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El año de los cuatro papas

El año de los cuatro papas

En el transcurso del año 1276 cuatro papas sucesivamente ocuparon la silla apostólica. El primero de ellos fue el Beato Gregorio X (1271-1276), el papa que instituyó el cónclave para evitar períodos de sede vacante prolongados. Falleció en Arezzo el 10 de enero de 1276.

El 21 de enero fue elegido pontífice el dominico Pedro de Tarantasia, que tomó el nombre de Inocencio V. Su pontificado fue corto, pues murió cinco meses después de su elección, el 22 de junio. Fue beatificado por León XIII en 1898.

En un cónclave celebrado en Letrán, el 11 de julio salió elegido papa el cardenal Ottobono Fieschi, con el nombre de Adriano V. Falleció cinco semanas después, el 18 de agosto, antes de ser ordenado sacerdote y, por consiguiente, consagrado obispo.

El 8 de septiembre había un nuevo papa. Era Juan XXI, que tampoco tuvo un pontificado duradero -sólo unos meses-, pues murió el 20 de mayo de 1277. Eso sí, había conseguido superar el 31 de diciembre de 1276.

Los Cónclaves (El veto o derecho de exclusiva)

EL VETO O DERECHO DE EXCLUSIVA

 

A partir de mediados del siglo XVII se fue introduciendo el llamado derecho de exclusiva o veto en los cónclaves, como una forma bien precisa de influencia de los monarcas católicos en la elección de los papas. Con este pretendido derecho algunas naciones excluían a determinados cardenales, impidiéndoles alcanzar la tiara pontificia.

 

El veto fue sufrido a la vez que tolerado por la Iglesia sin rasgarse las vestiduras al considerar a las naciones que se arrogaban este seudoderecho como protectoras suya, y, también, por el temor de que en caso de contrariarlas, estas naciones causaran un daño grave a la religión católica.

 

Pocos fueron los cónclaves de los siglos XVII y XVIII en los que no se hiciera uso del derecho de exclusiva. De él se sirvió España en 1644 para impedir la elección del cardenal Sacchetti, propuesto por el cardenal Barberini, por ser amigo del cardenal Mazarino y, por tanto, partidario de la corona francesa. En el cónclave de 1655, nuevamente Sacchetti encontró la hostilidad del partido español. En este cónclave, además de España, también Francia excluyó a un cardenal.  En 1669 es Francia de nuevo quien puso el veto. El cardenal Benedicto Odescalchi fue el excluido. En el siguiente cónclave, celebrado en 1676, el rey francés, Luis XIV retiró el veto, y el cardenal Odescalchi fue elegido papa. Tomó el nombre de Inocencio XI.

 

Ya en el siglo XVIII, en 1721, el emperador de Austria, Carlos VI, impidió por medio de su ministro el cardenal Athan que el cardenal Paloucci fuese elegido papa, cuando estaba a punto de obtener la tiara. El excluido agradeció sinceramente al que juzgándole sin méritos para ocupar la Sede de San Pedro le apartaba de la carga y de la responsabilidad del Pontificado. Nueve años después, cuando murió Benedicto XIII, en un turbulento cónclave, el cardenal Imperiali, estando a punto de ceñir la tiara -le faltaba un solo voto para la mayoría de los dos tercios, que muy bien lo hubiera conseguido en la accesión-, fue excluido por el cardenal Bentivoglio, en nombre del rey de España. A esta exclusión también se adhirió Francia. Además de Imperiali, el otro candidato que contaba con más probabilidades de ser elegido, el cardenal Corradini, también fue vetado. Y Francia, otra vez, hizo uso del veto en el cónclave de 1758. Dos influyentes cardenales, Corsini y Portocarrero, patrocinaron la candidatura del cardenal Cavalchini, y el 28 de junio estuvo a punto de ser elegido, pero el cardenal Luynes interpuso el veto en nombre del monarca francés.

 

Durante el siglo XIX es Austria la que más frecuencia hace uso del derecho de exclusiva. No hubo ningún cónclave sin que el emperador austríaco procurara intervenir en él con el veto. En el cónclave que comenzó en el año 1799 el cardenal Herzan, en nombre de su Majestad Apostólica, excluyó al cardenal Bellisoni, designando a la vez como candidato imperial al cardenal Mattei. En el cónclave siguiente a la muerte de Pío VII (año 1823) encargó al cardenal Albani que pronunciara ante el Sacro Colegio el veto contra el cardenal Severoli, antiguo nuncio en Viena. Seis años más tarde, a la muerte de León XII, es de nuevo encargado Albani de poner el veto contra el cardenal De Gregorio. En el cónclave siguiente a la muerte de Pío VIII, el cardenal imperial fue una vez más el elegido por Austria para el ejercicio de su derecho de exclusión, mas no llegó a utilizarlo, no por propia voluntad sino por el desarrollo de la elección. Albani tenía orden de excluir al mismo cardenal vetado en el cónclave anterior, celebrado apenas un año antes, pero De Gregorio, antes de que se pronunciara contra su persona el veto, hizo que los electores se fueran decidiendo por el cardenal Capellari. Ante esta nueva candidatura, tampoco deseada por el emperador austríaco, Albani decidió esperar al momento que él creía más propicio para poner el veto al cardenal Capellari, en caso de que el nuevo candidato se acercara a la mayoría de los dos tercios. Pero el 2 de febrero de 1831 Capellari, sin que en las votaciones anteriores se acercara a la mayoría requerida de tal forma que su candidatura apareciera como segura, recibió 32 votos de los 41 posibles, con los que superaba los dos tercios exigidos para ser papa. Este resultado totalmente inesperado no dio lugar al veto imperial.

 

Tampoco pudo ejercer la corona austríaca el derecho de exclusión en el cónclave de 1846. El deseo del emperador de Austria era excluir al cardenal Mastai Ferretti, arzobispo de Imola, pero el cardenal Gaisruck, arzobispo de Milán, encargado de poner el veto, llegó a Roma cuando ya Mastai Ferretti era pontífice con el nombre de Pío IX.

 

Francia durante el siglo XIX hizo uso del derecho de exclusiva de forma moderada. En el cónclave de 1823 Luis XVIII hizo saber a los cardenales franceses, por medio de su embajador en Roma, que -sin excluir formalmente a nadie- deseaba la elección de un hombre moderado, equidistante por igual de todas las potencias católicas. No fue, pues, un veto propiamente dicho. Cuando fue elegido papa el cardenal Castiglioni, en el año 1829, Francia -partidaria de éste- estaba decidida a poner el veto contra el cardenal Ferch, o contra el cardenal Albani, en caso de que uno de estos dos salieran en los primeros escrutinios como firme candidato a la tiara pontificia. Ninguno de los dos obtuvo un solo voto. Lo mismo ocurrió en el cónclave siguiente: el cardenal D’Isord había sido encargado de hacer uso de la exclusiva contra el antiguo nuncio en París, cardenal Macchi, pero no se llegó a pronunciar el veto, pues el cardenal Macchi no obtuvo en ninguna votación más de doce votos, bien lejos de la mayoría requerida de los dos tercios. En los restantes cónclaves del siglo XIX, Francia sólo manifestó su deseo de que el elegido fuera italiano.

 

España usó del derecho de exclusiva durante el siglo XIX en contadas ocasiones. Una vez fue en el cónclave del que salió elegido Gregorio XVI. Ya en la elección anterior, el gobierno español había encargado al cardenal Gravina que pronunciara la exclusión contra el antiguo nuncio en Madrid, cardenal Giustiniani, pero no fue necesario que hiciera la declaración del veto, pues el candidato no grato a España no llegó a conseguir más de cuatro o cinco votos; pero al año siguiente, en un nuevo cónclave, después de 22 días de operaciones electorales, el 7 de enero de 1831 Giustiniani consiguió 21 votos, a solo ocho para alcanzar la tiara. Fue entonces cuando el cardenal Marco y Catalá pronunció el veto contra Giustiniani.

Los Cónclaves (El último Cónclave celebrado fuera de Roma)

EL ÚLTIMO CÓNCLAVE CELEBRADO FUERA DE ROMA

 

El 29 de agosto de 1799 moría desterrado en Valence (Francia) el papa Pío VI (1775-1779). Su peregrinación de sufrimientos había acabado. Napoleón al conocer la noticia escribió que la vieja máquina de la Iglesia se deshará por sí sola. Parecido fue lo que dijo Goethe: La Iglesia católica ha pasado a la historia como una ruina ilustre. Muchos creyeron que el Papado había terminado y hasta llegaron a decir que había muerto el sexto de los Píos y el último de los Papas. Y con el Papado se había hundido la Iglesia, según se llegó a escribir por aquellas fechas: Sin el Papa ya no hay cristianismo, y el orden social está irremediablemente herido en su corazón.

 

Pío VI, consciente de la grave situación que ocasionaría su muerte a la Iglesia, concedió a los cardenales la facultad -en caso de sede vacante- de determinar ellos mismos, con la mayoría absoluta de votos, el sitio de celebración -siempre que fuera en el territorio de un príncipe católico- y la fecha del comienzo del cónclave. Además permitía a los cardenales que se aconsejasen y deliberasen, aun en vida suya, sobre la elección de su sucesor. Determinó a quien correspondía convocar a los electores -el más anciano de los cardenales- y si era conveniente se podría dejar de observar la clausura del cónclave, así como las ceremonias, costumbres y formalidades no esenciales del acto electoral. Sin embargo, el elegido debía obtener, como siempre, la mayoría de los tercios de los votos. Al estar los cardenales por aquel entonces muy dispersos, restableció la obligación -que anteriormente había suprimido- de esperar diez días la llegada de los ausentes, con el fin de que el número de electores fuera considerable.

 

Sabias medidas. La situación era verdaderamente dramática. Todos los Estados Pontificios, incluida Roma, estaban ocupados; la Curia no existía; el Colegio de Cardenales, tampoco, con todos sus miembros prófugos y ocultos. Como en Venecia, por entonces bajo dominación austríaca, se encontraba el mayor número de cardenales, allí se reunió el cónclave, en el islote de San Jorge. Se hallaban presentes treinta y cinco purpurados -treinta eran italianos- de un total de cuarenta y seis; es decir, un número suficiente.

 

El  cónclave, convocado por Juan Francisco Albani, cardenal decano del Sacro Colegio, comenzó en el mes de diciembre de 1799, bajo la protección del emperador Francisco II. De este cónclave veneciano, el último celebrado fuera de Roma, el 14 de marzo de 1800 salió elegido Bernabé Chiaramonti, que gobernó la Iglesia con el nombre de Pío VII.

Los Cónclaves (Sorpresa en el Cónclave)

SORPRESA EN EL CÓNCLAVE

 

En los primeros escrutinios de los cónclaves normalmente suele aparecer una dispersión de los votos, a no ser que haya una figura predominante que los aglutine aún sin alcanzar la mayoría requerida. La mayor parte de los votos van a las candidaturas más firmes, pero siempre hay bastantes electores que aún no se han definido por ninguno de los candidatos considerados como papables, y esperan a las sucesivas votaciones para dárselo al que aparezca con más probabilidades de reunir los dos tercios.

 

Por ejemplo, en el cónclave de 1878 el resultado de la primera votación fue: Pecci obtuvo 19 votos de un total de 61; Bilio, seis; De Luca, cinco: y algunos otros cardenales -entre ellos, Manning-, uno o dos todo lo más. En la siguiente votación se fue clarificando más la tendencia de los votos: Pecci obtuvo 26; Bilio, siete. La dispersión de votos había comenzando a disminuir. Con la accesión, Pecci llegó a los 34, y Bilio a nueve. En la tercera votación, 44 cardenales dieron su voto a Pecci, mientras que Bilio sólo obtenía cinco votos. Con este resultado Pecci resultaba elegido papa.

 

En el cónclave de 1903 el cardenal Rampolla obtuvo en el primer escrutinio 24; Gotti, 17; Sarto, cinco; Vannutelli, cuatro. Los 12 votos restantes, totalmente dispersos entre los demás miembros del Sacro Colegio. En la segunda votación, Rampolla ve incrementado los votos a 29, mientras que Sarto ve como se duplican los suyos. Los votos empiezan a agruparse en dos candidaturas. En la tercera votación, a pesar del veto austríaco, Rampolla consigue 30 votos, pero la progresión de Sarto es mayor. El 4 de agosto, Sarto alcanzó 50 votos de los 62 posibles, mayoría más que suficiente para ser papa.

 

Lo lógico es que el cardenal que a la postre resulta elegido papa, en las sucesivas votaciones va aumentando el número de los votos que recaen sobre su persona. Algunas veces, este aproximarse a la mayoría requerida ha sido aprovechado por algún cardenal para poner el veto al que seguramente saldría elegido en la siguiente votación.

 

Algunos cardenales emplean la primera votación para complacer a otros que por algún motivo los quieren honrar dándoles su voto. Hecho el cumplido, ya en las sucesivas votaciones votan al que considera más digno de llevar la carga del Pontificado. Como ejemplo sirve lo sucedido en el cónclave de 1559. El conclavista que acompañaba a un cardenal español fue a decir a cada uno de los 32 electores: El cardenal mi señor es muy anciano, por lo que no tiene la menor probabilidad. Hacedle, pues, la limosna de vuestro voto en la primera vuelta. No lo digo sino a vos… Y el viejo español consiguió obtener 17 votos hasta que se descubrió la añagaza.

 

En la ya larga historia de los cónclaves ha habido, con alguna frecuencia, un Colegio Cardenalicio dividido en dos bandos, cada uno de ellos apoyando a su candidato, hasta llegar a una vía muerta, pues ninguno de los bandos cedía haciendo imposible que los candidatos alcanzaran los dos tercios de votos requeridos. Es entonces cuando se decidían abandonar las candidaturas propuestas para elegir una nueva de consenso. Normalmente, de este modo de proceder solía salir elegido un cardenal anciano para ser un papa de transición. Era una forma de esperar cada facción unos meses o unos pocos años -lo que durara el pontificado del elegido- para intentar en un nuevo cónclave sacar adelante su candidatura.

 

Esto es exactamente lo que ocurrió en el cónclave de 1823. Nada más comenzar el cónclave se vio claramente definido dos grupos, los zelanti  y los politicanti (1), cada uno con su propio candidato. El primer grupo era dirigido por los cardenales Bartolomé Pacca y Agustín Rivarola, y el personaje más representativo del segundo grupo era el cardenal Conssalvi. Al no ser posible la elección de ninguno de los candidatos presentados por ambas facciones, se buscó una candidatura de compromiso. Ésta fue la del cardenal Della Genga, vicario de Su Santidad para la diócesis de Roma.

 

Cuando dio comienzo el cónclave el nombre del cardenal Della Genga no figuraba en la lista de papables. Nadie se había aventurado a pronosticar que sería el nuevo papa. Uno de los presentes en aquel cónclave, el cardenal inglés Nicholas Wiseman, al describir la procesión de entrada en el recinto del cónclave, escribió: Nadie quizás se fijó en una figura alargada y demacrada que caminaba débilmente y llevaba en sus rasgos la palidez de un hombre que no parece salir de una enfermedad sino para ponerse de cuerpo presente. Efectivamente, Della Genga tenía una precaria salud, y los últimos años había permanecido muchos más meses enfermo en la cama o convaleciente en su habitación que en activo. A pesar de ser el vicario de la diócesis de Roma, en la Ciudad Eterna era desconocido para los fieles. Wiseman afirmó que a Della Genga una elección más elevada que la voluntad de los hombres le había destinado el trono. El más sorprendido de la elección fue el propio elegido. Habéis elegido a un cadáver, dijo refiriéndose a su lamentable estado de salud. La insistencia de sus electores arrancó el consentimiento y aceptó la voluntad de Dios. Tomó el nombre de León XII.

 

Otra sorpresa surgió en el cónclave que siguió a la muerte de Clemente XII, en el año 1740. Fue el cónclave de mayor duración de los últimos siglos por las diferencias entre las distintas facciones existentes dentro del Sacro Colegio. Por una parte estaban los franceses unidos a los austríacos; por la otra, los españoles, napolitanos, toscanos y sardos. Además existía otra división: el grupo de los cardenales creados por Clemente XII, capitaneados por Neri Orsini; y el de los cardenales que fueron promovidos al cardenalato por Clemente XI, dirigidos por Aníbal Albani.

 

Después de seis meses de infructuosas negociaciones entre los diversos grupos, en pleno mes de agosto, un cardenal se dirigió a los demás componentes del Sacro Colegio con estas palabras: Si ustedes quieren a un santo, voten por Gotti; si quieren a un político, voten por Aldrovandi; si quieren a un hombre valiente, voten por mí. Quien habló de esta forma, completamente en broma para hacer sonreír a sus colegas, agotados bajo la canícula y encerrados en un cónclave que no tiene fin, es el cardenal Próspero Lambertini, arzobispo de Bolonia. Es hombre con fama de buen canonista y bien considerado entre los cardenales por su espíritu conciliador y por la integridad de sus costumbres, pero que entró en el cónclave sin la etiqueta de papable.

 

El resultado de sus palabras, dichas para hacer reír, es definitivo. Se clarificaron las ideas y se decantaron las pasiones. Todas las corrientes se polarizaron en la nueva candidatura, en la de Lambertini. Y en la votación de la mañana del 17 de agosto, la que hacía el número 265, se dan los cincuenta votos posibles al hombre valiente. Lambertini es elegido papa por unanimidad a pesar de que en el escrutinio anterior no había obtenido ni un solo voto. Se llamó Benedicto XIV.

 

Otra manera de superar la situación de estancamiento en el desarrollo de las votaciones es la renuncia de alguno de los dos o tres candidatos que están obteniendo mayor número de votos. Esto es lo que estuvo a punto de hacer el cardenal Della Chiesa (Benedicto XV) en el cónclave de 1914. Según relató el cardenal Gasparri en sus “Memorias”: Comenzadas las reuniones de los reverendísimos electores en la Capilla Sixtina, el cardenal Della Chiesa, aunque era cardenal sino desde hacía tan sólo tres meses, desde el primer día apareció entre los candidatos al Supremo Pontificado con un considerable número de votos, si bien no suficientes. En el segundo día aumentaron el número de los votos que se le dieron a dicho cardenal, pero sin todavía alcanzar el número requerido. En la mañana del tercer día del cónclave, antes de la reunión de los cardenales en la Capilla Sixtina, el cardenal Della Chiesa acudió a mi celda, y, poco más o menos, me dijo lo siguiente: “Los eminentísimos cardenales se hallan divididos y difícilmente podrán ponerse de acuerdo con la rapidez que lo están exigiendo las necesidades de la Iglesia; tengo la intención de leer, al principio de la sesión, esta declaración mía (en ella exhortaba a los cardenales a que prescindieran de su persona y a que dieran sus votos a cualquier otro candidato) y he venido a pedir consejo a vuestra eminencia, no teniendo ante mis ojos otra intención que la búsqueda del bien de la Iglesia en las gravísimas circunstancias en las que estamos viviendo”. Yo le respondí: “Si al comienzo de la próxima reunión continúa existiendo la divergencia que hasta el momento hemos tenido, pienso que sería conveniente que leyera su declaración, pero si me doy cuenta de que dicha divergencia lleva camino de terminar, haré una señal a vuestra eminencia para que se abstenga de leerla”. Y fue esto último lo que en realidad vino a suceder, pues en la reunión antemeridiana me pude percatar inmediatamente que la divergencia llevaba camino de terminar con rapidez. En consecuencia, hice al cardenal Della Chiesa la señal negativa que habíamos convenido. Y, en efecto, en la reunión de la tarde del día 3 de septiembre de 1914, el cardenal Della Chiesa fue elegido nuevo pontífice.

 

También hay que hacer referencia a un dicho popular: Quien entra en el cónclave de papa sale de cardenal. Este dicho expresa lo que solía ocurrir: que el cardenal favorito para ser elegido papa no salía del cónclave como papa al no haber sido elegido. Esto fue lo que ocurrió en el cónclave de 1592. La mayoría de los cardenales querían elegir al cardenal Santori, hombre intachable, y al efecto se reunieron inmediatamente después de comenzado el cónclave en la Capilla Paulina. Como según el derecho canónico basta que los dos tercios de los cardenales coincidan en la expresión de su voluntad para que el designado por ellos sea papa, cualquiera que sea la forma en que tal voluntad se exprese, Santori tenía motivos para creer que estaba ya elegido. Muchos cardenales eran de la misma opinión, y empezaron a solicitar gracias del “nuevo papa”. Pero el Decano del Sacro Colegio sostuvo que una simple reunión preparatoria de la elección no significaba todavía una expresión de la voluntad, y exigió que se hiciera la votación en la forma regular. Pero en ésta, Santori no reunió los dos tercios de los votos. Entonces se vio una vez más cuánto habían cambiado los tiempos. En la Edad Media se hubiera producido indefectiblemente un cisma; ahora, Santori, aunque profundamente desilusionado, se sometió inmediatamente, y tomó parte en las siguientes votaciones, como si nada hubiera ocurrido.

 

Pero últimamente, en cónclaves más recientes no se ha cumplido el dicho, pues en 1939 el cardenal Pacelli era el candidato más firme para ser papa y salió del cónclave siendo Pío XII. Lo mismo ocurrió en el cónclave de 1963. El cardenal Montini era el favorito y fue elegido papa (Pablo VI). Y en el cónclave del año 2005, el cardenal Ratzinger, a pesar de su edad (78 años), entró en el cónclave con las máximas posibilidades de ser elegido, y efectivamente, salió del cónclave siendo el papa Benedicto XVI.

 

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(1)  Por aquel entonces había en el seno del Colegio Cardenalicio dos corrientes: la de aquellos que eran partidarios de mantener la organización social y política del Antiguo Régimen, por lo que frente al liberalismo mantenían posiciones de un radical enfrentamiento, y que deseaban un Papa intransigente y firme en la defensa de los derechos de la Iglesia. Éstos eran los zelanti (celosos); y la de los que admitían la posibilidad de modificar la organización social de los Estados Pontificios. Éstos, llamados politicanti, pensaban que el desmoronamiento de las estructuras de los Estados de la Iglesia, provocado por la política napoleónica durante los años de ocupación, era una magnífica ocasión para levantar unos nuevos Estados Pontificios reformados administrativamente. Abogaban por un papa más conciliador. cfr. Diccionario de los Papas y Concilios (Editorial Ariel, S. A., Barcelona, 1998), dirigido por Javier Paredes.

 

Los Cónclaves (El Mariscal del Cónclave)

EL MARISCAL DEL CÓNCLAVE

 

Al Mariscal del cónclave le correspondía asegurar la custodia e incomunicación de los cardenales reunidos en cónclave para la elección de un nuevo papa.

 

Este cargo era hereditario, y lo ostentaban los miembros de la familia Chigi. Con la constitución apostólica Romano Pontifici Eligendo de Pablo VI desapareció, después de siete siglos de vigencia, la figura del Mariscal del cónclave, que había tenido su origen en Viterbo cuando se reunieron los cardenales tras la muerte de Clemente IV (año 1268) para elegirle sucesor.

 

El último en ejercerlo fue el príncipe Chigi-Albani della Rovere, que custodió el cónclave celebrado en junio de 1963. Este personaje, perteneciente a la nobleza negra, era bien conocido en Roma. De corta estatura y barba blanca, era fácil encontrarlo, no sólo en las solemnidades pontificias, sino también en muchas de las funciones religiosas que se celebraban en las incontables iglesias del casco histórico de la Ciudad Eterna. Además, el príncipe Chigi era Gran maestre de la Soberana Orden de Malta y en tal calidad residía en palacios extraterritoriales, con bandera propia, y acreditaba y recibía embajadores.

 

La constitución apostólica Vacantis Apostolicae Sedis de Pío XII, en una nota al artículo 53, recoge la fórmula del juramento que había de prestar el Mariscal del cónclave antes de comenzar su cometido de custodiar la clausura  del recinto donde se desarrollaría la elección pontificia. Es ésta: Yo …….. prometo y juro cumplir con religiosa fidelidad y diligencia mi oficio, según las normas establecidas por los Sumos Pontífices y las disposiciones del Sacro Colegio de los Cardenales. Así Dios me ayude y estos Santos Evangelios.

 

Pablo VI dispuso que se encargaran de la custodia exterior del cónclave el Prefecto de la Casa Pontificia, el Delegado especial de la Pontificia Comisión para la Ciudad del Vaticano y el Comandante de la Guardia Suiza.

 

Actualmente, según la constitución apostólica Universi Dominici Gregis del beato Juan Pablo II, al Colegio Cardenalicio le corresponde que dentro de la Capilla Sixtina del Palacio Apostólico Vaticano y de los locales adyacentes todo esté previamente dispuesto, incluso con la ayuda desde el exterior del Sustituto de la Secretaría de Estado, para que se preserve la normal elección y el carácter reservado de la misma.

Los Cónclaves (Institución del Cónclave)

INSTITUCIÓN DEL CÓNCLAVE

 

El cónclave es la reunión de los cardenales de la Santa Iglesia Romana para elegir al papa. También se designa con este nombre al lugar donde tiene lugar esta reunión. El nombre de cónclave viene de la expresión latina cum clave (con llave).

 

Las disposiciones sobre el cónclave están contenidas en la constitución Universi Dominici Gregis, promulgada por el beato Juan Pablo II el 23 de febrero de 1996. Pero el origen del cónclave no es papal, sino -aunque pueda parecer paradójico- popular.

 

No fueron los electores del romano pontífice o los papas los iniciadores de esta costumbre rigurosa, sino el pueblo en uno de esos actos de coraje a los que la sabiduría popular da forma de acción. Tuvo algunos precedentes. En primer lugar está lo ocurrido en Perugia, en 1216, con ocasión de la sede vacante producida por la muerte de Inocencio III y ante la indecisión de los cardenales para nombrar papa, el pueblo encerró bajo llave a los 19 cardenales en el Palacio Pontificio obligándoles a ponerse de acuerdo lo más pronto posible. El encierro surtió el efecto deseado: en poco tiempo, la Iglesia tenía un nuevo papa en la persona de Honorio III.

 

La experiencia se repite en 1241 al morir Gregorio IX cuando los romanos encierran a los cardenales en la famosa fortaleza de Septimio Severo, después de dos meses de sede vacante. Los diez cardenales, pronto, coinciden en la elección de Celestino IV, que moriría sólo 18 días después.

 

El 29 de noviembre de 1269 murió Clemente IV, francés de nacimiento. Hasta la elección de su sucesor pasarán casi tres años: el período más largo de sede vacante en la historia de la Iglesia. Y podría haber durado más si no es por la intervención decisiva del pueblo de Viterbo, que origina, en sentido estricto, el nacimiento de la institución del cónclave.

 

En Viterbo se reunieron 18 cardenales para elegir papa, pero no se ponían de acuerdo. El pueblo se impacientó y decidió acelerar la elección con los medios que tenía a su alcance. A la cabeza de los fieles estaba san Buenaventura, y la decisión popular no se hizo esperar: encerrar cum clave a los cardenales hasta que haya papa. Se tapiaron las paredes y las puertas. Y el pueblo se quedó a la espera del anuncio de la elección.

 

Pasaron aún dos meses, y el pueblo tomó nuevas medidas: racionar la comida a los conclavistas. Ni por esas. Pero el pueblo llegó a más: en pleno invierno, quitaron el techo de la sala en la que los cardenales se reunían para la elección. No se sabe si fue el hambre, o el frío, o el miedo a que los de Viterbo cumplieran sus amenazas -o las tres cosas juntas- lo que aceleró la elección del papa. Lo cierto es que la Iglesia -y con ella los audaces ciudadanos de Viterbo- tuvieron un papa que se llamó Gregorio X. Éste, que sería beatificado por la Iglesia, por medio de la constitución Ubi periculum, ordenó que la elección del papa se hiciera siempre en cónclave.

 

Diversos papas dieron normas sobre el cónclave. Algunas regulaciones resaltaban la necesidad de que, para acelerar el proceso de elección, las condiciones en el cónclave fueran lo más incómodas posibles. Según lo dispuesto por Juan Pablo II, durante el cónclave, los cardenales electores residirán en llamada Domus Sanctae Marthae, sin las estrecheces e incomodidades de épocas pasadas.

Curiosidades y costumbres del Papa (Institución del Cardenalato)

INSTITUCIÓN DEL CARDENALATO

 

El origen del cardenalato se le atribuye al papa san Evaristo (97-105), aunque no existe la menor garantía para tal atribución. Éste pontífice distribuyó a los presbíteros los títulos o casas destinadas al culto divino en la ciudad de Roma, a la vez que ordenaba que siete diáconos asistiesen al obispo mientras predicara al pueblo. El Liber Pontificalis narra: En el lugar donde había de erigirse un templo, se ponía al principio una Cruz como título o signo. Las iglesias recibían luego el nombre del mártir sobre cuya tumba o signo se había erigido. Con el tiempo, prevaleció la costumbre de que no se llamara Títulos a todas las iglesias o monumentos de los mártires, sino exclusivamente a los más importantes. Los presbíteros que tenían a su cuidado estos Títulos fueron llamados muy pronto cardenales. De ahí que se diga que san Evaristo fue quien instituyó el cardenalato.

 

A lo largo de la Edad Media se fue configurando el Colegio Cardenalicio. Desde muy pronto figuró como institución determinada por reglas rigurosas, y comprendió tres categorías: Cardenales-Obispos, Cardenales-Presbíteros y Cardenales-Diáconos.

 

Los Cardenales-Obispos eran los de las siete ciudades vecinas a Roma (sedes suburbicarias): Ostia, Albano, Palestrina, Porto, Sabina, Frascati y Velletri. Terminaron por pertenecer más a la Iglesia romana que a sus sedes particulares, al estar en servicio permanente de la Sede de San Pedro. Era natural que el papa escogiese a sus colaboradores entre tales obispos.

 

Los Cardenales-Presbíteros eran los encargados de las iglesias importantes de Roma (Títulos), que venían inmediatamente después de las grandes basílicas; desde antiguo el número de estos Títulos se había fijado en veinticinco. Debían ir dos veces por semana a asistir al papa, a juzgar las causas de los laicos y a ejercer la disciplina de los clérigos. Ser cardenal en el siglo X era algo más que ser sacerdote.

 

Finalmente estaban los Cardenales-Diáconos. Desde antiguo los siete diáconos encargados de los siete distritos eclesiásticos de Roma eran Superiores. Afectos al palacio de Letrán, deliberaban con el papa y asistían a las asambleas de los Cardenales-Presbíteros y, como ellos, suscribían las bulas pontificias. Estos siete diáconos no tenían ninguna relación con las diaconías o edificios destinados a obras caritativas, que tenía cada uno aneja una iglesia de menor categoría que un Título.

 

Pronto los cardenales llegaron a ser considerados como el Senado del romano pontífice por el consejo y ayuda que prestaban al papa para ventilar los negocios más importantes en el gobierno de la Iglesia universal. Dada la importancia y transcendencia de su misión, a la que el papa Nicolás II, en el año 1059, añadió el derecho exclusivo de elegir papa, se sintió la conveniencia de incorporar al Sacro Colegio a eclesiásticos eminentes que vivían en lugares alejados de Roma, para que también ellos aportasen su consejo y experiencia en lo que tan íntimamente afectaba a la Iglesia Católica.

 

Los cardenales, Príncipes de la Iglesia, por su alta dignidad, gozan de ciertos atributos especiales por cuanto se refiere al trato social y al porte exterior, no sólo en las funciones litúrgicas, sino también en la vida ordinaria. Algunos objetos que integran su vestuario les son entregados solemnemente, ya por el papa, ya por medio de sus delegados. El papa Inocencio IV, en el concilio I de Lyon (año 1254) les concedió el capelo o sombrero encarnado, con lo que quiso advertirles el Pontífice que en todo momento debían estar pronto a derramar su sangre en defensa de la libertad del pueblo cristiano; Bonifacio VIII (año 1303), la sagrada púrpura; Paulo II (año 1464) facultó a los cardenales que no pertenecieran a Órdenes religiosas para usar la birreta roja, y Gregorio XIV (año 1591) extendió la gracia a todos los demás; Urbano VIII (año 1630) les dio el título de eminencia y el rango de príncipes de la Iglesia; san Pío X (año 1905) autorizó a todos los cardenales que no fueran obispos para llevar cruz pectoral; por fin, el beato Juan XXIII decretó que todos los cardenales tuvieran el carácter episcopal.

 

El color de los cardenales es rojo en recuerdo de la sangre, pues todos deben estar dispuestos a derramarla en defensa de la fe. Y el pontífice, cuando les impone la birreta, les dice: A alabanza de Dios omnipotente recibe la birreta roja como símbolo de la dignidad del cardenalato, y señal de que debes estar dispuesto a actuar con fortaleza, hasta la efusión de la sangre, para el crecimiento de la fe cristiana, por la paz y la tranquilidad del pueblo de Dios, y la libertad y difusión de la Santa Romana Iglesia. Por su parte, cada uno de los cardenales promete fidelidad a Cristo y al papa: Yo cardenal de la Santa Romana Iglesia, prometo y juro permanecer siempre, mientras tenga vida fiel a Cristo y a su Evangelio, constantemente obediente a la Santa Apostólica Iglesia Romana, al Beato Pedro en la persona del Sumo Pontífice N………………, y a sus sucesores canónicamente elegidos, conservar siempre con las palabras y con las obras la comunión con la Iglesia Católica, no manifestar a nadie cuanto me será confiado para custodiar y cuya revelación puede producir daño o deshonor a la Santa Iglesia, cumplir con gran diligencia y fidelidad las misiones a las que estoy llamado al servicio de la Iglesia según las normas del Derecho. Así me ayude Dios omnipotente.

El último veto en un Cónclave

El último veto

La última vez que se puso el veto a un cardenal fue en el cónclave de 1903. En la mañana del 2 de agosto, antes de procederse al tercer escrutinio, el cardenal Jean Puzyna de Kosielsko, obispo de Cracovia, declaró en nombre de su Majestad Apostólica, el emperador Francisco José I la oposición de la corona austríaca a la elección del antiguo Secretario de Estado de León XIII, el cardenal Rampolla.

Éste había obtenido 24 votos en la primera votación y 29 en la segunda. Esta declaración de la voluntad imperial, a pesar de haberse hecho de forma oficiosa, levantó numerosas protestas por parte del Sacro Colegio. El cardenal Camarlengo, Oreglia, rechazó con energía la validez del veto.

El cardenal excluido protestó firme y dignamente con las siguientes palabras, llenas de la grandeza propia de un príncipe de la Iglesia: Yo deploro que se cometa un grave atentado, en materia de elecciones, contra la libertad de la Iglesia y la dignidad del Sacro Colegio por un poder laico, y por ello protesto enérgicamente. En cuanto a mi humilde persona declaro que nada podía ocurrirme más honroso ni más grato.

Curiosidades y custumbres del Papado (Nombramiento de su sucesor)

NOMBRAMIENTO DE SU SUCESOR

 

Algunos autores afirman -sin pruebas concluyentes- que san Pedro y sus sucesores inmediatos, dada la praxis apostólica para la designación de la jerarquía eclesiástica, nombraron a sus sucesores. En la historia del Papado sólo en una ocasión (que se sepa con certeza) ocupó la Sede romana un papa que había sido designado por su inmediato predecesor. Se trata de Bonifacio II (530-532).

 

En el año 526 san Félix IV (III) (526-530) fue designado pontífice por el rey Teodorico. El clero romano, con objeto de evitar un cisma, lo aceptó. Una vez establecido en su sede, Félix IV, para impedir la intervención de la corte de Rávena en la elección de su sucesor y asegurar la paz de la Iglesia, eligió como coadjutor suyo a Bonifacio, presbítero romano, e indicó a los electores -al caer enfermo de muerte- que después de su fallecimiento, éste debía ser su sucesor. Con tal decisión se impedía la injerencia del rey Atalarico en la elección del nuevo papa.

 

El Senado romano manifestó su disconformidad con la decisión de Félix IV, pero al morir el papa, le sucedió Bonifacio (II de su nombre) como estaba previsto, y fue consagrado. Sin embargo, no todos estuvieron de acuerdo. Parte del clero y del pueblo romano, celosos de sus prerrogativas, protestó de la irregular designación, a la vez que en la Iglesia de Constantino elegían como papa a Dióscoro. El cisma duró poco -un mes- por la muerte de Dióscoro. Sólo entonces Bonifacio II fue reconocido por todo el clero y pueblo de Roma.

 

Bonifacio II, siguiendo los pasos de su predecesor, nombró -de acuerdo con el clero- como coadjutor con derecho de sucesión al diácono Vigilio. Esta decisión del Papa estaba motivada por el deseo de anticiparse a los reyes godos que siempre querían designar a los pontífices, evitando de esta forma que a su muerte se volvieran a producir las disensiones y cismas que ya se habían originado con su propia exaltación. Igualmente este recuerdo amargo tenía impresionado al clero romano, que veía la necesidad de una medida preventiva para evitar desórdenes durante la sede vacante. Lejos de oponerse a los deseos de Bonifacio II, el clero romano aceptó la designación de Vigilio como sucesor del papa.

 

Poco después, reflexionado Bonifacio II sobre las posibles consecuencias nada favorables para el propio Papado de sentar este precedente, decidió hacer una retractación pública, y abrogó el decreto por el cual nombraba sucesor suyo a Vigilio.

 

Vigilio llegó a ser papa, pero cinco años después de la muerte de Bonifacio II. Durante este intervalo de tiempo tres pontífices se sentaron en la Cátedra de San Pedro, Juan II, Agapito I y Silverio.

 

Celestino III (1191-1198) quiso renunciar al pontificado a favor del cardenal Colonna, al que había designado su sucesor, pero tropezó con la resistencia de los cardenales (1).

 

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(1) cfr. Joef Gelmi, Los Papas. Retratos y semblanzas. Editorial Herder, p. 94. Barcelona 1986.

Curiosidades y costumbres del Papado (Los Antipapas)

LOS ANTIPAPAS

 

Se da el nombre de antipapa a diversos personajes, que en distintas épocas usurparon el título y las funciones del obispo de Roma, oponiéndose al papa legítimo. O también se puede definir como antipapa el pretendiente al Papado, elegido o designado en oposición al oficialmente nombrado y en consecuencia oficialmente reconocido como verdadero papa.

 

Ahora bien, hay dudas sobre algunos antipapas, que quizá no fueron tales sino auténticos papas, por ejemplo, Dióscoro (530-530), Félix II (355-365), Celestino II (1124-1124) y los papas de las obediencias de Aviñón y de Pisa durante el Cisma de Occidente, y también hay papas de cuya legitimidad se duda, por ejemplo, León VIII (963-965), Silvestre III (1045-1045) y Gregorio VI (1045-1046).

 

E incluso ha habido algunos antipapas que llegaron a ser papas legítimos como Vigilio (537-555), san Eugenio I (654-657) y Sergio III (904-911).

 

Además es de destacar la actuación de san León IX (1049-1054), que cuando en diciembre de 1048 el emperador Enrique III de Alemania lo designó en la Dieta de Worms para suceder al papa Dámaso II en la Sede romana, no ignoraba que los romanos tenían su propio candidato, y quiso tener la seguridad de que el pueblo romano aceptaba de buen grado la elección que había hecho el Emperador de su persona como obispo de la Urbe, y de esta forma evitar en convertirse en un antipapa. A tal fin se presentó humildemente en la Ciudad Eterna descalzo y con hábito de penitente, y esperó discretamente a que el pueblo y el clero cumplieran los requisitos formales. Los romanos le aceptaron y aclamaron sinceramente.

 

Algo parecido hizo Honorio II (1124-1130), que consciente de la irregularidad de su elección y comprendiendo que su promoción había sido ilegítima, renunció a la suprema dignidad, porque prefería tener con derecho el obispado de Ostia, que no el Romano con injuria. Pero los cardenales confirmaron de buen grado su nombramiento, siendo consagrado después de haberse repetido pacíficamente la ceremonia de aclamación, contando con el consentimiento unánime de todos los miembros del Sacro Colegio.

 

Los antipapas, independientemente de si lo fueron o no, son los siguientes:

 

San Hipólito. En el año 217 no reconoció como verdadero papa a san Calixto I, y se erigió en jefe de un grupo cismático. Sus seguidores le nombraron papa. Hipólito continuó su cisma durante los pontificados de san Urbano I y san Ponciano. Junto a éste fue desterrado a las minas de sal de Cerdeña por el emperador Maximino el Tracio. Allí se reconcilió con Ponciano, y ordenó a sus partidarios: Manteneos fieles a la fe católica y restaurad la unidad. Murió mártir por la fe de Cristo en el año 235. La Iglesia celebra su memoria el 13 de agosto.

 

Novaciano. En el año 251, al sentirse postergado por la elección de san Cornelio, Novaciano acusó al nuevo obispo de Roma de laxismo y se alzó contra el legítimo sucesor de San Pedro, haciéndose consagrar obispo por tres obispos italianos. Arrastró al cisma a una buena porción de la Iglesia. Excomulgado por un sínodo romano en otoño del 251, se alejó de Roma en el 253 durante la breve persecución de Trebonio Gallo, perdiéndose su rastro. Se cree que murió en el 257 ó 258.

 

Félix II. Al ser desterrado el papa Liberio, el emperador Constancio nombró obispo de Roma al arcediano romano Félix. La mayoría del clero romano le reconoció como verdadero papa, no así los seglares, que masivamente se mantuvieron fieles a Liberio. Cuando regresó de su destierro Liberio, Félix fue desterrado a perpetuidad por el Senado y pueblo de Roma. Murió en Porto.

 

Ursino. Cuando murió el papa Liberio, año 366, se produjo una doble elección. Una se celebró en la basílica transtiberina de Julio, de la que salió elegido el diácono Ursino; en la otra, que tuvo lugar en la basílica de San Lorenzo in Lucina, eligieron al diácono Dámaso. El emperador Valentiniano I intervino desterrando a Ursino, aunque el cisma perduró. En el 380, un sínodo celebrado en Roma solicitó de nuevo la intervención imperial. El emperador -ahora, Graciano- se declaró abiertamente -como su antecesor- de parte del papa Dámaso I. Durante el reinado de Teodosio I, favorecedor del legítimo papa, fue desapareciendo hasta extinguirse el cisma de Ursino.

 

Eulalio. A la muerte de san Zósimo, ocurrida en el 418, surgió en la Iglesia de Roma un nuevo cisma. Al igual que en el cisma del 366, éste tuvo origen en una doble elección. Tanto san Bonifacio I como el arcediano Eulalio fueron elegidos por grupos distintos para que ocuparan la Sede de San Pedro. En un principio, el emperador Honorio reconoció a Eulalio, pero poco más tarde, al ser informado de la verdadera situación y de quienes participaron en cada elección, confirmó como verdadero papa a Bonifacio I. Eulalio fue expulsado de Roma, residió en Antium, y posteriormente fue designado obispo de Nepi.

 

Lorenzo. A finales del siglo V, en el año 498, cuando quedó vacante la Sede romana por la muerte de Anastasio II, se reunieron en la basílica liberiana, Santa María la Mayor, parte del clero de Roma y una mayoría de senadores que aclamaron al presbítero Lorenzo, del título de Santa Práxedes, como nuevo papa, sin tener en cuenta las normas y costumbres establecidas. Simultáneamente, en Letrán, una asamblea más numerosa, elegía al diácono Símaco para suceder al difunto Anastasio. Símaco y Lorenzo accedieron a someterse al arbitraje de Teodorico, rey de los ostrogodos. Teodorico falló a favor de Símaco, y Lorenzo acató la decisión, concediéndosele el obispado de Nocera in Campania. Tiempo después, Lorenzo pretendió de nuevo el solio pontificio, sin conseguirlo, y tuvo que retirarse de Roma definitivamente.

 

Dióscoro. El papa Félix IV había nombrado a su propio sucesor en la persona del arcediano romano Bonifacio. Y en efecto, cuando murió en el 530, el pueblo y el clero reunidos en la basílica de Santa María in Trastevere, proclamaron a Bonifacio como papa. Pero una parte del clero y del pueblo romano, celosos de sus prerrogativas, protestó de la irregular designación, y en la iglesia de Constantino elegían como obispo de Roma a Dióscoro, cardenal-diácono, antiguo legado papal en Constantinopla. El cisma duró poco tiempo -un mes- pues la muerte de Dióscoro puso fin a la división. Entonces Bonifacio II fue reconocido por todo el clero y pueblo de Roma. En el Anuario Pontificio se lee: Quizás puede sostenerse la legitimidad de Dióscoro, que murió 22 días después de su elección.

 

Pedro. En el año 686, a la muerte de Juan V, el clero reunido en la Basílica de San Juan de Letrán elegía al arcipreste Pedro como nuevo obispo de la ciudad. Mientras tanto, los magistrados y la milicia, congregados en la Iglesia de San Esteban in Rotundo, prefirieron elevar a la Sede romana al presbítero Teodoro. Ninguno de los dos fue papa, y además, Pedro tampoco figura en la lista de los antipapas, porque en realidad no lo fue. Como transcurría el tiempo y, a pesar de numerosas tentativas de conciliación entre los seguidores de ambos rivales, no se logró ningún acuerdo, se tomó la decisión de descartar a los dos -Pedro y Teodoro- y nombrar pontífice a Conón, que era un anciano de vida ejemplar. Éste fue aceptado por todos.

 

Teodoro. El papa Conón murió al año siguiente de ser elegido. Y de nuevo rebrotó la querella entre los diversos grupos a causa de la elección del sucesor del papa difunto. Otra vez Teodoro, con el apoyo de la milicia mostró sus aspiraciones y fue elegido por una pequeña porción del clero y del pueblo romano. Otro candidato era el archidiácono Pascual, que mediante una fuerte suma -cien libras de oro- consiguió ser elegido con el apoyo del exarca de Rávena, Juan Platin. Pero la mayoría del clero, arrastrando a los nobles y a una parte del ejército, decidió que ninguno de los dos era conveniente, y proclamó a Sergio, que pudo contar con la aclamación popular. Teodoro, al ver perdida su causa, y que la milicia le abandonaba, salió al encuentro de Sergio I y le reconoció como legítimo papa. Y de él nunca más se supo. Resulta indudable que no puede ser considerado como antipapa, pues en las dos ocasiones, la del 686 y la del 687, se sometió al papa legítimo -primeramente a Conón, y después, a san Sergio I-.

 

Pascual. Con la elección de Sergio I no se dio por vencido. Escribió al exarca de Rávena que fuera a Roma para que le ayudara en sus pretensiones. Platin acudió, pero al comprobar que Sergio I contaba con el favor de toda la población, reconoció a éste como legítimo papa. Pascual se negó a abdicar, siendo encerrado en un monasterio, convicto de magia y en el que murió sin reconocer al verdadero papa.

 

Constantino II. En el año 767, inmediatamente después de entregar el papa san Pablo I su alma a Dios, un grupo de laicos invadió el palacio Laterano para aclamar como papa a Constantino, que ni siquiera era clérigo. Esta elección,  realizada con el apoyo de Totón, duque de Nepi y hermano del elegido, parece ser que no fue conforme a las normas canónicas vigentes, aunque algunos autores la consideran válida. Constantino recibió todas las órdenes sagradas y tomó posesión de su cargo. Durante trece meses estuvo gobernando la Iglesia. Cabe preguntarse si fue verdadero papa. Para unos, sí; mientras que para otros fue un intruso, un usurpador. Constantino II fue depuesto el 30 de julio del 768 por el primicerio Cristóbal y su hijo Sergio, enemigos del duque de Nepi, ayudados por los lombardos de Waldiperto.

 

Baronio, en sus Annales Ecclesiastici, dice escuetamente: Arrojado el pseudo-Papa Constantino de la sede que había ocupado un año y un mes, y a la que había sido elevado sin ley ni justicia, dispuesto igualmente el cese de Felipe, en las nonas del mes de agosto (5 de agosto) fue elegido legítimamente y ritualmente, según lo prescrito en los sagrados cánones, Esteban, cuarto de su nombre, llamado por algunos tercero. Con la elección de Esteban III (IV), Constantino fue obligado a retirarse a un monasterio donde pasó el resto de sus días.

 

Felipe. Depuesto Constantino II, inmediatamente después, Waldiperto, deseando cumplir los deseos de Desiderio, rey de los lombardos, promovió a la silla papal a un presbítero llamado Felipe. Un cierto número de ciudadanos reunidos en el monasterio de San Guido aclamó a Felipe como pontífice. En el recorrido que iba desde su monasterio, del que era abad, hasta la basílica del Laterano, la muchedumbre no dejó de gritar: Felipe es quien ha sido elegido Papa por San Pedro. Y fue entronizado como papa. Pero el primicerio Cristóbal no quiso reconocer la elección de Felipe por considerarla anticanónica. Felipe, sin oponer resistencia alguna, el mismo día de su elección, regresó a su monasterio rodeado del respeto de todos.

 

Juan. Al morir Gregorio IV, en el 844, una parte del pueblo eligió para sucederle al diácono Juan, pero no obtuvo el reconocimiento del clero ni de la mayoría de los romanos, por lo que fue obligado a retirarse en un convento, a la vez que Sergio II era consagrado como legítimo papa.

 

Anastasio, el Bibliotecario. Anastasio era cardenal de San Marcos. Con el apoyo de los emperadores Luis y Lotario, se declaró sumo pontífice y entró en Roma con hombres armados apoderándose del Palacio de Letrán y haciendo prisionero al verdadero papa, Benedicto III. Pero la mayor parte del clero y el pueblo permanecieron fieles al legítimo pontífice, y Anastasio fue prontamente depuesto.

 

Cristóbal. Cardenal presbítero del título de San Dámaso y familiar del papa León V (903-903). Juzgando al Pontífice poco apto para gobernar la Iglesia, Cristóbal se apoderó violentamente de la Sede papal obligando a León V a retirarse al monasterio benedictino de Bandallo. Estuvo en la Sede de San Pedro seis meses. En enero del 904 el pueblo de Roma, que lo odiaba, permitió a Sergio, el electo en discordia del 898 cuando fue elegido Juan IX, regresar a Roma, adueñarse de Letrán, encarcelar a Cristóbal y ser proclamado papa con el nombre de Sergio III. León V y Cristóbal murieron poco tiempo después. Es curioso que este usurpador esté inscrito como papa -y no como antipapa- en varios catálogos de la historia del Pontificado y que esté enterrado en el Vaticano.

 

Bonifacio VII. Gobernaba la Iglesia Benedicto VI cuando se produjo una insurrección en Roma provocada por Crescencio. El Papa fue encarcelado en Sant’Angelo, donde murió asesinado, mientras el diácono Franco, que ya había disputado con Benedicto VI en la elección, era entronizado como nuevo papa con el nombre de Bonifacio VII. El usurpador, sin embargo, sólo pudo estar unas semanas ejerciendo de pontífice porque el pueblo de Roma, horrorizado por el asesinato de Benedicto VI, se rebeló contra Bonifacio VII. Éste, ante la entrada en la Urbe de un ejército imperial, se refugió en Sant’Angelo. El conde Sicco de Espoleto lanzó entonces su asalto a la fortaleza. El antipapa logró escapar, llevándose parte de los tesoros de la Iglesia y ponerse a salvo en territorio bizantino. En Constantinopla estuvo oculto cerca de diez años

 

Para cubrir la sede vacante fue elegido el obispo de Sutri, que tomó el nombre de Benedicto VII. A la muerte de éste, en el 983, subió al solio pontificio Pedro Canepanova, que era vicecanciller del emperador Otón II en Italia y obispo de Pavía. Tomó el nombre de Juan XIV. Pero apenas elegido -aún no llevaba tres meses gobernando la Iglesia-, Otón II murió. Circunstancia que aprovechó Franco -Bonifacio VII- para presentarse en Roma y, esta vez con el apoyo de Crescencio y de grupos activos disidentes, encarcelar al Papa en Sant’Angelo, que también fue asesinado por orden del usurpador. Tampoco esta vez estuvo mucho tiempo ocupando la Sede romana, pues al año moría asesinado. Toda una pesadilla había terminado con la muerte del antipapa Bonifacio VII, asesino de dos papas.

 

Juan XVI. Juan Filagato, obispo de Piacenza, en el 997 fue proclamado papa por Crescencio II con el nombre de Juan XVI durante el pontificado de Gregorio V. El emperador Otón III no consistió tal usurpación y en Roma ordenó decapitar al traidor Crescencio II. El antipapa fue hecho prisionero y mutilado. Encerrado en un convento vivió todavía quince años.

 

Gregorio. Con la muerte del papa Sergio IV y de Juan Crescencio III, en mayo de 1012, los condes de Túsculo recuperaron el poder en Roma que ya habían ejercido un siglo atrás. El 18 de mayo eligieron a uno de ellos -el conde Teofilacto, cardenal de Porto- para que ocupara la sede pontificia. El nuevo papa adoptó el nombre de Benedicto VII. Sin embargo, la familia de los Crescencios designó a un cierto clérigo llamado Gregorio para la más alta dignidad eclesiástica en oposición al legítimo papa. El antipapa, obligado a huir de Roma, viajó a Alemania para implorar del emperador Enrique II el reconocimiento de su causa. El monarca alemán sostuvo a Benedicto VII y desde ese momento se borran las huellas de Gregorio que solamente aparece en la historia mencionado como un antipapa.

 

Benedicto X. Antes de que transcurriera una semana desde la muerte de Esteban IX (X), la nobleza romana aprovechó la ausencia de los cardenales para intentar una recuperación de su poder, haciendo aclamar como Pontífice a un Túsculo, el obispo Juan de Velletri, apodado Mincio, que se hizo llamar Benedicto X. Era el año 1058. Los cardenales no aceptaron tal elección, y san Pedro Damiano se negó a consagrarlo, por lo que tuvo que hacerlo el arcipreste de Ostia. El monje Hildebrando juntamente con el Sacro Colegio y con los apoyos de la regente alemana, emperatriz Inés, y de Godofredo de Lorena, eligieron en Siena a Gerardo de Borgoña que tomó el nombre de Nicolás II. Un sínodo reunido en Sutri despojó a Benedicto X de toda dignidad sacerdotal, después de haber estado nueve meses ejerciendo en Roma las funciones de papa. El antipapa se sometió al sínodo y pidió perdón al papa Nicolás II.

 

Honorio II. A la muerte de Nicolás II, en 1061, Hildebrando hizo que los cardenales eligieran rápidamente al sucesor del papa difunto, anticipándose a la nobleza romana que exigía del emperador Enrique IV la designación de un papa acorde a sus deseos. Los cardenales eligieron a Anselmo de Lucca, que gobernó la Iglesia con el nombre de Alejandro II. Semanas después, un grupo de obispos lombardos, apoyados por Enrique IV que estaba disconforme con el decreto de Nicolás II sobre la elección de los papas, dio la investidura pontificia a Pedro Cadalo, natural de Verona y obispo de Parma, quien tomó el nombre de Honorio II. Era éste, según el cronista Bonizo, un hombre rico en bienes y pobre en virtudes. Este antipapa murió en 1072 después de haber producido con su ambición grandes trastornos a la Iglesia.

 

Clemente III. Llamado Guiberto, era arzobispo de Rávena cuando en el año 1080, en plena lucha de las investuduras, el emperador Enrique IV lo elevó a la silla papal en oposición a san Gregorio VII. El antipapa tomó el nombre de Clemente III y sobrevivió varios pontificados. Dueño de una parte de Roma, la ocupó en tiempos del beato Víctor III. Tiempo después, fue expulsado de la Urbe durante el pontificado del beato Urbano II, retirándose a Ravena. Volvió a entrar en la Ciudad Eterna, siempre con la protección de Enrique IV, en el 1092, obligando al Papa a huir. Éste pudo volver a Roma en el invierno del 1093 a 1094. Clemente III, excomulgado y  expulsado definitivamente de Roma en la época de Pascual II, murió en el año 1100.

 

Teodorico. Muerto el antipapa Clemente III, los clérigos que formaban parte del séquito de Enrique IV se reunieron secretamente en San Pedro y eligieron a Teodorico, cardenal obispo de Albano, al que consagraron aprovechando la ausencia de Pascual II. Al regreso del Papa, Teodorico fue preso, juzgado y condenado a prisión perpetua en el monasterio de la Santa Trinidad, cerca de Salerno, donde profesó como monje. Esto ocurría en el año 1100.

 

Alberto. Los partidarios del que fue Clemente III no se desanimaron con la suerte de Teodorico, y en el 1102 tuvieron una reunión en la Iglesia de los Santos Apóstoles para elegir a Alberto, cardenal de Silva Candida. Pero tampoco consiguieron su propósito. El antipapa fue puesto en manos de Pascual II, que lo envió al monasterio de San Lorenzo en Aversa.

 

Silvestre IV. En 1105 intentaron los seguidores de los tres antipapas anteriores de nuevo quitar a Pascual II y colocar en su lugar otro papa. Se reunieron en Santa María Rotonda para la elección. En esta tercera ocasión el elegido era un arcipreste romano, de nombre Maginulfo, que quiso llamarse Silvestre IV. Pascual II no hizo caso de éste, pues contaba con escasos partidarios. Fracasada su causa, el antipapa buscó refugio en Osimo, cerca de Ancona.

 

Gregorio VIII. En el año 1118, por desavenencias con el papa Gelasio II, el emperador Enrique V de Alemania declaró vacante la Sede Apostólica e hizo elegir al francés Mauricio, arzobispo de Braga, que quiso llamarse Gregorio VIII. Aunque el antipapa consiguió tener dominio sobre San Pedro, Sant’Angelo y amplias zonas de la ciudad de Roma, no fue reconocido como pontífice más que por la familia de los Frangipani. Tras la muerte del legítimo papa, Gelasio II, subió a la Sede romana Calixto II quien reunió en Reims un concilio en el que se decidió la excomunión mayor del emperador germánico y del antipapa Gregorio VIII. El pueblo romano habría hecho expiar a Mauricio su usurpación con la muerte si  no lo hubiera impedido Calixto II. El antipapa fue llevado al monasterio de La Cava, cerca de Salerno. Posteriormente fue trasladado a la ciudadela de Janula, junto a Montecassino. El sucesor de Calixto II, Honorio II, en el año 1125 lo encerró en Castel Fumone, no lejos de Alatri. No se sabe exactamente cuándo murió, aunque sí que aún vivía en 1137 y que en ese año visitó de nuevo La Cava

 

Celestino II. Tras la muerte de Calixto II, el 15 de diciembre de 1124, los cardenales, con una elección realizada según las normas canónicas, hacían de Teobaldo Buccapecus, cardenal presbítero del título de Santa Anastasia, legítimo sucesor del papa difunto. El elegido se impuso el nombre de Celestino II, pero no fue consagrado. Cuando iba a serlo los Frangipani interrumpieron la ceremonia e hirieron a Celestino II. Éste, para evitar discordias y un nuevo cisma, optó por renunciar al cargo para el cual había sido elegido canónicamente. Teobaldo murió al poco tiempo, como resultado, tal vez, de las heridas recibidas. Con Celestino II se ha cometido la injusticia de inscribirlo en la lista de los antipapas. En realidad fue verdadero pontífice, y su pontificado -sólo unas horas- el más breve de la historia, juntamente con el de Felipe, en el caso de que también hubiera sido papa legítimo.

 

Anacleto II. En el año 1130 se produjo una doble elección. Por un lado un grupo de cardenales, los más jóvenes del Sacro Colegio, se reunieron en el monasterio de San Gregorio en el Monte Celio, en el mismo lugar que había muerto Honorio II, y eligieron al cardenal diácono del título del Santo Ángel, Gregorio Papareschi, que tomó el nombre de Inocencio II. Por otra parte, un número mayor de miembros del Sacro Colegio eligió en la Iglesia de San Marcos a Pedro Pierleoni, imponiéndose el nombre de Anacleto II. Como consecuencia, un nuevo cisma surgió en la cristiandad. La solución del cisma se debe a san Bernardo, que señaló a Inocencio II como verdadero papa por haber sido elegido por la sanior pars del Sacro Colegio. Anacleto II fue abandonado por casi todos, excomulgado en 1134 y murió en 1138.

 

Víctor IV. A la muerte del antipapa Anacleto II sus seguidores eligieron para sucederle a Gregorio Conti, que tomó el nombre de Víctor IV. En el mismo año 1138, san Bernardo le convenció para que renunciara a su oficio, en bien de la Iglesia, reconociendo a su rival.

 

Víctor IV. Veintiún años después otro antipapa se llamó igualmente Víctor IV. Se trata de Octaviano de Monticello, cardenal de Santa Cecilia, que a la muerte de Adriano IV, se negó a reconocer a su sucesor Alejandro III, y se hizo elegir papa con el nombre de Víctor IV. En el concilio de Pavía, celebrado en febrero del 1160, el emperador Federico Barbarroja lo impuso como papa, pero poco tiempo después, en julio de ese mismo año, en el concilio de Beauvais, la mayor parte de los reyes y príncipes de Occidente reconocieron a Alejandro III. El antipapa se refugió en Cremona y en Lucca, siendo abandonado por sus partidarios.

 

Pascual III. En el 1164 murió Víctor IV y, aunque la mayoría de los obispos alemanes fueron reconociendo progresivamente a Alejandro III,  Barbarroja hizo que algunos de los que fueron partidarios del antipapa le dieran un sucesor, encargo que cumplieron eligiendo a Guido de Crema, que tomó el nombre de Pascual III. Éste, como muestra de agradecimiento a Federico Barbarroja, canonizó a Carlomagno. Pascual III murió en Roma el 20 de septiembre de 1168.

 

Calixto III. Dos meses después de la muerte de Pascual III, el emperador Federico Barbarroja, siempre enemigo del legítimo papa, Alejandro III, hizo elegir a Juan, abad de Strumi, que eligió el nombre de Calixto III. Durante ocho años se empeñó el monarca alemán en sostener al antipapa. Cuando Barbarroja le dejó de apoyar, Calixto III, en el 1178, tuvo el buen sentido de someterse y de reconocer a Alejandro III.

 

Inocencio III. Aún tuvo Alejandro III un cuarto rival. El 29 de septiembre de 1179 Lando de Sezze logró hacerse elegir con la ayuda de la familia del difunto Víctor IV. Tomó el nombre de Inocencio III, pero antes de transcurridos cuatro meses se sometió. Alejandro III lo desterró de por vida en el monasterio de La Cava.

 

Nicolás V. Durante el pontificado de Juan XXII se produjo un nuevo enfrentamiento entre el Papado y el Imperio. En esta ocasión motivado por la disputa de la corona imperial entre Luis de Baviera y el duque Federico el Hermoso de Austria. Resultó ganador el de Baviera pero Juan XXII se negó a reconocerle. La reacción de Luis de Baviera fue deponer al Papa y haciendo poner en su lugar a Pedro Rainalluci, que quiso llamarse Nicolás V. Dos años después, cuando el emperador le retiró su apoyo, el antipapa se sometió a Juan XXII.

 

Clemente VII. Meses después de haber elegido a Urbano VI, los cardenales, reunidos en Anagni, declararon nula la elección hecha. Y un mes después, el 21 de septiembre de 1378, eligieron como papa a Roberto de Ginebra, que ha pasado a la historia con el nombre de Clemente VII, papa de la obediencia de Aviñón. Con él comenzó el cisma de Occidente.

 

Benedicto XIII. En el 1394 sucedió a Clemente VII el cardenal español Pedro Martínez de Luna con el nombre de Benedicto XIII. A su muerte ya se había restablecido la unidad de la cristiandad, aunque él hasta el final continuó considerándose legítimo papa.

 

Alejandro V. En el concilio de Pisa, año 1409, se decidió deponer tanto al papa de la obediencia de Roma como al de la obediencia de Aviñón, a la vez que se elegía a Pedro Filargo como nuevo papa. Éste adoptó el nombre de Alejandro V, que fue respetado por Rodrigo de Borja al ser elegido pontífice, pues se llamó Alejandro VI.

 

Juan XXIII. Para suceder a Alejandro V, los cardenales de la obediencia de Pisa eligieron a Baltasar Cossa, que se llamó Juan XXIII. Este papa de la obediencia de Pisa hasta la elección de Ángel José Roncalli -Juan XXIII- en el año 1958- era considerado por la mayoría de los historiadores como verdadero papa.

 

Clemente VIII. Gil Sánchez Muñoz fue elegido en Peñíscola por el reducido grupo de cardenales fieles a Benedicto XIII para suceder al papa Luna. Se llamó Clemente VIII. Se sometió a Martín V en el 1429.

 

Benedicto XIV. Se llamaba Bernardo Garnier. Fue elegido por un cardenal de Clemente VIII. Benedicto XIV es simplemente una anécdota en la historia del Pontificado.

 

Félix V. Amadeo VIII de Saboya es el último de los antipapas. Fue elegido en el concilio cismático de Basilea (año 1439) en oposición a Eugenio IV. Tomó el nombre de Félix V. Pocos príncipes -sólo los de Alemania y Aragón- le reconocieron como papa, por lo que renunció a la tiara en el año 1449. El papa Nicolás V -Eugenio IV ya había muerto- le hizo cardenal. Falleció el último antipapa de la historia en Ginebra el 7 de enero de 1451.