Archivo de la categoría: Homilía

Tiempo del Espíritu Santo

¡Queridos hermanos y hermanas! El tiempo pascual que con alegría estamos viviendo, guiados por la liturgia de la Iglesia, es por excelencia el tiempo del Espíritu Santo donado “sin medida” (cf. Jn 3, 34) de Jesús crucificado y muerto. Este tiempo de gracia se concluye con la fiesta de Pentecostés, en la que la Iglesia revive la efusión del Espíritu sobre María y los Apóstoles reunidos en oración en el Cenáculo.

¿Pero quién es el Espíritu Santo? En el Credo profesamos con fe: “Creo en el Espíritu Santo que es Señor y da la vida”. La primera verdad a la que nos unimos en el Credo es que el Espíritu Santo es Kýrios, Señor. Lo que significa que Él es verdaderamente Dios como lo son el Padre y el Hijo, objeto, por nuestra parte, del mismo acto de adoración y de glorificación que dirigimos al Padre y al Hijo. El Espíritu Santo, de hecho, es la tercera Persona de la Santísima Trinidad; es el gran don del Cristo Resucitado que abre nuestra mente y nuestro corazón a la fe en Jesús como el hijo enviado del Padre que nos guía a la amistad, a la comunión con Dios.

Pero quisiera detenerme sobre todo en el hecho de que el Espíritu Santo es la fuente inagotable de la vida de Dios en nosotros. El hombre de todos los tiempo y de todos los lugares desea una vida plena y bella, justa y buena, una vida que no sea amenazada por la muerte, sino que pueda madurar y crecer hasta su plenitud. El hombre es como un viajero que, atravesando los desiertos de la vida, tiene sed de un agua viva, efusiva y fresca, capaz de saciar profundamente su deseo profundo de luz, de amor, de belleza y de paz. ¡Todos sentimos este deseo! Y Jesús nos dona esta agua viva: esta es el Espíritu Santo, que procede del Padre y que Jesús reserva en nuestros corazones. “Yo he venido para que tengáis vida y vida en abundancia”, nos dice Jesús (Jn 10, 10).

Jesús promete a la Samaritana darle “un agua viva”, con sobreabundancia y para siempre, a todos lo que lo reconocen como el Hijo enviado por el Padre para salvarnos (cf. Jn 4, 5-26; 3-17). Jesús ha venido a darnos esta “agua viva” que es el Espíritu Santo, para que nuestra vida sea guiada por Dios, sea animada por Dios, se nutrida por Dios. Cuando nosotros decimos que el cristiano es un hombre espiritual entendemos precisamente esto: el cristiano es una persona que piensa y actúa según Dios, según el Espíritu Santo. Os hago una pregunta y nosotros, ¿pensamos según Dios? ¿Actuamos según Dios? o ¿nos dejamos guiar por tantas otras cosas que no son precisamente Dios? Cada uno de nosotros debe responder a esto en su corazón.

A este punto podemos preguntarnos: ¿por qué esta agua puede apagar nuestra sed definitivamente? Nosotros sabemos que el agua es esencial para la vida, sin este agua se muere, ésta sacia, lava, hace fecunda la tierra. En la carta a los Romanos encontramos esta expresión, escuchadla: El amor de Dios ha sido reversado en nuestros corazones por medio del Espíritu Santo que se nos ha dado (5, 5). El “agua viva”, el Espíritu Santo, Don del Resucitado que mora en nosotros, nos purifica, nos ilumina, nos renueva, nos transforma porque nos hace partícipes de la vida misma de Dios que es Amor. Por esto, el apóstol Pablo afirma que la vida del cristiano está animada por el Espíritu y de sus frutos, que son “amor, alegría, paz, paciencia, afabilidad, bondad, fidelidad, mansedumbre y dominio de sí” (Ga 5, 22-23). El Espíritu Santo nos introduce en la vida divina como “hijos en el Hijo Unigénito”. En otro momento de la Carta a los Romanos, que hemos recordado más veces, san Pablo lo sintetiza con estas palabras: “todos los que son guiados por el Espíritu de Dios son hijos de Dios. Y vosotros… recibisteis el espíritu de hijos adoptivos que nos hace exclamar ¡Abba Padre! El Espíritu mismo se une a nuestro espíritu para dar testimonio de que somos hijos de Dios. Y si somos hijos, también herederos; herederos de Dios y coherederos de Cristo, ya que sufrimos con él, para ser también con él glorificados” (Rm 8, 14-17). Éste es el don precioso que el Espíritu Santo lleva a nuestro corazones: la vida misma de Dios, vida de verdaderos hijos, una relación de confidencia, de libertad y de confianza en el amor y en la misericordia de Dios, que tiene como efecto también una mirada nueva hacia los demás, cercanos y lejanos, vistos siempre como hermanos y hermanas en Jesús para respetar y amar. El Espíritu Santo nos enseña a mirar con los ojos de Cristo, a vivir la vida como la ha vivido Cristo, a comprender la vida como la ha comprendido Cristo. Es por eso que el agua viva que es el Espíritu Santo sacia nuestra vida, porque nos dice que somos amados por Dios como hijos, que podemos amar a Dios como sus hijos y que con su gracia podemos vivir como hijos de Dios, como Jesús. Y nosotros, escuchamos al Espíritu Santo. ¿Qué nos dice el Espíritu Santo? Dios te ama, nos dice esto, Dios te ama, Dios te quiere. ¿Amamos verdaderamente a Dios y a los otros, como Jesús? Dejémonos guiar por el Espíritu Santo, dejemos que nos hable al corazón, que nos diga esto: que Dios es amor, que Él siempre nos espera, que Él es Padre y nos ama como verdadero papá, nos ama por entero. Y esto solamente lo dice el Espíritu Santo al corazón. Escuchemos al Espíritu Santo y vayamos adelante por este camino del amor, de la misericordia y del perdón. ¡Gracias! (Papa Francisco).

El Buen Pastor y los pastores de la Iglesia

El IV Domingo de Pascua, llamado “Domingo del Buen Pastor”, cada aó nos invita a redescubrir, siempre con nuevo asombro, esta definición que Jesús ha dado de sí mismo, leyéndola a la luz de su pasión, muerte y resurrección. “El buen pastor ofrece la vida por las ovejas”: estas palabras se realizan plenamente cuando Cristo, obedeciendo libremente la voluntad del Padre, se ha inmolado en la Cruz. Entonces queda completamente claro qué significa que Él es “el buen pastor”: da la vida, ha ofrecido su vida en sacrificio por nosotros. Por ti, por ti, por ti, por mí, por todos. ¡Por eso es el Buen Pastor!… Frente a este amor de Dios, nosotros experimentamos una alegría inmensa y nos abrimos al reconocimiento por lo que hemos recibido gratuitamente. Pero contemplar y dar gracias no basta. Es necesario también seguir al Buen Pastor (Papa Francisco).

Recemos por los pastores de la Iglesia, por todos los obispos, incluido el obispo de Roma, por todos los sacerdotes, por todos. Por favor, os pido que nos ayudéis: ayudarnos a ser buenos pastores. San Cesáreo de Arlés explicaba cómo el pueblo de Dios debe ayudar al pastor, y ponía este ejemplo: cuando el ternerillo tiene hambre va donde la vaca, a su madre, para tomar la leche. Pero la vaca no se la da enseguida: parece que la conserva para ella. ¿Y qué hace el ternerillo? Llama con la nariz a la teta de la vaca, para que salga la leche. ¡Qué hermosa imagen! “Así vosotros -dice este santo- debéis hacer con los pastores: llamar siempre a su puerta, a su corazón, para que os den la leche de la doctrina, la leche de la gracia, la leche de la guía”. Y os pido, por favor, que importunéis a los pastores, que molestéis a los pastores, para que os demos la leche de la gracia, de la doctrina y de la guía (Papa Francisco).

Camino de Emaús: Escritura y Eucaristía

El camino de Emaús se convierte en símbolo de nuestro camino de fe. Las Escrituras y la Eucaristía son los elementos indispensables para el encuentro con el Señor. También nosotros llegamos a menudo a la misa dominical con nuestras preocupaciones, nuestras dificultades y desilusiones. La vida a veces nos hiere y nos marchamos tristes, hacia nuestro “Emaús”, dando la espalda al proyecto de Dios. Nos alejamos de Dios. Pero nos acoge la Liturgia de la Palabra: Jesús nos explica las escrituras y vuelve a encender en nuestros corazones el calor de la fe y de la esperanza, y en la Comunión nos da fuerza. Palabra de Dios, Eucaristía. Leed cada día un pasaje del Evangelio. Los discípulos de Emaús acogieron la Palabra; compartieron la fracción del pan, y, de tristes y derrotados como se sentían, pasaron a estar alegres (Papa Francisco).

CONOCIMIENTO DE DIOS Y FE EN EL SEGUIMIENTO DE CRISTO. Homilía del Domingo X del Tiempo Ordinario (Ciclo A)

La misión de Jesús concierne a toda la humanidad, y por eso la Iglesia tiene una responsabilidad con respecto a toda la humanidad, para que reconozca a Dios, al Dios que por todos nosotros en Jesucristo se encarnó, sufrió, murió y resucitó. (Benedicto XVI, Homilía 7.V.2007). La misión principal de la Iglesia como depositaria de la Revelación divina es dar a conocer a Dios, orientar a toda la humanidad hacia el misterio de Cristo y anunciar la redención realizada por el Hijo de Dios encarnado, Cristo Jesús.

Dice el profeta Oseas: Conozcamos, apresurémonos a conocer al Señor (Os 6, 3). Conocer a Dios que es amor. Este conocimiento del amor de Dios hacia nosotros nos lleva a corresponder. Amor con amor se paga. Un amor que por nuestra parte sea fiel y duradero. Que no pueda decir Dios de nuestro amor hacia Él que es como bruma matinal, como rocío pasajero del amanecer (Os 6, 4). El rocío y la bruma matinal, aparecen con la aurora, al comienzo del día, pero son incapaces de aguantar el peso del día y del calor.

El conocimiento de Dios lleva al amor fiel. No se puede amar lo que no se conoce. De ahí la necesidad del estudio del Catecismo de la Iglesia Católica para conocer bien a Dios y las verdades reveladas por Él. Y como Dios es infinitamente bueno, el conocerle lleva consigo amarle. Se produce un círculo virtuoso. Al conocerle le amamos y porque le amamos queremos conocerle mejor.

Porque quiero amor y no sacrificios, y conocimiento de Dios, más que holocaustos (Os 6, 6). Este versículo bíblico ha tenido mucho eco en la tradición cristiana, por es expresión certera del culto interior a Dios, y porque aparece más de una vez en la boca de Nuestro Señor Jesucristo. Dios quería de los israelitas , por su propio bien, no sacrificios y holocaustos, sino fe, obediencia y justicia. Y así, por boca del profeta Oseas, les manifiesta su voluntad: “Quiero misericordia y no sacrificios; conocimiento de Dios, más que holocaustos”. Y el mismo Señor en persona les advertía: “Si comprendierais lo que significa : Quiero misericordia y no sacrificios, no condenaríais a los que no tienen culpa”, con lo cual daba testimonio a favor de los profetas, de que predicaban la verdad, y a ellos les echaba en cara su culpable ignorancia (San Ireneo, Adversus haereses).

En nuestros días hay mucha ignorancia de la doctrina católica. Ignorancia que en la mayoría de los casos es culpable. Si anhelamos conocer y amar a Dios, si deseamos que los demás le conozcan y le amen, resulta imprescindible que la clara doctrina católica informe nuestro entendimiento y nuestra voluntad. Ahora, además, ante una cultura dominante que se aparta más y más de Dios, ese deber se muestra especialmente urgente y preciso (Javier Echevarría, Carta 28.XI.2002, n. 7). El mayor enemigo de Cristo y de la Iglesia es la ignorancia, y que, por eso, tenemos la obligación de formarnos, de conocer bien la doctrina para luego transmitirla.

Cuanto más sepamos de Dios y de sus atributos, mejor. Sabemos que es la Suma Bondad Omnipotente. Jesucristo nos lo ha revelado como Padre. Creó al mundo y al hombre por amor. Por la fe conocemos a Dios. Él se ha revelado, ha hablado a los hombres como a amigos, movido por su gran amor, e invita a los hombres a la comunicación consigo. Dios se ha dado a conocer; nos ha comunicado misterios como el de la Santísima Trinidad y el de la Encarnación del Hijo. Ante Dios que revela, el hombre, sostenido por la gracia se fía plenamente de Dios y acoge su Verdad.

En la Sagrada Escritura son muchos los ejemplos de persona que destacan por su fe. Especialmente dos: Abrahán y la Virgen María. El apóstol san Pablo, en la carta que escribió a los romanos, se refiere a la fe de Abrahán. Dios le había dicho al Patriarca que sería padre de muchos pueblos, que su descendencia sería sería tan numerosa como las estrellas del cielo y las arenas del mar. Y Abrahán confió en la palabra de Dios, a pesar de que humanamente era algo imposible porque él ya era centenario y el vientre de Sara, su esposa, estéril. Ante la promesa de Dios no titubeó con incredulidad, sino que fue fortalecido por la fe, dando gloria a Dios, plenamente convencido de que Él es poderoso para cumplir lo que había prometido (Rm 4, 20-21). Por su fe, estuvo esperando contra toda esperanza (Rm 4 18).

La fe de Abrahán es modelo de la fe cristiana. Lo que a él se le prometió se ha cumplido en nosotros al creer en Cristo, el cual fue entregado por nuestros pecados y resucitado para nuestra justificación (Rm 4, 25). La fe en Cristo es plenamente suficiente para alcanzar la justificación. Jesucristo nos ha obtenido todo por medio de su muerte y su resurrección: por su muerte ha expiado nuestros pecados; su resurrección es la prueba de que Dios ha aceptado su expiación y, en consecuencia, restablecido el orden destruido por el pecado. Como dijo san Agustín: No es gran cosa creer que Cristo muriera; porque esto también lo creen los paganos y judíos y todos los inicuos; todos creen que murió. La fe de los cristianos es la Resurrección de Cristo; esto es lo que tenemos por cosa grande: el creer que resucitó.

Abrahán, apoyado en la esperanza, creyó, contra toda esperanza. No vaciló en la fe. La fe es don gratuito que Dios hace al hombre. La fe nos une con Dios. San Juan de la Cruz dice: La fe nos da y comunica al mismo Dios y Cuánto más fe el alma tiene, más unida está con Dios. Para vivir, crecer y perseverar hasta el fin en la fe debemos alimentarla con la Palabra de Dios. Agradezcamos a Dios la fe recibida, a la vez que le pedimos con humildad, con la misma oración que emplearon los Apóstoles, acrecienta nuestra fe (Lc 17, 5).

El justo vive de la fe es una afirmación de san Pablo. Ésta es la victoria que ha vencido al mundo: nuestra fe (1 Jn 5, 4). La sociedad de nuestros días padece eclipse de Dios, pero los cristianos, con el optimismo que nos da la fe y afrontando generosamente las exigencias de la fe, la haremos más humana, más cristiana, más de Dios. Todo es posible para el que cree (Mc 9, 23). Si hay dificultades, mayor es el poder de Dios.

Por la fe, Abrahán, al ser llamado por Dios, obedeció y salió para el lugar que había de recibir en herencia, y salió sin saber a dónde iba. Por la fe, peregrinó por la Tierra Prometida como en tierra extraña, habitando en tiendas (Hb 11, 8-9). Se fió de Dios. También en el Nuevo Testamento ante la llamada de Jesús hay quienes se confían en el Señor y lo deja todo para seguirle. Es el caso de los apóstoles. En lossantos evangelios se narra la vocación de san Mateo. Al marchar Jesús de allí, vio a un hombre sentado al telonio, que se llamaba Mateo, y le dijo: “Sígueme”. Él se levantó y le siguió (Mt 9, 9). Con estas pocas palabras, el mismo Mateo nos cuenta como fue su vocación, esa llamada divina, que es muestra de predilección por parte de Dios. San Mateo siguió a Cristo. Nunca jamás se arrepintió de esa decisión, de aceptar la invitación de Cristo. No pensó en lo que dejaba sino en lo que ganaba: la amistad con Dios. Ante la llamada de Dios, no se nos pide grandes cualidades, sino atención para escuchar y prontitud para corresponder. San Mateo nos da ejemplo de prontitud: Inmediatamente se levantó, dejándolo todo para seguir a Jesús que le había invitado a seguirle. Vale la pena dejar todo por Cristo. Es cuestión de fe. Al final de su vida, san Juan Pablo II dijo a una multitud de jóvenes: Os doy mi testimonio: yo fui ordenado sacerdote cuando tenía 26 años. Desde entonces han pasado 56. Al volver la mirada atrás y recordar estos años de mi vida, os puedo asegurar que vale la pena dedicarse a la causa de Cristo y, por amor a Él, consagrarse al servicio del hombre. ¡Merece la pena dar la vida por el Evangelio y por los hermanos!

Jesús llama a los que quiere, sin atenerse a las distinciones que hacían los fariseos. Llama a Mateo que es un publicano, cuyo oficio era considerado pecaminoso, ya que consistía en recaudar los impuestos de los judíos para la hacienda de los romanos. Lleno de gozo, Mateo invitó a Jesús a comer en su casa. Jesús aceptó la invitación. Estando Jesús a la mesa en casa de Mateo, muchos publicanos y pecadores vinieron a colocarse junto a él y a sus discípulos (Mt 9, 10). San Beda el Venerable hace considerar cómo con la conversión de Mateo se produjo un efecto multiplicador, idéntico al de la piedra arrojada al estanque de agua. La conversión de un solo publicano fue una muestra de penitencia y de perdón para muchos otros publicanos y pecadores. Ello fue un hermoso y bello presagio, ya que Mateo, que estaba destinado a ser apóstol y maestro de gentiles, en su primer trato con el Señor arrastró en pos de sí por el camino de la salvación a un considerable grupo de pecadores.

La presencia de publicanos y pecadores provocó el escándalo de los fariseos, que criticaron duramente la actitud de Jesús. Los fariseos, al ver esto, empezaron a decir a sus discípulos: “?Por qué vuestro maestro come con publicanos y pecadores?” (Mt 9, 11). Pero esta actitud es señal inequívoca de que Cristo no excluye a nadie de su amistad. El Señor respondió a los fariseos diciéndoles: No tienen necesidad de médico los sanos, sino los enfermos. Id y aprended que sentido tiene: “Misericordia quiero y no sacrificio”; porque no he venido a llamar a los justos sino a los pecadores (Mt 9, 12-13). La buena nueva del Evangelio consiste precisamente en que Dios ofrece su gracia al pecador.

Nuestro Señor, por medio de las palabras del profeta Oseas, identifica su conducta misericordiosa hacia los pecadores con la actitud de Dios mismo hacia ellos. Nadie debe desanimarse al verse lleno de miserias: reconocerse pecador es la única actitud justa ante Dios. Jesús ha venido a buscar a todos, pero el que se considera justo -como el fariseo de la parábola-, por ese mismo hecho, está cerrando las puertas a Dios, porque en realidad todos somos pecadores y necesitamos de la misericordia de Dios.

Santa María nos da ejemplo de fe aceptando la palabras de Dios. Por eso es bienaventurada por haber creído.

Pascua de Resurrección

En este lunes después de Pascua, el Evangelio nos presenta el pasaje de las mujeres que, al ir al sepulcro de Jesús, lo encuentran vacío y ven a un ángel que les anuncia que Jesús ha resucitado. Y mientras ellas corren para dar la noticia a los discípulos, se encuentran con el mismo Jesús que les dice: “Id a anunciar a mis hermanos que vayan a Galilea: allí me verán”. Galilea es la “periferia” donde Jesús inició su predicación, y desde allí partirá de nuevo el Evangelio de la Resurrección , para que sea anunciado a todos, y cada uno pueda encontrarse con Él, el Resucitado, presente y operante en la historia. También hoy Él está con nosotros. Éste es el anuncio que la Iglesia repite desde el primer día: ¡Cristo ha resucitado! Y, en Él, por el bautismo, también nosotros hemos resucitado, hemos pasado de la muerte a la vida, de la esclavitud del pecado a la libertad del amor (Papa Francisco).

La Resurrección del Señor. Homilía del papa Francisco en la Vigilia Pascual del año 2014

El Evangelio de la resurrección de Jesucristo comienza con el ir de las mujeres hacia el sepulcro, temprano en la mañana del día después del sábado. Se dirigen a la tumba, para honrar el cuerpo del Señor, pero la encuentran abierta y vacía. Un ángel poderoso les dice: Vosotras no temáis (Mt 28,5), y les manda llevar la noticia a los discípulos: Ha resucitado de entre los muertos y va por delante de vosotros a Galilea (Mt 28, 7). Las mujeres se marcharon a toda prisa y, durante el camino, Jesús les salió al encuentro y les dijo: No temáis: id a comunicar a mis hermanos que vayan a Galilea; allí me verán (Mt 28, 10).

Después de la muerte del Maestro, los discípulos se habían dispersado; su fe se deshizo, todo parecía que había terminado, derrumbadas las certezas, muertas las esperanzas. Pero entonces, aquel anuncio de las mujeres, aunque increíble, se presentó como un rayo de luz en la oscuridad. La noticia se difundió: Jesús ha resucitado, como había dicho… Y también el mandato de ir a Galilea; las mujeres lo habían oído por dos veces, primero del ángel, después de Jesús mismo: Que vayan a Galilea; allí me verán.

Galilea es el lugar de la primera llamada, donde todo empezó. Volver allí, volver al lugar de la primera llamada. Jesús pasó por la orilla del lago, mientras los pescadores estaban arreglando las redes. Los llamó, y ellos lo dejaron todo y lo siguieron (cf. Mt 4, 18-22).

Volver a Galilea quiere decir releer todo a partir de la cruz y de la victoria. Releer todo: la predicación, los milagros, la nueva comunidad, los entusiasmos y las defecciones, hasta la traición; releer todo a partir del final, que es un nuevo comienzo, de este acto supremo de amor.

También para cada uno de nosotros hay una “Galilea” en el comienzo del camino con Jesús. “Ir a Galilea” tiene un significado bonito, significa para nosotros redescubrir nuestro bautismo como fuente viva, sacar energías nuevas de la raíz de nuestra fe y de nuestra experiencia cristiana. Volver a Galilea significa sobre todo volver allí, a ese punto incandescente en que la gracia de Dios me tocó al comienzo del camino.

Con esta chispa puedo encender el fuego para el hoy, para cada día, y llevar calor y luz a mis hermanos y hermanas. Con esta chispa se enciende una alegría humilde, una alegría que no ofende el dolor y la desesperación, una alegría buena y serena.

En la vida del cristiano, después del bautismo, hay también una “Galilea” más existencial: la experiencia del encuentro personal con Jesucristo, que me ha llamado a seguirlo y participar en su misión. En este sentido, volver a Galilea significa custodiar en el corazón la memoria viva de esta llamada, cuando Jesús pasó por mi camino, me miró con misericordia, me pidió de seguirlo; recuperar la memoria de aquel momento en el que sus ojos se cruzaron con los míos, el momento en que me hizo sentir que me amaba.

Hoy, en esta noche, cada uno de nosotros puede preguntarse: ¿Cuál es mi Galilea? ¿Dónde está mi Galilea? ¿La recuerdo? ¿La he olvidado? He andado por caminos y senderos que me la han hecho olvidar. Señor, ayúdame: dime cuál es mi Galilea; sabes, yo quiero volver allí para encontrarte y dejarme abrazar por tu misericordia.

El evangelio de Pascua es claro: es necesario volver allí, para ver a Jesús resucitado, y convertirse en testigos de su resurrección. No es un volver atrás, no es una nostalgia. Es volver al primer amor, para recibir el fuego que Jesús ha encendido en el mundo, y llevarlo a todos, a todos los extremos de la tierra.

Galilea de los gentiles (Mt 4,15; Is 8,23): horizonte del Resucitado, horizonte de la Iglesia; deseo intenso de encuentro… ¡Pongámonos en camino!

FE Y OBRAS. Homilía del Domingo IX del Tiempo Ordinario (Ciclo A)

Dios no es un ser lejano. Desde el principio ha intervenido en la historia del hombre. Antes de la caída de nuestros primeros padres se paseaba por el jardín a la hora de la brisa (Gn 3, 8) para estar con Adán y Eva. Después del pecado, no abandonó al hombre al poder de la muerte, sino que compadecido le prometió un Salvador. La Historia de la Salvación comenzó en el paraíso terrenal. En la Biblia vemos cómo Dios se ocupa del hombre, de indicarle el camino de su felicidad. Porque quiere nuestro bien, nos habla. La Sagrada Escritura juntamente con la Tradición es parte de la Revelación. Y ésta es locutio Dei ad homines (locución de Dios a los hombres).

Lo que Dios manifiesta al hombre es un mensaje de salvación. Por eso nos dice: Grabad bien estas palabras mías en vuestro corazón y en vuestras almas (Dt 11, 18). La Iglesia insistentemente recomienda a todos los fieles la lectura asidua de la Biblia, pues la vida cristiana precisa una asidua y constante meditación de la Palabra de Dios. La lectura, el estudio y la meditación de la Palabra tienen que desembocar después en una vida de coherente adhesión a Cristo y a su doctrina (Benedicto XVI). Meditando la Escritura el cristiano es llevado a contemplar el rostro lleno de bondad de Dios, a ese Padre que Jesucristo nos ha dado a conocer. Metamos de verdad las palabras del Señor en nuestro corazón y en nuestra alma.

Es preciso adquirir intimidad con la Biblia, a tenerla en mano, para que sea la brújula que indica el camino a seguir. Leyéndola se aprende a conocer, tratar y amar a Cristo; a razonar y reflexionar delante de Él y con Él, en sus palabras y en su manera de actuar. Como baja la lluvia y la nieve del cielo, y no vuelven allá sin haber empapado y fecundado la tierra (…) así la palabra que sale de mi boca no vuelve a mí vacía, sino que hace lo que yo quiero y cumple su misión (Is 55, 10-11).

Nuestros primeros padres desobedecieron el mandato de Dios, y esto trajo la ruina para el género humano. Para que el hombre no tropiece otra vez en la misma piedra, Dios le dice: Mirad, pongo hoy ante vosotros bendición y maldición. La bendición, si escucháis los mandamientos del Señor, vuestro Dios, que os ordeno hoy. Y la maldición, si no escucháis los mandatos del Señor, vuestro Dios, y os desviáis del camino que os prescribo hoy, yendo tras dioses extraños que no conocéis. (Dt 11, 26-28). Estas palabras del Señor -por ser divinas y eternas- son siempre actuales.

Los que reciban la bendición de Dios gozarán para siempre de la gloria del Cielo. Venid, benditos de mi Padre, tomad posesión del Reino preparado para vosotros desde la creación del mundo (Mt 25, 34). Y los que no cumplan la voluntad de Dios, manifestada en sus mandamientos, serán malditos y se condenarán. Apartaos de mí, malditos, al fuego eterno preparado para el diablo y sus ángeles (Mt 25, 41).

Hay que seguir el camino que conduce a la vida eterna. ¡Qué pena da ver personas que hacen oídos sordos y no escuchan los mandatos del Señor, desviándose del buen camino. Y en vez de amar a Dios caen en la idolatría de los tiempos modernos., que consiste en divinizar lo que no es Dios. Hay idolatría desde el momento en que el hombre honra y reverencia a una criatura en lugar de Dios. Trátese de dioses o de demonios (por ejemplo, el satanismo), de poder, de placer, de la raza, de los antepasados, del estado, del dinero, etc (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 2.113). En este etcétera podemos incluir el partido político. ¡Cuántos políticos católicos votan en el Parlamento a favor de leyes contrarias a la moral cristiana por seguir la disciplina del Partido!

La vida de todo hombre es siempre una opción: entre honradez e injusticia, entre fidelidad e infidelidad, entre egoísmo y altruismo, entre bien y el mal. El ser humano tiene bien experimentado en su propia alma esa tensión espiritual entre el pecado y la gracia, entre las pasiones malas y las virtudes, entre el deseo de amar a Dios y el atractivo de las cosas mundanas.

Cada hombre debe librar una dura batalla contra el poder de las tinieblas, contra los enemigos de su alma (mundo, demonio y carne). Enzarzado en esta pelea, el hombre ha de luchar continuamente para acatar el bien, y sólo a costa de grandes esfuerzos, con la ayuda de la gracia de Dios, alcanzará la victoria, recorrerá el camino del bien.

San Pablo escribe a los cristianos de Roma: Ahora, en cambio, la justicia de Dios, atestiguada por la Ley y los Profetas, se ha manifestado con independencia de la Ley; justicia de Dios por medio de la fe en Jesucristo, para todos los que creen. Porque no hay distinción, ya que todos han pecado y están privados de la gloria de Dios y son justificados gratuitamente por su gracia, mediante la redención que está en Cristo Jesús. A él lo ha puesto Dios como propiciatorio en su sangre -mediante la fe-. Afirmamos, por tanto, que el hombre es justificado por la fe con independencia de las obras de la Ley (Rm 3, 21-25a.28). Con estas palabras el Apóstol de los gentiles enseña que la salvación ha sido ofrecida en Jesucristo y Dios justifica al hombre por la fe en Cristo.

La justicia de Dios que hace justo al hombre y que estaba anunciada en los libros del Antiguo Testamento se ha revelado ahora en Cristo y en el Evangelio. Dios Padre, fuente de todo bien, con su decreto redentor nos ha entregado a su Hijo para salvarnos; en Jesucristo, que derrama su sangre en la cruz somos hechos justos; la fe es un don divino mediante el cual Dios dispone y capacita al hombre para que acoja el don de su redención en Cristo. Además enseña san Pablo que la justicia de Dios está en conexión con la misericordia: todos los hombres son justificados por una acción gratuita de Dios. Es, pues, la fe la que justifica. Pero no la fe”sola”, sino la fe que obra por medio de la caridad.

El apóstol Santiago el Menor en su carta: Recibid con mansedumbre la palabra sembrada en vosotros, capaz de salvar vuestras almas. Pero tenéis que ponerla en práctica y no sólo escucharla engañándoos a vosotros mismos (St 1, 21-22). Hay que leer la Sagrada Escritura con humildad y docilidad para que tenga consecuencias prácticas en la conducta, porque la fe que no se traduce en obras está muerta. Y más adelante escribe: ¿De qué sirve, hermanos míos, que uno diga tener fe si no tiene obras? ¿Acaso la fe podrá salvarle? (St 2, 14). Por tanto, fe con obras.

Las obras dan la medida de la autenticidad de la vida del cristiano, poniendo en evidencia si su fe y su caridad son verdaderas. Así como del movimiento del cuerpo conocemos su vida, así también conocemos la vida de la fe por las buenas obras. Porque la vida del cuerpo es el alma, por la cual se mueve y siente, y la vida de la fe, la caridad (…). Por lo que, resfriándose la caridad, muere la fe, así como muere el cuerpo apartándose de él el alma (San Bernardo).

La doctrina cristiana llama también “fe muerta” a la de quien está en pecado mortal. El don de la fe permanece en el que no ha pecado contra ella (…). Privada de la esperanza y de la caridad, la fe no une plenamente el fiel a Cristo ni hace de él un miembro vivo de su Cuerpo (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 1.815).

No todo el que dice: “Señor, Señor”, entrará en el Reino de los Cielos, sino el que hace la voluntad de mi Padre, que está en los cielos (Mt 7, 21). La oración, para que sea auténtica, debe ir acompañada de ese esfuerzo continuado por cumplir la voluntad de Dios. Para ser santo no basta con hablar de santidad, sino que hay que poner todos los medios para alcanzarla, el reino de Dios no consiste en palabrería, sino en realidades (1 Co 4, 20).

Jesucristo insiste en que el hombre será juzgado por sus obras, que son las que pondrán de manifiesto si cumplió la voluntad de Dios en su vida terrena. Los falsos profetas eran, en el Antiguo Testamento, aquellos que, sin enviados por Dios, embaucaban al pueblo. El Señor nos previene frente a los falsos pastores de nuestra época, advirtiéndonos que no miremos las apariencias sino a las obras, y Cristo nos dio un criterio de discernimiento: si son de Dios, buenos pastores de la grey del Señor, tendrán buenos frutos.

Muchos me dirán aquel día: “Señor, Señor, ¿no hemos profetizado en tu nombre, y hemos expulsado los demonios en tu nombre, y hemos hecho prodigios en tu nombre?” Entonces yo declararé ante ellos: “Jamás os he conocido; apartaos de mí, los que obráis iniquidad” (Mt 7, 22-23). Para la entrada en el Reino de los Cielos no basta la pertenencia a la Iglesia -que sí es necesaria- sino que es preciso dar frutos buenos, cumplir la voluntad de Dios, y traducir en la práctica diaria las palabras de Jesús. Un buen cristiano lo demuestra con obras, no solamente con palabras. Muy gráficamente lo dijo fray Luis de Granada: Mira que no es ser buen cristiano solamente rezar y ayunar y oír Misa, sino que te halle Dios fiel, como a otro Job y otro Abrahán, en el tiempo de la tribulación (Guía de pecadores).

Para remarcar esta idea, Jesucristo recurre a una parábola. Las parábolas son narraciones comparativas o metafóricas, apoyadas en imágenes sencillas y populares, tomadas normalmente de la vida cotidiana, que contienen una enseñanza de tipo religioso, moral o sobrenatural.

Por tanto, todo el que oye estas palabras mías y las pone en práctica, es como un hombre prudente que edificó su casa sobre roca; y cayó la lluvia y llegaron las riadas y soplaron los vientos: irrumpieron contra aquella casa, pero no se cayó porque estaba cimentada sobre roca. Pero todo el que oye estas palabras mías y no las pone en práctica es como un hombre necio que edificó su casa sobre arena; y cayó la lluvia y legaron las riadas y soplaron los vientos: se precipitaron contra aquella casa, y se derrumbó y fue tremenda su ruina (Mt 7, 24-27). Esta parábola resume la conducta del que desea recibir la bendición divina y entrar en el Reino de Dios, ese Reino que se va haciendo presente en la Iglesia. Quien se esfuerza por llevar a la práctica las enseñanzas de Jesús, aunque vengan tribulaciones personales, o períodos de confusión en la vida de la Iglesia, como el que hubo en los años postconciliares después del Concilio Vaticano II, o se vea rodeado del error, o de un ambiente permisivo permanecerá fuerte en la fe, en el buen camino, como el hombre sabio que edifica su casa sobre roca.

Hay que construir, día a día, el edificio de una vida santa, cimentar bien nuestra vida. Por eso es necesario ver si se ponen los medios, si se construye sobre cimientos fuertes. Los medios son oración cotidiana más piadosa, mortificación perseverante, un trabajo continuo bien hecho y ofrecido a Dios, frecuencia de sacramentos, obras de misericordia…

Pidamos a Santa María que nuestra fe siempre vaya acompañada de obras.