Archivo de la categoría: Homilía

Domingo XXI del Tiempo Ordinario. Homilía (Ciclo B)

En el libro de Josué se lee la decisión del pueblo elegido de permanecer fiel a Dios. Josué reunió a todas las tribus de Israel y, después de recordar a los israelitas la fidelidad de Dios que siempre cumple sus promesas, les pidió una correspondencia a esa fidelidad con estas palabras: Así que ahora reverenciad al señor, servidlo con pureza y verdad, apartaos de los dioses a los que sirvieron vuestros padres al otro lado del río y en Egipto, y servid al Señor. Si os parece mal servir al Señor, escoged hoy a quién vais a servir: a los dioses a los que sirvieron vuestros padres cuando estaban al otro lado del río o a los dioses de los amorreos en cuya tierra habitáis. Yo y mi casa serviremos al Señor (Jos 24, 14-15). El pueblo respondió: Lejos de nosotros abandonar al Señor para servir a otros dioses; porque el Señor es nuestro Dios (Jos 24, 16).

Josué advierte: Dios es santo y es un Dios celoso; no pasará por encima de vuestros delitos y de vuestros pecados. Si abandonáis al Señor y servís a dioses extranjeros, se volverá, os maltratará y os consumirá después de haberos favorecido (Jos 24, 19-20). Y el pueblo se reafirma en la decisión ya tomada: Serviremos al Señor (Jos 24, 20).

Jesucristo nos habla de dos puertas y dos sendas. Entrad por la puerta angosta. ¡Cuán ancha es la puerta y espaciosa la senda que lleva a perdición! Y son muchos los que entran por ella. ¡Cuán angosta es la puerta y estrecha la senda que lleva a la vida! Y son pocos los que dan con ella (Mt 7, 13-14).

En la vida, cada hombre debe elegir el camino que quiere seguir. La doctrina moral cristiana reconoce la específica importancia de una elección fundamental que cualifica la vida moral y que compromete la libertad a nivel radical ante Dios.

En la sinagoga de Cafarnaún Cristo promete la Eucaristía. Esta promesa está recogida en el capítulo 6 del Evangelio según san Juan. El Señor dice de sí mismo que es el pan de la vida (Jn 6, 35); Yo soy el pan bajado del cielo (Jn 6, 41). Y también afirma: Mi carne es verdadero manjar y mi sangre verdadera bebida (Jn 6, 56); El que come mi carne y bebe mi sangre, tiene vida eterna, y yo le resucitaré en el último día (Jn 6, 55). Y ocurrió que muchos de sus discípulos al oírlo, dijeron: Este modo de hablar es duro, ¿quién puede hacerle caso? (Jn 6, 61), y dejaron de seguir a Cristo. A continuación, tras la desbandada de muchos de sus discípulos, el evangelista san Juan pone por escrito la respuesta de Simón Pedro a Cristo, cuando Jesús preguntó a sus apóstoles: ¿Queréis iros vosotros también? (Jn 6, 68). Cada de nosotros le puede decir a Jesús, con las mismas palabras de san Pedro: Señor, ¿a quién iríamos? Tú tienes palabras de vida eterna, y nosotros hemos creído y sabemos que tú eres el Santo de Dios (Jn 6, 69-70).

Sólo Jesús de Nazaret, el Hijo de Dios y de María, la Palabra eterna del Padre, que nació hace dos mil años en Belén de Judá, puede satisfacer las aspiraciones más profundas del corazón humano. Toda su vida, Jesús se muestra como nuestro modelo: Él es el hombre perfecto que nos invita a ser sus discípulos y a seguirle: con su anonadamiento, nos ha dado un ejemplo que imitar; con su oración atrae a la oración; con su pobreza, llama a aceptar libremente la privación y las persecuciones (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 520).

¿A dónde iríamos? Sólo en Cristo está el verdadero bien. Él es el Mesías prometido que nos ha traído la salvación; es la Luz del mundo que disipa las tinieblas del pecado; es el Camino que conduce al Cielo; es la Verdad que nos libra del error y de la mentira; es la Vida porque sin Él la vida terrena carece de sentido; es la Resurrección que nos dice que más allá de la muerte hay vida; es el Pan de vida que alimenta el espíritu en nuestra peregrinación por esta tierra. Él, que está en el Padre y el Padre en Él, nos muestra el rostro misericordioso de Dios.

La vida del cristiano debe ser una historia admirable de fidelidad a Dios, con un amor encendido a Cristo. Es el único camino para alcanzar el Cielo. Que Dios pueda decirnos estas palabras: Me acuerdo de tu fidelidad al tiempo de tu adolescencia; de tu amor hacia mí cuando te desposé conmigo; de tu seguirme a través del desierto, tierra donde no se siembra (Jr 2, 2). La vida se acaba con la muerte: todos hemos de morir. Y después viene el Juicio, la Gloria (quizás pasando antes por el Purgatorio) o el Infierno. Para nosotros, si somos fieles, vendrá el Paraíso.

¡Duras son estas palabras! ¿Quién puede oírlas? ¡Cuántas veces decimos esto mismo! Nos parece muy exigente la doctrina del Evangelio. ¡En cuántas circunstancias, más que conformarnos dócilmente a la voluntad divina, quisiéramos que Dios realizara nuestros designios y colmara todas nuestras expectativas! ¡En cuántas ocasiones nuestra fe se muestra frágil, nuestra confianza débil y nuestra religiosidad contaminada por elementos mágicos y meramente terrenos! (Benedicto XVI).

Jesucristo nos habla de caridad, de amar al prójimo. Es fácil querer a los que nos hacen bien. Sin embargo, resulta difícil amar a los enemigos. Pero la enseñanza del Maestro, del único Maestro que tiene palabras de vida eterna, es bien clara: Dijo Jesús a sus discípulos: habéis oído que fue dicho: Amarás a tu prójimo, y aborrecerás a tu enemigo. Mas yo os digo: Amad a vuestros enemigos, haced el bien a los que os aborrecen, y rogad por los que os persiguen y calumnian, para que seáis hijos de vuestro Padre, que está en los cielos (Mt 5, 43-45).

La vida de Jesucristo en la tierra obliga a los hombres a tomar postura; o con Dios, o contra Dios. Bien claro lo dijo Nuestro Señor: El que no está conmigo, está contra mí; y el que no recoge conmigo, desparrama (Lc 11, 23).

La vida cristiana no es cómoda. El que quiera venir en pos de Mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz y sígame (Mt 16, 24). Pero no olvidemos que Cristo será nuestro cirineo, nos ayudará a llevar la cruz. Decía san Juan Pablo II: Es necesario repetir a todos que Jesucristo no prometió a los que se unen en matrimonio un paraíso terrenal, sino su ayuda para superar las dificultades y alcanzar una alegría más grande. Es necesario repetir que Jesucristo concede a los esposos cristianos la fuerza de la fidelidad y los hace capaces de resistir la tentación de la separación, hoy tan difundida y seductora (Discurso 3.VIII.1994).

Si uno quiere ser buen cristiano no le queda otro remedio que ir contra corriente, especialmente en nuestros días, en esta sociedad hedonista de Occidente, que no admite las exigencias de la moral cristiana y que es “alérgica” a todo lo que proceda del Magisterio de la Iglesia, especialmente si se trata de la doctrina sobre el matrimonio (uno e indisoluble, y siempre entre personas de distintos sexos); sobre el valor de toda vida humana (derecho de todo ser humano a la vida, ya esté en la fase embrionaria, ya sea un feto, ya sea un anciano o un enfermo en estado vegetativo; sobre la sexualidad (encíclica Humanae vitae -anticonceptivos-, ilicitud de las relaciones prematrimoniales, homosexualidad).

Pero vivir nuestra fe como relación de amor con Cristo significa también estar dispuestos a renunciar a todo lo que constituye la negación de su amor. Por eso dijo Jesús a sus discípulos -y a todos nosotros-: Si me amáis guardaréis mis mandamientos (Jn 14, 15). Simón Pedro y los demás apóstoles amaban a Jesucristo. Por eso le seguían. Nosotros seguimos al Señor porque le amamos. Y este amor se manifiesta en el cumplimiento de la Ley de Dios, del Decálogo. Pero, ¿cuáles son los mandamientos de Cristo? Cuando el Señor Jesús enseñaba a las muchedumbres, no dejó de confirmar la ley que el Creador había inscrito en el corazón del hombre y que luego había formulado en las tablas del Decálogo. No penséis que he venido a abolir la ley y los profetas. No he venido a abolir, sino a dar cumplimiento (Mt 5, 17). Jesús nos mostró con nueva claridad las leyes divinas reveladas en el Sinaí, es decir, el amor a Dios y al prójimo: Amar (a Dios) con todo el corazón, con toda inteligencia y con todas las fuerzas, y amar al prójimo como a sí mismo vale más que todos los holocaustos y sacrificios (Mc 12, 33).

Nos decía el papa Benedicto XVI: Si confiamos en Cristo no perdemos nada, sino que lo ganamos todo. En sus manos nuestra vida adquiere su verdadero sentido. El amor a Cristo lo debemos expresar con la voluntad de sintonizar nuestra vida con los pensamientos y los sentimientos de su Corazón.

Pongamos nuestra confianza en Dios, que nos pide un abandono confiado en sus manos. Sólo en el Evangelio de Jesús está la salvación esperada y deseada. Puesto que no existe debajo del cielo otro nombre, dado a los hombres, en el cual hayamos de ser salvados (Hch 4, 12). En el Evangelio nos habla Dios. Escuchemos a Cristo y obedezcamos su voz: éste es el camino real, el único que conduce a la plenitud de la alegría y del amor.

Las palabras que yo os he hablado son espíritu y son vida (Jn 6, 64). Cristo habla a los hombres como amigo, movido por su gran amor, y les ofrece su compañía. Vive su vocación cristiana quien acepta este ofrecimiento, quien se entrega a Cristo, quien le ofrece la propia vida, porque considera al Señor como el mejor Amigo, el ser más querido, Aquél por quien vale la pena sacrificar cualquier plan, cualquier ambición.

La senda que hemos de recorrer la ha trazado Nuestro Señor durante su vida terrena. Estamos llamados a caminar por ese sendero marcado por las huellas de Cristo. Somos conscientes de que seguir a Jesucristo implica muchas veces ir contra corriente, como ya se ha dicho, exigiéndonos un testimonio valiente en una sociedad que a menudo vive de espaldas a Dios. ¿Quién irá de buena gana por un camino de rosas y flores si va a parar a la muerte, y quién rehusará un camino áspero y dificultoso si va a parar a la vida? (San Juan Crisóstomo). Siempre vale la pena ser fiel a Cristo. Dios no se deja ganar en generosidad.

Debemos seguir a Cristo. Si seguimos a Cristo y llevamos a los demás hombres tras de Él, entonces el camino de nuestra vida terrena estará lleno de paz aun en medio de las tempestades. Si perseveramos en nuestro camino terreno en pos de Cristo, en la eternidad gozaremos de su misma felicidad. Vale la pena dar todo, renunciar a todo, incluso a la vida, para merecer ser contado entre los amigos de Cristo. Vale la pena.

Santa María, Madre de Dios, tú has dado al mundo la verdadera luz, Jesús, tu Hijo, el Hijo de Dios. Te has entregado por completo a la llamada de Dios y te has convertido así en fuente de la bondad que mana de Él. Muestra a Jesús. Guíanos hacia Él. Enséñanos a conocerlo y amarlo, para que también nosotros podamos llegar a ser capaces de un verdadero amor y ser fuentes de agua viva en medio de un mundo sediento (Benedicto XVI, Encíclica Deus caritas est).

Domingo XX del Tiempo Ordinario. Homilía (Ciclo B)

La Sabiduría ha edificado una casa, ha labrado sus siete columnas, ha hecho su matanza, ha mezclado su vino, ha preparado también su mesa. Ha mandado a sus criadas y anuncia en lo alto de las colinas de la ciudad: “Si alguno es simple, véngase acá”. Y al falto de juicio le dice: “Venid y comed de mi pan, bebed del vino que he mezclado; dejaos de simplezas y viviréis, y dirigíos por los caminos de la inteligencia” (Pr 9, 1-6). Con estas palabras, el autor del libro de los Proverbios, que no es otro que Dios, nos invita a participar del banquete que ha preparado en su casa. La comida tiene un significado simbólico: es la enseñanza de los sabios, y la asimila quien la escucha. Fortalecidos por esta comida podremos avanzar por los caminos de la inteligencia. Y es la doctrina de Cristo la que nos permite andar por la senda del discernimiento.

También este alimento que nos ha preparado la Sabiduría prefigura el verdadero Pan de Vida que Dios entregará a los hombres, y que es el Cuerpo del Verbo Encarnado, de la propia Sabiduría hecha hombre. Un antiguo autor cristiano pone esas palabras en boca de Jesucristo: Tanto a los faltos de obras de fe como a los que tienen el deseo de una vida más perfecta, dice: “Venid, comed mi cuerpo, que es el pan que os alimenta y fortalece; bebed mi sangre, que es el vino de la doctrina celestial que os deleita y os diviniza; porque he mezclado de manera admirable mi sangre con la divinidad, para vuestra salvación” (Procopio de Gaza, In librum Proverbiorum 9).

La casa de la Sabiduría está asentada en siete columnas. Estas “siete columnas” podrían aludir a su perfección, pues el siete goza del simbolismo de la cifra perfecta. Esta perfección de la Sabiduría es enseñada en la Escritura, y si asimilamos nos hace tener la conciencia bien formada. Decía san Juan Pablo II: El camino del amor según Cristo es un camino difícil, exigente. Hay que ser realistas. Los que no os hablan más que de espontaneidad, de facilidad, os engañan. Sed hombres y mujeres de conciencia. No sofoquéis vuestra conciencia, no la deforméis; llamad con su nombre el bien y el mal.

La conciencia, para ser norma válida del actuar humano, tiene que ser recta; es decir, verdadera y segura de sí misma, y no dudosa ni culpablemente errónea. De ahí la necesidad de formar bien la conciencia, de conocer la moral cristiana. Quizá en nuestra vida, por debilidad, podremos hacer cosas mal hechas. Pero las ideas claras, la conciencia clara: lo que no podemos es hacer cosas malas y decir que son cosas santas (San Josemaría Escrivá).

San Pablo nos aconseja el examen de conciencia y la sensatez. Así pues, mirad atentamente cómo vivís; que no sea como imprudentes, sino como prudentes; aprovechando bien el tiempo presente, porque los días son malos. Por tanto, no seáis insensatos, sino comprended cuál es la voluntad de Señor (Ef 5, 15-17). Nuestra vida de cristiano debe caracterizarse por la sensatez. Y en eso nos diferenciamos por quienes se empeñan en vivir de espaldas a Dios, que son necios. La sensatez es consecuencia en el hombre del conocimiento de la voluntad de Dios y de la plena identificación con los planes divinos. De esta coherencia entre la fe y la vida procede la verdadera sabiduría, la que nos hacer discernir el bien del mal y la virtud del vicio.

Consecuencia de la sensatez es aprovechar bien el tiempo. Con razón se llama tiempo perdido el que se gasta sin servicio de Dios ni provecho del prójimo. Hay personas que ocupan su tiempo en perseguir bienes materiales: un mejor puesto de trabajo, la segunda casa, unos viajes, unos capitales…, y no dedican tiempo en buscar otros bienes más importante: la vida de familia, la amistad, la cultura… y, sobre todo, el trato con Dios. Alguien dijo que se compra la felicidad eterna con la moneda del tiempo. Con visión cristiana, aprovechar el tiempo quiere decir aprovechar todos los momentos y circunstancias para dar gloria Dios.

No os embriaguéis con vino, que es causa de libertinaje; llenaos más bien del Espíritu (Ef 5, 18). En el ambiente pagano en tiempos de san Pablo, que por desgracia también tan frecuentemente se está viviendo en nuestros días, no faltaban quienes pensaban que la alegría y la felicidad se podían alcanzar con el recurso a medios exclusivamente materiales. Nada más falso. El Apóstol de los gentiles dijo a los cristianos de Éfeso -y nos enseña a los cristianos de todas las épocas- donde está la raíz de la verdadera felicidad: en la docilidad a la acción del Espíritu Santo en las almas. Con ello se logra una paz y una alegría que el mundo no puede dar. Por tanto, no dejemos que la cultura del placer adormezca nuestra conciencia. Vivo mejor con la conciencia tranquila que con una buena cuenta corriente, declaró un famoso actor de cine. Y san Gregorio Magno: No hay almohada más agradable y blanda para descansar que la buena conciencia. Esas frases son muestras claras de sabiduría.

La verdadera sabiduría nos hace vivir la virtud de la templanza por la que refrenamos los deseos desordenados de los placeres sensibles y usamos con moderación de los bienes temporales. Esta virtud es expresión del señorío que el hombre tiene sobre los bienes creados por Dios, y su ejercicio es imprescindible para mantener el sentido sobrenatural en la vida.

Recitad entre vosotros salmos, himnos y cánticos inspirados; cantad y salmodiad en vuestro corazón al Señor, dando gracias continuamente y por todo a Dios Padre, en nombre de nuestro Señor Jesucristo (Ef 5, 19-20). Cuando el astronauta Neil Armstrong, el primero hombre que llegó a la luna, dijo al pisar la superficie de nuestro satélite: Quisiera decir a todos los que me escuchan que hagan una pausa en su mente y, considerando todo lo que ha ocurrido en los últimos minutos, den gracias a Dios cada uno a su manera. Todo hombre -especialmente el cristiano- debe dar gracias a Dios por los dones recibidos, sabiendo que todas las cosas cooperan para el bien de los que aman a Dios (Rm 8, 28).

No hay circunstancia alguna de la vida que escape a la providencia divina. Él permite junto con las alegrías y las penas, tanto los éxitos como los fracasos. De ahí que un cristiano consecuente con su fe, todo se convierte en éxito, incluso aquello que humanamente puede parecer negativo y le hace sufrir, porque si lo considera con visión sobrenatural y lo afronta con amor a la Cruz de Cristo, proporciona paz y alegría a la vez que es fuente de méritos para el Cielo. Y saber esto también es señal de sabiduría.

Una forma de expresar ese agradecimiento a Dios está en la liturgia cristiana. Ya desde los comienzos de la Iglesia los fieles, por medio de salmos, himnos y cánticos espirituales, manifiestan su gratitud a Dios. En las ceremonias litúrgicas de la Iglesia , los cánticos son manifestaciones de júbilo ante las grandezas de Dios y expresión de agradecimiento por los bienes recibidos.

Entre los bienes recibidos está el Pan de Vida. Yo soy el pan vivo, bajado del cielo. Si uno come de este pan, vivirá para siempre; y el pan que yo le voy a dar, es mi carne por la vida del mundo (Jn 6, 51). Los que están escuchando el discurso eucarístico de Jesús en la sinagoga de Cafarnaún, entienden perfectamente el sentido propio y directo de las palabras del Señor; pero no creen que tal afirmación pueda ser verdad. Discutían entre sí los judíos y decían: “¿Cómo puede éste darnos a comer su carne?” (Jn 6, 52). Cristo no hablaba en sentido figurado o simbólico, si así lo hubiera hecho, a sus oyentes no les hubiera causado tan gran extrañeza ni se hubiera producido la discusión.

Nuestro Señor, al ver la incredulidad de aquellos hombres, insiste de nuevo en su afirmación confirmando lo ya dicho: El que come mi carne y bebe mi sangre, tiene vida eterna, y yo le resucitaré el último día. Porque mi carne es verdadera comida y mi sangre verdadera bebida. El que come mi carne y bebe mi sangre, permanece en mí, y yo en él (Jn 6, 54-56). Además reitera con gran fuerza la necesidad de recibirle en la Eucaristía para alcanzar la vida eterna: Si no coméis la carne del Hijo del Hombre y no bebéis su sangre, no tendréis vida en vosotros (Jn 6, 53). El Cuerpo y la Sangre del Señor son prenda de vida eterna y garantía de la resurrección de nuestros cuerpos.

Así como el alimento corporal es necesario para la vida terrena, la Comunión es necesaria para mantener la vida del alma. Comulgar es entrar en comunión con la persona del Señor vivo. La comunión es realmente un encuentro entre dos personas, es un dejarse penetrar por la vida de quien es el Señor, de quien es Creador y Redentor. El objetivo de la comunión es la asimilación de la vida de quien comulga con la de Cristo, su transformación y configuración con quien es Amor vivo. Por esto la Iglesia exhorta a sus fieles a que reciban frecuentemente el sacramento de la Eucaristía.

El efecto más importante que se produce en la persona que comulga es la unión íntima con Jesucristo. El mismo nombre de Comunión indica esta participación unitiva en la misma Vida del Señor. En los demás sacramentos se nos da la gracia; en la Eucaristía recibimos al Autor de la gracia. Participando realmente del Cuerpo del Señor en la fracción del pan eucarístico, somo elevados a una comunión con Él y entre nosotros. “Porque el pan es uno, somos muchos un solo cuerpo, pues todos participamos de un único pan (1 Co 10, 17) (Concilio Vaticano II, Constitución Lumen gentium, n. 7).

He aquí una oración del papa san Juan XXIII: Oh, Jesús, único “pan verdadero” y alimento sustancial de las almas, congrega a todos los pueblos en torno a tu mesa que es divina realidad en la tierra, prenda de favores celestes, seguridad de justo entendimiento entre las gentes y de pacíficas competiciones por el verdadero progreso de la civilización. Nutridos por Ti y de Ti, oh Jesús, los hombres serán fuertes en la fe, dichosos en la esperanza, activos en las múltiples aplicaciones de la caridad. Las voluntades sabrán superar las insidias del mal, las tentaciones del egoísmo.

Termina Jesús el Discurso del Pan de Vida, también conocido como Discurso eucarístico o Promesa de la eucaristía, diciendo: Éste es el pan bajado del cielo; no como el que comieron vuestros padres, y murieron; el que coma este pan vivirá para siempre (Jn 6, 58). Jesús compara el verdadero Pan de Vida, su propio Cuerpo, con el maná, con el que Dios había alimentado a los hebreos diariamente durante cuarenta años en el desierto. Así, hace una invitación a alimentar frecuentemente nuestra alma con el manjar de su Cuerpo.

Invocamos a Santa María como Asiento de la Sabiduría. Ella es mujer “eucarística”. ¿Cómo imaginar los sentimientos de María al escuchar de la boca de Pedro, Juan, Santiago y los otros Apóstoles, las palabras de la Última Cena: “éste es mi cuerpo que es entregado por vosotros?” Aquel cuerpo entregado como sacrificio y presente en los signos sacramentales, ¡era el mismo cuerpo concebido en su seno! Recibir la Eucaristía debía significar para María como si acogiera de nuevo en su seno el corazón que había latido al unísono con el suyo y revivir lo que había experimentado en primera persona al pie de la Cruz (San Juan Pablo II, Encíclica Ecclesia de Eucharistia n. 56). Le pedimos a la Virgen, en continuidad con su fe en el Misterio eucarístico, que creamos firmemente que el mismo Jesús, Hijo de Dios e Hijo de María, se hace presente con todo su ser humano-divino en las especies del pan y del vino, y que cuando comulguemos seamos coherentes con esa creencia.

Solemnidad de la Asunción de la Virgen María. Homilía (Ciclo B)

Era el Año Santo de 1950 cuando el Pío XII, en la solemnidad de Todos los Santos, proclamó el cuarto dogma mariano con estas palabras: La Inmaculada Madre de Dios, siempre Virgen María, cumplido el curso de su vida terrena, fue asunta en cuerpo y alma a la gloria celestial (Munificentissimus Deus). Esta verdad de fe era conocida por la Tradición, afirmada por los Padres de la Iglesia, y era sobre todo un aspecto relevante del culto tributado a la Madre de Cristo; y fue proclamada para honor del Hijo, para glorificación de la Madre y para alegría de toda la Iglesia. En la definición dogmática están los cuatro dogmas marianos: Maternidad Divina, Inmaculada Concepción, Virginidad Perpetua y Asunción al Cielo.

La Asunción al cielo, en alma y cuerpo, es un privilegio divino dado a la Santa Madre de Dios por su particular unión con Jesús. Se trata de una unión corporal y espiritual, iniciada desde la Anunciación y madurada en toda la vida de María a través de su participación singular en el misterio de su Hijo. María siempre iba con el Hijo: fue su primera discípula. La existencia de la Virgen se desarrolló como la de una mujer común de su tiempo: rezaba, gestionaba la familia y la casa, frecuentaba la sinagoga… Pero cada acción diaria la hacía siempre en unión total con Jesús. Y en el Calvario esta unión alcanzó la cumbre en el amor, en la compasión y en el sufrimiento del corazón. Por eso Dios le dio una participación plena en la resurrección de Jesús. El cuerpo de la Santa Madre fue preservado de la corrupción, como el del Hijo. Estamos llamados a servir y glorificar a Dios con todo nuestro ser, alma y cuerpo. Servir a Dios solamente con el cuerpo sería una acción de esclavos. En el año 220, san Ireneo afirmaba que “la gloria de Dios es el hombre vivo, y la vida del hombre consiste en la visión de Dios”. Si hubiéramos vivido así, en el alegre servicio a Dios, que se expresa también en un generoso servicio a los hermanos, nuestro destino, en el día de la resurrección, será como el de nuestra Madre celestial. Entonces se nos dará la oportunidad de realizar plenamente la exhortación del apóstol Pablo: “Glorificad a Dios en vuestro cuerpo” (1 Co 6, 20) (Papa Francisco, Homilía 15.VIII.2018).

El episodio evangélico de la Misa de la Solemnidad de la Asunción nos presenta a María, que, inmediatamente después de haber concebido a Jesús por obra del Espíritu Santo, va a visitar a su prima Isabel, que en su ancianidad milagrosamente espera un hijo. En el saludo, Isabel es consciente del gran bien que supone la presencia de María y del Hijo que Ésta lleva en su seno, y exclama: ¿De dónde a mí tanto bien, que venga la madre de mi Señor a visitarme? (Lc 1, 43), y adelantándose al coro de todas las generaciones venideras, proclama bienaventurada a Santa María y alaba su fe. Quien preguntare ¿por qué María es glorificada con la asunción al cielo? San Lucas ve la raíz de la exaltación y de la alabanza a María en la expresión de Isabel: Bienaventurada la que ha creído que se cumplirían las cosas que le fueron dichas de parte del Señor (Lc 1, 45). No ha habido fe como la de Santa María; en Ella tenemos el modelo más acabado de cuáles han de ser las disposiciones de la criatura ante su Creador: sumisión completa, acatamiento pleno. Con su fe, María es el instrumento escogido por el Señor para llevar a cabo la Redención como Mediadora universal de todas las gracias. Ella está asociada a la obra redentora de su Hijo.

Después oír las palabras de Isabel, la Virgen pronunció el cántico Magníficat. Desde ahora me felicitarán todas la generaciones (Lc 1, 48). Es una profecía para toda la historia de la Iglesia. Esta expresión del Magníficat, referida por san Lucas, indica que la alabanza a la Virgen santa, Madre de Dios, íntimamente unida a Cristo su Hijo, concierne a la Iglesia de todos los tiempos y de todos los lugares. Y la anotación de estas palabras por parte del evangelista presupone que la glorificación de María ya estaba presente en el tiempo de san Lucas y que él la consideraba un deber y un compromiso de la comunidad cristiana para todas las generaciones. Las palabras de María dicen que es un deber de la Iglesia recordar la grandeza de la Virgen por la fe. Así pues, esta solemnidad es una invitación a alabar a Dios, a contemplar la grandeza de la Virgen, porque es en el rostro de los suyos donde conocemos quién es Dios (Benedicto XVI, Homilía 15.VIII.2012).

El Magníficat es el cántico de Santa María a Dios; es un himno de fe y de amor, que brota del corazón de la Virgen. Ella vivió con fidelidad ejemplar y custodió en lo más íntimo de su corazón las palabras de Dios a su pueblo, las promesas hechas a Abrahán, Isaac y Jacob, convirtiéndolas en el contenido de su oración. En el Magníficat la Palabra de Dios se convirtió en la palabra de María, en lámpara de su camino, y la dispuso a acoger también en su seno al Verbo de Dios hecho carne (Benedicto XVI, Homilía 15.VIII.2012). Decía san Josemaría Escrivá comentando este canto: Nuestra oración puede acompañar e imitar esa oración de María. Como ella, sentiremos el deseo de cantar, de proclamar las maravillas de Dios, para que la humanidad entera y los seres todos participen de la felicidad nuestra (Es Cristo que pasa n. 144).

En la primera lectura, tomada del Apocalipsis, se lee: Se abrió en el cielo el santuario de Dios, y apareció en su santuario el arca de su alianza (Ap 11, 19). En las letanías lauretanas, en una de las invocaciones nos dirigimos a la Virgen llamándola Arca de la Alianza. En el Antiguo Testamento, el Arca era símbolo de la presencia de Dios en medio de su pueblo. El Arca era un mueble donde se guardaban las dos tablas de la Ley que Dios entregó a Moisés en el monte Sinaí. Y así se manifestaba la voluntad de Dios de mantener la Alianza con el pueblo elegido. Pero en el Nuevo Testamento, la verdadera arca de la Alianza es una persona viva y concreta: la Virgen María. Ya Dios no habita simbólicamente en un mueble, sino realmente en una persona, en un corazón, en María que llevó en su seno al Hijo eterno de Dios hecho hombre, Jesús nuestro Señor y Salvador. Con su fiat (hágase) en el momento de la Anunciación acogió en sí a Jesús, a Aquél que es la Alianza nueva y eterna. Con razón, por consiguiente, la piedad cristiana, se dirige a ella invocándola como Foederis Arca, “Arca de la alianza”, arca de la presencia de Dios, arca de la alianza de amor que Dios quiso establecer de modo definitivo con toda la humanidad en Cristo.

También el pasaje del Apocalipsis de la Misa de la Asunción quiere indicar otro aspecto importante de la realidad de María. Ella, arca viviente de la alianza, tiene un extraordinario destino de gloria, porque está tan íntimamente unida a su Hijo, a quien acogió en la fe y engendró en la carne, que comparte plenamente su gloria del cielo. Es lo que sugieren los siguientes versículos: Un gran signo apareció en el cielo: una mujer vestida del sol, y la luna bajo sus pies y una corona de doce estrellas sobre su cabeza; y está encinta (…). Y dio a luz un hijo varón, el que ha de pastorear a todas las naciones (12, 1-2.5). La grandeza de María, Madre de Dios, llena de gracia, plenamente dócil a la acción del Espíritu Santo, vive ya en el cielo de Dios con todo su ser, alma y cuerpo.

El gran signo aparecido en el cielo es la mujer. Ésta, en primer lugar, es figura de la Virgen María. Vestida de sol, es decir, totalmente llena de Dios, rodeada y penetrada por la luz divina. Coronada con doce estrellas, como Reina de los Doce Apóstoles y de los ángeles y santos del Cielo. La luna por pedestal. Bajo los pies de la mujer está la luna, que es imagen de la muerte y de la mortalidad. María superó la muerte; está totalmente vestida de vida, elevada en cuerpo y alma a la gloria de Dios (Benedicto XVI).

San Juan Damasceno refiriéndose a la Asunción de la Virgen al Cielo dijo: Hoy la santa y única Virgen es llevada al templo celestial… Hoy el arca sagrada y animada por el Dios vivo, (el arca) que llevó en su seno a su propio Artífice, descansa en el templo del Señor, no construido por mano de hombre (…) Era preciso que aquella que había acogido en su seno al Logos divino, se trasladara a los tabernáculos de su Hijo… Era preciso que la Esposa que el Padre se había elegido habitara en la estancia nupcial del cielo (Homilía II sobre la Dormición).

Hoy la Virgen María sube a los cielos; porque reina con Cristo para siempre (Antífona del “Magnificat”). La fiesta de la Asunción de la Virgen es para nosotros un signo de segura esperanza y de consolación, y nos impulsa a mirar al Cielo, morada eterna y meta de nuestra vida. Santa María está en alma y cuerpo en el Cielo y allí nos espera. Mientras que estamos en camino, la Virgen nos ayuda a vencer los ataques infernales que padecemos. Añade san Juan en su relato de la visión de la mujer vestida de sol que está encinta, y grita con los dolores del parto y con el tormento de dar a luz. Y apareció otra señal en el cielo: un gran Dragón rojo (Ap 12, 2-3), y que el dragón estaba dispuesto a tragarse al niño en cuanto naciera. El dragón, fortísimo y que parece invencible, personifica el poder del infierno que, a lo largo de la historia, en formas diversas, ha combatido a la Iglesia y a los cristianos. Sin embargo, al final venció la mujer inerme; venció el amor de Dios.

Hoy día, el dragón tiene la forma de ideologías materialistas, que nos dicen: es absurdo pensar en Dios; es absurdo cumplir los mandamientos de Dios; es algo del pasado. Lo único que importa es vivir la vida para sí mismo, tomar en este breve momento de la vida todo lo que nos es posible tomar. Sólo importa el consumo, el egoísmo, la diversión. Ésta es la vida. Así debemos vivir (Benedicto XVI). Pero también ahora sigue siendo Dios más fuerte que el dragón, y la verdad derrotará las falsas ideologías basadas en el odio.

Con la muerte, el alma de los justos separada del cuerpo es recibida en el Cielo, mientras el cuerpo se corrompe aquí en la tierra. Pero en el Cielo también hay un lugar para el cuerpo. Hasta el final de los tiempos sólo están en Cielo las almas de los santos, con la excepción de la Virgen que está también con su cuerpo. Pero con la resurrección de los muertos, también los cuerpos de los bienaventurados estarán en el Cielo, hay sitio para ellos. El último enemigo en ser destruido será la muerte (1 Co 15, 26). La muerte no tiene la última palabra, ha sido vencida por Cristo.

La resurrección de los muertos es una verdad de fe. Claramente lo afirma san Pablo: Cristo resucitó de entre los muertos como primicias de los que durmieron. Porque, habiendo venido por un hombre la muerte, también por un hombre viene la resurrección de los muertos. Pues del mismo modo que en Adán mueren todos, así también todos revivirán en Cristo (1 Co 15, 20-22). Por esto la fiesta de la Asunción es un día de alegría. Dios ha vencido. El amor ha vencido. Ha vencido la vida. Se ha puesto de manifiesto que el amor es más fuerte que la muerte, que Dios tiene la verdadera fuerza, y su fuerza es bondad y amor. Y además en el Cielo tenemos una madre, Santa María, Madre de Dios pero también Madre nuestra por voluntad de Jesucristo. Ella intercede siempre por nosotros.

Domingo XIX del Tiempo Ordinario. Homilía (Ciclo B)

En el libro 1 Reyes se narra la huida del profeta Elías al ser amenazado Jezabel, mujer del rey Ajab. Elías caminó por el desierto una jornada de camino, y fue a sentarse bajo una retama. Se deseó la muerte y dijo: “¡Basta ya, Yavé! ¡Toma mi vida, porque no soy mejor que mis padres!” Se acostó y se durmió bajo una retama, pero un ángel le tocó y le dijo: “Levántate y come”. Miró y vio a su cabecera una torta cocida sobre piedras calientes y un jarro de agua. Comió y bebió y se volvió a acostar. Volvió segunda vez el ángel de Yavé, le tocó y le dijo: “Levántate y come, porque el camino es demasiado largo para ti”. Se levantó, comió y bebió, y con la fuerza de aquella comida caminó cuarenta días y cuarenta noches hasta el monte de Dios, el Horeb (1 R 19, 4-8).

Este pasaje bíblico es en cierto modo parecido al de la peregrinación del pueblo elegido por el desierto al salir de Egipto perseguido por el faraón. El profeta está en horas bajas, y se desea la muerte. Pero Dios tiene otros planes para Elías, y le envía un ángel para que no se deje dominar por el abatimiento, y siga adelante.

Esto de enviar Dios un ángel a las personas es algo que aparece a lo largo de la historia narrada en la Biblia. En algunas ocasiones es para proteger a algunas personas: a Lot, para que saliera de Sodoma, antes de que fuera destruida esta ciudad; a Agar y a su hijo Ismael, cuando estaban en el desierto sin agua, ya dispuestos a morir, un ángel le dijo a la madre que continuaran el camino e hizo que Agar viera un pozo de agua, del cual llenó un odre y dio de beber a su hijo. A los israelitas le fue enviado un ángel para que guiara al pueblo por el desierto. Y otras veces para comunicar designios divinos. Y a Elías, el ángel del Señor le fue enviado para asistir al profeta.

Levántate y come, porque aún te queda un largo camino. Estas palabras del ángel dirigidas a Elías también están dichas para nosotros. Estamos recorriendo el ya que camino de la vida. A veces, al vernos sin fuerzas y saber que en este mundo encontraremos dificultades, nos puede pasar como al profeta, que sintió deseos de morir y dijo: Basta ya, Señor. Pero el Señor quería que Elías caminara hasta el monte de Dios. Por eso lo alimentó con un pan cocido en la brasa. Anteriormente, Dios había alimentado a los israelitas con el maná en el desierto para que pudieran llegar a la tierra de promisión.

El alimento que el ángel da al profeta ha sido visto en la tradición de la Iglesia como una figura de la Eucaristía los fieles, mientras viven en este mundo, por la gracia de este sacramento disfrutan de suma paz y tranquilidad de conciencia; reanimados después con su virtud suben a la gloria y bienaventuranza eterna, a la manera de Elías, quien, fortalecido con el pan cocido debajo de la ceniza, anduvo (cuarenta días y cuarenta noches) hasta llegar al Horeb, monte de Dios, cuando se le acercó el tiempo de salir de esta vida (Catecismo Romano 2, 4, 54).

En la sinagoga de Cafarnaún Jesucristo pronuncia el discurso eucarístico con la promesa de Eucaristía, que es recogido en el capítulo sexto del Evangelio según san Juan. El Señor dice: Yo soy el pan de la vida. Vuestros padres comieron el maná en el desierto y murieron. Este es el pan que baja del cielo, para que quien lo coma no muera. Yo soy el pan vivo, bajado del cielo. Si uno come de este pan, vivirá para siempre; y el pan que yo le voy a dar, es mi carne por la vida del mundo” (Jn 6, 48-51). En estos versículos evangélicos vemos cómo Cristo también ha querido dejarnos un alimento para fortalecernos espiritualmente. El pan que Jesús nos da es su propia carne, el único pan verdadero y alimento sustancial de las almas. Alimentados con la Eucaristía llegaremos al monte de Dios, al Cielo. Decía san Agustín: Quienes se nutren de Cristo morirán con la muerte terrena y temporal, pero vivirán eternamente, porque Cristo es la vida imperecedera.

Es deseo de Jesucristo y, por tanto, de la Iglesia, que los fieles reciban con frecuencia la sagrada comunión. Porque los fieles unidos con Dios por medio del sacramento de la Eucaristía están fortalecidos, y así pueden crecer en el amor a Dios, dominar la concupiscencia, vencer las tentaciones, borrar las culpas leves y evitar los pecados graves a que la fragilidad humana está expuesta.

Habrá quien diga: por eso, precisamente, no comulgo más a menudo, porque me veo frío en el amor. Y, ¿por qué te ves frío quieres alejarte del fuego? Precisamente porque sientes helado tu corazón debes acercarte más a menudo a este Sacramento, siempre que alimentes sincero deseo de amor a Jesucristo. “Acércate a la Comunión ‑dice san Buenaventura‑ aun cuando te sientas tibio, fiándolo todo de la misericordia divina, porque cuanto más enfermo se halla uno, tanta mayor necesidad tiene de médico” (San Alfonso María de Ligorio).

Nutridos con el Cuerpo y la Sangre de Cristo, seremos fuertes en la fe, testigos de esperanza para todos y activos en las múltiples aplicaciones de la caridad; superaremos las insidias del mal; venceremos las tentaciones del egoísmo. Nuestra unión con Jesús Sacramentado se traducirá en amor verdadero a todos los hombres, empezando por quienes están más próximos. Habrá de notarse en el modo de tratar a la propia familia y compañeros; en el empeño por vivir en paz con todos; en la prontitud para reconciliarse y perdonar cuando sea necesario, ya que la Sagrada Eucaristía es fermento de caridad y vínculo de aquella unidad de la Iglesia querida por Cristo.

El mejor de los alimentos no sirve para nada a los que están muertos. Por tanto, la Comunión no es para las personas que tienen su alma muerta por el pecado. Para recibirla con frutos, hay que estar en gracia de Dios. Si uno tiene algún pecado grave, antes de comulgar debe confesarse.

El discurso eucarístico no fue comprendido por los judíos. Cuando Jesús afirma: Yo soy el pan que ha bajado del cielo (Jn 6, 41), que el verdadero pan es Él mismo, muchos se escandalizan, no comprenden, y comienzan a murmurar, diciendo: ¿No es éste Jesús, hijo de José, cuyo padre y madre conocemos? ¿Cómo puede decir ahora: He bajado del cielo? (Jn 6, 42). Aluden a José y a María como obstáculo para su origen divino. Jesús responde: Nadie puede venir a mí, si el Padre que me ha enviado no lo atrae (Jn 6, 44). Jesús, que tanto quiso a su Madre y a José, habla del Padre, de su único Padre. Todo el que escucha al Padre y aprende, viene a mí. No es que alguien haya visto al Padre; sino aquel que ha venido de Dios, ése ha visto al Padre (Jn 6, 45-46).

Muchas personas estuvieron en estrecho contacto con Jesús y no le creyeron, es más también lo despreciaron y condenaron: ¿por qué esto? ¿No fueron atraídos por el Padre? No, esto sucedió porque su corazón estaba cerrado a la acción del Espíritu de Dios, es la explicación que da el papa Francisco. Si una persona tiene el corazón cerrado, la fe no entra. Dios Padre siempre atrae hacia Jesús. Es el hombre quien abre el corazón o lo cierra. El ir a Cristo hasta encontrarlo es un don gratuito que ningún hombre con sus solas fuerzas puede conseguir, aunque todos deben estar bien dispuestos para recibirlo. El Concilio Vaticano II, en la constitución dogmática Dei Verbum dice: Para dar la respuesta de la fe es necesaria la gracia de Dios que prepare y ayude junto con los auxilios interiores del Espíritu Santo, que mueva el corazón, lo convierta a Dios, abra los ojos del alma y dé a todos la suavidad para aceptar y creer la verdad (n. 5).

El que cree, tiene vida eterna (Jn 6, 47). En Jesús, en su “carne” está presente todo el amor de Dios, que es el Espíritu Santo. Quien se deja atraer por este amor va hacia Jesús, y va con fe, y recibe de Él la vida, la vida eterna. El apóstol san Pablo nos dice: Sed, pues, imitadores de Dios, como hijos queridos, y vivid en el amor como Cristo os amó y se entregó por nosotros como oblación y víctima de suave aroma (Ef 5, 1-2). Por el Bautismo, el cristiano recibe la filiación divina, es hecho por adopción hijo de Dios. Y un buen hijo siempre procura agradar a su padre e imitar los buenos ejemplos que recibe de él. Por eso, debemos fijarnos cómo Dios ha actuado con los hombres y orientar nuestra conducta al querer divino, teniendo muy presente un modelo bien preciso a imitar: Jesucristo, que vino para demostrarnos el inmenso amor de su corazón, y se nos dio por completo, sometiéndose primero a todas las penalidades de esta vida, luego a la flagelación, a la coronación de espinas, y a todos los dolores e ignominias de la pasión; finalmente, terminó la vida abandonado de todos en el leño infame de la cruz (San Alfonso María de Ligorio, Sermones abreviados, 37, I, 1).

La imitación de Jesucristo nos lleva al amor al prójimo. Este amor se manifiesta en una actitud de perdón, y a comportarnos con nuestros semejantes tal como lo hemos aprendido del Señor. Su enseñanza es bien clara: Si al llevar tu ofrenda al altar recuerdas que tu hermano tiene algo contra ti, deja allí tu ofrenda ante el altar, ve primero a reconciliarte con tu hermano (Mt 5, 23-24). Y san Pablo insiste en la relación amor-perdón que debe haber siempre entre los cristianos. Sed más bien buenos entre vosotros, entrañables, perdonándoos mutuamente como os perdonó Dios en Cristo (Ef 4, 32).

Nuestro Señor nos ha enseñado con su misma vida lo que significa realmente perdonar al prójimo de corazón. Aquél que nos invitó a perdonar setenta veces siete (Mt 18, 22) nos da ejemplo: Él perdona setenta veces siete. Estando en el Calvario pidió a su Padre por los que en aquel momento con violencia y con saña le estaban clavando en la cruz. Esfuérzate, si es preciso, en perdonar siempre a quienes te ofendan, desde el primer instante, ya que, por grande que sea el perjuicio o la ofensa que te hagan, más te ha perdonado Dios a ti (San Josemaría Escrivá, Camino, n. 452).

No entristezcáis al Espíritu Santo de Dios, con el que fuisteis sellados para el día de la redención. Toda acritud, ira, cólera, gritos, maledicencia y cualquier clase de maldad, desaparezca de entre vosotros (Ef 4, 30-31). Al Espíritu Santo, que es vínculo de unidad en el Cuerpo místico de Cristo, le “entristece” todo lo que pueda lesionar la unión entre los fieles. Por eso el apóstol san Pablo cita una serie de cosas que no debe darse entre los miembros de la Iglesia de Cristo.

En todos los momentos de la vida se puede experimentar la afectuosa presencia de la Virgen, que introduce a cada fiel al encuentro con Cristo en el silencio de la meditación, en la oración y en la fraternidad. María ayuda a encontrar al Señor sobre todo en la celebración eucarística, cuando en la Palabra y en el Pan consagrado se hace nuestro alimento espiritual cotidiano.

Fiesta de la Transfiguración del Señor. Homilía (Ciclo B)

La Transfiguración del Señor nos ofrece un mensaje de esperanza: nos invita a encontrar a Jesús, para estar al servicio de los hermanos. La subida al monte Tabor nos induce a reflexionar sobre la importancia de separarse de las cosas mundanas, para emprender un camino hacia lo alto y contemplar a Jesús. Se trata de ponernos a la escucha atenta y orante de Cristo, el Hijo amado del Padre, buscando momentos de oración que permitan la acogida dócil y alegre de la Palabra de Dios. En esta separación de las cosas mundanas, estamos llamados redescubrir el silencio pacificador y regenerador de la meditación del Evangelio, de la lectura de la Biblia, que conduce hacia una meta rica de belleza, de esplendor y de alegría. Y cuando nosotros nos ponemos así, con la Biblia en la mano, en silencio, comenzamos a escuchar esta belleza interior, esta alegría que genera la Palabra de Dios en nosotros (Papa Francisco, Homilía 6.VIII.2017).

Toda la Sagrada Escritura desde el principio hasta el final, está impregnada del misterio del Verbo encarnado, señalado oscuramente en el Antiguo Testamento y revelado plenamente en el Nuevo, hasta el punto que san Jerónimo afirma con vigor: Ignorar las Escrituras es ignorar a Cristo mismo. La Biblia nos habla de Jesucristo; en ella contemplamos el rostro del Señor. En la liturgia de la Palabra de la Misa de la Transfiguración del Señor vemos como las tres lecturas -la del Antiguo Testamento, la de la carta apostólica y la del Evangelio- están relacionadas cada una con las otras dos y centradas en Cristo.

La primera lectura es una profecía del juicio divino. Mientras yo contemplaba se levantaron unos tronos y un anciano en días se sentó. Su vestido era blanco como nieve; el cabello de su cabeza como lana pura; su trono, llamas de fuego, con ruedas de fuego llameante. Un río de fuego corría y manaba delante de él. Miles de millares le servían, miríadas de miríadas estaban en pie delante de él. El tribunal se sentó, y se abrieron los libros (Dn 7, 9-10). La simbología remite a Dios en su trono celeste, rodeado de gloria y de ángeles, dispuesto a juzgar y a castigar, pero también a premiar. Siguiendo a los profetas y a Juan Bautista, Jesús anunció en su predicación el juicio del último día. Para los que obraron el bien la recompensa será el ver a Jesucristo transfigurado en la gloria del Cielo.

La Iglesia cuando proclama en el Credo que Cristo se sentó a la derecha del Padre confiesa que fue a Cristo a quien se le dio el imperio. Sentarse a la derecha del Padre significa la inauguración del reino del Mesías, cumpliéndose la visión del profeta Daniel: He aquí que con las nubes del cielo venía como un hijo de hombre. A él se le dio imperio, honor y reino, y todos los pueblos, naciones y lenguas le sirvieron. Su imperio es un imperio eterno, que nunca pasará, y su reino no será destruido jamás (Dn. 7, 13-14). Durante su vida en la tierra, el Señor se aplicó a Sí mismo el título de Hijo de hombre uniéndolo a su pasión y a su segunda venida. Al final de los tiempos, Jesucristo vendrá de nuevo a la tierra para juzgar a todos hombres, y tras el juicio, se le da el reino universal y eterno.

En la segunda lectura, el apóstol san Pedro da testimonio de la Transfiguración. Os hemos dado a conocer el poder y la venida de nuestro Señor Jesucristo, no siguiendo fábulas ingeniosas, sino después de haber visto con nuestros propios ojos su majestad. Porque recibió de Dios Padre honor y gloria, cuando la sublime Gloria le dirigió esta voz: “Éste es mi Hijo muy amado en quien me complazco”. Nosotros mismos escuchamos esta voz, venida del cielo, estando con él en el monte santo (2 P 1, 16-18). Al referirse al poder de Jesús, san Pedro reconoce que Cristo es Dios y es omnipotente como el Padre. Al igual que el profeta Daniel dice que se le dio honor y gloria. Y cuando menciona la majestad de Jesucristo le está aplicando un atributo divino que tiene por ser Dios, atributo que posee desde siempre; y la “voz” del Padre confirma su naturaleza divina. Este modo sencillo de argumentar muestra que si Jesucristo dejó entrever su divinidad momentáneamente, también podrá manifestarse en plenitud y para siempre al final de los tiempos, cuando venga sobre las nubes el Hijo del hombre del Cielo.

El pasaje del Evangelio es de san Marcos. Seis días después, toma Jesús consigo a Pedro, Santiago y Juan, y los lleva, a ellos solos, aparte, a un monte alto. Y se transfiguró delante de ellos, y sus vestidos se volvieron resplandecientes, muy blancos, tanto que ningún batanero en la tierra sería capaz de blanquearlos de ese modo. Se les aparecieron Elías y Moisés, y conversaban con Jesús (Mc 9, 2-4). Comienza el evangelista diciendo seis días después. ¿Después de qué? De la confesión de san Pedro en Cesarea de Filipo y de la posterior predicción que hizo Jesús de su Pasión y Gloria. Se narra la manifestación de la gloria del Hijo de Dios a tres de sus discípulos (Pedro, Santiago y Juan). Desde la Encarnación la Divinidad de Nuestro Señor Jesucristo estaba habitualmente oculta tras su Santísima Humanidad. Aprendamos de esa actitud de Jesús. En su vida terrena, no ha querido ni siquiera la gloria que le pertenecía, porque teniendo derecho a ser tratado como Dios, ha asumido la forma de siervo, de esclavo (San Josemaría Escrivá, Es Cristo que pasa n. 62). Mas Cristo quiso manifestar precisamente a estos tres discípulos predilectos, que iban a ser columnas de la Iglesia, el esplendor de su gloria divina con el fin de que cobraran alientos para seguir el difícil y áspero camino que les quedaba por recorrer, fijando la mirada en la meta gozosa que les esperaba al final. Por esta razón fue conveniente que Cristo manifestara la claridad de su gloria.

Jesús no solamente se transfiguró para alentar a Pedro, Santiago y a Juan, sino también a todos los cristianos, a nosotros discípulos suyos del siglo XXI, que en esperanza fuimos salvados (Rm 8, 2), para que afrontemos los retos de la vida presente con la esperanza del Cielo. Nuestro presente, el día a día, por este valle de lágrimas, es un presente fatigoso, pero hay que vivirlo y aceptarlo porque nos lleva hacia una meta, de la que podemos estar seguros y que es tan grande que justifica el esfuerzo del caminar terreno. Esa meta es el Monte Tabor, el Cielo, donde nos espera Jesucristo lleno de poder y gloria.

La esperanza cristiana nos mueve, de una parte, a no perder nunca de vista la meta última de nuestra peregrinación terrena, que es la posesión de Dios en el Cielo; y, de otra, a alcanzar paz en la lucha, firmeza en las dificultades, victoria en las tentaciones, aunque de cuando en cuando caigamos por tierra, a causa de la debilidad humana, y hayamos de levantarnos (Javier Echevarría, Carta 1.I.1998, Romana n. 26). No hay que olvidar nunca que navegamos por los mares de la vida, en medio de tormentas y tempestades, con vientos huracanados y con los escollos de las dificultades cotidianas, pero siempre con la esperanza del Cielo, con la aspiración de llegar hasta Dios, de gozar de la gloria eterna.

Teniendo en cuenta Quién se encarna (la dignidad de la persona y la gloria de su alma), era conveniente la gloria del cuerpo de Jesús. Pero teniendo en cuenta para qué se encarna (la finalidad de la encarnación), no era conveniente, de modo habitual, dicha gloria. Cristo muestra su gloria en la Transfiguración para movernos al deseo de la gloria divina que se nos dará, y así, con esta esperanza, entendamos que los padecimientos del tiempo presente no pueden compararse con aquella gloria que se ha de manifestar en nosotros (Rm 8, 18).

Tomando la palabra Pedro, dice a Jesús: “Maestro, qué bien estamos bueno aquí. Hagamos tres tiendas, una para ti, otra para Moisés y otra para Elías”. Y es que no sabía lo que decía, porque estaban llenos de terror (Mc 9, 5-6). Comenta el Papa Francisco estos dos versículos: “Qué bien se está aquí”, exclamó Pedro, después de haber visto al Señor Jesús transfigurado, revestido de gloria. ¿Podemos repetir también nosotros esas palabras? Pienso que sí, porque para todos nosotros es bueno estar aquí, en torno a Jesús. Él es quien nos acoge y se hace presente en medio de nosotros. Y en el Evangelio hemos escuchado también las palabras del Padre: “Éste es mi Hijo, el escogido, escuchadlo”. Por tanto, si por una parte es Jesús el que nos acoge; por otra, también nosotros queremos acogedlo, ponernos a la escucha de su palabra, porque precisamente acogiendo a Jesucristo, Palabra encarnada, es como el Espíritu nos transforma, ilumina el camino del futuro, y hace crecer en nosotros las alas de la esperanza para caminar con alegría (1.III.2015).

Qué bien se está junto a Cristo, y no solamente cuando las cosas van bien. Los tres apóstoles están llenos de gozo viendo a Cristo transfigurado. Gozo que tendremos en el cielo contemplando a Dios cara a cara; y a Jesucristo con su santísima Humanidad llena de gloria. Los apóstoles quedaron extasiados, viendo a su Maestro transfigurado. Sin embargo, más adelante, cuando le vean desfigurado, varón de dolores, le abandonarán y huirán. Sólo Juan estuvo al pie de la cruz. Que cada uno de nosotros acompañemos a Jesús, en los misterios de luz y en los de dolor. Pero como Pedro, somos débiles, y de ahí nuestra petición: Señor, aumenta mi fe, líbrame del peor mal -el pecado- que me aleja de Ti.

Y cuando bajaban del monte les ordenó que a nadie contasen lo que habían visto hasta que el Hijo del hombre resucitara de entre los muertos (Mc 9, 9). Al finalizar la experiencia maravillosa de la Transfiguración, los discípulos bajaron del monte con ojos y corazón transfigurados por el encuentro con el Señor. Es el recorrido que podemos hacer también nosotros. La meditación de este misterio de la vida del Señor nos ha llevado con los ojos de la fe al monte Tabor a contemplar a Cristo glorioso. Ahora, después de considerar esa escena, transformados por la presencia de Cristo, procuremos ser signo del amor vivificante de Dios en medio del mundo en que vivimos y testimoniar nuestra fe en Jesús Resucitado y Glorioso en el Cielo, y en la gloria que nos espera. Porque la Transfiguración fue un cierto signo o anticipo no sólo de la glorificación de Cristo, sino también de la nuestra. Pues, como escribió san Pablo: El espíritu mismo testifica a una con nuestro espíritu que somos hijos de Dios; y si hijos, también herederos; herederos de Dios, coherederos con Cristo; puesto si padecemos con él, junto con él seremos glorificados (Rm 8, 16-17).

Ellos observaron esta recomendación, discutiendo entre sí qué era eso de “resucitar de entre los muertos” (Mc 9, 10). La verdad de la resurrección de los muertos estaba ya revelada en el Antiguo Testamento, y los judíos piadosos creían en ella. Sin embargo, los discípulos no eran capaces de entender la verdad profunda de la Muerte y Resurrección del Señor, porque sólo consideraban el aspecto glorioso y triunfador del Mesías, a pesar de que también estaban profetizados sus sufrimientos y su muerte. De ahí sus disquisiciones que no se atreven a preguntar directamente al Señor por su Resurrección.

La Virgen María, con su protección maternal, nos ayudará a subir al Tabor celestial, donde veremos a Jesucristo con toda la gloria y majestad propias de Dios.

Domingo XVII del Tiempo Ordinario. Homilía (Ciclo B)

En los Santos Evangelios se narran dos multiplicaciones de panes realizadas por Jesucristo. También el Antiguo Testamento, el libro II Reyes, está el prodigio realizado por el profeta Eliseo de dar de comer a un centenar de hombres con unos pocos panes. Son pasajes semejantes, pero con algunas diferencias.

Vino un hombre de Balalisá trayendo en la alforja el pan de las primicias, veinte panes de cebada y grano reciente para el profeta del Señor. Eliseo dijo: “Dáselo a la gente para que coman”. El criado replicó: “¿Qué hago yo con esto para cien personas?” Eliseo insistió: “Dáselo a la gente para que coman. Porque esto dice el Señor: Comerán y sobrará”. El criado se los sirvió a la gente: comieron y sobró, como había dicho el Señor (2 R 4, 42-44). ¿Qué era el pan de las primicias? Era una ofrenda que se hacía a Dios. Por tanto, ese pan estaba destinado a Dios. El hombre de Balalisá ofreció el pan a Eliseo por ser profeta del Señor; pero éste, con un gesto compasivo, dada la carestía existente, quiere compartirlo.

En la segunda multiplicación de los panes obrada por Cristo, tanto san Mateo como san Marcos recogen las palabras del Señor antes del realizar el milagro. Me da mucha pena la muchedumbre, porque ya llevan tres días conmigo y no tienen qué comer (Mt 15, 32 y Mc 8, 2). Jesús que es la misericordia personalizada se enternece viendo a aquella de multitud de personas carentes de alimento. El Señor es sensible a las necesidades espirituales y materiales de los hombres. Y toma la iniciativa para satisfacer el hambre de aquella multitud. El milagro de multiplicar los panes es una muestra de cómo Dios premia la perseverancia en su seguimiento: la muchedumbre ha estado pendiente de la palabra de Jesús -verdadero alimento del espíritu-, olvidándose de todo lo demás, incluso del alimento corporal.

Volviendo al pasaje del Antiguo Testamento, nos preguntamos: ¿Quiénes eran aquellos cien hombres? Probablemente esos hombres pertenecían a los círculos proféticos con los que vivía Eliseo. Éste a la vez que ordena a su criado que reparta el pan pronuncia un oráculo que ha recibido de Dios –Comerán y sobrará-, y el prodigio se realiza. También Jesucristo obrará el milagro de multiplicar los panes, y lo hará asimismo tras la objeción del apóstol Felipe –Doscientos denarios de pan no bastan para que cada uno tome un poco (Jn 6, 7)- parecida a las del criado de Eliseo (¿Qué hago yo con esto para cien personas?). Pero Jesús realiza el milagro por propia iniciativa y alimenta a muchísimas más personas, a cinco mil hombres según el relato de san Juan.

San Juan cuenta que estando Jesús en la ribera del mar de Tiberíades, mucha gente le seguía porque veían las señales que realizaba en los enfermos. Subió Jesús al monte y se sentó allí en compañía de sus discípulos (Jn 6, 2-3). Al ver Jesús aquel gentío preguntó a Felipe: “¿Dónde vamos a comprar panes para que coman éstos?” Se lo decía para probarle, porque él sabía lo que iba a hacer (Jn 6, 5-6). Ya hemos hecho referencia a la respuesta del apóstol, a la objeción que puso. También Andrés habla de la imposibilidad de dar de comer a tantísima gente. Aquí hay un muchacho que tiene cinco panes de cebada y dos peces; pero ¿qué es eso para tantos? (Jn 6, 9). Pero para Dios no hay nada imposible. Hizo que la gente se recostara sobre la hierba y tomando los panes y, después de dar gracias, los repartió entre los que estaban recostados y lo mismo los peces, todo lo que quisieron (Jn 6, 11).

Éste es el milagro de la multiplicación de los panes. Su corazón misericordioso le llevó a Jesús a saciar a aquella multitud hambrienta. Este gesto de Jesús es una llamada para que también nosotros seamos misericordiosos con nuestros hermanos, con los que padecen necesidad. Dar de comer al hambriento es una de las obras de misericordia. Reflexionemos sobre la práctica de la limosna, que es una manera de ayudar a los necesitados.

El hombre tiene una tendencia a apegarse a los bienes terrenales. La limosna nos ayuda a no dejarnos llevar por esa tendencia, educándonos a socorrer al prójimo en sus necesidades y a compartir con los demás lo que poseemos por bondad divina. En el relato del milagro vemos como un joven pone a disposición del Señor todo lo que tiene: cinco panes y dos peces. Y comenta el Papa Francisco: Jesús esperaba justamente eso. Ordena a los discípulos que hagan sentar a la gente, luego toma los panes y los peces, da gracias al Padre y los distribuye. Estos gestos anticipan los de la última Cena, que dan al pan de Jesús su significado más auténtico. El pan de Dios es Jesús mismo. Al comulgar con Él, recibimos su vida en nosotros. Jesús sacia no sólo el hambre material, sino el más profundo, el hambre de sentido de la vida, el hambre de Dios.

Con el diálogo previo del Señor con Felipe y Andrés, y la realización del milagro, Jesús enseña también a sus discípulos a confiar en Él ante las dificultades que encontrarán en sus futuras tareas apostólicas, emprendiéndolas con los medios que tengan, aunque sean insuficientes, como en este caso lo eran los cinco panes y los dos peces. Él aportará lo que falta. En la vida cristiana hay que poner al servicio del Señor lo que tengamos, aunque nos parezca muy poco. El Señor sabrá multiplicar la eficacia de esos medios tan insignificantes.

En el mundo vemos gente muy necesitada. Ante el sufrimiento, la soledad, la pobreza y la dificultades de tantas personas, ¿qué podemos hacer nosotros? Cristo nos da ejemplo: se conmovió y puso remedio. Sí, ¿qué podemos hacer? Podemos ofrecer ese poco que tenemos: alguna hora de tiempo para acompañar a esa persona que vive sola, algún talento -dinero- para paliar en algo a algún pobre, alguna competencia que sirva de ayuda a quien está en dificultad… ¿Quién de nosotros no tiene sus “cinco panes y dos peces”? ¡Todos los tenemos! Si estamos dispuestos a ponerlos en manos del Señor, bastarían para que en el mundo hubiera un poco más de amor, de paz, de justicia y, sobre todo, de alegría (Papa Francisco).

No viven el espíritu evangélico los que poseen riquezas terrenas y las utilizan para sí mismos. Fuerte es el reproche que san Juan dirige a los que pasan de largo ante los que sufren en la indigencia y en el abandono Si alguno que posee bienes del mundo, ve a su hermano que está necesitado y le cierra sus entrañas, ¿cómo puede permanecer en él el amor de Dios? (1 Jn 3, 17). Socorrer a los necesitados es un deber de justicia aun antes que un acto de caridad.

San Pablo en la Carta a los Efesios enumera unas virtudes que constituyen diversas manifestaciones de la caridad. Os exhorto (…) a que viváis de una manera digna de la vocación con que habéis sido llamados, con toda humildad, mansedumbre y paciencia, soportándoos unos a otros por amor, poniendo empeño en conservar la unidad del Espíritu con el vínculo de la paz (Ef 4, 1-3). La caridad no tiene su origen en el hombre, sino en Dios. Por eso procuramos seguir a Jesús por el camino de la caridad, haciendo las obras de misericordia con amor, teniendo un corazón a la medida del corazón de Cristo y sabiendo compadecernos de los que padecen cualquier tipo de necesidad. Entonces viviremos la caridad con ternura y siempre con humildad.

Para el cristiano, la limosna no es simple filantropía: es más bien una expresión concreta de la caridad, la virtud teologal que exige la conversión interior al amor de Dios y de los hermanos, a imitación de Jesucristo, que muriendo en la cruz se entregó a sí mismo por nosotros. No es limosna desprenderse de lo que sobra como ropa vieja, o dar calderilla sin apenas valor; sino compartir bienes materiales.

La limosna cristiana tiene que hacerse en secreto. Que no sepa tu mano izquierda lo que hace la derecha, para que tu limosna quede en lo oculto (Mt 6,3-4); que se haga para mayor gloria de Dios, y no para la nuestra. Hay que evitar que la ayuda al hermano necesitado se transforme en una manera de llamar la atención. Si al cumplir una buena acción no tenemos como finalidad la gloria de Dios y el verdadero bien del prójimo, sino que más bien aspiramos a satisfacer un interés personal o simplemente a obtener la aprobación de los demás, no estamos viviendo la caridad. De ordinario, la gente es muy poco generosa con su dinero -me escribes-. Conversación, entusiasmos bulliciosos, promesas, planes. -A la hora del sacrificio, son pocos los que “arriman el hombro”. Y, si dan, ha de ser con una diversión interpuesta -baile, tómbola, cine, velada- o anuncio y lista de donativos en la prensa. -Triste es el cuadro: sé tú también de los que no dejan que su mano izquierda, cuando dan limosna, sepa lo que hace la derecha (San Josemaría Escrivá).

Después de narrar el milagro, el evangelista san Juan continúa el relato diciendo: Cuando se saciaron, dice a sus discípulos: “Recoged los trozos sobrantes para que nada se pierda”. Los recogieron, pues, y llenaron doce canastos con los trozos de los cinco panes de cebada que sobraron a los que habían comido (Jn 6, 12-13). De nuevo se cumple el oráculo del Señor: Comerán y sobrará. El mandato de recoger los trozos sobrantes encierra otra enseñanza del Señor: los bienes materiales, por ser dones de Dios, no se deben desperdiciar, sino que han de ser usados con espíritu de pobreza. Y dijo el beato Pablo VI, comentando este mandato del Señor: ¡Qué hermosa lección de economía, en el sentido más noble y más pleno de la palabra para nuestra época dominada por el derroche! Lleva consigo además la condena de toda una concepción de la sociedad en la que hasta el mismo consumo tiende a convertirse en su propio bien, despreciando a los que se ven necesitados y en detrimento, en definitiva, de los que creen ser sus beneficiarios, incapaces ya de percibir que el hombre está llamado a un destino más alto.

El relato del milagro de la multiplicación de los panes en el Evangelio según san Juan acaba resaltando el asombro de la multitud. Al ver la gente la señal que había realizado, decía: “Éste es verdaderamente el profeta que iba a venir al mundo”. Dándose cuenta Jesús de que intentaban venir a tomarle por la fuerza para hacerle rey, se retiró de nuevo al monte él solo (Jn 6, 14-15). La fe que el milagro suscitó en aquellos hombres era todavía muy imperfecta: reconocen a Jesús como el Mesías prometido, pero piensan en un mesianismo terreno y nacionalista, por eso querían hacerle rey, un rey que había de librarlos de la dominación romana. El Señor, para evitar una proclamación popular ajena a su misión redentora, se limitó a irse de aquel lugar. De esta forma nos enseña que no se puede confundir el cristianismo con una ideología social o política, por noble que sea.

Comentó san Juan Pablo II esta actitud de Jesús, no permitiendo ser proclamado rey, diciendo: Los Evangelios muestran claramente cómo para Jesús era una tentación lo que alterara su misión de Servidor de Yavé. No acepta la posición de quienes mezclaba las cosas de Dios con actitudes meramente políticas. La perspectiva de su misión es mucho más profunda. Consiste en la salvación integral por un amor transformante, pacificador, de perdón y reconciliación. No cabe duda, por otra parte, que todo esto es muy exigente para la actitud del cristiano que quiere servir de verdad a los hermanos más pequeños, a los pobres, a los necesitados, a los marginados; en una palabra, a todos los que reflejan en sus vidas el rostro doliente del Señor.

Santa María está desde siempre presente en el corazón, en la devoción y, sobre todo, en el camino de fe del pueblo cristiano. La Madre de Dios ha compartido nuestra condición, ha debido caminar por los mismos caminos que recorremos nosotros, a veces difíciles y oscuros, ha debido avanzar en la “peregrinación de la fe”. A Ella le pedimos que seamos siempre generosos, aportando nuestros “cinco panes y dos peces” en beneficio de nuestros hermanos necesitados.

Solemnidad del Apóstol Santiago el Mayor. Homilía (Ciclo B)

En la fiesta de Santiago el Mayor, la liturgia de la Palabra de la Misa nos hace contemplar la figura de un apóstol, al que España lo venera como maestro de nuestra fe: lejos de las ambiciones de su juventud, Santiago llegó a los confines de la tierra entonces conocida, para servir y entregar su vida por Jesucristo y por el Evangelio. En la vida y la obra evangelizadora del que anunció el mensaje salvífico del Señor e hizo que naciera en España la fe en nuestro Salvador, tenemos un modelo excelente de discípulo del Divino Maestro. Esta fiesta nos recuerda año tras año que la Iglesia en España ha nacido regada por la sangre de los mártires; y que en los momentos más críticos de su historia ha encontrado la fuente de su fidelidad en la profesión de la fe en el Evangelio, vivida y renovada en la comunión de la Iglesia Católica.

Veinte siglos después de la tarea evangelizadora de Santiago en tierras hispanas, un sucesor del san Pedro -san Juan Pablo II-, al pisar por vez primera suelo español, dijo: Vengo atraído por una historia admirable de fidelidad a la Iglesia y de servicio a la misma, escrita en empresas apostólicas y en tantas grandes figuras que renovaron esa Iglesia, fortalecieron su fe, la defendieron en momentos difíciles y le dieron nuevos hijos en enteros continentes. En efecto, gracias sobre todo a esa simpar actividad evangelizadora, la porción más numerosa de la Iglesia de Cristo habla y reza a Dios en español. Tras mis viajes apostólicos, sobre todo por tierras de Hispanoamérica y Filipinas, quiero decir en este momento singular: ¡Gracias, España; gracias, Iglesia en España, por tu fidelidad al Evangelio y a la Esposa de Cristo! (Discurso 31.X.1978). Y nosotros damos gracias al apóstol Santiago que nos trajo la fe de Cristo.

Sí, fidelidad a la fe recibida también en momentos históricos difíciles como fue época de las persecuciones de los emperadores romanos, ya que Hispania la componía era tres provincias del Imperio; época de numerosos mártires (santos Fructuoso, Eulogio y Augerio, en Tarragona; santa Eulalia, en Mérida; santa Engracia, san Vicente e innumerables mártires en Zaragoza; los niños Justo y Pastor, entre otros). Otra época difícil fue la arriana de los godos hasta el rey Recaredo, en la que murió mártir san Hermenegildo. Después vino el califato de Córdoba y dominación musulmana. Mártires de este tiempo fueron los hermanos santa María y san Walabonso, de Niebla; santa Flora y san Pelayo. Ya en la edad moderna, la Iglesia en España permaneció fiel a Roma durante la herejía luterana y la propagación del Protestantismo por Europa. Y en el siglo XX, durante la cruel persecución religiosa de los comunistas, donde los mártires son incontables. Esta fidelidad a Cristo, a pesar de persecuciones y herejías, en gran parte es debida a la protección desde el Cielo del santo Patrón de España.

La evangelización de España iniciada por Santiago no terminará hasta el fin de los tiempos. Ahora nos toca a nosotros llevarla a cabo. Y acudimos a María, Estrella de la Evangelización, pidiéndole luz y ayuda para alcanzar las metas que nos proponemos. Ella fue quien marchó delante en la evangelización de los comienzos, alumbrando el camino, y es quien ahora va en primer lugar, iluminando nuestro propio camino y el apostolado personal que realizamos en los ambientes que frecuentamos.

Los apóstoles daban testimonio con gran poder de la resurrección del Señor Jesús. Y gozaban todos de gran simpatía (Hch 4, 33). En la primera lectura, tomada de los Hechos de los Apóstoles, está narrada la actividad de los Apóstoles en Jerusalén, antes de la dispersión por todo el mundo. Su testimonio no sólo estaba en sus palabras, sino también en sus virtudes. Según hace notar san Lucas, los jerosolimitanos acogieron bien el mensaje que les transmitían, pues gozaban de su simpatía. Además, por mano de los apóstoles se obraban muchos milagros y prodigios entre el pueblo (Hch 5, 12). El Señor, cuando envió a los Apóstoles a predicar el Evangelio al mundo entero, les dice que les acompañarán milagros. En mi nombre expulsarán demonios, hablarán lenguas nuevas, tomarán serpientes y, si bebieran algún veneno, no les dañarán; impondrán las manos sobre los enfermos y quedarán curados (Mc 16, 17-18). Los milagros acompañan siempre la Revelación de Dios a los hombres y forman parte de ella. Revelación que acabó con la muerte de san Juan, el último de los Apóstoles en morir.

Los milagros recomiendan a los hombres el mensaje evangélico. Son acciones de Dios que apoyan la verdad de la predicación de sus mensajeros. Sin obrar milagros y prodigios, los discípulos de Jesús no habrían movido a sus oyentes a abandonar, por nuevas doctrinas y verdades, su religión tradicional y abrazar con peligro de la vida las enseñanzas que les anunciaban (Orígenes, Contra Celso I, 46). Y san Efrén comenta: Los milagros de los Apóstoles hicieron creíbles la Ascensión y Resurrección del Señor. Los Apóstoles siguen los pasos del Señor, que apoyó y confirmó su predicación con milagros para excitar y robustecer la fe de los oyentes, no para ejercer coacción sobre ellos (Concilio Vaticano II, Dignitatis humanae n. 11).

Los milagros existen, también en nuestro tiempo. Los hombres de disposición recta no tienen generalmente dificultades para reconocer y aceptar los milagros. El sentido común y sobre todo un instinto religioso les dicen que son posibles, porque todo vive y existe para Dios. Sólo el perjuicio y la resistencia a la conversión interior y al cambio de vida pueden cerrar los ojos y negar lo que para un hombre de buena voluntad resulta evidente. Y son verdaderos milagros las conversiones que se producen: personas alejadas de Dios que vuelven como el hijo pródigo a la casa paterna, con verdadero arrepentimiento.

Santiago llevó a cabo la primera evangelización de España; ahora en este comienzo del tercer milenio del cristianismo, nos corresponde realizar una nueva evangelización, pues aunque nuestro país es de antigua tradición cristiana, hoy día está invadido por un neopaganismo. El proceso de secularización actual constituye un gran desafío al mensaje evangélico. Por tanto, nos incumbe -de manera especial- dar testimonio de la fe y comprometernos a llevar a los demás el Evangelio de Cristo, Camino, Verdad y Vida; como también construir una nueva civilización del amor, de la justicia y de la paz, basada en la doctrina de la Iglesia.

Con el ejemplo de Santiago y de los demás Apóstoles, procuremos evangelizar teniendo en cuenta lo que se ha denominado los diez mandamientos del Apóstol de todos los tiempos.

1º Preocupación por el bien espiritual y corporal de los hombres. Predicad: el Reino de los cielos se acerca. Curad a los enfermos. Resucitad a los muertos. Limpiad a los leprosos. Arrojad a los demonios (Mt 10, 7-8).

2º Generosidad. Lo que graciosamente recibisteis dadlo gratuitamente (Mt 10, 8).

3º Desprendimiento. No toméis oro ni plata, ni llevéis dinero en vuestras bolsas. Digno es el obrero a su salario (Mt 10, 9-10).

4º Constancia. Cuando lleguéis a una ciudad o a una villa predicad a los hombres dignos que haya en ella y no os marchéis hasta haberlos instruido debidamente (Mt 10, 11) .

5º Amor a la paz. Cuando lleguéis a una casa saludad diciendo: Paz a esta casa (Lc 10, 5).

6º Prudencia. Sed prudentes como serpientes y sencillos como palomas. Precaveos de los hombres (Mt 10, 16) .

7º Confianza. No os preocupéis por lo que habéis de decir, ni de la manera que lo habéis de decir. En cada momento se os dirá lo que habéis de hablar. Todos los cabellos de vuestra cabeza están contado (Mt 10, 19).

8º Fortaleza de ánimo. No he venido a traer la paz, sino la guerra (Mt 10, 34).

9º Sacrificio. El que ama a su padre o a su madre más que a Mí no es digno de Mí (Mt 10, 37).

10º Perseverancia. El que persevere hasta el fin se salvará (Mt 24, 13).

En el pasaje evangélico de la Misa está la petición que hace la madre Juan y Santiago a Jesús. Entonces se le acercó la madre de los hijos de Zebedeo con sus hijos, y se postró como para pedirle algo. Él le dijo: “¿Qué quieres?” Dícele ella: “Manda que estos dos hijos míos se sienten, uno a tu derecha y otro a tu izquierda, en tu Reino” (Mt 20, 20-21). El Señor pregunta a los hijos de Zebedeo: “¿Podéis beber el cáliz que yo voy a beber?” Le dijeron: “Sí, podemos” (Mt 20, 22). Los discípulos Santiago y Juan, los cuales -sostenidos por su madre- querían sentarse a la derecha y a la izquierda de Jesús en el reino de Dios. Con la imagen del cáliz, Jesús les da la posibilidad de asociarse completamente a su destino de sufrimiento, pero sin garantizarles los puestos de honor que ambicionaban. Su respuesta es una invitación a seguirlo es una invitación a seguirlo por la vía del amor y el servicio, rechazando la tentación mundana de querer sobresalir y mandar sobre los demás (Papa Francisco, Homilía 18.X.2015). La respuesta de los dos apóstoles es clara: sí están dispuestos a sufrir persecuciones y el martirio por seguirle a Él. Y bien pronto Santiago dio su vida por el Señor. Fue el primer apóstol en ser mártir, y del único del que se menciona su muerte. Por aquel tiempo el rey Herodes echó mano a algunos de la Iglesia para maltratarlos. Hizo morir por la espada a Santiago, el hermano de Juan (Hch 12, 1-2).

Al oír el ruego de la madre, los otros diez se indignaron contra los dos hermanos (Mt 20, 24). Comenta san Juan Crisóstomo: Ya véis cuán imperfectos eran todos, tantos aquellos que pretendían una precedencia sobre los otros diez, como también los otros diez que envidiaban a sus dos colegas. Pero si nos fijamos en su conducta posterior, observamos que están ya libres de esta clase de aspiraciones. El mismo juan, uno de los protagonistas de este episodio, cede siempre el primer lugar a Pedro, tanto en la predicación como en la realización de los milagros, como leemos en los “Hechos de los Apóstoles”. En cuanto a Santiago, no vivió por mucho tiempo; ya desde el principio se dejó llevar de su gran vehemencia y, dejando a un lado toda aspiración humana, obtuvo bien pronto la gloria inefable del martirio (Homilías sobre el Evangelio de san Mateo).

Una antigua tradición transmitida oralmente, cuenta que la predicación de Santiago no fue bien recibida, en un principio, por los moradores de la península ibérica; que los frutos de su dedicación al ministerio apostólico eran escasos. Desalentado, estaba a punto de abandonar la empresa, cuando el Señor quiso que su Santísima Madre -que aún vivía en carne mortal- se le apareciese a las orillas del río Ebro: le llenó de ánimos, asegurándole que sus trabajos no quedarían estériles. En este hecho prodigioso vemos reflejada la creencia universal de la Iglesia en la eficaz ayuda de la Virgen a los apóstoles de su Hijo.

Pidamos al Apóstol Santiago, Patrón de España, cuyos restos guarda nuestra patria como la más sagrada de las reliquias, que la fe que él nos predicó se conserve siempre en nuestro país. Y que España siempre sea la tierra de María Santísima, porque el amor y la devoción a la Madre de Dios que aprendimos de él continúen siendo una característica de la fe de nuestro pueblo.

Domingo XVII del Tiempo Ordinario. Homilía (Ciclo B)

En los Santos Evangelios se narran dos multiplicaciones de panes realizadas por Jesucristo. También el Antiguo Testamento, el libro II Reyes, está el prodigio realizado por el profeta Eliseo de dar de comer a un centenar de hombres con unos pocos panes. Son pasajes semejantes, pero con algunas diferencias.

Vino un hombre de Balalisá trayendo en la alforja el pan de las primicias, veinte panes de cebada y grano reciente para el profeta del Señor. Eliseo dijo: “Dáselo a la gente para que coman”. El criado replicó: “¿Qué hago yo con esto para cien personas?” Eliseo insistió: “Dáselo a la gente para que coman. Porque esto dice el Señor: Comerán y sobrará”. El criado se los sirvió a la gente: comieron y sobró, como había dicho el Señor (2 R 4, 42-44). ¿Qué era el pan de las primicias? Era una ofrenda que se hacía a Dios. Por tanto, ese pan estaba destinado a Dios. El hombre de Balalisá ofreció el pan a Eliseo por ser profeta del Señor; pero éste, con un gesto compasivo, dada la carestía existente, quiere compartirlo.

En la segunda multiplicación de los panes obrada por Cristo, tanto san Mateo como san Marcos recogen las palabras del Señor antes del realizar el milagro. Me da mucha pena la muchedumbre, porque ya llevan tres días conmigo y no tienen qué comer (Mt 15, 32 y Mc 8, 2). Jesús que es la misericordia personalizada se enternece viendo a aquella de multitud de personas carentes de alimento. El Señor es sensible a las necesidades espirituales y materiales de los hombres. Y toma la iniciativa para satisfacer el hambre de aquella multitud. El milagro de multiplicar los panes es una muestra de cómo Dios premia la perseverancia en su seguimiento: la muchedumbre ha estado pendiente de la palabra de Jesús -verdadero alimento del espíritu-, olvidándose de todo lo demás, incluso del alimento corporal.

Volviendo al pasaje del Antiguo Testamento, nos preguntamos: ¿Quiénes eran aquellos cien hombres? Probablemente esos hombres pertenecían a los círculos proféticos con los que vivía Eliseo. Éste a la vez que ordena a su criado que reparta el pan pronuncia un oráculo que ha recibido de Dios –Comerán y sobrará-, y el prodigio se realiza. También Jesucristo obrará el milagro de multiplicar los panes, y lo hará asimismo tras la objeción del apóstol Felipe –Doscientos denarios de pan no bastan para que cada uno tome un poco (Jn 6, 7)- parecida a las del criado de Eliseo (¿Qué hago yo con esto para cien personas?). Pero Jesús realiza el milagro por propia iniciativa y alimenta a muchísimas más personas, a cinco mil hombres según el relato de san Juan.

San Juan cuenta que estando Jesús en la ribera del mar de Tiberíades, mucha gente le seguía porque veían las señales que realizaba en los enfermos. Subió Jesús al monte y se sentó allí en compañía de sus discípulos (Jn 6, 2-3). Al ver Jesús aquel gentío preguntó a Felipe: “¿Dónde vamos a comprar panes para que coman éstos?” Se lo decía para probarle, porque él sabía lo que iba a hacer (Jn 6, 5-6). Ya hemos hecho referencia a la respuesta del apóstol, a la objeción que puso. También Andrés habla de la imposibilidad de dar de comer a tantísima gente. Aquí hay un muchacho que tiene cinco panes de cebada y dos peces; pero ¿qué es eso para tantos? (Jn 6, 9). Pero para Dios no hay nada imposible. Hizo que la gente se recostara sobre la hierba y tomando los panes y, después de dar gracias, los repartió entre los que estaban recostados y lo mismo los peces, todo lo que quisieron (Jn 6, 11).

Éste es el milagro de la multiplicación de los panes. Su corazón misericordioso le llevó a Jesús a saciar a aquella multitud hambrienta. Este gesto de Jesús es una llamada para que también nosotros seamos misericordiosos con nuestros hermanos, con los que padecen necesidad. Dar de comer al hambriento es una de las obras de misericordia. Reflexionemos sobre la práctica de la limosna, que es una manera de ayudar a los necesitados.

El hombre tiene una tendencia a apegarse a los bienes terrenales. La limosna nos ayuda a no dejarnos llevar por esa tendencia, educándonos a socorrer al prójimo en sus necesidades y a compartir con los demás lo que poseemos por bondad divina. En el relato del milagro vemos como un joven pone a disposición del Señor todo lo que tiene: cinco panes y dos peces. Y comenta el Papa Francisco: Jesús esperaba justamente eso. Ordena a los discípulos que hagan sentar a la gente, luego toma los panes y los peces, da gracias al Padre y los distribuye. Estos gestos anticipan los de la última Cena, que dan al pan de Jesús su significado más auténtico. El pan de Dios es Jesús mismo. Al comulgar con Él, recibimos su vida en nosotros. Jesús sacia no sólo el hambre material, sino el más profundo, el hambre de sentido de la vida, el hambre de Dios.

Con el diálogo previo del Señor con Felipe y Andrés, y la realización del milagro, Jesús enseña también a sus discípulos a confiar en Él ante las dificultades que encontrarán en sus futuras tareas apostólicas, emprendiéndolas con los medios que tengan, aunque sean insuficientes, como en este caso lo eran los cinco panes y los dos peces. Él aportará lo que falta. En la vida cristiana hay que poner al servicio del Señor lo que tengamos, aunque nos parezca muy poco. El Señor sabrá multiplicar la eficacia de esos medios tan insignificantes.

En el mundo vemos gente muy necesitada. Ante el sufrimiento, la soledad, la pobreza y la dificultades de tantas personas, ¿qué podemos hacer nosotros? Cristo nos da ejemplo: se conmovió y puso remedio. Sí, ¿qué podemos hacer? Podemos ofrecer ese poco que tenemos: alguna hora de tiempo para acompañar a esa persona que vive sola, algún talento -dinero- para paliar en algo a algún pobre, alguna competencia que sirva de ayuda a quien está en dificultad… ¿Quién de nosotros no tiene sus “cinco panes y dos peces”? ¡Todos los tenemos! Si estamos dispuestos a ponerlos en manos del Señor, bastarían para que en el mundo hubiera un poco más de amor, de paz, de justicia y, sobre todo, de alegría (Papa Francisco).

No viven el espíritu evangélico los que poseen riquezas terrenas y las utilizan para sí mismos. Fuerte es el reproche que san Juan dirige a los que pasan de largo ante los que sufren en la indigencia y en el abandono Si alguno que posee bienes del mundo, ve a su hermano que está necesitado y le cierra sus entrañas, ¿cómo puede permanecer en él el amor de Dios? (1 Jn 3, 17). Socorrer a los necesitados es un deber de justicia aun antes que un acto de caridad.

San Pablo en la Carta a los Efesios enumera unas virtudes que constituyen diversas manifestaciones de la caridad. Os exhorto (…) a que viváis de una manera digna de la vocación con que habéis sido llamados, con toda humildad, mansedumbre y paciencia, soportándoos unos a otros por amor, poniendo empeño en conservar la unidad del Espíritu con el vínculo de la paz (Ef 4, 1-3). La caridad no tiene su origen en el hombre, sino en Dios. Por eso procuramos seguir a Jesús por el camino de la caridad, haciendo las obras de misericordia con amor, teniendo un corazón a la medida del corazón de Cristo y sabiendo compadecernos de los que padecen cualquier tipo de necesidad. Entonces viviremos la caridad con ternura y siempre con humildad.

Para el cristiano, la limosna no es simple filantropía: es más bien una expresión concreta de la caridad, la virtud teologal que exige la conversión interior al amor de Dios y de los hermanos, a imitación de Jesucristo, que muriendo en la cruz se entregó a sí mismo por nosotros. No es limosna desprenderse de lo que sobra como ropa vieja, o dar calderilla sin apenas valor; sino compartir bienes materiales.

La limosna cristiana tiene que hacerse en secreto. Que no sepa tu mano izquierda lo que hace la derecha, para que tu limosna quede en lo oculto (Mt 6,3-4); que se haga para mayor gloria de Dios, y no para la nuestra. Hay que evitar que la ayuda al hermano necesitado se transforme en una manera de llamar la atención. Si al cumplir una buena acción no tenemos como finalidad la gloria de Dios y el verdadero bien del prójimo, sino que más bien aspiramos a satisfacer un interés personal o simplemente a obtener la aprobación de los demás, no estamos viviendo la caridad. De ordinario, la gente es muy poco generosa con su dinero -me escribes-. Conversación, entusiasmos bulliciosos, promesas, planes. -A la hora del sacrificio, son pocos los que “arriman el hombro”. Y, si dan, ha de ser con una diversión interpuesta -baile, tómbola, cine, velada- o anuncio y lista de donativos en la prensa. -Triste es el cuadro: sé tú también de los que no dejan que su mano izquierda, cuando dan limosna, sepa lo que hace la derecha (San Josemaría Escrivá).

Después de narrar el milagro, el evangelista san Juan continúa el relato diciendo: Cuando se saciaron, dice a sus discípulos: “Recoged los trozos sobrantes para que nada se pierda”. Los recogieron, pues, y llenaron doce canastos con los trozos de los cinco panes de cebada que sobraron a los que habían comido (Jn 6, 12-13). De nuevo se cumple el oráculo del Señor: Comerán y sobrará. El mandato de recoger los trozos sobrantes encierra otra enseñanza del Señor: los bienes materiales, por ser dones de Dios, no se deben desperdiciar, sino que han de ser usados con espíritu de pobreza. Y dijo el beato Pablo VI, comentando este mandato del Señor: ¡Qué hermosa lección de economía, en el sentido más noble y más pleno de la palabra para nuestra época dominada por el derroche! Lleva consigo además la condena de toda una concepción de la sociedad en la que hasta el mismo consumo tiende a convertirse en su propio bien, despreciando a los que se ven necesitados y en detrimento, en definitiva, de los que creen ser sus beneficiarios, incapaces ya de percibir que el hombre está llamado a un destino más alto.

El relato del milagro de la multiplicación de los panes en el Evangelio según san Juan acaba resaltando el asombro de la multitud. Al ver la gente la señal que había realizado, decía: “Éste es verdaderamente el profeta que iba a venir al mundo”. Dándose cuenta Jesús de que intentaban venir a tomarle por la fuerza para hacerle rey, se retiró de nuevo al monte él solo (Jn 6, 14-15). La fe que el milagro suscitó en aquellos hombres era todavía muy imperfecta: reconocen a Jesús como el Mesías prometido, pero piensan en un mesianismo terreno y nacionalista, por eso querían hacerle rey, un rey que había de librarlos de la dominación romana. El Señor, para evitar una proclamación popular ajena a su misión redentora, se limitó a irse de aquel lugar. De esta forma nos enseña que no se puede confundir el cristianismo con una ideología social o política, por noble que sea.

Comentó san Juan Pablo II esta actitud de Jesús, no permitiendo ser proclamado rey, diciendo: Los Evangelios muestran claramente cómo para Jesús era una tentación lo que alterara su misión de Servidor de Yavé. No acepta la posición de quienes mezclaba las cosas de Dios con actitudes meramente políticas. La perspectiva de su misión es mucho más profunda. Consiste en la salvación integral por un amor transformante, pacificador, de perdón y reconciliación. No cabe duda, por otra parte, que todo esto es muy exigente para la actitud del cristiano que quiere servir de verdad a los hermanos más pequeños, a los pobres, a los necesitados, a los marginados; en una palabra, a todos los que reflejan en sus vidas el rostro doliente del Señor.

Santa María está desde siempre presente en el corazón, en la devoción y, sobre todo, en el camino de fe del pueblo cristiano. La Madre de Dios ha compartido nuestra condición, ha debido caminar por los mismos caminos que recorremos nosotros, a veces difíciles y oscuros, ha debido avanzar en la “peregrinación de la fe”. A Ella le pedimos que seamos siempre generosos, aportando nuestros “cinco panes y dos peces” en beneficio de nuestros hermanos necesitados.

Domingo XVI del Tiempo Ordinario. Homilía (Ciclo B)

Y al desembarcar, vio Jesús una gran multitud, y se llenó de compasión, porque estaban como ovejas sin pastor, y se puso a enseñarles muchas cosas (Mc 6, 34). El papa Francisco comentando este versículo evangélico se fija en tres verbos: ver, compadecerse y enseñar, y los llama los verbos del Pastor. Jesús, Dios y hombre verdadero, tiene un corazón misericordioso. Cuando ve a aquellas gentes, las mira con atención. Su mirada no es la de un sociólogo o de un reportero gráfico, porque Él mira siempre con “los ojos del corazón”. Y siente compasión al ver la necesidad espiritual que tienen. Estaba profetizado: Se muere mi pueblo por falta de doctrina (Os 4, 6). Aquella gente necesita instrucción y esta necesidad quiere subsanarla el Señor por medio de la predicación. Y es lo que hace.

“Ver y tener compasión”, configuran a Jesús como Buen Pastor. Incluso su compasión, no es solamente un sentimiento humano, sino que es la conmoción del Mesías en quien se hizo carne la ternura de Dios. Y de esta compasión nace el deseo de Jesús de alimentar a la multitud con el pan de su “Palabra”, es decir, enseñar la Palabra de Dios a la gente. Jesús ve, Jesús tiene compasión, Jesús nos enseña (Papa Francisco).

En el libro del profeta Jeremías está esta queja del Señor: ¡Ay de los pastores que dejan perderse y desparramarse las ovejas de mis pastos! (Jr 23, 1). Son malos pastores que no apacientan a Israel, al pueblo de Dios. El Señor dice claramente que se ocupará de castigar la maldad (Jr 23, 2) de sus obras. Desgraciadamente es algo que siempre ha habido. Si se especifica en la Sagrada Escritura que hay buenos pastores, es porque también hay pastores que son malos. Los buenos pastores llevan a las ovejas a los pastos para que se alimenten de la doctrina cierta y segura de la Iglesia; los malos pastores hacen que sus ovejas coman las malas hierbas de la confusión doctrinal y moral. Los primeros están siempre disponibles para curar a los fieles con los sacramentos de sanación (Penitencia y Unción de los enfermos); los segundos no ven la necesidad de aplicar estos remedios medicinales a las enfermedades del alma. El buen pastor da ejemplo con su vida entregada al servicio de los fieles; el mal pastor con frecuencia escandaliza con su comportamiento mundano.

El buen pastor, el verdadero cristiano tiene este celo dentro: que nadie se pierda. Y por esto no tiene miedo de mancharse las manos. Va adonde debe ir. Arriesga su vida, arriesga su fama, arriesga perder su comodidad, su estatus, también perder en la carrera eclesiástica, pero es buen pastor (Papa Francisco).

Después de la queja sobre los malos pastores, viene la promesa del Señor que pondrá sobre las ovejas pastores que las apacienten, para que no teman, ni se espanten, ni falte alguna (Jr 23, 4). Apoyándose en este versículo, san Juan Pablo II habla de la presencia continua de buenos pastores en el nuevo Pueblo Dios que es la Iglesia. Con estas palabras del profeta Jeremías Dios promete a su pueblo no dejarlo nunca privado de pastores que lo congreguen y los guíen. La Iglesia, Pueblo de Dios, experimenta siempre el cumplimiento de este anuncio profético y, con alegría, da continuamente gracias al Señor. Sabe que Jesucristo mismo es el cumplimiento vivo, supremo y definitivo de la promesa de Dios: “Yo soy el Buen Pastor” (Jn 10, 11). Él, “el gran Pastor de las ovejas” (Hb 13, 20), encomienda a los apóstoles y a sus sucesores el ministerio de apacentar la grey de Dios (San Juan Pablo II, Pastores dabo vobis, n. 1).

Jesús se llama a sí el Buen Pastor, ese pastor que apacienta las ovejas y las lleva a buenos pastos. Los profetas del Antiguo Testamento dieron el título de “pastor de Israel” al futuro descendiente de David, al Mesías que tenía que venir. En el Evangelio se ve a Cristo compadecido por una gran multitud, porque estaban como ovejas que no tienen pastor. Ejerce de pastor dando el alimento de su palabra, esa palabra de vida eterna. Jesús es el verdadero pastor de Israel porque es el Hijo del hombre, que quiso compartir la condición de los seres humanos para darles la vida nueva y conducirlos a la salvación (Benedicto XVI).

Además, el Espíritu Santo ha puesto Pastores para regir el Pueblo de Dios. En primer lugar está el Papa, sucesor de san Pedro, a quien confió Cristo apacentar sus ovejas y corderos. El Romano Pontífice es pastor de todos los fieles, por lo que debe procurar el bien común de la Iglesia universal y el de todas las iglesias particulares. En cada diócesis, el Obispo es el pastor de la grey que se le ha confiado. Y los sacerdotes también participan del oficio de pastor.

Estos pastores, partícipes de la misma misión de Cristo, están llamados a sembrar la semilla de la Palabra de Dios, a distribuir la misericordia divina y a alimentar a los fieles en la mesa del Cuerpo y de la Sangre del Señor. Y también a seguir el ejemplo del Buen Pastor que da su vida por las ovejas (Jn 10, 11) y las conoce, con un conocimiento del corazón, propio de quien ama y de quien es amado; de quien es fiel y de quien sabe que, a su vez, puede fiarse; un conocimiento de amor, en virtud del cual el Pastor invita a los suyos a seguirlo, y que se manifiesta plenamente en el don que les hace de la vida eterna (Benedicto XVI).

Recemos por los pastores de la Iglesia, por todos los obispos, incluido el obispo de Roma, por todos los sacerdotes, por todos. Por favor, os pido que nos ayudéis: ayudarnos a ser buenos pastores. San Cesáreo de Arlés explicaba cómo el pueblo de Dios debe ayudar al pastor, y ponía este ejemplo: cuando el ternerillo tiene hambre va donde la vaca, a su madre, para tomar la leche. Pero la vaca no se la da enseguida: parece que la conserva para ella. ¿Y qué hace el ternerillo? Llama con la nariz a la teta de la vaca, para que salga la leche. ¡Qué hermosa imagen! “Así vosotros -dice este santo- debéis hacer con los pastores: llamar siempre a su puerta, a su corazón, para que os den la leche de la doctrina, la leche de la gracia, la leche de la guía”. Y os pido, por favor, que importunéis a los pastores, que molestéis a los pastores, para que os demos la leche de la gracia, de la doctrina y de la guía (Papa Francisco).

La fiel predicación del Evangelio está encomendada a los pastores de la Iglesia. Es indudable que Jesucristo instituyó en la Iglesia un magisterio vivo, auténtico y perpetuo, investido de su propia autoridad, revestido del espíritu de verdad, confirmado por milagros, y que quiso y muy severamente ordenó que las enseñanzas doctrinales de este magisterio fuesen recibidas como las suyas propias (Concilio Vaticano II). Los fieles, ovejas del rebaño del Buen Pastor, deben aceptar el magisterio de la Iglesia, pues no se puede creer en Cristo sin creer en la Iglesia; no se puede creer con fe católica en la Iglesia sin creer en su irrenunciable magisterio. La fidelidad a Cristo implica, pues, fidelidad a la Iglesia, y la fidelidad a la Iglesia conlleva a su vez la fidelidad al magisterio (San Juan Pablo II).

También Jeremías profetiza: Mirad que días vienen -oráculo del Señor- en que suscitaré a David un brote justo, que rija como rey y sea prudente, y ejerza el derecho y la justicia en la tierra. En sus días estará a salvo Judá, e Israel vivirá en seguridad. Y este es el nombre con que te llamarán: “El Señor, nuestra Justicia” (Jr 23, 5-6). Es el anuncio de la llegada de un descendiente de David, que aportará una nueva etapa de prosperidad y salvación. Este brote justo que designa al rey venidero llegará a ser un término para referirse al futuro Mesías, como aparece en el libro del profeta Zacarías –Este es el hombre, cuyo nombre es Brote, pues brotará de sus propias raíces y reconstruirá el Templo del Señor (Zac 6, 12); Yo voy a traer a mi siervo “Brote” (Zac 3, 8)-. El Mesías prometido será descendiente legal de David, puesto que el Señor lo garantiza al llamarlo “brote justo” o brote legítimo. Ya en el Nuevo Testamento, en el cántico Benedictus, pronunciado por Zacarías, con motivo del nacimiento de san Juan Bautista, se dice que Dios ha suscitado para nosotros el poder salvador en la casa de David su siervo, como lo había anunciado desde antiguo por boca de sus santos profetas (Lc 1, 69-70).

En la nueva era que anuncia Jeremías reinará la justicia porque habrá paz y seguridad plena: será la época definitiva de salvación. Zacarías dice del Mesías que guiará nuestros pasos por el camino de paz (Lc 1, 79), y hará que sirvamos, sin temor, con santidad y justicia en su presencia (Lc 1, 74-75). Y san Pablo también se refiere a la paz que ha traído Cristo a la tierra. Mas ahora, en Cristo Jesús, vosotros, los que en otro tiempo estabais lejos, habéis llegado a estar cerca por la sangre de Cristo. Porque él es nuestra paz: el que de los dos pueblos hizo uno, derribando el muro que los separaba, la enemistad, anulando en su carne la Ley de los mandamientos con sus preceptos, para crear en sí mismo, de los dos, un solo Hombre Nuevo, haciendo la paz, y reconciliar con Dios a ambos en un solo Cuerpo, por medio de la cruz, dando en sí mismo muerte a la Enemistad. Vino a anunciar la paz: paz a vosotros que estabais lejos, y paz a los que estaban cerca. Pues por él, unos y otros tenemos libre acceso al Padre en un mismo Espíritu (Ef 2, 13-18).

Él es nuestra paz. La división que existía en el género humano entre judíos y gentiles ha sido abolida por Cristo mediante su muerte en la Cruz. De ahí que la paz entre los hombres, superando todas las diferencias, sólo puede encontrarse a través de la gracia de Cristo.

En nuestros días, en los que vemos al mundo amenazado por nubes tenebrosas de violencia y de guerra, las palabras del apóstol Pablo a los cristianos de Éfeso es un rayo de luz penetrante, un clamor de confianza y optimismo. El divino Niño nacido en Belén lleva en sus pequeñas manos, como un don, el secreto de la paz para la humanidad. ¡Él es el Príncipe de la paz!

Cuando el hombre olvida su destino eterno y el horizonte de su vida se limita a la existencia terrena, se contenta con una paz ficticia, con una tranquilidad sólo exterior a la que pide la salvaguardia del máximo bienestar material que puede alcanzarse con el mínimo de esfuerzo. De este modo, construye una paz imperfecta e inestable, pues no está radicada en la dignidad de la persona humana, hecha a imagen y semejanza de Dios y llamada a la filiación divina. Vosotros jamás tenéis que contentaros con estos sucedáneos de paz; sería un grave error, cuyo fruto produciría la más amarga de las desilusiones (San Juan Pablo II).

El Señor te conceda la paz (Nm 6, 26). Pidamos al Señor que nos conceda la paz; paz para cada uno de nosotros, para nuestras familias y para el mundo entero. Aspiramos a vivir en paz, pero la paz verdadera, la que anunciaron los ángeles en la noche de Navidad, no es conquista del hombre o fruto de acuerdos políticos; es ante todo don divino, que es preciso implorar constantemente y, al mismo tiempo, compromiso que es necesario realizar con paciencia, siempre dóciles a los mandatos del Señor. Pues la verdadera paz es la que sólo Dios, por medio de Jesucristo, nos puede dar; la paz que es obra de la justicia, de la verdad, del amor, de la solidaridad; la paz que los pueblos sólo gozan cuando siguen los dictados de la ley de Dios; la paz que hace sentirse a los hombres y a los pueblos hermanos unos con otros.

Santa María, toma bajo tu protección materna a toda la familia humana, a la que con todo afecto a Ti, Madre, confiamos. Que se acerque para todos el tiempo de la paz y de la libertad, el tiempo de la verdad, de la justicia y de la esperanza.

Domingo XV del Tiempo Ordinario. Homilía (Ciclo B)

Una de las obras de misericordia se refiere a la hospitalidad (Dar posada al peregrino). En el Juicio final el Señor tendrá en cuenta de cómo se ha vivido la hospitalidad. A los santos les dirá: Era forastero y me acogisteis (Mt 25, 35); y a los condenados: Era forastero, y no me acogisteis (Mt 25, 43). San Marcos cuenta que Jesús comenzó a enviar a sus apóstoles a los pueblos y aldeas para que anunciasen la llegada del Reino de Dios y les dio poder sobre los espíritus inmundos (Mc 6, 7). Entre otras recomendaciones, les dijo: Cuando entréis en una casa, quedaos en ella hasta marchar de allí (Mc 6, 10).

La hospitalidad es algo central en la espiritualidad cristiana. Jesús, como buen maestro, envía a sus discípulos a vivir la hospitalidad. Les dice: Quedaos en la casa donde entréis. Los envía a aprender a vivir una de las características fundamentales de la comunidad creyente. Podríamos decir que cristiano es aquel que aprendió a hospedar, que aprendió a alojar. En la lógica del Evangelio no se convence con los argumentos, con las estrategias, con las tácticas, sino simplemente aprendiendo a alojar, a hospedar. Hospitalidad con el hambriento, con el sediento, con el forastero, con el desnudo, con el enfermo, con el preso, con el leproso, con el paralítico. Hospitalidad con el que no piensa como nosotros, con el que no tiene fe o la ha perdido (Papa Francisco).

También Cristo Jesús les dice a los apóstoles cuando estos son enviados por Él a predicar que no tomasen para el camino, fuera de un bastón: ni pan, ni alforja, ni calderilla en la faja; y que fueran calzados con sandalias y no llevaran dos túnicas (Mc 6, 8-9). Jesucristo exige estar libre de cualquier clase de ataduras a la hora de predicar el Evangelio. El discípulo, que tiene el encargo de anunciar el mensaje salvífico del Señor a las gentes, no debe poner su confianza en los medios humanos, sino en la Providencia de Dios. Lo que pueda necesitar para vivir dignamente se lo han de procurar los mismos beneficiarios de la predicación, pues el obrero merece su sustento (Mt 10, 10). Tanta debe ser la confianza en Dios del que predica que ha de estar seguro que no ha de faltarle lo necesario para vivir, aunque él no pueda procurárselo; puesto que no debe ocuparse menos de las cosas eternas, por ocuparse de las temporales (San Beda).

Cuando un cristiano está apegado a los bienes, da la mala impresión de un cristiano que quiere tener dos cosas: el cielo y la tierra. Y Jesús indica la cruz y las persecuciones. Esto quiere decir negarse a sí mismo, llevar cada día la cruz… La gratuidad en seguir a Jesús es la respuesta a la gratuidad del amor y de la salvación que nos da Jesús. Qué feo es ver a un cristiano -sea laico, consagrado, sacerdote, obispo- cuando se ve que busca dos cosas: seguir a Jesús y a los bienes, seguir a Jesús y seguir el mundanismo. Esto es un antitestimonio que aleja a la gente de Jesús (Papa Francisco).

Si algún lugar no os recibe y no os escuchan, marchaos de allí sacudiendo el polvo de la planta de vuestros pies, en testimonio contra ellos (Mc 6, 11). El hombre debe prestar atención al anuncio del Evangelio, y creer en la palabra de Jesús. Si la acepta y persevera en ella, recibe el consuelo de su alma, la paz de su espíritu y la salvación. Pero si la rechaza, no está exento de culpabilidad y Dios le juzgará por su cerrazón a la gracia que se le ha ofrecido.

En la vida de la Iglesia, gracias a instituciones, fundaciones, órdenes monásticas, congregaciones religiosas, han surgido a lo largo de su historia hospitales para enfermos y pobres, asilos para ancianos, albergues para peregrinos, orfanatos para niños huérfanos. Siendo la hospitalidad una faceta muy importante de la caridad cristiana. De modo especial en Occidente la hospitalidad alcanza gran relevancia e influencia en las rutas y centros de peregrinaciones. En la actualidad, hay muchos centros de acogida para inmigrantes y para los sin techos llevados por instituciones eclesiales. Pero preguntémonos cada uno: ¿Cómo vivo yo la hospitalidad? Una forma de vivirla es ayudando económicamente a algunas de las muchas instituciones que se dedican a esta obra de misericordia.

Los apóstoles, obedientes a Cristo, predicaron a la gente que hiciera penitencia y expulsaban muchos demonios, y ungían con óleo a muchos enfermos y los curaban (Mc 6, 13). San Marcos es el único evangelista que habla de una unción con aceite a los enfermos. El aceite se utilizaba en tiempos de Jesús para curar las heridas, y los apóstoles lo emplearon también para curar milagrosamente las enfermedades corporales, según el poder que Nuestro Señor les confirió. De ahí el uso del aceite como materia del sacramento de la Unción de los enfermos, que cura las heridas del alma e incluso las del cuerpo, si conviene. En este versículo hay que ver “insinuado” el sacramento de la Unción de los enfermos, que será instituido por Jesucristo, y más tarde recomendado y promulgado a los fieles por el apóstol Santiago el Menor.

Y ya que se ha hecho referencia a la Unción de los enfermos es conveniente saber quiénes son los que lo pueden recibir. Hay que aclarar que la Unción de los enfermos no es un sacramento sólo para aquellos que están a punto de morir, sino para todo católico que, habiendo llegado al uso de razón, comienza a estar en peligro de muerte por enfermedad o por vejez, aunque el peligro no sea extremo. También puede darse la Unción a un enfermo que va a ser intervenido quirúrgicamente, con tal que una enfermedad grave sea la causa de dicha operación.

Amós cuenta cómo Dios le tomó de detrás del rebaño y Yavé me dijo: Vete, profetiza a mi pueblo Israel (Am 7, 15). Y aunque Amós no era profeta ni hijo de profeta (Am 7, 14) hizo lo que Dios le pedía: profetizar. Ya en el Nuevo Testamento Cristo llamó a los Doce y comenzó a enviarlos de dos en dos (Mc 6, 7). Los apóstoles se marcharon y predicaron como el Señor les había mandado. En ambos casos (el del profeta Amós y el de los apóstoles) hay una llamada de Dios y una misión: anunciar la palabra de Dios, dar a conocer el misterio de su voluntad.

Y es también lo que hace el apóstol san Pablo: En Carta a los Efesios, escribe: Bendito sea el Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo (…), ya que en él nos eligió antes de la creación del mundo para que fuéramos santos (Ef 1, 3-4). Además, hemos sido predestinados a ser sus hijos adoptivos por Jesucristo (Ef 1, 5). Ésta es la Buena Nueva: Dios nos ha creado para compartir su misma vida; nos llama a ser sus hijos, miembros vivos del Cuerpo místico de Cristo, templos luminosos del Espíritu del Amor. Nos llama a ser “suyos”: quiere que todos seamos santos (San Juan Pablo II). La participación en la santidad de Dios mismo es la vocación de todos, ¡de cada uno y de cada una!

San Pablo habla de esperanza, porque se refiere al fruto de la obra redentora del Señor: la liberación de la más profunda esclavitud, que es del pecado. En Cristo tenemos por medio de su sangre la redención, el perdón de los delitos, según la riqueza de su gracia ha prodigado sobre nosotros en toda sabiduría e inteligencia, dándonos a conocer el Misterio de su voluntad (Ef 1, 7-9). Y con el perdón de los pecados, ha sido restaurada la verdadera dignidad del hombre.

La Iglesia, que no cesa de contemplar el conjunto del misterio de Cristo, sabe con toda la certeza de la fe que la Redención llevada a cabo por medio de la Cruz, ha vuelto a dar definitivamente al hombre la dignidad y el sentido de su existencia en el mundo, sentido que había perdido en gran medida a causa del pecado (San Juan Pablo II, Encíclica Redemptoris hominis, n. 10). Es así como se manifiestan la sabiduría e inteligencia divinas respecto al hombre.

El cristiano se sabe elegido por Dios para que sea santo. Y para ser santo hay que tener un trato con Dios a lo largo de la jornada -trabajo y descanso, vida familiar y apostolado-. ¿En qué consiste la santidad? En ser de Dios. Y esto es darle todo cuanto tenemos, puesto que todo nos viene de Dios. Ser de Dios es darle nuestra inteligencia con todos nuestros pensamientos, con todas nuestras ideas… Pero también hay que darle nuestro corazón, de tal forma que nuestros deseos, afectos, amores y voluntad sean para Dios. Con palabras de san Josemaría Escrivá, podemos decir: “No hay otro camino; o sabemos encontrar en nuestra vida ordinaria al Señor, o no lo encontraremos nunca”. El Señor sigue llamando a muchos al sacerdocio y a la vida consagrada; pero ahora, como en todas las épocas, Él llama a la mayor parte de los hombres y de las mujeres para que sean santos y le sirvan en medio del mundo, en las fábricas y en los hospitales, en las universidades, en el deporte, en todos los ambientes donde se puede realizar cualquier trabajo humano honesto (San Juan Pablo II).

También el cristiano es consciente de ese gran don que Dios nos ha concedido. Por beneplácito de su voluntad (Ef 1, 5) nos llamamos y somos hijos de Dios (1 Jn 3, 2). La filiación divina del cristiano tiene su fuente en Jesucristo. Él, que es el Hijo único consustancial del Padre, ha asumido la naturaleza humana para hacer a los hombres hijos de Dios por adopción. Dios quiso que el misterio de nuestra filiación divina nos fuese revelado con toda claridad dándonos a Cristo, su Hijo hecho hombre. Él es el Camino para ir al Padre, porque por su Humanidad Santísima nos introduce en su Filiación al Padre.

Esa relación de adopción no es algo solamente jurídico, de tipo externo y puramente accidental. La adopción divina afecta a todo el ser del hombre y lo introduce en la misma vida de Dios. La filiación divina es el mayor de los dones que Dios ha concedido en esta tierra. ¡Bendito sea Dios!, exclamamos con san Pablo al considerar esta realidad gozosa, pues es propio de los hijos manifestar abiertamente el reconocimiento y el amor debidos a su padre.

En él (Cristo) también vosotros, tras haber oído la Palabra de la verdad, el Evangelio de vuestra salvación, y creído también en él, fuisteis sellados con el Espíritu Santo de la Promesa, que es prenda de nuestra herencia, para redención del Pueblo de su posesión, para alabanza de su gloria (Ef 1, 13-14). San Pablo reconoce la grandeza del plan salvífico de Dios en la realización de las promesas al pueblo judío mediante Jesucristo, aún ve mayor prodigio en la llamada a los gentiles a participar de la misma promesa. El ser sellado con el Espíritu Santo significa el haber sido recibidos por Dios e incorporados a su Iglesia, en orden a la salvación reservada antes sólo a Israel.

La Iglesia es el nuevo Pueblo de Dios que ha sido adquirido por Dios al precio de la Sangre de su Hijo. Al pueblo del Antiguo Testamento ha sucedido el pueblo de los creyentes en Cristo, cualquiera que sea su procedencia. Todos forman ya la Iglesia, el Pueblo de los elegidos.

Santa María también a nosotros como a los criados de las bodas de Caná nos pide: Haced lo que Él os diga. Sí, Madre, nos comprometemos a hacer lo que Jesús nos diga. Y lo haremos con esperanza, confiados en las sorpresas de Dios y llenos de alegría.