Archivo de la categoría: Historia de los Papas

Historia de los Papas. ¿Quiénes fueron los antipapas? (y IV)

Clemente VII. Meses después de haber elegido a Urbano VI, los cardenales, reunidos en Anagni, declararon nula la elección hecha. Y un mes después, el 21 de septiembre de 1378, eligieron como papa a Roberto de Ginebra, que ha pasado a la historia con el nombre de Clemente VII, papa de la obediencia de Aviñón. Con él comenzó el cisma de Occidente.

Benedicto XIII. En el 1394 sucedió a Clemente VII el cardenal español Pedro Martínez de Luna con el nombre de Benedicto XIII. A su muerte ya se había restablecido la unidad de la cristiandad, aunque él hasta el final continuó considerándose legítimo papa.

Alejandro V. En el concilio de Pisa, año 1409, se decidió deponer tanto al papa de la obediencia de Roma como al de la obediencia de Aviñón, a la vez que se elegía a Pedro Filargo como nuevo papa. Éste adoptó el nombre de Alejandro V, que fue respetado por Rodrigo de Borja al ser elegido pontífice, pues se llamó Alejandro VI.

Juan XXIII. Para suceder a Alejandro V, los cardenales de la obediencia de Pisa eligieron a Baltasar Cossa, que se llamó Juan XXIII. Este papa de la obediencia de Pisa hasta la elección de Ángel José Roncalli -Juan XXIII- en el año 1958- era considerado por la mayoría de los historiadores como verdadero papa.

Clemente VIII. Gil Sánchez Muñoz fue elegido en Peñíscola por el reducido grupo de cardenales fieles a Benedicto XIII para suceder al papa Luna. Se llamó Clemente VIII. Se sometió a Martín V en el 1429.

Benedicto XIV. Se llamaba Bernardo Garnier. Fue elegido por un cardenal de Clemente VIII. Benedicto XIV es simplemente una anécdota en la historia del Pontificado.

Félix V. Amadeo VIII de Saboya es el último de los antipapas. Fue elegido en el concilio cismático de Basilea (año 1439) en oposición a Eugenio IV. Tomó el nombre de Félix V. Pocos príncipes -sólo los de Alemania y Aragón- le reconocieron como papa, por lo que renunció a la tiara en el año 1449. El papa Nicolás V -Eugenio IV ya había muerto- le hizo cardenal. Falleció el último antipapa de la historia en Ginebra el 7 de enero de 1451.

Historia de los Papas. ¿Quiénes fueron los antipapas? (III)

Juan XVI. Juan Filagato, obispo de Piacenza, en el 997 fue proclamado papa por Crescencio II con el nombre de Juan XVI durante el pontificado de Gregorio V. El emperador Otón III no consistió tal usurpación y en Roma ordenó decapitar al traidor Crescencio II. El antipapa fue hecho prisionero y mutilado. Encerrado en un convento vivió todavía quince años.

Gregorio. Con la muerte del papa Sergio IV y de Juan Crescencio III, en mayo de 1012, los condes de Túsculo recuperaron el poder en Roma que ya habían ejercido un siglo atrás. El 18 de mayo eligieron a uno de ellos -el conde Teofilacto, cardenal de Porto- para que ocupara la sede pontificia. El nuevo papa adoptó el nombre de Benedicto VII. Sin embargo, la familia de los Crescencios designó a un cierto clérigo llamado Gregorio para la más alta dignidad eclesiástica en oposición al legítimo papa. El antipapa, obligado a huir de Roma, viajó a Alemania para implorar del emperador Enrique II el reconocimiento de su causa. El monarca alemán sostuvo a Benedicto VII y desde ese momento se borran las huellas de Gregorio que solamente aparece en la historia mencionado como un antipapa.

Benedicto X. Antes de que transcurriera una semana desde la muerte de Esteban IX (X), la nobleza romana aprovechó la ausencia de los cardenales para intentar una recuperación de su poder, haciendo aclamar como Pontífice a un Túsculo, el obispo Juan de Velletri, apodado Mincio, que se hizo llamar Benedicto X. Era el año 1058. Los cardenales no aceptaron tal elección, y san Pedro Damiano se negó a consagrarlo, por lo que tuvo que hacerlo el arcipreste de Ostia. El monje Hildebrando juntamente con el Sacro Colegio y con los apoyos de la regente alemana, emperatriz Inés, y de Godofredo de Lorena, eligieron en Siena a Gerardo de Borgoña que tomó el nombre de Nicolás II. Un sínodo reunido en Sutri despojó a Benedicto X de toda dignidad sacerdotal, después de haber estado nueve meses ejerciendo en Roma las funciones de papa. El antipapa se sometió al sínodo y pidió perdón al papa Nicolás II.

Honorio II. A la muerte de Nicolás II, en 1061, Hildebrando hizo que los cardenales eligieran rápidamente al sucesor del papa difunto, anticipándose a la nobleza romana que exigía del emperador Enrique IV la designación de un papa acorde a sus deseos. Los cardenales eligieron a Anselmo de Lucca, que gobernó la Iglesia con el nombre de Alejandro II. Semanas después, un grupo de obispos lombardos, apoyados por Enrique IV que estaba disconforme con el decreto de Nicolás II sobre la elección de los papas, dio la investidura pontificia a Pedro Cadalo, natural de Verona y obispo de Parma, quien tomó el nombre de Honorio II. Era éste, según el cronista Bonizo, un hombre rico en bienes y pobre en virtudes. Este antipapa murió en 1072 después de haber producido con su ambición grandes trastornos a la Iglesia.

Clemente III. Llamado Guiberto, era arzobispo de Rávena cuando en el año 1080, en plena lucha de las investuduras, el emperador Enrique IV lo elevó a la silla papal en oposición a san Gregorio VII. El antipapa tomó el nombre de Clemente III y sobrevivió varios pontificados. Dueño de una parte de Roma, la ocupó en tiempos del beato Víctor III. Tiempo después, fue expulsado de la Urbe durante el pontificado del beato Urbano II, retirándose a Ravena. Volvió a entrar en la Ciudad Eterna, siempre con la protección de Enrique IV, en el 1092, obligando al Papa a huir. Éste pudo volver a Roma en el invierno del 1093 a 1094. Clemente III, excomulgado y  expulsado definitivamente de Roma en la época de Pascual II, murió en el año 1100.

Teodorico. Muerto el antipapa Clemente III, los clérigos que formaban parte del séquito de Enrique IV se reunieron secretamente en San Pedro y eligieron a Teodorico, cardenal obispo de Albano, al que consagraron aprovechando la ausencia de Pascual II. Al regreso del Papa, Teodorico fue preso, juzgado y condenado a prisión perpetua en el monasterio de la Santa Trinidad, cerca de Salerno, donde profesó como monje. Esto ocurría en el año 1100.

Alberto. Los partidarios del que fue Clemente III no se desanimaron con la suerte de Teodorico, y en el 1102 tuvieron una reunión en la Iglesia de los Santos Apóstoles para elegir a Alberto, cardenal de Silva Candida. Pero tampoco consiguieron su propósito. El antipapa fue puesto en manos de Pascual II, que lo envió al monasterio de San Lorenzo en Aversa.

Silvestre IV. En 1105 intentaron los seguidores de los tres antipapas anteriores de nuevo quitar a Pascual II y colocar en su lugar otro papa. Se reunieron en Santa María Rotonda para la elección. En esta tercera ocasión el elegido era un arcipreste romano, de nombre Maginulfo, que quiso llamarse Silvestre IV. Pascual II no hizo caso de éste, pues contaba con escasos partidarios. Fracasada su causa, el antipapa buscó refugio en Osimo, cerca de Ancona.

Gregorio VIII. En el año 1118, por desavenencias con el papa Gelasio II, el emperador Enrique V de Alemania declaró vacante la Sede Apostólica e hizo elegir al francés Mauricio, arzobispo de Braga, que quiso llamarse Gregorio VIII. Aunque el antipapa consiguió tener dominio sobre San Pedro, Sant’Angelo y amplias zonas de la ciudad de Roma, no fue reconocido como pontífice más que por la familia de los Frangipani. Tras la muerte del legítimo papa, Gelasio II, subió a la Sede romana Calixto II quien reunió en Reims un concilio en el que se decidió la excomunión mayor del emperador germánico y del antipapa Gregorio VIII. El pueblo romano habría hecho expiar a Mauricio su usurpación con la muerte si  no lo hubiera impedido Calixto II. El antipapa fue llevado al monasterio de La Cava, cerca de Salerno. Posteriormente fue trasladado a la ciudadela de Janula, junto a Montecassino. El sucesor de Calixto II, Honorio II, en el año 1125 lo encerró en Castel Fumone, no lejos de Alatri. No se sabe exactamente cuándo murió, aunque sí que aún vivía en 1137 y que en ese año visitó de nuevo La Cava

Celestino II. Tras la muerte de Calixto II, el 15 de diciembre de 1124, los cardenales, con una elección realizada según las normas canónicas, hacían de Teobaldo Buccapecus, cardenal presbítero del título de Santa Anastasia, legítimo sucesor del papa difunto. El elegido se impuso el nombre de Celestino II, pero no fue consagrado. Cuando iba a serlo los Frangipani interrumpieron la ceremonia e hirieron a Celestino II. Éste, para evitar discordias y un nuevo cisma, optó por renunciar al cargo para el cual había sido elegido canónicamente. Teobaldo murió al poco tiempo, como resultado, tal vez, de las heridas recibidas. Con Celestino II se ha cometido la injusticia de inscribirlo en la lista de los antipapas. En realidad fue verdadero pontífice, y su pontificado -sólo unas horas- el más breve de la historia, juntamente con el de Felipe, en el caso de que también hubiera sido papa legítimo.

Anacleto II. En el año 1130 se produjo una doble elección. Por un lado un grupo de cardenales, los más jóvenes del Sacro Colegio, se reunieron en el monasterio de San Gregorio en el Monte Celio, en el mismo lugar que había muerto Honorio II, y eligieron al cardenal diácono del título del Santo Ángel, Gregorio Papareschi, que tomó el nombre de Inocencio II. Por otra parte, un número mayor de miembros del Sacro Colegio eligió en la Iglesia de San Marcos a Pedro Pierleoni, imponiéndose el nombre de Anacleto II. Como consecuencia, un nuevo cisma surgió en la cristiandad. La solución del cisma se debe a san Bernardo, que señaló a Inocencio II como verdadero papa por haber sido elegido por la sanior pars del Sacro Colegio. Anacleto II fue abandonado por casi todos, excomulgado en 1134 y murió en 1138.

Víctor IV. A la muerte del antipapa Anacleto II sus seguidores eligieron para sucederle a Gregorio Conti, que tomó el nombre de Víctor IV. En el mismo año 1138, san Bernardo le convenció para que renunciara a su oficio, en bien de la Iglesia, reconociendo a su rival.

Víctor IV. Veintiún años después otro antipapa se llamó igualmente Víctor IV. Se trata de Octaviano de Monticello, cardenal de Santa Cecilia, que a la muerte de Adriano IV, se negó a reconocer a su sucesor Alejandro III, y se hizo elegir papa con el nombre de Víctor IV. En el concilio de Pavía, celebrado en febrero del 1160, el emperador Federico Barbarroja lo impuso como papa, pero poco tiempo después, en julio de ese mismo año, en el concilio de Beauvais, la mayor parte de los reyes y príncipes de Occidente reconocieron a Alejandro III. El antipapa se refugió en Cremona y en Lucca, siendo abandonado por sus partidarios.

Pascual III. En el 1164 murió Víctor IV y, aunque la mayoría de los obispos alemanes fueron reconociendo progresivamente a Alejandro III,  Barbarroja hizo que algunos de los que fueron partidarios del antipapa le dieran un sucesor, encargo que cumplieron eligiendo a Guido de Crema, que tomó el nombre de Pascual III. Éste, como muestra de agradecimiento a Federico Barbarroja, canonizó a Carlomagno. Pascual III murió en Roma el 20 de septiembre de 1168.

Calixto III. Dos meses después de la muerte de Pascual III, el emperador Federico Barbarroja, siempre enemigo del legítimo papa, Alejandro III, hizo elegir a Juan, abad de Strumi, que eligió el nombre de Calixto III. Durante ocho años se empeñó el monarca alemán en sostener al antipapa. Cuando Barbarroja le dejó de apoyar, Calixto III, en el 1178, tuvo el buen sentido de someterse y de reconocer a Alejandro III.

Inocencio III. Aún tuvo Alejandro III un cuarto rival. El 29 de septiembre de 1179 Lando de Sezze logró hacerse elegir con la ayuda de la familia del difunto Víctor IV. Tomó el nombre de Inocencio III, pero antes de transcurridos cuatro meses se sometió. Alejandro III lo desterró de por vida en el monasterio de La Cava.

Nicolás V. Durante el pontificado de Juan XXII se produjo un nuevo enfrentamiento entre el Papado y el Imperio. En esta ocasión motivado por la disputa de la corona imperial entre Luis de Baviera y el duque Federico el Hermoso de Austria. Resultó ganador el de Baviera pero Juan XXII se negó a reconocerle. La reacción de Luis de Baviera fue deponer al Papa y haciendo poner en su lugar a Pedro Rainalluci, que quiso llamarse Nicolás V. Dos años después, cuando el emperador le retiró su apoyo, el antipapa se sometió a Juan XXII.

Historia de los Papas. ¿Quiénes son los antipapas? (II)

Los antipapas, independientemente de si lo fueron o no, son los siguientes:

San Hipólito. En el año 217 no reconoció como verdadero papa a san Calixto I, y se erigió en jefe de un grupo cismático. Sus seguidores le nombraron papa. Hipólito continuó su cisma durante los pontificados de san Urbano I y san Ponciano. Junto a éste fue desterrado a las minas de sal de Cerdeña por el emperador Maximino el Tracio. Allí se reconcilió con Ponciano, y ordenó a sus partidarios: Manteneos fieles a la fe católica y restaurad la unidad. Murió mártir por la fe de Cristo en el año 235. La Iglesia celebra su memoria el 13 de agosto.

Novaciano. En el año 251, al sentirse postergado por la elección de san Cornelio, Novaciano acusó al nuevo obispo de Roma de laxismo y se alzó contra el legítimo sucesor de San Pedro, haciéndose consagrar obispo por tres obispos italianos. Arrastró al cisma a una buena porción de la Iglesia. Excomulgado por un sínodo romano en otoño del 251, se alejó de Roma en el 253 durante la breve persecución de Trebonio Gallo, perdiéndose su rastro. Se cree que murió en el 257 ó 258.

Félix II. Al ser desterrado el papa Liberio, el emperador Constancio nombró obispo de Roma al arcediano romano Félix. La mayoría del clero romano le reconoció como verdadero papa, no así los seglares, que masivamente se mantuvieron fieles a Liberio. Cuando regresó de su destierro Liberio, Félix fue desterrado a perpetuidad por el Senado y pueblo de Roma. Murió en Porto.

Ursino. Cuando murió el papa Liberio, año 366, se produjo una doble elección. Una se celebró en la basílica transtiberina de Julio, de la que salió elegido el diácono Ursino; en la otra, que tuvo lugar en la basílica de San Lorenzo in Lucina, eligieron al diácono Dámaso. El emperador Valentiniano I intervino desterrando a Ursino, aunque el cisma perduró. En el 380, un sínodo celebrado en Roma solicitó de nuevo la intervención imperial. El emperador -ahora, Graciano- se declaró abiertamente -como su antecesor- de parte del papa Dámaso I. Durante el reinado de Teodosio I, favorecedor del legítimo papa, fue desapareciendo hasta extinguirse el cisma de Ursino.

Eulalio. A la muerte de san Zósimo, ocurrida en el 418, surgió en la Iglesia de Roma un nuevo cisma. Al igual que en el cisma del 366, éste tuvo origen en una doble elección. Tanto san Bonifacio I como el arcediano Eulalio fueron elegidos por grupos distintos para que ocuparan la Sede de San Pedro. En un principio, el emperador Honorio reconoció a Eulalio, pero poco más tarde, al ser informado de la verdadera situación y de quienes participaron en cada elección, confirmó como verdadero papa a Bonifacio I. Eulalio fue expulsado de Roma, residió en Antium, y posteriormente fue designado obispo de Nepi.

Lorenzo. A finales del siglo V, en el año 498, cuando quedó vacante la Sede romana por la muerte de Anastasio II, se reunieron en la basílica liberiana, Santa María la Mayor, parte del clero de Roma y una mayoría de senadores que aclamaron al presbítero Lorenzo, del título de Santa Práxedes, como nuevo papa, sin tener en cuenta las normas y costumbres establecidas. Simultáneamente, en Letrán, una asamblea más numerosa, elegía al diácono Símaco para suceder al difunto Anastasio. Símaco y Lorenzo accedieron a someterse al arbitraje de Teodorico, rey de los ostrogodos. Teodorico falló a favor de Símaco, y Lorenzo acató la decisión, concediéndosele el obispado de Nocera in Campania. Tiempo después, Lorenzo pretendió de nuevo el solio pontificio, sin conseguirlo, y tuvo que retirarse de Roma definitivamente.

Dióscoro. El papa Félix IV había nombrado a su propio sucesor en la persona del arcediano romano Bonifacio. Y en efecto, cuando murió en el 530, el pueblo y el clero reunidos en la basílica de Santa María in Trastevere, proclamaron a Bonifacio como papa. Pero una parte del clero y del pueblo romano, celosos de sus prerrogativas, protestó de la irregular designación, y en la iglesia de Constantino elegían como obispo de Roma a Dióscoro, cardenal-diácono, antiguo legado papal en Constantinopla. El cisma duró poco tiempo -un mes- pues la muerte de Dióscoro puso fin a la división. Entonces Bonifacio II fue reconocido por todo el clero y pueblo de Roma. En el Anuario Pontificio se lee: Quizás puede sostenerse la legitimidad de Dióscoro, que murió 22 días después de su elección.

Pedro. En el año 686, a la muerte de Juan V, el clero reunido en la Basílica de San Juan de Letrán elegía al arcipreste Pedro como nuevo obispo de la ciudad. Mientras tanto, los magistrados y la milicia, congregados en la Iglesia de San Esteban in Rotundo, prefirieron elevar a la Sede romana al presbítero Teodoro. Ninguno de los dos fue papa, y además, Pedro tampoco figura en la lista de los antipapas, porque en realidad no lo fue. Como transcurría el tiempo y, a pesar de numerosas tentativas de conciliación entre los seguidores de ambos rivales, no se logró ningún acuerdo, se tomó la decisión de descartar a los dos -Pedro y Teodoro- y nombrar pontífice a Conón, que era un anciano de vida ejemplar. Éste fue aceptado por todos.

Teodoro. El papa Conón murió al año siguiente de ser elegido. Y de nuevo rebrotó la querella entre los diversos grupos a causa de la elección del sucesor del papa difunto. Otra vez Teodoro, con el apoyo de la milicia mostró sus aspiraciones y fue elegido por una pequeña porción del clero y del pueblo romano. Otro candidato era el archidiácono Pascual, que mediante una fuerte suma -cien libras de oro- consiguió ser elegido con el apoyo del exarca de Rávena, Juan Platin. Pero la mayoría del clero, arrastrando a los nobles y a una parte del ejército, decidió que ninguno de los dos era conveniente, y proclamó a Sergio, que pudo contar con la aclamación popular. Teodoro, al ver perdida su causa, y que la milicia le abandonaba, salió al encuentro de Sergio I y le reconoció como legítimo papa. Y de él nunca más se supo. Resulta indudable que no puede ser considerado como antipapa, pues en las dos ocasiones, la del 686 y la del 687, se sometió al papa legítimo -primeramente a Conón, y después, a san Sergio I-.

Pascual. Con la elección de Sergio I no se dio por vencido. Escribió al exarca de Rávena que fuera a Roma para que le ayudara en sus pretensiones. Platin acudió, pero al comprobar que Sergio I contaba con el favor de toda la población, reconoció a éste como legítimo papa. Pascual se negó a abdicar, siendo encerrado en un monasterio, convicto de magia y en el que murió sin reconocer al verdadero papa.

Constantino II. En el año 767, inmediatamente después de entregar el papa san Pablo I su alma a Dios, un grupo de laicos invadió el palacio Laterano para aclamar como papa a Constantino, que ni siquiera era clérigo. Esta elección,  realizada con el apoyo de Totón, duque de Nepi y hermano del elegido, parece ser que no fue conforme a las normas canónicas vigentes, aunque algunos autores la consideran válida. Constantino recibió todas las órdenes sagradas y tomó posesión de su cargo. Durante trece meses estuvo gobernando la Iglesia. Cabe preguntarse si fue verdadero papa. Para unos, sí; mientras que para otros fue un intruso, un usurpador. Constantino II fue depuesto el 30 de julio del 768 por el primicerio Cristóbal y su hijo Sergio, enemigos del duque de Nepi, ayudados por los lombardos de Waldiperto.

Baronio, en sus Annales Ecclesiastici, dice escuetamente: Arrojado el pseudo-Papa Constantino de la sede que había ocupado un año y un mes, y a la que había sido elevado sin ley ni justicia, dispuesto igualmente el cese de Felipe, en las nonas del mes de agosto (5 de agosto) fue elegido legítimamente y ritualmente, según lo prescrito en los sagrados cánones, Esteban, cuarto de su nombre, llamado por algunos tercero. Con la elección de Esteban III (IV), Constantino fue obligado a retirarse a un monasterio donde pasó el resto de sus días.

Felipe. Depuesto Constantino II, inmediatamente después, Waldiperto, deseando cumplir los deseos de Desiderio, rey de los lombardos, promovió a la silla papal a un presbítero llamado Felipe. Un cierto número de ciudadanos reunidos en el monasterio de San Guido aclamó a Felipe como pontífice. En el recorrido que iba desde su monasterio, del que era abad, hasta la basílica del Laterano, la muchedumbre no dejó de gritar: Felipe es quien ha sido elegido Papa por San Pedro. Y fue entronizado como papa. Pero el primicerio Cristóbal no quiso reconocer la elección de Felipe por considerarla anticanónica. Felipe, sin oponer resistencia alguna, el mismo día de su elección, regresó a su monasterio rodeado del respeto de todos.

Juan. Al morir Gregorio IV, en el 844, una parte del pueblo eligió para sucederle al diácono Juan, pero no obtuvo el reconocimiento del clero ni de la mayoría de los romanos, por lo que fue obligado a retirarse en un convento, a la vez que Sergio II era consagrado como legítimo papa.

Anastasio, el Bibliotecario. Anastasio era cardenal de San Marcos. Con el apoyo de los emperadores Luis y Lotario, se declaró sumo pontífice y entró en Roma con hombres armados apoderándose del Palacio de Letrán y haciendo prisionero al verdadero papa, Benedicto III. Pero la mayor parte del clero y el pueblo permanecieron fieles al legítimo pontífice, y Anastasio fue prontamente depuesto.

Cristóbal. Cardenal presbítero del título de San Dámaso y familiar del papa León V (903-903). Juzgando al Pontífice poco apto para gobernar la Iglesia, Cristóbal se apoderó violentamente de la Sede papal obligando a León V a retirarse al monasterio benedictino de Bandallo. Estuvo en la Sede de San Pedro seis meses. En enero del 904 el pueblo de Roma, que lo odiaba, permitió a Sergio, el electo en discordia del 898 cuando fue elegido Juan IX, regresar a Roma, adueñarse de Letrán, encarcelar a Cristóbal y ser proclamado papa con el nombre de Sergio III. León V y Cristóbal murieron poco tiempo después. Es curioso que este usurpador esté inscrito como papa -y no como antipapa- en varios catálogos de la historia del Pontificado y que esté enterrado en el Vaticano.

Bonifacio VII. Gobernaba la Iglesia Benedicto VI cuando se produjo una insurrección en Roma provocada por Crescencio. El Papa fue encarcelado en Sant’Angelo, donde murió asesinado, mientras el diácono Franco, que ya había disputado con Benedicto VI en la elección, era entronizado como nuevo papa con el nombre de Bonifacio VII. El usurpador, sin embargo, sólo pudo estar unas semanas ejerciendo de pontífice porque el pueblo de Roma, horrorizado por el asesinato de Benedicto VI, se rebeló contra Bonifacio VII. Éste, ante la entrada en la Urbe de un ejército imperial, se refugió en Sant’Angelo. El conde Sicco de Espoleto lanzó entonces su asalto a la fortaleza. El antipapa logró escapar, llevándose parte de los tesoros de la Iglesia y ponerse a salvo en territorio bizantino. En Constantinopla estuvo oculto cerca de diez años

Para cubrir la sede vacante fue elegido el obispo de Sutri, que tomó el nombre de Benedicto VII. A la muerte de éste, en el 983, subió al solio pontificio Pedro Canepanova, que era vicecanciller del emperador Otón II en Italia y obispo de Pavía. Tomó el nombre de Juan XIV. Pero apenas elegido -aún no llevaba tres meses gobernando la Iglesia-, Otón II murió. Circunstancia que aprovechó Franco -Bonifacio VII- para presentarse en Roma y, esta vez con el apoyo de Crescencio y de grupos activos disidentes, encarcelar al Papa en Sant’Angelo, que también fue asesinado por orden del usurpador. Tampoco esta vez estuvo mucho tiempo ocupando la Sede romana, pues al año moría asesinado. Toda una pesadilla había terminado con la muerte del antipapa Bonifacio VII, asesino de dos papas.

La renuncia al Pontificado

RENUNCIA DEL PONTIFICADO

En los dos mil años de historia del Pontificado pocos papas han renunciado a la dignidad pontificia. La renuncia más conocida es la de san Celestino V (1294-1294), pero no ha sido la única.

A la muerte de Nicolás IV (1288-1292) ocurrida el 4 de abril de 1292, el Colegio Cardenalicio, formado en aquel momento por once cardenales, se encontraba dividido por la tradicional rivalidad entre los Colonna y los Orsini. Cada uno estos grupos contaba con cuatro cardenales incondicionales, lo que hacía imposible obtener la mayoría requerida de los dos tercios para una elección válida del papa. Habiendo pasado más de dos años de sede vacante, el día 5 de julio de 1294, los cardenales llegaron al acuerdo de elegir a un piadoso ermitaño, Pedro Murrone, gracias al esfuerzo y prestigio del cardenal Decano, Latino Malabranca.

Los electores enviaron tres emisarios a Sulmona, donde residía el elegido. El pueblo acogió con júbilo la elección efectuada. El único que no se alegró fue Pedro Murrone, que en su profunda humildad y simplicidad, intentó huir, pero la multitud lo impidió. Finalmente, el piadoso ermitaño se resignó a aceptar, entendiendo que esa era la voluntad de Dios. El 29 de agosto de 1294 tuvo lugar la entronización papal de Celestino V (nombre elegido por Pedro Murrone para su pontificado) en la iglesia de Santa María de Collemaggio de Aquila.

Pronto, sin embargo, comenzaron a mostrarse los inconvenientes de la elección de aquel ermitaño para ceñir la tiara pontificia, pues sesenta años de vida eremítica, aunque podían considerarse como una buena preparación para ceñir la corona celestial, no lo eran para asumir las dificultosas tareas que conllevan el Supremo Pontificado. Su misma simplicidad le hacía aparecer como desconcertado antes las exigencias del protocolo romano. Su falta de hábito en hablar en lengua latina hacía que los cardenales tuvieran que expresarse en italiano en los consistorios. Su buena fe, junto con la falta de experiencia, le convertían en víctima propiciatoria de las trampas que le tendían constantemente políticos experimentados.

Impresionado por el desorden que se infiltraba en la Iglesia a causa de su incapacidad administrativa, Celestino V se dio cuenta de que él no era persona apta para ejercer el oficio del Pastor universal de la Iglesia, por lo que se puso a pensar en los medios para remediar tal situación. Parece ser que llegó a exclamar: ¡Oh Dios mío, mientras reino sobre las almas, estoy labrando la eterna condenación de la mía! Lo cierto es que cada día le resultaba más cuesta arriba el ejercicio de los deberes propios de su cargo, tan contrarios a sus costumbres y a sus aficiones por la soledad y por la oración.

En el adviento de 1294 quiso ya dejar en manos de tres cardenales el gobierno de la Iglesia, ordenando las disposiciones necesarias para llevar a término este proyecto; pero como varios miembros del Sacro Colegio se opusieron a sus deseos, entonces empezó a acariciar la idea de la renuncia. Después de consultar a varios cardenales, entre ellos a Benedicto Caetani que era un gran canonista, decidió renunciar a la tiara pontificia.

El 13 de diciembre de 1294, Celestino V reunió a los cardenales en consistorio, tomó asiento sobre su trono y rogó a los miembros del Sacro Colegio que no le interrumpiesen hasta que hubiera terminado de hablar. Leyó el acta de renuncia al Supremo Pontificado de la Iglesia, seguidamente abandonó su sede y se despojó de las insignias pontificales (anillo, tiara y capa). A continuación se revistió con los hábitos propios de la Orden que había fundado años antes y fue a sentarse en un taburete en ademán generoso de voluntaria humillación. Ante ese espectáculo, todos los cardenales se emocionaron.

Otra renuncia bien conocida es la de Gregorio XII (1406-1415). Esta renuncia ocurrió durante el Cisma de Occidente y contribuyó decisivamente al término del mismo.

En un momento determinado la Cristiandad estaba dividida en tres obediencias (Roma, Aviñón y Pisa). La Iglesia en aquella situación tricefálica parecía encontrarse en un callejón sin salida y la idea de que tan solo un concilio verdaderamente universal podría sacarla del atolladero en que se encontraba se extendía cada vez más. El Papa de la obediencia de Pisa, Juan XXIII, a instancias del emperador Segismundo, convocó un concilio general en la ciudad de Constanza.

Juan XXIII declaró abierto el concilio el 1 de noviembre de 1414, pero en realidad la reunión de Constanza no puede ser considerada como verdadero concilio hasta el 4 de julio de 1415, fecha de la XV sesión, ya que en esta sesión el cardenal Dominico de Gubbis leyó el decreto de Gregorio XII, legítimo papa, que convocaba el concilio y, a continuación, el acta de abdicación traída hasta Constanza por Carlos Malatesta, señor de Rímini.

El papa Gregorio XII (Angelo Correr) una vez informado de la lectura en Cosntanza del decreto de su renuncia, reunió un consistorio público al que compareció con las vestiduras pontificias; aprobó lo que había hecho Malatesta; depuso voluntariamente la tiara y las demás insignias de la dignidad papal, haciendo protesta de que no la aceptaría jamás y ordenó que todas las actas debían ser redactadas desde ahora con la mención sede vacante. El 7 de octubre, Angelo Correr escribió al concilio para manifestarle su entera sumisión. Su actitud fue acogida con desbordante alegría por los asistentes al concilio. Su pronta muerte, antes de que se hubiese elegido otro Papa, fue considerada por sus partidarios como una prueba más de su legitimidad, como si Dios no hubiese querido permitir que viviendo el que fue Gregorio XII estuviese en la Sede de San Pedro otro papa.

Otras papas que renunciaron son:

San Ponciano (230-235). Elegido el 21 de julio del 230, en la época del emperador Alejandroo Severo. Cinco años después tomó el poder Maximinio Tracio y reanudó las persecuciones contra los cristianos. Según una antigua tradición, Ponciano y el antipapa Hipólito fueron deportados a las minas de Cerdeña. Y en aquella dura situación, ambos rivales tuvieron ocasión de ponderar el daño que con sus divisiones estaban haciendo a la Iglesia y se reconciliaron, renunciando el papa Ponciano a su dignidad, al mismo tiempo que Hipólito ponía término a su rebeldía con el fin de facilitar la restauración de la unidad. No tardaron ambos en sufrir el martirio. Según anota el Liber Pontificalis, Ponciano murió affictus et maceratus fustibus.

San Silverio (536-537). Muerto san Agapito I fue elegido papa un subdiácono de nombre Silverio. Su pontificado fue breve. Acusado injustamente con pruebas falsas de haber conspirado para entregar Roma a los godos, el general imperial Belisario arrebató a Silverio el pallium, le devolvió a su antiguo rango de subdiácono, y anunció al pueblo su deposición. Una vez depuesto Silverio, Belisario promovió la elección de Vigilio para la Sede romana. Pero el pueblo no aceptó los hechos y el emperador Justianiano dispuso que Silverio fuera conducido a Roma para allí ser sometido a un juicio justo. Durante el viaje el Papa fue detenido y enviado bajo custodia a la isla de Palmaria, cerca de Gaeta. Allí, sometido a amenazas, el 11 de noviembre del año 537 abdicó, falleciendo poco después.

San Martín I (649-655). Fue perseguido por el emperador Constante II. En plena Basílica de San Juan de Letrán fue detenido por Teodoro Caliapas, exarca de Rávena, por orden imperial. Maltratado, fue sometido a juicio, acusado de alta traición, fue condenado a muerte. La sentencia se conmutó por destierro a perpetuidad. Falleció en Quersoneso (Crimea), el 16 de septiembre del 655. Profunda amargura hubo de sentir Martín I cuando supo que, pese a sus recomendaciones de resistencia, el clero romano había elegido, el 10 de agosto del 654, para sustituirle a un presbítero llamado Eugenio. Posteriormente, el papa Martín I, para evitar un cisma, decidió renunciar al pontificado, a la vez que reconocía la legitimidad de su sucesor, Eugenio I.

Juan XVIII (1003-1009). El Liber Pontificalis afirma que Juan XVIII murió siendo monje en San Pablo extramuros. Esta noticia se interpreta como si poco antes de su muerte hubiera decidido abdicar retirándose a un monasterio.

Más complicado resulta analizar el final de pontificado de los papas Benedicto IX (1032-1044; 1045-1045; 1047-1048), Silvestre III (1045-1045) y Gregorio VI (1045-1046). Benedicto IX ocupó la Sede de San Pedro en tres ocasiones. La primera vez finalizó con una revuelta en Roma que obligó al Papa a huir en septiembre de 1044. El 20 de enero de 1045 fue elegido Papa Juan, obispo de la ciudad de Sabina. Cambió el nombre por el de Silvestre III. Poco tiempo después, el 10 de marzo, Benedicto IX conseguía regresar a Roma y expulsó a Silvestre III, que retornó a Sabina, y reasumió sus funciones episcopales.

La segunda época de Benedicto IX en el pontificado fue muy breve, ya que el 1 de mayo abdicó en favor de Juan Graciano, arcipreste de San Juan ante Portan Latinam, que tomó el nombre de Gregorio VI. Éste, exiliado “a las orillas del Rhin”, parece ser que fue obligado a abdicar.

A la muerte de Clemente II, y antes de ser elegido un nuevo papa, regresó a Roma Benedicto IX. Esta tercera etapa de Benedicto IX duró hasta que fue expulsado por Bonifacio de Canossa, marqués de Toscana, el 17 de julio de 1048.

Benedicto IX, del que no se puede decir de feliz memoria, murió arrepentido de sus pecados, borrando con una muerte ejemplar el escándalo de su vida licenciosa. Durante la agonía presentaba tan horrible aspecto que alguien debió preguntarle por su estado de ánimo. A lo que contestó el que por tres veces había sido papa, torturado por los remordimientos: Quien ha vivido sin ley y sin razón, deshonrando con sus iniquidades la Sede de San Pedro, no puede ofrecer la imagen de benignidad, sino la de fiereza.

La muerte de los Papas

LA MUERTE DE LOS PAPAS

El 6 de agosto de 1978, Pablo VI, pocas horas antes de morir, dijo a monseñor Gaetano Bonicelli, obispo de la diócesis de Albano, en donde está ubicada la villa papal de Castelgandolfo: La muerte de un Papa es como la de los otros hombres, pero siempre puede enseñar algo a los demás hombres. Al igual que san Pedro, todos sus sucesores, por su condición humana, son mortales, aunque la institución del Primado en la Iglesia permanezca a lo largo de los siglos.

El papa es Pedro, y los que mueren son Sixto, Clemente, Juan, Gregorio, Formoso, Silvestre, Pío… Pedro perdura en sus sucesores, pero éstos van falleciendo. No hay excepciones, la muerte alcanza a todos los hombres. Escribió el poeta que a Papas, emperadores y prelados, así los trata la Muerte, como a pobres pastores de ganado (Jorge Manrique). Cosa bien distinta son los ritos y costumbres en el sepelio y en las exequias que se reservan para quienes han ocupado la Sede de San Pedro.

En primer lugar, la muerte de un papa no sólo la certifica el médico, sino que debe ser corroborada por el cardenal Camarlengo. El médico de cabecera, también llamado arquíatra pontificio, inmediatamente después del fallecimiento del romano pontífice ausculta el cadáver y le toma el pulso, pero antes de firmar el certificado de defunción, por tradición, enciende una vela que acerca a los amoratados y entreabiertos labios del finado en busca del más remoto hálito de vida. La inmovilidad de la llama es señal clara de la muerte del papa. Es entonces cuando los clérigos de Cámara cubren el rostro del pontífice difunto con una fina gasa blanca, y el resto del cuerpo con un paño de seda roja. Sólo las manos del papa permanecen sin cubrir, cruzadas sobre el pecho y sujetando un crucifijo y un rosario.

Miembros de los cuerpos armados del Vaticano custodian el cadáver mientras es velado en oración por los canónigos penitenciarios, que celosamente defienden el privilegio de ser los primeros en velar al papa muerto y de oficiar la primera de las misas que se aplican en sufragio por su alma. Mientras tanto, el Camarlengo ha ido a vestirse de color violeta, para regresar a la estancia mortuoria con el luto que procede. El Camarlengo, ya ante el cadáver, ordena a los clérigos de Cámara que destapen el rostro del finado, identifica al difunto y se inclina hasta él llamándole al oído por su nombre de pila, que repite dos veces más. Sólo tras no obtener respuesta, certifica la defunción con su vere Papa mortuus est (En verdad el Papa ha muerto) y cae de hinojos para recitar el Salmo 129, De profundis.

Hasta el siglo XIX, el Camarlengo debía golpear además la frente del papa con un martillo a la espera de una posible reacción. Cuando en el año 1878 murió el beato Pío IX se dejó de utilizar semejante instrumento, que aunque fuera de plata y con mango de marfil, daba un matiz de crueldad a la hora de verificar la muerte. El beato Juan XXIII decretó su abolición.

Verificada y proclamada la muerte del papa, el Maestro de Cámara quita del dedo del difunto el anillo del Pescador, que es entregado al Camarlengo para su posterior destrucción. Sólo a partir de este momento se considera acabado el pontificado y comienza el período de sede vacante.

Durante varios días, sobre un catafalco cubierto con un terciopelo rojo -el color prescrito para el luto por la muerte de un pontífice-, es expuesto el cadáver revestido con los ornamentos pontificales en la Basílica de San Pedro para la veneración de los fieles. Para su inhumación los restos mortales son colocados en un triple féretro. El primer ataúd es de ciprés, que es introducido dentro de otro de plomo y éste en un tercero de madera de nogal.

Después de la Misa exequial, se procede al entierro en las Grutas vaticanas. Momentos antes de ser depositado en la tumba, se abre el féretro y se introduce en él un acta en pergamino, después de ser leída por el Secretario de los Breves, con los datos personales y los hechos más sobresalientes de la vida y obra del papa difunto. También una pequeña bolsa de piel con las monedas de su pontificado. A continuación, sobre la cara del pontífice se deposita un velo blanco y se reza el último responso. Luego, cerrado el féretro, es bajado a la fosa excavada en el suelo.

El beato Juan XXIII, con el motu proprio Summi Pontificis Electio, fechado el 5 de septiembre de 1962, dispuso que cuando el soberano pontífice esté a punto de morir, o después de su muerte, nadie podrá hacer fotografías o grabar en cinta magnetofónica en sus apartamentos privados. Si alguien desea, después de la muerte del papa, sacar fotografías que tengan valor de documento o de testimonio, podrá presentar su petición al cardenal Camarlengo. Con todo, éste sólo permitirá que se fotografíe el cadáver del finado si está revestido de sus ornamentos pontificales.

Estas disposiciones fueron motivadas por el triste espectáculo ocurrido con la agonía y muerte de Pío XII. Durante su larga agonía hubo una gran afluencia a la habitación del papa, e incluso Radio Vaticano instaló en la estancia contigua un transmisor desde el cual se narraba en directo las novedades del trance. Pero lo peor fue el comportamiento del propio médico de cabecera, el doctor Galeazzi-Lisi, que tomó fotos furtivas de la agonía, y una vez muerto, del cadáver, que fueron vendidas en exclusiva al semanario francés París-Match.

La muerte del beato Pío IX está narrada en una biografía de León XIII de la siguiente forma: El 7 de febrero de 1878, mientras el cardenal Simeoni celebraba Misa, vinieron a decirle que el Padre Santo, cuyo estado inspiraba grandes inquietudes desde hacía varios días, expiraba rápidamente. Una vez acabado el santo Sacrificio, el cardenal acudió lo más rápidamente posible a la cabecera del augusto moribundo. Un gran número de familiares, cardenales, prelados, dignatarios civiles y servidores, rodeaban el lecho del moribundo. Hubo un momento en que el cardenal Pecci se acercó al Papa y, doblando la rodilla, le dijo: “Santísimo Padre, bendecid al Sacro Colegio, bendecid a toda la Iglesia”. Pío IX tuvo aún fuerza para responder: “Sí, bendigo al Sacro Colegio y ruego a Dios para que hagáis una buena elección”. Después, cogiendo un pequeño crucifijo que contenía un fragmento de madera de la verdadera Cruz, añadió: “Bendigo a todo el mundo católico”. A las cinco y treinta y cinco, mientras el cardenal Bilio recitaba el proficiscere de la oración de los agonizantes, el Padre Santo murmuró: “Si, proficiscar”, y expiró.

Coronación del Papa

LA CORONACIÓN DEL PAPA

Hasta el pontificado de Juan Pablo I (1978-1978) existía la solemne ceremonia de la coronación del papa con la tiara pontificia. El papa Luciani para el inicio solemne de su pontificado decidió suprimir la coronación sustituyéndola con una Misa y la imposición del pallium (palio) al nuevo pontífice. Juan Pablo II (1978-2005) y Benedicto XVI hicieron lo mismo que el citado predecesor.

En la homilía que pronunció Juan Pablo II en la inauguración oficial de su pontificado dijo: En los siglos pasados, cuando el sucesor de Pedro tomaba posesión de su Sede, se colocaba sobre su cabeza la tiara. El último Papa coronado fue Pablo VI, en 1963, el cual, sin embargo, después del solemne rito de la coronación, no volvió a usar la tiara, dejando a sus sucesores libertad para decidir al respecto. El Papa Juan Pablo I, cuyo recuerdo está tan vivo en nuestros corazones, no quiso la tiara, y hoy no la quiere su sucesor. No es tiempo, realmente, de volver a un rito que ha sido considerado, quizá injustamente, como símbolo del poder temporal de los Papas.

En la ya antigua ceremonia de coronación era el cardenal Protodiácono el encargado de colocar sobre la cabeza del nuevo papa la triple corona. Mientras lo hacía, pronunciaba las siguientes palabras: Recibid la tiara adornada con las tres coronas y sabed que sois el padre de los Príncipes y Reyes, el Pastor del Universo y el Vicario en la Tierra de Nuestro Señor Jesucristo, a quien pertenecen ahora y siempre, en un mundo sin fin, el honor y la gloria.

Además, en la coronación, existía un rito que a la vez que era expresivo, emocionaba. Cuando el nuevo papa se dirigía a la Cátedra de San Pedro en la Basílica Vaticana, un eclesiástico iba delante de él poniéndole enfrente, a su vista, un manojo de estopa ardiendo, y repitiendo al mismo tiempo: Sic transiit gloria mundi (Así pasa la gloria del mundo).

El origen de la tiara pontificia es el siguiente: Después de la paz de Milán, el papa san Silvestre I (314-335), por propia decisión o tal vez a instancias del Emperador Constantino, adoptó el bonete, que según la tradición romana era el símbolo de la libertad, recamado en oro y adornado con la diadema, para dignificar que el Sumo Sacerdote había sido hecho Príncipe por Jesucristo. Bonifacio VIII (1294-1303) le añadió otra corona, expresando el poder espiritual y temporal de la Sede romana. Urbano V (1362-1370) le agregó la tercera, tal vez por la mística significación de este número, o como referencia a la triple potestad del Pontífice: legislativa, judicial y doctrinal.

 

El veto

LA ÚLTIMA VEZ QUE SE HIZO USO DEL VETO

La última vez que se puso el veto a un cardenal fue en el cónclave de 1903. En la mañana del 2 de agosto, antes de procederse al tercer escrutinio, el cardenal Jean Puzyna de Kosielsko, arzobispo de Cracovia, declaró en nombre de su Majestad Apostólica, el emperador Francisco José I la oposición de la corona austríaca a la elección del antiguo Secretario de Estado de León XIII, el cardenal Rampolla.

Las palabras del cardenal Puzyna fueron dirigidas al cardenal Luis Oreglia de San Esteban, Camarlengo de la Santa Iglesia, y fueron éstas: Tengo el honor, según se me ha encargado por orden superior, de rogar a vuestra Eminencia que, en su calidad de Decano de la Santa Iglesia Romana, tenga a bien saber, para su propio informe y para declararlo oficialmente en el nombre y por la autoridad de Francisco José, Emperador de Austria y Rey de Hungría, que su Majestad, queriendo hacer uso de un derecho y de un privilegio antiguos, pronuncia el veto de exclusión contra mi Eminentísimo Señor el Cardenal Mariano Rampolla del Tíndaro.

El antiguo Secretario de Estado había obtenido 24 votos en la primera votación y 29 en la segunda. La indignación producida por este gesto anacrónico fue general. La declaración de la voluntad imperial levantó numerosas protestas por parte del Sacro Colegio. El cardenal Camarlengo, Oreglia, protestó con orgulloso acento contra el odioso servilismo a un poder civil y rechazó con energía la validez del veto. Esa comunicación -dijo- no puede ser acogida por el Cónclave a título oficial ni oficioso, y no se tendrá en cuenta de ella.

El cardenal excluido protestó con palabras firmes y dignas, llenas de la  grandeza de su conciencia, propias de un príncipe de la Iglesia: Yo deploro que se cometa un grave atentado, en materia de elecciones, contra la libertad de la Iglesia y la dignidad del Sacro Colegio por un poder laico, y por ello protesto enérgicamente. En cuanto a mi humilde persona declaro que nada podía ocurrirme más honroso ni más grato.

San Pío X, elegido -los caminos de la Providencia son inescrutables- quizás gracias al veto austríaco al cardenal Rampolla, para evitar que en sucesivos cónclaves se hiciera uso del seudoderecho del veto, promulgó el 20 de enero de 1904 la constitución Commissum nobis, en la que se declaraba nulo y absolutamente prohibido el derecho de exclusiva, o veto, aun cuando fuera expresado como deseo o mera indicación iniciada de la voluntad de cualquier potestad civil.