Archivo de la categoría: Doctrina

Ancianos, pero felices

Ancianos, pero dichosos

Dichoso el anciano que valora su ancianidad, porque en el atardecer sabrá dar gracias a Dios por el gran don de la vida.

Dicho el anciano que es portador de paz y energía creadora, porque contribuirá hasta el último momento a la construcción del mundo.

Dichoso el anciano que se mantiene optimista, porque no tendrá la sensación de haber desperdiciado su vida.

Dichoso el anciano que se acerca al sufrimiento de los demás, porque nunca carecerá de compañía.

Dicho el anciano que no fomenta el egoísmo de vivir buscando sus seguridades, porque las encontrará cubiertas todas por añadidura.

Dichoso el anciano que viviendo su pobreza siembra alegría a su alrededor, porque conocerá el gozo de vivir.

Dichoso el anciano que acepta con mirada confiada y serena sus limitaciones, porque descubrirá la felicidad de la sencillez.

Dichos y felices todos los ancianos que encontrándose solos y abandonados continúan amando, porque se sentirán amados por Dios.

En la escritura ancianidad es siempre bendición de Dios.

Alegría en la fe católica

El cristiano, que es testigo de Cristo y anunciador de la Buena Nueva, es por eso mismo hombre de alegría y hombre de esperanza, hombre de la fundamental afirmación del valor de la existencia, del valor de la Creación y del esperanza en la vida futura. Naturalmente, no se trata ni de una alegría ingenua ni de una esperanza vana. La alegría de la victoria sobre el mal no ofusca la conciencia realista de la existencia del mal en el mundo y en todo hombre. En Evangelio enseña a llamar por su nombre el bien y el mal, pero enseña también que “se puede y se debe vencer el mal con el bien”.

El bien no es fácil, sino que siempre es esa “senda estrecha” de la que Cristo habla en el Evangelio. Así pues, la alegría del bien y la esperanza de su triunfo en el hombre y en el mundo no excluyen el temor de perder este bien, de que esta esperanza se vacíe de contenido.

Alegría en la vejez

Alegría en la etapa final de la vida

Toda la sociedad tiene una deuda moral con los ancianos y con razón se ha dicho que el modo en que los pueblos tratan a sus mayores revela su calidad humana. Los cristianos sabemos que la vida del hombre tiene un carácter trascendente; que después de trapasar las diferentes etapas dentro del proceso de crecimiento humano, la madurez es una puerta al infinito, a la eternidad.

Los últimos años de la vida son todo lo contrario a un túnel sombrío que aboca en la muerte como anonadamiento. Partiendo de la concepción cristiana del hombre se ve claro que no tiene sentido el deseo de tantos que anhelan la muerte simplemente para verse libres de las limitaciones que lleva consigo la vejez.

Pero hablemos de la vida y de sus posibilidades porque dentro de la familia cristiana los abuelos están llamados a compartir el gran tesoro de la experiencia. La familia necesita de los abuelos porque ellos pueden colaborar en la estabilidad familiar, la animación de la vida social y la conservación y transmisión de los valores del espíritu. Una persona mayor que verdaderamente crea en Dios es una joya de la que nadie querría desprenderse, es una bendición para la familia.

Preguntas y respuestas sobre Jesucristo (10)

¿Hay en los Evangelios datos por los que podemos saber que Jesucristo era Dios?

En los Evangelios hay una serie de datos que muestran que Jesús quiso dejar claro que Él era Dios. Se presentó muchas veces como Dios, igual al Padre. Una de las cosas que dijo fue: El que me ve a mí, ve al Padre (Jn 14, 9), hasta el punto de hacer esta afirmación inaudita: Yo y el Padre somos una sola cosa (Jn 10, 30). Afirmó tener poder para perdonar los pecados, que sólo Dios posee. Aceptó la adoración, que sólo se debe a Dios. Interpretó y aclaró lo que Dios quiso decir en la Ley. También dijo que juzgaría a todos los hombres y mujeres al final del mundo. Además, sus obras manifiestan que Él es Dios. Así, por ejemplo, todos los milagros que realizó. El mayor de los milagros fue su propia resurrección. El mismo Jesús había dado como argumento máximo de su condición de Mesías el dato de que resucitaría al tercer día después de muerto, hecho que Él había anunciado numerosas veces. También es prueba de la divinidad de Cristo el cumplimiento en él de las profecías mesiánicas.

¿Me puedes decir cuáles son las principales de estas profecías?

Estaba escrito que el Mesías sería descendiente del rey David. Dios prometió a David: Suscitaré de ti un descendiente tuyo, salido de tus entrañas, y consolidaré su realeza; su reino durará para siempre. Yo seré para Él un padre y Él será para mí un hijo (2 S 7, 12-14). El profeta Miqueas afirmó que Belén sería el lugar del nacimiento del Mesías: Y tú Belén, pequeña entre las ciudades de Judá, de ti saldrá un jefe que apacentará a mi pueblo, Israel (Mi 5, 1). Isaías anunció que nacería de una virgen y que sería verdadero Dios: He aquí que una virgen da a luz un hijo y le llama Enmanuel, que significa Dios con nosotros (Is 7, 14). Este mismo profeta predijo los milagros que realizaría: Dios mismo vendrá y os salvará. Entonces verán los ciegos, oirán los sordos, andarán los cojos y hablarán los mudos (Is 35, 4-6). Daniel, con la profecía de las setenta semanas, indicó el año que nacería Cristo. El rey David contó detalles de la Pasión de Jesús: Traspasaron mis manos y mis pies, contaron todos mis huesos. Se dividieron mis vestidos y echaron suertes sobre mi túnica (Sal 21, 17-19).

La Pasión del Señor fue descrita seiscientos años antes que ocurriera por el profeta Isaías, en el canto llamado Siervo de Yavé, que está en el capítulo 53 del libro de Isaías. Este canto se le ha llamado la Pasión según Isaías. Los rasgos del Siervo de Yavé descritos por el profeta coinciden sorprendentemente con los del Mesías Salvador según el relato de la Pasión que hacen los evangelistas. Isaías escribió: Mirad, mi siervo tendrá éxito… Lo vimos sin aspecto atrayente, despreciado y evitado por los hombres, como varón de dolores, acostumbrado al sufrimiento, ante el cual se oculta el rostro; despreciado y desestimado… El Señor cargó sobre él nuestros crímenes. Maltratado voluntariamente se humillaba y no abría la boca; como cordero llevado al matadero, como oveja ante el esquilador, enmudecía y no abría la boca… Fue puesto entre los malhechores y ha tomado sobre sí los pecados de todos.

También estaba profetizada su estancia en Egipto: Cuando Israel era niño, Yo lo amé, y de Egipto llamé a mi hijo (Os 11, 1); su entrada triunfal en Jerusalén: Regocíjate, hija de Sión, grita de júbilo, hija de Jerusalén, mira, tu rey viene hacia ti, es justo y victorioso, montado sobre un asno, sobre un borrico, cría de asna (Za 9, 9); y que sería vendido por treinta monedas de plata: Yo les dije: -Si os parece bien, dadme mi paga, y si no, dejadlo. Ellos pesaron mi paga: treinta siclos de plata. Me dijo el Señor: -Echa en el tesoro el valioso precio con que he sido tasado por ellos. Tomé los treinta siclos de plata y los eché en el tesoro del Templo del Señor (Za 11, 12-13).

Y el último de los profetas, san Juan Bautista, lo anunció y lo señaló como el Mesías que ya había llegado: He aquí el cordero de Dios que quita el pecado del mundo (Jn 1, 29).

Preguntas y respuestas sobre Jesucristo (9)

En los Evangelios se narran los milagros que Cristo realizó, propios de Dios. Mi pregunta es: ¿Hay escenas evangélicas en las que queda de manifiesto la humanidad de Nuestro Señor?

Hay varios pasajes del Evangelio en los que aparece claramente la humanidad de Cristo. Los evangelistas narran a veces detalles que pueden parecer irrelevantes, pero no lo son.

Se puede contemplar la flaqueza de su humanidad: cansado junto al pozo de Jacob, un cansancio real que no le impide atender a la samaritana. Tenía que pasar por Samaria. Llega, pues, a una ciudad de Samaria llamada Sicar, próxima a la heredad que dio Jacob a José, su hijo. Donde estaba la fuente de Jacob. Jesús, fatigado del camino, se sentó sin más junto a la fuente: era como la hora sexta (Jn 4, 4-6). No puede dar ni un paso más. Se queda solo mientras sus discípulos habían ido a la ciudad a comprar provisiones (Jn 4, 8). Jesús se fatiga realmente, necesita reponer fuerzas. Además, siente sed. Cansancio y sed reales, producidos por una larga caminata. Como es real el hambre que sintió una mañana, y el sueño que le lleva a dormir sobre un cabezal en la barca, a pesar del mal estado del mar, porque está agotado. Al día siguiente, al salir ellos de Betania, sintió hambre, y viendo de lejos una higuera con hojas, se fue por si encontraba algo en ella, y llegándose a ella, no encontró nada sino hojas, porque no era tiempo de higos (Mc 11, 12-13). El hambre del Señor nos indica que Él entiende perfectamente y ha participado de nuestras necesidades y limitaciones. Y así le vemos que se compadece de los que no tienen qué comer.

Jesucristo tiene un corazón humano, lleno de misericordia, con una capacidad de compasión inmensa. Se compadece de los que andan como ovejas sin pastor; de los necesitados. Se preocupa de las multitudes que le siguen y no tienen qué comer. No pasa de largo ante las necesidades de los hombres ni mira hacia otro lado. Siempre tiene una palabra de consuelo, de aliento, de perdón: nunca pasa indiferente. Pero sobre todo, le duelen los pecadores que caminan por el mundo sin conocer la luz y la verdad.

Cuenta san Lucas: Aconteció tiempo después que iba a una ciudad llamada Naín, e iban con Él sus discípulos y una gran muchedumbre. Cuando se acercaban a las puertas de la ciudad vieron que llevaban un muerto, hijo único de su madre, viuda, y una muchedumbre bastante numerosa de la ciudad la acompañaba. Viéndola el señor, se compadeció de ella y le dijo: No llores. Y acercándose, tocó el féretro; los que lo llevaban se detuvieron, y Él dijo: Joven, a ti te hablo, levántate. Sentase el muerto y comenzó a hablar, y Él se lo entregó a su madre (Lc 7, 11-15).

Sus lágrimas manifiestan su sufrimiento por la cerrazón del hombre. Llora con lágrimas de hombre que sufre, a la vista de Jerusalén: cuando se acercó, al ver la ciudad, lloró sobre ella (Lc 19, 41). Pero también llora por la muerte de un amigo. Y este amor que muestra Jesús llorando es la expresión humana del amor que Dios tiene a los hombres, la manifestación sensible de la compasión con que nos mira.

Cristo, ante la tumba de su amigo Lázaro, lloró. Escena que permite contemplar la profundidad y delicadeza de los sentimientos de Jesús. Si la muerte corporal del amigo arranca lágrimas al Señor, ¿qué no hará la muerte espiritual del pecador, causa de su condenación eterna?

En Getsemaní, Cristo vivió momentos angustiosos, conocidos como su agonía. Nada más entrar en el recinto del huerto, les dice a sus discípulos: “Sentaos aquí mientras me voy allí a orar”. Y se llevó a Pedro y a los dos hijos de Zebedeo, y comenzó a entristecerse y a sentir angustia. Entonces les dice: “Mi alma está triste hasta la muerte. Quedaos aquí y velad conmigo”. En medio de un intenso sufrimiento, Jesús acude con confianza a Dios Padre, aceptando su Voluntad.

¿Me puede decir algo sobre la mirada de Cristo?

Según las páginas del Evangelio podemos imaginarnos la mirada del Señor. En algunas ocasiones su mirada aparece como imperiosa y entrañable. Entonces era una llamada, una invitación dulce y silenciosa a dejarlo todo y a seguirle, como en el caso de Leví. En otras, estaba llena de amor, como en el encuentro con el joven rico que no respondió al llamamiento que le hizo el Maestro. También han habido circunstancias que ha hecho que la mirada del Señor se llenara de tristeza, por ejemplo, ante la incredulidad de los fariseos. En otros momentos, su mirada era de compasión, como la que le vimos un día antes de entrar en la ciudad de Naín delante del cuerpo sin vida de un chico, hijo único de una mujer viuda.

Con su mirada sabía remover el corazón de los hombres, como hizo con un jefe de publicanos, llamado Zaqueo, en Jericó, produciendo su conversión. A veces su mirada traslucía su ánimo, como cuando se enterneció ante la fe y la generosidad de una mujer pobre que dio como limosna para el Templo todo lo que poseía.

Su mirada penetrante ponía al descubierto el alma frente a Dios, y suscitaba al arrepentimiento. Así miró Jesús a una mujer que había sido sorprendida en adulterio, y de la misma forma miraría, silencioso y lleno de ternura, a Pedro en la casa de Caifás, provocando las lágrimas amargas del dolor por el pecado cometido.

Preguntas y respuestas sobre Jesucristo (8)

Jesucristo es Dios encarnado. ¿Esto quiere decir que sea verdadero Dios y verdadero hombre?

Efectivamente. El Compendio del Catecismo de la Iglesia Católica dice: En la unidad de su Persona divina, Jesucristo es verdadero Dios y verdadero hombre, de manera indivisible. Él, Hijo de Dios, “engendrado, no creado, de la misma naturaleza del Padre”, se ha hecho verdaderamente hombre, hermano nuestro, sin dejar con ello de ser Dios, nuestro Señor (n. 87). Por tanto, Jesucristo tiene dos naturalezas: la divina y la humana, que no están confundidas, sino unidas en la Persona del Verbo.

¿La naturaleza humana de Cristo es completa, con alma y cuerpo?

La naturaleza humana está compuesta de alma y cuerpo. Al ser Jesús perfecto hombre, tiene un verdadero cuerpo humano dotado de un alma racional humana. Esta alma con sus facultades: inteligencia y voluntad. Con su inteligencia humana Jesús aprendió muchas cosas mediante la experiencia. Pero también, como hombre, el Hijo de Dios tenía un conocimiento íntimo e inmediato de Dios su Padre.

Jesucristo, según has dicho, tiene voluntad humana. Supongo que al ser Dios, también tiene voluntad divina. ¿Hubo siempre concordancia entre las dos voluntades del Señor?

Sí. En su vida terrena, el Hijo de Dios ha querido humanamente lo que Él ha decidido divinamente junto con el Padre y el Espíritu Santo para nuestra salvación. La voluntad humana de Cristo secunda, sin oposición o resistencia, su voluntad divina, y está subordinada a ella (Compendio, n. 91).

Sin embargo, en Getsemaní, Cristo pidió a su Padre Dios “Padre, si quieres, aparta de mí este cáliz; pero no se haga mi voluntad, sino la tuya” (Lc 22, 42). Parece ser que hay disconformidad entre la voluntad de Jesús (“mi voluntad”) y la del Padre (“tuya”)…

Parece, pero no hay tal disconformidad. En el huerto de los olivos, le atormentaba el conocimiento de los inmensos dolores que iba a padecer durante su Pasión, pero que aceptó voluntariamente. En cuanto hombre, a Cristo no le apetecía lo más mínimo padecer. Su humanidad se sentiría inclinada a rebelarse, a no beber ese cáliz de amargura. Pero rechazó la tentación de decir no a lo que le pedía su Padre. Para entender el pasaje evangélico de Getsemaní, es preciso explicar que su inclinación natural o su sensibilidad podían apetecer algún bien distinto del querer divino, pero estaban enteramente sometidas a Él por el acto libre de la voluntad racional (que es la facultad que llamamos propiamente “voluntad humana”). Esto resulta manifiesto cuando dice que no se haga “mi voluntad” (la voluntad como inclinación natural y sensible), “sino hágase” (éste es el acto de la voluntad como elección libre y racional), “la tuya” (la voluntad divina).La petición: No se haga mi voluntad, sino la tuya, manifiesta la realidad de su voluntad humana y su perfecta conformidad con la voluntad divina.

Preguntas y respuestas sobre Jesucristo (7)

En la Anunciación el arcángel san Gabriel le dice a María “concebirás en tu seno y darás a luz un hijo, y le pondrás por nombre Jesús”. ¿Qué significa el nombre de Jesús?

También otro ángel le dijo a san José que pusiera el nombre de Jesús al hijo que iba a dar a luz su esposa María. Y a san José se le explica el por qué de ese nombre: porque él salvará a su pueblo de sus pecados. El nombre de Jesús significa “Dios salva” o “Salvador”. El apóstol san Pedro dijo que bajo el cielo no se nos ha dado otro nombre que pueda salvarnos (Hch 4, 12).

¿Por qué también se le conoce con el nombre de Cristo?

Jesús es el Mesías prometido por Dios a nuestros primeros padres después de la caída. El vocablo mesías proviene del hebreo mashiah y significa ungido. En griego se traduce por christós, y en latín, por christus. Y de aquí pasa al término castellano cristo. Este nombre es propio de Jesús porque Él cumple de modo eminente y perfecto la misión divina que esa palabra significa.

El noveno y décimo Mandamientos

El noveno y el décimo Mandamientos

Exposición del caso:

Belén es una chica de temperamento tranquilo. Es, y ha sido siempre, apática y poco comunicativa. Se esfuerza poco en el estudio, y es bastante perezosa. Su comportamiento pone muy nerviosa a su madre -ya muy nerviosa de por sí-, que no aguanta verla sin hacer nada, encerrada en su habitación, tumbada sobre la alfombra o medio tumbada en un sofá, viendo la televisión todo el día si no se lo impiden. Suele reaccionar mal: empieza diciendo que “no sé a quién has salido tú, porque ni tu padre ni yo somos así”, para seguir con cosas como “ya no sé qué hay que hacer para que espadilles”; “contigo no sé qué vamos a hacer en la vida”; “eres un desastre sin remedio”; “¡mírala!, otra vez haciendo lo de siempre: nada”; o “yo ya te doy por imposible, mira que lo he intentado todo para que levantes cabeza”. Y los comentarios casi siempre suelen acabar con una referencia comparativa a su hermana mayor: “¿No podrías aprender algo de Conchi?, a ver si el ejemplo es contagioso”; “qué habré hecho mal para que salierais tan distintas, con lo bien que lo hace todo Conchi”; “Conchi lo deja todo ordenado…”; “mira tu hermana, cómo estudia…”

El primer tipo de comentarios había hecho concluir a Belén que, efectivamente, en la vida real no tenía mucho que hacer. Incluso, cuando su madre decía que “lo había intentado” todo, recordaba que incluso la había llevado a un psicólogo. Ella pensaba que si ella era “un caso”, pues “a alguno tenía que salir”. Todo ello, sumado a que no se sentía muy querida ni muy aceptada, respaldaba el que se refugiase en su mundo interior: los mundos fantásticos eran más gratos que el real. Pero, además, iba acumulando cierto resentimiento hacia su hermana: las continuas comparaciones, el que ella siempre acaparase los elogios -y los premios-, el que ella no le hiciera mucho caso -y menos desde que salía con un chico bien plantado-, y el que efectivamente era bastante mejor dotada en todos los aspectos, era en conjunto algo que podía con Belén. Por eso, uno de sus entretenimientos favoritos era imaginarse a su hermana humillada: su hermana llorando porque la despreció el chico, mientras ella tenía al “chico perfecto” rendido a sus pies, o incluso al que salía con su hermana, prefiriéndola a ella; su hermana hundida soportando “la gran bronca” por haber destrozado el coche de su padre a causa de la torpeza más tonta; su hermana maltratada por un hipotético marido mientras ella triunfaba como actriz.

Pero no era eso precisamente lo que sucedía, sino más bien que a Conchi le seguían saliendo bien las cosas, lo que Belén tomaba como una contrariedad. La única excepción fue que una vez atracaron a su hermana, y Belén no desaprovechó la oportunidad: lo pasaba muy bien imaginando la cara de susto de muerte que debía tener Conchi, y recordando la de rabia que pudo ver después.

En el mundo fantástico de Belén abundaban las “novelas rosa”, que a menudo eran prolongaciones imaginarias de la última película vista, en las que ella sustituía a la protagonista de turno. Lo malo es que, también con bastante frecuencia, encontraba en ella una tendencia a que lo “rosa” acabara en “verde”. Belén no quería en principio caer en eso, pero había momentos en los que la cabeza y la voluntad estaban aletargadas, y lo instintivo, libre de frenos, se adueñaba de la situación. Solía suceder sobre todo los fines de semana, en los que había más tiempo a su disposición. Y sucedía cuando no se levantaba por la mañana -se hacía la dormida si su madre se acercaba-, y entraba así en un estado en el que vigilia y sueño se mezclaban en una proporción variable y difícil de determinar. Lo mismo ocurría después de comer: comía demasiado, se tumbaba después en cualquier sitio, y pronto quedaba más o menos adormilada. Cuando -tarde o temprano- se despejaba, si lo que tenía en la cabeza eran escenas obscenas, entre la poca voluntad que encontraba en sí misma para acabar con ello y la consideración de que ya estaba enfangada con pensamientos impuros, concluía que “ya de perdidos…”, y lo dejaba continuar. En ocasiones, aparecía en esas escenas el novio -o lo que fuera, si todavía no era la cosa tan formal- de su hermana, que, a decir verdad, también le gustaba a ella. Pensaba Belén que eso era peor, porque ya no eran pensamientos sino deseos, pero el “revanchismo” hacia su hermana podía y no cambiaba de escenario.

El tiempo no parecía arreglar nada de esta situación; si acaso, iba a peor. Una de las ventajas que apreciaba su familia respecto de Belén era que raramente se enfadaba: tan sólo cuando se estropeaba la televisión o alguno de los juguetes electrónicos a los que tanto tiempo dedicaba. Pero empezaba a enfadarse con más frecuencia. Nadie entendía los motivos, y nadie parecía darse cuenta de que coincidían con las ocasiones en que su hermana se compraba -o le regalaban- algo. Cuando se trató de un pequeño automóvil, el enfado pasó a ser más periódico; sin que lo atenuara el que fuera el modelo más barato y de segunda mano, ni que el 80% del precio lo hubiera costeado su hermana gracias a algunos trabajos que hizo, no podía ver cómo se iba en coche mientras que ella tenía que ir en autobús a todos los sitios.

Belén se iba dando más cuenta de que así no podía seguir, de que “se estaba amargando la vida” y que el enfado que crecía en ella tenía bastante de frustración: o sea, que se enfadaba con ella misma, aunque lo proyectase con los demás. Pero no se veía con fuerzas para superar esa situación, y, repasando quién podría ayudarla, iba descartando a todo el mundo, por razones varias según los casos. Al final, un atisbo de solución vino de donde menos lo esperaba: de su padre. Belén no tenía nada contra él, pero pensaba que “pasaba de ella”. La llamó, y lo que siguió resultó sorprendente para ella. Le dijo que era cierto que su madre se ponía nerviosa con facilidad, pero que lo que no había visto eran las veces que había llorado pensando qué podía hacer para sacarla de esa pasividad. Y tampoco había oído a su hermana decir a sus padres que le preocupaba cómo estaba y preguntar si podía ayudar, ni se había dado cuenta de que había pasado por alto toda una serie de fastidios causados por ella: desde probarse todo lo que su hermana se compraba -como no sabía doblarlo bien, se notaba-, hasta quitarle alguna foto de su novio, y otros incordios. Añadió que creía de verdad que Belén no tenía nada de anormal y sí mucho de dejadez, y que no veía por qué no se podía confiar en ella, aunque tenía que ser a cambio de que se resolviese a no conformarse y a esforzarse en adelante. Belén le contó todo lo que le pasaba pero, para su sorpresa, su padre se ratificó en lo que había dicho, y le ofreció su apoyo, aunque no iba a ser cómodo: todos los días iba a comprobar si luchaba contra la vagancia. Belén contestó que sí, que “de verdad que sí”, aunque no acababa de confiar en que fuera capaz de ello.


Preguntas que se formulan:

-¿Puedes ver aquí alguna manifestación de cada pecado capital? ¿Influyen unos en otros? ¿Cómo? ¿Hay alguno que de una u otra manera se da en todos los casos?


-¿Qué comportamientos encuentras contra los dos últimos mandamientos? ¿Son pecados graves? ¿En todos los casos? ¿Es correcto el razonamiento de Belén cuando se despejaba? ¿Por qué?


-¿Hay alguna manifestación de los tres tipos de pecados internos? ¿Cuáles? ¿Son verdaderamente deseos lo que Belén considera tales? ¿Por qué?


-¿Qué importancia tiene la mortificación interior para facilitar estas virtudes? ¿Y la exterior? ¿Qué importancia tiene el temperamento de Belén en lo que le sucede? ¿Es algo determinante?


-¿Cómo juzgarías a cada uno de los personajes que aparecen? ¿Hay omisiones culpables? ¿Hay manifestaciones de mundanidad?


-¿Cómo se podría ayudar a Belén para superar esa situación? ¿Hay razones para ser optimistas a este respecto?


Bibliografía

Vid. Catecismo de la Iglesia Católica, nn. 1859, 1866, 2514-2527, 2534-2550.


Comentario:

Como ya se dijo anteriormente, en este mandamiento se contemplan los pecados internos -sin acción exterior- referentes a los mandamientos 6º y 7º. En este caso se aprecian con nitidez los dos ejemplos más característicos de incumplimiento del mandamiento: los llamados “pensamientos impuros” y la envidia, respectivamente.

Las conductas humanas suelen tener explicaciones, aunque eso no quiere decir que, si son malas, sirvan de eximentes, ni siquiera muchas veces de atenuantes. Aquí uno se explica muy bien la conducta de Belén. Su temperamento apático es una primera explicación. Tampoco es muy animante tener a una “doña perfecta” de hermana, siendo bastante más limitativa. Y, para acabar de echar a perder la situación, está su madre. Sus nervios le traicionan, y comete demasiados errores que no debe cometer una madre: descalificaciones globales, comparaciones con la hermana -siempre desfavorables para Belén, por supuesto- y declarar repetidamente que la daba por imposible. Al final resulta que todos la querían, pero tendrían todos que haberse tomado la molestia de demostrárselo alguna vez por lo menos. Pero todo esto junto no puede justificar esa pasividad de Belén, que le lleva a desaprovechar la vida, y a albergar en su interior cosas que le hacen daño y conducen a pecados serios. Su propia conciencia se lo advierte, más claramente cuanto más claramente aparece el perjuicio. Aquí no vamos a detenernos en los posibles pecados de omisión de Belén, sino en los internos cometidos.

Pero, si bien las circunstancias en las que se desenvuelve Belén no le benefician mucho, tampoco su falta de formación es precisamente una ayuda. Esto se aprecia con bastante claridad si examinamos lo relativo al noveno mandamiento. Es cierto que, como se explicaba al tratar del sexto mandamiento, no hay materia leve en lo que atenta directamente contra la castidad. Pero “materia grave” no es lo mismo que “pecado grave”. Para que se dé este último hay otros factores además de la materia: la advertencia y el consentimiento. Si éstos simplemente no existen, como en el caso del sueño profundo, simplemente no hay pecado. Si existen en un estado imperfecto, lo hay, pero no es aún grave. Es difícil calibrar el grado de advertencia y consentimiento en estados de semisueño-semivigilia, pero lo cierto es que es esos estados el pecado que se puede producir es en todo caso venial. Por eso se equivoca Belén cuando piensa que, en ese estado, “ya estaba enfangada”. No lo estaba todavía, a pesar de las apariencias. Lo empieza a estar cuando, ya despierta, “lo dejaba continuar”. Una mayor formación de la conciencia por su parte la hubiera ayudado a no caer en ese tipo de tentaciones. Aparte de que, aunque haya existido un pecado grave, la mentalidad de rendirse a la primera caída, el “ya de perdidos…”, nunca es bueno: en vez de reaccionar, da paso a nuevos pecados; y de hecho puede suponer que, una vez dado paso a la caída, se dé también luz verde al vicio.

Tampoco es cierta la apreciación de Belén con respecto a los deseos. No entiende bien la cuestión. “Deseo” añade al “pensamiento” la voluntad de ponerlo en práctica; no es un “me gustaría hacerlo”, sino más bien un “quiero hacerlo”. Esa voluntad de poner en práctica lo pensado es lo que añade malicia y con ello gravedad cuando lo pensado es un pecado. Pero no parece ser éste el caso. “Individualizar” un pensamiento no es algo que lo convierta automáticamente en deseo. También aquí la formación de la conciencia ayuda a poner cada cosa en su sitio.

Si pasamos del 9º al 10º mandamiento, se nos complica más la apreciación de las cosas. ¿Por qué? Porque, en principio, desear tener cosas que no se tienen no es en sí algo malo; el problema moral es cuando se desean desordenadamente, y peor aún cuando se desean injustamente (o sea, se desea lo que sería injusto tener: no por casualidad se define el mandamiento como “no codiciarás los bienes ajenos”). ¿Y cómo se puede medir la codicia? Quizás la manera más clara es viendo si hay envidia. Codicia y envidia no son lo mismo, y hay puede haber personas con mucha codicia y poca envidia. Pero ésta suele ir pareja a aquélla, y la envidia es más fácil de detectar, y su maldad aparece con más claridad en la conciencia. Y, a decir verdad, es bastante evidente que en Belén la envidia había llegado a unos niveles muy considerables. Merece también atender a la relación que hay entre estas conductas y la dependencia que Belén tiene de los aparatos de todo tipo: televisión, videojuegos, etc. No es difícil de entender que el excesivo amor a las cosas propicia el progresivo distanciamiento de las personas: o sea, al revés de lo que debería ser. Y, en ese clima mundano, resulta bastante fácil caer en verdaderos pecados como son la codicia y la envidia.

Solucionar los problemas humanos suele tener como condición previa reconocer el problema en sus justos límites. Aceptar las situaciones y, todavía más importante, aceptarse a uno mismo, es la condición previa para mejorar la situación y mejorarse a uno mismo. Belén se da cuenta, aunque… ¡ya podría haberse dado cuenta antes! Lo mismo puede decirse de su padre. A lo que él dice habría que añadir los medios sobrenaturales -Belén tendría que proponerse vivir en gracia habitualmente, cueste lo que cueste, se tenga que confesar las veces que haga falta-, pero por lo demás lo que dice es plenamente acertado, y la ayuda que ofrece es la adecuada. En esos términos, y aclarando a Belén que ese remontar que necesita no va a ser cosa de un día precisamente, se puede y se debe salir adelante. Belén debería confiar en ello. Lo único que se puede objetar es que… ¡ya podría haber tenido el buen señor esa intervención mucho antes!

Preguntas y respuestas sobre Jesucristo (6)

Jesucristo fue concebido milagrosamente de tal forma que su Madre no perdió la virginidad. ¿Conservó María la virginidad al dar a luz a su hijo?

Santa María es siempre virgen en el sentido de que ella fue Virgen al concebir a su Hijo, Virgen durante el embarazo, Virgen en el parto, Virgen después del parto, Virgen siempre (san Agustín). María dio a luz de forma milagrosa, sin perder la virginidad. Se suele decir, a modo de ejemplo, que igual que el rayo del sol atraviesa un cristal sin romperlo ni mancharlo, así nació Cristo sin menoscabar la integridad de su madre. La Iglesia ha enseñado siempre como verdad de fe la virginidad perpetua de María.

Los Evangelios hablan de “hermanos y hermanas de Jesús”. ¿No contradice esto a la virginidad de María después del parto?

Hay varios pasajes de los Santos Evangelios en los que se hablan de hermanos y hermanas de Jesús. Por ejemplo, éste: Al regresar Jesús a Nazaret, después de haber iniciado su ministerio público, muchos se preguntaban: ¿No es éste el hijo del artesano? ¿No se llama su madre María y sus hermanos Santiago, José, Simón y Judas? Y sus hermanas ¿no viven todas entre nosotros? (Mt 13, 55-56). Otro pasaje: Aún estaba él hablando a las multitudes, cuando su madre y sus hermanos estaban fuera intentando hablar con él. Alguien le dijo entonces: Mira que tu madre y tus hermanos están fuera intentando hablarte (Mt 12, 46-47). En el texto paralelo de San Marcos se cita también a las hermanas: Mira, tu madre, tus hermanos y tus hermanas te buscan fuera (Mc 3, 32). San Juan, dice que Jesús después de realizar su primer milagro, bajó a Cafarnaúm con su madre, sus hermanos y sus discípulos, y permanecieron allí pocos días (Jn 2, 12).

Estos “hermanos y hermanas de Jesús” eran parientes próximos del Señor. En los idiomas antiguos hebreo, árabe y arameo, como en las demás lenguas semitas, no había palabras concretas para indicar los grados de parentesco que existen en otros idiomas más modernos. Por tanto, se emplea el nombre genérico de hermanos para referirse a los parientes próximos por carecer de otros términos para designar a primos, tíos, sobrinos, etc. Así, por ejemplo, en el Génesis se llama a Lot hermano de Abraham, y por el mismo libro sabemos que era sobrino, hijo de Aram, hermano de Abraham. También en el Génesis se llama a Labán hermano de Jacob, pero en realidad era hermano de su madre y, por tanto, tío de Jacob, según se había dicho anteriormente en el mismo Génesis.

La Iglesia, desde el principio, siempre ha profesado con plena certeza que Jesucristo no ha tenido hermanos de sangre en sentido propio. Por tanto, la Virgen María no tuvo más hijo que Jesús. De aquí que Cristo en la cruz viendo a su madre y junto a ella al discípulo a quien amaba, dijo a su madre: “Mujer, ahí tienes a tu hijo” (Jn 19, 26). No hubiese sido lógico que Jesús encomendara a san Juan el cuidado de su madre si ésta hubiera tenido otros hijos.

Preguntas y respuestas sobre Jesucristo (5)

Jesús, además de ser hijo de Dios, es hijo de la Virgen María. ¿Qué papel desempeña san José en la vida de Cristo?

El esposo de María, san José, era un hombre justo y santo. Cuando vio en su esposa los signos de su futura maternidad decidió dejarla privadamente, en secreto. Estando él considerando estas cosas, he aquí que un ángel del Señor se le apareció en sueños y le dijo: José, hijo de David, no temas recibir a María, tu esposa, pues lo que en ella ha sido concebido es obra del Espíritu Santo. Dará a luz un hijo, y le pondrás por nombre Jesús, porque él salvará a su pueblo de sus pecados (Mt 1, 20-22). Por tanto, después de Santa María, José es el primer hombre que se entera, por revelación divina, del hecho de la salvación, que se estaba ya realizando.

El papel de san José en la vida del Señor lo explicó muy bien san Juan Crisóstomo. Comenta este santo dirigiéndose a José: No pienses que por ser la concepción de Cristo obra del Espíritu Santo, eres tú ajeno al servicio de esta divina economía. Porque si es cierto que ninguna parte tienes en la generación y la Virgen permanece intacta, sin embargo, todo lo que pertenece al oficio de padre sin atentar a la dignidad de la virginidad, todo te lo entrego a ti: ponerle nombre al hijo. Tú, en efecto, se lo pondrás. Porque si bien no lo has engendrado tú, tú harás con él las veces de padre. De ahí, que empezando por la imposición del nombre, yo te uno íntimamente con el que va a nacer.

San José recibió de Dios, según palabras del Papa Pío XI, la misión de custodiar al Hijo de Dios, al Rey del mundo; la misión de custodiar la virginidad, la santidad de María; la misión de cooperar ‑único llamado a participar del conocimiento del gran misterio escondido a los siglos‑ en la Encarnación divina y en la salvación del género humano.

En los Santos Evangelios se hace referencia que Jesús era conocido como hijo de José. Antes de la genealogía de Jesús, san Lucas dice: Jesús, al empezar, tenía unos treinta años, y era, según se creía, hijo de José (Lc 3, 23). Después de haber estado con Jesús, Felipe se encontró a su amigo Natanael y le dijo: Hemos hallado a aquel de quien escribió Moisés en la Ley y los Profetas, a Jesús, hijo de José de Nazaret (Jn 1, 45). En Cafarnaúm, Jesús dice de sí mismo: Yo soy el pan que bajó del cielo (Jn 6, 41), y los judíos al oírlo, decían: ¿No es éste Jesús, el hijo de José, cuyo padre y madre nosotros conocemos? (Jn 6, 42). Cuando Jesús estuvo enseñando en la sinagoga de Nazaret, de manera que todos los que le oían quedaron atónitos, se decían: ¿No es éste el hijo del carpintero? (Mt 13, 55). ¿No es éste el hijo de José? (Lc 4, 22). También María se refiere a san José como padre de Jesús cuando encontró a su hijo en el Templo de Jerusalén después de tres días de búsqueda. Al verlo se maravillaron, y le dijo su madre: Hijo, ¿por qué nos he hecho esto? Mira cómo tu padre y yo, angustiados, te buscábamos? (Lc 2, 48).

¿Por qué se dice que Jesús es hijo de David?

Por ser Jesucristo descendiente del rey David. El linaje de Santa María era davídico. Pocos datos ofrece el Evangelio acerca de la vida de la Virgen. Las genealogías de san Mateo y de san Lucas se refieren a san José y no a Ella. Sólo una cosa se sabe de ascendencia, y es la de que pertenecía a la familia de David, ya que era costumbre ordinaria entre los judíos en la época de Cristo, celebrar los esponsales entre miembros de una misma estirpe. Como por las genealogías de los Evangelios se sabe que san José era de la familia de David, se deduce la pertenencia de la Virgen María a la Casa de David.

Además, porque las profecías mesiánicas y el Nuevo Testamento presentan siempre a Cristo como descendiente del rey David. No parece que esta descendencia pueda sostenerse relacionándola únicamente con la aparente paternidad de san José, sino que se hace necesario entroncar de modo natural a Jesús con aquel rey tan unido al mesianismo, tanto más cuanto que las afirmaciones son categóricas: Nació, según la carne, del linaje de David (cf. Rm 1, 3; 2 Tm 2, 8) dice dos veces san Pablo, el que, aparte de la inspiración de sus escritos, como maestro que era de san Lucas, no podría por menos de estar muy al tanto de la virginidad de la Santísima Virgen.