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Compendio de Historia de la Iglesia. Curso 2017-18. Clases de Religión. Lección 1ª (Primeras persecuciones. Saulo)

Primeras persecuciones. Saulo

¿Cómo surgieron los diáconos en la Iglesia? Al crecer el número de los creyentes en Jesucristo, los de la lengua griega se quejaron contra los de lengua hebrea, porque en el servicio diario no se atendía a sus viudas. Entonces los apóstoles dijeron: No nos parece bien descuidar la palabra de Dios para ocuparnos del servicio de las mesas. Por tanto, hermanos, escoged a siete de vosotros, hombres de buena fama, llenos de espíritu y de sabiduría, y los encargaremos de esta tarea; nosotros nos dedicaremos a la oración y al servicio de la palabra (Hch 6, 2-3). Aceptada la propuesta por la comunidad de los fieles, eligieron a los llamados diáconos. Estos fueron: Esteban, hombre lleno de fe y de Espíritu Santo, Felipe, Prócoro, Nicanor, Timón, Parmenas y Nicolás, prosélito de Antioquía.

¿Fue Esteban el primer mártir del cristianismo? Sí. Esteban era un hombre lleno de gracia y poder, que realizaba grandes prodigios y signos en medio del pueblo. Entonces unos cuantos de la sinagoga llamada de los libertos, oriundos de Cirene, Alejandría, Cilicia y Asia, se pusieron a discutir con él, pero no pudieron replicar a los argumentos de Esteban ni resistir a la sabiduría divina que salía de su boca. Al no lograr rebatir las palabras de Esteban, aquellos hombres de la sinagoga indujeron a unos que asegurasen: Le hemos oído palabras blasfemas contra Moisés y contra Dios (Hch 6, 11). Llevado Esteban ante el Sanedrín, confundió a sus acusadores, e increpó a los judíos por su incredulidad y terca resistencia a las inspiraciones del Espíritu Santo.

Mientras Esteban hablaba, todos los que estaban sentados en el Sanedrín fijaron su mirada en él y su rostro les pareció el de un ángel (Hch 6, 15). En un momento determinado, Esteban, fijando la mirada en el cielo, vio la gloria de Dios, y a Jesús de pie a la derecha de Dios,y dijo: Veo los cielos abiertos y al Hijo del hombre de pie a la derecha de Dios (Hch 7, 56). Al oír estas palabras, los judíos se taparon los oídos, lanzando gritos de horror, como si hubieran oído una blasfemia; y empujándole a la afueras de la ciudad, se pusieron a apedrearlo. Los que lapidaban a Esteban dejaron sus capas a los pies de un joven llamado Saulo, que aprobaba aquella muerte violenta. Mientras tanto, Esteban repetía esta invocación: Señor Jesús, recibe mi espíritu (Hch 7, 59), y antes de expirar, clamó con voz potente: Señor, no les tenga en cuenta este pecado (Hch 7, 60). Y dichas estas palabras, murió. Unos hombres piadosos enterraron su cuerpo e hicieron gran duelo por él.

¿Qué pasó en Jerusalén a raíz del martirio de Esteban? La muerte de san Esteban fue como la señal del inicio de una violenta persecución contra la Iglesia naciente en Jerusalén. Todos los fieles, excepto los apóstoles, se dispersaron por Judea y Samaria. Los que habían sido dispersados iban de un lugar a otro anunciando la Buena Nueva de la Palabra de Dios. El diácono Felipe predicó el Evangelio en Samaria y fueron muchos los que se convirtieron. También en los Hechos de los apóstoles se narra la conversión de un eunuco etíope al que Felipe le explicó un pasaje profético de la Escritura referente a Jesucristo.

¿Qué pasó con aquel joven llamado Saulo que presenció la muerte de Esteban? Cuando se desencadenó en Jerusalén la persecución contra los discípulos del Señor, Saulo, por su parte, se ensañaba con la Iglesia, penetrando en las casas y arrastrando a la cárcel a hombres y mujeres (Hch 8, 3). Saulo era un joven fariseo originario de Tarso de Cilicia, que movido por un falso celo por la Ley de Moisés, cometía contra los creyentes en el Señor Jesús toda clase de violencia. Y habiendo oído que en Damasco se habían convertido al cristianismo algunos judíos, respirando todavía amenazas de muerte contra los discípulos del Señor, se presentó al sumo sacerdote y le pidió cartas para las sinagogas de Damasco, autorizándolo a traerse encadenados a Jerusalén a los que descubriesen que pertenecían al Camino, hombres y mujeres (Hch 9, 1-2).

¿Llegó a cumplir sus deseos? No, porque en el camino de Damasco ocurrió un hecho prodigioso. Cuando Saulo se aproximaba a la ciudad, de pronto una luz celestial lo envolvió con su resplandor. Cayó a tierra y oyó una voz que le decía: Saulo, Saulo, ¿por qué me persigues? (Hch 9, 4). El joven preguntó: ¿Quién eres, Señor? (Hch 9, 5). Y de nuevo oyó la voz: Yo soy Jesús, a quien tú persigues. Pero levántate, entra en la ciudad, y allí se te dirá lo que tienes que hacer (Hch 9, 5-6). Se levantó Saulo, y aunque tenía los ojos abiertos no veía nada, de modo que sus compañeros lo llevaron de la mano hasta Damasco. Allí estuvo tres días ciego, sin comer ni beber.

Al cabo de ese tiempo, Dios llamó a un discípulo de Jesús, llamado Ananías, para que fuera donde estaba Saulo. Salió Ananías, entró en la casa, le impuso las manos y dijo: “Hermano Saulo, el Señor Jesús, que se te apareció cuando venías por el camino, me ha enviado para que recobres la vista y seas lleno del Espíritu Santo”. Inmediatamente se le cayeron de los ojos una especie de escamas, y recobró la vista. Se levantó, y fue bautizado. Comió y recobró las fuerzas (Hch 9, 17-19).

¿Qué hizo Saulo en los días siguientes a su conversión? Profundamente agradecido a Dios, comenzó Saulo muy pronto a predicar en las sinagogas de Damasco, disputando con los judíos, y probándoles con la autoridad de la Escritura, unida a la de los milagros, que Jesucristo era el verdadero Mesías anunciado por los profetas, y el Redentor del género humano. Los oyentes quedaban pasmados y comentaban: “¿No es éste el que hacía estragos en Jerusalén con los invocan ese nombre? Y ¿no había venido aquí precisamente para llevárselos encadenados a los sumos sacerdotes?” (Hch 9, 21).

Transcurridos tres años, Saulo volvió a Jerusalén. Bernabé lo presentó a los apóstoles y Pablo les contó cómo había visto al Señor en el camino de Damasco, lo que le había dicho y cómo en Damasco había predicado en el nombre de Jesús.

Después, durante toda su vida, Pablo se ocupó principalmente en la conversión de los gentiles, y por eso ha pasado a la historia como el Apóstol de las gentes.

¿Quién fue el primer gentil que convirtió al cristianismo? Un centurión llamado Cornelio. La historia de su conversión está narrada en los Hechos de los apóstoles.

Cornelio vivía en Cesarea. Era un centurión de la cohorte llamada Itálica. Hombre piadoso y temeroso de Dios, al igual que toda su casa; daba muchas limosnas al pueblo y oraba continuamente a Dios. Hallándose un día en oración, un ángel del Señor, llamándole por su nombre, le dijo: Tus oraciones y tus limosnas han sido recordadas ante Dios. Ahora manda a alguien a Joppe y haz venir a un tal Simón llamado Pedro, que se aloja en casa de un tal Simón curtidor, que tiene su casa a orillas del mar (Hch 10, 4-6). Enseguida envió Cornelio a dos hombres y a un soldado piadoso a Joppe. Cuando estaban ya cerca de la ciudad, Dios manifestó a Pedro, en una visión, que los gentiles estaban llamados, lo mismo que los judíos, a la gracia del bautismo; por esto, cuando los enviados del centurión se presentaron a Pedro, éste no opuso ningún reparo en ir con ellos a Cesarea.

Cornelio, rodeado de sus familiares y amigos, recibió a Pedro con mucho respeto. Después de haberle contado su visión, pidió que le dijese lo que el Señor quería darle a conocer. Comenzó Pedro a explicarle la vida y doctrina de Jesucristo; mientras el apóstol estaba hablando, descendió el Espíritu Santo de una manera visible sobre todos los que escuchaba a Pedro y les comunicó el don de lenguas. Entonces Pedro dijo: ¿Se puede negar el agua del bautismo a los que han recibido el Espíritu Santo igual que nosotros? (Hch 10, 47), y mandó que fuesen bautizados Cornelio y todos sus parientes y amigos que allí estaban. Estos fueron los primeros gentiles convertidos.

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Quinto mandamiento

Jesús decía: Habéis oído que se dijo a los antiguos: “No matarás”. Pero yo os digo: Todo el que se deja llevar por la cólera contra su hermano, lo mató en su corazón. Y quien insulta a su hermano, lo mata en su corazón; quien odia a su hermano, mata a su hermano edn el corazón; quien critica a su hermano , lo mata en su corazón. Tal vez no nos damos cuenta de esto, y luego hablamos, “despachamos” a uno y a otro, criticamos esto y aquello… Y esto es matar al hermano. Por ello es importante conocer qué hay dentro de mí, qué sucede en mi corazón. Si uno comprende a su hermano, a las personas, ama, porque perdona: comprende, perdona, es paciente… ¿Es amor o es odio? Todo esto debemos conocerlo bien. Y pedir al Señor dos gracias. La primera: conocer qué hay en mi corazón, para no engañarnos, para no vivir engañados. La segunda gracia: hacer el bien que está en nuestro corazón, y no hacer el mal que está en nuestro corazón (Papa Francisco).

Compendio de Historia de la Iglesia. Curso 2017-18. Clases de Religión. Lección 1ª (Pentecostés. Principio de la Iglesia)

Pentecostés. Principio de la Iglesia

¿Cuándo se cumplió la promesa del Señor de enviar al Espíritu Santo? Después de la Ascensión del Señor los apóstoles volvieron a Jerusalén, y estuvieron en el cenáculo, en el mismo lugar en el cual Cristo celebró la Última Cena con ellos, dedicados a la oración en espera del cumplimiento de la promesa del envío del Espíritu Santo, junto con algunas mujeres y María, la madre de Jesús, y con otros discípulos del Señor.

Estando allí, para reemplazar a Judas Iscariote eligieron a Matías, el cual fue asociado a los once apóstoles.

El día de Pentecostés, décimo después de la Ascensión, estando todos juntos en el cenáculo, de pronto se produjo desde el cielo un estruendo, como de viento que soplaba fuertemente, y llenó toda la casa donde se encontraban. Al mismo tiempo aparecieron unas lenguas como de fuego posándose encima de cada uno de ellos. Se llenaron todos del Espíritu Santo y empezaron a alabar a Dios en diversas lenguas, según el Espíritu les concedía manifestarse.

¿Qué era el día de Pentecostés? La palabra Pentecostés es un vocablo griego, que significa cincuenta. En el pueblo israelita se instituyó la fiesta de Pentecostés para recordar la promulgación de la Ley, y se celebraba cincuenta días después de la conmemoración de la salida de los judíos de Egipto, es decir, de la Pascua.

Para los cristianos Pentecostés es la fiesta con la cual la Iglesia celebra la venida del Espíritu Santo sobre los apóstoles, que tuvo lugar en el mismo día de la fiesta judía de Pentecostés. Se celebra cincuenta días después de la Resurrección del Señor.

¿Tuvieron conocimiento los judíos de este acontecimiento? Sí. Con motivo de la fiesta de Pentecostés residían en Jerusalén muchos judíos devotos venidos de diversos países. Muchos de éstos, al oír el ruido producido, acudieron al lugar donde estaban los discípulos del Señor y quedaron desconcertados porque cada uno oía a los apóstoles hablar en su propia lengua de las grandezas de Dios. Entonces, Pedro tomando la palabra les hizo ver que el prodigio de que eran testigos había sido anunciado por los profetas; además, les recordó los milagros con que Jesucristo había probado su divinidad, entre otros, el de la resurrección de entre los muertos; y por último añadió: Tenga por cierto toda la casa de Israel que Dios le ha hecho Señor y Mesías a este Jesús a quienes vosotros habéis crucificado (Hch 2, 36).

¿Cuál fue la reacción de los que oyeron las palabras de Pedro? Aquellos judíos se sintieron compungidos de corazón y preguntaron a Pedro y a los demás apóstoles: ¿Qué tenemos que hacer, hermanos? (Hch 2, 37). Pedro les contestó: Arrepentíos y sea bautizado cada uno de vosotros en el nombre de Jesús, el Mesías, para el perdón de vuestros pecados, y recibiréis el don del Espíritu Santo (Hch 2, 38). Los que aceptaron la propuesta de Pedro se bautizaron, y aquel día fueron agregadas al grupo de los discípulos unas tres mil personas. Por eso, en el día de Pentecostés se celebra también el nacimiento de la Iglesia de Cristo.

¿Cómo era la vida de los primeros fieles de la Iglesia? Los cristianos de la Iglesia primitiva no sólo eran asiduos en la enseñanza de los apóstoles, en la comunión, en la fracción del pan y en las oraciones, sino que vivían muy unidos por la caridad, teniendo todos sus bienes en común, pues vendían sus posesiones y bienes y los repartían entre todos según la necesidad de cada uno. Diariamente acudían unánimemente al templo con un mismo espíritu, partían el pan en las casas y tomaban el alimento con alegría y sencillez de corazón; alababan a Dios y eran bien vistos de todo el pueblo y día tras día el Señor iba agregando a los que se iban salvando (Hch 2, 46-47).

¿Acompañaron hechos prodigiosos a la misión de los apóstoles? Sí. Numerosos milagros vinieron a confirmar la misión que el Señor había conferido a los apóstoles, e hicieron aumentar considerablemente el número de los creyentes.

Un milagro muy notable fue la curación de un cojo de nacimiento. Lo narra san Lucas en los Hechos de los apóstoles de la siguiente forma: Pedro y Juan subían al templo a la oración a la hora de nona, cuando vieron traer a cuestas a un lisiado de nacimiento. Solían colocarlo todos los días en la puerta del templo llamada “Hermosa”, para que pidiera limosna a los que entraban. Al ver entrar en el templo a Pedro y a Juan , les pidió limosna. Pedro, con Juan a su lado, se quedó mirándolo y le dijo: “Míranos”. Clavó los ojos en ellos, esperando que le darían algo. Pero Pedro le dijo: “No tengo plata ni oro, pero te doy lo que tengo: en nombre de Jesucristo Nazareno, levántate y anda”. Y agarrándolo de la mano derecha lo incorporó. Al instante se le fortalecieron los pies y los tobillos, se puso en pie de un salto, echó a andar y entró con ellos en el templo por su pie, dando brincos y alabando a Dios. Todo el pueblo lo vio andando y alabando a Dios, y, al caer en la cuenta de que era el mismo que pedía limosna sentado en la puerta Hermosa del templo, quedaron estupefactos y desconcertados ante lo que había sucedido (Hch 3, 1-10).

¿Qué hizo Pedro al ver maravillado el pueblo que había presenciado el milagro? No desaprovechó la ocasión para hablar a los que asombrados habían acudido al pórtico llamado de Salomón para ver al que momentos antes era paralítico junto con los dos apóstoles, y dirigió la palabra a los allí presentes. Pedro les habló de Jesucristo y de su doctrina. El resultado de esta nueva predicación de Pedro fue la conversión de cinco mil personas.

¿Permanecieron inactivos los sacerdotes, saduceos y los otros enemigos del Señor? No. Mientras que Pedro y Juan hablaban al pueblo se presentaron los sacerdotes con el jefe de la guardia del templo y los saduceos, indignados porque los apóstoles enseñaban al pueblo y anunciaban cumplida en Jesús la resurrección de los muertos. Apresaron a Pedro y a Juan y lo metieron en la cárcel hasta el día siguiente.

Al día siguiente, se reunieron en Jerusalén los jefes del pueblo, los ancianos y los escribas, junto con el sumo sacerdote Anás y con Caifás y Alejandro, y los demás que eran familia de sumos sacerdotes. Hicieron comparecer en medio de ellos a Pedro y a Juan y se pusieron a interrogarlos: “¿Con qué poder o en nombre de quién habéis hecho eso vosotros?” Entonces Pedro, lleno del Espíritu Santo, les dijo: “Jefes del pueblo y ancianos: Porque le hemos hecho un favor a un enfermo, nos interrogáis hoy para averiguar qué poder ha curado a ese hombre; quede bien claro a todos vosotros y a todo Israel que ha sido el Nombre de Jesucristo el Nazareno, a quien vosotros crucificasteis y a quien Dios resucitó de entre los muertos; por este Nombre se presenta este sano ante vosotros (Hch 4, 5-10). Viendo la seguridad de Pedro y Juan, los del Sanedrín deliberaron aparte y decidieron prohibir a los apóstoles que hablaran de Jesús y que enseñasen en su Nombre. Entonces los dos apóstoles les dijeron: ¿Es justo ante Dios que os obedezcamos a vosotros más que a él? Juzgadlo vosotros. Por nuestra parte no podemos menos de contar lo que hemos visto y oído (Hch 4, 19-20). Entonces, repitiendo la prohibición, los soltaron con amenazas, pues no hallaron motivo para castigarlos, y por causa del pueblo, porque todos glorificaban a Dios por la milagrosa curación del tullido.

¿Continuó el Sanedrín la persecución contra los apóstoles? Sí. Algún tiempo después los metieron de nuevo en la cárcel; mas durante la noche un ángel del Señor los sacó. Más tarde otra vez fueron conducidos ante el sumo sacerdote. Éste les dijo: Solamente os hemos ordenado que no enseñéis sobre este Nombre, y habéis llenado Jerusalén de vuestra doctrina y queréis traer sobre nosotros la sangre de ese hombre (Hch 5, 28). Los apóstoles le contestaron: Es preciso obedecer a Dios antes que a los hombres (Hch 5, 29).

Cada vez más irritados los miembros del Sanedrín, viendo la inutilidad de sus esfuerzos, se reunieron para tratar de hacer morir a los apóstoles, y sólo se opuso un doctor de la Ley, llamado Gamaliel, que les dijo: Varones israelitas, mirad bien lo que vais a hacer con estos hombres. Días pasados se levantó Teudas, diciendo que él era alguien, y se le allegaron como unos cuatrocientos hombres. Fue muerto, y todos cuantos le seguían se disolvieron, quedando reducidos a nada. Después se levantó Judas el Galileo, en los días del empadronamiento, y arrastró al pueblo en pos de sí; mas pereciendo él también, cuantos le seguían se dispersaron. Ahora os digo: Dejad a esos hombres, dejadlos; porque, si esto es consejo u obra de hombres, se disolverá; pero, si viene de Dios, no podréis disolverlo, y quizá algún día os halléis con que habéis hecho la guerra a Dios (Hch 5, 35-39). Los componentes del Sanedrín se dejaron persuadir, pero antes de dejar libres a los apóstoles, éstos fueron azotados. Además les conminaron que no hablasen en el nombre de Jesús. Los apóstoles se fueron contentos de la presencia del Sanedrín, porque habían sido dignos de padecer por el nombre de Jesús.

A pesar de las persecuciones sufridas y de las amenazas recibidas, en el templo y en las casas los apóstoles no cesaron ningún día de hablar de Cristo Jesús.

La Iglesia: la familia de los hijos de Dios

(Red que echan en el mar y recoge toda clase de peces). Allí donde vamos, hasta en la más pequeña parroquia, en el rincón más perdido de la tierra, está la única Iglesia; nosotros estamos en casa, estamos en familia, estamos entre hermanos y hermanas. Y esto es un gran don de Dios. La Iglesia es una sola para todos. No existe una Iglesia para los europeos, una para los africanos, una para los americanos, una para los asiáticos, una para quien vive en Oceanía, no; es la misma en todo lugar. Es como una familia: se puede estar lejos, distribuidos por el mundo, pero los vínculos profundos que unen a todos los miembros de la familia permanecen sólidos cualquiera que sea la distancia (Papa Francisco).

La Redención (Pasión, Resurrección, Ascensión)

La Redención (Pasión, Resurrección, Ascensión)

Exposición del caso:

Marisol, a sus 16 años, es una chica que parece más preocupada por las injusticias que hay en el mundo que por cumplir sus propios deberes. Tiene un carácter exaltado, que se convierte en bastante explosivo cuando la regañan y piensa que es injusto. Esto no quiere decir que sea egoísta: sale también apasionadamente en defensa de los demás cuando le parece que han sido injustamente tratados. Sus padres han trabajado mucho para sacar la familia adelante, y están agotados. Marisol no parece darse cuenta de ello: más bien los valora como personas conformistas y apáticas, sin personalidad. En cambio, ve como todo lo contrario a su profesora de Historia del instituto. Tiene ésta la misma edad que su madre y es soltera. Explicando su materia solía hablar con bastante énfasis de la opresión de las clases trabajadoras, y con frecuencia se desviaba del tema y, en un tono propio de mitin, hablaba de los marginados y los oprimidos, echando en cara al alumnado su individualismo y falta de compromiso con los desfavorecidos. Por eso sus alumnos le habían puesto un mote: “la pasionaria”.

A Marisol le parecía injusta esta situación, y desde el principio se puso al lado de la profesora. Más aún, la simpatía pasó pronto a convertirse en admiración: la veía como una inconformista a favor de una causa justa, y que era capaz de luchar contra todo el mundo por lo que veía justo. En una palabra, la idealizó. Con cualquier motivo, buscaba su trato. Empezó preguntándole dudas a la salida de clase, y siguió con conversaciones en la cafetería de la esquina más próxima al instituto.

La profesora se convirtió en confidente de Marisol, y a su vez contaba a ésta cosas de su vida; impulsaba varias asociaciones: una de “mujeres progresistas”, una “comunidad de base” de “cristianos comprometidos”, y alguna otra. En una ocasión, hablando de esto, empezó a explicarle que la Iglesia jerárquica se había, más que aliado, fundido con “el sistema”, y habían acaparado el Evangelio para ponerlo a su servicio. Y que ella no podía seguir en una vida de “sumisión al sistema”, que la anulaba: la “alienaba”, llegó a decir. “¿Y qué quiere decir ‘acaparar el Evangelio’?” La respuesta a esta pregunta de Marisol fue otra explicación sobre la forma de ver la figura de Jesucristo, y la necesidad de una “relectura” del Evangelio, pues la existente proyectaba sobre un hipotético más allá todo el mensaje salvador de Jesucristo, haciendo por tanto a la gente resignada y conformista con su explotación, y poniendo por tanto la doctrina al servicio del dominio, de la “explotación del hombre sobre el hombre”. -“¿Te interesa todo esto?”, preguntó al final. -“Pues…sí”. -“Si quieres, te traigo algo para leer, que lo explica bien”. -“Bueno”.

Al cabo de dos días le trajo un par de folletos, de una colección denominada “El hombre emancipado”. El primero se titulaba “Para poner en libertad a los oprimidos”, palabras tomadas del evangelio de San Lucas -capítulo 4º, versículo 18, para ser exactos-. Intentaba explicar cómo en los evangelios, si se los depuraba de figuras retóricas y “proyecciones” de la comunidad primitiva de creyentes, se podía ver que Jesús fue un inconformista, que desafió a los poderes establecidos en su época, que vino a establecer un “reino de paz y justicia”, donde los hombres vivirían como hermanos, compartirían sus pertenencias, y una vez conseguido esto duraría indefinidamente. Para ello vivió, y por ello dio su vida, pues la “oligarquía dominante” no podía soportar ese mensaje y lo condenó a muerte, precisamente con un suplicio reservado a los esclavos y los que se levantaban “contra el sistema”. Seguía diciendo que fue un hombre de “ideas extraordinariamente avanzadas para su época”, y por eso entonces sólo fue parcialmente comprendido. En consecuencia, e influidos por las ideas de la época, proyectaron su recuerdo y su doctrina, vivos en sus corazones, como una resurrección, y su esperanza en un mundo nuevo como una ascensión al cielo.

El segundo folleto se titulaba “Un programa de liberación”. Pasaba revista a toda una serie de males de los que el hombre debía ser liberado: hambre, guerra, marginación, paro, etc. Explicaba que todo ello podía resumirse en liberación de la pobreza, el dolor y la desigualdad. Y señalaba que un cristiano auténtico no podía desentenderse de la lucha comprometida por la liberación, como lo había hecho Jesucristo. Invitaba a no dejarse llevar por ideologías “reaccionarias” o “inmovilistas”, ni por “teologías al servicio del poder”, y comprometerse activamente con movimientos “progresistas” y “colectivos que promueven la igualdad”.

A Marisol todo esto le parecía un tanto desconcertante, pero, viniendo de quien venía, pensaba: “¿y por qué no?” Se iba abriendo paso la idea de que a lo mejor tenía razón; además, ella sí luchaba por los demás, a diferencia del resto, que sólo iban a lo suyo.

Estando así las cosas, un día, de nuevo en la cafetería, la profesora anunció a Marisol que se iba: había pedido traslado a otro instituto, y se lo acababan de conceder. -“¿Pero por qué?”, preguntó Marisol, visiblemente afectada. -“Estoy cansada. No reacciona nadie, van a lo suyo. Es… como predicar en el desierto. Ya no puedo más. No sé si lo comprenderás”. Marisol pensaba que sí, que sí podía comprenderlo.

Días después de la partida de la profesora, Marisol comentaba con una amiga que le daba pena. -“¿Por qué?”, replicó. Como respuesta, le contó el diálogo de despedida. -“¡Pero tú eres tonta!”, dijo su amiga. -“¿Cómo que tonta?” -“¿Pero qué pasa? ¿Eres la única de todo el instituto que no se ha enterado?” -“¿Que no se ha enterado de qué?” -“De que hace unos meses se fue a vivir con ella el marido de ‘la Chelo’ (era otra profesora del instituto, aunque no les daba clase a ellas), y no le dirigía la palabra ningún profesor; y ahí está la pobre, con tres niños pequeños.” -“¡Eso no es verdad!”. -“¿Que no es verdad? Pues hija, entérate, pregunta a cualquiera. Mira, y perdona que te lo diga, eres de esas idealistas que acaban en las nubes y dejan de pisar en el suelo. Y si quieres hacer algo por los pobres, acompáñame el sábado por la mañana”. -“No puede ser…”. -“Mira, hacemos una cosa: si resulta que es verdad, me acompañas; y si no, me mandas a paseo, ¿vale?” Marisol acabó aceptando la propuesta.

Resultó que era verdad. Marisol no tenía ganas de cumplir lo pactado, pero era fiel a su palabra, y acudió. Fueron a un comedor para pobres regentado por unas monjas. Trabajaron bastante, ayudando en lo que podían. Marisol se iba dando cuenta de lo alegres que estaban aquellas religiosas, a pesar de lo cansada y poco atractiva que parecía su vida. Cuando acabaron -bastante agotadas-, Marisol quiso hablar con los dos que les agradecieron su colaboración. -“¿Pero no se cansan ustedes de esto?”, preguntó. -“Bueno, un poquito sí, pero no es gran cosa al lado de lo que sufrió el Señor por nosotros”, contestó una, señalando un crucifijo. -“¿Pero se puede aguantar así toda la vida?” -“Si no fuera porque tenemos a Jesús con nosotras…”, contestó, señalando la puerta de la capilla. -“¿Jesús?” -“Sí, ¿no es bonito que el mismo Jesús que murió por nosotros, resucitó y está en el cielo quiera venir a nuestro sagrario?” -“Sí…, claro”, respondió, un poco aturdida al darse cuenta de la firmeza de su fe; “pero, aquí no pueden cambiar las injusticias…” -“Nos gustaría poder hacer más, pero hacemos lo que podemos: ayudamos a los necesitados, procuramos llevarles la alegría de encontrar a Cristo, y despertamos la generosidad de personas como vosotras y otras que hacen donaciones; por ejemplo, todo lo que habéis servido provenía de donaciones”. Marisol salió pensativa, pensando en volver… y quién sabe… quizás también en quedarse.

Preguntas que se formulan:

-¿Fue la Pasión del Señor impuesta contra su voluntad o libremente aceptada? ¿Consta que fue así? ¿Por qué quiso padecer? ¿Qué significa “redención”? ¿De qué nos tenía que redimir Jesucristo? ¿Era necesario ese sufrimiento y su muerte? ¿Por qué quiso padecerlos? ¿Estaban profetizados?

-¿Puede decirse que en la Pasión murió Dios, o simplemente un hombre? ¿Por qué? ¿Qué valor tiene ese sacrificio? ¿Cómo se aplica a los hombres? ¿Qué quiere decir que Dios murió? ¿Qué consecuencias tiene respecto al cuerpo muerto? ¿Qué quiere decir el “descendió a los infiernos” del Credo?

-¿De qué nos liberó Jesucristo en la Cruz? ¿Por qué no nos liberó de la muerte y los sufrimientos terrenos? ¿Qué valor tienen éstos para el cristiano? ¿Por qué? ¿Puede decirse que el dolor, la pobreza, la enfermedad, etc., conllevan la infelicidad en este mundo? ¿Por qué? ¿Es “resignación” el término adecuado para indicar cómo deben aceptarse? ¿Por qué? ¿Significa esto que el cristiano debe ser conformista con el sufrimiento y la injusticia? ¿Por qué? ¿Quienes son “los oprimidos” a los que se refiere el Evangelio?

-¿Nos da ejemplo de algo el Señor en la Cruz? ¿De qué? ¿Cómo debe manifestarse en la vida del cristiano? ¿Seguiría siendo un ejemplo a seguir si no hubiera el Señor resucitado y ascendido al cielo? ¿Por qué? ¿Alguien más nos da ejemplo desde la Cruz? ¿Qué consecuencias tuvo el que la Virgen María estuviera al pie de la Cruz?

-¿Qué sentido tiene la Resurrección del Señor? ¿Qué sucedería si no hubiese resucitado? ¿Es imprescindible la Resurrección dentro del mensaje cristiano? ¿Por qué? ¿Qué diferencia la Resurrección de Jesucristo de cualquier otra resurrección (p.ej., la de todos al final de los tiempos)?

-Una vez resucitado el Señor, ¿era necesaria su Ascensión? ¿Por qué? ¿Qué lleva consigo para nosotros la Resurrección del Señor y su Ascensión? ¿Qué significa el “reino de paz y justicia” anunciado en el Evangelio? ¿Qué características tiene el reino anunciado por el Señor? ¿Tienen algo que ver la Pasión, Resurrección y Ascensión del Señor con su condición de Rey?

-¿Como valoras las ideas de la profesora del caso? ¿Qué le dirías a una persona con esas ideas?

Bibliografía

Vid. Catecismo de la Iglesia Católica, nn. 595-618, 624-628, 631-635, 638-655, 659-664.

Comentario:

Jesucristo pudo ser “parcialmente comprendido” por sus contemporáneos, pero desde luego fue plenamente comprendido por sus Apóstoles después de Pentecostés. Tanto, que incluso previeron la futura existencia de personas que intentarían subvertir toda su obra como la profesora del caso: falsos doctores que “prometen liberación, cuando ellos son esclavos de la corrupción, pues cada cual es esclavo de quien triunfó en él” (II Pe 2, 19).

La clave del caso está en el contraste entre la profesora y las monjas. No puede ser mayor. En el primer caso, el Evangelio parece ponerse al servicio de “los oprimidos”, pero de hecho lo está al servicio de una ideología. En eso consiste su “relectura”. ¿No es esto ser un poco “mal pensados”? No, porque los hechos lo confirman. El mismo Evangelio invita a utilizar este criterio: “Si plantáis un árbol bueno, su fruto será bueno; pero si plantáis un árbol malo, su fruto será malo, porque el árbol por sus frutos se conoce” (Mt 12, 33). Lo contrario es ser un ingenuo, como lo es Marisol y como acertadamente se lo reprocha su amiga.

¿Cuál es la ideología en la que consiste el “árbol malo”? La terminología empleada nos conduce al marxismo: conceptos como “oligarquía dominante”, alienación, concebir la sociedad como un “sistema” de enfrentamiento -lucha de clases, en el fondo-, la “esperanza” en una especie de paraíso comunista futuro (excluyendo todo otro tipo de esperanza en el más allá), así lo indican. La misma idea de ver la teología bien “al servicio del poder”, bien “al servicio de la liberación”, señala otra vieja idea marxista, según la cual las ideas mismas son producto de la situación social; al trasladar esta noción al Evangelio mismo éste se relativiza: los misterios mismos de la Redención quedan reducidos a “proyecciones” fruto de una mentalidad antigua. Nos hallamos por tanto ante un típico exponente de la llamada “teología de la liberación” de cuño marxista. En varios países, ha sido un instrumento para intentar sumar a la Iglesia a la “lucha revolucionaria”. A pequeña escala, lo mismo sucede aquí. Lo que los hechos muestran es que esa mujer en realidad no lucha por “los oprimidos” -va dejando más por su camino- o “por los demás” -como piensa Marisol-, sino por la revolución. “Los oprimidos” no pasan de ser una excusa, un disfraz, una pantalla. Hasta aquí, un ejemplo de lo que es una pseudorredención, una falsa redención.

¿Y el “árbol bueno”? Es el Evangelio auténtico, que es la historia de la redención de la humanidad obrada por Cristo. “Redimir” significa rescatar por un precio. Quien rescató es Jesucristo, y el precio fue su vida misma -su Pasión y Muerte-. Las monjas dan a entender que toda su acción, su servicio y su esperanza dependen de esta Redención y de sus frutos; o, mejor dicho, que todo el bien que tienen -empezando por la alegría, un bien mucho más precioso que la abundancia material (cuando la felicidad, o la “calidad de vida” se cifran sólo en bienes materiales, ahí lo que hay es un encubierto… materialismo)- y todo el bien que hacen es fruto de la Redención. Cristo con su muerte pagó el precio, y con su Resurrección y Ascensión puede transmitirnos los frutos logrados, y Él mismo consigue una victoria que será la nuestra si seguimos sus pasos: es nuestra esperanza.

Se contaba de uno que decía que la revolución le había liberado de las cadenas… de oro para colgar el reloj que había heredado de su abuelo. La liberación auténtica debe librar de males auténticos. ¿Y cuál es el peor de los males? Es el pecado, que no sólo conduce a la pena eterna, sino que en este mundo es el causante de la mayor parte de los sufrimientos. No es “el sistema” el que nos hace malos; en todo caso, es al revés. Entonces, ¿por qué sigue habiendo pecados, y sigue habiendo sufrimiento? Porque la de Cristo es una liberación que exige nuestra colaboración libre. Podemos aceptarla o rechazarla. Pero, se podría objetar -de hecho, lo hace Marisol a las monjas- que en cualquier caso seguiría habiendo dolor, sufrimiento y muerte. ¿No podría la Redención haber acabado con eso? Sí, sí que podría, pero Dios quiso hacer algo mejor: invitarnos a asociarnos a su Cruz redentora en este mundo, para así asociarnos a su misión y a su victoria en la gloria. De ahí que el cristiano ve en su pequeña -a veces, grande- cruz de cada día una participación de la Cruz de Cristo, y aprende a sacarle partido como el Señor lo sacó, y por tanto se abraza a ella y la quiere, que es algo más que “resignación”.

Una última idea a tener en cuenta es la de que en nuestros días es bastante frecuente contraponer, como si fueran excluyentes, cosas que en realidad se complementan. Es el caso de la profesora, cuando entiende y da a entender que la esperanza en un más allá excluye todo esfuerzo de lucha por mejorar este mundo, y hace a los hombres resignados y conformistas. Sucede lo contrario, porque resulta que el cristiano es consciente de que el más allá se gana en esta vida, en el más acá. Por eso, la Redención lleva a dar, como Cristo, la vida por los demás, a convertir la vida en un servicio, y en la medida en que es así se mejora este mundo y disminuyen el dolor y las injusticias, por no hablar del bien que se lleva al alma. La vida misma de las monjas del caso -no falta en el mundo gente así- lo atestigua.

Bienaventuranzas e imprecaciones

En el libro de Jeremías leemos: Maldito el varón que confía en el hombre y pone en la carne su apoyo, mientras su corazón se aparta del Señor. Será como matojo de la estepa, que no verá venir la dicha, pues habita en terrenos resecos del desierto, en tierra salobre e inhóspita. Bendito el varón que confía en el Señor, y el Señor es su confianza. Será como árbol plantado junto al agua, que extiende sus raíces a la corriente, no teme que llegue el calor, y sus hojas permanecerán lozanas, no se inquietará en año de sequía, ni dejará de dar frutos (Jr 17, 5-8). Estas palabras del profeta referidas al árbol frondoso son casi idénticas a las del Salmo 1. Con ellas Jeremías ilustra la perdición a la que se ve arrastrado el hombre que confía en sí mismo, frente a la prosperidad del que se fía de Dios.

Preguntémonos: ¿Dónde he puesto mi confianza? Si la hemos puesto en algo -o en alguien- fuera de Dios, hay que rectificar. Aconsejaba san Bernardo: Fíate enteramente de Dios, encomiéndate a Él, descarga en su providencia todos tus cuidados. Y Él te sustentará, de modo que confiadamente puedas decir: “el Señor anda solícito por mí” (Sal 39, 18). Y san Josemaría Escrivá dejó escrito: ¡Es una locura confiar en Dios…!, dicen. -¿Y no es más locura confiar en sí mismo, o en los demás hombres?

Pongamos toda nuestra confianza en Dios, porque Él no sólo nos conoce, sino también nos ama, quiere nuestro bien. Nos conoce mejor de lo que nos conocemos nosotros mismos. Nos ama aunque muchas veces ese amor no se hace visible. Es un Dios vivo y vivificador, que nos ofrece felicidad. Podemos confiar en Él. Es lo que hizo san Juan Pablo II. En su testamento escribió: Expreso la más profunda confianza en que, a pesar de toda mi debilidad, el Señor me concederá toda la gracia necesaria para afrontar según su Voluntad cualquier tarea, prueba y sufrimiento que quiera pedir a su siervo, en el transcurso de la vida.

Bien se puede aplicar a la imagen del árbol plantado junto al agua las palabras del comentario de santo Tomás de Aquino al primer salmo: Así pues, toma la comparación del árbol, del que se consideran tres cosas, a saber, el ser plantado, el dar fruto, y el conservarse. Para ser plantado es necesaria una tierra humedecida por las aguas, pues de otro modo se secaría; y por esto dice: que está plantado a las corrientes de las aguas, es decir, junto a las corrientes de las gracias: El que cree en mí… de su seno correrán ríos de agua viva” (Jn 7, 37-38). Y quien tenga sus raíces junta a esta agua fructificará haciendo buenas obras; y por esto es lo que sigue: el cual dará su fruto. “Pero el fruto del espíritu es caridad, alegría, paz, y paciencia, generosidad, bondad, fidelidad”, etc., (Ga 5, 22). (…) Y no se seca. Por el contrario, se conserva. Ciertos árboles se conservan en su substancia, pero no en sus hojas, pero otros se conservan también en sus hojas: así también los justos, (…) no serán abandonados por Dios ni siquiera en las obras más pequeñas y exteriores. “Pero los justos germinarán como una hoja verde” (Pr 11, 28).

El hombre justo confía en Dios, busca y encuentra en la Ley de Dios el criterio para orientar su vida. Será feliz porque tendrá éxito. La imagen del árbol frondoso significa la prosperidad y el bienestar. Jesucristo proclamará definitivamente quien es el hombre “dichoso” o “bienaventurado”: aquel que pertenece al Reino de los Cielos. Bienaventurado significa feliz, dichoso. Y el Señor señala con las Bienaventuranzas los caminos para llegar a la felicidad verdadera, bien diferente de los que el hombre suele escoger. Para muchas personas la felicidad está en el dinero, en el poder, en el placer… Pero se equivocan, la felicidad sólo se puede encontrar en Cristo.

A diferencia de san Mateo, san Lucas sólo cita cuatro bienaventuranzas. Sin embargo, a continuación de ellas, pone las imprecaciones, también en número de cuatro. Bienaventurados los pobres, porque vuestro es el Reino de Dios. Bienaventurados los que ahora padecéis hambre, porque seréis saciados. Bienaventurados los que ahora lloráis, porque reiréis. Bienaventurados seréis cuando los hombres os odien, cuando os expulsen, os injurien y proscriban vuestro nombre como maldito, por causa del Hijo del hombre. Alegraos en aquel día y regocijaos, porque vuestra recompensa es grande en el Cielo; pues de este modo se comportaban sus padres con los profetas. Pero ¡ay de vosotros los ricos, porque ya habéis recibido vuestro consuelo! ¡Ay de vosotros los que ahora estáis hartos, porque tendréis hambre! ¡Ay de vosotros los que ahora reís, porque gemiréis y lloraréis! ¡Ay cuando los hombres hablen bien de vosotros, pues de este modo se comportaban sus padres con los falsos profetas! (Lc 6, 20-26).

En el pasaje evangélico que hemos leído están las cuatro bienaventuranzas y las cuatro imprecaciones pronunciadas por Cristo ante una gran muchedumbre. Igual que muchos suelen cometer el inmenso error de silenciar la existencia del infierno, mutilando así la doctrina de la Iglesia, también hay quienes omiten las imprecaciones salidas de la boca del Señor. Con estas imprecaciones, Jesús condena: la avaricia y apego a los bienes del mundo; el excesivo cuidado del cuerpo, la gula; la alegría necia y la búsqueda de la propia complacencia en todo; la adulación y el afán desordenado de gloria humana. Vicios que son muy comunes en el mundo, y ante los cuales el cristiano debe estar vigilante para no dejarse arrastrar por ellos.

La inclinación al mal es una realidad. Es cómodo dejarse arrastrar por los vicios. Para vivir las virtudes hay que esforzarse. El mal hay que superarlo con el bien. No hay que asustarse de la debilidad de nuestra naturaleza. La gracia de Cristo y sus sacramentos están a nuestra disposición. Mientras marchemos por el sendero transformador de las bienaventuranzas, estamos venciendo el mal; estamos convirtiendo las tinieblas en luz (San Juan Pablo II).

Los pobres, los hambrientos, los que lloran y los que son rechazados manifiestan una misma actitud del alma: la necesidad. Necesitados esencialmente de Dios debemos sentirnos todos. La necesidad es una actitud humilde del hombre que le capacita para confiar en Dios de un modo absoluto e incondicional. Es la actitud del hombre que no se satisface con los bienes y consuelos de este mundo y tiene puesta su esperanza última más allá de estas cosas.

Bienaventurados los pobres… Son pobres aquellas personas que aman la pobreza para agradar más a Dios. La pobreza cristiana, exige el desprendimiento de los bienes materiales y una austeridad en el uso de ellos. La pobreza, en el sentido que le da Jesús -el sentido de los profetas-, presupone sobre todo estar libres interiormente de la avidez de posesión y del afán de poder. Se trata de una realidad mayor que una simple repartición diferente de los bienes, que se limitaría al campo material y más bien endurecería los corazones. Ante todo, se trata de la purificación del corazón, gracias a la cual se reconoce la posesión como responsabilidad, como tarea con respecto a los demás, poniéndose bajo la mirada de Dios y dejándose guiar por Cristo que, siendo rico, se hizo pobre por nosotros (Benedicto XVI, Homilía 9.IV.2006).

Aquellos ricos que por herencia o por medio de un trabajo honrado abundan en bienes son realmente pobres si no se apegan a esos bienes, y como consecuencia de ese desprendimiento saben emplearlos en beneficio de los demás, según Dios les pide. En el Antiguo Testamento aparecen personajes como los Patriarcas (Abrahán, Isaac y Jacob) a quienes, aun poseyendo muchas riquezas, se le puede aplicar la bienaventuranza de los pobres.

¡Ay de los ricos…! Y hay que entender por ricos aquellos que se afanan en acumular bienes sin atender a la licitud o ilicitud de los medios empleados, y que además ponen en estas riquezas su felicidad, como si fuesen su último fin. El apego a las riquezas, a la falsa seguridad en uno mismo, cierra el alma a Dios, y, por tanto, a la verdadera felicidad. Ésta es la enseñanza que se saca de esta imprecación. El Señor nos invita a no contentarnos con la pobre felicidad que nos pueden dar unos bienes pasajeros y nos anima a desear aquellos que Él tiene preparados para nosotros.

Bienaventurados los que ahora padecéis hambre… San Mateo especifica más que san Lucas al añadir: y sed de justicia. La justicia, en el lenguaje de la Biblia, coincide con lo que hoy día suele llamarse santidad. El Señor exige no un simple deseo vago de justicia, sino tener hambre y sed de ella, esto es, amar y buscar con todas las fuerzas aquello que hace justo al hombre delante de Dios. El que de verdad quiere la santidad cristiana tiene que querer los medios que la Iglesia ofrece y enseña a vivir a todos los hombres: frecuencia de sacramentos, trato íntimo con Dios en la oración, fortaleza en cumplir con los deberes familiares, profesionales, sociales.

¡Ay de vosotros los que ahora estáis hartos…! Se puede considerar destinatarios de esta imprecación al rico Epulón y al hombre rico que sus tierras dieron mucho fruto, y decidió destruir sus graneros para construir otros mayores para guardar su cosecha. Los dos están satisfechos de sus bienes, de sus goces, de sus placeres… pero no hicieron lo más importante, como era preocuparse por su alma. Para Epulón la felicidad estaba en los espléndidos banquetes. El hombre rico se dedicó en atesorar para sí. Puso su felicidad en la posesión de bienes materiales. Y después ambos se encontraron con un corazón vacío, con hambre de felicidad.

Bienaventurados los que ahora lloráis… Éstos son todos los que están afligidos por alguna causa y, de modo particular, a quienes están verdaderamente arrepentidos de sus pecados, o apenados por las ofensas que otros hacen a Dios, y que llevan su sufrimiento con amor y deseos de reparación. El Espíritu de Dios consolará con paz y alegría, aun en este mundo, a los que lloran los pecados, y después participarán de la plenitud de la felicidad y de la gloria del cielo.

¡Ay de vosotros los que ahora reís…! Los impíos, los que no reconocen a Dios, se jactan de su fuerza y de sus pasiones. Su boca está llena de insultos, engaños y abusos; su lengua encubre opresión y malicia (Sal 10, 7). Piensan que su maldad no tendrá castigo. Y no solamente son impíos, sino necios y faltos de conocimiento. Insultan al justo y oprimen a los humildes. Para ellos, la vida les sonríe…, pero no podrán imponerse sobre los justos, porque el definitiva, es el Señor quien juzga la conducta de unos y otros. Los impíos serán como polvo que dispersa el viento. Por ello, los impíos no se levantarán en el juicio, ni los pecadores en la asamblea de los justos. Porque el Señor vela sobre el camino de los justos, mientras el de los impíos acaba en perdición (Sal 1, 4-6). Y la perdición no es otra cosa que la condenación eterna en el infierno, y allí será el llanto y el rechinar de dientes (Lc 13, 28).

Bienaventurados seréis cuando los hombres os odien… El sentido de esta bienaventuranza es el siguiente: bienaventurados los que padecen persecución por ser santos o por su empeño de ser santos, porque de ellos es el Reino de los Cielos. Por tanto, es bienaventurado el que padece persecución por ser fiel a Jesucristo, y la lleva no sólo con paciencia sino con alegría. En la vida del cristiano se presentan circunstancias heroicas, en las que no caben términos medios; o se es fiel a Jesucristo jugándose la honra, la vida y los bienes, o se reniega de Él. En la historia de la Iglesia están los mártires. El cristiano que es fiel a la doctrina de Jesucristo es de hecho también un “mártir” (testigo) que refleja o cumple esta bienaventuranza, aun sin llegar a la muerte corporal.

¡Ay cuando los hombres hablen bien de vosotros…! Benedicto XVI dijo en una entrevista: Si un papa no recibiera más que aplausos, debería preguntarse qué es lo que no está haciendo bien. En la segunda mitad del siglo XX, el obispo de una diócesis caía muy bien a los enemigos de la Iglesia. Un día recibió una breve carta, cuyo contenido era: Señor obispo, ¿no se ha parado usted en pensar porque cae tan bien a personas alejadas de la fe y a los enemigos de la Iglesia ? Pues, medítelo.

Si se predica que Cristo ha resucitado de entre los muertos, ¿cómo dicen algunos de vosotros que no hay resurrección de los muertos? (1 Co 15, 12). San Pablo habla de la resurrección los muertos. Después de la muerte hay vida -vida eterna-, pero sólo para aquellos que han puesto su confianza en Dios. Para los demás, hay condenación eterna. He aquí nuestra oración: Señor, que con la muerte y la resurrección revelas el amor del Padre, nosotros creemos en ti y con confianza te repetimos hoy: Jesús, confío en ti, ten misericordia de nosotros y del mundo entero (San Juan Pablo II).

Es fundamental poner toda nuestra energía y confianza en Cristo. Sólo Él tiene palabras de vida eterna (Jn, 6, 68). Cristo ha resucitado de entre los muertos, como primicia de los que mueren (1 Co 15, 20). La confianza en Dios nos hace hombres libres, sin estar ahogados por el materialismo ambiental, ni atados por la esclavitud de sus ídolos: el poder, el consumo, el placer; sin ceder al conformismo; sin ser intimidados por las persecuciones o las más sutiles oposiciones que intentan marginar a los cristianos.

En el Evangelio se dice que entre los parientes de Jesús hubo algunos que a un cierto punto no compartieron su modo de vivir y de predicar. Pero su Madre lo siguió siempre fielmente, confió plenamente en su Hijo. Y al final, gracias a la fe de María, los familiares entraron a formar parte de la primera comunidad cristiana. Pidamos a María que nos ayude también a nosotros en confiar en Jesús, incluso en los momentos difíciles de la vida, cuando todo cuesta.

Jesús enseñaba con autoridad

(Jesús les enseñaba con autoridad, y no como los escribas). Los escribas en aquel tiempo hablaban al pueblo pero su mensaje no llegaba al corazón del pueblo y el pueblo que los escuchaba se marchaba. Ninguna de estas voces (escribas, saduceos, zelotes, esenios) tenía la fuerza de enardecer los corazones del pueblo. Las multitudes escuchaban a Jesús y el corazón se caldeaba, porque su mensaje llegaba al corazón. Él “enseñaba como uno que tiene autoridad”. Jesús se acercaba al pueblo; Jesús curaba el corazón del pueblo; Jesús entendía las dificultades del pueblo; Jesús no tenía vergüenza de hablar con los pecadores, salía a buscarlos; Jesús sentía alegría, le gustaba estar con su pueblo. Y es Él mismo quien lo explica: Yo soy el buen pastor. Las ovejas escuchan mi voz y me siguen (Papa Francisco).