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Meditación en la fiesta del apóstol San Simón

Hoy, en nuestro rato de oración, vamos a considerar la figura de uno de los apóstoles de Cristo. No es de los más conocidos, sino todo lo contrario. Sólo aparece en el Nuevo Testamento en las listas de los Doce. Por tanto, las noticias que se refieren a él hay que buscarlas en escritos no bíblicos y en la Tradición. La Iglesia celebra su fiesta juntamente con san Judas Tadeo. Según cuenta la Tradición, ambos apóstoles predicaron la doctrina de Cristo en Egipto, Mesopotamia y Persia, llevando la fe a una muchedumbre de personas e ilustrando al mismo tiempo, con glorioso martirio, el santísimo nombre de Jesucristo.

En los evangelios de san Mateo y de san Marcos, Simón recibe el apelativo de Cananeo, y san Lucas, tanto en su evangelio como en el libro de los Hechos de los Apóstoles lo apoda el Zelotes. Que se le conociera como el Cananeo indica que era natural de Caná de Galilea, e incluso algunos autores lo identifican con el novio de las bodas que se celebraron en aquella localidad en las cuales Cristo convirtió el agua en vino. Para Benedicto XVI, los dos calificativos (Cananeo y Zelota) son equivalentes, pues significan lo mismo: en hebreo, el verbo qanà´ significa “ser celoso, apasionado” y se puede aplicar tanto a Dios, que es celoso del pueblo que eligió, como a los hombres que tienen celo ardiente por servir al Dios único con plena entrega, como Elías (Discurso 11.X.2006).

Efectivamente, en el libro del Éxodo se lee: Entonces Dios dijo todas estas palabras: “Yo soy Yavé, tu Dios, el que te sacó de Egipto, país de la esclavitud.  No tendrás otros dioses fuera de mí.  No te harás estatua ni imagen alguna de lo que hay arriba, en el cielo, abajo, en la tierra, y en las aguas debajo de la tierra. No te postres ante esos dioses, ni les sirvas, porque yo, Yavé, tu Dios, soy un Dios celoso. Yo pido cuentas a hijos, nietos y biznietos por la maldad de sus padres que no me quisieron” (Ex 20, 2-5). Y en el primer libro de los Reyes: Y le llegó una palabra de Yavé: “¿Qué haces aquí, Elías?” Él respondió: “Ardo de amor celoso por Yavé, Dios de los Ejércitos, porque los israelitas te han abandonado, han derribado tus altares y han muerto a espada a tus profetas. Sólo quedo yo, y me buscan para quitarme la vida” (1 R 19, 10).

Vamos a comentar estos dos textos bíblicos, y después seguiremos con san Simón. En primer lugar, Dios espera del hombre correspondencia a su amor. Amor con amor se paga. El amor de Dios al hombre, manifestado con plenitud en la cruz, se puede describir con el término ágape, es decir, amor oblativo, que busca exclusivamente el bien del otro, pero también con el término eros, que es el amor de quien desea poseer lo que le falta y anhela la unión con el amado. ¿Cómo puede ser eros el amor de Dios? ¿Acaso el hombre puede dar a Dios algo bueno que Él no posea ya?

En el Mensaje para la Cuaresma 2007 de Benedicto XVI, encontramos la respuesta. Todo lo que la criatura humana es y tiene es don divino: por tanto, es la criatura la que tiene necesidad de Dios en todo. Pero el amor de Dios es también eros. En el Antiguo Testamento el Creador del universo muestra hacia el pueblo que ha elegido una predilección que trasciende toda motivación humana. El profeta Oseas expresa esta pasión divina con imágenes audaces como la del amor de un hombre por una mujer adúltera; Ezequiel, por su parte, hablando de la relación de Dios con el pueblo de Israel, no tiene miedo de usar un lenguaje ardiente y apasionado. Estos textos bíblicos indican que el eros forma parte del corazón de Dios: el Todopoderoso espera el “sí” de sus criaturas como un joven esposo el de su esposa.  

Dios ama al hombre, pero, por desgracia, desde sus orígenes, la humanidad, seducida por el Maligno, se ha cerrado al amor de Dios, con el espejismo de una autosuficiencia imposible. Dios, sin embargo, no se dio por vencido, es más, el “no” de la criatura fue como el empujón decisivo que le indujo a manifestar su amor en toda su fuerza redentora. En el sacrificio de la cruz Dios sigue proponiendo su amor, su pasión por el hombre, la fuerza que, como dice el Pseudo Dionisio, “impide al amante permanecer en sí mismo, sino que lo impulsa a unirse al amado”. Dios viene a “mendigar” el amor de su criatura (Benedicto XVI, Homilía 29.III.2007). En el Calvario, con la muerte de Cristo en la Cruz, se manifiesta el eros de Dios por nosotros. Claramente, Dios es celoso.

¿Cómo es nuestra correspondencia al amor de Dios? ¿Podemos responder como el profeta Elías? ¿Ardo de amor celoso por Dios? Que cada uno responda en su interior estas preguntas, teniendo en cuenta que al amor ya conocido de Dios no se puede responder de otro modo que con amor. La fe es en cierto modo una declaración de amor a Dios. El hablar de Dios al hombre conduce al creyente a hablarle a Dios, es decir, a la oración, que es la forma más importante de expresar la fe.

San Simón tuvo un celo ardiente por servir al Evangelio, por extender el Reino de Dios. Fue un enamorado del Señor. Supo corresponder al amor que Jesús le mostró al elegirle para formar parte del grupo de los Apóstoles.

Es muy posible que este apóstol, si no pertenecía propiamente al movimiento nacionalista de los zelotas, al menos se distinguiera por un celo ardiente por la identidad judía y, consiguientemente, por Dios, por su pueblo y por la Ley divina. Si es así, Simón está en las antípodas de Mateo que, por el contrario, como publicano procedía de una actividad considerada totalmente impura. Es un signo evidente de que Jesús llama a sus discípulos y colaboradores de los más diversos estratos sociales y religiosos, sin exclusiones. A Él le interesan las personas, no las categorías sociales o etiquetas (Benedicto XVI, Discurso 11.X.2006).

Y es hermoso que en el grupo de los seguidores del Señor, todos, a pesar de ser diferentes, convivían juntos, superando las imaginables dificultades: de hecho, Jesús mismo es el motivo de cohesión, en el que todos se encuentran unidos. Esto constituye claramente una enseñanza para nosotros, que con frecuencia tendemos a poner de relieve las diferencias y quizá las contraposiciones, olvidando que en Jesucristo se nos da la fuerza para superar nuestros conflictos. Siempre hay que ver y considerar lo que nos une. Y lo que une con todos los cristianos es el amor a Jesús. Pero también debemos considerar que nos une a todos los seres humanos el hecho de ser hijos de Dios.

Conviene también recordar que el grupo de los Doce es la prefiguración de la Iglesia, en la que deben encontrar espacio todos los carismas, pueblos y razas, así como todas las cualidades humanas, que encuentran su armonía y su unidad en la comunión con Jesús (Benedicto XVI, Discurso 11.X.2006). Y en el apostolado, nos decía nuestro Padre, de cien nos interesan los cien. En el Cielo, allí iremos por la infinita misericordia de Dios, nos encontraremos con una muchedumbre grande, que nadie podrá contar, de toda nación, tribu, pueblo y lengua. No olvidemos nunca que la Redención es universal, que Cristo ha muerto por la salvación de todos los hombres.  

El mandato del Señor: Id por todo el mundo y predicad el Evangelio a toda criatura (Mc 16, 15) fue cumplido por los Apóstoles. Ellos fueron testigos de la vida y de las enseñanzas de Jesús, y transmitieron con toda fidelidad la doctrina que había oído y los hechos que habían visto. No se dedicaron a difundir teorías personales, ni remedios sacados de la propia experiencia: Os hemos dado a conocer el poder y la venida de nuestro Señor Jesucristo, no siguiendo fábulas ingeniosas, sino porque hemos sido testigos oculares de su majestad (2 P 1, 16), escribe san Pedro en la segunda de sus cartas. Y san Juan repite con insistencia que anuncia lo que ha visto y oído: Lo que existía desde el principio, lo que hemos oído, lo que hemos visto con nuestros ojos, lo que contemplamos y palparon nuestras manos acerca del Verbo de la Vida (…) os lo anunciamos a vosotros (1 Jn 1, 1.3).

Y san Lucas, al comienzo de su evangelio, afirma que lo que va a contar ordenadamente de los sucesos de la vida del Señor está en  conformidad con lo que fue referido por los que fueron testigos de vista. Por tanto, los Apóstoles, escogidos por el Señor para ser fundamento de su Iglesia, cumplieron el mandato de presentar a judíos y gentiles, por medio de la predicación oral, el testimonio de lo que habían visto y oído: el cumplimiento en Jesucristo de las promesas del Antiguo Testamento, la remisión de los pecados, la filiación adoptiva y la herencia del Cielo ofrecida a todos los hombres. Por esto, la predicación apostólica puede llamarse evangelio, la buena nueva que Dios comunica a los hombres por medio de su Hijo.

La voz de los Apóstoles es el eco diáfano de las enseñanzas de Jesús, que resonará hasta el fin de los siglos. Pero el Señor cuenta con nosotros para difundir su doctrina. Juan Pablo II, en un encuentro don los jóvenes, decía con fuerza: No tengáis miedo de salir a las calles y a los lugares públicos, como los primeros Apóstoles que predicaban a Cristo y la buena nueva de la salvación en las plazas de las ciudades, de los pueblos y de las aldeas. No es tiempo de avergonzarse del Evangelio. Es tiempo de predicarlo desde los terrados. No tengáis miedo de romper con los estilos de vida confortables y rutinarios, para aceptar el reto de dar a conocer a Cristo en la metrópoli moderna. Debéis ir a “los cruces de los caminos” e invitar a todos los que encontréis al banquete que Dios ha preparado para su pueblo. No hay que esconder el Evangelio por miedo o indiferencia. No fue pensado para tenerlo escondido. Hay que ponerlo en el candelero, para que la gente pueda ver su luz y alabe a nuestro Padre celestial (Homilía 15.VIII.1993).

San Simón, como el resto de los Apóstoles, tuvo la inmensa suerte de aprender de labios del Maestro la doctrina que luego enseñó. Compartió con Jesús alegrías y tristezas. Muchas cosas las aprendió en la intimidad de la conversación del Maestro con sus discípulos. Tenía presente el deseo del Señor: Lo que yo os digo en la oscuridad, decidlo a la luz, lo que os digo al oído, predicadlo sobre los terrados (Mt 10, 27). Igualmente nosotros, para hacer apostolado necesitamos del trato íntimo con Cristo, conocer bien la Sagrada Escritura y el Magisterio de la Iglesia.

Los Apóstoles estuvieron con Jesús en las fatigas del apostolado, en el descanso cuando el maestro les enseñaba con voz pausada los misterios del Reino, en las caminatas agotadoras bajo el sol o soportando las inclemencias del tiempo… Compartieron con Él las alegrías cuando las gentes respondían a su predicación, y las penas al ver la falta de generosidad de otros para seguir a Cristo.

Pidamos a san Simón que nos ayude a conocer y a amar cada día más al Maestro, al mismo que él siguió un día, y que fue el centro sobre el que se orientó toda su vida. También acudimos a Santa María, Reina de los Apóstoles, para esté siempre junto a nosotros en nuestra tarea apostólica como lo estuvo junto a los Apóstoles de su divino Hijo.

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San Basilio Magno y san Gregorio Nazianceno

Memoria de san Basilio Magno y san Gregorio Nazianceno, obispos y doctores de la Iglesia. Basilio, obispo de Cesarea de Capadocia, actual turquía, apodado “Magno” por su doctrina y sabiduría, enseñó a los monjes la meditación de la Escritura, el trabajo en la obediencia y la caridad fraterna, ordenando su vida según las reglas que él mismo redactó. Con sus egregios escritos educó a los fieles y brilló por su trabajo pastoral en favor de los pobres y de los enfermos. Falleció el día uno de enero del año 379. Gregorio, amigo suyo, fue obispo de Sancina, en Constantinopla, y finalmente de Nacianzo. Defendió con vehemencia la divinidad del Verbo, y mereció por ello ser llamado “Teólogo”. La Iglesia se alegra de celebrar conjuntamente la memoria de tan grandes doctores. (Del Martirologio Romano).