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Historia de los Papas. ¿Quiénes fueron los antipapas? (I)

LOS ANTIPAPAS

Se da el nombre de antipapa a diversos personajes, que en distintas épocas usurparon el título y las funciones del obispo de Roma, oponiéndose al papa legítimo. O también se puede definir como antipapa el pretendiente al Papado, elegido o designado en oposición al oficialmente nombrado y en consecuencia oficialmente reconocido como verdadero papa.

Ahora bien, hay dudas sobre algunos antipapas, que quizá no fueron tales sino auténticos papas, por ejemplo, Dióscoro (530-530), Félix II (355-365), Celestino II (1124-1124) y los papas de las obediencias de Aviñón y de Pisa durante el Cisma de Occidente, y también hay papas de cuya legitimidad se duda, por ejemplo, León VIII (963-965), Silvestre III (1045-1045) y Gregorio VI (1045-1046).

E incluso ha habido algunos antipapas que llegaron a ser papas legítimos como Vigilio (537-555), san Eugenio I (654-657) y Sergio III (904-911).

Además es de destacar la actuación de san León IX (1049-1054), que cuando en diciembre de 1048 el emperador Enrique III de Alemania lo designó en la Dieta de Worms para suceder al papa Dámaso II en la Sede romana, no ignoraba que los romanos tenían su propio candidato, y quiso tener la seguridad de que el pueblo romano aceptaba de buen grado la elección que había hecho el Emperador de su persona como obispo de la Urbe, y de esta forma evitar en convertirse en un antipapa. A tal fin se presentó humildemente en la Ciudad Eterna descalzo y con hábito de penitente, y esperó discretamente a que el pueblo y el clero cumplieran los requisitos formales. Los romanos le aceptaron y aclamaron sinceramente.

Algo parecido hizo Honorio II (1124-1130), que consciente de la irregularidad de su elección y comprendiendo que su promoción había sido ilegítima, renunció a la suprema dignidad, porque prefería tener con derecho el obispado de Ostia, que no el Romano con injuria. Pero los cardenales confirmaron de buen grado su nombramiento, siendo consagrado después de haberse repetido pacíficamente la ceremonia de aclamación, contando con el consentimiento unánime de todos los miembros del Sacro Colegio.

¿Quién es el Papa de la Inmaculada?

Pío IX. Beato. Papa. Su pontificado es el de mayor duración de la historia (de junio de 1846 a febrero de 1878). En él se produjeron los siguientes hechos: Proclamación del dogma de la Inmaculada Concepción de la Virgen María; Celebración del Concilio Vaticano I; Proclamación de la República Romana y destierro del Papa a Gaeta; Dogma de la Infalibilidad del Papa; Fin de los Estados Pontificios por la toma de Roma por los ejércitos del Nuevo Estado Italiano. Durante el Jubileo del año 2000 Pío IX fue beatificado.

Una vieja profecía

En la Roma secular circulaba una profecía según la cual ningún papa había de alcanzar los veinticinco años de pontificado atribuidos a san Pedro, el primer pontífice. Annos Petri non videbis (no alcanzarás la edad de Pedro). El beato Pío IX desmintió la profecía: gobernó la Iglesia treinta y un años, siete meses y veintidós días. En 1871, Pío IX, con su fino rasgo de humor, aceptó que se colocara un medallón de mosaico en un pilar de la Basílica Vaticana, encima de la estatua de bronce de san Pedro, como acta notarial de que la profecía había sido derrotada.

Quo vadis?

Pedro. Santo. Apóstol de Jesucristo. Se llamaba Simón, pero el Señor le cambió el nombre por el Pedro. El Maestro le concedió el primado sobre toda la Iglesia, por lo que es considerado el Príncipe de los Apóstoles. San Pedro, después de estar en Jerusalén, Jope y Antioquía, marchó a Roma, donde estableció su sede. Murió durante la persecución del emperador Nerón en el año 67.

Quo vadis?

Según una antigua tradición (que ha tenido magnífica expresión literaria en una novela de Henryk Sienkiewicz), durante la primera persecución contra los cristianos, decretada por Nerón, los cristianos aconsejaron a san Pedro que abandonase Roma. El primer papa, después de dudar mucho decidió seguir este consejo. El Apóstol acompañado por un joven llamado Nazario se alejaba, silencioso y sumido en el dolor, de la capital del Imperio a través de la campiña romana. De pronto le pareció que el sol venía hacia ellos.

‑¡Mira, Nazario!

‑¿Qué ocurre, señor? ¿Qué pasa? No distingo bien…

‑¿No ves esa claridad que se acerca?

‑No veo nada, padre.

¡Es un hombre! ¡Un hombre que viene hacia nosotros, envuelto en los fulgores del sol!

A continuación san Pedro cayó de rodillas y de sus labios brotaron estas palabras: ¡Cristo! ¡Cristo! Y tras un breve silencio murmuró, entre sollozos: Quo vadis, Domine? (¿A dónde vas, Señor?). San Pedro escuchó entonces una voz dulce y triste que decía: A Roma, puesto que tú huyes, para que me crucifiquen de nuevo en tu lugar. San Pedro comprendió enseguida que su lugar estaba en Roma. Se levantó y, en silencio, dio la vuelta hacia la ciudad de las Siete Colinas. Nazario, que no había visto ni oído nada, sorprendido, preguntó: Quo vadis, Domine?¡A Roma, hijo mío!, respondió san Pedro.

 

Canonización del papa de la “Humanae vitae”

El pontificado de Pablo VI fue dramático, un auténtico calvario para el Papa. Los tres primeros años fueron los del Concilio Vaticano II, llenos de esperanzas, y el resto, la época postconciliar, los años de la contestación dentro de la Iglesia. Era incontestable la tempestad que asolaba a la barca de Pedro. El Papa era plenamente consciente de la crisis provocada por los que interpretaron torcidamente los documentos conciliares: Creíamos que después del Concilio vendría un día de sol para la historia de la Iglesia, pero en cambio ha llegado un día nublado, tormentoso, oscuro, lleno de búsquedas e incertidumbres y no resulta fácil transmitir la alegría de la comunión.

También, refiriéndose a la situación de la Iglesia, dijo: Tengo la sensación de que por algún resquicio ha entrado el humo de Satanás en el templo de Dios. Y había añadido entonces que si en el Evangelio, en los labios de Cristo se menciona tantas veces a este enemigo de los hombres, también en nuestro tiempo él creía en algo preternatural que había venido al mundo para perturbar, para sofocar los frutos del Concilio Ecuménico y para impedir que la Iglesia prorrumpa en el himno de júbilo, sembrando la duda, la incertidumbre, la problemática, la inquietud y la insatisfacción.

Una vez finalizado el Concilio Vaticano II, al Pablo VI le correspondió la difícil tarea de su aplicación. Ello exigía mucha fortaleza interior, con espíritu hondamente cimentado en el Señor; se requería ser hombre de profunda oración para discernir, a la luz del Espíritu, los caminos seguros por donde conducir al Pueblo de Dios en medio de las dificultades propias de todo proceso de cambio, adecuación, de renovación… propias también de la furia del enemigo, cuyas fuerzas buscan prevalecer sobre la Iglesia de Cristo.

Lo que al Pablo VI le tocó vivir como Pastor universal de la grey del Señor, lo resumió el papa san Juan Pablo II en un valiosísimo testimonio, pues él había podido “observar de cerca” su actividad: Me maravillaron siempre su profunda prudencia y valentía, así como su constancia y paciencia en el difícil período posconciliar de su pontificado -escribió en la encíclica Redemptor hominis-. Como timonel de la Iglesia, barca de Pedro, sabía conservar una tranquilidad y un equilibrio prudencial incluso en los momentos más críticos, cuando parecía que ella era sacudida desde dentro, manteniendo una esperanza inconmovible en su compactibilidad.

El cardenal Albino Luciani (futuro Juan Pablo I), en la homilía que pronunció en la catedral de San Marcos de Venecia en el funeral de Pablo VI, hizo referencia al calvario del papa difuntoI: Defender y conservar la fe fue el primer punto de su programa. En el discurso de coronación, el 30 de junio de 1963, había declarado: “Defenderemos a la Santa Iglesia de los errores de doctrina y de costumbre que, dentro y fuera de sus fronteras, amenazan su integridad y oscurecen su belleza”. San Pablo había escrito a los Gálatas: “Si un ángel bajado del cielo os anunciara una buena nueva distinta de la que os hemos anunciado, ¡fuera con él!” (Ga 1, 8). En nuestros días, los ángeles pueden ser la cultura, la modernidad, el “aggiornamiento”. Todas estas cosas las apreciaba el papa Pablo VI, pero cuando le parecieron contrarias al Evangelio y a su doctrina, las rechazó inflexiblemente. Basta citar la “Humanae vitae”, su “Credo”, su postura acerca del catecismo holandés, la clara afirmación sobre la existencia del diablo. Alguien ha dicho que la “Humanae vitae” representó el suicidio de Pablo VI, la caída de su popularidad y el comienzo de las feroces críticas. Sí, en cierto sentido es así, pero él lo había previsto y, siempre con san Pablo, se había dicho: “Qué, ¿trato ahora de congraciarme con los hombres o con Dios?, o ¿busco yo contentar a los hombres? Si todavía tratara de contentar a los hombres, no podría estar al servicio de Cristo” (Ga 1, 10).

El 6 de agosto de 1978, fiesta de la Transfiguración del Señor, Pablo VI entregaba su alma a Dios. En ese día pasó del calvario que había sufrido aquí en la tierra al monte Tabor, al Cielo, donde recibió el premio de la vida eterna. La Iglesia reconoce la santidad de su vida canonizándole el 14 de octubre de 2018.

Al rebasar la barrera de los ochenta años Pablo VI hacía frecuentes referencias a su muerte, que la contemplaba ya próxima. Sabía que ya había librado su batalla y estaba preparado para marcharse. Pero antes quería cumplir con un último deber. El martes, 1 de agosto, a pesar de encontrarse enfermo, decide acudir a la iglesia parroquial Delle Frattocchie para rezar ante la tumba del cardenal Pizzardo.

El cardenal Pizzardo había sido su maestro en Roma y era quien le había hecho entrar en la Secretaría de Estado. Pero también le hizo sufrir mucho cuando era superior suyo. Con el presagio de su ya cercana muerte, buscó con este gesto la reconciliación total, si es que todavía quedaba algo por perdonar. Si aún hay alguna diferencia entre nosotros dos, la arreglo aquí, pues quiero marcharme en paz al encuentro del Señor. Para añadir a continuación: En el inicio de nuestra vida fue el cardenal Pizzardo quien nos introdujo en la Curia Vaticana. Ahora que estamos al final, esperamos que sea él mismo quien nos introduzca en otra Curia, la más importante, el Paraíso.

Pablo VI ha pasado a la historia como el papa de la Humanae vitae. El 25 de julio de 1968, el año de las célebres revueltas estudiantiles, firmó la encíclica Humanae vitae. Ningún documento anterior del Magisterio pontificio había sido publicado en medio de tan amargo vendaval como éste. Tiempo después, cuando monseñor Casaroli le pregunta a Pablo VI cuándo había sentido con más fuerza la asistencia del Espíritu Santo, el Papa le contestó, sin vacilar, que cuando, después de haberlo meditado mucho, firmó la encíclica Humanae vitae. Con aquella firma, firmó su propia pasión.

Una semana después de la publicación de la encíclica, Pablo VI abría su corazón en una Audiencia pública y dijo: Nunca hemos sentido tanto el peso de nuestra misión como en esta circunstancia. ¡Cuántas veces tuvimos la impresión de estar oprimidos por este cúmulo de documentaciones! (…); ¡cuántas veces nos sentimos angustiados ante el dilema entre una fácil condescendencia para las opiniones corrientes o bien una sentencia que la sociedad actual soportaría mal, o que fuera, arbitrariamente, demasiado grave para la vida conyugal!

La Humanae vitae, pasión y gloria de Pablo VI, aborda una de las cuestiones de mayor transcendencia tanto en el orden personal como en el social: la regulación de la natalidad. En esta encíclica profética, la suprema autoridad de la Iglesia recordaba a todos los hombres de buena voluntad otra aplicación de aquel lo que Dios ha unido, no lo separe el hombre: el acto sexual conyugal y la procreación forman una parte de un todo lleno de amor que al hombre no le es lícito romper poniendo barreras químicas o físicas que separen el aspecto unitivo del aspecto procreativo.

La Humanae vitae es un grito profético lanzado al mundo para recordar la doctrina de siempre, la que garantiza mejor el verdadero bien del hombre y de la familia. Ya Pío XI, en el año 1931, afirmó con claridad la doctrina católica en la encíclica Casti Connubii: Todo uso del matrimonio en el ejercicio del cual, por artificio de los hombres, el acto queda privado de su poder natural de procrear la vida, ofende a la ley de Dios y a la ley natural. En el mismo sentido se había pronunciado Pío XII en sus discursos a las comadronas.

Un grito, una advertencia: Non licet! (No es lícito) cuando toda una sociedad se veía tentada de romper las barreras del amor conyugal y a cegar -haciéndolas estériles- las fuentes de la vida.

Pablo VI fue quemando su vida en una incansable labor en favor de la Iglesia a la que tanto amor mostró. Su inmediato sucesor -Juan Pablo I- diría: En quince años de pontificado, este Papa ha demostrado no sólo a mí, sino a todo el mundo, cómo se ama, cómo se sirve y cómo se trabaja y sufre por la Iglesia de Cristo. Fue llamado a su presencia por el Padre Eterno en una fiesta del Señor, la de la Transfiguración. Acaso el Señor mismo, con este signo de su amorosa Providencia, quiso rubricar con sello divino aquello que Pablo VI, pocos años antes, había escrito en una preciosa Exhortación Apostólica sobre la alegría cristiana -la Gaudete in Domino– “…existen muchas moradas en la casa del Padre y, para quienes el Espíritu abrasa el corazón, muchas maneras de morir a sí mismos y de alcanzar la santa alegría de la resurrección. La efusión de la sangre no es el único camino. Sin embargo, el combate por el Reino incluye necesariamente la experiencia de una pasión de amor (…) per crucem ad lucem, y de este mundo al Padre, en el soplo vivificador del Espíritu”. Y ciertamente, el Padre Eterno quiso que este hijo suyo, habiendo pasado por muchos sufrimientos y habiendo entregado ejemplarmente su vida en servicio amoroso a la Iglesia, pasase “de la cruz a la luz” en el día en que la Iglesia entera celebraba la gran Fiesta de la Transfiguración, que indica esperanzada la meta final a la que conduce la muerte física de todo fiel cristiano.

El papa Pablo VI deseó con todo su corazón enunciar el fundamento teológico del papel maternal de María respecto a la Iglesia y quiso proclamarla Madre de la Iglesia. La proclamación se hizo el 21 de noviembre de 1964 en la Basílica de San Pedro. Cuando el Papa pronunció el nuevo título mariano, los padres conciliares se levantaron llenos de entusiasmo como para dar su asentimiento y manifestar su júbilo. Los aplausos parecían no tener fin. Muchos obispos se quitaron su mitra en señal de devoción.

Estas fueron las palabras de la proclamación de Santa María como Madre de la Iglesia. Hemos creído oportuno consagrar, en esta misma sesión pública, un título en honor de la Virgen, sugerido por diferentes partes del orbe católico y particularmente entrañable para Nos, pues con síntesis maravillosa expresa el puesto privilegiado que este Concilio ha reconocido a la Virgen en la santa Iglesia. Así, pues, para gloria de la Virgen María y consuelo nuestro, Nos proclamamos a María Santísima Madre de la Iglesia, es decir, Madre de todo el pueblo cristiano, tanto de los fieles como de los pastores que la llaman Madre amorosa, y queremos que de ahora en adelante sea honrada e invocada por todo el pueblo cristiano con este gratísimo título.

Invoquemos y honremos a Santa María con este título tan bonito de Madre de la Iglesia como quiso Pablo VI que lo hiciéramos al proclamarla Madre de todo el pueblo cristiano.

China: ¿Una nueva Ostpolitik?

¿Una nueva Ostpolitik?

La Ostpolitik fue la política vaticana para una apertura hacia el Este europeo, dominado por el régimen comunista de la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas. Encargado de llevar a cabo esa política fue Agostino Casaroli, que tuvo cumplir delicadas misiones ante los gobiernos de los países satélites de la Unión Soviética.

La Santa Sede, con una angustia centrada en no abandonar a su suerte a las Iglesias del Este, quería mantener un diálogo con los regímenes comunistas que facilitasen a los católicos un modus vivendi, pero los resultados no fueron del agrado de todos ni satisfactorios, porque las palabras y las promesas no tenían el mismo valor y significado en el Vaticano que en el Kremlin. Tal era la realidad que monseñor Jean Villot, cardenal Secretario de Estado, llegó a afirmar que la Ostpolitik no estaba basada en un modus vivendi sino en un modus non moriendi. En Polonia esta política levantó recelos, que el tiempo demostró que eran fundados.

En Checoslovaquia monseñor Casaroli creyó haber dado un gran paso al conseguir que Pablo VI nombrase a monseñor Frantisek Tomasek administrador apostólico de la diócesis de Praga y a otros obispos para varias diócesis checoslovacas que, desde hacía bastantes años estaban vacantes, a la vez que las autoridades checoslovacas autorizaban al arzobispo de la capital, monseñor Josef Beran -en residencia vigilada desde hacía más de 15 años- para volar a Roma donde iba a recibir el capelo cardenalicio. La desilusión fue grande. En el mismo momento de despegar el avión le comunicaron al nuevo cardenal la única condición que le ponían para autorizarle la salida: no regresar a Praga. El vuelo de Beran fue un viaje sin retorno.

Con el Gobierno de Budapest se consiguió el desbloqueo del statu quo con Hungría, que permitió el nombramiento de nuevos obispos, y resolver el caso del heroico cardenal Mindszenty. El Primado húngaro murió en su destierro vianés el 6 de mayo de 1975. Cuando, recobrada la libertad por parte del pueblo magiar, el cuerpo de Mindszenty fue recibido con todos los honores y enterrado en la catedral de su Sede Primada, monseñor Casaroli, a la sazón cardenal Secretario de Estado, enviado por san Juan Pablo II para presidir en su nombre los solemnes actos, públicamente reconoció no haberse resuelto con pleno acierto el espinoso asunto y pidió perdón por la culpa que pudo tener en el posible desacierto de la política practicada en aquella ocasión.

III Centenario del nacimiento de Pío VI

Pío VI

Muerte en el destierro

El día 15 de febrero de 1798 las tropas napoleónicas, atropellando los derechos del Romano Pontífice, proclamaron la República Romana, de marcado carácter antirreligioso. A Pío VI, anciano de ochenta años, se le dio el título de ciudadano francés. Cuando el general Carvoni -al notificar oficialmente al Papa que quedaba despojado del poder temporal- ofreció a Pío VI la escarapela tricolor haciéndole ver que ya era un ciudadano más de la República Francesa, el Sumo Pontífice contestó con gran dignidad: No conozco ni admito ningún otro uniforme sino aquél con que la Iglesia me ha honrado.

Y rogó: Pido con instancia que la religión católica sea respetada, y que no se derrame la sangre de los que me han servido fielmente.

El Papa se mantuvo firme en que no podía renunciar a los derechos de la Santa Sede.

El 20 de febrero se obligó al Pontífice a salir de Roma, aunque el anciano había suplicado se le dejase morir en la Ciudad Eterna. La respuesta a su súplica fue que en cualquier lugar se podía morir.

Antes de salir de Roma, camino de su cautiverio, Pío VI escribió a los obispos: Dios ha querido, vosotros lo sabéis, que la Iglesia debiera su nacimiento a la Cruz y al sufrimiento, su gloria a la ignominia, sus luces a las tinieblas del error, sus progresos a los ataques de sus enemigos, sus fuerzas a las privaciones y a la adversidad. Por eso su esplendor no ha sido nunca tan puro como cuando los hombres hicieron esfuerzo para ensombrecerlo; pues, “como el oro es probado en el fuego”, así los amigos de Dios son probados en la tribulación.

Pío VI murió en la noche del 28 al 29 de agosto de 1799 en Valence (Francia). Muchos pensaron en el fin del Papado y que la Iglesia había muerto al morir el Papa, su cabeza, en el destierro. Goethe dijo: La Iglesia Católica ha pasado a la historia como una ruina ilustre. En términos parecidos se expresó Napoleón que, al conocer la noticia, escribió: La vieja máquina de la Iglesia se deshará por sí sola.

Muchos creyeron que Papado había terminado y hasta llegaron a decir que había muerto el sexto de los Píos y el último de los Papas. Y con el Papado se había hundido la Iglesia: Sin el Papa ya no hay cristianismo, y el orden social está irremediablemente herido en su corazón.

Pero las palabras de Cristo se cumplieron una vez más: Las puertas del infierno no prevalecerán contra ella (Mt 16, 18).

Fue una lástima que Goethe viviera antes que el converso Chesterton, pues en caso contrario podría haber leído lo que escribió el escritor inglés: En Heliópolis reinaba un faraón que se consideraba todopoderoso: el amo del mundo. Pero una tarde, un mendigo se le acercó y le dijo: “Dame todo lo que tienes: tus ropas, tus banquetes, tu opulencia…”

El faraón soltó una carcajada: “Encerrad a este loco, dadle muerte en la prisión…”

El pordiosero alzó su frente: “Yo soy más fuerte que tú. Yo soy el tiempo”.

El mendigo recorrió la tierra: Babilonia, Nínive, Atenas, Cartago… Y en todas partes repetía su estribillo demoledor: “Soy más fuerte que tú. Soy el tiempo”.

Una mañana, desde la plaza de San Pedro, subió hasta el Vaticano. Pero allí, le salió al encuentro un anciano vestido de sotana blanca, amable, sonriente: “Bienvenido, tiempo. Yo soy más fuerte que tú. Yo soy la eternidad”.

Nada de rencor

Pío VI entregó su alma a Dios el día 29 de agosto de 1799, en su cautiverio de Valence. Antes de recibir el Santo Viático, pidió a Dios que restituyese a Roma la cátedra de San Pedro, y a Francia la religión, la prosperidad y la paz. Monseñor Spino le preguntó si perdonaba a sus enemigos: De todo corazón, contesto el moribundo Pontífice.

Murió con una honda preocupación por la Iglesia, como se refleja en la respuesta que dio al embajador español, don Pedro Labrador, en una de las visitas que hacía éste al Papa, en el destierro, cuando el diplomático le comentó que la época más notable de su pontificado sería, sin duda, la de su cautiverio: Sea en buena hora; pero lo que nos aflige en extremo es ver dispersados y perseguidos a los cardenales. ¿Qué será de la Iglesia de Dios que tan destrozada y agitada hemos dejado?

Wojtyla, no bottiglia

Cónclave de octubre de 1978. en el recuento de votos de una de las votaciones empieza a sonar con insistencia el nombre del cardenal Wojtyla, pero no alcanza la mayoría requerida. Hay que esperar a una nueva votación. Mientras tanto, el cardenal Wojtyla va a la capilla a recogerse en oración. Entra poco después en la capilla un cardenal centroamericano. Al ver al otro rezando, se le acerca. No le reconoce y le dice que encomiende a bottiglia, que en italiano significa botella.

En la siguiente votación salió elegido el cardenal Wojtyla. Inmediatamente recibe el homenaje de los cardenales que, uno a uno, se van acercando al nuevo papa (san Juan Pablo II). Cuando le llega el turno al cardenal centroamericano, el Papa le dice: Te regalo una caja de botellas para que no me llames más bottiglia.

Los Cónclaves (Número de votaciones en los cónclaves del siglo XX)

NÚMERO DE VOTACIONES EN LOS CÓNCLAVES DEL SIGLO XX

 

El primer cónclave del siglo XX se celebró en agosto de 1903. De este cónclave se sabe el resultado de las votaciones porque fue el último antes de decretarse sobre el secreto del cónclave. San Pío X fue elegido en la séptima votación. En el primer escrutinio, celebrado en la mañana del 1 de agosto, el cardenal Rampolla obtuvo 24 votos; el cardenal Gotti, 17; el cardenal Sarto, 5; y el cardenal Vannutelli, 4. Hubo 12 votos dispersos. El comentario que hizo José Sarto sobre el resultado de la votación fue el siguiente: Los cardenales se divierten a costa mía. En el segundo escrutinio, Rampolla subió a 29 votos, mientras Sarto duplica el número de votos obtenidos en la primera votación. Ahora saca 10.

 

Antes de la tercera votación se produjo el veto del emperador Francisco José I de Austria contra Rampolla. A pesar del veto, el antiguo Secretario de Estado de León XIII sacó un voto más, 30. Pero el número de cardenales que votaban a José Melchor Sarto iba creciendo de forma alarmante para el cardenal patriarca de Venecia. En la séptima votación, José Sarto consiguió 50 votos de un total de 62. Había superado los dos tercios requeridos para ser papa.

 

Benedicto XV fue elegido en la décima votación. El cónclave había comenzado el 31 de agosto de 1914. Entraron en el cónclave 57 cardenales del total de 65 que componían el Sacro Colegio. El 3 de septiembre, el cardenal Della Chiesa obtenía 38 votos, justo los dos tercios exigidos para ceñir la tiara pontificia, por lo que hubo que examinar todas las papeletas para comprobar que el elegido no se había votado a sí mismo, pues si lo hubiera hecho no habría valido el resultado de la votación.

 

Aquiles Ratti (Pío XI) necesitó más votaciones para ser elegido papa. En total 14. El cardenal Primado de Hungría comentó a la salida del cónclave: Hemos hecho pasar al cardenal Ratti por las catorce  estaciones del Vía Crucis y lo dejamos solo en el Calvario.

 

El cónclave de 1939 fue muy breve. En la tercera votación resultó elegido el cardenal Pacelli, que tomó el nombre de Pío XII. Anteriormente, de los papas del siglo XX, también León XIII (contado entre los papas del siglo XX porque gobernó la Iglesia los tres primeros años del siglo) fue elegido en la tercera votación. Y posteriormente, Juan Pablo I, en el primer cónclave de 1978.

 

Juan XXIII fue elegido al cuarto día del cónclave. Éste comenzó en la tarde del 25 de octubre de 1958, y hasta la media tarde del 28 no hubo fumata blanca. En total se necesitaron 11 ó 12 votaciones.

 

En el cónclave de 1963 hasta la quinta votación ningún cardenal alcanzó la mayoría requerida de los tercios. Era el 21 de junio cuando a media mañana  el cardenal Protodiácono anunció la elección del cardenal Montini como nuevo papa con el nombre de Pablo VI.

 

La elección de Juan Pablo I fue de las más rápidas. Al acabar el tercer escrutinio el cardenal Albino Luciani ya había logrado los votos necesarios para ser papa.

 

Un poco más largo fue el cónclave de octubre de 1978, el último del siglo XX. El cardenal Karol Wojtyla (Juan Pablo II) logró la mayoría requerida para sentarse en la Sede de San Pedro en la votación séptima.

 

Ya en el siglo XXI, Joseph Ratzinger (Benedicto XVI) fue elegido papa el segundo día del cónclave, a la cuarta votación

Los Cónclaves (Pleno de participación en un Cónclave)

PLENO DE PARTICIPACIÓN EN UN CÓNCLAVE

 

Actualmente, con los medios de transporte, no será difícil la participación en el cónclave de todos los cardenales electores. La no participación de algún que otro cardenal en futuros cónclaves no estará motivada por lejanía en el espacio como ocurría en siglos pasados, sino quizá por enfermedad o por cualquier otro motivo. Así, por ejemplo, no asistieron al cónclave de agosto de 1978 el norteamericano John Wright y el polaco Filipiac por encontrarse enfermos. Dos meses después, una mejoría permitió al cardenal americano asistir al nuevo cónclave, cosa que no sucedió con el polaco, pues la enfermedad que padecía le llevó a la tumba.

 

En el cónclave de 1958 no participaron los cardenales Stepinac, arzobispo de Zagreb, y Minsdszenty, primado de Hungría. El primero por estar confinado en su pueblo natal por las autoridades del régimen comunista de Tito, dictador de Yugoslavia; y el segundo, por encontrarse refugiado en la embajada de los Estados Unidos en Budapest.

 

Sin embargo, en el cónclave anterior, el de 1939, hubo pleno de asistentes. Los 63 cardenales que componían el Sacro Colegio pudieron llegar a tiempo para elegir al sucesor de Pío XI. El último en llegar fue monseñor O’Connell, arzobispo de Nueva York, que en el momento de producirse la vacante de la Sede Apostólica se encontraba en Honolulú, capital de Hawaii, archipiélago en pleno océano Pacífico. El presidente norteamericano Roosevelt puso a su disposición un crucero que le trasladó de Nueva York a Nápoles. Y de esta ciudad marítima viajó a Roma en un automóvil de la embajada norteamericana que le estaba esperando en el puerto.

 

Algunos de los participantes de este cónclave fueron: Della Costa, arzobispo de Florencia; O’Connell, arzobispo de Nueva York; Pacelli, Secretario de Estado; Schuster, arzobispo de Milán; Maglione, antiguo nuncio en París; Verdier, arzobispo de París; Hlond, primado de Polonia; Innitzer, arzobispo de Viena; Suhard, arzobispo de Reims; Faulhaber, arzobispo de Munich; Gerlier, arzobispo de Lyon; Segura, arzobispo de Sevilla; Liénart, obispo de Lille; Baudrillart, rector del Instituto Católico de París; Tisserant, miembro de la Curia romana; Granito di Belmonte, Decano del Sacro Colegio.

 

Menos suerte que O’Connell tuvieron los cardenales americanos en el cónclave de 1922. Cuando llegaron a Génova ya había sido elegido Pío XI. Días después, cuando fueron recibidos en audiencia por el nuevo pontífice, le dijeron: Estamos encantados con la elección que ha hecho el Sacro Colegio, pero nos hubiera gustado haber participado en ella. Pío XI tuvo en cuenta estas palabras y con el motu proprio Cum proxime amplió en cinco días período de tiempo que debe transcurrir desde el fallecimiento del papa hasta la entrada de los cardenales en el cónclave, con el objeto de que pudieran intervenir en el mismo los cardenales residentes en naciones no europeas.

 

En el primer cónclave del siglo XX participaron 62 cardenales. Sólo dos cardenales no pudieron acudir al cónclave: Celesin, arzobispo de Palermo, por encontrarse enfermo; y Moran, arzobispo de Sidney, por demora del largo viaje.

 

En el primer cónclave del tercer milenio participaron 115 cardenales de los 117 que tenían derecho por ser menores de ochenta años. No acudieron al cónclave el cardenal James L. Sin, de Filipinas, y Alfonso Antonio Suárez Rivera, de México, por razones de enfermedad. El primero de ellos, cardenal creado por Pablo VI, participó en los dos cónclaves del año 1978.

Los Cónclaves (La última vez que se hizo uso del veto)

LA ÚLTIMA VEZ QUE SE HIZO USO DEL VETO

 

La última vez que se puso el veto a un cardenal fue en el cónclave de 1903. En la mañana del 2 de agosto, antes de procederse al tercer escrutinio, el cardenal Jean Puzyna de Kosielsko, arzobispo de Cracovia, declaró en nombre de su Majestad Apostólica, el emperador Francisco José I la oposición de la corona austríaca a la elección del antiguo Secretario de Estado de León XIII, el cardenal Rampolla.

 

Las palabras del cardenal Puzyna fueron dirigidas al cardenal Luis Oreglia de San Esteban, Camarlengo de la Santa Iglesia, y fueron éstas: Tengo el honor, según se me ha encargado por orden superior, de rogar a vuestra Eminencia que, en su calidad de Decano de la Santa Iglesia Romana, tenga a bien saber, para su propio informe y para declararlo oficialmente en el nombre y por la autoridad de Francisco José, Emperador de Austria y Rey de Hungría, que su Majestad, queriendo hacer uso de un derecho y de un privilegio antiguos, pronuncia el veto de exclusión contra mi Eminentísimo Señor el Cardenal Mariano Rampolla del Tíndaro.

 

El antiguo Secretario de Estado había obtenido 24 votos en la primera votación y 29 en la segunda. La indignación producida por este gesto anacrónico fue general. La declaración de la voluntad imperial levantó numerosas protestas por parte del Sacro Colegio. El cardenal Camarlengo, Oreglia, protestó con orgulloso acento contra el odioso servilismo a un poder civil y rechazó con energía la validez del veto. Esa comunicación -dijo- no puede ser acogida por el Cónclave a título oficial ni oficioso, y no se tendrá en cuenta de ella.

 

El cardenal excluido protestó con palabras firmes y dignas, llenas de la  grandeza de su conciencia, propias de un príncipe de la Iglesia: Yo deploro que se cometa un grave atentado, en materia de elecciones, contra la libertad de la Iglesia y la dignidad del Sacro Colegio por un poder laico, y por ello protesto enérgicamente. En cuanto a mi humilde persona declaro que nada podía ocurrirme más honroso ni más grato.

 

San Pío X, elegido -los caminos de la Providencia son inescrutables- quizás gracias al veto austríaco al cardenal Rampolla, para evitar que en sucesivos cónclaves se hiciera uso del seudoderecho del veto, promulgó el 20 de enero de 1904 la constitución Commissum nobis, en la que se declaraba nulo y absolutamente prohibido el derecho de exclusiva, o veto, aun cuando fuera expresado como deseo o mera indicación iniciada de la voluntad de cualquier potestad civil.