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El Reino de Dios

¿Qué se puede hacer para poseer el reino de Dios? Sobre este punto Jesús es muy explícito : no basta el entusiasmo, la alegría del descubrimiento. Es necesario anteponer la perla preciosa del reino a cualquier otro bien terreno; es necesario poner a Dios en el primer lugar de nuestra vida, preferido a todo. Dar el primado a Dios significa tener el valor de decir no al mal, no a la violencia, no a los atropellos, para vivir una vida al servicio de los demás y en favor de la legalidad y del bien común. Cuando una persona descubre a Dios, el verdadero tesoro, abandona un estilo de vida egoísta y busca compartir con los demás la caridad que viene de Dios. Quien llega a ser amigo de Dios, ama a los hermanos, se compromete a salvaguardar su vida y su salud incluso respetando el medio ambiente y la naturaleza (Papa Francisco).

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EL DÍA DEL SEÑOR. Homilía del Domingo XXXIII del Tiempo Ordinario (Ciclo A)

En la primera carta de san Pablo a los tesalonicenses, el Apóstol, después de referirse a la segunda venida de Cristo a la tierra y de los acontecimientos que sucederán, escribe: Acerca del tiempo y de las circunstancias, hermanos, no necesitáis que os escriba, porque vosotros mismos sabéis muy bien que el día del Señor vendrá como un ladrón en la noche. Así, pues, cuando clamen: “Paz y seguridad”, entonces, de repente, se precipitará sobre ellos la ruina -como dolores de parto de la que está encinta-, sin que puedan escapar (1Ts 5, 1-3). ¿Cuál será el día del Señor? En la Sagrada Escritura aparece varias veces esta expresión –El día del Señor- referida a ese momento, en el que Dios interviene de modo decisivo e inapelable.

Los profetas hablan del “día de Yavé”, unas veces con acento de temor, y otras como con acento de esperanza. Nuestro Señor Jesucristo, en el sermón escatológico, anunció la destrucción de Jerusalén con unos rasgos similares a los utilizados por los profetas para hablar del “día de Yavé”. La ruina del Templo clausura la era judaica en la historia de la salvación, y prefigura la segunda venida de Cristo como Juez universal. En las cartas de san Pablo, lo mismo que en otros escritos del Nuevo Testamento, el “día del Señor” es el día del Juicio Universal, cuando Cristo aparezca en plenitud de gloria como Juez. El Apóstol de los gentiles se sirve de algunos ejemplos utilizados por el Señor en su predicación sobre la ruina de Jerusalén y el fin del mundo –el ladrón en la noche, los dolores de parto- para prevenir acerca de lo inesperado de ese día y con el fin de exhortar a estar preparados en todo momento. La segunda venida del Señor sorprenderá a todos los hombres en lo que estén haciendo, ya sea bueno o malo. De ahí que es temerario diferir el arrepentimiento para más tarde.

Pero vosotros, hermanos, no estáis en tinieblas, de modo que ese día os sorprenda como un ladrón; pues todos vosotros sois hijos de la luz e hijos del día. Nosotros no somos de la noche ni de las tinieblas. Por tanto, no durmamos como los demás, sino estemos en vela y seamos sobrios (1 Ts 5, 4-6). El ladrón llega de noche, cuando amparado por las tinieblas puede sorprender desprevenido al dueño de la casa. Ya Jesucristo había recurrido a esta metáfora, al decir que si el padre de familia supiera a qué hora vendrían a robarle, estaría entonces vigilando. Con ello se nos exhorta a vivir siempre en actitud de alerta, siempre en gracia de Dios, inmersos en la luz, en la luz de la fe. De este modo, si caminamos en la luz, del mismo modo que Él está en la luz, entonces tenemos comunión unos con otros, y la sangre de su Hijo Jesús nos purifica de todo pecado (1 Jn 1, 7).

La luz de la fe: la tradición de la Iglesia ha indicado con esta expresión el gran don traído por Jesucristo, que en el Evangelio de San Juan se presenta con estas palabras: “Yo he venido al mundo como luz, y así, el que cree en mí no quedará en tinieblas”. En el mundo pagano, hambriento de luz, se había desarrollado el culto al Sol. Conscientes del vasto horizonte que la fe les abría, los cristianos llamaron a Cristo el verdadero sol, “cuyos rayos dan la vida”. Quien cree ve; ve con una luz que ilumina todo el trayecto del camino, porque llega a nosotros desde Cristo resucitado, estrella de la mañana que no conoce ocaso (Papa Francisco).

En el mismo sentido nos enseña la Iglesia que nuestros corazones se iluminan por medio de la fe (Catecismo Romano). Vivamos, por tanto, una vida transparente, transida por la luz divina. Así “el día del Señor”, que también se puede aplicar al día de la muerte de cada uno, no nos encontrará desprevenidos, aunque llegue de repente. Tengamos en cuenta la exhortación de san Pablo, estemos siempre vigilantes, pues no sabemos con certeza cuál será el último día de nuestra vida. El verdadero cristiano está siempre dispuesto a comparecer ante Dios. Porque, en cada instante -si lucha para vivir como hombre de Cristo-, se encuentra preparado para cumplir su deber (Surco, n. 875).

Estar preparados es tener las manos llenas de buenas obras. Para esto debemos hacer fructificar los dones que Dios nos ha concedido, porque el Señor nos pedirá cuenta. El mismo Jesús nos lo dice en la parábola de los talentos. Aunque es un poco larga, vamos a leerla entera. El Señor está hablando del Reino de los Cielos y dice: Es también como un hombre que al marcharse de su tierra llamó a sus servidores y les entregó sus bienes. A uno le dio cinco talentos, a otro dos y uno sólo a otro: a cada uno según su capacidad; y se marchó. El que había recibido cinco talentos fue inmediatamente y se puso a negociar con ellos y llegó a ganar otros cinco. Del mismo modo el que había recibido dos, ganó otros dos. Pero el que había recibido uno, fue, cavó en la tierra y escondió el dinero de su señor. Después de mucho tiempo, regresó el amo de dichos servidores e hizo cuentas con ellos. llegado el que había recibido cinco talentos, presentó otros cinco diciendo: “Señor, cinco talentos me entregaste, he aquí otros cinco que he ganado”. Le respondió su amo: “Muy bien, siervo bueno y fiel; puesto que has sido fiel en lo poco, yo te confiaré lo mucho: entra en el gozo de tu señor”. Llegado también el que había recibido los dos talentos: “Señor, dos talentos me entregaste, he aquí otros dos que he ganado”. Le respondió su amo: “Muy bien, siervo bueno y fiel; puesto que has sido fiel en lo poco, yo te confiaré lo mucho: entra en el gozo de tu señor”. Llegado por fin el que había recibido un talento, dijo: “Señor, sé que eres hombre duro, que cosechas donde no sembraste y recoges donde no esparcirte; por eso tuve miedo, fui y escondí tu talento en tierra: aquí tienes lo tuyo”. Le respondió su amo, diciendo: “Siervo malo y perezoso, sabías que cosecho donde no he sembrado y recojo de donde no he esparcido; por eso mismo debías haber dado mi dinero a los banqueros, y así al venir yo, hubiera recibido lo mío junto con los intereses”. “Por lo tanto, quitadle el talento y dádselo al que tiene diez. Porque a todo el que tenga se le dará y abundará; pero a quien no tiene, aun lo que parece tener se le quitará. En cuanto al siervo inútil, arrojadlo a las tinieblas exteriores: allí será el llanto y el rechinar de dientes (Mt 25, 14-30).

Entregó sus bienes a sus servidores, dándoles a cada uno una cantidad según su capacidad. Los servidores no sabían lo que podría durar la ausencia: unos meses o quizá varios años. De igual manera, cada uno de nosotros, que hemos recibido talentos de Dios, no sabemos el tiempo que disponemos de vida. Cada vez menos, eso sí que es cierto. En esta parábola el Señor nos enseña principalmente la necesidad de corresponder a la gracia de una manera esforzada, exigente y constante durante toda la vida. Hacer rendir los talentos. Lo importante no es el número, sino la generosidad para hacerlos fructificar. No olvidemos nunca que también nosotros rendiremos cuenta a Dios de todos los dones de naturaleza y de gracia, recibidos del Señor.

¿Qué talentos hemos recibido de Dios? El hombre de la parábola representa a Jesús, los siervos somos nosotros y los talentos son el patrimonio que el Señor nos confía. ¿Cuál es el patrimonio? Su Palabra, la eucaristía, la fe en el Padre celestial, su perdón… sus bienes más preciosos. Éste es el patrimonio que Él nos confía. No sólo para custodiar, sino para hacer fructificar. Todos los bienes que hemos recibido son para darlos a los demás, y así crecen. Es como si dijera: “Aquí tienes mi misericordia, mi ternura, mi perdón: tómalos y haz amplio uso de ellos”. Y nosotros, ¿qué hemos hecho con ello? ¿A quién hemos “contagiado” de nuestra fe (Homilía, 16.XI.2014).

Demos gracias a Dios por los talentos recibidos -nos lo ha dejado en depósito-, y trabajemos con ellos para ofrecer al Señor los frutos que hayamos conseguido. Él siempre es buen pagador. Que nunca nos sintamos orgullosos de lo que no es nuestro. Que no los ocultemos por falsa humildad. Que lo hagamos fructificar en beneficio de los que más necesitan una mano amiga. Cristo Jesús nos pide que negociemos con los talentos recibidos, que ocupemos los días en hacer el bien, en sembrar paz y alegría a nuestro alrededor, en difundir el mensaje evangélico, en poner amor de Dios en el trabajo que realizamos, en dedicar tiempo a las obras de misericordia, en santificar los deberes de nuestro estado… El tiempo pasa, como pasó para aquellos servidores de la parábola. Sí, también para el siervo malo, para el que se quedó tranquilamente en su casa, sin hacer nada para hacer fructificar el talento recibido. pasó el tiempo. Pero sus días estaban vacíos de buenas obras, su vida carecía de sentido. Demasiada pereza. Cuando se presentó a su señor, tuvo que oír aquellas palabras duras, de reprobación, y recibir el castigo merecido.

Entre los talentos que Dios nos dado, está el tiempo. Tú no puedes hacer que el día se detenga. Pero lo que sí puedes hacer es aprovecharlo y no perderlo (Proverbio latino). Con razón se llama tiempo perdido el que se gasta sin servicio de Dios ni provecho del prójimo. Cuando alguien entierra este talento que es el tiempo que Dios nos ha concedido de vida, está haciendo lo mismo que el siervo holgazán.

También el Señor nos ha dado una capacidad para el trabajo. En el proyecto de Dios el trabajo aparece como un derecho-deber. Necesario para que los bienes de la tierra sean útiles a la vida de los hombres y de la sociedad, contribuye a orientar la actividad humana hacia Dios en el cumplimiento de su mandato de “someter la tierra”. Por tanto, debemos exigirnos en el cumplimiento de nuestros deberes profesionales, fijándonos -con motivo de ese empeño- el afán sincero de dar a Dios toda la gloria con un trabajo bien acabado, cumplido con diligencia por amor suyo. También son talentos esas cualidades concretas para realizar determinadas actividades, y sería una pena que no les sacásemos todo el aprovechamiento posible.

En el libro de los Proverbios está la alabanza a la mujer perfecta. En ella vemos a los que saben hacer lo oportuno en todas las circunstancias concretas de la vida, haciendo fructificar los talentos recibidos de Dios. Una mujer fuerte ¿quién la encontrará? Vale mucho más que las perlas. En ella confía el corazón de su marido, y no le faltará ganancia. Le procura bien y no mal todos los días de la vida. Busca lana y lino y trabaja con diligencia. Aplica sus manos a la rueca, sus palmas empuñan el huso. Abre su palma al indigente, y extiende su mano al pobre. Falaz es la gracia y vana la hermosura, la mujer que teme a Dios será alabada. Dadle el fruto de sus manos, y que sus obras la alaben en las puertas (Pr 31, 10-13.19-20.30-31). En esta fuerte mujer está prefigurada la Virgen María. Dios le concedió la plenitud de gracia, todas las virtudes e infinidad de dones. Estos fueron sus talentos a los que supo sacarles el máximo rendimiento.

A Santa María se suele invocar como Sedes Sapientiae. María es trono de la Sabiduría, ante todo, por haber concebido en su seno al mismo Verbo de Dios, Palabra Eterna del Padre, y a demás, por ser Esposa del Espíritu Santo, que la colma de sus dones. Pero lo es también por Contemplativa, porque tuvo un corazón humilde, vacío de sí mismo, capaz de recibir y de acoger y de guardar amorosamente cada Palabra del Señor, meditándola y haciéndola suya. De esta forma, la Llena de Gracia aprendió a crecer -como su Hijo- en Gracia y en Sabiduría delante de Dios y de los hombres.

A la Santísima Virgen le pedimos cuando rezamos el Avemaría que ruegue a Dios por nosotros en todo instante, pero especialmente en la hora de nuestra muerte, en “día del Señor” para cada uno. Y seguros estamos que Ella hará que nos presentemos ante el Señor bien preparados, con los talentos que Dios nos concedió y con los otros que hayamos ganados negociando con los primeros. Y entonces, por la infinita misericordia de Dios, escucharemos de labios de Nuestro Señor Jesucristo Muy bien, siervo bueno y fiel; puesto que has sido fiel en lo poco, yo te confiaré lo mucho: entra en el gozo de tu señor.

Apostolado

“Id al mundo entero”, fue la última palabra que Jesús dirigió a los suyos, y que sigue dirigiéndonos hoy a todos nosotros (cf. Mc 16, 15). hay toda una humanidad que espera: personas que han perdido toda esperanza, familias en dificultad, niños abandonados, jóvenes sin futuro alguno, enfermos y ancianos abandonados, ricos hartos de bienes y con el corazón vacío, hombres y mujeres en busca del sentido de la vida, sedientos de lo divino… No os repleguéis en vosotros mismos, no os quedéis prisioneros de vuestros problemas. Estos se resolverán si vais fuera a ayudar a otros a resolver sus problemas y anunciar la Buena Nueva. Encontraréis la vida danto la vida, la esperanza dando esperanza, el amor amando (Papa Francisco).

En el Evangelio vemos que Jesús no es un misionero aislado, no quiere realizar su misión solo, sino que implica a sus discípulos. Además de los doce apóstoles, llama a otros setenta y dos, y les manda a las aldeas, de dos en dos, a anunciar que el Reino de Dios está cerca. ¡Esto es muy hermoso! Jesús no quiere obrar solo, vino a traer al mundo el amor de Dios y quiere difundirlo con el estilo de la comunión, con el estilo de la fraternidad. Por ello forma una comunidad de discípulos, que es una comunidad misionera. Inmediatamente los entrena para la misión, para ir. La finalidad es anunciar el Reino de Dios, ¡y esto es urgente! También hoy es urgente. Los setenta y dos discípulos regresaron de su misión llenos de alegría. Jesús les dice: No estéis alegres porque se os someten los espíritus; estad alegres porque vuestros nombres están escritos en el Cielo (Lc 10, 20). No debemos gloriarnos como si fuésemos nosotros los protagonistas: el protagonista es uno solo, ¡es el Señor! (Papa Francisco).

CON LAS LÁMPARAS ENCENDIDAS. Homilía del Domingo XXXII del Tiempo Ordinario (Ciclo A)

Entonces el Reino de los Cielos será semejante a diez vírgenes, que tomando sus lámparas salieron a recibir al esposo. Cinco de ellas eran necias y cinco prudentes; las necias al tomar sus lámparas no llevaron consigo aceite; las prudentes en cambio, junto con las lámparas llevaron aceite en sus alcuzas. Como tardase en venir el esposo les entró sueño a todas y se durmieron. A medianoche se oyó vocear: ¡mirad, ya viene el esposo, salid a su encuentro! entonces se levantaron todas aquellas vírgenes y se pusieron a preparar sus lámparas. Y las necias dijeron a las prudentes: dadnos de vuestro aceite porque nuestras lámparas se apagan. Pero las prudentes les respondieron: mejor es que vayáis a quienes lo venden y compréis, no sea que no alcance para vosotras y nosotras. Mientras fueron a comprarlo vino el esposo y las que estaban preparadas entraron con él a las bodas y se cerró la puerta. Luego llegaron las otras vírgenes diciendo: ¡señor, señor, ábrenos! Pero él les respondió: en verdad os digo que no os conozco. Vigilad, pues, porque no sabéis el día ni la hora (Mt 25, 1-13).

La enseñanza principal de la parábola que hemos leído es la exhortación a la vigilancia. Hemos de estar siempre vigilantes. El Señor nos puede llamar en cualquier momento y siempre debemos estar preparados para salir a su encuentro, para entrar con él a las bodas. Las vírgenes prudentes tomaron aceite en las alcuzas juntamente con sus lámparas. Las otras cinco, -las necias- también eran vírgenes, pero al tomar las lámparas, no tomaron consigo aceite. Ese pequeño descuido hizo que fueran rechazadas.

El Señor no pierde ocasión de aconsejarnos, directamente o por medio de parábola, que estemos siempre alerta. ¿Quién nos asegura la vida terrena hoy, mañana o pasado? Los accidentes y las muertes repentinas no avisan. Pero el Señor sí que nos avisa de que estemos siempre en vela, preparado, muy unido a Él. Seguramente todos preferimos que el Señor nos conceda una muerte consciente, sabiendo que dejamos este mundo y vamos a la Patria celestial con Él. De esta forma podremos preparar mejor ese momento tan importante, sabiendo que quien decidirá nuestro destino eterno será Jesús, nuestro Amigo, que un día vendrá a llevarnos consigo.

Y nosotros, ¿cómo estamos preparados? En la práctica es tener la luz de la fe, que se mantiene viva con el aceite de la caridad. No es suficiente saberse miembro de la Iglesia, sino que es preciso estar vigilantes y prevenir con buenas obras la venida de Cristo. Esta vigilancia ha de ser continua, perseverante, porque continuo es el ataque del demonio que, como león rugiente, merodea buscando a quien devorar (1 P 5, 8). Un Padre de la Iglesia nos aconseja: Vela con el corazón, vela con la fe, con la caridad, con las obras…; prepara las lámparas, cuida de que no se apaguen…, aliméntalas con el aceite interior de una recta conciencia; permanece unido al Esposo por el Amor, para que Él te introduzca a la sala del banquete, donde su lámpara nunca se extinguirá (San Agustín).

Otra enseñanza de la parábola es la importancia de las cosas pequeñas. El cuidado amoroso de las cosas pequeñas es camino que conduce a Dios. El que es fiel en poco, también es fiel en lo mucho; y el que en lo poco es infiel, también es infiel en lo mucho (Lc 16, 10). Atentos, pues, a las cosas pequeñas, especialmente a las que se refieren a la vida de piedad. El Señor no es indiferente a un amor que sabe estar en los detalles. Cuidemos la urbanidad de la piedad, por ejemplo, haciendo bien las genuflexiones, rezando jaculatorias, guardando silencio en la iglesia, vistiendo con la ropa adecuada cuando asistimos a la Eucaristía, adoptando la postura correcta en las diversas partes de la Misa, prestando atención a las oraciones vocales… Alguien puede decir que son pequeñeces, sí, pero es el aceite, aquel aceite que no tomaron las vírgenes necias.

La vida es un conjunto de cosas pequeñas, de pequeños deberes. Y la santidad se alcanza en el heroísmo en la vida ordinaria, en lo pequeño. Son las cosas pequeñas hechas por amor, las que perfeccionan a un alma. ¿Has visto cómo levantaron aquel edificio de grandeza imponente? -Un ladrillo, y otro. Miles. Pero, uno a uno. -Y sacos de cemento, uno a uno. Y sillares, que suponen poco, ante la mole del conjunto. -Y trozos de hierro. -Y obreros que trabajan, día a día, las mismas horas… ¿Viste cómo alzaron aquel edificio de grandeza imponente? … -¡A fuerza de cosas pequeñas! (San Josemaría Escrivá).

El apóstol san Pablo, en su primera carta a los cristianos de Tesalónica, hace alusión a todos aquellos que murieron estando bien preparados para salir al encuentro del Señor. No queremos, hermanos, que ignoréis lo que se refiere a los que han muerto, para que no os entristezcáis como esos otros que no tienen esperanza. Porque si creemos que Jesús murió y resucitó, de igual manera también Dios, por medio de Jesús, reunirá con Él a los que murieron (1 Ts 4, 13-14). La expresión los que han muerto podemos sustituirla por esta otra: los que duermen, expresión que fue muy empleada por los primeros cristianos para referirse a los que murieron en la fe de Cristo. Ese modo de expresarse adquiere todo su sentido a causa de la fe en la Resurrección de Jesús y en que todos resucitaremos. No es un mero eufemismo, sino un modo de dejar claro que la muerte no es el fin. ¿Por qué se dice que duermen -se pregunta san Agustín- sino porque en su día serán resucitados?

En el Credo confesamos: Creo en la resurrección de la carne y en la vida eterna. Ésta es nuestra fe. Sabemos que la muerte no sólo el límite de nuestros días sobre la tierra, sino también la culminación de una vida en unión con Cristo, y pórtico de entrada en la Gloria. ¿Cuándo resucitaremos? La respuesta nos la da san Pablo: Cuando la voz del arcángel y la trompeta de Dios den la señal, el Señor mismo descenderá del cielo, y resucitarán en primer lugar los que murieron en Cristo (1 Ts 4, 16). En la segunda venida de Cristo a la tierra, cuando sea el fin del mundo. Y resucitaremos con nuestro cuerpo, de igual manera que resucitó Jesucristo.

En el prefacio de la Misa de difuntos decimos: La vida de los que en ti creemos, Señor, no termina, se transforma; y, al deshacerse nuestra morada terrenal, adquirimos una mansión eterna en el cielo. Ésta es nuestra esperanza. Y porque queremos llegar a la mansión eterna del cielo, seguimos el consejo que Cristo da al terminar la narración de la parábola de las vírgenes: Vigilad, pues, porque no sabéis el día ni la hora. Llegará un día en que cada de nosotros oiremos una voz que nos dice: ¡mirad, ya viene el esposo, salid a su encuentro! Le pedimos al Señor que en ese momento nuestras lámparas se puedan encender porque hemos procurado durante la vida tener el aceite de la fe, de la esperanza y de la caridad.

También san Pablo, en la citada carta, nos habla de otro encuentro. Al referirse a la Parusía, y a la aparición de Jesucristo con toda su gloria, dice: Seremos arrebatados a las nubes (…) al encuentro del Señor en los aires, de modo que, en adelante, estemos siempre con el Señor. Consolaos con estas palabras (1 Ts 4, 17-18). Después del Juicio Universal, que tendrá lugar en ese momento, los justos -y por la infinita misericordia esperamos ser contados entre ellos- pasarán a gozar con el cuerpo y el alma de la bienaventuranza eterna, de la visión beatífica, contemplando a Dios cara a cara. Con esa felicidad Dios premia con creces todos los esfuerzos que se hayan realizado para conseguirla.

En una homilía, el papa Francisco decía: El problema no es “cuándo” sucederán las señales premonitorias de los últimos tiempos, sino el de estar preparados para el encuentro. Estamos llamados a vivir el presente, construyendo nuestro futuro con serenidad y confianza en Dios. La perspectiva del final no nos desvía de la vida presente, sino que nos hace mirar nuestros días con una óptica de esperanza. Es esa virtud tan difícil de vivir: la esperanza, la más pequeñas de las virtudes, pero la más fuerte. Y nuestra esperanza tiene un rostro: el rostro del Señor resucitado, que viene “con gran poder y gloria”, que manifiesta su amor crucificado, transfigurado en la resurrección. El triunfo de Jesús al final de los tiempos será el triunfo de la Cruz; la demostración de que el sacrificio de uno mismo por amor al prójimo y a imitación de Cristo, es el único poder victorioso y el único punto fijo en medio de la confusión y tragedias del mundo.

Como tardase en venir el esposo. Y viene el sueño. Procuremos nosotros estar siempre despiertos, yendo al encuentro de Dios. Y Dios sí viene a nosotros. Se adelanta. Lo dice el autor sagrado del libro de la Sabiduría. La sabiduría es resplandeciente e imperecedera; los que la aman la contemplan con facilidad, los que la buscan, la encuentran. Se adelanta a darse a conocer a quienes la anhelan. Quien madruga por ella no pasará fatigas, la encontrará sentada a la puerta. Pensar en ella es sensatez perfecta; quien vela por ella pronto estará libre de preocupaciones. Que ella misma anda buscando a los que le son dignos, se les muestra en los caminos con actitud benigna y les sale al encuentro llena de solicitud. Su comienzo verdadero es el deseo de instrucción, y desvelo de la instrucción, el amor (Sb 6, 12-17).

Salieron al recibir al esposo. Cuando oyeron el clamoreo de la llegada del esposo, las vírgenes prudentes no se quedaron en la casa esperando, sino que fueron a su encuentro con sus lámparas encendidas. Quien quiere conocer la verdad, no se queda quieto, sino que la busca con la luz de la razón. La Verdad es Jesucristo, el Verbo del Padre, la Sabiduría divina, que es resplandeciente e imperecedera. Jesucristo es la Verdad hecha Persona, que atrae hacia Sí al mundo. La luz irradiada por Jesús es el resplandor de la verdad. Cualquier otra verdad es un fragmento de la Verdad que es Él y remite a Él. Dios da la luz de la fe. Para que el quien busca la verdad la encuentre. En el texto bíblico, la sabiduría aparece personificada, es un atributo de Dios, y los atributos divinos se identifican con Dios. La Sabiduría -Dios- se adelanta a darse a conocer, desee y ponga los medios para adquirirla.

Invoquemos a la Santísima Virgen como Sedes Sapientiae. María es trono de la Sabiduría, ante todo, por haber concebido en su seno al mismo Verbo de Dios, Palabra Eterna del Padre, y a demás, por ser Esposa del Espíritu Santo, que la colma de sus dones. Pero lo es también por Contemplativa, porque tuvo un corazón humilde, vacío de sí mismo, capaz de recibir y de acoger y de guardar amorosamente cada Palabra del Señor, meditándola y haciéndola suya. De esta forma, la Llena de Gracia aprendió a crecer -como su Hijo- en Gracia y en Sabiduría delante de Dios y de los hombres.

LA MISIÓN DEL BUEN PASTOR. Homilía del Domingo XXXI del Tiempo Ordinario (Ciclo A)

Vosotros os habéis apartado del camino, habéis hecho tropezar a muchos con vuestra enseñanza (Ml 2, 8). Dios, por medio del profeta Malaquías, reprocha a los sacerdotes de Israel, a los que tenían la misión de guiar al pueblo elegido, de no haberlo hecho. En definitiva, de no ser buenos pastores. Tenían que conducir a los israelitas por el buen camino, pero al no obedecer el mandato del Señor de poner todo el corazón en glorificar el nombre de Dios, ese nombre que es respetado en las naciones (Ml 1, 14), han conducido al pueblo por una senda equivocada, haciendo tropezar a muchos. Por eso -dice el Señor de los ejércitos- os he hecho despreciables y abyectos para todos los pueblos, ya que nadie de vosotros guardó mis caminos e hicisteis acepción de personas ante la Ley (Ml 2, 9). Y de ahí que resulte ineficaz su tarea de pastorear: Enviaré contra vosotros la maldición y maldeciré vuestras bendiciones (Ml 2, 2). Para que resulte eficaz su ministerio, el profeta exhorta a los sacerdotes a vivir las virtudes que descubre la ley de Leví: el temor de Dios, la humildad y la veracidad en el hablar. Este último aspecto se subraya especialmente: el sacerdote no habla por sí mismo, es mensajero del Señor, y sus palabras deben ser sabiduría de la Ley.

En la primera carta del apóstol san Pablo a los tesalonicenses, se describe el comportamiento lleno de dulzura del buen pastor: Como una madre que da alimento y calor a sus hijos, así, movidos por nuestro amor, queríamos entregaros no sólo el Evangelio de Dios, sino incluso nuestras propias vidas, ¡tanto os llegamos a querer! Pues recordáis, hermanos, nuestros trabajos y fatigas. Trabajando día y noche, para no ser gravosos a ninguno de vosotros, os proclamamos el Evangelio de Dios. (1 Ts 2, 7-9). Esta conducta deben seguir todos los que en la Iglesia anuncian el Evangelio (sacerdotes, catequistas, misioneros y maestros). Bien lo entendió el beato Palafox: Que los buenos pastores han de ser más madres que Padres de sus feligreses, y en ningún caso Señores. Al igual que san Pablo, deben transmitir la doctrina evangélica y, al mismo tiempo con el amor de una madre por sus hijos, sin exigir a cambio recompensa material alguna. La vida de trabajo reforzó la autoridad moral del Apóstol de los gentiles cuando tuvo que denunciar la tentación de holgazanería, y sirve de admirable modelo para todas las generaciones de cristianos. San Juan Crisóstomo, poniéndose en el lugar de san Pablo, glosaba: Es verdad que os he predicado el Evangelio para obedecer un mandato de Dios, ¡pero os amo con un amor tan grande que habría deseado poder morir por vosotros! Tal es el modelo acabado de un amor sincero y auténtico. El cristiano que ama a su prójimo debe estar animado por estos sentimientos. Que no espere a que se le pida entregar su vida por su hermano, antes bien debe ofrecerla él mismo.

La predicación del Evangelio requiere toda clase de atenciones, pero ha de ofrecer certezas sólidas basadas en la palabra de Dios que permitan el arraigo, desarrollo y madurez en la fe de quienes la han recibido. Por tanto, se debe conservar, transmitir, exponer y difundir la doctrina católica con absoluta fidelidad. Pero también sabiendo acoger a todos, sin ninguna distinción. ¿No tenemos todos un mismo padre? ¿No nos creó el mismo Dios? (Ml 2, 10). El buen pastor debe amar a sus ovejas. San Pablo no se limitó a predicar en la sinagoga o en otros lugares públicos, o en las reuniones litúrgicas cristianas. Se ocupó de las personas en particular; con el calor de una confidencia amistosa daba a cada uno aliento y consuelo, y les enseñaba cómo debían comportarse en su vida de modo coherente con la fe. Por eso, su predicación fue eficaz y pudo escribir: No cesemos de dar gracias a Dios porque, al recibir la Palabra de Dios que os predicamos, la acogisteis, no como palabra de hombre, sino cual es en verdad, como Palabra de Dios, que permanece operante en vosotros, los creyentes (1 Ts 2, 13).

En el Evangelio vemos cómo Jesús pone en contraste la conducta de los escribas y fariseos con la que debe ser la de los maestros cristianos. Entonces Jesús se dirigió a la gente y a sus discípulos y les dijo: En la cátedra de Moisés se han sentado los escribas y los fariseos. Haced, pues, y observad todo lo que os digan; pero no imitéis su conducta, porque dicen y no hacen. Atan cargas pesadas y las echan a las espaldas de la gente, pero ellos ni con el dedo quieren moverlas. Todas sus obras las hacen para ser vistos por los hombres; se hacen bien anchas las filacterias y bien largas las orlas del manto; quieren el primer puesto en los banquetes y los primeros asientos en las sinagogas, que se les salude en las plazas y que la gente les llame “rabbí” (Mt 23, 1-7). Estas palabras son una dura acusación contra los escribas y fariseos. En ellas delata sus principales vicios y corrupciones; y al mismo tiempo muestran el dolor y la compasión de Jesús hacia las gentes sencillas, mal conducidas por aquéllos, maltratadas y abatidas como ovejas sin pastor (Mt 9, 36). Jesús ve en la situación de su tiempo cumplida la profecía de Ezequiel, en la que Dios, por medio de este profeta, increpa a los malos pastores de Israel, en sustitución de los cuales enviará al Mesías.

Moisés entregó al pueblo la Ley que había recibido de Dios. Los escribas, que pertenecían en su mayoría al partido de los fariseos, tenían a su cargo enseñar al pueblo la Ley mosaica; por eso se decía de ellos que estaban sentados sobre la cátedra de Moisés. El Señor reconoce la autoridad con que los escribas y fariseos enseñan, en cuanto que transmiten la Ley de Moisés; pero previene al pueblo y a sus discípulos acerca de ellos, distinguiendo entre la Ley que ellos leen y enseñan en las sinagogas y las interpretaciones prácticas que ellos muestran con su vida. También san Pablo -fariseo e hijo de fariseo, manifestará acerca de sus antiguos colegas un juicio idéntico al de Jesús: Tú, que enseñas a otros, ¿cómo no te enseñas a ti mismo?; tú, que predicas no hurtar, hurtas…; tú, que te glorías en la Ley, con la violación de la misma Ley, deshonras a Dios. Vosotros sois la causa, como dice la Escritura, de que sea blasfemado el nombre de Dios entre los gentiles (Rm 2, 21-24).

Los fariseos y escribas decían, pero no hacían. Además, buscaban los honores, que los tuvieran por justos y sabios, que les saludaran en las plazas y que la gente les llamaran maestros. Los cristianos debemos servir y humillarnos. Pero siempre, independientemente de la conducta de los pastores, los fieles deben hacer y cumplir las enseñanzas del Señor. La tentación de la vanidad y de la codicia siempre está presente. La codicia del dinero y del poder. Y para satisfacer esta codicia, los malos pastores cargan sobre los hombros de las personas fardos insoportables, que ellos mismos ni siquiera tocan con dedo (Papa Francisco). Hay que predicar también con el ejemplo. Jesucristo dijo e hizo. Habló de rezar por los que nos persiguen y fue lo que Él hizo cuando le estaban clavando en la cruz.

Éstos son los caminos de la enseñanza de la palabra divina, según la Iglesia: el testimonio de la vida, que ayuda a descubrir la fuerza del amor de Dios y hace persuasiva la palabra del predicador; la predicación explícita del misterio de Cristo a los no creyentes; la catequesis y la exposición ordenada y orgánica de la doctrina de la Iglesia; y la aplicación de la verdad revelada al juicio y a la solución de los casos concretos. Con esas condiciones, la predicación muestra su belleza y atrae a los hombres, deseosos de ver la gloria de Dios, también hoy (San Juan Pablo II).

Vosotros, en cambio, no os dejéis llamar “rabbí”, porque uno solo es vuestro Maestro; y vosotros sois todos hermanos. Ni llaméis a nadie “padre” vuestro en la tierra, porque uno solo es vuestro Padre: el del cielo. Ni tampoco os dejéis llamar “maestros”, porque uno solo es vuestro maestro: el Mesías. El mayor entre vosotros será vuestro servidor. Pues el que se ensalce, será humillado; y el que se humille, será ensalzado (Mt 23, 8-12). Frente a la apetencia de honores, que mostraban los fariseos, el Señor insiste en que toda autoridad, y con más razón si es religiosa, debe ser ejercida como un servicio a los demás. Y, como tal, no puede ser instrumentalizada para satisfacer la vanidad o la avaricia personales. La enseñanza de Cristo es absolutamente clara: el mayor entre vosotros sea vuestro servidor. El espíritu de orgullo y de ambición nunca debe estar presente en quienes tienen la misión de pastorear a sus hermanos, los hombres.

¿Quién es el buen pastor? En principio, todo fiel cristiano debería ser buen pastor del prójimo. Pero más en concreto, todos los que tienen la misión de dar una formación cristiana a otros fieles (sacerdotes, catequistas, misioneros, maestros…). Y en especial, los sacerdotes. Decía Benedicto XVI a los sacerdotes de Roma: El pastor no puede contentarse con saber los nombres y las fechas. Su conocimiento debe ser siempre también un conocimiento de las ovejas con el corazón. Debe ser un conocimiento con el corazón de Jesús, un conocimiento orientado a Él, un conocimiento que no vincula la persona a mí, sino que la guía hacia Jesús, haciéndolo así libre y abierto. Así también nosotros nos hacemos cercanos a los hombres. Pidamos siempre de nuevo al Señor que nos conceda este modo de conocer con el corazón de Jesús, de no vincularlos a mí sino al corazón de Jesús, y de crear así una verdadera comunidad.

El modelo de Buen Pastor es Jesucristo. Jesús vio una multitud y se compadeció de ella, porque andaban como ovejas sin pastor; y se puso a enseñarles con calma (Mt 9, 36). En efecto, Nuestro Señor se llenó de compasión -el verbo griego es más profundamente expresivo: conmoverse en las entrañas- al ver al pueblo, porque sus pastores, en lugar de guiarlo y cuidarlo, lo descarriaban, comportándose más como lobos que como verdaderos pastores de su propio rebaño. El papa Francisco se fija en los cuatro verbos que aparecen en ese versículo evangélico: ver, tener compasión, enseñar. Los podemos llamar “los verbos del Pastor”. Ver y tener compasión, están siempre asociados con la actitud de Jesús: su mirada, en efecto, no es la mirada de un sociólogo o de un reportero gráfico, porque Él mira siempre con “los ojos del corazón”. Ver y tener compasión, configuran a Jesús como buen Pastor. Incluso su compasión, no es solamente un sentimiento humano, sino que es la conmoción del Mesías en quien se hizo carne la ternura de Dios. Y de esta compasión nace el deseo de Jesús de alimentar a la multitud con el pan de su Palabra.

Un pastor de almas debe preocuparse ante todo por los que creen y viven con la Iglesia, por los que buscan en ella el camino de la vida y que, por su parte, como piedras vivas, construyen la Iglesia y así edifican y sostienen juntos también al sacerdote. Sin embargo, como dice el Señor, también debemos salir siempre de nuevo “a los caminos y cercados” para llevar al invitación de Dios a su banquete también a los hombres que hasta ahora no han oído hablar para nada de él o no han sido tocados interiormente por él.

El trabajo de pastorear produce cansancio, pero en ese cansancio hay que ver la belleza de la dedicación por los demás. El pueblo fiel no nos deja sin tarea directa, salvo que uno se esconda en una oficina o ande por la ciudad en un auto con vidrios polarizados. Como el buen pastor siempre está cerca de sus ovejas, así los que tienen en la Iglesia el oficio de guiar a los fieles por el camino del Evangelio debe estar siempre de servicio y tener una cercanía con las personas que les han sido confiadas. Por supuesto, esto cansa pero, según palabras del papa Francisco, es cansancio del bueno, cansancio lleno de frutos y de alegría. Pero a pesar de esta fatiga, el papa Francisco indica a los sacerdotes que no pueden ser pastores con cara de vinagre, quejosos ni, lo que es peor, pastores aburridos. Y reitera la necesidad de pastores con olor a oveja y sonrisa de padre. Y añade: Nada que ver con esos que huelen a perfume caro y te miran de lejos y desde arriba.

Mis ovejas escuchan mi voz. Para el buen Pastor, lo que está lejos, periférico, lo que está perdido y despreciado es objeto de una atención mayor, y la Iglesia no puede sino hacer suya esta predilección y esta atención. En la Iglesia, los primeros son quienes tienen mayor necesidad, humana, espiritual, material, más necesidad. Hay que ir a buscar las ovejas perdidas. Desde los primeros tiempos de la Iglesia se ha representado la figura del buen pastor, la del pastor que lleva una oveja sobre sus hombros.

Las buenas costumbres y la salvación de los pueblos dependen de los buenos pastores. Si a la cabeza de una parroquia hay un buen cura o párroco, se verá allí inmediatamente florecer la devoción, la frecuencia de sacramentos, oración mental en conformidad con el proverbio: Qualis pastor, talis parochia, y según el Eclesiástico: Qualis est rector civitatis, tales et inhabitantes in ea (San Alfonso María de Ligorio).

Acudimos al patrocinio de la Divina Pastora para que cuide de nosotros que formamos parte del rebaño del Buen Pastor, Cristo Jesús.

DOS MANDAMIENTOS INSEPARABLES. Homilía del Domingo XXX del Tiempo Ordinario (Ciclo A)

Los fariseos, al oír que había hecho callar a los saduceos, se pusieron de acuerdo, y uno de ellos, doctor de la ley, le preguntó para tentarle: “Maestro: ¿cuál es el mandamiento principal de la Ley?” Él respondió: “Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón y con toda tu alma y con toda tu mente. Éste es el mayor y el primer mandamiento. El segundo es semejante a éste: Amarás a tu prójimo como a ti mismo. De estos dos mandamientos pende toda la Ley y los Profetas (Mt 22, 34-40).

San Mateo bien claro dice: le preguntó para tentarle. Su intención no era recta. Hay malicia, nada de inocencia. Pregunta a Jesús para hacerlo caer en una trampa. El Señor sabe que el doctor de la ley no actúa de buena fe, pero no quiere desaprovechar la ocasión que se le brinda para dar buena doctrina. Ante la pregunta, Cristo pone de relieve que toda la Ley se condensa en dos mandamientos: el primero y más importante consiste en el amor incondicional a Dios; el segundo es consecuencia y efecto del primero: porque cuando es amado el hombre, dice santo Tomás de Aquino, es amado Dios ya que el hombre es imagen de Dios.

Quien ama de veras a Dios ama también a sus iguales, porque verá en ellos a sus hermanos, hijos del mismo Padre, redimidos por la misma sangre de Nuestro Señor Jesucristo: Tenemos este mandato de Dios: que el que ame a Dios ame también a su hermano (1 Jn 4, 21). Hay en cambio un peligro: si amamos al hombre por el hombre, sin referencia a Dios, este amor se convierte en obstáculo que impide el cumplimiento del primer precepto; y entonces deja también de ser verdadero amor al prójimo. Pero el amor al prójimo por Dios es prueba patente de que amamos a Dios: si alguien dice: amo a Dios, pero desprecia a su hermano, es un mentiroso (1Jn 4, 20).

Con su respuesta, el Señor nos dice que toda la Ley divina se resume en el amor a Dios y al prójimo. La novedad de Jesús consiste precisamente en poner juntos estos dos mandamientos -el amor a Dios y el amor al prójimo- revelando que son inseparables y complementarios, son las dos caras de una misma medalla. No se puede amar a Dios sin amar al prójimo y no se puede amar al prójimo sin amar a Dios.

Dios es amor (1 Jn 4, 8), y el hombre -creado a imagen y semejanza de Dios- es capaz de amar. Por tanto, en el hombre debe prevalecer siempre el amor. En primer lugar, el amor a Dios. Y este amor de Dios no va en detrimento del amor a nuestro prójimo, sino todo lo contrario. Debemos amar “a Dios y al hombre”. Pero nunca al hombre más que a Dios, contra Dios o tanto como a Dios. En estos términos, el amor de Dios es superior, pero no exclusivo (Juan Pablo I).

San Juan, inspirado, escribe: Carísimos, amémonos unos a otros porque la caridad procede de Dios, y todo el que ama es nacido de Dios y a Dios conoce (1 Jn 4, 7). El amor a nuestro prójimo es la respuesta obligada al amor de Dios, es manifestación del amor a Dios. Amándonos unos a otros, estamos en comunión con Dios. El anhelo más profundo del corazón humano, que consiste en ver y poseer a Dios, no se puede saciar en esta vida, porque a Dios nadie lo ha visto (1 Jn 4, 12); al prójimo, en cambio, lo vemos. De ahí que en esta vida, para estar en comunión con Dios, el camino sea la caridad fraterna.

El papa Francisco comenta este pasaje evangélico diciendo: A la luz de esta palabra de Jesús, el amor es la medida de la fe, y la fe es el alma del amor. Ya no podemos separar la vida de piedad del servicio a los hermanos, a aquellos hermanos concretos que encontramos. No podemos ya dividir la oración, el encuentro con Dios en los Sacramentos, de la escucha del otro, de la proximidad a su vida, especialmente a sus heridas. Recordad esto: el amor es la medida de la fe. ¿Cuánto amas tú? Y cada uno se da la respuesta. ¿Cómo es tu fe? Mi fe es como yo amo. Y la fe es el alma del amor (Homilía 26.X.2014).

Jesucristo dijo: No penséis que he venido a abolir la la Ley o los Profetas; no he venido a abolir sino a darles su plenitud (Mt 5, 17). Con estas palabras el Señor enseña el valor perenne del Antiguo Testamento, en cuanto que es palabra de Dios; goza, por tanto, de autoridad divina y no puede despreciarse lo más mínimo. En la Antigua Ley había preceptos morales, judiciales y litúrgicos. Los preceptos judiciales y ceremoniales fueron dados por Dios para una etapa concreta en la historia de la salvación, a saber, hasta la venida de Cristo; su observación material no obliga de suyo a los cristianos. Los preceptos morales del Antiguo Testamento, en cambio, conservan en el Nuevo su valor, porque son principalmente promulgaciones concretas, divino-positivas, de la ley natural. Nuestro Señor les da, con todo, su significación y sus exigencias más profundas.

La ley promulgada por medio de Moisés y explicada por los profetas constituía un don de Dios para el pueblo como anticipo de la ley definitiva que daría Cristo o Mesías. Jesús lleva a su plenitud la Ley de Moisés. En el libro del Éxodo se recogen un conjunto de leyes sociales, algunas en forma de prohibiciones y con amenazas de castigo. Así dice el Señor: “No oprimirás ni vejarás al forastero porque forasteros fuisteis vosotros en Egipto. No explotarás a viudas ni a huérfanos, porque si lo explotas y ellos gritan a mí yo los escucharé. Se encenderá mi ira y os haré morir a espada, dejando a vuestras mujeres viudas y a vuestros hijos huérfanos. Si prestas dinero a uno de mi pueblo, a un pobre que habita contigo, no serás con él un usurero cargándole intereses. Si toma en prenda el manto de tu prójimo, se lo devolverá antes de ponerse el sol, porque no tiene otro vestido para cubrir su cuerpo, y ¿dónde, si no, se va a acostar? Si grita a mí yo lo escucharé, porque soy compasivo (Ex 22, 20-26).

La ley evangélica va a más. No sólo se dice lo que no se debe hacer con el prójimo (viuda, huérfano, pobre, forastero…) sino que claramente se dice: Amarás a tu prójimo como a ti mismo. Con estas palabras no establece aquí el Señor que la medida del amor al prójimo deba ser la del amor a uno mismo. Amar al prójimo como a uno mismo significa que así como toda persona se ama a sí misma, debe amar también a su prójimo. El amor a los otros como el amor a uno mismo se fundamentan en el amor de Dios. La medida del amor al prójimo está en el Evangelio según san Juan: Éste es mi mandamiento: que os améis unos a otros, como yo os he amado (Jn 15, 12).

¿Cómo hay que amar a Dios? Sobre todas las cosas, con todo el corazón, con toda el alma, con todo el ser. Dios es la realidad fundante, no un Dios sólo pensado o hipotético, sino el Dios de rostro humano: es el Dios-con-nosotros, el Dios del amor hasta la cruz. Cuando el discípulo llega a la comprensión de este amor de Cristo “hasta el extremo”, no puede dejar de responder a este amor si no es con un amor semejante: “Te seguiré adondequiera que vayas” (Lc 9, 57) (Benedicto XVI).

El amor de Dios que el Espíritu Santo ha sembrado en nuestros corazones es un amor completamente gratuito, como el de Dios. Ama sin interés, sin esperar nada a cambio. Toda la santidad y la perfección del alma consisten en el amor a Dios, nuestro sumo bien. ¿Por ventura Dios no merece todo nuestro amor? Él nos ha amado desde toda la eternidad. Considera, oh hombre -así nos habla-, que yo he sido el primero en amarte. Aún no habías nacido, ni siquiera existía el mundo, y yo ya te amaba. Desde que existo, yo te amo.

¿Cómo sabemos si amamos a Dios? La respuesta nos la da el mismo Cristo. Si me amáis, guardaréis mis mandamientos (Jn 14, 15). No todo el que dice: ¡Señor, Señor!, entrará en el reino de los cielos, sino el que hace la voluntad de mi Padre que está en los cielos (Mt 7, 21). Desde sus primeras enseñanzas, Jesús deja claro que para entrar en el Cielo una sola cosa es necesaria: el amor a Dios, y al prójimo por Dios.

¿Cómo hay que amar al prójimo? El amor que Dios nos ha demostrado con la Encarnación y muerte redentora de su Hijo, nos hace deudores de un amor semejante al suyo; en consecuencia, debemos amar al prójimo con la gratuidad y el desinterés con que Él nos amó primero.

La caridad bien entendida empieza por uno mismo. Este refrán nos indica que, por bueno que sea preocuparnos de las necesidades de los demás, debemos intentar resolver primero las nuestras pues, de no hacerlo así, podemos limitar el alcance de nuestros actos caritativos a los demás o incluso imposibilitarlos. Una persona que por sacar de una secta a varias personas intentara conseguir su amistad, para convencerlas después de su error, asistiendo con ellas a las actividades de la secta, poniendo en peligro su fe, no está viviendo bien la caridad.

Hay que amar al prójimo por amor a Dios. De ahí que, en unos casos, el amor a Dios exigirá poner por delante de la nuestra una necesidad del prójimo y, en otros casos, no: dependen del diverso valor que tengan, a luz del amor de Dios, los bienes espirituales y materiales que estén juego. Es evidente que los bienes del espíritu tienen una precedencia absoluta sobre los bienes materiales, incluso el de la propia vida. de ahí que siempre hay que salvar ante todo los bienes espirituales, sean propios o del prójimo.

Cuando se trata del supremo bien espiritual, que es la salvación del alma, de ningún modo se puede correr el peligro cierto de perder la propia alma. Esto lo refleja bien la parábola de la vírgenes necias y prudentes, al negarse éstas al darles el aceite, no sea que no alcance para vosotras y nosotras (Mt 25, 9). No obstante, está claro que hemos de hacer todo lo posible para sacar al prójimo del peligro de condenación, conscientes de que quien contribuye a que el pecador se convierta de su extravío, se salvará él mismo de la muerte eterna y cubrirá la muchedumbre de sus pecados (St 5, 20). Una frase de san Josemaría Escrivá expresa hasta dónde llegar: Por salvar un alma, hemos de ir hasta las mismas puertas del infierno. Más allá no, porque más allá no se puede amar a Dios.

El apóstol san Pablo supo juntar maravillosamente el amor a Dios y el amor al prójimo. Siempre buscó la gloria de Dios y el bien de las almas. Él escribió a los tesalonicenses: Sabéis cuál fue nuestra actuación entre vosotros para vuestro bien (1 Ts 1, 5). Agradece con alegría la acción divina en los fieles de Tesalónica. Y vosotros seguisteis nuestro ejemplo y el del Señor, acogiendo la palabra entre tanta lucha con alegría del Espíritu Santo (1 Ts 1, 6). Ciertamente Jesús es el modelo por excelencia a imitar, pero el ejemplo de san Pablo conducía hacia Cristo. Además, se goza el Apóstol de los gentiles de ver que la labor evangelizadora había alcanzado el fruto de la conversión a Dios, meta a la que tendía toda su predicación. Cómo, abandonando los ídolos, os volvisteis a Dios, para servir al Dios vivo y verdadero, aguardando la vuelta de su Hijo Jesús desde el cielo, a quien ha resucitado de entre los muertos y que nos libra del castigo futuro (1 Ts 1, 9-10).

En el Corazón Inmaculado de María se dan esos dos amores: el amor a Dios, pues es Madre de Dios, y el amor a nosotros, que somos hijos suyos. Que Ella nos ayude a vivir los dos mandamientos en los que se resumen los diez mandamientos de la ley de Dios.

Milagros del Señor

El Evangelio narra el encuentro de Jesús con una persona paralítica desde hacía 38 años, que estaba debajo de los pórticos pero no encontraba a nadie que lo sumergiera en las aguas agitadas porque siempre alguien le precedía. Jesús en cambio le ordena levantarse e ir. Un milagro que despierta las críticas de los fariseos porque esto sucedía un sábado, día no permitido.

Aquí encontramos dos enfermedades espirituales fuertes. Dos enfermedades sobre las que nos hará bien reflexionar. De un lado la resignación del enfermo que triste se lamenta. Pienso en tantos cristianos, tantos católicos que sí, son católicos pero sin entusiasmo, tristes. Que dicen: “Sí, es la vida, es así, pero la Iglesia… Voy a misa todos los domingos, pero mejor no meterse, mantengo la fe por motivos de salud, y no tengo necesidad de darla a otro… Mejor cada uno en su casa, tranquilos en la vida… Además si haces algo corres el riesgo que te critiquen. No, mejor no arriesgar…”

Ésta es la enfermedad de la indolencia, de la indiferencia de los cristianos. Esta actitud paraliza el celo apostólico, no se preocupan de salir para anunciar el evangelio. Son personas anestesiadas. Son cristianos tristes, personas no luminosas, personas negativas y esta es una enfermedad de los cristianos. Vamos a misa todos los domingos pero decimos “por favor no nos molesten”. Estos cristianos sin celo apostólico no le hacen bien a la Iglesia. Hay muchos cristianos que son egoístas, sólo para sí mismos. El pecado de la indiferencia es contrario al celo apostólico, de dar la novedad que nos trajo Jesús, que a mí me ha sido dada gratuitamente.

En este pasaje del Evangelio, encontramos también otro pecado, cuando vemos que Jesús es criticado porque realizó una curación siendo día sábado. Es el pecado del formalismo. Cristianos que no dejan lugar a la gracia de Dios. Y a la vida cristiana, la vida de esta gente, es tener todos los documentos en regla, todos los certificados. Los cristianos hipócritas, como éstos, solo se interesan por las formalidades. ¿Era sábado? Entonces no se pueden hacer milagros, la gracia de Dios no puede operar el sábado. Entonces le cierran la puerta a la gracia de Dios.

Los cristianos anestesiados le hacen mal a la Iglesia, como los formalismos, es necesario vencer la inercia espiritual y arriesgar en primera persona para anunciar el Evangelio.

Tenemos a tantos así en la Iglesia, a tantos. Es otro pecado. Primero los que no tienen celo apostólico porque decidieron detenerse en sí mismos, en sus tristezas, en sus resentimientos. Y estos otros que no son capaces de llevar la salvación porque le cierran la puerta.

Para ellos cuentan solamente las formalidades. No se puede, es la palabra que tienen más a mano. A gente así la encontramos también en nosotros. Tantas veces tuvimos apatía o fuimos hipócritas como los fariseos. Son tentaciones que vienen y que debemos conocerlas para defendernos. Y delante de estas dos tentaciones, delante de este “hospital de batalla como símbolo de la Iglesia”, delante a tanta gente herida, Jesús se acerca y pregunta solamente: “¿Quieres sanarte?” Y le da la gracia. Y después cuando encuentra de nuevo al paralítico le dice “no peques más”.

Las dos palabras cristianas son: ¿quieres sanarte?; no peques más. Pero primero lo cura, y después le dice no peques más. Palabras dichas con ternura y con amor. Y este es el camino cristiano, el camino del celo apostólico: acercarse a tantas personas heridas en este hospital de campo, y tantas veces heridas por hombres de la Iglesia. Es una palabra de hermano y de hermana: ¿quieres sanar? Y después cuando va adelante, entonces dice: “No peques más que no te hace bien”. Es mucho mejor así. Las dos palabras de Jesús son más hermosas que la actitud de la indiferencia o de la hipocresía.