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TRES PARÁBOLAS SOBRE EL REINO DE LOS CIELOS. Homilía del Domingo XVII del Tiempo Ordinario. (Ciclo A)

En el libro 1 Reyes se cuenta la petición que hizo Salomón al comienzo de su reinado a Dios. El Señor le dijo: Pide qué quieres que te dé (1 R 3, 5). El joven rey, consciente de su responsabilidad, respondió a Dios diciendo: Concede a tu siervo un corazón dócil para juzgar a tu pueblo y para saber discernir entre el bien y el mal. Pues, ¿quién podrá juzgar a tu pueblo siendo éste tan grande? (1 R 3, 9). La petición de Salomón fue grata a Dios porque está hecha con humildad y tiene como objeto, no cosas materiales, sino discernimiento o sabiduría para administrar justicia entre el pueblo. Es así un anticipo del orden que, según la enseñanza de Cristo, ha de tener la oración de petición.

En la carta que escribió san Clemente I a los cristianos de Corinto está esta oración: Te pedimos, Señor, que seas nuestra ayuda y defensa. Libra a aquellos de entre nosotros que se hallan en tribulación, compadécete de los humildes, levanta a los caídos, socorre a los necesitados, cura a los enfermos, haz volver a los miembros de tu pueblo que se han desviado; da alimento a los que padecen hambre, libertad a nuestros cautivos, fortaleza a los débiles, consuelo a los pusilánimes; que todos los pueblos de la tierra sepan que tú eres Dios y no hay otro, y que Jesucristo es tu siervo, y que nosotros somos tu pueblo, el rebaño que tú guías.

Cuando hay humildad en la oración y se pide son cosas buenas, como hizo Salomón, Dios concede esos bienes. Lo dice el mismo Cristo: Pedid y se os dará; buscad y hallaréis; llamad y se os abrirá; porque quien pide recibe, y quien busca halla, y al que llama se le abre (Lc 11, 9-10). Y la respuesta de Dios a la petición de Salomón es: Porque has hecho esta petición y no has pedido para ti ni muchos años, ni riquezas, ni la vida de tus enemigos, sino que pediste para ti discernimiento, mira que yo he obrado según tus palabras: te he dado un corazón sabio e inteligente; hasta tal punto que no ha habido antes otro como tú, ni existirá después (1 R 3, 11-12).

El Padrenuestro -la oración que nos enseñó Jesucristo- es un ejemplo de oración de petición. En el Padre Nuestro, las tres primera peticiones tienen por objeto la gloria del Padre: la santificación de su nombre, la venida del reino y el cumplimiento de la voluntad divina. Las otras cuatro presentan al Padre nuestros deseos: estas peticiones conciernen a nuestra vida para alimentarla o para curarla del pecado y se refieren a nuestro combate por la victoria del Bien sobre el Mal. Con el “Amén” final expresamos nuestro “fiat” respecto a las siete peticiones: “Así sea” (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 2857; n. 2865).

En la Plegaria eucarística I -también llamada Canon romano- le pedimos a Dios lo más importante: líbranos de la condenación eterna y cuéntanos entre tus elegidos, que es lo mismo que pedirle la perseverancia final. El apóstol san Pablo escribe a los cristianos de Roma: Sabemos que todas las cosas cooperan para el bien de los que aman a Dios, de los que son llamados según su designio. Porque a los que de antemano eligió también predestinó para que fuesen conformes con la imagen de su Hijo, a fin de que él sea primogénito entre muchos hermanos. Y a los que predestinó también los llamó , y a los que llamó también los justificó, y a los que justificó también los glorificó (Rm 8, 28-30).

Estas palabras inspiradas nos llenan de confianza en Dios. Estamos en este mundo en tensión entre lo que ya poseemos y somos y lo que anhelamos. Pero nada del porvenir es dejado por Dios al acaso. Elección, predestinación, llamamiento, justificación y glorificación forman parte del designio salvador de Dios. Omnia in bonum! (todo para bien). Al igual que Jesús llamó a los apóstoles, también llama a cada hombre para que le siga. Sí, cada hombre, en su sitio y en sus propias circunstancias, tiene una vocación dada por Dios y de su cumplimiento dependen muchas cosas queridas por la voluntad divina: De que tú y yo nos portemos como Dios quiere -no lo olvides- dependen muchas cosas grandes (Camino, n. 755). Cada uno de nosotros tiene que entender y creer: Dios me llama. Desde la eternidad, Dios nos ha amado como personas únicas e irrepetibles. Él nos llama y su llamada se realiza a través de la persona de Jesucristo, que nos dice, como ha dicho a los apóstoles: Ven y sígueme.

Dios quiere que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento de la verdad (1 Tm 2, 4), es decir, al conocimiento de Cristo Jesús. El seguimiento de Cristo da la felicidad al hombre. Sólo Jesús de Nazaret, el Hijo de Dios y de María, la Palabra eterna del Padre, que nació hace dos mil años en Belén de Judá, puede satisfacer las aspiraciones más profundas del corazón humano. Y además es el camino de la gloria, pues Jesús vino a buscar a todos los hombres y mujeres (llamamiento). Como buen samaritano de la familia humana, se ha acercado a la gente para sanarla de sus pecados (justificación) y de las heridas que la vida inflige, y llevarla a la casa del Padre (glorificación).

El Reino de los Cielos (la casa del Padre), es presentado por Cristo como el valor supremo, lo máximo que puede aspirar el hombre, en dos parábolas: la del tesoro escondido y la de la perla. En las dos, el Señor se refiere a la actitud del hombre para alcanzarlo. El Reino de los Cielos es como un tesoro escondido en el campo que, al encontrarlo un hombre, lo oculta y, en su alegría, va y vende cuanto tiene y compra aquel campo. Asimismo el Reino de los cielos es como un comerciante que busca perlas finas y, cuando encuentra una perla de gran valor, va y vende todo cuanto tiene y la compra (Mt 13, 44-46).

Aún siendo muy parecidas las dos parábolas, hay ligeras diferencias en la enseñanza de ambas: el tesoro significa la abundancia de dones; la perla, la belleza del Reino. El tesoro se presenta de improviso, la perla supone, en cambio, una búsqueda esforzada; pero en ambos casos el que encuentra queda inundado de un profundo gozo. Así es la fe, la vocación, la verdadera sabiduría, el deseo del cielo: a veces se presenta de modo inesperado, otras sigue a una intensa búsqueda. Sin embargo, la actitud del hombre es idéntica en ambas parábolas y está descrita con los mismos términos: va, vende cuanto tiene y compra. El desprendimiento, la generosidad, es condición indispensable para alcanzarlo. Decía santa Teresa de Jesús que es exigible esa generosidad por parte del hombre porque Dios nunca falta de ayudar a quien por Él se determina a dejarlo todo. Y san Josemaría Escrivá: Quien entiende el reino que Cristo propone advierte que vale la pena jugarse todo para conseguirlo… el reino de los cielos es una conquista difícil: nadie está seguro de alcanzarlo, pero el clamor humilde del hombre arrepentido logra que se abran sus puertas de par en par (Es Cristo que pasa, n. 180).

Quien elige a Jesús encuentra el tesoro mayor, la perla preciosa, que da valor a todo lo demás, porque Él es la Sabiduría divina encarnada que vino al mundo para que la humanidad tenga vida en abundancia. Y quien acoge la bondad, la belleza y la verdad superiores de Cristo, en quien habita toda la plenitud de Dios, entra con Él en su reino, donde los criterios de valor de este mundo ya no cuentan e incluso quedan completamente invertidos (Benedicto XVI, Homilía 6.V.2006).

Dios convoca a todos los hombres al Reino de los Cielos. Y la Iglesia hace eco de esta convocatoria. Sin embargo, hay quienes hacen oídos sordos a esta llamada, y no se muestran dignos: al final los ángeles separarán a los buenos de los malos. Y también el Señor lo explica con otra parábola: la de la red barredera. Asimismo el Reino de los Cielos es como una red barredera que se echa en el mar y recoge toda clase de cosas. cuando está llena la arrastran a la orilla, y se sientan para echar lo bueno en cestos, y lo malo tirarlo fuera. Así será el fin del mundo: saldrán los ángeles y separarán a los malos de entre los justos y los arrojarán al horno del fuego. Allí habrá llanto y rechinar de dientes (Mt 13, 47-50).

Esta parábola está referida en un ambiente de pescadores. La red barredera es larga, y al extenderla entre dos barcas y arrastrarla recoge, junto con toda clase de peces, otras muchas cosas: algas, hierbas, diversos objetos… Algunos han visto en la red a la Iglesia, y en el mar, al mundo. La enseñanza que encierra es la verdad del juicio: al final de los tiempos juzgará Dios y separará a los buenos de los malos. Es significativa la reiterada alusión del Señor a las postrimerías (o novísimos), especialmente al juicio y al infierno; con su divina pedagogía sale al paso de la facilidad del hombre para olvidarse de estas verdades. Todas estas cosas se dicen para que nadie pueda excusarse basado en su ignorancia, que únicamente cabría si se hubiera hablado con ambigüedad sobre el suplicio eterno (San Gregorio Magno).

Jesucristo habla del infierno cuando se refiere al horno de fuego donde habrá llanto y rechinar de dientes. Es de fe definida que existe el infierno. Aunque alguno se pregunte, ¿realmente existe el infierno? La respuesta es afirmativa. Sí, el infierno existe. Para negar su existencia habría que arrancar páginas enteras del Evangelio o manipular sus textos y olvidar todo lo que la Iglesia dice sobre este castigo. Cristo habló con claridad meridiana de la eternidad de las penas del infierno.

Hay que reconocer que es una verdad que resulta impopular hablar de ella, pero no se puede omitir en la catequesis. El Catecismo de la Iglesia Católica la expresa así: La enseñanza de la Iglesia afirma la existencia del infierno y su eternidad. Las almas de los que mueren en pecado mortal descienden a los infiernos inmediatamente después de su muerte y allí sufren las penas del infierno, el “fuego eterno”. Se debe exponer la fe católica sobre el infierno con completa fidelidad a la doctrina del Evangelio. Es necesario evitar cualquier tentación de atenuar esta verdad de fe.

Dios no quiere que nadie perezca, sino que todos lleguen a la conversión (2 P 3, 9). La voluntad salvífica de Dios queda manifestada tanta en la muerte amorosa en la Cruz de su Hijo como en las graves advertencias que nos hace Jesucristo de la terrible realidad del infierno. Si tu ojo derecho te escandaliza, arráncalo y arrójalo lejos de ti, porque te conviene más perder uno de tus miembros antes de que tu cuerpo entero sea arrojado al infierno (Mt 5, 29). ¿De qué le sirve al hombre ganar todo el mundo si pierde su alma? (Mt 16, 26).

Dios no predestina a nadie a ir al infierno; para que eso suceda es necesaria una aversión voluntaria a Dios (pecado mortal), y persistir en él hasta el final. La existencia del infierno nos enfrenta con la realidad de nuestra libertad: tenemos toda la gracia para vencer y ser felices aquí y en la otra vida. Pero somos libres de construir nuestra vida desoyendo a Dios, de hacernos desgraciados aquí y para siempre. Sin embargo, no hay que tener miedo a la libertad. El Señor nos ha dejado con libertad, que es un bien muy grande y el origen de muchos males, pero también es el origen de la santidad y del amor (San Josemaría Escrivá). Queremos hacer uso de nuestra libertad para amar al Señor con todo el corazón, con toda el alma y con toda la mente.

La pena principal del infierno consiste en la separación eterna de Dios en quien únicamente puede tener el hombre la vida y la felicidad para las que ha sido creado y a las que aspira (Catecismo de la Iglesia Católica). La existencia de este lugar de castigo constituye un llamamiento a la conversión. También habla de la necesidad de hacer apostolado: no podemos dejar a la gente que viva en pecado, que ponga en peligro su felicidad eterna. Seamos conscientes de que junto a nosotros pueden vivir personas que no están habitualmente en gracia de Dios. Sintamos la urgencia grave de ayudarles, de decirles la verdad de su situación.

En la Salve le pedimos a la Virgen María que nos mire con ojos misericordiosos y que ruegue por nosotros, intercediendo ante su santísimo Hijo, para que seamos dignos de alcanzar las promesas de Nuestro Señor Jesucristo. Es decir, para que nos encontremos entre los elegidos de Dios y entremos en el Reino de los Cielos que el mismo Dios nos ha preparado y prometido como premio a nuestra fidelidad al Evangelio.

LA MISERICORDIA DE DIOS; PACIENCIA Y JUSTICIA. Homilía del Domingo XVI del Tiempo Ordinario. (Ciclo A)

En el Evangelio según san Mateo se recogen las palabras de Cristo sobre el Juicio Final. Será cuando se haya acabado este mundo. Entonces vendrá de nuevo Jesucristo a la tierra, pero esta vez para ser Juez de vivos y muertos. Todos los hombres compareceremos ante Él. Nuestro Señor describe cómo será ese Juicio. Seremos juzgados según cómo hayamos vivido las obras de misericordia. El Juez es Jesucristo. No hay instancias superiores, porque fuera de ti no hay otro Dios que se cuide de todo, al que tenga que explicar que no juzgaste injustamente (Sb 12, 13). Estas palabras de la Escritura están impregnadas de la fe más recia en la bondad y poder de Dios, que es único y omnipotente y no tiene que rendir cuentas a nadie.

Dios es siempre justo. Tu poder es el principio de la justicia, y el ser Señor de todas las cosas te hace perdonar a todos. Muestras tu fuerza al que no cree en la perfección de tu poder, y a quienes la reconocen dejas convictos de su atrevimiento (Sb 12, 16-17). El omnímodo poder de Dios no le convierte en un tirano injusto, sino todo lo contrario. Además su justicia no está reñida con su misericordia y benignidad. Por eso el autor sagrado dice: Tú, dueño de la fuerza, juzgas con benignidad, y nos gobiernas con gran indulgencia; porque, cuando quieres, hacer valer tu poder. Por estos hechos enseñaste a tu pueblo que el justo ha de ser amigo del hombre, y llenaste a tus hijos de buena esperanza, pues, después de pecar, das ocasión para el arrepentimiento (Sb 12, 18-19).

Dios se muestra misericordioso con su pueblo, Israel, que cree en Él, pero también con toda la humanidad, con todos los hombres, cuyas malas obras castiga con indulgencia para darles ocasión de convertirse de su malicia, como dice el salmista: das ocasión para el arrepentimiento. Sin embargo, no dejará de castigar a los que se empecinan en su incredulidad y malicia. Cuando Jesucristo envió a sus apóstoles a que fueran por todo el mundo para predicar el Evangelio a toda criatura, les dijo: El que crea y sea bautizado se salvará; pero el que no crea se condenará (Mc 16, 16).

Por el bautismo se nos quitó el pecado original, pero en nuestra naturaleza humana está el fomes peccati o concupiscencia, que es la tendencia que el ser humano tiene hacia el mal. En el Catecismo de la Iglesia Católica leemos: No obstante, en el bautizado permanecen ciertas consecuencias temporales del pecado, como los sufrimientos, la enfermedad, la muerte o las fragilidades inherentes a la vida como las debilidades de carácter, etc., así como una inclinación al pecado que la Tradición llama concupiscencia, o metafóricamente fomes peccati: “La concupiscencia, dejada para el combate, no puede dañar a los que no la consienten y la resisten con coraje por la gracia de Jesucristo. Antes bien ‘el que legítimamente luchare, será coronado’” (2 Tm 2 ,5) (Concilio de Trento) (n. 1.264).

Porque Dios sabe que nuestra naturaleza -aunque ha sido sanada y redimida- continúa dañada por el pecado de origen, nos ha revelado por medio de san Pablo que el Espíritu acude en ayuda de nuestra flaqueza: porque no sabemos lo que debemos pedir como conviene; pero el mismo Espíritu intercede por nosotros con gemidos inefables. Pero el que sondea los corazones sabe cual es el deseo del Espíritu, porque intercede según Dios en favor de los santos (Rm 8, 26-27). Además tiene paciencia con nosotros y siempre está dispuesto a perdonar.

Hay una parábola del Señor -la de la cizaña- que hace referencia a lo que ocurrirá al fin del mundo, pero también sobre la paciencia. Esta parábola complementa a la del sembrador, aunque en sentido distinto. Y también el divino Maestro la explica. El Reino de los Cielos es como un hombre que sembró buena semilla en su campo. Pero, mientras dormían los hombres, vino su enemigo, sembró cizaña en medio del trigo y se fue (Mt13, 24-25). El campo es el mundo, dirá el Señor en la explicación. Dios nos ha dado el mundo por heredad y es misión del cristiano sembrar la buena semilla, difundir la doctrina cristiana para que muchas almas conozcan y amen a Cristo, hacerse eco a las enseñanzas de la Iglesia.

Los tiempos actuales son también tiempos recios según la expresión de santa Teresa de Jesús para referirse a la época que le tocó vivir. El enemigo -el diablo- siembra mucha cizaña, mientras dormían los hombres. Quizá haya tanta cizaña en el mundo de hoy día porque los católicos hemos estado dormidos. Ya es hora de salir del sueño. La falta de celo apostólico y de ilusión por transmitir los ideales cristianos, en bastantes católicos, es el sueño malo que permite al enemigo la siembra del error, la ausencia de valores morales, la promulgación de leyes claramente contrarias a la ley de Dios. Por tanto, no podemos estar dormidos cuando la siembra de cizaña es abundante.

Continuemos con la parábola. Cuando brotó la hierba y echó espiga, entonces apareció también la cizaña (Mt 13, 26). Está claro: el campo es fértil y la simiente es buena; el Señor del campo ha lanzado a voleo la semilla en el momento propicio y con arte consumada; además, ha organizado una vigilancia para proteger la siembra reciente. Si después aparece la cizaña, es porque no ha habido correspondencia, porque los hombres -los cristianos especialmente- se han dormido, y han permitido que el enemigo se acercara (Es Cristo que pasa, n. 123).

Al darse cuenta los hombres que debieron estar despiertos siempre de que con el trigo crecía la cizaña, se acercaron al dueño del campo y le dijeron: Señor, ¿no sembraste buena semilla en tu campo? ¿Cómo es que tiene cizaña? (Mt 13, 27). Y el amo de aquellos siervos en vez de echarles en cara su negligencia, sin perder la serenidad les dice: Algún enemigo lo habrá hecho (Mt 13, 28). Entonces aquellos hombres propusieron a su señor arrancar la cizaña. Pero éste les respondió: No, no vaya a ser que, al arrancar la cizaña, arranquéis también con ella el trigo. Dejad que crezcan juntos hasta la siega. Y al tiempo de la siega les diré a los segadores: Arrancad primero la cizaña y atadla en gavillas para quemarla; el trigo, en cambio, almacenadlo en mi granero (Mt 13, 29-30). El amo sabe que la cosecha de trigo no se ha de malograr aunque haya cizaña.

Cuando los servidores irresponsables preguntan al Señor por qué ha crecido la cizaña en su campo, la explicación salta a los ojos: inimicus homo hoc fecit, ¡ha sido el enemigo! (San Juan Crisóstomo). Por más que la cizaña amenace invadir y ahogar el buen trigo, la fe nos dice que mientras dura la vida es tiempo de conversión y de misericordia. Crecerá el trigo entre las malas hierbas, y la fe y el amor acabarán por romper la resistencia diabólica que se opone a que los hombres vuelvan a los caminos de Dios. Lo nuestro es sembrar el bien, ahogar el mal con abundancia de bien. A pesar de las sombras que oscurecen el panorama del porvenir inmediato de nuestro mundo, no nos falta la esperanza, porque Cristo es la Luz que disipa las tinieblas. El triunfo del Señor está asegurado, porque Él nunca pierde batallas. Donde abundó el pecado sobreabundó la gracia (Rm 5, 20). El bien sembrado por los católicos acabará ahogando el mal de la cizaña.

Como hizo con otras parábolas, también Jesús explica ésta a sus apóstoles. El que siembra la buena semilla es el Hijo del Hombre; el campo es el mundo; la buena semilla son los hijos del Reino; la cizaña son los hijos del Maligno. El enemigo que la sembró es el diablo; la siega es el fin del mundo; los segadores son los ángeles. Del mismo modo que se reúne la cizaña y se quema en el fuego, así será al fin del mundo. El Hijo del Hombre enviará a sus ángeles y apartarán de su Reino a todos los que causan escándalo y obran la maldad, y los arrojarán en el horno del fuego. Allí habrá llanto y rechinar de dientes. Entonces los justos brillarán como el sol en el Reino de su Padre (Mt 13, 37-43).

Partimos de esta premisa. Dios quiere que todos los hombres se salven. No predestina a ninguno al infierno. A todos les da la gracia suficiente para salvarse. Sin embargo el Señor habla de los hijos del Maligno. Viene a la memoria la respuesta que dio un chiquillo a su catequista cuando éste le preguntó: ¿Quién creó a los demonios?, y el chaval dijo: Dios los creó ángeles, pero ellos se hicieron demonios. Pues bien, el Señor siembra la palabra, y hay quienes la acogen en su corazón y viven conformes a esa palabra: son los hijos del Reino. Pero también el diablo siembra sus asechanzas -la cizaña-; y desgraciadamente obtiene fruto en algunos hombres, que son los que Jesús llama los hijos del Maligno. Y tanto los hijos del Reino como los hijos del Maligno están en este mundo.

Ya pasó en vida de Jesús, donde su predicación del Reino encontró la oposición que Satanás sembró en los enemigos del Señor. Y pasa en la vida de la Iglesia, ya que es inevitable que los hijos de Dios convivan con los hijos del Maligno: el mal y el bien coexisten y se desarrollan a lo largo de la historia. La enseñanza del divino Maestro versa sobre la paciencia: como no es fácil distinguir entre el trigo y la cizaña hasta que no aparece la espiga granada, tampoco a veces es fácil separar el bien y el mal. Pero al final, Cristo -Hijo de Dios triunfante- juzgará a todos y dará a cada uno su merecido.

Dios es remunerador: premia a los buenos y castiga a los malos. Pero esto ocurrirá en el momento de la siega -el fin del mundo-, cuando los segadores -los ángeles- reúnan la cizaña para quemarla y almacenen el trigo en granero -el Cielo-. En el Juicio Final resplandecerá la justicia de Dios, pero también su misericordia. Entre los justos habrán muchos que gracias a la paciencia de Dios no fueron castigados en el momento de cometer la maldad y, después de pecar, les dio la ocasión de arrepentirse, y aprovecharon esa gracia del arrepentimiento logrando de Dios el perdón de sus pecados.

Le pedimos a la Virgen María -en Ella sólo hubo trigo bueno- que nos ayude para que la simiente que Cristo Jesús, su Hijo, ha sembrado en nuestra alma produzca los frutos que Dios espera, frutos apostólicos y de santidad.

PALABRA ETERNA DE DIOS. Homilía del Domingo XV del Tiempo Ordinario. (Ciclo A)

Como la lluvia y la nieve descienden de los cielos y no vuelven allá, sino que riegan la tierra, la fecunda, la hacen germinar, y dan simiente al sembrador y pan a quien ha de comer, así será la palabra que sale de mi boca: no volverá a mí de vacío, sino que hará lo que Yo quiero y realizará la misión que le haya confiado (Is 55, 10-11). Con esta comparación el profeta Isaías describe la eficacia poderosa y fecunda de la palabra de Dios. Ella realiza la salvación que anuncia. Esta palabra de Dios personificada es figura de la Encarnación de Jesucristo, Palabra eterna del Padre, que desciende a la tierra para salvar a los hombres.

La Sagrada Escritura es la palabra de Dios, en cuanto escrita por inspiración del Espíritu Santo. Leyendo la Biblia se contempla y se aprende a conocer la vida de Jesucristo, pues la Sagrada Escritura desde el principio hasta el final, está impregnada de misterio de Cristo, señalado oscuramente en el Antiguo Testamento y revelado plenamente en el Nuevo. Hasta el punto que san Jerónimo afirma con vigor: Ignorar las Escrituras es ignorar a Cristo mismo.

Meditad a menudo la palabra de Dios, y dejad que el Espíritu Santo sea vuestro maestro. Descubriréis entonces que el pensar de Dios no es el de los hombres; seréis llevados a contemplar al Dios verdadero y a leer los acontecimientos de la Historia con sus ojos; gustaréis en plenitud la alegría que nace de la verdad (Benedicto XVI). La lectura de la Sagrada Escritura es oración, debe ser oración, debe brotar de la oración y llevar a la oración.

De modo especial se recomienda la lectura meditada del Nuevo Testamento, donde está el testimonio de los Apóstoles, que tuvieron la experiencia viva de Cristo, le vieron con sus ojos, le escucharon con sus oídos y le tocaron con sus manos. De modo particular está recomendada la lectura de los Santos Evangelios, que son el corazón de todas las Escrituras. Cristo es el modelo de nuestra vida, y es necesario meditar su paso en la tierra. Ojalá fuera tal tu compostura y tu conversación que todos pudieran decir al verte o al oírte hablar: éste lee la vida de Jesucristo (San Josemaría Escrivá, Camino, n. 2).

Salió el sembrador a sembrar (Mt 13, 3). Con estas palabras comienza el Señor la parábola del sembrador. El Sembrador divino arroja la simiente, que no es otra cosa que la palabra del Reino. El sembrador coge con su mano un puñado de semilla del saco que lleva a bandolera y la arroja a voleo. Y ocurre que al echar la semilla, parte cayó junto al camino y vinieron los pájaros y se la comieron. Otra parte cayó en terreno pedregoso, donde no había mucha tierra y brotó pronto por no ser hondo el suelo; pero al salir el sol, se agostó y se secó porque no tenía raíz. Otra parte cayó entre espinos; crecieron los espinos y la ahogaron. Otra, en cambio, cayó en buena tierra y comenzó a dar fruto, una parte el ciento, otra el sesenta y otra el treinta (Mt 13, 4-8). Y el mismo Cristo explica a sus discípulos el sentido de la parábola.

Nuestra Madre la Iglesia Santa, con su Magisterio, nos explica el sentido de la Sagrada Escritura. Por eso, al leer la Biblia es conveniente ver las notas al pie de página a los diversos versículos. En esto se diferencia una Biblia católica de una no católica. Para los protestantes está la libre interpretación de la Escritura. Los católicos sabemos que la Iglesia es la depositaria de la Revelación divina y tiene por misión interpretarla. Para esto cuenta con la ayuda del Espíritu Santo.

Ésta es la explicación del Señor: A todo el que oye la palabra del Reino y no entiende, viene el Maligno y arrebata lo sembrado en su corazón: esto es lo sembrado junto al camino. Lo sembrado sobre terreno pedregoso es el que oye la palabra, y al momento la recibe con alegría; pero no tiene en sí raíz, sino que inconstante y, al venir una tribulación o persecución por causa de la palabra, enseguida tropieza y cae. Lo sembrado entre espinos es el que oye la palabra, pero las preocupaciones de este mundo y la seducción de las riquezas ahogan la palabra y queda estéril. Y lo sembrado en buena tierra es el que oye la palabra y la entiende y fructifica y produce el ciento, o el sesenta, o el treinta (Mt 13, 19-23).

El mensaje de esta parábola puede resumirse así: ¿Por qué la palabra de Dios produce efectos tan dispares en las personas? Hay que tener en cuenta que nos movemos en el misterio de la gracia que Dios concede y de la correspondencia del hombre a la gracia recibida. Además, hay que salvaguardar los dos aspectos: la libertad de Dios al dar la gracia y la libertad del hombre al corresponder. Dios revela con su Palabra. Jesucristo que es la plenitud de la Revelación. La palabra de Jesús, tanto en los tiempos de Cristo como en todas las épocas, necesita una buena acogida de los hombres. Hay quienes la oyen sin entenderla, y ni siquiera hacen un esfuerzo para comprenderla: son sordos a Dios, como las autoridades religiosas de Israel, que escuchaban al Señor, pero ellos estaban acechando a Jesús para malinterpretar las enseñanzas del divino Maestro. Otros son débiles o inconstantes, como las muchedumbres que oyeron la predicación de Cristo o se beneficiaron de sus milagros, y, en cambio, le dejaron solo en la hora de la prueba, en la pasión. Otros fallan, pero no por debilidad cuando hay que defender la palabra, sino porque la palabra del Señor no puede fructificar en una vida que no sea recta.

Pero la palabra de Dios es más poderosa que las disposiciones de los hombres, y cuando es enviada a la tierra es fecunda siempre, como dijo el profeta Isaías al compararla con la lluvia y la nieve que descienden del cielo y no vuelven sin fructificar.

La palabra de Jesús, sus enseñanzas que están recogidas en los santos evangelios, en cuanto palabra de Dios puede fructificar en mayor o menor proporción, porque los hombres no somos iguales, pero siempre es eficaz. Cuando esta palabra es proclamada, la voz del predicador resuena exteriormente, pero su fuerza es percibida interiormente y hace revivir a los mismos muertos: su sonido engendra para la fe nuevos hijos de Abrahán. Es, pues, viva esta palabra en el corazón del Padre, viva en los labios del predicador, viva en el corazón del que cree y ama. Y, si de tal manera es viva, es también, sin duda, eficaz (Balduino de Canterbury).

Cada cristiano debe reflexionar: La Palabra llega cada día al campo de mi vida. Y a veces no encuentra esa tierra buena (esponjosa y abonada) que produce mucho fruto, sino un terreno pedregoso, lleno de maleza. Hay que preparar la tierra quitando las malas hierbas de la inconstancia, de la pereza, de la seducción de las riquezas, de la sensualidad, de los afanes mundanos…, de todo lo que impida que la semilla produzca el fruto deseado por el Sembrador. El fruto llegará cuando el campo esté preparado, es decir, cuando se escucha la Palabra, se medita en el corazón y se entiende.

La semilla -la Palabra de Dios- es alimento para nuestra alma, firmeza para nuestra fe, sustento y vigor interno para nuestra vida cristiana. En la Sagrada Escritura vemos la intimidad de Dios, que se nos muestra en ella. Su conocimiento se ordena al amor, a la amistad con Dios.

La Biblia consta del Antiguo Testamento y del Nuevo Testamento, pero en toda ella hay unidad. Transmite un único mensaje: el de la salvación. En los libros del Nuevo Testamento -tanto en los Evangelios y en los Hechos de los Apóstoles como en las cartas paulinas y las de otros apóstoles- se hace referencia al Antiguo Testamento. Especialmente vemos en el Evangelio según san Mateo -y también en los otros tres restantes- como en Cristo se cumplen las profecías mesiánicas.

El Nuevo Testamento está latente en el Antiguo Testamento y el Antiguo está patente en el Nuevo. El profeta Isaías escribe: Yo creo unos cielos nuevos y una tierra nueva (Is 65, 17); Porque como los cielos nuevos y la tierra nueva que voy a hacer -oráculo del Señor-, así permanecerá vuestro linaje y vuestro nombre (Is 66, 22), y en continuidad con estas palabras del profeta, san Pablo amplía la liberación obrada por Cristo a la creación material. La espera ansiosa de la creación anhela la manifestación de los hijos de Dios. Porque la creación se ve sujeta a la vanidad, no por su voluntad, sino por quien la sometió, con la esperanza de que también la misma creación será liberada de la esclavitud de la corrupción para participar de la libertad gloriosa de los hijos de Dios. Pues sabemos que la creación entera gime y sufre dolores de parto hasta el momento presente (Rm 8, 19-22).

La creación material se encontraba sujeta a la vanidad, es decir, estaba corrompida a causa del pecado de nuestros primeros padres, según se deduce de lo que Dios dijo a Adán: Maldita sea la tierra por tu causa. Con fatiga comerás de ella todos los días de tu vida. Te producirá espinas y zarzas y comerás las plantas del campos (Gn 3, 17-18). San Pablo entiende que la liberación del cosmos es consecuencia de la liberación del hombre, de la redención obrada por Cristo. Y una vez que han sido eliminadas todas las fuerzas del mal, incluso la muerte, el apóstol san Juan ve con luz profética la instauración plena del Reino de Dios: Vi un cielo nuevo y una tierra nueva, pues el primer cielo y la primera tierra desaparecieron (Ap 21, 1). Un mundo nuevo sobre el que habitará la humanidad renovada, y cuya llegada está garantizada por la Palabra del Dios eterno y todopoderoso.

En el principio creó Dios el cielo y la tierra (Gn 1, 1). Dios crea con su palabra. Dijo Dios: Haya luz. Y hubo luz (Gn 1, 3), y así fue creando el firmamento, los árboles, la hierba verde, las lumbreras del cielo, las aves, los peces, los animales y al hombre. En la obra creadora participó el Verbo, la Palabra de Dios. Todo se hizo por Él, y sin Él no se hizo nada de cuanto ha sido hecho (Jn 1, 3). Y es el Verbo encarnado, Jesucristo, quien recapitula en Sí todo lo creado y entregar al Padre su Reino. Dios ha vencido la muerte y en Jesús ha inaugurado definitivamente su Reino, los cielos nuevos y la tierra nueva, en los cuales la creación ya no gime ni sufre dolores de parto. Durante su vida terrena Jesús es el profeta del Reino. Después de su Pasión, Resurrección y Ascensión al Cielo, liberada ya la creación de la esclavitud de la corrupción, Jesucristo participa del poder de Dios y de su dominio sobre el mundo.

María Santísima es la mujer del silencio y de la escucha (San Juan Pablo II), que guardaba todo y lo meditaba en su corazón (Lc 2, 19). Fue reconocida como Madre por Jesucristo y ensalzada por Él como bienaventurada, por escuchar y practicar la Palabra de Dios. Ella nos alcanzará del Espíritu Santo que conozcamos y nos enamoremos de Cristo en la Escritura Santa, y que sepamos transmitir la Palabra de Dios con don de lenguas.

REY JUSTO Y VICTORIOSO. Homilía del Domingo XIV del Tiempo Ordinario. (Ciclo A)

Regocíjate, hija de Sión, grita de júbilo, hija de Jerusalén, mira, tu rey viene hacia ti, es justo y victorioso, montado sobre un asno, sobre un borrico, cría de asna (Zc 9, 9). Estas palabras es una profecía sobre el Mesías. El profeta Zacarías habla a Jerusalén (hija de Sión) y a sus habitantes (hija de Jerusalén) como representantes de todo el pueblo elegido. Invita al regocijo y a cantar de júbilo para celebrar la llegada de los tiempos mesiánicos. Llega a Jerusalén su rey, descendiente de David. Es un rey justo porque cumple perfectamente la voluntad de Dios. Y es victorioso porque goza de la protección y salvación divinas. Ese rey era el Salvador, según el profeta Isaías: Decid a la hija de Sión: Mira que llega tu salvador (Is 62, 11). Es además “humilde” y “pacífico”, pues no aparece montado a caballo con manifestación de poder como los reyes de la antigüedad. Los rasgos de este rey son semejantes a los del “siervo de Yavé” del que hablaba Isaías.

Nuestro Señor Jesucristo cumplió esta profecía cuando entró en Jerusalén antes de la Pascua y fue aclamado por la multitud como el Mesías, el Hijo de David. Y dice el Catecismo de la Iglesia Católica: El “Rey de la Gloria” entra en su ciudad “montado en un asno”: no conquista a la hija de Sión, figura de su Iglesia, ni por la astucia ni por la violencia, sino por la humildad que da testimonio de la Verdad (n. 559).

Clemente de Alejandría se fija en la repetición: sobre un asno, sobre un borrico. Y en sentido alegórico entiende la referencia al joven pollino como alusión a los hombres no sujetos al mal: No era suficiente decir sólo “pollino” (asno), sino que ha añadido “joven” (borrico), para destacar la juventud de la humanidad en Cristo, su eterna juventud en la sencillez. Y habría que mencionar la juventud de la Esposa de Cristo, la Iglesia. El papa beato Pablo VI en un quirógrafo a san Josemaría Escrivá hizo alusión a la juventud de la Iglesia, al referirse a la fundación del Opus Dei: La Institución, nacida en este tiempo nuestro como expresión de la perenne juventud de la Iglesia. Y años más tarde, el papa Benedicto XVI, en la homilía que pronunció en la Misa del inicio de su Pontificado, dijo: La Iglesia está viva. Y la Iglesia es joven.

Anunciará la paz a las naciones y su dominio se extenderá de mar a mar y desde el Río hasta los confines de la tierra (Za 9, 10). Cristo es Príncipe de la paz (Is 9, 5), de esa paz que sólo Dios, por medio de Jesucristo, nos puede dar; la paz que es obra de la justicia, de la verdad, del amor, de la solidaridad; la paz que los pueblos sólo gozan cuando siguen los dictados de la ley de Dios; la paz que hace sentirse a los hombres y a los pueblos hermanos unos con otros.

Cristo es nuestra paz. Él ha hecho de los dos pueblos una sola cosa (Ef 2, 14). En los comienzos del tercer milenio, que tantas esperanzas ha despertado, existe la amenaza tenebrosa de la violencia y de la guerra. El divino Niño nacido en Belén lleva en sus pequeñas manos, como un don, el secreto de la paz para la humanidad. ¡Él es el Príncipe de la paz!

La paz sobre la tierra, nacida del amor al prójimo, es imagen y efecto de la paz de Cristo, que procede de Dios Padre. En efecto, el propio Hijo encarnado, Príncipe de la paz, ha reconciliado con Dios a todos los hombres por medio de su cruz (…), ha dado muerte al odio en su propia carne y, después del triunfo de su resurrección, ha infundido el Espíritu de amor en el corazón de los hombres (Concilio Vaticano II, Constitución Gaudium et spes, n. 78).

Si la paz es anhelo de todas las personas de buena voluntad, para los discípulos de Cristo es mandato permanente que compromete a todos; es misión exigente que los impulsa a anunciar y testimoniar “el evangelio de la paz”, proclamando que el reconocimiento de la plena verdad de Dios es condición previa e indispensable para la consolidación de la verdad de la paz. Hay que ser, en expresión de san Josemaría Escrivá, sembradores de paz y de alegría.

Jesucristo es Rey. Él mismo lo proclamó delante de Poncio Pilato: Yo soy Rey (Jn 18, 37). Jesús se llena de gozo por los que le aceptan como Rey y Mesías, por los que creen en Él, la gente sencilla y humilde, que no confía en su propia sabiduría, que no se estiman a sí mismos por prudentes y sabios. Son todos aquellos que escuchan la voz. Y este gozo hace exclamar al Señor: Yo te alabo, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has ocultado estas cosas a los sabios y prudentes y las has revelado a los pequeños (Mt 11, 25). Jesús nos anuncia su Reino, el reino de los Cielos, el Reino de Dios, porque así le ha parecido bien a Dios Padre… y nos da a conocer al Padre. Nadie conoce al Padre sino el Hijo y aquel a quien el Hijo quiera revelarlo (Mt 11, 27).

Recibamos todo lo que Cristo nos ha revelado con humildad. La fe es la respuesta del hombre a Dios que se revela y se entrega a él, dando al mismo tiempo una luz sobreabundante al hombre que busca el sentido último de su vida. Para creer es necesario ser humilde, porque por la fe el hombre somete completamente su inteligencia y su voluntad a Dios. Con todo su ser, el hombre da su asentimiento a Dios que revela. La fe” es la humildad de la razón, que renuncia a su propio criterio y se postra ante los juicios y la autoridad de la Iglesia (Surco, n. 259). Sin humildad no hay virtud. El Santo Cura de Ars lo expresó así: La humildad es en las virtudes lo que la cadena en los rosarios: quitad la cadena, y todos los granos caen; quitad la humildad, y todas las virtudes desaparecen.

Venid a mí todos los fatigados y agobiados, y yo os aliviaré. Llevad mi yugo sobre vosotros y aprended de mí que soy manso y humilde de corazón, y encontrareis descanso para vuestras almas: porque mi yugo es suave y mi carga ligera (Mt 11, 28-30). El “yugo” era una palabra que se utilizaba para referirse a la Ley de Moisés, que con el paso del tiempo se había sobrecargado de minuciosas prácticas insoportables y, a cambio no daba la paz del corazón. San Pedro hace referencia a este “yugo” en el Concilio de Jerusalén: ¿Por qué tentáis ahora a Dios imponiendo sobre los hombros de los discípulos un yugo que ni nuestros padres ni nosotros pudimos llevar? (Hch 15, 10). Sin embargo, el yugo del Señor es suave porque está hecho con vínculos de afecto…, con lazos de amor. La carga de Cristo alivia el peso de nuestras miserias, nos da alas para volar hacia Dios.

Aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón. Estas palabras de Cristo nos invitan a imitarle en la mansedumbre y humildad de corazón. Toda su vida es un ejemplo de humildad. Antes de su Pasión, quiso dejarnos un ejemplo bien gráfico de humildad: el lavatorio de los pies. Después de lavar los pies a sus discípulos, tarea reservada para los siervos y criados, Jesús dijo a sus Apóstoles: ¿Entendéis lo que os he hecho? Vosotros me llamáis Maestro y Señor, y decís bien, porque de verdad lo soy. Si yo, pues, os he lavado los pies, siendo vuestro Señor y Maestro, también habéis de lavaros vosotros los pies unos a otros. Porque yo os he dado el ejemplo, para que vosotros hagáis también como yo he hecho (Jn 13, 12-16).

La humildad es la verdad, y hace que el cristiano conozca su miseria, su condición pecadora, pero también su grandeza de hijos de Dios. La persona humilde reconoce lo que hay de bueno, pero también lo que hay de malo, valorando con verdad lo uno y lo otro. Sabe que en su vida hay cualidades y dones, pero los agradece a Dios. Lejos de vanagloriarse, piensa que otros hubieran correspondido a esos dones mucho mejor y les hubieran sacado mayor partido. No hay pecado ni crimen cometido por otro hombre, que yo no sea capaz de cometer por razón de mi fragilidad, y si aún no lo he cometido, es porque Dios, en su misericordia, no lo ha permitido y me ha preservado en el bien (San Agustín).

Lo opuesto a la humildad es la soberbia. El soberbio confía sólo en sí mismo, pero no consigue nada. Se ha olvidado de las palabras de Cristo: Sin Mí nada podéis hacer (Jn 15, 5). Con Dios, sí que podemos: Todo lo puedo en Aquél que me conforta (Flp 4, 13). La soberbia hace que no se reconozca los pecados. El soberbio no se reconoce como pecador y, por tanto, no ve la necesidad de arrepentirse. Es humano que el hombre, habiendo pecado, lo reconozca y pida misericordia. Es inaceptable que se haga de la propia debilidad el criterio de la verdad para justificarse a uno mismo. (San Juan Pablo II). Cuidado con la soberbia. El pecado del ángel caído fue de soberbia. El pecado de nuestros primeros padres también fue de soberbia. Estemos atentos para que no se meta en nuestra vida la vanidad, el orgullo, el amor propio, la soberbia.

Con humildad acogeremos la palabra de Dios, esa palabra que nos hará vivir según el Espíritu. Lo dijo san Pablo: Vosotros no vivís según la carne, sino según el Espíritu, si es que el Espíritu de Dios habita en vosotros (Rm 8, 9). Con fe y humildad abrimos las puertas de nuestro corazón a Dios. Y si alguien no deja entrar en su vida a Dios, no quiere que Jesús reine en su corazón, ese no tiene el Espíritu de Cristo, ése no es de Él, y vivirá según la carne.

El Apóstol especifica dos maneras en las que se puede vivir en este mundo. La primera es la vida según el Espíritu, en la cual se busca a Dios por encima de todas las cosas y se lucha, con la ayuda de la gracia divina contra las inclinaciones de la concupiscencia. Esta vida no se reduce al mero estar pasivos y a unas cuantas prácticas piadosas, sino que es un vivir según Dios que informa la conducta del cristiano: pensamientos, anhelos, deseos y obras se ajustan a lo que el Señor nos pide en cada instante y se realizan al impulso del Espíritu Santo.

La segunda es la vida según la carne, por la que el hombre se deja vencer por las pasiones. Le pedimos al Señor su gracia y fortaleza para no caer en este modo de vida, que aleja de Dios y conduce a la muerte, como advierte san Pablo: Porque si vivís según la carne, moriréis (Rm 8, 13). ¿A qué muerte? Como todos los hombres mueren, no se trata de la muerte del cuerpo, sino que la muerte a la que se refiere el Apóstol es la muerte eterna.

Es necesario someterse al Espíritu -comenta san Juan Crisóstomo-, entregarnos de corazón y esforzarnos por mantener la carne en el puesto que le corresponde. De esta forma nuestra carne se volverá espiritual. Por el contrario, si cedemos a la vida cómoda, ésta haría descender nuestra alma al nivel de la carne y la volvería carnal. Con el Espíritu se pertenece a Cristo, se le posee. Con el Espíritu se crucifica la carne, se gusta de una vida inmortal. En el que vive según el Espíritu, vive Cristo mismo y, por eso, puede esperar con certeza su futura resurrección. Si el Espíritu de Aquel que resucitó a Jesús de entre los muertos habita en vosotros, el mismo que resucitó a Cristo de entre los muertos dará vida también a vuestros cuerpos mortales por medio de su Espíritu, que habita en vosotros (Rm 8, 11). .

Abramos nuestro corazón a ese Rey que viene a nosotros con mansedumbre y humildad, acojamos su amor misericordioso y dejemos que Él ilumine con la Verdad que nos ha revelado nuestra mente y acaricie con su gracia nuestro corazón. Y así viviremos según el Espíritu.

Con la ayuda maternal de Santa María deseamos ser sembradores de paz, tras las huellas de Cristo, Príncipe de la paz. Siguiendo el ejemplo de la Virgen Santísima, queremos dejarnos guiar siempre y sólo por Jesucristo, Rey del Universo.

LA ESENCIA DEL CRISTIANISMO. Homilía del Domingo XIII del Tiempo Ordinario. (Ciclo A)

En el libro II de Reyes se narra la hospitalidad que recibe el profeta Eliseo por parte de un matrimonio de Sunem. La iniciativa partió de la mujer que dijo a su marido: Mira, sé que el que pasa siempre junto a nosotros es un hombre de Dios, un santo. Por favor, hagamos una pequeña habitación en la parte de arriba y pongamos allí una cama, una mesa, una silla y un candelabro, y así, cuando venga a nosotros, se instalará ahí (2 R 4, 9-10). Esa obra de misericordia -dar posada al peregrino– no quedó sin recompensa. Enterado Eliseo de que la mujer no tiene hijos y su marido es anciano (2 R 4, 14)., llamó a la sunamita y le dijo: El año próximo, por este tiempo, tú abrazarás un hijo (2 R 4, 16). Y efectivamente así sucedió. Al año siguiente aquella mujer dio a luz un hijo. Quien recibe a un profeta por ser profeta obtendrá recompensa (Mt 10, 41), enseñará el Señor en su anuncio del reino de Dios. San Juan Crisóstomo citaba este pasaje bíblico para mostrar que el verdadero amor lleva a preocuparse también del bienestar material de los demás: Así Eliseo no sólo ayudaba espiritualmente a la mujer que lo había acogido sino que intentaba compensarla desde un punto de vista material.

En los Santos Evangelios vemos cómo en repetidas ocasiones Jesucristo habla igualmente de recompensas por acciones buenas. Es más, en el Juicio Universal se examinará cómo se ha vivido la caridad con el prójimo. Cada vez que los hicisteis con uno de estos mis humildes hermanos, conmigo lo hicisteis (Mt 25, 40). Toda obra buena es recompensada por Dios, aunque sea una cosa muy pequeña, como el dar de beber un vaso de agua. Y cualquiera que dé de beber tan sólo un vaso de agua fresca a uno de estos pequeños por el hecho de ser discípulo, en verdad os digo que no quedará sin recompensa (Mt 10, 42).

Para ser misericordiosos hay que ver a Cristo en el pobre, en el marginado, en el enfermo, en el agonizante, en el que padece soledad, en quien no tiene techo para cobijarse, en el encarcelado, en el más humilde, en el que necesita ser instruido o aconsejado. En cada uno de ellos encontramos a Jesús mismo, y en Jesús encontramos a Dios. Tocamos realmente el cuerpo de Cristo en los pobres. Por los pobres, es a Cristo hambriento a quien alimentamos, es a Cristo desnudo a quien vestimos, es a Cristo sin hogar a quien damos asilo (Santa Teresa de Calcuta).

Las acciones caritativas mediante las cuales ayudamos a nuestro prójimo en sus necesidades corporales y espirituales son las llamadas obras de misericordia. Suelen citarse catorce, siete espirituales y siete corporales. Las espirituales son: enseñar al que no sabe; dar buen consejo al que lo necesita; corregir al que se equivoca; perdonar las injurias; consolar al triste; sufrir con paciencia los defectos del prójimo; rogar a Dios por los vivos y por los difuntos. Las corporales son: visitar y cuidar a los enfermos; dar de comer al hambriento; dar de beber al sediento; dar posada al peregrino; vestir al desnudo; redimir al cautivo; enterrar a los muertos.

Cristo dice a sus apóstoles: Quien a vosotros os recibe, a mí me recibe, y quien me recibe a mí, recibe al que me ha enviado (Mt 10, 40). Pero también estas palabras del Señor están dirigidas a los pobres. Acoger a Cristo significa recibir del Padre el mandato de vivir en el amor a Él y a los hermanos, sintiéndose solidarios con todos, sin ninguna discriminación; significa creer que en la historia humana, a pesar de estar marcada por el mal y por el sufrimiento, la última palabra pertenece a la vida y al amor, porque Dios vino a habitar entre nosotros para que nosotros pudiésemos vivir en Él.

Entre todas las obras de misericordia, la limosna hecha a los pobres es uno de los principales testimonios de la caridad fraterna, es también una práctica de justicia que agrada a Dios. Si un hermano o una hermana están desnudos y carecen del sustento diario, y alguno de vosotros les dice: “Id en paz, calentaos o hartaos”, pero no les dais lo necesario para el cuerpo, ¿de qué sirve? (St 2, 15-16). Reflexionemos en estas palabras de Santiago el Menor.

El amor de la Iglesia por los pobres… pertenece a su constante tradición. Está inspirado en el Evangelio de las bienaventuranzas, en la pobreza de Jesús, y en su atención a los pobres. El amor a los pobres es también uno de los motivos del deber de trabajar, con el fin de hacer partícipe al que se halle en necesidad. No abarca sólo la pobreza material, sino también las numerosas formas de pobreza cultural y religiosa (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 2.444).

Bienaventurados los misericordiosos, porque ellos alcanzarán misericordia (Mt 5, 7). Nuestro Señor hace de la misericordia uno de los temas principales de su predicación. En el Evangelio según san Lucas están las parábolas de la misericordia, entre otras la del hijo pródigo y la del buen samaritano. Si queremos imitar a Cristo, debemos tener misericordia con los demás. El campo de la misericordia es inmenso, pues la miseria humana que hay que remediar es muy grande.

El amor es la esencia del cristianismo; hace que el creyente y la comunidad cristiana sean fermento de esperanza y de paz en todas partes, prestando atención en especial a las necesidades de los pobres y los desamparados. Ésta es nuestra misión común: ser fermento de esperanza y de paz porque creemos en el amor. El amor hace vivir a la Iglesia, y puesto que es eterno, la hace vivir siempre, hasta el final de los tiempos (Benedicto XVI).

San Vicente de Paúl se distinguió por el amor a los pobres, a cuyo servicio entregó toda su vida. Cuentan que un día hablando con la reina de Francia, Ana de Austria, le dijo que ella podía hacer un milagro que Cristo en el desierto no quiso hacer: Convertir en pan las piedras preciosas que llevaba colgadas al cuello. Y dicen que la reina se quitó las joyas y se las entregó al santo para que sirviera de alimento a niños huérfanos.

A veces acusamos a Dios de no solucionar los sangrantes problemas que existen en muchas zonas del mundo. Y no es justo. Dios nos tiene a nosotros, a los que decimos creer en Él. Espera que seamos sus manos para repartir y sus pies para ir al encuentro del hermano necesitado. Lo que ocurre es a nosotros nos cuesta vender nuestras joyas -nuestro tiempo, nuestro cariño, nuestra inteligencia, nuestro dinero-, y darlas.

En Zurich hay una estatua erigida en honor de Pestalozzi. Éste había nacido en esa ciudad suiza. En la estatua campea esta divisa: Todo para los otros; para mí nada. Este célebre suizo compartió, con enorme generosidad, las estrecheces de los pobres. Cuando al final de su vida, alguien le preguntó por qué había vivido de ese modo, Pestalozzi respondió serenamente: He vivido como mendigo y partido el pan con ellos para enseñar a los mendigos a vivir como hombres.

En la carta de san Pablo a los cristianos de Roma, el Apóstol se refiere al Bautismo, por el cual la gracia de Cristo llega a cada uno y nos libra del dominio del pecado. ¿No sabéis que cuantos hemos sido bautizados en Cristo Jesús hemos sido bautizados para unirnos a su muerte? Pues fuimos sepultados juntamente con Él mediante el bautismo para unirnos a su muerte, para que, así como Cristo fue resucitado de entre los muertos por la gloria del Padre, así también nosotros caminemos en una vida nueva (Rm 6, 3-4). Al ser bautizados, en nosotros se reproduce entonces no sólo la pasión, muerte y sepultura de Cristo, representadas por la inmersión en el agua, sino también la nueva vida, la vida de la gracia, que se infunde en el alma como participación de la resurrección del Señor.

Y si hemos muerto con Cristo, creemos que también viviremos con Él, porque sabemos que Cristo resucitado de entre los muertos , ya no muere más: la muerte ya no tiene dominio sobre Él. Porque lo que murió, murió de una vez para siempre al pecado; pero lo que vive, vive para Dios. De la misma manera, también vosotros debéis consideraros muertos al pecado, pero vivos para Dios en Cristo Jesús (Rm 6, 8-11). Con estas palabras san Pablo acentúa su enseñanza: con la muerte de Cristo en la cruz y con su resurrección quedó roto el lazo de la muerte, ésta fue vencida tanto para Cristo como para todos los suyos. Nuestro Señor Jesucristo resucitado y glorioso ha alcanzado el triunfo, ha ganado para su Humanidad Santísima y para nosotros una nueva vida. En los que hemos sido bautizados se reproducen de alguna manera esos mismos misterios -muerte y resurrección- de la vida de Cristo.

El 7 de junio de 1979 san Juan Pablo II se encontraba en la iglesia parroquial de la Presentación de la Virgen María, en Wadowice, su ciudad natal. Recordó a los presentes cómo había sido bautizado allí mismo el día 20 de junio de 1920, y dijo: Ya besé una vez solemnemente esta fuente bautismal, el año del milenio de Polonia, cuando era arzobispo de Cracovia. Hoy deseo besarla una vez más, como Papa, Sucesor de Pedro. Y así lo hizo. Y también comentó: Aquí me fue dada la gracia de ser hijo de Dios.

El Papa Francisco dice: Con el Bautismo se abre la puerta a una efectiva novedad de vida que no está abrumada por el peso de un pasado negativo, sino que goza ya de la belleza y la bondad del reino de los cielos. Se trata de una intervención poderosa de la misericordia de Dios en nuestra vida, para salvarnos. Dios en el Bautismo actúa en nosotros. Por su misericordia nos borra los pecados y, además, nos infunde las virtudes teologales: fe, esperanza y caridad. También nos hace miembros de la Iglesia, del nuevo Pueblo de Dios. Seguidores del Señor. Tenemos que ser dignos del nombre de cristiano, es decir, de Cristo. Y el Señor nos dice quienes no son dignos de Él. Quien ama a su padre o a su madre más que a mí, no es digno de mí; y quien ama a su hijo o a su hija más que a mí, no es digno de mí. Quien no toma su cruz y me sigue, no es digno de mí (Mt 10, 37-38). El seguimiento de Cristo exige una entrega total.

No dice Jesucristo que no amemos a los padres y a los hijos, sino que el amor a Él es lo primero. El Señor no vino a abolir la Ley, sino a darle su plenitud. Y en la Ley de Dios está el cuarto mandamiento: Honrarás a tu padre y a tu madre, que san Josemaría Escrivá, cada vez que se refería a él, decía: El dulcísimo precepto. Bien glosó el papa Juan Pablo I las palabras de Cristo: Llegamos a un choque directo entre Dios y el hombre, Dios y el mundo. No sería justo decir: “O Dios o el hombre”. Debemos amar “a Dios y al hombre”. Pero nunca al hombre más que a Dios, contra Dios o tanto como a Dios. En estos términos, el amor de Dios es superior pero no exclusivo.

Realizamos una obra del misericordia cuando vivimos el cuarto mandamiento, especialmente cuando los padres son ancianos y están imposibilitados y enfermos. Y ya que hemos citado a Juan Pablo I, de él es la siguiente anécdota. Yo, de obispo de Venecia, solía ir a veces a visitar asilos de ancianos. Una vez encontré a una enferma, anciana. -“Señora, ¿cómo está?” -“Bah, comer, como bien; calor, bien también, hay calefacción”. -“Entonces, está usted contenta ¿verdad?” -“No”, y casi se echó a llorar. -“Pero ¿por qué llora?” -“Es que mi nuera y mi hijo no vienen nunca a visitarme. Yo quisiera ver a los nietecitos”. No bastan la calefacción, la comida: hay un corazón; es menester pensar igualmente en el corazón de nuestros ancianos.

Ahora nuestra mirada se dirige a la Virgen. La misericordia de María adelanta el comienzo de los milagros de Jesús. Su ruego es siempre eficaz. Por eso la piedad cristiana, con precisión teológica, ha llamado a Nuestra Señora “la omnipotencia suplicante”. Acudamos con confianza a Ella, trono de la gloria y de la gracia, para conseguir misericordia.

EL TESTIMONIO DE LA FE. Homilía del Domingo XII del Tiempo Ordinario. (Ciclo A)

La vida del profeta Jeremías no fue ni fácil ni cómoda. Había personas que buscaban su ruina. La misión que Dios le ha confiado sólo le trae desgracias. Su fidelidad a Dios le llevó a ser perseguido. Cuando Jeremías proclama la palabra de Dios no escucha más respuesta que las acusaciones y calumnias de la gente. Escuchaba las calumnias de la gente: “¡Terror por doquier!, ¡denunciadle!, ¡denunciémosle!” Todos aquellos con quienes me saludaba estaban esperando mi tropiezo: “¡A ver si se distrae, y le podremos, y tomaremos venganza de él!” (Jr 20, 10). Pero el profeta fue fiel a Dios. Sabía que el Señor está conmigo (Jr 20, 11); tiene la seguridad de que el Señor no le abandona. En medio del acoso que padece pone su confianza en Dios. En ese Dios que no pierde batallas, que libró la vida de un pobre de manos de los malvados (Jr 20, 13).

Jeremías, el autor del libro de Las lamentaciones, al ver que con su predicación parece que no se ha conseguido más que el propio fracaso, se lamenta por su propia vocación, que le ha llevado a ser perseguido. Pero ese lamento es un desahogo con Dios, una queja filial. El profeta abre con confianza su alma a Dios. Es un ejemplo de oración. En medio de tantas incomprensiones, sufrimientos y dificultades sobresale su fidelidad al Señor. Su amor a Dios es como fuego abrasador que le enciende por dentro y hace que no pueda contener el afán de hablar de Él a quienes no lo conocen, o se han olvidado del Señor. Cantad al Señor, alabad al Señor (Jr 20, 13), proclamaba. Jeremías no abandonó su misión, sino que perseveró hasta el final de sus días.

El cristiano sabe que seguir a Cristo es tomar la cruz de cada día, y que es posible que su actuación coherente con la fe católica no sea la postura más cómoda, e incluso que le acarree incomprensiones y persecuciones. En esas situaciones difíciles -y en todas- debe vencer los respetos humanos (el temor al que dirán), sin pensar cómo será mejor acogido y aceptado por los demás, sino qué es lo mejor, lo que espera Dios de Él. Y confiar en Dios como Jeremías que tenía la seguridad de que el Señor nunca le dejaría.

Los respetos humanos son consecuencias de valorar más la opinión de los demás que el juicio de Dios. A veces, están respaldados por el miedo a poner en peligro un cargo público o un puesto de trabajo; otras, por no querer distinguirse de sus compañeros. Dejarse llevar por los respetos humanos es propio de personas sin profundas convicciones religiosas. El que adopta una postura en conformidad con la voluntad divina sabe que Dios está con él, ayudándole y fortaleciéndole.

No les tengáis miedo (Mt 10, 26), dice el Señor a sus discípulos… y a nosotros, cristianos del siglo XXI, que estamos en el mundo como ovejas en medio de lobos (Mt 10, 16). Hoy día también se cumple lo que Cristo dijo a los suyos: Os entregarán a los tribunales, os azotarán en sus sinagogas, y seréis llevados ante los gobernadores y reyes por causa mía, para que deis testimonio ante ellos y los gentiles (Mt 10, 17-18). Pero no nos debe preocupar, porque todo será para bien. Con la ayuda de la gracia y la asistencia del Espíritu Santo daremos testimonio de la verdad de Jesús ante los hombres. Aquí está condesada la enseñanza sobre el martirio que tanto vigor ha tenido siempre entre los cristianos de todas las épocas, también en la nuestra. El martirio, por consiguiente, con que el discípulo llega a hacerse semejante al Maestro (…) es considerado por la Iglesia como un supremo don y la prueba mayor de la caridad. Y si ese don se da a pocos, conviene que todos vivan preparados para confesar a Cristo delante de los hombres y a seguirle por el camino de la cruz en medio de las persecuciones que nunca faltan a la Iglesia (Concilio Vaticano II, Constitución dogmática Lumen gentium, n. 12). No todos estamos llamados a sufrir el martirio, pero sí estamos todos llamados a la consecución de la virtud cristiana. Dijo san Juan Pablo II: Morir por la fe es don para algunos; vivir la fe es una llamada para todos.

Aunque los poderes de este mundo quieran silenciar a los cristianos, no por ello dejaremos de anunciar el Evangelio. Y lo haremos a plena luz (Mt 10, 27), y desde los areópagos modernos y otras tribunas para que las enseñanzas del único Maestro que tiene palabras de vida eterna -la doctrina cristiana- llegue hasta el último rincón del mundo. Hay que difundir las maravillas del Señor (…). Es necesario que llegue a todas partes la verdad de Dios: con la prensa y con otras publicaciones, con el cine, la radio y la televisión… Y esto es una labor vuestra, decía san Josemaría Escrivá. En nuestros días, hay que ir contracorriente, sin dejarse arrastrar por el ambiente de mundanidad que existe en nuestra época. Y con la gracia de Dios, influir con decisión por transformar el mundo con nuestra conducta verdaderamente cristiana. Quien me juzga es el Señor (1 Co 4, 4).

La Iglesia ha nacido con el fin de que, por la propagación del reino de Cristo en toda la tierra, para gloria de Dios Padre, todos los hombres sean partícipes de la redención salvadora, y por su medio se ordene realmente todo el mundo hacia Cristo. Toda la actividad del Cuerpo de Cristo, dirigida a este fin, se llama apostolado, que ejerce la Iglesia por todos sus miembros y de diversas maneras (Concilio Vaticano II, Decreto Apostolicam actuositatem, n. 2).

No tengáis miedo a los que matan el cuerpo, pero no pueden matar el alma; temed ante todo al que puede hacer perder alma y cuerpo en el infierno (Mt 10, 28). En todas las persecuciones que ha padecido la Iglesia vemos cómo los innumerables mártires no tuvieron miedo a morir. Tenían fe, y estaban seguros que después de su muerte se les abrirán las puertas del cielo. De lo que sí hay que tener miedo es de lo que pueda hacer perder el alma. No olvides, hijo, que para ti en la tierra sólo hay un mal, que habrás de temer, y evitar con la gracia divina: el pecado (Camino, n. 386). El papa Benedicto XVI hablaba en una ocasión de los muchos miedos que tiene el hombre contemporáneo. Nuestro mundo actual es un mundo de miedos: miedo a la miseria y a la pobreza, miedo a las enfermedades y a los sufrimientos, miedo a la soledad y a la muerte. En nuestro mundo tenemos un sistema de seguros muy desarrollado: está bien que existan. Pero sabemos que en el momento del sufrimiento profundo, en el momento de la última soledad, de la muerte, ningún seguro podrá protegernos. El único seguro válido en esos momentos es el que nos viene del Señor, que nos dice: “No temas, yo estoy siempre contigo”.

Sin miedo a la vida y sin miedo a la muerte, ésta debe ser nuestra conducta. Es verdad que la certeza de morir nos entristece (Prefacio de difuntos I), pero sabemos que al final caemos en las manos de Dios, y las manos de Dios son buenas manos.

La muerte es consecuencia del pecado. Dios creó al hombre con la formidable posibilidad de no morir, pero el hombre al apartarse de su Creador por el pecado se condenó a sí mismo, porque por un hombre entró el pecado en el mundo, y por el pecado la muerte (Rm 5, 12). Escribió san Agustín: Todo es incierto, sólo la muerte es cierta. Pero el hombre no quiere pensar en su muerte; para él, la muerte es asunto de los demás. Sin embargo, la muerte llegará para todos. Nuestro Señor insiste a los apóstoles -y también a nosotros, los creyentes en Él- en no tener miedo, pues a todo el que me confiese delante de los hombres, también yo le confesaré delante de mi Padre que está en los Cielos (Mt 10, 32). Pero nos advierte: al que me niegue delante de los hombres, también yo le negaré delante de mi Padre que está en los Cielos (Mt 10, 33). Estas palabras del Señor ayudan a vencer los respetos humanos. Quien se avergüenza de ser discípulo de Cristo, de imitar su ejemplo, de seguir los preceptos del Evangelio, de aceptar sus enseñanzas por temor a desagradar al mundo o a las personas mundanas que le rodean, no será reconocido por Cristo como discípulo suyo en el Juicio Final, pues no ha confesado con su vida la fe recibida en el Bautismo.

La muerte reinó desde Adán hasta Moisés, incluso sobre aquellos que no cometieron una transgresión semejante a la de Adán, que es figura del que había de venir (Rm 5, 14). San Pablo después de decir cómo la desobediencia de Adán entró el pecado en el mundo, y por el pecado vino la muerte que alcanza a todos los hombres, se refiere al triunfo del reino de la gracia. Si por la caída de uno solo murieron todos, cuánto más la gracia de Dios y el don que se da en la gracia de un solo hombre, Jesucristo, sobreabundó para todos (Rm 5, 15). Así como el pecado entró en el mundo por obra de quien representaba a toda la humanidad, así también la justicia nos llega a todos por un solo hombre, por el “nuevo Adán”, Jesucristo, “el primogénito de toda criatura”, “cabeza del cuerpo, que es la Iglesia”. Cristo, por su obediencia a la voluntad del Padre, se contrapone a la desobediencia de Adán, devolviéndonos con creces la felicidad y la vida eterna que habíamos perdido. Porque donde abundó el pecado, sobreabundó la gracia.

En una carta que santo Tomás Moro desde la cárcel escribió a su hija Margarita decía: De lo que estoy cierto es de que Dios no me abandonará sin culpa mía. Por esto me pongo totalmente en manos de Dios con absoluta esperanza y confianza. Este santo murió mártir por ser fiel a su conciencia. En la Actas del martirio de san Justino se lee: El prefecto dice a Justino: “Escucha, tú que le das de saber y conocer las verdaderas doctrinas, si después de azotado mando que te corten la cabeza, ¿crees que subirás al cielo?” Justino contestó: “Espero que entraré en la casa del Señor si soporto todo lo que tú dices; pues sé que a todos los que vivan rectamente les está reservada la recompensa divina hasta el fin de los siglos”.

Acordaos de las palabras que os he dicho: no es el siervo más que su señor. Si me han perseguido a mí, también a vosotros os perseguirán (Jn 16, 20). Recordemos también las palabras que Cristo dijo a sus discípulos para consolarlos y ayudarlos a vencer el temor: En el mundo tendréis sufrimientos, pero confiad, yo he vencido al mundo (Jn 16, 33).Y comentando estas palabras, el Papa Francisco decía: ¿Quiénes son los mártires? Son cristianos ganados por Cristo, discípulos que han aprendido bien el sentido de aquel “amar hasta el extremo” que llevó a Jesús a la Cruz. No existe el amor por entregas, el amor en porciones. El amor total: y cuando se ama, se ama hasta el extremo. En la Cruz, Jesús ha sentido el peso de la muerte, el peso del pecado, pero se confió enteramente al Padre, y ha perdonado . Apenas pronunció palabras, pero entregó la vida. Cristo nos precede en el amor; los mártires lo han imitado en el amor hasta el final.

Terminamos nuestra oración pidiendo a Santa María, Reina de los mártires y de todos los santos su ayuda de maternal para que siempre confesemos con nuestras obras la fe en Cristo Jesús.

AMOR CON OBRAS. Homilía del Domingo XI del Tiempo Ordinario (Ciclo A)

Al ver (Jesús) a las multitudes, se llenó de compasión por ellas, porque estaban maltratadas y abatidas como ovejas que no tienen pastor (Mt 9, 36). La actitud del Señor al ver aquellas personas no fue el de un lamento inútil, sino se puso a enseñarles largamente (Mc 6, 34). En nuestros días también hay multitud de ovejas descarriadas, hombres y mujeres de todas las edades y condiciones sociales. Millones de personas viven con los ojos puestos en horizontes engañosos, o persiguen ilusiones que, una vez alcanzadas, dejan posos de insatisfacción en el alma; tantísimas personas que se encuentran dominadas por un ansia insaciable de descaminos, y olvidan que tienen un destino eterno. Y, por tanto, hay que ayudarles a buscar, a encontrar y a amar a Dios.

La tarea de la nueva evangelización a la que estamos llamados los cristianos en estos comienzos del tercer milenio del cristianismo es muy grande. La mies es mucha, pero los obreros pocos (Mt 9, 37). Vemos cómo escasean las vocaciones. Hay pueblos sin sacerdotes; en muchas ciudades hay parroquias con más de treinta mil feligreses que son atendidas por un solo sacerdote (el párroco). No es infrecuente que un sacerdote deba atender seis o más pueblos. En algunas localidades de veraneo, la población alcanza en los meses de julio y agosto más de cien mil personas, y para la atención pastoral de todas ellas sólo están uno o dos sacerdotes. Sí, los obreros son pocos. Por eso Cristo nos dice: Rogad, por tanto, al señor de la mies que envíe obreros a su mies (Mt 9, 38). Tengamos en cuenta lo que el Señor nos dice pidiendo a Dios para que haya muchas vocaciones, pero también personas que sean coherentes con la fe recibida en el bautismo y anuncien a los demás el mensaje de Cristo.

El cristiano ha de ser punto de luz ahora que hay tanta oscuridad; fuego para encender tantas almas que están apagadas; torrente de ilusión para contagiar ideales cristianos a los demás; fermento de caridad para romper las cadenas del odio; anunciadores del evangelio de la paz para superar el mal con el bien. Ante la ignorancia religiosa, la frialdad de corazón para con Dios y para con los semejantes, el desconocimiento de la dignidad y exigencias de la vocación cristiana que impera en la sociedad actual urge una honda labor de catequesis. Así surgirá una nueva generación de cristianos comprometidos para trabajar en la viña del Señor, capaces de responder a los desafíos de nuestro tiempo y dispuestos a difundir el Evangelio por todas partes; personas que sientan la urgencia y la responsabilidad de enseñar la doctrina de Cristo; jóvenes que sigan la llamada al sacerdocio.

Se ha dicho: Un pueblo que no conoce el Catecismo es un pueblo muerto, como muere sin agua la semilla del campo. Los operarios son pocos. Pregúntate tú: ¿Y yo? Sí, cada uno puede y debe catequizar a todos los hombres, pero quizá con mayor urgencia a los niños y a los jóvenes. La catequesis no es otra cosa que repetir las verdades del Evangelio y de esto es de lo que tienen necesidad tantos y tantos que no conocen el misterio de Jesucristo ni de la Iglesia.

Dar catequesis es una de las obras de misericordia: enseñar al que no sabe. Una catequesis que debe empezar en el ambiente familiar. Los padres deben ser los primeros catequistas de sus hijos, transmisores de la fe. Sí, catequesis en la familia, pero también en círculos más amplios: parroquias, colegios, clubes juveniles… En todos estos sitios se necesitan operarios que trabajen en la mies del Señor. ¿Y yo? Sí, tú también puedes ser uno de esos operarios. Es cuestión de generosidad y de caridad.

Jesucristo envió primeramente a sus apóstoles a las ovejas perdidas de la casa de Israel (Mt 10, 6). Pero después los envió por todo el mundo: Id al mundo entero y predicad el Evangelio a toda criatura (Mc 16, 15). Son enviados a los israelitas para que proclamaran que el reino de los cielos está cerca (Mt 10, 7). Y al mundo para que hicieran discípulos a todos los pueblos, bautizándolos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo (Mt 28, 19), y para que enseñaran a guardar todo cuanto os he mandado (Mt 28, 20). Los apóstoles, escogidos por el Señor para ser fundamento de su Iglesia, cumplieron el mandato de presentar a judíos y gentiles la buena nueva que Dios comunica a los hombres por medio de su Hijo. Y como los apóstoles, todos los cristianos somos enviados para evangelizar.

El mensaje que hay que transmitir es el amor que Dios nos tiene. La medida de ese amor se demostró en la “reconciliación” que se operó mediante el sacrificio de la cruz, cuando Cristo, dando muerte en sí mismo a la enemistad , estableció la paz y nos reconcilió con Dios. Bien lo expresa el apóstol san Pablo en su carta a los cristianos de Roma. Dios demuestra su amor hacia nosotros porque, siendo todavía pecadores, Cristo murió por nosotros (Rm 5, 8). Amor con amor se paga. No hay amor más grande que el del quien da su vida por el amigo. Es difícil encontrar alguien que muera por un hombre justo. Quizá alguien se atreva a morir por una persona buena (Rm 5, 7). Lo que es casi imposible es que una persona ofrezca su vida por un criminal. Sin embargo, Cristo, cuando todavía éramos débiles, murió por los impíos en el tiempo establecido (Rm 5, 6). ¡Si un hombre hubiera muerto por librarme de la muerte!… -Murió Dios. Y me quedo indiferente (Camino, n. 437).

En la salvación del hombre hay que tener en cuenta esto: No es que Dios estuviera enemistado con los hombre; éramos nosotros quienes estábamos enemistados con Dios por nuestros pecados; no era Dios el que debía cambiar de actitud, sino el hombre; sin embargo, ha sido Dios quien ha tomado la iniciativa por medio de la muerte de Cristo para que hombre vuelva a la amistad con Él.

Y ahora que somos ya amigos, ¡cuánto nos ama Dios! Éramos pecadores, y Dios nos manifestó su amor. Cuánto más ahora, una vez que hemos recobrado su amistad, podemos confiar en su amor misericordioso, un amor que no tiene límites. Si cuando éramos enemigos, fuimos reconciliados con Dios por medio de la muerte de su Hijo, mucho más, una vez reconciliados, seremos salvados por su vida (Rm 6, 10). El amor con que Dios nos ama pone en nuestras almas amor para que le podamos amar. Amar a Dios es exclusivamente un don de Dios. El mismo que, sin ser amado , ama, nos concedió que le amásemos. Fuimos amados cuando todavía le éramos desagradables, para que se nos concediera algo con que agradarle. En efecto, el Espíritu del Padre y del Hijo, a quien amamos con el Padre y el Hijo, derrama la caridad en nuestros corazones (Concilio II de Orange, De gratia, can. 25).

Amor con obras. Cristo ha muerto por ti. -Tú… ¿qué debes hacer por Cristo (Camino. n. 29). En el libro del Éxodo leemos que los hebreos llegaron al desierto del Sinaí y acamparon. Israel puso allí el campamento frente a la montaña (Ex 19, 2). Estando allí, Moisés transmitió al pueblo lo que Dios quería que anunciarle. Si de veras escucháis mi voz y guardáis mi alianza, seréis mi propiedad exclusiva entre todos los pueblos, porque mía es toda la tierra; vosotros seréis para mí un reino de sacerdotes y una nación santa (Ex 19, 5-6).

También el Señor nos pide a los cristianos que respondamos a su propuesta de vida, que decidamos cuál es el camino que queremos recorrer para llegar a la verdadera alegría. La Iglesia es el Nuevo Pueblo de Dios. ¿Qué misión tiene el pueblo de Dios? La de llevar al mundo la esperanza y la salvación de Dios: ser signo del amor de Dios que llama a todos a la amistad con Él; ser levadura que hace fermentar toda la masa, sal que da sabor y preserva de la corrupción, ser una luz que ilumina. En nuestro entorno, basta con abrir un periódico , vemos que la presencia del mal existe, que el Diablo actúa. Pero quisiera decir en voz alta: ¡Dios es más fuerte! Porque Él es el Señor, el único Señor. Y desearía añadir que la realidad a veces oscura, marcada por el mal, puede cambiar si nosotros, los primeros, llevamos a ella la luz del Evangelio, sobre con nuestra vida (Papa Francisco).

Dios, por medio de Moisés, dijo a los israelitas: Seréis para Mí un reino de sacerdotes. La expresión “reino de sacerdotes” no significa que todo el pueblo ejerciera la función sacerdotal, reservada a la tribu de Leví, sino que sólo Israel ha sido elegido como “reino para el Señor”, es decir, para ser el ámbito en que Él reina y es reconocido como único Soberano. Este reconocimiento se manifiesta mediante el servicio que Israel entero tributa al Señor. En el Nuevo Testamento se recogerán hasta con las mismas palabras lo dicho por Dios a Israel, pero aplicándolo a la nueva situación del cristiano en la Iglesia, nuevo pueblo de Dios y verdadero Israel.

En su primera carta san Pedro, dirigiéndose a los fieles, les dice: Vosotros sois linaje escogido, sacerdocio real, nación santa, pueblo adquirido en propiedad, para que pregonéis las maravillas de Aquél que os llamó de las tinieblas a su admirable luz (1 P 2, 9). En el Apocalipsis se expresa la misma idea: Al que nos ama y nos libró de nuestros pecados con su sangre y nos ha hecho estirpe real, sacerdotes para su Dios y Padre: a Él la gloria y el poder por los siglos de los siglos. Amén (Ap 1, 6). Y los hiciste un reino de sacerdotes para nuestro Dios, y reinarán sobre la tierra (Ap 5, 10).

Cada cristiano participa por su incorporación a Cristo de su sacerdocio y está llamado a servir a Dios con su acción en el mundo, por el sacerdocio común de los fieles, que confiere una cierta participación en el sacerdocio de Cristo, que -siendo esencialmente distinta de aquella que constituye el sacerdocio ministerial- capacita para tomar parte en el culto de la Iglesia, y para ayudar a los hombres en su camino hacia Dios, con el testimonio de la palabra y del ejemplo, con la oración y la expiación (San Josemaría Escrivá, Es Cristo que pasa, n. 120).

Una misión apasionante: Pregonar las maravillas del Señor, como hizo Santa María. Proclama mi alma las grandezas del Señor (Lc 1, 46), canta la Virgen en casa de santa Isabel. Por la intercesión de Nuestra Madre pidamos al señor de la mies que envíe obreros a su mies. Y que nosotros seamos esos operarios que trabajan con mucho amor en la viña del Señor.