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Domingo VII de Pascua. Homilía

Después de la Ascensión del Señor al Cielo, los apóstoles volvieron a Jerusalén desde el monte llamado de los Olivos, que dista poco de Jerusalén, el espacio de un camino sabático. Y cuando llegaron subieron a la estancia superior, donde vivían, Pedro, Juan, Santiago y Andrés; Felipe y Tomás; Bartolomé y Mateo; Santiago de Alfeo, Simón el Zelotes y Judas de Santiago. Todos ellos perseveraban en la oración, con un mismo espíritu en compañía de algunas mujeres, de María, la madre de Jesús, y de sus hermanos (Hch 1, 12-14). En los Evangelios sinópticos aparece la lista de los doce apóstoles; y en la lista que está en los Hechos de los Apóstoles, como es lógico, no aparece el apóstol traidor Judas Iscariote, que se ahorcó durante la Pasión del Señor.

Es entrañable saber los nombres de los apóstoles, de aquellos que convivieron con Cristo y conocieron el mensaje salvífico de labios del divino Maestro. Ellos dieron testimonio de lo que habían oído, visto, contemplado y palpado con sus manos acerca del Verbo encarnado. Y para nuestro gozo nos lo anunciaron. El mismo Jesús los eligió para que constituir sobre ellos la Iglesia. El Señor no los llamó porque fueran sabios, poderosos, importantes… Su elección fue gratuita –llamó a los que quiso (Mc 3, 13)-. Fueron hombres normales y corrientes que respondieron con fe a la gracia de la llamada de Jesús. Excepto Judas Iscariote, todos fueron fieles. La Iglesia los venera con especial afecto y se siente orgullosa de ser continuadora -apostólica- de la misión sobrenatural que ellos iniciaron y de ser fiel al testimonio que supieron dar de las enseñanzas del Señor.

De algunos apóstoles se conoce bastante de su vida; de otros, casi nada. Digamos algo de cada uno de ellos. Santo Tomás tuvo varias intervenciones que recogen los evangelistas. Cuando Cristo decidió ir a Betania para resucitar a Lázaro, acercándose así de manera peligrosa a Jerusalén, santo Tomás dijo a los demás apóstoles: Vayamos también nosotros a morir con él (Jn 11, 16). Durante la despedida del Señor en la Última Cena, al decir Jesús: Pues para donde yo voy, vosotros conocéis el camino (Jn 14, 1-4), Tomás le preguntó: No sabemos adónde vas; ¿cómo podemos conocer el camino? (Jn 14, 5). Pero por lo que es más conocido es por incredulidad. Cuando en la noche del día de la resurrección del Señor, los apóstoles llenos de alegría, le dijeron: Hemos visto al Señor (Jn 20, 24). Mas Tomás no les creía, y dijo: Si no veo en sus manos la señal de los clavos y no meto mi dedo en el agujero de los clavos y no meto mi mano en su costado, no creeré (Jn 20, 25).

San Simón sólo aparece en el Nuevo Testamento en las listas de los Doce. Por tanto, las noticias que se refieren a él hay que buscarlas en escritos no bíblicos y en la Tradición. En los evangelios de san Mateo y de san Marcos, san Simón recibe el apelativo de Cananeo, y san Lucas, tanto en su evangelio como en el libro de los Hechos de los Apóstoles, lo apoda el Zelotes. Más conocido es Santiago el de Alfeo -Santiago el Menor-. En Evangelio de san Marcos lo cita aparece como pariente de Jesús, pues, según el estilo semítico, es llamado hermano. Y también san Pablo, en la Carta a los Gálatas cita a Santiago como el hermano del Señor. Es autor de un libro del Nuevo Testamento -la Carta de Santiago-. El libro de los Hechos de los Apóstoles subraya el papel destacado que desempeñó en la Iglesia de Jerusalén, de la cual fue su primer obispo.

San Judas Tadeo aparece en las cuatro listas de los Doce que vienen en el Nuevo Testamento. San Lucas, tanto en su evangelio como en el libro de los Hechos de los Apóstoles, para distinguirlo del traidor, lo llama Judas de Santiago. En las demás listas de apóstoles, se le menciona por el sobrenombre de Tadeo. Es autor de una Carta,en la que se presenta como Judas, siervo de Jesucristo y hermano de Santiago. En el Evangelio según san Juan se recoge una petición que san Judas Tadeo a Jesús durante la celebración de la Última Cena. El Maestro dice: El que recibe mis preceptos y los guarda, ése es el que ama; el que me ama a mí será amado de mi Padre, y yo le amaré y me manifestaré a él (Jn 14, 18-21). Y en este momento es cuando interviene Judas, no el Iscariote: Señor, ¿qué pasa para que te vayas a manifestar a nosotros y no al mundo? (Jn 14, 22).

Lo que se sabe de san Felipe está en el cuarto evangelio. Era natural de Betsaida. San Juan narra su vocación, el encuentro de Felipe con el Señor y la llamada que le hizo el Maestro. Cristo vio a Felipe y le dijo sígueme. Hay una intervención suya recogida en el Evangelio. En un momento en que Cristo está hablando a los apóstoles de la unidad del Padre y del Hijo, Felipe le dijo: Señor, muéstranos al Padre y nos basta. Jesús le contestó: Felipe, ¿tanto tiempo como llevo con vosotros y no me has conocido? El que me ha visto a mí ha visto al Padre; ¿cómo dices tú: Muéstranos al Padre? (Jn 14, 8-9).

El evangelista san Juan narra el encuentro de san Bartolomé con el Señor. El apóstol Felipe después de aceptar la invitación del Señor –sígueme– vio a Natanael, amigo suyo, y le hizo partícipe de su gozo por haber conocido al Mesías: Hemos encontrado a Aquél de quien escribieron Moisés en la Ley, y los profetas: Jesús de Nazaret, el hijo de José (Jn 1, 45). Ante la respuesta más bien escéptica de Natanael –¿De Nazaret puede salir algo bueno?-, Felipe le respondió: ven y lo verás (Jn 1, 46). Natanael hizo caso a su amigo, y fue al encuentro del Señor. Vio Jesús a Natanael que venía hacia Él, y dijo de él: He aquí un verdadero israelita, en quien no hay engaño (Jn 1, 47). Al oír las palabras del Señor, Natanael, asombrado, replica: ¿De dónde me conoces? Contestó Jesús y le dijo: Antes que Felipe te llamase, cuando estabas debajo de la higuera te vi (Jn 1, 48). Entonces Natanael hizo un acto maravilloso de fe: Rabbí, tú eres el hijo de Dios, tú eres el Rey de Israel (Jn 1, 49). Y Jesús le anunció: ¿Porque te he dicho que te vi debajo de la higuera crees? Cosas mayores has de ver. Y añadió: En verdad, en verdad os digo que veréis abrirse el cielo y a los ángeles de Dios subiendo y bajando sobre el Hijo del hombre (Jn 1, 50-51).

San Mateo fue apóstol y evangelista. También se sabe de él cómo Cristo le llamó para que fuera apóstol. De su vida tenemos pocas e incompletas noticias. Su vocación la cuenta escuetamente él mismo: Jesús vio a un hombre, llamado Mateo, sentado ante la mesa de cobro de los impuestos, y le dijo: “Sígueme”. Él, levantándose, le siguió (Mt 9, 9). Lleno de gozo por esa predilección divina, invitó a Jesús a comer en su casa. Y sucedió que, estando Jesús a la mesa en casa de Mateo, muchos publicanos y pecadores vinieron a colocarse junto a él y a sus discípulos (Mt 9, 10). La presencia de publicanos y pecadores provocó el escándalo de los fariseos, que criticaron duramente la actitud de Jesús. El Señor dijo a los que escandalizaban por conducta: No necesitan médico los sanos sino los enfermos; no he venido a llamar a justos, sino a pecadores (Mc 2, 17).

San Andrés fue el primero de los apóstoles en ser llamados a seguir a Jesús. Siendo discípulo de san Juan Bautista, éste le mostró a Jesús que pasaba: He aquí el Cordero de Dios (Jn 1, 37). Estaba también con él uno de los hijos de Zebedeo, Juan. Preguntaron a Jesús: Rabbí, ¿dónde vives? Les respondió: “Venid y veréis”. Fueron y vieron dónde vivía y permanecieron aquel día con él (Jn 1, 38-39). Fue él quien llevó a su hermano Simón (san Pedro) al Señor. Encontró él luego a su hermano Simón, y le dijo: “Hemos hallado al Mesías, que quiere decir el Cristo”, y lo condujo a Jesús (Jn 1, 40-43). Días después el Señor llamó a los dos hermanos para le siguieran: Venid en pos de mí y os haré pescadores de hombres. Ellos dejaron al instante las redes y le siguieron (Mt 4, 18-20). En una ocasión preguntó a Cristo cuando había de suceder la destrucción del Templo y los signos del fin del mundo: Dinos cuándo sucederá eso y cuál será la señal de que todas están cosas están para cumplirse (Mc 13, 4). Por la tradición sabemos que murió crucificado en una cruz en aspa, la cruz de san Andrés.

Santiago el Mayor fue el primer apóstol que dio su vida por su fe en Cristo. En aquel tiempo prendió el rey Herodes (Agripa I) a algunos de la Iglesia para maltratarlos. Dio muerte por la espada a Santiago, hermano de Juan (Hch 12, 1-2). Había nacido en Betsaida. Era hijo de Zebedeo. Con san Pedro y su hermano Juan fue testigo de la transfiguración del Señor, de la resurrección de la hija de Jairo y de la agonía del Señor en Getsemaní. Los evangelistas han dejado constancia del carácter fuerte de los dos hermanos. Así se explica porque el Señor les llamó hijos del trueno. Fue llamado al apostolado cuando estaba en la barca con su padre y su hermano en la orilla del mar de Galilea remendando las redes. Santiago y Juan, cuando el Señor los llamó, al instante, dejaron la barca y a su padre, y le siguieron (Mt 4, 22). En el Evangelio está recogida la petición que hizo la madre de Santiago a Jesucristo: Manda que estos dos hijos míos se sienten, uno a tu derecha y otro a tu izquierda, en tu Reino (Mt 20, 20-21). Entonces el Señor preguntó a los dos hermanos: “¿Podéis beber el cáliz que yo voy a beber?” Ellos dijeron: “Podemos” (Mt 20, 22).

San Juan es el discípulo amado. Aquel discípulo a quien amaba Jesús (Jn 21, 20), son las palabras con las que el mismo Juan se designa en un intento frustrado de pasar inadvertido. En su humildad, Juan no se dio cuenta de que pasaría a la historia con el apodo más precioso que persona alguna ha tenido nunca. Natural de Betsaida, hijo de Zebedeo y hermano de Santiago el Mayor. Fue discípulo de san Juan Bautista. Además de apóstol fue evangelista y autor de tres Cartas y del Apocalipsis. En su Evangelio cuenta su encuentro con el Señor y la llamada que Éste le hizo para que le siguiera. Al final de su vida, siendo muy anciano, se acordaba perfectamente de la hora en la que el Señor se cruzó en su camino: Era como la hora décima (Jn 1, 39). En el Calvario estuvo al pie de la cruz, junto a la Virgen María. Y es el Gólgota donde recibe a María como Madre. Ahí tienes a tu Madre (Jn 19, 26), oye que le dice Cristo. Y él, desde aquella hora, la introduce en su casa, en su vida; la coloca en el centro de sus afectos más puros. Además fue el primero de los apóstoles en llegar al sepulcro vacío, cuya imagen le quedó muy viva e hizo avivar su fe en la resurrección del Señor. También es el primero en reconocer a Jesús resucitado, cuando se aparece a un grupo de discípulos a la orilla del mar de Tiberíades. Lleno de júbilo comunica a Pedro: ¡Es el Señor! (Jn 21, 7).

San Pedro es el Príncipe de los Apóstoles. Su primer encuentro con Jesucristo se produjo gracias a san Andrés. Éste, después de haber estado con el Señor, al ver a su hermano Simón, le dijo: “Hemos encontrado al Mesías” (que significa el Cristo). Y lo llevó a Jesús. Mirándolo Jesús le dijo: “Tú eres Simón, el hijo de Juan; tú te llamarás Cefas” (que significa Piedra) (Jn 1, 41-42). Cristo prometió a san Pedro el Primado sobre la Iglesia, inmediatamente después de la confesión en Cesárea de Filipo, con estas palabras: Y Yo te digo a ti que tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia, y las puertas del infierno no prevalecerán contra ella (Mt 16, 18). Después de su Resurrección, el Señor confirió a san Pedro el Primado jerárquico, constituyéndole Cabeza visible del nuevo Pueblo de Dios, la Iglesia. En los Evangelios y en los Hechos de los Apóstoles, aparece con bastante frecuencia san Pedro. Es autor de dos Cartas que están en el Nuevo Testamento. Durante la vida de Jesús sobresale Simón Pedro por su espontaneidad. Después de la Ascensión del Señor estuvo en Jerusalén, Antioquía (capital de la provincia romana de Siria) y luego a Roma sucesivamente. En la capital del Imperio romano murió mártir en la persecución contra los cristianos del emperador.

El Señor había prometido a los apóstoles que les enviaría el Espíritu Santo, y ellos se prepararon para recibir al Paráclito con oración. San Lucas destaca dos aspectos de la espera hasta Pentecostés: su perseverancia en la oración y la presencia de la Virgen María.

Ejerciendo su misión de Primado, san Pedro escribe a las comunidades cristianas de Asia Menor: Sino alegraos en la medida en que participáis en los sufrimientos de Cristo, para que también os alegréis alborozados en la revelación de su gloria. Dichosos de vosotros, si sois injuriados por el nombre de Cristo, pues el Espíritu de gloria, que es el Espíritu de Dios, reposa sobre vosotros. Que ninguno de vosotros tenga que sufrir ni por criminal ni por ladrón ni por malhechor ni por entrometido: pero si es por cristiano, que no se avergüence, que glorifique a Dios por llevar este nombre (1 P 4, 13-16). La respuesta que da el cristianismo al dolor está en el Evangelio. Allí se encuentra la respuesta a todo. Por ejemplo, para el dolor se ve una respuesta en el Cristo crucificado. Su sufrimiento es una luz para el misterio y también una promesa de que habrá una recompensa. Nosotros no podemos convertirnos en Dios y creer que Él tiene que pensar como nosotros; por eso es esencial tener fe y aceptar ese misterio.

En Antioquía los discípulos de Cristo recibieron por primera vez el nombre de cristianos. Ser cristiano no puede convertirse nunca en motivo de vergüenza o de cobardía, sino de agradecimiento a Dios y de santo orgullo. Los cristianos amilanados -cohibidos o envidiosos- en su conducta, ante el libertinaje de los que no han acogido la Palabra de Dios, demostrarían tener un concepto miserable de nuestra fe. Si cumplimos de verdad la Ley de Cristo- si nos esforzamos por cumplirla, porque no siempre lo conseguiremos-, nos descubriremos dotados de esa maravillosa gallardía de espíritu, que no necesita ir a buscar en otro sitio el sentido de la más plena dignidad humana (San Josemaría Escrivá, Amigos de Dios,n. 38).

En el Catecismo de la Doctrina Cristiana, escrito por Gaspar Astete comenzaba con estas preguntas y respuestas: ¿Sois cristiano? Sí, por la gracia de Dios; Ese nombre de cristiano, ¿de quién lo hubisteis? De Cristo nuestro Señor; ¿Qué quiere decir cristiano? Hombre de Cristo; ¿Qué entendéis por hombre de Cristo? Hombre que tiene la fe de Jesucristo, que profesó en el bautismo y está ofrecido a su santo servicio.

Los cristianos somos hombres de Dios, y discípulos del Señor. En su oración, Jesucristo le habla al Padre de sus Apóstoles: He manifestado tu Nombre a los hombres que tú me has dado tomándolos del mundo. Tuyos eran y tú me los has dado; y han guardado tu Palabra (Jn 17, 6), y ruega por ellos. No ruego por el mundo, sino por los que tú me has dado, porque son tuyos; y todo lo mío es tuyo y todo lo tuyo es mío; y yo he sido glorificado en ellos. Yo ya no estoy en el mundo, pero ellos sí están en el mundo, y yo voy a ti. Padre Santo, guarda en tu nombre a los que me has dado, para que sean uno como nosotros (Jn 17, 9-11). Al pedir que los guarde en su nombre está rogando para que perseveren en la doctrina recibida y en comunión íntima con Él. Consecuencia inmediata de esta comunión es la unidad, y esa unidad que pide para los discípulos es reflejo de la que existe entre las tres Personas divinas.

Los cristianos, como los Apóstoles, estamos en el mundo, pero no somos del mundo, es decir, mundanos. Por eso Cristo pide al Padre: No pido que los saques del mundo, sino que los guardes del Maligno (Jn 17, 15). Existe el riesgo de apoltronarse, de la comodidad, de la mundanidad en la vida y en el corazón, de concentrarnos en nuestro bienestar. Debemos evitar que lo mundano se convierta en el centro de la vida. Estemos en guardia contra la tentación seguir la moda -lo que es políticamente correcto- aunque sea contraria a la moral cristiana. Esta tentación de vivir mundanamente es muy peligrosa, de vivir con el espíritu del mundo que Jesús no quería. Pensad en la oración sacerdotal de Jesús cuando ora al Padre: “No ruego que los retires del mundo, sino que los guardes del mal”. La mundanidad va contra el testimonio, mientras que el espíritu de oración es un testimonio que se ve: se ve quién es el hombre y la mujer que rezan, así como quien reza formalmente pero no con el corazón. Son testimonios que la gente ve (Papa Francisco).

Para no ser mundanos, perseveremos en la oración, como los primeros discípulos del Señor, en compañía de María, la madre de Jesús. Ella, que también es Madre nuestra, nos ayudará a vivir en el mundo con espíritu cristiano sin dejarnos arrastrar por modas e ideologías opuestas al Evangelio.

Solemnidad de Jesucristo, Rey del Universo. Homilía (Ciclo B)

Las lecturas de la Misa de la Solemnidad de Jesucristo, Rey del Universo, hablan de la realeza del Señor. El profeta Daniel, con visión profética, dice que el reino de Cristo no tiene fronteras y es eterno. Le dieron poder real y dominio; todos los pueblos, naciones y lenguas lo respetarán. Su dominio es eterno y no pasa, su reino no tendrá fin (Dn 7, 14). San Juan, en el Apocalipsis, dice que Jesús es el príncipe de los reyes de la tierra (Ap 1, 5) pues a Él pertenece el dominio universal, que se manifestará plenamente en su segunda venida, pero que ya ha comenzado a actuar venciendo el poder del pecado y de la muerte. Por eso, a él, la gloria y el poder de Dios por los siglos de los siglos (Ap 1, 6). En el pasaje evangélico, ante la pregunta de Poncio Pilato: Luego, ¿tú eres rey?” Respondió Jesús:Tú lo dices: soy Rey” (Jn 18, 37).

Jesús es el Hijo del Hombre que ve Daniel en visión nocturna. Y he aquí que en las nubes del cielo venía como un Hijo de hombre. Se dirigió hacia el Anciano y fue llevado a su presencia (Dn 7, 13). La Iglesia cuando proclama en el Credo que Cristo se sentó a la derecha del Padre confiesa que fue a Cristo a quien se le dio el imperio. Sentarse a la derecha del Padre significa la inauguración del reino del Mesías, cumpliéndose la visión del profeta Daniel respecto al Hijo del Hombre. El imperio del Señor nunca pasará, y su reino no será destruido jamás.

El Evangelio presenta la realeza de Jesús en el culmen de su obra de salvación, y lo hace de una manera sorprendente. El Mesías de Dios, el Elegido, el Rey, se muestra sin poder y sin gloria: está en la cruz, donde parece más un vencido que un vencedor. Los cuatro evangelistas relatan el proceso de Jesús ante Pilato, siendo san Juan quien le da más relieve y amplitud. Describe con detalle y de forma armónica lo ocurrido en el pretorio, destacando la majestad de Jesucristo, como Rey mesiánico y, a la vez, el rechazo por parte de los judíos.

Condujeron a Jesús de Caifás al pretorio (Jn 18, 28). En casa de Caifás el Señor es sometido a un interrogatorio, que concluye con la declaración de que Jesús es reo de muerte por la pretendida blasfemia de proclamarse el Hijo de Dios. Para conseguir la muerte de Cristo en una cruz cambiaron la acusación religiosa por una política. Por eso presentaron ante el procurador romano Poncio Pilato la denuncia de que Jesús era un revolucionario que conspiraba contra el César, al declararse como el Mesías y Rey de los judíos.

Pilato llamó a Jesús y le dijo: “¿Eres tú el Rey de los judíos?” Respondió Jesús: “¿Dices eso por tu cuenta, o es que otros te lo han dicho de mí?” (Jn 18, 33-34). Al Procurador romano no le incumbía intervenir en las cuestiones religiosas de los judíos, pero como la acusación que le presentaron contra Jesús es de orden político, comenzó su interrogatorio obviamente con la averiguación de la denuncia fundamental. El Señor, al contestar con una nueva pregunta, no rehuye la respuesta, sino que quiere, como siempre, dejar claro el carácter espiritual de su misión. No aceptó la posición de quienes mezclaban las cosas de Dios con actitudes meramente políticas. La perspectiva de su misión es mucho más profunda. Consiste en la salvación integral por un amor pacificador, de perdón y reconciliación.

Pilato respondió: “¿Es que yo soy judío? Tu pueblo y los sumos sacerdotes te han entregado a mí. ¿Qué has hecho?” Respondió Jesús: “Mi Reino no es de este mundo. Si mi Reino fuese de este mundo, mi gente habría combatido para que no fuese entregado a los judíos: pero mi Reino no es de aquí” (Jn 18, 35-36). Después del milagro de la multiplicación de los panes y de los peces, Jesús se había negado a ser proclamado rey, porque la muchedumbre pensaba en un reino temporal. Sin embargo, entra triunfalmente en Jerusalén y acepta que le aclamen como Rey-Mesías. Ahora, en el pretorio, cuando está siendo juzgado por la autoridad civil, reconoce que Él es verdaderamente Rey, pero aclarando que su reino no es como los de la tierra. Por eso los que esperaban del Mesías un poderío temporal visible se equivocaban: “que no consiste el reino de Dios en el comer ni en el beber, sino en la justicia, en la paz y en el gozo en el Espíritu Santo” (Rm 14, 17). Verdad y justicia; paz y gozo en el Espíritu Santo. Ese es el reino de Cristo: la acción divina que salva a los hombres y que culminará cuando la historia acabe, y el Señor, que se sienta en lo más alto del paraíso, vengar a juzgar definitivamente a los hombres (San Josemaría Escrivá, Es Cristo que pasa, n. 180).

El Reino del que es rey Nuestro Señor Jesucristo no es de este mundo. Pero Él es Rey. Es un rey coronado de espinas, cuyo cetro es una caña. Aunque aparezca despojado de sus vestiduras y clavado en una cruz, desde ahí, su trono de gloria, triunfó sobre la muerte y el pecado, venció a Satanás. Su victoria nos abre las puertas del Cielo. Su realeza es paradójica: su trono es la cruz; su corona es de espinas; no tiene cetro, pero le ponen una caña en la mano; no viste suntuosamente, pero es privado de la túnica; no tiene anillos deslumbrantes en los dedos, pero sus manos están traspasadas por los clavos; no posee un tesoro, pero es vendido por treinta monedas. Verdaderamente el reino de Jesús no es de este mundo, pero justamente es aquí por donde encontramos la redención y el perdón. Porque la grandeza de su reino no es el poder según el mundo, sino el amor de Dios, un amor capaz de alcanzar y restaurar todas las cosas. Por este amor, Cristo se abajó hasta nosotros, vivió nuestra miseria humana, probó nuestra condición más ínfima: la injusticia, la traición, el abandono; experimentó la muerte, el sepulcro, los infiernos. De esta forma nuestro Rey fue incluso hasta los confines del Universo para abrazar y salvar a todo viviente (Papa Francisco). Por tanto, Cristo no es fracasado que muere en una cruz, sino un Rey triunfador.

Entonces Pilato le dijo: “¿Luego tú eres Rey?” Respondió Jesús: “Sí, como dices, soy Rey. Yo para esto he nacido y para esto he venido al mundo: para dar testimonio de la verdad. Todo el que es de la verdad, escucha mi voz” (Jn 18, 37). Este es el sentido profundo de la realeza de Cristo. Su reino es el reino de la Verdad y la Vida, el reino de la Santidad y la Gracia, el reino de la Justicia, el Amor y la Paz (Prefacio de la Misa de Cristo Rey). Quiere Cristo reinar en nuestras almas. Viene a destruir el reino de Satanás, del pecado, del vicio. Quiere que la virtud, la vida cristiana se difunda por todas las naciones, que las leyes y las costumbres sean conformes al Evangelio, para que venga la paz y prosperidad a los pueblos, y consigan los hombres la eterna bienaventuranza. Y Cristo reina sobre aquellos que aceptan y viven la Verdad por Él revelada: el amor del Padre. Se hizo carne, tomó nuestra naturaleza humana para manifestar esta Verdad, y para que los hombres puedan conocerla y aceptarla. Y así los que reconocen la realeza y soberanía de Cristo se someten a Él, que de ese modo reina sobre ellos con un reinado eterno y universal.

La gran tentación del hombre de hoy, creyéndose autosuficiente, es prescindir de Dios. Se repite de nuevo el grito satánico: no serviré. Ya Cristo, en la parábola de las minas, al hablar de un hombre noble que se fue a una tierra a recibir la investidura real, dice que muchos dijeron: No queremos que éste reine sobre nosotros (Lc 19, 14). Rechacemos esa tentación. Nosotros sí queremos que Cristo reine sobre nosotros, por eso le entregamos nuestro corazón y dejamos que reine en nuestra alma. Le decimos serviam! (serviré). Si no lo hiciésemos, hablar del reinado de Cristo sería vocerío sin sustancia cristiana, manifestación exterior de una fe que no existiría, utilización fraudulenta del nombre de Dios para las componendas humanas (San Josemaría Escrivá, Es Cristo que pasa, n. 181). Queremos gastar nuestra vida en servir a Cristo Rey y, por Él, a todos los que han redimidos con su sangre.

Mis gentes me habrían defendido. Somos de Cristo. Defendamos a Cristo, ahora que se ataca su divinidad, con doctrina clara. Vamos a ser nosotros soldados fieles de ese Rey de paz, vamos a serle siempre leales y, para eso, procuremos primero que Cristo reine en nuestras vidas, en nuestras inteligencias, en nuestros corazones (San Josemaría Escrivá). Nuestra misión es extender y afirmar el reinado de Jesucristo en todos los corazones, y en todas las actividades humanas. Proclamemos la Verdad, dando testimonio de ella. Esa Verdad oprimida por unos días sale victoriosa tras la muerte con la resurrección del Señor. Jesucristo es la Verdad hecha Persona, que atrae hacia Sí al mundo. La luz irradiada por Jesús es el resplandor de la verdad. Cualquier otra verdad es un fragmento de la Verdad que es Él y remite a Él (Benedicto XVI).

Jesús, mediante su Muerte y Resurrección, demuestra que el juicio en el pretorio llevado adelante contra Él por los hombres, como el juicio de la casa de Caifás, era falso y mentiroso; era Cristo quien decía la verdad, y no sus jueces y acusadores, y Dios respalda la verdad de Jesús, la verdad de sus palabras, de sus hechos, de su Revelación, mediante el milagro singular de su Resurrección gloriosa. La verdad en la que creemos los cristianos es que Cristo vive para siempre siendo muerto y vence siendo derrotado en el juicio y en la Cruz.

El título y poder de rey pertenecen en derecho propio a Jesucristo, como Dios y como Hombre. Es también Rey por derecho de conquista en cuanto es el libertador de toda la humanidad redimida con su Sangre. Ha hecho de nosotros un Reino de Sacerdotes para su Dios y Padre (Ap 1, 6). El Señor no se contentó con librarnos de nuestros pecados, sino que nos hizo participar de su dignidad real y sacerdotal. Mirad, viene acompañado de nubes: todo ojo le verá, hasta los que le traspasaron, y por él harán duelo todas las razas de la tierra (Ap 1, 7). Él ha congregado su pueblo santo sobre la tierra para la salvación definitiva, y su manifestación gloriosa a todo el mundo será al final de los tiempos. Será el día del triunfo definitivo, cuando aquellos que crucificaron a Jesús verán atónitos la grandeza y la gloria del Crucificado, y la majestad Jesucristo como Rey del Universo. La alegría de quienes han sabido aguardar con esperanza esta manifestación de Cristo, contrastará con el duelo de quienes hayan rechazado hasta el final el amor de Dios.

Yo soy el Alfa y la Omega, dice el Señor Dios, “Aquel que es, que era y que va a venir”, el Todopoderoso (Ap 1, 8). La venida del Señor glorioso, la culminación de su señorío, está garantizada por el poder de Dios, dueño absoluto del mundo y su destino. Alfa y Omega son la primera y la última letra del alfabeto griego; en este versículo del Apocalipsis se utilizan para proclamar que Dios es el principio y fin de todas las cosas, del mundo y de la historia: el que está presente en todos los tiempos: antes, ahora y en lo sucesivo.

A Santa María, Reina y Madre del Rey del Universo, le rogamos que nos ayude para que siempre Cristo reine en nuestras vidas.

Domingo XXXIII del Tiempo Ordinario. Homilía (Ciclo B)

En la Sagrada Escritura se habla del fin del mundo. No solamente en el libro del Apocalipsis, sino en los Evangelios, y también en el Antiguo Testamento. Leemos en el libro de Daniel: Por aquel tiempo se levantará Miguel, el arcángel que se ocupa de tu pueblo: Serán tiempos difíciles, como no los ha habido desde que hubo naciones hasta ahora. Entonces se salvará tu pueblo: todos los inscritos en el libro. Muchos de los que duermen en el polvo despertarán: unos para vida perpetua, otros para ignominia perpetua. Los sabios brillarán como el fulgor del firmamento, y los que enseñaron a muchos la justicia, como las estrellas, por toda la eternidad (Dn 12, 1-3).

La profecía de Daniel es un texto clásico de la literatura apocalíptica del Antiguo Testamento, que unía la venida del Mesías con el fin de los tiempos y la resurrección de los muertos. Esta venida del Mesías es la segunda venida del Señor a la tierra.

El arcángel san Miguel también lo encontramos citado en la Carta de san Judas Tadeo y en el Apocalipsis. En ambos libros aparece librando batalla contra Satanás. defiende la causa de Dios contra la serpiente antigua, como dice san Juan. Satanás, que no es otro que el dragón o la serpiente, intenta continuamente hacer creer a los hombres que Dios debe desaparecer, para que ellos puedan llegar a ser grandes. Y en esa batalla, el arcángel sale vencedor. Se trabó una gran batalla en el Cielo. Miguel y sus Ángeles luchaban contra el dragón, y el dragón peleaba ayudado por los suyos. Y éstos no prevalecieron, ni hubo ya lugar para ellos en el Cielo (Ap 12, 7-8). Estas palabras nos recuerdan el combate librado por san Miguel y los ángeles fieles frente a Satanás y los ángeles que se rebelaron contra Dios y fueron precipitados al infierno.

El profeta Daniel dice que Miguel se ocupa de tu pueblo. Acudamos a este arcángel, que es protector del pueblo de Dios, para que nos ayude en nuestra pelea contra el demonio. Él capitaneó la lucha contra el diablo. Fue el primero que en la prueba sufrida por los ángeles tomó partido por Dios. Ayudados por san Miguel también nosotros saldremos victoriosos de todas las batallas que nos presente el diablo.

El papa León XIII quiso que después de la Santa Misa se rezara esta oración a san Miguel: Arcángel san Miguel, defiéndenos en la lucha, ampáranos contra la perversidad y asechanzas del demonio. Reprímale Dios, pedimos suplicantes, y tú, príncipe de la celestial milicia, lanza al infierno con el divino poder a Satanás y a los otros malignos espíritus que discurren por el mundo para la perdición de las almas.

Serán tiempos difíciles, como no los ha habido desde que hubo naciones hasta ahora. Tras el tiempo de la Iglesia militante, viene el tiempo del Hijo del Hombre triunfante. El destino del mundo se resume en el momento glorioso en el que Jesús viene a juzgar al mundo y salvar a sus elegidos. Los sufrimientos de los cristianos son el camino que conduce a la venida del Hijo de Hombre.

También Nuestro Señor, al hablar de su segunda venida al final del mundo, hace referencia a tiempos calamitosos, la abominación de la desolación (Mc 13, 14); y que habrá en aquellos días una tribulación como no la hubo igual desde el principio de la creación, que hizo Dios hasta ahora, ni la habrá (Mc 13, 19). Y también habla de señales – el sol se oscurecerá y la luna no dará su resplandor, (25) y las estrellas caerán del cielo, y las potestades de los cielos se conmoverán (Mc 13, 24-25)- antes de la venida del Hijo del Hombre, que aparecerán con todo su poder y gloria, entre las nubes y rodeados de sus ángeles. Será la Parusía. Esta venida triunfal fue de nuevo profetizada por Cristo en casa de Caifás, cuando les dijo a los allí presentes: Veréis al Hijo del Hombre sentado a la derecha del Poder y venir sobre las nubes (Mc 14, 62).

San Mateo dice que el Hijo del Hombre se sentará entonces en el trono de su gloria, y serán reunidas ante él todas las gentes (Mt 25, 31-32). Será el momento del Juicio Final. Cristo habrá venido para juzgar, para premiar a los buenos y castigar a los malos. Siguiendo a los profetas y a Juan Bautista, Jesús anunció en su predicación el Juicio del último día. Entonces, se pondrán a la luz la conducta de cada uno y el secreto de los corazones. Entonces será condenada la incredulidad culpable que ha tenido en nada la gracia ofrecida por Dios. La actitud con respecto al prójimo revelará la acogida o el rechazo de la gracia y del amor divino. Jesús dirá en el último día: Cuanto hicisteis a uno de estos hermanos míos más pequeños, a mí me lo hicisteis (Mt 25, 40).

Muchos de los que duermen en el polvo despertarán: unos para vida perpetua, otros para ignominia perpetua. Estas palabras del profeta Daniel hacen referencia al cielo (vida perpetua) y al infierno (ignominia perpetua). También en los Evangelios se habla de estos dos novísimos. Jesucristo alude en repetidas ocasiones a estos dos lugares como recompensa al bien o al mal hecho, especialmente cuando habla del Juicio final: Venid, benditos de mi Padre, tomad posesión del reino preparado para vosotros desde la creación del mundo (Mt 25, 34); Apartaos de mí, malditos, al fuego eterno, preparado para el diablo y sus ángeles (Mt 25, 41). Consideremos estas dos realidades.

En tiempos pasados, la predicación sobre el infierno, a veces, convertía el mensaje cristiano de salvación en un mensaje de amenaza. Hoy día, en la predicación actual generalmente se evita hablar de este lugar de castigo eterno. Sin embargo, es necesario también en nuestros tiempos exponer -con sobriedad- la fe católica sobre el infierno, evitando la tentación de atenuar esta verdad de fe.

La enseñanza de la Iglesia afirma la existencia del infierno y su eternidad. Las almas de los que mueren en estado de pecado mortal descienden a los infiernos inmediatamente después de la muerte y allí sufren las penas del infierno, “el fuego eterno”. La pena principal del infierno consiste en la separación eterna de Dios en quien únicamente puede tener el hombre la vida y la felicidad para las que ha sido creado y a las que aspira (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 1.034).

Las afirmaciones de la Escritura y las enseñanzas de la Iglesia a propósito del infierno son un llamamiento a la responsabilidad, con la que el hombre debe usar de su libertad en relación con destino eterno. Se dice, con frecuencia: Dios es demasiado bueno para que haya un infierno, ¡un infierno eterno! Pero es el hombre el responsable del infierno, y no Dios; y quien se condena es porque él lo ha querido, pues rechaza el amor misericordioso de Dios.

Dios, infinitamente Perfecto y Bienaventurado en sí mismo, en un designio de pura bondad ha creado libremente al hombre para que tenga parte en su vida bienaventurada (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 1). Fomentemos la esperanza del Cielo, que nos ayuda a vencer las dificultades en nuestro camino hacia Dios. El Cielo es un lugar preparado por Dios para los que le aman; un sitio preparado por Jesucristo. En la casa de mi Padre hay muchas moradas (…) voy a prepararos el lugar. Cuando yo me haya ido y os haya preparado el lugar, de nuevo volveré y os tomaré conmigo, para que donde yo estoy estéis también vosotros (Jn 14, 1-3).

Todo será gozo, una felicidad sin limitación alguna, y ¡para siempre! Ni ojo vio, ni oído oyó, ni vino a la mente del hombre, lo que Dios ha preparado para los que le aman (1 Co 2, 9). Un cielo hecho por tu Dios para ti. Un gran Amor te espera en el Cielo: sin traiciones, sin engaños: ¡todo el amor, toda la belleza, toda la grandeza, toda la ciencia…! Y sin empalago: te saciará sin saciar (San Josemaría Escrivá).

¿Y cuándo será el tiempo de la segunda venida de Cristo? Nuestro Señor habló del fin del mundo, del Juicio Final, de la recompensa (premio o castigo)…, pero no dijo nada de cuándo sucederá, aunque sí mencionó algunas señales que precederán a su gloriosa venida. Pero nadie de ese día y de esa hora (Mc 13, 32). Jesús no quiso revelar el día del juicio para que nos mantengamos vigilantes. Vigilar ante el advenimiento de Cristo no es buscar de continuo señales de su venida, sino comportarse y trabajar en todo momento cristianamente.

El cristiano debe velar. Jesús quiso ocultarnos esto para que permanezcamos en vela y para que cada uno de nosotros pueda pensar que este acontecimiento se producirá durante su vida. Ha muy claramente que vendrá, pero sin precisar en qué momento. Así todas las generaciones y siglos lo esperan ardientemente (San Efrén) La Iglesia nos estimula a avivar esta actitud de vigilia, especialmente en el tiempo litúrgico de Adviento.

También Cristo habla de estar preparados –porque a la hora que menos penséis vendrá el Hijo del Hombre (Mt 25, 44)- en las parábolas del siervo fiel, de las vírgenes necias y prudentes, de los talentos, que recoge san Mateo en su evangelio a continuación de referirse a la segunda venida del Señor.

En la Carta a los Hebreos leemos que Cristo ofreció un solo sacrificio por los pecados (Hb 10, 12), y más adelante, citando al profeta Jeremías, están estas palabras, que, por ser inspiradas, son de Dios: Y de sus pecados y de sus iniquidades ya no me acordaré (Hb 10, 17).

Sobre la puerta gigantesca del templo de Apolo en Delfos -una de las maravillas del mundo antiguo- se podía leer una inscripción que era como el resumen de la sabiduría clásica: “conócete a ti mismo”. Y por sorprendente que esto pueda parecer en una época como la nuestra, en que está de modo un lema parecido: “encontrarse a sí mismo”, aquella máxima no se refería tanto a descubrir las grandezas de la propia personalidad cuanto a tomar conciencia de sus serias limitaciones (Juan Luis Lorda, Para ser cristiano). No es correcto pensar que en nuestra vida no tenemos necesidad de perdón. Debemos aceptar nuestra fragilidad, permaneciendo en el camino, siguiendo adelante sin rendirnos y mediante el sacramento de la Reconciliación convirtiéndonos constantemente para volver a comenzar, creciendo, madurando para el Señor, en nuestra comunión con Él.

Estar preparados es tener el alma en gracia. Todos estamos necesitados de reconciliación, pues todos hemos pecado. Continuamente experimentamos en nosotros, no sin dolor, que, en lugar de dejarnos llevar por el espíritu de Cristo y hacer la voluntad de Dios, seguimos el espíritu de este mundo y contradecimos lo que somos como cristianos. Necesitamos de la misericordia de Dios más grande que todas nuestras infidelidades.

En medio del peligro y de las tribulaciones el hijo encuentra refugio en su madre. Cristo, abandonado de todos, sólo contó con la presencia de María. El cristiano sabe que, por eso, Cristo no reprobará a quien se refugia de nuevo en la Madre, arca segura de salvación. Ella es Refugio de los pecadores y Abogada nuestra. Por eso confiamos que en el día del Juicio Final, estando a la derecha de Jesucristo, escucharemos de sus labios estas palabras dirigidas a nosotros: Venid, benditos de mi Padre, tomad posesión del Reino preparado para vosotros desde la creación del mundo (Mt 25, 34).

Fiesta de la Dedicación de la Basílica de Letrán. Homilía (Ciclo B)

El Calendario Romano General señala la Misa y el Oficio divino de cada día. En él está prevista prevista la celebración de la Dedicación de las cuatro basílicas mayores de Roma. El 5 de agosto, la de Santa María la Mayor; el 18 de noviembre, la de las de San Pedro y de San Pablo; y el 9 de noviembre, según la tradición que arranca del siglo XII, se celebra el aniversario de la dedicación de la basílica de San Juan de Letrán, que es la catedral de Roma. Esta basílica fue construida por el emperador Constantino en el Laterano. Esta celebración fue primero una fiesta de la ciudad de Roma; más tarde se extendió a toda la Iglesia de rito romano, con el fin de honrar a la basílica que es llamada

Madre de todas las Iglesias de la Urbe y del Orbe, en señal de amor y de unidad para la cátedra de Pedro que, como escribió san Ignacio de Antioquía, preside a todos los congregados en la caridad.

En la Basílica Lateranense se celebraron cinco concilios ecuménicos. El más importante de ellos es el IV de Letrán, convocado por Inocencio III, y celebrado en el año 1215. Lo más descastado en el plano de la doctrina fue la aceptación del vocablo transubstanciación para explicar el misterio de la Eucaristía. Esta palabra expresa perfectamente lo que ocurre en la Misa cuando el sacerdote pronuncia las palabras que el Señor dijo en la Última Cena: la conversión de toda la substancia del pan en la substancia del Cuerpo de Cristo, y de toda la substancia del vino en la substancia de su Sangre. Esta conversión se opera en la plegaria eucarística con la consagración, mediante la eficacia de la palabra de Cristo y de la acción del Espíritu Santo. Sin embargo, permanecen inalteradas las características sensibles del pan y del vino, esto es las “especies eucarísticas”. Significando “especie” para estos efectos, los “accidentes” del pan y del vino: color, gusto, cantidad, etcétera.

La liturgia de la Iglesia evoca la Dedicación de la Basílica de Letrán, la catedral de Roma, que la tradición define como “madre de todas las Iglesias de la Urbe y del Orbe”. El templo material, hecho de ladrillos, es signo de la Iglesia viva y operante en la historia, el “templo espiritual” del que Cristo es la piedra viva, rechazada por los hombres pero elegida y preciosa ante Dios. El templo de Dios no es sólo el edificio hecho de ladrillos, sino su cuerpo, hecho de piedras vivas. Por la fuerza del Bautismo, todo cristiano forma parte del edificio espiritual, la Iglesia. Cada uno de nosotros está llamado a ser coherente con el don de la fe y de avanzar por un camino de testimonio cristiano. Esto es un cristiano, no tanto por lo que dice, sino por lo que hace, por el modo como se comporta: testimoniar la fe con la caridad (Papa Francisco, Homilía 9.XI.2015).

En la segunda lectura de la Misa de la Dedicación de la Basílica Lateranense están estos versículos: ¿No sabéis que sois santuario de Dios y que el Espíritu de Dios habita en vosotros? Si alguno destruye el santuario de Dios, Dios le destruirá a él; porque el santuario de Dios es sagrado, y vosotros sois ese santuario (1 Co 3, 16-17). Estas palabras se aplican tanto a cada cristiano como a la Iglesia entera. La imagen del cristiano como templo de Dios, utilizada con frecuencia por san Pablo, manifiesta la inhabitación en el alma en gracia de la Santísima Trinidad.

San Pablo dice claramente que el cristiano es templo de Dios en el cual habita el Espíritu de Dios. De ahí, la obligación de glorificar a Dios en nuestro cuerpo. ¿No sabéis que vuestros cuerpos son miembros de Cristo? (1 Co 6, 15). No podemos manchar el cuerpo que hemos recibido de Dios. La impureza mancha el cuerpo y el alma. Todo pecado que un hombre comete queda fuera de su cuerpo; pero el que fornica peca contra su propio cuerpo (1 Co 3, 18). El que peca contra la castidad profana su cuerpo, templo del Espíritu Santo.

Pero tampoco podemos destruirlo. Sois edificación de Dios. Nadie tiene derecho a destruir lo que Dios ha edificado. En la época actual, con la cultura de la muerte que algunos quieren implantar en la sociedad, hay que resaltar que sólo Dios es dueño de la vida; Él la da y Él la quita. Nadie puede usurpar este derecho divino. Si alguno destruye su cuerpo, destruye el templo de Dios. He aquí la malicia de la eutanasia.

Es un eufemismo decir que poner fin con la muerte a los sufrimientos de los enfermos incurables es una buena muerte. Sólo se puede calificar de buena la muerte de una persona que muere en paz con Dios y aceptando la voluntad divina. La doctrina médico-jurídica que afirma la legitimidad de la eutanasia es contraria a la doctrina cristiana. La eutanasia tiene una doble malicia: la del suicidio y la del homicidio; es un asesinato que nunca jamás está permitido por la ley de Dios.

El mismo Jesucristo ha revelado el misterio sublime de la inhabitación del Espíritu Santo en nuestra alma en gracia, misterio que nunca hubiéramos podido sospechar: El Espíritu de la verdad (…) permanece a vuestro lado y está en vosotros (…) Si alguno me ama, guardará mi palabra, y mi Padre le amará y vendremos a él y haremos morada en él (Jn 14, 17.23). La consideración de esta maravillosa realidad ayuda a caer en la cuenta de la trascendencia que tiene el vivir en gracia de Dios, y el profundo horror que ha de tenerse al pecad mortal, que destruye el templo de Dios, privando al alma de la gracia y amistad divinas. Además, mediante esta inhabitación, la criatura humana comienza a gozar un anticipo de lo que será la visión beatífica del Cielo, ya que esta admirable unión sólo en la condición y estado se diferencia de aquella en que Dios llena a los bienaventurados beatificándolos (León XIII, Encíclica Divinum illud munus n. 11).

Celebramos siempre con gozo la dedicación de los templos -catedrales, iglesias, oratorios, santuarios…-, teniendo en cuenta que nosotros debemos ser el templo vivo y verdadero de Dios. Todos nosotros, amadísimos, antes del bautismo, fuimos lugar en donde habitaba el demonio; después del bautismo, nos convertimos en templos de Cristo. Y, si pensamos con atención a lo que atañe a la salvación de nuestras almas, tomamos conciencia de nuestra condición de templos verdaderos y vivos Dios. Dios habita no sólo en templos construidos por hombres ni en casas hechas de piedra y madera, sino principalmente en el alma hecha a imagen de Dios y construida por él mismo, que es su arquitecto. Por esto, dice el apóstol Pablo: “el templo de dios es santo: ese templo sois vosotros” (San Cesáreo de Arlés, Sermón 229, 1).

El Señor quiere a los cristianos como piedras vivas en esa Edificación de Dios (1 Co 3, 9) -imagen de la Iglesia-, los ha asociado con Él en la tarea redentora en la salvación de todos los hombres, de manera que -a la vez que son redimidos- sean corredentores con Él, completando lo que falta a las tribulaciones de Cristo por su cuerpo, que es la Iglesia (Col 1, 24). Y comentaba san Josemaría Escrivá: Jesús ha querido hacer a cada hombre cooperador libre de su obra redentora. La salvación continúa y nosotros participamos en ella. Vale la pena jugarse la vida, entregarse por entero, para corresponder al amor y a la confianza que Dios deposita en nosotros. Vale la pena, ante todo, que nos decidamos a tomar en serio nuestra fe cristiana (es Cristo que pasa n. 129).

La Iglesia es Edificación de Dios. Cuando se trata de piedras materiales, se colocan en los cimientos las piedras más sólidas y resistentes con el fin de que todo el peso del edificio pueda descansar con seguridad sobre ellas. Y la Iglesia es construida con la piedra viva (1 P 2, 4) que es Jesucristo, pero también nosotros, cual piedras vivas (1 P, 2, 5) entramos en la construcción del edificio espiritual. Y lo que se dice de las piedras materiales, hay que entenderlo también de las piedras vivas, la cuales algunas son como cimiento de la Iglesia. ¿Cuáles son estas piedras que se colocan como cimiento? Los apóstoles y profetas. Así lo afirma san Pablo cuando escribe a los cristianos de Éfeso: Estáis edificados sobre el cimiento de los apóstoles y profetas, y el mismo Cristo Jesús es la piedra angular (Ef 2, 20). Y nos dice un escritor eclesiástico: Para que te prepares con mayor interés, tú que me escuchas, a la construcción de este edificio, para que seas una de las piedras próximas a los cimientos, debes saber que es Cristo mismo el cimiento de este edificio que estamos describiendo (Orígenes, Homilía sobre el libro de Josué). Así lo afirmó el apóstol Pablo: Nadie puede poner otro cimiento fuera del ya puesto, que es Jesucristo (1 Co 3, 11).

El pasaje evangélico de la Misa es el de la expulsión de lo mercaderes del Templo. Con motivo de la Pascua judía, Jesús va a Jerusalén. Y encontró en el Templo a los vendedores de bueyes, ovejas y palomas, y a los cambistas en sus puestos. Haciendo un látigo con cuerdas, echó a todos fuera del Templo, con las ovejas y los bueyes; desparramó el dinero de los cambistas y les volcó las mesas; y dijo a los que vendían palomas: “Quitad esto de aquí. No hagáis de la casa de mi Padre un mercado”. Sus discípulos se acordaron de que estaba escrito: El celo por tu casa me devorará (Jn 2, 14-17). El Templo era un lugar de oración, que había sido profanado al convertirlo en un mercado. Y de nuestras iglesias podemos decir que son la casa de Dios y la puerta del Cielo (Gn 28, 17). Está realmente presente el Señor en el Sagrario.

La urbanidad de la piedad exige un comportamiento digno, un silencio que facilite la oración. Nuestras iglesias y catedrales no son museos, aunque tengan obras valiosas de arte; no fueron construidas para fomentar el turismo. Están destinadas al culto divino. Por eso siempre hay que estar en ellas con respeto, porque vamos a acompañar o visitar al Señor que nos espera en el Sagrario, o a participar en algún acto de culto, o a simplemente a rezar.

Jesús purifica el templo. Pero lo hace con el látigo en la mano. Se pone a expulsar las actitudes paganas, en este caso de los mercaderes que vendían y habían transformado el templo en pequeños negocios para vender, para cambiar las monedas, las divisas. Jesús purifica el templo reprendiendo: “Está escrito: mi casa será casa de oración” y no otra cosa. El templo es un lugar sagrado. Y nosotros debemos entrar allí, en la sacralidad que nos lleva a la adoración (Papa Francisco, Homilía 9.XI.2014).

Si deseamos encontrar en la iglesia ese lugar de recogimiento, iluminado y limpio, procuremos ser dignos de estar en la casa de Dios. Para eso no ensuciemos el alma con el pecado, ni la tengamos en tinieblas. Iremos con nuestra alma limpia -o para limpiarla allí con el sacramento de la Penitencia-. Que el deseo de Dios se cumpla: que brille en nosotros la luz de las buenas obras. Del mismo modo que tú entras en esta iglesia, así quiere Dios entrar en tu alma (San Cesáreo de Arlés, Sermón 229, 3).

Verdadero templo de Dios fue Santa María: en su seno llevó a Dios encarnado.

Domingo XXXII del Tiempo Ordinario. Homilía (Ciclo B)

Y enseñándoles, decía: “Guardaos de los escribas, que gustan pasear con vestidos lujosos, ser saludados en las plazas, ocupar los primeros asientos en las sinagogas y los primeros puestos en los banquetes; y que devoran las casas de las viudas con pretexto de hacer largas oraciones. Estos tendrán un juicio más riguroso” (Mc 12, 38-40). Cristo es buen Pastor, el Maestro que enseña con autoridad. Y estas palabras también están dirigidas a nosotros. Nos advierte el Señor de la hipocresía de los escribas, del afán de sobresalir, de quedar por encima de los demás. Claramente nos dicen cómo no debemos ser nosotros, seguidores suyos, y nos hace ver el contraste entre la conducta de los escribas y fariseos -que se pavonean en público cuando dan la limosna, la oración y el ayuno-, y aquello que por el contrario Jesús indica a los discípulos como la actitud correcta a tomar en las mismas circunstancias, y que es el “secreto”, la discreción apreciada y recompensada por Dios.

Jesús señala tres defectos que se manifiestan en el estilo de vida de los escribas, maestros de la ley: soberbia, avidez e hipocresía. Los escribas “aparentan hacer largas oraciones”. También hoy existe el riesgo de comportarse de esta forma. Por ejemplo, cuando se separa la oración de la justicia, porque no se puede rendir culto a Dios y causar daño a los pobres. O cuando se dice que se ama a Dios y, sin embargo, se antepone a Él la propia vanagloria, el propio provecho (Papa Francisco). Además, Cristo hace referencia al juicio, a un juicio severo para los sólo buscan su propio provecho. El destino de los hombres es morir una sola vez. Y después de la muerte, el juicio (Hb 9, 27). De la muerte no se quiere hablar, pero no por ello dejará de acudir a su cita con cada uno de nosotros. La consideración de los novísimos (muerte, juicio, infierno y cielo) es una valiosa ayuda que nos facilita ser cada día más fieles a Dios, mejores cristianos.

El alma inmediatamente después de separarse del cuerpo comparece ante Jesucristo para ser juzgada. Meditemos con frecuencia sobre la cuenta que hemos de dar a Dios cuando Él nos llame. El Señor nos preguntará: ¿Has sido pobre de espíritu? ¿Has tenido hambre y sed de justicia? ¿Has sido misericordioso? ¿Puro de corazón? ¿Te contabas entre los que procuraban la paz? ¿Entre los que han soportado las persecuciones y las calumnias “por causa de Cristo”? ¿Has amado a Dios con todo tu corazón, con toda tu mente, con todo tu ser? ¿Has amado al prójimo? ¿Has vivido las virtudes cristianas? ¿Has actuado siempre con rectitud de intención, buscando la gloria de Dios?

Cuidado con la levadura de los fariseos (Mc 8, 15). Es otra advertencia del Señor. La levadura es una cosa pequeñísima, pero por cómo habla Jesús es como si quisiera decir “virus”. Como un médico que diga a sus colaboradores: Poned atención a los riesgos de un contagio. Esta levadura es un virus que enferma y te hace morir. ¡Cuidado! Esta levadura te lleva a las tinieblas (Papa Francisco). Los fariseos estaban tan apegados a la ley que habían olvidado la justicia; tan apegados a la ley que habían olvidado el amor. No solo a la ley; estaban apegados a las palabras, a las letras de la ley. Este modo de vivir les alejaba del amor y de la justicia: cuidaban la ley, descuidaban la justicia; cuidaban la ley, descuidaban el amor. Jesús para esta gente encuentra solamente una palabra: ¡Hipócritas! El estar apegados a la letra de la ley, lleva a la cerrazón, lleva al egoísmo, a la soberbia de sentirse justos, a esa “santidad” de las apariencias. Jesús dice a esa gente: a vosotros os gusta haceros ver por la gente como hombres de oración y de ayuno

Después de mostrar el comportamiento hipócrita y avaricioso de los escribas, impropio para un cristiano, el Señor propone un ideal ejemplar de cristiano. Jesús sentado frente al gazofilacio, miraba cómo la gente echaba en él monedas, y bastantes ricos echaban mucho. Llegó también una viuda pobre y echó dos moneditas, o sea, una cuarta parte del as. Entonces, llamando a sus discípulos, les dijo: “Os digo de verdad que esta viuda pobre ha echado más que todos los que echan en el gazofilacio. Pues todos han echado algo de lo que les sobraba; ésta, en cambio, ha echado de lo que necesitaba todo cuanto poseía, todo lo que tenía para vivir” (Mc 12, 41-44).

Jesús alaba a esa pobre viuda por su generosidad y por saber confiar en Dios. Aquella mujer no tenía ni siquiera para comer, sin embargo ofrece todo lo que posee, dos pequeñas monedas. Jesús dice que estaba en la miseria. Debido a su extrema pobreza, hubiera podido ofrecer una sola moneda para el templo y quedarse con la otra. Pero ella no quiere ir a la mitad con Dios: se priva de todo. En su pobreza ha comprendido que, teniendo a Dios, lo tiene todo; se siente amada totalmente por Él y, a su vez, lo ama totalmente.

En ese tiempo las viudas no tenían la pensión del marido, estaban en la miseria. Estaban al límite. La viuda fue al templo a adorar a Dios, a decir al Señor que está sobre todo y que ella le ama. Siente que debe realizar un gesto por el Señor y da todo lo que tenía para vivir. Es algo más que generosidad, es otra cosa. Elige bien: sólo el Señor. Porque se olvida de sí misma. Podía decir: “Pero, Señor, tú lo sabes, necesito de esto para el pan de hoy”. Y esa moneda volvía al bolsillo. En cambio, eligió adorar al Señor hasta el final. Confiarse a la fidelidad del Señor: es una opción que también nosotros tenemos la oportunidad de hacer en nuestra vida cristiana. En la historia de la Iglesia, y también en nuestro tiempo, hay hombres, mujeres, ancianos y jóvenes que hacen esta elección. Nos alientan a dejar en el tesoro de la Iglesia todo lo que tenemos para vivir (Papa Francisco).

En el Antiguo Testamento, en el libro Primero de los Reyes se habla de una viuda, igualmente pobre, que también se fía de Dios. El profeta Elías llegó a una ciudad -Sarepta-, y viendo a una mujer recogiendo leña le pidió agua para apagar la sed después de haber recorrido un largo camino. Pero como no sólo tenía sed, sino también hambre, le dijo: Tráeme, por favor, un bocado de pan en tu mano (1 R 17, 11). Aquella mujer no puso ninguna objeción cuando lo que se le había pedido era un poco de agua (1 R 17, 10). Ya con llevarle agua en su jarro tendría su recompensa, porque es una obra de misericordia: Dar de beber al sediento, y bien claro lo dijo Jesucristo: El que diere un vaso de agua fresca a uno de estos pequeños por ser mi discípulo, en verdad os digo que no perderá su recompensa (Mt 10, 42).

Sabemos que el valor y el mérito de las buenas obras está principalmente en el amor a Dios con que se realizan. Dios recompensa sobre todo, las acciones de servicio a los demás, por pequeñas que parezcan. Decía san Francisco de Sales: ¿Ves ese vaso de agua o ese trozo de pan que una mano caritativa da a un pobre por amor de Dios? Poca cosa es en realidad y casi no estimable al humano juicio; pero Dios lo recompensa y concede inmediatamente por ello aumento de caridad.

Cuando Elías pide pan a la viuda de Sarepta, ésta ahora si que poner una objeción, que otro lado es totalmente lógica. Vive el Señor tu Dios, no tengo nada de pan cocido: sólo tengo un puñado de harina en la tinaja y un poco de aceite en la orza. Estoy recogiendo dos palos, entraré y lo prepararé para mí y para mi hijo, lo comeremos y moriremos (1 R 17, 12). La situación de la mujer era desesperada. La sequía que padecía aquella región estaba causando una hambruna. Todo lo que disponía la viuda era un poco de harina y algo de aceite. Cantidad totalmente insuficiente para sobrevivir. Ella estaba resignada a morir. Quizá lo que más le doliera fuera la muerte de su hijo, que estaba en el amanecer de su vida.

Pero Elías le dijo: “No temas. Entra y haz como has dicho, pero primero haz una torta pequeña para mí y tráemela, y luego la harás para ti y para tu hijo. Porque así habla el Señor, Dios de Israel: No se acabará la harina en la tinaja, no se agotará el aceite en la orza hasta el día en que el Señor conceda la lluvia sobre la haz de la tierra” (1 R 17, 13-14). Y he aquí que aquella mujer tuvo fe en las palabras del profeta, se fió de Dios, e hizo lo que Elías le había dicho. No se acabó la harina en la tinaja ni se agotó el aceite en la orza, según la palabra que el Señor había dicho por boca de Elías (1 R 17, 16).

Hemos de pedir al Señor que refuerce nuestra fe y nuestra esperanza, y que nos dé confianza para vencer las tribulaciones porque Él ha vencido al mundo. Cuando llegue un momento malo, difícil, confiemos en el Señor. Él nos ayudará y nos cuidará porque somos suyos. Y le decimos: Señor, yo me fío de Ti, de tu palabra.

Jesucristo presenta este hecho, que sea una viuda extranjera la elegida, como señal de que Dios da sus dones a quien quiere, no a quien se cree con derecho a recibirlos. Dios no se deja ganar en generosidad. Por eso, quien da un vaso de agua fresca -una limosna, un servicio u otra buena acción- recibirá su recompensa por haber sabido ser generoso con el mismo Señor, que se identifica con los pobres.

Seamos, pues, generosos en la entrega a nuestro prójimos; generosos también en el sacrificio por los demás y en el cumplimiento de nuestros deberes familiares; generosos para dedicar tiempo en la construcción de la civilización del amor. Pedimos al Señor por los jóvenes que sientan una llamada especial -vocación- para seguir a Jesucristo más de cerca, para que tengan la generosidad de dedicarle el corazón entero. Que no tengan miedo, porque no hay nada que temer cuando el premio que espera es Dios mismo, a quien a veces sin saberlo, todo joven busca.

Generosidad que vemos en Jesucristo, por haberse ofrecido una sola vez para quitar los pecados de la multitud (Hb 9, 28), padeciendo por nosotros. El sacrificio que ofreció a Dios no fue con sangre ajena, sino con el ofrecimiento de su propia sangre derramada en la cruz.

Santa María se confió totalmente a Dios. Sabe que todas las generaciones le llamarán bienaventurada, pero Ella se consideraba la esclava del Señor (Lc 1, 38). Por eso le pedimos que nos ayude a ser generosos con Dios y con el prójimo, como la pobre viuda que echó en el gazofilacio del Templo todo lo que tenía, sin reservarse nada.

Conmemoración de los Fieles Difuntos. Homilía (Ciclo B)

La Iglesia conmemora a todos los fieles difuntos el día después de la fiesta de Todos los Santos. Las almas del Purgatorio, una vez purificadas, pasarán a engrosar el número de los bienaventurados del Cielo. Este día conmemorativo nos habla de tres dimensiones: el pasado, el futuro y el presente. El pasado para recordar a quienes caminaron antes con nosotros, a los que nos han educado en la fe, a los que nos han dado la vida y a los que nos dieron ejemplo de vida cristiana. Y es un recuerdo lleno de gratitud que nos lleva a ofrecer sufragios por sus almas. El futuro por la esperanza de llegar al Cielo, a una tierra nueva y a la Jerusalén celestial. Y vi la Ciudad Santa, la nueva Jerusalén, que bajaba del cielo, de junto a Dios, engalanada como una novia, ataviada para su esposo (Ap 21, 2). Y el presente, que es el camino que debemos recorrer, el que nos ha dado Dios y nos ha mostrado Jesús. Las luces que nos acompañan para no equivocarnos de camino son las Bienaventuranzas (mansedumbre, pobreza de espíritu, justicia, misericordia, pureza de corazón). Este es nuestro presente.

En este día, además de rezar por los difuntos, es conveniente pensar en la muerte. Ante el hecho de la muerte, nos preguntamos: ¿Dónde están los difuntos?; ¿qué pasa después de la muerte?; ¿volveremos de nuevo a la vida?; ¿existen el cielo y el infierno?; ¿qué valor tiene para nosotros la resurrección de Cristo? La muerte es una realidad que nos supera; la vemos rodeada de misterio. Una realidad que, lo queramos o no, nos lleva a pensar en Dios. Él es el único que puede iluminarnos para despejar este misterio, para dar sentido a esta realidad que, humanamente, no sabemos explicar. Ésta nos llegará a todos. Pero para quienes aclamamos a Cristo como Camino, Verdad y Vida, la tristeza de la muerte se cambia en esperanza de ir a una de las muchas estancias que Jesús nos ha preparado en la casa del Padre. Y le pedimos al Señor que nos conceda una muerte consciente, sabiendo que vayamos al encuentro de Jesús que nos introducirá en el Cielo, para que estemos toda la eternidad con Él.

En Cristo brilla la esperanza de nuestra feliz resurrección; a pesar de la tristeza que nos causa la certeza de morir, tenemos el consuelo de la futura inmortalidad. La muerte es el paso de la vida terrena a la vida eterna; de este valle de lágrimas a la patria celestial. Después de la muerte comienza una eternidad de gloria para todas aquellas personas que, a pesar de su fragilidad y debilidad -propias de la condición humana-, amaron a Dios y cumplieron sus mandamientos.

Es bello pensar que la muerte del cuerpo es como un sueño del que Jesús mismo nos despertará. La tradición de la Iglesia ha exhortado siempre a rezar por los fieles difuntos, ofreciendo por ellos la celebración eucarística, que es la mejor ayuda espiritual que podemos ofrecer a las almas, particularmente a las más abandonadas. El recuerdo de los difuntos, el cuidado de los sepulcros y los sufragios son el testimonio de la confiada esperanza radicada en la certeza que que la muerte no es la última palabra sobre la suerte humana, porque el hombre está destinado a una vida sin límites que tiene su raíz y su fin en Dios (Papa Francisco, Homilía 2.XI.2017).

Que la muerte no tiene la última palabra está dicho en la Sagrada Escritura, como se lee en la primera lectura de una de las tres misas del día de los Difuntos. El Señor Dios ofrecerá a todos los pueblos, en este monte, un banquete de sabrosos manjares, un convite de buenos vinos, manjares suculentos y vinos exquisitos. Consumirá en este monte el velo que cubre a todos los pueblos y el manto que cubre a todos los gentes. Eliminará para siempre la muerte definitivamente. Enjugará el Señor Dios las lágrimas de todos los rostros, y quitará el oprobio de su pueblo de sobre toda la tierra, porque el Señor ha hablado. Se dirá aquel día: “Ahí tenéis a nuestro Dios: esperamos que nos salve; éste es el Señor en quien esperábamos; nos regocijamos y nos alegramos por su salvación” (Is 25, 6-9). Con estas palabras el Señor expresa de modo simbólico que hará partícipes a los hombres de alimentos divinos, que superan todo lo imaginable.

También hay que ver en esta profecía una prefiguración del banquete eucarístico, instituido por Jesucristo en Jerusalén, en el que se entrega un alimento divino, el Cuerpo y la Sangre de nuestro Señor, que vigoriza el alma y es prenda de la vida eterna: La participación en la “cena del Señor” es anticipación del banquete escatológico por las “bodas del Cordero” (Ap 19, 9). Al celebrar el memorial de Cristo, que resucitó y ascendió al cielo, la comunidad cristiana está a la espera de “la gloriosa venida de nuestro Señor Jesucristo” (San Juan Pablo II, Dies Domini n. 38). Los santos han considerado a la Eucaristía como prenda de la vida futura en el Cielo. El que come mi carne y bebe mi sangre tiene vida eterna y yo lo resucitaré en el último día (Jn 6 56). Al referirse a la Eucaristía dijo el Santo Cura de Ars: Es para nosotros “prenda eterna”, de manera que ello nos asegura el Cielo; éstas son las arras que nos envía el Cielo en garantía de que un día será nuestra morada; y, aún más, Jesucristo hará que nuestros cuerpos resuciten tanto más gloriosos, cuanto más frecuente y dignamente hayamos recibido el suyo en la Comunión (San Juan Bautista María Vianney, Sermón sobre la Comunión).

La muerte ha sido vencida y redimida por Cristo. De ahí que Isaías diga: Eliminará para siempre la muerte definitivamente. Este versículo es citado por san Pablo en su primera carta a los cristianos de Corinto al afirmar gozoso que la resurrección de Cristo ha supuesto la victoria definitiva sobre la muerte. Y san Juan en el Apocalipsis anuncia la salvación que traerá el Cordero muerto y resucitado: Y enjugará toda lágrima de sus ojos; y no habrá ya muerte, ni llanto, ni lamento, ni dolor, porque todo lo anterior pasó (Ap 21, 4). La Iglesia evoca asimismo estas palabras en su oración por los difuntos, por quienes piden a Dios que los reciba en su Reino donde esperamos gozar todos juntos de la plenitud eterna de tu gloria; allí enjugarás las lágrimas de nuestros ojos, porque, al contemplarte como Tú eres, Dios nuestro, seremos para siempre semejantes a Ti y cantaremos eternamente tus alabanzas (Misal Romano, Plegaria Eucarística III).

San Pablo en la Carta a los Romanos nos dice: El amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por medio del Espíritu Santo que nos ha sido dado (Rm 5, 5). Y este amor con que Dios nos ama se manifiesta en el envío del Espíritu Santo, y hace que nosotros podamos amar a Dios. Amar a Dios es exclusivamente un don de Dios. El mismo, que, sin ser amado, ama, nos concede que le amásemos (Concilio II de Orange). La prueba de que Dios nos ama es que Cristo, siendo nosotros todavía pecadores, murió por nosotros. ¡Con cuánta más razón, pues, justificados ahora por su sangre, seremos por él salvos de la cólera! Si cuando éramos enemigos, fuimos reconciliados con Dios por la muerte de su Hijo, ¡con cuánta más razón, estando ya reconciliados, seremos salvos por su vida! Y no solamente eso, sino que también nos gloriamos en Dios, por nuestro Señor Jesucristo, por quien hemos obtenido ahora la reconciliación. (Rm 5, 8-11).

A la amistad que reinaba en el Paraíso entre Dios y el hombre sucedió la enemistad introducida por el pecado de Adán. Dios, al prometer un futuro Redentor, ofreció de nuevo su amistad al género humano. La medida de este amor de dios por nosotros se pone de manifiesto en la “reconciliación” de que habla el Apóstols de los gentiles, que tuvo lugar en la Cruz cuando Cristo, dando muerte en sí mismo a la enemistad, estableció la paz y nos reconcilió con Dios. La petición del Padrenuestro -perdona nuestras ofensas como nosotros perdonamos a los que nos ofenden-, es una invitación a imitar esta conducta de Dios con nosotros, pues en el hecho de mar a nuestros enemigos se ve claramente cierta semejanza con Dios nuestro Padre, que reconcilió consigo al género humano, muy enemigo y contrario suyo, redimiéndolo de la eterna condenación por medio de la muerte de su Hijo (Catecismo Romano).

En el Evangelio de la Misa de esta conmemoración se leen unas palabras del Señor que son una llamada para que vayamos a Él. Venid a mí todos los que estáis fatigados y sobrecargados, y yo os daré descanso. Tomad sobre vosotros mi yugo, y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón; y hallaréis descanso para vuestras almas. Porque mi yugo es suave y mi carga ligera (Mt 11, 28-30). San Agustín bien lo dijo: Nos hiciste, Señor, para Ti, y nuestro corazón está inquieto hasta que descanse en Ti (Confesiones). El Señor llama hacia Sí a todos los hombres, que andamos bajo el peso de nuestras fatigas, luchas y tribulaciones. La historia de las almas muestra la verdad de estas palabras de Jesús. Sólo el Evangelio calma la sed de verdad y de justicia que anhelan los corazones sinceros. El hombre busca siempre la felicidad, y aquí en la tierra sólo se puede tener una felicidad relativa. Será en el Cielo donde la felicidad será completa y en plenitud. Allí será el descanso eterno.

La felicidad que buscamos, la felicidad que deseamos saborear, tiene un nombre, un rostro: el de Jesús de Nazaret, oculto en la Eucaristía. Sólo Él da plenitud de vida a la humanidad. Por eso, el Señor nos dice: Venid a mí. Sólo Cristo es quien libera al hombre de las cadenas del pecado y de toda esclavitud; Él es la luz que brilla en medio de las tinieblas; Él es quien da a la vida las razones por las que vale la pena vivir, amar, trabajar, sufrir; Él es nuestro apoyo y nuestro alivio. Él es fuente de la alegría, manantial de felicidad.

El Evangelio no es la promesa de éxitos fáciles. No promete a nadie una vida cómoda. Es exigente. Y al mismo tiempo es una Gran Promesa: la promesa de la vida eterna para el hombre, sometido a la ley de la muerte; la promesa de la victoria, por medio de la fe, a ese hombre atemorizado por tantas derrotas (San Juan Pablo II, Cruzando el umbral de la esperanza).

En caso de que la Virgen hubiera muerto ‑otros autores piensan en la dormición‑ su muerte fue muy distinta de la nuestra. Tres cosas principalmente hacen a la muerte triste y desconsoladora: el apego a las cosas de la tierra, el remordimiento de los pecados cometidos y la incertidumbre de la salvación. Pero la muerte de la Virgen no sólo estuvo exenta de estas amarguras, sino que fue acompañada de tres señaladísimos favores, que la trocaron en agradable y consoladora. Murió desprendida, como siempre había vivido, de los bienes de la tierra; murió con envidiable paz de conciencia; murió, finalmente, con la esperanza cierta de alcanzar la gloria eterna (San Alfonso María de Ligorio). ¡Ojalá nuestra muerte sea parecida a la suya!

Con el corazón dirigido a este misterio de salvación, ofrezcamos sufragios por los que nos han precedido en el último paso hacia la vida eterna. Invoquemos la bienaventurada Virgen María, para que los acoja en la casa del Padre, con la esperanza confiada de poder unirnos a ellos un día para gozar la plenitud de la vida y de la paz.

Solemnidad de Todos los Santos. Homilía (Ciclo B)

Celebra la Iglesia la fiesta grande de Todos los Santos. Al pueblo cristiano no le basta hacer memoria de algunos que alcanzaron la aureola de la santidad, sino que quiere considerar al menos una vez al año a todos los que felizmente llegaron al término de su peregrinación terrena y ostentan ya en el Cielo la palma de la victoria. A la vista de su glorioso triunfo será mayor nuestro anhelo por lo celestial. ¡Qué conjunto tan magnífico el de los santos! Ellos en tronos de luz, radiantes de felicidad, con gozo sin igual y perdurable.

¿Quiénes son? ¿Los sabios que admiró el mundo? ¿Los opulentos que encerraban en cajas fuertes sus caudales? ¿Los potentados que vieron cumplidos sus sueños de grandeza y de ambición? Éste es el catálogo de los felices según el mundo, que no se corresponden con los felices del Cielo. El de éstos lo recuerda Jesús en el Sermón de la Montaña: bienaventurados los pobres de espíritu, los que lloran, los mansos, los misericordiosos, los limpios de corazón. ¡Magnífico pasaporte para entrar en la gloria celestial!

Los santos supieron acoger la invitación de Jesucristo: Seréis mis testigos (Hch 1, 8), proclamándolo con su vida y con su muerte. Ellos son luz en nuestro camino para vivir con valentía la fe, para alentar el amor al prójimo y para proseguir con esperanza la construcción de una sociedad basada en la serena convivencia y en la elevación moral y humana de cada ciudadano.

Cada santo participa de la riqueza de Cristo tomada del Padre y comunicada en el tiempo oportuno. Es siempre la misma santidad de Jesús, es siempre Él, el “Santo”, a quien el Espíritu Santo plasma en las “almas santas”, tomando amigos de Jesús y testigos de su santidad. Precisamente este día abrimos nuestro corazón para que también en nuestra vida crezca la amistad con Jesús, de forma que podamos testimoniar su santidad, su bondad y su verdad (Benedicto XVI, Homilía 3.VI.2007).

La solemnidad de Todos los Santos es “nuestra” fiesta: no porque nosotros seamos buenos, sino porque la santidad de Dios ha tocado nuestra vida. Ahora la celebramos aquí en la tierra; después, por la infinita misericordia de Dios, en el Cielo. Por la Comunión de los Santos estamos unidos a todos los que ya gozan de la visión beatífica, no sólo a los más conocidos, los canonizados que están en el calendario litúrgico, sino también a los miembros de nuestra familia y conocidos que ahora forman parte de esa multitud de bienaventurados. Podemos decir que es una fiesta familiar. Los santos están cerca de nosotros, y en el Cielo no están inactivos, sino que interceden ante Dios por nosotros. Ellos también pasaron por este mundo y tuvieron dificultades que vencer. Por eso nos entienden; además, nos aman, saben lo que es nuestro verdadero bien, nos ayudan y nos esperan. Son felices y nos quieren felices con ellos en el Paraíso. Por este motivo, nos invitan al camino de la felicidad, indicado por Cristo: las Bienaventuranzas.

¿Son muchos los santos? Todos los hombres estamos llamados a formar parte del Reino de Dios, porque Dios quiere que todos los hombres se salven (1 Tm 2, 4). A Cristo le preguntaron: Señor, ¿son pocos los que se salvan? (Lc 13, 23). Jesús no dijo número alguno ni porcentaje. Respondió diciendo: Esforzaos para entrar por la puerta angosta, porque muchos, os digo, intentarán y no podrán (Lc 13, 24). Por tanto, sólo podrán alcanzar la meta de la Salvación quienes luchan seriamente. En la primera lectura de la Misa se hace referencia al número de los elegidos. Y oí el número de los marcados con el sello: ciento cuarenta y cuatro mil sellados, de todas las tribus de los hijos de Israel. Después miré y había una muchedumbre inmensa, que nadie podría contar, de toda nación, razas, pueblos y lenguas, de pie delante del trono y el Cordero, vestidos con vestiduras blancas y con palmas en sus manos (Ap 7, 4.9). Es consolador y estimulante saber que los que han llegado al Cielo constituyen una multitud inmensa. A la luz de esta visión hay que interpretar la respuesta dada por Cristo en la que pudiera parecer que se afirma que serán pocos los que se salvan, ya que el valor infinito de la preciosa Sangre de Cristo, es instrumento eficaz para que se cumpla la voluntad salvífica de Dios. Toda la historia de la Iglesia es historia de santidad. Del único amor que tiene su fuente en Dios en todos los siglos se ha producido el prodigioso florecimiento de vidas santas, de muchedumbre de hombres y mujeres que son modelos de entrega evangélica.

Uno de los ancianos tomó la palabra y me dijo: “Esos que están vestidos con vestiduras blancas ¿quiénes son y de dónde han venido?” Yo le respondí: “Señor mío, tú lo sabrás”. Me respondió: “Esos son los que vienen de la gran tribulación; han lavado sus vestiduras y las han blanqueado con la sangre del Cordero” (Ap 7, 13-14). En estos dos versículos vemos a los bienaventurados, después de superar las terribles pruebas de la gran tribulación. Sus túnicas aparecen resplandecientes y limpias, gracias al poder purificador de la sangre del Cordero. Se trata de la situación posterior a la resurrección universal, cuando los cuerpos gloriosos no podrán padecer ninguna molestia ni sentir nunca más dolor o incomodidad alguna, pues nada les podrá causar daño. La finalidad de la revelación de esta escena consoladora es fomentar el afán de imitar a estos cristianos, que fueron como nosotros y que ahora se encuentran ya victoriosos en el Cielo.

¿Qué significa están vestidos con vestiduras blancas? En el Cielo no hay nada manchado, y para entrar en el Paraíso, hay tener que tener el alma limpia, el vestido blanco. Quizás a la hora de la muerte haya pequeñas manchas -pecados veniales-; manchas que se quitan en el Purgatorio. Los que mueren en la gracia y la amistad de Dios, y están perfectamente purificados, viven para siempre con Cristo. Esta vida perfecta con la Santísima Trinidad, esta comunión de vida y de amor con ella, con la Virgen María, los ángeles y todos los bienaventurados se llama “el cielo”. El cielo es el fin último y la realización de las aspiraciones más profundas del hombre, el estado supremo y definitivo de dicha (Catecismo de la Iglesia Católica).

En la segunda lectura, san Juan nos dice: Seremos semejantes a Él (a Dios), porque le veremos tal cual es. Todo el que tiene esta esperanza en Él, se hace puro como puro es Él (1 Jn 3, 2-3). La esperanza es para los que peregrinamos aún. Esta virtud hace que nos vistamos con las vestiduras blancas para poder contemplar a Dios eternamente cara a cara. Pero estar en gracia nos hace felices ya aquí en este mundo porque estamos cerca de Dios. La gracia produce en nosotros la mayor alegría. Por eso se entiende muy bien lo que escribió san Josemaría Escrivá: Nada hay mejor en el mundo que estar en gracia de Dios. Que lo sepamos apreciar; es lo más importante.

El pasaje evangélico de la Misa es el de las Bienaventuranzas. Viendo la muchedumbre, subió al monte, se sentó, y sus discípulos se le acercaron. Y tomando la palabra, les enseñaba diciendo: “Bienaventurados los pobres de espíritu, porque de ellos es el Reino de los Cielos… (Mt 5, 1-3) Jesucristo, al hablarnos de las Bienaventuranzas, nos indica el camino a seguir para alcanzar la meta, que no es otra que la visión beatífica. Se nos invita a ser pobres, misericordiosos, limpios de corazón, amantes de la paz y de la justicia… hasta que, como los santos, seamos bienaventurados plenamente, gozando la segunda parte de cada una de las ocho bienaventuranzas. Para una recta comprensión de la enseñanza del Señor es conveniente tener en cuenta que en las Bienaventuranzas no se promete la salvación a unas determinadas clases de personas que aquí se enumerarían, sino a todos aquellos que alcancen las disposiciones religiosas y conducta moral que Jesucristo exige. Es decir, los pobres de espíritu, los mansos, los que lloran, los que tienen hambre y sed de justicia, los misericordioso, los de corazón limpio, los pacíficos y los que padecen persecución por buscar la santidad, no indican personas distintas entre sí, sino que son como diversas exigencias de santidad dirigidas a quien quiere ser discípulo de Cristo.

Por lo mismo, tampoco prometen la salvación a determinados grupos de la sociedad, sino a toda persona que, sea cual fuere su situación en el mundo, se esfuerce por vivir el espíritu y las exigencias de las Bienaventuranzas. Es evidente que las Bienaventuranzas no contienen toda la doctrina evangélica. Sin embargo contiene, como en germen, todo el programa de perfección cristiana. En todas ellas se nos promete la salvación definitiva no en este mundo, sino en la vida eterna. Pero el espíritu de las Bienaventuranzas produce, ya en la vida presente, la paz en medio de las tribulaciones. En la historia de la humanidad, las Bienaventuranzas constituyen un cambio completo de las usuales valoraciones humanas: descalifican el horizonte de la piedad farisaica, que veía en la felicidad terrena la bendición y premio de Dios y, en la infelicidad y desgracia, el castigo. En todos los tiempos las Bienaventuranzas ponen muy por encima los bienes del espíritu sobre los bienes materiales. Sanos y enfermos, poderosos y débiles, ricos y pobres…son llamados, por encima de sus circunstancias, a la felicidad profunda de quienes alcanzan las Bienaventuranzas de Jesús.

Estad alegres y contentos, porque vuestra recompensa será grande en el Cielo (Mt 5, 12). Las Bienaventuranzas son las condiciones que Cristo ha puesto para entrar en el reino de los Cielos. Este versículo con que el que acaba la enumeración de las ocho Bienaventuranzas, a modo de recapitulación, es una invitación global a vivir esta enseñanza. La vida cristiana no es, pues, tarea fácil, pero vale la pena por la plenitud de vida que promete el Hijo de Dios.

La Iglesia está viva y nosotros lo vemos: experimentamos la alegría que el Resucitado ha prometido a los suyos. La Iglesia está viva; está viva porque Cristo está vivo, porque él ha resucitado verdaderamente. Y la Iglesia es santa: nunca han faltado hombres y mujeres santos en la Iglesia, en todas las épocas, que se esforzaron por vivir íntegramente las exigencias de la Fe. La santidad de la Iglesia sigue adelante: con esta gente, con nosotros que veremos a Dios como Él es. ¿Cuál debe ser nuestra actitud si queremos entrar en este pueblo y caminar hacia el Padre, en este mundo de devastación, en este mundo de guerras, en este mundo de tribulaciones? ¡Pero nos hará pasar por cosas desagradables! Nos traerá problemas, persecuciones. Pero sólo ese camino nos llevará hacia adelante. Y así, este pueblo que hoy sufre tanto por el egoísmo de nuestros hermanos devastadores, este pueblo sigue adelante con las Bienaventuranzas, con la esperanza de encontrar a Dios, de encontrar cara a cata al Señor, con la esperanza de llegar a ser santos, en ese momento del encuentro definitivo con Él (Papa Francisco, Homilía 31.X.2015).

Santa María es Reina de Todos los Santos. Le pedimos a Ella que nos ayude a vivir las Bienaventuranzas para alcanzar la santidad.

Domingo XXXI del Tiempo Ordinario. Homilía (Ciclo B)

Se acercó (a Jesús) uno de los escribas que les había oído y, viendo que les había respondido muy bien, le preguntó: “¿Cuál es el primero de todos los mandamientos?” (Mc 12, 28). El escriba que hace la pregunta muestra una actitud leal ante el Señor porque busca sinceramente la verdad. Había quedado impresionado por la respuesta que Cristo había dado a los saduceos sobre el tema de la resurrección de los muertos, y es de suponer que se acerca a Jesús con deseos de conocer mejor las enseñanzas del Maestro. Sin embargo hay quienes ven en la actitud del escriba no buena intención. Cuando el escriba se acercó a Jesús para preguntarle lo que, según él, es “el primero de todos los mandamientos” es probable que su intención no fuera tan inocente. Hay que evaluar el comportamiento del hombre que se dirige a Cristo dando la impresión de “meterlo a la prueba”, si no es de “hacerlo caer en la trampa” (Papa Francisco).

La pregunta del escriba es acertada y Jesús se entretiene en instruir a este hombre, perteneciente a un grupo, los escribas, sobre el que lanzaría acusaciones muy fuertes. Pero el Señor no ve en el personaje que le pregunta sobre el primer mandamiento de la Ley de Dios solamente a un escriba sino a un alma que busca la verdad. Y la enseñanza de Jesús penetra en su corazón; aquel hombre la repite saboreándola y el Señor tendrá para él una palabra cariñosa que incita a la definitiva conversión. No estás lejos del Reino de Dios (Mc 12, 34).

Jesús no responde con una explicación, sino que usa la Palabra de Dios, y cita el libro del Deuteronomio: Escucha, Israel: El Señor nuestro Dios es el único Dios. Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma y con toda tu fuerza (Dt 6, 4-5). En estas palabras hay una clara y solemne profesión de monoteísmo, característica distintiva de Israel respecto a sus pueblos vecinos. Y Dios pide a su pueblo un amor completo. Pero ¿acaso el amor puede propiamente ser objeto de un mandamiento? Lo que el Señor reclama a Israel, y a cada uno de nosotros, no se reduce al ámbito de un sentimiento incontrolable por el hombre, sino que pertenece a la esfera de la voluntad. Es un afecto que puede y debe cultivado por la toma de conciencia, cada vez más profunda, de nuestra relación filial, como expresó san Juan en su primera carta: En esto consiste el amor: no en que nosotros hayamos amado a Dios, sino que Él nos amó y envió a su Hijo como víctima de propiciación por nuestros pecados. (…) Nosotros amamos, porque Él nos amó primero (1 Jn 4, 10.19). Por tanto, Dios puede propiamente promulgar el precepto del amor.

Hoy día, el hombre, tentado por Satanás, abriga la sospecha de que el amor de Dios crea una dependencia y que necesita desembarazarse de esta dependencia para ser plenamente él mismo. El hombre no quiere recibir de Dios su existencia y la plenitud de su vida. No quiere contar con el amor que no le parece fiable. Más que el amor, busca el poder, con el que quiere dirigir de modo autónomo su vida. Al hacer esto, se fía de la mentira más que de la verdad, y así se hunde con su vida en el vacío, en la muerte. Pero, si vivimos contra el amor y contra la verdad -contra Dios-, entonces nos destruimos recíprocamente y destruimos el mundo. Así no encontramos la vida, sino que obramos en interés de la muerte. Todo esto está relatado, con imágenes inmortales, en la historia de la caída original y de la expulsión del hombre del Paraíso terrestre (Benedicto XVI, Homilía 15.V.2005).

Amar a Dios significa hacer que Dios esté presente en nuestra vida, pero no sólo en la vida privada, sino también pública. Es decir, hacer espacio a Dios cada día en nuestra vida, comenzando desde la mañana con la oración y luego dando tiempo a Dios, dando el domingo a Dios. No perdemos nuestro tiempo libre si se lo ofrecemos a Dios. Si Dios entra en nuestro tiempo todo el tiempo se hace más grande, más amplio, más rico.

¡Escucha, Israel! El Señor nuestro Dios es el único Señor. La confesión en el único Dios se realiza en la vida, en el camino de la vida; no basta decir: “Yo creo en Dios, el único”; sino que requiere preguntarse cómo se vive este mandamiento. En realidad, con frecuencia se sigue viviendo como si Él no fuera el único Dios y como si existieran otras divinidades a nuestra disposición: es el peligro de la idolatría, la cual llega a nosotros con el espíritu del mundo.

El camino del amor a Dios -amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón y con toda tu alma- es un camino de amor; es un camino de fidelidad. Al Señor le complace hacer la comparación de este camino con el amor nupcial. Y esta fidelidad nos impone expulsar los ídolos, descubrirlos, ocultos, en nuestra personalidad, en nuestro modo de vivir; y nos hacen infieles en el amor (Papa Francisco). Desprendámonos de la codicia del tener, del dinero idolatrado y después derrochado. Pongamos a Jesús en primer lugar. Él nos puede librar de las idolatrías que nos convierten en esclavos. Hay que fiarse de Dios, pues Él nos conoce, nos ama y jamás se olvida de nosotros.

Jesucristo pudo haberse limitado a hablar solamente del amor a Dios, del primer mandamiento. En cambio, Jesús añadió algo que no le había preguntado el escriba. El segundo es: Amarás a tu prójimo como a ti mismo. No existe otro mandamiento mayor que éstos (Mc 12, 31). Tampoco este segundo mandamiento lo inventa Jesús, sino que lo toma del libro del Levítico. Su novedad consiste precisamente en poner juntos estos dos mandamientos, revelando que son inseparables y complementarios, son las dos caras de una misma moneda. Por tanto, el Decálogo debe ser interpretado a la luz de este doble y único mandamiento de la caridad, plenitud de la Ley. Y dice san Agustín: El amor de Dios es lo primero que se manda, y el amor del prójimo lo primero que se debe practicar. Tú, que todavía no ves a Dios, amando al prójimo te harás merecedor de verle a Él. El amor al prójimo limpia los ojos para ver a Dios, como dice claramente Juan: Si no amas al prójimo, a quien ves, ¿cómo vas a amar a Dios, a quien no ves?

Cuando el hombre ama a Dios y se pone en sus manos, encuentra la verdadera libertad; el hombre al dirigirse hacia Dios se hace divino, llega a ser verdaderamente él mismo. Además, no se empequeñece encerrándose en sí mismo, en su egoísmo, sino su corazón se despierta verdaderamente y él se transforma en una persona sensible y, por tanto, benévola y abierta, que ama al prójimo. Cuanto más cerca está el hombre de Dios, tanto más cerca está de los hombres. No se puede amar a Dios sin amar al prójimo y no se puede amar al prójimo sin amar a Dios. En efecto, el signo visible que el cristiano puede mostrar para testimoniar al mundo y a los demás, a su familia, el amor de Dios es el amor a los hermanos. El mandamiento del amor a Dios y al prójimo es el primero. Jesús no lo puso en el vértice, sino en el centro, porque es el corazón desde el cual todo debe partir y al cual todo debe regresar y hacer referencia (Papa Francisco).

Después de oír la respuesta de Jesús a la pregunta que le había hecho, el escriba dijo: Muy bien, Maestro; tienes razón al decir que Él es único y que no hay otro fuera de Él, y amarle con todo el corazón, con toda la inteligencia y con todas las fuerzas, y amar al prójimo como a sí mismo vale más que todos los holocaustos y sacrificios (Mc 12, 32-34). El escriba conocía bien el Deuteronomio, pues cita un pasaje entrañable, de singular importancia para la fe y la vida del pueblo elegido. Y sabe que el amor que Dios pide a Israel va precedido del amor de Dios por Israel. Pero también es vital para los cristianos, ya que se toca uno de los puntos centrales de la Revelación de Dios a los hombres, tanto en el Antiguo como en el Nuevo Testamento: por encima de cualquier otra consideración, Dios es amor (1 Jn 4, 8).

Ahora bien, no basta solamente conocer la Sagrada Escritura, sino que hay que vivirla, poner en práctica lo que Dios nos ha querido revelar. Por eso, el comentario de Cristo: No estás lejos del Reino de Dios se puede interpretar de esta manera. En esencia, con el “no está lejos”, Jesús quería decirle al escriba: “Sabes muy bien la teoría”, pero “todavía te falta una distancia hacia el Reino de Dios”, es decir, debes caminar para transformar en “realidad este mandamiento “, ya que “la confesión de Dios” se hace en el “camino de la vida”.

En la carta a los Hebreos se habla del sacerdocio de Cristo, que es eterno. Los sacerdotes del Antiguo Testamento fueron muchos, porque la muerte les impedía perdurar. Pero éste (Jesucristo) posee un sacerdocio perpetuo porque permanece para siempre (Hb 7, 23-24). El sacerdocio de Cristo es manifestación de su Amor, del cual no se puede separar, y puesto que su Amor es eterno, eterno también será su sacerdocio con toda la riqueza de manifestaciones de su Amor redentor, del amor de su Corazón por todos los hombres.

¿Hasta llegó el amor de Jesús? Habiendo amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el fin (Jn 13, 1), hasta el extremo de dar su vida por nosotros. Y Cristo nos sigue amando todavía ahora, hoy, y nos presenta su corazón como la fuente de nuestra redención. Por esto puede también salvar a los que se acercan a Dios a través de Él, ya que está siempre vivo para interceder por nosotros (Hb 7, 25). Cristo ama a todos los hombres con su Corazón sacratísimo y misericordioso. Y amor con amor se paga, dice el refrán. Sin embargo, de labios de Jesús salieron estas palabras que dijo a santa Margarita María de Alacoque: Mi corazón que tanto ha amado a los hombres y que es tan poco correspondido.

San Juan Crisóstomo se fija en para siempre. Porque Cristo no sólo intercedió por nosotros aquí en la tierra, sino que sigue intercediendo desde el Cielo. Por eso, este Padre de la Iglesia dijo: Este “para siempre” indica un gran misterio. No sólo aquí, sino también allí, en el Cielo; no sólo aquí y por un tiempo, sino también allí en la vida eterna. Pero ¿en qué sentido sigue intercediendo por todos ya que no puede merecer más de lo que ya hizo en la tierra? La respuesta la da santo Tomás de Aquino: Intercede en primer lugar presentando de nuevo al Padre su Humanidad, con las gloriosas señales de su Pasión, y luego expresando el gran amor y deseo de su Alma de conseguir nuestra salvación. Cristo, por decirlo de algún modo, sigue ofreciendo al Padre el sacrificio de su paciencia, de su humildad, de su obediencia y de su amor.

Cristo es el Sumo Sacerdote que nos convenía: santo, inocente, incontaminado, apartado de los pecadores, encumbrado por encima de los cielos, que no tiene necesidad de ofrecer sacrificios cada día, primero por sus pecados propios como aquellos Sumos Sacerdotes (los del Antiguo Testamento), luego por los del pueblo: y esto lo realizó de una vez para siempre, ofreciéndose a sí mismo (Hb 7, 26-27). Este es el amor de Dios que debe ser correspondido amándole con todo el corazón, con toda el alma, con toda la mente y con todas las fuerzas. Como le amó la Virgen María, y en esto también debemos imitar a nuestra Madre.

Domingo XXX del Tiempo Ordinario. Homilía (Ciclo B)

Al salir Jesús de Jericó acompañado de sus discípulos y de una gran gentío, un mendigo ciego llamado Bartimeo que estaba sentado al borde del camino pidiendo limosna, al enterarse de que era Jesús de Nazaret, se puso a gritar: “¡Hijo de David, Jesús, ten compasión de mí!” (Mc 10, 46-47). También nosotros le pedimos al Señor que tenga compasión de nosotros, que somos pecadores. Es la limosna que deseamos: la ayuda y gracia para responder con amor a sus delicadezas. Y le decimos que no queremos ya la limosna de afectos a las criaturas, pues sólo Él puede saciar la sed de nuestro corazón.

Muchos le increpaban para que se callara. Pero él gritaba mucho más: “¡Hijo de David, ten compasión de mí! (Mc 10, 48). Bartimeo, por su ceguera, no veía, y la única forma que tenía para sobrevivir era mendigar. Ciego, pero no era tonto: estaba precisamente a la entrada de la ciudad de Jericó, por donde pasaban muchas gentes, de todo tipo. Al pasar Jesús el rumor de la muchedumbre quizás fuera mayor que en otras ocasiones. Cuando se enteró que precisamente Jesús se acercaba, gritó. Habría oído hablar de las curaciones milagrosas de Cristo. Y cuando querían hacerle callar, gritaba aún más fuerte. Seguramente pensó que era su única oportunidad de conseguir la visión que una enfermedad le había quitado, o bien le había privado desde su nacimiento. Los que estaban con Jesucristo pretendían callar al ciego para evitar que el Señor interrumpiera sus palabras, esas palabras de vida eterna. A pesar de esto, el hijo de Timeo era un hombre que no tenía nada, un mendigo ciego, pero que quería la salvación, quería ser curado, y por lo tanto grita más fuerte que el muro de la indiferencia que lo rodea hasta que vence su propósito y consigue llamar a la puerta del corazón de Jesús.

Es el fruto de la fe y de la perseverancia en la oración. Y es una enseñanza para todos nosotros. Hagamos como el ciego de Jericó que invoca la intervención del Maestro con una voz más alta de quien quiere callarlo. Hoy día quieren hacer callar a los cristianos, que no se les oigan en los foros de la sociedad moderna. Una sociedad que está necesitada de la luz y de la verdad del Evangelio. Y sin embargo, un gran sector de la sociedad no acepta las enseñanzas de Cristo, y, en consecuencia, toma otros derroteros: el hedonismo, el divorcio, el aborto, el control de natalidad, los medios contraceptivos. Estas formas de entender la vida están en claro contraste con la Ley de Dios y las enseñanzas de la Iglesia. No permanezcamos callados. Hay que difundir la doctrina cristiana, hablar de las benditas exigencias del Evangelio, de nuestra fe. Es necesario proclamar por todos los caminos y rincones del mundo la verdad de Dios: con la prensa y con otras publicaciones, con el cine, la radio y la televisión… e internet.

Jesús se detuvo y dijo: “Llamadle”. Llaman al ciego, diciéndole: “¡Animo, levántate! Te llama” (Mc 10, 49). Es una gracia cuando Jesús se detuvo y dijo: “mirad allí, traedlo a mí”. Así hace que los que le rodean giren la cabeza hacia aquel pobre ciego que sufre, que está necesitado de ayuda. Es como si les dijera, nos dijera a nosotros cristianos del tercer milenio: No me miréis solo a mí. Si, me tenéis que mirar, pero no solo a mí. Miradme también en los demás, en los necesitados.

Y él, arrojando su manto, dio un brinco y vino donde Jesús (Mc 10, 50). Comenta san Josemaría Escrivá: ¡Tirando su capa! No sé si tú habrás estado en la guerra. Hace ya muchos años, yo pude pisar alguna vez el campo de batalla, después de algunas horas de haber acabado la pelea; y allí había, abandonados por el suelo, mantas, cantimploras y macutos llenos de recuerdos de familia: cartas, fotografías de personas amadas… ¡Y no eran de los derrotados; eran de los victoriosos! Aquello, todo aquello les sobraba para correr más aprisa y saltar el parapeto enemigo. Como a Bartimeo, para correr detrás de Cristo. No olvides que, para llegar hasta Cristo se precisa el sacrificio; tirar todo lo que estorbe (Es Cristo que pasa).

Jesús, dirigiéndose a él, le dijo: “¿Qué quieres que te haga?” El ciego le dijo: “Rabboní, ¡que vea!” Jesús le dijo: “Vete, tu fe te ha salvado”. Y al instante, recobró la vista y le seguía por el camino (Mc 10, 51-52). Este pasaje del Evangelio comienza con un no ver, un ciego, y termina con un ver: Todo el pueblo, al ver esto, alabó a Dios (Lc 18, 43). No solamente le pedimos al Señor que tenga misericordia y se compadezca de nosotros, sino que también le decimos, como Bartimeo, Señor, haz que yo vea; haz que vea con los ojos de mi alma, con los ojos de la fe, con los ojos de la obediencia, con la limpieza de mi vida. Que yo vea con mi inteligencia, para defender al Señor en todos los ámbitos del mundo (San Josemaría Escrivá).

Jesús, en su paso por la tierra, trató a gente de todas las clases sociales, de diversas edades (ancianos, jóvenes) y profesiones (soldados, pescadores, recaudadores de impuestos), a creyentes y no creyentes, a sanos y enfermos, a ricos y pobres… Gente del Pueblo elegido. Jeremías, cuando anuncia el feliz regreso de los deportados, dice: Lanzad gritos de alegría por Jacob, cantad himnos de gozo a la capital de las naciones; hacedlo oír, alabad y decid: “¡Ha salvado el Señor a su pueblo, al Resto de Israel!” Mirad que yo los traigo del país del norte, y los recojo de los confines de la tierra. Con ellos vienen ciegos y cojos, embarazadas y paridas juntas. Una enorme comunidad vuelve acá. Con lloro vienen y con súplicas los devuelvo, los llevo a arroyos de agua por camino llano, en que no tropiecen. Porque yo soy para Israel un padre (Jr 31, 7-9). El pueblo volverá a la tierra emocionado ante la bondad de Dios. El pasaje destaca los cuidados de Dios. Él se manifiesta como “padre para Israel”, destacando su misericordia.

También en la Iglesia, nuevo Pueblo de Dios, caben todo tipo de personas. Y Jesucristo nos da a conocer a Dios como Padre. El pueblo de Dios es un pueblo que no excluye a pobres y desfavorecidos, es más, los incluye. Dice el profeta: “Entre ellos hay ciegos y cojos”. Es una familia de familias, en la cual quien tiene dificultades no se encuentra marginado, dejado atrás, sino que consigue estar al mismo paso que los otros, porque este pueblo camina al paso de los últimos; como se hace en las familias, y como nos enseña el Señor, que se ha hecho pobre entre los pobres, pequeño con los pequeños, último con los últimos. No lo ha hecho para excluir a los ricos, a los grandes y a los primeros, sino porque es el único modo de salvarlos también a ellos, para salvar a todos: ir con los pequeños, con los excluidos y con los últimos (Papa Francisco).

Por ese cuidado paternal de Dios, existe en la Iglesia el sacerdocio. Cristo es el Sumo Sacerdote que puede realmente liberarnos de todo pecado. El único Sacerdote perfecto. Nuestro Sumo Sacerdote, Jesucristo, eligió algunos discípulos que en la Iglesia desempeñaran, en nombre suyo, el oficio sacerdotal: ejerciendo públicamente en su nombre el oficio sacerdotal en favor de todos los hombres, continuaran su misión personal de Maestro, Sacerdote y Pastor. Porque todo Sumo Sacerdote, escogido entre los hombres, está puesto para representar a los hombres en el culto a Dios; para ofrecer dones y sacrificios por los pecados; y puede compadecerse hacia los ignorantes y extraviados, por estar también él rodeado de flaqueza (Hb 5, 1-2). Estas palabras de la Carta a los Hebreos constituyen una definición, breve y exacta, de lo que es todo sacerdote, pues tiene como oficio propio el de ser mediador entre Dios y el pueblo. Los sacerdotes participan de la misma misión de Cristo: por un lado, entrega al pueblo las cosas divinas; y, por otro, ofrece a Dios las oraciones del pueblo, y satisface a Dios por los pecados de ese mismo pueblo.

El sacerdote, cuya identidad es ser Cristo mismo- está llamado a sembrar la semilla de la palabra de Dios -la semilla que lleva en sí el reino de Dios-, a distribuir la misericordia divina, y a alimentar a los fieles en la mesa del Cuerpo y de la Sangre del Señor. Su vida es de total dedicación a Cristo; es una vocación que requiere grandes sacrificios e impone muchas obligaciones, pero es también una manera de amar a Cristo y a su pueblo que conlleva su buena parte de paz, de satisfacción y de alegría (San Juan Pablo II). El sacerdote debe atender a la salvación de las almas con toda solicitud, con la caridad y con el consejo, siendo instrumento de Cristo o prolongación de su santísima Humanidad.

Como buen pastor, debe hacer todas las cosas para salvar las almas, rescatadas por Cristo a tan gran precio, y encaminarlas hacia el amor de Dios. El oficio de buen pastor es un oficio delicado en extremo: exige mucho amor y mucha paciencia, valentía, competencia, mansedumbre; también, prontitud de ánimo y un gran sentido de responsabilidad. El descuido de esta misión ocasionaría gravísimos daños al pueblo de Dios: el mal pastor lleva a la muerte incluso a las ovejas fuertes (San Agustín).

La Iglesia tiene necesidad de sacerdotes santos, que sepan sacar de la riqueza del Evangelio las respuestas a los interrogantes del hombre de hoy: a la oscuridad de la duda, han de responder con la luz de la fe, extraída de la propia intimidad con Jesús; a la debilidad de la condición humana, con la fortaleza de los sacramentos; a la tristeza de la soledad, con la alegría de la reconciliación con el Padre.

Y a causa de esa misma flaqueza debe ofrecer por los pecados propios igual que por los del pueblo (Hb 5, 3). Los sacerdotes no actúan en nombre propio, ni so representantes del pueblo, sino que desempeñan su misión sagrada en nombre de Dios. Entre las cualidades morales que son necesarias al sacerdote están la misericordia y la compasión, dos virtudes que le llevarán a acoger a los pecadores y a la vez le moverán al deseo de reparar por sus pecados. El sacerdote, como todo hombre, es pecador. Por eso, en el ceremonial del Antiguo Testamento para el Día de la expiación, el Sumo Sacerdote, antes de entrar en el “Santo de los Santos”, ofrecía un sacrificio por sus propios pecados; asimismo, los sacerdotes del Nuevo Testamento tienen la responsabilidad de ser santos, de rechazar el pecado, de pedir perdón por sus propias faltas y de interceder por los pecadores. El modelo que el sacerdote debe considerar siempre es el de Jesucristo Sumo y Eterno Sacerdote.

Palabras de Benedicto XVI a los presbíteros de Roma: Ser sacerdote significa convertirse en amigo de Jesucristo, y esto cada vez más con toda nuestra existencia. El mundo tiene necesidad de Dios, no de un dios cualquiera, sino del Dios de Jesucristo, del Dios que se hizo carne y sangre, que nos amó hasta morir por nosotros, que resucitó y creó en sí mismo un espacio para el hombre. Este Dios debe vivir en nosotros y nosotros en Él. Ésta es nuestra vocación sacerdotal: sólo así nuestro ministerio sacerdotal puede dar fruto.

Presentemos también al Señor la urgente necesidad que la Iglesia tiene de encontrar jóvenes generosos y dispuestos a asumir la gozosa tarea de hacer ministerialmente presente a Cristo. Y pidamos a Santa María por la santidad de todos los sacerdotes y para que todos los cristianos veamos con los ojos de la fe y sintamos en nuestro corazón el amor paternal de Dios.

Domingo XXIX del Tiempo Ordinario. Homilía (Ciclo B)

Se acercan a él (Jesús) Santiago y Juan, los hijos de Zebedeo, y le dicen: “Maestro, queremos, nos concedas lo que te pidamos” (Mc 10, 35). Santiago y Juan se dirigen a Jesús para pedirle algo que deseaban de todo corazón: estar junto a su Maestro bien cerca, pero no solamente aquí en la tierra, sino también en el Cielo. Y piden con confianza, pues habían oído de labios del Señor: Pedid y se os dará; buscad y hallaréis; llamad y se os abrirá (Mt 7, 7). También a nosotros Cristo nos ha invitado a dirigirnos a Dios con insistencia y confianza para ser escuchados. Preguntémonos: ¿Acudimos al Señor con humildad, confianza y perseverancia, o nos cansamos fácilmente cuando no nos escucha enseguida? Si hablamos con el Señor en una oración de petición, en ese diálogo filial con Dios, oiremos la misma pregunta que hizo Jesús a los dos hermanos: ¿Qué queréis que os conceda? (Mc 10, 36). Es entonces cuando los boanerges (hijos del trueno) manifestaron su deseo. Concédenos que nos sentemos en tu gloria, uno a tu derecha y otro a tu izquierda (Mc 10, 37). Hay que reconocer que fueron muy atrevidos.

No temamos nosotros pedir demasiado. Seamos atrevidos, como los niños pequeños, que a Dios le gusta este atrevimiento, clara manifestación de amor y de confianza sin límites; y pidamos mucho. En la oración de los fieles en la Misa hay una cuantas peticiones que hacemos a Dios. Tengamos fe en la eficacia de nuestra petición. En la carta que escribió san Clemente Romano a los corintios está esta oración: Te pedimos, Señor, que seas nuestra ayuda y defensa. Libra a aquellos de entre nosotros que se hallan en tribulación, compadécete de los humildes, levanta a los caídos, socorre a los necesitados, cura a los enfermos, haz volver a los miembros de tu pueblo que se han desviado; da alimento a los que padecen hambre, libertad a nuestros cautivos, fortaleza a los débiles, consuelo a los pusilánimes; que todos los pueblos de la tierra sepan que tú eres Dios y no hay otro, y que Jesucristo es tu siervo, y que nosotros somos tu pueblo, el rebaño que tú guías (San Clemente I, Carta a los Corintios).

Dios siempre escucha nuestras peticiones, pero en su Sabiduría infinita tiene dispuestas las cosas a veces de manera distinta de cómo nosotros quisiéramos. Por eso Jesús les dice a Santiago y a Juan: Sentarse a mi derecha o a mi izquierda no es cosa mía el concederlo, sino que es para quienes está dispuesto (Mc 10, 40). Pero antes de decirles esto, les preguntó: ¿Podéis beber el cáliz que yo voy a beber, o ser bautizados con el bautismo con que yo voy a ser bautizado? Ellos le dijeron: “Sí, podemos”. Jesús les dijo: “El cáliz que yo voy a beber, sí lo beberéis y también seréis bautizados con el bautismo conque yo voy a ser bautizado (Mc 10, 38-39). Con la imagen del cáliz, Jesús les da la posibilidad de asociarse completamente a su destino de sufrimiento, pero sin garantizarles los puestos de honor que ambicionaban. Su respuesta es una invitación a seguirlo por la vía del amor y el servicio, rechazando la tentación mundana de querer sobresalir y mandar sobre los demás.

Beber el cáliz significa sufrir persecuciones y martirio por el seguimiento de Cristo. Podemos: Los hijos de Zebedeo contestaron audazmente que sí; esta generosa expresión evoca aquella otra que escribiría años más tarde san Pablo: Todo lo puedo en Aquél que me conforta (Flp 4, 13). Después de la respuesta afirmativa de los dos hermanos, el Señor les profetiza que sí beberán el cáliz. Y efectivamente, así fue. Santiago el Mayor murió mártir en Jerusalén hacia el año 44. Por aquel tiempo el rey Herodes echó mano a algunos de la Iglesia para maltratarlos. Hizo morir por la espada a Santiago, el hermano de Juan (Hch 12, 1-2). Y san Juan después de haber sufrido cárcel y azotes en Jerusalén, padeció largo destierro en la isla de Patmos.

También en nuestros días, a principios del tercer milenio de cristianismo, muchos hermanos nuestros en la fe están bebiendo el cáliz de la persecución, el cáliz del martirio. Los mártires de hoy -que son muchos- no reniegan de Jesús y soportan con dignidad insultos y ultrajes. Lo siguen por su camino. Podemos hablar, verdaderamente, de “una nube de testigos”: los mártires de hoy.

La Iglesia propone a nuestra veneración una multitud de mártires, que fueron llamados juntos al supremo testimonio del Evangelio. No quisieron renegar de la propia fe y murieron confesando a Cristo resucitado. ¿Dónde encontraron fuerza para permanecer fieles. Precisamente en la fe, que nos hace ver más allá de los límites de nuestra mirada humana, más allá de la vida terrena. Conservemos la fe que hemos recibido y que es nuestro verdadero tesoro, renovemos nuestra fidelidad al Señor, incluso en medio de los obstáculos y las incomprensiones. Dios no dejará que nos falten las fuerzas ni la serenidad. Imploremos la intercesión de los mártires para ser cristianos concretos, cristianos con obras y no de palabras; para no ser cristianos mediocres, cristianos barnizados de cristianismo pero sin sustancia. Ellos no eran barnizados; eran cristianos hasta el final; pidámosle su ayuda para mantener firme la fe, aunque haya dificultades, y seamos así fermento de esperanza y artífices de hermandad y solidaridad (Papa Francisco).

Recemos también por esos miles de cristianos que, lejos de las ambiciones terrenas, son capaces de beber cada día el cáliz de la pobreza, de la soledad, de la lejanía de sus familias y patria. Están entregando su vida, día a día, para anunciar el mensaje de Cristo en tierras de misión.

Al decir Cristo el cáliz que yo voy a beber y el bautismo conque yo voy a ser bautizado, se refiere a su Pasión, profetizada por Isaías en los Cantos del Siervo de Yavé, que hablan de un “siervo” que padece una serie de sufrimientos con valor redentor. El Señor quiso triturarlo con el sufrimiento. Cuando entregue su vida como expiación, verá su descendencia, prolongará sus años; lo que el Señor quiere prosperará por su mano. Por los trabajos de su alma verá la luz, el justo se saciará de conocimiento. Mi siervo justificará a muchos, porque cargó con los crímenes de ellos (Is 53, 10-11).

Los sufrimientos del siervo no son consecuencia de una culpa personal, sino que tiene un valor de expiación vicaria. Los sufrimientos de nuestro Salvador son nuestra medicina (Teodoreto de Ciro). Él ha sufrido por los pecados de todo el pueblo sin ser culpable de ellos. Asumiendo la pena, expiaba también la culpa. San Mateo, tras relatar varios milagros de curaciones y exorcismos, ve cumplidas en Cristo estas palabras de Isaías: Tomó sobre sí nuestras enfermedades, cargó con nuestros dolores (Is 53, 4). Entiende que Jesucristo es el Siervo anunciado por el profeta que viene a curar los dolores físicos de los hombres como señal de que cura la causa de todos los males que es el pecado.

San Mateo ofrece la verdadera interpretación de los milagros de Jesús a la luz de la profecía de Isaías: las obras de Jesús son también una revelación sobre su Persona: Conmovido por tantos sufrimientos, Cristo no sólo se deja tocar por los enfermos, sino que hace suyas sus miserias: “El tomó nuestras dolencias y cargó con nuestras enfermedades” (Mt 8, 17). No curó a todos los enfermos. Sus curaciones eran signos de la venida del Reino de Dios. Anunciaban una curación más radical: la victoria sobre el pecado y la muerte por su Pascua (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 1505).

Los milagros de Jesús con los enfermos son por tanto una señal de Redención: Toda la vida de Cristo es misterio de Redención. La Redención nos viene ante todo por la sangre de la cruz, pero este misterio está actuando en toda la vida de Cristo (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 517).

Continuemos con el relato del pasaje evangélico. Al oír esto los otros diez, empezaron a indignarse contra Santiago y Juan (Mc 10, 41). Es admirable la humildad de los Apóstoles que no callaron sus momentos anteriores de flaqueza y de miseria, sino que las contaron con sinceridad a los primeros cristianos. También Dios ha querido que en los Santos Evangelios quedara constancia histórica de aquellas primeras debilidades de los que iban a ser columnas inconmovibles de la Iglesia. Son las maravillas que obra en las almas la gracia de Dios. Nunca deberemos ser pesimistas al considerar nuestras propias miserias, porque por la gracia podemos dejar esas flaquezas y debilidades.

En la Carta a los Hebreos se dice que tenemos un Sumo Sacerdote que ha penetrado en los cielos -Jesús, el Hijo de Dios- mantengamos firme nuestra confesión de fe. Porque no tenemos un Sumo Sacerdote que no pueda compadecerse de nuestras debilidades, sino que siendo como nosotros, ha sido probado en todo, excepto en el pecado (Hb 4, 14-15). El Señor se compadece de nuestras miserias. Por eso debemos poner nuestra confianza en Él, tener fe en su misericordia. Cristo Jesús no sólo conoce en cuanto Dios la debilidad de nuestra naturaleza, sino que también en cuanto hombre experimentó nuestros sufrimientos, aunque estaba exento de pecado. Por conocer bien nuestra debilidad, puede concedernos la ayuda que necesitamos (Teodoreto de Ciro).

Acerquémonos confiadamente al trono de la gracia, para que alcancemos misericordia y encontremos la gracia que nos ayude en el momento oportuno (Hb 4, 16). Hemos de acudir siempre a la misericordia de Dios; una misericordia que no tiene límites. Aún cuando el hombre, con ingratitud hacia su Creador, se rebeló contra Él, el amor de Dios no se apagó: en el mismo Paraíso se manifestó ya la misericordia de Dios, su amor por el hombre, que le lleva al perdón. Y a lo largo de toda la historia, sigue derramando gracias sobre sus criaturas.

En Jesús, el amor de Dios por el hombre se revela como un amor capaz de una paciencia infinita. Cristo se presenta al mundo como el Redentor que no sólo perdona, sino que cancela el mal, disuelve las sombras de nuestra alma, regenera. Alguien ha escrito que en la misericordia absoluta del Dios cristiano está la prueba más convincente de su omnipotencia: no hay límites para su perdón, precisamente porque Él mismo es Amor sin confines, un amor tan grande que soporta todo y todo perdona (Javier Echevarría).

Santiago y Juan querían sentarse a su derecha y a su izquierda en el reino de Dios, reclamando puestos de honor, según su visión jerárquica del reino. El planteamiento con el que se mueven estaba todavía contaminado por sueños de realizaciones terrenas… Jesús nos invita a cambiar de mentalidad y a pasar del afán de poder al gozo de desaparecer y servir; a erradicar el instinto de dominio sobre los demás y vivir la virtud de la humildad. Jesús, llamándoles, les dice: “Sabéis que los que son tenidos como jefes de las naciones, las dominan como señores absolutos y sus grandes las oprimen con su poder. Pero no ha de ser así entre vosotros, sino que el que quiera llegar a ser grande entre vosotros, será vuestro servidor, y el que quiera ser el primero entre vosotros, será esclavo de todos, que tampoco el Hijo del hombre ha venido a ser servido, sino a servir y a dar su vida en redención por muchos” (Mc 10, 42-45).

El ejemplo y las palabras del Señor son como un impulso para que todos sintamos la obligación de vivir el auténtico espíritu de servicio cristiano. Sólo el Hijo de Dios bajado del Cielo y sometido a las humillaciones a la que Él quiso entregarse (Belén, Nazaret, el Calvario, la Hostia Santísima) puede pedir al hombre que se haga el último, si quiere ser el primero. Nuestra actitud ha de ser la del Señor: servir a Dios y a los demás con visión netamente sobrenatural, sin esperar nada a cambio de nuestro servicio; servir incluso al que no agradece el servicio que se le presta. Esta actitud cristiana chocará sin duda con los criterios humanos. Sin embargo el “orgullo” del cristiano, identificado con Cristo, consistirá precisamente en servir.

María fue “deprisa” a casa de santa Isabel cuando se enteró del embarazo de su prima. Se levanta y va a servir a Isabel que está necesitada. Nos da ejemplo de espíritu de servicio. El servicio es signo cristiano. Quien no vive para servir, no sirve para vivir. Pidamos a la Virgen que sepamos servir con alegría, como hizo Ella.