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Historia de la Navidad (IV)

Historia de la Navidad

Costumbres navideñas

Alrededor de la liturgia de Navidad se ha formado, en el decurso de los siglos, una serie de costumbres folklóricas que han contribuido a crear un ambiente festivo en la intimidad de las familias y en las calles de aldeas, pueblos y ciudades. Ya en siglo V se compusieron cantos populares sobre el misterio de la Encarnación, inspirados en la teología y la liturgia de Navidad. Cuando, en el siglo XIII, san Francisco de Asís y sus discípulos propagan la devota práctica de construir belenes en las iglesias y en las casa, se extienden los villancicos de Navidad, caracterizados por el tono sensible e ingenuo de sus letras y de sus melodías; se refieren preferentemente a los sentimientos de la Virgen y de los pastores ante la pobreza que Dios ha escogido al tomar un cuerpo humano. En los últimos siglos el repertorio de villancicos de Navidad ha aumentado considerablemente; a veces sin una relación directa con la dimensión religiosa de la fiesta o respondiendo a una piedad sólo sentimental sobre el Niño Jesús, al margen o sin favorecer la participación y la comprensión de la fiesta y de su liturgia.

Como para expresar de manera visible el significado de la iluminación obtenida por el nacimiento de Jesús, Luz del mundo, desde antiguo se introdujo la costumbre de encender fuegos durante la noche de Navidad, reemplazando tradiciones precristianas. El alumbrado extraordinario de las ciudades durante las fiestas navideñas se ha inspirado en esos usos.

La tradición del árbol de Navidad iluminado con velas tuvo su origen en los países nórdicos en el siglo XVI y se extendió en el siglo XVIII por el sur de Alemania y fue adoptado muy pronto por los pueblos eslavos. En Francia penetró en el siglo XIX, con motivo del matrimonio de la princesa Elena de Macklemburg con el duque de Orleáns en el año 1837. El árbol de Navidad es signo de la gracia alcanzada por la Encarnación y por la muerte en el árbol de la cruz de Cristo, en contraposición del pecado de Adán y Eva que se originó en el árbol del Paraíso.

También desde hace siglos se introdujo la costumbre de intercambiarse regalos y felicitaciones con motivo de la Navidad. Esta práctica tiene su precedente en Roma, donde existía la costumbre llamada estrena, por la cual el día primero del año se hacían regalos. Esta costumbre de Navidad, al principio, simbolizaba que era el Niño Jesús quien ofrecía los regalos. Los protestantes sustituyeron esa imagen por la de un hombre anciano -Papá Noel-, aplicando la mitología del dios Thor. En España son más bien los Reyes Magos quienes distribuyen los dones, y no tanto por Navidad como por la Epifanía, en la que se conmemora el hecho de los dones que los Magos de Oriente ofrecieron al Niño de Belén.

Historia de la Navidad (III)

Historia de la Navidad

Octava de Navidad

Aunque la Navidad posea un carácter pascual, nunca tuvo una octava en sentido propio. Hasta el siglo VIII fue un privilegio exclusivo de la fiesta de la Resurrección del Señor ser celebrada durante ocho días, octava de Pascua. En ese siglo se atribuyó una octava a la fiesta de Pentecostés para la catequesis de los recién nacidos. Y a la Navidad, sin concedérsele una octava, sí se dotó a la fiesta con un día octavo. Éste día estuvo consagrado en un principio a honrar la maternidad divina de María y luego la circuncisión del Señor (Misal de San Pío V, año 1570). En la reforma litúrgica auspiciada por el Concilio Vaticano II volvió a ser el día 1 de enero una fiesta la Virgen: la solemnidad de Santa María, Madre de Dios.

Los tres días siguientes a Navidad eran populares, pues festejaban sucesivamente a san Esteban, protomártir; san Juan, apóstol y evangelista; y los santos Inocentes, y servían para honrar en las iglesias y monasterios a los diáconos (San Esteban), a los sacerdotes (San Juan) y a los estudiantes o monaguillos (Santos Inocentes). Estas fiestas se remontan al menos al siglo VI en Roma.

En la liturgia actual la Navidad tiene su octava, aunque un tanto peculiar, pues está ordenada de este modo: el domingo dentro de la octava (en su defecto, el día 30) celebra la fiesta de la Sagrada Familia; los días 26, 27 y 28 los santos ya mencionados; y los días 29, 30 y 31 son días infraoctavos; y el día 1 de enero, la Maternidad divina de la Virgen María, y también se conmemora la imposición del nombre de Jesús. La fiesta de la Sagrada Familia fue instituida por Benedicto XV en el año 1921 y vinculada a la octava de Navidad en 1969, en la reforma litúrgica del beato Pablo VI.

El tiempo de Navidad dura hasta la fiesta del Bautismo del Señor, e incluye la fiesta de la Epifanía del Señor, que se celebra el día 6 de enero en los lugares en que es festivo. De lo contrario, se hace el domingo siguiente al 1 de enero. En esta fiesta se acentúa la revelación de Cristo a los paganos, cuyas primicias son los Magos.

Cuando en el siglo VIII a la fiesta de Navidad se le dotó un día octavo de celebración, como réplica también a Epifanía se le dio otro día de celebración al octavo día, al que se vinculó la lectura del pasaje evangélico del bautismo del Señor. A partir del siglo XVIII, por influjo de las liturgias francesas se convirtió dicho día octavo en la fiesta del Bautismo del Señor. En 1960 esta fiesta entró en el Calendario Romano, celebrándose el 13 de enero, y en 1969 se trasladó al domingo posterior al 6 de enero o para el día siguiente si dicho domingo es el de Epifanía.

También el tiempo de Navidad había una fiesta que era la del Santísimo Nombre de Jesús, que se celebraba en el domingo que había entre el 1 y 6 de enero, y en su defecto, el día 2 de enero. En 1969 desapareció del Calendario Romano, pero con las últimas modificaciones del citado calendario hechas por san Juan Pablo II de nuevo aparece como memoria libre el día 3 de enero.

Evangelización de América (VI)

Organización territorial

Durante la época de la Evangelización hay que distinguir las siguientes divisiones eclesiásticas en el Continente americano:

a) Las diócesis. A lo largo del primer siglo de la Evangelización llegaron a existir 32 diócesis en toda América. La creación de estas diócesis sigue el ritmo y los pasos de la pacificación de los diversos territorios.

En su proceso se pueden ver tres etapas:

1ª etapa. Llamada la de aceleración (1511-1520), en la que surgen cinco obispados, todos ellos circunscriptos en la zona del Caribe.

2ª etapa. Denominada la de intensificación, en la que tras diez años de inactividad (sólo se erige una diócesis9, se crean diócesis en los grandes territorios conquistados. Esta etapa comprende los años del 1530 al 1548.

3ª etapa. Conocida por el nombre de la estabilización (552-1577), en la que sólo se añaden siete obispados a los ya existentes.

Las diócesis creadas durante el siglo XVI, contando con la de La Paz y la de Santa Cruz de la Sierra como una, ya que fueron erigidas en 1605 por desmembración de la diócesis de Charcas, y con la suprimida de Verapaz, estaban enclavadas:

4 en la Audiencia de Santo Domingo; 2 en la de Guadalajara; 5 en la de México; 5 en la Guatemala; 1 en la Panamá; 3 en la de Santa Fe; 2 en la de Quito; 5 en la de Lima; 3 en la de Charcas; y 2 en la de Chile.

Hasta 1546 el metropolitano de todas las diócesis americanas fue el arzobispo de Sevilla. El 11 de febrero de 1546 se crearon los arzobispados de Santa Domingo (Caribe, Florida y Norte de Venezuela), de México (Nueva españa y América Central) y de Lima (Panamá y resto de América del Sur), a los que en 1564 se les sumó el de Santa Fe.

En el momento de la Independencia eran ocho las sedes metropolitanas y treinta y seis las sufragáneas.

Como es lógico, al frente de cada diócesis estaba el obispo. Su nombramiento se realizaba siguiendo los trámites del derecho de presentación de que gozaba el Monarca español. Unas veces a iniciativa propia, y otras aceptando sugerencias de ultramar, el Consejo de Indias presentaba tres nombres al rey, que seleccionaba a la persona que consideraba más capacitada, cuyo nombre era propuesto a Roma, pues en última instancia era la Santa Sede quien realizaba el nombramiento.

Los criterios fundamentales de selección para los candidatos al episcopado eran tres: a) Formación teológica, por los problemas se le plantearían allende los mares; b) Su experiencia de gobierno, por las delicadas situaciones que tendría que afrontar; c) Su ejemplaridad de vida, porque tendrá que ejercer su labor pastoral entre cristianos recientes.

Los obispos en el ejercicio de su misión contaron con dos flancos especialmente delicados: a) las autoridades civiles, pues en sus relaciones entraba por medio el derecho de patronato, por lo que fueron frecuentes los roces; b9 las Órdenes religiosas, por la defensa a ultranza que hacían éstas de sus excepcionales privilegios, que recortaban sensiblemente las facultades episcopales.

Como dato significativo, desde 1511 hasta 1600 llegó a haber en América un total de 214 obispos, de ellos ninguno indio, nueve criollos y 142 procedentes de las distintas Órdenes religiosas.

Historia de la Navidad (II)

Historia de la Navidad

Las misas de Navidad

La fiesta de Navidad comporta en Occidente una característica única: se celebra

cuatro veces la misa. San Gregorio Magno (+ 604) empieza así su homilía sobre la Navidad: La generosidad del Señor nos permite hoy celebrar la misa tres veces. Es el testimonio más antiguo acerca de las tres misas, que hasta nuestros días han constituido una de las particularidades de la liturgia de Navidad: misa de medianoche, misa de la aurora, misa del día y, precediéndolas, la misa de la vigilia en la tarde del 24 de diciembre. Las tres misas de Navidad eran al principio propias de la liturgia papal.

Primitivamente la fiesta de Navidad sólo tenía la misa del día, que se celebraba en la basílica de San Pedro. Todavía era así en tiempo de san León Magno (+ 461). Pero inmediatamente después del concilio de Éfeso (año 431), que había reconocido a Santa María el título de Madre de Dios, en el mismo lugar que estuvo la iglesia que el papa Liberio mandó construir en honor de la Virgen, se había erigido en honor suyo una basílica en el monte Esquilino, Santa María la Mayor. Durante el pontificado de Sixto III (432-440) se introdujo la costumbre de celebrar otra misa a medianoche en dicha basílica. El citado papa había construido en este templo una capilla en honor del nacimiento de Jesucristo: era como una réplica de la gruta de Belén, a la que más tarde (siglo VI) fue enriquecida con reliquias del pesebre donde el Niño Dios fue envuelto en pañales. La misa de medianoche era presidida por el Romano Pontífice, y la hora de la celebración se debía a la costumbre que existía entre los cristianos de Jerusalén: éstos acudían a la basílica de Belén y pasaban la noche en plegaria junto a la gruta donde se veneraba la memoria del nacimiento del Señor.

El 25 de diciembre también se celebraba en Roma el aniversario de santa Anastasia en su basílica al pie del Palatino. Era fiesta para las autoridades bizantinas, que residían cerca de dicha basílica en los antiguos palacios imperiales. Con el fin de honrarlas, el Papa iba a celebrar la misa de santa Anastasia antes de trasladarse a San Pedro para la misa del día. Al cabo de cierto tiempo, aunque continuó celebrando la Eucaristía en la basílica del Palatino, el Papa usó formularios relacionados con la Natividad de Jesús y se limitó a hacer memoria de la santa titular. Fue la misa de aurora. De este modo los libros litúrgicos anunciaban sucesivamente para la tarde del 24 de diciembre la reunión o estación en Santa María la Mayor; para la noche la estación en la misma basílica, pero junto al pesebre; para la aurora la estación en Santa Anastasia; y para el día la estación en San Pedro. Cuando los libros de la liturgia papal se propagaron por Italia y más allá de los Alpes, y sobre todo cuando Carlomagno impuso su utilización en su imperio, las tres misas de Navidad fueron aceptadas por todo el Occidente. Pero hay que observar que tenían que celebrarse según el horario previsto. Fue un abuso introducir, en la época moderna, la celebración seguida de las tres misas. Actualmente las misas de Navidad se celebraban cada una a su hora.

La misa de medianoche se la conoce popularmente por la Misa del gallo. El motivo de esta denominación es porque solía caer ad galli cantus (al canto del gallo), de donde le quedó su sugestivo nombre que nada tiene que ver con el hecho de que en algunos países acostumbraran comer gallo al horno en la cena de Nochebuena.

Historia de la Navidad (I)

Historia de la Navidad

Origen

En la Iglesia primitiva sólo celebraba la fiesta de Pascua. El acontecimiento de la Resurrección de Cristo era -y es- celebrado en cada semana en el domingo, día del Señor; y anualmente, en la Pascua. Hasta el siglo IV no se introdujo la fiesta del Nacimiento del Señor. No se trataba entonces de conmemorar un aniversario en el sentido estricto de la palabra, pues no se sabe exactamente el día de la venida del Señor entre los hombres. Los Evangelios nos hablan del año (no lo dice explícitamente, mas se puede deducir), pero no del día en que nació Jesús. La finalidad de la celebración de la Natividad de Cristo fue la de cristianizar las fiestas paganas del solsticio de invierno, celebrada en Roma el 25 de diciembre y en Egipto el 6 de enero.

Las fiestas de Navidad y de Epifanía aparecieron por primera vez en el calendario cristiano a comienzos del citado siglo IV. La primera noticia histórica de la Navidad procede del Cronógrafo Romano copiado por Furio Dionisio Filócalo el año 354, aunque la redacción original se remonta al año 336. El Cronógrafo contiene la Depositio martyrum y la Depositio episcoporum de la Iglesia de Roma. Al principio de la Depositio martyrum está el primer testimonio de la fiesta de Navidad con la referencia: VIII kal. ian. natus est Christus in Betheleem Iudeae (el 25 de diciembre nació Cristo en Belén de Judea). Como la Depositio martyrum fue redactada en el 336, la celebración de la Navidad en Roma se remonta más o menos al año 330.

Era lógico que los cristianos quisieran celebrar el día en que nació el redentor. Pero, ¿por qué se eligió el 25 de diciembre como fecha del nacimiento de Cristo? Lo primero que hay que decir es que, a pesar de las investigaciones, no se sabe con certeza cuál pudo ser el motivo de la elección de ese día. Sin embargo hay varias hipótesis. Una de ellas es la siguiente: Contemporánea de la construcción de la basílica constantiniana de san Pedro, parece que primitivamente estaba localizada en el Vaticano, orientando hacia Cristo el homenaje que el pueblo romano tributaba en la misma colina a las divinidades de Oriente. La elección de la fecha y del lugar, las alusiones explícitas de los Padres al simbolismo de Cristo “sol de justicia” (Ml 4, 29 y “luz del mundo” (Jn 8, 12) no permiten dudar de la intención que tuvo la Iglesia: oponer una fiesta cristiana a la del Sol invictus, que era la última resistencia del paganismo. Además, la institución de una fiesta del Natale Christi en el día del Natalis Invicti encajaba con la gran idea sincretista de Constantino: el emperador, que había decretado enel 321 el carácter festivo del primer día de la semana (a la vez día del Sol y día del Señor), no podía dejar de favorecer el encuentro de los fieles de ambos cultos en la celebración anual del mismo día.

Una segunda hipótesis se basa en el cálculo de la fecha de la muerte de Cristo, pues según creencias antiguas, la creación del mundo, la concepción de Jesucristo y la muerte del Señor habían de coincidir en el equinoccio de primavera, y más en concreto con el 25 de marzo. Estimada la fecha de la muerte de Cristo y, por tanto, la de la encarnación, como la del 25 de marzo, el día del nacimiento del Señor se deduce sumando a la fecha de la concepción nueve meses, que no es otro que el 25 de diciembre.

Sobre el origen de la celebración de la Navidad hay también una hipótesis que se apoya en el objeto de la fiesta según las homilías de los Padres de la Iglesia, especialmente las de san León Magno (440-461). Este papa es el testigo más cualificado del sentido originario de la Navidad en la liturgia romana. La rápida difusión de la fiesta se explica más fácilmente por la necesidad de afirmar y difundir la fe auténtica en el misterio de la encarnación que por el afán de contrarrestar una fiesta pagana. No se puede olvidar el dato histórico de que los primeros concilios ecuménicos tuvieron que hacer frente a diversos errores cristológicos.

Y así el sentido de la fiesta romana de la Navidad es celebrar el aniversario del nacimiento, según la carne, de Jesucristo en Belén, honrando al Verbo encarnado y a su Madre, y evocando también los acontecimientos que lo acompañaron: la adoración de los pastores y de los Magos, y la muerte de los inocentes por el rey Herodes. Cuando Roma empezó a festejar el 6 de enero, trasladó a dicha fiesta el recuerdo de la adoración de los Magos, conservando sólo para el 25 de diciembre la celebración de la natividad de Jesús con la adoración de los pastores. La conmemoración del martirio de los Santos Inocentes tiene lugar el 28 de diciembre.

La difusión de la Navidad fue rápida. De hecho, en el siglo IV ya se había extendido por diversos lugares de Occidente, que pasa al Oriente: en el norte de África (año 360), en España (año 384), en Constantinopla (año 380), en Antioquía (año 386), en Capadocia (entre 370 y 378), etc., aunque no todas las iglesias la admitieron con la misma facilidad. En el siglo V los testimonios indican que la Navidad es una festividad casi universal (por ejemplo, hacia 430 ya se celebra en Egipto).

La fiesta de la Epifanía, cuyo nombre atestigua un origen oriental, corresponde a la misma intención de la Iglesia: la de cristianizar fiestas paganas. El 6 de enero estaba consagrado, en Egipto y Arabia, a las fiestas del solsticio, y el homenaje tributado al Sol victorioso iba acompañado de evocaciones mitológicas que procedían de los tiempos más primitivos. Fue en el siglo IV cuando la Iglesia comenzó a festejar en el 6 de enero la Epifanía del Señor. Parece ser que antes de que la Navidad arraigase en Oriente, la fiesta de la Epifanía celebraba la manifestación del Señor en sentido amplio, destacando su nacimiento y su bautismo; después, el bautismo de Cristo se convirtió en el objeto más importante y, frecuentemente único de la celebración. Aunque la fiesta nació en Oriente (y sin duda en Egipto), es en las Galias de donde procede el primer testimonio: la Epifanía era ya una gran fiesta en las Galias en el 361 puesto que, según Amiano Marcelino, el emperador Juliano el Apóstata, convertido interiormente al paganismo, todavía hizo profesión de cristianismo yendo a la iglesia el día del mes de enero que los cristianos celebran el nombre de Epifanía. Para que la Epifanía oriental fuera tradicional en las Galias hacia el año 360, sus orígenes tuvieron que ser más o menos contemporáneos de los de la Navidad romana.

En Occidente, donde la Navidad es anterior, la Epifanía celebraba originariamente tres misterios: la visita de los Magos, el bautismo de Jesús y las bodas de Caná. Sin embargo, la Iglesia romana puso el acento sobre la visita de los Magos, entendida como manifestación de la divinidad de Jesús.

V Centenario de la Reforma luterana: No celebración, pero tampoco conmemoración

Con motivo del V Centenario del comienzo de la Reforma luterana se está hablando de conmemorar, haciéndose hincapié que no es celebración. Pero, ¿qué diferencia hay entre celebrar y conmemorar? En el Diccionario de la lengua española de la Real Academia Española, en su vigésimotercera edición, la última por ahora, el significado de la palabra conmemoración, es en su primera acepción: Acción y efecto de conmemorar. La segunda acepción es: En la liturgia católica, memoria que se hace de un determinado santo en una celebración de rango superior. Es de suponer que se habla de su primera acepción. Pero, ¿qué es conmemorar? También hay dos acepciones en el diccionario para este verbo. La primera es: Recordar solemnemente algo o a alguien, en especial con un acto o un monumento. Y la segunda: Celebrar una fecha importante. De aquí que conmemorar es lo mismo que celebrar. Es pues algo que se debiera tener en cuenta al utilizar estas palabras que son sinónimas.

Hay quienes pretenden justificar la actitud de Martín Lutero por la situación de la Iglesia en su época. Pero reformar no es destruir, sino mejorar, que es lo que hizo el papa san Gregorio VII después del siglo de hierro. Peores cosas se han visto en el siglo XX en la Iglesia con motivo de los años postconciliares, con grandes abusos en la liturgia, que mejor es no calificarlos, y en el tema dogmático se dijeron auténticas herejías, con la negación de muchas verdades de la fe, y el asunto doloroso y espinoso de los abusos de menores por parte de una pequeña minoría de eclesiásticos en algunos sitios. Es verdad que esto no ha sido algo generalizado, como tampoco el mundo eclesiástico de la época de Lutero estaba totalmente corrompido. En la época del Renacimiento hubo personas santas que han sido canonizadas por la Iglesia.

El tema de Lutero es delicado y de hecho hiere ciertas sensibilidades, pero por esto no se puede negar la realidad de que Lutero fue pertinaz en el error, y esto fue la verdadera causa de que en la Iglesia se produjera la ruptura, el cisma. Lutero se erigió en reformador de algunos abusos que, por desgracia, se habían introducido en la Iglesia, pero confundiendo la disciplina con el dogma, escribió contra el purgatorio, contra el culto de los santos y contra el libre albedrío. Combatió, además, la validez de los votos monásticos, el celibato de los clérigos, el ayuno, la abstinencia, la confesión, etc., y redujo el número de los sacramentos a dos: el Bautismo y la Eucaristía. También defendió el libre examen en sustitución de la autoridad de la Iglesia para la interpretación de la Biblia.

La actuación de Roma fue en todo momento correcta. A Lutero se le dio todas las oportunidades para que se retractara de sus errores, además cuando se anunció la celebración de un concilio, rechazó acudir a él. Sólo cuatro años después de poner Lutero las 95 tesis en la puerta de la iglesia de Wittebenrg se publicó la bula Decet Romanum Pontificem, que le excomulgaba. ¿Y qué es lo que tenía que comprender la jerarquía católica? ¿Los errores de Lutero? ¿O su actitud desafiante a Roma?

En ningún caso podía aceptar la doctrina de Martín Lutero, que resumo a continuación: a) La Sagrada Escritura es la única fuente de Revelación divina. La interpretación la hace cada cristiano como le parezca. Por tanto no tiene ningún valor la Tradición y el Magisterio de la Iglesia. b) El Primado del Papa es una invención de los hombres. c) El pecado original ha corrompido totalmente al ser humano. Por eso hombre no es libre para obrar el bien, ya que su naturaleza humana está totalmente corrompida. d) Los Sacramentos solamente son símbolos de la gracia, sin producirla. Son únicamente dos: El Bautismo, que disimula el pecado original sin quitarlo, y la Eucaristía. Lutero mantiene la presencia real del Cuerpo y la Sangre de Cristo en la celebración eucarística, aunque no el carácter sacrificial de esta celebración. e) La salvación nos viene sólo por la fe. Puesto que el hombre es incapaz de hacer buenas obras, éstas son inútiles para su salvación. Para salvarse sólo es necesario tener fe en Jesucristo. Esta tesis se conoce como doctrina de la sola fe. f) El culto a la Virgen y a los santos es ilícito porque el único mediador entre Dios y los hombres es Jesucristo.

Evangelización de América (V)

Las Órdenes religiosas en la Evangelización de América y su propagación por el Nuevo Mundo (Siglo XVI)

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En Chile, la evangelización se inició muy pronto, con las primeras exploraciones. Las Órdenes religiosas se establecieron inmediatamente. Los mercedarios llegaron en 1550, los dominicos -a ruegos de Felipe II- estaban ya en Santiago a finales de 1577 y crearon la provincia de chile, Argentina y Paraguay.

En 1563 los franciscanos -establecidos en Chile desde 1552- fundaban convento en Santiago, aunque no se organizaron en provincia religiosa independiente hasta 1572. En 1593 llegaron los jesuitas, y dos años más tarde los agustinos.

Las dificultades para la cristianización de Chile fueron enormes. A las normales de escasez de claro y otras semejantes, habría de añadir la pobreza del territorio y la terrible guerra de los araucanos que comenzó en 1553.

Evangelización de América (IV)

Las Órdenes religiosas en la Evangelización de América y su propagación por el Nuevo Mundo (Siglo XVI)

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En Perú la evangelización comienza al mismo tiempo que la conquista. Pizarro llevó consigo a dos sacerdotes, el religioso dominico fray Vicente Valverde (que fue el primer obispo de Cuzco), y al clérigo secular Juan de Sosa. La cristianización, llevada por las Órdenes religiosas, se extendió rápidamente. En 1535 los mercedarios -llegados en los comienzos de la conquista- iniciaron su labor misionera en San Miguel de Piura, y desde allí se fueron hacia el sur. En 1539, avanzando hacia el norte, llegaron a Pasto. En 1556 erigieron la provincia de Cuzco, abarcando tierras de Perú, Bolivia, Norte de Argentina y Paraguay; tenían entonces 16 conventos y 17 doctrinas, con 114 sacerdotes. Más tarde fundaron la provincia de San Miguel de Lima, que a fines del siglo XVI tenían 161 sacerdotes en 13 conventos y 47 doctrinas.

Los franciscanos, establecidos en Lima desde 1535, se extendieron por todo el territorio, desde Quito (1538) hasta Potosí (1547). En 1553 tenían ya 18 casas desde Tierra Firme hasta Tucumán.

Los dominicos, llegados a Lima en 1532, centraron su actividad en la Ciudad de los Reyes y a sus alrededores y desde allí pasaron a misionar las regiones de Quito (1540), de la Paz y de La Plata.

Aunque en un principio sólo se dedicaron a evangelizar a los indios, más tarde, también trabajaron en las ciudades al aumentar la población española.

Los agustinos se desplegaron desde 1550 en dirección casi simultánea a Quito (1563) y a Cuzco – Arequipa.

Los jesuitas llegaron a Perú en 1568 y se instalaron en Lima, y después en Cuzco (1571), a donde los llevó el virrey Francisco de Toledo. Sucesivamente fundaron en Potosí (1574), Juli (1577) y Arequipa (1578). En 1601 tenían en Perú 150 sacerdotes, 80 de los cuales conocían las lenguas indígenas.

Tucumán fue una prolongación del Perú, mientras que el resto del Río de la Plata constituyó un foco evangelizador independiente, con su centro en Asunción.

Evangelización de América (III)

Las Órdenes religiosas en la Evangelización de América y su propagación por el Nuevo Mundo (Siglo XVI)

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La Orden franciscana a finales del siglo XVI estaba organizada en cinco provincias religiosas. Dato importante fue la creación de Colegios apostólicos para la formación de sus misioneros.

Los dominicos llegaron a México en julio de 1526. Eran ocho, pero sólo tres pudieron sobrevivir. Su expansión, de centro a sur hasta llegar a Guatemala, abarca dos polos de importancia desigual: valle de México y región mixtecozapoteca. Durante el siglo VI constituyeron cuatro provincias en Nueva España.

En 1533 se establecieron los agustinos, que siguieron tres rutas de expansión: 1) en dirección nordeste de la capital de Nueva España (Huasteca); 2) en dirección sur (Estado de Guerrero); y 3) la región de Toluca (Michoacán).

En 1572 llegaron los jesuitas. Comenzaron su acción evangelizadora en el nordeste de Nueva España. Establecieron misiones en el último decenio del siglo XVI en Sinaloa (1591) y Tepehuanes (1596), al NO mexicano, entre chichimecas.

Un último dato sobre el establecimiento de los misioneros en el antiguo imperio azteca: hacia 1570 había 74 conventos de franciscanos, 39 de dominicos y 40 de agustinos.

En Florida las primeras expediciones habían llevado consigo algunos misioneros de diversas Órdenes religiosas (trinitarios, franciscanos y dominicos), que trabajaron con dificultades para la sistematización de una evangelización ordenada de todos aquellos nativos sin conseguir la estabilización de su labor. En 1573 llegaban al territorios religiosos franciscanos que consiguieron establecerse de manera definitiva.

En América Central, Yucatán fue un floreciente centro de misiones franciscanas (1547), Guatemala fue de mercedarias (1536), franciscanas (1541) y dominicas (1537-50), mientras que Nicaragua fue evangelizada por franciscanos desde 1527 y por losa mercedarios desde 1528.

En la costa septentrional de Venezuela, después de los fallidos intentos de 1515-21, hubo tres focos estables de evangelización realizada por los dominicos: 1) Santa marta (1529); 2) Coro (1531), que sirvió de base para su expansión hasta el sureste; Cartagena de Indias (1534), de donde se inició la penetración misionera hacia el Sur y hacia el Oeste.

Con la llegada de los franciscanos y dominicos a Santa Fe de Bogotá (1550), esta ciudad se convirtió en base para la evangelización de Nueva Granada, en la que también intervinieron los agustinos a partir de 1575, los mercedarios, que llegaron en el año 1580, y los jesuitas, establecidos desde 1599.

Evangelización de América (II)

Las Órdenes religiosas en la Evangelización de América y su propagación por el Nuevo Mundo (Siglo XVI)

(1)

La obra de cristianización de los territorios del Nuevo Mundo fue realizada principalmente por los religiosos. Desde 1493, un año después del Descubrimiento, estaban ya en América los franciscanos y los mercedarios; en 1510 llegaron los dominicos; después, en 1532, los agustinos y, finalmente, a partir de 1566, los hijos de san Ignacio de Loyola.

A estas cinco Órdenes se las considera y denomina Órdenes misioneras americanas, no porque se limitaran a la evangelización, sino porque el peso de esta última recayó casi exclusivamente en ellas.

Los religiosos adoptaron dos sistemas para llegar al Continente americano. Uno, previa selección y autorización del Consejo de Indias, era en calidad de misioneros. Desde 1493 a 1600 unos 5.428 religiosos realizaron el viaje por este sistema. Durante los siglos XV y XVI se realizaron 415 expediciones de misioneros a América bajo el mando de un superior y con destino preferente a territorios sin cristianizar o en vías de cristianización. Los gastos del viaje corrían por cuenta de la Real Hacienda, pues con la concesión a la Corona española por parte de la Santa Sede del derecho de patronato sobre la Iglesia en América estaba la obligación de enviar misioneros.

El otro sistema, sin carácter de misioneros y, por lo mismo, sin necesidad de aprobación del Consejo de Indias y sin gozar de la subvención regia. De esta forma se trasladaron a América durante el siglo XVI un número de religiosos no definido, aunque inferior al de los misioneros. El grupo de los no misioneros se dirigían a territorios ya evangelizados, cuya labor consistía en la actividad pastoral entre población ya cristiana.

La inmensa mayoría de los religiosos embarcados eran españoles. Sólo enel grupo de los misioneros habían 70 no españoles. Casi todos eran sacerdotes. Entre los que iban a misiones, sólo figuraban 118 estudiantes y 95 hermanos o coadjutores.

La evangelización y sus primeras experiencias misionales comenzaron en las Antillas. En 1493 llegaron a La Española los primeros misioneros -franciscanos y mercedarios-, que evangelizaron esta isla y las restantes del Caribe, donde también estuvieron los dominicos a partir de 1510.

Sería en las Antillas donde surgieron graves problemas misionales, entre otros, la rápida extinción de los indios. Hacia 1520 se calcula que vivían en La Española solamente 16.000 indios, de cerca del millón que debió haber en 1492. Esta mortandad atribuida en un principio a los abusos y brutalidades de los colonizadores, hoy se explica más bien -sin negar aquellos excesos- por los efectos del contacto entre dos razas tan distintas propicio para la transmisión de virus que originaban epidemias para las cuales no había inmunización ni defensas naturales.

A pesar de estos problemas iniciales, la empresa de evangelización se inició con muy buenos augurios.

Desde La española como base se hicieron tres intentos para una cristianización pacífica del norte de Venezuela: en 1514 por los dominicos en Cunamá; en 1515-20 por los franciscanos en el mismo sitio y por los dominicos en la zona próxima de Chichirivichi; y en 1521 por religiosos de ambas órdenes, de nuevo en Cunamá. Los tres intentos fracasaron por la sublevación de los indios.

Un segundo foco de irradiación evangelizadora fue Darién (Panamá9, donde desde 1514 los hijos de san Francisco y de santo Domingo misionaron territorios limítrofes.

A partir de 1521 empieza la evangelización de Nueva España, con la llegada de los franciscanos, aunque el mercedario P. Olmedo puede ser considerado como el primer apóstol de Nueva españa. Acompañó a Hernán Cortés en la conquista y murió en 1524. El 13 de agosto llegaron procedentes de Flandes, los primeros franciscanos: eran los sacerdotes belgas Juan Dekkers, Juan de Amberes y el lego Pedro de Gante. Los dos primeros acompañaron a Cortés en su malograda expedición a Honduras (octubre 1524). El lego Pedro residió en México el resto de su vida llegando a ser figura destacada en la historia eclesiástica y civil de Nueva España.

La evangelización ordenada y metódica comenzó con la llegada de los “doce” -18 de junio de 1524- dirigidos por fray Martín de Valencia. Pronto serían centenares, que abarcaron casi todo el territorio mexicano, convirtiéndolo en el campo más brillante de toda la evangelización americana. Poco después llegaron las otras Órdenes y, para facilitar la labor evangelizadora, se dividieron el territorio tomando la ciudad de México como centro: los agustinos se situaron al NO y al S; los dominicos, al SE; y los franciscanos al N y NE, llegando también al Yucatán. Cuando arribaron los jesuitas les fue encomendada la zona del extremo nordeste del México actual.

La Orden franciscana a finales del siglo Xvi estaba organizada en cinco provincias religiosas. Dato importante fue la creación de Colegios apostólicos para la formación de sus misioneros.

Los dominicos llegaron a México en julio de 1526. Eran ocho, pero sólo tres pudieron sobrevivir. Su expansión, de centro a sur hasta llegar a Guatemala, abarca dos polos de importancia desigual: valle de México y región mixtecozapoteca. Durante el siglo VI constituyeron cuatro provincias en Nueva España.

En 1533 se establecieron los agustinos, que siguieron tres rutas de expansión: 1) en dirección nordeste de la capital de Nueva España (Huasteca); 2) en dirección sur (Estado de Guerrero); y 3) la región de Toluca (Michoacán).

En 1572 llegaron los jesuitas. Comenzaron su acción evangelizadora en el nordeste de Nueva España. Establecieron misiones en el último decenio del siglo XVI en Sinaloa (1591) y Tepehuanes (1596), al NO mexicano, entre chichimecas.

Un último dato sobre el establecimiento de los misioneros en el antiguo imperio azteca: hacia 1570 había 74 conventos de franciscanos, 39 de dominicos y 40 de agustinos.