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Carta del papa Celestino VI a los padres y madres de hoy

Un texto inédito en español

Giovanni Papini (1881-1956) escribió un libro tremendo (terrible, digno de respeto y reverencia), titulado “Cartas del papa Celestino VI a los hombres”. Un dominico, José Antonio Solórzano, investigando en New York, descubrió el 8 de agosto de 1987 esta página que por culpa de la censura no figura en la edición española publicada por Aguillar en 1950.

Al ritmo que van las cosas, poco pueden esperar de sus hijos. Se les nota a la deriva, despistados. Parecen tristes y vacíos. Lo tienen casi todo, pero les falta lo fundamental. Sus hijos ya no saben rezar ni siente necesidad de religarse y relacionarse con Dios.

Desconocen el misterio -el misterio hay que contemplarlo admirativamente, no desentrañarlo, pues todo amor desmenuzado ya no es amor-. No tienen un mínimo de cultura cristiana para entender siquiera algo de las coordenadas de la historia, del arte, de la vida. Sus hijos están rodeados de todos los innumerables cachicavhes tecnológicos del mercado último, pero no sueñan,  no imagunan, no esperan. Sus hijos ya no tienen estrellas, lejanas estrellas, que invitan a la admiración y al respeto.

Sus hijos son tan prácticos que servirán -¿servir?, ¿conocen el verbo servir?- para pocas cosas. Son “tan suyos” que no serán de nadie. ¿Es de ellos la culpa? ¿Les enseñaron a orar? ¿Les acostumbraron a extasiarse, a asombrarse, a sorprenderse para comenzar a entender? ¿Les indujeron a creer? ¿Les contaron cuentos, historias, leyendas? ¿Perdieron el tiempo con ellos para poder ganarlo, para poder ganarles? ¿Les motivaron a servir y a compartir? ¿Les señalaron pistas, les indicaron caminos? ¿Alentaron sus sueños e ilusiones? ¿Corrigieron sus fallos? ¿Acompañaron sus pasos hacia el descubrimiento de sí mismos, de los demás, de Dios, de la vida humana y cristiana?

Sí, algunos de sus hijos serán luz encima del candelero y aliento fraterno para otros… aunque a ustedes no les guste o no les hayan preparado para ello, porque los caminos de Dios no son nuestros caminos. Pero la mayoría de sus hijas e hijos, permanecerán sordos a la llamada de Dios, porque ustedes taponaron sus oídos, aturdieron su interior con ruidos, con otras voces, otros intereses. Será -lo es ya- una lástima comprobar cómo todo a nuestro alrededor se vuelve más oscuro, más triste, y ellos serán menos felices porque ustedes pusieron sordina a la voz de Dios.