Archivo de la categoría: Historia de los Papas

III Centenario del nacimiento de Pío VI

Pío VI

Muerte en el destierro

El día 15 de febrero de 1798 las tropas napoleónicas, atropellando los derechos del Romano Pontífice, proclamaron la República Romana, de marcado carácter antirreligioso. A Pío VI, anciano de ochenta años, se le dio el título de ciudadano francés. Cuando el general Carvoni -al notificar oficialmente al Papa que quedaba despojado del poder temporal- ofreció a Pío VI la escarapela tricolor haciéndole ver que ya era un ciudadano más de la República Francesa, el Sumo Pontífice contestó con gran dignidad: No conozco ni admito ningún otro uniforme sino aquél con que la Iglesia me ha honrado.

Y rogó: Pido con instancia que la religión católica sea respetada, y que no se derrame la sangre de los que me han servido fielmente.

El Papa se mantuvo firme en que no podía renunciar a los derechos de la Santa Sede.

El 20 de febrero se obligó al Pontífice a salir de Roma, aunque el anciano había suplicado se le dejase morir en la Ciudad Eterna. La respuesta a su súplica fue que en cualquier lugar se podía morir.

Antes de salir de Roma, camino de su cautiverio, Pío VI escribió a los obispos: Dios ha querido, vosotros lo sabéis, que la Iglesia debiera su nacimiento a la Cruz y al sufrimiento, su gloria a la ignominia, sus luces a las tinieblas del error, sus progresos a los ataques de sus enemigos, sus fuerzas a las privaciones y a la adversidad. Por eso su esplendor no ha sido nunca tan puro como cuando los hombres hicieron esfuerzo para ensombrecerlo; pues, “como el oro es probado en el fuego”, así los amigos de Dios son probados en la tribulación.

Pío VI murió en la noche del 28 al 29 de agosto de 1799 en Valence (Francia). Muchos pensaron en el fin del Papado y que la Iglesia había muerto al morir el Papa, su cabeza, en el destierro. Goethe dijo: La Iglesia Católica ha pasado a la historia como una ruina ilustre. En términos parecidos se expresó Napoleón que, al conocer la noticia, escribió: La vieja máquina de la Iglesia se deshará por sí sola.

Muchos creyeron que Papado había terminado y hasta llegaron a decir que había muerto el sexto de los Píos y el último de los Papas. Y con el Papado se había hundido la Iglesia: Sin el Papa ya no hay cristianismo, y el orden social está irremediablemente herido en su corazón.

Pero las palabras de Cristo se cumplieron una vez más: Las puertas del infierno no prevalecerán contra ella (Mt 16, 18).

Fue una lástima que Goethe viviera antes que el converso Chesterton, pues en caso contrario podría haber leído lo que escribió el escritor inglés: En Heliópolis reinaba un faraón que se consideraba todopoderoso: el amo del mundo. Pero una tarde, un mendigo se le acercó y le dijo: “Dame todo lo que tienes: tus ropas, tus banquetes, tu opulencia…”

El faraón soltó una carcajada: “Encerrad a este loco, dadle muerte en la prisión…”

El pordiosero alzó su frente: “Yo soy más fuerte que tú. Yo soy el tiempo”.

El mendigo recorrió la tierra: Babilonia, Nínive, Atenas, Cartago… Y en todas partes repetía su estribillo demoledor: “Soy más fuerte que tú. Soy el tiempo”.

Una mañana, desde la plaza de San Pedro, subió hasta el Vaticano. Pero allí, le salió al encuentro un anciano vestido de sotana blanca, amable, sonriente: “Bienvenido, tiempo. Yo soy más fuerte que tú. Yo soy la eternidad”.

Nada de rencor

Pío VI entregó su alma a Dios el día 29 de agosto de 1799, en su cautiverio de Valence. Antes de recibir el Santo Viático, pidió a Dios que restituyese a Roma la cátedra de San Pedro, y a Francia la religión, la prosperidad y la paz. Monseñor Spino le preguntó si perdonaba a sus enemigos: De todo corazón, contesto el moribundo Pontífice.

Murió con una honda preocupación por la Iglesia, como se refleja en la respuesta que dio al embajador español, don Pedro Labrador, en una de las visitas que hacía éste al Papa, en el destierro, cuando el diplomático le comentó que la época más notable de su pontificado sería, sin duda, la de su cautiverio: Sea en buena hora; pero lo que nos aflige en extremo es ver dispersados y perseguidos a los cardenales. ¿Qué será de la Iglesia de Dios que tan destrozada y agitada hemos dejado?

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Wojtyla, no bottiglia

Cónclave de octubre de 1978. en el recuento de votos de una de las votaciones empieza a sonar con insistencia el nombre del cardenal Wojtyla, pero no alcanza la mayoría requerida. Hay que esperar a una nueva votación. Mientras tanto, el cardenal Wojtyla va a la capilla a recogerse en oración. Entra poco después en la capilla un cardenal centroamericano. Al ver al otro rezando, se le acerca. No le reconoce y le dice que encomiende a bottiglia, que en italiano significa botella.

En la siguiente votación salió elegido el cardenal Wojtyla. Inmediatamente recibe el homenaje de los cardenales que, uno a uno, se van acercando al nuevo papa (san Juan Pablo II). Cuando le llega el turno al cardenal centroamericano, el Papa le dice: Te regalo una caja de botellas para que no me llames más bottiglia.

Los Cónclaves (Número de votaciones en los cónclaves del siglo XX)

NÚMERO DE VOTACIONES EN LOS CÓNCLAVES DEL SIGLO XX

 

El primer cónclave del siglo XX se celebró en agosto de 1903. De este cónclave se sabe el resultado de las votaciones porque fue el último antes de decretarse sobre el secreto del cónclave. San Pío X fue elegido en la séptima votación. En el primer escrutinio, celebrado en la mañana del 1 de agosto, el cardenal Rampolla obtuvo 24 votos; el cardenal Gotti, 17; el cardenal Sarto, 5; y el cardenal Vannutelli, 4. Hubo 12 votos dispersos. El comentario que hizo José Sarto sobre el resultado de la votación fue el siguiente: Los cardenales se divierten a costa mía. En el segundo escrutinio, Rampolla subió a 29 votos, mientras Sarto duplica el número de votos obtenidos en la primera votación. Ahora saca 10.

 

Antes de la tercera votación se produjo el veto del emperador Francisco José I de Austria contra Rampolla. A pesar del veto, el antiguo Secretario de Estado de León XIII sacó un voto más, 30. Pero el número de cardenales que votaban a José Melchor Sarto iba creciendo de forma alarmante para el cardenal patriarca de Venecia. En la séptima votación, José Sarto consiguió 50 votos de un total de 62. Había superado los dos tercios requeridos para ser papa.

 

Benedicto XV fue elegido en la décima votación. El cónclave había comenzado el 31 de agosto de 1914. Entraron en el cónclave 57 cardenales del total de 65 que componían el Sacro Colegio. El 3 de septiembre, el cardenal Della Chiesa obtenía 38 votos, justo los dos tercios exigidos para ceñir la tiara pontificia, por lo que hubo que examinar todas las papeletas para comprobar que el elegido no se había votado a sí mismo, pues si lo hubiera hecho no habría valido el resultado de la votación.

 

Aquiles Ratti (Pío XI) necesitó más votaciones para ser elegido papa. En total 14. El cardenal Primado de Hungría comentó a la salida del cónclave: Hemos hecho pasar al cardenal Ratti por las catorce  estaciones del Vía Crucis y lo dejamos solo en el Calvario.

 

El cónclave de 1939 fue muy breve. En la tercera votación resultó elegido el cardenal Pacelli, que tomó el nombre de Pío XII. Anteriormente, de los papas del siglo XX, también León XIII (contado entre los papas del siglo XX porque gobernó la Iglesia los tres primeros años del siglo) fue elegido en la tercera votación. Y posteriormente, Juan Pablo I, en el primer cónclave de 1978.

 

Juan XXIII fue elegido al cuarto día del cónclave. Éste comenzó en la tarde del 25 de octubre de 1958, y hasta la media tarde del 28 no hubo fumata blanca. En total se necesitaron 11 ó 12 votaciones.

 

En el cónclave de 1963 hasta la quinta votación ningún cardenal alcanzó la mayoría requerida de los tercios. Era el 21 de junio cuando a media mañana  el cardenal Protodiácono anunció la elección del cardenal Montini como nuevo papa con el nombre de Pablo VI.

 

La elección de Juan Pablo I fue de las más rápidas. Al acabar el tercer escrutinio el cardenal Albino Luciani ya había logrado los votos necesarios para ser papa.

 

Un poco más largo fue el cónclave de octubre de 1978, el último del siglo XX. El cardenal Karol Wojtyla (Juan Pablo II) logró la mayoría requerida para sentarse en la Sede de San Pedro en la votación séptima.

 

Ya en el siglo XXI, Joseph Ratzinger (Benedicto XVI) fue elegido papa el segundo día del cónclave, a la cuarta votación

Los Cónclaves (Pleno de participación en un Cónclave)

PLENO DE PARTICIPACIÓN EN UN CÓNCLAVE

 

Actualmente, con los medios de transporte, no será difícil la participación en el cónclave de todos los cardenales electores. La no participación de algún que otro cardenal en futuros cónclaves no estará motivada por lejanía en el espacio como ocurría en siglos pasados, sino quizá por enfermedad o por cualquier otro motivo. Así, por ejemplo, no asistieron al cónclave de agosto de 1978 el norteamericano John Wright y el polaco Filipiac por encontrarse enfermos. Dos meses después, una mejoría permitió al cardenal americano asistir al nuevo cónclave, cosa que no sucedió con el polaco, pues la enfermedad que padecía le llevó a la tumba.

 

En el cónclave de 1958 no participaron los cardenales Stepinac, arzobispo de Zagreb, y Minsdszenty, primado de Hungría. El primero por estar confinado en su pueblo natal por las autoridades del régimen comunista de Tito, dictador de Yugoslavia; y el segundo, por encontrarse refugiado en la embajada de los Estados Unidos en Budapest.

 

Sin embargo, en el cónclave anterior, el de 1939, hubo pleno de asistentes. Los 63 cardenales que componían el Sacro Colegio pudieron llegar a tiempo para elegir al sucesor de Pío XI. El último en llegar fue monseñor O’Connell, arzobispo de Nueva York, que en el momento de producirse la vacante de la Sede Apostólica se encontraba en Honolulú, capital de Hawaii, archipiélago en pleno océano Pacífico. El presidente norteamericano Roosevelt puso a su disposición un crucero que le trasladó de Nueva York a Nápoles. Y de esta ciudad marítima viajó a Roma en un automóvil de la embajada norteamericana que le estaba esperando en el puerto.

 

Algunos de los participantes de este cónclave fueron: Della Costa, arzobispo de Florencia; O’Connell, arzobispo de Nueva York; Pacelli, Secretario de Estado; Schuster, arzobispo de Milán; Maglione, antiguo nuncio en París; Verdier, arzobispo de París; Hlond, primado de Polonia; Innitzer, arzobispo de Viena; Suhard, arzobispo de Reims; Faulhaber, arzobispo de Munich; Gerlier, arzobispo de Lyon; Segura, arzobispo de Sevilla; Liénart, obispo de Lille; Baudrillart, rector del Instituto Católico de París; Tisserant, miembro de la Curia romana; Granito di Belmonte, Decano del Sacro Colegio.

 

Menos suerte que O’Connell tuvieron los cardenales americanos en el cónclave de 1922. Cuando llegaron a Génova ya había sido elegido Pío XI. Días después, cuando fueron recibidos en audiencia por el nuevo pontífice, le dijeron: Estamos encantados con la elección que ha hecho el Sacro Colegio, pero nos hubiera gustado haber participado en ella. Pío XI tuvo en cuenta estas palabras y con el motu proprio Cum proxime amplió en cinco días período de tiempo que debe transcurrir desde el fallecimiento del papa hasta la entrada de los cardenales en el cónclave, con el objeto de que pudieran intervenir en el mismo los cardenales residentes en naciones no europeas.

 

En el primer cónclave del siglo XX participaron 62 cardenales. Sólo dos cardenales no pudieron acudir al cónclave: Celesin, arzobispo de Palermo, por encontrarse enfermo; y Moran, arzobispo de Sidney, por demora del largo viaje.

 

En el primer cónclave del tercer milenio participaron 115 cardenales de los 117 que tenían derecho por ser menores de ochenta años. No acudieron al cónclave el cardenal James L. Sin, de Filipinas, y Alfonso Antonio Suárez Rivera, de México, por razones de enfermedad. El primero de ellos, cardenal creado por Pablo VI, participó en los dos cónclaves del año 1978.

Los Cónclaves (La última vez que se hizo uso del veto)

LA ÚLTIMA VEZ QUE SE HIZO USO DEL VETO

 

La última vez que se puso el veto a un cardenal fue en el cónclave de 1903. En la mañana del 2 de agosto, antes de procederse al tercer escrutinio, el cardenal Jean Puzyna de Kosielsko, arzobispo de Cracovia, declaró en nombre de su Majestad Apostólica, el emperador Francisco José I la oposición de la corona austríaca a la elección del antiguo Secretario de Estado de León XIII, el cardenal Rampolla.

 

Las palabras del cardenal Puzyna fueron dirigidas al cardenal Luis Oreglia de San Esteban, Camarlengo de la Santa Iglesia, y fueron éstas: Tengo el honor, según se me ha encargado por orden superior, de rogar a vuestra Eminencia que, en su calidad de Decano de la Santa Iglesia Romana, tenga a bien saber, para su propio informe y para declararlo oficialmente en el nombre y por la autoridad de Francisco José, Emperador de Austria y Rey de Hungría, que su Majestad, queriendo hacer uso de un derecho y de un privilegio antiguos, pronuncia el veto de exclusión contra mi Eminentísimo Señor el Cardenal Mariano Rampolla del Tíndaro.

 

El antiguo Secretario de Estado había obtenido 24 votos en la primera votación y 29 en la segunda. La indignación producida por este gesto anacrónico fue general. La declaración de la voluntad imperial levantó numerosas protestas por parte del Sacro Colegio. El cardenal Camarlengo, Oreglia, protestó con orgulloso acento contra el odioso servilismo a un poder civil y rechazó con energía la validez del veto. Esa comunicación -dijo- no puede ser acogida por el Cónclave a título oficial ni oficioso, y no se tendrá en cuenta de ella.

 

El cardenal excluido protestó con palabras firmes y dignas, llenas de la  grandeza de su conciencia, propias de un príncipe de la Iglesia: Yo deploro que se cometa un grave atentado, en materia de elecciones, contra la libertad de la Iglesia y la dignidad del Sacro Colegio por un poder laico, y por ello protesto enérgicamente. En cuanto a mi humilde persona declaro que nada podía ocurrirme más honroso ni más grato.

 

San Pío X, elegido -los caminos de la Providencia son inescrutables- quizás gracias al veto austríaco al cardenal Rampolla, para evitar que en sucesivos cónclaves se hiciera uso del seudoderecho del veto, promulgó el 20 de enero de 1904 la constitución Commissum nobis, en la que se declaraba nulo y absolutamente prohibido el derecho de exclusiva, o veto, aun cuando fuera expresado como deseo o mera indicación iniciada de la voluntad de cualquier potestad civil.

El año de los cuatro papas

El año de los cuatro papas

En el transcurso del año 1276 cuatro papas sucesivamente ocuparon la silla apostólica. El primero de ellos fue el Beato Gregorio X (1271-1276), el papa que instituyó el cónclave para evitar períodos de sede vacante prolongados. Falleció en Arezzo el 10 de enero de 1276.

El 21 de enero fue elegido pontífice el dominico Pedro de Tarantasia, que tomó el nombre de Inocencio V. Su pontificado fue corto, pues murió cinco meses después de su elección, el 22 de junio. Fue beatificado por León XIII en 1898.

En un cónclave celebrado en Letrán, el 11 de julio salió elegido papa el cardenal Ottobono Fieschi, con el nombre de Adriano V. Falleció cinco semanas después, el 18 de agosto, antes de ser ordenado sacerdote y, por consiguiente, consagrado obispo.

El 8 de septiembre había un nuevo papa. Era Juan XXI, que tampoco tuvo un pontificado duradero -sólo unos meses-, pues murió el 20 de mayo de 1277. Eso sí, había conseguido superar el 31 de diciembre de 1276.

Los Cónclaves (El veto o derecho de exclusiva)

EL VETO O DERECHO DE EXCLUSIVA

 

A partir de mediados del siglo XVII se fue introduciendo el llamado derecho de exclusiva o veto en los cónclaves, como una forma bien precisa de influencia de los monarcas católicos en la elección de los papas. Con este pretendido derecho algunas naciones excluían a determinados cardenales, impidiéndoles alcanzar la tiara pontificia.

 

El veto fue sufrido a la vez que tolerado por la Iglesia sin rasgarse las vestiduras al considerar a las naciones que se arrogaban este seudoderecho como protectoras suya, y, también, por el temor de que en caso de contrariarlas, estas naciones causaran un daño grave a la religión católica.

 

Pocos fueron los cónclaves de los siglos XVII y XVIII en los que no se hiciera uso del derecho de exclusiva. De él se sirvió España en 1644 para impedir la elección del cardenal Sacchetti, propuesto por el cardenal Barberini, por ser amigo del cardenal Mazarino y, por tanto, partidario de la corona francesa. En el cónclave de 1655, nuevamente Sacchetti encontró la hostilidad del partido español. En este cónclave, además de España, también Francia excluyó a un cardenal.  En 1669 es Francia de nuevo quien puso el veto. El cardenal Benedicto Odescalchi fue el excluido. En el siguiente cónclave, celebrado en 1676, el rey francés, Luis XIV retiró el veto, y el cardenal Odescalchi fue elegido papa. Tomó el nombre de Inocencio XI.

 

Ya en el siglo XVIII, en 1721, el emperador de Austria, Carlos VI, impidió por medio de su ministro el cardenal Athan que el cardenal Paloucci fuese elegido papa, cuando estaba a punto de obtener la tiara. El excluido agradeció sinceramente al que juzgándole sin méritos para ocupar la Sede de San Pedro le apartaba de la carga y de la responsabilidad del Pontificado. Nueve años después, cuando murió Benedicto XIII, en un turbulento cónclave, el cardenal Imperiali, estando a punto de ceñir la tiara -le faltaba un solo voto para la mayoría de los dos tercios, que muy bien lo hubiera conseguido en la accesión-, fue excluido por el cardenal Bentivoglio, en nombre del rey de España. A esta exclusión también se adhirió Francia. Además de Imperiali, el otro candidato que contaba con más probabilidades de ser elegido, el cardenal Corradini, también fue vetado. Y Francia, otra vez, hizo uso del veto en el cónclave de 1758. Dos influyentes cardenales, Corsini y Portocarrero, patrocinaron la candidatura del cardenal Cavalchini, y el 28 de junio estuvo a punto de ser elegido, pero el cardenal Luynes interpuso el veto en nombre del monarca francés.

 

Durante el siglo XIX es Austria la que más frecuencia hace uso del derecho de exclusiva. No hubo ningún cónclave sin que el emperador austríaco procurara intervenir en él con el veto. En el cónclave que comenzó en el año 1799 el cardenal Herzan, en nombre de su Majestad Apostólica, excluyó al cardenal Bellisoni, designando a la vez como candidato imperial al cardenal Mattei. En el cónclave siguiente a la muerte de Pío VII (año 1823) encargó al cardenal Albani que pronunciara ante el Sacro Colegio el veto contra el cardenal Severoli, antiguo nuncio en Viena. Seis años más tarde, a la muerte de León XII, es de nuevo encargado Albani de poner el veto contra el cardenal De Gregorio. En el cónclave siguiente a la muerte de Pío VIII, el cardenal imperial fue una vez más el elegido por Austria para el ejercicio de su derecho de exclusión, mas no llegó a utilizarlo, no por propia voluntad sino por el desarrollo de la elección. Albani tenía orden de excluir al mismo cardenal vetado en el cónclave anterior, celebrado apenas un año antes, pero De Gregorio, antes de que se pronunciara contra su persona el veto, hizo que los electores se fueran decidiendo por el cardenal Capellari. Ante esta nueva candidatura, tampoco deseada por el emperador austríaco, Albani decidió esperar al momento que él creía más propicio para poner el veto al cardenal Capellari, en caso de que el nuevo candidato se acercara a la mayoría de los dos tercios. Pero el 2 de febrero de 1831 Capellari, sin que en las votaciones anteriores se acercara a la mayoría requerida de tal forma que su candidatura apareciera como segura, recibió 32 votos de los 41 posibles, con los que superaba los dos tercios exigidos para ser papa. Este resultado totalmente inesperado no dio lugar al veto imperial.

 

Tampoco pudo ejercer la corona austríaca el derecho de exclusión en el cónclave de 1846. El deseo del emperador de Austria era excluir al cardenal Mastai Ferretti, arzobispo de Imola, pero el cardenal Gaisruck, arzobispo de Milán, encargado de poner el veto, llegó a Roma cuando ya Mastai Ferretti era pontífice con el nombre de Pío IX.

 

Francia durante el siglo XIX hizo uso del derecho de exclusiva de forma moderada. En el cónclave de 1823 Luis XVIII hizo saber a los cardenales franceses, por medio de su embajador en Roma, que -sin excluir formalmente a nadie- deseaba la elección de un hombre moderado, equidistante por igual de todas las potencias católicas. No fue, pues, un veto propiamente dicho. Cuando fue elegido papa el cardenal Castiglioni, en el año 1829, Francia -partidaria de éste- estaba decidida a poner el veto contra el cardenal Ferch, o contra el cardenal Albani, en caso de que uno de estos dos salieran en los primeros escrutinios como firme candidato a la tiara pontificia. Ninguno de los dos obtuvo un solo voto. Lo mismo ocurrió en el cónclave siguiente: el cardenal D’Isord había sido encargado de hacer uso de la exclusiva contra el antiguo nuncio en París, cardenal Macchi, pero no se llegó a pronunciar el veto, pues el cardenal Macchi no obtuvo en ninguna votación más de doce votos, bien lejos de la mayoría requerida de los dos tercios. En los restantes cónclaves del siglo XIX, Francia sólo manifestó su deseo de que el elegido fuera italiano.

 

España usó del derecho de exclusiva durante el siglo XIX en contadas ocasiones. Una vez fue en el cónclave del que salió elegido Gregorio XVI. Ya en la elección anterior, el gobierno español había encargado al cardenal Gravina que pronunciara la exclusión contra el antiguo nuncio en Madrid, cardenal Giustiniani, pero no fue necesario que hiciera la declaración del veto, pues el candidato no grato a España no llegó a conseguir más de cuatro o cinco votos; pero al año siguiente, en un nuevo cónclave, después de 22 días de operaciones electorales, el 7 de enero de 1831 Giustiniani consiguió 21 votos, a solo ocho para alcanzar la tiara. Fue entonces cuando el cardenal Marco y Catalá pronunció el veto contra Giustiniani.