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La santidad en una vida joven (Alexia González-Barros)

La santidad en una vida joven (Sierva de Dios Alexia González-Barros)

 

            Una devoción rápidamente extendida

El día 14 de abril de 1993, en la Basílica Pontificia de San Miguel de Madrid, tuvo lugar la apertura de la Causa de canonización de Alexia González-Barros y González. El Postulador de la Causa, en la presentación del acto, dijo: No importa que la vida sea larga o corta. Todos los cristianos están llamados a la santidad porque a todos se la pide Dios y a todos les da las gracias suficientes. El Beato Josemaría Escrivá (aún no había sido canonizado), que, con su espiritualidad, tanto influiría en la santificación de Alexia, escribió acertadamente que “Dios es como un jardinero, que cuida las flores, las riega y las protege y sólo las corta cuando están más bellas, llenas de lozanía. Dios se lleva a las almas cuando están maduras”.

              Nuestro Señor halló madura a Alexia el 5 de diciembre de 1985, y se la llevó consigo a pesar de no haber podido cumplir aún los quince años. La fidelidad a lo que el Señor le fue pidiendo y, sobre todo, la entereza y generosidad en aceptar el dolor en su última enfermedad, da pie a considerar que puede ser propuesto el examen sobre la posible heroicidad con que practicó las virtudes cristianas. “Puede el niño -dice Santo Tomás de Aquino- conseguir la plenitud de la que se dice en el Libro de la Sabiduría: La vejez honorable no es la de largos días, ni se mide por los años”  (Cardenal Ángel Suquía, Decreto de introducción de la Causa).

Después de la muerte de la joven adolescente se comenzó a manifestar enseguida la devoción a Alexia y tuvo pronto una impresionante e inexplicable extensión por todo el mundo. Es verdad que, durante toda su corta vida, y durante los meses de su enfermedad hasta su muerte, cuantos tuvieron la suerte de tratarla de cerca, pudieron darse cuenta de que Alexia vivía muy unida a Dios. Pero, en la hora de su muerte el Espíritu Santo impulsaba un verdadero plebiscito (Benito Badrinas Amat). Países lejanos, idiomas y culturas distintas, no han sido obstáculos para que su devoción privada haya ido extendiéndose y Alexia fuera insistentemente invocada con toda confianza y cariño.

En un hogar cristiano

            Alexia nació en Madrid, el día 7 de marzo de 1971, en el seno de una familia de acendrada fe cristiana, donde cada hijo era recibido como un verdadero regalo de Dios. Era la menor de siete hermanos, aunque dos de ellos -Ramón María y Javier- ya habían marchado al Cielo cuando ella vino a este mundo. Fue bautizada en la Iglesia del Monasterio de las Salesas Reales el día 19 de marzo. Siempre se mostró agradecida a Dios por la vida y por la familia que le había concedido. En una carta suya publicada el 28 de mayo de 1983 en el diario “Ya” de Madrid, decía: Tengo doce años y soy la séptima de mis hermanos. Doy muchas gracias a Dios de haber nacido en una familia donde todos se pusieron muy contentos cuando yo nací. Si mi madre hubiera sido una de esas que quieren matar a sus niños antes de nacer, yo no habría nacido. Me gustaría decirles que no los maten, por favor, porque seguro que alguien adoptaría a esos niños. En nuestra casa, seguro que recibiríamos encantados a uno de esos niños que no los quieren. Alexia.

Fue una niña muy piadosa, que vivía sus prácticas de piedad con absoluta naturalidad, sin que hubiera en ella un pietismo ridículo o afectado. Ya en los años de infancia manifestaba su fe en la vida ordinaria, con su oración personal y familiar. Todas las noches rezaba el Jesusito de mi vida; una oración a la Virgen: Madrecita mía vuestra esclava soy, con vuestro permiso a dormir me voy, que había aprendido de su niñera Celes; y a su ángel de la guarda a quien puso el nombre de Hugo.

Pero como el resto de los mortales, tuvo que luchar para ir adquiriendo la virtud y avanzar por el camino de la santidad. Siendo aún muy niña había escrito en su pequeña agenda, bajo la palabra examen: 1º) Cuando mamá me manda hacer alguna cosa y no me apetece, me hago la sorda. 2º) Cuando los hermanos me hacen rabiar, me enfado. 3º) Me cuesta levantarme. 4º) Me cuesta ponerme a estudiar. 5º) Soy quejica. Aquel examen era el punto de partida para comenzar -o recomenzar- en la batalla contra sus defectos dominantes.

A los cuatro años de edad empieza a ir al colegio. Sus padres eligen para ella el Colegio de Jesús Maestro, regido por las religiosas de la Compañía de Santa Teresa (las teresianas). En los años de colegiala -toda su vida- fue una buena compañera, divertida y simpática. Era muy afectuosa. Pronto consiguió hacerse amiga de las demás niñas. Según el testimonio de una compañera, aunque al principio podía parecer algo tímida, era todo lo contrario: extrovertida, amable y simpática. Lo que ocurría es que no era atolondrada ni inquieta. Tenía un carácter muy alegre y era muy sonriente. Tenía una gracia especial para contar las cosas y mucho sentido de humor (María Jesús López Jareño).

Fue una alumna aplicada, con gran capacidad para aprender cosas de memoria. Siempre tuvo interés por saber más. Observaba mucho, preguntaba lo que no entendía y siempre encontraba la respuesta adecuada. Era una chica sencilla, normal, muy del tiempo que le tocó vivir -no era ajena a este mundo-. Le encantaba leer, escuchar música, vestir bien; e incluso le había gustado un chico con el que se cruzaba durante las vacaciones de verano.

Primera Comunión en Roma

A Dios comenzó a tratarlo en su casa, en el colegio y en la parroquia. Poco a poco fue descubriendo a Dios hecho hombre en Jesús Niño y también presente en la Eucaristía, prisionero por nuestro amor. Cuando tenía seis años su madre la llevó a la Iglesia del Santísimo Cristo de la Victoria, de Madrid, para que hiciera su primera confesión. Desde entonces hasta el comienzo de su enfermedad, Alexia se dirigió espiritualmente con el sacerdote que la confesó.

Con mucha ilusión se preparó para recibir por primera vez a Jesús. Estudió con empeño el catecismo, que llegó a saberlo muy bien. El día señalado para la Primera Comunión fue el 8 de mayo de 1979, el mismo día en que sus padres celebraban las bodas de plata matrimoniales. Y decidieron que fuera en la Cripta del Oratorio de Santa María de la Paz en Roma, junto al sepulcro del ahora san Josemaría Escrivá.

Al recibir al Señor le diría lo que ya de pequeña le decía cuando le visitaba en una iglesia o en la capilla de su colegio: Jesús, que yo haga siempre lo que Tú quieras. Esta frase -jaculatoria- nadie se la enseñó ni leyó ni oyó en ninguna parte. Tenía apenas seis años cuando, ante una sugerencia de su madre de que era bonito decirle algo cariñoso a Jesús al hacer la genuflexión ante el Sagrario, con gran naturalidad e incluso con cierto asombro de que le propusieran algo que en ella era habitual, le contestó: ¡Claro mamá!, le digo: Jesús que yo haga lo que Tú quieras.

            Había ofrecido su limpio corazón a Jesús, con ilusión, con amor tierno y filial, un corazón que era como una cuna para Dios. Durante toda su vida siempre asistió con recogimiento a la Santa Misa, acercándose a comulgar con fe y devoción,

Al día siguiente estuvo con sus padres en una audiencia con el Papa en la Plaza de San Pedro. Tuvo la oportunidad de entregar personalmente al Santo Padre una carta que le había escrito. Y Juan Pablo II, tras recoger la carta, le hizo la señal de la cruz en la frente, dándole un beso.

El cariño de Alexia por el Vicario de Cristo fue acrecentándose con la edad. En un trabajo del colegio, realizado años después, escribió: A mí, las frases que más me gustan del Papa son: “Dejaos amar por Cristo que es luz, es vida, es nuestra alegría, es Dios con nosotros (…) Permitid a Cristo que os ame, que os encuentre, que os conozca (…) Sed firmes en la fe, amando, orando sin cesar, profundizando en la fe (…) Abridle las puertas a Cristo”, y terminó su trabajo con esta frase: El amor a la Iglesia se manifiesta siendo muy fieles a su magisterio, que nos llega a través del Papa.

           Afán apostólico

Cuando tenía siete años, Alexia comenzó a asistir a un Club de actividades extraescolares. Ella eligió las clases de cocina y las de sevillanas que llegó a bailar con mucha gracia. Además, en el Club había actividades formativas. Alexia animaba a sus amigas a ir al Club, pues a pesar de sus pocos años, se daba cuenta de lo bien que les venían a las niñas las clases de catecismo y las charlas de formación cristiana que recibían. Se las ingeniaba siempre para, a la salida del colegio, presentar a su madre las madres de otras niñas, para que les hablara del Club.

Desde pequeña fue tremendamente apostólica, nunca iba sola, siempre llevaba amigas y compañeras. Pero no todas eran constantes en la asistencia. Esto la desazonó un poco, y desahogándose con su madre, le dijo: Mamá, eso del apostolado es bastante difícil. Ya ves, llevo a un montón de niñas, pero luego se quedan solamente unas pocas. Ante este comentario que quizás podía reflejar un poco de desánimo, su madre procuró animarla: Eso suele ocurrir, pero no debe desanimarnos. Invitamos a las amigas porque las queremos y deseamos para ellas lo mejor, y lo mejor es, por supuesto, una buena formación y acercarlas a Dios. Rezamos por ellas, ofrecemos algún sacrificio; si después de poner todos los medios se apartan, no debe inquietarnos, sino que hemos de mantener con ellas una sincera amistad.

En el mes de junio de 1985, al final del curso, estando en una silla de ruedas y completamente calva a causa de la quimioterapia, fue al colegio para despedirse de sus compañeras sin importarle nada su deteriorado aspecto. Llevó un precioso ramo de flores, que dejó en la Capilla, y una espléndida caja de bombones para la clase. Comentó a sus compañeras que rezaría por ellas para que aprobasen el curso. Cuando ya se iba, su madre le recordó: ¿No tenías algo que decirle a tus compañeras?. Ella, un poco azorada, le respondió: Dilo tú. Y entonces la madre dijo a las compañeras de su hija: Alexia quiere que sepáis que reza mucho por vosotras, siempre. Especialmente pide para que viváis en gracia todos los días de vuestra vida.

Amiga de verdad

He sido amiga de Alexia desde los cuatro años, cuando empezamos como párvulas a ir al Colegio de Jesús Maestro. Hemos estado juntas hasta que ella enfermó -cuenta una amiga-. La recuerdo siempre de muy buen humor, alegre, con un carácter muy igual, sin altibajos. (…) También recuerdo que me invitaba a que la acompañase a hacer la Visita al Santísimo en la Capilla del Colegio. Una de las características de Alexia era su trato agradable, su fidelidad a la amistad y su manera de vivir el compañerismo. (…) Muy generosa. Le gustaba compartir y no sólo daba lo que se le pedía, sino que lo ofrecía espontáneamente. Tenía una gran delicadeza en su trato, no le recuerdo un gesto brusco, una palabra airada o un enfado y mucho menos expresiones de mal gusto (Irene de la Morena).

            Otra compañera de la guardería recuerda: He sido compañera de Alexia desde los cuatro años, pero fue a partir de los once cuando de verdad empezamos a ser amigas. (…) Nos hicimos muy amigas, porque además compartíamos muchas aficiones. (…) Siendo amiga suya empecé a llevarme bien con las demás compañeras, porque ella se llevaba bien con todas. Sabía ver siempre el lado positivo de cada una. (…) Basaba la amistad en la sinceridad, por eso, si algo no le parecía bien lo decía claramente. Sus observaciones, siempre acertadas, te hacían rectificar y te ayudaban a ser tú también sincera. Por eso, nunca tuvimos motivos para enfadarnos, a pesar de que a esas edades las amistades no suelen muy estables. (…) Cuando se fue a Pamplona, nos escribimos asiduamente. Días antes me fui a despedir de ella, porque me iba a la playa. A mí me daba pena pensar que mientras yo me iba de vacaciones, a ella le esperaba un verano lleno de dolores. Alexia, sin embargo, no demostró en ningún momento, no ya envidia, sino incluso ni siquiera añoranza de unas posibles vacaciones: Me pidió alegremente que al regreso le trajese un frasquito con agua de mar. (…) La última que hablé con ella por teléfono, fue dos semanas antes de entregar su alma al Señor, el 5 de diciembre de 1985. Me llamó desde Pamplona. Fue una conversación amable y entrañable. Alexia conservaba el mismo ánimo de siempre. Me siento feliz de que ella manifestase que yo era su mejor amiga. Ella también lo fue para mí. Nunca tendré otra igual. Considero un gran privilegio haber tenido una amiga santa, que ahora es -no lo dudo- mi gran intercesora en el Cielo (María Jesús López Jareño).                 

            Otra de sus amigas da el siguiente testimonio: Mi primer encuentro con Alexia fue el día de nuestro Bautismo. Nos bautizaron juntas (…). Después, la cercanía de nuestras casas hizo que coincidiéramos en el mismo colegio y en la misma clase. Lo que yo puedo realmente decir de Alexia, antes de su enfermedad, es que era una niña encantadora. Lo digo de verdad: tenía una naturalidad y sencillez increíbles. Sabía estar en cada momento como debía. Cuando yo me sentía sola ella estaba siempre allí para acompañarme de forma natural y espontánea, dispuesta a hablar conmigo haciendo algún comentario positivo y animoso. De hecho, en un diario que escribo desde pequeña he dejado constancia de que entre las personas que me ayudaban, aparte de mis padres, estaba Alexia. Su educación y modales eran excelentes y todo eso unido a una gran generosidad y preocupación por los demás. Esta generosidad le llevaba no sólo a dar cuando se le pedía, sino a ofrecerlo espontáneamente. A propósito de esto, recuerdo que al día siguiente de haber estado en su casa oyendo música vino al colegio y me regaló una “cassette” con las canciones que habíamos estado escuchando porque sabía que me haría ilusión (Begoña Hernández de Aguirre).

Amor a la Virgen María

Alexia trataba a la Virgen con amor filial y con una confianza ilimitada porque sabía que era su Madre del Cielo. Ponía mucho esmero en vivir las prácticas de piedad marianas. La mejor forma de obsequiar a la Virgen es cuidando las oraciones marianas como el Rosario, el Ángelus, el Acordaos, sin olvidar el decir a lo largo del día jaculatorias, había escrito. Y en otra ocasión comentó: Yo acudo con mayor amor a la Virgen cuando tengo que hacerle una petición, porque sé que Ella es la mejor intercesora ante el Señor.

Cuenta una compañera suya: Alexia tenía una gran devoción a la Virgen que vivía especialmente en el mes de mayo. No se olvidaba nunca de llevarle flores cuando la Virgen que iba de clase en clase, se quedaba en la nuestra. (…) Rezaba el rosario con mucha devoción y siempre con el rosario en la mano (María Jesús López Jareño).

Alexia se sentía segura en los brazos de Nuestra Señora. Sabía que Ella era su refugio en los momentos difíciles, su auxilio en las circunstancias adversas, su alegría en la soledad y una luz perenne en medio de la oscuridad del dolor; por eso la invocaba con confianza y la Virgen no la defraudó nunca. Su cariño a la Madre de Dios le llevó a componer unas letanías llenas de ternura en las que, de un modo entrañable, la invoca como: Madre de los niños // Madre de todos los hombres // Reina de los hogares cristianos // Modelo de los jóvenes // Espejo de las madres // Reina de todo amor santo // Refugio en la tristeza // Auxilio en el peligro // Alegría del triste // Reina de la luz.

            Especialmente se apoyó en la Virgen durante su enfermedad. Después de una de las noches que tuvo pasar sola en la Unidad de Cuidados Intensivos comentó a su familia al ser preguntada de cómo había pasado la noche: Me metía para dentro, me ponía en los brazos de la Virgen y empezaba a rezar el Rosario, poco después me quedaba dormida. Me despertaba y preguntaba qué hora era. Me decían: las once…, las doce…; y volvía a hacer lo mismo: me ponía en los brazos de la Virgen y seguía rezando.

En los meses últimos de su vida, estando ingresada en la Clínica Universitaria, desde su habitación contemplaba el Campus de la Universidad de Navarra, y en un primer plano la ermita de la Virgen del Amor Hermoso, que preside y protege las personas y los afanes de los que allí estudian y se forman. Alexia, dada su inmovilidad, no podía acercarse, pero con su corazón y el deseo iba a postrarse ante la imagen de Nuestra Señora. Y cuando sus padres se acercaban a la ermita en busca de apoyo y consuelo y a ofrecer el dolor que les atenazaba, Alexia les pedía: Dadle un beso a la Virgen de mi parte.

La devoción y el cariño de Alexia a la Virgen tenían manifestaciones concretas: los sábados solía poner alguna flor ante la Virgen que preside el cuarto de estar de su casa, y en el mes de mayo colocaba en un lugar destacado una pequeña imagen que tenía en su habitación. A lo largo de su enfermedad, tuvo a su lado una estampa de la Milagrosa, y frecuentemente le dirigía miradas. Los sábados pedía a sus padres y hermanos que encargaran un ramo de flores para la Capilla del hospital o clínica en que estaban.

Sus escritos

Alexia, en su corta vida, no escribió ningún libro, pero sí dejó escritas algunas frases en los que se reflejan su intensa vida interior y su pensamiento.

A finales del año 1982, en uno de los trabajos del Colegio, cuyo tema versaba sobre la alianza que Dios hizo con Abraham y en la obediencia, llena de fe, con que él respondió, se le pedía que expusiera algún que otro ejemplo de compromiso o de alianza. Alexia escribió: La familia es una hermosa alianza. Para ella la familia entrañaba no sólo un compromiso trascendental, sino que lo califica de hermoso. Y más adelante, al definir qué es una alianza, dejó escrito: Una alianza es un pacto libre hecho entre personas que pretenden vivir con amor y fidelidad. Bien se puede decir que Alexia hizo un pacto de amor con Dios y lo cumplió, libre y entregadamente, hasta sus últimas consecuencias.

El trabajo que realizó finaliza con una oración compuesta por ella misma: Señor, te doy gracias por la alianza // que has hecho con nosotros. // Señor, auméntanos la fe, haznos obedientes // como Abraham para cumplir siempre tu voluntad. // Haz, Señor, que siempre seamos fieles // a nuestro compromiso contigo.

En otra ocasión, en un ejercicio de la asignatura de religión, le pidieron que compusiera una oración. La empezó con una frase muy parecida a la que repetía desde niña. La oración completa dice: Haz Señor que sigamos siempre tus mandatos, // y que estemos siempre atentos a tu palabra, // que sepamos darte gracias por el don de la vida, // por todo lo bello del mundo, // que sepamos llevar tu amor a los demás amando // nosotros más cada día.

La oración está redactada en plural como si quisiese extender su deseo a todo el mundo. Junto a ese deseo, la petición de que cumplamos su voluntad; es decir, que sigamos sus mandatos. Para esto es necesario estar atentos a su palabra, pues sólo así podremos descubrir lo que Dios quiere de cada uno de nosotros. Sigue una acción de gracias por todos los dones con que el Señor nos colma: la vida y tantas cosas buenas y bellas que nos rodean. Termina con un deseo de acercar las almas a Dios, y condición indispensable para este apostolado es que amemos cada día más a los que nos rodean y les hagamos partícipes de lo más importante que hay en nuestra vida: el amor de Dios.

También nos ha dejado otra oración. En ella se dirige a Jesús diciendo: Tú que nos amaste hasta el fin, que llegaste a morir por nosotros, ayúdanos a todos los miembros de tu Iglesia a vivir el Amor, a querernos como Tú nos has querido. Enséñanos a perdonar y a compartir todo como hermanos. Amén. En esta oración se refleja cómo entendía la caridad, el precepto divino “Amaos los unos a los otros como yo os he amado”.

Hay otra oración suya, escrita un año antes de enfermar, llena de amor de Dios y de humildad. Dice así: Señor nuestro, te suplico me perdones mis pecados y mis faltas; porque yo me arrepiento y te prometo que, con tu ayuda, no volveré a pecar más. Necesito tu amor y comprensión. Dios mío, ayúdame. Sin Ti nada puedo. Ayúdame para que pueda serte fiel siempre, siempre, siempre. Amén.

En un trabajo escolar sobre el espíritu de servicio y la importancia de darse a los demás, escribió: Servir es vivir la alegría. Se ama la vida cuanto más nos damos a Dios y a los demás. Servir es estrenar la esperanza todos los días. Dios ama a quien da con alegría. Para Alexia, servir era un motivo de alegría; por eso saca como consecuencia que darse a Dios y ayudar a los demás es la mejor forma de crecer en el amor y de ese modo dar sentido a nuestra vida. Entendió que ayudar a los que la rodeaban era estrenar la esperanza de que, con cariño y espíritu de entrega, los lazos familiares y de amistad se harían cada vez más fuertes.

Sobre el trabajo dejó escrito lo siguiente: El trabajo debe ser una manera de alabar a Dios, no una carga y una obligación hecha de mala gana. El trabajo nos honra. Alexia sabía que el trabajo requiere esfuerzo y da ocasión de ejercer una serie de virtudes. Además, hecho por amor de Dios es materia de santificación. Para ella, su trabajo era principalmente el estudio y realizar sus tareas escolares, aunque no por eso dejaba de ayudar en casa. Como era muy organizada, tenía un horario fijo para estudiar en casa, por eso disponía de tiempo libre para oír música, dibujar y leer, que eran sus aficiones favoritas.

Sólo con una fe profundamente arraigada y amorosamente vivida Alexia pudo sobrellevar tanto dolor y tantas limitaciones como sufrió durante su enfermedad. Fue la suya una fe sin fisuras, cimentada en la filiación divina. Una fe que la alimentaba con la frecuencia de los Sacramentos y el trato íntimo con Jesús en la oración. A propósito de la fe dejó escrito: La gente, cuando niega a Dios, lo hace no por convencimiento, sino por comodidad. No está dispuesta a asumir sus compromisos con la Ley de Dios y prefiere prescindir de Él. Con frecuencia, cuando una persona dice que no tiene fe, lo más seguro es que tenga un problema moral y que, al faltarle el valor para rectificar, dice que no cree en Dios. Veía con claridad que la fe requiere humildad para aceptar sus misterios, acatamiento a la Ley de Dios y obediencia al Magisterio de la Iglesia.

Para ella no había conflicto entre fe y ciencia. En sus escritos aparece: Aceptando la ciencia, la fe nos dice que Dios está presente en la evolución, y que en todo lo creado se halla amorosamente el espíritu de Dios. Para nosotros, los creyentes, los avances de la ciencia en evolución son signos de la presencia y el amor de Dios.

Sobre el trato que debe existir entre cualquier cristiano y su Creador, ese Dios amantísimo que no sólo nos ha creado y nos sostiene en la vida, sino que en un acto de Amor extraordinario nos ha hecho hijos suyos por el Bautismo, escribió: El culto a Dios debe ser de amor filial porque es nuestro Padre; un culto de reverencia, porque es nuestro Dios y un culto constante, porque Él está dentro de nosotros en nuestra alma en gracia. Ponía en primer lugar el amor filial, porque ella se sentía muy hija de Dios. Habla después del culto de reverencia que se le debe como Dios y Señor nuestro. Ese culto, para ella, debe ser constante por la certeza que tiene de que Dios habita en su alma en gracia. La sencilla rotundidad con que lo expresa es prueba del grado de intimidad que tenía con Dios.

Porque se sabía hija de Dios, Alexia se sentía también fiel hija de la Iglesia. Según consta, pedía diariamente en la acción de gracias de la comunión: Por el Papa, por la Iglesia, por los Cardenales, Obispos y sacerdotes. Y a propósito de la Iglesia, escribió: El amor que debemos tener a la Iglesia se manifiesta siendo muy fieles a su Magisterio, que nos llega a través del Papa y de los Obispos, y también cuando la defendemos de quienes la atacan, dando con ello testimonio de nuestra fe cristiana.

Sarcoma de Ewing

A principios de 1985 irrumpe de modo inesperado y cruel en la vida de Alexia la enfermedad, en forma de tumor canceroso en las vértebras cervicales que en poco tiempo la deja completamente paralítica. El sarcoma de Ewing es una enfermedad dura, un auténtico calvario de sufrimientos, pero Alexia supo aceptarla plenamente identificada con la voluntad de Dios. No protestó ni se rebeló. Por el contrario, ofreció desde el primer momento, con serenidad y alegría, los fuertes dolores y las limitaciones de la enfermedad, así como las cuatro delicadas operaciones quirúrgicas que padeció.

Era positiva y animosa -escribió de Alexia una amiga suya-. Si yo me quejaba por pequeñas cosas, ella después de escucharme solía decirme: “Se te pasará enseguida, ya verás como no es nada”. Y eso mismo nos hacía creer cuando estaba enferma: que lo suyo no era nada. Parecía darle tan poca importancia, que incluso decía que más que una enfermedad, lo suyo era un problema. La visité en los tres hospitales en que estuvo en Madrid y también en su casa, y al preguntarle que tal se encontraba, contestaba siempre: “Bien, mucho mejor, gracias”. No se sentía violenta por estar paralítica y sin pelo. Alexia además de fuerte, era muy paciente. Parecía haber hecho suya la máxima de Santa Teresa: “La paciencia todo lo alcanza” (María Jesús López Jareño).

En la enfermedad se manifestó de forma nítida la fe de Alexia, donde demostró lo que había cultivado durante sus anteriores catorce años. Sabía que la enfermedad era un tesoro que tenía en sus manos y procuró aprovecharlo al máximo. Tuvo un auténtico espíritu de inmolación cuyo reflejo exterior era una cara agradable, serena y sosegada. La razón que explica cómo pudo sufrir las abundantes molestias, limitaciones e incomodidades que le imponía su situación con paz, buen humor y alegría: una unión estrecha con Jesús, a quien amaba y se sometía tiernamente, y a quien gustosamente se ofrecía para colaborar en la tarea redentora. Siempre ofrecía sus sufrimientos, que nunca exageraba y que a menudo trataba de ocultar. Por eso, nunca se la vio triste ni abatida.

He aquí el testimonio de una enfermera: Tengo que decir que en el tiempo que llevo trabajando no he visto una caso igual en lo que se refiere a la aceptación del dolor. Dado el cuadro patológico de Alexia, es indudable que debía sentir mucho dolor, debido a las largas curas que se le hacían, a las constantes inyecciones que había que ponerle, etc. Sin embargo, en estas situaciones nunca la vi quejarse ni protestar, lo pasaba muy mal y, no obstante, sonreía. Debido al deterioro de sus venas, los pinchazos resultaban extremadamente dolorosos, y en más de una ocasión tuve la sensación de que la estaba “acribillando”. (…) En esas situaciones, Alexia se mostraba siempre serena, tranquila, incluso sonriente, aunque yo sabía que cada pinchazo le tenía que resultar muy doloroso (Celia Roncal).

Alexia vivió su enfermedad heroicamente, con absoluto sentido sobrenatural, rezando, ofreciendo y apoyándose en Dios en todo momento; por eso nunca hubo en ella queja ni amargura y sí, en cambio, una paz y serenidad infinitas.

Preocupación por los demás

Todas las personas -médicos, capellanes, enfermeras- que la trataron en los últimos meses de vida, destacan, además de su aceptación serena del dolor, su constante preocupación por los demás: niños ingresados, enfermeras, etc. Alexia era muy delicada y afable, creo que se preocupaba más de nosotros que de sí. Nunca atraía la atención hacia ella, escribió una doctora que la atendió.

Se interesaba vivamente por la marcha del proceso de los niños enfermos en la Planta -testimonia una enfermera-. Prueba de ello es que así se lo cuenta en la carta que escribió a sus amigas de Madrid. Se acordaba del santo de cada una de las personas que la trataban, por razón de su trabajo, en la Clínica, conocía perfectamente sus nombres y para todos tenía un detalle: les felicitaba y les entregaba un regalo. El día de la Virgen del Carmen, santo de varias personas, entregó a cada una un pañuelo. Pero quiero señalar que el recuerdo era absolutamente para todos. En general, los pacientes suelen ser agradecidos con los médicos y enfermeras, por tener con ellos un trato más directo. Pero Alexia tenía un detalle para todos, incluidas las auxiliares, las señoras de la limpieza, etc. (Natividad Iribarren).

Pasando por alto sus casi constantes dolores, Alexia derramaba cariño de modo heroico sobre todos, especialmente en los niños enfermos. Cuando no estaba destrozada por los efectos de la quimioterapia a su habitación acudían los niños ingresados buscando su dulce sonrisa, pues lo que cautivaba de ella era el amor -chispa del amor de Dios- que sabía transmitir con una ternura y una fuerza inusitada. En otras ocasiones, si podía, era ella la que iba a sus habitaciones para visitarles. Con todos tenía siempre algún detalle: un caramelo, un bombón, etc.

Ya en los últimos días, una enfermera que estaba embarazada de su primer hijo le hacía las curas, que a veces realizaba agachándose o poniéndose de rodillas. Alexia se preocupaba por si esa postura quizás podía afectar al embarazo. Y antes de morir encargó a su madre un regalo para entregar a la enfermera cuando naciese su hijo.

En otra ocasión, una amiga le pidió que rezase por una prima suya diabética que había perdido un niño el año anterior y estaba de nuevo embarazada. No olvidó el encargo, al contrario, la incluyó en su lista de peticiones.

Muerte

Yo ya quiero irme al Cielo, dijo Alexia a su madre un mes antes de su muerte. Era una forma delicada de hacerla partícipe de lo que ya presentía inminente y, sobre todo, de lo que su corazón anhelaba: encontrarse con Dios.

Alexia no hablaba nunca de muerte, sino de irse al Cielo porque para ella su tránsito era alcanzar la Vida. Deseaba llegar a su morada definitiva y era consciente de que se encontraba en la recta final de su camino. En la última carta a sus amigas, al decir ahora sólo queda la recta final que, aunque es muy dura, es la recta final, podría entenderse que se refería al fin de sus padecimientos, pero ella aludía, sin duda, al camino del Cielo, a la meta definitiva, donde la estaría esperando ese Jesús que ella afirmaba haber querido siempre.

Había cumplido ya su tarea en esta vida y recorrido la senda del dolor que el Señor le había marcado. Nada la retenía ya en la tierra, ni el amor a los suyos, a los que tanto quería y a los que animaba a estar alegres porque ella se iba al Cielo. Alexia confiaba en la misericordia de Dios; en que el Señor la estaba aguardando para darle el denario que se había ganado por haber soportado con alegría el peso del día y del calor (Mt 20, 11). También ella, como San Pablo cuando escribió su segunda carta a Timoteo, había combatido el buen combate, estaba terminando la dura carrera que había recorrido con una fe sin fisuras y un amor sin límites. Su deseo era irse al Cielo sin demora, donde encontraría a su Padre Dios con sus brazos amorosos abiertos para recibirla.

Sus últimos meses fueron de gran dureza respecto al rigor de los tratamientos: cirugías, postoperatorios, sondas, rehabilitación, movilización pasiva de miembros dolorosos, úlceras de decúbito, infecciones interrecurrentes, problemas de nutrición y un largo etcétera que supusieron un importante dolor físico. En noviembre, la enfermedad penetra en el cerebro dando lugar a unas intensas cefaleas. El 30 de noviembre se confesó por última vez. A media mañana, los médicos comunicaron a sus padres que se le había detectado una metástasis en las meninges y que ese tumor acabaría con su vida en breve tiempo. Tras unos días de gran dolor, entregó su alma a Dios el 5 de diciembre.

En los últimos momentos -ya sabe que Dios viene a buscarla pronto-, cuando su madre le pregunta: ¿Eres feliz?, responde: Sí, ¡muy feliz! De verdad, de verdad, ¡muy feliz! Y sus dos últimas palabras dichas una y otra vez: más y sí. Más para que le siguieran hablando de Dios y para asentir a lo que había sido su frase, repetida constantemente desde muy niña: Jesús, que yo haga siempre lo que Tú quieras.

Tuve ocasión de asistir a sus últimos momentos -cuenta una de las enfermeras de la Clínica Universitaria de Navarra-. Con otra enfermera y su madre, la amortajamos. Recuerdo que tenía la espalda llena de moratones, como si hubiese sido cruelmente golpeada. Las largas cicatrices en el cuello, las huellas dejadas por el tornillo del aro metálico y los últimos pinchazos en las manos para extraerle sangre hacían de Alexia un retrato semejante a un Crucificado (Carmen López de la Fuente).

Al día siguiente de su muerte, los restos mortales de Alexia reciben cristiana sepultura en el cementerio de Aravaca. Antes de su entierro, pasaron por delante del Colegio, para que ella se despidiera. Avisadas sus compañeras de clase, bajaron hasta la barandilla y, muy emocionadas, en voz alta rezaron una avemaría. Todas contemplaron atónitas el féretro que contenía el cuerpo de su compañera y amiga. Las lágrimas no pudieron ser contenidas. En medio del silencio, una voz emocionada se oyó: ¡Adiós, Alexia!

 

 

 

 

 

 

 

 

La Reina Católica (Isabel I de España)

La Reina Católica (Isabel I de España)

            Infancia

            El Jueves Santo del año 1451 (22 de abril) en la pequeña villa abulense de Madrigal de las Altas Torres nació una niña, hija del rey don Juan II de Castilla y de su segunda esposa, doña Isabel de Portugal. Era el primer vástago del matrimonio. Posteriormente había de nacer el príncipe Alfonso. En el bautismo se le impuso el nombre de Isabel. A la historia ha pasado con el nombre de Isabel la Católica. De ella dijo el escritor norteamericano Washington Irving que fue uno de los personajes más puros y más hermosos de las páginas de la Historia.

            Muy pronto quedó huérfana de padre, pues Juan II murió en 1454. Los años de la infancia los pasó en Arévalo al lado de su madre, que al enviudar se había refugiado en un convento en donde no tardó en manifestar síntomas de locura. En 1462 fue enviada juntamente con su hermano Alfonso a la corte del rey Enrique IV. Éste era hijo del primer matrimonio de Juan II, y que, al morir su padre, le había sucedido en el trono de Castilla.

El ambiente de la corte estaba totalmente corrompido, escuela de malas costumbres, como más tarde la propia Isabel calificó. Ante tal situación, la futura reina de Castilla dedicaba algunos ratos del día a rezar, implorando que Dios los guardara a ella y a Alfonso libres de pecado; e invocaba de modo especial la ayuda de la Santísima Virgen, de San Juan Evangelista y de Santiago Apóstol, patrono de Castilla.

Proyectos matrimoniales

           Siendo aún niña se pensó en casarla con Fernando, uno de los hijos de su tío abuelo el rey de Aragón Juan II, o con Carlos, príncipe de Viana, pero éste murió prematuramente. Mientras crecía se le iban señalando maridos, entre otros -Alfonso V de Portugal, ya viudo-, hasta que el rey Enrique IV decidió dar en matrimonio a la infanta Isabel al Maestre de Calatrava, don Pedro Girón. El de Calatrava tenía 43 años y era un caballero de pésima reputación moral, cargado de hijos bastardos. Hombre suave, empalagoso, sensual y apasionado, con fama de ser un canalla y aficionado a todos los vicios. Totalmente detestable.

Al enterarse Isabel, que sólo contaba con 15 años de edad, se arrojó entre lágrimas a los brazos de su amiga Beatriz de Bobadilla. Ésta, mostrando a Isabel un puñal de plata, le dijo: Nunca os casaréis con tal monstruo, porque juro ante Dios que si viene por vos hundiré este puñal en su corazón. La Infanta, rechazando toda violencia, acudió a Dios implorando su auxilio. Se encerró en su habitación y ayunó tres días, pasando las noches en vela arrodillada ante un crucifijo mientras repetía de corazón y entre lágrimas una y otra vez: ¡Dios mío, Misericordioso Salvador, no dejéis que me entreguen a semejante hombre! ¡Haced que él o yo muramos!…

            Don Pedro Girón se puso en camino hacia Madrid, para la boda. Beatriz de Bobadilla repetía incansablemente: Dios no lo ha de permitir, ni yo tampoco lo consentiré. El Maestre de Calatrava hizo un alto en el camino para pasar la noche en Villarrubia de los Ojos. Y allí, don Pedro Girón se vio aquejado de una grave amigdalitis. Al tercer día de su viaje, el 20 de abril de 1466, murió. Dios había escuchado la oración de la princesa Isabel.

Heredera de la corona de Castilla

            Cuando algunos nobles castellanos- el arzobispo de Toledo don Alfonso Carrillo, el Conde de Plasencia y el Conde de Benavente entre otros- descontentos con Enrique IV, se rebelaron y proclamaron rey en Ávila al príncipe Alfonso, la infanta Isabel quedó en una difícil situación. La revuelta de su hermano Alfonso contra su hermanastro Enrique finalizó el 5 de julio de 1468 con la muerte del joven príncipe. Entoncés los nobles rebeldes acudieron a Ávila donde se encontraba Isabel para ofrecerle la corona. La Infanta tenía trazada su línea de conducta: Agradezco vuestra oferta en lo mucho que vale -les dijo-, pues con ella me juzgáis merecedora de ocupar tan alto puesto. Sin embargo, yo no puedo, ni debo, aceptarlo. Vive mi hermano don Enrique, que es el rey legítimo de Castilla, y yo no he de contribuir a negar una evidencia que es indiscutible para mí. Esta actitud de Isabel obligó a los rebeldes a buscar un acuerdo con Enrique IV que reconocía a éste como soberano legítimo y a Isabel como sucesora después de su muerte. Este acuerdo es el Pacto de los Toros de Guisando (19 de septiembre de 1468).

Matrimonio en Valladolid

            Aceptó entonces la princesa ciertas condiciones para su matrimonio, pero cuando el Marqués de Villena y otros nobles le propusieron la boda con el rey Alfonso V de Portugal o con el Duque de Berri-Guyena ella hizo prevalecer su voluntad escogiendo a Fernando de Aragón, el más antiguo de los candidatos a su mano. El heredero de Aragón hizo el viaje a Castilla disfrazado como sirviente y celebró su boda en Valladolid el miércoles 18 de octubre de 1469 después de prestar juramento de cumplir las leyes y libertades del reino como príncipe sucesor. Al día siguiente, los esposos asistieron en la iglesia de María la Mayor a la misa nupcial y la bendición solemne de su matrimonio. Isabel contaba 18 años de edad y Fernando, 17 años. Desde su matrimonio, los jóvenes príncipes usaron el título de reyes de Sicilia.

Vida familiar

Durante toda la vida Isabel dio en su matrimonio un altísimo ejemplo de fidelidad, entrega y amor. De ella escribió, en los umbrales del tercer milenio, el arzobispo de Valladolid, monseñor Delicado Baeza: Las virtudes morales y teologales de la reina Isabel configuran realmente el perfil moral de un alma grande, fuera de lo corriente. Recuerdan a la mujer bíblica: hacendosa, humilde, extraordinariamente eficaz, con los ojos puestos en la tarea, en sus responsabilidades familiares -ella, con una familia inmensa y extendida más allá del océano-, pero atenta a cada persona con admirable sentido humano y cristiano por una profunda intuición religiosa, ya que la mirada no se aparta nunca de la voluntad del Señor. Mujer bíblica y castellana.

También la reina Isabel experimentó el cruel tormentos de los celos, que su orgullo no siempre consiguió ocultar. Incluso en los celos había algo de regio que la diferenciaba del resto de las mujeres. Si por casualidad se enteraba que el rey Fernando, su esposo, demostraba algo más que un interés casual por alguna de las bonitas damas de honor de la corte, colmaba a la joven de regalos, le arreglaba un ventajoso matrimonio o la mandaba lejos de allí a alguna agradable posesión con una renta nada despreciable. Otras mujeres del Renacimiento probablemente se habrían servido de medios menos sutiles y generosos para deshacerse de sus rivales. Y quizá su costumbre de rodearse de mujeres mayores que fueran virtuosas y de buena familia revelara algo más que piedad. Si alguna vez se le ocurrió vengarse de Fernando, seguramente descartó de inmediato semejante idea considerándola una tentación del demonio. La teoría de que dos males pueden hacer un bien  jamás atormentó su lúcida mente.

Siempre fue consciente de su dignidad real. Un día Fernando el Católico estaba con unos amigos y parientes jugando a los dados, y la reina Isabel, separada apenas por un tapiz, oyó las voces destempladas del tío del Rey, el almirante don Fadrique, mezcladas con palabrotas. ¡Ajá! ¡Te he ganado!, dijo el Almirante al Rey. Se levantó la Reina indignada para decir al autor de las voces: ¡Así no se habla al Rey! A lo que respondió el Almirante: Señora, no hablaba con el Rey, sino con mi sobrino. E Isabel replicó: Don Fadrique, mi señor el Rey no tiene parientes ni amigos; solamente súbditos.

            Sus deberes oficiales no impedían a la Reina ser una perfecta ama de casa. Ella remendaba la ropa del Rey, su esposo, forzosamente destrozón por el constante jinetear. Fue una madre amantísima, que tuvo poca suerte con sus hijos. Y ello fue lo que la envejeció prematuramente.

Reina de Castilla

            En la noche del 11 al 12 de diciembre de 1477, murió en el alcázar de Madrid, a la edad de 50 años, Enrique IV. Al día siguiente de la muerte del rey castellano (13 de diciembre) en Segovia fue proclamada reina su hermana Isabel I, juntamente con su esposo Fernando V. Contaba la nueva soberana sólo 23 años.

Al principio de su reinado, Isabel y Fernando tuvieron que hacer valer sus derechos luchando contra los partidarios de doña Juana la Beltraneja, que estaban apoyados por el rey portugués Alfonso V. Una vez consolidados en el trono, ambos reyes convinieron en que todos los instrumentos públicos llevarían las firmas, bustos y armas de los dos, con la fórmula de Tanto monta, monta tanto, Isabel como Fernando.

            Aunque la obra de Isabel es prácticamente inseparable de la de su esposo, se pueden señalar algunas líneas de conducta que fueron preferentemente suyas: la preocupación religiosa, visible en la selección de buenos obispos; la amistad cada vez más estrecha con Portugal; la decisión de anteponer la conquista de Granada a la recuperación del Rosellón; la voluntad de acelerar la conversión de los musulmanes; y el deseo de que la expansión ultramarina hacia Canarias y América tuviese más sentido misional que económico. Corrobora esto último la frase que pronunció la Reina Católica cuando le aconsejaron que abandonase la conquista de América porque las nuevas tierras no aportarían bienes para España: Aunque sólo hubiera piedras, seguiría allí mientras hubiera almas que salvar.

            Los colaboradores de la Reina Católica

            Isabel de Castilla supo rodearse de buenos colaboradores. Entre los principales están el Cardenal de España, don Pedro González de Mendoza; fray Hernando de Talavera, primer arzobispo de Granada; y fray Francisco Jiménez de Cisneros, Cardenal Arzobispo de Toledo. Pero en primer lugar está su esposo, Fernando II de Aragón, que es un gran personaje de la Historia, y sin desmerecer de la figura de la Reina, tallada colosalmente por la gracia de Dios. El mismo Fernando reconocía la valía de Isabel, pues muchas veces le dijo a su esposa: Sois merecedora de reinar no sólo en España, sino en el mundo entero.

            El cardenal Mendoza más que por sus talentos lo que realmente atría de él a Isabel y a Fernando era su carácter. Don Pedro se convirtió en uno de los pocos hombres en quienes los Reyes Católicos pudieron confiar absolutamente y en cualquier circunstancia. No era un asceta. En su juventud se le puede tomar por un hombre del mundo, y buena muestra de ello lo constituían sus hijos ilegítimos. Carecía del violento orgullo y de la vanidad de los hombres de su época. Su piedad, quizá no deslumbrante, sí era firme, encendida y sincera, destacando su devoción a la Cruz y a la Virgen María, sus cuantiosas limosnas a los pobres y otras obras de caridad. Además fue ejemplar en la administración de su archidiócesis toledana.

La reina Isabel, aunque era inflexible en sus principios, tuvo que aprender a la fuerza a tolerar la debilidad de los mortales. Cuando en una ocasión alguien le criticó, un poco escandalizado, que permitiera que en su corte estuvieran como pajes los hijos naturales de don Pedro González de Mendoza -niños rubios, simpáticos y de buena presencia-, la Reina al enterarse de aquellas críticas y viendo a los chiquillos, comentó que no podía expulsarlos de la corte, y añadió: ¡Son tan simpáticos y graciosos los “pecados” de mi cardenal!

            Al fallecer fray Tomás de Torquemada, primer confesor de Isabel, el cardenal Mendoza aconsejó a su soberana que nombrase como confesor a fray Hernando de Talavera, hombre virtuoso y de grandes merecimientos. Al ser presentado, la Reina le expuso sus deseos. El humilde fraile dijo: Acepto el cargo, Señora, honrosísimo para mí. Y permitidme una pregunta: ¿Cuándo he de empezar a ejercerlo? E Isabel le contestó: Ahora mismo, si os place. Entoncés el monje se sentó en una silla e indicó con respeto a la Reina que se pusiera de rodillas, como cualquier otro penitente. Isabel se quedó sorprendida. Sus anteriores confesores se habían arrodillado ante ella como muestra de deferencia hacia su persona. Reverendo Padre -dijo-, la costumbre indica que ambos debemos arrodillarnos. Fray Hernando respondió: Hija mía, la confesión es el tribunal de Dios, en el que no existen reyes ni reinos, sino simplemente pecadores, y yo, a pesar de mi indignidad, soy Su ministro. Lo justo es que yo me siente y vos os arrodilléis. Al oír esta respuesta, exclamó la Reina: Éste es el confesor que yo busco, e hincóse de rodillas ante el sacerdote para confesar sus pecados.

El cardenal Mendoza, durante su última enfermedad, sugirió a la Reina a Cisneros como su sucesor en la sede Primada de Toledo. Cuando se produjo la vacante del arzobispado toledano, el Rey Católico consideró que su hijo bastardo don Alonso de Aragón, que había mostrado su talento y virtud como arzobispo de Zaragoza, debía ocupar la sede Primada. Y así se lo manifestó a su esposa, con total confianza de que aceptaría su propuesta. Pero la reina Isabel le replicó: Si tú tienes tu candidato, yo tengo el mío. Mejor dicho, no es mío, sino un recomendado del cardenal Mendoza. -¿Y quién es el designado?, preguntó el monarca aragonés. Francisco Jiménez de Cisneros, mi confesor. Él desempañará el arzobispado mejor que nadie, sin duda alguna. Además, los cargos no son propiedad nuestra, aunque esté en nuestra mano conferirlos. La responsabilidad que nos cabe es enorme, y no podemos dejarnos llevar de intereses familiares, que deben ceder ante el bien general. Convencido por el elevado razonamiento de su mujer, Fernando aceptó sin comentar nada.

La bula papal con el nombramiento de Cisneros llegó a Madrid en la cuaresma de 1495. El Viernes Santo, Isabel, después de confesar, como de costumbre con el fraile franciscano, le entregó el documento que había venido de Roma. Reverendo Padre -le dijo-, por estas letras veréis cuáles son las órdenes de Su Santidad. Cisneros leyó la dirección del pergamino enrollado: A nuestro venerable hermano fray Francisco Jiménez de Cisneros, electo Arzobispo de Toledo. El confesor de la Reina se puso pálido y, devolviéndole la bula a la soberana, le dijo con aspereza: Señora, no es para mí esta carta. Y salió de la cámara regia, sin ceremonia alguna. Al que le estaba esperando, le dijo: Venid, hermano, salgamos de aquí lo antes posible. Y emprendió el camino de Ocaña. Sólo a una mujer se le puede ocurrir semejante disparate, fue el único comentario que hizo Cisneros.

Fueron necesrios seis meses de ruegos y súplicas por parte de la Reina y de varios amigos del franciscano, e incluso una segunda bula del papa Alejandro VI en la que se le ordenaba regresar, para que el fraile aceptara. Por fin, la consagración episcopal tuvo lugar en Tarazona de Aragón, en presencia de los Reyes, el 11 de octubre de 1495.

Realizaciones del reinado de los Reyes Católicos   

El reinado de Isabel I la Católica es rico en acontecimientos de primera magnitud. Al comienzo está el logro de la paz interior y exterior. Parte muy directa tuvo la Reina en la pacificación de Andalucía y en la reconciliación con la nobleza, a la cual aplicó el principio de la más amplia generosidad respetando el status económico de cada linaje. También intervino de forma personal y directa en las negociaciones con el Papa y con Portugal para conseguir la paz.

A mediados de su reinado están las grandes realizaciones: la recuperación del Rosellón, la conquista de Granada, la consecución de la unidad religiosa, el descubrimiento de América y la estabilidad económica. De esta etapa resulta difícil saber qué cosas hizo Fernando y cuáles Isabel. Indudablemente fue ella quien puso mayor empeño en rematar rápidamente la guerra islámica, apoyó con más énfasis la Inquisición y fue la dedicida protectora de Cristóbal Colón.

Muerte del heredero

            Los últimos años de su vida fueron de doloroso sufrimiento. En 1497 muere su único hijo varón, el príncipe Juan. Siempre el Príncipe de Asturias había estado delicado de salud. Cuando contrajo matrimonio con la princesa Margarita de Austria, los médicos dieron a entender que la pasión amorosa podría resultar fatal para el príncipe dadas su juventud y fragilidad, y aconsejaron una completa separación -aunque temporal- de los jóvenes esposos. El rey Fernando se inclinaba por seguir la sugerencia de los médicos, pero la reina Isabel no quiso ni oír hablar de ello. Lo que Dios ha unido, que no lo separe el hombre, dijo citando las palabras de Nuestro Señor.

Estando en Salamanca, el joven príncipe enfermó, y los médicos perdieron toda esperanza. El hijo de los Reyes Católicos sabía que iba a morir. Desde Alcántara llegó Fernando el Catölico para acompañar a su hijo. Éste rogó a su padre que tanto él como su madre se mantuvieran animosos y aceptaran la voluntad de Dios. En su corta vida no había conocido más que dicha y beneficios -dijo-, y moría sin pena. Comunicó a su padre que Margarita estaba encinta y, al tiempo que encomendaba su alma a Dios, confió su esposa e hijo a la protección de los Reyes. El príncipe recibió los últimos Sacramentos.

El Rey consolaba al príncipe, su hijo, de este modo: Hijo muy amado. Tened paciencia, pues os llama Dios, que es mayor Rey que ningún otro, y tiene otros reinos y señoríos mayores y mejores que no éstos que tenéis, y los que esperabáis recibir, que os duraran para siempre jamás, y tened corazón para recibir la muerte, que es forzoso a cada uno recibirla una vez, con la esperanza que es para siempre inmortal y vivir en gloria.

            Muerto su hijo, Fernando quiso ser él el que diera la triste noticia a la reina Isabel. Cuando llegó el Rey, Isabel le pidió: ¡Decidme la verdad, Señor!, y el rey Fernando le dijo: Está ya con Dios. La Reina palideció y temblorosa dijo: Dios nos lo dio, Dios nos lo quitó. ¡Bendito sea Su Santo Nombre!

Otras desgracias familiares

            Casi al mismo tiempo tuvo noticias de que las relaciones entre su hija Juana y el esposo de ésta, Felipe, eran malas. Y en aquel mismo año, el 24 de agosto de 1497 murió de parto Isabel, la primera de sus hijas, la más bella y la más querida. Todo el amor de madre doliente se volcó sobre el nieto, Miguel, que también falleció cuando apenas contaba dos años de edad. Y de Flandes llegaban noticias desconsoladoras: lo que en un principio se creyó frialdad religiosa de la princesa Juana aparecía ya claramente como síntomas de un trastorno mental.

Todos estos sucesos luctuosos entristecieron los últimos años de la Reina Católica. Al redactar su testamento, dispuso el reconocimiento de doña Juana y don Felipe el Hermoso como futuros reyes de España. Si bien, como estaba convencida de la incapacidad de su hija, agregó en última voluntad que si Doña Juana no puede o no quiere gobernar, lo haga su padre don Fernando en su nombre como Regente de Castilla. Y al firmar, murmuró débilmente: ¡Triste porvenir el de mi España, llamada a padecer los disparates de una pobre loca y las necedades de un fatuo incorregible!

Reina virtuosa

         Isabel fue una mujer piadosa. De su vida de oración escribió el primer Postulador de la Causa de Beatificación de la Reina Católica: Esta vida de oración nos consta por múltiples documentos y testigos de ella. Sabemos, en efecto, que por mucho que sorprenda a los que conocen la prodigiosa actividad de gobierno y de empresa que la absorbía, era “dada a las cosas divinas mucho más que a las humanas”, “más contemplativa que activa, a pesar de los múltiples asuntos de gobierno que día y noche la ocupaban”; pero le quedaba tiempo para sus oraciones y largos ratos de recogimiento con Dios, incluso para rezar todos los días “el Oficio Divino en el Breviario, como los sacerdotes”, y aquellas prolongadas horas tempranas, y otras muchas oraciones y devociones particulares como devotísima cristiana.

            El vivo sentimiento que tenía Isabel de sus pecados e indignidad hizo de ella una mujer humilde. La evidencia parece demostrar que sus “pecados” no eran sino “pecadillos” aumentados por su delicada conciencia: faltas de omisión debidas al esfuerzo puesto en sus graves obligaciones; mentiras pronunciadas en un momento de precipitación o en trato con rivales carentes de escrúpulos; deudas de guerra impagadas que nadie esperaba satisfaciera antes de lo que lo hizo. En lo referente a su moralidad, ni siquiera sus enemigos más acerbos fueron capaces de culparla de nada. Su carácter tenía algo de virginal: un rasgo que conservó hasta el día de su muerte; e incluso sus últimas palabras hacen pensar en la niñita de rubios cabellos que vivía en Arévalo. Es evidente que cometió errores, como todo ser humano, pero nadie duda que fue un alma grande.

En ningún momento guardó rencor. Por el contrario, siempre se mostró agradecida. Cuando el arzobispo de Toledo, don Alfonso Carrillo, que había salvado a Isabel de situaciones difíciles en tiempos de Enrique IV, por lo que nunca dejó de agradecérselo la Reina, se sintió postergado al ver que la joven soberana no le tomaba por consejero, enojóse contra Isabel y lanzó la frase mortificante que nunca debió salir de sus labios: Yo he sacado a Isabel de hilar, y he de enviarla de nuevo a tomar la rueca. La Reina, al saberlo, tuvo una réplica digna de ella: Yo respeto a don Alfonso como arzobispo; si bien no le temo como hombre. Y, en unión con mi esposo, he de probarle que no es tan fácil acabar conmigo. Al reconocer el arzobispo su error y al entonar el yo pequé, Isabel le perdonó y le dijo: No tenéís que volverme a la rueca, señor arzobispo. No la he soltado nunca. Ella es mi cetro en las intimidades del hogar. Y don Alfonso pudo seguir al frente de su archidiócesis toledana.

Perfil

Físicamente, la reina Isabel fue una mujer menuda y graciosa, blanca y rubia, con ojos claros entre azules y verdes, y expresión serena, como de gran paz interior. Profundamente introvertida, escuchaba, sin embargo, los consejos que se le daban. Su inteligencia era juvenil y despierta, con capacidad para el asombro. Tenía un sentido de la justicia como del deber fundamental de los reyes, que a veces ejercía con rigor y, desde luego, sin dejarse doblegar por dinero o influencias. El remate de su carácter lo constituye, sin embargo, cierto ánimo alegre y caritativo que, sin desmentir la solemnidad de la autoridad real, le permitía usar de chanzas como aquella famosa frase en que decía que si tuviera tres hijos harían al uno rey, al otro arzobispo de Toledo y al tercero escribano de Medina del Campo.

            ¿Y su espíritu? De él se ha escrito: Espíritu fuerte, exquisitamente sensible para captar el detalle, cada persona, y para hacerse cargo también de la situación en amplias visiones; tenaz en la lucha por el bien, contra viento y marea, sin dejarse amilanar por nadie, orientado y sostenido por una profunda fe cristiana y por un deseo insobornable de fidelidad a la voluntad de Dios, de su Divina Majestad. Dispuesto a renovar, a reformar, a adelantarse a su tiempo si es preciso; precursor de la historia, siempre actual, con una vigencia y universalidad impresionante. Con una ternura y capacidad de comprensión y compasión excepcionales, pero sin dejarse arredrarse por la oposición insidiosa de los hombres, porque tiene puesta su confianza en Dios. Realista, certeramente objetivo, por la humildad, pero místico e idealista a un tiempo, porque experimenta la presencia de Dios mediante una fe cultivada con un altísimo ejercicio de oración. Dotado de una gran capacidad de gobierno y de influencia, y no sólo inmediata, en las personas cercanas en el espacio y en el tiempo, sino de un poder de expansión casi sin fronteras, universal. Así fue el espíritu de Isabel la Católica.

            Muerte

            El 26 de noviembre de 1504 murió la Reina Católica en Medina del Campo. Isabel comenzó a ver la luz eterna.

 

 

La santidad en una vida joven (Sierva de Dios Alexia González-Barros)

Una devoción rápidamente extendida

El día 14 de abril de 1993, en la Basílica Pontificia de San Miguel de Madrid, tuvo lugar la apertura de la Causa de canonización de Alexia González-Barros y González. El Postulador de la Causa, en la presentación del acto, dijo: No importa que la vida sea larga o corta. Todos los cristianos están llamados a la santidad porque a todos se la pide Dios y a todos les da las gracias suficientes. El Beato Josemaría Escrivá (aún no había sido canonizado), que, con su espiritualidad, tanto influiría en la santificación de Alexia, escribió acertadamente que “Dios es como un jardinero, que cuida las flores, las riega y las protege y sólo las corta cuando están más bellas, llenas de lozanía. Dios se lleva a las almas cuando están maduras”.

              Nuestro Señor halló madura a Alexia el 5 de diciembre de 1985, y se la llevó consigo a pesar de no haber podido cumplir aún los quince años. La fidelidad a lo que el Señor le fue pidiendo y, sobre todo, la entereza y generosidad en aceptar el dolor en su última enfermedad, da pie a considerar que puede ser propuesto el examen sobre la posible heroicidad con que practicó las virtudes cristianas. “Puede el niño -dice Santo Tomás de Aquino- conseguir la plenitud de la que se dice en el Libro de la Sabiduría: La vejez honorable no es la de largos días, ni se mide por los años”  (Cardenal Ángel Suquía, Decreto de introducción de la Causa).

Después de la muerte de la joven adolescente se comenzó a manifestar enseguida la devoción a Alexia y tuvo pronto una impresionante e inexplicable extensión por todo el mundo. Es verdad que, durante toda su corta vida, y durante los meses de su enfermedad hasta su muerte, cuantos tuvieron la suerte de tratarla de cerca, pudieron darse cuenta de que Alexia vivía muy unida a Dios. Pero, en la hora de su muerte el Espíritu Santo impulsaba un verdadero plebiscito (Benito Badrinas Amat). Países lejanos, idiomas y culturas distintas, no han sido obstáculos para que su devoción privada haya ido extendiéndose y Alexia fuera insistentemente invocada con toda confianza y cariño.

En un hogar cristiano

            Alexia nació en Madrid, el día 7 de marzo de 1971, en el seno de una familia de acendrada fe cristiana, donde cada hijo era recibido como un verdadero regalo de Dios. Era la menor de siete hermanos, aunque dos de ellos -Ramón María y Javier- ya habían marchado al Cielo cuando ella vino a este mundo. Fue bautizada en la Iglesia del Monasterio de las Salesas Reales el día 19 de marzo. Siempre se mostró agradecida a Dios por la vida y por la familia que le había concedido. En una carta suya publicada el 28 de mayo de 1983 en el diario “Ya” de Madrid, decía: Tengo doce años y soy la séptima de mis hermanos. Doy muchas gracias a Dios de haber nacido en una familia donde todos se pusieron muy contentos cuando yo nací. Si mi madre hubiera sido una de esas que quieren matar a sus niños antes de nacer, yo no habría nacido. Me gustaría decirles que no los maten, por favor, porque seguro que alguien adoptaría a esos niños. En nuestra casa, seguro que recibiríamos encantados a uno de esos niños que no los quieren. Alexia.

Fue una niña muy piadosa, que vivía sus prácticas de piedad con absoluta naturalidad, sin que hubiera en ella un pietismo ridículo o afectado. Ya en los años de infancia manifestaba su fe en la vida ordinaria, con su oración personal y familiar. Todas las noches rezaba el Jesusito de mi vida; una oración a la Virgen: Madrecita mía vuestra esclava soy, con vuestro permiso a dormir me voy, que había aprendido de su niñera Celes; y a su ángel de la guarda a quien puso el nombre de Hugo.

Pero como el resto de los mortales, tuvo que luchar para ir adquiriendo la virtud y avanzar por el camino de la santidad. Siendo aún muy niña había escrito en su pequeña agenda, bajo la palabra examen: 1º) Cuando mamá me manda hacer alguna cosa y no me apetece, me hago la sorda. 2º) Cuando los hermanos me hacen rabiar, me enfado. 3º) Me cuesta levantarme. 4º) Me cuesta ponerme a estudiar. 5º) Soy quejica. Aquel examen era el punto de partida para comenzar -o recomenzar- en la batalla contra sus defectos dominantes.

A los cuatro años de edad empieza a ir al colegio. Sus padres eligen para ella el Colegio de Jesús Maestro, regido por las religiosas de la Compañía de Santa Teresa (las teresianas). En los años de colegiala -toda su vida- fue una buena compañera, divertida y simpática. Era muy afectuosa. Pronto consiguió hacerse amiga de las demás niñas. Según el testimonio de una compañera, aunque al principio podía parecer algo tímida, era todo lo contrario: extrovertida, amable y simpática. Lo que ocurría es que no era atolondrada ni inquieta. Tenía un carácter muy alegre y era muy sonriente. Tenía una gracia especial para contar las cosas y mucho sentido de humor (María Jesús López Jareño).

Fue una alumna aplicada, con gran capacidad para aprender cosas de memoria. Siempre tuvo interés por saber más. Observaba mucho, preguntaba lo que no entendía y siempre encontraba la respuesta adecuada. Era una chica sencilla, normal, muy del tiempo que le tocó vivir -no era ajena a este mundo-. Le encantaba leer, escuchar música, vestir bien; e incluso le había gustado un chico con el que se cruzaba durante las vacaciones de verano.

Primera Comunión en Roma

A Dios comenzó a tratarlo en su casa, en el colegio y en la parroquia. Poco a poco fue descubriendo a Dios hecho hombre en Jesús Niño y también presente en la Eucaristía, prisionero por nuestro amor. Cuando tenía seis años su madre la llevó a la Iglesia del Santísimo Cristo de la Victoria, de Madrid, para que hiciera su primera confesión. Desde entonces hasta el comienzo de su enfermedad, Alexia se dirigió espiritualmente con el sacerdote que la confesó.

Con mucha ilusión se preparó para recibir por primera vez a Jesús. Estudió con empeño el catecismo, que llegó a saberlo muy bien. El día señalado para la Primera Comunión fue el 8 de mayo de 1979, el mismo día en que sus padres celebraban las bodas de plata matrimoniales. Y decidieron que fuera en la Cripta del Oratorio de Santa María de la Paz en Roma, junto al sepulcro del ahora san Josemaría Escrivá.

Al recibir al Señor le diría lo que ya de pequeña le decía cuando le visitaba en una iglesia o en la capilla de su colegio: Jesús, que yo haga siempre lo que Tú quieras. Esta frase -jaculatoria- nadie se la enseñó ni leyó ni oyó en ninguna parte. Tenía apenas seis años cuando, ante una sugerencia de su madre de que era bonito decirle algo cariñoso a Jesús al hacer la genuflexión ante el Sagrario, con gran naturalidad e incluso con cierto asombro de que le propusieran algo que en ella era habitual, le contestó: ¡Claro mamá!, le digo: Jesús que yo haga lo que Tú quieras.

            Había ofrecido su limpio corazón a Jesús, con ilusión, con amor tierno y filial, un corazón que era como una cuna para Dios. Durante toda su vida siempre asistió con recogimiento a la Santa Misa, acercándose a comulgar con fe y devoción,

Al día siguiente estuvo con sus padres en una audiencia con el Papa en la Plaza de San Pedro. Tuvo la oportunidad de entregar personalmente al Santo Padre una carta que le había escrito. Y Juan Pablo II, tras recoger la carta, le hizo la señal de la cruz en la frente, dándole un beso.

El cariño de Alexia por el Vicario de Cristo fue acrecentándose con la edad. En un trabajo del colegio, realizado años después, escribió: A mí, las frases que más me gustan del Papa son: “Dejaos amar por Cristo que es luz, es vida, es nuestra alegría, es Dios con nosotros (…) Permitid a Cristo que os ame, que os encuentre, que os conozca (…) Sed firmes en la fe, amando, orando sin cesar, profundizando en la fe (…) Abridle las puertas a Cristo”, y terminó su trabajo con esta frase: El amor a la Iglesia se manifiesta siendo muy fieles a su magisterio, que nos llega a través del Papa.

           Afán apostólico

Cuando tenía siete años, Alexia comenzó a asistir a un Club de actividades extraescolares. Ella eligió las clases de cocina y las de sevillanas que llegó a bailar con mucha gracia. Además, en el Club había actividades formativas. Alexia animaba a sus amigas a ir al Club, pues a pesar de sus pocos años, se daba cuenta de lo bien que les venían a las niñas las clases de catecismo y las charlas de formación cristiana que recibían. Se las ingeniaba siempre para, a la salida del colegio, presentar a su madre las madres de otras niñas, para que les hablara del Club.

Desde pequeña fue tremendamente apostólica, nunca iba sola, siempre llevaba amigas y compañeras. Pero no todas eran constantes en la asistencia. Esto la desazonó un poco, y desahogándose con su madre, le dijo: Mamá, eso del apostolado es bastante difícil. Ya ves, llevo a un montón de niñas, pero luego se quedan solamente unas pocas. Ante este comentario que quizás podía reflejar un poco de desánimo, su madre procuró animarla: Eso suele ocurrir, pero no debe desanimarnos. Invitamos a las amigas porque las queremos y deseamos para ellas lo mejor, y lo mejor es, por supuesto, una buena formación y acercarlas a Dios. Rezamos por ellas, ofrecemos algún sacrificio; si después de poner todos los medios se apartan, no debe inquietarnos, sino que hemos de mantener con ellas una sincera amistad.

En el mes de junio de 1985, al final del curso, estando en una silla de ruedas y completamente calva a causa de la quimioterapia, fue al colegio para despedirse de sus compañeras sin importarle nada su deteriorado aspecto. Llevó un precioso ramo de flores, que dejó en la Capilla, y una espléndida caja de bombones para la clase. Comentó a sus compañeras que rezaría por ellas para que aprobasen el curso. Cuando ya se iba, su madre le recordó: ¿No tenías algo que decirle a tus compañeras?. Ella, un poco azorada, le respondió: Dilo tú. Y entonces la madre dijo a las compañeras de su hija: Alexia quiere que sepáis que reza mucho por vosotras, siempre. Especialmente pide para que viváis en gracia todos los días de vuestra vida.

Amiga de verdad

          He sido amiga de Alexia desde los cuatro años, cuando empezamos como párvulas a ir al Colegio de Jesús Maestro. Hemos estado juntas hasta que ella enfermó -cuenta una amiga-. La recuerdo siempre de muy buen humor, alegre, con un carácter muy igual, sin altibajos. (…) También recuerdo que me invitaba a que la acompañase a hacer la Visita al Santísimo en la Capilla del Colegio. Una de las características de Alexia era su trato agradable, su fidelidad a la amistad y su manera de vivir el compañerismo. (…) Muy generosa. Le gustaba compartir y no sólo daba lo que se le pedía, sino que lo ofrecía espontáneamente. Tenía una gran delicadeza en su trato, no le recuerdo un gesto brusco, una palabra airada o un enfado y mucho menos expresiones de mal gusto (Irene de la Morena).

            Otra compañera de la guardería recuerda: He sido compañera de Alexia desde los cuatro años, pero fue a partir de los once cuando de verdad empezamos a ser amigas. (…) Nos hicimos muy amigas, porque además compartíamos muchas aficiones. (…) Siendo amiga suya empecé a llevarme bien con las demás compañeras, porque ella se llevaba bien con todas. Sabía ver siempre el lado positivo de cada una. (…) Basaba la amistad en la sinceridad, por eso, si algo no le parecía bien lo decía claramente. Sus observaciones, siempre acertadas, te hacían rectificar y te ayudaban a ser tú también sincera. Por eso, nunca tuvimos motivos para enfadarnos, a pesar de que a esas edades las amistades no suelen muy estables. (…) Cuando se fue a Pamplona, nos escribimos asiduamente. Días antes me fui a despedir de ella, porque me iba a la playa. A mí me daba pena pensar que mientras yo me iba de vacaciones, a ella le esperaba un verano lleno de dolores. Alexia, sin embargo, no demostró en ningún momento, no ya envidia, sino incluso ni siquiera añoranza de unas posibles vacaciones: Me pidió alegremente que al regreso le trajese un frasquito con agua de mar. (…) La última que hablé con ella por teléfono, fue dos semanas antes de entregar su alma al Señor, el 5 de diciembre de 1985. Me llamó desde Pamplona. Fue una conversación amable y entrañable. Alexia conservaba el mismo ánimo de siempre. Me siento feliz de que ella manifestase que yo era su mejor amiga. Ella también lo fue para mí. Nunca tendré otra igual. Considero un gran privilegio haber tenido una amiga santa, que ahora es -no lo dudo- mi gran intercesora en el Cielo (María Jesús López Jareño).                

            Otra de sus amigas da el siguiente testimonio: Mi primer encuentro con Alexia fue el día de nuestro Bautismo. Nos bautizaron juntas (…). Después, la cercanía de nuestras casas hizo que coincidiéramos en el mismo colegio y en la misma clase. Lo que yo puedo realmente decir de Alexia, antes de su enfermedad, es que era una niña encantadora. Lo digo de verdad: tenía una naturalidad y sencillez increíbles. Sabía estar en cada momento como debía. Cuando yo me sentía sola ella estaba siempre allí para acompañarme de forma natural y espontánea, dispuesta a hablar conmigo haciendo algún comentario positivo y animoso. De hecho, en un diario que escribo desde pequeña he dejado constancia de que entre las personas que me ayudaban, aparte de mis padres, estaba Alexia. Su educación y modales eran excelentes y todo eso unido a una gran generosidad y preocupación por los demás. Esta generosidad le llevaba no sólo a dar cuando se le pedía, sino a ofrecerlo espontáneamente. A propósito de esto, recuerdo que al día siguiente de haber estado en su casa oyendo música vino al colegio y me regaló una “cassette” con las canciones que habíamos estado escuchando porque sabía que me haría ilusión (Begoña Hernández de Aguirre).

Amor a la Virgen María

Alexia trataba a la Virgen con amor filial y con una confianza ilimitada porque sabía que era su Madre del Cielo. Ponía mucho esmero en vivir las prácticas de piedad marianas. La mejor forma de obsequiar a la Virgen es cuidando las oraciones marianas como el Rosario, el Ángelus, el Acordaos, sin olvidar el decir a lo largo del día jaculatorias, había escrito. Y en otra ocasión comentó: Yo acudo con mayor amor a la Virgen cuando tengo que hacerle una petición, porque sé que Ella es la mejor intercesora ante el Señor.

Cuenta una compañera suya: Alexia tenía una gran devoción a la Virgen que vivía especialmente en el mes de mayo. No se olvidaba nunca de llevarle flores cuando la Virgen que iba de clase en clase, se quedaba en la nuestra. (…) Rezaba el rosario con mucha devoción y siempre con el rosario en la mano (María Jesús López Jareño).

Alexia se sentía segura en los brazos de Nuestra Señora. Sabía que Ella era su refugio en los momentos difíciles, su auxilio en las circunstancias adversas, su alegría en la soledad y una luz perenne en medio de la oscuridad del dolor; por eso la invocaba con confianza y la Virgen no la defraudó nunca. Su cariño a la Madre de Dios le llevó a componer unas letanías llenas de ternura en las que, de un modo entrañable, la invoca como: Madre de los niños // Madre de todos los hombres // Reina de los hogares cristianos // Modelo de los jóvenes // Espejo de las madres // Reina de todo amor santo // Refugio en la tristeza // Auxilio en el peligro // Alegría del triste // Reina de la luz.

            Especialmente se apoyó en la Virgen durante su enfermedad. Después de una de las noches que tuvo pasar sola en la Unidad de Cuidados Intensivos comentó a su familia al ser preguntada de cómo había pasado la noche: Me metía para dentro, me ponía en los brazos de la Virgen y empezaba a rezar el Rosario, poco después me quedaba dormida. Me despertaba y preguntaba qué hora era. Me decían: las once…, las doce…; y volvía a hacer lo mismo: me ponía en los brazos de la Virgen y seguía rezando.

            En los meses últimos de su vida, estando ingresada en la Clínica Universitaria, desde su habitación contemplaba el Campus de la Universidad de Navarra, y en un primer plano la ermita de la Virgen del Amor Hermoso, que preside y protege las personas y los afanes de los que allí estudian y se forman. Alexia, dada su inmovilidad, no podía acercarse, pero con su corazón y el deseo iba a postrarse ante la imagen de Nuestra Señora. Y cuando sus padres se acercaban a la ermita en busca de apoyo y consuelo y a ofrecer el dolor que les atenazaba, Alexia les pedía: Dadle un beso a la Virgen de mi parte.

La devoción y el cariño de Alexia a la Virgen tenían manifestaciones concretas: los sábados solía poner alguna flor ante la Virgen que preside el cuarto de estar de su casa, y en el mes de mayo colocaba en un lugar destacado una pequeña imagen que tenía en su habitación. A lo largo de su enfermedad, tuvo a su lado una estampa de la Milagrosa, y frecuentemente le dirigía miradas. Los sábados pedía a sus padres y hermanos que encargaran un ramo de flores para la Capilla del hospital o clínica en que estaban.

Sus escritos

Alexia, en su corta vida, no escribió ningún libro, pero sí dejó escritas algunas frases en los que se reflejan su intensa vida interior y su pensamiento.

A finales del año 1982, en uno de los trabajos del Colegio, cuyo tema versaba sobre la alianza que Dios hizo con Abraham y en la obediencia, llena de fe, con que él respondió, se le pedía que expusiera algún que otro ejemplo de compromiso o de alianza. Alexia escribió: La familia es una hermosa alianza. Para ella la familia entrañaba no sólo un compromiso trascendental, sino que lo califica de hermoso. Y más adelante, al definir qué es una alianza, dejó escrito: Una alianza es un pacto libre hecho entre personas que pretenden vivir con amor y fidelidad. Bien se puede decir que Alexia hizo un pacto de amor con Dios y lo cumplió, libre y entregadamente, hasta sus últimas consecuencias.

El trabajo que realizó finaliza con una oración compuesta por ella misma: Señor, te doy gracias por la alianza // que has hecho con nosotros. // Señor, auméntanos la fe, haznos obedientes // como Abraham para cumplir siempre tu voluntad. // Haz, Señor, que siempre seamos fieles // a nuestro compromiso contigo.

En otra ocasión, en un ejercicio de la asignatura de religión, le pidieron que compusiera una oración. La empezó con una frase muy parecida a la que repetía desde niña. La oración completa dice: Haz Señor que sigamos siempre tus mandatos, // y que estemos siempre atentos a tu palabra, // que sepamos darte gracias por el don de la vida, // por todo lo bello del mundo, // que sepamos llevar tu amor a los demás amando // nosotros más cada día.

La oración está redactada en plural como si quisiese extender su deseo a todo el mundo. Junto a ese deseo, la petición de que cumplamos su voluntad; es decir, que sigamos sus mandatos. Para esto es necesario estar atentos a su palabra, pues sólo así podremos descubrir lo que Dios quiere de cada uno de nosotros. Sigue una acción de gracias por todos los dones con que el Señor nos colma: la vida y tantas cosas buenas y bellas que nos rodean. Termina con un deseo de acercar las almas a Dios, y condición indispensable para este apostolado es que amemos cada día más a los que nos rodean y les hagamos partícipes de lo más importante que hay en nuestra vida: el amor de Dios.

También nos ha dejado otra oración. En ella se dirige a Jesús diciendo: Tú que nos amaste hasta el fin, que llegaste a morir por nosotros, ayúdanos a todos los miembros de tu Iglesia a vivir el Amor, a querernos como Tú nos has querido. Enséñanos a perdonar y a compartir todo como hermanos. Amén. En esta oración se refleja cómo entendía la caridad, el precepto divino “Amaos los unos a los otros como yo os he amado”.

Hay otra oración suya, escrita un año antes de enfermar, llena de amor de Dios y de humildad. Dice así: Señor nuestro, te suplico me perdones mis pecados y mis faltas; porque yo me arrepiento y te prometo que, con tu ayuda, no volveré a pecar más. Necesito tu amor y comprensión. Dios mío, ayúdame. Sin Ti nada puedo. Ayúdame para que pueda serte fiel siempre, siempre, siempre. Amén.

En un trabajo escolar sobre el espíritu de servicio y la importancia de darse a los demás, escribió: Servir es vivir la alegría. Se ama la vida cuanto más nos damos a Dios y a los demás. Servir es estrenar la esperanza todos los días. Dios ama a quien da con alegría. Para Alexia, servir era un motivo de alegría; por eso saca como consecuencia que darse a Dios y ayudar a los demás es la mejor forma de crecer en el amor y de ese modo dar sentido a nuestra vida. Entendió que ayudar a los que la rodeaban era estrenar la esperanza de que, con cariño y espíritu de entrega, los lazos familiares y de amistad se harían cada vez más fuertes.

Sobre el trabajo dejó escrito lo siguiente: El trabajo debe ser una manera de alabar a Dios, no una carga y una obligación hecha de mala gana. El trabajo nos honra. Alexia sabía que el trabajo requiere esfuerzo y da ocasión de ejercer una serie de virtudes. Además, hecho por amor de Dios es materia de santificación. Para ella, su trabajo era principalmente el estudio y realizar sus tareas escolares, aunque no por eso dejaba de ayudar en casa. Como era muy organizada, tenía un horario fijo para estudiar en casa, por eso disponía de tiempo libre para oír música, dibujar y leer, que eran sus aficiones favoritas.

Sólo con una fe profundamente arraigada y amorosamente vivida Alexia pudo sobrellevar tanto dolor y tantas limitaciones como sufrió durante su enfermedad. Fue la suya una fe sin fisuras, cimentada en la filiación divina. Una fe que la alimentaba con la frecuencia de los Sacramentos y el trato íntimo con Jesús en la oración. A propósito de la fe dejó escrito: La gente, cuando niega a Dios, lo hace no por convencimiento, sino por comodidad. No está dispuesta a asumir sus compromisos con la Ley de Dios y prefiere prescindir de Él. Con frecuencia, cuando una persona dice que no tiene fe, lo más seguro es que tenga un problema moral y que, al faltarle el valor para rectificar, dice que no cree en Dios. Veía con claridad que la fe requiere humildad para aceptar sus misterios, acatamiento a la Ley de Dios y obediencia al Magisterio de la Iglesia.

Para ella no había conflicto entre fe y ciencia. En sus escritos aparece: Aceptando la ciencia, la fe nos dice que Dios está presente en la evolución, y que en todo lo creado se halla amorosamente el espíritu de Dios. Para nosotros, los creyentes, los avances de la ciencia en evolución son signos de la presencia y el amor de Dios.

Sobre el trato que debe existir entre cualquier cristiano y su Creador, ese Dios amantísimo que no sólo nos ha creado y nos sostiene en la vida, sino que en un acto de Amor extraordinario nos ha hecho hijos suyos por el Bautismo, escribió: El culto a Dios debe ser de amor filial porque es nuestro Padre; un culto de reverencia, porque es nuestro Dios y un culto constante, porque Él está dentro de nosotros en nuestra alma en gracia. Ponía en primer lugar el amor filial, porque ella se sentía muy hija de Dios. Habla después del culto de reverencia que se le debe como Dios y Señor nuestro. Ese culto, para ella, debe ser constante por la certeza que tiene de que Dios habita en su alma en gracia. La sencilla rotundidad con que lo expresa es prueba del grado de intimidad que tenía con Dios.

Porque se sabía hija de Dios, Alexia se sentía también fiel hija de la Iglesia. Según consta, pedía diariamente en la acción de gracias de la comunión: Por el Papa, por la Iglesia, por los Cardenales, Obispos y sacerdotes. Y a propósito de la Iglesia, escribió: El amor que debemos tener a la Iglesia se manifiesta siendo muy fieles a su Magisterio, que nos llega a través del Papa y de los Obispos, y también cuando la defendemos de quienes la atacan, dando con ello testimonio de nuestra fe cristiana.

Sarcoma de Ewing

A principios de 1985 irrumpe de modo inesperado y cruel en la vida de Alexia la enfermedad, en forma de tumor canceroso en las vértebras cervicales que en poco tiempo la deja completamente paralítica. El sarcoma de Ewing es una enfermedad dura, un auténtico calvario de sufrimientos, pero Alexia supo aceptarla plenamente identificada con la voluntad de Dios. No protestó ni se rebeló. Por el contrario, ofreció desde el primer momento, con serenidad y alegría, los fuertes dolores y las limitaciones de la enfermedad, así como las cuatro delicadas operaciones quirúrgicas que padeció.

Era positiva y animosa -escribió de Alexia una amiga suya-. Si yo me quejaba por pequeñas cosas, ella después de escucharme solía decirme: “Se te pasará enseguida, ya verás como no es nada”. Y eso mismo nos hacía creer cuando estaba enferma: que lo suyo no era nada. Parecía darle tan poca importancia, que incluso decía que más que una enfermedad, lo suyo era un problema. La visité en los tres hospitales en que estuvo en Madrid y también en su casa, y al preguntarle que tal se encontraba, contestaba siempre: “Bien, mucho mejor, gracias”. No se sentía violenta por estar paralítica y sin pelo. Alexia además de fuerte, era muy paciente. Parecía haber hecho suya la máxima de Santa Teresa: “La paciencia todo lo alcanza” (María Jesús López Jareño).

En la enfermedad se manifestó de forma nítida la fe de Alexia, donde demostró lo que había cultivado durante sus anteriores catorce años. Sabía que la enfermedad era un tesoro que tenía en sus manos y procuró aprovecharlo al máximo. Tuvo un auténtico espíritu de inmolación cuyo reflejo exterior era una cara agradable, serena y sosegada. La razón que explica cómo pudo sufrir las abundantes molestias, limitaciones e incomodidades que le imponía su situación con paz, buen humor y alegría: una unión estrecha con Jesús, a quien amaba y se sometía tiernamente, y a quien gustosamente se ofrecía para colaborar en la tarea redentora. Siempre ofrecía sus sufrimientos, que nunca exageraba y que a menudo trataba de ocultar. Por eso, nunca se la vio triste ni abatida.

He aquí el testimonio de una enfermera: Tengo que decir que en el tiempo que llevo trabajando no he visto una caso igual en lo que se refiere a la aceptación del dolor. Dado el cuadro patológico de Alexia, es indudable que debía sentir mucho dolor, debido a las largas curas que se le hacían, a las constantes inyecciones que había que ponerle, etc. Sin embargo, en estas situaciones nunca la vi quejarse ni protestar, lo pasaba muy mal y, no obstante, sonreía. Debido al deterioro de sus venas, los pinchazos resultaban extremadamente dolorosos, y en más de una ocasión tuve la sensación de que la estaba “acribillando”. (…) En esas situaciones, Alexia se mostraba siempre serena, tranquila, incluso sonriente, aunque yo sabía que cada pinchazo le tenía que resultar muy doloroso (Celia Roncal).

Alexia vivió su enfermedad heroicamente, con absoluto sentido sobrenatural, rezando, ofreciendo y apoyándose en Dios en todo momento; por eso nunca hubo en ella queja ni amargura y sí, en cambio, una paz y serenidad infinitas.

Preocupación por los demás

Todas las personas -médicos, capellanes, enfermeras- que la trataron en los últimos meses de vida, destacan, además de su aceptación serena del dolor, su constante preocupación por los demás: niños ingresados, enfermeras, etc. Alexia era muy delicada y afable, creo que se preocupaba más de nosotros que de sí. Nunca atraía la atención hacia ella, escribió una doctora que la atendió.

             Se interesaba vivamente por la marcha del proceso de los niños enfermos en la Planta -testimonia una enfermera-. Prueba de ello es que así se lo cuenta en la carta que escribió a sus amigas de Madrid. Se acordaba del santo de cada una de las personas que la trataban, por razón de su trabajo, en la Clínica, conocía perfectamente sus nombres y para todos tenía un detalle: les felicitaba y les entregaba un regalo. El día de la Virgen del Carmen, santo de varias personas, entregó a cada una un pañuelo. Pero quiero señalar que el recuerdo era absolutamente para todos. En general, los pacientes suelen ser agradecidos con los médicos y enfermeras, por tener con ellos un trato más directo. Pero Alexia tenía un detalle para todos, incluidas las auxiliares, las señoras de la limpieza, etc. (Natividad Iribarren).

Pasando por alto sus casi constantes dolores, Alexia derramaba cariño de modo heroico sobre todos, especialmente en los niños enfermos. Cuando no estaba destrozada por los efectos de la quimioterapia a su habitación acudían los niños ingresados buscando su dulce sonrisa, pues lo que cautivaba de ella era el amor -chispa del amor de Dios- que sabía transmitir con una ternura y una fuerza inusitada. En otras ocasiones, si podía, era ella la que iba a sus habitaciones para visitarles. Con todos tenía siempre algún detalle: una caramelo, un bombón, etc.

Ya en los últimos días, una enfermera que estaba embarazada de su primer hijo le hacía las curas, que a veces realizaba agachándose o poniéndose de rodillas. Alexia se preocupaba por si esa postura quizás podía afectar al embarazo. Y antes de morir encargó a su madre un regalo para entregar a la enfermera cuando naciese su hijo.

En otra ocasión, una amiga le pidió que rezase por una prima suya diabética que había perdido un niño el año anterior y estaba de nuevo embarazada. No olvidó el encargo, al contrario, la incluyó en su lista de peticiones.

Muerte

Yo ya quiero irme al Cielo, dijo Alexia a su madre un mes antes de su muerte. Era una forma delicada de hacerla partícipe de lo que ya presentía inminente y, sobre todo, de lo que su corazón anhelaba: encontrarse con Dios.

Alexia no hablaba nunca de muerte, sino de irse al Cielo porque para ella su tránsito era alcanzar la Vida. Deseaba llegar a su morada definitiva y era consciente de que se encontraba en la recta final de su camino. En la última carta a sus amigas, al decir ahora sólo queda la recta final que, aunque es muy dura, es la recta final, podría entenderse que se refería al fin de sus padecimientos, pero ella aludía, sin duda, al camino del Cielo, a la meta definitiva, donde la estaría esperando ese Jesús que ella afirmaba haber querido siempre.

Había cumplido ya su tarea en esta vida y recorrido la senda del dolor que el Señor le había marcado. Nada la retenía ya en la tierra, ni el amor a los suyos, a los que tanto quería y a los que animaba a estar alegres porque ella se iba al Cielo. Alexia confiaba en la misericordia de Dios; en que el Señor la estaba aguardando para darle el denario que se había ganado por haber soportado con alegría el peso del día y del calor (Mt 20, 11). También ella, como San Pablo cuando escribió su segunda carta a Timoteo, había combatido el buen combate, estaba terminando la dura carrera que había recorrido con una fe sin fisuras y un amor sin límites. Su deseo era irse al Cielo sin demora, donde encontraría a su Padre Dios con sus brazos amorosos abiertos para recibirla.

Sus últimos meses fueron de gran dureza respecto al rigor de los tratamientos: cirugías, postoperatorios, sondas, rehabilitación, movilización pasiva de miembros dolorosos, úlceras de decúbito, infecciones interrecurrentes, problemas de nutrición y un largo etcétera que supusieron un importante dolor físico. En noviembre, la enfermedad penetra en el cerebro dando lugar a unas intensas cefaleas. El 30 de noviembre se confesó por última vez. A media mañana, los médicos comunicaron a sus padres que se le había detectado una metástasis en las meninges y que ese tumor acabaría con su vida en breve tiempo. Tras unos días de gran dolor, entregó su alma a Dios el 5 de diciembre.

En los últimos momentos -ya sabe que Dios viene a buscarla pronto-, cuando su madre le pregunta: ¿Eres feliz?, responde: Sí, ¡muy feliz! De verdad, de verdad, ¡muy feliz! Y sus dos últimas palabras dichas una y otra vez: más y sí. Más para que le siguieran hablando de Dios y para asentir a lo que había sido su frase, repetida constantemente desde muy niña: Jesús, que yo haga siempre lo que Tú quieras.

Tuve ocasión de asistir a sus últimos momentos -cuenta una de las enfermeras de la Clínica Universitaria de Navarra-. Con otra enfermera y su madre, la amortajamos. Recuerdo que tenía la espalda llena de moratones, como si hubiese sido cruelmente golpeada. Las largas cicatrices en el cuello, las huellas dejadas por el tornillo del aro metálico y los últimos pinchazos en las manos para extraerle sangre hacían de Alexia un retrato semejante a un Crucificado (Carmen López de la Fuente).

Al día siguiente de su muerte, los restos mortales de Alexia reciben cristiana sepultura en el cementerio de Aravaca. Antes de su entierro, pasaron por delante del Colegio, para que ella se despidiera. Avisadas sus compañeras de clase, bajaron hasta la barandilla y, muy emocionadas, en voz alta rezaron una avemaría. Todas contemplaron atónitas el féretro que contenía el cuerpo de su compañera y amiga. Las lágrimas no pudieron ser contenidas. En medio del silencio, una voz emocionada se oyó: ¡Adiós, Alexia!

Alexia

La santidad en una vida joven (Sierva de Dios Alexia González-Barros)

Una devoción rápidamente extendida

El día 14 de abril de 1993, en la Basílica Pontificia de San Miguel de Madrid, tuvo lugar la apertura de la Causa de canonización de Alexia González-Barros y González. El Postulador de la Causa, en la presentación del acto, dijo: No importa que la vida sea larga o corta. Todos los cristianos están llamados a la santidad porque a todos se la pide Dios y a todos les da las gracias suficientes. El Beato Josemaría Escrivá (aún no había sido canonizado), que, con su espiritualidad, tanto influiría en la santificación de Alexia, escribió acertadamente que “Dios es como un jardinero, que cuida las flores, las riega y las protege y sólo las corta cuando están más bellas, llenas de lozanía. Dios se lleva a las almas cuando están maduras”.

Nuestro Señor halló madura a Alexia el 5 de diciembre de 1985, y se la llevó consigo a pesar de no haber podido cumplir aún los quince años. La fidelidad a lo que el Señor le fue pidiendo y, sobre todo, la entereza y generosidad en aceptar el dolor en su última enfermedad, da pie a considerar que puede ser propuesto el examen sobre la posible heroicidad con que practicó las virtudes cristianas. “Puede el niño -dice Santo Tomás de Aquino- conseguir la plenitud de la que se dice en el Libro de la Sabiduría: La vejez honorable no es la de largos días, ni se mide por los años”  (Cardenal Ángel Suquía, Decreto de introducción de la Causa).

Después de la muerte de la joven adolescente se comenzó a manifestar enseguida la devoción a Alexia y tuvo pronto una impresionante e inexplicable extensión por todo el mundo. Es verdad que, durante toda su corta vida, y durante los meses de su enfermedad hasta su muerte, cuantos tuvieron la suerte de tratarla de cerca, pudieron darse cuenta de que Alexia vivía muy unida a Dios. Pero, en la hora de su muerte el Espíritu Santo impulsaba un verdadero plebiscito (Benito Badrinas Amat). Países lejanos, idiomas y culturas distintas, no han sido obstáculos para que su devoción privada haya ido extendiéndose y Alexia fuera insistentemente invocada con toda confianza y cariño.

En un hogar cristiano

Alexia nació en Madrid, el día 7 de marzo de 1971, en el seno de una familia de acendrada fe cristiana, donde cada hijo era recibido como un verdadero regalo de Dios. Era la menor de siete hermanos, aunque dos de ellos -Ramón María y Javier- ya habían marchado al Cielo cuando ella vino a este mundo. Fue bautizada en la Iglesia del Monasterio de las Salesas Reales el día 19 de marzo. Siempre se mostró agradecida a Dios por la vida y por la familia que le había concedido. En una carta suya publicada el 28 de mayo de 1983 en el diario “Ya” de Madrid, decía: Tengo doce años y soy la séptima de mis hermanos. Doy muchas gracias a Dios de haber nacido en una familia donde todos se pusieron muy contentos cuando yo nací. Si mi madre hubiera sido una de esas que quieren matar a sus niños antes de nacer, yo no habría nacido. Me gustaría decirles que no los maten, por favor, porque seguro que alguien adoptaría a esos niños. En nuestra casa, seguro que recibiríamos encantados a uno de esos niños que no los quieren. Alexia.

Fue una niña muy piadosa, que vivía sus prácticas de piedad con absoluta naturalidad, sin que hubiera en ella un pietismo ridículo o afectado. Ya en los años de infancia manifestaba su fe en la vida ordinaria, con su oración personal y familiar. Todas las noches rezaba el Jesusito de mi vida; una oración a la Virgen: Madrecita mía vuestra esclava soy, con vuestro permiso a dormir me voy, que había aprendido de su niñera Celes; y a su ángel de la guarda a quien puso el nombre de Hugo.

Pero como el resto de los mortales, tuvo que luchar para ir adquiriendo la virtud y avanzar por el camino de la santidad. Siendo aún muy niña había escrito en su pequeña agenda, bajo la palabra examen: 1º) Cuando mamá me manda hacer alguna cosa y no me apetece, me hago la sorda. 2º) Cuando los hermanos me hacen rabiar, me enfado. 3º) Me cuesta levantarme. 4º) Me cuesta ponerme a estudiar. 5º) Soy quejica. Aquel examen era el punto de partida para comenzar -o recomenzar- en la batalla contra sus defectos dominantes.

A los cuatro años de edad empieza a ir al colegio. Sus padres eligen para ella el Colegio de Jesús Maestro, regido por las religiosas de la Compañía de Santa Teresa (las teresianas). En los años de colegiala -toda su vida- fue una buena compañera, divertida y simpática. Era muy afectuosa. Pronto consiguió hacerse amiga de las demás niñas. Según el testimonio de una compañera, aunque al principio podía parecer algo tímida, era todo lo contrario: extrovertida, amable y simpática. Lo que ocurría es que no era atolondrada ni inquieta. Tenía un carácter muy alegre y era muy sonriente. Tenía una gracia especial para contar las cosas y mucho sentido de humor (María Jesús López Jareño).

Fue una alumna aplicada, con gran capacidad para aprender cosas de memoria. Siempre tuvo interés por saber más. Observaba mucho, preguntaba lo que no entendía y siempre encontraba la respuesta adecuada. Era una chica sencilla, normal, muy del tiempo que le tocó vivir -no era ajena a este mundo-. Le encantaba leer, escuchar música, vestir bien; e incluso le había gustado un chico con el que se cruzaba durante las vacaciones de verano.

Primera Comunión en Roma

A Dios comenzó a tratarlo en su casa, en el colegio y en la parroquia. Poco a poco fue descubriendo a Dios hecho hombre en Jesús Niño y también presente en la Eucaristía, prisionero por nuestro amor. Cuando tenía seis años su madre la llevó a la Iglesia del Santísimo Cristo de la Victoria, de Madrid, para que hiciera su primera confesión. Desde entonces hasta el comienzo de su enfermedad, Alexia se dirigió espiritualmente con el sacerdote que la confesó.

Con mucha ilusión se preparó para recibir por primera vez a Jesús. Estudió con empeño el catecismo, que llegó a saberlo muy bien. El día señalado para la Primera Comunión fue el 8 de mayo de 1979, el mismo día en que sus padres celebraban las bodas de plata matrimoniales. Y decidieron que fuera en la Cripta del Oratorio de Santa María de la Paz en Roma, junto al sepulcro del ahora san Josemaría Escrivá.

Al recibir al Señor le diría lo que ya de pequeña le decía cuando le visitaba en una iglesia o en la capilla de su colegio: Jesús, que yo haga siempre lo que Tú quieras. Esta frase -jaculatoria- nadie se la enseñó ni leyó ni oyó en ninguna parte. Tenía apenas seis años cuando, ante una sugerencia de su madre de que era bonito decirle algo cariñoso a Jesús al hacer la genuflexión ante el Sagrario, con gran naturalidad e incluso con cierto asombro de que le propusieran algo que en ella era habitual, le contestó: ¡Claro mamá!, le digo: Jesús que yo haga lo que Tú quieras.

Había ofrecido su limpio corazón a Jesús, con ilusión, con amor tierno y filial, un corazón que era como una cuna para Dios. Durante toda su vida siempre asistió con recogimiento a la Santa Misa, acercándose a comulgar con fe y devoción,

Al día siguiente estuvo con sus padres en una audiencia con el Papa en la Plaza de San Pedro. Tuvo la oportunidad de entregar personalmente al Santo Padre una carta que le había escrito. Y Juan Pablo II, tras recoger la carta, le hizo la señal de la cruz en la frente, dándole un beso.

El cariño de Alexia por el Vicario de Cristo fue acrecentándose con la edad. En un trabajo del colegio, realizado años después, escribió: A mí, las frases que más me gustan del Papa son: “Dejaos amar por Cristo que es luz, es vida, es nuestra alegría, es Dios con nosotros (…) Permitid a Cristo que os ame, que os encuentre, que os conozca (…) Sed firmes en la fe, amando, orando sin cesar, profundizando en la fe (…) Abridle las puertas a Cristo”, y terminó su trabajo con esta frase: El amor a la Iglesia se manifiesta siendo muy fieles a su magisterio, que nos llega a través del Papa.

Afán apostólico

Cuando tenía siete años, Alexia comenzó a asistir a un Club de actividades extraescolares. Ella eligió las clases de cocina y las de sevillanas que llegó a bailar con mucha gracia. Además, en el Club había actividades formativas. Alexia animaba a sus amigas a ir al Club, pues a pesar de sus pocos años, se daba cuenta de lo bien que les venían a las niñas las clases de catecismo y las charlas de formación cristiana que recibían. Se las ingeniaba siempre para, a la salida del colegio, presentar a su madre las madres de otras niñas, para que les hablara del Club.

Desde pequeña fue tremendamente apostólica, nunca iba sola, siempre llevaba amigas y compañeras. Pero no todas eran constantes en la asistencia. Esto la desazonó un poco, y desahogándose con su madre, le dijo: Mamá, eso del apostolado es bastante difícil. Ya ves, llevo a un montón de niñas, pero luego se quedan solamente unas pocas. Ante este comentario que quizás podía reflejar un poco de desánimo, su madre procuró animarla: Eso suele ocurrir, pero no debe desanimarnos. Invitamos a las amigas porque las queremos y deseamos para ellas lo mejor, y lo mejor es, por supuesto, una buena formación y acercarlas a Dios. Rezamos por ellas, ofrecemos algún sacrificio; si después de poner todos los medios se apartan, no debe inquietarnos, sino que hemos de mantener con ellas una sincera amistad.

En el mes de junio de 1985, al final del curso, estando en una silla de ruedas y completamente calva a causa de la quimioterapia, fue al colegio para despedirse de sus compañeras sin importarle nada su deteriorado aspecto. Llevó un precioso ramo de flores, que dejó en la Capilla, y una espléndida caja de bombones para la clase. Comentó a sus compañeras que rezaría por ellas para que aprobasen el curso. Cuando ya se iba, su madre le recordó: ¿No tenías algo que decirle a tus compañeras?. Ella, un poco azorada, le respondió: Dilo tú. Y entonces la madre dijo a las compañeras de su hija: Alexia quiere que sepáis que reza mucho por vosotras, siempre. Especialmente pide para que viváis en gracia todos los días de vuestra vida.

Amiga de verdad

He sido amiga de Alexia desde los cuatro años, cuando empezamos como párvulas a ir al Colegio de Jesús Maestro. Hemos estado juntas hasta que ella enfermó -cuenta una amiga-. La recuerdo siempre de muy buen humor, alegre, con un carácter muy igual, sin altibajos. (…) También recuerdo que me invitaba a que la acompañase a hacer la Visita al Santísimo en la Capilla del Colegio. Una de las características de Alexia era su trato agradable, su fidelidad a la amistad y su manera de vivir el compañerismo. (…) Muy generosa. Le gustaba compartir y no sólo daba lo que se le pedía, sino que lo ofrecía espontáneamente. Tenía una gran delicadeza en su trato, no le recuerdo un gesto brusco, una palabra airada o un enfado y mucho menos expresiones de mal gusto (Irene de la Morena)

Otra compañera de la guardería recuerda: He sido compañera de Alexia desde los cuatro años, pero fue a partir de los once cuando de verdad empezamos a ser amigas. (…) Nos hicimos muy amigas, porque además compartíamos muchas aficiones. (…) Siendo amiga suya empecé a llevarme bien con las demás compañeras, porque ella se llevaba bien con todas. Sabía ver siempre el lado positivo de cada una. (…) Basaba la amistad en la sinceridad, por eso, si algo no le parecía bien lo decía claramente. Sus observaciones, siempre acertadas, te hacían rectificar y te ayudaban a ser tú también sincera. Por eso, nunca tuvimos motivos para enfadarnos, a pesar de que a esas edades las amistades no suelen muy estables. (…) Cuando se fue a Pamplona, nos escribimos asiduamente. Días antes me fui a despedir de ella, porque me iba a la playa. A mí me daba pena pensar que mientras yo me iba de vacaciones, a ella le esperaba un verano lleno de dolores. Alexia, sin embargo, no demostró en ningún momento, no ya envidia, sino incluso ni siquiera añoranza de unas posibles vacaciones: Me pidió alegremente que al regreso le trajese un frasquito con agua de mar. (…) La última que hablé con ella por teléfono, fue dos semanas antes de entregar su alma al Señor, el 5 de diciembre de 1985. Me llamó desde Pamplona. Fue una conversación amable y entrañable. Alexia conservaba el mismo ánimo de siempre. Me siento feliz de que ella manifestase que yo era su mejor amiga. Ella también lo fue para mí. Nunca tendré otra igual. Considero un gran privilegio haber tenido una amiga santa, que ahora es -no lo dudo- mi gran intercesora en el Cielo (María Jesús López Jareño).                

Otra de sus amigas da el siguiente testimonio: Mi primer encuentro con Alexia fue el día de nuestro Bautismo. Nos bautizaron juntas (…). Después, la cercanía de nuestras casas hizo que coincidiéramos en el mismo colegio y en la misma clase. Lo que yo puedo realmente decir de Alexia, antes de su enfermedad, es que era una niña encantadora. Lo digo de verdad: tenía una naturalidad y sencillez increíbles. Sabía estar en cada momento como debía. Cuando yo me sentía sola ella estaba siempre allí para acompañarme de forma natural y espontánea, dispuesta a hablar conmigo haciendo algún comentario positivo y animoso. De hecho, en un diario que escribo desde pequeña he dejado constancia de que entre las personas que me ayudaban, aparte de mis padres, estaba Alexia. Su educación y modales eran excelentes y todo eso unido a una gran generosidad y preocupación por los demás. Esta generosidad le llevaba no sólo a dar cuando se le pedía, sino a ofrecerlo espontáneamente. A propósito de esto, recuerdo que al día siguiente de haber estado en su casa oyendo música vino al colegio y me regaló una “cassette” con las canciones que habíamos estado escuchando porque sabía que me haría ilusión (Begoña Hernández de Aguirre).

Amor a la Virgen María

Alexia trataba a la Virgen con amor filial y con una confianza ilimitada porque sabía que era su Madre del Cielo. Ponía mucho esmero en vivir las prácticas de piedad marianas. La mejor forma de obsequiar a la Virgen es cuidando las oraciones marianas como el Rosario, el Ángelus, el Acordaos, sin olvidar el decir a lo largo del día jaculatorias, había escrito. Y en otra ocasión comentó: Yo acudo con mayor amor a la Virgen cuando tengo que hacerle una petición, porque sé que Ella es la mejor intercesora ante el Señor.

Cuenta una compañera suya: Alexia tenía una gran devoción a la Virgen que vivía especialmente en el mes de mayo. No se olvidaba nunca de llevarle flores cuando la Virgen que iba de clase en clase, se quedaba en la nuestra. (…) Rezaba el rosario con mucha devoción y siempre con el rosario en la mano (María Jesús López Jareño).

Alexia se sentía segura en los brazos de Nuestra Señora. Sabía que Ella era su refugio en los momentos difíciles, su auxilio en las circunstancias adversas, su alegría en la soledad y una luz perenne en medio de la oscuridad del dolor; por eso la invocaba con confianza y la Virgen no la defraudó nunca. Su cariño a la Madre de Dios le llevó a componer unas letanías llenas de ternura en las que, de un modo entrañable, la invoca como: Madre de los niños // Madre de todos los hombres // Reina de los hogares cristianos // Modelo de los jóvenes // Espejo de las madres // Reina de todo amor santo // Refugio en la tristeza // Auxilio en el peligro // Alegría del triste // Reina de la luz.

Especialmente se apoyó en la Virgen durante su enfermedad. Después de una de las noches que tuvo pasar sola en la Unidad de Cuidados Intensivos comentó a su familia al ser preguntada de cómo había pasado la noche: Me metía para dentro, me ponía en los brazos de la Virgen y empezaba a rezar el Rosario, poco después me quedaba dormida. Me despertaba y preguntaba qué hora era. Me decían: las once…, las doce…; y volvía a hacer lo mismo: me ponía en los brazos de la Virgen y seguía rezando.

En los meses últimos de su vida, estando ingresada en la Clínica Universitaria, desde su habitación contemplaba el Campus de la Universidad de Navarra, y en un primer plano la ermita de la Virgen del Amor Hermoso, que preside y protege las personas y los afanes de los que allí estudian y se forman. Alexia, dada su inmovilidad, no podía acercarse, pero con su corazón y el deseo iba a postrarse ante la imagen de Nuestra Señora. Y cuando sus padres se acercaban a la ermita en busca de apoyo y consuelo y a ofrecer el dolor que les atenazaba, Alexia les pedía: Dadle un beso a la Virgen de mi parte.

La devoción y el cariño de Alexia a la Virgen tenían manifestaciones concretas: los sábados solía poner alguna flor ante la Virgen que preside el cuarto de estar de su casa, y en el mes de mayo colocaba en un lugar destacado una pequeña imagen que tenía en su habitación. A lo largo de su enfermedad, tuvo a su lado una estampa de la Milagrosa, y frecuentemente le dirigía miradas. Los sábados pedía a sus padres y hermanos que encargaran un ramo de flores para la Capilla del hospital o clínica en que estaban.

Sus escritos

Alexia, en su corta vida, no escribió ningún libro, pero sí dejó escritas algunas frases en los que se reflejan su intensa vida interior y su pensamiento.

A finales del año 1982, en uno de los trabajos del Colegio, cuyo tema versaba sobre la alianza que Dios hizo con Abraham y en la obediencia, llena de fe, con que él respondió, se le pedía que expusiera algún que otro ejemplo de compromiso o de alianza. Alexia escribió: La familia es una hermosa alianza. Para ella la familia entrañaba no sólo un compromiso trascendental, sino que lo califica de hermoso. Y más adelante, al definir qué es una alianza, dejó escrito: Una alianza es un pacto libre hecho entre personas que pretenden vivir con amor y fidelidad. Bien se puede decir que Alexia hizo un pacto de amor con Dios y lo cumplió, libre y entregadamente, hasta sus últimas consecuencias.

El trabajo que realizó finaliza con una oración compuesta por ella misma: Señor, te doy gracias por la alianza // que has hecho con nosotros. // Señor, auméntanos la fe, haznos obedientes // como Abraham para cumplir siempre tu voluntad. // Haz, Señor, que siempre seamos fieles // a nuestro compromiso contigo.

En otra ocasión, en un ejercicio de la asignatura de religión, le pidieron que compusiera una oración. La empezó con una frase muy parecida a la que repetía desde niña. La oración completa dice: Haz Señor que sigamos siempre tus mandatos, // y que estemos siempre atentos a tu palabra, // que sepamos darte gracias por el don de la vida, // por todo lo bello del mundo, // que sepamos llevar tu amor a los demás amando // nosotros más cada día.

La oración está redactada en plural como si quisiese extender su deseo a todo el mundo. Junto a ese deseo, la petición de que cumplamos su voluntad; es decir, que sigamos sus mandatos. Para esto es necesario estar atentos a su palabra, pues sólo así podremos descubrir lo que Dios quiere de cada uno de nosotros. Sigue una acción de gracias por todos los dones con que el Señor nos colma: la vida y tantas cosas buenas y bellas que nos rodean. Termina con un deseo de acercar las almas a Dios, y condición indispensable para este apostolado es que amemos cada día más a los que nos rodean y les hagamos partícipes de lo más importante que hay en nuestra vida: el amor de Dios.

También nos ha dejado otra oración. En ella se dirige a Jesús diciendo: Tú que nos amaste hasta el fin, que llegaste a morir por nosotros, ayúdanos a todos los miembros de tu Iglesia a vivir el Amor, a querernos como Tú nos has querido. Enséñanos a perdonar y a compartir todo como hermanos. Amén. En esta oración se refleja cómo entendía la caridad, el precepto divino “Amaos los unos a los otros como yo os he amado”.

Hay otra oración suya, escrita un año antes de enfermar, llena de amor de Dios y de humildad. Dice así: Señor nuestro, te suplico me perdones mis pecados y mis faltas; porque yo me arrepiento y te prometo que, con tu ayuda, no volveré a pecar más. Necesito tu amor y comprensión. Dios mío, ayúdame. Sin Ti nada puedo. Ayúdame para que pueda serte fiel siempre, siempre, siempre. Amén.

En un trabajo escolar sobre el espíritu de servicio y la importancia de darse a los demás, escribió: Servir es vivir la alegría. Se ama la vida cuanto más nos damos a Dios y a los demás. Servir es estrenar la esperanza todos los días. Dios ama a quien da con alegría. Para Alexia, servir era un motivo de alegría; por eso saca como consecuencia que darse a Dios y ayudar a los demás es la mejor forma de crecer en el amor y de ese modo dar sentido a nuestra vida. Entendió que ayudar a los que la rodeaban era estrenar la esperanza de que, con cariño y espíritu de entrega, los lazos familiares y de amistad se harían cada vez más fuertes.

Sobre el trabajo dejó escrito lo siguiente: El trabajo debe ser una manera de alabar a Dios, no una carga y una obligación hecha de mala gana. El trabajo nos honra. Alexia sabía que el trabajo requiere esfuerzo y da ocasión de ejercer una serie de virtudes. Además, hecho por amor de Dios es materia de santificación. Para ella, su trabajo era principalmente el estudio y realizar sus tareas escolares, aunque no por eso dejaba de ayudar en casa. Como era muy organizada, tenía un horario fijo para estudiar en casa, por eso disponía de tiempo libre para oír música, dibujar y leer, que eran sus aficiones favoritas.

Sólo con una fe profundamente arraigada y amorosamente vivida Alexia pudo sobrellevar tanto dolor y tantas limitaciones como sufrió durante su enfermedad. Fue la suya una fe sin fisuras, cimentada en la filiación divina. Una fe que la alimentaba con la frecuencia de los Sacramentos y el trato íntimo con Jesús en la oración. A propósito de la fe dejó escrito: La gente, cuando niega a Dios, lo hace no por convencimiento, sino por comodidad. No está dispuesta a asumir sus compromisos con la Ley de Dios y prefiere prescindir de Él. Con frecuencia, cuando una persona dice que no tiene fe, lo más seguro es que tenga un problema moral y que, al faltarle el valor para rectificar, dice que no cree en Dios. Veía con claridad que la fe requiere humildad para aceptar sus misterios, acatamiento a la Ley de Dios y obediencia al Magisterio de la Iglesia.

Para ella no había conflicto entre fe y ciencia. En sus escritos aparece: Aceptando la ciencia, la fe nos dice que Dios está presente en la evolución, y que en todo lo creado se halla amorosamente el espíritu de Dios. Para nosotros, los creyentes, los avances de la ciencia en evolución son signos de la presencia y el amor de Dios.

Sobre el trato que debe existir entre cualquier cristiano y su Creador, ese Dios amantísimo que no sólo nos ha creado y nos sostiene en la vida, sino que en un acto de Amor extraordinario nos ha hecho hijos suyos por el Bautismo, escribió: El culto a Dios debe ser de amor filial porque es nuestro Padre; un culto de reverencia, porque es nuestro Dios y un culto constante, porque Él está dentro de nosotros en nuestra alma en gracia. Ponía en primer lugar el amor filial, porque ella se sentía muy hija de Dios. Habla después del culto de reverencia que se le debe como Dios y Señor nuestro. Ese culto, para ella, debe ser constante por la certeza que tiene de que Dios habita en su alma en gracia. La sencilla rotundidad con que lo expresa es prueba del grado de intimidad que tenía con Dios.

Porque se sabía hija de Dios, Alexia se sentía también fiel hija de la Iglesia. Según consta, pedía diariamente en la acción de gracias de la comunión: Por el Papa, por la Iglesia, por los Cardenales, Obispos y sacerdotes. Y a propósito de la Iglesia, escribió: El amor que debemos tener a la Iglesia se manifiesta siendo muy fieles a su Magisterio, que nos llega a través del Papa y de los Obispos, y también cuando la defendemos de quienes la atacan, dando con ello testimonio de nuestra fe cristiana.

Sarcoma de Ewing

A principios de 1985 irrumpe de modo inesperado y cruel en la vida de Alexia la enfermedad, en forma de tumor canceroso en las vértebras cervicales que en poco tiempo la deja completamente paralítica. El sarcoma de Ewing es una enfermedad dura, un auténtico calvario de sufrimientos, pero Alexia supo aceptarla plenamente identificada con la voluntad de Dios. No protestó ni se rebeló. Por el contrario, ofreció desde el primer momento, con serenidad y alegría, los fuertes dolores y las limitaciones de la enfermedad, así como las cuatro delicadas operaciones quirúrgicas que padeció.

Era positiva y animosa -escribió de Alexia una amiga suya-. Si yo me quejaba por pequeñas cosas, ella después de escucharme solía decirme: “Se te pasará enseguida, ya verás como no es nada”. Y eso mismo nos hacía creer cuando estaba enferma: que lo suyo no era nada. Parecía darle tan poca importancia, que incluso decía que más que una enfermedad, lo suyo era un problema. La visité en los tres hospitales en que estuvo en Madrid y también en su casa, y al preguntarle que tal se encontraba, contestaba siempre: “Bien, mucho mejor, gracias”. No se sentía violenta por estar paralítica y sin pelo. Alexia además de fuerte, era muy paciente. Parecía haber hecho suya la máxima de Santa Teresa: “La paciencia todo lo alcanza” (María Jesús López Jareño).

En la enfermedad se manifestó de forma nítida la fe de Alexia, donde demostró lo que había cultivado durante sus anteriores catorce años. Sabía que la enfermedad era un tesoro que tenía en sus manos y procuró aprovecharlo al máximo. Tuvo un auténtico espíritu de inmolación cuyo reflejo exterior era una cara agradable, serena y sosegada. La razón que explica cómo pudo sufrir las abundantes molestias, limitaciones e incomodidades que le imponía su situación con paz, buen humor y alegría: una unión estrecha con Jesús, a quien amaba y se sometía tiernamente, y a quien gustosamente se ofrecía para colaborar en la tarea redentora. Siempre ofrecía sus sufrimientos, que nunca exageraba y que a menudo trataba de ocultar. Por eso, nunca se la vio triste ni abatida.

He aquí el testimonio de una enfermera: Tengo que decir que en el tiempo que llevo trabajando no he visto una caso igual en lo que se refiere a la aceptación del dolor. Dado el cuadro patológico de Alexia, es indudable que debía sentir mucho dolor, debido a las largas curas que se le hacían, a las constantes inyecciones que había que ponerle, etc. Sin embargo, en estas situaciones nunca la vi quejarse ni protestar, lo pasaba muy mal y, no obstante, sonreía. Debido al deterioro de sus venas, los pinchazos resultaban extremadamente dolorosos, y en más de una ocasión tuve la sensación de que la estaba “acribillando”. (…) En esas situaciones, Alexia se mostraba siempre serena, tranquila, incluso sonriente, aunque yo sabía que cada pinchazo le tenía que resultar muy doloroso (Celia Roncal).

Alexia vivió su enfermedad heroicamente, con absoluto sentido sobrenatural, rezando, ofreciendo y apoyándose en Dios en todo momento; por eso nunca hubo en ella queja ni amargura y sí, en cambio, una paz y serenidad infinitas.

Preocupación por los demás

Todas las personas -médicos, capellanes, enfermeras- que la trataron en los últimos meses de vida, destacan, además de su aceptación serena del dolor, su constante preocupación por los demás: niños ingresados, enfermeras, etc. Alexia era muy delicada y afable, creo que se preocupaba más de nosotros que de sí. Nunca atraía la atención hacia ella, escribió una doctora que la atendió.

Se interesaba vivamente por la marcha del proceso de los niños enfermos en la Planta -testimonia una enfermera-. Prueba de ello es que así se lo cuenta en la carta que escribió a sus amigas de Madrid. Se acordaba del santo de cada una de las personas que la trataban, por razón de su trabajo, en la Clínica, conocía perfectamente sus nombres y para todos tenía un detalle: les felicitaba y les entregaba un regalo. El día de la Virgen del Carmen, santo de varias personas, entregó a cada una un pañuelo. Pero quiero señalar que el recuerdo era absolutamente para todos. En general, los pacientes suelen ser agradecidos con los médicos y enfermeras, por tener con ellos un trato más directo. Pero Alexia tenía un detalle para todos, incluidas las auxiliares, las señoras de la limpieza, etc. (Natividad Iribarren).

Pasando por alto sus casi constantes dolores, Alexia derramaba cariño de modo heroico sobre todos, especialmente en los niños enfermos. Cuando no estaba destrozada por los efectos de la quimioterapia a su habitación acudían los niños ingresados buscando su dulce sonrisa, pues lo que cautivaba de ella era el amor -chispa del amor de Dios- que sabía transmitir con una ternura y una fuerza inusitada. En otras ocasiones, si podía, era ella la que iba a sus habitaciones para visitarles. Con todos tenía siempre algún detalle: una caramelo, un bombón, etc.

Ya en los últimos días, una enfermera que estaba embarazada de su primer hijo le hacía las curas, que a veces realizaba agachándose o poniéndose de rodillas. Alexia se preocupaba por si esa postura quizás podía afectar al embarazo. Y antes de morir encargó a su madre un regalo para entregar a la enfermera cuando naciese su hijo.

En otra ocasión, una amiga le pidió que rezase por una prima suya diabética que había perdido un niño el año anterior y estaba de nuevo embarazada. No olvidó el encargo, al contrario, la incluyó en su lista de peticiones.

Muerte

Yo ya quiero irme al Cielo, dijo Alexia a su madre un mes antes de su muerte. Era una forma delicada de hacerla partícipe de lo que ya presentía inminente y, sobre todo, de lo que su corazón anhelaba: encontrarse con Dios.

Alexia no hablaba nunca de muerte, sino de irse al Cielo porque para ella su tránsito era alcanzar la Vida. Deseaba llegar a su morada definitiva y era consciente de que se encontraba en la recta final de su camino. En la última carta a sus amigas, al decir ahora sólo queda la recta final que, aunque es muy dura, es la recta final, podría entenderse que se refería al fin de sus padecimientos, pero ella aludía, sin duda, al camino del Cielo, a la meta definitiva, donde la estaría esperando ese Jesús que ella afirmaba haber querido siempre.

Había cumplido ya su tarea en esta vida y recorrido la senda del dolor que el Señor le había marcado. Nada la retenía ya en la tierra, ni el amor a los suyos, a los que tanto quería y a los que animaba a estar alegres porque ella se iba al Cielo. Alexia confiaba en la misericordia de Dios; en que el Señor la estaba aguardando para darle el denario que se había ganado por haber soportado con alegría el peso del día y del calor (Mt 20, 11). También ella, como San Pablo cuando escribió su segunda carta a Timoteo, había combatido el buen combate, estaba terminando la dura carrera que había recorrido con una fe sin fisuras y un amor sin límites. Su deseo era irse al Cielo sin demora, donde encontraría a su Padre Dios con sus brazos amorosos abiertos para recibirla.

Sus últimos meses fueron de gran dureza respecto al rigor de los tratamientos: cirugías, postoperatorios, sondas, rehabilitación, movilización pasiva de miembros dolorosos, úlceras de decúbito, infecciones interrecurrentes, problemas de nutrición y un largo etcétera que supusieron un importante dolor físico. En noviembre, la enfermedad penetra en el cerebro dando lugar a unas intensas cefaleas. El 30 de noviembre se confesó por última vez. A media mañana, los médicos comunicaron a sus padres que se le había detectado una metástasis en las meninges y que ese tumor acabaría con su vida en breve tiempo. Tras unos días de gran dolor, entregó su alma a Dios el 5 de diciembre.

En los últimos momentos -ya sabe que Dios viene a buscarla pronto-, cuando su madre le pregunta: ¿Eres feliz?, responde: Sí, ¡muy feliz! De verdad, de verdad, ¡muy feliz! Y sus dos últimas palabras dichas una y otra vez: más y sí. Más para que le siguieran hablando de Dios y para asentir a lo que había sido su frase, repetida constantemente desde muy niña: Jesús, que yo haga siempre lo que Tú quieras.

Tuve ocasión de asistir a sus últimos momentos -cuenta una de las enfermeras de la Clínica Universitaria de Navarra-. Con otra enfermera y su madre, la amortajamos. Recuerdo que tenía la espalda llena de moratones, como si hubiese sido cruelmente golpeada. Las largas cicatrices en el cuello, las huellas dejadas por el tornillo del aro metálico y los últimos pinchazos en las manos para extraerle sangre hacían de Alexia un retrato semejante a un Crucificado (Carmen López de la Fuente).

Al día siguiente de su muerte, los restos mortales de Alexia reciben cristiana sepultura en el cementerio de Aravaca. Antes de su entierro, pasaron por delante del Colegio, para que ella se despidiera. Avisadas sus compañeras de clase, bajaron hasta la barandilla y, muy emocionadas, en voz alta rezaron una avemaría. Todas contemplaron atónitas el féretro que contenía el cuerpo de su compañera y amiga. Las lágrimas no pudieron ser contenidas. En medio del silencio, una voz emocionada se oyó: ¡Adiós, Alexia!

 

 

 

 

 

 

El Siervo de Dios José María Hernández Garnica

José María Hernández Garnica

José María Hernández Garnica nació en Madrid el 17 de noviembre de 1913. Doctor Ingeniero de Minas, en Ciencias naturales y en Teología. Pidió la admisión en el Opus Dei el 28 de junio de 1935. Falleció en Barcelona el 7 de diciembre de1972.

Supo responder con generosidad a la llamada específica de Dios, y su vida, centrada en la Santa Misa, fue apostólicamente fecunda. Estuvo siempre muy unido a San Josemaría, Fundador del Opus Dei, que depositó en él una gran confianza. Tenía grandes talentos humanos que puso, movido por Dios, al servicio de la Iglesia y de todas las personas que le trataron. Su sencilla humildad y su extraordinaria sinceridad y franqueza hicieron que su personalidad fuera atractiva, aunque él se sintió siempre servidor de todos.

El 25 de junio de 1944 recibió la ordenación sacerdotal. Después San Josemaría le encargó especialmente el impulso de la labor apostólica del Opus Dei entre las mujeres de España, lo que compaginó con otras muchas tareas sacerdotales por todo el país. Más tarde, marchó a desarrollar su ministerio sacerdotal en varios países de Europa. Trabajó en Inglaterra, Irlanda, Francia, Austria, Alemania, Suiza, Bélgica y Holanda.

Se santificó en sus tareas profesionales y luego en las propias del sacerdote, con generosidad: aprendió varios idiomas, se adaptó a diferentes ambientes e hizo frente a incomodidades de todo orden en países en los que comenzaba la labor apostólica del Opus Dei.

Sufrió con gran paciencia y espíritu de sacrificio diversas enfermedades y de modo especial el largo proceso de su última dolencia, que duró más de un año. Dios quiso llevárselo en la víspera de la solemnidad de la Inmaculada del año 1972, mientras hacía oración.

La Sierva de Dios Encarnita Ortega Pardo

Encarnita Ortega

Encarnita Ortega Pardo nació el 5 de mayo de 1920, en puente Caldelas (Pontevedra), de una familia cristiana. En tierras de Galicia y Aragón transcurrieron su infancia y juventud. En 1941 asistió a un curso de retiro espiritual en Alacuás (Valencia), dirigido por San Josemaría Escrivá, y el Señor le hizo ver su vocación al Opus Dei.

Encarnita incorporó pronto a su vida las enseñanzas del Fundador del Opus Dei, y el quehacer diario fue para ella forja de virtudes cristianas. Su fe en Dios y su amor a las almas se manifestaban en una actitud de servicio, que le llevaba a olvidarse de sí misma para ocuparse del bien espiritual y material de las personas que trataba. En 1946 se trasladó a Roma, donde colaboró con San Josemaría en la expansión del Opus Dei por el mundo. Volvió a España en 1961y, con el empeño que le caracterizaba, colaboró en varias iniciativas apostólicas. Los últimos años residió en Valladolid.

En 1980 se le diagnosticó un cáncer. Convivió con la enfermedad durante quince años, sin disminuir por eso el ritmo de trabajo. Amó heroicamente la voluntad de Dios y enseñó a otras personas el valor santificador del dolor, cuando se une a la Cruz de Jesucristo.

Una intensa vida de piedad, que se traducía en un diálogo de amor con el Señor, en toda circunstancia, la llevó a convertir la amistad humana en ocasión de ayudar a los demás a encontrar a Jesucristo. Son muchas las personas que, a través del trato con Encarnita, se acercaron a Dios y entendieron con nueva luz el sentido cristiano de sus vidas. Murió con fama de santidad en Pamplona el 1 de diciembre de 1995.

El Siervo de Dios Toni Zweifel

Toni Zweifel

Toni Zweifel, nacido el 15 de febrero de 1938 en Verona (Italia), era hijo de un empresario suizo. Hizo la carrera de ingeniero industrial en la escuela Politécnica Federal (ETH) de Zürich (Suiza), donde acabó los estudios en 1962. Tras una corta actividad en la industria privada, trabajó como colaborador científico en el Instituto de Termodinámica de la ETH y desarrolló diversas patentes. Algunos años después, en 1972, sensible a la pobreza de los países en vías de desarrollo, cambió sus ocupaciones para crear, junto con otras personas, la Fundación Limmat, con sede en Zürich. Bajo su dirección, esta institución promovió, en los 17 años siguientes, cientos de proyectos de interés público en más de treinta países de cuatro continentes, centrados sobre todo en la promoción de la familia y la mujer, atención médica y formación profesional de la juventud.

En 1962 Toni Zweifel pidió la admisión en el Opus Dei, una institución de la Iglesia católica -hoy Prelatura personal- que por inspiración divina fundó San Josemaría Escrivá con el fin de promover la llamada de todos los cristianos a la santidad en el desempeño de sus deberes profesionales y familiares. Toni siguió esta vocación con total entrega y absoluta fidelidad hasta el final de su vida. Su trabajo se caracterizó por una gran calidad humana y sobrenatural, a impulsos de su deseo de ayudar al prójimo con eficacia. Todo ello unido a un cordial sentido del humor y a un estilo de vida lleno de sencillez.

Toni aceptó, con entrega plena a la voluntad de Dios, la enfermedad incurable que le sorprendió en 1986, cuando estaba en el cenit de su actividad. Murió de leucemia en Zürich, el 24 de noviembre de 1989, con fama de santidad.

El Siervo de Dios Ernesto Cofiño Ubico

Doctor Cofiño

Ernesto Cofiño Ubico nació en la ciudad de Guatemala el 5 de julio de 1899, donde también cursó sus primeros estudios. En la Facultad de Medicina de la Universidad de París obtuvo con honores el título de Médico Cirujano en 1929. Contrajo matrimonio en 1933 y tuvo cinco hijos.

Se dedicó plenamente al ejercicio de su profesión con un admirable espíritu de servicio que le llevaba, no solamente a ocuparse de la salud física de sus pacientes, sino a hacer suyos sus problemas personales. Su gran sentido sobrenatural y su hondo sentido humano le llevaron a fomentar y defender el derecho y el amor a la vida, propiciando iniciativas y realizando él mismo muchas de ellas, con gran caridad, en beneficio de futuras madres, de niños y niñas de la calle, de huérfanos, y ofreciendo soluciones a problemas públicos. Fundó asilos y centros asistenciales. Dirigió durante 4 años el hospicio Nacional.

Pionero de la investigación pediátrica en Guatemala, creó y ocupó la Cátedra de Pediatría en la Facultad de Medicina en la Universidad de San Carlos de Guatemala, durante 24 años. Por su dedicación generosa a la docencia mereció que se le concediera la Medalla Universitaria, máxima distinción de ese centro universitario.

Habiendo conocido el Opus Dei, institución de la Iglesia Católica fundada por San Josemaría Escrivá de Balaguer el 2 de octubre de 1928, para promover entre personas de toda condición la santificación en medio del mundo a través del trabajo ordinario, encontró en este camino la respuesta que debía dar a la llamada universal a la santidad que hace el Señor a todos los cristianos. El año 1966 pidió su admisión en el Opus Dei como miembro Supernumerario. A partir de esa fecha, intensificó su trato con Dios en la oración, en la mortificación, en la Santa Misa y Comunión diarias, en la Confesión semanal; creció su devoción a la Madre de Dios, convirtiéndose en gran propagador del rezo diario de Santo Rosario; se aplicó al estudio y a la formación doctrinal-religiosa, e intensificó su apostolado buscando comunicar su alegría y si generosidad a muchísimas personas, a las que animaba a colaborar económicamente y con sus oraciones en el impulso de labores de promoción humana y cristiana, en las cuales trabajaba con gran espíritu de sacrificio, dispuesto a poner en práctica la doctrina social de la Iglesia.

Colaboró heroicamente con organizaciones dedicadas a la educación  y capacitación de campesinos, de obreros, de mujeres de muy escasos recursos y en la formación de la juventud universitaria. Este servicio a favor del prójimo lo siguió realizando con gran abnegación hasta los 92 años.

Murió de cáncer, después de una enfermedad larga y dolorosa, llevada con fortaleza y conformidad heroicas, el 17 de octubre de 1991 en la ciudad de Guatemala. Su causa de canonización fue introducida en Guatemala el 31 de julio de 2000.

La Sierva de Dios Laura Busca Otaegui

Laura Busca

Laura Busca Otaegui (Laurita) nació el 3 de noviembre de 1918 en Zumárraga (Guipúzcoa). Realizó sus estudios en Zumárraga, Vergara y Valladolid. Se licenció en Famarcia en la universidad Central de Madrid en 1935. Ese año conoció a Eduardo Ortiz de landázuri, con quien contrajo matrimonio el 17 de junio de 1941 en el Santuario viejo de la Virgen Arantzazu (Oñate). Tuvieron siete hijos.

Poseía un gran temperamento, y era una mujer magnánima y comprensiva. Gracias a lo formación recibida y a su vida espiritual, supo corresponder al querer de Dios para buscar la santidad en su quehaceres ordinarios. Pidió la admisión en el Opus Dei el 8 de enero de 1953. Construyó con su marido, como aconsejaba San Josemaría Escrivá de Balaguer, un hogar luminoso y alegre. Su vida estuvo marcada por una extraordinaria generosidad en la entrega a su marido y a sus hijos, así como a otras muchas personas. Sustentó sus acciones en el amor a Dios y a los demás, que brotaba de una recia y honda piedad. Desde los años cincuenta llevó con fortaleza una dolorosa enfermedad de espalda, sin perder la sonrisa.

El 11 de diciembre de 1998 tuvo la alegría de asistir, en Pamplona, a la sesión de Apertura del proceso diocesano sobre las virtudes de su marido Eduardo y, poco tiempo después, pudo testificar en el Proceso. Tras una dolorosa enfermedad llevada con extraordinaria fortaleza cristiana, falleció en Pamplona, con fama de santidad, el 11 de octubre de 2000.

El Papa de la sonrisa (Juan Pablo I)

Semblanza de Juan Pablo I

Tiempos difíciles

A medianoche del 6 de agosto de 1978, la bandera amarilla y blanca del Vaticano ondeaba a media asta. Pablo VI, sucesor de san Pedro, servus servorum Dei, había fallecido.

En el momento de producirse la vacante de la Sede Apostólica, el estado de la Iglesia no era precisamente de los menos duros. Todos sus dogmas eran puestos en tela de juicio por algunas mentes oblicuas y sinuosas que no atacaban de frente pero que, poco a poco, los iban vaciando de contenido. Se cuestionaba la presencia real de Jesucristo en las especies eucarísticas. El hecho milagroso de la Resurrección de Cristo no era reconocido como un hecho histórico sino como una hipótesis según la cual la resurrección había sido un producto de la credulidad de los Apóstoles. Voces heréticas negaban la Concepción Inmaculada de Santa María y su virginidad perpetua. El Primado de Pedro era combatido…

Los abusos en materia litúrgica estaban a la orden del día, siendo especialmente maltratados los sacramentos. Las normas emanadas de la autoridad eclesiástica eran objeto de réplica contestataria. Las admoniciones de Roma eran consideradas como sugerencias, y sus reprimendas parecían ser tomadas como cumplidos.

Privados del catecismo, en unos casos; desorientados por catecismos heréticos, en otros;  adoctrinados por teólogos que, en lugar de proporcionarles nociones claras y concisas, les obsequiaban con sus dudas, los cristianos ya no sabían en qué debían creer o no creer, y sufrían, mientras proseguía la desbandada silenciosa de los fieles que iba despoblando los templos, a la vez que muchos conventos se vaciaban no tan silenciosamente.

El cardenal patriarca de Venecia, Albino Luciani, era lúcidamente consciente de la gravedad del momento que atravesaba la Iglesia y del enorme peso que caería sobre el futuro papa dirigirla. En la homilía hizo referencia al calvario de Pablo VI: Defender y conservar la fe fue el primer punto de su programa. En el discurso de coronación, el 30 de junio de 1963, había declarado: “Defenderemos a la Santa Iglesia de los errores de doctrina y de costumbre que, dentro y fuera de sus fronteras, amenazan su integridad y oscurecen su belleza”. San Pablo había escrito  a los Gálatas: “Si un ángel bajado del cielo os anunciara una buena nueva distinta de la que os hemos anunciado, ¡fuera con él!” (Ga 1, 8). En nuestros días, los ángeles pueden ser la cultura, la modernidad, el “aggiornamiento”. Todas estas cosas las apreciaba el papa Pablo VI, pero cuando le parecieron contrarias al Evangelio y a su doctrina, las rechazó inflexiblemente. Basta citar la “Humanae vitae”, su “Credo”, su  postura acerca del catecismo holandés, la clara afirmación  sobre la existencia del diablo. Alguien ha dicho que la “Humanae vitae” representó el suicidio de Pablo VI, la caída de su popularidad y el comienzo de las feroces críticas. Sí, en cierto sentido es así, pero él lo había previsto y, siempre con san Pablo, se había dicho: “Qué, ¿trato ahora de congraciarme con los hombres o con Dios?, o ¿busco yo contentar a los hombres? Si todavía tratara de contentar a los hombres, no podría estar al servicio de Cristo” (Ga 1, 10).

No ignoraba, pues, el cardenal Luciani que el sucesor de Pablo VI iba a encontrar la incomprensión del mundo; no se hacía ilusiones.

La elección del nuevo papa

Para asistir al cónclave, el cardenal Luciani viaja a Roma. El 24 de agosto, víspera del cónclave, el Patriarca de Venecia se dedica a escribir. En una carta dirigida a un pariente, dice: No sé cuánto durará el cónclave. Es difícil encontrar la persona adecuada para enfrentarse con tantos problemas, que son cruces muy pesadas. Por fortuna, yo estoy fuera de peligro. Ya es bastante grave votar en estas circunstancias. Y a un conocido suyo le escribe: El momento es verdaderamente importante para la Iglesia. Aunque quien la guía, en definitiva, es el Señor, es muy importante que el Vicario de Cristo sea un verdadero hombre de Dios. Contribuir con el voto a su elección, indicar a una persona y decirle al Señor: “acéptalo” es una gran responsabilidad que pesa mucho. Afortunadamente, estoy seguro de que esa persona no voy a ser yo, a pesar de algunos chismorreos de los periódicos. “Son sólo cábalas”, diría Pío X.

El 25, por la tarde, aproximadamente hacia la cinco, el último de los cardenales atraviesa la puerta de la Capilla Sixtina. En ese momento termina el canto del Veni Creator. Poco después, monseñor Virgilio Noé, maestro de ceremonias, se acerca al umbral y con voz imperiosa pronuncia las palabras del Ritual: Extra omnes! (¡fuera todo el mundo!). La puerta es cerrada. La custodia del cónclave por el exterior está confiada por vez al Prefecto de la Casa Pontificia, monseñor Jacques Martin, al Delegado especial de la Pontificia Comisión para la Ciudad del Vaticano y al Comandante de la Guardia Suiza, coronel Pfyffer von Altishofen.

La mayoría de los cardenales no están familiarizados con las diversas estancias de los Palacios Apostólicos. En la misma noche de la clausura, uno de ellos, el cardenal filipino Sin, coincide con el cardenal Luciani en un ascensor. Aprovecha la circunstancia para preguntarle dónde hay un lavabo. El interpelado responde: No lo sé. Esto es tan grande… Y de inmediato, el purpurado asiático, sin pensarlo dos veces y quizá en broma, le dice: Pues lo vas a saber pronto, porque vas a ser dueño de esta casa. Luciani, riéndose, contesta: ¿Eres tú profeta? Y luego, más serio: Pobre de este papa que va a salir. Hay tempestades… El cardenal Sin hace alusión a las palabras del Evangelio: No temas.

En la tarde del 26 de agosto, en la segunda fumata del día, empieza a salir por la chimenea de la Sixtina un humo grisáceo. Aunque con poca precisión, la fumata cumple su misión: los cardenales han elegido al nuevo papa.

En la Capilla Sixtina, después de haberse realizado el escrutinio que le eleva a la Sede de San Pedro, Albino Luciani, ya convertido en papa, se enfada con los cardenales y les dirige las mismas palabras que siglos antes dijera san Bernardo con motivo de una elección, en la que el santo abad fue elegido para regir la comunidad cisterciense de su monasterio: ¿Qué habéis hecho? Que Dios os perdone.

Han de transcurrir aún algunos minutos hasta que, muy lentamente, se abra la ventana de la fachada principal de la Basílica de San Pedro. Por fin se abre. Precedido de una cruz procesional, aparece el cardenal protodiácono, Pericles Felici, que pronuncia pausadamente las solemnes palabras del Ritual: Os anuncio una alegría grande. ¡Tenemos papa! El Eminentísimo y Reverendísimo Señor Albino Cardenal de la Santa Iglesia Romana Luciani, que ha tomado el nombre de Juan Pablo I.

Hijo de un emigrante

Albino Luciani nació el 17 de octubre de 1912, en el seno de una familia humilde, en Canale d’Agordo, pueblecito del Valle de Cordevole, en la provincia de Belluno. Fue bautizado casi inmediatamente después de ver la luz en la casa de la comadrona, por considerarse que su vida peligraba.

En Canale d’Agordo, de marzo a octubre se quedaban sólo las mujeres y los niños, pues no había trabajo en la comarca por ser una de las más desoladas de Italia. Los hombres se iban todos, unos a Alemania, otros a Suiza. El padre de Albino no fue una excepción.

Con el marido en el extranjero, la madre de Albino, Bortola Tancon, llevaba prácticamente todo el peso de la familia. Era una mujer sencilla, muy católica. Se sabía casi todo el Catecismo de San Pío X de memoria, y lo enseñaba a sus hijos, a veces mientras los lavaba y los vestía.

Albino vivió los años de su infancia en medio de padecimientos y estrecheces, por lo que su salud se resintió. Fueron tiempos de mayor pobreza en la región, en los que se comía poco, lo que se podía: a veces, hasta las raíces silvestres de los prados condimentadas con un poco de mantequilla. Sin embargo, Albino era un niño muy vivo. A menudo era él quien inducía a sus compañeros a hacer novillos para ir a los bosques a capturar pajarillos. O bien organizaba verdaderas batallas con bolas de nieve y peleas a puñetazos. Más tarde confesaría: A veces “encajaba” un poco y “arreaba” otro poco, tratando de igualar entradas y salidas.

A los diez años manifestó a su madre el deseo de ser sacerdote. Bortola le sugirió que hablase con el párroco, don Filippo Carli, que a su vez aconsejó al muchacho que si de veras sentía vocación ingresara en el Seminario Menor de Feltre donde, de todos modos, podría continuar los estudios. Como era necesario el permiso paterno, Albino escribió a su padre, que, como de costumbre, se encontraba en el extranjero, para manifestarle su deseo. El padre, a pesar de la sorpresa que representó para él la decisión de su hijo y la carga económica que tendría que soportar la familia, le respondió: Haz lo que quieras.

Seminarista

Los años de estudios en el seminario fueron difíciles para Albino: pusieron a prueba su estado físico, ya debilitado por una broncopulmonía mal curada cuando tenía tres años. El régimen del internado era duro y riguroso; las comidas, más bien franciscanas; el descanso nocturno, corto; las horas de estudio y oración, largas y fatigosas. Por dos veces el joven seminarista tuvo que regresar a su casa a consecuencia de amagos de tuberculosis, y por dos veces, apenas curado, quiso volver al seminario.

En los períodos de vacaciones, Albino ayudaba en la parroquia de su pueblo. Sin duda alguna, la persona que más le influyó fue el párroco, don Filippo Carli. De él aprendió a hablar con sencillez. Don Filippo le decía: Albino, cuando hables desde el púlpito, piensa siempre en la viejecita más inculta. Te debe entender ella también.

El párroco le encargó que enseñara el catecismo después de la misa dominical de las diez. Albino llamaba por su nombre a los chicos, hacía que se le acercaran de uno en uno. Tenía una agudeza particular. Para hacerse entender, usaba anécdotas sacadas de la Historia, de la Literatura y de vidas de santos, de modos de decir populares y ocurrencias. En una ocasión, para explicar la diferencia entre pecado venial y mortal puso el siguiente ejemplo: Si robas una manzana del huerto de tu  abuelo ‑decía‑, es pecado venial. Pero si un extraño entra en el mismo huerto y se lleva una cesta entera, entonces el pecado es más grave. Todos entendían y se divertían.

Buen estudiante, obtuvo en el seminario calificaciones brillantes. Lo recuerdo como un muchacho listísimo y de inteligencia excepcional ‑dijo un compañero suyo de estudios‑. Lo que más me sorprendía era su capacidad para leer libro tras libro y recordarlos con sorprendente nitidez.

Joven sacerdote

Recibió la ordenación sacerdotal el 7 de julio de 1935, pero su salud seguía endeble. La afección pulmonar se le reprodujo y para recuperarse estuvo una temporada en un sanatorio. Él mismo, más tarde, escribió: Me acordé de  ella (santa Teresa del Niño Jesús) cuando me llevaron enfermo al sanatorio. Eran aquéllos unos años en los que no se habían descubierto todavía la penicilina y los antibióticos, y la perspectiva que se le presentaba al paciente era una muerte más o menos próxima. Me avergoncé de haber pasado un poco de miedo. “Teresa a sus veintitrés años, hasta entonces sana y rebosando vitalidad ‑me dije‑, se inundó de alegría y esperanza cuando sintió que le venía a la boca la primera hemoptisis. Por si esto fuera poco, y quitándole importancia a su mal, consiguió llevar hasta el final el ayuno a pan y agua. ¿Y tú te vas a echar a temblar? Eres sacerdote, ¡despierta, no hagas el tonto!”

Al salir del sanatorio, marchó a Canale d’Agordo a respirar el aire de su valle, lo que aprovechó para desarrollar las tareas de coadjutor en la parroquia. Recordaba tiempo después el párroco de entonces, Augusto Bramezza: Un día vi llegar a mi casa a un cura joven, pálido, de aspecto tímido, que me dijo: “¿Qué debo hacer para ser útil?” La primera tarea que le asigné fue que cuidase de los niños y los hiciera jugar, y lo consiguió de un modo espléndido: era un auténtico genio para contar fábulas, de las que sacaba con agudeza un sentido moral. Y los niños lo escuchaban boquiabiertos.

Lo que más le hubiera gustado al joven sacerdote era ser párroco, pero nunca lo fue. Tuvo otros cargos: profesor, vicerrector del seminario, vicario general…  a lo largo de su vida, pero nunca desaprovechó la ocasión de  ser pastor. Una vez, siendo vicario general, envió a un antiguo compañero suyo del seminario como párroco a un pueblo destruido por la guerra; era un sacerdote con excelentes dotes de organización, pero descuidaba la vida de la comunidad parroquial. Entonces Albino se acercó él mismo a aquella parroquia, en donde permaneció una semana hablando con los jóvenes, dando clases…

En 1941 se matriculó en la Facultad de Teología de la Universidad Pontificia Gregoriana de Roma. Su obispo, monseñor Cattarossi, no quiso verse privado de su trabajo de docente, y consiguió de Pío XII para Luciani una dispensa expresa de la asistencia a las clases.

Con una tesis sobre Rosmini consiguió en 1947 el doctorado en Teología. Y durante más de veinte años enseñó Teología Dogmática, Sagrada Escritura y Derecho Canónico, al tiempo que ejercía cargos de gran responsabilidad en su diócesis.

Obispo

Al comienzo del año 1945 el Papa nombró obispo de Belluno y de Feltre a un capuchino apellidado Bortignon. Entre Luciani y el obispo se estableció en seguida una simpatía y estima recíprocas. Apenas conseguido el doctorado, Bortignon lo nombró procanciller, confiándole la tarea de preparar el sínodo interdiocesano de Belluno y de Feltre, que para aquella época representaba una novedad: se trataba de estimular a los sacerdotes a que buscaran una línea eclesiástica más adecuada a la situación histórica de la zona. El éxito alcanzado en el sínodo le valió primero, el ascenso a provicario, y luego, a vicario general. También fue nombrado director del Secretariado de Catequesis.

En 1948 falleció su madre a los setenta años, cuando al fin podía disfrutar de un poco de paz, junto a su marido, jubilado desde hacía cuatro años. Noté que se hacía un vacío dentro de mí ‑dijo Albino‑. Fue una madre diligente, sensible y cariñosa. Nos enseñó mucho, sobre todo el valor del verdadero amor a Dios y al prójimo. En estos momentos tan dolorosos, uno busca refugio más que nunca en el consuelo de la Iglesia cristiana, con la certeza de que ella ha alcanzado la felicidad eterna.

Su padre moriría en 1952, en el umbral de los ochenta años y perfectamente reconciliado con Dios.

El 15 de diciembre de 1958, Albino Luciani fue nombrado obispo por el beato Juan XXIII. El Papa que acababa de ser elegido había dejado vacante la sede Patriarcal de Venecia. Por tanto, era necesario nombrar un nuevo patriarca para la sede de San Marcos. Fue designado Giovanni Urbani, obispo de Verona, y Giuseppe Carraro fue trasladado a la diócesis de Verona desde la sede episcopal de Vittorio Veneto.

Como consecuencia de los cambios habidos, quedaba vacante la última diócesis citada. Para cubrirla el papa Juan XXIII pidió consejo a Girolamo Bortignon, que ocupaba a la sazón la sede de Padua. –Debería indicarme un buen sacerdote de su diócesis para enviar a Vittorio Veneto. Bortignon le respondió: –A decir verdad, entre los paduanos no sabría a quien indicaros. En cambio, en Belluno, hay un joven sacerdote, un tal Luciani, que parece que de un momento a otro se va a romper en dos… pero yo os lo aconsejaría.Lo conozco, lo conozco, dijo con una amplia sonrisa el papa Roncalli.

No había olvidado Juan XXIII que, siendo patriarca de Venecia, efectuó dos viajes en tren con un sacerdote llamado Albino Luciani. Tampoco a éste se le olvidaron estos viajes con el cardenal Roncalli: No me dejó casi nunca abrir la boca ‑contó Luciani años después, cuando Roncalli ya era papa‑. Siempre hablaba él y yo me limitaba tímidamente a escucharle.

En 1957 había tenido lugar otro encuentro. Roncalli había decidido pasar unos días de descanso en una casa veraniega situada en San Vito di Candore, en la región de Belluno, y se detuvo en la curia al pasar para hablar con el obispo, pero éste a la sazón se hallaba ausente. En cambio, se encontró con Albino Luciani, que lo recibió con gran cortesía y luego lo acompañó a San Vito. Posiblemente, en aquella ocasión se conocieron mejor.

El mismo Juan XXIII quiso consagrarle obispo en la Basílica de San Pedro de Roma, actuando también en el solemne rito los obispos monseñor Bortignon y monseñor Muccin, éste último obispo residencial de la diócesis de Belluno y de Feltre.

El lema episcopal adoptado por Luciani fue Humilitas. Y la humildad fue el rasgo peculiar de la personalidad del nuevo obispo. La homilía pronunciada en la fiesta de la Epifanía del Señor en su pueblo natal, Canale d’Agordo, tras su consagración episcopal, es un ejemplo de humildad: No sé qué habrá pensado el Señor, qué habrá pensado el Papa, qué habrá pensado la Divina Providencia de mí. En estos días estoy pensando que el Señor usa conmigo su viejo sistema: saca a los pequeños del barro de la calle y los pone en lo alto, saca a la gente de los campos, de las redes de mar, del lago y los hace apóstoles. Es su viejo sistema. Ciertas cosas el Señor no las quiere escribir ni en el bronce, ni en el mármol, sino en el polvo, para que si la escritura permanece,  no se la lleva el viento, quede bien claro que todo es obra y mérito del Señor. Yo soy el pequeño de antaño, yo soy el que viene del campo, yo soy el puro y pobre polvo; sobre este polvo el Señor ha escrito la dignidad episcopal de la ilustre diócesis de Vittorio Veneto. Si algo bueno nace de todo esto, que quede claro ya desde ahora: es sólo fruto de la bondad, de la gracia, de la misericordia del Señor.

También en la primera homilía en la catedral de Vittorio Veneto, cinco días después, se aprecia su profunda humildad de saberse solamente un instrumento en las manos de Dios: Uno de los obispos más brillantes fue san Pablo Apóstol, el cual decía de su predicación en Corinto: “Yo planté la semilla, pero quien dio el crecimiento fue Dios”. No se trata de ir con prisas, se trata sólo de misericordia y delicadeza de Dios. Yo, obispo, y mis sacerdotes podemos instruir, iluminar, incluso convencer, pero nada más; sólo Dios puede llegar a vuestro corazón y convertiros…

En el transcurso de los once años que estuvo gobernando la diócesis de Vittorio Veneto, se celebró en Roma un acontecimiento de suma importancia para la vida de la Iglesia: el Concilio Vaticano II. Monseñor Luciani como padre conciliar participó en todas las sesiones.

En la Sede de San Marcos

Después de la muerte del cardenal Urbani, patriarca de Venecia, el papa Pablo VI designó a Albino Luciani como sucesor. Era el 15 de septiembre de 1969. Cuando Pablo VI lo llamó a Roma para informarle personalmente del nombramiento, monseñor Luciani objetó al Papa: Lo siento mucho, Santidad, pero no creo que pudiera salir adelante. Tengo la voz cada día más débil y una salud muy endeble. Pablo VI le contestó: ¡Ánimo, ánimo! Por lo que se refiere a la voz, hoy existen los micrófonos. En cuanto a la salud…; bueno, siempre se encuentra en las manos de Dios.

Al llegar el momento de la despedida de la diócesis de Vittorio Veneto, los fieles quisieron demostrarle el afecto que por él sentían con una colecta que recaudó una gran suma de dinero. Pero Luciani la rechazó cortésmente: Gracias ‑dijo, devolviendo el dinero‑. Llegué aquí sin un céntimo y sin un céntimo quiero salir.

Tomó posesión de su nueva sede el 3 de febrero de 1970 con una solemne ceremonia en la Catedral de San Marcos.

En la ciudad de las góndolas continuó su magisterio. El patriarca Luciani fue un pedagogo cristiano por excelencia, que puso sus innumerables conocimientos al servicio de la predicación. Admiraba sin reservas a su paisano san Pío X: Tenía el catecismo en la sangre. Lo mismo ha podido decirse de él. Efectivamente, fue la catequesis el sector de vida cristiana al que más intensamente se dedicó, tanto en la práctica como en la teoría, no solamente cuando era simple sacerdote, sino también cuando fue obispo y, más tarde, cardenal patriarca. Basta recordar su espléndido Catecismo en migajas, publicado en 1949, como también sus puntuales intervenciones en el Sínodo de Obispos de 1977 que trató sobre la catequesis.

Con frecuencia hablaba de la importancia de la enseñanza del Catecismo: Los chicos que hoy se preparan para la Primera Comunión no tienen ni idea ‑decía‑. Es menester que aprendan algunas fórmulas de memoria. También es cierto que se necesitan buenos catequistas que sepan explicarlas.

De su época en Venecia son sus cartas cristianas, publicadas en la revista Messaggero di San Antonio y recogidas en el libro Ilustrísimos Señores. Las cartas están dirigidas a personajes históricos y de ficción de todos los tiempos y lugares, como Pinocho, san Bernardino de Siena, Hipócrates, santa Teresa de Ávila, san Buenaventura, Fígaro, etc. Escritas con una prosa periodística y ágil, notablemente ingeniosa ‑amén de espiritual‑, de indudable carácter popular. Es un  epistolario vivo, surgido de una cultura sorprendente y moderna que hace renacer una apologética poderosa, aunque afable, sin reticencias y sin ampulosas citas culturales, rica en episodios de la vida diaria; una apologética que establece la lógica de la vida y de la muerte, para los avatares de nuestro tiempo. Presentado a la luz de la sabiduría eterna, es toda una defensa de la persona y de la sociedad.

Su temperamento de catequista le hacía buscar en la comunicación escrita el cauce para difundir la luz, la alegría, la esperanza, la paz de la doctrina cristiana al mayor número de personas. Escribió artículos en diversas publicaciones. El último, antes de ser elegido papa, vio la luz en el diario veneciano Il Gazzettino, y versa sobre el hoy ya san Josemaría Escrivá y la obra universal que fundó: el Opus Dei.

La sonrisa de un breve pontificado

Poco más de un mes ‑33 días‑ fue la duración del pontificado de Juan Pablo I. El papa Luciani, en tan breve tiempo, supo ganarse, con su espontánea sonrisa y su palabra llena de unción, el corazón de los fieles y de millones de criaturas de otras creencias. A todos hizo experimentar la alegría de oír hablar de Dios con palabras claras, sencillas, estimulantes.

No tuvo tiempo de escribir una sola encíclica o constitución apostólica, ni siquiera un documento de menor rango, pero con una catequesis, en la que no faltaban pequeñas anécdotas personales, ejemplos tomados del inmenso caudal de literatura que había asimilado en toda su vida, se impuso a las almas con la fuerza del Espíritu.

En los pocos días de su servicio a la Iglesia desde la Sede del Pescador de Galilea repitió más de una vez: Os quiero explicar estas verdades como un catequista de parroquia. (…) No puedo hacer otra cosa que repetir las verdades del Evangelio como hacía en la iglesia de mi pueblo. (…) En el fondo es esto de lo que tienen necesidad los hombres, y yo soy sobre todo un pastor de almas; entre el párroco de mi pueblo y yo no hay sino una diferencia en el número de los que me han sido confiados, pero la tarea es la misma: hablar de Cristo y de su palabra.

Las comparaciones, las referencias sencillas, a veces los ejemplos y expresiones humorísticas, no eran un recurso para entretener. Eran los apoyos necesarios para transmitir las verdades evangélicas y hacerlas comprensibles a todos. Y como el Maestro, de quien fue su Vicario en la tierra, enseñaba por medio de parábolas.

Su catequesis quedará para siempre en el recuerdo como un mensaje luminoso y alegre de fe, amor y esperanza para la humanidad. En su paso por la historia, Juan Pablo I ha dejado esculpido un modelo maravilloso de catequista: hombre firme en la doctrina, hombre de estudio, oración y celo por las almas, con una bondad cautivadora, fruto de la humildad y de una fuerte unión con Dios, capaz de hacer amable las exigencias de la virtud.

Juan Pablo I, en su primera alocución dominical, al día siguiente de su elección, antes del rezo del Angelus y desde el balcón de la loggia central de la basílica vaticana, dijo a los fieles reunidos en la Plaza de San Pedro a modo de presentación: Ayer por la mañana, fui a la Sixtina a votar tranquilamente. Nunca había imaginado lo que iba a suceder. Apenas comenzó el peligro para mí, los dos compañeros que tenía al lado me susurraron palabras de ánimo. Uno me dijo: “Ánimo, si el Señor da un peso, dará también las fuerzas para llevarlo”. Y el otro compañero: “No tenga miedo, en el mundo entero hay mucha gente que reza por el nuevo Papa”. Al llegar el momento, he aceptado.

A continuación explicó el motivo por el cual había elegido el nombre compuesto de Juan Pablo: Después vino la cuestión del  nombre, porque preguntan también qué nombre se quiere tomar, y yo había pensado poco en ello. Hice este razonamiento: el papa Juan quiso consagrarme él personalmente aquí, en la Basílica de San Pedro. Después, aunque indignamente, en Venecia le he sucedido en la Cátedra de San Marcos, en esa Venecia que  todavía está completamente llena del papa Juan. Lo recuerdan los gondoleros, las religiosas, todos. Pero el papa Pablo no sólo me ha hecho cardenal, sino que algunos meses antes, sobre el estrado de la Plaza de San Marcos, me hizo poner completamente colorado ante veinte mil personas, porque se quitó la estola y me la puso sobre las espaldas. Jamás me he puesto tan rojo. Por otra parte, en quince años de pontificado este papa ha demostrado, no sólo a mí, sino a todo el mundo, cómo se ama, cómo se sirve y cómo se trabaja y se sufre por la Iglesia de Cristo. Por estas razones dije: me llamaré Juan Pablo.

Con un gesto de humildad terminó su alocución pidiendo oraciones por su persona Entendámonos, yo no tengo la “sapientia cordis” del papa Juan, ni tampoco la preparación y la cultura del papa Pablo, pero estoy en su puesto, y debo tratar de servir a la Iglesia. Espero que me ayudéis con vuestras plegarias.

Alocuciones

En la alocución del domingo siguiente hizo referencia a san Gregorio I Magno, cuya fiesta se celebraba: Fue muy bueno con los pobres. Convirtió a Inglaterra. Y sobre todo escribió libros muy bellos; uno de ellos es la “Regula pastoralis”, en ella enseña a los obispos su misión, y en la última parte dice: “yo he descrito al buen pastor pero no lo soy; he mostrado la playa de la perfección a la que hay que llegar, pero personalmente me encuentro todavía en las oleadas de mis defectos y de mis faltas; así, pues, por favor ‑escribe‑ para que no naufrague, echadme una tabla de salvación con vuestras oraciones”. Yo os digo lo mismo; pero no sólo el Papa tiene necesidades de oraciones, también la tiene el mundo.

El domingo 10 de septiembre comenzó su alocución hablando de la reunión en Camp David, en la que estuvieron trabajando por la paz en Oriente Medio los presidentes Carter de los Estados Unidos y Sadat de Egipto y el primer ministro de Israel, Begin, para terminar referiéndose al amor paterno de Dios para con el hombre. Me ha causado muy buena impresión el hecho de que los tres presidentes hayan querido manifestar públicamente su esperanza en el Señor a través de la oración. Los hermanos en religión del presidente Sadat suelen decir: “En una noche negra, hay una piedra negra, y sobre la piedra, una hormiga insignificante; pero Dios la ve, no la olvida”. El presidente Carter, que es cristiano fervoroso, lee en el Evangelio: “Llamad y se os abrirá. Ni un cabello de vuestra cabeza caerá sin la voluntad de vuestro Padre que está en los cielos”. Y el “premier” Begin recuerda que el pueblo hebreo pasó momentos difíciles y se dirigió al Señor lamentándose y diciendo: “Nos has abandonado, nos has olvidado”. “No -respondió Dios por  medio del profeta Isaías-: ¿Puede acaso una madre olvidar a su hijo? Pero si sucediera esto, jamás Dios olvidará a su pueblo”. Los que estamos aquí tenemos los mismos sentimientos: somos objetos de un amor sin fin de parte de Dios. Sabemos que tiene los ojos fijos en nosotros siempre, también cuando nos parece que es de noche. Dios es Padre, más aún, es madre. No quiere nuestro mal, sólo quiere hacernos bien a todos.

Con el inicio del nuevo curso escolar, aprovecha la alocución del domingo 17 de septiembre para dirigirse a los docentes hablándoles de responsabilidad en su tarea académica: Los profesores italianos tienen en su historial casos clásicos de amor ejemplar y dedicación a la enseñanza. Giosué Carducci era profesor universitario de Bolonia; acudió a Florencia a unos actos conmemorativos. Un día por la tarde, fue a despedirse del ministro de Instrucción Pública. “No, no -dijo el ministro-, quédese mañana también”. “Excelencia, no me es posible. Mañana tengo clase en la Universidad y los chicos me esperan”. “Le dispenso yo”. “Usted puede dispensarme, pero yo no me dispenso”. El profesor Carducci tenía de verdad un alto concepto tanto de la enseñanza como de los estudiantes. Era de la raza de los que dicen: “Para enseñar latín a John, no es suficiente saber latín, es necesario también conocer a John y amarlo”. E igualmente: “Tanto vale la lección cuanto vale la preparación”.

Las palabras pronunciadas a continuación y destinadas a todos los estudiantes, independientemente del nivel de enseñanza, son una llamada al estudio y al aprovechamiento del tiempo: También el Papa ha sido alumno de estos centros: escuela, liceo y universidad. Pero yo pensaba sólo en los jóvenes y en la parroquia. Nadie vino a decirme: “Tú llegarás a papa”. ¡Ay si me lo hubieran dicho!, habría estudiado más, me habría preparado. En cambio ahora soy viejo, ya no hay tiempo. Pero vosotros, jóvenes queridos que estudiáis, vosotros sois realmente jóvenes, vosotros tenéis tiempo para ello, tenéis juventud, salud, memoria, inteligencia; afanaos por sacar provecho de estas cosas. De vuestros centros de enseñanza saldrán los dirigentes del mañana; muchos de vosotros llegaréis a ser ministros, diputados, senadores, alcaldes, asesores, o bien ingenieros, médicos; ocuparéis puestos en la sociedad. Y hoy el que ocupa un puesto debe ser competente, hay que prepararse. El general Wellington, el que venció a Napoleón, quiso volver a Inglaterra a ver la academia militar donde había estudiado y se había preparado; y dijo a los cadetes: “Mirad, aquí se ganó la batalla de Waterloo”. Lo mismo os digo a vosotros, jóvenes queridos, se os presentarán batallas en la vida a los 30, 40, 50 años, pero si queréis vencerlas, ahora es cuando hay que comenzar, ahora hay que prepararse y ahora hay que ser constantes en el estudio y en las clases.

En su última alocución dominical, cuatro días antes de su imprevista muerte, da la solución para mejorar este mundo en que vivimos: La gente, a veces, dice: estamos en una sociedad totalmente podrida, totalmente deshonesta. Esto no es cierto. Hay todavía mucha gente buena, mucha gente honesta. Más bien había que preguntarse: ¿Qué hacer para mejorar la sociedad? Yo diría: Que cada uno trate de ser bueno y contagiar a los demás con una bondad enteramente imbuida de la mansedumbre y del amor enseñados por Cristo. La regla de oro de Cristo es: “No hagas a los demás lo que no quieres que te hagan a ti. Haz a los demás lo que quieres que a ti te hagan. Aprended de Mí que soy manso y humilde de corazón”. Y Él dio siempre ejemplo de esto. Puesto en la Cruz, no sólo perdonó a los que le crucificaron, sino que los excusó diciendo: “Padre, perdónalos porque no saben lo que hacen”. Esto es cristianismo: éstos serían los sentimientos que, puestos en práctica, ayudarían muchísimo a la sociedad.

Una catequesis adecuada

En el Sínodo de Obispos celebrado el año 1977 muchos obispos dijeron: Los discursos de los miércoles que pronuncia el papa Pablo son una auténtica catequesis adecuada al mundo moderno. Juan Pablo I quiso seguir con la acción catequética de su inmediato predecesor y aprovechó las audiencias generales de los miércoles para hacer catequesis con su estilo personalísimo.

Al hablar de los mandamientos de Dios dijo: Dios nos los ha dado no por capricho ni en interés suyo, sino muy al contrario, en interés nuestro. Una vez, una persona fue a comprar un automóvil. El vendedor le hizo notar algunas cosas: “Mire que el coche posee condiciones excelentes, trátelo bien; ¿sabe?, gasolina súper en el depósito, y para el motor, aceite del fino”. El otro le contestó: “No; para su conocimiento le diré que de la gasolina no soporto ni el olor, ni tampoco del aceite; en el depósito pondré champagne que me gusta tanto, y el motor lo untaré de mermelada”. “Haga Ud. como le parezca, pero no venga con lamentaciones si termina con el coche en un barranco”. El Señor ha hecho algo parecido con nosotros; nos ha dado este cuerpo animado de un alma inteligente y una buena voluntad. Y ha dicho: “esta máquina es buena, pero trátala bien”. Estos son los mandamientos. Honra al padre y a la madre, no matarás, no te enfadarás, sé delicado, no digas mentiras, no robes… Si fuéramos capaces de cumplir los mandamientos, andaríamos mejor nosotros y andaría mejor también el mundo.

Cuando trató de la virtud de la caridad, se refirió especialmente en lo que él llamaba las caridades menudas: Hay que amar al prójimo, ¡el Señor nos lo ha recomendado tanto! Yo recomiendo siempre no sólo las grandes caridades, sino las caridades menudas. En un libro titulado “El arte de ganarse amigos”, escrito por el americano Carnegie, he leído este episodio insignificante: Una señora tenía cuatro hombres en casa: el marido, el hermano y dos hijos ya mayores. Ella se ocupaba de la compra, de lavar y planchar la ropa, de la cocina… todo ella. Un domingo, llegan a casa. La mesa está preparada, pero en los platos hay sólo un puñado de heno. Protestan y dicen: “¡Oh!, pero qué, ¿heno?” Y ella dice: “No, todo está preparado. Pero dejadme deciros esto: yo cambio el menú, tengo todo limpio, atiendo todo. Y jamás me habéis dicho ni siquiera una vez: Nos has preparado una comida estupenda. No soy de piedra”. Se trabaja más a gusto cuando se ve el agradecimiento. Éstas son las caridades menudas. En casa todos tenemos alguna persona que espera un detalle nuestro.

En pocas palabras definió la identidad de la Iglesia y su tarea de enseñar la doctrina recibida de Cristo: San Pablo preguntó: “¿quién eres, Señor?” “Soy ese Jesús a quien tú persigues”. Una luz, un relámpago le pasó por la inteligencia. “Yo no persigo a Jesús, ni siquiera lo conozco; persigo a los cristianos, eso sí”. Se ve que Jesús y los cristianos, Jesús y la Iglesia, son una misma cosa indivisa e inseparable. Leed a san Pablo: “Corpus Christi quod est Ecclesia”. Cristo y la Iglesia son una sola cosa. Cristo es la Cabeza, nosotros, la Iglesia, somos sus miembros. No es posible tener fe y decir creo en Jesús y acepto a Jesús, pero no acepto la Iglesia. Hay que aceptar la Iglesia tal como es; y ¿cómo es esta Iglesia? El papa Juan la ha llamado “Mater et Magistra”, maestra también. San Pablo ha dicho: “Nos acepta a cada uno como ayudadores de Cristo, y administradores y dispensadores de sus misterios”. Cuando el pobre Papa y cuando los obispos y los sacerdotes presentan la doctrina, no hacen más que ayudar a Cristo. No es doctrina nuestra, es la de Cristo, sólo tenemos que custodiarla y presentarla.

En la Audiencia general del miércoles 13 de septiembre había varias parejas de recién casados. También a ellos se dirigió Juan Pablo I para desearles felicidad, a la vez que les contaba una anécdota simpática para recalcar la grandeza del matrimonio cristiano: A la derecha en cambio están los recién casados. Han recibido un gran sacramento; deseémosles que el sacramento recibido sea de verdad portador no sólo de bienes materiales, sino más aún de gracias espirituales. El siglo pasado había en Francia un profesor insigne, Federico Ozanam; enseñaba en La Sorbona, era elocuente, estupendo. Tenía un amigo, Lacordaire, que solía decir: “Este hombre es tan estupendo y tan bueno que se hará sacerdote y llegará a  ser todo un obispo”. Pero no. Encontró a una señorita excelente y se casaron. A Lacordaire no le sentó bien y dijo: “Pobre Ozanam, también él ha caído en la trampa”. Dos años después Lacordaire vino a Roma y fue recibido por Pío IX: “Venga, venga, Padre ‑le dijo‑; siempre había oído decir que Jesús constituyó siete sacramentos; ahora viene Ud., me revuelve las cartas y me dice que ha instituido seis sacramentos y una trampa. No, Padre, el matrimonio no es una trampa, es un sacramento muy grande”. Con estos deseos, damos la enhorabuena a estos queridos recién casados; que Dios los bendiga.

Cuando trató de la virtud de esperanza hizo todo un canto a la misericordia de Dios: He dicho que la esperanza es obligatoria; pero no por ello es fea o dura. Más aún, quien la vive, viaja en un clima de confianza y abandono, pudiendo decir con el salmista: “Señor, tú eres mi roca, mi escudo, mi fortaleza, mi refugio, mi lámpara, mi pastor, mi salvación. Aunque se enfrentara a mí todo un Ejército, no temerá mi corazón; y si se levanta contra mí una batalla, aun entonces estaré confiado”. Diréis quizá: ¿No es exageradamente entusiasta este salmista? ¿Es posible que a él le hayan salido siempre bien las cosas? No, no le salieron bien siempre. Sabe también, y lo dice, que los malos son muchas veces afortunados y los buenos oprimidos. Incluso se lamentó de ello alguna vez al Señor. Hasta llegó a decir: “¿Por qué duermes, Señor? ¿Por qué callas? Despiértate, escúchame, Señor”. Pero conservó la esperanza, firme e inquebrantable. A él y a todos los que esperan, se puede aplicar lo que de Abraham dijo san Pablo: “Creyó esperando contra toda esperanza” (Rm 4, 18). Diréis todavía: ¿Cómo puede suceder esto? Sucede, porque nos agarramos a tres verdades: Dios es omnipotente, Dios me ama inmensamente, Dios es fiel a las promesas. Y es Él, el Dios de la misericordia, quien enciende en mí la confianza; gracias a Él no me siento solo, ni inútil, ni abandonado, sino envuelto en un destino de salvación, que desembocará un día en el Paraíso.

Un día antes de su muerte, como si quisiese dejar a la humanidad un testamento, en su conmovedora catequesis de los miércoles, habló del amor a Dios: Amar a Dios es viajar con el corazón hacia Dios. Un viaje precioso. De muchacho me entusiasmaban los viajes narrados por Julio Verne (“Veinte mil leguas de viaje submarino”, “De la tierra a la luna”, “La vuelta al mundo en 80 días”, etc.). Pero los viajes del amor a Dios son mucho más interesantes. Están contados en las vidas de los santos. Por ejemplo, san Vicente de Paúl, cuya fiesta celebramos hoy, es un gigante de la caridad: amó a Dios como se ama a un padre y a una madre; él mismo fue un padre para prisioneros, enfermos, huérfanos y pobres. San Pedro Claver, consagrándose enteramente a Dios se firmaba “Pedro, esclavo de los negros para siempre”. El viaje comporta a veces sacrificios. Pero éstos no nos deben detener. Jesús está en la cruz; ¿lo quieres besar?, no puedes por menos de inclinarte hacia la cruz y dejar que te puncen algunas espinas de la corona que tiene la cabeza del Señor. No puedes hacer lo que el bueno de san Pedro que supo muy bien gritar “Viva Jesús” en el monte Tabor, donde había gozo, pero ni siquiera se dejó ver junto a Jesús en el monte Calvario, donde había peligro y dolor. El amor a Dios es también un viaje misterioso, es decir, uno no lo emprende si Dios no toma la iniciativa primero. “Nadie ‑ha dicho Jesús‑ puede venir a mí si el Padre no lo trae” (Jn 6, 44). Se preguntaba san Agustín: y entonces ¿dónde queda la libertad humana? Pero Dios que ha querido y construido esa libertad, sabe cómo respetarla aun llevando los corazones al punto que Él se propone: “parum est voluntate, etiam voluptate traheris”, Dios te atrae no sólo de modo que tú mismo llegues a quererlo, sino hasta de la manera que gustes de ser atraído. “Con todo el corazón”. Subrayo aquí el adjetivo “todo”. El totalitarismo en política es malo. En cambio, en religión nuestro totalitarismo respecto a Dios cuadra estupendamente. Está escrito: “Amarás a Yavé, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma, con todo tu poder, y llevarás muy dentro del corazón todos estos mandamientos que hoy te doy. Incúlcaselos a tus hijos, y cuando estés en tu casa, cuando viajes, cuando te acuestes, cuando te levantes, habla siempre de ellos. Atátelos en tus manos, para que te sirvan de señal; póntelos en la frente entre tus ojos; escríbelos en los postes de tu casa y en tus puertas” (Dt 6, 5‑9).

Anecdotario de la catequesis y de la vida

A unas parejas de recién casados, les dijo: La presencia de nuevos esposos conmueve particularmente, porque la familia es algo grande. Yo, en una ocasión, escribí un artículo en el periódico y me permití bromear, citando a Montaigne, un escritor francés, que decía: “El matrimonio es como una jaula; los que están fuera hacen todo lo posible por entrar, y los que están dentro hacen todo lo posible por salir”. No, no, no. Sin embargo, algunos días después, por casualidad, recibí una carta de un viejo superintendente provincial de los estudios, que había escrito libros, y me censuró diciendo: “Excelencia, ha hecho mal citando a Montaigne. Mi mujer y yo estamos unidos desde hace sesenta años y cada día es como el primer día”. Más aún, me citó otro poeta francés, en francés, pero yo lo digo en italiano: “Te amo cada día más; hoy mucho más que ayer pero mucho menos que mañana”. Y deseo que a vosotros os suceda lo mismo.

Sobre el sacerdocio de las mujeres, comentó: El otro día una niña de trece años me puso en un gran aprieto al preguntarme: “¿Es justo que Jesús instituyera siete sacramentos y que sólo seis están a disposición de las mujeres?” Se refería naturalmente, al sacramento del Orden, al que por tradición sólo se admite a los hombres. ¿Qué podría responder? Tras mirar a mi alrededor, dije: “En esta clase veo niños y niñas. Vosotros, los niños, ¿podéis decir que uno de entre los hombres del mundo es padre de Jesús?” Respuesta de los niños: “No, porque san José era sólo padre putativo”. “Y vosotras chicas, una de vosotras, mujeres, ¿es madre de Jesús?” Respuesta: “Sí”. Y yo: “Muy bien, pero reflexionad: si ninguna mujer es papa, obispo o sacerdote, eso queda mil veces compensado con la Maternidad divina, que honra extraordinariamente tanto a la mujer como a la maternidad”. La pequeña contestataria pareció quedar convencida.

En una audiencia general estaba hablando sobre el cuarto mandamiento: Sobre nosotros están nuestros padres. El catecismo decía: “respetarlos, amarlos, obedecerles”. El Papa debe inculcar respeto y obediencia de los hijos a los padres. Y de pronto interrumpe el discurso y comenta: Me dicen que están aquí los monaguillos de Malta. Que venga uno, por favor… Los monaguillos de Malta han prestado  servicio durante un mes en San Pedro. “Veamos, ¿cómo te llamas?”   “James”. “¡James! Dime, James, ¿no has estado enfermo alguna vez?”  “No”. “¿Nunca has estado malo?” “No”. “¿Ni siquiera con un poco de fiebre?” “No”. “¡Qué afortunado! Pero cuando un niño se pone enfermo ¿quién le da un poco de sopa, alguna medicina? ¿No es la madre? Pues bien tú te haces mayor y tu madre envejece: tú te conviertes en un gran señor y tu pobre madre a lo mejor está enferma en la cama. Entonces ¿quién le dará un poco de leche y medicinas? ¿Quién?” “Mis hermanos y yo”. ¡Estupendo! Sus hermanos y él, ha dicho. Me gusta. “¿Has entendido?”

La respuesta a una pregunta “comprometida”: Un día me preguntaron ‑son curiosas estas almas piadosas‑: “Usted, ¿qué Virgen prefiere? ¿La del Carmen? Porque mire, yo soy muy devota de la Virgen del Carmen”. Es gente campechana, y le respondí: “Si usted me lo permite le aconsejo la Virgen de los pucheros, los platos y las sopas”. Mirad que la Virgen se hizo santa sin tener visiones ni éxtasis, se hizo santa con estas pequeñas cosas. Lavaba los platos, preparaba la sopa, pelaba patatas y cosas por el estilo.

Sobre la predicación, comentó en una ocasión: Dupanloup escribió hace un siglo: “Por suerte,  Francia sigue siendo católica, a pesar de los treinta mil sermones que dan cada domingo los párrocos y los curas”. ¡A pesar, dice! Quizás era demasiado severo, pero a veces los sermones están mal hechos; son sólo invectivas y reproches. Hay que agradecerle al Señor que a pesar de esto la fe continúe. Y pensar que tendríamos que ayudar a que la fe crezca.

Y sobre el teofilantropismo, dijo: Durante la Revolución Francesa, el filósofo La Réveillère‑Lépaux fundó una nueva religión: el “teofilantropismo”. Viendo que tenía poco éxito, le pidió consejo a su colega Barras. Este le dijo: “Hay un medio seguro para alcanzar lo que quieres: te dejas matar un viernes y resucitas al domingo siguiente”. El filósofo torció el gesto: la primera parte del consejo le parecía antipática, la segunda imposible.