados. ¿Cómo es mi fe en Jesucristo? ¿Creo que Jesucristo es Dios, es el Hijo de Dios? ¿Y esa fe me cambia la vida? ¿Hace que mi corazón se inaugure este año de gracia, este año de perdón, este año de acercamiento al Señor? (15.I.2016).

 

(Para que salga a la luz). Todos tenemos necesidad de la luz de la fe para andar en el camino de la vida. Por eso el Bautismo, que es el primer sacramento de la fe, antiguamente era llamado también “iluminación”. Pido al Señor que renueve en cada uno de vosotros el don de la fe, a fin de que en vuestro espíritu esté siempre la luz de Dios, la luz del amor, que da sentido a nuestra vida, la ilumina, nos da esperanza y nos hace ser buenos y disponibles hacia nuestros hermanos.