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LLAMADA DE DIOS Y RESPUESTA DEL HOMBRE. Homilía del Domingo II del Tiempo Ordinario (Ciclo B)

En el libro I Samuel se narra la llamada que Dios hizo a Samuel. Éste era un chico joven que servía a Dios junto al sacerdote Elí en el Santuario del Señor donde estaba el arca de Dios. Una noche, estando ya acostado Samuel, el Señor le llamó: “¡Samuel, Samuel!” Él respondió: “¡Aquí estoy!”, y corrió donde Elí diciendo: “¡Aquí estoy, porque me has llamado”. Pero Elí le contestó: “Yo no te he llamado; vuélvete a acostar”. Él se fue y se acostó (1 S 3, 4-5). Pero después volvió a repetirse la llamada de Dios, y Samuel reaccionó de la misma manera. Elí le dijo de nuevo que se acostara. Por tercera vez el Señor llamó a Samuel, y éste hizo lo mismo que las veces anteriores. Comprendió entonces Elí que era el Señor quien llamaba al joven, y dijo a Samuel: “Vete y acuéstate, y si te llaman, dirás: Habla, Señor, que tu siervo escucha”. Samuel se fue y se acostó en su sitio. Vino el Señor, se presentó y llamó como las veces anteriores: “¡Samuel, Samuel!” Respondió Samuel: “Habla, que tu siervo escucha” (1 S 3, 9-10).

Este relato de la vocación de Samuel es tipo de la llamada divina a cumplir una misión. Se narra con gran viveza un delicioso diálogo entre el Señor y Samuel, y entre el joven y el sacerdote Elí, que culmina en una fórmula maravillosa de disponibilidad. Aquí estoy porque me has llamado (1 S 3, 8). Está dispuesto a hacer lo que el Señor le pida. Por eso pide al Señor que le hable, que le muestre su voluntad respecto a él. Se pone a la escucha de la palabra de Dios. He aquí la esencia de la vocación: llamada por parte de Dios y respuesta afirmativa del llamado. La consecuencia es clara: El Señor estaba con él (1 S 3, 19).

Habla, Señor, que tu siervo escucha. Esta oración fue el inicio del itinerario de Samuel como profeta, llamado por Dios, y la pauta de su comportamiento, pues toda su actividad estuvo regida por el trato asiduo y directo con el Señor y la intercesión por los suyos, por su pueblo.

Toda vocación que es una muestra de predilección por parte de Dios. La vocación no es producto del sentimiento ni fruto del noble deseo de emplearse en favor de los demás. Es una divina intromisión por parte de Nuestro Señor, que espera una respuesta de entrega total. Quien responde que sí a la llamada de Dios encuentra el tesoro mayor, la perla preciosa, que da valor a todo lo demás, porque Él es la Sabiduría divina encarnada que vino al mundo para que la humanidad tenga vida en abundancia (Benedicto XVI).

Dios llamó a Samuel para que fuera profeta, para que transmitiera fielmente al pueblo elegido el mensaje que recibía del Cielo. Y Cristo tiene una misión especial para cada persona, una misión que sólo ella puede desempeñar. Sin su cooperación, quedaría incumplida. Cristo conduce a cada persona hacia su destino. Y esa persona lo mejor que puede hacer es aceptar el ofrecimiento del Señor cuando le tiende la mano, revelándole su amor misericordioso. A los que Dios elige para una misión los dispone y prepara de suerte que resulten idóneos para desempeñar la misión para la que fueron elegidos (Santo Tomás de Aquino).

Hay que escuchar atentamente a Dios, meditar su palabra. También hoy día muchos jóvenes sienten en sus corazones la “llamada” a acercarse a Jesús, y están emocionados, no se avergüenzan de ser cristianos, de dar una demostración pública de su fe en Jesucristo y quieren seguirlo. Jóvenes que tienen vocación, pero a veces hay algo que detiene a algunos. Tenemos que orar para que los corazones de estos jóvenes puedan vaciarse, vaciarse de otros intereses, otros amores, para que el corazón se vuelva libre. Y esta es la oración por las vocaciones: “Señor, envíanos, envíanos monjas, envíanos sacerdotes, defiéndelos de la idolatría, de la idolatría de la vanidad, de la idolatría de la soberbia, de la idolatría del poder, de la idolatría del dinero”. Y nuestra oración es para preparar estos corazones para que puedan seguir de cerca a Jesús (Papa Francisco).

La llamada del Señor es un misterio que afecta a la vida de todo cristiano, pero que se manifiesta con mayor relieve en los que Cristo invita a dejar todo para seguirlo más de cerca. Quien es así invitado puede preguntarse: Señor, ¿por qué precisamente a mí? La respuesta está en el Evangelio: Jesús llamó a los que él quiso (Mc 3, 13). La iniciativa de la vocación es divina, y la vocación es un don gratuito al que se debe corresponder con la entrega de sí mismo.

Jesús nos pide que respondamos a su propuesta de vida, que decidamos cuál es el camino que queremos recorrer para llegar a la verdadera alegría. Se trata de un gran desafío para la fe. Jesús no tuvo miedo de preguntar a sus discípulos si querían seguirle de verdad o si preferían irse por otros caminos (cf. Ju 6, 67). Y Simón, llamado Pedro, tuvo el valor de contestar: Señor, ¿a quién vamos a acudir? Tú tienes palabras de vida eterna (Jn 6, 68). Si sabéis decir “sí” a Jesús, entonces vuestra vida se llenará de significado y será fecunda (Papa Francisco).

En el Evangelio se conservan hermosas respuestas dadas al Señor que llamaba. La de Pedro y la de Andrés su hermano: Ellos dejaron al instante las redes y le siguieron (Mt 4, 20). La del publicano Leví: Él, dejándolo todo, se levantó y le siguió (Lc 5, 28). En los Hechos de los Apóstoles está la respuesta de Saulo: ¿Qué he de hacer, Señor? (Hch 22, 10). Desde los tiempos de la primera proclamación del Evangelio hasta nuestros días, un grandísimo número de hombres y mujeres han dado su respuesta personal, su libre y consciente respuesta a Cristo que llama… y han seguido al Señor. Han dedicado sus vidas al servicio del Pueblo de Dios y de la humanidad, con fe, con inteligencia, con valentía y con amor.

San Juan Pablo II fue un papa que conectó muy bien con la gente joven. No desaprovechaba sus encuentros con la juventud para hablarles a los jóvenes de vocación, para decirles que Dios cuenta con ellos. Nuestra vocación es un don de Dios. Debemos hacer algo bueno. Hay muchas maneras de gastar bien la vida, poniéndola al servicio de ideales humanos y cristianos. Cristo llama a muchos de entre vosotros a esta extraordinaria aventura. Él necesita, quiere tener necesidad de vuestras personas, de vuestra inteligencia, de vuestras energías, de vuestra fe, de vuestro amor y de vuestra santidad. Quiere hablar a los hombres de hoy con vuestra voz. Amar con vuestro corazón. Ayudar con vuestras manos. Salvar con vuestra fatiga. Pensadlo bien. La respuesta que muchos de vosotros pueden dar, está dirigida personalmente a Cristo, que os llama a estas grandes cosas. Encontraréis dificultades. ¿Creéis quizás que yo no las conozco? Os digo que el amor vence cualquier dificultad. La verdadera respuesta a cada vocación obra de amor. Esta fuerza de amor os la ofrece Él mismo, como don que se añade al don de su llamada y hace posible vuestra respuesta. Tened confianza. Y, si podéis, dad vuestra vida con alegría, sin miedo, a Él que antes dio la suya por vosotros.

Lo normal es que Dios nos muestre su voluntad, lo que quiere de nosotros, en la oración. Jesús llamó a Andrés, a Pedro, a Juan y a Santiago para que le siguieran cuando estos estaban en la orilla del mar de Tiberíades faenando en las cosas de la pesca. Pero antes, ya había hablado con ellos (con Santiago, seguramente también, aunque no consta en el Evangelio). San Juan narra su encuentro con el Señor. Al día siguiente estaba allí de nuevo Juan y dos de sus discípulos y, fijándose en Jesús que pasaba, dijo: He aquí el Cordero de Dios. Los dos discípulos, al oírle hablar así, siguieron a Jesús. Se volvió Jesús y, viendo que le seguían, les preguntó: ¿Qué buscáis? Ellos le dijeron: Rabbí (que significa Maestro), ¿dónde vives? Les respondió: venid y veréis. Fueron y vieron dónde vivía, y permanecieron aquel día con él. Era alrededor de la hora décima. Andrés, el hermano de Simón Pedro, era uno de los dos que habían oído a Juan y siguieron a Jesús (Jn 1, 35-40).

Permanecieron aquel día con Él. Fueron horas de conversación, de un diálogo confiado de aquellos dos jóvenes con el Señor. Sin prisas. Aquella conversación fue oración. También nosotros necesitamos dedicar tiempo para tener un diálogo divino y humano como el que tuvieron Andrés y Juan. Cuando acudimos al Sagrario para orar, tenemos la certeza de estar con Aquél que puede saciar nuestra sed de verdad. Dios nos habla. Su palabra, llena de autenticidad, penetra hasta lo más interior de nuestro ser. Y así Dios prepara nuestros corazones para oír su llamada.

Jesús eligió a los Apóstoles. Los llamó por su nombre para que permanecieran con Él y para enviarles a predicar. Todo el que recibe de Dios una llamada es para hacer algo, cumplir una misión, pero sin dejar de estar con el Señor, sin descuidar el trato con Dios en la oración. Está llamado a permanecer con Él. Sígueme es el término usual de Jesús para llamar a sus discípulos. En vida de Jesús la invitación a seguirle implicaba acompañarle en su ministerio público, escuchar su doctrina, imitar su modo de vida… Una vez que el Señor subió a los Cielos, el seguimiento no es ya, evidentemente, un acompañamiento físico por los caminos de Palestina, sino que el cristiano debe vivir según la vida de Cristo, haciendo suyos los sentimientos de Cristo, de manera que pueda exclamar con san Pablo, “non vivo ego, vivit vero in me Christus” (Ga 2, 30), no soy yo el que vive, sino que Cristo vive en mí (San Josemaría Escrivá). En cualquier caso, la invitación del Señor comporta siempre un ponerse en camino, la exigencia de una vida de esfuerzo y de lucha por cumplir en cada momento la Voluntad divina aunque requiera una entrega abnegada y generosa.

En el Evangelio Jesús insiste acerca de las condiciones para ser sus discípulos: no anteponer nada al amor por Él, cargar la propia cruz y seguirle. Jesús no quiere engañar a nadie. Él sabe bien lo que le espera en Jerusalén, cuál es el camino que el Padre le pide que recorra: es el camino de la cruz, del sacrificio de sí mismo para el perdón de nuestros pecados. Seguir a Jesús no significa participar en un cortejo triunfal. Significa entrar en su gran obra de misericordia, de perdón, de amor. Y este perdón universal, esta misericordia, pasa a través de la cruz. Pero Jesús no quiere realizar esta obra solo: quiere implicarnos también a nosotros en la misión que el Padre le ha confiado. Después de la resurrección dirá a sus discípulos: Como el Padre me ha enviado, así también os envío yo… El discípulo de Jesús renuncia a todos los bienes porque ha encontrado en Él el Bien más grande, en el que cualquier bien recibe su pleno valor y significado: los vínculos familiares, las demás relaciones, el trabajo, los bienes culturales y económicos, y así sucesivamente. El cristiano se desprende de todo y reencuentra todo en la lógica del Evangelio, la lógica del amor y del servicio (Papa Francisco).

Sólo un corazón limpio puede amar plenamente a Dios. Sólo con un corazón limpio se puede seguir de cerca a Jesús. Con el lujurioso no está el Señor. Cristo ni siquiera abrió la boca para decir palabra alguna al rey Herodes. La impureza de corazón provoca la insensibilidad para las cosas de Dios, hace sordos los oídos para oír la llamada del Señor. Por eso san Pablo: ¡Huid de la fornicación! Todo pecado que comete el hombre queda fuera de su cuerpo; mas el que fornica, peca contra su propio cuerpo. ¿O no sabéis que vuestro cuerpo es santuario del Espíritu Santo, que está en vosotros y habéis recibido de Dios, y que no os pertenecéis? ¡Habéis sido bien comprados! Glorificad, por tanto, a Dios en vuestro cuerpo (1 Co 6, 18-20). La lujuria entorpece, animaliza. La fornicación supone no sólo una profanación del Cuerpo de Cristo¿No sabéis que vuestros cuerpos son miembros de Cristo? (1 Co 6, 15)- sino también del templo del Espíritu Santo que es el cristiano, ya que Dios inhabita en el alma, por la gracia como en un templo.

No es posible ser testigo de Cristo sin la castidad, pecando contra la castidad. El pecado contra la castidad es un contratestimonio para los miembros de Cristo, porque los que son de Cristo Jesús han crucificado la carne con sus pasiones y concupiscencias (Ga 5, 24). Por eso, hemos de tener una actitud vigilante para reconocer al Señor cuando se nos presente a lo largo de la vida de una manera sencilla y sin aparato. Y para eso habremos de guardar los sentidos, que son como las puertas del alma, y evitar que las potencias se adormezcan; será, pues, necesario luchar, porque los sentidos tienden a lo que resulta inmediatamente grato y placentero: y podríamos entonces no reconocer a Cristo que nos visita, como les ocurrió a sus paisanos de Nazaret. No basta tampoco ver en Él a un personaje grandioso en lo humano; es preciso creer que es el Hijo de Dios, el Redentor.

Santa María respondió al mensajero celestial: He aquí la esclava del Señor; hágase en mí según tu palabra (Lc 1, 38). Aceptando el mensaje divino, se entregó con todo su corazón -un corazón purísimo- a cumplir la voluntad salvífica de Dios, consagrándose totalmente como esclava del Señor a la persona y a la obra redentora de su Hijo. Que nosotros, siguiendo su ejemplo, respondamos siempre afirmativamente a todo lo que Dios nos pida, sirviéndole con un corazón limpio, enamorado de Jesucristo.

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LLAMADAS A LA CONVERSIÓN. Homilía del Domingo III del Tiempo Ordinario (Ciclo B)

En el libro de Jonás se narra la misión que Dios encomendó a este profeta. No era un encargo agradable el de anunciar a los habitantes de una ciudad la destrucción de la misma. Es decir, profetizarles un tremendo castigo por su perversidad. Por eso, Jonás tomó la decisión equivocada de desobedecer el mandato de Dios, huyendo a Tarsis. Sin embargo, Dios se encargó de que Jonás no consiguiera su propósito. Y por segunda vez, el Señor le dijo a Jonás lo que tenía que hacer. Si antes el profeta desobedeció, ahora obedece. “Levántate, vete a Nínive, la gran ciudad y proclama el mensaje que yo te diga”. Jonás se levantó y fue a Nínive conforme a la palabra de Yavé. Nínive era una ciudad grandísima, de un recorrido de tres días. Jonás comenzó a adentrarse en la ciudad, e hizo un día de camino proclamando: “Dentro de cuarenta días Nínive será destruida” (Jon 3, 2-4).

¡Qué importante es obedecer a la primera! Es lo que tiene más mérito. El que obedece con fidelidad no conoce demoras, evita dejarlo para mañana, no sabe qué es el retraso, antepone a todo al que manda. Tiene puestos los ojos para ver, los oídos para escuchar, la lengua para hablar, las manos para trabajar, los pies para caminar. Todo se pone en acto para cumplir la voluntad del que manda (San Bernardo, Sermones diversos 41, 7).

¡Qué diferencia tan grande entre la actitud de Jonás y la de los apóstoles! En el Evangelio según Marcos vemos cómo los apóstoles, ante la invitación de Cristo: Seguidme y haré que seáis pescadores de hombres. Al instante dejaron las redes y le siguieron (Mc 1, 17-18).

En el Antiguo Testamento vemos cómo Dios amenaza con castigos a ciudades por los pecados y maldades de sus habitantes. Amenazas que son cumplidas. Así, Sodoma y Gomorra fueron aniquiladas por una lluvia de azufre y fuego. Sin embargo, en el caso de Nínive la amenaza divina no se cumplió. ¿El motivo? Porque los habitantes de Nínive se convirtieron de su mala conducta. Los ninivitas creyeron en Dios: ordenaron un ayuno y se vistieron de sayal desde el mayor al menor (Jon 3, 5). Reconocieron su mala conducta, no justificaron sus pecados. Hubo una verdadera conversión. Vio Dios lo que hacían, cómo se convirtieron de su mala conducta, y se arrepintió Dios del mal que había determinado hacerles, y no lo hizo (Jon 3, 10).

En muchos lugares de la Biblia se habla de la misericordia de Dios. Y éste, el de conversión de los ninivitas es uno de ellos. Cuando el hombre pecador se arrepiente, Dios borra su pecado. Y es que nuestro Dios, el único Dios que existe, es clemente y misericordioso, lento a la cólera y rico en misericordia (Sal 144, 8). Por medio del profeta Joel, el Señor nos exhorta: Convertíos a mí de todo corazón (Jl 2, 12). Es una llamada fuerte y clara. Dios no quiere la muerte del impío, sino que se convierta y viva.

La inminente llegada del Reino de Dios exigía una auténtica conversión del hombre hacia Dios. Ya los Profetas habían hablado de la necesidad de convertirse y volverse de los malos caminos que seguía Israel lejos de Dios. Volved, hijos descastados, Yo curaré vuestras infidelidades (Jr 3, 22). Jeremías dice al pueblo elegido que vuelva a Dios, que Él puede perdonar los pecados. E Israel responde reconociendo el pecado de sus padres y de ellos mismos. Con esperanza vuelve a Dios. ¡Aquí estamos. A Ti venimos, porque Tú eres el Señor, nuestro Dios! (Jr 3, 22). Isaías habla de conversión y de salvación: Seréis salvos si os convertís y estáis tranquilos (Is 30, 15). También el profeta Oseas hace una llamada a la conversión: ¡Conviértete, Israel, al Señor, tu Dios, pues caíste por tu culpa! Preparaos las palabras y convertíos al Señor (Os 14, 2-3).

Por eso, la insistencia tanto de san Juan Bautista como del Señor en invitar a la conversión. Después que Juan fue entregado, marchó Jesús a Galilea; y proclamaba la Buena Nueva de Dios: “El tiempo se ha cumplido y el Reino de Dios está cerca; convertíos y creed en la Buena Nueva” (Mc 1, 14-15).

Jesucristo inicia la proclamación del Evangelio con las mismas palabras de san Juan. El Precursor había preparado el camino al Señor. Preparar nuestra vida es propio del amor de Dios. Él no nos hace cristianos por generación espontánea. Es una obra de preparación que Jesús lleva adelante en muchas generaciones. También ahora, en el siglo XXI, se nos pide que nos convirtamos. Es el papa Francisco quien dice: Hay una llamada a los que viven de las apariencias, los cristianos de las apariencias. Estos se creen vivos pero están muertos, y el Señor les pide estar vigilantes. Las apariencias son el sudario de estos cristianos: están muertos y el Señor los llama a la conversión. ¿Yo soy de estos cristianos de las apariencias? ¿Tengo vida dentro, tengo una vida espiritual? ¿Siento al Espíritu Santo, escucho al Espíritu Santo, voy adelante, o…? Pero, si todo parece bien, no tengo nada que reprocharme: tengo una buena familia, la gente no habla mal de mí, tengo todo lo necesario, estoy en gracia de Dios, estoy tranquilo. Los cristianos de apariencia ¡están muertos! Buscar algo vivo dentro y con la memoria y el estado de alerta, vigorizar esto para que se pueda ir hacia adelante. Conversión: desde las apariencias a la realidad. De la tibieza al fervor.

Jesús invita a los pecadores al banquete del Reino: No he venido a llamar a justos sino a pecadores (Lc 5, 32). Les invita a la conversión, sin la cual no se puede entrar en el Reino, pero les muestra de palabra y con hechos la misericordia sin límites de su Padre hacia ellos y la inmensa alegría en el cielo por un solo pecador que se convierta (Lc 15, 7). La prueba suprema de este amor será el sacrificio de su propia vida para remisión de los pecados (Lc 24, 47). Una vez que el Señor ascendió al Cielo, los Apóstoles insisten en que es preciso convertirse, cambiar de actitud y de vida como condición previa para recibir el Reino de Dios.

¿Qué se entiende por conversión? Un aspecto de la conversión es la renuncia al pecado, lo que supone detestar el pecado cometido. No basta proponerse cambiar de vida, sino que requiere dolerse de la falta cometida, tener la actitud del salmista: Reconozco mis culpas, y mi pecado está siempre ante mí (Sal 50, 5). Convertirse es en primer lugar alejarse positivamente del pecado, de su servidumbre; romper con las ataduras del pecado que son iniquidad, injusticia, oposición a la Ley de Dios.

Pero el aspecto principal de la conversión es el movimiento de vuelta a Dios, el reconocimiento de que el pecado es ante todo ofensa a Dios, alejamiento de Él. Contra Ti, sólo contra Ti he pecado (Sal 50, 6), canta el salmista (en este caso, el rey David), y debe ser el principal pensamiento de quien se convierte. La conversión exige volver ordenar la vida hacia Dios, de forma que nada en la existencia del hombre quede desvinculado de su Creador.

La Iglesia, siguiendo a su divino Fundador, con sus invitaciones a la conversión, viene providencialmente a sacarnos de la indolencia, de la falta de sensibilidad para las cosas de Dios, del seguir adelante por inercia, de la tibieza… o del pecado. ¿Por qué debemos volver a Dios? Preguntaba el papa Francisco en una homilía, y él mismo respondía: Porque algo no está bien en nosotros, no está bien en la sociedad, en la Iglesia, y necesitamos cambiar, dar un viraje. Y esto se llama tener necesidad de convertirnos. Y nos recordaba que Dios es fiel, es siempre fiel, porque no puede negarse a sí mismo, sigue siendo rico en bondad y misericordia, y está siempre dispuesto a perdonar y recomenzar de nuevo. El primer deber de la Iglesia es proclamar la misericordia de Dios, llamar a la conversión y conducir a todos los hombres a la salvación del Señor. Y siempre es tiempo de conversión.

Sí, la Iglesia profesa y proclama la conversión. La conversión a Dios consiste siempre en descubrir su misericordia, es decir, ese amor que es paciente y benigno a medida del Creador y Padre: el amor, al que “Dios, Padre de nuestro Señor Jesucristo” (2 Co 1, 3) es fiel hasta las últimas consecuencias en la historia de la alianza con el hombre: hasta la cruz, hasta la muerte y la resurrección de su Hijo. La conversión a Dios es siempre fruto del “reencuentro” de este Padre, rico en misericordia (San Juan Pablo II, Encíclica Dives in misericordia, n. 13).

Todos necesitamos convertirnos. En la parábola del hijo pródigo, el Señor nos presenta la trayectoria de dos hijos, y los dos necesitan convertirse. El pequeño porque ha usado su libertad para alejarse del amor de su padre, buscando la felicidad en un lugar equivocado, encontrando solamente la amargura. Y el mayor porque ha permanecido junto a su padre con un amor sin libertad, mas como siervo distante que como buen hijo y hermano. No presenta la parábola un tercer hijo que no necesite conversión: quiere el Señor que nos percatemos de que todos, sin excepción, hemos de fomentar en nuestra alma la búsqueda del amor, el rechazo del propio yo egoísta y enfermizo, la donación en libertad. Como enseña san Agustín, “para los enfermos vino Cristo, y a todos los encontró enfermos”, de manera que “creerse sano es la peor enfermedad”. Todos necesitamos convertirnos (Javier Echevarría).

Se dice de Alfonso X el Sabio -era aficionado a lo astronomía- que mientras estudiaba el cielo, y conquistaba los astros, iba perdiendo la tierra. Peor es la actitud de los que, por querer ganar la tierra, por hacer oídos sordos a la llamada de Dios a la conversión, pierden el Cielo.

Es un error dejar la conversión para más adelante. Hay que tener en cuenta estas palabras de san Agustín: No digas, pues: “Mañana me convertiré, mañana contentaré a Dios, y de todos mis pecados pasados y presentes quedaré perdonado”. Dices bien que Dios ha prometido perdón al que se convierte; pero no ha prometido el día de mañana a las personas (Comentario sobre el Salmo 144).

Hermanos, os digo esto: el tiempo es corto (1 Co 7, 29). Tanto san Pablo como los demás Apóstoles recuerdan en sus escritos la brevedad de la vida terrena, como un estímulo para aprovechar con intensidad todos los momentos en servicio de Dios y, por Él, a todos los hombres. Y mientras hay tiempo se puede rectificar, volver al buen camino si se ha tenido la desgracia de salirse de él. Después y mañana son dos palabras molestas, síntoma de pesimismo y de derrota, que, con esta otra: imposible, hemos borrado definitivamente de nuestro diccionario. ¡Hoy y ahora! (San Josemaría Escrivá).

La misericordia de María adelanta el comienzo de los milagros de Jesús. Su ruego es siempre eficaz. Por eso acudimos a Ella para que nos obtenga de su divino Hijo la gracia de permanecer fieles. Y le decimos: Madre, no permitas que me aleje del buen camino. Si por debilidad esto ocurriera, haz que me convierta enseguida, Y si alguna vez me enfrío, o si se entibia algún rinconcillo de mi corazón, corrígeme enseguida, fomenta mi compunción y mi dolor, y haz que yo ame con más fidelidad.

Signos de los tiempos

El Espí­ritu Santo nos da el don de la inteligencia para entender. No aceptar porque los otros me digan qué sucede. El cristiano piensa según Dios y por eso rechaza el pensamiento débil y uniforme. Para entender los signos de los tiempos, un cristiano no debe pensar sólo con la cabeza, sino también con el corazón y con el Espíritu que tiene dentro.  De otra forma, no se podría comprender el paso de Dios en la historia.

En el Evangelio, Jesús no se enfada, pero finge cuando los discípulos no entendían las cosas. A los de Emaús dice: “insensatos y lentos de corazón”. “Insensatos y lentos de corazón”… Quien no entiende las cosas de Dios es una persona así. El Señor quiere que entendamos lo que sucede: lo que sucede en mi corazón, lo que sucede en mi vida, lo que sucede en el mundo, en la historia… ¿Qué significa que suceda esto? ¡Estos son los signos de los tiempos! Sin embargo, el espíritu del mundo nos hace otras propuestas, porque el espíritu del mundo no nos quiere pueblo: nos quiere masa, sin pensamiento, sin libertad.

El espíritu del mundo quiere que vayamos por un camino de uniformidad, pero, como advierte san Pablo, el espíritu del mundo nos trata como si nosotros no tuviéramos la capacidad de pensar por nosotros mismos, nos trata como personas no libres.

El pensamiento uniforme, el pensamiento igual, el pensamiento débil, un pensamiento así difuso. El espíritu del mundo no quiere que nosotros nos preguntamos delante de Dios: ¿Pero por qué esto, por qué lo otro, por qué sucede esto? O también nos propone un pensamiento prêt-à-porter, según los propios gustos: “¡Yo pienso como me gusta!” Pero eso va bien, dicen ellos…. Pero eso que el espíritu del mundo no quiere es esto que Jesús nos pide: el pensamiento libre, el pensamiento de un hombre y de una mujer que son parte del pueblo de Dios y ¡la salvación ha sido precisamente esta! Pensad en los profetas… “Tú no eras mi pueblo, ahora te digo pueblo mío”: así dice el Señor. Y esta es la salvación: hacernos pueblos, pueblos de Dios, tener libertad.

 Y Jesús nos pide pensar libremente, pensar para entender lo que sucede. La verdad es que ¡solos no podemos! Necesitamos la ayuda del Señor. Lo necesitamos para entender los signos de los tiempos el Espíritu Santo nos da este regalo, un don: la inteligencia para entender y no porque otros me digan qué sucede.

¿Cuáles es el camino que quiere el Señor? La respuesta es: Siempre con el espíritu de inteligencia para entender los signos de los tiempo. Es bonito pedir al Señor Jesús esta gracia, que nos envíe su espíritu de inteligencia, porque nosotros no tenemos un pensamiento débil, no tenemos un pensamiento uniforme y no tenemos un pensamiento según los propios gustos: solamente tenemos un pensamiento según Dios. Con este deseo, que es un don del Espíritu, buscar qué significan las cosas y entender bien los signos de los tiempos.

Ésta es la gracia que debemos pedir al Señor: la capacidad que nos da el Espíritu para entender los signos de los tiempos (Papa Franisco).

Enfermos

Podemos imitar la actitud de Jesús hacia los enfermos, enfermos de todo tipo: el Señor se preocupa por todos, comparte su sufrimiento y abre el corazón a la esperanza. Pienso también en todos los agentes sanitarios: ¡qué valioso trabajo realizan! Ellos encuentran cada día en los enfermos no sólo los cuerpos marcados por la fragilidad, sino personas, a quienes ofrecen atención y respuestas adecuadas. La dignidad de la persona no se reduce jamás a su facultades o capacidades, y no disminuye cunado la persona misma es débil, inválida y necesita ayuda. Pienso también en las familias, donde es normal preocuparse por cuidar a quien está enfermo; pero a veces las situaciones pueden ser más pesadas… ¡No tengáis miedo a la fragilidad! Ayudaos unos a otros con amor, y sentiréis la presencia consoladora de Dios. La actitud generosa y cristiana hacia los enfermos es la sal de la tierra y luz del mundo (Papa Francisco).

El Reino de Dios

¿Qué se puede hacer para poseer el reino de Dios? Sobre este punto Jesús es muy explícito : no basta el entusiasmo, la alegría del descubrimiento. Es necesario anteponer la perla preciosa del reino a cualquier otro bien terreno; es necesario poner a Dios en el primer lugar de nuestra vida, preferido a todo. Dar el primado a Dios significa tener el valor de decir no al mal, no a la violencia, no a los atropellos, para vivir una vida al servicio de los demás y en favor de la legalidad y del bien común. Cuando una persona descubre a Dios, el verdadero tesoro, abandona un estilo de vida egoísta y busca compartir con los demás la caridad que viene de Dios. Quien llega a ser amigo de Dios, ama a los hermanos, se compromete a salvaguardar su vida y su salud incluso respetando el medio ambiente y la naturaleza (Papa Francisco).

EL DÍA DEL SEÑOR. Homilía del Domingo XXXIII del Tiempo Ordinario (Ciclo A)

En la primera carta de san Pablo a los tesalonicenses, el Apóstol, después de referirse a la segunda venida de Cristo a la tierra y de los acontecimientos que sucederán, escribe: Acerca del tiempo y de las circunstancias, hermanos, no necesitáis que os escriba, porque vosotros mismos sabéis muy bien que el día del Señor vendrá como un ladrón en la noche. Así, pues, cuando clamen: “Paz y seguridad”, entonces, de repente, se precipitará sobre ellos la ruina -como dolores de parto de la que está encinta-, sin que puedan escapar (1Ts 5, 1-3). ¿Cuál será el día del Señor? En la Sagrada Escritura aparece varias veces esta expresión –El día del Señor- referida a ese momento, en el que Dios interviene de modo decisivo e inapelable.

Los profetas hablan del “día de Yavé”, unas veces con acento de temor, y otras como con acento de esperanza. Nuestro Señor Jesucristo, en el sermón escatológico, anunció la destrucción de Jerusalén con unos rasgos similares a los utilizados por los profetas para hablar del “día de Yavé”. La ruina del Templo clausura la era judaica en la historia de la salvación, y prefigura la segunda venida de Cristo como Juez universal. En las cartas de san Pablo, lo mismo que en otros escritos del Nuevo Testamento, el “día del Señor” es el día del Juicio Universal, cuando Cristo aparezca en plenitud de gloria como Juez. El Apóstol de los gentiles se sirve de algunos ejemplos utilizados por el Señor en su predicación sobre la ruina de Jerusalén y el fin del mundo –el ladrón en la noche, los dolores de parto- para prevenir acerca de lo inesperado de ese día y con el fin de exhortar a estar preparados en todo momento. La segunda venida del Señor sorprenderá a todos los hombres en lo que estén haciendo, ya sea bueno o malo. De ahí que es temerario diferir el arrepentimiento para más tarde.

Pero vosotros, hermanos, no estáis en tinieblas, de modo que ese día os sorprenda como un ladrón; pues todos vosotros sois hijos de la luz e hijos del día. Nosotros no somos de la noche ni de las tinieblas. Por tanto, no durmamos como los demás, sino estemos en vela y seamos sobrios (1 Ts 5, 4-6). El ladrón llega de noche, cuando amparado por las tinieblas puede sorprender desprevenido al dueño de la casa. Ya Jesucristo había recurrido a esta metáfora, al decir que si el padre de familia supiera a qué hora vendrían a robarle, estaría entonces vigilando. Con ello se nos exhorta a vivir siempre en actitud de alerta, siempre en gracia de Dios, inmersos en la luz, en la luz de la fe. De este modo, si caminamos en la luz, del mismo modo que Él está en la luz, entonces tenemos comunión unos con otros, y la sangre de su Hijo Jesús nos purifica de todo pecado (1 Jn 1, 7).

La luz de la fe: la tradición de la Iglesia ha indicado con esta expresión el gran don traído por Jesucristo, que en el Evangelio de San Juan se presenta con estas palabras: “Yo he venido al mundo como luz, y así, el que cree en mí no quedará en tinieblas”. En el mundo pagano, hambriento de luz, se había desarrollado el culto al Sol. Conscientes del vasto horizonte que la fe les abría, los cristianos llamaron a Cristo el verdadero sol, “cuyos rayos dan la vida”. Quien cree ve; ve con una luz que ilumina todo el trayecto del camino, porque llega a nosotros desde Cristo resucitado, estrella de la mañana que no conoce ocaso (Papa Francisco).

En el mismo sentido nos enseña la Iglesia que nuestros corazones se iluminan por medio de la fe (Catecismo Romano). Vivamos, por tanto, una vida transparente, transida por la luz divina. Así “el día del Señor”, que también se puede aplicar al día de la muerte de cada uno, no nos encontrará desprevenidos, aunque llegue de repente. Tengamos en cuenta la exhortación de san Pablo, estemos siempre vigilantes, pues no sabemos con certeza cuál será el último día de nuestra vida. El verdadero cristiano está siempre dispuesto a comparecer ante Dios. Porque, en cada instante -si lucha para vivir como hombre de Cristo-, se encuentra preparado para cumplir su deber (Surco, n. 875).

Estar preparados es tener las manos llenas de buenas obras. Para esto debemos hacer fructificar los dones que Dios nos ha concedido, porque el Señor nos pedirá cuenta. El mismo Jesús nos lo dice en la parábola de los talentos. Aunque es un poco larga, vamos a leerla entera. El Señor está hablando del Reino de los Cielos y dice: Es también como un hombre que al marcharse de su tierra llamó a sus servidores y les entregó sus bienes. A uno le dio cinco talentos, a otro dos y uno sólo a otro: a cada uno según su capacidad; y se marchó. El que había recibido cinco talentos fue inmediatamente y se puso a negociar con ellos y llegó a ganar otros cinco. Del mismo modo el que había recibido dos, ganó otros dos. Pero el que había recibido uno, fue, cavó en la tierra y escondió el dinero de su señor. Después de mucho tiempo, regresó el amo de dichos servidores e hizo cuentas con ellos. llegado el que había recibido cinco talentos, presentó otros cinco diciendo: “Señor, cinco talentos me entregaste, he aquí otros cinco que he ganado”. Le respondió su amo: “Muy bien, siervo bueno y fiel; puesto que has sido fiel en lo poco, yo te confiaré lo mucho: entra en el gozo de tu señor”. Llegado también el que había recibido los dos talentos: “Señor, dos talentos me entregaste, he aquí otros dos que he ganado”. Le respondió su amo: “Muy bien, siervo bueno y fiel; puesto que has sido fiel en lo poco, yo te confiaré lo mucho: entra en el gozo de tu señor”. Llegado por fin el que había recibido un talento, dijo: “Señor, sé que eres hombre duro, que cosechas donde no sembraste y recoges donde no esparcirte; por eso tuve miedo, fui y escondí tu talento en tierra: aquí tienes lo tuyo”. Le respondió su amo, diciendo: “Siervo malo y perezoso, sabías que cosecho donde no he sembrado y recojo de donde no he esparcido; por eso mismo debías haber dado mi dinero a los banqueros, y así al venir yo, hubiera recibido lo mío junto con los intereses”. “Por lo tanto, quitadle el talento y dádselo al que tiene diez. Porque a todo el que tenga se le dará y abundará; pero a quien no tiene, aun lo que parece tener se le quitará. En cuanto al siervo inútil, arrojadlo a las tinieblas exteriores: allí será el llanto y el rechinar de dientes (Mt 25, 14-30).

Entregó sus bienes a sus servidores, dándoles a cada uno una cantidad según su capacidad. Los servidores no sabían lo que podría durar la ausencia: unos meses o quizá varios años. De igual manera, cada uno de nosotros, que hemos recibido talentos de Dios, no sabemos el tiempo que disponemos de vida. Cada vez menos, eso sí que es cierto. En esta parábola el Señor nos enseña principalmente la necesidad de corresponder a la gracia de una manera esforzada, exigente y constante durante toda la vida. Hacer rendir los talentos. Lo importante no es el número, sino la generosidad para hacerlos fructificar. No olvidemos nunca que también nosotros rendiremos cuenta a Dios de todos los dones de naturaleza y de gracia, recibidos del Señor.

¿Qué talentos hemos recibido de Dios? El hombre de la parábola representa a Jesús, los siervos somos nosotros y los talentos son el patrimonio que el Señor nos confía. ¿Cuál es el patrimonio? Su Palabra, la eucaristía, la fe en el Padre celestial, su perdón… sus bienes más preciosos. Éste es el patrimonio que Él nos confía. No sólo para custodiar, sino para hacer fructificar. Todos los bienes que hemos recibido son para darlos a los demás, y así crecen. Es como si dijera: “Aquí tienes mi misericordia, mi ternura, mi perdón: tómalos y haz amplio uso de ellos”. Y nosotros, ¿qué hemos hecho con ello? ¿A quién hemos “contagiado” de nuestra fe (Homilía, 16.XI.2014).

Demos gracias a Dios por los talentos recibidos -nos lo ha dejado en depósito-, y trabajemos con ellos para ofrecer al Señor los frutos que hayamos conseguido. Él siempre es buen pagador. Que nunca nos sintamos orgullosos de lo que no es nuestro. Que no los ocultemos por falsa humildad. Que lo hagamos fructificar en beneficio de los que más necesitan una mano amiga. Cristo Jesús nos pide que negociemos con los talentos recibidos, que ocupemos los días en hacer el bien, en sembrar paz y alegría a nuestro alrededor, en difundir el mensaje evangélico, en poner amor de Dios en el trabajo que realizamos, en dedicar tiempo a las obras de misericordia, en santificar los deberes de nuestro estado… El tiempo pasa, como pasó para aquellos servidores de la parábola. Sí, también para el siervo malo, para el que se quedó tranquilamente en su casa, sin hacer nada para hacer fructificar el talento recibido. pasó el tiempo. Pero sus días estaban vacíos de buenas obras, su vida carecía de sentido. Demasiada pereza. Cuando se presentó a su señor, tuvo que oír aquellas palabras duras, de reprobación, y recibir el castigo merecido.

Entre los talentos que Dios nos dado, está el tiempo. Tú no puedes hacer que el día se detenga. Pero lo que sí puedes hacer es aprovecharlo y no perderlo (Proverbio latino). Con razón se llama tiempo perdido el que se gasta sin servicio de Dios ni provecho del prójimo. Cuando alguien entierra este talento que es el tiempo que Dios nos ha concedido de vida, está haciendo lo mismo que el siervo holgazán.

También el Señor nos ha dado una capacidad para el trabajo. En el proyecto de Dios el trabajo aparece como un derecho-deber. Necesario para que los bienes de la tierra sean útiles a la vida de los hombres y de la sociedad, contribuye a orientar la actividad humana hacia Dios en el cumplimiento de su mandato de “someter la tierra”. Por tanto, debemos exigirnos en el cumplimiento de nuestros deberes profesionales, fijándonos -con motivo de ese empeño- el afán sincero de dar a Dios toda la gloria con un trabajo bien acabado, cumplido con diligencia por amor suyo. También son talentos esas cualidades concretas para realizar determinadas actividades, y sería una pena que no les sacásemos todo el aprovechamiento posible.

En el libro de los Proverbios está la alabanza a la mujer perfecta. En ella vemos a los que saben hacer lo oportuno en todas las circunstancias concretas de la vida, haciendo fructificar los talentos recibidos de Dios. Una mujer fuerte ¿quién la encontrará? Vale mucho más que las perlas. En ella confía el corazón de su marido, y no le faltará ganancia. Le procura bien y no mal todos los días de la vida. Busca lana y lino y trabaja con diligencia. Aplica sus manos a la rueca, sus palmas empuñan el huso. Abre su palma al indigente, y extiende su mano al pobre. Falaz es la gracia y vana la hermosura, la mujer que teme a Dios será alabada. Dadle el fruto de sus manos, y que sus obras la alaben en las puertas (Pr 31, 10-13.19-20.30-31). En esta fuerte mujer está prefigurada la Virgen María. Dios le concedió la plenitud de gracia, todas las virtudes e infinidad de dones. Estos fueron sus talentos a los que supo sacarles el máximo rendimiento.

A Santa María se suele invocar como Sedes Sapientiae. María es trono de la Sabiduría, ante todo, por haber concebido en su seno al mismo Verbo de Dios, Palabra Eterna del Padre, y a demás, por ser Esposa del Espíritu Santo, que la colma de sus dones. Pero lo es también por Contemplativa, porque tuvo un corazón humilde, vacío de sí mismo, capaz de recibir y de acoger y de guardar amorosamente cada Palabra del Señor, meditándola y haciéndola suya. De esta forma, la Llena de Gracia aprendió a crecer -como su Hijo- en Gracia y en Sabiduría delante de Dios y de los hombres.

A la Santísima Virgen le pedimos cuando rezamos el Avemaría que ruegue a Dios por nosotros en todo instante, pero especialmente en la hora de nuestra muerte, en “día del Señor” para cada uno. Y seguros estamos que Ella hará que nos presentemos ante el Señor bien preparados, con los talentos que Dios nos concedió y con los otros que hayamos ganados negociando con los primeros. Y entonces, por la infinita misericordia de Dios, escucharemos de labios de Nuestro Señor Jesucristo Muy bien, siervo bueno y fiel; puesto que has sido fiel en lo poco, yo te confiaré lo mucho: entra en el gozo de tu señor.

Apostolado

“Id al mundo entero”, fue la última palabra que Jesús dirigió a los suyos, y que sigue dirigiéndonos hoy a todos nosotros (cf. Mc 16, 15). hay toda una humanidad que espera: personas que han perdido toda esperanza, familias en dificultad, niños abandonados, jóvenes sin futuro alguno, enfermos y ancianos abandonados, ricos hartos de bienes y con el corazón vacío, hombres y mujeres en busca del sentido de la vida, sedientos de lo divino… No os repleguéis en vosotros mismos, no os quedéis prisioneros de vuestros problemas. Estos se resolverán si vais fuera a ayudar a otros a resolver sus problemas y anunciar la Buena Nueva. Encontraréis la vida danto la vida, la esperanza dando esperanza, el amor amando (Papa Francisco).

En el Evangelio vemos que Jesús no es un misionero aislado, no quiere realizar su misión solo, sino que implica a sus discípulos. Además de los doce apóstoles, llama a otros setenta y dos, y les manda a las aldeas, de dos en dos, a anunciar que el Reino de Dios está cerca. ¡Esto es muy hermoso! Jesús no quiere obrar solo, vino a traer al mundo el amor de Dios y quiere difundirlo con el estilo de la comunión, con el estilo de la fraternidad. Por ello forma una comunidad de discípulos, que es una comunidad misionera. Inmediatamente los entrena para la misión, para ir. La finalidad es anunciar el Reino de Dios, ¡y esto es urgente! También hoy es urgente. Los setenta y dos discípulos regresaron de su misión llenos de alegría. Jesús les dice: No estéis alegres porque se os someten los espíritus; estad alegres porque vuestros nombres están escritos en el Cielo (Lc 10, 20). No debemos gloriarnos como si fuésemos nosotros los protagonistas: el protagonista es uno solo, ¡es el Señor! (Papa Francisco).