Archivo de la categoría: Hacia los altares

Guadalupe Ortiz de Landázuri (VII)

Buscó la santidad en el ejercicio de su profesión

Guadalupe vivió con la mirada puesta en Dios, diciéndole como el salmista: “¡Dame a conocer el camino que he de seguir!” El Señor contestó a su ruego, y toda su vida no fue otra cosa que cumplir con lo que Dios le fue pidiendo a través de su vocación al Opus Dei: buscar la santidad en las tareas y ocupaciones de la vida ordinaria en medio del mundo. No tuvo otra meta que vivir con fidelidad el espíritu de la Obra, por eso llenó su tiempo de trabajo bien hecho, cara a Dios. Cuando en 1940 se licenció en Ciencias Químicas en Madrid, como le entusiasmaba su carrera y le gustaba la investigación, pensó en dedicarse a la docencia universitaria.

Por su gran capacidad de concentración, realizó el trabajo intelectual con facilidad y el tiempo le cundía mucho. Pero su actividad profesional no se limitó a la química y a la docencia, pues desarrolló una gran variedad de actividades laborales: se ocupó también de trabajos referentes a la puesta en marcha y dirección de residencias universitarias, centros de capacitación para la mujer, actividades educativas con métodos pedagógicos avanzados, atención de Administraciones domésticas de Centros del Opus Dei, tareas de gobierno y de formación a distintos niveles… tanto en España como en México. Se puede decir que hizo realidad lo que escribió san Josemaría: “Las tareas profesionales -también el trabajo del hogar es una profesión de primero orden- son testimonio de la dignidad de la criatura humana; ocasión de desarrollo de la propia personalidad; vínculo de unión con los demás; fuente de recursos; medio de contribuir a la mejora de la sociedad, en la que vivimos, y de fomentar el progreso de la humanidad entera…” (1).

Afrontó y asumió los cambios de ocupaciones con la ilusión de servir y el deseo que recogen las palabras de Surco: “Cargos… ¿arriba o abajo? -¡Qué más te da!… Tú -así lo aseguras- has venido a ser útil, a servir, con una disponibilidad total: pórtate en consecuencia” (2). Muchos testimonios reflejan su modo de trabajar, con perfección y rectitud, de cara a Dios. Entre otros:

tenía una fuerza de ánimo extraordinaria. Su optimismo le llevaba a mirar siempre más allá, hacia delante, a lo que quedaba por hacer… y siempre creía que no hacía lo suficiente…;

tenía la responsabilidad de que las cosas funcionaran bien en todos los sitios y por lo mismo, cuando era necesario, nos hacía ver lo que no estaba bien, para que nos corrigiésemos, y lo hacía con mucho cariño y delicadexza;

vivía para las demás. En el trabajo, a pesar del desorden que produce “vivir para los demás”, era muy metódica, aprovechando muy bien el tiempo, con alegría y sentido del humor.

En 1957 fue intervenida quirúrgicamente de una grave estenosis mitral y su salud quedó seriamente limitada. Sin embargo, siguió desarrollando una gran actividad; su cardiopatía pasaba inadvertida a quienes la trataban fuera de su intimidad. No solía hablar de su dolencia y nuca perdió la fuerza de ánimo y el optimismo: se puede decir que no se detuvo hasta que no pudo más y ese día fue el último de su vida.

***

(1) San Josemaría Escrivá de Balaguer, Forja, n. 702, ed. Rialp, Madrid 1987

(2) San Josemaría Escrivá de Balaguer, Surco, n. 705, ed. Rialp, Madrid 1986

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Guadalupe Ortiz de Landázuri (VII)

Buscó la santidad en el ejercicio de su profesión

Guadalupe vivió con la mirada puesta en Dios, diciéndole como el salmista: “¡Dame a conocer el camino que he de seguir!” El Señor contestó a su ruego, y toda su vida no fue otra cosa que cumplir con lo que Dios le fue pidiendo a través de su vocación al Opus Dei: buscar la santidad en las tareas y ocupaciones de la vida ordinaria en medio del mundo. No tuvo otra meta que vivir con fidelidad el espíritu de la Obra, por eso llenó su tiempo de trabajo bien hecho, cara a Dios. Cuando en 1940 se licenció en Ciencias Químicas en Madrid, como le entusiasmaba su carrera y le gustaba la investigación, pensó en dedicarse a la docencia universitaria.

Por su gran capacidad de concentración, realizó el trabajo intelectual con facilidad y el tiempo le cundía mucho. Pero su actividad profesional no se limitó a la química y a la docencia, pues desarrolló una gran variedad de actividades laborales: se ocupó también de trabajos referentes a la puesta en marcha y dirección de residencias universitarias, centros de capacitación para la mujer, actividades educativas con métodos pedagógicos avanzados, atención de Administraciones domésticas de Centros del Opus Dei, tareas de gobierno y de formación a distintos niveles… tanto en España como en México. Se puede decir que hizo realidad lo que escribió san Josemaría: “Las tareas profesionales -también el trabajo del hogar es una profesión de primero orden- son testimonio de la dignidad de la criatura humana; ocasión de desarrollo de la propia personalidad; vínculo de unión con los demás; fuente de recursos; medio de contribuir a la mejora de la sociedad, en la que vivimos, y de fomentar el progreso de la humanidad entera…” (1).

Afrontó y asumió los cambios de ocupaciones con la ilusión de servir y el deseo que recogen las palabras de Surco: “Cargos… ¿arriba o abajo? -¡Qué más te da!… Tú -así lo aseguras- has venido a ser útil, a servir, con una disponibilidad total: pórtate en consecuencia” (2). Muchos testimonios reflejan su modo de trabajar, con perfección y rectitud, de cara a Dios. Entre otros:

tenía una fuerza de ánimo extraordinaria. Su optimismo le llevaba a mirar siempre más allá, hacia delante, a lo que quedaba por hacer… y siempre creía que no hacía lo suficiente…;

tenía la responsabilidad de que las cosas funcionaran bien en todos los sitios y por lo mismo, cuando era necesario, nos hacía ver lo que no estaba bien, para que nos corrigiésemos, y lo hacía con mucho cariño y delicadexza;

vivía para las demás. En el trabajo, a pesar del desorden que produce “vivir para los demás”, era muy metódica, aprovechando muy bien el tiempo, con alegría y sentido del humor.

En 1957 fue intervenida quirúrgicamente de una grave estenosis mitral y su salud quedó seriamente limitada. Sin embargo, siguió desarrollando una gran actividad; su cardiopatía pasaba inadvertida a quienes la trataban fuera de su intimidad. No solía hablar de su dolencia y nuca perdió la fuerza de ánimo y el optimismo: se puede decir que no se detuvo hasta que no pudo más y ese día fue el último de su vida.

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(1) San Josemaría Escrivá de Balaguer, Forja, n. 702, ed. Rialp, Madrid 1987

(2) San Josemaría Escrivá de Balaguer, Surco, n. 705, ed. Rialp, Madrid 1986

Guadalupe Ortiz de Landázuri (VI)

Alegría hasta el final

Durante la última estancia de Guadalupe en la Clínica Universitaria de Navarra, los médicos la sometieron a muchas pruebas, y como siempre reaccionó sin quejarse y alegremente, pensando en los demás. Un día tuvo que tomar una medicina de sabor muy desagradable, le advirtieron que algunos enfermos solían esconderla y luego tirarla. Ella la ingirió sin hacer un gesto, diciendo: voy a ser honrada. Luego le salió la vena de investigadora y añadió: tendré que estudiar alguna forma de encapsulación o de disimular el mal sabor porque, verdaderamente, no es agradable (1).

Durante esos días fueron a visitarla muchas amigas, y quedó agotada. Dos conocidas suyas, al saber que estaba en la Clínica -habían acompañado a sus maridos a un Congreso de Cardiología en la Facultad de Medicina- se acercaron a verla. Le contaron sus vidas, tragedias, dolores y, en fin, de todo. Al irse, como de casualidad, preguntaron: Oye, y tú ¿qué haces aquí? Ella respondió, sin darle importancia, que se iba a operar de corazón.

Encima de su mesilla de noche tenía una caja de cerámica con bombones y caramelos, que le habían regalado, y cuando las limpiadoras llegaban para arreglarle la habitación, no permitía que empezaran su trabajo sin haber tomado uno, por lo menos. Luego conversaba con ellas sobre sus cosas, y al finalizar agradecía el servicio prestado.

En esos días fue atendida, entre otras, por una enfermera muy joven, que estaba haciendo el primer año de especialidad en cardiología- se encontraba, por tanto, en sus primeras experiencias profesionales- y comentó: En mi corta experiencia en la profesión de enfermería, apenas había atendido a nadie que estuviera a punto de morir; pero no me parece que fuera ésta la razón por la que aquella paciente me llamó tanto la atención. Había algo más. Guadalupe era distinta a los demás enfermos (…). Por la dificultad que tenía para respirar, apenas dormía ni podía realizar esfuerzos; no obstante, en ningún momento le oí quejarse ni hacer el más mínimo comentario sobre lo que, lógicamente, le tenía que costar aquella situación. Yo no salía de mi asombro, ni sabía qué pensar. Distinguía perfectamente entre una persona fuerte, que aguanta la enfermedad, y ella, que lo que hacía era aceptarla de aquel modo tan extraordinariamente sereno (2).

Otra de las que la acompañó en la Clínica hasta el final escribió de ella: me impresionaba cómo enfocaba la muerte. Estaba convencida de que no iba a salir de la operación y le ilusionaba tremendamente pensar que Dios se la podía llevar. Me decía: estoy en las manos de Dios; si quiere que me ponga buena, también me dará mucha alegría seguir viviendo para servir a la Obra (…). Pero a mí me alegraría mucho ver a Dios, estar con Él (…) ¡Cuánto le atraía la posibilidad de ir al Cielo!

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(1) Noticias, 1975, p. 1519 (AGP, biblioteca, P02).

(2) Testimonio de María Jesús Paredes, AGP, GOL T-104.

(3) Testimonio de Ángela Mouriz García, AGP, GOL T-117.

Guadalupe Ortiz de Landázuri (V)

Muy cerca de Dios y de los demás

El cardenal Ratzinger afirmó, con motivo de la canonización de san Josemaría Escrivá, Fundador del Opus Dei, que virtud heroica no quiere decir que el santo sea una especie de gimnasta de la santidad, que realiza unos ejercicios inasequibles a las personas normales. Quiere decir, por el contrario, que en la vida de un hombre se revela la presencia de Dios, y queda más patente todo lo que el hombre no es capaz de hacer por sí mismo (1).

La vida de Guadalupe ayuda a entender que la llamada a la santidad es universal y que todos los bautizados pueden ser santos, si son fieles a las gracias que Dios no niega a los que están dispuestos a recibirlas. Recogemos algunos de los muchos testimonios de personas que la trataron, que ponen de manifiesto la acción de la gracia de Dios en ella y su correspondencia generosa:

La hondura de su oración fue creciendo de día en día y puede decirse que llegó a ser, en pleno sentido de la palabra, un “alma contemplativa” en medio del mundo, tal como deseaba san Josemaría para todas sus hijas e hijos en el Opus Dei. Un día, Guadalupe escribió en su agenda su gran deseo: “Profundizar en el silencio hasta llegar hasta donde solo está Dios. Donde ni los ángeles, sin permiso nuestro pueden entrar. Y, allí, adorar a Dios y alabarle, y decirle cosas tiernas” (2).

Su fortaleza era notoria en el trabajo, en llevar la responsabilidad que recaía en ella, en el desarrollo de nuevas labores. Era humilde y sencilla sin alardes y sabía tratar igual a las señoras de más alcurnia y a las campesinas. Era un don que Dios le dio. Pero pienso que el hilo conductor de toda su vida y de su actuar era su profundo amor a Dios, que había aprendido del fundador del Opus Dei. Su vida interior se sentía. Supo meterse en nuestro corazón para llevarlo a Dios (3).

Tenía una preocupación tan grande por todas las que empezábamos a asistir a los medios de formación de la Residencia que nos sentíamos verdaderamente queridas. Se estaba bien allí. Nos dábamos cuenta de que su preocupación por cada una era tan grande que, por escucharnos y tratar de ayudarnos, no pensaba para nada en ella. Sabía tratar a toda la gente con gran delicadeza. No recuerdo haberla visto de mal humor o impaciente. Era muy serena y pienso que podría ser fruto de su visión sobrenatural: tenía mucha fe y una gran confianza en Dios (4).

En Guadalupe, la correspondencia a la gracia creció continuamente, de manera que la gente que la conoció fue consciente de su cercanía a Dios. Notaron que su cercanía humana, por la que se mostraba siempre sonriente y sencilla, era un reflejo de su presencia de Dios; realmente sus obras manifestaron que la gracia del Señor estaba con ella. La fuerza que la impulsaba al apostolado no era suya, sino que venía de lo alto, y Guadalupe fue un instrumento en el que la naturalidad de su vida fue reflejo de lo sobrenatural.

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(1) Cfr. Transcripción de una intervención oral del Card. Ratzinger publicada en el suplemento especial de L’Osservatore Romano realizado con ocasión de la canonización de San Josemaría Escrivá de Balaguer.

(2) AGP, P02, 1975, p. 1514.

(3) AGP, GOL, Testimonio de Celia Cervantes Rosales.

(4) AGP, GOL, Testimonio de Mª Cristina Ponce Pino.

Guadalupe Ortiz de Landázuri (IV)

El amor a Nuestra Señora

El amor a Santa María fue una constante en la vida de Guadalupe. Había aprendido del Fundador del Opus Dei a amar a todas las advocaciones de Nuestra Señora y, siguiendo su ejemplo, acudía siempre que podía a visitarla en distintos santuarios y ermitas. A los pocos días de llegar a México, el 9 de marzo de 1950, Guadalupe envió una carta a san Josemaría: Padre, nada más llegar fuimos a ponernos bajo la protección de la Virgen de Guadalupe en su Basílica (…). Estuvimos allí una media hora. ¡Qué pronto se me pasó! Había que pedir tanto. Yo creo que nos oyó.

Son muchos los testimonios sobre ese cariño a Nuestra Señora. Dice Encarnita Ortega: Tenía una gran devoción a la Virgen, de un modo especial bajo la advocación de Guadalupe (…). Cuando estaba en México iba frecuentemente a la Villa a contar a la virgen sus preocupaciones y a hacerla partícipe de sus alegrías (1).

Ponía siempre en manos de Santa María todas sus inquietudes, y acudía para todo a su intercesión: Su gran cariño a la Virgen era muy notorio. Demostraba su devoción a la Señora con el rezo pausado del Rosario, del Ángelus; jaculatorias durante la jornada; el “Acordaos” encomendando a la persona que más lo necesitara; y tres Avemarías por la noche pidiendo la santa pureza, En mayo visitaba algunos santuarios marianos, mostrándole su cariño iba a decirle que la quería, que le ayudara en su trabajo y en toda la labor apostólica que tenía confiada (2).

Ya ingresada en la Clínica de la Universidad de Navarra, poco antes de fallecer, un día que le dijeron que podía hacer un paseo más largo, quiso que fuéramos a la ermita de Nuestra Señora del Amor Hermoso del campus universitario (3). Aquella era la visita más deseada desde que los médicos la encerraron en su habitación. Se arregló elegantemente (…), y pasó a los pies de la Virgen un buen rato rezando el Rosario. Después, con pausa, recitaron la Salve (4).

En sus últimos momentos tenía en sus manos la estampa de la Patrona de América y una de las personas que la acompañaban le dijo: Guadalupe, ahora va a venir la Virgen a cogerte de la mano para llevarte al cielo como tú siempre querías. Le dieron a besar el crucifijo y esa estampa y dejó de respirar. Eran las seis y media de la madrugada y despuntaba la aurora del día de la Virgen del Carmen.

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(1) AGP, GOL. T-Encarnación Ortega

(2) Idem

(3) AGP, GOL. T-Ángela Mouriz García

(4) Mercedes Eguibar, Guadalupe Ortiz de Landázuri, ed. Palabra, Madrid 2001, p. 272

Guadalupe Ortiz de Landázuri (III)

Abandonada en Dios

Guadalupe vivía con gran alegría y confianza en Dios. En octubre de 1956, después de seis años en México, se trasladó a Roma para trabajar junto a san Josemaría en el gobierno del Opus Dei. Él mismo le comunicó la noticia. La anotación que Guadalupe hizo en su agenda, muestra con gran sencillez su alegría por hacer lo que veía que era el querer divino: Vi al Padre (el Fundador del Opus Dei) después de cinco años. Me dijo que me quedaba en Roma, que no volvía a México. Estupendo. Que Dios me ayude y sea útil (1). Sabía que era lo que la Obra -su familia de vínculos sobrenaturales-, le pedía en ese momento y lo afrontaba como el modo concreto de seguir la voluntad de Dios.

A los seis meses de llegar a Roma, se advirtieron síntomas de una enfermedad cardíaca. Después de realizar diferentes pruebas clínicas, se vio que su dolencia podía ser tratada quirúrgicamente con cierta esperanza. San Josemaría sugirió acudir a los mejores médicos, y avisó a Eduardo, hermano de Guadalupe y Catedrático de Patología Médica, para que diera su opinión. Finalmente, ella decidió operarse en la madrileña Clínica de la Concepción.

Mientras Guadalupe esperaba el momento de la operación, no perdió su alegría y optimismo; quitaba importancia a la enfermedad y a la difícil intervención que se avecinaba. Agradecía los detalles de interés y afecto, a la vez que cumplía las indicaciones de los médicos sobre la medicación, el descanso o el régimen de vida.

En esos días se mostró más claro su abandono en las manos de Dios y buen humor como cuenta una persona que la visitó pocas horas antes de la operación: La última noche llevé a la persona que iba a acompañarla hasta la mañana siguiente, cuando sería la operación. Subí a verla y estaba llena de sondas y tubos, con los brazos abiertos, como en cruz. Me sonrió pero se dio cuenta de que yo me quedé algo impresionada al verla. Le pregunté, por decir algo: “¿qué quieres que te traiga mañana?” y, riéndose, como para quitarme la primera impresión, me contestó: “tráeme chocolate con churros”. En aquel momento, sin saber si iba a sobrevivir a la operación, supo hacer la vida agradable a las demás. Recuerdo que cuando la operación estaba aún reciente, se reía. Yo le decía: “Guadalupe, no te rías tanto, que van a saltar los puntos” y, en medio de más carcajadas, decía: “No te preocupes, me han cosido muy bien” (2).

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(1) Agenda de Guadalupe Ortiz de Landázuri, AGP, GOL, E-207

(2) Testimonio de María de los Ángeles Canal, AGP, GOL, T-62

Guadalupe Ortiz de Landázuri (II)

Encuentro decisivo

Cuando Guadalupe recibió la noticia del fallecimiento de san Josemaría Escrivá de Balaguer estaba ingresada en la Clínica Universitaria de Navarra, donde murió pocos días después. Le dio tiempo a escribir su recuerdo de ese decisivo encuentro con el Fundador del Opus Dei al que, como se acostumbraba a hacer en la Obra, siempre llamó familiarmente Padre: Recuerdo cuándo conocí al Padre. Una tarde de fines de enero del invierno madrileño de 1944. Yo acababa de terminar la carrera de Ciencias Químicas y estrenaba mi primer trabajo (…). Por medio de un compañero con quien me unía amistad y confianza, Jesús Serrano de Pablo, a quien hablé de mi deseo de tener un director espiritual, me puse en contacto por teléfono y acudí a la dirección que me dieron para conocer a don Josemaría Escrivá de Balaguer de quien yo no sabía, hasta ese momento, absolutamente nada, ni tampoco, naturalmente, de la existencia del Opus Dei. La entrevista fue decisiva en mi vida, en un hotelito de la Colonia delViso, entonces casi en las afueras de Madrid, en una salita alegre, tapizada de rosa viejo, se destacó la figura del Padre. Me preguntó: “¿qué quieres de mí?” Yo contesté sin saber por qué: Creo que tengo vocación. El Padre me miraba: “Eso yo no te lo puedo decir. Si quieres puedo ser tu director espiritual, confesarte, conocerte”. Eso era exactamente lo que yo buscaba y tuve la sensación clara de que Dios me hablaba a través del aquel sacerdote (…). Sentí una fe grande, fuerte reflejo de la suya, y me puse enteramente en sus manos para toda mi vida (1).

Poco tiempo después, el 19 de marzo de 1944, pidió la admisión en el Opus Dei, en respuesta a la llamada de Dios para santificarse en el trabajo y en las circunstancias ordinarias de su vida. Por aquellas fechas, Guadalupe había leído unas palabras que san Josemaría había escrito sobre la manifestación de la llamada de Dios en el interior de un alma y, como en soliloquio, al recordar aquel primer encuentro se dijo: ¡Eso fue! ¿eso fue lo que me ocurrió a mí aquel día!

Éstas eran las palabras del Padre: Si me preguntáis cómo se nota la llamada divina, cómo se da uno cuenta, os diré que es una visión nueva de la vida. Es como si se encendiera una luz dentro de nosotros; es un impulso misterioso, que empuja al hombre a dedicar sus más nobles energías a una actividad que, con la práctica, llega a tomar cuerpo de oficio. Esa fuerza vital, que tiene algo de alud arrollador, es lo que otros llaman vocación. La vocación nos lleva -sin darnos cuenta- a tomar una posición en la vida, que mantendremos con ilusión y alegría, llenos de esperanza hasta en el trance mismo de la muerte. Es un fenómeno que comunica al trabajo un sentido de misión, que ennoblece y da valor a nuestra existencia. Jesús se mete con un acto de autoridad en el alma, en la tuya, en la mía: ésa es la llamada (2).

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(1) Mercedes Eguibar, Guadalupe Ortiz de Landázuri, ed. Palabra, pág. 16 y ss.

(2) San Josemaría, Carta 9-I-1932, en Andrés Vázquez de Prada, El Fundador del Opus Dei, ed. Rialp, Madrid, Vol. I, pp. 302-303.