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Compendio de Historia de la Iglesia. Curso 2017-18. Clases de Religión. Lección 3ª (Padres de la Iglesia)

Padres de la Iglesia

¿Qué se entiende por Padres de la Iglesia? Los Padres de la Iglesia son antiguos escritores cristianos -de los siete primeros siglos- que con su sabiduría alimentaban la fe del Pueblo de Dios y garantizaban con su santidad la doctrina que predicaban. Destacaron por su ciencia teológica contenida en libros importantes acerca de la fe y de la Moral cristiana.

Para defender y propagar la fe, amenazada por las diversas herejías, Dios suscitó en el seno de la Iglesia a hombres santos que fueron el baluarte inexpugnable del Evangelio, tanto por sus heroicas virtudes como por la profundidad de su ciencia y por su celo incansable.

Los Padres de la Iglesia están clasificados en dos grupos: padres griegos y padres latinos, según la lengua en que publicaron sus escritos.

¿Quiénes son los Padres griegos más importantes? San Atanasio, san Basilio, san Gregorio Nacianceno y san Juan Crisóstomo, todos del siglo IV.

San Atanasio. Nació en el año 296. Fue Patriarca de Alejandría de Egipto. Es una de las figuras más extraordinarias de la historia de la Iglesia. Preclaro por su santidad y doctrina. Defendió con valentía la fe católica desde el tiempo del emperador Constantino hasta Valente, por lo cual tuvo que soportar numerosas asechanzas y sufrir duras persecuciones por parte de los arrianos y ser desterrado en varias ocasiones. En el Concilio de Nicea combatió las tesis de la herejía de Arrio, que fueron condenadas. Al final de su vida regresó a la Iglesia que se le había confiado, donde, después de haber luchado y sufrido mucho con heroica paciencia, descansó en la paz de Cristo en el cuadragésimo sexto aniversario de su ordenación episcopal. Era el año 373.

San Basilio. Nació en el año 329. Fue obispo de Cesarea de Capadocia, apodado Magno por su doctrina y sabiduría, enseñó a los monjes la meditación de la Escritura, el trabajo en la obediencia y la caridad fraterna, ordenando su vida según las reglas que él mismo redactó. Fue valeroso impugnador del arrianismo, pero combatió principalmente contra el macedonianismo. Con sus egregios escritos educó a los fieles. También brilló por su trabajo pastoral en favor de los pobres, a los que destinó la herencia recibida de sus padres, y de los enfermos, a los cuales construyó un hospital donde él mismo iba a curar a los enfermos. Falleció el día uno de enero del año 379.

San Gregorio Nacianceno. Nació en el año 328. Es uno de los tres grandes Padres capodocios. Amigo de san Basilio. Fue obispo de Sancina, en Constantinopla, y finalmente de Nacianzo. Defendió con vehemencia la divinidad del Verbo, y mereció por ello ser llamado “Teólogo”. Murió en el año 389.

San Juan Crisóstomo. Nació en el año 347. Patriarca de Constantinopla, antioqueño de nacimiento, que, ordenado presbítero, llegó a ser llamado “Crisóstomo”. Fue una de las figuras más notables del siglo IV por la santidad y por la elevación carácter; pero debe la mayor celebridad a su incomparable elocuencia. La mayor parte de sus escritos son de origen homilético. Combatió a los arrianos. Gran pastor y maestro de la fe en la sede constantinopolitana. Expulsado de su sede por la emperatriz Eudoxia, fue desterrado por insidias de sus enemigos, y al volver del exilio por decreto del papa san Inocencio I, como consecuencia de los malos tratos de sus guardianes durante el camino de regreso, entregó su alma a Dios en Gumenek, localidad del Ponto, el catorce de septiembre del año 407.

¿Qué otros Padres griegos hay? Entre los Padres griegos notables están: san Cirilo de Jerusalén, san Gregorio de Nisa, san Epifanio y san Cirilo de Alejandría.

San Cirilo de Jerusalén. Fue obispo de Jerusalén, que, a causa de la fe, sufrió muchas injurias por parte de los arrianos y fue expulsado con frecuencia de la sede. Con oraciones y catequesis expuso admirablemente la doctrina ortodoxa, las Escrituras y los sagrados misterios. Murió en el año 444.

San Gregorio de Nisa. Vivió en el siglo IV. Siendo obispo de Nisa, sus escasas capacidades de gobierno dieron ocasión de ser acusado injustamente de haber administrado mal los bienes de la Iglesia. Admirable por su vida y doctrina, que por haber confesado la recta fe fue expulsado de su sede por el emperador arriano Valente. Junto a su hermano san Basilio Magno de Cesarea y san Gregorio Nacianceno, forma el trío de los grandes padres capadocios. Murió antes del año 400.

San Epifanio. Fue obispo que sobresalió por su vasta erudición y conocimiento de las ciencias sagradas, y fue admirable también por su santidad de vida, por su celosa defensa de la fe católica, por su generosidad para con los pobres y por su poder taumatúrgico. Murió en Salamina (Chipre) en el año 403.

San Cirilo de Alejandría. Elegido para ocupar la sede de Alejandría de Egipto, mostró singular solicitud por la integridad de la fe católica, y que en el Concilio de Éfeso defendió el dogma de la única persona en Cristo (la persona divina del Hijo) y de la divina maternidad de la Virgen María. Murió en el año 444.

¿Cuáles son los Padres latinos más importantes? San Hilario, san Ambrosio, san Jerónimo, san Agustín y san Gregorio I Magno.

San Hilario. Nació en el año 300. Obispo de la sede de Poitiers, en tiempo del emperador Constancio, el cual había abrazado la herejía arriana. Fue llamado el Atanasio de Occidente, apelativo que habla muy alto en favor de su firmeza como defensor de la fe contra los arrianos. Luchó denodadamente en favor de la fe nicena acerca de la Trinidad y de la divinidad de Cristo, y fue desterrado por orden imperial por esta razón a Frigia durante cuatro años. Fue por todas partes el terror de los herejes. Compuso los celebérrimos comentarios a los Salmos y al evangelio de san Mateo. Sus escritos manifiestan claramente su gran valor y profunda ciencia. Murió en el año 367.

San Ambrosio. Nació en el año 340. Hizo la carrera de magistratura y en el año 372 fue nombrado Prefecto de la ciudad de Milán. Desempeñó su cargo con tal acierto y tanta virtud, que dos años después el pueblo y el clero de Milán lo aclamaron como obispo, siendo aún catecúmeno. Fue un verdadero pastor y doctor de los fieles, ejerció preferentemente la caridad para con todos, defendió valerosamente la libertad de la Iglesia y la recta doctrina de la fe en contra de los arrianos, y catequizó al pueblo con los comentarios y la composición de himnos. Además era un excelente orador, amigo y consejeros de emperadores y escritor fecundo. Influyó notablemente sobre los acontecimientos de su época. Murió en el año 397.

San Jerónimo. Nació en el año 346, en Dalmacia. Es sobre todo célebre por la traducción de la Sagrada Escritura que realizó después de haber estudiado a fondo la Biblia y el hebreo. Su versión, conocida con el nombre de Vulgata, fue la versión oficial de la Iglesia hasta que aparición la Neovulgata.

Estudió en Roma, ciudad en la que cultivó con esmero todos los saberes y recibió el bautismo cristiano. Después, seducido por el valor de la vida contemplativa, se entregó a la existencia ascética al ir al Oriente, donde se ordenó de presbítero. Vuelto a Roma, fue secretario del papa san Dámaso I, hasta que, tras fijar su residencia en Belén de Judea, vivió una vida monástica de gran austeridad dedicado a traducir y explicar las Sagradas Escrituras, revelándose como insigne doctor. De modo admirable fue partícipe en muchas necesidades de la Iglesia y, finalmente, llegado a una edad provecta, descansó en la paz del Señor en el año 420.

San Agustín. Nació en el año 354. En su juventud siguió los errores del maniqueísmo. Convertido a la fe católica gracias a las oraciones de su madre santa Mónica después de una adolescencia inquieta por los principios doctrinales y las costumbres, fue bautizado en Milán por san Ambrosio y, vuelto a su patria, llevó con algunos amigos una vida ascética y entregada al estudio de las Sagradas Escrituras. Elegido después obispo de Hipona, durante treinta y cuatro años fue maestro de su grey, a la que instruyó con sermones y numerosos escritos, con los cuales también combatió valientemente los errores de su tiempo y expuso con sabiduría la recta fe. Fue un gran defensor de la ortodoxia frente a los herejes, hasta que consiguió desarmar y desenmascarar a los maniqueos, donatistas, pelagianos, semipelagianos y arrianos. Escribió grandes tratados de teología. Entre sus numerosas obras destacan las Confesiones y la Ciudad de Dios. Murió en el año 430.

San Gregorio I Magno. Nació en el año 540. Fue religioso benedictino. Siendo monje ejerció ya de legado pontificio en Constantinopla. En septiembre del año 590 fue elegido Romano Pontífice. Ha pasado a la historia con el calificativo de Magno. Fue hombre de inteligencia privilegiada y de amplia cultura que, por la profundidad de la huella que dejó con su predicación y escritos, además de la santidad de vida. Su ejemplaridad y heroísmo de su vida cristiana han sido reconocidos por la Iglesia. Resolvió problemas temporales y, como siervo de los siervos de Dios, atendió a los valores espirituales, mostrándose como verdadero pastor en el gobierno de la Iglesia, ayudando sobre manera a los necesitados, fomentando la vida monástica y propagando y reafirmando la fe por doquier, para lo cual escribió muchas y célebres obras sobre temas morales y pastorales. A él se debe el canto llamado gregoriano. Murió en el año 604.

¿Qué otros Padres latinos hay? San León I Magno, san Pedro Crisólogo y san Isidoro.

San León I. Nacido en Etruria, primero fue diácono diligente en la Urbe, y después, elevado a la cátedra de Pedro, mereció con todo derecho ser llamado “Magno”, tanto por apacentar a su grey con una exquisita y prudente predicación como por mantener la doctrina ortodoxa sobre la encarnación de Dios, valientemente afirmada por los legados del Concilio Ecuménico de Calcedonia, hasta que descansó en el Señor en Roma en el año 461.

San Pedro Crisólogo. Fue obispo de Rávena, que, habiendo recibido el nombre del santo apóstol, desempeñó su ministerio tan perfectamente que consiguió captar a multitudes en la red de su celestial doctrina y las sació con la dulzura de su palabra. Murió hacia el año 450.

San Isidoro. Discípulo de su hermano san Leandro y sucesor suyo en la sede de Sevilla, en la Hispania Bética, escribió con erudición, convocó y presidió varios concilios, y trabajó con celo y sabiduría por la fe católica y por la observancia de la disciplina eclesiástica. Murió en el año 636.

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Amistad con Jesús

Amistad con Jesús

Ya no os llamo siervos -dijo Jesús a los Doce-, a vosotros os llamo amigos” (Jn 15, 15). El Señor nos hace sus amigos, nos confía la voluntad del Padre y se nos da Él mismo. Ésta es la experiencia más hermosa del cristiano: hacerse amigos del Señor Jesús, y descubrir en su corazón que Él es su amigo (Papa Francisco).

La multiplicación de los panes

Jesús se preocupa por la gente que está con Él desde hace horas: son miles y tienen hambre. ¿Qué hacer? También los discípulos se plantean el problema, y dicen a Jesús: “Despide a la gente” para que vayan a los poblados cercanos a buscar de comer. Jesús, en cambio, dice: “Dadles vosotros de comer”. Los discípulos quedan desconcertados, y responden: “ No tenemos más que cinco panes y dos peces”. He aquí el milagro: más que una multiplicación es un compartir, animado por la fe y la oración. Comieron todos y sobró: es el signo de Jesús, pan de Dios para la humanidad. Nos pide convertirnos a la fe en la Providencia, saber compartir lo poco que somos y tenemos y no cerrarnos nunca en nosotros mismos (Papa Francisco).

Sufragios por los difuntos

La Iglesia reza por los difuntos, y esta oración dice mucho sobre la realidad de la misma Iglesia. Dice que la Iglesia está firme en la esperanza de la vida eterna. La oración por los difuntos es como un combate con la realidad de la muerte y de la destrucción, que hacen gravosa la existencia del hombre sobre la tierra. Es y sigue siendo esta oración unas especial revelación de la Resurrección. Esa oración es Cristo mismo que da testimonio de la vida y de la inmortalidad, a la que Dios llama a cada hombre (San Juan Pablo II, Cruzando el umbral de la esperanza).

¡Resucitaremos! La muerte ha sido vencida

(Marta dijo a Jesús: “Señor, si hubiera estado aquí no habría muerto mi hermano. Pero aún ahora sé que todo lo que pidas a Dios, Dios te lo concederás”). Lázaro estaba muerto desde hacía cuatro días, cuando llegó Jesús; y a las hermanas Marta y María les dijo palabras que se grabaron para siempre en la memoria de la comunidad cristiana. Dice así Jesús: Yo soy la resurrección y la vida: el que cree en mí, aunque haya muerto, vivirá; y el que está vivo y cree en mí, no morirá para siempre (Jn 11, 25-26). Basados en esta palabra del Señor, creemos que la vida de quien cree en Jesús y sigue sus mandamientos, después de la muerte será transformada en una vida nueva, plena e inmortal. Como Jesús, que resucitó con su propio cuerpo, pero no volvió a una vida terrena, así nosotros resucitaremos con nuestros cuerpos, que serán transfigurados en cuerpos gloriosos. Él nos espera junto al Padre, y la fuerza del Espíritu Santo, que lo resucitó, resucitará también a quien está unido a Él (Papa Francisco).

Ley moral y conciencia

Ley moral y conciencia

Exposición del caso:

Mario tiene quince años, y vive lo que se considera la vida normal de un chico de esa edad, sin particulares problemas. Está contento con su familia, aunque piensa que sus padres limitan bastante sus movimientos y establecen demasiadas reglas. Piensa que ese modo de proceder no es justo, porque sus padres le consideran menor de lo que es, y porque sus amigos tienen más libertad que él. Además, nunca ha dado ningún problema serio en su casa, y cuando pide explicaciones le despachan con alguna frase hecha, muy poco convincente. De todas maneras, aunque se queje, tampoco puede decirse que dramatice esa situación.

Un día estaba en casa de un amigo, y resultó que éste pasaba por un momento de desánimo. Empezaron a hablar de sus problemas, y Mario no se dio cuenta de que se hacía muy tarde ni, hasta pasadas las 11,00, de que en aquella familia cada uno cenaba por su cuenta y por eso no se avisaba la hora. Volvió a su casa deprisa. Como era de esperar, fue recibido con una fuerte bronca y amenazas de castigos que se le antojaron desproporcionados.

Durante los días que siguieron Mario no podía apartar de su cabeza lo sucedido esa noche. Estaba convencido de que, dijeran lo que dijeran sus padres, esa vez él tenía razón, y que además no tenían derecho a conocer sus motivos: él no les contaría nunca los problemas de su amigo -se los contaba como amigo, y era cosa de su intimidad-. Se habría saltado unas reglas -la hora de llegada, la hora de cenar- que normalmente tenían un sentido, pero él sabía en conciencia que esta vez tenía razón -era algo mucho más importante que el orden de la casa- y había hecho bien. Las normas y las leyes -pensaba- son algo que se dicta para todo el mundo sin tener en cuenta que cada persona y cada situación son distintas, o por lo menos pueden ser distintas. Eran una generalización, una cosa impersonal, y, por ser algo impersonal, una imposición. Si a él le dejaran libertad para volver a la hora que en conciencia pensara que debía, seguramente se portaría igual de bien que lo venía haciendo, pero lo haría bien por él mismo, no porque se lo impusieran: sería responsable porque lo haría en conciencia, en vez de actuar sólo porque le obligan, sin mérito por no salir de él mismo.

Una y otra vez seguía dándole vueltas a las mismas cosas. Las normas y las leyes -se decía- tendrían su razón de ser para organizarse, como por ejemplo si se quiere jugar al baloncesto hay que seguir un reglamento. Pero no podía decirse que valieran siempre y para todos los casos posibles: era imposible prever todo lo que podría pasar. A primera vista, parece que los coches deben respetar los semáforos siempre, pero ¿qué pasa si uno se estropea? ¿Va a quedarse un conductor horas delante de un semáforo en rojo que no cambia porque está estropeado? Y, claro, en el código de la circulación no hay nada sobre semáforos estropeados. Y eso pasa con todo. Hasta con el “no matarás”: por supuesto que no puedes matar a alguien para robarle o porque sí, pero luego resulta que si te invaden te tienes que defender a tiros y puedes matar; al revés, resulta que si estás en ésas cuantos más mates, mejor. Incluso hasta la Iglesia acepta que pueda haber pena de muerte. Total, que las leyes están bien, pero ninguna es perfecta y todas, absolutamente todas, tienen sus excepciones. Por eso, por encima de la ley tiene que estar la conciencia de cada uno, que ve si en cada caso -en su caso- la norma se debe cumplir o se debe incumplir. Y eso sólo lo puede ver la conciencia de uno, porque sólo uno mismo conoce de verdad lo que le pasa a uno. Además, es la conciencia de cada cual la que le deja tranquilo o intranquilo, y por eso lo que decide qué está bien y qué está mal para cada uno. En cambio, lo que te mandan o te prohíben viene de fuera: como mucho, te asusta, pero no parece que hacer las cosas por miedo le haga a uno bueno. Hasta aquí, los razonamientos que se hacía.

Preguntas que se formulan:

-¿Es la ley moral algo meramente externo, o también está en el interior de cada persona?

-¿Todas las normas tienen el mismo valor? ¿O hay algunas subordinadas a otras? ¿Y unas perfectas, que no admiten excepciones, mientras que otras son imperfectas y sí las admiten? ¿Tiene igual valor el “no matarás” y el “no cruzar un semáforo en rojo”? ¿Valora bien el “no matarás”, o debe más bien entenderse de otra manera que sí resulta inmutable, sin excepción?

-¿El que una ley suponga una generalización implica que sea impersonal? ¿Hay algo de común en todas, absolutamente todas, las personas? ¿Qué diferencia hay entre una ley física y una norma dictada a personas?

-¿Una ley supone una coacción por venir “de fuera”? ¿Se cumple sólo como imposición, o puede haber otros motivos más elevados? ¿Puede la propia conciencia asumir la ley como buena?

-¿Es la ley dictada por la razón o por la mera voluntad? ¿Tiene que ser racional? ¿Un dictado arbitrario de quien tiene el poder puede considerarse como ley? ¿Hacen bien en este caso los padres despachando a su hijo con frases hechas cuando pide razones?

-¿Es cierto que la conciencia decide lo que en cada caso está bien o mal, o más bien interpreta? ¿Qué diferencia hay entre ambos términos? ¿Con arreglo a qué debe juzgar la conciencia? ¿Si sólo juzga con arreglo a sí misma, no resultaría entonces arbitraria?

-¿Es la tranquilidad o intranquilidad de la conciencia lo que infaliblemente indica qué está bien y qué está mal?

-¿Es cierto que en este caso para actuar en conciencia es necesario dejar de estar sometido a unas reglas? ¿Es así siempre?

-¿Cómo valoras la situación expuesta?

Bibliografía

Vid. Catecismo de la Iglesia Católica, nn. 1776-1794, 1950-1974.

Comentario:

Esta vez el caso gira no tanto en torno a acontecimientos exteriores, sino más bien a los razonamientos que se suceden -o, mejor dicho, dan vueltas- en la cabeza del protagonista. Dejaremos de lado el hecho de que se le ve alterado, y en esas circunstancias suele peligrar la objetividad. Nos centraremos en los argumentos esgrimidos, que pueden oírse con bastante frecuencia.

No se le puede reprochar a Mario que piense, como es natural. Tampoco se le puede pedir una gran preparación para dar con la solución correcta a las cuestiones que plantea, y menos aún alterado como está. Pero lo cierto es que lo que ocurre con sus razonamientos es lo que a lo largo de los siglos ha dado lugar a la mayoría de los errores en moral: la excesiva simplificación; el fijar la atención en algunos aspectos -ciertos, desde luego- soslayando a la vez otros -igualmente ciertos-; quedarse sólo con un aspecto parcial de la realidad. Esto es importante, porque es la causa de casi todos los errores importantes en la moral: fijarse sólo en un aspecto de la realidad, y tomarlo como si fuese toda la realidad. Dicho en otras palabras, absolutizar un aspecto parcial de la realidad. Y es que el ser humano, a cuyo comportamiento libre se refiere la moral, es un ser complejo, en el que se deben armonizar distintos elementos. Las cosas son un poco más complejas de lo que aparecen en la mente de Mario. Algo le disculpa esa aversión que parece que tienen sus padres a razonar las cosas, y su tendencia a identificar educación con salvaguardia del orden público: otra simplificación.

En primer lugar, analicemos la noción que tiene Mario de ley. De sus razonamientos parece deducirse que se reduce a ser una imposición, algo que “te obligan” a hacer. O sea, pura coacción: “te obligo a hacer esto; si no, castigo”. ¿Y no es así? Pues sólo secundariamente es así. Una ley, una norma, para que merezca ese nombre, debe señalar algo que es justo; en caso contrario no es propiamente una ley, sino una pura violencia. Y si utilizamos el verbo “señalar” es porque lo que señala es algo justo de por sí, no por el mero hecho de que lo diga la letra de la ley. En este sentido, para el que quiere hacer el bien la ley es una ayuda: le señala dónde está lo justo, facilitando su cumplimiento. Esta es la llamada “función directiva” de la ley, y es la principal función. Existe también la llamada “función coactiva” de la ley, pues se sanciona su incumplimiento. Esta función refuerza la primera -es una ayuda, por cuanto incluso quien busca hacer el bien tiene fragilidades en su voluntad, y se ve tentado a hacer lo injusto-, y sirve de defensa de la sociedad de los que no quieren hacer el bien. Para éstos sí que es básicamente una imposición, pero si eso no es lo ideal es porque ellos mismos están viciados, no porque la ley sea algo negativo. Puede entenderse con facilidad si se aplica a un ejemplo que aparece en este caso: los semáforos. La ley será pura coacción para quien no quiera conducir civilizadamente; pero para la mayoría de los conductores es una necesaria regulación del tráfico: así lo entienden y por eso los obedecen.

Este último ejemplo ayuda también a deshacer el malentendido -consecuencia del anterior- de Mario, que no ve meritorio cumplir la ley por “no salir de él mismo”. La ley no se dirige sólo a la conducta exterior de la persona. Se dirige a su entendimiento y su voluntad. Si es justa, es razonable, y pide ser entendida, lo que, lógicamente, facilita su cumplimiento. Las leyes civiles, por ejemplo, incluyen la llamada “exposición de motivos”: una introducción que explica por qué son justas y razonables. En este sentido, los padres de Mario, si es cierto que le despachan con frases hechas que no explican nada cuando le piden cosas, no lo hacen bien.

También se dirigen a la voluntad, pues piden obediencia, y ésta es ante todo una virtud. Obedecer “de mala gana” no es precisamente el ideal de la obediencia. La obediencia plena es interior, no sólo exterior: por querer hacer el bien, se quiere cumplir lo que establece la norma, pues ésta señala lo que es justo y razonable. Por eso la ley no impide la conducta libre, ni tampoco impide que las acciones sean meritorias.

El mismo Mario reconoce que las leyes son necesarias para organizarse. Lo que no parece ver es que esa característica se contrapone a esa pretensión de que todo lo que haga “salga de él mismo”. Podemos aplicarlo al ejemplo que ella misma considera: un partido de baloncesto. ¿Qué ocurriría si se pretende sustituir el reglamento por “lo que salga de cada uno”? Sería el desorden, el caos. Así sucedería con todos los aspectos de nuestra vida. En el fondo, el ser humano tiene que darse cuenta de que es libre, pero también es limitado, y no puede pretender descubrirlo todo por sí mismo: supondría rechazar todo lo que han aportado los demás, y con ello la civilización misma: sería, como poco, volver al hombre primitivo.

Los párrafos anteriores han examinado los elementos de la ley, y con ellos ya se puede definir ésta: es una ordenación racional ordenada al bien común, promulgada por la autoridad. Esta última referencia a la autoridad recuerda que no puede haber organización sin que haya una autoridad.

En su sentido moral, identificar ley con imposición es una grave simplificación. La naturaleza se gobierna por leyes. Las que rigen los aspectos materiales -leyes físicas- se cumplen inexorablemente. Pero las que se refieren al comportamiento humano se deben cumplir al modo humano: con inteligencia y voluntad, libremente. Son aquellas reglas cuyo cumplimiento conduce al hombre a su fin. Y, conduciéndole así, le perfeccionan. Por eso, son principalmente una guía: si el hombre quiere conseguir su mejora, su perfección, si desea obrar bien, debe seguir lo que indican. Y debe hacerlo voluntariamente. Por eso, el cumplimiento más auténtico de la ley se da cuando ésta se interioriza. No deben ser algo puramente externo, ni deben ser consideradas como algo indiferente para la persona en sí, o sea, como algo que hay que cumplir por las consecuencias (externas) que acarrearía su incumplimiento.

Todo esto no niega que exista una imposición. Está claro que hay una ley que prohíbe robar, y que al que lo haga le amenazan con la cárcel. Pero muy mal andaría una sociedad en la que la mayoría de los ciudadanos no robara sólo por la amenaza de cárcel. Normalmente no lo hacen porque entienden que está mal, y no quieren hacerlo por eso. Pero incluso la imposición supone la libertad: sólo va a la cárcel el que ha delinquido voluntariamente; si no fuera responsable de lo que ha hecho, no iría. En cualquier caso, la imposición es un refuerzo, pues la ley es ante todo directiva, y en un segundo lugar impositiva. La ley de Dios no es una excepción: lo que debe mover a su cumplimiento en primer lugar, y lo que hace a éste perfecto, es el amor de Dios -“si me amáis, guardaréis mis mandamientos” (Jn 14, 15)-; y, en segundo lugar, el temor a las penas anunciadas para los incumplidores. Moverse por lo primero es lo propio de hijos; por lo segundo, de siervos. A fin de cuentas, Mario ha contrapuesto dos aspectos que no son incompatibles, sino más bien complementarios.

En la cabeza de Mario todas las leyes están metidas dentro del mismo saco, y esto le conduce a apreciaciones poco precisas. Hay leyes y leyes; incluso dentro de la normativa legal de una sociedad hay normas de mayor rango que otras -no es lo mismo una constitución que un reglamento de baloncesto-. A un nivel más alto también sucede así. Hay unos deberes que dimanan de la misma condición humana -es la llamada “Ley Natural”-. Y ésos sí que valen para todos y siempre, pues todos y siempre tienen la misma naturaleza: son hombres. El razonamiento de Mario sobre el “no matarás” es ingenioso, pero no es correcto, ya que lo que está mal de modo absoluto es la muerte injusta; incluso la formulación bíblica podría traducirse con más precisión por “no asesinarás” que por “no matarás”. Pero, cuando se precisa bien el alcance del mandato, una ley como ésta no puede tener excepciones. Estamos ante uno de los llamados “absolutos morales”: normas prohibitivas de alcance universal, ya que no pueden transgredirse sin atentar contra la misma naturaleza humana. Y, como señala san Pablo, conocer estos preceptos está al alcance de todos, pues para ello están “guiados por la razón natural”, mostrando que “están (los preceptos) escritos en sus corazones” (Rm 2, 14-15).

Esto no quiere decir que esta Ley Natural prevea todas las situaciones posibles. Precisamente por ajustarse a la naturaleza humana, deja muchos aspectos de la vida a la iniciativa de las personas, aspectos individuales y sociales. Estos últimos requieren su propia normativa, y de ahí surge la ley humana, en sus diferentes facetas y ámbitos. Es una exigencia de la naturaleza el que exista autoridad y leyes humanas. Es, por tanto, una obligación moral obedecerlas. Pero la ley humana debe tener como fundamento la dignidad humana y sus exigencias: la Ley Natural. No significa que todo precepto humano pueda deducirse linealmente de la Ley Natural. Lo que sí tiene como consecuencia es que la ley humana no es algo absoluto: en la medida en que no sea justa -que no respete esos derechos humanos-, no se la puede considerar ley, sino arbitrariedad, violencia. Y una cosa así no puede obligar; incluso, si mandara algo inmoral, habría que desobedecerla. No todo lo legal es moral.

Es fácil entender que, aparte de que pueda ser injusta, la ley humana no es perfecta, como no lo son las obras humanas. Aquí sí que cabe hablar de que no puede prever todos los casos, y eso motiva que su aplicación pueda y deba ser más flexible. Uno de los criterios de aplicación es la conformidad con la intención de quien legisla. Con este criterio, a veces puede encontrarse una disonancia entre la letra de la ley y su intención -su “espíritu”-; así, parece bastante claro que la intención de los que redactaron el Código de la Circulación no es tener parados a los coches ante un semáforo estropeado: generaría el caos, cuando lo que se perseguía era precisamente lo contrario, el orden. Por eso, en un caso así habría que saltarse ese semáforo. También es posible que en lo que sucedió con Mario pueda también ser así, aunque más que un razonamiento suyo lo que se ve es un despiste. Pero en lo que no tiene razón es en pensar que “eso pasa con todo”.

Mario comete un nuevo error al considerar que generalizar significa hacer impersonal. No es así si lo que se generaliza se refiere a lo que tienen las personas implicadas en común. De aquí surgirán los diversos ámbitos de las leyes. Encontramos incluso ámbitos voluntarios: cuando alguien quiere adherirse a una sociedad o un grupo, si lo hace lleva consigo el sometimiento a las normas por las que se rige el grupo o sociedad. Un ejemplo puede ser algo tan insignificante como el partido de baloncesto a que se alude: si se quiere jugar, hay que aceptar las reglas. Lo que no es voluntario es nuestra pertenencia a la especie humana, ni la llamada de Dios a nuestra adopción como hijos. De estos ámbitos surgen la Ley Natural -ya tratada- y la llamada “Ley Divino-positiva”, que ratifica a la anterior y la supera con los mandatos de Jesucristo. Por debajo están las leyes humanas. Entre ellas figura la ley eclesiástica. Como toda sociedad, la Iglesia promulga sus leyes de acuerdo con su fin, y como éste es sobrenatural, estas leyes no se fundamentarán tan sólo en la Ley Natural, sino también en la ley Divino-positiva.

Las personas somos distintas… pero también somos iguales. Falsea la realidad fijarse sólo en lo distinto, y dejar de lado lo común, como hace Mario. La generalización que hace la ley se refiere a lo que de común hay en las personas o en las situaciones, según los casos. Y lo común es mucho, empezando por la misma condición humana. Generalizar no es algo impersonal, entre otras cosas porque lo primero que está generalizado es la condición de persona de cada ser humano. ¿Que también hay diferencias? Por supuesto. Por eso una normativa justa debe dejar siempre un margen de libertad a las personas para poder actuar como crean más adecuado; en caso contrario, la ley se convertiría en un instrumento de la tiranía, y no merecería ser llamada ley.

Esas distintas generalizaciones señalan los distintos tipos de ley. Como se ha señalado anteriormente, lo más generalizado es la condición humana misma, la naturaleza humana. Esta condición da lugar a unos derechos comunes, lo que se suele denominar derechos humanos o derecho natural. A ésta le corresponde la ley natural, que pide respetar esos derechos, también en uno mismo, y por tanto consiste en la ley que manda comportarse conforme a la condición de persona humana, y que afecta a… la persona humana, o sea, a todos. A primera vista, parece que ese nombre debería corresponder a leyes físicas como la llamada “ley de la gravedad”: la piedra cae por naturaleza. Es cierto, pero la piedra es un ser irracional, que irracionalmente obedece a esa ley; el hombre, en cambio, es un ser libre por naturaleza, y por tanto en su conducta libre le corresponde una ley natural de tipo moral, o sea, que pida un cumplimiento libre y no automático.

Aparece, en los razonamientos de Mario, la conciencia. Es cierto que su conciencia debe juzgar sobre si hace bien o mal, y sobre cómo se debe comportar. Lo que no es tan correcto es esa independencia de la ley que atribuye a la conciencia, y, desde luego, es un error entender que ésta está por encima de la ley. En realidad, el error fundamental está en contraponer conciencia y ley. Es como tomar por normal una enfermedad, ya que una conciencia moral sana y una ley justa se armonizan. Si falta esa armonía, hay un fallo en alguno de los términos, hay un trastorno. ¿Por qué? Pues porque la conciencia no es una especie de “facultad autónoma” del alma, ni una voz de ultratumba, sino un juicio. Es un juicio práctico que juzga sobre la moralidad -si está bien o mal- de la acción propia, antes y después de realizarla. Y un juicio necesita premisas, “elementos de juicio”. Y la premisa es precisamente la ley moral: es un juicio práctico que aplica la ley moral al acto propio concreto. Si juzgara por sí misma, nuestro obrar se convertiría en una arbitrariedad, y nuestra vida, falta de criterios en el obrar, acabaría en una especie de vagabundeo errante sin dirección.

Mario es muy consciente de que en las leyes humanas cabe el error, como en todo lo humano. Pero resulta que también su conciencia es humana. Y por eso también puede equivocarse. Sobre lo más fundamental no se equivoca: ya decíamos que “está escrito en el corazón”. Pero en otras cosas sí que puede. Es verdad que la conciencia es la instancia moral más cercana al obrar. Por eso hay que seguirla. Cabe que crea que lo acertado es una cosa, y resulte que es otra. En principio, no es culpa suya ese error. Pero también esto es simplificar un poco las cosas. La conciencia, como toda convicción, admite mayor o menor certeza. Ante lo claro y sencillo, suele tenerla. Ante lo más complicado, depende de lo preparada que esté: depende de su formación. De ahí la necesidad -la obligación- que hay de formar la conciencia, ya que en la vida las cosas son con frecuencia complicadas. Y no da igual equivocarse, aunque sea sin culpa: el mal es siempre un mal, y siempre es un daño para quien lo comete, cuando no también para terceras personas afectadas.

De todas formas, si uno se da cuenta de que el juicio de conciencia es contrario a la ley, lo habitual -y lo razonable la mayoría de los casos- es que ese juicio deje de ser tan cierto. Una razonable desconfianza en el juicio propio debe crear al menos una pequeña sombra de duda. Y, ante la duda de conciencia, la obligación es despejar la duda, lo que incluye muchas veces acudir al juicio de personas con más preparación o al menos con más imparcialidad en el juicio, pues ya se sabe que el mejor juez en causa propia no suele ser uno mismo.

En la mente de Mario está la idea de que la ley no puede ser justa siempre, porque no se pueden prever todas las cosas que pueden ocurrir. Y, por tanto, que siempre debe haber excepciones. De nuevo es una simplificación: para unas cosas es cierto, para otras no. No lo es para las exigencias básicas de la Ley Natural; y no lo es por tratarse de los preceptos que vienen directamente exigidos por la condición humana, y, por tanto, admitir una excepción equivaldría a admitir que hay alguna situación en la que perdemos la condición humana. Mario se muestra muy hábil al citar aquí las supuestas excepciones al “no matarás”, pero ya dijimos que se refiere a la muerte injusta.

Es fácil deducir que la Ley Natural, por referirse a la naturaleza humana -y por tanto a la dignidad humana-, debe fundamentar toda otra ley. Esto no significa que las demás leyes se puedan deducir directamente de la Ley Natural, sino que la deben respetar y tomarla como su guía. Podemos encontrar un reflejo de esto en las llamadas “declaraciones de los derechos humanos”: derechos fundamentales que corresponden a toda persona por su dignidad de persona, que deben inspirar la legislación y que no se deben violar en ningún caso.

Por tanto, hay una jerarquía en las leyes. Por debajo de la Ley Natural está la ley humana, que a su vez también está muy jerarquizada. Ésta se ciñe al ámbito de la sociedad de la que emana -las quejas de Mario son sobre las normas de su familia, sociedad de ámbito muy restringido-, y en líneas generales puede decirse que las de ámbito más reducido se subordinan a las de ámbito superior. Pero no toda normativa se sitúa en la misma línea jerárquica, pues sociedades de distinta naturaleza no deben interferir, pues sus leyes se refieren a temas distintos. Es lo que pasa, por ejemplo, entre la Iglesia y el Estado, pues la naturaleza de cada una es distinta. Además, en el caso de la Iglesia entra en juego las normas que dio Jesucristo -es la llamada “ley divino-positiva”-, que es ley divina, y por tanto inamovible.

Volviendo a la cuestión de las excepciones, hay que decir que en las leyes humanas caben, porque no son totalmente perfectas, ni pueden serlo. Es un tema complejo que no corresponde tratar aquí. Pero conviene decir que, en principio, en caso de duda hay que dar razón a la ley: ofrece muchas más garantías que el juicio propio. En el caso del semáforo a que se alude en el caso, habría que decir que las leyes, además de lo que dicen explícitamente, suelen tener otras consideraciones implícitas: en este caso, se pide expresamente que se obedezca al semáforo, e implícitamente se considera que el semáforo funciona bien. ¿Cómo deducimos esto? Pues por ese carácter racional -no arbitrario- que tienen las leyes: se pide obediencia al semáforo para ordenar el tráfico. Cuando esto se hace imposible por avería, deja de tener sentido lo mandado. Dicho de una manera más técnica, las normas, por ser racionales, deben ser interpretadas en relación al fin que persiguen.

¿Corresponde a la conciencia de cada persona esta interpretación? Sí, pero Mario deduce de ello que la conciencia debe estar por encima de la ley, y eso es un serio error. La conciencia juzga la aplicación de la ley, pero este mismo carácter de la conciencia ya indica que es la ley la que se debe aplicar. Interpretar algo, por definición, supone aceptar lo interpretado y ajustarse a ello. Lo originario, lo que tiene prioridad, es aquello que se interpreta. La conciencia es un juicio que trata sobre la conducta propia y señala lo que se debe de hacer y lo que no. Pero juzgar requiere tener previamente elementos de juicio. Y éstos son dos: la situación concreta, y la ley que se debe aplicar a ella. Es, por tanto, el juicio que aplica la ley moral a cada situación concreta. ¿Decide, por tanto? Decide lo que se debe de hacer en cada caso, pero no decide lo que está bien y lo que está mal: esto último es algo anterior a la conciencia, lo da la ley; si no fuera así, no se podría decidir qué hay que hacer en cada caso, porque para decidirlo hay que saber de antemano qué es lo bueno y lo malo.

Por todo esto puede concluirse que no tiene sentido contraponer ley y conciencia, como si fueran antagonistas, porque son complementarias. Se necesitan la una a la otra. Sin la conciencia, la ley sería algo teórico pero incapaz de aplicarse en la práctica. Sin la ley, la conciencia sería un juicio sin sentido, por no tener criterio alguno que valore las opciones que se presentan a la persona. Por eso, si en algún caso hay discordancias entre ley y conciencia, sólo cabe que una de las dos -o ambas- esté viciada: o bien esa ley es injusta, o bien esa conciencia es errónea. Pero esto es excepcional, y no es correcto tomar lo excepcional como si fuera normal.

¿Cómo puede equivocarse la conciencia? La equivocación puede estar en cualquiera de sus dos elementos. Puede equivocarse respecto a la ley moral -aunque sólo hasta cierto punto, ya que las leyes más fundamentales son conocidas por todos-, y puede equivocarse apreciando mal la situación de hecho. En el primer caso suele hablarse de error, y en el segundo de ignorancia. Esta última exime de responsabilidad sólo en algunos casos, pues cuando hay cosas importantes en juego la misma conciencia pide que uno se informe bien antes de obrar; no hacerlo así supondría negligencia, que por serlo es culpable.

Cabe también la duda en la conciencia. En estos casos hay que ver en primer lugar si la duda tiene fundamento, pues podría no tenerlo por provenir, por ejemplo, de escrúpulos. Si ése fuera el caso, hay que desechar la duda. Pero si tiene fundamento, y se trata de algo importante -en moral, el término es “materia grave”-, existe el deber de intentar salir de la duda. Y el mejor medio para ello es preguntar a quien sabemos que nos puede dar la respuesta acertada.

Esta posibilidad de equivocarse indica que es necesario formar bien la conciencia. Más arriba se hacía referencia al consejo. También se puede citar aquí el estudio, en sentido amplio: aprender bien la doctrina. Así, dirección espiritual y estudio doctrinal componen los principales medios de formación de la conciencia. Mario piensa que sólo ella conoce de verdad lo que le pasa, pero esto suele ser una verdad a medias. Es cierto que sólo él sabe qué pasa por su cabeza en cada momento, pero también es cierto que en muchos aspectos el prójimo nos puede conocer mejor que nosotros mismos. Y es que el juicio sobre nosotros mismos, por ser un juicio interesado, corre muchos riesgos de ser un juicio parcial.

Una última observación sobre la conciencia no está de más. Mario parece valorar el juicio de conciencia atendiendo a lo tranquilo o lo intranquilo que le deja. Sin embargo, la tranquilidad de conciencia no puede ser el criterio decisorio por la sencilla razón, en primer lugar, de que es posterior al acto; o sea, aparece cuando todo está hecho y ya no tiene remedio si se ha obrado mal. Además, la conciencia es un juicio y no un sentimiento. El sentimiento puede ser la consecuencia, y muchas veces lo es, pues el obrar bien deja tranquilo y el obrar mal intranquilo. Pero no siempre es así. Por ejemplo, a un depravado puede dejar de intranquilizarle seguir obrando mal, pero sigue sabiendo que no está bien lo que hace.

La tranquilidad de conciencia suele ser significativa: un indicio de que se hace bien o mal. Pero ser indicio de la moralidad no es ser su causa, como el dolor no es causa de la enfermedad: es su aviso. La intranquilidad indica que algo está mal, pero no está mal porque duela, sino que duele por estar mal. A veces hay heridas que no duelen, pero por ello no deja de ser una verdadera herida; en el alma, como con el cuerpo, puede darse el caso de una enfermedad que no avise, y suelen ser las más trágicas. La conducta moral la debe guiar la inteligencia, no los sentimientos.

Compendio de Historia de la Iglesia. Curso 2017-18. Clases de Religión. Lección 3ª (Herejías principales)

Herejías principales

¿Qué gran bien trajo a la Iglesia la paz que gozó después de las persecuciones? La libertad de la Iglesia fue también la hora de la formulación de la fe cristiana; es decir, de la exposición precisa de su doctrina sobre los los misterios esenciales de la Revelación: la Santísima Trinidad, la divinidad del Hijo y del Espíritu Santo, la Encarnación y la persona de Jesucristo. La formulación de los dogmas (verdades de fe) fue necesaria porque habían surgido doctrinas erróneas que explicaban estos misterios con ideas contrarias a la fe cristiana. Estas explicaciones parciales de las verdades de fe se les llamó herejías.

¿Qué es una herejía? Es toda doctrina errónea, mantenida con pertinacia por quien ya había admitido la fe cristiana negando alguna verdad de las propuestas por la Iglesia como reveladas.

¿Cuál fue la causa de las herejías? Con el triunfo del cristianismo no desapareció totalmente el espíritu pagano de la sociedad, sino que en todas las regiones del Imperio persistió en supersticiones populares, en las especulaciones filosóficas y en las instituciones públicas. Ésta fue la causa de que la pureza de la fe y de las costumbres cristianas padeciesen notables desviaciones y apareciesen las herejías.

Hay herejías que van contra la doctrina católica de la Santísima Trinidad, que podemos denominar trinitarias; otras sobre la Encarnación del Verbo, que son las herejías cristológicas; y hay otras herejías sobre diversas verdades de la fe cristiana, entre ellas, el pelagianismo, que yerra sobre la Gracia.

Las herejías más importantes, que turbaron la paz de la Iglesia, son del siglo IV al siglo VI. Aunque ya anteriormente la Iglesia había combatido el gnosticismo, el marcionismo, el montanismo y el maniqueísmo.

¿Qué es el gnosticismo? Es una tendencia filosófico-religiosa de los siglos I-III. Más que un movimiento unitario, el gnosticismo es considerado como una serie de sectas heréticas que amalgamaban doctrinas judías o paganas con los dogmas cristianos. Para los gnósticos la salvación está en el conocimiento, y ensalzan la dimensión espiritual de la persona y desprecia el cuerpo y la realidad material.

Los gnósticos sostenían que la materia es eterna; que había dos principios: uno del bien y otro del mal; que el Dios y el Creador del mundo son dos seres distintos; que Jesucristo había padecido sólo en apariencia, porque no tenía cuerpo real, sino fantástico. El gnosticismo fue combatido por diversos papas, especialmente por san Telesforo, que gobernó la Iglesia del año 125 al 136.

¿Cuál fue la primera gran herejía? El marcionismo. Esta herejía debe su nombre a Marción. Éste era natural de Sínope (hoy Turquía). Llegado a Roma en el año 139 decidió fundar su propia Iglesia al ser expulsado de la comunidad cristiana a la que concurría en al año 144. Marción, en sus enseñanzas, diferenciaba el Dios revelado en el Nuevo Testamento del Dios del Antiguo Testamento, siendo el primero misericordioso y benévolo a diferencia del Dios de Israel al que entendía como el de justicia, señor del mundo en el que había impuesto la ley y el temor. Consideraba al cristianismo como la sustitución del judaísmo y no como su cumplimento.

Estableció el primer canon conocido del Nuevo Testamento, del que aceptaba como canónicos sólo al Evangelio de Lucas y las diez Espístolas de san Pablo, rechazando el resto como todo el Antiguo Testamento. Negó que Cristo hubiera nacido de la Virgen María según la carne, como así también negaba su muerte real en la cruz al carecer Aquél de un cuerpo real (sólo era aparente). Practicante de un ascetismo riguroso, prohibió el vino, la carne y el matrimonio, pues Marción considera que la carnalidad es corrupta, o un simple reflejo de la realidad, por ello ordena la abstinencia carnal, rechaza el placer en cualquier forma, obligando a los creyentes de su Iglesia a una vida de pobreza y privación extrema, la cual fue parte importante para el fin de esta herejía, pues incluso se opuso al placer sexual dentro del matrimonio. Combatieron esta herejía San Ireneo, Tertuliano, San Justino, Melitón de Sardes y Teófilo de Antioquía.

Un discípulo de Marción, Apeles, dio un nuevo impulso a sus doctrinas, pero modificándolas en algunos aspectos. Rechazó el principio dualista del gnosticísmo, afirmando que la creación había sido obra de un ángel caído y no del Demiurgo (a quien identificaba con el Dios del Antiguo Testamento). Creyó en la preexistencia de las almas, considerando que las mismas habían sido encerradas en un cuerpo al ser arrojadas al mundo material, salvo en el caso de Cristo que por su condición celestial no fue éste el que estuvo en el mundo terrenal sino su apariencia. Definitivamente, el marcionismo se extinguió en el siglo V.

¿En qué consiste la herejía llamada montanismo? El conocimiento que se tiene de esta herejía se funda en los escritos de autores cristianos, como Eusebio de Cesarea, Clemente de Alejandría y Orígenes. De mayor importancia es una fuente original en los escritos de Tertuliano, que se adhirió al montanismo al final de su vida.

El montanismo surgió en la segunda mitad del siglo II, en Frigia. Allí, un hombre llamado Montano se sintió transportado a estados de éxtasis durante los cuales profería advertencias proféticas. Luego se unieron a él dos mujeres, Prisca y Maximila, que también empezaron a profetizar. Montano y sus profetisas anunciaban el final inminente del mundo. Esta profecía fue acogida rápidamente en distintos estratos de la sociedad, organizándose en comunidades que realizaron una propaganda muy activa entre cristianos y paganos.

La doctrina montanista era extremadamente rigurosa y extremista. Afirmaba que el fin de los tiempos se acercaba; exigía la práctica frecuente del ayuno, la preparación al martirio, la abstención de alimentos húmedos. Prohibía las segundas nupcias, la asistencia a espectáculos, el hacer el servicio militar, el adorno y todo lujo en las personas. Y no permitía que nadie apelase a la fuga en tiempo de persecución. Además negaba el perdón a los que habían pecado mortalmente después del bautismo incluso en el caso de que hiciera penitencia. Todo lo cual era preparación para el reinado de mil años de Cristo en la tierra. El montanismo fue condenado por la Iglesia.

¿Qué es el maniqueísmo? Esta herejía debe su nombre a Manes, nacido en Mesopotamia, a principios del siglo III. El fundamento del maniqueísmo era el dualismo, o sea la existencia de dos principios opuestos e irreductibles: el Bien y el Mal, que eran asociados a la Luz y a las Tinieblas. Estos dos principios estaban en una eterna lucha. Conforme a esta doctrina, cada criatura era buena o mala según el principio que la dominase.

Los maniqueos consideraban que el espíritu del hombre es de Dios pero el cuerpo del hombre es del demonio. En el hombre, el espíritu o Luz se encuentra cautivo por causa de la materia corporal; por lo tanto, creen que es necesario practicar un estricto ascetismo para iniciar el proceso de liberación de la Luz atrapada. Despreciaban por eso la materia, incluso el cuerpo.

En la práctica, el maniqueísmo niega la responsabilidad humana por los males cometidos porque cree que no son producto de la libre voluntad, sino del dominio del mal sobre nuestra vida. Por esto consideraban al pavo su animal sagrado, porque sus colores en el plumaje revelaban los distintos estados espirituales por los que pasaba el cuerpo para lograr purificarse y transformarse en el espíritu divino.

A fines del siglo III tomó el maniqueísmo apariencias de herejía cristiana y fue combatido por la Iglesia.

¿Qué herejía condenó el concilio de Nicea? El arrianismo. Esta herejía tomó nombre de un presbítero de Alejandría llamado Arrio, que a principios del siglo IV negó la divinidad del Verbo. Por tanto, para él Jesús no era Dios como el Padre, sino solamente una criatura. La doctrina herética de Arrio contenía errores relativos a la Trinidad y a Cristo.

Arrio consiguió atraerse muchos partidarios, que se llamaron arrianos. Informado el emperador Constantino de los progresos del arrianismo y de la perturbación que producía, promovió el Concilio de Nicea I, el primero de los ecuménicos. A este concilio acudieron trescientos dieciocho obispos, que se reunieron bajo la presidencia de los legados del Papa. La asamblea conciliar examinó la doctrina de Arrio y la condenó como opuesta a la creencia constante y universal de la Iglesia. En este concilio, celebrado en el año 325, se definió que el Verbo es Dios, consustancial al Padre, de la misma naturaleza divina y con las mismas perfecciones. Y se promulgó el Símbolo Niceno, que es una profesión de fe, en el que se definía la Trinidad de las Personas divinas y que el Hijo era de la misma naturaleza que el Padre.

¿Hay otra herejía trinitaria condenada por un Concilio? Sí. El Concilio de Constantinopla condenó el macedonianismo. Macedonio, patriarca de Constantinopla, negaba la divinidad del Espíritu Santo y su consustancialidad con el Padre y el Hijo. Para rebatir esta herejía, el Concilio de Constantinopla, celebrado en el año 381, definió como dogma de fe que el Espíritu Santo es Dios, pues procede del Padre y del Hijo. La Profesión de fe o Símbolo Niceno-constantinopolitano es el Credo que recitan los católicos en la misa dominical.

¿Qué herejía importante surgió a principios del siglo V? El nestorianismo, que debe su nombre a Nestorio, patriarca de Constantinopla. Éste distinguía dos personas en Jesucristo, una divina y otra humana, negando así la unidad personal de Cristo. Además decía que la Virgen María no era madre de Dios, sino sólo madre de la persona humana de Cristo. Esta herejía fue rebatida por san Cirilo de Alejandría.

Enterado el papa san Celestino I de los errores que propalaba Nestorio, le escribió una carta exhortándole a que no causara semejante escándalo; pero Nestorio se negó a retractarse de su doctrina heterodoxa. Entonces se convocó un concilio en la ciudad de Éfeso, que se celebró en el año 431. En el Concilio de Éfeso se definió que en Jesucristo sólo hay una Persona, la del Hijo que, siendo Dios, asumió la naturaleza humana. Además proclamó que la Virgen María es verdaderamente Madre de Dios, por ser madre de Cristo que es Dios y hombre. Santa María dio al mundo una naturaleza humana unida hipostáticamente a la Segunda Persona de la Santísima Trinidad.

San Cirilo de Alejandría, padre conciliar de Éfeso, escribió en una carta: El pueblo entero de la ciudad de Éfeso, desde las primeras horas de la mañana hasta la noche, permaneció ansioso en espera de la resolución… Cuando se supo que el autor de las blasfemias había sido depuesto, todos a una voz comenzamos a glorificar a Dios y a aclamar al Sínodo, porque había caído el enemigo de la fe. Apenas salidos de la iglesia, fuimos acompañados con antorchas a nuestras casas. Era de noche: toda la ciudad estaba alegre e iluminada.

¿Qué otra herejía importante hay sobre Jesucristo? El monofisismo, también llamado eutiquianismo, por ser Eutiques el autor de esta doctrina herética. El error de Eutiques era el extremo opuesto al de Nestorio. Para los monofisitas las dos naturalezas (divina y humana) de Jesús están tan unidas en la Persona del Hijo, que se han fusionado y no se distinguen entre sí. Por tanto, en Cristo solo hay una naturaleza, pues la naturaleza humana después de la Encarnación ha sido absorbida por la divina.

El patriarca de Constantinopla, san Flaviano, procuró la retractación de Eutiques, pero éste, engreído con el número e influencia de los adheridos a su doctrina, se negó a ello obstinadamente.

Los errores de los monofisitas fueron denunciados al papa san León Magno, quien convocó el Concilio de Calcedonia (año 451). La asamblea conciliar comenzó con la lectura de una carta de san León Magno a san Flaviano en la que se rebatía los errores monofisitas. Concluida la lectura los asistentes, puestos en pie en su gran mayoría, proclamaron al unísono: Creemos lo que han creído nuestros Padres. Ésta es la fe los Apóstoles. ¡Pedro ha hablado por boca de León!

En el Concilio de Calcedonia, año 451, se impuso la doctrina ortodoxa de las dos naturalezas de Cristo sobre el monofisismo. Se definió solemnemente que Jesucristo es verdadero Dios y verdadero hombre, y que su naturaleza divina y su naturaleza humana son reales, pues entre ellas no se da confusión, cambio, división ni separación. Es decir, Jesucristo es, al mismo tiempo, verdadero Dios, como el Padre y el Espíritu Santo, y verdadero hombre, como nosotros. Las dos naturalezas están unidas en una sola Persona, que es la del Hijo de Dios.

¿Qué otras herejías sobre la Trinidad son dignas de resaltar? Está el monarquismo, herejía surgida a finales del siglo II. El nombre se debe a Tertuliano. Esta herejía enseña que en Dios no hay más que una Persona. Y según la forma que los defensores del monarquismo explican la persona de Jesucristo, se dividen en dos grupos o tendencias: monarquismo modalista (modelismo) y monarquismo dinamista o adopcionista (adopcionismo).

El adopcionismo sostiene que Cristo es tan solo un hombre aunque nacido de forma sobrenatural de la Virgen María por obra del Espíritu Santo. Este hombre habría recibido en el bautismo un particular poder divino y la adopción de hijo por parte de Dios.

Los principales defensores de esta herejía fueron Teódoto el Curtidor, de Bizancio, que la transplantó a Roma hacia el año 190 y fue excomulgado por el papa Víctor I (189-198); Pablo de Samosata, obispo de Antioquía, a quien un Sínodo en Antioquía lo destituyó como hereje el año 268, y el obispo Fotino de Sirmio, depuesto el año 351 por el Sínodo de Sirmio.

El modalismo afirma también una única Persona divina, pero que actúa según diferentes funciones o modos. Aplicado al principio a Jesucristo, sostuvo que el mismo y único Dios que era el Padre había sufrido la pasión y la cruz por nosotros, y recibió el nombre de patripasianismo. Más tarde se extendió también al Espíritu Santo, desarrollándose así la doctrina completa, que sostenía que las tres personas de la Trinidad no eran más que tres modos, máscara o funciones por medio de las cuales actuaba la única Persona divina.

El patripasianismo fue defendido principalmente por Noeto de Esmirna, contra el cual escribió Hipólito; Práxeas, de Asia Menor, a quien combatió Tertuliano.

Sabelio fue quien más tarde aplicó la misma doctrina errónea al Espíritu Santo, sosteniendo que en la creación el Dios unipersonal se revela como Padre, en la redención como Hijo, y en la obra de la santificación como Espíritu Santo. El papa san Calixto I (217-222) excomulgó a Sabelio. La herejía fue condenada de manera definitiva por el papa san Dionisio (259-268).

Otra herejía trinitaria es el subordinacionismo. Esta surgió en el siglo II y considera al Hijo como inferior y subordinado al Padre.

¿Qué otras herejías hay que son cristológicas? Docetismo, apolinarismo, monotelismo y monoenergismo.

El docetismo es una herejía que niega la realidad carnal del cuerpo de Cristo, reduciéndola a mera apariencia.

El apolinarismo es la herejía cristológica del siglo IV que negaba la existencia del alma humana en Cristo. En el siglo IV, el obispo Apolinar de Laodicea para refutar el arrianismo, cayó en el error de suprimir el alma racional de la naturaleza humana de Cristo que quedaría asumida por el Verbo, para así explicar mejor la unión entre el elemento divino y el elemento humano en Cristo.

El monotelismo es una herejía cristológica. Enseña que en Cristo, aunque hay dos naturalezas, no había más que una sola voluntad, la divina, y un solo modo de obrar. El papa san Eugenio I, que ocupó la Sede romana desde agosto de 654 a junio de 657, combatió sin descanso esta herejía.

Años antes el papa Honorio I, en plena controversia monotelita (herejía que afirma que en Cristo hay una sola voluntad), escribió una carta ambigua que, aunque sin salirse de la ortodoxia, se prestaba a una interpretación en el sentido defendido por los monotelitas. Honorio I decía que había que confesar sencillamente un solo Jesucristo que realiza en las dos naturalezas las obras de la divinidad y las de la humanidad. Es necesario, ante todo, poner a salvo la voluntad personal y debe reconocerse alguna unidad de voluntad, ya que el Verbo ha tomado nuestra naturaleza, mas no el pecado que hay en ella. Donde el papa hablaba de una unidad de voluntad moral, trataban los herejes de entender unidad de voluntad física.

El monoenergismo es una herejía que afirma la existencia de un solo tipo de actividad en Cristo, que es la energía divina. La doctrina católica es la existencia de dos formas de energía en Cristo, humana y divina. Esta herejía fue condenada en el Concilio III de Constantinopla, celebrado en el año 681.

¿Hubo herejías que no hicieran referencia a la Santísima Trinidad y al misterio de la Encarnación? Sí. El pelagianismo. Esta herejía como la mayoría de ellas, tomó el nombre de su autor. En este caso de un monje bretón llamado Pelagio, que vivió a finales del siglo IV. Pelagio afirmaba que los seres humanos nacían inocentes, sin mancha del pecado original o heredado. El pecado de Adán no afectó a las generaciones futuras de la humanidad. Los pelagianos, pues, negaban la existencia del pecado original y la necesidad de la gracia para la salvación de las almas.

Está además el semipelagianismo. Esta doctrina quería conciliar las ideas de los pelagianos con la doctrina ortodoxa sobre la gracia y el pecado original. El semipelagianismo esencialmente enseña que la humanidad está manchada por el pecado, pero no al grado de no poder cooperar con la gracia de Dios por nosotros mismos.

La doctrina pelagiana fue refutada por san Agustín, y condenada en varios concilios. El papa san Inocencio I confirmó y renovó las decisiones conciliares contra el pelagianismo, y entonces san Agustín pronunció la famosa frase, tantas veces repetidas: Habló Roma, la causa ha terminado.

También hay otra herejía llamada milenarismo. Según esta herejía Cristo volverá para reinar sobre la Tierra durante mil años, antes del último combate con el mal, la condena del diablo al perder toda su influencia para la eternidad y el Juicio Universal. Esta doctrina errónea tuvo influencia en la Iglesia del siglo II.

Una herejía que apareció en España en el año 380 es el priscilianismo, que debe su nombre a Prisciliano. La doctrina del priscilianismo era una mezcla o fusión de casi todas las herejías anteriores. Los priscilianistas eran antitrinitario, pues negaban el dogma de la Trinidad y defendía una concepción unitaria. Su doctrina trinitaria era sabeliana, al no admitir distinción de personas, sino de atributos o modos de manifestarse en la esencia divina. Además afirmaban que los ángeles y las almas humanas eran, en esencial, de la misma sustancia de Dios. Negaban la encarnación del Verbo, atribuyendo a Jesús un cuerpo sólo aparente. Y predicaba la interpretación individual de la Biblia.

¿Hubo alguna herejía respecto a la veneración de las imágenes? Sí, la iconoclasia. Los seguidores de esta doctrina heterodoxa -los iconclastas- negaban el culto debido a las sagradas imágenes, las destruían y perseguían a quienes las veneraban. Esta herejía tuvo su auge en Bizancio, sobre todo en la época del emperador León III el Isáurico (siglo VIII), que ordenó la destrucción de todas las representaciones de Jesús, de la Virgen María y, especialmente, de los santos.

Las creencias de los iconoclastas son contrarias a las de los iconódulos. Se denomina iconodulía a la veneración (dulía) de imágenes (iconos). La iconodulía se diferencia de la idolatría en que no se adoran las imágenes en sí (como ocurre con la idolatría). El icono es reconocido como espejo de lo divino que ayuda a la meditación y al rezo, pero nunca es adorado.

¿Qué enseñanza se puede sacar de la lucha de la Iglesia contra las herejías? Las herejías acabaron por ser ventajosas para la religión, pues en vez de alterar la pureza de la fe, sirvieron por el contrario, para hacer que ésta brillase con más esplendor, y además dieron ocasión a que la Iglesia formulase más categórica y terminantemente algunos dogmas, y mostrase con evidencia que se apoyaban en la Sagrada Escritura y en la Tradición.

¿Qué hecho ocurrido en el siglo VII dio origen a la fiesta de la Exaltación de la Santa Cruz? Al comienzo del siglo VII había en el Imperio Bizantino bastante agitación interna. Esta circunstancia fue aprovechada por el rey Cosroes de los persas que, con sus tropas, invadió parte del Imperio, como era Siria y Asia Menor. Y ciudades de gran tradición cristiana cayeron en su poder: Damasco, Jerusalén, Alejandría… La Ciudad Santa fue conquistada por los persas en el año 614. Y después de la conquista, fue saqueada y arrasada. Y para colmo de males, la reliquia de la Santa Cruz, que se veneraba en una iglesia de Jerusalén después de que fuera encontrada milagrosamente por santa Elena, fue tomada como botín de guerra y conducida a la ciudad de Ctesifonte.

El mundo cristiano se estremeció ante la profanación realizada por los persas. El emperador cristiano, Heraclio, confortado por el patriarca de Constantinopla, se aprestó a recuperar los Santos Lugares y el Santo Madero. Después de invocar al Señor y a su Madre Santísima, emprendió la guerra contra los persas y derrotó una y otra vez al enemigo hasta alcanzar la victoria definitiva. Corría el año 627.

La Sagrada Reliquia de la Pasión del Señor fue recuperada, y para conmemorar este acontecimiento, la fiesta de la Exaltación de la Santa Cruz, que ya se celebraba en muchos lugares, se extendió a todo el orbe cristiano. Antes de la reforma litúrgica del Concilio Vaticano II existía otra fiesta referente a la Santa Cruz. Era la de la Invención de la Santa Cruz. Se celebraba el 3 de mayo para conmemorar el hecho milagroso que protagonizó santa Elena.