Archivo de la categoría: Homilía

Domingo XXVI del Tiempo Ordinario. Homilía (Ciclo B)

Descendió el Señor en la nube y habló con él (Moisés). Luego tomó un poco del espíritu que había en Moisés y lo infundió a los setenta ancianos. Y en cuanto reposó sobre ellos el espíritu, se pusieron a profetizar, pero no volvieron a hacerlo. Se habían quedado en el campamento dos hombres, uno llamado Eldad y el otro Medad. Reposó también sobre ellos el espíritu, pues aunque no habían ido a la tienda, eran de los señalados. Y profetizaban en el campamento (Nm 11, 25-26). San Cirilo de Jerusalén, comentando este pasaje bíblico, dice: Se insinuaba lo acontecido en Pentecostés entre nosotros. En efecto, Dios prometió el espíritu a todo el pueblo, y llegó el día en que cumplió esa promesa por medio de Jesucristo que, tras su Ascensión al Cielo, envía el Espíritu Santo a la Iglesia. San Lucas, en los Hechos de los Apóstoles, cita esa promesa de Dios, que está en el libro del profeta Joel: Sucederá en los últimos días, dice Dios, que derramaré mi Espíritu sobre toda carne, y profetizarán vuestros hijos y vuestras hijas. Y sobre mis siervos y sobre mis siervas derramaré mi Espíritu en aquellos días y profetizarán (Hch 2, 17-18).

La fuente del espíritu es Dios mismo, y puede darlo a quien quiere, por encima de las determinaciones humanas. Moisés, por su parte, con total rectitud de intención, no busca la exclusividad en la posesión y transmisión del espíritu, es decir, en la recepción del don de Dios, sino que, mirando al bien del pueblo, se alegra de la manifestación del espíritu en otras personas, e incluso lo pide para todos los israelitas. No sólo lo recibieron los que habían sido reunidos por Moisés en la tienda, sino también el espíritu reposó sobre Eldad y Medad que, habiéndose quedado en el campamento, no habían acudido a la tienda. Lo mismo ocurrió en los primeros tiempos de la Iglesia primitiva. Además de los que estaban reunidos en el cenáculo, también otros muchos recibieron el Espíritu Santo, como es el caso de Cornelio y sus familiares. San Pedro había acudido a la casa de Cornelio y estando allí hablando de Jesucristo descendió el Espíritu Santo sobre todos (Hch 10, 44). Y viendo lo sucedido, san Pedro dijo: ¿Podrá alguien negar el agua para bautizar a éstos que han recibido el Espíritu Santo igual que nosotros? (Hch 10, 47). Esta escena de la casa de Cornelio presenta cierta analogía con lo ocurrido en Pentecostés. Allí fue dado el Espíritu Santo a los primeros discípulos, todos ellos judíos. Ahora se comunica también a los gentiles, de modo inesperado e irresistible.

Volvamos al texto bíblico del libro de los Números. Un muchacho corrió a referíserlo a Moisés, y le dijo: “Eldad y Medad están profetizando en el campamento”. Josué, hijo de Nun, ayudante de Moisés desde su juventud, replicó: “Mi señor Moisés, prohíbeselo” (Nm 11, 27-28). En el Evangelio hay un pasaje parecido. Juan le dijo: “Maestro, hemos visto a uno que expulsaba demonios en tu nombre y no viene con nosotros y tratamos de impedírselo porque no venía con nosotros” (Mc 9, 38). Josué y Juan son dos jóvenes celosos por las cosas de Dios, pero con un celo mal enfocado. Josué pidió a Moisés que prohibiera a Eldad y a Medad que profetizaran; y el apóstol Juan no pidió a Jesús que prohibiera a uno que expulsaba demonios en su Nombre, sino que manifestó a Cristo un hecho ya consumado: se lo hemos prohibido. Las respuestas que recibieron son semejantes. Moisés dijo a Josué: ¿Estás celoso por mí? ¡Ojalá todos los del pueblo fueran profetas porque el Señor les hubiera infundido su espíritu! (Nm 11, 29). Y Jesús contestó al discípulo amado: No se lo prohibáis, pues no hay nadie que haga milagro en mi nombre y pueda a continuación hablar mal de mí. Pues el que no está contra nosotros, está por nosotros (Mc 9, 39-40).

No se lo prohibáis. Con su respuesta a Juan, Cristo previene a sus discípulos -y en ellos, a todos los cristianos- contra el exclusivismo y el espíritu de partido único en los trabajos de apostolado, que está bien expresado en el triste refrán: El bien, si no lo hago yo, ya no es bien. Asimilemos la enseñanza del Señor, porque el bien es bien, aunque no lo haga yo. San Josemaría Escrivá aconsejaba: Alégrate, si ves que otros trabajan en buenos apostolados. -Y pide, para ellos, gracia de Dios abundante y correspondencia a esa gracia. Después, tú a tu camino: persuádete de que no tienes otro (Camino, n. 965). En la Iglesia hay diversos carismas. En los últimos decenios han nacido movimientos y comunidades en los cuales la fuerza del Evangelio se deja sentir con vivacidad. Son muchos los que trabajan en la viña del Señor. Debido a la acción del Espíritu Santo, hay en la Iglesia una relación entre multiplicidad y unidad; es decir, armonía de los diversos carismas en la comunión del mismo Espíritu.

En la Iglesia primitiva vemos a san Pedro y san Pablo inseparables uno del otro, aunque cada uno tuvo una misión distinta que cumplir: san Pedro fue el primero en confesar la fe en Cristo, y fundó la primera comunidad de cristianos provenientes del pueblo elegido; san Pablo obtuvo el don de poder profundizar en la riqueza de la fe, y se convirtió en el Apóstol de los gentiles. Con carismas diversos trabajaron por una única causa: la construcción de la Iglesia de Cristo. Los ministerios y los carismas en la Iglesia, son dones del Señor resucitado y elevado al cielo. La espontaneidad de las nuevas comunidades es importante, pero es asimismo importante conservar la comunión con el Papa y con los obispos. Son ellos los que garantizan que no se están buscando senderos particulares, sino que a su vez se está viviendo en aquella gran familia de Dios que el Señor ha fundado con los doce Apóstoles (Benedicto XVI).

Dios no se deja ganar en generosidad y siembra. Siembra su presencia en nuestro mundo. Amor que nos da la certeza honda: somos buscados por Él, somos esperados por Él. Esa confianza es la que lleva al discípulo a estimular, acompañar y hacer crecer todas la buenas iniciativas que existen a su alrededor. Dios quieren que todos sus hijos participen de la fiesta del Evangelio. No impidáis todo lo bueno, dice Jesús, por el contrario, a crecer. Poner en duda la obra del Espíritu, dar la impresión de que la misma no tiene nada que ver con aquellos que “no son parte de nuestro grupo”, que no son “como nosotros”, es una tentación peligrosa. No bloquea solamente la conversión a la fe, sino que constituye una perversión de la fe. La fe abre la “ventana” a la presencia actuante del Espíritu y nos muestra que, como la felicidad, la santidad está siempre ligada a los pequeños gestos. “El que os dé a beber un vaso de agua en nombre -dice Jesús, pequeño gesto- no se quedará sin recompensa” (Mc 9, 41) (Papa Francisco).

El Señor habla de recompensa por el bien que se hace, pero no deja de advertir que los que realicen el mal -en especial, a los que escandalicen- sufrirán castigos eternos. Y así se comprende esas exhortaciones ante el peligro del escándalo: las acciones, las actitudes o comportamientos que pueden arrastrar a otros a obrar mal. Al que escandalice a uno de estos pequeños que creen, mejor le es que le pongan al cuello una de esas piedras de molino que mueven los asnos y que le echen al mar. Y si tu mano te es ocasión de pecado, córtatela. Más vale que entres manco en la Vida que, con las dos manos, ir a la gehenna, al fuego que no se apaga. Y si tu pie te es ocasión de pecado, córtatelo. Más vale que entres cojo en la Vida que, con los dos pies, ser arrojado a la gehenna. Y si tu ojo te es ocasión de pecado, sácatelo. Más vale que entres con un solo ojo en el Reino de Dios que, con los dos ojos, ser arrojado a la gehenna, donde su gusano no muere y el fuego no se apaga (Mc 9, 42-43.45.47-48). Estas advertencias van expresadas con tintes graves, que muestran aspectos de la radicalidad de la ética cristiana, y sientan las bases de la doctrina moral sobre la ocasión de pecado: estamos obligados a evitar la ocasión próxima de pecado como el pecado mismo. El bien eterno de nuestra alma es superior a toda estimación de bienes temporales.

Con la palabra gehenna, Cristo se refiere al infierno. La enseñanza de la Iglesia afirma la existencia del infierno y su eternidad. Las almas de los que mueren en estado de pecado mortal descienden a los infiernos inmediatamente después de la muerte y allí sufren las penas del infierno, el “fuego eterno”. La pena principal del infierno consiste en la separación eterna de Dios en quien únicamente puede tener el hombre la vida y la felicidad para las que ha sido creado y a las que aspira (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 1.035). Para evitar este castigo eterno, todo aquello que nos pone en peligro próximo de pecado debe ser cortado y arrancado de nosotros.

Dios es Padre infinitamente bueno y misericordioso. Pero, por desgracia, el hombre, llamado a responderle en la libertad, puede elegir rechazar definitivamente su amor y su perdón, renunciando así para siempre a la comunión gozosa con Él. Precisamente esta trágica situación es lo que señala la doctrina cristiana cuando habla de condenación o infierno.

En la Carta de Santiago, el autor sagrado reprende con extraordinaria severidad el comportamiento y los abusos de algunos. Habéis acumulado riquezas en estos días que son los últimos. Mirad; el salario que no habéis pagado a los obreros que segaron vuestros campos está gritando; y los gritos de los segadores han llegado a los oídos del Señor de los ejércitos. Habéis vivido sobre la tierra regaladamente y os habéis entregado a los placeres; habéis hartado vuestros corazones en el día de la matanza. Condenasteis y matasteis al justo; él no os resiste (St 5, 3-6). A esos hay que recordarles las palabras del Señor: ¿De qué le sirve al hombre ganar todo el mundo si pierde su alma? (Mt 16, 26).

La Iglesia continuamente implora la misericordia de Dios, que quiere que nadie perezca, sino que todos lleguen a la conversión (2 P 3, 9). En el Canon romano de la Misa le decimos a Dios: Acepta, Señor, en tu bondad, esta ofrenda de tus siervos y de toda tu familia santa, ordena en tu paz nuestros días, líbranos de la condenación eterna y cuéntanos entre tus elegidos. Y en la Liturgia de la horas hay un himno que nos habla de la misericordia de Dios: El Señor nos ha redimido por su muerte en la cruz. Por tu amor y compasión no nos dejes en poder de nuestras culpas, ilumina nuestras vidas, renovados por la sangre de tu Hijo. Hemos sido pecadores y nos hemos rebelado contra ti; no nos niegues, Padre nuestro, el abrazo de tu gran misericordia.

En su solicitud materna, la Santísima Virgen vino aquí, a Fátima, para pedir a los hombres “no ofender más a Dios nuestro Señor, que ya está muy ofendido”. Es el dolor de la Madre que la hace hablar; está en juego la suerte de sus hijos. Por eso decía a los pastorcillos: “Rezad, rezad mucho y haced sacrificio por los pecadores, que muchas almas van al infierno por no haber quien se sacrifique y pida por ellos” (San Juan Pablo II, Homilía 13.V.2000).

Domingo XXV del Tiempo Ordinario. Homilía (Ciclo B)

Y saliendo de allí, iban caminando por Galilea; él no quería que se supiera, porque iba enseñando a sus discípulos. Les decía: “El Hijo del hombre será entregado en manos de los hombres; le matarán y a los tres días de haber muerto resucitará” (Mc 9, 30-31). Nuestro Señor Jesucristo anuncia repetidas veces a los apóstoles su pasión, muerte y resurrección. San Mateo cuenta a continuación de la última vez que Jesús hace este anuncio que se reunieron los príncipes de los sacerdotes y los ancianos del pueblo en el palacio del sumo sacerdote, que se llamaba Caifás, y acordaron apoderarse de Jesús con engaño y darle muerte (Mt 26, 3-4). San Juan también habla de una convocatoria. Los príncipes de los sacerdotes y los fariseos convocaron el Sanedrín (Jn 11, 47). Y ¿cuál fue el motivo? Ver qué hacer con Jesús. Y la decisión tomada fue el de darle muerte. Anteriormente san Juan se refiere a otra reunión, también de los sacerdotes y fariseos. En esta ocasión Nicodemo salió en defensa de Jesús: ¿Es que nuestra Ley juzga a un hombre sin haberlo oído antes y conocer lo que ha hecho? (Jn 7, 51). ¿Hubo unanimidad en la condena del Señor? No, porque José de Arimatea, varón bueno y justo, miembro del Consejo, no estaba de acuerdo con su decisión y sus acciones (Lc 23, 50-51).

Lo tratado en esas reuniones aparece en el libro de la Sabiduría, escrito siglos antes de la pasión del Señor: Tendamos lazos al justo, que nos fastidia, se enfrenta a nuestro modo de obrar, nos echa en cara pecados contra la Ley y nos culpa de faltas contra la educación que recibimos. Veamos si son veraces sus palabras, examinemos lo que pasará en su tránsito. Pues si el justo es de verdad hijo de Dios, él le asistirá y le librará de las manos de sus enemigos. Sometámosle al ultraje y al tormento para conocer su rectitud y probar su paciencia. Condenémosle a una muerte afrentosa, pues, según él, Dios le asistirá (Sb 2, 12.17-20). Estas palabras de los impíos, dichas de forma irónica, tienen eco en los ultrajes de los escribas, fariseos, ancianos y príncipes de los sacerdotes contra Jesús en la cruz. Confió en Dios, que le salve ahora si le quiere de verdad, porque dijo:”Soy Hijo de Dios” (Mt 27, 43); Que el Cristo, el Rey de Israel, baje ahora de la cruz, para que veamos y creamos (Mc 15, 32); El pueblo estaba mirando, y los jefes se burlaban de él y decían: Ha salvado a otros, que se salve a sí mismo, si él es el Cristo de Dios, el elegido (Lc 23, 35).

Jesús dice a sus apóstoles lo que le va a suceder en Jerusalén, pero ellos no entendían sus palabras y temían preguntarle (Mc 9, 32). San Marcos muestra la dificultad de los discípulos para entender las palabras de Jesús. No se les pasa por la cabeza que el Mesías tenga que sufrir y morir de forma afrentosa. Y es que únicamente con la gracia es posible entender estas verdades. Comenta san Anastasio de Antioquía: Esto que decía estaba de acuerdo con las predicciones de los profetas, que habían anunciado de antemano el final que debía tener en Jerusalén. Predecían también el motivo por el cual el Verbo de Dios, por lo demás impasible, quiso sufrir la pasión: porque era el único modo como podía ser salvado el hombre. Cosas, todas estas, que sólo las conoce Él y aquellos a quienes las revela.

¿Por qué temían preguntarle? Quizás para que su Maestro no diera más detalles de los sufrimientos que iba a padecer, lo cual les entristecería más aún. Pero si se sabe ciertamente por qué callaron cuando, estando ya en casa, les preguntó: “¿De qué hablabais por el camino?” (Mc 9, 33). Aquí el evangelista sí dice el motivo: Callaron, pues por el camino habían discutido entre sí quién era el mayor (Mc 9, 34). Lo que Jesús preguntó a sus apóstoles, una pregunta aparentemente indiscreta. Y esa pregunta también puede hacérnosla a nosotros hoy. Es como si nos dijera: ¿De qué habláis cotidianamente? ¿Cuáles son vuestras aspiraciones? Los apóstoles callaron porque les daba vergüenza decirle a Jesús de lo que hablaban. Como a los discípulos de ayer, también hoy a nosotros, nos puede acompañar la misma discusión: ¿Quién es el más importante?

El Señor sabía aprovechar las ocasiones para ir formando a los suyos. Esta vez con motivo de una discusión de sus discípulos mantenida a sus espaldas. Entonces se sentó y, llamando a los doce, les dijo: “Si uno quiere ser el primero, sea el último de todos y el servidor de todo” (Mc 9, 35). Y les habla de la actitud que deben tener, que debemos tener los cristianos. Una actitud de servicio, siguiendo el ejemplo de Cristo, pues el Hijo del Hombre no ha venido a ser servido, sino a servir (Mc 10, 45). Jesús nos dice que la vida auténtica se vive en el compromiso concreto con el prójimo: servir, cuidar a los frágiles de nuestras familias, de nuestra sociedad, de nuestro pueblo. Son los rostros sufrientes, desprotegidos y angustiados a los que Jesús propone mirar e invita concretamente a amar.

Entre las personas más frágiles están los niños. Y tomando un niño, le puso en medio de ellos, le estrechó entre sus brazos y les dijo: “El que reciba a un niño como éste en mi nombre, a mí me recibe; y el que me reciba a mí, no me recibe a mí sino a Aquél que me ha enviado” (Mc 9, 36-37). En los Santos Evangelios se ve la ternura de Jesús con los niños, que le hizo decir: Dejad que los niños se acerquen a mí, no se lo impidáis (Mc 10, 14). Los ángeles de los niños reflejan la mirada de Dios, y Dios no pierde nunca de vista a los niños. Existe una tierna y misteriosa relación de Dios con el alma de los niños. Es una relación real que Dios quiere y Dios la cuida. El niño está listo desde el nacimiento para sentirse amado por Dios. En el alma inocente de los niños está el amor de Dios. Si miramos a los niños con los ojos de Jesús, podríamos realmente entender en qué sentido protegemos a la humanidad. Los niños son una promesa de vida, y Dios vigila esta promesa desde el primer instante.

Los niños son en sí mismos una riqueza para la humanidad y también para la Iglesia, porque nos remiten constantemente a la condición necesaria para entrar en el reino de Dios: la de no considerarnos autosuficientes, sino necesitados de ayuda, de amor y perdón.

A mí me gusta decir que en una sociedad bien constituida los privilegios solamente deben ser para los niños y para los ancianos, porque el futuro de un pueblo está en manos de ellos. Los niños porque ciertamente llevarán la fuerza delante de la historia y los ancianos porque son la sede de la sabiduría de un pueblo y tienen que aportar esa sabiduría. Los horrores de la manipulación educativa que hemos vivido en las grandes dictaduras genocidas del siglo XX no han desaparecido: conservan su actualidad bajo ropajes diversos y propuestas que fuerzan a caminar a los niños por el camino dictatorial del “pensamiento único”. Me decía hace poco un gran educador: “A veces uno no sabe si con estos proyectos educativos manda al niño a la escuela o a un campo de reeducación”. Me viene a la mente el logotipo de la Sagrada Familia sobre un burrito escapando a Egipto defendiendo al Niño. A veces para defender hay que escapar. A veces hay que quedarse y proteger. A veces hay que pelear. Pero siempre hay que tener ternura (Papa Francisco).

El mismo Dios se hizo niño en Belén, y será para siempre signo de ternura y de su presencia en el mundo. El Niño de Belén es frágil, como todos los recién nacidos. No sabe hablar y, sin embargo, es la Palabra que se ha hecho carne, que ha venido a cambiar el corazón y la vida de los hombres. Este Niño, como todo niño, es débil y necesita ayuda y protección. También hoy los niños necesitan ser acogidos y defendidos desde el seno materno. Cuando los niños son recibidos, amados, custodiados, tutelados, la familia está sana, la sociedad mejora, el mundo es más humano.

Queremos para ellos un mundo mejor. En la Carta de Santiago se habla de la existencia en el mundo de envidias y espíritu de contienda, allí hay desconcierto y toda clase de maldad (St 3, 16). Es verdad, pero hay que continuar leyendo. En cambio la sabiduría que viene de lo alto es, en primer lugar, pura, además pacífica, complaciente, dócil, llena de compasión y buenos frutos, imparcial, sin hipocresía. El fruto de la justicia es sembrado con paz entre aquellos que promueven la paz (St 3, 17-18). ¿Quiénes promueven la paz? Los “pacíficos” de las Bienaventuranzas, que son -debemos ser los cristianos- los que crean a su alrededor un ambiente propicio para el desarrollo de la justicia y la santidad. Todo cristiano que se esfuerza por vivir de acuerdo con la fe recibida realiza una siembra de santidad y justicia llena de paz. Sólo así, sembrando paz y alegría, se construye un mundo más humano y más fraterno para ofrecérselos a los niños de hoy.

Vemos que en el mundo hay guerras y peleas entre los hombres. ¿De dónde proceden? El apóstol Santiago contesta, preguntando a su vez: ¿No es de vuestras pasiones que luchan en vuestros miembros? (St 4, 1). El pecado de Adán rompió la armonía que existía en el mundo; se desataron las pasiones. El hombre estropeó el mundo que Dios había creado. ¿No sabéis que la amistad con el mundo es enemistad con Dios? Por tanto, el que desee ser amigo de este mundo, se hace enemigo de Dios (St 4, 4).

¿Pero qué se entiende por mundo? La palabra mundo tiene varias acepciones. La primera designa al conjunto de la creación, y dentro de ella la humanidad, los hombres, a quienes Dios ama entrañablemente. En este contexto se entiende la enseñanza de san Josemaría Escrivá: El mundo no es malo, porque ha salido de las manos de Dios, porque es criatura suya, porque Yavé lo miró y vio que era bueno. En segundo lugar, mundo indica los bienes de la tierra, de suyo caducos y que pueden presentar oposición a los bienes del espíritu. Finalmente, porque los hombres malos han sido esclavizados por el pecado y por el demonio, príncipe de este mundo, el mundo es considerado a veces como enemigo de Dios y contrario a Cristo y a sus seguidores. En este sentido el mundo es malo, y por eso Jesús no es del mundo, ni lo son sus discípulos. Sí, el cristiano no es mundano, pero está en el mundo. Son cosas diferentes. Y está en medio del mundo para cristianizar la sociedad desde dentro. Un escritor francés dijo: El mundo sólo será salvado por unos cuantos hombres que estén plenamente en el mundo, pero que no se parezcan en nada al mundo.

En la tierra paz a los hombres de buena voluntad (Lc 2, 14). Ese don requiere ser implorado incesantemente en la oración. Recordemos el cartel: En la base de la paz está la oración. Este don se debe implorar y se debe acoger cada día con empeño, en las situaciones en las que nos encontramos. Le pedimos a Santa María, Reina de la paz, por este don divino para que los niños de hoy encuentren un mundo mejor.

Fiesta de la Exaltación de la Santa Cruz. Homilía (Ciclo B)

Celebra la Iglesia la fiesta de la Exaltación de la Santa Cruz. La Cruz es misterio de amor, misterio que sólo se entiende desde el corazón y desde el amor, y al cual sólo puede aproximarse en la oración y en las lágrimas. En la Cruz se reveló al máximo el amor de Dios por la humanidad. Tanto amó Dios al mundo que entregó a su Unigénito (Jn 3, 16). y por este motivo exaltamos la Cruz en la que murió Cristo. El Padre “dio” al Hijo para salvarnos, y esto implicó la muerte de Jesús, y la muerte en la Cruz. Por medio de la Cruz de Cristo ha sido vencido el maligno, ha sido derrotada la muerte, se nos ha dado la vida, devuelto la esperanza. La Cruz de Jesús es nuestra única esperanza verdadera. Por eso la Iglesia “exalta” la Santa Cruz y también por eso, los cristianos bendecimos con el signo de la cruz (Papa Francisco, Homilía 14.IX.2014).

La Cruz parece determinar el fracaso de Jesús, pero en realidad manifiesta su victoria. En el Calvario, quienes se burlaban de Él, le decían: Si eres el Hijo de Dios, baja de la cruz (Mt 27, 40). Pero era verdadero lo contrario: precisamente porque era el Hijo de Dios estaba allí, en la Cruz. Cuando dirigimos la mirada a la Cruz donde estuvo Jesús clavado, contemplamos el signo del amor, del amor infinito de Dios por cada uno de nosotros y la raíz de nuestra salvación. De esa Cruz brota la misericordia del Padre, que abraza al mundo entero.

¿Por qué fue necesaria la Cruz? A causa de la gravedad del mal que nos esclavizaba. La Cruz de Jesús expresa toda la fuerza negativa del mal y toda la omnipotencia mansa de la misericordia de Dios. El árbol del conocimiento del bien y del mal colocado en medio del Paraíso, hizo tanto mal; por él vino la ruina del género humano. Por el árbol de la Cruz, situado en el Calvario, nos trajo la salvación; en él Cristo nos abrió las puertas del Cielo. La Cruz nos salva de las consecuencias del pecado cometido por nuestros primeros padres al comer del fruto del árbol del Paraíso. Por eso la Cruz es camino para encontrar a Jesucristo, nuestro Redentor, que da su vida por amor. Porque la Cruz nos habla de un Dios que ha querido asumir la historia del hombre y caminar con nosotros tomando la condición de siervo y haciéndose obediente hasta la muerte en la Cruz, para librarnos de la esclavitud del pecado.

Ha llevado él mismo nuestros pecados en su cuerpo sobre el árbol de la cruz, a fin de que muertos al pecado, vivamos a la justicia. Por sus llagas habéis sido curados (1 P, 2, 24). En la Cruz vemos la monstruosidad del hombre, cuando se deja guiar por el mal; pero vemos también la inmensidad de la misericordia de Dios que no nos trata según nuestros pecados, sino según su misericordia. Jesús en la Cruz siente todo el peso del mal, y con la fuerza del amor de Dios lo vence, lo derrota en su resurrección. Éste es el bien que Jesús nos hace a todos en el trono de la Cruz. La Cruz de Cristo, abrazada con amor, nunca conduce a la tristeza, sino a la alegría de ser salvados.

La primera lectura de la Misa de esta fiesta de la Cruz está tomada del libro de los Números. Se narra la protesta del pueblo contra Moisés, que es al mismo tiempo contra Dios. ¿Por qué nos habéis subido de Egipto para morir en el desierto? Pues no tenemos ni pan ni agua, y estamos cansados de ese alimento tan ligero (Nm 21, 5). Ante esta nueva queja de los israelitas, el Señor les envió serpientes venenosas que mordían al pueblo, y murió mucha gente de Israel (Nm 21, 6). Ya en el Paraíso terrenal una serpiente -el demonio- con su veneno consiguió -al engañar a Eva- introducir la muerte en el mundo. Ante el castigo, Moisés se convierte una vez más en intercesor a favor del pueblo. También nosotros tenemos un intercesor en el Cielo. Si alguno peca, tenemos a uno que abogue ante el Padre: a Jesucristo, el Justo (1 Jn 2, 1). Reconociendo su pecado, el pueblo pidió a Moisés: Ruega al Señor que aparte de nosotros las serpientes (Nm 21, 7). La paciencia de Dios no tiene límite y su misericordia es infinita. La súplica de Moisés en favor del pueblo hizo que Dios levantara el castigo.

El Señor dijo a Moisés: “Haz una serpiente venenosa y ponla sobre un mástil. Todo el que haya sido mordido y lo mire, vivirá”. Hizo Moisés una serpiente de bronce y la puso en un mástil. Y si una serpiente mordía a un hombre y éste miraba la serpiente de bronce, quedaba con vida (Nm 21, 8-9). Y así hizo Moisés una serpiente de bronce colocándola sobre un mástil. Esta serpiente era el remedio indicado por Dios para curar a quienes eran mordidos por las serpientes venenosas en el desierto. La serpiente de bronce curaba, pero era signo de dos cosas: del pecado hecho por la serpiente, de la seducción de la serpiente, de la astucia de la serpiente; y también era señal de la cruz de Cristo. Era una profecía. La salvación sólo viene de la cruz, pero de esta cruz que es Dios hecho hombre. No hay salvación en las ideas, no hay salvación en la buena voluntad, en el deseo de ser buenos… No. La única salvación está en Cristo crucificado, porque sólo Él, como significaba la serpiente de bronce, ha sido capaz de tomar todo el veneno del pecado y nos ha curado allí (Papa Francisco, Homilía 4.IV.2017).

La serpiente de bronce se menciona en el Evangelio como tipo de Cristo clavado en la Cruz, causa de salvación para cuantos dirigen a Él su mirada con fe: Como Moisés levantó la serpiente en el desierto, así es preciso que sea levantado el Hijo del Hombre para que todo el que crea tenga vida en él (Jn 3, 14-15). En el Evangelio se contempla la acción salvadora de la serpiente levantada en alto aludiendo al levantamiento de Jesús en la Cruz y a su eficacia salvífica. Cuando Cristo es alzado sobre todas las realidades humanas, eleva todas las cosas hacia Él, de modo que su glorificación es medio de curación definitiva para toda la humanidad.

La segunda lectura es el conocido himno de la Carta a los Filipenses, conocido como la kénosis. El cual, siendo de condición divina, no retuvo ávidamente el ser igual a Dios. Sino que se despojó de sí mismo tomando condición de siervo haciéndose semejante a los hombres y apareciendo en su porte como hombre; y se humilló a sí mismo, obedeciendo hasta la muerte y muerte de cruz. Por lo cual Dios le exaltó y le otorgó el Nombre, que está sobre todo nombre. Para que al nombre de Jesús toda rodilla se doble en los cielos, en la tierra y en los abismos, y toda lengua confiese que Cristo Jesús es Señor para gloria de Dios Padre (Flp 2, 6-11). Este es uno de los textos más antiguos del Nuevo Testamento que revelan la divinidad de Jesucristo. Es un testimonio claro de que los cristianos proclamaban desde el principio que Jesús, nacido en Belén, crucificado, muerto y sepultado, el mismo que resucitó, era verdaderamente Dios y hombre a la vez.

El himno se puede dividir en tres partes. La primera, trata de la humillación de Cristo al hacerse hombre. La segunda, constituye el centro de todo el pasaje, y proclama hasta qué límite llegó su humildad: en su condición de hombre aceptó por obediencia morir en la Cruz. La tercera, describe su gloriosa exaltación. San Pablo tiene presente la divinidad de Jesús, en virtud de la cual existía desde toda la eternidad. Centra su atención, no obstante, en la muerte en la Cruz como ejemplo supremo de humildad. Su humillación no consistió solamente hacerse hombre, como nosotros, ocultando la gloria de su Divinidad en su Humanidad santísima, sino que además llevó una vida de sacrificios y sufrimientos, que alcanzarían su consumación en la Cruz, en la que fue despojado de todo, como un esclavo. Pero, una vez cumplida su misión, vuelve a manifestarse con toda la gloria que en virtud de su naturaleza divina le corresponde, y que su naturaleza humana había merecido.

El Hombre-Dios, Jesucristo, culmina su existencia terrena en la Cruz, y, por la Cruz, entra en su gloria, como Señor y Mesías. Cristo nos da una admirable lección de humildad y obediencia; y nos invita a seguirle, pero por su mismo camino, el de la Cruz, el de la humillación. Y el que no toma su cruz y me sigue, no puede ser mi discípulo (Lc 14, 27). La vida cristiana es un camino divino, marcado por las huellas de Jesucristo en su paso por esta tierra. Y esta senda hay que recorrerla llevando nuestra propia Cruz. No olvidéis que estar con Jesús es, seguramente, toparse con su Cruz. Cuando nos abandonamos en las manos de Dios, es frecuente que Él permita que saboreemos el dolor, la soledad, las contradicciones, las calumnias, las difamaciones, las burlas, por dentro y por fuera: porque quiere conformarnos a su imagen y semejanza, y tolera también que nos llamen locos y que nos tomen por necios (San Josemaría Escrivá). Sí, el encuentro con la Cruz es siempre un encuentro con Cristo. Y es que Cristo y la Cruz, por especial designio de la voluntad de Dios, van ineludiblemente unidos. No es posible un cristianismo sin Cruz. Cuando caminamos sin la Cruz, cuando edificamos sin la Cruz y cuando confesamos a un Cristo sin Cruz, no somos discípulos del Señor: somos mundanos, pero no discípulos del Señor.

Cuando miramos a Jesús en la Cruz, hay cuadros bonitos pero la realidad es otra: Cristo estaba, sobre todo, ensangrentado por nuestros pecados. Ésta es la realidad que Él ha tomado para vencer a la serpiente en su campo. Mirar la Cruz de Jesús, no las cruces artísticas, bien pintadas: mirar la realidad, que era la cruz en ese tiempo. Si un cristiano quiere ir adelante en el camino de la vida cristiana debe abajarse, como se abajó Jesús. Es el camino de la humildad, sí, pero también de llevar sobre sí las humillaciones como las ha llevado Jesús (Papa Francisco, Homilía 14.IX.2015).

El pasaje evangélico narra el encuentro de Jesús con Nicodemo. En el desarrollo del mismo, el Señor explica el misterio de la Cruz: Jesús bajado del Cielo para llevarnos a nosotros a subir al Cielo. Nadie ha subido al cielo sino el que bajó del cielo, el Hijo del hombre (Jn 3, 13). Es una afirmación solemne de la divinidad de Jesús. Nadie sube al Cielo y, por tanto, nadie puede conocer perfectamente los secretos de Dios, sino el mismo Dios que se encarnó y bajó del Cielo: Jesús, Segunda persona de la Santísima Trinidad, el Hijo del Hombre profetizado en el Antiguo Testamento, el cual ha sido concedido señorío eterno sobre todos los pueblos, naciones y lenguas. Al encarnarse el Verbo no deja de ser Dios. Y así, aunque está en la tierra en cuanto hombre, no por eso deja de estar en el Cielo en cuanto Dios. Sólo después de la Resurrección y Ascensión, Jesucristo está en el Cielo también en cuanto hombre.

Con su paso por la tierra, Cristo nos enseña el camino del Cielo; nos invita a recorrer esa senda con Él. Y ésta es nuestra alegría: caminar con Jesús. Sin embargo, que nadie piense que la vida cristiana es cómoda, porque la vía escogida por Nuestro Señor es la vía de la Cruz. Pero no tengamos miedo a la Cruz, sino que, más bien, en la Cruz tenemos nuestra esperanza. Por eso, cuando la tierra cubra nuestro cuerpo, sobre la tumba: la Cruz. Esa Cruz que, en medio de la muerte, es señal de vida, de resurrección.

Junto a la cruz de Jesús estaba su madre (Jn 19, 25). ¡Con cuánto amor y dolor miraría la Virgen la Cruz de su Hijo! Aprendamos de Ella a amar la Santa Cruz.

Domingo XXIV del Tiempo Ordinario. Homilía (Ciclo )

En Cesarea de Filipo tuvo lugar la confesión de Pedro en la mesianidad de Jesús, diciendo: Tú eres el Cristo (Mc 8, 30). El evangelista san Mateo añade a esas palabras estas otras: El Hijo de Dios vivo (Mt 16, 16); y san Lucas pone en boca de Pedro: El Cristo de Dios (Lc 9, 20). Inmediatamente después esta confesión, Jesucristo anuncia por primera vez a los apóstoles su pasión, muerte y resurrección. Comenzó a enseñarles que el Hijo del hombre debía sufrir mucho y ser reprobado por los ancianos, los sumos sacerdotes y los escribas, ser matado y resucitar a los tres días (Mc 8, 31). En otras dos ocasiones el Señor hablará de su pasión, pero concretando más: El Hijo del hombre será entregado a los príncipes de los sacerdotes, a los escribas y a los ancianos, y lo condenarán a muerte y lo entregarán a los gentiles; se burlarán de él, le escupirán, lo azotarán y lo matarán, pero al tercer día resucitará (Mc 10, 33-34). En la tercera predicción, Jesús dice: Se cumplirán todas las cosas que han sido escritas por medio de los Profetas acerca del Hijo del hombre (Lc 18, 31).

De todos los Profetas, el que describe con más señales la pasión y muerte de Cristo es Isaías, en los poemas del Siervo de Yavé, también conocidos como La Pasión del Señor según Isaías. Por eso, a este profeta se le ha llamado el evangelista del Antiguo Testamento. Nuestro Señor citaría a Isaías en esos anuncios de su pasión y muerte, como también en la conversación que mantuvo con los discípulos de Emaús cuando comenzando por Moisés y por todos los Profetas les interpretaba en todas las Escrituras lo que se refería a Él (Lc 24, 27).

En su pasión, Cristo en todo momento acepta la voluntad de Dios Padre. En Getsemaní, le dice a su Padre: Si quieres, aparta de mí este cáliz; pero no se haga mi voluntad, sino la tuya (Lc 22, 42). Seiscientos años, ya estaba profetizado: Yo no me he rebelado, no me he echado atrás (Is 50, 5). Cristo conocía bien la Escritura. Era consciente de los sufrimientos que iba a padecer. He ofrecido mi espalda a los que me golpeaban y mis mejillas a quienes me arrancaban la barba. No he ocultado mi rostro a las afrentas y salivazos (Is 50, 6). Es exactamente lo que hizo Nuestro Señor. Su docilidad a la voluntad divina le llevó a aceptar sin rechistar ni queja alguna esos sufrimientos. El Señor Dios me sostiene, por eso no me siento avergonzado; por eso he endurecido mi rostro como el pedernal y sé que no quedaré avergonzado. Cerca está el que me justifica: ¿quién litigará conmigo? Comparezcamos juntos. ¿Quién es mi adversario? Que se acerque a mí (Is 50, 7-8). Estos dos versículos destacan la fortaleza del Siervo de Yavé: si sufre en silencio no es por cobardía, sino porque Dios le ayuda y le hace más fuerte que sus verdugos. Él saldrá victorioso, permanecerá, mientras sus adversarios se desvanecerán. Todos ellos se gastarán como un vestido, la polilla los devorará (Is 50, 9).

Los evangelistas vieron cumplidas la profecía de Isaías en Jesucristo, especialmente en lo que se refiere al valor del sufrimiento y a la fortaleza callada del Siervo de Yavé. Jesús anunciando su pasión y muerte se revela como Siervo sufriente. La descripción de los sufrimientos que tuvo que afrontar resonó en el corazón de los primeros cristianos -y deben continuar resonando hoy días en nuestros corazones- al meditar que comenzaron a escupirle en la cara y a darle bofetadas (Mt 26, 67), y que más adelante los soldados romanos le golpeaban en la cabeza con una caña, le escupían e hincando las rodillas se postraban ante él (Mc 15, 19). El Señor se hizo obediente hasta la muerte y muerte de cruz, de forma que puso su cuerpo, sus espaldas a los golpes; y los latigazos hirieron ese divino pecho y sus mejillas no se apartaron de las bofetadas.

San Pablo hace alusión en la Carta a los Romanos a estas palabras de Isaías: Mirad, el Señor Dios me sostiene, ¿quién podrá condenarme? (Is 50, 9), al aplicar a Cristo Jesús la función de interceder por los elegidos en el pleito permanente con los enemigos del alma: ¿quién puede pretender vencer en una causa contra Dios? Sí, Jesucristo que murió, resucitó y está a la derecha de Dios, intercede por nosotros. En la historia bimilenaria de la Iglesia siempre ha habido persecuciones contra los discípulos del Señor. Cuando se habla de persecuciones contra los cristianos, no hay que remontarse sólo a los primeros siglos, a las persecuciones de los emperadores romanos. La Iglesia ha sido atacada en todas las épocas. Ya lo dijo Cristo: Si el mundo os aborrece, sabed que me aborreció a mí primero que a vosotros. (Jn 15, 18).

Como todos sabemos, el siglo XX fue un tiempo de martirio. Muy bien lo puso de relieve el Papa Juan Pablo II, que pidió a la Iglesia “actualizar el Martirologio” y canonizó y beatificó a numerosos mártires de la historia reciente. Por tanto, si la sangre de los mártires es semilla de nuevos cristianos, al inicio del tercer milenio se puede esperar un renovado florecimiento de la Iglesia, especialmente donde ha sufrido más a causa de la fe y del testimonio del Evangelio (Benedicto XVI). También en estos albores del siglo XXI se persigue a los cristianos. Hay un laicismo sectario y anticatólico que pretende que lo religioso no tenga ninguna influencia en la vida ordinaria de los hombres, además de querer ridiculizar a los creyentes. Pero esta pretensión es como tratar de morder un bloque de granito. La victoria siempre caerá del lado de Dios.

¿Por qué anuncia Jesús su pasión? Para enseñar a sus discípulos -y a todos los cristianos de todos los tiempos- el verdadero sentido de su misión: la salvación se realiza a través del sufrimiento y de la cruz. A san Pedro le costó comprender que el triunfo de Cristo fuera realmente la cruz, y con gran osadía, tomando a Jesús aparte se puso a reprenderle (Mc 8, 32). Es como si le hubiera dicho: Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo. Te sigo, pero no hablemos de la cruz. Esto no tiene nada que ver. Te sigo de otra manera, sin cruz. Por ese atrevimiento, oyó de labios del Señor una fuerte reprensión: ¡Quítate de mi vista, Satanás! porque tus pensamientos no son los de Dios, sino los de los hombres (Mc 8, 33). Jesucristo le reprendió abiertamente porque su modo de ver las cosas era incompatible con el plan salvífico de Dios. Cristo y la Cruz, por especial designio de la voluntad del Padre, van ineludiblemente unidos. Comenta el papa Francisco: Cuando caminamos sin la cruz, cuando edificamos sin la cruz y cuando confesamos un Cristo sin cruz, no somos discípulos del Señor, somo mundanos. Quisiera que todos tuviéramos el valor de caminar en presencia del Señor, con la cruz del Señor; de edificar la Iglesia sobre la Sangre del Señor, derramada en la cruz; y de confesar la única gloria: Cristo crucificado.

Después de reprender a san Pedro, Jesús dice claramente que quien quiera seguirle tiene que estar dispuesto a la renuncia de sí mismo. Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz y sígame. Porque quien quiera salvar su vida, la perderá; pero quien pierda su vida por mí y por el Evangelio, la salvará (Mc 8, 34-35). Estas palabras del Señor debieron de parecer estremecedoras a quienes las escuchaban, pero dan la medida de lo que Cristo exige para seguirle: no un entusiasmo pasajero, ni una dedicación momentánea, sino la renuncia de sí mismo, el cargar cada uno con su cruz. Porque la meta que el Señor quiere para todos es la bienaventuranza del Cielo. Y a la luz de la vida eterna es como se ha de valorar la vida presente que es transitoria, relativa, medio para conseguir la vida definitiva de la Gloria. Morir por la fe es don para algunos, para todos aquellos que Dios concede la palma del martirio; pero vivir la fe es una llamada para todos. No damos la vida sólo en el momento de la muerte: debemos darla día a día, siendo testigos de Cristo en el mundo actual.

La senda que hemos de recorrer se dibuja muy clara: la ha trazado Jesucristo durante su vida terrena, y la Iglesia la conserva intacta mediante sus sacramentos y sus enseñanzas, que nos hablan de cumplir amorosamente la Voluntad del Padre. Nosotros estamos llamados a caminar por el sendero abierto por el Hijo de Dios hecho hombre, para compartir así su marcha gozosa hacia el Padre, también en los momentos de auténtico dolor (Javier Echevarría).

Hay quienes pretenden convertir el cristianismo en algo fácil, sin sacrificio alguno; de hacerlo conformista y con el modo de vida mundano. Es una tremenda equivocación. El cristianismo no puede dispensarse de la cruz. Sin cruz, se convertiría en una interpretación cómoda de la vida que no conduciría al Cielo. El Evangelio no es la promesa de éxitos fáciles. No promete a nadie una vida cómoda. Es exigente. Y al mismo tiempo es una Gran Promesa: la promesa de la vida eterna para el hombre, sometido a la ley de la muerte; la promesa de la victoria, por medio de la fe, a ese hombre atemorizado por tantas derrotas. Esta es la victoria que ha vencido al mundo: nuestra fe (1 Jn 5, 4).

El apóstol Santiago especifica que la fe debe tener obras. ¿De qué sirve, hermanos míos, que alguien diga: “Tengo fe”, si no tiene obras? ¿Acaso podrá salvarle la fe? (St 2, 14). Una fe sin obras no puede salvar. En la vida del cristiano tiene que haber una completa sintonía y coherencia entre la fe que profesa y las obras que practica. Las tres virtudes teologales están estrechamente relacionadas. Por eso se debe mantener encendidas las luces de la fe, de la esperanza y la caridad. Preguntémonos: ¿A quién hemos “contagiado” con nuestra fe? ¿A cuántas personas hemos alentado con nuestra esperanza? ¿Cuánto amor hemos compartido con nuestro prójimo?

Fe y esperanza. Quien no tiene fe, no tiene luz; quien no tiene religión, no tiene esperanza. Y la fe y la esperanza aseguran que nuestra vida continúa más allá de ese terrible momento que se llama muerte.

Fe y caridad. La fe, además de suponer una firme adhesión a las verdades reveladas, ha de influir en la vida ordinaria. Si un hermano o una hermana están desnudos y carecen del sustento diario, y alguno de vosotros les dice: “Idos en paz, calentaos y hartaos”, pero no les dais lo necesario para el cuerpo, ¿de qué sirve? (St 2, 15-16). Es un ejemplo muy gráfico. Las obras dan la medida de la autenticidad de la vida del cristiano, poniendo en evidencia si su fe y su caridad son verdaderas. La fe, si no tiene obras, está realmente muerta (St 2, 17). La doctrina cristiana llama también “fe muerta” a la persona que está en pecado mortal: al no estar en gracia de Dios, no tiene la caridad, que es como el alma -la forma- de todas las virtudes. La fe si no va acompañada de la esperanza y de la caridad, ni une perfectamente con Cristo, ni hace miembro vivo de su Cuerpo. Por cuya razón se dice con toda verdad que “la fe sin obras está muerta y ociosa (Concilio de Trento).

Alguno podrá decir: “¿Tú tienes fe?; pues yo tengo obras. Pruébame tu fe sin obras y yo te probaré por las obras mi fe” (St 2, 18). El apóstol Santiago subraya con fuerza el contrasentido que encierra una fe desprovista de obras. Fe. ‑Da pena ver de qué abundante manera la tienen en su boca muchos cristianos y con qué poca abundancia la ponen en sus obras. ‑No parece sino que es virtud para predicarla, y no para practicarla (San Josemaría Escrivá, Camino, n. 579).

Nuestro camino de fe está unido de manera indisoluble a María desde el momento en que Jesús, muriendo en la cruz, nos la ha dado como Madre. Ella nos precede y continuamente nos confirma en la fe. A Ella confiamos nuestro itinerario de fe, de una fe con obras, de una fe que nos hace ver en la Cruz de Cristo nuestra salvación.

Domingo XXIII del Tiempo Ordinario. Homilía (Ciclo B)

En el Evangelio según san Lucas se narra que cuando estando ya cerca el tiempo de su partida, Jesucristo decidió ir a Jerusalén. Y envió por delante unos mensajeros, que entraron en una aldea de samaritanos para prepararle hospedaje, y no lo acogieron, porque daba la impresión de ir a Jerusalén. Al ver esto, sus discípulos Santiago y Juan dijeron: “Señor, ¿quieres que digamos que baje fuego del cielo y los consuma?” Y volviéndose, les reprendió, y se fueron a otro pueblo (Lc 9, 52-56).

Es muy posible que a los dos apóstoles les viniera a la memoria lo que sucedió con Sodoma y Gomorra, de cómo Dios castigó aquellas dos ciudades, con una lluvia de fuego azufre que destruyó todo. Y sintiendo como una gran ofensa a su Maestro que no le recibieran, de que cerraran las puertas del pueblo a Jesús, pensaron que los samaritanos de aquella aldea debían ser castigados. Jesús reprocha a los apóstoles Santiago y Juan este deseo de venganza. Con paciencia les explica a sus discípulos que esto que le piden los hijos del Zebedeo es opuesto a la misión del Mesías, que no ha venido a perder a los hombres sino a salvarlos. Comenta el papa Francisco: El Señor se giró y les reprochó: “Éste no es nuestro espíritu”. El Señor va siempre adelante, nos hace conocer cómo es el camino del cristiano. No es, en este caso, un camino de venganza. El Espíritu cristiano es otra cosa, dice el Señor. Es el espíritu que Él nos hará ver en el momento más fuerte de su vida, en la pasión, espíritu de humildad, espíritu de mansedumbre.

Cuando vemos tantas injusticias en este mundo; clínicas que se dedican a matar seres humanos en el seno materno; el negocio bien floreciente de la pornografía; el tráfico de drogas; los abusos sexuales a los niños; ideologías totalmente contrarias a lo establecido por Dios al crear al hombre (varón y mujer); soldados niños en guerras tribales; prostitución infantil en países subdesarrollados; traficantes de seres humanos convertidos en esclavos; leyes opuestas a la Ley de Dios como la del matrimonio entre personas del mismo sexo… ¡Cuántas veces desearíamos que Dios se mostrara más fuerte! Que actuara duramente, derrotara el mal y creara un mundo mejor. Todas las ideologías del poder se justifican así, justifican la destrucción de lo que se opondría al progreso y a la liberación de la humanidad. Nosotros sufrimos por la paciencia de Dios. Y, no obstante, todos necesitamos su paciencia. El Dios, que se ha hecho cordero, nos dice que el mundo se salva por el Crucificado y no por los crucificadores. El mundo es redimido por la paciencia de Dios y destruido por la impaciencia de los hombres (Benedicto XVI).

Lo nuestro es la impaciencia, nosotros tenemos una gran prisa por juzgar, clasificar, poner de este lado a los buenos y del otro a los malos. Sin embargo, Dios es paciente, sabe esperar. Dios es un Padre paciente, que nos espera siempre y nos espera con el corazón en la mano para acogernos, para perdonarnos. Jesucristo, con su ejemplo, nos enseña que el celo por las cosas de Dios no debe ser áspero y violento.

La paciencia de Dios no es indiferencia ante el mal. No se puede crear confusión entre el bien y el mal. En la parábola de la cizaña, ante la impaciencia de los servidores por arrancar la mala hierba, está la actitud del propietario del campo que es de espera paciente, pero de una espera fundada en la certeza de que el mal no tiene ni la primera ni la última palabra. Y ante la cizaña que vemos hoy día en el mundo, el cristiano, fiel discípulo del Señor Jesús, está llamado a imitar la paciencia de Dios, alimentar la esperanza con el apoyo de una firme confianza en la victoria del bien, es decir de Dios. ¿Y cuántas veces, gracias a esta paciencia de Dios, la cizaña misma, es decir el corazón malo con muchos pecados, al final ha llegado a ser buen trigo? San Pedro escribe en su segunda Carta: (El Señor) usa de paciencia con vosotros, porque no quiere que nadie perezca, sino que todos se conviertan (2 P 3, 9). El Príncipe de los apóstoles recuerda que, en su gran misericordia, Dios no busca la condenación, sino que todos los hombres se salven y usa con ellos de una maravillosa paciencia. ¿Hemos pensado en la paciencia de Dios, en la paciencia que tiene con cada uno de nosotros?

En el mundo, en nuestra sociedad, al igual que en el campo de la parábola de la cizaña, se ha sembrado el mal en medio del bien, de tal modo que es imposible a nosotros los hombres separarlos claramente; pero Dios, al final, podrá hacerlo. Nada se escapa a Dios (Qo 3, 15). Jesucristo dijo a los que le apresaron, a los sumos sacerdotes, oficiales del Templo y ancianos: Ésta es vuestra hora y el poder de las tinieblas (Lc 22, 53). Luego, ¿el hombre pecador tiene su hora? -Sí…, ¡y Dios su eternidad! (Camino, n. 734). Al final, Dios dará a cada uno el premio o el castigo que haya merecido, según está escrito el libro del profeta Isaías: Decid a los de corazón intranquilo: ¡Animo, no temáis! Mirad que vuestro Dios viene vengador; es la recompensa de Dios, él vendrá y os salvará (Is 35, 4).

Él vendrá y os salvará. Isaías profetiza la venida del Mesías, del Salvador del mundo, y los milagros que probarán que es el que “había de venir”. Entonces se despegarán los ojos de los ciegos, y las orejas de los sordos se abrirán; saltará el cojo como ciervo, y la lengua del mudo lanzará gritos de júbilo (Is 35, 5-6). El mismo Cristo hará referencia a estos milagros como señal de la llegada de los tiempos mesiánicos cuando respondió a los discípulos del Bautista a la pregunta: ¿Eres tú el que ha de venir, o hemos de esperar a otro? (Mt 11, 3). El Señor respondió: Id y anunciad a Juan lo que estáis viendo y oyendo: Los ciegos ven y los cojos andan, los leprosos quedan sanos y los sordos oyen, los muertos resucitan y a los pobres se anuncia el evangelio (Mt 11, 4-5).

En el Evangelio según san Marcos se narra uno de estos signos propios del Mesías y de su Reino. Se trata de la curación milagrosa de un sordomudo. Le presentan un sordo que, además, hablaba con dificultad, y le ruegan imponga la mano sobre él. Él, apartándole de la gente, a solas, le metió sus dedos en los oídos y con su saliva le tocó la lengua. Y, levantando los ojos al cielo, dio un gemido, y le dijo: “Effatá”, que quiere decir: “¡Abrete!” Se abrieron sus oídos y, al instante, se soltó la atadura de su lengua y hablaba correctamente. Jesús les mandó que a nadie se lo contaran. Pero cuanto más se lo prohibía, tanto más ellos lo publicaban. Y se maravillaban sobremanera y decían: “Todo lo ha hecho bien; hace oír a los sordos y hablar a los mudos” (Mc 7, 32-37).

Este milagro realizado por Jesucristo es un acontecimiento prodigioso que muestra cómo el Señor restablece la plena comunicación del hombre con Dios y con los otros hombres. En la curación del sordomudo podemos encontrar una imagen de la actuación de Dios en las almas: para creer, es necesario que Dios abra nuestro corazón, a fin de que podamos escuchar su palabra. Y después, anunciar con nuestra lengua las riquezas insondables de las enseñanzas de Cristo. El sordomudo que es llevado ante Jesús se transforma en el símbolo del no-creyente que recorre un camino hacia la fe. En efecto, su sordera expresa la incapacidad de escuchar y de comprender no solo las palabras de los hombres, sino también la Palabra de Dios. Y san Pablo nos recuerda que “la fe nace del mensaje que se escucha”. En el Bautismo, están el gesto y la palabra de Jesús: “¡Effatá!-¡Ábrete!” Y el milagro se cumplió: en el Bautismo hemos sido curados de la sordera del egoísmo y del mutismo de la cerrazón y del pecado y hemos sido incorporados a la gran familia de la Iglesia; podemos escuchar a Dios que nos habla y comunicar su Palabra a cuantos no la han escuchado nunca o a quien la ha olvidado y sepultado bajo las espinas de las preocupaciones y de los engaños del mundo (Papa Francisco).

Todo bautizado ha de confesar a Cristo ante el mundo, pues la vocación cristiana es, por su naturaleza misma, vocación al apostolado. Después de haber encontrado a Cristo, después de haber descubierto quién es Él, se debe sentir la necesidad de anunciarlo.

Manarán aguas en el desierto y torrentes en la estepa; el páramo se trocará en estanque, y secarral en manantiales de aguas (Is 35, 6-7). Es otra señal de la llegada del Mesías profetizada por Isaías. San Justino, mostrando al judío Trifón que esta profecía se cumple en Cristo, señala: Fuente de agua viva de parte de Dios brotó este Cristo en el desierto del conocimiento de Dios, es decir, en la tierra de las naciones.

En el pasaje de la samaritana, el Señor le ofrece a aquella mujer que ha ido a sacar agua del pozo de Jacob un agua capaz de saciar la sed de una vez para siempre. El que beba del agua que yo le daré, no tendrá nunca más sed, sino que el agua que yo le daré se hará en él fuente de agua que salta a la vida eterna (Jn 4, 14). Podemos ver en esta agua de la que habla Jesús el agua del Bautismo. Cristo se refiere a la transformación que realiza en cada hombre la participación de la vida divina, la gracia santificante, la presencia del Espíritu Santo, el don más excelente que habrían de recibir cuantos creyesen en Él.

Son muchas las ansiedades que bullen en nuestro interior, intensos deseos de felicidad y paz; quien recibe al Señor y se une a Él como los sarmientos a la vid, no sólo sacia su sed, sino que además se transforma en fuente de agua viva. Por eso dijo : Si alguno tiene sed, venga a mí, y beba quien cree en mí. Como dice la Escritura, brotarán de su seno ríos de agua viva (Jn 7, 37-38). El Señor se presenta como Aquel que puede saciar el corazón del hombre y darle paz.

Tenemos en Cristo tres fuentes de gracia. La primera es de misericordia, en la que nos podemos purificar de todas las manchas de nuestros pecados. La segunda fuente es de amor; quien medita en los sufrimientos e ignominias de Jesucristo por nuestro amor, desde el nacimiento hasta la muerte, es imposible que no se sienta abrasado en la feliz hoguera que vino a encender por la tierra en los corazones de todos los hombres. La tercera fuente es de paz; quien desee la paz del corazón venga a mí, que soy el Dios de la paz (San Alfonso María de Ligorio).

Los ríos de agua viva riegan todas las naciones. Cristo vino a salvar a todos los hombres, porque Dios no admite acepción de personas (Dt 10, 17). Todos los que reciben las aguas bautismales son hechos hijos de Dios por la fe en Cristo Jesús. En efecto, todos los bautizados en Cristo os habéis revestido de Cristo: ya no hay judío ni griego; ni esclavo ni libre; ni hombre ni mujer, ya que todos vosotros sois uno en Cristo Jesús (Ga 3, 26-28). Y todos los hombres, dotados de alma racional y creados a imagen de Dios, tienen la misma naturaleza y el mismo origen. Y porque, redimidos por Cristo, disfrutan de la misma vocación a la santidad y de idéntico destino, que es la vida eterna.

Es contrario al plan divino toda forma de discriminación, ya sea social o cultural, por motivos de sexo, raza, color, condición social, lengua o religión. Por eso el apóstol Santiago en su Carta se dirige a aquellos cristianos que hacían acepción o discriminación de personas por razón de su nivel social. Hermanos míos, no entre la acepción de personas en la fe que tenéis en nuestro Señor Jesucristo glorificado. Supongamos que entra en vuestra asamblea un hombre con un anillo de oro y un vestido espléndido; y entra también un pobre con un vestido sucio; y que dirigís vuestra mirada al que lleva el vestido espléndido y le decís: “Tú, siéntate aquí, en un buen lugar”; y en cambio al pobre le decís: “Tú, quédate ahí de pie”, o “Siéntate a mis pies”. ¿No sería esto hacer distinciones entre vosotros y ser jueces con criterios malos? Escuchad, hermanos míos queridos: ¿Acaso no ha escogido Dios a los pobres según el mundo como ricos en la fe y herederos del Reino que prometió a los que le aman? (St 2, 1-5).

Con el mismo amor con que Dios nos ama -y con su paciencia- realicemos gestos de fraternidad, de perdón y de reconciliación. Y le pedimos a Santa María que interceda ante su Hijo para que Él –fuente de agua que salta hasta la vida eterna– prepare nuestros corazones al encuentro con los demás hombres más allá de las diferencias de ideas, lengua, cultura, religión.; y que unja todo nuestro ser con el aceite de la misericordia, que cura las heridas de los errores, de las incomprensiones, de las controversias; la gracia de enviarnos, con humildad y mansedumbre, a los caminos, arriesgados pero fecundos, de la búsqueda de la paz. Y así ser manantiales de agua viva.

Domingo XVIII del Tiempo Ordinario. Homilía (Ciclo B)

En el capítulo 6 del Evangelio según san Juan está la promesa de la Eucaristía. Después del milagro de la multiplicación de los panes, Jesús se retiró de nuevo al monte Él solo (Jn 6, 15), y los discípulos se hicieron a la mar, navegando hacia Cafarnaún. Durante la travesía, el Señor, andando sobre las aguas, se reunió con los apóstoles en la barca. Cuando llegaron a la orilla, muchísimas personas esperaban a Jesús. Al verlo, le dijeron: “Rabbí, ¿cuándo has llegado aquí?” Jesús les respondió: “En verdad, en verdad os digo: vosotros me buscáis, no porque habéis visto señales, sino porque habéis comido de los panes y os habéis saciado (Jn 6, 25-26). Con su respuesta el Señor corrige la falta de rectitud de intención que les movía a seguirle, y de esta forma, los prepara para que puedan entender el llamado Discurso del Pan de Vida.

Cristo hace referencia a dos clases de alimentos: el perecedero y el que permanece para la vida eterna. El primero -el alimento corporal- sirve para la vida de este mundo; el segundo -el espiritual- sostiene y desarrolla la vida sobrenatural, que continúa para siempre en el Cielo. Este alimento, que sólo Dios puede darnos, consiste principalmente en el don de la fe y la gracia santificante. Incluso, por infinito amor divino, en la Sagrada Eucaristía se nos da como alimento del alma el mismo autor de esos dones: Jesucristo. Él es el Pan de Vida.

Jesús les dice a los judíos: Obrad, no por el alimento perecedero, sino por el alimento que permanece para vida eterna, el que os dará el Hijo del hombre, porque a éste es a quien el Padre, Dios, ha marcado con su sello (Jn 6, 27). O sea, buscad la salvación en el encuentro con Dios. Con estas palabras (Jesús) nos quiere hacer entender que más allá del hambre física el hombre lleva consigo un hambre más importante que no puede ser saciada con el alimento normal. Se trata de hambre de vida, hambre de eternidad que solamente Él puede satisfacer en cuanto es “el Pan de Vida”. Jesús no elimina la preocupación y la búsqueda del alimento cotidiano, no, no elimina la preocupación de todo esto que puede volver la vida más avanzada. Pero Jesús nos recuerda que el verdadero significado de nuestra existencia terrena está al final en la eternidad, está en el encuentro con Él. Y este encuentro nos ilumina durante todos los días de nuestra vida, también los sufrimientos y las preocupaciones, serán iluminados por la esperanza de este encuentro (Papa Francisco, Homilía).

El discurso del Señor comienza con una introducción a modo de diálogo entre Jesús y los judíos. Estos le preguntan: “¿Qué hemos de hacer para realizar las obras de Dios?” (Jn 6, 28). La respuesta a esta pregunta nos interesa. Jesús les respondió: “La obra de Dios es que creáis en quien él ha enviado” (Jn 6, 29). Hace dos mil años que Dios envió al mundo a su Hijo, el Mesías esperado no sólo por Israel, sino por toda la humanidad. ¿Y que pasó? Vino a su casa, y los suyos no lo recibieron (Jn 1, 11). ¿Quiénes eran los suyos? Esto se refiere sobre todo a Belén: el Hijo de David fue a su ciudad, pero tuvo que nacer en un establo, porque en la posada no había sitio para él. Se refiere también a Israel: el enviado vino a los suyos, pero no lo quisieron. En realidad, se refiere a toda la humanidad: Aquél por el que el mundo fue hecho, el Verbo creador primordial entra en el mundo, pero no se le escucha, no se le acoge (Benedicto XVI).

¡Qué triste! A veces estamos tan ocupados en nosotros mismos que necesitamos todo el espacio y todo el tiempo para nuestras cosas, y ya no queda nada para el otro, para el prójimo, para el pobre, para Dios. ¿Tenemos tiempo y espacio para Dios? ¿Puede entrar Él en nuestra vida? ¿Encuentra un lugar en nosotros, o tenemos ocupado todo nuestro pensamiento, nuestro quehacer, nuestra vida, con nosotros mismos?

Sigamos con el diálogo. Los judíos preguntan de nuevo a Jesús: ¿Qué señal haces para que viéndola creamos en ti? ¿Qué obra realizas? Nuestros padres comieron el maná en el desierto, según está escrito: “Pan del cielo les dio a comer” (Jn 6, 30-31). El maná fue una manifestación más de la especial providencia de Dios para con su pueblo durante su peregrinación por el desierto. Los israelitas, después de salir de Egipto, estando en el desierto tenían la necesidad perentoria de alimentarse. Al ver la escasez de alimentos, les dijeron a Moisés y Aarón: ¡Ojalá hubiéramos muerto a manos de Yavé en la tierra de Egipto cuando nos sentábamos junto a las ollas de carne, cuando comíamos pan hasta hartarnos! Vosotros nos habéis traído a este desierto para matar de hambre a toda esta asamblea (Ex 16, 3). Pero ¿cómo Dios iba a permitir que su pueblo muriera de hambre en del desierto? Si Dios se cuida de las aves del cielo, ¿cómo no va a preocuparse de los hombres que valen más que las aves? Pero Cristo nos habló de buscar en primer lugar los bienes celestiales. Buscad primero el Reino de Dios y su justicia y todo lo demás se os dará por añadidura (Mt 6, 33). La búsqueda de la santidad es lo primero que se debe intentar en esta vida. Y Cristo nos da el pan de Dios es el que baja del cielo y da la vida al mundo (Jn 6, 33).

Dios escuchó las quejas -murmuraciones- de su pueblo e hizo que todos los días apareciera en el campamento, caído del cielo, el maná. Por la mañana había una capa de rocío en torno al campamento. Y al evaporarse la capa de rocío apareció sobre el suelo del desierto una cosa menuda, como granos, parecida a la escarcha de la tierra. Cuando los israelitas la vieron, se decían unos a otros: “¿Qué es esto?” Pues no sabían lo que era. Moisés les dijo: “Este es el pan que Yavé os da por alimento” (Ex 16, 13-15). El maná era para los israelitas no sólo alivio para el hambre, sino, sobre todo, una señal de la presencia divina en un triple sentido: el Señor que los sacó del Egipto no los abandona; Él manifiesta la majestad de su gloria dominando sobre las criaturas; no los ha sacado para hacerlo morir, sino para que sigan viviendo a pesar de las dificultades.

Al pedirle una señal para que crean en Él, Jesucristo les dice: No fue Moisés quien os dio el pan del cielo; es mi Padre el que os da el verdadero pan del cielo (Jn 6, 32). Los interlocutores de Jesús sabían que el maná -aquel alimento que diariamente recogían los judíos en su caminar por el desierto- era símbolo de los bienes mesiánicos; por eso pidieron al Señor que realice un portento semejante. Pero no podían ni siquiera sospechar que el maná era figura de una gran don mesiánico sobrenatural que Cristo trae a los hombres: la Sagrada Eucaristía. Y Nuestro Señor les revela abiertamente que Él mismo es el pan que ha bajado del Cielo.

Entonces le dijeron: “Señor, danos siempre de ese pan”. Les dijo Jesús: “Yo soy el pan de la vida. El que venga a mí, no tendrá hambre, y el que crea en mí, no tendrá nunca sed” (Jn 6, 34-35). Ir a Jesús es creer en Él, porque al Señor nos acercamos por la fe. Con la imagen de la comida y la bebida expresa Jesús que Él es quien realmente sacia todas las nobles aspiraciones del hombre. ¡Qué hermosa en nuestra Fe Católica! Da solución a todas nuestras ansiedades, y aquieta el entendimiento y llena de esperanza el corazón (San Josemaría Escrivá, Camino, n. 582). También nosotros le pedimos al Señor que nos dé el Pan de Vida. Señor, son muchos los trabajos que nos agobian día a día para procurar el alimento y el bienestar corporal perecedero. Y Tú nos dice: Trabajad por el alimento que perdura, dando vida eterna. Te refieres al Pan de Vida. Y a veces qué poca importancia damos algunos días a la Eucaristía, que es el pan de Dios que baja del Cielo y da la vida al mundo. Le pedimos al Señor, con todo nuestro corazón que nos dé siempre de ese Pan, del Pan eucarístico, y que lo recibamos con toda el hambre de nuestra alma, con toda la gratitud de nuestro corazón.

Os digo esto y os conjuro en el Señor, que no viváis ya como viven los gentiles, en la vanidad de su mente (Ef 4, 17). El cristiano está llamado a la santidad. Por eso debe tener hambre de santidad y, de un modo muy especial, hambre de recibir a Cristo en la Eucaristía, alimento espiritual de su Cuerpo y de su Sangre, el Pan de Vida que le robustece para la lucha de cada día, dándole la fortaleza que necesita para entregarse generosamente a Dios y a los demás. Una santidad que está reñida por una vida disoluta y alejada de Dios, semejante a la que vivían los gentiles.

Recibir la Eucaristía es entrar en profunda comunión con Jesús. “Permaneced en mí, y yo en vosotros” (Jn 15, 4). Esta relación de íntima y recíproca “permanencia” nos permite anticipar en cierto modo el cielo en la tierra. ¿No es quizás éste el mayor anhelo del hombre? ¿No es esto lo que Dios se ha propuesto realizando en la historia su designio de salvación? Él ha puesto en el corazón del hombre el “hambre” de su Palabra, un hambre que sólo se satisfará en la plena unión con Él. Se nos da la comunión eucarística para “saciarnos” de Dios en esta tierra, a la espera de la plena satisfacción en el Cielo (San Juan Pablo II, Carta Apostólica Mane nobiscum, Domine). La Eucaristía es el alimento que nos sirve para la vida, el que nos da el mismo Jesucristo.

Yavé dijo a Moisés: “Mira, yo haré llover sobre vosotros pan del cielo; el pueblo saldrá a recoger cada día la porción diaria” (Ex 16, 4). El signo del maná -con toda la experiencia del Éxodo- contenía en sí esta dimensión: era figura de un alimento que satisface la profunda hambre de amor, de vida y de eternidad que hay en el hombre. Jesús nos da este alimento, es más, es Él mismo el pan vivo que da la vida al mundo. Su Cuerpo es verdadero alimento bajo la especie del pan; su Sangre es verdadera bebida bajo la especie del vino. No es un simple alimento con el cual saciar nuestro cuerpo, como el maná; el Cuerpo de Cristo es el pan de los últimos tiempos, capaz de dar vida, y vida eterna, porque la esencia de este pan es el Amor.

Este Pan de Vida hace que nos despojemos del hombre viejo que se corrompe siguiendo la seducción de las concupiscencias (Ef 4, 22), que renovemos el espíritu de nuestra mente y que nos revistamos del Hombre Nuevo, creado según Dios, en la justicia y santidad de la verdad (Ef 4, 24). La Eucaristía, como todo alimento, nos fortalece en la lucha contra las inclinaciones desordenadas de la concupiscencia y sus malos efectos, y nos ayuda a enfocar con visión sobrenatural todos y cada uno de los acontecimientos de nuestra vida, tal como conviene al hombre nuevo.

Jesús en la Eucaristía se hace alimento, el verdadero alimento que sustenta nuestra vida, incluso en los momentos durante los cuales la calle se vuelve dura y los obstáculos retardan nuestros pasos. Y en la Eucaristía el Señor nos hace recorrer su camino, el del servicio, el compartir, el don. Lo poco que tenemos, lo poco que somos, si se comparte se vuelve riqueza, porque la potencia de Dios, que es la del amor, baja dentro de nuestra pobreza para transformarla (Papa Francisco).

Que Santa María, mujer eucarística, nos ayude a ser almas de Eucaristía.

Domingo XXII del Tiempo Ordinario. Homilía (Ciclo B)

Ahora, Israel, escucha los preceptos y las normas que yo os enseño para que las pongáis en práctica, a fin de que viváis y entréis a tomar posesión de la tierra que os da el Señor, Dios de vuestros padres. No añadáis nada a los mandamientos que os ordeno, ni tampoco omitáis nada de ellos, sino guardad los preceptos del Señor (Dt 4, 1-2). ¿Cuáles son estos preceptos del Señor? Los Diez Mandamientos. Estos preceptos ponen de relieve los deberes esenciales y, por tanto, indirectamente, los derechos fundamentales inherentes a la persona humana. Están grabados por Dios en el corazón del hombre. Son inmutables, y su obligación vale siempre y en todas partes. Nadie puede dispensar de ellos. Su cumplimiento lleva a la vida eterna.

Hoy día existe la tendencia de reducir el Decálogo; de considerar que algunos preceptos ya no tienen vigencia; de vaciar su contenido. Por ejemplo, para algunos el 5º mandamiento sólo prohíbe matar el cuerpo, olvidándose del pecado de escándalo. Y ¿qué es el escándalo? El escándalo es la actitud o el comportamiento que induce a otro a hacer el mal. El que escandaliza se convierte en tentador de su prójimo. Atenta contra la virtud y el derecho; puede ocasionar a su hermano la muerte espiritual. El escándalo constituye una falta grave, si por acción u omisión, arrastra deliberadamente a otro a una falta grave (Catecismo de la Iglesia Católica).

El Señor ordena a su pueblo el cumplimiento de la Ley de Dios. Guardadlos y practicadlos, porque ellos son vuestra sabiduría y vuestra inteligencia a los ojos de los pueblos que, cuando tengan noticia de todos estos preceptos, dirán: “Cierto que esta gran nación es un pueblo sabio e inteligente”. Y, en efecto, ¿hay alguna nación tan grande que tenga los dioses tan cerca como lo está el Señor, nuestro Dios, siempre que le invocamos? Y ¿cuál es la gran nación cuyos preceptos y normas sean tan justos como toda esta Ley que yo os expongo hoy? (Dt 4, 6-8). La vida de Israel está configurada por el cumplimiento de la Ley, y por eso es una elocuente enseñanza para los demás pueblos. También en estos versículos podemos ver, con amplitud de horizontes, una latente misión universal del pueblo elegido que proyecta su perspectiva hacia tiempos futuros y tendrá su cumplimiento en la futura expansión de la Iglesia entre los pueblos de la tierra.

Si me amáis guardaréis mis mandamientos (Jn 14, 15). Pero, ¿cuáles son los mandamientos de Cristo? Cuando el Señor Jesús enseñaba a las muchedumbres, no dejó de confirmar la ley que el Creador había inscrito en el corazón del hombre y que luego había formulado en las tablas del Decálogo. No penséis que he venido a abolir la ley y los profetas. No he venido a abolir, sino a dar cumplimiento (Mt 5, 17). Jesús nos mostró con nueva claridad el centro unificador de las leyes divinas reveladas en el Sinaí, es decir, el amor a Dios y al prójimo: Amar (a Dios) con todo el corazón, con toda inteligencia y con todas las fuerzas, y amar al prójimo como a sí mismo vale más que todos los holocaustos y sacrificios (Mc 12, 33).

Dios ordenó que no se añadiera nada a lo que Él había puesto en las tablas dadas a Moisés. Ahora bien, en tiempos de Cristo, las prescripciones -preceptos meramente humanos- añadidas a la Ley eran una exageración. En una ocasión, los fariseos y escribas reprocharon a Jesús que sus discípulos no cumplían el precepto de lavarse las manos antes de comer. ¿Por qué tus discípulos no viven conforme a la tradición de los antepasados, sino que comen con manos impuras? (Mc 7, 5). Y una vez más Jesús salió en defensa de los suyos, a la vez que aclaraba las cosas. Por eso les respondió con una cita del profeta Isaías: Este pueblo me honra con los labios, pero su corazón está lejos de mí. En vano me rinden culto, ya que enseñan doctrinas que son preceptos de hombres (Mc 7, 6-7), añadiendo a continuación: Dejando el precepto de Dios, os aferráis a la tradición de los hombres (Mc 7, 8).

El lavarse las manos no era por meros motivos de higiene o urbanidad, sino que tenía un significado religioso de purificación. En la Ley mosaica, Dios prescribía la purificación de los sacerdotes antes de sus funciones cultuales. Pero la tradición judaica lo había ampliado a todos los israelitas para antes de todas las comidas, queriendo dar a éstas una significación religiosa que se reflejaba en las bendiciones con que daban comienzo. La purificación ritual era símbolo de la pureza moral con que hay que presentarse ante Dios; pero los fariseos se habían quedado con lo meramente exterior. Por eso Jesús restituye el genuino sentido de estos preceptos de la Ley, que tienden a enseñar la verdadera adoración a Dios.

Con su respuesta, Jesucristo desenmascaró la hipocresía revestida de legalismo. También hoy día hay gentes que, so capa de bien, cumpliendo la mera letra de los preceptos, no cumplen su espíritu; no se abren al amor de Dios y del prójimo; se endurecen en su corazón y con apariencia de honorabilidad apartan a los hombres del amino de entrega fervorosa a Dios, haciendo intolerable la virtud.

Además Nuestro Señor aprovechó aquella pregunta que le hicieron para decirles a los que le estaban oyendo: Nada hay fuera del hombre que, entrando en él, pueda contaminarle; sino lo que sale del hombre, eso es lo que contamina al hombre (Mc 7, 15). Porque de dentro, del corazón de los hombres, salen las intenciones malas: fornicaciones, robos, asesinatos, adulterios, avaricias, maldades, fraude, libertinaje, envidia, injuria, insolencia, insensatez. Todas estas perversidades salen de dentro y contaminan al hombre (Mc 7, 21-23). Con estas palabras, Jesucristo restituye la moral en toda su pureza e interioridad.

Del corazón de los hombres. Explica san Josemaría Escrivá: En el modo de expresarse los hombres, que han recogido las Sagradas Escrituras para que podamos entender así las cosas divinas, el corazón es considerado como el resumen y la fuente, la expresión y el fondo último de los pensamientos, de las palabras, de las acciones (Es Cristo que pasa, n. 164).

La bondad o malicia, la calidad moral de nuestros actos no dependen de su carácter espontáneo, instintivo. El Señor mismo nos dice que del corazón humano pueden salir acciones pecaminosas. Tal posibilidad se entiende si tenemos en cuenta que, después del pecado original, el hombre “fue mudado en peor” según el cuerpo y el alma y, por tanto, inclinado al mal.

El apóstol Santiago el Menor, en su Carta, nos dice: Desechad toda inmundicia y abundancia de mal y recibid con docilidad la Palabra sembrada en vosotros, que es capaz de salvar vuestras almas (St 1, 21). Con estas palabras nos aconseja que no dialoguemos nunca con la tentación. Tengamos el cuenta de que Jesús nos ha elegido y nos ha rescatado. Nos ha elegido por pura gracia. Estamos salvados, y el príncipe del mundo, que no quiere que nos salvemos, nos odia y hace nacer la persecución que desde los primeros tiempos de Jesús continúa hasta hoy. Pero, ¿cuál es el arma para defenderse de las seducciones del príncipe de este mundo? El arma es la misma de Jesús: la palabra de Dios, y luego la humildad y la mansedumbre. Comenta san Beda el versículo de la Carta de Santiago que hemos leído: Primero manda expurgar de vicios el cuerpo y la mente, para que quienes reciben la palabra de salvación puedan vivir con dignidad. El que antes no se aparta del mal, no puede hacer el bien.

Para poder recibir con docilidad la palabra de Dios es necesario luchar para apartar las malas inclinaciones. De lo contrario, la soberbia -engañándose con falsos motivos- se rebela contra esa palabra, que resulta un reproche continuo a una situación de pecado de la que no se quiere salir. En toda tentación la táctica del diablo es falsear la verdad de lo que Dios ha dicho, introducir la sospecha sobre las intenciones y planes divinos, y, finalmente, presentar a Dios como enemigo del hombre.

La vida de Jesús fue una lucha: Él vino para vencer el mal, para vencer al príncipe de este mundo, para vencer al demonio. Sintió en su vida las tentaciones y también las persecuciones. También nosotros cristianos somos tentados, objeto del ataque del demonio, porque el espíritu del mal no quiere nuestra santidad, no quiere el testimonio cristiano, no quiere que seamos discípulos de Jesús. La tentación del demonio tiene tres características y nosotros debemos conocerlas para no caer en la trampa. Primero, la tentación comienza levemente, pero crece, siempre crece; después, contagia a otro. Y al final, para tranquilizar el alma, se justifica (Papa Francisco).

Vemos como responde Jesús cuando fue tentado en el desierto. Él no dialoga con Satanás como había hecho Eva en el paraíso terrenal. Jesús sabe bien que con Satanás no se puede dialogar, y elige refugiarse en la palabra de Dios, y responde con la fuerza de esta palabra. Por eso, Santiago el Menor escribe: Poned por obra la Palabra y no os contentéis sólo con oírla, engañándoos a vosotros mismos (St 1, 22). La exhortación a poner por obra la palabra de Dios es frecuente en la Sagrada Escritura. El que oye estas palabras mías y no las pone en práctica es como un hombre necio que edificó su casa sobre arena (Mt 7, 26).

En el diálogo de Eva con la serpiente, el diablo miente. La Escritura atestigua la influencia nefasta de aquel a quien Jesús llama homicida desde el principio y que incluso intentó apartarlo de la misión recibida del Padre. El Hijo de Dios se manifestó para deshacer las obras del diablo. La más grave en consecuencia de estas obras ha sido la seducción mentirosa que ha inducido al hombre a desobedecer a Dios (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 394). Sólo en la observancia de la Ley de Dios está nuestra felicidad. De ahí el empeño del demonio para que quebrantemos los mandamientos.

El diablo es homicida desde el principio (…) y padre de la mentira (Jn 8, 44). Es algo que siempre debemos tener presente. Y que la Palabra de verdad (St 1, 18) está en Cristo. El Verbo de Dios es Vida y dar vida eterna; y nos ha revelado la verdad salvífica. Y el apóstol Santiago señala en su Carta algunas formas concretas de poner por obra “la palabra de verdad”, es decir, el Evangelio. La religiosidad pura e intachable ante Dios Padre es ésta: visitar a los huérfanos y a las viudas en su tribulación y guardase incontaminado de este mundo (St 1, 27).

De las viudas y de los huérfanos se habla con frecuencia en la Biblia como personas necesitadas de especial atención. Los primeros cristianos organizaban el cuidado de las viudas en las distintas comunidades que iban surgiendo, la solicitud por estas personas forma parte de las obras de misericordia -aquellas con que se socorren las necesidades corporales o espirituales de nuestro prójimo-, sobre las que Jesucristo juzgará en el Juicio universal.

“Mundo” tiene en la Carta de Santiago un sentido peyorativo de enemigo de Dios y del cristiano, frente al cual hay que estar en constante vigilancia para no dejarse contaminar por la mundanidad (vocablo que emplea el papa Francisco para expresar el espíritu mundano).

Acudamos a Santa María. Ella nos acoge como Madre buena que está pendiente de todos sus hijos. Como quiere nuestro bien nos dice lo mismo que dijo a los servidores de las bodas de Caná: Haced lo que Él os diga. Sí, Madre, nos comprometemos a hacer lo que Jesús nos diga. Y lo haremos con esperanza, confiados en las sorpresas de Dios y llenos de alegría.

Domingo XXI del Tiempo Ordinario. Homilía (Ciclo B)

En el libro de Josué se lee la decisión del pueblo elegido de permanecer fiel a Dios. Josué reunió a todas las tribus de Israel y, después de recordar a los israelitas la fidelidad de Dios que siempre cumple sus promesas, les pidió una correspondencia a esa fidelidad con estas palabras: Así que ahora reverenciad al señor, servidlo con pureza y verdad, apartaos de los dioses a los que sirvieron vuestros padres al otro lado del río y en Egipto, y servid al Señor. Si os parece mal servir al Señor, escoged hoy a quién vais a servir: a los dioses a los que sirvieron vuestros padres cuando estaban al otro lado del río o a los dioses de los amorreos en cuya tierra habitáis. Yo y mi casa serviremos al Señor (Jos 24, 14-15). El pueblo respondió: Lejos de nosotros abandonar al Señor para servir a otros dioses; porque el Señor es nuestro Dios (Jos 24, 16).

Josué advierte: Dios es santo y es un Dios celoso; no pasará por encima de vuestros delitos y de vuestros pecados. Si abandonáis al Señor y servís a dioses extranjeros, se volverá, os maltratará y os consumirá después de haberos favorecido (Jos 24, 19-20). Y el pueblo se reafirma en la decisión ya tomada: Serviremos al Señor (Jos 24, 20).

Jesucristo nos habla de dos puertas y dos sendas. Entrad por la puerta angosta. ¡Cuán ancha es la puerta y espaciosa la senda que lleva a perdición! Y son muchos los que entran por ella. ¡Cuán angosta es la puerta y estrecha la senda que lleva a la vida! Y son pocos los que dan con ella (Mt 7, 13-14).

En la vida, cada hombre debe elegir el camino que quiere seguir. La doctrina moral cristiana reconoce la específica importancia de una elección fundamental que cualifica la vida moral y que compromete la libertad a nivel radical ante Dios.

En la sinagoga de Cafarnaún Cristo promete la Eucaristía. Esta promesa está recogida en el capítulo 6 del Evangelio según san Juan. El Señor dice de sí mismo que es el pan de la vida (Jn 6, 35); Yo soy el pan bajado del cielo (Jn 6, 41). Y también afirma: Mi carne es verdadero manjar y mi sangre verdadera bebida (Jn 6, 56); El que come mi carne y bebe mi sangre, tiene vida eterna, y yo le resucitaré en el último día (Jn 6, 55). Y ocurrió que muchos de sus discípulos al oírlo, dijeron: Este modo de hablar es duro, ¿quién puede hacerle caso? (Jn 6, 61), y dejaron de seguir a Cristo. A continuación, tras la desbandada de muchos de sus discípulos, el evangelista san Juan pone por escrito la respuesta de Simón Pedro a Cristo, cuando Jesús preguntó a sus apóstoles: ¿Queréis iros vosotros también? (Jn 6, 68). Cada de nosotros le puede decir a Jesús, con las mismas palabras de san Pedro: Señor, ¿a quién iríamos? Tú tienes palabras de vida eterna, y nosotros hemos creído y sabemos que tú eres el Santo de Dios (Jn 6, 69-70).

Sólo Jesús de Nazaret, el Hijo de Dios y de María, la Palabra eterna del Padre, que nació hace dos mil años en Belén de Judá, puede satisfacer las aspiraciones más profundas del corazón humano. Toda su vida, Jesús se muestra como nuestro modelo: Él es el hombre perfecto que nos invita a ser sus discípulos y a seguirle: con su anonadamiento, nos ha dado un ejemplo que imitar; con su oración atrae a la oración; con su pobreza, llama a aceptar libremente la privación y las persecuciones (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 520).

¿A dónde iríamos? Sólo en Cristo está el verdadero bien. Él es el Mesías prometido que nos ha traído la salvación; es la Luz del mundo que disipa las tinieblas del pecado; es el Camino que conduce al Cielo; es la Verdad que nos libra del error y de la mentira; es la Vida porque sin Él la vida terrena carece de sentido; es la Resurrección que nos dice que más allá de la muerte hay vida; es el Pan de vida que alimenta el espíritu en nuestra peregrinación por esta tierra. Él, que está en el Padre y el Padre en Él, nos muestra el rostro misericordioso de Dios.

La vida del cristiano debe ser una historia admirable de fidelidad a Dios, con un amor encendido a Cristo. Es el único camino para alcanzar el Cielo. Que Dios pueda decirnos estas palabras: Me acuerdo de tu fidelidad al tiempo de tu adolescencia; de tu amor hacia mí cuando te desposé conmigo; de tu seguirme a través del desierto, tierra donde no se siembra (Jr 2, 2). La vida se acaba con la muerte: todos hemos de morir. Y después viene el Juicio, la Gloria (quizás pasando antes por el Purgatorio) o el Infierno. Para nosotros, si somos fieles, vendrá el Paraíso.

¡Duras son estas palabras! ¿Quién puede oírlas? ¡Cuántas veces decimos esto mismo! Nos parece muy exigente la doctrina del Evangelio. ¡En cuántas circunstancias, más que conformarnos dócilmente a la voluntad divina, quisiéramos que Dios realizara nuestros designios y colmara todas nuestras expectativas! ¡En cuántas ocasiones nuestra fe se muestra frágil, nuestra confianza débil y nuestra religiosidad contaminada por elementos mágicos y meramente terrenos! (Benedicto XVI).

Jesucristo nos habla de caridad, de amar al prójimo. Es fácil querer a los que nos hacen bien. Sin embargo, resulta difícil amar a los enemigos. Pero la enseñanza del Maestro, del único Maestro que tiene palabras de vida eterna, es bien clara: Dijo Jesús a sus discípulos: habéis oído que fue dicho: Amarás a tu prójimo, y aborrecerás a tu enemigo. Mas yo os digo: Amad a vuestros enemigos, haced el bien a los que os aborrecen, y rogad por los que os persiguen y calumnian, para que seáis hijos de vuestro Padre, que está en los cielos (Mt 5, 43-45).

La vida de Jesucristo en la tierra obliga a los hombres a tomar postura; o con Dios, o contra Dios. Bien claro lo dijo Nuestro Señor: El que no está conmigo, está contra mí; y el que no recoge conmigo, desparrama (Lc 11, 23).

La vida cristiana no es cómoda. El que quiera venir en pos de Mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz y sígame (Mt 16, 24). Pero no olvidemos que Cristo será nuestro cirineo, nos ayudará a llevar la cruz. Decía san Juan Pablo II: Es necesario repetir a todos que Jesucristo no prometió a los que se unen en matrimonio un paraíso terrenal, sino su ayuda para superar las dificultades y alcanzar una alegría más grande. Es necesario repetir que Jesucristo concede a los esposos cristianos la fuerza de la fidelidad y los hace capaces de resistir la tentación de la separación, hoy tan difundida y seductora (Discurso 3.VIII.1994).

Si uno quiere ser buen cristiano no le queda otro remedio que ir contra corriente, especialmente en nuestros días, en esta sociedad hedonista de Occidente, que no admite las exigencias de la moral cristiana y que es “alérgica” a todo lo que proceda del Magisterio de la Iglesia, especialmente si se trata de la doctrina sobre el matrimonio (uno e indisoluble, y siempre entre personas de distintos sexos); sobre el valor de toda vida humana (derecho de todo ser humano a la vida, ya esté en la fase embrionaria, ya sea un feto, ya sea un anciano o un enfermo en estado vegetativo; sobre la sexualidad (encíclica Humanae vitae -anticonceptivos-, ilicitud de las relaciones prematrimoniales, homosexualidad).

Pero vivir nuestra fe como relación de amor con Cristo significa también estar dispuestos a renunciar a todo lo que constituye la negación de su amor. Por eso dijo Jesús a sus discípulos -y a todos nosotros-: Si me amáis guardaréis mis mandamientos (Jn 14, 15). Simón Pedro y los demás apóstoles amaban a Jesucristo. Por eso le seguían. Nosotros seguimos al Señor porque le amamos. Y este amor se manifiesta en el cumplimiento de la Ley de Dios, del Decálogo. Pero, ¿cuáles son los mandamientos de Cristo? Cuando el Señor Jesús enseñaba a las muchedumbres, no dejó de confirmar la ley que el Creador había inscrito en el corazón del hombre y que luego había formulado en las tablas del Decálogo. No penséis que he venido a abolir la ley y los profetas. No he venido a abolir, sino a dar cumplimiento (Mt 5, 17). Jesús nos mostró con nueva claridad las leyes divinas reveladas en el Sinaí, es decir, el amor a Dios y al prójimo: Amar (a Dios) con todo el corazón, con toda inteligencia y con todas las fuerzas, y amar al prójimo como a sí mismo vale más que todos los holocaustos y sacrificios (Mc 12, 33).

Nos decía el papa Benedicto XVI: Si confiamos en Cristo no perdemos nada, sino que lo ganamos todo. En sus manos nuestra vida adquiere su verdadero sentido. El amor a Cristo lo debemos expresar con la voluntad de sintonizar nuestra vida con los pensamientos y los sentimientos de su Corazón.

Pongamos nuestra confianza en Dios, que nos pide un abandono confiado en sus manos. Sólo en el Evangelio de Jesús está la salvación esperada y deseada. Puesto que no existe debajo del cielo otro nombre, dado a los hombres, en el cual hayamos de ser salvados (Hch 4, 12). En el Evangelio nos habla Dios. Escuchemos a Cristo y obedezcamos su voz: éste es el camino real, el único que conduce a la plenitud de la alegría y del amor.

Las palabras que yo os he hablado son espíritu y son vida (Jn 6, 64). Cristo habla a los hombres como amigo, movido por su gran amor, y les ofrece su compañía. Vive su vocación cristiana quien acepta este ofrecimiento, quien se entrega a Cristo, quien le ofrece la propia vida, porque considera al Señor como el mejor Amigo, el ser más querido, Aquél por quien vale la pena sacrificar cualquier plan, cualquier ambición.

La senda que hemos de recorrer la ha trazado Nuestro Señor durante su vida terrena. Estamos llamados a caminar por ese sendero marcado por las huellas de Cristo. Somos conscientes de que seguir a Jesucristo implica muchas veces ir contra corriente, como ya se ha dicho, exigiéndonos un testimonio valiente en una sociedad que a menudo vive de espaldas a Dios. ¿Quién irá de buena gana por un camino de rosas y flores si va a parar a la muerte, y quién rehusará un camino áspero y dificultoso si va a parar a la vida? (San Juan Crisóstomo). Siempre vale la pena ser fiel a Cristo. Dios no se deja ganar en generosidad.

Debemos seguir a Cristo. Si seguimos a Cristo y llevamos a los demás hombres tras de Él, entonces el camino de nuestra vida terrena estará lleno de paz aun en medio de las tempestades. Si perseveramos en nuestro camino terreno en pos de Cristo, en la eternidad gozaremos de su misma felicidad. Vale la pena dar todo, renunciar a todo, incluso a la vida, para merecer ser contado entre los amigos de Cristo. Vale la pena.

Santa María, Madre de Dios, tú has dado al mundo la verdadera luz, Jesús, tu Hijo, el Hijo de Dios. Te has entregado por completo a la llamada de Dios y te has convertido así en fuente de la bondad que mana de Él. Muestra a Jesús. Guíanos hacia Él. Enséñanos a conocerlo y amarlo, para que también nosotros podamos llegar a ser capaces de un verdadero amor y ser fuentes de agua viva en medio de un mundo sediento (Benedicto XVI, Encíclica Deus caritas est).

Domingo XX del Tiempo Ordinario. Homilía (Ciclo B)

La Sabiduría ha edificado una casa, ha labrado sus siete columnas, ha hecho su matanza, ha mezclado su vino, ha preparado también su mesa. Ha mandado a sus criadas y anuncia en lo alto de las colinas de la ciudad: “Si alguno es simple, véngase acá”. Y al falto de juicio le dice: “Venid y comed de mi pan, bebed del vino que he mezclado; dejaos de simplezas y viviréis, y dirigíos por los caminos de la inteligencia” (Pr 9, 1-6). Con estas palabras, el autor del libro de los Proverbios, que no es otro que Dios, nos invita a participar del banquete que ha preparado en su casa. La comida tiene un significado simbólico: es la enseñanza de los sabios, y la asimila quien la escucha. Fortalecidos por esta comida podremos avanzar por los caminos de la inteligencia. Y es la doctrina de Cristo la que nos permite andar por la senda del discernimiento.

También este alimento que nos ha preparado la Sabiduría prefigura el verdadero Pan de Vida que Dios entregará a los hombres, y que es el Cuerpo del Verbo Encarnado, de la propia Sabiduría hecha hombre. Un antiguo autor cristiano pone esas palabras en boca de Jesucristo: Tanto a los faltos de obras de fe como a los que tienen el deseo de una vida más perfecta, dice: “Venid, comed mi cuerpo, que es el pan que os alimenta y fortalece; bebed mi sangre, que es el vino de la doctrina celestial que os deleita y os diviniza; porque he mezclado de manera admirable mi sangre con la divinidad, para vuestra salvación” (Procopio de Gaza, In librum Proverbiorum 9).

La casa de la Sabiduría está asentada en siete columnas. Estas “siete columnas” podrían aludir a su perfección, pues el siete goza del simbolismo de la cifra perfecta. Esta perfección de la Sabiduría es enseñada en la Escritura, y si asimilamos nos hace tener la conciencia bien formada. Decía san Juan Pablo II: El camino del amor según Cristo es un camino difícil, exigente. Hay que ser realistas. Los que no os hablan más que de espontaneidad, de facilidad, os engañan. Sed hombres y mujeres de conciencia. No sofoquéis vuestra conciencia, no la deforméis; llamad con su nombre el bien y el mal.

La conciencia, para ser norma válida del actuar humano, tiene que ser recta; es decir, verdadera y segura de sí misma, y no dudosa ni culpablemente errónea. De ahí la necesidad de formar bien la conciencia, de conocer la moral cristiana. Quizá en nuestra vida, por debilidad, podremos hacer cosas mal hechas. Pero las ideas claras, la conciencia clara: lo que no podemos es hacer cosas malas y decir que son cosas santas (San Josemaría Escrivá).

San Pablo nos aconseja el examen de conciencia y la sensatez. Así pues, mirad atentamente cómo vivís; que no sea como imprudentes, sino como prudentes; aprovechando bien el tiempo presente, porque los días son malos. Por tanto, no seáis insensatos, sino comprended cuál es la voluntad de Señor (Ef 5, 15-17). Nuestra vida de cristiano debe caracterizarse por la sensatez. Y en eso nos diferenciamos por quienes se empeñan en vivir de espaldas a Dios, que son necios. La sensatez es consecuencia en el hombre del conocimiento de la voluntad de Dios y de la plena identificación con los planes divinos. De esta coherencia entre la fe y la vida procede la verdadera sabiduría, la que nos hacer discernir el bien del mal y la virtud del vicio.

Consecuencia de la sensatez es aprovechar bien el tiempo. Con razón se llama tiempo perdido el que se gasta sin servicio de Dios ni provecho del prójimo. Hay personas que ocupan su tiempo en perseguir bienes materiales: un mejor puesto de trabajo, la segunda casa, unos viajes, unos capitales…, y no dedican tiempo en buscar otros bienes más importante: la vida de familia, la amistad, la cultura… y, sobre todo, el trato con Dios. Alguien dijo que se compra la felicidad eterna con la moneda del tiempo. Con visión cristiana, aprovechar el tiempo quiere decir aprovechar todos los momentos y circunstancias para dar gloria Dios.

No os embriaguéis con vino, que es causa de libertinaje; llenaos más bien del Espíritu (Ef 5, 18). En el ambiente pagano en tiempos de san Pablo, que por desgracia también tan frecuentemente se está viviendo en nuestros días, no faltaban quienes pensaban que la alegría y la felicidad se podían alcanzar con el recurso a medios exclusivamente materiales. Nada más falso. El Apóstol de los gentiles dijo a los cristianos de Éfeso -y nos enseña a los cristianos de todas las épocas- donde está la raíz de la verdadera felicidad: en la docilidad a la acción del Espíritu Santo en las almas. Con ello se logra una paz y una alegría que el mundo no puede dar. Por tanto, no dejemos que la cultura del placer adormezca nuestra conciencia. Vivo mejor con la conciencia tranquila que con una buena cuenta corriente, declaró un famoso actor de cine. Y san Gregorio Magno: No hay almohada más agradable y blanda para descansar que la buena conciencia. Esas frases son muestras claras de sabiduría.

La verdadera sabiduría nos hace vivir la virtud de la templanza por la que refrenamos los deseos desordenados de los placeres sensibles y usamos con moderación de los bienes temporales. Esta virtud es expresión del señorío que el hombre tiene sobre los bienes creados por Dios, y su ejercicio es imprescindible para mantener el sentido sobrenatural en la vida.

Recitad entre vosotros salmos, himnos y cánticos inspirados; cantad y salmodiad en vuestro corazón al Señor, dando gracias continuamente y por todo a Dios Padre, en nombre de nuestro Señor Jesucristo (Ef 5, 19-20). Cuando el astronauta Neil Armstrong, el primero hombre que llegó a la luna, dijo al pisar la superficie de nuestro satélite: Quisiera decir a todos los que me escuchan que hagan una pausa en su mente y, considerando todo lo que ha ocurrido en los últimos minutos, den gracias a Dios cada uno a su manera. Todo hombre -especialmente el cristiano- debe dar gracias a Dios por los dones recibidos, sabiendo que todas las cosas cooperan para el bien de los que aman a Dios (Rm 8, 28).

No hay circunstancia alguna de la vida que escape a la providencia divina. Él permite junto con las alegrías y las penas, tanto los éxitos como los fracasos. De ahí que un cristiano consecuente con su fe, todo se convierte en éxito, incluso aquello que humanamente puede parecer negativo y le hace sufrir, porque si lo considera con visión sobrenatural y lo afronta con amor a la Cruz de Cristo, proporciona paz y alegría a la vez que es fuente de méritos para el Cielo. Y saber esto también es señal de sabiduría.

Una forma de expresar ese agradecimiento a Dios está en la liturgia cristiana. Ya desde los comienzos de la Iglesia los fieles, por medio de salmos, himnos y cánticos espirituales, manifiestan su gratitud a Dios. En las ceremonias litúrgicas de la Iglesia , los cánticos son manifestaciones de júbilo ante las grandezas de Dios y expresión de agradecimiento por los bienes recibidos.

Entre los bienes recibidos está el Pan de Vida. Yo soy el pan vivo, bajado del cielo. Si uno come de este pan, vivirá para siempre; y el pan que yo le voy a dar, es mi carne por la vida del mundo (Jn 6, 51). Los que están escuchando el discurso eucarístico de Jesús en la sinagoga de Cafarnaún, entienden perfectamente el sentido propio y directo de las palabras del Señor; pero no creen que tal afirmación pueda ser verdad. Discutían entre sí los judíos y decían: “¿Cómo puede éste darnos a comer su carne?” (Jn 6, 52). Cristo no hablaba en sentido figurado o simbólico, si así lo hubiera hecho, a sus oyentes no les hubiera causado tan gran extrañeza ni se hubiera producido la discusión.

Nuestro Señor, al ver la incredulidad de aquellos hombres, insiste de nuevo en su afirmación confirmando lo ya dicho: El que come mi carne y bebe mi sangre, tiene vida eterna, y yo le resucitaré el último día. Porque mi carne es verdadera comida y mi sangre verdadera bebida. El que come mi carne y bebe mi sangre, permanece en mí, y yo en él (Jn 6, 54-56). Además reitera con gran fuerza la necesidad de recibirle en la Eucaristía para alcanzar la vida eterna: Si no coméis la carne del Hijo del Hombre y no bebéis su sangre, no tendréis vida en vosotros (Jn 6, 53). El Cuerpo y la Sangre del Señor son prenda de vida eterna y garantía de la resurrección de nuestros cuerpos.

Así como el alimento corporal es necesario para la vida terrena, la Comunión es necesaria para mantener la vida del alma. Comulgar es entrar en comunión con la persona del Señor vivo. La comunión es realmente un encuentro entre dos personas, es un dejarse penetrar por la vida de quien es el Señor, de quien es Creador y Redentor. El objetivo de la comunión es la asimilación de la vida de quien comulga con la de Cristo, su transformación y configuración con quien es Amor vivo. Por esto la Iglesia exhorta a sus fieles a que reciban frecuentemente el sacramento de la Eucaristía.

El efecto más importante que se produce en la persona que comulga es la unión íntima con Jesucristo. El mismo nombre de Comunión indica esta participación unitiva en la misma Vida del Señor. En los demás sacramentos se nos da la gracia; en la Eucaristía recibimos al Autor de la gracia. Participando realmente del Cuerpo del Señor en la fracción del pan eucarístico, somo elevados a una comunión con Él y entre nosotros. “Porque el pan es uno, somos muchos un solo cuerpo, pues todos participamos de un único pan (1 Co 10, 17) (Concilio Vaticano II, Constitución Lumen gentium, n. 7).

He aquí una oración del papa san Juan XXIII: Oh, Jesús, único “pan verdadero” y alimento sustancial de las almas, congrega a todos los pueblos en torno a tu mesa que es divina realidad en la tierra, prenda de favores celestes, seguridad de justo entendimiento entre las gentes y de pacíficas competiciones por el verdadero progreso de la civilización. Nutridos por Ti y de Ti, oh Jesús, los hombres serán fuertes en la fe, dichosos en la esperanza, activos en las múltiples aplicaciones de la caridad. Las voluntades sabrán superar las insidias del mal, las tentaciones del egoísmo.

Termina Jesús el Discurso del Pan de Vida, también conocido como Discurso eucarístico o Promesa de la eucaristía, diciendo: Éste es el pan bajado del cielo; no como el que comieron vuestros padres, y murieron; el que coma este pan vivirá para siempre (Jn 6, 58). Jesús compara el verdadero Pan de Vida, su propio Cuerpo, con el maná, con el que Dios había alimentado a los hebreos diariamente durante cuarenta años en el desierto. Así, hace una invitación a alimentar frecuentemente nuestra alma con el manjar de su Cuerpo.

Invocamos a Santa María como Asiento de la Sabiduría. Ella es mujer “eucarística”. ¿Cómo imaginar los sentimientos de María al escuchar de la boca de Pedro, Juan, Santiago y los otros Apóstoles, las palabras de la Última Cena: “éste es mi cuerpo que es entregado por vosotros?” Aquel cuerpo entregado como sacrificio y presente en los signos sacramentales, ¡era el mismo cuerpo concebido en su seno! Recibir la Eucaristía debía significar para María como si acogiera de nuevo en su seno el corazón que había latido al unísono con el suyo y revivir lo que había experimentado en primera persona al pie de la Cruz (San Juan Pablo II, Encíclica Ecclesia de Eucharistia n. 56). Le pedimos a la Virgen, en continuidad con su fe en el Misterio eucarístico, que creamos firmemente que el mismo Jesús, Hijo de Dios e Hijo de María, se hace presente con todo su ser humano-divino en las especies del pan y del vino, y que cuando comulguemos seamos coherentes con esa creencia.

Solemnidad de la Asunción de la Virgen María. Homilía (Ciclo B)

Era el Año Santo de 1950 cuando el Pío XII, en la solemnidad de Todos los Santos, proclamó el cuarto dogma mariano con estas palabras: La Inmaculada Madre de Dios, siempre Virgen María, cumplido el curso de su vida terrena, fue asunta en cuerpo y alma a la gloria celestial (Munificentissimus Deus). Esta verdad de fe era conocida por la Tradición, afirmada por los Padres de la Iglesia, y era sobre todo un aspecto relevante del culto tributado a la Madre de Cristo; y fue proclamada para honor del Hijo, para glorificación de la Madre y para alegría de toda la Iglesia. En la definición dogmática están los cuatro dogmas marianos: Maternidad Divina, Inmaculada Concepción, Virginidad Perpetua y Asunción al Cielo.

La Asunción al cielo, en alma y cuerpo, es un privilegio divino dado a la Santa Madre de Dios por su particular unión con Jesús. Se trata de una unión corporal y espiritual, iniciada desde la Anunciación y madurada en toda la vida de María a través de su participación singular en el misterio de su Hijo. María siempre iba con el Hijo: fue su primera discípula. La existencia de la Virgen se desarrolló como la de una mujer común de su tiempo: rezaba, gestionaba la familia y la casa, frecuentaba la sinagoga… Pero cada acción diaria la hacía siempre en unión total con Jesús. Y en el Calvario esta unión alcanzó la cumbre en el amor, en la compasión y en el sufrimiento del corazón. Por eso Dios le dio una participación plena en la resurrección de Jesús. El cuerpo de la Santa Madre fue preservado de la corrupción, como el del Hijo. Estamos llamados a servir y glorificar a Dios con todo nuestro ser, alma y cuerpo. Servir a Dios solamente con el cuerpo sería una acción de esclavos. En el año 220, san Ireneo afirmaba que “la gloria de Dios es el hombre vivo, y la vida del hombre consiste en la visión de Dios”. Si hubiéramos vivido así, en el alegre servicio a Dios, que se expresa también en un generoso servicio a los hermanos, nuestro destino, en el día de la resurrección, será como el de nuestra Madre celestial. Entonces se nos dará la oportunidad de realizar plenamente la exhortación del apóstol Pablo: “Glorificad a Dios en vuestro cuerpo” (1 Co 6, 20) (Papa Francisco, Homilía 15.VIII.2018).

El episodio evangélico de la Misa de la Solemnidad de la Asunción nos presenta a María, que, inmediatamente después de haber concebido a Jesús por obra del Espíritu Santo, va a visitar a su prima Isabel, que en su ancianidad milagrosamente espera un hijo. En el saludo, Isabel es consciente del gran bien que supone la presencia de María y del Hijo que Ésta lleva en su seno, y exclama: ¿De dónde a mí tanto bien, que venga la madre de mi Señor a visitarme? (Lc 1, 43), y adelantándose al coro de todas las generaciones venideras, proclama bienaventurada a Santa María y alaba su fe. Quien preguntare ¿por qué María es glorificada con la asunción al cielo? San Lucas ve la raíz de la exaltación y de la alabanza a María en la expresión de Isabel: Bienaventurada la que ha creído que se cumplirían las cosas que le fueron dichas de parte del Señor (Lc 1, 45). No ha habido fe como la de Santa María; en Ella tenemos el modelo más acabado de cuáles han de ser las disposiciones de la criatura ante su Creador: sumisión completa, acatamiento pleno. Con su fe, María es el instrumento escogido por el Señor para llevar a cabo la Redención como Mediadora universal de todas las gracias. Ella está asociada a la obra redentora de su Hijo.

Después oír las palabras de Isabel, la Virgen pronunció el cántico Magníficat. Desde ahora me felicitarán todas la generaciones (Lc 1, 48). Es una profecía para toda la historia de la Iglesia. Esta expresión del Magníficat, referida por san Lucas, indica que la alabanza a la Virgen santa, Madre de Dios, íntimamente unida a Cristo su Hijo, concierne a la Iglesia de todos los tiempos y de todos los lugares. Y la anotación de estas palabras por parte del evangelista presupone que la glorificación de María ya estaba presente en el tiempo de san Lucas y que él la consideraba un deber y un compromiso de la comunidad cristiana para todas las generaciones. Las palabras de María dicen que es un deber de la Iglesia recordar la grandeza de la Virgen por la fe. Así pues, esta solemnidad es una invitación a alabar a Dios, a contemplar la grandeza de la Virgen, porque es en el rostro de los suyos donde conocemos quién es Dios (Benedicto XVI, Homilía 15.VIII.2012).

El Magníficat es el cántico de Santa María a Dios; es un himno de fe y de amor, que brota del corazón de la Virgen. Ella vivió con fidelidad ejemplar y custodió en lo más íntimo de su corazón las palabras de Dios a su pueblo, las promesas hechas a Abrahán, Isaac y Jacob, convirtiéndolas en el contenido de su oración. En el Magníficat la Palabra de Dios se convirtió en la palabra de María, en lámpara de su camino, y la dispuso a acoger también en su seno al Verbo de Dios hecho carne (Benedicto XVI, Homilía 15.VIII.2012). Decía san Josemaría Escrivá comentando este canto: Nuestra oración puede acompañar e imitar esa oración de María. Como ella, sentiremos el deseo de cantar, de proclamar las maravillas de Dios, para que la humanidad entera y los seres todos participen de la felicidad nuestra (Es Cristo que pasa n. 144).

En la primera lectura, tomada del Apocalipsis, se lee: Se abrió en el cielo el santuario de Dios, y apareció en su santuario el arca de su alianza (Ap 11, 19). En las letanías lauretanas, en una de las invocaciones nos dirigimos a la Virgen llamándola Arca de la Alianza. En el Antiguo Testamento, el Arca era símbolo de la presencia de Dios en medio de su pueblo. El Arca era un mueble donde se guardaban las dos tablas de la Ley que Dios entregó a Moisés en el monte Sinaí. Y así se manifestaba la voluntad de Dios de mantener la Alianza con el pueblo elegido. Pero en el Nuevo Testamento, la verdadera arca de la Alianza es una persona viva y concreta: la Virgen María. Ya Dios no habita simbólicamente en un mueble, sino realmente en una persona, en un corazón, en María que llevó en su seno al Hijo eterno de Dios hecho hombre, Jesús nuestro Señor y Salvador. Con su fiat (hágase) en el momento de la Anunciación acogió en sí a Jesús, a Aquél que es la Alianza nueva y eterna. Con razón, por consiguiente, la piedad cristiana, se dirige a ella invocándola como Foederis Arca, “Arca de la alianza”, arca de la presencia de Dios, arca de la alianza de amor que Dios quiso establecer de modo definitivo con toda la humanidad en Cristo.

También el pasaje del Apocalipsis de la Misa de la Asunción quiere indicar otro aspecto importante de la realidad de María. Ella, arca viviente de la alianza, tiene un extraordinario destino de gloria, porque está tan íntimamente unida a su Hijo, a quien acogió en la fe y engendró en la carne, que comparte plenamente su gloria del cielo. Es lo que sugieren los siguientes versículos: Un gran signo apareció en el cielo: una mujer vestida del sol, y la luna bajo sus pies y una corona de doce estrellas sobre su cabeza; y está encinta (…). Y dio a luz un hijo varón, el que ha de pastorear a todas las naciones (12, 1-2.5). La grandeza de María, Madre de Dios, llena de gracia, plenamente dócil a la acción del Espíritu Santo, vive ya en el cielo de Dios con todo su ser, alma y cuerpo.

El gran signo aparecido en el cielo es la mujer. Ésta, en primer lugar, es figura de la Virgen María. Vestida de sol, es decir, totalmente llena de Dios, rodeada y penetrada por la luz divina. Coronada con doce estrellas, como Reina de los Doce Apóstoles y de los ángeles y santos del Cielo. La luna por pedestal. Bajo los pies de la mujer está la luna, que es imagen de la muerte y de la mortalidad. María superó la muerte; está totalmente vestida de vida, elevada en cuerpo y alma a la gloria de Dios (Benedicto XVI).

San Juan Damasceno refiriéndose a la Asunción de la Virgen al Cielo dijo: Hoy la santa y única Virgen es llevada al templo celestial… Hoy el arca sagrada y animada por el Dios vivo, (el arca) que llevó en su seno a su propio Artífice, descansa en el templo del Señor, no construido por mano de hombre (…) Era preciso que aquella que había acogido en su seno al Logos divino, se trasladara a los tabernáculos de su Hijo… Era preciso que la Esposa que el Padre se había elegido habitara en la estancia nupcial del cielo (Homilía II sobre la Dormición).

Hoy la Virgen María sube a los cielos; porque reina con Cristo para siempre (Antífona del “Magnificat”). La fiesta de la Asunción de la Virgen es para nosotros un signo de segura esperanza y de consolación, y nos impulsa a mirar al Cielo, morada eterna y meta de nuestra vida. Santa María está en alma y cuerpo en el Cielo y allí nos espera. Mientras que estamos en camino, la Virgen nos ayuda a vencer los ataques infernales que padecemos. Añade san Juan en su relato de la visión de la mujer vestida de sol que está encinta, y grita con los dolores del parto y con el tormento de dar a luz. Y apareció otra señal en el cielo: un gran Dragón rojo (Ap 12, 2-3), y que el dragón estaba dispuesto a tragarse al niño en cuanto naciera. El dragón, fortísimo y que parece invencible, personifica el poder del infierno que, a lo largo de la historia, en formas diversas, ha combatido a la Iglesia y a los cristianos. Sin embargo, al final venció la mujer inerme; venció el amor de Dios.

Hoy día, el dragón tiene la forma de ideologías materialistas, que nos dicen: es absurdo pensar en Dios; es absurdo cumplir los mandamientos de Dios; es algo del pasado. Lo único que importa es vivir la vida para sí mismo, tomar en este breve momento de la vida todo lo que nos es posible tomar. Sólo importa el consumo, el egoísmo, la diversión. Ésta es la vida. Así debemos vivir (Benedicto XVI). Pero también ahora sigue siendo Dios más fuerte que el dragón, y la verdad derrotará las falsas ideologías basadas en el odio.

Con la muerte, el alma de los justos separada del cuerpo es recibida en el Cielo, mientras el cuerpo se corrompe aquí en la tierra. Pero en el Cielo también hay un lugar para el cuerpo. Hasta el final de los tiempos sólo están en Cielo las almas de los santos, con la excepción de la Virgen que está también con su cuerpo. Pero con la resurrección de los muertos, también los cuerpos de los bienaventurados estarán en el Cielo, hay sitio para ellos. El último enemigo en ser destruido será la muerte (1 Co 15, 26). La muerte no tiene la última palabra, ha sido vencida por Cristo.

La resurrección de los muertos es una verdad de fe. Claramente lo afirma san Pablo: Cristo resucitó de entre los muertos como primicias de los que durmieron. Porque, habiendo venido por un hombre la muerte, también por un hombre viene la resurrección de los muertos. Pues del mismo modo que en Adán mueren todos, así también todos revivirán en Cristo (1 Co 15, 20-22). Por esto la fiesta de la Asunción es un día de alegría. Dios ha vencido. El amor ha vencido. Ha vencido la vida. Se ha puesto de manifiesto que el amor es más fuerte que la muerte, que Dios tiene la verdadera fuerza, y su fuerza es bondad y amor. Y además en el Cielo tenemos una madre, Santa María, Madre de Dios pero también Madre nuestra por voluntad de Jesucristo. Ella intercede siempre por nosotros.