Archivo de la categoría: Homilía

Pastores de la Iglesia

Como en tiempos de Jesús, también ahora hay muchos que se proponen como “pastores” de nuestras existencias; pero solo el Resucitado es el verdadero Pastor que nos da la vida en abundancia. Invito a todos a tener confianza en el Señor que nos guí. Pero no solo nos guía: nos acompaña, camina con nosotros. Escuchemos su palabra con mente y corazón abiertos, para alimentar nuestra fe, iluminar nuestra conciencia y seguir las enseñanzas del Evangelio. Recemos por los pastores de la Iglesia, por todos los obispos, incluido el de Roma, por todos los sacerdotes, por todos. La llamada a seguir a Jesús es al mismo tiempo entusiasmante y comprometedora. Para que se realice, siempre es necesario entablar una profunda amistad con el Señor a fin de poder vivir de Él y para Él (Papa Francisco).

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La Ley evangélica

Habéis oído que se os dijo: “Amarás a tu prójimo y aborrecerás a tu enemigo”. Yo en cambio, os digo: “Amada a vuestros enemigos y rezad por los que os persiguen”. A quien quiere seguirlo, Jesús le pide amar a los que no lo merecen, sin esperar recompensa, para colmar los vacíos de amor que hay en los corazones, en las relaciones humanas, en las familias, en las comunidades y en el mundo. Jesús no ha venido para enseñarnos los buenos modales, las formas de cortesía. Para esto no era necesario que bajara del Cielo y muriera en la cruz. Cristo vino para salvarnos, para mostrarnos el camino, el único camino para salir de las arenas movedizas del pecado, y este camino de santidad es la misericordia, que Él ha tenido y tiene cada día con nosotros. Ser santos no es un lujo, es necesario para la salvación del mundo. Esto es lo que el Señor nos pide (Papa Francisco)..

Jesucristo: el Buen Pastor

Cristo es el Pastor verdadero, que realiza el modelo más alto de amor por el rebaño: Él dispone libremente de su propia vida, nadie se la quita, sino que la dona en favor de las ovejas. En abierta oposición a los falsos pastores, Jesús se presenta como el verdadero y único Pastor del pueblo. En la figura de Jesús, Pastor bueno, contemplamos a la Providencia de Dios, su solicitud paternal por cada uno de nosotros. ¡No nos deja solos! La consecuencia de esta contemplación de Jesús, Pastor verdadero y bueno, es la exclamación de conmovido estupor que nos ofrece san Juan: Mirad qué amor nos ha tenido el Padre… (1 Jn 3, 1). Es verdaderamente un amor sorprendente y misterioso, porque donándonos a Jesús como Pastor que da la vida por nosotros, el Padre nos ha dado lo más grande y precioso que nos podía donar. Pero contemplar y agradecer no basta. También hay que seguir al Buen Pastor (Papa Francisco).

Domingo de Ramos en la Pasión del Señor

¡Bendito el que viene en nombre del Señor!, gritaba festiva la muchedumbre de Jerusalén recibiendo a Jesús. Hemos hecho nuestro aquel entusiasmo, agitando las palmas y los ramos de olivo, hemos expresado la alabanza y el gozo de recibir a Jesús que viene a nosotros. Sí, del mismo modo que entró en Jerusalén, desea también entrar en nuestras ciudades y en nuestras vidas. Sin embargo, la Liturgia de hoy nos enseña que el Señor no nos ha salvado con una entrada triunfal o mediante milagros poderosos. El apóstol Pablo, en la segunda lectura, sintetiza con dos verbos el recorrido de la redención: “se despojó” y “se humilló” a sí mismo. Pero esto es solamente el inicio. La humillación de Jesús llega al extremo en la Pasión: es vendido por treinta monedas y traicionado por un beso de un discípulo que Él había elegido y llamado amigo. Casi todos los otros huyen y lo abandonan; Pedro lo niega tres veces en el patio del templo. Humillado en el espíritu con burlas, insultos y salivazos; sufre en el cuerpo violencias atroces, los golpes, los latigazos y la corona de espinas desfiguran su aspecto haciéndolo irreconocible. Sufre también la infamia y la condena inicua de las autoridades, religiosas y políticas: es hecho pecado y reconocido injusto (Papa Francisco).

Un Dios que perdona

El Evangelio de la adúltera perdonada explica lo que es la misericordia de Dios. El relato es bien conocido: los fariseos y los escribas traen a Jesús a una mujer sorprendida en adulterio y le preguntan qué hacer, ya que la ley de Moisés preveía la lapidación, al ser considerado un pecado gravísimo.

El matrimonio es el símbolo y es también una realidad humana de la relación fiel entre Dios y su Pueblo. Y cuando se arruina el matrimonio con un adulterio se ensucia esta relación entre Dios y el pueblo. Pero los escribas y fariseos hacen esta pregunta para tener un motivo para acusarlo: Si Jesús hubiera dicho: “Sí, sí, adelante con la lapidación”, le habrían dicho a la gente: “Pero éste es vuestro maestro tan bueno… ¡Mirad qué cosa ha hecho con esta pobre mujer!” Y si Jesús hubiera dicho: “¡No, pobrecita! ¡Perdonadla!”, habrían dicho “¡no cumple la ley!”…

A ellos no les importaba la mujer; no les importaban los adúlteros, quizá alguno de ellos era adúltero… ¡No les importaba! ¡Sólo les importaba tender una trampa a Jesús! De ahí la respuesta del Señor: “¡Quien de vosotros esté sin pecado, tire la primera piedra contra ella!”. El Evangelio, con una cierta ironía, dice que los acusadores “se fueron, uno a uno, comenzando por los más ancianos”.

Se ve que éstos en el banco del cielo tenían una buena cuenta corriente contra ellos. Y Jesús se queda solo con la mujer, como un confesor, diciéndole: “Mujer, ¿dónde están? ¿Nadie te ha condenado? ¿Dónde están? Estamos solos, tú y yo. Tú ante Dios, sin las acusaciones, sin las habladurías. ¡Tú y Dios! ¿Nadie te ha condenado?”. La mujer responde: “¡Nadie, Señor!”, pero ella no dice: “¡Ha sido una falsa acusación! ¡Yo no he cometido adulterio!” y “reconoce su pecado”. Y Jesús afirma: “¡Yo tampoco te condeno! Ve, ve y de ahora en adelante no peques más, para no pasar por un momento tan feo como este; para no pasar tanta vergüenza; para no ofender a Dios, para no ensuciar la hermosa relación entre Dios y su pueblo”. ¡Jesús perdona! Pero aquí se trata de algo más que del perdón: Jesús supera la ley y va más allá. El Señor le dice no vuelvas a pecar. No le dice: “¡El adulterio no es pecado!” Pero no la condena con la ley. Y este es el misterio de la misericordia de Jesús.

La misericordia es algo difícil de entender. La misericordia divina es una gran luz de amor y de ternura, es la caricia de Dios sobre las heridas de nuestros pecados.

Alguien podría preguntar: “Pero, padre, ¿la misericordia no borra los pecados?” No, lo que borra los pecados es el perdón de Dios. La misericordia es la forma como Dios perdona. Porque Jesús podía decir: “Yo te perdono. ¡Vete!”, como le ha dicho a aquel paralítico que le habían bajado desde el techo: “¡Tus pecados te son perdonados!” Aquí dice: “¡Vete en paz!”. Jesús va más allá. Le aconseja de no volver a pecar. Aquí se ve la actitud misericordiosa de Jesús: defiende al pecador de sus enemigos; defiende al pecador de una condena justa. También nosotros, cuántos de nosotros, tal vez deberíamos ir al infierno, ¿cuántos de nosotros? Y esa condena es justa… y Él perdona más allá. ¿Cómo? Con esta misericordia.

La misericordia va más allá y transforma la vida de una persona de tal manera que el pecado sea dejado de lado. Es como el cielo: Nosotros miramos al cielo, tantas estrellas, tantas estrellas; pero cuando llega el sol, por la mañana, con tanta luz, las estrellas no se ven. Y así es la misericordia de Dios: una gran luz de amor, de ternura. Dios no perdona con un decreto, sino con una caricia, acariciando nuestras heridas del pecado. Porque Él está involucrado en el perdón, está involucrado en nuestra salvación. Y así Jesús hace de confesor: no la humilla, no le dice: “Qué has hecho, dime ¿Y cuándo lo has hecho? ¿Y cómo lo has hecho? ¿Y con quién lo has hecho?” ¡No! “Vamos, vamos y de ahora en adelante ¡no peques más!”. Es grande la misericordia de Dios, es grande la misericordia de Jesús. ¡Nos perdona acariciándonos! (Papa Fracisco).

Homilía de la Solemnidad de San José

Doy gracias al Señor por poder celebrar esta Santa Misa de comienzo del ministerio petrino en la solemnidad de san José, esposo de la Virgen María y patrono de la Iglesia universal: es una coincidencia muy rica de significado, y es también el onomástico de mi venerado Predecesor: le estamos cercanos con la oración, llena de afecto y gratitud.

Saludo con afecto a los hermanos Cardenales y Obispos, a los presbíteros, diáconos, religiosos y religiosas y a todos los fieles laicos. Agradezco por su presencia a los representantes de las otras Iglesias y Comunidades eclesiales, así como a los representantes de la comunidad judía y otras comunidades religiosas. Dirijo un cordial saludo a los Jefes de Estado y de Gobierno, a las delegaciones oficiales de tantos países del mundo y al Cuerpo Diplomático.

Hemos escuchado en el Evangelio que José hizo lo que el ángel del Señor le había mandado, y recibió a su mujer (Mt 1, 24). En estas palabras se encierra ya la misión que Dios confía a José, la de ser custos, custodio. Custodio ¿de quién? De María y Jesús; pero es una custodia que se alarga luego a la Iglesia, como ha señalado san Juan Pablo II: Al igual que cuidó amorosamente a María y se dedicó con gozoso empeño a la educación de Jesucristo, también custodia y protege su cuerpo místico, la Iglesia, de la que la Virgen Santa es figura y modelo (Exhortación apostólica Redemptoris Custos, n. 1).

¿Cómo ejerce José esta custodia? Con discreción, con humildad, en silencio, pero con una presencia constante y una fidelidad total, aun cuando no comprende. Desde su matrimonio con María hasta el episodio de Jesús en el Templo de Jerusalén a los doce años, acompaña en todo momento con esmero y amor. Está junto a María, su esposa, tanto en los momentos serenos de la vida como en los difíciles, en el viaje a Belén para el censo y en las horas temblorosas y gozosas del parto; en el momento dramático de la huida a Egipto y en la afanosa búsqueda de su hijo en el Templo; y después en la vida cotidiana en la casa de Nazaret, en el taller donde enseñó el oficio a Jesús.

¿Cómo vive José su vocación como custodio de María, de Jesús, de la Iglesia? Con la atención constante a Dios, abierto a sus signos, disponible a su proyecto, y no tanto al propio;  y eso es lo que Dios le pidió a David, como hemos escuchado en la primera Lectura: Dios no quiere una casa construida por el hombre, sino la fidelidad a su palabra, a su designio; y es Dios mismo quien construye la casa, pero de piedras vivas marcadas por su Espíritu. Y José es “custodio” porque sabe escuchar a Dios, se deja guiar por su voluntad, y precisamente por eso es más sensible aún a las personas que se le han confiado, sabe cómo leer con realismo los acontecimientos, está atento a lo que le rodea, y sabe tomar las decisiones más sensatas. En él, queridos amigos, vemos cómo se responde a la llamada de Dios, con disponibilidad, con prontitud; pero vemos también cuál es el centro de la vocación cristiana: Cristo. Guardemos a Cristo en nuestra vida, para guardar a los demás, para salvaguardar la creación.

Pero la vocación de custodiar no sólo nos atañe a nosotros, los cristianos, sino que tiene una dimensión que antecede y que es simplemente humana, corresponde a todos. Es custodiar toda la creación, la belleza de la creación, como se nos dice en el libro del Génesis y como nos muestra san Francisco de Asís: es tener respeto por todas las criaturas de Dios y por el entorno en el que vivimos. Es custodiar a la gente, el preocuparse por todos, por cada uno, con amor, especialmente por los niños, los ancianos, quienes son más frágiles y que a menudo se quedan en la periferia de nuestro corazón. Es preocuparse uno del otro en la familia: los cónyuges se guardan recíprocamente y luego, como padres, cuidan de los hijos, y con el tiempo, también los hijos se convertirán en cuidadores de sus padres. Es vivir con sinceridad las amistades, que son un recíproco protegerse en la confianza, en el respeto y en el bien. En el fondo, todo está confiado a la custodia del hombre, y es una responsabilidad que nos afecta a todos. Sed custodios de los dones de Dios.

Y cuando el hombre falla en esta responsabilidad, cuando no nos preocupamos por la creación y por los hermanos, entonces gana terreno la destrucción y el corazón se queda árido. Por desgracia, en todas las épocas de la historia existen “Herodes” que traman planes de muerte, destruyen y desfiguran el rostro del hombre y de la mujer.

Quisiera pedir, por favor, a todos los que ocupan puestos de responsabilidad en el ámbito económico, político o social, a todos los hombres y mujeres de buena voluntad: seamos “custodios” de la creación, del designio de Dios inscrito en la naturaleza, guardianes del otro, del medio ambiente; no dejemos que los signos de destrucción y de muerte acompañen el camino de este mundo nuestro. Pero, para “custodiar”, también tenemos que cuidar de nosotros mismos. Recordemos que el odio, la envidia, la soberbia ensucian la vida. Custodiar quiere decir entonces vigilar sobre nuestros sentimientos, nuestro corazón, porque ahí es de donde salen las intenciones buenas y malas: las que construyen y las que destruyen. No debemos tener miedo de la bondad, más aún, ni siquiera de la ternura.

Y aquí añado entonces una ulterior anotación: el preocuparse, el custodiar, requiere bondad, pide ser vivido con ternura. En los Evangelios, san José aparece como un hombre fuerte y valiente, trabajador, pero en su alma se percibe una gran ternura, que no es la virtud de los débiles, sino más bien todo lo contrario: denota fortaleza de ánimo y capacidad de atención, de compasión, de verdadera apertura al otro, de amor. No debemos tener miedo de la bondad, de la ternura.

Hoy, junto a la fiesta de San José, celebramos el inicio del ministerio del nuevo Obispo de Roma, Sucesor de Pedro, que comporta también un poder. Ciertamente, Jesucristo ha dado un poder a Pedro, pero ¿de qué poder se trata? A las tres preguntas de Jesús a Pedro sobre el amor, sigue la triple invitación: Apacienta mis corderos, apacienta mis ovejas. Nunca olvidemos que el verdadero poder es el servicio, y que también el Papa, para ejercer el poder, debe entrar cada vez más en ese servicio que tiene su culmen luminoso en la cruz; debe poner sus ojos en el servicio humilde, concreto, rico de fe, de san José y, como él, abrir los brazos para custodiar a todo el Pueblo de Dios y acoger con afecto y ternura a toda la humanidad, especialmente a los más pobres, los más débiles, los más pequeños; eso que Mateo describe en el juicio final sobre la caridad: al hambriento, al sediento, al forastero, al desnudo, al enfermo, al encarcelado (cf. Mt 25, 31-46). Sólo el que sirve con amor sabe custodiar.

En la segunda Lectura, san Pablo habla de Abraham, que apoyado en la esperanza, creyó, contra toda esperanza (Rm 4, 18). Apoyado en la esperanza, contra toda esperanza. También hoy, ante tantos cúmulos de cielo gris, hemos de ver la luz de la esperanza y dar nosotros mismos esperanza. Custodiar la creación, cada hombre y cada mujer, con una mirada de ternura y de amor; es abrir un resquicio de luz en medio de tantas nubes; es llevar el calor de la esperanza. Y, para el creyente, para nosotros los cristianos, como Abraham, como san José, la esperanza que llevamos tiene el horizonte de Dios, que se nos ha abierto en Cristo, está fundada sobre la roca que es Dios.

Custodiar a Jesús con María, custodiar toda la creación, custodiar a todos, especialmente a los más pobres, custodiarnos a nosotros mismos; he aquí un servicio que el Obispo de Roma está llamado a desempeñar, pero al que todos estamos llamados, para hacer brillar la estrella de la esperanza: protejamos con amor lo que Dios nos ha dado.

Imploro la intercesión de la Virgen María, de san José, de los Apóstoles san Pedro y san Pablo, de san Francisco, para que el Espíritu Santo acompañe mi ministerio, y a todos vosotros os digo: Rezad por mí. Amén (Papa Francisco).

EL DOBLE PRECEPTO DOMINICAL. Homilía del Domingo IX del Tiempo Ordinario (Ciclo B)

Guardarás el día del sábado para santificarlo, como te lo ha mandado Yavé tu Dios. Seis días trabajarás y harás todas tus tareas, pero el día séptimo es día de descanso para Yavé tu Dios. No harás ningún trabajo, ni tú, ni tu hijo, ni tu hija, ni tu siervo, ni tu sierva, ni tu buey, ni tu asno, ni ninguna de tus bestias, ni el forastero que vive en tus ciudades; de modo que puedan descansar, como tú, tu siervo, y tu sierva. Recuerda que fuiste esclavo en el país de Egipto y que Yavé tu Dios te sacó de allí con mano fuerte y tenso brazo; por eso Yavé tu Dios te sacó de allí con mano fuerte y tenso brazo; por eso Yavé tu Dios te ha mandado guardar el día del sábado (Dt 5, 12-15). Los pueblos antiguos tuvieron sus días festivos dedicados a sus divinidades, al descanso, al esparcimiento; pero no se encuentra entre ellos una institución regular del descanso sabático, tal como aparece en la legislación mosaica.

El motivo humanitario que se le da en el libro del Deuteronomio -el descanso de la familia, criados y animales- recordando la esclavitud de los hebreos en Egipto, es distinto del motivo teológico que se da en el libro del Éxodo -el recuerdo de la creación y el descanso de Dios en el séptimo día-. Sin embargo, los dos aspectos se complementan, y subrayan que el sábado debe dedicarse a Dios y al descanso.

El reposo sabático, a fuerza de casuística y rigorismo, fue convirtiéndose para los judíos en una práctica agobiante que Cristo Jesús corrige, según vemos en los Santos Evangelios. Ejemplo de la casuística de los escribas y fariseos: arrancar espigas equivalía a segar; frotarlas, a trillar; faenas agrícolas vedadas en sábado.

El descanso es algo querido por Dios. Pero como dice un comentario oficioso judío para poder cumplir el precepto de descansar en el séptimo día, hay obligación de trabajar durante los seis días que preceden. Si una persona no tiene trabajo, debe buscarlo: si tiene una propiedad abandonada, que la repare; si tiene un campo mal cuidado, que lo cultive bien. Y la enseñanza tradicional judía ha enseñado que, durante los seis días de la semana, los israelitas son colaboradores de Dios en la creación, precisamente trabajando por mejorar y realzar lo que Dios ha creado. Y, de modo paralelo, en el séptimo día ellos descansan junto con Dios y proclaman que Él es el Señor.

El domingo es el Día del Señor, día de fiesta para los cristianos. La Iglesia, desde la época apostólica, celebra el domingo en lugar del sábado, recordando la Resurrección del Señor; y, a propósito del descanso dominical y de su sentido, enseña: La institución del Día del Señor contribuye a que todos disfruten del tiempo de descanso y de solaz suficiente que les permita cultivar su vida familiar, cultural, social y religiosa (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 2.184).

El domingo libre del trabajo significa que la prioridad no la tiene lo económico sino lo humano, lo gratuito, las relaciones no comerciales sino familiares, amistosas y para los creyentes la relación con Dios y con la comunidad. Quizá ha llegado la hora de preguntarnos si trabajar el domingo constituye una verdadera libertad. Porque el Dios de las sorpresas es el Dios que sorprende y rompe los esquemas para que lleguemos a ser más libres: es el Dios de la libertad (Papa Francisco).

El descanso dominical es de imperiosa necesidad para el hombre desde cualquier punto de vista que se le considere. El cuerpo humano reclama periódicamente algún reposo para reponerse con la oportuna interrupción del trabajo. Además, sobre las necesidades corporales están las sociales, las familiares y las espirituales, a las que también hay que atender.

El descanso no debe ser interpretado ni vivido como un simple no hacer nada -pérdida de tiempo- sino como la ocupación positiva en otras tareas. Por ejemplo, pasar más tiempo con la familia para atender a la educación de los hijos; cultivar una amistad, etc.

Exigen este descanso: La gloria de Dios, pues en los demás días de la semana resulta más dificultoso, por razón de trabajo, hacer actos de culto a Dios, obras de caridad…; El interés de la propia alma, para que pueda atender mejor al cultivo y desenvolvimiento de sus facultades superiores; La salud y el bienestar del cuerpo, pues sus fuerzas son limitadas, y sin el descanso semanal acabarían por agotarse; La vida de familia, cuyos miembros se hallan con frecuencia separados durante la semana por causa del trabajo y apenas pueden verse y comunicarse un rato diariamente; El bien de la sociedad, la cual tiene tiempo y ocasión para tributar a Dios culto público, y, además, porque sus miembros tienen ocasión de mantener y estrechar sus relaciones y amistades sociales.

Hay causas que eximen del descanso dominical, entre otras: la necesidad, la caridad, la piedad y el bien público. Por necesidad se permiten trabajos de cocineros, panaderos, ferroviarios, etc. La caridad para con el prójimo autoriza trabajar por los enfermos y los pobres que se hallan en necesidad apremiante, etc. La piedad permite algunas obras anejas al esplendor del culto divino, por ejemplo, que se prepare lo necesario para una función religiosa próxima, etc. El bien público permite el trabajo de los bomberos, guardias y otros muchos servicios públicos que el bien común no admite que se aplacen.

El sábado fue hecho para el hombre, y no el hombre para el sábado. Por tanto, el Hijo del Hombre es señor también del sábado (Mc 2, 27-28). Estas palabras dichas por Jesucristo a los fariseos, cuando éstos se escandalizaron de que los discípulos de Jesús desgranaran unas espigas para comérselas en día de sábado, indican que Dios había instituido el sábado en bien del hombre, para que pudiera descansar y dedicarse con paz y alegría al culto divino. La interpretación del sentido de la institución divina del sábado hecha por los fariseos había convertido este día en ocasión de angustia y preocupación a causa de la multitud de prescripciones y prohibiciones. Además, al proclamarse señor del sábado, Jesús -el Hijo del Hombre- afirma su divinidad y poder universal.

¿Nunca habéis leído lo que hizo David cuando se vio necesitado, y tuvo hambre él y los aque estaban con él? ¿Cómo entró en la Casa de Dios en tiempos de Abiatar, Sumo Sacerdote, y comió los panes de la proposición, que no es lícito comer más que a los sacerdotes, y los dio también a los que estaban con él? (Mc 2, 25-26). Cristo también explica lo que Dios había establecido en el Antiguo Testamento en orden a los preceptos de la Ley: los de menor rango ceden ante los principales. Y así, un precepto ceremonial cede ante un precepto de ley natural. En este caso, el precepto de que los panes de la proposición sólo los pueden comer los sacerdotes no está por encima de las necesidades elementales de subsistencia.

El Concilio Vaticano II se inspira en este pasaje evangélico para subrayar el valor de la persona por encima del desarrollo del desarrollo económico y social: El orden social y su progresivo desarrollo deben en todo momento subordinarse al bien de la persona, ya que el orden de las cosas debe someterse al orden de las personas y no al contrario. El propio Señor lo advirtió cuando dijo que el sábado había sido hecho para el hombre, y no el hombre para el sábado. El orden social hay que desarrollarlo a diario, fundarlo en la verdad, edificarlos sobre la justicia, vivificarlo por el amor (Constitución pastoral Gaudium et spes, n. 26).

Entró (Jesús) en la sinagoga, donde se encontraba un hombre que tenía la mano seca. Le observaban (los fariseos) de cerca por si lo curaba en sábado, para acusarle (Mc 3, 1-2). Con estas palabras san Marcos nos hace contemplar una doble esclavitud: la del hombre con su mano paralizada, esclavo de su enfermedad, y la de los fariseos, esclavos de sus actitudes rígidas, legalistas. Cristo hace que el hombre de la mano seca se ponga en un lugar bien visible. Y dice a los fariseos: ¿Es lícito en sábado hacer el bien o hacer el mal, para salvar la vida de un hombre o quitársela? (Mc 3, 4). Esta pregunta está hecha con mala intención. Jesús momentos antes se ha presentado como señor del sábado. La respuesta de Cristo fue la curación del hombre que tenía la mano seca. Con este milagro rompe las cadenas de la doble esclavitud: hace ver a los rígidos que su casuística no es la vía de la libertad; y al hombre de la mano paralizada le libera de la enfermedad. El cristiano no debe ver los preceptos del Señor como algo que se preste a la casuística. El consejo de san Pablo es: No ir más allá de lo escrito (2 Co 4, 6).

Con el milagro corrobora Jesús su enseñanza: Es lícito hacer el bien en sábado. Quiere decir el Señor que ninguna ley puede oponerse a la realización del bien; rechaza, por tanto, la interpretación falsa que hacen los fariseos, apegados a la letra, a costa del honor de Dios y del bien de los hombres.

Al salir, los fariseos, junto con los herodianos, celebraron enseguida una reunión contra él, para ver cómo perderle (Mc 3, 6). Los que se escandalizaron del milagro del Señor, no tienen inconveniente en planear su muerte, aunque sea en sábado.

El Día del Señor ha tenido siempre en la vida de la Iglesia una consideración privilegiada. Recuerda todas las semanas la Resurrección de Cristo. Es la Pascua de la semana, en la que se celebra la victoria de Cristo sobre el pecado y la muerte. Para el domingo resulta adecuada la exclamación del Salmista: Éste es el día en que actuó el Señor: sea nuestra alegría y nuestro gozo (Sal 117, 24).

Hoy día se ha consolidado ampliamente la práctica del “fin de semana”, entendido como tiempo semanal de reposo, vivido a veces lejos de la vivienda habitual, y caracterizado a menudo por la participación en actividades culturales, políticas y deportivas, cuyo desarrollo coincide en general precisamente con los días festivos (San Juan Pablo II, Carta apostólica Dies Domini, n. 4). Existe el peligro real de que, para muchas personas, el domingo pierda el significado originario y se reduzca a un puro “fin de semana”, sin referencia alguna a su sentido cristiano. A los discípulos de Cristo se pide de todos modos que no confundan la celebración del domingo, que debe ser una verdadera santificación del día del Señor, con el “fin de semana”, entendido fundamentalmente como tiempo de mero descanso o diversión (San Juan Pablo II, Carta apostólica Dies Domini, n. 4).

Al ser la Eucaristía el verdadero centro del domingo, desde los primeros siglos la Iglesia no han dejado de recordar a los fieles cristianos la necesidad de participar en la Misa. Dejad todo en el día del Señor y corred con diligencia a vuestras asambleas, porque es vuestra alabanza a Dios. Pues, ¿qué disculpa tendrán ante Dios aquellos que no se reúnen en el día del Señor para escuchar la palabra de vida y nutrirse con el alimento divino que es eterno (Didascalia de los Apóstoles).

San Justino, en su primera Apología dirigida al emperador Antonino y al Senado, describía con orgullo la práctica cristiana de la asamblea dominical que reunía en el mismo lugar a los cristianos del campo y de las ciudades. Cuando, durante la persecución de Diocleciano, sus asambleas fueron prohibidas con gran severidad, fueron muchos los cristianos valerosos que desafiaron el edicto imperial y aceptaron la muerte con tal de no faltar a la Eucaristía dominical. Es el caso de los mártires de Abitinia, en África pronsular, que respondieron a sus acusadores: “Sin temor alguno hemos celebrado la cena del Señor, porque no se puede aplazar; es nuestra ley”; “nosotros no podemos vivir sin la cena del Señor”. Y una de las mártires confesó: “Sí, he ido a la asamblea y he celebrado la cena del Señor con mis hermanos, porque soy cristiana” (San Juan Pablo II, Carta apostólica Dies Domini, n. 46).

En el domingo los fieles tienen obligación grave de cumplir con el precepto dominical, pues la Eucaristía fundamenta y ratifica toda práctica cristiana. La Ley de Dios manda santificar las fiestas. Por tanto, el domingo es un día para santificarlo y santificarnos, no para divertirnos solamente, y mucho menos pecar con pretexto de diversión. Este tercer mandamiento del Decálogo se cumple participando en la Santa Misa y absteniéndose de realizar trabajos que impiden el culto a Dios o el debido descanso. Esta obligación está recogida en las leyes de la Iglesia. El domingo y las demás fiestas de precepto los fieles tienen obligación de participar en la Misa, y se abstendrán además de aquellos trabajos y actividades que impidan dar culto a Dios, gozar de la alegría propia del día del Señor o disfrutar del debido descanso de la mente y del cuerpo (Código de Derecho Canónico, c. 1247).

Imitemos a la Virgen María a escuchar y a guardar en el corazón la Palabra de Dios que se proclama en la Misa dominical, y de Ella, que estuvo en la primera Misa -la del Calvario-, aprendamos a estar a los pies de la Cruz para ofrecer al Padre el sacrificio de Cristo.