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Domingo XII del Tiempo Ordinario. Homilía (Ciclo B)

Y se levantó una gran tempestad de viento, y las olas se echaban encima de la barca, hasta el punto de que la barca ya se inundaba (Mc 4, 37). ¿Quiénes estaban en la barca? Cristo y los apóstoles. Es decir, el divino Fundador de la Iglesia y las columnas de la misma Iglesia. A veces se ha comparado a la Iglesia a una barca sacudida por el oleaje y los vendavales de la historia. Pero esta barca no puede hundirse. Cristo está dentro de la barca y por eso las puertas del infierno no prevalecerán contra ella (Mt 16, 18).

El Cristianismo ha estado demasiadas veces en lo que parecía un fatal peligro, como para que ahora nos vaya a atemorizar una nueva prueba. Son imprevisibles las vías por las que la Providencia rescata y salva a sus elegidos. Generalmente la Iglesia no hace otra cosa que perseverar, con paz y confianza, en el cumplimiento de sus tareas, permanecer serena, y esperar de Dios la salvación (Beato John H. Newman).

San Marcos dice que durante la tempestad, Jesús estaba en la popa de la barca durmiendo. Los discípulos, temiendo naufragar, despertaron al Señor, y le dijeron: Maestro, ¿no te importa que perezcamos? (Mc 4, 38). Entonces Cristo obró el milagro de calmar la tempestad. Y a continuación dijo a los apóstoles: ¿Por qué os asustáis? ¿Todavía no tenéis fe? (Mc 4, 40). Estas preguntas del Señor a sus discípulos nos hablan de una verdad perenne: la fe vence al miedo; con fe no hay nada que pueda causar tribulación. El que cree en Jesús vence al mundo, a ese mundo que es uno de los enemigos del alma. Y ésta es la victoria que ha vencido al mundo: nuestra fe. ¿Quién es el que vence al mundo sino el que cree que Jesús es el Hijo de Dios? (1 Jn 5, 4-5).

El mar, en muchos lugares de la Sagrada Escritura, representa el lugar de las fuerzas maléficas que solamente Dios puede dominar. Al someterlo con el imperio de su voz como quien domina a los demonios, Jesús se presenta con el poder de Dios; de ahí la pregunta que se hicieron los apóstoles al ver el milagro: ¿Quién es éste, que hasta el viento y el mar le obedecen? (Mc 4, 41). Con Cristo siempre saldremos victoriosos.

Siempre la Iglesia ha sido perseguida. Desde en el principio, ya en la época apostólica, hasta nuestros días. Ya lo predijo el Señor: Acordaos de las palabras que os he dicho: no es el siervo más que su señor. Si me han perseguido a mí, también a vosotros os perseguirán (Jn 15, 20). Cristo pide a los que le siguen que sean valientes y que le confiesen sin temor, porque Dios les cuidará con su providencia y les asistirá con la sabiduría de su Espíritu. La infinidad de mártires dan testimonio de fortaleza ante la muerte. Para ellos, morir por Cristo era una ganancia.

Actualmente, en algunos países la Iglesia se encuentra en un período de persecución tal que no es inferior a la de los primeros siglos. No es algo nuevo. Desde que Jesucristo Nuestro Señor fundó la Santa Iglesia, esta Madre nuestra ha sufrido una persecución constante. Quizá en otras épocas las agresiones se organizaban abiertamente; ahora, en muchos casos, se trata de una agresión solapada. Hoy como ayer, se sigue combatiendo a la Iglesia… (San Josemaría Escrivá). A los perseguidores de la Iglesia les decía san Juan Crisóstomo: Es inútil pelear contra el cielo. Cuando combates contra un hombre, o vences o eres vencido; pero si peleas contra la Iglesia, el dilema no existe. Dios es siempre más fuerte.

Quieren los enemigos de la Iglesia que ésta permanezca callada, pero la Iglesia no dejará nunca de proclamar el Evangelio; de hablar de la moral que se deriva de la Ley de Dios; de denunciar con valentía las violencias; de recordar la primacía de la dignidad del hombre sobre cualquier estructura social; de luchar por la justicia y la caridad, mientras en el mundo se den formas de injusticia. Si no lo hiciera, no sería fiel a la misión confiada por Jesús.

Cuando a principios del siglo XX, el gobierno francés movido por un laicismo sectario y agresivo promulgó leyes contrarias a la Iglesia, el papa san Pío X se dirigió a los católicos franceses con estas palabras: Tenemos la esperanza, mil veces cumplida, de que jamás Jesucristo abandonará a su Iglesia y jamás la privará de su apoyo indefectible. No podemos temblar por el futuro de la Iglesia. Su fuerza es divina… y contamos con la experiencia de siglos.

Fe en la Iglesia. Sería más fácil apagar el sol que destruir la Iglesia. Esta frase es una afirmación categórica de fe, de imperturbable seguridad de que la barca de Pedro no se hundirá jamás. Todo lo humano pasa; pero la Iglesia permanece siempre idéntica a sí misma, como Cristo la quiso. Cristo está presente, y la barca no se puede hundir, aunque, a veces, se vea zarandeada de un lado para otro. Esta asistencia divina es lo que hace inquebrantable nuestra fe en la Iglesia, frente a todas las contingencias humanas, en medio de todas las tempestades. La Iglesia ha sufrido -y sufre- la difamación y la calumnia, ya sea en la prensa sectaria o en programas de televisión. No podemos permanecer inactivos. Una cosa que se puede hacer es no consumir los productos que patrocinan esos programas, y hacerlo saber a sus casas comerciales.

En el Misal Romano hay una misa Por los cristianos perseguidos. En la oración colecta pedimos a Dios para que conceda a esos hermanos nuestros en la fe, que sufren persecución por el solo hecho de ser cristianos, espíritu de paciencia y caridad, para que se manifiesten siempre testigos verdaderos de la fe en Cristo. Y la oración sobre las ofrendas es ésta: Recibe, Señor, nuestras oraciones y ofrendas, y haz que todos aquellos que sufren persecución de los hombres por su fidelidad en tu servicio se gocen de verse asociados al sacrificio de Jesucristo tu Hijo, y sientan la alegría de saber que sus nombres ya están escritos en el cielo.

Sabemos que los cristianos perseguidos del siglo XXI nos están dando un ejemplo maravilloso. En medio de tantas tribulaciones y peligros siguen siendo fieles a la fe recibida en el bautismo, y se glorían de seguir llamándose cristianos. Hoy como ayer la sangre de los mártires es semilla de nuevos cristianos. El siglo XX fue un tiempo de martirio. Están los mártires “cristeros”, en México; los mártires de la persecución religiosa de España; los mártires de Alemania en la época del nazismo; los mártires católicos de los países dominados por el comunismo. Por eso san Juan Pablo II quiso que se actualizara el “Martirologio Romano”, y canonizó y beatificó a numerosos mártires de la historia reciente. Y hemos visto en nuestra época un renovado florecimiento de la Iglesia en aquellos lugares donde ha sufrido más a causa de la fe y del testimonio del Evangelio.

En la bula Incarnationis mysterium de san Juan Pablo II, por la cual convocaba el Gran Jubileo del Año 2000, el Papa se refirió a los testigos de la fe con estas palabras: Un signo perenne, pero hoy particularmente significativo, de la verdad del amor cristiano es la memoria de los mártires. Que no se olvide su testimonio. Ellos son los que han anunciado el Evangelio dando su vida por amor. El mártir, sobre todo en nuestros días, es signo de ese amor más grande que compendia cualquier otro valor: Su existencia refleja la suprema palabra pronunciada por Jesús en la cruz: “Padre, perdónales, porque no saben lo que hacen” (Lc 23 ,34). Los dos mil años transcurridos desde el nacimiento de Cristo se caracterizan por el constante testimonio de los mártires. En los dos mil años de historia, personas de todas clases sociales han sufrido por su fe, pagando con la sangre su adhesión a Cristo y a la Iglesia, o soportando con valentía largos años de prisión o privaciones de todo tipo por no renunciar a su fe. En nuestros días, ¡cuántos cristianos han sido desplazados de sus hogares, e incluso de su patria!

San Lucas narra en los Hechos de los Apóstoles la persecución que se desató contra la Iglesia de Jerusalén. Y como aquellos primeros cristianos se dispersaron por las regiones de Judea y Samaría. Los que se habían dispersado iban de un lugar a otro anunciando la palabra del Evangelio (Hch 8, 4). La expansión de la Iglesia por Samaría es el primer paso del cumplimiento de las palabras que dijo Cristo a sus apóstoles antes de subir al Cielo: Seréis mis testigos en Jerusalén, en toda Judea y Samaría, y hasta los confines de la tierra (Hch 1, 8). El Evangelio, la Buena Nueva, el mensaje salvífico del Señor, rebasa las fronteras de Judea porque en medio de infortunio, los cristianos continúan la predicación, en vez de descuidarla (San Juan Crisóstomo, In Acta Apostolorum 18).

El éxito de la predicación del diácono Felipe en Samaría, según narra san Lucas en los Hechos de los Apóstoles, es la primera consecuencia de la persecución. Decía un Padre de la Iglesia: La religión fundada por el misterio de la Cruz de Cristo no puede ser destruida por ningún género de crueldad. No se disminuye la Iglesia por las persecuciones, antes al contrario, se aumenta. El campo del Señor se viste entonces con una cosecha más rica. Cuando los granos que caen mueren, nacen multiplicados (San León I Magno, In natali Apostolorum Petri et Pauli 6).

Estando san Pablo en Listra, unos judíos que vinieron de Antioquía y de Iconio sedujeron a la muchedumbre para que apedreara al apóstol, y lo arrastraron fuera de la ciudad creyéndole muerto. Al día siguiente, san Pablo, acompañado de san Bernabé, marchó a Derbe. Después de predicar el Evangelio en aquella ciudad y hacer numerosos discípulos, se volvieron a Listra, Iconio y Antioquía, confortando los ánimos de los discípulos y exhortándoles a perseverar en la fe, diciéndoles que es preciso que entremos en el Reino de Dios a través de muchas tribulaciones (Hch 14, 21-22). Aquí san Lucas señala el progreso y la victoria de la Palabra de Dios, al tiempo que no deja de apuntar que el camino de los que anuncian el Evangelio es un camino de cruz. Cruz, trabajos, tribulaciones: los tendrás mientras vivas. -Por ese camino fue Cristo, y no es el discípulo más que el Maestro (Camino, n. 699).

Acompañemos con nuestra oración a los cristianos perseguidos. Son millones de cristianos en todo el mundo que no pueden vivir su fe libremente. Cada año son asesinados cerca de 100.000 cristianos a causa de sus creencias religiosas, es decir, uno cada cinco minutos. De hecho, el cristianismo es la confesión religiosa más perseguida. El derecho a la libertad religiosa se vulnera en 82 países. En una ciudad de Irak, Mosul, el grupo yihadistas dieron a elegir a los cristianos entre convertirse al islam o marcharse en el plazo de 24 horas; de lo contrario, perecerían “por la espada”. De esta manera, una ciudad que hasta hace poco contaba con 30.000 cristianos, hoy ya no tiene ninguno. De hecho, es la primera vez en 1.600 años que ya no se celebra la liturgia dominical.

Sancta Maria, Regina Martyrum, ora pro nobis.

Solemnidad del Sagrado Corazón de Jesús. Homilía (Ciclo B)

La Iglesia universal celebra la fiesta del Sagrado Corazón de Jesús, según el deseo del mismo Jesucristo manifestado a Santa Margarita María de Alacoque, en junio de 1675. Te pido que el primer viernes después de la octava del Corpus se celebre una fiesta especial para honrar a mi Corazón, y que se comulgue dicho día para pedirle perdón y reparar los ultrajes por él recibidos durante el tiempo que ha permanecido expuesto en los altares. También te prometo que mi Corazón se dilatará para esparcir en abundancia las influencias de su divino amor sobre quienes le hagan ese honor y procuren que se le tribute. Más adelante santa Margarita propagaría los mensajes del Sagrado Corazón de Jesús. En 1856 el beato Pío IX extendió la fiesta del Sagrado Corazón de Jesús a toda la Iglesia universal. Esta fiesta recuerda el misterio del Amor que Dios alberga por los hombres de todos los tiempos.

El sentido de la fiesta del Sagrado Corazón de Jesús es que descubramos cada vez más y nos envuelva la fidelidad humilde y la mansedumbre del amor de Cristo, revelación de la misericordia de Dios; y así, procurar tener los mismos sentimientos de ese Corazón Sacratísimo. Es el Corazón que más ha amado y sigue amando a todos los hombres, también a los que lo traspasaron con la lanza. Por eso le pedimos al Señor que nuestro corazón sea semejante al suyo: manso y humilde, puro, misericordioso y compasivo; porque la fidelidad de Dios nos enseña a acoger la vida como un acontecimiento de su amor y nos permite testimoniar este amor al prójimo.

Al llegar a Jesús, como lo vieron ya muerto, no le quebraron las piernas, sino que uno de los soldados le atravesó el costado con una lanza y al instante salió sangre y agua (Jn 19, 33-34). En el Gólgota, el cuerpo sin vida del Redentor, libre ya de dolores, es atravesado por una lanza, y su Corazón… traspasado de amor. Del costado abierto por la lanzada se abrió la puerta de la vida; y del Corazón de Jesús brotó con fuerza sangre y agua… manaron los sacramentos, en los que se nos concede la gracia y se alimenta nuestra fe y nuestro amor. La llaga se hizo manantial de gracia. Así como del costado del primer padre dormido Dios formó a la primera mujer, del costado del Crucificado muerto salió la Iglesia, esposa de Cristo.

Dios permitió la lanzada para que a través de la llaga abierta en el costado de Jesús tuviéramos acceso a su Corazón, a la amistad con Él. Nuestro destino es ser amigos suyos. Nosotros no lo somos y nos alejamos, con nuestros pecados, con nuestros caprichos y muchas otras cosas. Él es fiel a la amistad porque nos ha llamado a vivirla. Nos ha elegido para ser sus amigos: “Ya no os llamo siervos (…), a vosotros os amigos” (Jn 15, 15). ¿Cómo habla Jesús a Judas, en el momento de la traición?: “Amigo, ¿a qué vienes?” (Mt 26, 50). Él es fiel. No le dice: “Vete porque tú te has alejado de mí. Vete”. ¡No! Él hasta el final es fiel al don de la amistad (Papa Francisco, Homilía 14.V.2018). Por eso podemos confiar plenamente en el Señor. Jamás nos defraudará el más fiel Amigo que tenemos. Sagrado Corazón de Jesús, en Vos confío.

El Sagrado Corazón de Jesús nos habla de la ternura de Dios, que está reflejada en la primera lectura de la Misa. Cuando Israel era niño, yo le amé, y de Egipto llamé a mi hijo. Yo enseñé a Efraím a caminar, tomándole por los brazos, pero ellos no conocieron que yo cuidaba de ellos. Con vínculos de afecto los atraía, con lazos de amor. Era para ellos como quien alza a un niño hasta sus mejillas, y me inclinaba hacia él y le daba de comer. Mi corazón está en mí trastornado, y a la vez se estremecen mis entrañas. No daré curso al ardor de mi cólera, no volveré a destruir a Efraím, porque soy Dios, no hombre; en medio de ti yo soy el Santo, y no vendré con ira (Os 11, 1.3-4.8-9). Es enternecedor este relato de las relaciones de Dios y su pueblo: el Señor es fiel. Si en otros pasajes del Antiguo Testamento la fidelidad de Dios con Israel se proclamaba bajo la imagen del esposo, ahora se hace bajo la imagen del padre. El amor de Dios a su Pueblo es comparado al amor de un padre a su hijo. Este amor de Dios es más fuerte que el amor de una madre a sus hijos. Dios ama a su Pueblo más que el esposo a la amada; este amor es misericordioso y vence incluso las peores infidelidades; y llegará hasta el extremo, hasta el don más precioso: Tanto amó Dios al mundo que dio a su Hijo único (Jn 3, 16). El profeta Oseas nos dice que el amor de Dios por su Pueblo, y a la postre por la criatura humana, reúne por superación los amores humanos, el amor paternal y el esponsal, que son sólo reflejos parciales del amor divino.

En la segunda lectura, tomada de la Carta a los Efesios, san Pablo habla de la gracia que le ha sido otorgada: anunciar a los gentiles la insondable riqueza de Cristo, e iluminar a todos acerca del misterio que durante siglos estuvo escondido en Dios, el Creador de todas las cosas (Ef 3, 8-9). Es el reconocimiento humilde de la acción de Dios en su alma. El proyecto salvador, oculto en Dios, al que se refiere el Apóstol, es el que ha sido revelado por Jesucristo y hace comprender el amor infinito de Dios hacia el hombre, ya que muestra que la creación entra en el proyecto de salvación.

Doblo mis rodillas ante el Padre, de quien toma nombre toda familia en el cielo y en la tierra, para que os conceda, según la riqueza de su gloria, que seáis fortalecidos por la acción de su Espíritu en el hombre interior, que Cristo habite por la fe en vuestros corazones, para que, arraigados y cimentados en el amor, podáis comprender con todos los santos cuál es la anchura y la longitud, la altura y la profundidad, y conocer el amor de Cristo, que excede a todo conocimiento, para que os vayáis llenando hasta la total Plenitud de Dios (Ef 3, 14-19). San Pablo recurre al poder de la oración para pedir a Dios para que los cristianos entiendan más profundamente posible el plan de salvación de todos los hombres, realizado en Cristo.

Doblo mis rodillas. Es un gesto que indica la intensidad de su oración y la humildad con que la realiza. Los gestos corporales -genuflexiones, inclinaciones de cabeza, golpes de pecho, etc.- que acompañan a la oración deben ser manifestaciones sinceras de piedad. Hacen que el hombre entero, cuerpo y alma, muestre con sus palabras y gestos el amor filial que tiene a Dios. El amor hace a los enamorados finos, delicados; les descubre, para que los cuiden, detalles a veces mínimos, pero que son siempre expresión de un amor apasionado (San Josemaría Escrivá, Es Cristo que pasa n. 92).

El fortalecimiento del hombre interior mediante la acción del Espíritu Santo implica el arraigo de la fe, la caridad y la esperanza, tal como san Pablo lo pide para los destinatarios de la carta, en definitiva, para todos los cristianos. ¡Cuál necesaria es la fe! Sin ella no se puede agradar a Dios. La fe nos otorga el conocimiento de Dios. Y el amor sigue al conocimiento. De ahí que nadie pueda amar a quien no conoce. Sólo cuando el bien es conocido pasa a ser amado; sólo conociendo a Dios se le puede amar. En su oración, san Pablo pide a Dios para los cristianos el conocimiento del “misterio de Cristo”, que es esencialmente la manifestación de su amor. El amor que Cristo nos tiene supera toda medida, toda capacidad del conocimiento humano, porque es un amor de dimensión divina.

Conocer la Historia de la Salvación y el “misterio de Cristo” es, en definitiva, darse cuenta de la magnitud del amor de Dios. Ahí está el fundamento de la vida cristiana: Nosotros hemos conocido el amor que Dios nos tiene, y hemos creído en él. Dios es Amor y quien permanece en el amor permanece en Dios y Dios en él (Jn 4, 16). Sí, Dios es Amor, y nosotros estamos siendo personalmente objeto del amor de Dios, que nos ama uno a uno, como un buen padre a sus hijos. La experiencia de que Nuestro Señor nos dispensa de continuo un amor de predilección hace cantar a la liturgia de la Iglesia: Tu amor, Jesús, es agradable alimento de la mente, llena sin saciar, da hambre el desearlo. Oh Jesús, suma benignidad, admirable alegría del corazón, bondad inabarcable, tu amor nos abraza (Solemnidad del Sagrado Corazón de Jesús, Himno de laudes).

San Juan es quien nos narra la escena de la lanzada. Los judíos, como era el día de la Preparación, para que no quedasen los cuerpos en la cruz el sábado -porque aquel sábado era muy solemne- rogaron a Pilato que les quebraran las piernas y los retiraran. Fueron, pues, los soldados y quebraron las piernas del primero y del otro crucificado con él (Jn 19, 31-32). Jesús muere en la víspera de la Pascua judía, cuando en el Templo se inmolaban oficialmente los corderos pascuales. Al subrayar esta coincidencia el Evangelista insinúa que el sacrificio de Cristo sustituía a los sacrificios de la antigua Ley e inauguraba la Nueva Alianza con su sangre. Como la Ley de Moisés mandaba que los ajusticiados no permaneciesen colgados del madero al llegar la noche, los judíos piden al procurador romano que aceleren la muerte. Cuando llegaron los soldados enviados por Pilato para esta misión Jesucristo ya había muerto. Y es entonces cuando uno de aquellos soldados clavó su lanza en el costado del Señor. Y esto fue permisión de la divina providencia, a fin de que, brotando de la herida sangre y agua, se derramase el precio de nuestra salud, el cual, manando de la fuente arcana del corazón, diese a los sacramentos de la Iglesia la virtud de conferir la vida de la gracia, y fuese para los que viven en Cristo como una copa llenada en la fuente viva, que salta hasta la vida eterna (San Buenaventura, El árbol de la vida 29-30).

El que lo vio lo atestigua y su testimonio es válido, y él sabe que dice la verdad, para que también vosotros creáis. Y todo esto sucedió para que se cumpliera la Escritura: No se le quebrará hueso alguno. Y también otra Escritura dice: Mirarán al que traspasaron (Jn 19, 35-37). San Juan da un testimonio veraz acerca de los sucesos de la vida del Señor. Él conoció a Jesús desde el principio de la vida pública del Maestro, y estuvo al pie de la Cruz. La alusión que hace de la Escritura se refiere al precepto de la Ley de no romper ningún hueso al cordero pascual, y con esto nos dice que Jesús es el verdadero Cordero pascual que quita el pecado del mundo. Y termina el relato de la Pasión del Señor con el siguiente versículo del profeta Zacarías: Derramaré sobre la casa de David y sobre los habitantes de Jerusalén un espíritu de gracia y de oración; y mirarán hacia mí. En cuanto a aquél a quien traspasaron, harán lamentación por él como lamentación por hijo único, y le llorarán amargamente como se llora amargamente a un primogénito (Za 12, 10), que preanunciaba la salvación por el sufrimiento y muerte misteriosos de un Redentor. San Juan evoca con este texto profético la salvación realizada por Jesucristo que, clavado en la Cruz, ha cumplido la promesa divina de redención. Todo aquél que le mire con fe recibe los frutos de su Pasión. Mirad al árbol de la Cruz, donde estuvo clavada la salvación del mundo, y desde los primeros tiempos de la Iglesia el Crucifijo es el signo que recuerda a los cristianos el momento supremo del amor de Cristo que, muriendo, nos libra de la muerte eterna. Y el Corazón de Jesús es ese amor personificado. Que Santa María nos ayude a corresponde al amor del Sagrado Corazón de Jesús.

Domingo XI del Tiempo Ordinario. Homilía (Ciclo B)

El apóstol san Pablo, en su segunda carta a los cristianos de Corinto, escribe: Siempre estamos llenos de buen ánimo, aun sabiendo que mientras moramos en el cuerpo, estamos en destierro lejos del Señor, pues caminamos en la fe y no en la visión (2 Co 5, 6-7). Dios nos ha creado para que gocemos de la visión beatífica, para que le veamos tal cual es, cara a cara. En esta tierra estamos en camino hacia la casa del Padre. Vivimos de fe. Esta tierra no es nuestra patria; estamos en ella como de paso, cual peregrinos. Nuestra patria es el Cielo, que hay que merecer con la gracia de Dios y nuestras buenas acciones. Nuestra casa no es la que habitamos al presente, que nos sirve tan sólo de morada pasajera; nuestra casa es la eternidad (San Alfonso María de Ligorio, Sermones abreviados 16, 1, 2).

Fe, pero también caminamos con esperanza y con el deseo de vivir junto al Señor. Este deseo hará que no perdamos de vista que aquí, en la tierra, hemos de esforzarnos por ser gratos a Dios.

Después que mi piel se haya destruido, desde mi carne veré a Dios. Yo lo veré por mí mismo, mis ojos lo contemplarán y no otro (Jb 19, 26-27). Este pasaje bíblico nos recuerda una de las verdades de la fe: después de la muerte, si hemos sido fieles a las exigencias de nuestra vocación cristiana, nos espera la felicidad eterna, que deriva de la contemplación de Dios y de la participación en la vida divina. Y, en el fin de los tiempos, cuando el Señor vuelva glorioso sobre la tierra, esperamos la resurrección de la carne.

El camino del Cielo es el cumplimiento de la voluntad de Dios, no el repetir su nombre. No todo el que dice: ¡Señor, Señor!, entrará en el reino de los cielos, sino el que hace la voluntad de mi Padre que está en los cielos (Mt 7, 21). La voluntad de Dios está expresada en el Decálogo. Hay una una estrecha relación entre la vida eterna y la obediencia a los mandamientos de Dios: los mandamientos indican al hombre el camino de la vida eterna y a ella conducen.

Porque todos debemos comparecer ante el tribunal de Cristo, para que cada uno reciba conforme a lo bueno o malo que hizo durante su vida mortal (2 Co 5, 10). Aquí san Pablo se refiere al juicio particular. El Magisterio de la Iglesia afirma la existencia de este juicio: Cada hombre, después de morir, recibe en su alma inmortal su retribución eterna en un juicio particular que refiere su vida a Cristo (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 1.022). La sentencia de premio (el Cielo) o castigo (el Infierno) depende de los merecimientos del alma durante su vida en la tierra, ya que con la muerte termina el tiempo y la posibilidad de merecer.

Meditar sobre los novísimos (muerte, juicio, infierno y cielo) hace mucho bien. El pensar que Dios nos puede llamar en cualquier momento nos ayuda a vivir siempre bien preparados para comparecer ante el Señor; creer en el Cielo que hay que ganar nos estimula a hacer méritos para conseguirlo; y la existencia del Infierno que hay que evitar hace que luchemos para vencer las tentaciones y no pecar.

El tercer misterio luminoso es El anuncio del Reino de Dios invitando a la conversión. Jesucristo ha venido a la tierra a salvar a toda la humanidad de la esclavitud del pecado, del demonio y de la muerte, y abrir así el camino de salvación. Y quiso decirnos que su deseo es tenernos a todos en el paraíso; y que el infierno, de lo que se habla poco en nuestro tiempo, existe y es eterno para todos los que cierren su corazón a su amor.

Todos los hombres están llamados a entrar en el Reino. Anunciado en primer lugar a los hijos de Israel, este reino mesiánico está destinado a acoger a los hombres de todas las naciones. Para entrar en él, es necesario acoger la palabra de Jesús (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 543). Escribe san Pablo a los cristianos de Roma: …todo el que invocare el nombre del Señor será salvo. Pero ¿cómo invocarán a Aquél en quien no han creído? Y ¿cómo creerán sin haber oído de Él? Y ¿cómo oirán si nadie les predica? Y ¿cómo predicarán si no son enviados? (Rm 10, 13-15).

El Reino de Dios viene a ser como un hombre que echa la semilla sobre la tierra, y, duerma o vele noche y día, la semilla nace y crece, sin que él sepa cómo (Mc 4, 26-27). La semilla que hay que esparcir es la Palabra de Dios, la doctrina de Cristo. Si hay siembra, siempre habrá fruto. La siembra se realiza con la catequesis, que es una de las tareas primordiales de la Iglesia, a la que siempre ha dedicado sus energías. Se ha dicho que un pueblo que no conoce el Catecismo es un pueblo muerto, como muere sin agua la semilla en el campo.

La Palabra de Dios se compara a una pequeña semilla sembrada en el campo: los que escuchan con fe y se unen al pequeño rebaño de Cristo han acogido el Reino; después la semilla, por sí misma, germina y crece hasta el tiempo de la siega (Concilio Vaticano II, Constitución dogmática Lumen gentium, n. 5).

Y con muchas parábolas semejantes les anunciaba la palabra, conforme a lo que podían entender (Mc 4, 33). En nuestros días la tarea evangelizadora de la Iglesia es urgente, pues una gran indiferencia religiosa colorea de incredulidad el globo terráqueo. Un desinterés -cada vez mayor- por la formación en la fe recibida se palpa en la vida de muchos cristianos. Hay quienes olvidan que la fe es vida, que las verdades religiosas hay que convertirlas en motor de la propia vida, procurando que influyan en la conducta cotidiana. Bastantes personas bautizadas viven despreocupadas en lo que se refiere a la Religión.

Ante este panorama, hay que reaccionar. Hemos de ser puntos de luz ahora que hay tanta oscuridad e ignorancia de Dios; hemos de ser fuego para encender tantas almas que están apagadas; hemos de ser torrente de ilusión para contagiar nuestros ideales cristianos a los demás; hemos de ser fermento de caridad para romper las cadenas del odio reavivado por los enemigos de la Iglesia; hemos de ser de los que anuncian el Evangelio de la paz y cosas buenas para superar el mal con el bien.

Hay que catequizar a todos los hombres, pero quizá con mayor urgencia a los niños y a los jóvenes. Una catequesis que debe empezar en el ambiente familiar. Los padres deben ser los primeros catequistas de sus hijos; transmisores del Cristianismo desde la alegría, pues Dios está vivo y es la fuente de la alegría y de la felicidad. Sí, catequesis en la familia, pero también en las parroquias y en los colegios con ideario cristiano.

La catequesis no es otra cosa que repetir las verdades del Evangelio, y de esto es de lo que tiene necesidad tantos y tantos que no conocen el misterio de Jesucristo ni la Iglesia fundada por Él. Es la enseñanza de la Doctrina cristiana que todo bautizado, está obligado a aprender para cumplir sus obligaciones de cristiano; y cuyas partes principales son las verdades que se deben creer, los mandamientos que hay que cumplir, y los medios que tiene a su disposición para santificarse: la oración y los sacramentos.

Repasemos con alguna frecuencia el Catecismo de la Iglesia Católica. Nos vendrá muy bien para combatir la ignorancia religiosa con la doctrina; para catequizar con don de lenguas; para fomentar la vida de piedad, orientando el alma hacia el amor a Dios, a la Sagrada Eucaristía y a la Santísima Virgen; para enseñar a rezar, explicando a quién se reza y por qué se reza.

Otra de las parábolas del Señor es la de cizaña. También aquí se habla de sembrar y del Reino de los Cielos. Éste es como un hombre que sembró buena semilla en el campo (Mt 13, 24). Más adelante el mismo Cristo dice que el que siembra la buena semilla es el Hijo del hombre; el campo es el mundo (Mt 13, 27-28). El Señor siembra la palabra, pero también el diablo siembra, y lo que siembra es el mal, la cizaña. En la parábola se dice: Pero, mientras dormían los hombres, vino su enemigo, sembró cizaña en medio del trigo y se fue (Mt 13, 25). A veces nos dormimos. Mal sueño. El diablo no se toma vacaciones; aprovecha todas las ocasiones para hacer el mal. Por eso, los cristianos hemos de estar siempre vigilantes. Ahoguemos el mal en abundancia de bien. Tenemos que hacer fructificar la semilla sembrada por el Señor dando a conocer las enseñanzas evangélicas. Y aunque la cizaña sea abundante, al final el triunfo será de Cristo.

No es fácil distinguir entre el trigo y la cizaña hasta que no aparece la espiga granada, como tampoco a veces es fácil separar el bien del mal. Por eso el hombre que sembró semilla buena no se precipitó. Cuando sus siervos le dicen: ¿Quieres que vayamos arrancarla? (Mt 13, 28), les responde: No, no vaya a ser que, al arrancar la cizaña, arranquéis también con ella el trigo . Dejad que crezcan juntos hasta siega. Y al tiempo de la siega les diré a los segadores: “Arrancad primero la cizaña y atadla en gavillas para quemarla; el trigo, en cambio, almacenadlo en mi granero” (Mt 13, 29-30).

Vemos la paciencia de Dios. La parábola es una advertencia y un aviso. Dios tiene paciencia con vosotros, porque no quiere que nadie se pierda, sino que todos se conviertan (2 P 3, 9), pero exige obras que avalen la conversión. El tiempo de la siega es el fin del mundo, el día del Juicio Universal. Al final, Cristo -Hijo del hombre triunfante- juzgará a todos y dará a cada uno su merecido.

El campo es el mundo. Por otra parábola del Señor -la del sembrador- sabemos que no toda semilla que es arrojada al campo da fruto, por diversos motivos (cae junto al camino y es pisoteada o se la come los pájaros; o cae sobre piedras o en medio de las espinas), pero hay una parte que cayó en la tierra buena, y cuando nació dio fruto al ciento por uno (Lc 8, 8). Estamos llamados a trabajar en ese campo que es el mundo entero, a gastar nuestros días en una tarea de siembra, a preparar una tierra para que la simiente esparcida a voleo por el Sembrador Divino dé un fruto al ciento por uno.

Esta tarea consiste en llevar los tesoros de la fe a los confines de la tierra; en encauzar la energía que brota de la juventud hacia el inmenso mar sin fondo del amor de Dios; en sacudir de su poltronería a los cristianos aburguesados. Hay que labrar la tierra arrancando la mala hierba de las pasiones, hasta convertirla en buena tierra donde la semilla arraigue. Entonces habrá frutos de santidad y verdaderos milagros de la gracia, como brotar un amor ardiente por Jesucristo en los corazones de aquellos que en el desierto de sus vidas, de esa vidas sin Cristo, se inclinaban hacia la tierra como plantas sin agua; florecer en la tierra joven alegría donde antes sólo había tristeza; generosidad en medio de un campo sembrado de hipocresía por el enemigo de la verdad; libertad en ojos llorosos bañados por lágrimas de esclavitud.

Cuando llegue el momento de mayor dificultad -que lo habrá-, las horas de cansancios y fatigas, y tengamos que soportar en esta siembra de la Palabra de Dios el peso del día y del calor, acudamos a Santa María. Ella hará que recobremos fuerzas para seguir trabajando con ilusión y vibración apostólica en la viña del Señor.

Domingo X del Tiempo Ordinario. Homilía (Ciclo B)

A imagen tuya creaste al hombre y le encomendaste el universo entero, para que, sirviéndote sólo a ti, su Creador, dominara todo lo creado. Y cuando por desobediencia perdió tu amistad, no lo abandonaste al poder de la muerte, sino que, compadecido, tendiste la mano a todos, para que te encuentre el que te busca (Plegaria eucarística IV). Estas pocas palabras son como un canto a la misericordia de Dios, y una llamada a la esperanza porque cuando el hombre pecó, Dios se compadeció de él y decidió salvarle. Por tanto, no perdamos nunca la esperanza.

El hombre, creado por Dios, desobedece un mandato divino, y enseguida experimenta los efectos del pecado. Yavé Dios llamó al hombre y le dijo: “¿Dónde estás?” Éste contestó: “Te oí andar por el jardín y tuve miedo, porque estoy desnudo; por eso me escondí”. Él replicó: “¿Quién te ha hecho ver que estabas desnudo? ¿Has comido acaso del árbol del que te prohibí comer?” (Gn 3, 9-11). El hombre y la mujer han conocido el mal y lo proyectan, antes que nada, a lo que les es más propio e inmediato: sus propios cuerpos. Se ha roto la armonía interior, descrita así por el autor sagrado: Ambos estaban desnudos, el hombre y su mujer, y no sentían vergüenza (Gn 2, 25). Por el pecado surgió la concupiscencia. El dominio de las facultades espirituales del alma sobre el cuerpo se quiebra. Y al mismo tiempo, se rompió la amistad entre el hombre y Dios. El hombre rehuye su presencia para no ser visto por su Creador en su desnuda realidad, que no es otra que la de ser pecador. ¡Como si Dios no conociese lo que ha pasado!

Y hay una tercera ruptura. También se rompió la armonía entre el hombre y la mujer: él la culpa a ella. Dijo el hombre: “La mujer que me diste por compañera me dio del árbol y comí” (Gn 3, 12). A partir de entonces la unión entre el hombre y la mujer es sometida a tensiones y sus relaciones estarán marcadas por el deseo y el dominio.

También la mujer se excusa ante Dios, echando las culpas a la serpiente. Dijo, pues, Yavé Dios a la mujer: “¿Por qué lo has hecho?” Y contestó la mujer: “La serpiente me sedujo, y comí” (Gn 3, 13). Pero los tres -el hombre, la mujer y la serpiente han tenido su parte de responsabilidad, por lo que a los tres se les anuncia el castigo. He aquí las palabras de Dios dirigidas a la serpiente: Por haber hecho esto, maldita seas entre todas las bestias y entre todos los animales del campo. Sobre tu vientre caminarás, y polvo comerás todos los días de tu vida. Enemistad pondré entre ti y la mujer, y entre tu linaje y el suyo: él te pisará la cabeza mientras tú le herirás en el talón (Gn 3, 14-15).

El castigo que Dios impone a la serpiente incluye el enfrentamiento perpetuo entre la mujer y el diablo, entre la humanidad y el mal, con la promesa de la victoria por parte del hombre. Por eso se ha llamado a este pasaje el “Protoevangelio”, el primer anuncio que recibe la humanidad de la buena noticia del Redentor. La victoria sobre el diablo la llevará a cabo un descendiente de la mujer, el Mesías. La Iglesia siempre ha entendido estos versículos del “Protoevangelio” en sentido mesiánico referidos a Jesucristo, y ha visto en la mujer, madre del Salvador prometido, a la Virgen María.

Nuestros primeros padres -Adán y Eva- fueron expulsados del paraíso terrenal por desobedecer a Dios. Salieron tristes por haber perdido la amistad con Dios y los dones sobrenaturales y preternaturales, pero con la esperanza del Mesías. Por eso recorremos el camino de la vida con esperanza. A pesar de las muchas dificultades que podamos tener, sabemos que en esperanza fuimos salvados (Rm 8, 24). Una esperanza fiable, gracias a la cual podemos afrontar nuestro presente: el presente, aunque sea un presente fatigoso, se puede vivir y aceptar si lleva hacia una meta, si podemos estar seguros de esta meta y si esta meta es tan grande que justifique el esfuerzo del camino. (Benedicto XVI, Encíclica Spe salvi, n. 1).

Dios no es un Dios que desde su inmutable serenidad espiritual presida impasible la suerte de los hombres y el curso de la historia. Es un Dios vivo, que ve la miseria del hombre y escucha sus clamores. Es un Dios que se interesa por la vida, un Dios que libera y guía, un Dios que interviene en la historia y abre camino a una nueva historia. Es un Dios de esperanza.

San Pablo también nos habla de esperanza: Quien resucitó al Señor Jesús también nos resucitará con Jesús y nos pondrá a su lado con vosotros. Porque todo es para vuestro bien (2 Co 4, 14-15). La esperanza de conseguir una gloria eterna. Esta vida terrena no está exenta de tribulaciones, y tiene fin. Por eso nosotros no ponemos nuestros ojos en las cosas visibles, sino en las invisibles; pues las visibles son pasajeras, y en cambio las invisibles, eternas (2 Co 4, 18).

Ante realidades sociales difíciles y complejas es preciso reforzar la esperanza, que se funda en la fe y se expresa en una oración incansable. La oración es la que mantiene encendida la llama de la fe. La esperanza cristiana nos mueve, de una parte, a no perder nunca de vista la meta última de nuestra peregrinación terrena, que es la posesión de Dios en el Cielo; y, de otra, a alcanzar paz en la lucha, firmeza en las dificultades, victoria en las tentaciones, aunque de cuando en cuando caigamos por tierra, a causa de la debilidad humana, y hayamos de levantarnos (Javier Echevarría, Carta 1.I.1998, Romana n. 26).

El linaje de la mujer aplastará la cabeza de la serpiente. Jesucristo ha venido a la tierra a arrancar el dominio que el demonio tenía sobre el mundo, con una lucha incesante, y siempre vence. Por eso, cuan seamos tentados por Satanás, acudamos pronto al Señor. Con su ayuda rechazaremos la tentación, saldremos victoriosos. Los Santos Evangelios repetidas veces muestra el poder del Señor sobre el demonio y las fuerzas diabólicas. Un tipo de milagros que realiza Cristo es expulsión de demonios en personas poseídas por espíritus malignos (expulsa los demonios del poseso de Gerasa; hace hablar a un poseso mudo…). Las expulsiones de demonios que narran los evangelistas vienen resumidas en los Hechos de los Apóstoles, en el discurso de san Pedro ante Cornelio y su familia. Hablando de Cristo dijo: Pasó haciendo el bien y sanando a todos los que habían caído bajo el poder del diablo (Hch 10, 38).

En una ocasión llevaron ante Jesús a un endemoniado ciego y mudo. Y lo curó, de manera que el mudo hablaba y veía. Entonces los fariseos y escribas dijeron: Está poseído por Beelzebul y por el príncipe de los demonios expulsa los demonios (Mc 3. 22). Con estas palabras acusan a Cristo de ser instrumento del diablo. La obstinación de los enemigos de Jesús no cede ante la evidencia del milagro. Puesto que no pueden negar el valor extraordinario del hecho, lo atribuyen a artes demoníacas, con el intento de negar que Jesús es el Mesías. El Señor les replica con un razonamiento que no permite escapatoria, y después de preguntarles: ¿Cómo puede Satanás expulsar a Satanás? (Mc 3, 23), dice: Yo expulso los demonios por el Espíritu de Dios (Mt 12, 28). Las expulsiones de demonios que hace son pruebas evidentes de que con Él ha llegado el Reino de Dios y, por tanto, el diablo –príncipe de este mundo (Jn 12, 31)- ha sido arrojado fuera, bien lejos de sus dominios.

Después de referirse al poder por el cual expulsa los demonios, Jesús dice: Cuando uno es fuerte y está bien armado custodia su palacio, sus bienes están seguros; pero si llega otro más fuerte y le vence, le quita sus armas en las que confiaba y reparte su botín (Lc 11, 21-22). El fuerte y bien armado es el demonio, que con su poder tenía esclavizado al hombre; pero Jesucristo, más fuerte que él, ha venido, le ha vencido y le ha desalojado de donde se había enseñoreado. Por eso, por muy fuertes que sean los ataques del demonio, con Cristo no hay nada qué temer. Pero tengamos en cuenta que el demonio no descansa en su lucha contra el hombre. No se toma vacaciones, solía decir san Josemaría Escrivá. Una vez rechazado por la gracia de Dios, de nuevo ataca. Conocedor de esto, san Pedro nos recomienda vivir sobrios y vigilantes porque vuestro enemigo el diablo da vueltas alrededor de vosotros con león rugiente buscando a quien devorar: resistidle fuertes en la fe (1 P 5, 8-9).

Este poder de expulsar demonios Jesucristo se lo ha dado a su Iglesia. En mi nombre expulsarán demonios (Mc 16, 17). Cuando volvieron los discípulos después de la misión que el Señor les ha encomendado –los envió de dos en dos delante de él a toda ciudad y lugar donde él había de ir (Lc 10, 1)-, dijeron llenos de alegría a su Maestro: ¡Señor! hasta los demonios se nos sometían en tu nombre (Lc 10, 17). Y Jesús les dijo: Veía yo a Satanás caer del cielo como un rayo (Lc 10, 18). Y es que desde Cristo el demonio se bate en retirada, pues ha sido vencido.

Jesús acompaña su palabra con signos y milagros para atestiguar que el Reino está presente en Él, el Mesías. Si bien cura a algunas personas, Él no ha venido para abolir todos los males de esta tierra, sino ante todo para liberarnos de la esclavitud del pecado. La expulsión de los demonios anuncia que su Cruz se alzará victoriosa sobre “el príncipe de este mundo” (Compendio del Catecismo de la Iglesia Católica, n. 108).

Con los exorcismos se expulsan los demonios de las personas poseídas por el diablo. Las expulsiones de demonios que se realizan en nombre de Jesús tienen una gran importancia en la historia de la salvación. Además, para alejar al demonio está el agua bendita. Santa Teresa de Jesús recomendaba: Tenga agua bendita junto a sí, que no hay cosa con que más huya. Y lo decía por experiencia propia. Estaba una vez en un oratorio, y aparecióme hacia el lado izquierdo, de abominable figura; en especial miré la boca, porque me habló, que la tenía espantable. Parecía le salía una gran llama del cuerpo, que estaba toda clara, sin sombra. Díjome espantablemente que bien me había librado de sus manos, mas que él me tornaría a ellas. Yo tuve gran temor y santigüéme como pude, y desapareció y tornó luego. Por dos veces me acaeció esto. Yo no sabía qué me hacer. Tenía allí agua bendita y echélo hacia aquella parte, y nunca más tornó. De muchas veces tengo experiencia que no hay cosa con que huyan más para no tornar.

Estando Jesús hablando, llegan su madre y sus hermanos, y quedándose fuera, le envían a llamar. Estaba mucha gente sentada a su alrededor. Le dicen: “¡Oye!, tu madre, tus hermanos y tus hermanas están fuera y te buscan” (Mc 3, 32-33). En arameo -la lengua hablada por Jesús- se usaba la expresión “hermanos”, para designar también a los sobrinos, primos y parientes en general. Así, en el Génesis aparecen Abrahán y su sobrino Lot, y en algún momento se refieren a ellos como hermanos. Por eso, la Iglesia siempre ha entendido este pasaje como no referidos a otros hijos de la Virgen María. Estos hermanos aludidos son, pues, parientes próximos de Jesús.

Enterado del aviso, Jesús dice: ¿Quién es mi madre y quiénes mis hermanos? (Mc 3, 33), se pregunta Cristo, y Él mismo da la respuesta: Quien hace la voluntad de Dios (Mc 3, 35). El Señor afirma que el cumplimiento de la voluntad de Dios otorga un parentesco con Él más estrecho que el natural de la sangre. Por eso, la inclusión aquí de la Madre de Jesús es muy significativa ya que la Virgen María es la criatura que mejor ha correspondido al querer de Dios.

El camino del Cielo es el cumplimiento de la voluntad de Dios, no el repetir su nombre. No todo el que dice: ¡Señor, Señor!, entrará en el reino de los cielos, sino el que hace la voluntad de mi Padre que está en los cielos (Mt 7, 21). Por eso le decimos al Señor, con palabras del Salmista: Enséñame a hacer tu voluntad, porque eres mi Dios (Sal 146, 10). Y también se lo pedimos a Santa María.

Solemnidad del Cuerpo y Sangre de Cristo. Homilía (Ciclo B)

Y cantados los himnos, salieron hacia el monte de los Olivos (Mc 14, 26). Después de la Última Cena, en la cual fue instituida la Eucaristía, el Señor fue a Getsemaní. En la liturgia del Jueves Santo, a continuación de la Misa in Coena Domini tiene lugar una procesión con el Santísimo. En la procesión del Jueves Santo la Iglesia acompaña a Jesús al monte de los Olivos: la Iglesia orante desea vivamente velar con Jesús, no dejarlo solo en la noche del mundo, en la noche de la traición, en la noche de la indiferencia de muchos. En la fiesta del Corpus Christi  reanudamos esta procesión, pero con la alegría de la Resurrección. El Señor ha resucitado y va delante de nosotros (Benedicto XVI). En la primera procesión, se acompaña a Jesús en su soledad, hacia el “via crucis”. En cambio, la procesión del Corpus Christi responde de modo simbólico al mandato del Resucitado: voy delante de vosotros a Galilea. Id hasta los confines del mundo, llevad el Evangelio al mundo.

Lo más característico de la Solemnidad del Santísimo Cuerpo y Sangre de Cristo es la procesión eucarística por las calles de nuestros pueblos y ciudades. La Eucaristía fue instituida por Cristo en la intimidad del Cenáculo, rodeado por los Apóstoles. Partiendo de esta intimidad, la fuerza del sacramento de la Eucaristía va más allá de las paredes de nuestras iglesias. En este sacramento el Señor está siempre en camino hacia el mundo. Este aspecto universal de la presencia eucarística se aprecia en la procesión del Corpus Christi. Llevamos a Cristo por los calles de nuestra ciudad. Encomendamos estas calles, estas casas, nuestra vida diaria, a su bondad. Que nuestras calles sean calles de Jesús. Que nuestras casas sean casas para él y con él. Que nuestra vida de cada día esté impregnada de su presencia. Con este gesto, ponemos ante sus ojos los sufrimientos de los enfermos, la soledad de los jóvenes y los ancianos, las tentaciones, los miedos, toda nuestra vida. La procesión quiere ser una gran bendición pública para nuestra ciudad: Cristo es, en persona, la bendición divina para el mundo (Benedicto XVI).

Hasta el siglo XI en que aparece Berengario de Tours, nadie había negado la presencia real de Cristo en la Eucaristía. Después ha habido herejes que la niegan. En el siglo XX se difundieron de nuevo las herejías que afirman que la Eucaristía es sólo un simbolismo, pero que no está realmente presente el Señor. Por eso, san Josemaría Escrivá, en su predicación recalcó la doctrina de la Iglesia sobre la Eucaristía. Un año, en día de esta fiesta dijo: En esta fiesta del Corpus Christi, debemos desagraviar al Señor como desagravian los hombres. Hemos de decirle, de un modo varonil y recio, pero lleno de amor, que le agradecemos esta fe que nos ha dado. Repetidle una vez y otra que creemos en su Presencia real en la Hostia Santa, donde sabemos que se encuentra oculto bajo las especies sacramentales: con su Cuerpo, con su Sangre, con su Alma, con su Divinidad. Y demos gracias también a la Trinidad Beatísima, que ha querido que el Hijo de Dios se encarnara en el seno purísimo de Santa María, nuestra Madre.

En la Misa de este día se lee el relato de la Última Cena del Evangelio de san Marcos. Y mientras estaban comiendo, tomó pan, lo bendijo, lo partió y se lo dio y dijo: “Tomad, este es mi cuerpo”. Tomó luego una copa y, dadas las gracias, se la dio, y bebieron todos de ella. Y les dijo: “Ésta es mi sangre de la Alianza, que es derramada por muchos (Mc 14, 22-24). Las palabras pronunciadas por el Señor son repetidas por los sacerdotes cuando, actuando in persona Christi celebran la Misa. Son las palabras de la consagración, por las cuales toda la sustancia del pan se convierte en el Cuerpo de Cristo, y toda la sustancia del vino, en su Sangre. En la Secuencia de la Misa decimos: Es certeza para los cristianos: el pan se convierte en carne, y el vino en sangre. Con gran gozo reafirmamos nuestra fe en la Eucaristía, el Misterio que constituye el corazón de la Iglesia. Y en el punto culminante de la Secuencia: He aquí el pan de los ángeles, pan de los peregrinos, verdadero pan de los hijos. La Eucaristía es el alimento reservado a los que en el bautismo han sido liberados de la esclavitud y han llegado a ser hijos, y por la gracia de Dios nosotros somos hijos; es el alimento que los sostiene en el largo camino del éxodo a través del desierto de la existencia humana.

La Eucaristía es el mayor don de Dios para la vida del mundo; es nuestro tesoro más valioso; el sacramento por excelencia que nos introduce anticipadamente en la vida eterna; contiene todo el misterio de nuestra salvación; y es la fuente y la cumbre de la acción y de la vida de la Iglesia. En la Eucaristía Jesús, como hizo con los discípulos de Emaús, se acerca a nosotros que peregrinamos por esta tierra. A veces caminamos por ella desalentados, entristecidos, como Cleofás y su compañero, considerándola sólo como un valle de lágrimas. Y Jesús se acerca para alimentar en nosotros la fe, la esperanza y la caridad; para consolarnos en las pruebas; para sostenernos y darnos paz.

Los cristianos, contemplando este inefable misterio, siempre ha percibido la grandeza de este Sacramento, que deriva de la realidad de la presencia de Cristo. Este misterio no se puede percibir con los sentidos, sino sólo con la fe, la cual se apoya en las palabras del Señor que, siendo Dios, no puede ni engañarse ni engañarnos. Por eso, en el himno Adoro te devote, decimos: Al juzgar de Ti se equivocan la vista, el tacto y el gusto; pero basta con el oído para creer con firmeza. Creo todo lo que ha dicho el Hijo de Dios: nada es más verdadero que esta palabra de verdad.

El modo de presencia de Cristo bajo las especies eucarísticas es singular. En la Eucaristía están contenidos verdadera, real y substancialmente el Cuerpo y la Sangre junto con el Alma y la Divinidad de Nuestro Señor Jesucristo, y, por consiguiente, Cristo entero. Y esta presencia eucarística de Cristo comienza en el momento de la consagración y dura todo el tiempo que subsistan las especies eucarísticas. Cristo está todo entero presente en cada una de las especies y todo entero en cada una de sus partes, de modo que la fracción del pan no divide a Cristo.

El pueblo cristiano da un testimonio público de fe y de piedad hacia este sacramento con las procesiones en que se lleva la Eucaristía por las calles con solemnidad y cantos, particularmente en la fiesta del Corpus Christi. La Iglesia Católica ha dado y continúa dando este culto de adoración que se debe al sacramento de la Eucaristía no solamente durante la Misa, sino también fuera de su celebración: conservando con el mayor cuidado las hostias consagradas, presentándolas a los fieles para que las veneren con solemnidad, llevándolas en procesión (San Pablo VI, Mysterium fidei).

En la primera lectura de la Misa se lee el pacto entre Dios y el pueblo elegido. El pacto quedó sellado con un sacrificio. Luego (Moisés) mandó a algunos jóvenes, de los israelitas, que ofreciesen holocaustos e inmolaran novillos como sacrificios de comunión para el Señor. Tomó Moisés la mitad de la sangre y la echó en vasijas; la otra mitad la derramó sobre el altar. Tomó después el libro de la Alianza y lo leyó ante el pueblo, que respondió: “Obedeceremos y haremos todo cuanto ha dicho el Señor. Entonces tomó Moisés la sangre, roció con ella al pueblo y dijo: “Ésta es la sangre de la Alianza que el Señor ha hecho con vosotros, según todas estas palabras” (Ex 24, 5-7). Al distribuir la sangre en partes iguales entre el altar, que representa a Dios, y el pueblo, se quiere significar que ambos se comprometen a las exigencias de la Alianza. Moisés al rociar con la sangre del sacrificio al pueblo entero lo está consagrando a Dios. La Alianza, por tanto, no es únicamente el compromiso de cumplir los preceptos, sino, ante todo, el derecho a pertenecer a la nación santa, posesión de Dios. Jesucristo, en la Última Cena, al instituir la Eucaristía, utiliza los mismos términos, sangre de la Nueva Alianza, indicando la naturaleza del nuevo pueblo de Dios, que, habiendo sido redimido, es en plenitud “pueblo santo de Dios”.

El Concilio Vaticano II enseña la relación de la Alianza hecha por Moisés con la Nueva Alianza, precisando el carácter del verdadero pueblo de Dios que es la Iglesia: (Dios) eligió como suyo al pueblo de Israel, pactó con él una Alianza y le instruyó gradualmente revelándose en Sí mismo y los designios de su voluntad a través de la historia de este pueblo y sacrificándolo para Sí. Pero todo esto sucedió en preparación y figura de la Alianza nueva y perfecta que había de pactarse con Cristo y la revelación completa que había de hacerse por el mismo Verbo de Dios hecho carne. Este pacto nuevo, a saber, el nuevo Testamento en su sangre, lo estableció Cristo convocando un pueblo de judíos y gentiles, que se uniera no según la carne, sino en el Espíritu, y constituyera el nuevo Pueblo de Dios (Lumen gentium nn. 4 y 9).

Ésta es mi sangre de la Alianza, que es derramada por muchos, son las palabras de Cristo. En la segunda lectura se lee unos versículos de la Carta a los Hebreos, en la que el autor sagrado: La sangre de Cristo, que por el Espíritu Eterno se ofreció a sí mismo sin tacha a Dios, purificará de las obras muertas nuestra conciencia para rendir culto a Dios vivo. Por eso es mediador de una nueva Alianza; para que, interviniendo su muerte para remisión de las transgresiones de la primera Alianza, los que han sido llamados reciban la herencia eterna prometida (Hb 9, 14-15).

La Eucaristía es también banquete sagrado de la comunión en el Cuerpo y la Sangre del Señor. Los fieles se unen más íntimamente con Cristo por medio de la comunión. Comulgar es recibir a Cristo mismo que se entregó por nosotros; es entrar en comunión con la persona del Señor vivo. La comunión es realmente un encuentro entre dos personas, es un dejarse penetrar por la vida de quien es el Señor, de quien es Creador y Redentor. El objetivo de la comunión es la asimilación de la vida de quien comulga con la de Cristo, su transformación y configuración con quien es Amor vivo.

El deseo de Jesucristo y de la Iglesia de que todos los fieles se acerquen frecuentemente a recibir la sagrada comunión, estriba principalmente en que los fieles unidos con Dios por medio del sacramento, tomen de ahí fuerza para reprimir la concupiscencia, para borrar las culpas leves que diariamente ocurren y para precaver los pecados graves a que la fragilidad humana está expuesta. San Juan María Vianney solía decir a sus parroquianos: Venid a la Comunión… Es verdad que no sois dignos, pero la necesitáis. Conscientes de ser indignos a causa de los pecados, pero necesitados de alimentarnos con el amor que el Señor nos ofrece en el sacramento eucarístico, renovemos esta tarde nuestra fe en la presencia real de Cristo en la Eucaristía.

¿Cómo imaginar los sentimientos de María al escuchar de la boca de Pedro, Juan, Santiago y los otros Apóstoles, las palabras de la Última Cena: éste es mi cuerpo que es entregado por vosotros? Aquel cuerpo entregado como sacrificio y presente en los signos sacramentales, ¡era el mismo cuerpo concebido en su seno! Recibir la Eucaristía debía significar para María como si acogiera de nuevo en su seno el corazón que había latido al unísono con el suyo y revivir lo que había experimentado en primera persona al pie de la Cruz (San Juan Pablo II, Encíclica Ecclesia de Eucharistia n. 56). Y he aquí nuestro deseo: Yo quisiera, Señor, con aquella pureza, humildad y devoción con que os recibió vuestra santísima Madre.

Solemnidad de la Santísima Trinidad. Homilía (Ciclo B)

San Mateo acaba su Evangelio con un pasaje de extraordinaria importancia, como es el mandato de Cristo a sus apóstoles de anunciar la Buena Nueva de la Salvación a todos los hombres. Esto ocurrió en Galilea, como el ángel había dicho a las mujeres cuando éstas fueron al sepulcro en la mañana del día primero de la semana (Mt 28, 1). Los once discípulos marcharon a Galilea, al monte que Jesús les había indicado. Y, al verlo, le adoraron; pero otros dudaron (Mt 28, 16-17). Los Apóstoles viendo a Jesús Resucitado son conscientes de lo que ya, mucho antes, tenían en el corazón y habían confesado: que su Maestro era el Mesías, el Hijo de Dios. Por eso le adoran.

A los Once les sobrecoge el asombro y la alegría ante la maravilla que sus ojos contemplan, que parece casi imposible, si no lo estuvieran viendo. Pero era la realidad, y el pasmo dejó paso a la adoración. Y Jesús se acercó a ellos y les habló así: “Me ha sido dado todo poder en el cielo y en la tierra” (Mt 28, 18). El Señor les habla con la majestad propia de Dios. La Omnipotencia, atributo exclusivo de Dios, es también atributo suyo: está confirmando la fe de los que le adoran.

Id, pues, y haced discípulos a todas las gentes bautizándolas en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, y enseñándoles a guardar todo lo que yo os he mandado. Y he aquí que yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo (Mt 28, 19-20). Los Apóstoles -y con ellos, toda la Iglesia- reciben el mandato de enseñar a todas las gentes la doctrina de Jesucristo: lo que Él mismo ha enseñado con su vida, sus obras y sus palabras, el único camino que conduce a Dios. Con el mandato les da el poder para realizar su misión universal. Poder que deriva del propio poder divino. Por eso, la autoridad de la Iglesia, en orden a la salvación de los hombres, viene de Jesucristo directamente, y que esta autoridad, en las cosas de fe y moral, está por encima de cualquier otra.

Esta tarea evangelizadora de la Iglesia competen a todos los fieles cristianos. Estos tienen el deber de anunciar, hasta el fin de los tiempos, con su ejemplo y su palabra, la fe que han recibido. De modo especial reciben esta misión los obispos, que son los sucesores de los Apóstoles.

Jesucristo dice a sus Apóstoles que bauticen a los que crean, es decir, que los admitan en la Iglesia, abriéndoles el camino de salvación personal. Además indica que sean bautizados en el nombre de las tres Personas de la Santísima Trinidad. El misterio trinitario está explícitamente revelado en el Nuevo Testamento, aunque en el Antiguo Testamento ya había indicios. En las palabras de Cristo pronunciadas momentos antes de su Ascensión al Cielo se citan al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo. Y es que el Evangelio es el anuncio a todos los hombres y mujeres de la llamada que su Creador les hace para que participen de la vida intratrinitaria de Dios, en un derroche de amor.

Y al final está la promesa del Señor, que estará siempre con su Iglesia hasta el fin del mundo. La misión de la Iglesia es la de continuar la obra de Cristo: enseñar a los hombres las verdades acerca de Dios y la exigencia de que se identifiquen con esas verdades, ayudándoles sin cesar con la gracia de los sacramentos. Una misión que durará hasta el fin de los tiempos y que, para llevarla a cabo, el mismo Cristo Glorioso promete acompañar a su Iglesia y no abandonarla.

La primera lectura de la Misa de la Solemnidad de la Santísima Trinidad es un pasaje del Deuteronomio en el que está recogida la singular providencia de Dios con su pueblo. Pregunta, pregunta a los tiempos antiguos, que te han precedido desde el día en que Dios creó al hombre sobre la tierra: ¿Hubo jamás desde un extremo a otro del cielo palabra tan grande como ésta? ¿Se oyó semejante? ¿Hay algún pueblo que haya oído como tú has oído la voz del Dios vivo hablando de en medio del fuego, y haya sobrevivido? ¿Algún dios intentó jamás venir a buscarse una nación de en medio de otra nación por medio de pruebas, señales, prodigios y guerra, con mano fuerte y tenso brazo, por grandes terrores, como todo lo que el Señor vuestro Dios hizo con vosotros, a vuestros mismos ojos, en Egipto? Reconoce, pues, hoy y medita en tu corazón que el Señor es el único Dios allá arriba en el cielo, y aquí abajo en la tierra; no hay otro. (Dt 4, 32-34.39).

En este texto bíblico hay una importante enseñanza: el profundo concepto de Dios Uno (monoteísmo). El Señor es el único Dios; no hay otro. Israel era el único pueblo monoteísta. Al estar rodeado, por tanto, de pueblos politeístas, era frecuente la tentación de caer en la idolatría. De hecho, varias veces cometió este gravísimo pecado. Por eso, no estaba preparado para recibir la revelación del misterio trinitario. También destaca este pasaje del Deuteronomio la elección de Israel como pueblo específico de Dios; la providencia benévola del Señor hacia los israelitas; la potencia de Dios, manifestada en prodigios a favor del pueblo elegido; y la consecuencia: Israel debe ser fiel al único Dios, guardando sus mandamientos y dándole sólo a Él el culto debido; de ese modo seguirá gozando de la protección divina. A lo largo de su historia, Israel pudo descubrir que su Dios sólo tenía una razón para revelársele y escogerlo entre todos los pueblos como pueblo suyo: su amor gratuito. E Israel comprendió, gracias a sus profetas, que también por amor Dios no cesó de salvarlo y de perdonarle su infidelidad y sus pecados (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 218).

Los Profetas se esforzaron por atraer o mantener a Israel en la fidelidad al Dios Uno y Único que se reveló a los patriarcas y a Moisés, y contribuyeron al desarrollo y profundización del monoteísmo, de la universalidad del poder Dios y de sus exigencias morales. Esta enseñanza está expuesta, de modo profundo y concreto, en el texto del Deuteronomio que comentamos, y que da paso a la idea del Señor como “Dios celoso” que exige la total sumisión de sus fieles y no es compatible con las divinidades a las que otros pueblos rinden culto.

Jesús, en el sermón de la montaña, dice bien claro: No penséis que he venido a abolir la Ley o los Profetas; no he venido a abolirlos sino a darle su plenitud (Mt 5, 17). En la Antigua Ley había preceptos morales, judiciales y litúrgicos. Los preceptos morales del Antiguo Testamento conservan en el Nuevo su valor, porque son principalmente promulgaciones concretas, divino-positivas, de la ley natural. Nuestro Señor les da, con todo, su significación y sus exigencias más profundas. Los preceptos judiciales y ceremoniales, en cambio, fueron dados por Dios para una etapa concreta de la Historia de la Salvación, a saber, hasta la venida de Cristo; su observancia material no obliga de suyo a los cristianos.

Guarda los preceptos y los mandamientos que yo te prescribo hoy, para que seas feliz, tú y tus hijos después de ti, y prolongues tus días en el suelo que el Señor tu Dios te da para siempre (Dt 4, 40). La práctica del bien, de los mandamientos de la Ley de Dios, es causa de vida entendida en principio como duración de la vida presente, mientras que el pecado acarrea con frecuencia la desgracia o la muerte como castigos divinos. Que Dios retribuye al hombre con justicia, premiándolo o castigándolo, más tarde o más temprano, por el bien o el mal que haga, es doctrina constante a lo largo del Antiguo y Nuevo Testamento. En textos veterotestamentarios, el acento cae sobre el premio o castigo durante la vida presente. En el Nuevo Testamento se acentúa la transcendencia de la retribución divina para la vida futura.

El cumplimiento de los mandamientos del Decálogo es señal del amor a Dios. Si me amáis, guardaréis mis mandamientos (Jn 14, 15). El auténtico amor se manifiesta con obras. Jesucristo quiere hacernos comprender que el amor de Dios, para serlo de veras, ha de reflejarse en una vida de entrega generosa y fiel al cumplimiento de la voluntad divina: el que recibe sus mandamientos y los guarda, ése es quien le ama. No amemos de palabra y con la lengua, sino con obras y de verdad (1 Jn 3, 18). San Juan escribe en su primera carta: El amor de Dios consiste en que cumplamos sus mandamientos (1 Jn 5, 3). Por eso el Señor dijo a sus Apóstoles cuando les dio el mandato de evangelizar: Enseñándoles a guardar todo lo que yo os he mandado.

Si alguno me ama, guardará mi palabra, y mi Padre le amará y vendremos a él y haremos morada en él (Jn 14, 23). Y el Señor habla también del Espíritu Santo que el Padre enviará en mi nombre (Jn 14, 26). Ya está revelado el misterio trinitario. En el único Dios hay tres personas realmente distintas: Padre, Hijo y Espíritu Santo. Cada una de estas personas es Dios, pero no son tres dioses, sino un solo Dios. Y podemos hablar de un Dios‑Padre, que quiere constituir al hombre en hijo suyo; de un Dios‑Hijo, que se hace de nuestra carne y sangre para liberarnos del pecado y congregarnos en la comunidad que forma su pueblo; de un Dios‑Espíritu Santo, don y amor, que nos santifica y empuja a decir: Abba, Padre.

Haremos morada en él. La Santísima Trinidad inhabita en el alma que está en gracia, sin mancha de pecado grave. Esta inhabitación ayuda a tener intimidad con las tres Personas Divinas. San Pablo en la Carta a los Romanos habla de nuestra relación con las tres Personas de la Trinidad. En efecto, todos los que son guiados por el Espíritu de Dios son hijos de Dios. Pues no recibisteis un espíritu de esclavos para recaer en el temor; antes bien, recibisteis un espíritu de hijos adoptivos que nos hace exclamar: ¡Abbá, Padre! El Espíritu mismo se une a nuestro espíritu para dar testimonio de que somos hijos de Dios. Y, si hijos, también herederos: herederos de Dios y coherederos de Cristo, ya que sufrimos con él, para ser también con él glorificados (Rm 8, 14-17).

El Padre y el Hijo envían al Espíritu Santo a nuestras almas, para que seamos hijos de Dios y corredentores con Cristo, para que participemos continuamente de la vida divina (Javier Echevarría, Carta 14.II.1997, n. 12). El Espíritu Santo nos enseña que, aunque avancen los años, podemos conservar la juventud espiritual. Nuestro testimonio cristiano debe ser siempre joven. Un verdadero testigo de Cristo no envejece nunca. En efecto, Cristo no envejece nunca, es el mismo ayer, hoy y siempre (Hb 13, 8). Él nos da al Espíritu Santo, que nos rejuvenece espiritualmente y mantiene a la Iglesia en una permanente juventud. Además, la vida del cristiano es una participación en la vida de Cristo, Hijo de Dios por naturaleza. Al ser nosotros, por adopción, verdaderamente hijos de Dios, tenemos -por decirlo así- un derecho a participar también en su herencia: la vida gloriosa en el Cielo.

Querría deciros pocas cosas, pero muy claras. Y una de éstas es que para llegar a la Trinidad Beatísima paso por María, y por María llego hasta Jesús, aconsejaba san Josemaría Escrivá. Y es lógico que María sea el camino para llegar a Dios Uno y Trino porque Ella es Hija de Dios Padre, Madre de Dios Hijo y Esposa de Dios Espíritu Santo.

Homilía del Domingo de Pentecostés (Ciclo B)

Al llegar el día de Pentecostés, estaban todos reunidos en un mismo lugar. De pronto vino del cielo un ruido como el de una ráfaga de viento impetuoso, que llenó toda la casa en la que se encontraban. Se les aparecieron unas lenguas como de fuego que se repartieron y se posaron sobre cada uno de ellos; quedaron todos llenos del Espíritu Santo y se pusieron a hablar en otras lenguas, según el Espíritu les concedía expresarse (Hch 2, 1-4). En la primera lectura de la Misa de la Solemnidad de Pentecostés está el relato de la venida del Espíritu Santo con manifestaciones visibles sobre los discípulos que, cumpliendo el mandato del Señor, permanecían reunidos en Jerusalén. San Lucas lo hace de forma concisa en cuanto a las circunstancias de lugar y tiempo, pero al mismo tiempo lleno de contenido. El hecho ocurrió en Pentecostés, que era una de las tres grandes fiestas de los judíos, en la que muchos israelitas peregrinaban a Jerusalén para adorar a Dios en el Templo.

El Espíritu Santo, con su venida sobre los Apóstoles, entró en la historia del hombre. Jesucristo habló a sus discípulos de su partida, pero para consolarlos, les dijo que no los dejará huérfanos, pues enviaría al Consolador, al Espíritu del Padre, y sería el Espíritu quien les daría a conocer que la obra de Cristo es obra de amor: amor de Él que se ha entregado y amor del Padre que lo ha dado. El Señor hace contemplar en cierto modo la intimidad de Dios. El Dios misterioso no es una soledad infinita; es un acontecimiento de amor.

En la narración se habla de un viento impetuoso y de lenguas de fuego. El viento y el fuego eran elementos que solían acompañar las teofanías, las manifestaciones de Dios en el Antiguo Testamento. En este caso, explica un Padre de la Iglesia, parece ser que las lenguas de fuego fueron repartidas sobre la cabeza de cada uno. Repartidas, pues provenían de una misma fuente; para que aprendas que el Poder viene del Paráclito (San Juan Crisóstomo, Homilía sobre los Hechos de los Apóstoles 4). El ruido y el viento serían tan intensos que atrajeron a mucha gente hacia el lugar. En el fuego se encuentra el simbolismo de la acción del Espíritu Santo, que al iluminar las inteligencias de los discípulos, les hace entender las enseñanzas de Jesús -como prometió en la Última Cena-; al inflamar de amor sus corazones, elimina sus temores y les mueve a predicar a Cristo con valentía. El fuego además purifica, igual que la acción divina limpia el alma de todo pecado.

El autor sagrado especifica la procedencia de los que acudieron al lugar donde se manifestó el Espíritu Santo, y el asombro que les produjo al oír hablar a los Apóstoles en su propia lengua las maravillas de Dios. Partos, medos y elamitas; habitantes de Mesopotamia, Judea, Capadocia, el Ponto, Asia, Frigia, Panfilia, Egipto, la parte de Libia fronteriza con Cirene, forasteros romanos, judíos y prosélitos, cretenses y árabes (Hch 2, 9-11). Cuando los Padres de la Iglesia comentan este hecho, señalan con frecuencia el contraste entre la confusión de las lenguas que se dio en Babel -castigo divino por el orgullo de los hombres- y la superación de dicha confusión, por la gracia del Espíritu Santo, el día de Pentecostés. Esta idea es subrayada por el Concilio Vaticano II: Sin duda el Espíritu Santo obraba ya en el mundo antes de la glorificación de Cristo. Sin embargo, el día de Pentecostés descendió sobre los discípulos para permanecer con ellos eternamente; la Iglesia se manifestó públicamente delante de la multitud, empezó la difusión del Evangelio entre las gentes por la predicación, y quedó presignificada la unión de los pueblos en la catolicidad de la fe, por la Iglesia de la Nueva Alianza, que habla todas las lenguas, entiende y abraza todas las lenguas en la caridad y supera de esta forma la dispersión de Babel (Decreto Ad gentes divinitus n. 4).

Los cristianos, al realizar nuestra actividad apostólica, necesitamos y pedimos al Espíritu Santo este don para que sepamos expresarnos de manera que aquellos a quienes se dirige nuestro apostolado nos entiendan; para que sepamos adecuar nuestra exposición a la mentalidad y capacidad del que escucha y podamos así transmitir fielmente a nuestros oyentes la verdad de Cristo.

En la Carta a los Gálatas, el apóstol san Pablo señalan los vicios que proceden de la “vida de la carne”. Las obras de la carne son conocidas: fornicación, impureza, libertinaje, idolatría, hechicería, odios, discordia, celos, iras, rencillas, divisiones, disensiones, envidias, embriagueces, orgías y cosas semejantes, sobre las cuales os prevengo, como ya os previne, que quienes hacen tales cosas no heredarán el Reino de Dios (Ga 5, 19-21). Alguien vive según la carne cuando vive para sí mismo. Por “carne” se entiende todo hombre. Y cuando el hombre se deja llevar por sus instintos se dice que lleva una “vida animal”. Ya que todo lo que proviene de un amor desordenado a uno mismo se llama obra de la carne. Por esta razón se incluyen entre las obras de la carne no sólo los pecados de impureza y las faltas de templanza, sino también los que van contra la virtud de la religión y de la caridad fraterna.

Para no vivir según la carne, el Apóstol de los gentiles escribe: Si vivís según el Espíritu, no daréis satisfacción a las apetencias de la carne. Pues la carne tiene apetencias contrarias al espíritu, y el espíritu contrarias a la carne, como que son entre sí antagónicos, de forma que no hacéis lo que quisierais (Ga 5, 16-17). Si el hombre se comporta de acuerdo con la razón, lleva una vida racional y humana. De igual modo cuando deja actuar al Espíritu Santo en su vida se transforma en una vida “según el Espíritu”, en una vida sobrenatural y ya no simplemente humana, sino divina. Esto sucede siempre que el hombre se encuentra en gracia de Dios y no se olvida de ese tesoro que lleva dentro. Entonces el alma se convierte en un árbol bueno que se da a conocer por sus frutos. En cambio los frutos del Espíritu son: caridad, gozo, paz, paciencia, afabilidad, bondad, fidelidad, mansedumbre, dominio de sí; contra tales frutos no hay ley (Ga 5, 22-23). Estos frutos son aquellos que el Espíritu Santo causa y comunica a los hombres justos, aun durante esta vida, y están llenos de toda dulzura y gozo, pues son propios del Espíritu Santo, que en la Trinidad es el amor del Padre y del Hijo y llena de infinita dulzura a todas las criaturas.

La tradición cristiana ha resumido la actitud que debemos adoptar ante el Espíritu Santo en un solo concepto: docilidad (San Josemaría Escrivá). El Espíritu Santo nos enseña que, aunque avancen los años, podemos conservar la juventud espiritual. Nuestro testimonio cristiano debe ser siempre joven. El Espíritu Santo, con su soplo, nos impulsa hacia Cristo. Un verdadero testigo de Cristo no envejece nunca. En efecto, Cristo no envejece nunca: es el mismo ayer, hoy y siempre (Hb 13, 8). Él nos da al Espíritu Santo, que nos rejuvenece espiritualmente.

La venida del Espíritu Santo fue anunciada por Jesucristo cuando dijo a sus discípulos: Cuando venga el Paráclito, que yo os enviaré de junto al Padre, el Espíritu de la verdad, que procede del Padre, él dará testimonio de mí. Pero también vosotros daréis testimonio, porque estáis conmigo desde el principio (Jn 15, 26-27). Los Apóstoles volverán a recibir el encargo de dar testimonio de Jesucristo momentos antes de la Ascensión. Ellos han sido testigos del ministerio público, Muerte y Resurrección de Cristo, condición para formar parte del Colegio Apostólico, como se ve en la elección de Matías en sustitución de Judas Iscariote. Pero será con la venida del Espíritu Santo cuando se iniciará la predicación pública de los Doce y la vida de la Iglesia.

Todo cristiano ha de ser también un testigo vivo de cristo, y la Iglesia entera es un testimonio perenne de Jesucristo: La misión de la Iglesia se realiza mediante la actividad con la que, obediente al mandato de Cristo y movida por la gracia y el amor del Espíritu Santo, se hace presente de hecho a todos los hombres y pueblos, y los conduce a la fe, a la libertad y a la paz de Cristo con el ejemplo de su vida y su predicación, con los sacramentos y con los demás medios de la gracia (Concilio Vaticano II, Decreto Ad gentes divinitus n. 5).

Mucho tengo todavía que deciros, pero ahora no podéis con ello. Cuando venga él, el Espíritu de la verdad, os guiará hasta la verdad completa; pues no hablará por su cuenta, sino que hablará lo que oiga, y os anunciará lo que ha de venir. Él me dará gloria, porque recibirá de lo mío y os lo anunciará a vosotros. Todo lo que tiene el Padre es mío. Por eso he dicho: Recibirá de lo mío y os lo anunciará a vosotros (Jn 16, 12-15). El Espíritu Santo es el que lleva a la plena comprensión de la verdad revelada por Cristo. En efecto, como enseña el Concilio Vaticano II, el Señor habiendo enviado por último al espíritu de verdad, completa la revelación, la culmina y la confirma con testimonio divino (Constitución dogmática Dei Verbum n. 4). Además de anunciar a los Apóstoles la venida del Espíritu Santo, Jesucristo les revela algunos aspectos del misterio de la Santísima trinidad. Enseña la igualdad de naturaleza de las tres divinas Personas al decir que todo lo que tiene el Padre es del Hijo, que todo lo que tiene el Hijo es del Padre y que el Espíritu Santo posee también aquello que es común al Padre y al Hijo, es decir, la esencia divina. Acción propia del Espíritu Santo será glorificar a Cristo, recordando y aclarando a los discípulos lo que el Maestro les enseñó. Los hombres al reconocer al Padre a través del Hijo movidos por el espíritu Santo, glorifican a Cristo; y glorificar a Cristo es lo mismo que dar gloria a Dios.

Pentecostés es también la fiesta del origen de la Iglesia, el día que el Espíritu Santo descendió con fuerza sobre los Apóstoles; así comenzó la misión de la Iglesia en el mundo. Desde entonces el Espíritu Santo es el verdadero protagonista de la Iglesia. Su misión consiste en introducir a la Iglesia de modo siempre nuevo, de generación en generación, en la grandeza del misterio de Cristo. Del libro de los Hechos de los Apóstoles se ha dicho que es el Evangelio del Espíritu Santo.

El Espíritu Santo es el primer don de Cristo Resucitado. El mismo día de la Resurrección, el Señor dar a sus Apóstoles el poder de perdonar los pecados. Recibir el Espíritu Santo; a quienes les perdonéis los pecados, les son perdonados (Jn 20, 22-23). Éste es el comienzo de la Iglesia. Porque el perdón es el don por excelencia, es el amor más grande. El perdón libera el corazón y le permite recomenzar; el perdón da esperanza, sin perdón no se construye la Iglesia. El Espíritu de perdón, que conduce todo a la armonía, nos empuja a rechazar otras vías: las de sentido único de quien critica a los demás. El Espíritu, en cambio, nos insta a recorrer la vía de doble sentido del perdón ofrecido y del perdón recibido, de la misericordia divina que se hace amor al prójimo. Pidamos la gracia de que, renovándonos con el perdón y corrigiéndonos, hagamos que el rostro de nuestra Madre la Iglesia sea cada vez más hermoso: sólo entonces podemos corregir a los demás en la caridad. Pidámoslo al Espíritu santo, fuego de amor que arde en la Iglesia (Papa Francisco, Homilía 4.VI. 2017). Y a Santa María.

Domingo IX del Tiempo Ordinario. Homilía (Ciclo B)

Guardarás el día del sábado para santificarlo, como te lo ha mandado Yavé tu Dios. Seis días trabajarás y harás todas tus tareas, pero el día séptimo es día de descanso para Yavé tu Dios. No harás ningún trabajo, ni tú, ni tu hijo, ni tu hija, ni tu siervo, ni tu sierva, ni tu buey, ni tu asno, ni ninguna de tus bestias, ni el forastero que vive en tus ciudades; de modo que puedan descansar, como tú, tu siervo, y tu sierva. Recuerda que fuiste esclavo en el país de Egipto y que Yavé tu Dios te sacó de allí con mano fuerte y tenso brazo; por eso Yavé tu Dios te sacó de allí con mano fuerte y tenso brazo; por eso Yavé tu Dios te ha mandado guardar el día del sábado (Dt 5, 12-15). Los pueblos antiguos tuvieron sus días festivos dedicados a sus divinidades, al descanso, al esparcimiento; pero no se encuentra entre ellos una institución regular del descanso sabático, tal como aparece en la legislación mosaica.

El motivo humanitario que se le da en el libro del Deuteronomio -el descanso de la familia, criados y animales- recordando la esclavitud de los hebreos en Egipto, es distinto del motivo teológico que se da en el libro del Éxodo -el recuerdo de la creación y el descanso de Dios en el séptimo día-. Sin embargo, los dos aspectos se complementan, y subrayan que el sábado debe dedicarse a Dios y al descanso.

El reposo sabático, a fuerza de casuística y rigorismo, fue convirtiéndose para los judíos en una práctica agobiante que Cristo Jesús corrige, según vemos en los Santos Evangelios. Ejemplo de la casuística de los escribas y fariseos: arrancar espigas equivalía a segar; frotarlas, a trillar; faenas agrícolas vedadas en sábado.

El descanso es algo querido por Dios. Pero como dice un comentario oficioso judío para poder cumplir el precepto de descansar en el séptimo día, hay obligación de trabajar durante los seis días que preceden. Si una persona no tiene trabajo, debe buscarlo: si tiene una propiedad abandonada, que la repare; si tiene un campo mal cuidado, que lo cultive bien. Y la enseñanza tradicional judía ha enseñado que, durante los seis días de la semana, los israelitas son colaboradores de Dios en la creación, precisamente trabajando por mejorar y realzar lo que Dios ha creado. Y, de modo paralelo, en el séptimo día ellos descansan junto con Dios y proclaman que Él es el Señor.

El domingo es el Día del Señor, día de fiesta para los cristianos. La Iglesia, desde la época apostólica, celebra el domingo en lugar del sábado, recordando la Resurrección del Señor; y, a propósito del descanso dominical y de su sentido, enseña: La institución del Día del Señor contribuye a que todos disfruten del tiempo de descanso y de solaz suficiente que les permita cultivar su vida familiar, cultural, social y religiosa (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 2.184).

El domingo libre del trabajo significa que la prioridad no la tiene lo económico sino lo humano, lo gratuito, las relaciones no comerciales sino familiares, amistosas y para los creyentes la relación con Dios y con la comunidad. Quizá ha llegado la hora de preguntarnos si trabajar el domingo constituye una verdadera libertad. Porque el Dios de las sorpresas es el Dios que sorprende y rompe los esquemas para que lleguemos a ser más libres: es el Dios de la libertad (Papa Francisco).

El descanso dominical es de imperiosa necesidad para el hombre desde cualquier punto de vista que se le considere. El cuerpo humano reclama periódicamente algún reposo para reponerse con la oportuna interrupción del trabajo. Además, sobre las necesidades corporales están las sociales, las familiares y las espirituales, a las que también hay que atender.

El descanso no debe ser interpretado ni vivido como un simple no hacer nada -pérdida de tiempo- sino como la ocupación positiva en otras tareas. Por ejemplo, pasar más tiempo con la familia para atender a la educación de los hijos; cultivar una amistad, etc.

Exigen este descanso: La gloria de Dios, pues en los demás días de la semana resulta más dificultoso, por razón de trabajo, hacer actos de culto a Dios, obras de caridad…; El interés de la propia alma, para que pueda atender mejor al cultivo y desenvolvimiento de sus facultades superiores; La salud y el bienestar del cuerpo, pues sus fuerzas son limitadas, y sin el descanso semanal acabarían por agotarse; La vida de familia, cuyos miembros se hallan con frecuencia separados durante la semana por causa del trabajo y apenas pueden verse y comunicarse un rato diariamente; El bien de la sociedad, la cual tiene tiempo y ocasión para tributar a Dios culto público, y, además, porque sus miembros tienen ocasión de mantener y estrechar sus relaciones y amistades sociales.

Hay causas que eximen del descanso dominical, entre otras: la necesidad, la caridad, la piedad y el bien público. Por necesidad se permiten trabajos de cocineros, panaderos, ferroviarios, etc. La caridad para con el prójimo autoriza trabajar por los enfermos y los pobres que se hallan en necesidad apremiante, etc. La piedad permite algunas obras anejas al esplendor del culto divino, por ejemplo, que se prepare lo necesario para una función religiosa próxima, etc. El bien público permite el trabajo de los bomberos, guardias y otros muchos servicios públicos que el bien común no admite que se aplacen.

El sábado fue hecho para el hombre, y no el hombre para el sábado. Por tanto, el Hijo del Hombre es señor también del sábado (Mc 2, 27-28). Estas palabras dichas por Jesucristo a los fariseos, cuando éstos se escandalizaron de que los discípulos de Jesús desgranaran unas espigas para comérselas en día de sábado, indican que Dios había instituido el sábado en bien del hombre, para que pudiera descansar y dedicarse con paz y alegría al culto divino. La interpretación del sentido de la institución divina del sábado hecha por los fariseos había convertido este día en ocasión de angustia y preocupación a causa de la multitud de prescripciones y prohibiciones. Además, al proclamarse señor del sábado, Jesús -el Hijo del Hombre- afirma su divinidad y poder universal.

¿Nunca habéis leído lo que hizo David cuando se vio necesitado, y tuvo hambre él y los aque estaban con él? ¿Cómo entró en la Casa de Dios en tiempos de Abiatar, Sumo Sacerdote, y comió los panes de la proposición, que no es lícito comer más que a los sacerdotes, y los dio también a los que estaban con él? (Mc 2, 25-26). Cristo también explica lo que Dios había establecido en el Antiguo Testamento en orden a los preceptos de la Ley: los de menor rango ceden ante los principales. Y así, un precepto ceremonial cede ante un precepto de ley natural. En este caso, el precepto de que los panes de la proposición sólo los pueden comer los sacerdotes no está por encima de las necesidades elementales de subsistencia.

El Concilio Vaticano II se inspira en este pasaje evangélico para subrayar el valor de la persona por encima del desarrollo del desarrollo económico y social: El orden social y su progresivo desarrollo deben en todo momento subordinarse al bien de la persona, ya que el orden de las cosas debe someterse al orden de las personas y no al contrario. El propio Señor lo advirtió cuando dijo que el sábado había sido hecho para el hombre, y no el hombre para el sábado. El orden social hay que desarrollarlo a diario, fundarlo en la verdad, edificarlos sobre la justicia, vivificarlo por el amor (Constitución pastoral Gaudium et spes, n. 26).

Entró (Jesús) en la sinagoga, donde se encontraba un hombre que tenía la mano seca. Le observaban (los fariseos) de cerca por si lo curaba en sábado, para acusarle (Mc 3, 1-2). Con estas palabras san Marcos nos hace contemplar una doble esclavitud: la del hombre con su mano paralizada, esclavo de su enfermedad, y la de los fariseos, esclavos de sus actitudes rígidas, legalistas. Cristo hace que el hombre de la mano seca se ponga en un lugar bien visible. Y dice a los fariseos: ¿Es lícito en sábado hacer el bien o hacer el mal, para salvar la vida de un hombre o quitársela? (Mc 3, 4). Esta pregunta está hecha con cierta intención. Jesús momentos antes se ha presentado como señor del sábado. La respuesta de Cristo fue la curación del hombre que tenía la mano seca. Con este milagro rompe las cadenas de la doble esclavitud: hace ver a los rígidos que su casuística no es la vía de la libertad; y al hombre de la mano paralizada le libera de la enfermedad. El cristiano no debe ver los preceptos del Señor como algo que se preste a la casuística. El consejo de san Pablo es: No ir más allá de lo escrito (2 Co 4, 6).

Con el milagro corrobora Jesús su enseñanza: Es lícito hacer el bien en sábado. Quiere decir el Señor que ninguna ley puede oponerse a la realización del bien; rechaza, por tanto, la interpretación falsa que hacen los fariseos, apegados a la letra, a costa del honor de Dios y del bien de los hombres.

Al salir, los fariseos, junto con los herodianos, celebraron enseguida una reunión contra él, para ver cómo perderle (Mc 3, 6). Los que se escandalizaron del milagro del Señor, no tienen inconveniente en planear su muerte, aunque sea en sábado.

El Día del Señor ha tenido siempre en la vida de la Iglesia una consideración privilegiada. Recuerda todas las semanas la Resurrección de Cristo. Es la Pascua de la semana, en la que se celebra la victoria de Cristo sobre el pecado y la muerte. Para el domingo resulta adecuada la exclamación del Salmista: Éste es el día en que actuó el Señor: sea nuestra alegría y nuestro gozo (Sal 117, 24).

Hoy día se ha consolidado ampliamente la práctica del “fin de semana”, entendido como tiempo semanal de reposo, vivido a veces lejos de la vivienda habitual, y caracterizado a menudo por la participación en actividades culturales, políticas y deportivas, cuyo desarrollo coincide en general precisamente con los días festivos (San Juan Pablo II, Carta apostólica Dies Domini, n. 4). Existe el peligro real de que, para muchas personas, el domingo pierda el significado originario y se reduzca a un puro “fin de semana”, sin referencia alguna a su sentido cristiano. A los discípulos de Cristo se pide de todos modos que no confundan la celebración del domingo, que debe ser una verdadera santificación del día del Señor, con el “fin de semana”, entendido fundamentalmente como tiempo de mero descanso o diversión (San Juan Pablo II, Carta apostólica Dies Domini, n. 4).

Al ser la Eucaristía el verdadero centro del domingo, desde los primeros siglos la Iglesia no han dejado de recordar a los fieles cristianos la necesidad de participar en la Misa. Dejad todo en el día del Señor y corred con diligencia a vuestras asambleas, porque es vuestra alabanza a Dios. Pues, ¿qué disculpa tendrán ante Dios aquellos que no se reúnen en el día del Señor para escuchar la palabra de vida y nutrirse con el alimento divino que es eterno (Didascalia de los Apóstoles).

San Justino, en su primera Apología dirigida al emperador Antonino y al Senado, describía con orgullo la práctica cristiana de la asamblea dominical que reunía en el mismo lugar a los cristianos del campo y de las ciudades. Cuando, durante la persecución de Diocleciano, sus asambleas fueron prohibidas con gran severidad, fueron muchos los cristianos valerosos que desafiaron el edicto imperial y aceptaron la muerte con tal de no faltar a la Eucaristía dominical. Es el caso de los mártires de Abitinia, en África proconsular, que respondieron a sus acusadores: “Sin temor alguno hemos celebrado la cena del Señor, porque no se puede aplazar; es nuestra ley”; “nosotros no podemos vivir sin la cena del Señor”. Y una de las mártires confesó: “Sí, he ido a la asamblea y he celebrado la cena del Señor con mis hermanos, porque soy cristiana” (San Juan Pablo II, Carta apostólica Dies Domini, n. 46).

En el domingo los fieles tienen obligación grave de cumplir con el precepto dominical, pues la Eucaristía fundamenta y ratifica toda práctica cristiana. La Ley de Dios manda santificar las fiestas. Por tanto, el domingo es un día para santificarlo y santificarnos, no para divertirnos solamente, y mucho menos pecar con pretexto de diversión. Este tercer mandamiento del Decálogo se cumple participando en la Santa Misa y absteniéndose de realizar trabajos que impiden el culto a Dios o el debido descanso. Esta obligación está recogida en las leyes de la Iglesia. El domingo y las demás fiestas de precepto los fieles tienen obligación de participar en la Misa, y se abstendrán además de aquellos trabajos y actividades que impidan dar culto a Dios, gozar de la alegría propia del día del Señor o disfrutar del debido descanso de la mente y del cuerpo (Código de Derecho Canónico, c. 1247).

Imitemos a la Virgen María a escuchar y a guardar en el corazón la Palabra de Dios que se proclama en la Misa dominical, y de Ella, que estuvo en la primera Misa -la del Calvario-, aprendamos a estar a los pies de la Cruz para ofrecer al Padre el sacrificio de Cristo.

Homilía del Domingo VII de Pascua (Ciclo B)

San Lucas cuenta en los Hechos de los Apóstoles que san Pedro se dirigió a los que estaban reunidos en el cenáculo para decirles que había que elegir a uno para completar el colegio apostólico, ocupando la vacante que había dejado Judas Iscariote. Conviene, pues, que de entre los hombres que anduvieron con nosotros todo el tiempo que el Señor Jesús convivió con nosotros, a partir del bautismo de Juan hasta el día en que nos fue llevado, uno de ellos sea constituido testigo con nosotros de su resurrección. Presentaron a dos: a José, llamado Barsabas, por sobrenombre Justo, y a Matías (Hch 1, 21-23).

De un escrito apócrifo están sacadas estas palabras de José Barsabas: En infinidad de veces me han preguntado si me había sentido frustrado o decepcionado por no haber sido uno de los apóstoles del Señor. Tengo que decir que he sido un afortunado de haber estado durante tres años con el Maestro. Esto es una gracia del Cielo. Dios llama a cada uno para una misión concreta, y él sabe más. A los apóstoles los llamó para enviarlos por todo el mundo a predicar su mensaje de salvación. El Señor ha querido para mí otra cosa, pero eso no significa una menor exigencia en vivir todo lo que él me enseñó. Lo importante es cumplir en todo la voluntad de Dios. En el cenáculo oramos a Dios con estas palabras: “Tú, Señor, que conoces los corazones de todos, muéstranos a cuál de estos dos has elegido, para ocupar en el ministerio del apostolado el puesto del que Judas desertó para irse adonde le correspondía”. Y eligió a Matías. Ante este hecho, pienso que todo ha sucedido según el agrado de Dios. Bendito sea el nombre del Señor. Cúmplase en todo su santísima voluntad.

Llama la atención la forma de elegir: echaron suertes (Hch 1, 26). Los Once y los demás discípulos no se atreven por sí mismos, por sus propias consideraciones o simpatías, a tomar la responsabilidad de señalar al sustituto de Judas Iscariote. Por tanto, ni Pedro ni la comunidad cristiana elige, sino que deja que sea Dios quien señale el que debe ser añadido al grupo de los Apóstoles. Y para conocer la decisión divina se utiliza un medio ya usado en el Antiguo Testamento. En el libro de los Proverbios se lee: Se echan suertes, pero es Dios quien da la decisión (Pr 16, 33). Se da por hecho que Dios ya ha elegido y consiguientemente la manifestará. Desde toda la eternidad Dios había elegido a san Matías para que fuera apóstol de Cristo. La vocación de Matías es una llamada divina, no producto del azar. El nombre de Matías es la forma abreviada de Matatías, que significa regalo de Dios. Realmente para san Matías su vocación hizo honor a su nombre, pues es un grandioso regalo de Dios.

¿Qué sabemos de san Matías? En el Nuevo Testamento sólo aparece en el momento en que es elegido para ser apóstol. Un antiguo historiador antiguo recoge una tradición que afirma que este discípulo pertenecía al grupo de los setenta y dos que, enviados por Jesús, fueron a predicar por las ciudades de Israel. Apenas elegido, Matías se hunde de nuevo en el silencio. Con los demás Apóstoles experimentó el ardiente gozo de Pentecostés. Como los otros Apóstoles, dejó una estela de fe imborrable que dura hasta nuestros días. Fue una luz encendida que Dios contempló con inmenso gozo desde el Cielo. San Matías, según nos señala la tradición, murió mártir. La esencia de su vida estuvo en llevar a cabo el gozoso y a veces doloroso encargo que un día puso el Espíritu Santo sobre sus hombros. Fue fiel a la vocación recibida, cumplió su misión. Esta misión fue idéntica a las funciones principales de los Apóstoles que vienen recogidas en el libro de los Hechos de los Apóstoles y que son: ser testigos de la resurrección de Jesús y llevar a cabo este testimonio mediante el ministerio de la palabra, acompañado de signos y prodigios que hacen visibles la salvación que anuncian.

Dios es amor, y el que permanece en el amor permanece en Dios y Dios en él (1 Jn 4, 16). Jesucristo llamó a quienes quiso, y también hoy día llama a muchos jóvenes a trabajar en su viña, a trabajar por Él y con Él para la extensión de su reino. Le pedimos que envíe operarios a su mies, y que ilumine con su palabra a los que llama. Que ayude a todos los que ya han respondido a vencer las dificultades del camino, a perseverar hasta el fin.

A los que Dios elige para una misión los dispone y prepara de suerte que resulten idóneos para desempeñar la misión para la que fueron elegidos. Benedicto XVI se consideraba un simple y humilde trabajador de la viña del Señor, cuando fue elegido Papa, pero le consolaba el hecho de que el Señor sabe trabajar y actuar con instrumentos insuficientes. Si el Señor da la vocación, la respuesta debe ser sí. Dios le dará la gracia necesaria para desempeñar la misión que lleva consigo la vocación.

En el evangelio de la Misa del VII domingo de Pascua se lee varios versículos de la oración sacerdotal de Jesús, que recoge el ruego por sus discípulos, a los que va a enviar al mundo a proclamar la obra redentora que Él está a punto de consumar. Pide para los suyos: la unidad, la perseverancia, el gozo y la santidad. Yo ya no estoy en el mundo, pero ellos sí están en el mundo, y yo voy a ti. Padre santo, guarda en tu nombre a los que me has dado, para que sean uno como nosotros (Jn 17, 11). Al pedir que los guarde en su nombre está rogando que perseveren en la doctrina recibida y en comunión íntima con Él. Consecuencia inmediata de esta comunión en la unidad. La unidad que pide para los discípulos es reflejo de la que existe entre las tres Personas divinas.

Cuando estaba yo con ellos, yo cuidaba en tu nombre a los que me habías dado. He velado por ellos y ninguno se ha perdido, salvo el hijo de perdición, para que se cumpliera la Escritura (Jn 17, 12). Ruega además, que ninguno de ellos se pierda, que el Padre los guarde y proteja, lo mismo que Él los protegió mientras estuvo con ellos. La finalidad de la alusión al cumplimiento de la Escritura y otras alusiones de Cristo a la traición de Judas Iscariote es consolidar la fe de los Apóstoles, manifestando que conocía todo de antemano y que las Escrituras lo habían anunciado ya. De todos modos, Judas se perdió por su culpa y no porque dios lo determinara a ello; así, su traición debió de ir preparándose poco a poco, mediante pequeñas infidelidades, a pesar de que Nuestro Señor en muchas ocasiones le ayudó para que pudiera arrepentirse y volver al buen camino; sin embargo, Judas no correspondió a esas gracias y se perdió por su propia voluntad. Dios, que ve lo futuro, predijo la traición de Judas en la Escritura; Cristo, como verdadero Dios, conocía esa perdición, y la anuncia ahora a sus discípulos con inmenso dolor. San Josemaría Escrivá aconsejaba: Hay que pelear y resistir, no cabe más solución que ir contra la corriente, ayudándonos a mantenernos fieles y atribuyendo mucha importancia aun a lo más insignificante, en el ejercicio cotidiano de las virtudes. No existe nada de poca categoría: un abandono, en algo que se nos antoja de poca monta, puede traer detrás una historia desagradable de traiciones. Un consejo para acabar como Judas, traicionado a Cristo.

Pero ahora voy a ti, y digo estas cosas en el mundo para que tengan en sí mismos mi alegría colmada (Jn 17, 13). En tercer lugar, de la unión con Dios y de la perseverancia en su amor surge la participación en el gozo completo de Cristo. En esta vida cuanto mejor conozcamos a Dios y más íntimamente estemos unidos a Él, mayor dicha tendremos. En la vida eterna nuestra alegría será completa, porque el conocimiento y amor de Dios habrán llegado a su plenitud.

Yo les he dado tu Palabra, y el mundo los ha odiado, porque no son del mundo, como yo no soy del mundo. No te pido que los retires del mundo, sino que los guardes del Maligno. Ellos no son del mundo, como yo no soy del mundo (Jn 17, 14-16). ¿En qué sentido mundo es malo? Porque los hombres malos han sido esclavizados por el pecado y por el demonio, príncipe de este mundo (Jn 12, 31), el “mundo” es considerado a veces como enemigo de Dios y contrario a Cristo y sus seguidores. En este sentido el mundo es malo, y por eso Jesús no es del mundo, ni lo son sus discípulos. También a esa acepción peyorativa se refiere la doctrina tradicional que considera el mundo, junto con el demonio y la carne, como enemigos del alma frente a los cuales hay que estar en constante vigilancia.

Santifícalos en la verdad: tu Palabra es verdad. Como tú me has enviado al mundo, yo también los he enviado al mundo (Jn 17, 17-18). Por último, ruega el Señor por los que, viviendo en medio del mundo, no son del mundo, para que sean santos de verdad y lleven a cabo la misión de Él les encomienda, como Él ha realizado la que recibió del Padre. Jesús pide la santidad para sus discípulos. El único Santo es Dios, de cuya santidad participan las personas y las cosas. Cada santo participa de la riqueza de Cristo tomada del Padre y comunicada en el tiempo oportuno. Es siempre la misma santidad de Jesús, es siempre Él, el “Santo”, a quien el Espíritu Santo plasma en las “almas santas”, tomando amigos de Jesús y testigos de su santidad. Precisamente este día abrimos nuestro corazón para que también en nuestra vida crezca la amistad con Jesús, de forma que podamos testimoniar su santidad, su bondad y su verdad (Benedicto XVI, Homilía 3.VI.2007).

Y por ellos me santifico a mí mismo, para que ellos también sean santificados en la verdad (Jn 17, 19). “Santificar” consiste en consagrar y dedicar algo a Dios, excluyéndolos de los usos profanos; en este sentido Dios dice a Jeremías: Antes que tú salieras del seno materno yo te santifiqué, te constituí profeta para las naciones (Jr 1, 5). La consagración a Dios exige la perfección o santidad del don consagrado. De ahí que una persona consagrada deba tener la santidad moral, ejercitarse en las virtudes morales. Ambas cosas -consagración y perfección- pide aquí el Señor para sus discípulos, porque las necesitan para cumplir su misión sobrenatural en el mundo.

Por ellos me santifico… Estas palabras quieren decir que Jesucristo, que ha cargado con los pecados de los hombres, se consagra al Padre por medio de su sacrificio en la Cruz. Por éste todos los cristianos quedan santificados. Por eso también Jesús, para santificar al pueblo con su sangre, padeció fuera de la ciudad (Hb 13, 12). En efecto, después de la muerte de Cristo, los hombres mediante el Bautismo se hacen hijos de Dios, participan de la naturaleza divina y capaces de alcanzar la santidad a la que han sido llamados. Por eso, toda la historia de la Iglesia es historia de santidad, animada por el único amor que tiene su fuente en Dios. Sólo la caridad sobrenatural, como la que brota siempre nueva del corazón de Cristo, puede explicar el prodigioso florecimiento de vidas santas, de muchedumbre de hombres y mujeres, que el Espíritu Santo ha forjado, transformándolos en modelos de entrega evangélica.

Pidamos a María que interceda por nosotros, que nos acompañe con su protección maternal hoy y siempre, para que Cristo nos acoja un día en su gloria, en la asamblea de los santos.

Solemnidad de la Ascensión del Señor. Homilía (Ciclo B)

Al final de su Evangelio, san Marcos narra muy escuetamente -en un versículo- la Ascensión del Señor al Cielo. El Señor Jesús, después de hablarles, fue elevado al cielo y se sentó a la diestra de Dios (Mc 16, 19). La liturgia de la Iglesia celebra este último misterio de la vida del Señor con el rango de solemnidad. Esta fiesta contiene dos elementos. Por una parte, la Ascensión orienta nuestra mirada al Cielo, donde Jesús glorificado se sienta a la derecha de Dios; y por otra parte, nos recuerda el inicio de la misión de la Iglesia.

La Ascensión del Señor forma parte de los hechos por los que Jesucristo nos redime del pecado y nos concede la vida nueva de la gracia. Es un misterio redentor. Los fieles deben entender acerca de la Ascensión lo mismo que sobre el misterio de la Muerte y Resurrección del Señor. Pues aunque debemos nuestra Redención y salvación a la Pasión de Cristo, que con sus méritos abrió a los justos la puerta del Cielo, sin embargo, su Ascensión no sólo se nos ha propuesto como ejemplar en el que aprendamos a dirigir la vista hacia lo alto y a subir al Cielo con el espíritu, sino que también nos dio en abundancia la gracia divina para que podamos conseguirlo (Catecismo Romano, I, 7,9).

El Señor dijo a sus Apóstoles: Id por todo el mundo y proclamad la Buena Nueva a toda la creación. El que crea y sea bautizado, se salvará; el que no crea, se condenará (Mc 16, 15-16). El evangelista, también brevemente, cuenta que Jesús resucitado momento antes de subir al Cielo, envía a sus discípulos a difundir el Evangelio por todo el mundo. Comenta este hecho el papa Francisco: La Ascensión nos exhorta a levantar la mirada al cielo, para después dirigirla inmediatamente a la tierra, llevando a cabo las tareas que el Señor resucitado nos confía. La misión confiada por Jesús a los apóstoles ha proseguido a través de los siglos, y prosigue todavía hoy: requiere la colaboración de todos nosotros. Cada uno, en efecto, por el bautismo que ha recibido está habilitado por su parte para anunciar el Evangelio. La Ascensión del Señor al cielo, mientras inaugura una nueva forma de presencia de Jesús en medio de nosotros, nos pide que tengamos ojos y corazón para encontrarlo, para servirlo y para testimoniarlo a los demás. Se trata de ser hombres y mujeres de la Ascensión, es decir, buscadores de Cristo a lo largo de los caminos de nuestro tiempo, llevando su palabra de salvación hasta los confines de la tierra (Homilía 13.V.2018).

El Señor, exaltado en su Humanidad Santísima a la derecha de Dios, ha ido a gozar plenamente de la gloria que ha merecido con su Pasión y Muerte. Es justo que la Santa Humanidad de Cristo reciba el homenaje, la aclamación y adoración de todas las jerarquías de los Ángeles y de todas las legiones de los bienaventurados de la Gloria (San Josemaría Escrivá, Santo Rosario, Segundo misterio glorioso). San Marcos dice que Jesús desde el momento de entrar en el Cielo con su Cuerpo resucitado está sentado a la derecha de Dios. Estar sentado no significa aquí una situación o figura del cuerpo sino que expresa la posesión firme y estable de la regia y suprema potestad y gloria que Cristo recibió del Padre. Santo Tomás de Aquino dice que “el sentarse” significa descanso o reposo y en este sentido, la expresión quiere decir que Jesucristo “habita” junto al Padre compartiendo su bienaventuranza y significa también la potestad regia o judicial y, en este sentido, Cristo reina junto al Padre y de Él recibe el poder judicial sobre vivos y muertos. Explica un Padre de la Iglesia: Por derecha del Padre entendemos la gloria y el honor de la divinidad, donde el que existía como Hijo de Dios ante de todos los siglos, como Dios y consubstancial al Padre, está sentado corporalmente después de que se encarnó y de que su carne fue glorificada (San Juan Damaceno, Exposición de la fe 75).

En su Evangelio san Lucas, al referirse a la Ascensión del Señor, dice que, mientras los bendecía, se alejó de ellos y se elevaba al Cielo (Lc 24, 52), y que los Apóstoles, después de adorarle, regresaron a Jerusalén con gozo (Lc 24, 53). En los Hechos de los Apóstoles narra la Ascensión con más detalles. Del relato sintético del Evangelio se puede destacar dos cosas. Primeramente, Jesús realiza el acto sacerdotal de la bendición y con seguridad los discípulos expresan su fe con la postración, se arrodillan inclinando la cabeza: Jesús es el único y eterno sacerdote que, con su Pasión atravesó la muerte y el sepulcro y resucitó y ascendió al Cielo; está junto a Dios Padre, donde intercede para siempre en nuestro favor. Y la segunda cosa: los Apóstoles regresaron a Jerusalén con gran alegría. ¿Cómo es esto? Precisamente porque, con los ojos de la fe, ellos comprenden que, si bien sustraído a su mirada, Jesús permanece para siempre con ellos, no los abandona y, en la gloria del Padre, los sostiene, los guía e intercede por ellos.

Después de dar instrucciones a los discípulos, Jesús fue levantado en presencia de ellos, y una nube le ocultó a sus ojos. Estando ellos mirando fijamente al cielo mientras se iba, se les aparecieron dos hombres vestidos de blanco que les dijeron: “Galileos, ¿qué hacéis ahí mirando al cielo? Éste que os ha sido llevado, este mismo Jesús, vendrá así tal como le habéis visto subir al cielo” (Hch 1, 9-11). Los ángeles se refieren a la Parusía, es decir, a la segunda venida del Señor como Juez de vivos y muertos. Comenta san Juan Crisóstomo: Les dijeron: ¿Qué hacéis ahí mirando al cielo? Estas palabras están llena de solicitud y sin embargo no anuncian como próxima la segunda venida del Salvador. Los ángeles afirman sólo lo más importante, es decir, la certeza de que Jesucristo vendrá de nuevo y la confianza con la que hemos de esperar su retorno (Homilía sobre los Hechos de los Apóstoles 2). Sabemos -es de fe- que Cristo vendrá a la tierra por segunda vez al fin de los tiempos. Pero no conocemos ni el día ni la hora (Mt 25, 13) en que ocurrirá. Es una información que no necesitamos. Pero es preciso tener en cuenta que el Señor nos puede llamar en cualquier momento, por lo que siempre hay que vigilar. Importa por lo tanto vivir ocupados en el servicio de Dios y de los demás, para que así nos encuentre cuando nos llame a su presencia.

En la primera venida se presentó como un niño indefenso, en la humildad de Belén. En su nacimiento lo vemos pobre y desvalido. Y vino para redimir al género humano. La segunda, será gloriosa: vendrá con gran poder y majestad (Mt 24, 30). Y vendrá para juzgar a toda la humanidad. El mismo Jesús anunció en su predicación el Juicio Final. En ese juicio se pondrán a la luz la conducta de cada uno y el secreto de los corazones. Entonces será condenada la incredulidad culpable que ha tenido en nada la gracia ofrecida por Dios. La actitud con respecto al prójimo revelará la acogida o el rechazo de la gracia y del amor divino. El Señor como Juez supremo dará a cada ser humano el premio o el castigo que haya merecido por sus obras.

La Ascensión del Señor habla de esperanza. En la oración colecta de la Misa de la solemnidad de la Ascensión, se pide a Dios: Concédenos, Señor, rebosar de alegría al celebrar la gloriosa ascensión de tu Hijo, y elevar a ti una cumplida acción de gracias, pues el triunfo de Cristo es ya nuestra victoria y, ya que él es la cabeza de la Iglesia, haz que nosotros, que somos su cuerpo, nos sintamos atraídos por una irresistible esperanza hacia donde él nos precedió.

Porque somos el Cuerpo de Cristo, tenemos parte en la vida celestial de nuestra cabeza. La Ascensión de Jesús es el triunfo de la humanidad, porque la humanidad está unida a Dios para siempre, y glorificada para siempre en la persona del Hijo de Dios. Cristo glorioso jamás permitirá ser separado de su Cuerpo… No sólo tomamos parte nosotros, la Iglesia, en la vida de la Cabeza glorificada, sino que Cristo Cabeza comparte plenamente la vida peregrinante de su Cuerpo y la dirige y canaliza hacia su recto fin en la gloria celestial (San Juan Pablo II, Homilía, 3.VI.1984).

Las últimas instrucciones del Señor han sido calificadas de mandato imperativo de Cristo, que está dirigido a todos los cristianos. Toda la Iglesia es apostólica en cuanto que ella es “enviada” al mundo entero; todos los miembros de la Iglesia, aunque de diferentes maneras, tienen parte en este envío. “La vocación cristiana, por su misma naturaleza, es también vocación al apostolado”. Se llama “apostolado” a “toda la actividad del Cuerpo Místico” que tiende a “propagar el Reino de Cristo por toda la tierra” (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 863).

La propagación del Evangelio no es tarea exclusiva de los sacerdotes, sino de todos los que aman a Cristo. El apostolado no depende del temperamento de uno, ni de la edad que tenga, ni de las circunstancias en que se encuentra, ni del ambiente donde viva, ni de la fogosidad, ni del entusiasmo, ni de la salud… Depende del amor de Dios que se tiene en el corazón.

El que crea y sea bautizado, se salvará. Es necesario creer en Jesucristo para alcanzar la salvación eterna. Por el sacramento del Bautismo el hombre es liberado del pecado e incorporado a la Iglesia. Repetidas veces los Padres de la Iglesia han afirmado que fuera de la Iglesia no hay salvación. ¿Cómo entender esta afirmación? Formulada de modo positivo significa que toda salvación viene de Cristo-Cabeza por la Iglesia que es su cuerpo. Y el Concilio Vaticano II lo explica diciendo: Este Santo Sínodo basado en la Sagrada Escritura y en la Tradición, enseña que esta Iglesia peregrina es necesaria para la salvación. Cristo, en efecto, es el único Mediador y camino de salvación que se nos hace presente en su Cuerpo, la Iglesia. Él, al inculcar con palabras, bien explícitas, la necesidad de la fe y del Bautismo, confirmó al mismo tiempo la necesidad de la Iglesia, en la que entran los hombres por el Bautismo como por una puerta. Por eso, no podrían salvarse los que, sabiendo que Dios fundó, por medio de Jesucristo, la Iglesia Católica como necesaria para la salvación, sin embargo, no hubiesen querido entrar o perseverar en ella (Lumen gentium n. 14). Pero esa afirmación no se refiere a los que, sin culpa suya, no conocen a Cristo y a su Iglesia. Si estas personas buscan a Dios con sincero corazón e intentan en su vida, con la ayuda de la gracia, hacer la voluntad de Dios, conocida a través de lo que les dice su conciencia, pueden conseguir la salvación eterna.

En este siglo XXI el número de los que aún no creen en Cristo ni forma parte de la Iglesia aumenta constantemente. Son millones de seres humanos que no tienen noticia de Jesucristo, que no han descubierto la gran verdad del amor de Dios. De ahí todos debemos sentir la urgencia de llevar el Evangelio a todas las naciones, indicando a los hombres el verdadero camino. Hay que difundir las maravillas del Señor. Es necesario que llegue a todas partes la verdad de Dios: con la prensa y con otras publicaciones, con el cine, la radio y la televisión… Y esto es una labor vuestra (San Josemaría Escrivá). Acudamos a la Virgen María para nos ayude a cumplir el mandato de su Hijo.