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Un niño que buscó ser santo (Guido de Fontgalland)

Una ofrenda de alabanza (Siervo de Dios Guido de Fontgalland)

De familia noble

Guy Pierre Emmanuel de Fontgalland nació el 30 de noviembre de 1913. Fue bautizado el 7 de diciembre de 1913, en la iglesia de San Agustín, de París. Su padre era el conde Pierre Heurard de Fontgalland, un abogado prestigioso y católico militante, que contrajo matrimonio con Marie Renée Mathevon. Ésta tenía la intención de ingresar en un convento de carmelitas, pero Dios dispuso otra cosa. El obispo Enmanuel Martin de Gibergues, obispo de Valence (Drôme) y amigo de la familia, presentó a Pierre a la joven Marie, y surgió el amor entre los dos jóvenes. El mismo obispo los unió en santo matrimonio y bautizó a Guy cuando éste nació.

Guy tenía las cualidades y los defectos de un niño corriente. Se mostró orgulloso y caprichoso con su madre y enfadadizo con su hermano Marc, nacido en 1916, pero también era sensible, afectuoso y cariñoso. Fue especialmente sincero y leal, confesaba sus faltas aun a pesar de exponerse a ser castigado. Murió con la reputación de nunca haber dicho una sola mentira. Reflejó una fe muy infantil inspirada en santa Teresa del Niño Jesús y de la Santa Faz (aún no había sido ni siquiera beatificada, pero a quien su madre venera). En enero de 1917 visitó su tumba en Lisieux, donde acompañó a su madre en peregrinación. Aunque muy joven, trató de imitar a Jesús en todo. Charló con él en la intimidad de su habitación y, posteriormente, después de recibir la Santa Comunión. Ofrecía todos los días pequeños sacrificios para intentar agradar a Jesús.

Primera Comunión

Tenía sólo cinco años cuando manifestó su deseo de hacer su Primera Comunión y, al año siguiente, su deseo de ser sacerdote. Aprendió a leer y escribir en dos meses y se inscribió en las clases de catecismo parroquial. El 22 de mayo de 1921 aprovechó las disposiciones del papa san Pío X en favor de la comunión temprana y pronto se convirtió en apóstol dentro de la cofradía de la Cruzada Eucarística. Ese día, después de un mes de preparación, puntuado por 118 sacrificios que registró diligentemente, hizo su Primera Comunión en la Iglesia de St-Honoré d’Eylau. Tuvo una revelación de su próxima muerte, pero la mantuvo en secreto para no entristecer a sus familiares. Jesús le dijo que pronto le llevaría al Cielo, y Guy respondió: Sí.

Después de su Primera Comunión, Guido solía decir: «Cuando se quiere comulgar es preciso pensar en ello desde la víspera y prepararse, “echando flores al Nino Jesús”, como decía sor Teresita, ofreciendo pequeños sacrificios por su amor. No escatimaba momento ni tiempo en propaganda para la Comunión. Quería que todos participaran de esta fiesta, de este manjar divino… que nadie se quedara sin recibir a Dios vivo como alimento.

En octubre de 1921 ingresó en el colegio san Luis Gonzaga de París, donde fue un estudiante mediocre a pesar de su inteligencia y curiosidad. Además es atolondrado y perezoso en sus estudios, pero se corrige y mejora. No llamó la atención sobre sí mismo, pero se destacó por su caridad y su compañerismo. Protegía a los estudiantes más débiles pero no se defendía cuando le atacaban a él, perdonaba a sus oponentes y no guardó rencores ni resentimientos de dureza, nunca se enfurruñaba y rehusaba acusar a otros o hablar mal de ellos para no causar problemas.

Peregrinación a Lourdes y muerte

En julio de 1924, Guy Pierre fue con su familia de peregrinación a Lourdes. Frente a la gruta, tuvo la confirmación de su revelación anterior de que moriría pronto, un sábado, el día de la Santísima Virgen María. En la noche del 7 al 8 de diciembre, enfermó de difteria. Siguió un período de crisis y remisiones durante el cual, sabiendo que moriría a pesar del optimismo de sus médicos, reveló su doble secreto a su madre, y para consolarla le dijo: Querida mamá, tengo que contarte un secreto: estoy a punto de morir. La Virgen vendrá a llevarme con Ella. La idea de dejar a papá, a Mark y sobre todo a ti me hizo sufrir. Solo porque Dios lo quiere, me dejo llevar. La Virgen me dijo que desde tus brazos pasaré a los suyos. No llores, mamá, va a ser tan dulce morir así. Afrontó el dolor con valentía y murió de asfixia en París, el sábado 24 de enero de 1925, a la edad de once años.

Su muerte causó sensación. Hubo una procesión continua de padres, amigos y religiosos en la casa número 37 de la calle Vital donde el cuerpo rodeado de flores blancas fue expuesto durante 52 horas con un permiso especial. Una fotografía de Guy en su lecho de muerte, tomada en ese momento, fue enviada o entregada, como era costumbre en aquel época, en su memoria por un total de 500 copias.

Después de una ceremonia en la iglesia de Nuestra Señora de Gracia en Passy, el ataúd se llevó a la Gare de Lyon y se colocó en un coche fúnebre con el escudo de las armas de la familia Fontgalland. El funeral en la catedral de Die (Drôme), ciudad de donde era originaria la familia, tuvo lugar el viernes 30 de enero de 1925, en medio de una multitud muy numerosa. A fines de 1925, el padre rector del colegio San Luis Gonzaga escribió: Realmente la forma en que se difunde la historia de esta pequeña vida es asombrosa; el dedo de Dios está aquí.

Guy Pierre de Fontgalland fue considerado en el período de entreguerras como el santo católico potencial más joven que no fue un mártir. Su proceso de beatificación se abrió el 15 de noviembre de 1941 y fue cerrado el 18 de noviembre de 1947.

Fama de santidad

La llamada a la santidad comienza en el bautismo; no tenemos que esperar a tener canas y ser ancianos para servir a Dios. Los santos jóvenes nos dicen algo de la santidad, y su ejemplo es especialmente luminoso, pues dedican sus jóvenes vidas a Dios. La juventud necesita héroes que admirar, cuya valentía, determinación y gran amor a Dios y a la Iglesia fueron el incentivo para superar tentaciones y dificultades. El ejemplo de los santos se contrapone al de los ídolos de paja que son, con demasiada frecuencia, los únicos que se proponen hoy en día. Esto fue lo que motivó a varios sacerdotes, incluido el arzobispo de París, animaron a Marie Renée Mathevon una breve biografía de su hijo. Madame de Fontgalland la escribió en tres días, pocas semanas después de la muerte de Guy, del 23 al 25 de marzo. El nuncio apostólico en París, Mons. Cerretti, escribió el prólogo del libro. Esta semblanza fue publicada en en otoño, primero en una edición de 400, luego 4.000, luego 95.000 copias. Fue traducido a trece idiomas.

De toda Francia y luego de todo el mundo, se escribió más sobre Guy Pierre. Muchas personas fueeron a orar a su tumba y visitaron a sus padres. Los pedidos de imágenes conmemorativas de él se cuentan por cientos de miles. Se reclaman recuerdos (cientos de miles de fotografías de él se imprimen en cuarenta y ocho idiomas diferentes) y reliquias (se distribuyen 726.000 piezas de su ropa). Se le dedican obras en varios idiomas.

En 1936, el 25 de marzo, su cuerpo fue trasladado a la capilla Sainte Paule en Valence (Drôme), al sudeste de Francia, para que velase por la vocación de los seminaristas. El 11 de septiembre, sus padres y su hermano fueron recibidos por el papa Pío XI, que había promovido su causa. El Papa había comentado en 1925, al enterarse de la muerte de Guy Pierre: Aquella flor más, que apenas florece aquí abajo, ha difundido en su séquito tan bello perfume de piedad hacia la Eucaristía, la Madre celestial y el Papa. …

En la inauguración de la gigantesca imagen de Cristo Redentor en Río de Janeiro, en octubre de 1931, el episcopado brasileño y más de quinientos sacerdotes pidieron la beatificación del niño. Esta petición era el eco de las 650.000 firmas ya enviadas a Roma o París entre 1926 y 1931. Al año siguiente, el 15 de junio, el arzobispo de París constituyó un tribunal diocesano para investigar su causa. Hasta el 1 de marzo de 1934, se documentaron y atribuyeron a él 244 conversiones, 698 vocaciones religiosas, 742 curaciones atestiguadas por médicos y aproximadamente 85.000 otras gracias. Para entonces ya habían sido enviadas a Roma millares de firmas de niños y adultos pidiendo al Papa que acelerase la causa de beatificación de Guy Pierre.

El registro de la investigación tiene 1804 páginas. Fue enviado a la Congregación de las Causas de los Santos (entonces, Congregación de Ritos) de Roma, el 8 de febrero de 1937. Pío XI murió dos años después. La decisión de suspender la causa se conoció informa informalmente en noviembre de 1941, en la apertura del proceso ordinario, luego oficialmente el 18 de noviembre de 1947, diez años después del cierre de la investigación diocesana.

Anécdotas de su vida

En el juego: Era tiempo de la preparación para su Primera Comunión y entre juegos Guy le hizo un desaire a su pequeño hermano. La madre, molesta por esta actitud, le sentenció severamente: El Señor no está ahora en tu corazón. Ante estas palabras de su madre, Guy se inquietaba e interrumpía el juego para ir a su madre, hacía que ella apoyara el oído en su pecho, sintiera su corazón y le dijese si el Señor había vuelto ya. Ella respondía: todavía no. Por dos ocasiones repitió este acto. En la tercera ocasión, el pequeño se impacientó ante la respuesta negativa de su madre y le dijo con autoridad: Tú no lo sientes, pero yo siento muy bien que Jesús ha vuelto.

Sacrificios: Acostumbrado a las pequeñas penitencias por amor a Dios, destacamos la que solía hacer en las épocas de frío. Como él deseaba ser como Jesús, se quitaba el calorífero de agua caliente que le ponía su madre por las noches debido al frío que sufría en los pies y se lo ofrecía al Niño Jesús.

Eucaristía: El amor de Guy por la Eucaristía se recoge en sus propias palabras: El buen Dios nos ha dado la prueba más grande de su amor al instituir la Eucaristía y querer habitar con nosotros. No hay que tener miedo en ir a visitarle a la Iglesia y hablarle como a nuestro mayor amigo; es necesario recibirle con frecuencia en nuestro corazón preparándonos a su visita.

Una tarde, fue con su hermano a un circo ecuestre. Su institutriz le preguntó qué había visto en el paseo. Guy dijo: En lugar de mirar los ejercicios ecuestres, traté de contar cuántos niños y adultos había, y cuántos de ellos amaban al buen Jesús. Mañana en mi comunión oraré por las personas del circo. Sus oraciones convirtieron a un chico de nombre Hugh y con él a un joven de la compañía ecuestre llamado Tom Pouce Tim.

Virgen: Guy sentía un amor muy especial y tierno por la Santísima Virgen María. Decía de Ella: ¡Y pensar que la Virgen es más buena que todas las mamás juntas!

Una niña santa (Venerable Anne de Guigné)

Aprendiz del sufrimiento (Venerable Anne de Guigné)

Huérfana de padre

Anne de Guigné nació en 1911, en Annecy-le Vieux. Era la mayor de cuatro hermanos. Su padre era el conde Jacques de Guigné, de profesión militar; y su madre, Antoinette de Charette, era sobrina nieta del conocido general François de Charette. Hasta los cuatro años se la veía como una niña celosa y orgullosa. Cuando tenía tres años ocurrió un acontecimiento que cambiaría la historia de Europa y que a ella le afectaría.

El 28 de junio de 1914, el archiduque Francisco Fernando, príncipe heredero del Imperio austro-húngaro, era asesinado en Sarajevo por un estudiante bosnio, llamado Princip, al servicio de la organización paneslavista la Mano Negra, dirigida desde Belgrado. La noticia del magnicidio conmovió el viejo continente, pues para muchos fue la chispa que agitó los ánimos e hizo estallar una tremenda tempestad llena de odio. El pistoletazo de Sarajevo fue la mecha que incendió el polvorín europeo, dando lugar a la gran tragedia que se cernió sobre Europa: la I Guerra Mundial.

El impulso hacia la guerra, lento al principio, y luego, a medida que transcurrían los días de julio, a un paso terriblemente acelerado. Ahora, los hombres que habían jugado con fuego, los estadistas de Austria, Rusia, Alemania y Francia, intentaban contener la hoguera creciente. La decisión de movilizar los ejércitos y desenfrenar las palabras era demasiado grave. Reyes y emperadores -los regios parientes de Europa- se enviaban unos a otros patéticos, afectuosos y desesperados telegramas suplicando la paz. Pero los lazos de familia fueron demasiado frágiles para impedir lo inevitable. El canciller austríaco, Berchtold, estimó que era preciso humillar a Serbia. El 28 de julio, Austria, contando con el apoyo de Alemania, declaró la guerra al país balcánico. Era la primera declaración de guerra. Después se sucedieron otras declaraciones, y a lo largo de todas las fronteras de las grandes naciones europeas comenzaron a dispararse los fusiles, que irían intensificando el fuego a medida que llegaban las divisiones y el estampido de los cañones acompañaba el tableteo de las ametralladoras en el tremendo holocausto.

Jacques de Guigné, siendo segundo teniente del 13º Batallón, Chambéry de Chasseurs Alpins, marchó al frente. El 29 de julio de 1915, el padre de Anne murió liderando un ataque contra los alemanes. Durante el tiempo bélico, todas las familias de Francia sabían que la visita de un funcionario del estado civil o de un miembro del clero era para comunicar una muerte en el campo de batalla. Por eso, cuando Antoinette de Charette vio a don Métral, párroco de Annecy-le-Vieux, acercarse a su casa para llamar a la puerta, entendió que su marido, ya herido en tres ocasiones, nunca más volvería.

Un cambio notorio

Cuando Antoinette comunicó a Anne, que tan sólo tenía cuatro años, la muerte de su padre, le dijo: Anne, si quieres consolarme, tienes que ser buena. Y la niña con comprensión madura, supo consolar a su madre diciéndole que su padre se había levantado con los ángeles. Desde aquel momento, Anne fue diferente, pues dejó de ser desobediente, soberbia y celosa. En cambio, trabajó duro para complacer a su madre y se volvió muy piadosa. Y comenzó a llevar una lucha continua y acérrima para ser buena. Saldrá victoriosa del combate para lograr su transformación interior gracias a su voluntad pero sobre todo -según sus propias palabras- por la oración y los sacrificios que se impuso. A veces se la verá ponerse colorada y apretar sus pequeños puños para dominar su genio ante las contrariedades encontradas: luego poco a poco se espaciaron las crisis y en su entorno todos llegaron a pensar que todo le resulta agradable. Su camino hacia Dios es su amor por su madre que quiere consolar.

Primera comunión

Anne de Guigné hizo su primera comunión unos pocos años después del decreto Quam Singulari de san Pío X (8 de agosto de 1910) promoviendo la comunión temprana en los niños. Él mismo tuvo que esperar hasta la edad de 12 años para hacer su primera comunión. Las virtudes heroicas de la pequeña Anne fue uno de los frutos de este decreto.

El 26 de marzo de 1917, Anne de Guigné recibió por vez primera a Jesús Sacramentado, etapa decisiva en su ascenso a la perfección. Incluso antes de la dolorosa muerte de su padre en la guerra, ella le pidió a su madre que le hablara sobre su primera comunión. La señora Guigné escribió el 28 de junio de 1915: Me sorprende su inteligencia: me habla mucho de su primera comunión, y sobre todo me pide que se le hable al respecto. Sus respuestas a menudo me sorprenden, y yo voy a comprar un catecismo pequeño que le enseñaré poco a poco. Y es que Anne deseaba con todo su ser y toda su alma recibir a Jesús en la Hostia Santa. Este deseo hizo que se preparara para su primera comunión con alegría.

Sólo hay una cosa que le importaba antes de ese gran día: Tener un corazón puro y llenar sus días de pequeños sacrificios. Su padre no estaría allí, pero le asistiría desde el cielo. El gran día tan esperado por fin llega. La noche del 25 al 26 de marzo de 1917, Nénette no durmió mucho y, a menudo llamaba al Buen Jesús. Desde el amanecer hasta la Misa, ella casi no hablaba. Entró con los ojos bajos a la capilla de las Auxiliadoras y allí, uniendo todo su corazón a las oraciones que se hicieron con los otros niños, ella se mantuvo en total meditación.

En octubre de 1916, Nénette (apelativo familiar de Anne) tuvo la alegría de iniciar su catequesis con las Religiosas Auxiliadoras de Cannes. Y aunque no era niña dotada para los estudios seculares, ella mostró una notable clarividencia para el catecismo. Ella evolucionaba con perfecta facilidad en medio de veinte niñas, todas mayores que ella. Ella las sobrepasaba con su joven ciencia. Para su primera confesión, se le recomendó no dejarse intimidar, ella exclamó: ¡Tener miedo del sacerdote! Pero, ¿cómo voy a tener miedo, si él toma el lugar de Nuestro Señor?

La Superiora de las Auxiliadoras del Purgatorio consideró que Anne estaba lista para su primera comunión. Debido a su corta edad necesitaba una dispensa para poder comulgar pues ni siquiera ha cumplido seis años. El obispo, reacio a concederla, quiso someterla a un severo examen. Un sacerdote jesuita la examinó. Nada confundió a la pequeña Anne, quien oró al Espíritu Santo con todas las fuerzas de su corazón. Estas son algunas de sus brillantes respuestas: ¿Qué sacramentos ha recibido? El bautismo y la penitencia. ¿Y cuáles va a recibir?La Eucaristía y la confirmación. ¿Y más tarde?Tal vez el matrimonio. ¿Y el Orden?Oh! Padre, el sacramento del Orden, eso es para usted. ¿Cuáles son sus defectos dominantes?El orgullo y la desobediencia. Y superó el examen con facilidad. Cuando el obispo le preguntó al sacerdote que la había examinado por el resultado del examen, el jesuita dijo: Mi deseo es que tengamos todos el nivel de conocimiento de la religión como esta niña. Así, Nénette aún no tenía seis años, pero sí uso de razón y pudo hacer su primera comunión.

El fervor con el que ella recibió la Santa Hostia no se puede describir -dijo su madre-, pero su dulce rostro delataba una felicidad ideal y perfecta. Nénette, al hacer su primera comunión, le dijo a Jesús: Niño Jesús, te quiero. Y para darte gusto, voy a obedecer siempre. Anne también se consagró el día de su primera comunión a la Virgen María.

La Madre Saint-Raymond dio este hermoso testimonio en ese día maravilloso: La alegría de su primera comunión era increíble… Habiendo reunido a todos los pequeños, yo les dije: “Nosotros no podíamos darles algo mejor porque nosotros ya les hemos dado a Jesús”. En ese momento, brilló en los ojos de Nénette un destello de alegría que nunca olvidaré.

Anne escribió el siguiente cántico para su primera comunión: Préstamelo, ¡Oh María mi buena Madre! // Préstame tu Hijo, sólo un segundo // deposítalo en mis humildes brazos. // Concédeme, María que bese los pies de tu querido Hijo // que tantas gracias me dió. // ¡Cuánto deseo, Oh María, // recibir a tu Hijo en mis brazos! //¡Dámelo, dámelo! // ¡Cuán feliz estoy ahora // que lo tengo conmigo!

Dos semanas después de su primera comunión, el 10 de abril de 1917, un martes de Pascua, Anne recibió el sacramento de la confirmación de las manos de monseñor Henri-Louis Capon, entonces obispo de Niza. Ella recibió el sacramento muy joven, y no por una excepción, sino porque la costumbre en la época era dar la confirmación poco tiempo antes o después de la primera comunión.

Para Anne de Guigné el faro que alumbra su camino de conversión es su primer encuentro con Jesús en la comunión. Después de la muerte de su hija, su madre escribió: La primera comunión en sí marca una segunda etapa: a partir de ahí, no veo más que una ascensión regular y sin interrupción. Su madre estaba convencida de que ella se sobrepuso a sus defectos dominantes (el orgullo y la desobediencia) a través del Jesús obediente que ella recibió en la Santa Eucaristía. Nénette prometió en una nota: Siempre seré muy sabia para complacer al pequeño y adorado Jesús y para complacer a mamá. El Niño Jesús, me parece que me respondió en mi corazón. Yo dije que quería ser muy obediente y me pareció oír: “Sí, sé obediente”.

Una vida en la presencia de Dios

Anne de Guigné llevó una vida ordinaria, sin ningún prodigio, pero la intensidad de su amor a Dios y a los demás, supo dar a su vida, conducida por el Espíritu Santo. En los pocos años de su vida se descubre la luminosa limpidez de la relación de esta niña con Dios, la maravillosa aventura de una niña cuyo universo llegó a ser ofrenda pura, transparente a lo Divino, inmenso como el Amor. Desde su primera comunión hasta su muerte fue un período de cambio continuo de lo menos perfecto a lo más perfecto; una fase en la que el Amor divino fue revelado a su corazón de niña; una fase devotamente activa para la conversión de los pecadores, los pobres y los afligidos, para su pequeño hermano y hermanas. Su madre fue capaz de afirmar: Esta niña vivía siempre en la presencia de Dios, pues su comportamiento habitual era una prueba clara y manifiesta de la atracción divina, y de la docilidad con la que Anne respondía.

La vida de Anne, de ahora en adelante, seguirá de forma sencilla y constante bajo el impulso del Espíritu. Nunca he visto nada comparable a la acción que el Espíritu Santo estaba operando en ella, declaró la Madre Saint-Raymond, la religiosa que fue su catequista. Ésta le preguntó una vez: Y el niño Jesús ¿no te dice nada? Anne duda un momento, por humildad, en contestar, y confesó: Si, Madre, cuando estoy muy recogida, no siempre. Y a la pregunta: ¿Y que te dice el niño Jesús?, la niña responde: Me dice que me quiere mucho. Esto también se lo dijo a uno de sus primos: El buen Jesús me quiere mucho, y yo lo quiero mucho también. Su madre declaró que un día le preguntó por qué no quería utilizar su misal, y ella le contestó: Porque me sé de memoria las oraciones de mi misal y me distraigo a menudo leyéndolas, mientras que cuando le hablo al niño Jesús no me distraigo en absoluto. Es como cuando se habla con alguien, Mamá, se sabe muy bien lo que se dice.

El transcurso de su corta vida expresa la paz de una gran felicidad íntima, alimentada por su amor a Dios que se extiende, a medida que va avanzando en edad, a un círculo cada vez más amplio de personas: sus padres, su familia, su entorno, los enfermos, los pobres, los incrédulos. Ella vive, reza, sufre por los demás. Padeció de reuma, supo lo que era el sufrimiento y lo hizo ofrenda: Jesús, se lo ofrezco; o bien: Oh no, no sufro, aprendo a sufrir. En diciembre 1921 sufrió una enfermedad cerebral, probablemente una meningitis, que la obligó a quedarse en la cama. Repetía sin cesar: Dios mío, quiero todo lo que Tu quieras, añadiendo sistemáticamente a las oraciones que hacían para su cura: “… y cure también a los demás enfermos”.

Muerte

Anne comenzó a tener dolores de cabeza debido al dolor de columna, pero aún así hizo su trabajo en la escuela. Se puso tan mal que entró en coma y el médico vio que tenía meningitis. A una monja que acudió a pedirle a Anne enferma si podía ofrecer algunas horas de sufrimiento para un alma en peligro, ella le respondió: Estoy dispuesta, pero no hoy. Todo el día ya está concertado con Dios, cada hora. Cuarenta y ocho horas antes de su muerte, llamó a su madre para decirle que ve a su ángel custodio, y luego a su hermano y hermanas para decirles: ¡Venid a ver… oh, pero venid a ver lo bonito que es!

Anne de Guigné falleció en Cannes al alba del sábado 14 de enero 1922, después de un último intercambio con la monja que la acompañaba: Hermana, ¿puedo ir con los ángeles? -Si, mi niña bonita. -¡Gracias, hermana, oh gracias! Y en la paz del Señor descansó. Eran las cinco y media de la mañana.

Testimonios

Las marcas del camino de piedad de Anne son sus pensamientos, que reflejan la intensidad de su vida espiritual, y los numerosos testimonios de su entorno relatando los continuos esfuerzos que hacía para progresar en su conversión. Es imposible hacer una selección significativa de estos testimonios, ya que cada uno de ellos manifiestan una cualidad de corazón o la voluntad de deshacerse de un defecto, o una riqueza espiritual extraordinaria. He aquí algunos testimonios:

Lo que yo decía en el catecismo, testifica la Madre Saint-Raymond, respondía en ella a la voz interior, a los deseos, a las necesidades, a las aspiraciones de su alma. Ella ya había entendido lo que le enseñaba, por haberlo experimentado: mi palabra era sólo una proyección verbal de su vida interior.

Encontramos varias veces a la niña arrodillada en un escalón de la escalera durante el día. Cuando se le preguntaba qué estaba haciendo allí, decía:Le doy gracias a Jesús de que quiera entrar en mi corazón”. O la oíamos murmurar en medio de una ocupación, un juego, que ella abandonaba un momento: “Gracias, Jesús”.

La acción divina realizará en ella en poco tiempo, lo que años de esfuerzo humano no podrían haber hecho. Esto es lo que pone de relieve la Madre Saint-Raymond: Tantas virtudes no podrían explicarse humanamente. Era necesario que el Espíritu Santo realizara todas estas maravillas, ya que un niño nunca habría tenido la fortaleza de ser tan constante en el amor de la perfección. Es la gracia que hacía todo, y ella siguió el movimiento de la gracia; y cuanto más daba ella, más el Buen Dios la dirigía y Anne mejoraba aún más. Era un movimiento de retornos perpetuos, de perpetuo rendimiento, de movimiento perpetuo, de aumentos perpetuos de amor. Y, repitiendo las palabras del confesor de Anne: El Espíritu Santo hacía todo lo que quería en esta pequeña alma, la religiosa concluyó: ¡Estas palabras lo explican todo.

Las citas que siguen son algunos resúmenes de anécdotas que ilustran la vida de esta niña y son hechos ejemplares:

Su madre dijo de ella: Muy pequeña, antes de sus cuatro años, su obediencia era muy difícil; se resistía, incluso con violencia, y a partir de ese momento, comenzó a dominarse, para llegar a una obediencia ciega… y eso le costó mucho. Desde la edad de cuatro años hasta su muerte, su esfuerzo para alcanzar la perfección siempre fue constante. Nada espectacular… no hay hechos deslumbrantes, pero sus actos más pequeños fueron inspirados por el Espíritu Divino, y en ellos puso todo su amor.

El testimonio de su profesora, la señorita Basset es: No hay nada extraordinario en su vida, si no es su perseverancia para hacerse buena. El secreto de su ascensión espiritual: la oración y la voluntad. Ella fue la que me enseñó lo que es amar a Dios…

Un sacerdote, el padre Jacquemont, dio este testimonio: “Mi niña, ¿amas al Buen Dios?” Ella me respondió con tal intensidad de la mirada y de toda la fisonomía: “Padre, lo amo con toda mi alma” que nunca jamás podré olvidar aquél ardor de amor que reflejaba.

Dijeron de ella. Una amiga cercana: Anne tenía un amor de Dios que no puede ser expresado. Una tía de Anne afirmó: Me pareció que de tener una falta en la conciencia, no habría sido capaz de sostener esa mirada. Una religiosa: Se ve Dios en sus ojos. Una pequeña compañera: No se la puede mirar sin convertirse en algo mejor y sin pensar en Dios. Una incrédula que asistió a un réquiem por un miembro de su familia, al ver la faz radiante de Anne después de la comunión, escribió: Verdaderamente, es algo divino. Ya no puedo creer que no hay Dios.

En una carta de Jeanne Voillaume a su prima Hélène de Comulier, escrita en febrero de 1922, poco después de la muerte de Anne, se lee: Me dices lacónicamente que Anne murió. Es cierto que pasé no más de tres horas con ella. ¡Pues bien! Te aseguro que nunca olvidaré la sensación de pureza extraordinaria que me dejó esa niña.

Sus pensamientos

Cuando tenía cinco años le pusieron cataplasmas sinapesados. Ella dijo: Esto quema demasiado, pero mi pequeño Jesús te lo ofrezco.

A su madre le dijo en noviembre de 1918 para consolarla: ¡Oh, Mamá, no tengas pena! Papá querido es infinitamente feliz. Él nos ve, y nos ama; y un día iremos con él. No llores más por favor.

Para llegar a ser más buena quiero hacer un sacrificio.

Tenemos alegrías en la tierra, pero duran poco; la que dura, es haberse sacrificado.

En otoño de 1921 dijo: Comprendo que se sufra y se sienta pena, pero porque ¿atormentarse ya que Dios está presente?

¡Qué bien estoy, mamá, y que feliz!, ¡El niño Jesús me dice que me quiere mucho más que yo a Él!

A su hermano Jacques le aconseja: ¿Por qué no te diriges a tu Ángel Custodio? Él te ayudará.

Cuando hizo la primera comunión colocó la siguiente nota sobre el altar: Mi niño Jesús, yo le amo, y para complacerte tomo la resolución de obedecer siempre.

Nota para su madre en el año 1917: El niño Jesús, creo que me contestó en mi corazón: yo le decía que quería ser muy obediente y me pareció oír “sí, sélo”.

Quiero que mi corazón sea puro como un lirio para Jesús.

Nota tomada en un ejercicio espiritual en 1920: Quiero que Jesús viva y crezca en mí. ¿Cómo lograrlo?

Bien podemos sufrir por Jesús, puesto que Jesús sufrió por nosotros.

En una imagen del Calvario dibujada por ella, Anne había escrito: De pie delante de la cruz donde colgaba su Hijo, la Madre dolorosa lloraba resignada. Concédame la gracia de llorar con Ella. Y añadía: Porque a Jesús no se le ama bastante.

Proceso de beatificación

La muerte de Anne de Guigné fue en olor de santidad. Tras sólo once años de vida, dejó una extraordinaria fama de santidad, que se extendió rápidamente después de su muerte, tanto en Francia como en otros países. Para la opinión general, esta niña es una santa, según los testimonios y los artículos que se publican sobre ella. Por lo que el obispo de Annecy abrió en 1932 el proceso de beatificación. Pero en aquella época hay una dificultad para la marcha de la causa: la Iglesia nunca había tenido que juzgar de la santidad de una niña que no fuera mártir. Años después este obstáculo desapareció, y las investigaciones realizadas en Roma sobre la heroicidad de las virtudes de la infancia se concluyeron positivamente en 1981. El 3 de marzo 1990 el papa san Juan Pablo II firmó el decreto reconociendo la heroicidad de las virtudes de Anne de Guigné y proclamándola “Venerable”.

Jóvenes sanos

Estando en la edad de los primeros amores, de los enamoramientos con futuro y con viso de ser definitivos, y conscientes de estar en un mundo super-sexualizado, sus amigos y él no se dejaron arrastrar por el ambiente de permisividad en materia de sexo. Sabían bien lo que es el amor como para confundirlo con amoríos o con aventuras con final en una cama. La revolución sexual que se produjo hacía ya cuarenta años sólo había hecho estragos. Ya era hora de crear entre los adolescentes y jóvenes un clima propenso a la castidad. Y ellos habían elegido sin complejos la opción de llegar virgen hasta el matrimonio, de acuerdo con sus creencias, pues las razones que les había llevado a tomar esta decisión de no tener sexo antes de casarse se hallaban fundamentalmente en la religión. Consecuencia de esto, como algo natural, era el respeto a las chicas. Para algunos de sus compañeros, que entendían el sexo como algo natural, para compartir con o sin amor y sin necesidad de estar casado, sus ideas eran más o menos que utópicas. Sin embargo, la conducta que estaban llevando demostraba que de utópico, nada.

Anunciar la Buena Nueva de Jesucristo

El papa Benedicto XVI decía a los jóvenes peregrinos venidos a Cuatro Vientos para la Jornada Mundial de la Juventud de 2011: De esta amistad con Jesús nacerá también el impulso que lleva a dar testimonio de la fe en los más diversos ambientes, incluso allí donde hay rechazo o indiferencia. No se puede encontrar a Cristo y no darlo a conocer a los demás. Por tanto, no os guardéis a Cristo para vosotros mismos. Comunicad a los demás la alegría de vuestra fe. El mundo necesita el testimonio de vuestra fe, necesita ciertamente a Dios. Pienso que vuestra presencia aquí, jóvenes venidos de los cinco continentes, es una maravillosa prueba de la fecundidad del mandato de Cristo a la Iglesia: “Id al mundo entero y proclamad el Evangelio a toda la creación” (Mc 16, 15). También a vosotros os incumbe la extraordinaria tarea de ser discípulos y misioneros de Cristo en otras tierras y países donde hay multitud de jóvenes que aspiran a cosas más grandes y, vislumbrando en sus corazones la posibilidad de valores más auténticos, no se dejan seducir por las falsas promesas de un estilo de vida sin Dios.

Ante el panorama inmenso del apostolado, hay que llenarse de esperanza porque Yo estaré con vosotros siempre hasta la consumación del mundo (Mt 28, 20). Hemos de llevar otras personas al Señor, ante todo, con el ejemplo de nuestra vida. No podemos ser como los carteles de las carreteras, que indican la dirección a una ciudad, pero ellos no van. Nosotros debemos señalar a nuestros amigos cuál es el camino que lleva a Dios, pero yendo por delante con nuestra lucha esforzada, bien apoyados en el Señor.

Los apóstoles, escogidos por el Señor para ser fundamento de su Iglesia, cumplieron el mandato de presentar a judíos y gentiles, por medio de la predicación oral, el testimonio de lo que habían visto y oído: el cumplimiento en Jesucristo de las promesas del Antiguo Testamento, la remisión de los pecados, la filiación adoptiva y la herencia del Cielo ofrecida a todos los hombres. Por esto, la predicación apostólica puede llamarse evangelio, la buena nueva que Dios comunica a los hombres por medio de su Hijo.

Santa Ana Wang, adolescente mártir

Una joven mártir china (Santa Ana Wang)

Canonización de mártires chinos

En el año del Gran Jubileo conmemorativo de los dos mil años del nacimiento de Nuestro Señor Jesucristo, san Juan Pablo II canonizó a 120 chinos, mártires de la fe. En su homilía, el papa citó a una adolescente, diciendo: La jovencita Ana Wang, de 14 años, resiste a las amenazas de su verdugo, que la invita a apostatar, y, disponiéndose a la decapitación, con el rostro radiante, declara:  “La puerta del cielo está abierta a todos”, y susurra tres veces “Jesús”.

La causa de canonización de Ana Wang estaba incluida en la del grupo encabezado por el padre jesuita Leone Ignazio Mangin y compuesto en total por cincuenta y seis mártires. El reconocimiento de su martirio fue sancionado el 22 de febrero de 1955. El 17 de abril del mismo año, domingo “in albis”, tuvo lugar la beatificación. La canonización del grupo, incluido en la lista más amplia de 120 mártires chinos, tuvo lugar el 1 de octubre de 2000. El mayor de los mártires tenía 79 años, y el menor, 9 años.

Una niñez dura

Ana Wang nació en 1886, en el pueblo de Machiazhuang, cerca de Weixian, en el sur de la provincia de Hebei del Sur (China), en el seno de una familia pobre. Sus padres eran cristianos y bautizaron a su hija a una edad temprana. Su madre era extremadamente piadosa, pero su padre descuidó la instrucción religiosa y la asistencia a los sacramentos. Ana no tuvo mucho tiempo para recibir el amor de su madre, pues ésta falleció cuando su hija tenía solamente cinco años. Con la muerte de su madre, Ana perdió el apoyo en la fe. Y para colmo de males, su anciana abuela paterna maltrató a la niña obligándola a realizar trabajos duros, como ir a recoger leña, con detrimento de la asistencia a la escuela. Y por tanto, tuvo que renunciar al tiempo de juego para trabajar en el campo.

En los estudios tuvo que aplicarse mucho porque su capacidad académica en comparación con la de sus compañeras era insignificante, debido a estar obligada a trabajar. Pero, a pesar de esto, era una de las mejores alumnas de la clase, logrando buenas calificaciones y ganando premios. Además, en la escuela encontró en su maestra, la hermana Lucy Wang, el apoyo necesario para reafirmarse en su fe cristiana. A los ojos de la religiosa, Ana era una chica piadosa. En una ocasión, unas compañeras, pobres como ella, le dijeron a Ana que se fueran con ellas a robar unas espigas maduras de trigo en un campo cercano. Ella respondió que en el Padrenuestro se le pide a Dios que nos conceda el pan de cada día. En la comunidad cristiana fue muy apreciada, porque supo cantar con dulzura los cantos religiosos, en particular el Avemaría, que le había enseñado su madre. Por ello pudo hacer la primera comunión a una edad más temprana que las demás niñas.

Algún tiempo después, su padre se volvió a casar. En esta ocasión, con una mujer holgazana a la que simplemente le gustaba disfrazarse. Su segunda esposa era también una mujer bautizada, pero a diferencia de la primera ésta era, como su marido, irrespetuosa en los temas de religión. En esta nueva situación familiar -conviviendo con la anciana madre de su padre y con la madrastra-, Ana no fue particularmente querida. Ella, sin embargo, amaba por igual a sus familiares, llegando a regalar, especialmente a su abuela, los pequeños premios que le entregaban en la escuela.

Nuevas pruebas

A pesar de su arduo trabajo, Ana nunca abandonó su vida de oración. Entre su apretada agenda, a menudo se tomaba el tiempo para rezar, poniéndose de rodillas frente a la estatua de la Virgen María. En sus oraciones, pedía especialmente por el eterno descanso de su amada madre y por la paz mundial.

Cuando tenía once años, su padre quiso obligar a Ana a casarse con un joven aristócrata que era mucho mayor que él, desconocido para ella. Ana rechazó totalmente este matrimonio impuesto a la fuerza porque había decidido hacerse en monja algún día; quería ser como sor Lucy. Cuando Ana preguntó a su maestra sobre este tema, la monja le sugirió que rezara con fe: si el Señor quería, se convertiría en su esposa. La negativa a casarse provocó el ridículo de la familia del joven, y también dentro de su propia familia. El padre de Ana se puso furioso y a partir de entonces ignoró a su hija. Ésta se vio obligada a vivir solo confiando en la fe en Dios. Ya entonces, la convivencia con su madrastra era insoportable. 

El comienzo de la persecución

A finales del siglo XIX surgió en China una organización secreta denominada Unidad por el Bien y la Armonía o Sociedad Secreta de Puños y Armonía, más conocida como El Boxer. Esta organización odiaba a los occidentales que llegaban a China continental. Los boxers se rebelaron y rechazaron el dominio extranjero en el comercio, la política, la tecnología y la religión. Quisieron acabar con todas las tradiciones occidentales, incluso los cristianos acusados de ser los responsables de las nominaciones extranjeras en China. Muchos cristianos de Shadong y Shanxi fueron perseguidos y asesinados. Este odio era debido principalmente a los cambios políticos y sociales posteriores a la Guerra del opio. Este conflicto bélico terminó siendo muy perjudicial para la población indígena. El odio de los boxers no sólo se dirigió a los occidentales étnicos, sino también a las religiones occidentales traídas por sus misioneros.

La rebelión de los boxers se generalizó a principios del siglo XX. Ya en el año 1900, el primer día del mes de julio, declararon que las buenas relaciones con los misioneros europeos y con los cristianos habían terminado. Por lo que el cristianismo y todos los que se convirtieron a él, incluso los nativos chinos, fueron vistos como miembros de una comunidad peligrosa y desestabilizadora del país. La revuelta china contra los occidentales había estallado con gran violencia. Los extranjeros tenían que ser repatriados a sus países de origen y los cristianos de nacionalidad china tenían que ser obligados a renunciar a su fe, o serían asesinados por ser antipatrióticos. El resultado fue la masacre de sacerdotes y fieles cristianos en China durante el mes de julio de 1900.

Firmeza en la fe

Dada esta situación, los problemas que Anna tuvo que afrontar fueron muy diferentes a los familiares ya conocidos. El sufrimiento de Anna se intensificó cuando su territorio fue ocupado por los rebeldes boxers. El 21 de julio de 1990 llegaron los boxers armados a la región donde está Machiazhuang. Enseguida los rebeldes mostraron sus colmillos tomando cada aldea que visitaban. Muchas iglesias y escuelas fueron quemadas; y sacerdotes y cristianos fueron brutalmente masacrados.

Cuando los boxers llegaron a Machiazhuang, lo primero que hicieron fue prender fuego a la iglesia del pueblo. El líder de los rebeldes enfrentó a los aldeanos con una alternativa: apostatar o enfrentar la muerte. En ese momento, Ana estaba en el colegio, donde escuchó, junto a sor Lucy, las palabras del jefe de los boxers. Mientras la maestra animaba a las niñas a que se confiaran a la Virgen, Ana estaba serena, con la conciencia tranquila.

El padre de Ana pensó que la mejor manera para salvarla era refugiarse con ella, en un pueblo cercano, en la casa del joven con el quería casar a su hija. Ésta, temiendo verse comprometida de alguna manera, regresó a su casa para tratar de convencer a su madrastra de perseverar en la fe, y a su abuela de no tener miedo a morir. Sin embargo, el ambiente de su casa tampoco le parecía ideal para ella. Entonces, por la noche, Ana recogió sus pocas cosas y se escapó a la escuela pensando que era un lugar era seguro. Antes de ir a la escuela, se acercó a la tumba de su madre para rezar. Al llegar a la escuela no encontró a la hermana Lucy, pues huido a otro lugar con las alumnas Sí estaba el anciano Giuseppe Wang Yumei, que era el guardián de la casa misional y, en ese momento, custodiaba la escuela, para defender a unas mujeres que allí se habían refugiado. Ana fue acogida calurosamente al ser reconocida como la niña que cantaba en la iglesia. La joven pasó su tiempo allí exhortando a los presentes y rezando con fervor, sobre todo cuando, al amanecer, llegó un sacerdote para la celebración de la Eucaristía.

El principio del terror

Los refugiados en la escuela, vieron con horror que los incendios provocados por los boxers se acercaban cada vez más. Cuando los soldados rebeldes estaban a punto de llegar a la escuela, Giuseppe Wang dijo a los allí reunidos, entre los que se encontraban algunas madres con sus hijos, que se refugiaran en el sótano de la escuela; que él intentaría engañar a los atacantes dándoles la bienvenida en la entrada principal. Como Guiseppe se negó a hablar para no delatar a los que estaban escondidos, el jefe de los boxers ordenó disparar contra las ventanas del edificio: el choque de los cristales asustó a los niños, quienes, gritando, les hicieron descubrir el escondite.

Descubiertos, todos los refugiados fueron luego obligados a subirse a un carro y llevados al pueblo donde se encontraba la sede de los Boxers. Ana presenció los interrogatorios a los que fueron sometidos el anciano guardián y Lucía Wang, madre de Andrea, de nueve años, y de una niña más pequeña. El primero en morir fue Giuseppe Wang, herido en la garganta por una lanza y decapitado. Como los presos estaban horrorizados, pero no se movían, los perseguidores adoptaron un sistema para hacerlos ceder: separaron a los niños de las madres y luego los condujeron a una pequeña habitación adyacente a dos habitaciones. Una, ubicada al oeste, estaba indicado por un cartel que decía “Liberación”, donde los soldados habían amasado juguetes, abanicos y otras mercancías; si entraban, se salvarían. La otra, al este, estaba marcada con las palabras “Muerte”. Ante la perplejidad de los niños, los boxers decidieron traer a algunas de las mujeres y ponerlas frente a la misma elección. La madrastra de Anna, que estaba entre ellos, apostató y señaló la presencia de su hijastra; los rebeldes luego le ordenaron que la llevara a la habitación oeste con ella. La niña la siguió hablándole para hacerla desistir de su apostasía, pero al ver que sus palabras no surtían efecto, se dio la vuelta, mezclándose con los que permanecían fieles a su fe. Así lo dice el salesiano P. Eugenio Pilla, en la biografía titulada “Lirio púrpura de Tai-Ning”, publicada por Edizioni Paoline en 1960. Otras fuentes, sin embargo, afirman que, cuando la madrastra se dirigía a la habitación oeste, la de la “Liberación”, de pronto se dio la vuelta y, tirando de Ana del brazo, quiso arrastrarla. Ella, agarrada a los postes de la puerta, gritó: “Creo en Dios, soy cristiana. No quiero renunciar a Dios, ¡Jesús, sálvame! ¡Quiero creer en Dios. Quiero ser católica. ¡No quiero dejar la Iglesia! ¡Jesús, ayúdame!”

Las madres que no habían apostatado se enfrentaban a una nueva amenaza: volver a la religión de sus antepasados ​​o ser enterradas vivas con sus hijos; lo mismo sucedió con los niños. Luego se les dio una noche de reflexión. La oferta fue rechazada, lo que hizo enfurecer al líder de los boxers. De hecho, los cristianos insistieron: “¡Nacimos católicos, seguiremos siendo católicos de por vida!” Al observar las velas que iluminaban la habitación donde estaba encerrada con los demás, Ana comentó: “Estas velas son de la iglesia. ¡Mira qué hermosas son estas llamas! Sin embargo, ¡la gloria del cielo es millones de veces más gloriosa que estas hermosas llamas!” Dicho esto, los guió en la oración de la tarde.

El martirio

Al día siguiente, 22 de julio de 1900, las mujeres y niños fueron conducidos a un claro, donde se habían preparado tumbas. Antes habían pasado por un nuevo interrogatorio al que no respondieron, pues se animaron con la mirada de Ana. Los soldados les dijeron que si seguían siendo tercos en su propósito, debían ir a las tumbas con sus hijos. Las mujeres avanzaron, y Ana sugirió, en voz baja, que se arrodillaran al pasar frente a la iglesia del pueblo. El jefe de los boxers ordenó entonces que todos fueran golpeados con la espada, empezando por el mayor, y empujados a las tumbas. Las amenazas de los boxers no consiguieron disminuir la fe de católicos, que estuvieron siempre dispuestos a entregar su antes de renegar de su fe. Al final, todos fueron decapitados. Una de las últimas en caer fue Lucía Wang, quien, tras declarar nuevamente que era cristiana y que su hijo Andrea también lo era, les dijo a sus verdugos que primero debían matar al chico. Así lo hicieron: primero decapitaron al niño, luego a su madre y a su hermana menor.

Cuando llegaron los más jóvenes, Ana se preparó intensificando su oración, como cuando estaba en su iglesia. El jefe de los boxers, llamado Song, se detuvo al verla hermosa y joven, reflexionó por un momento y luego le ordenó a Ana que dejara su religión. Inmersa en la oración, ni siquiera lo escuchó. El hombre luego  le tocó la frente y reafirmó su petición. Ana se levantó, dio un paso atrás y gritó: “¡No me toques!” Poco después, se calmó y dijo: “Soy católica. Jamás negaré a Dios, prefiero morir”. Entonces el soldado le propuso que si ella apostataba, la casaría con un hombre muy rico. La niña respondió: “Nunca dejaré mi religión”, y señalando el pueblo y su iglesia, añadió: “Además, ya estoy comprometida ”, refiriéndose tanto al Señor como a su parroquia, es decir, a la Iglesia.

Furioso, Song cortó un trozo de carne de su hombro izquierdo y reiteró su pedido, pero al recibir una nueva negativa, cortó su brazo izquierdo limpiamente. Ana, que se quedó de rodillas, dijo con una sonrisa: “La puerta del cielo está abierta para todos”. Luego, susurrando el nombre de Jesús tres veces, ofreció su cuello al verdugo.
Un testigo dijo que, después de la decapitación, el resto del cuerpo permaneció de rodillas durante mucho tiempo y no cayó hasta que un soldado lo pateó. Otro testigo, una anciana que conocía muy bien a la niña, afirmó haber visto su alma ir al cielo, vestida con un vestido de seda azul y verde, con una corona de flores en la cabeza.

Los cuerpos de los mártires fueron arrojados a una fosa seca y abandonados para que se pudrieran allí. La gente del pueblo no se atrevió a ir en contra de las órdenes de los boxers, que prohibían enterrarlos. Una semana después, después de que las fuerzas del gobierno chino tomaran el control de la situación, los del pueblo llegaron a la fosa donde se dejaron los cadáveres de las víctimas para enterrarlos adecuadamente. Hay quienes afirman que ningún cuerpo se pudrió en absoluto.

Epílogo

El 6 de noviembre de 1901 se exhumaron los cadáveres, para otorgarles un entierro adecuado. El padre Albert Wetterwald, que presidió la ceremonia, escribió en su informe: “Cuando los oficiales, trabajando con cautela, entre un silencio solemne quitaron la capa de tierra que cubría los cadáveres; cuando todas las miradas codiciosas vieron las extremidades y cabezas de las víctimas confundidas, pero intactas, fue un grito de admiración y dolor al mismo tiempo. Los paganos clamaron por un milagro. Los cristianos lloraron, pero más con alegría que con tristeza”. Después del solemne funeral, los aldeanos de Ana comenzaron a invocar su intercesión, que fue probada por numerosas gracias singulares. En el plano de las curaciones espirituales, sin embargo, los primeros beneficiados fueron los miembros de la familia a los que tanto había amado a pesar de todo: la abuela murió santa, mientras que la madrastra volvió a ser católica. El padre, que también volvió a la fe, quedó ciego: le rezó a su hija para que le devolviera la vista, pero no sucedió. Mas aceptó esa condición para expiar sus pecados.

En 1901, la rebelión finalmente fue frustrada y el gobierno chino decidió modernizarse. El pueblo chino finalmente abrió los ojos a las acciones sociales realizadas por las naciones occidentales a través de la construcción de hospitales y escuelas católicas.

Testimonio de fe de un chico joven

Testimonio de Miquel Feliu Wennberg vive en Sant Cugat del Vallés (Barcelona) y estudia un doble grado de Derecho y Global Governance. Antes de la enfermedad, rebosaba salud y ganas de ejercicio.

Reflexión con Dios de hace un año.

La verdad es que hace unos meses mi amistad y amor hacia el Señor habían crecido a lo bestia. Rezaba mucho, le trataba más e intentaba darme a los demás. Estaba en un momento bastante bueno de mi vida. Ya tenía mis planes montados, mi fútbol, mi oración, mi Misa, mis estudios, mis amigos, las puestas a las que iría, el viaje de fin de curso… Literalmente todo. Solo me faltó una cosa. Preguntar a Dios qué le parecían mis planes. Quizás esto de “mis” planes tenía que cambiar para convertirse en los planes del Señor. Pero yo no me daba cuenta. El fin de semana antes de ingresar en el hospital me fui de retiro. Allí me di cuenta de una cosa y se lo pedí a Jesús, le pedí que me convirtiera en una herramienta para acercar a la gente al Cielo, que me ayudara a dejar las cosas de la tierra y subir con Él a la cruz. Y Dios escuchó mi petición, sonrió y me la regaló. Solo una semana después me diagnosticaban tres tumores en el pulmón.

Nunca en mi vida he sido más feliz.

Desde entonces todo ha sido felicidad, he visto más claro que nunca que en una familia las alegrías se multiplican y las penas se dividen. Jesús me ha pedido que me convierta en un Cirineo, que le ayude a cargar con la Cruz y que con esto haga que la gente se acerque un poco más al Cielo. Hay muchísima gente que reza para que ocurra un milagro. Desde mi punto de vista, el milagro ya ha ocurrido. Jesús está tocando el corazón de muchísimas personas y les está acercando a su Padre. Y cuando veo eso desde el hospital todo mi dolor y sufrimiento cobra sentido y me hace ser feliz. Cada día estoy un poco más enamorado de Jesús y de esta Cruz que me ha dado. También noto todo el apoyo de mi familia, de mis amigos, conocidos, del colegio o hasta de gente que ni me conoce. Así que no tengo ningún miedo en afirmar que sí, nunca en mi vida he sido más feliz.

El camino al hospital y al Calvario.

Disfrutaba practicando casi cualquier deporte que alguien me propusiera. Jugaba en un equipo de fútbol, ya que el fútbol es mi gran pasión desde pequeño.

De hecho, retomó los entrenamientos a mediados de septiembre, pensando en el momento “mágico” de volver a salir al terreno de juego a competir, tras el tiempo que el tratamiento le ha mantenido alejado del balón. Todo empezó en diciembre de 2018 con un tumor benigno en el pie que se quedó en nada, un pequeño aviso del cielo.

Al cabo de unos meses, un dolor en el pecho, muy intenso y acompañado de tos, que sentía de vez en cuando le llevó al hospital de nuevo. Era el mes de julio y no le encontraron nada, pero una crisis mayor con fiebre alta y asfixia provocó su ingreso el 29 de septiembre (día del Arcángel San Miquel, mi santo… bonita coincidencia): Un pulmón lleno de líquido que no me deja respirar, y tres masas tumorales de grandes dimensiones. Unos días después me diagnostican un sarcoma de Ewing y toca empezar una quimio de urgencia debido a que mi estado de salud cae en picado. Consiguen salvarme, pero el pronóstico es muy malo. Pasa un año, y 15 ciclos de quimio y 40 tandas de radio después, aquí seguimos, con un pronóstico igual de malo, pero con las mismas ganas de luchar que el primer día.

Si aquel día me hubiera ido al Cielo…

Hoy hace 1 año exacto que mi vida cambió por completo, hoy hace 1 año que empecé a vivir de verdad, dejé de vivir siguiendo los estándares de la sociedad, y empecé a disfrutar de las cosas pequeñas, de cada pequeño momento que me regalaba la vida. Asimilé que cada día que viviera de más, era un regalo, y que no lo podía malgastar. Me empecé a dar cuenta de las cosas que realmente importan en esta vida, aprendí a hacer las cosas que quería porque quería y a decir que no cuando había que decirlo. Si ese 29 de septiembre, o unos días después, me hubiera ido al Cielo, mi paso por esta tierra hubiera sido testimonial. Ahora lucho cada día para hacer de mi una mejor persona, para hacer más feliz la vida de los que me rodean, y para intentar hacer de este mundo, aunque sea desde la cama de un hospital, una mesa en un bar, un campo de fútbol, un aula, o una capilla, un sitio mejor para vivir. Hoy pido especialmente para que todos aprendamos a ser más reales, más nosotros, sin importarnos con quien estemos. Sin olvidar que la meta es el Cielo, y que allí nos esperan con muchísimas ganas a todos.

El ejemplo paterno

Desde pequeño mis padres me han educado en la fe y en los valores cristianos, me han enseñado a querer, a ser generoso, a escuchar, a pedir perdón, a rezar… Primero con las palabras y más adelante con el ejemplo. Al principio uno reza y va a misa por inercia, porque es lo que toca, después le toca decidir si realmente quiere seguir por este camino. Y allí es donde mis padres entran de lleno. Al ver su fe, su amor y confianza en Jesús, yo pensaba: “Algún día quiero ser como ellos, algún día quiero sentir lo que ellos sienten y creer como ellos creen”. Por eso le pedía Dios que aumentara mi fe, y le trataba todo lo bien que yo sabía, y todo lo bien que mis padres me habían enseñado.

Después de la enfermedad ya es otra historia, Dios me ha enseñado más en un año de enfermedad que en 17 perfectamente sano. Me faltaba abrir de par en par las puertas a Dios. Fui a un cole de la labor del Opus Dei, y desde hace muchos años recibo formación en un centro del Opus Dei, que también ha sido relevante en el desarrollo de mi fe.

La paradoja

Tuvo que ser duro, en los albores de la juventud y cuando todo le sonreía, recibir un mazazo así. Miquel lo confirma: Nunca te imaginas que eso de lo que tantas veces has oído hablar te pueda pasar. Los humanos, y los jóvenes especialmente, cometemos el error de creernos inmortales e inmunes a todo. Y humanamente hablando, somos tan poca cosa… Un coche no frena a tiempo y no hace falta nada más para no contarlo. Hoy una pandemia mundial, mañana ve a saber… podría ser casi cualquier cosa.

Lo que más llama la atención de su relato, que acumula miles de likes, es que sitúe en ese instante dramático el origen de su felicidad. ¿No es paradójico? Sí, pero justamente ésta es la gracia, que si no lo explicas con la fe de por medio, no tiene una explicación lógica. Ahora miro atrás, y son tantas cosas que encajan a la perfección… Y te das cuenta de lo grandes y exageradamente perfectos que son los planes de Dios. Ahora veo la enfermedad como un medio de santificación, y como un medio para acercar a la gente a Dios y acercar a la gente al cielo, empezando por mí. Me siento feliz, me siento querido, porque he aprendido a amar, no solo a Dios, a todo el mundo, amar sin excepciones, amar sin medida. He aprendido a vivir de verdad, no a medio gas, sino con la máxima intensidad que la vida nos permite, con la marcha 6ª siempre puesta. Pero la clave de todo, esta claramente en el amor, sin ninguna duda. El hombre esta hecho para amar y ser amado. Cuando consigue esto de verdad, ya tiene casi todo hecho.

Miquel encuentra su fuerza en el Evangelio, que lee con asiduidad, pero también cuando reza, o en misa, o en los consejos que recibe… O en una canción que suena en un momento determinado, en las palabras de tu madre, en una película…. Dios está entre nosotros, y creo que se expresa por cosas cotidianas de la vida, y obviamente en la oración.

La certeza de Dios y del cielo es su gran fortaleza: Sin eso, mi enfermedad pierde todo el sentido. La fe es el motor que empuja a seguir viviendo, y a seguir viviendo con alegría.

Dar gracias y ser generosos

Le pedimos a Miquel, desde la madurez que ha ganado en estos doce meses de lucha, un

mensaje para la gente de su edad, y lo que nos devuelve es una reflexión válida para cualquier etapa de la vida: La vida puede cambiar de un día a otro, lo hace cuando menos te lo esperas, y hay que estar preparado para todo lo que pueda llegar. Les pediría que aprendan a valorar las pequeñas cosas del día a día, la comida, una ducha caliente, el poder hacer deporte, el dormir en su cama, una charla con un amigo, el tener la libertad de hacer lo que les guste, porque un día todo esto se puede perder, y la frase de que ‘no valoras lo que tienes hasta que lo pierdes’ cobra todo el sentido del mundo. Probablemente hay alguna persona en el mundo pidiéndole a Dios por todo lo que nosotros tenemos. Demos gracias, valorémoslo, y seamos generosos.

Memoria histórica de la persecución religiosa en España en el siglo XX

Un joven católico militante (Beato Bartolomé Blanco Márquez)

Un joven mártir

Bartolomé Blanco murió mártir. Y pocas horas antes de morir ofreció su testimonio de amor y de perdón en dos cartas. Tenía 21 años cuando fue fusilado por los enemigos de la Religión. Era un joven con deseos de trabajar y de vivir. Ante sí veía el futuro abierto. Además, estaba enamorado. Su novia, Maruja, era una de sus mayores alegrías.

A Bartolomé, como a tantos miles de cristianos en España y en el mundo entero, le llegó la hora de la prueba. En su Patria se había encendido un odio feroz contra Cristo y contra la Iglesia. Muchos hombres y mujeres eran asesinados simplemente por el “delito” de ser católicos.

Todos sabían que Bartolomé era un católico convencido. Había estudiado con los salesianos, y era secretario de los jóvenes de la acción católica de su pueblo natal, Pozoblanco (Córdoba).

El 18 de agosto de 1936 fue arrestado. Tuvo varias semanas para prepararse al martirio. El 24 de septiembre fue trasladado a la ciudad de Jaén donde fue sometido a un juicio “legal” y rapidísimo. La sentencia llegó el 29 de setiembre: condena a muerte. Le quedaban tres días antes de ser fusilado.

El 1 de octubre escribió una carta de despedida a su novia. En ella descubre la fe de un corazón que mira a la muerte de frente y que sabe que lo único importante es Dios.

Su infancia

Bartolomé nació en Pozoblanco, un pueblo de la provincia de Córdoba, el día de Navidad -25 de diciembre- del año 1914, hijo del matrimonio formado por Ismael Blanco Yun y Felisa Márquez Galán. Vivió sus tres primeros años de vida en una casa de la calle Andrés Peralbe. Cuando aún no había cumplido cuatro años, quedó huérfano de madre, pues Felisa murió el día 30 de octubre de 1918. Desde entonces, su padre y él se fueron a vivir a casa de sus tías Ana y Emigdia, hermanos de su padre, que se hacen cargo de él. Y Bartolomé pasa a ser un “hijo más” en la casa.

Desde la escuela de párvulos pasa a la escuela pública dirigida por don Fausto Tovar Angulo. Y allí se distinguió por su capacidad y por su sabiduría. Su maestro le dio el título de capitán, título que ostentó hasta que se puso a trabajar.

En el oficio de sillero

Una luctuosa desgracia ensombrece su vida. Cuando Bartolomé está pasando de la pubertad a la adolescencia, murió su padre en un accidente. Era el 6 de septiembre de 1926, en las proximidades de Hinojosa del Duque, un carro ocasionó la muerte de Ismael Blanco. Desde ese fatídico día era huérfano de padre y de madre.

Poco tiempo después, con sólo doce años, dejó la escuela pública y se puso a trabajar en el oficio de sillero, junto a sus primos Antonio y Nemesio. Y comenzó a frecuentar el Oratorio del colegio salesiano de Pozoblanco -del que fue catequista- adquiriendo alma salesiana. Dotado de una gran inteligencia y de un gran deseo de formarse, contó con la ayuda de don Antonio do Muiño, director del colegio salesiano. Éste le facilitó máquina de escribir y libros, invitándole a participar en los círculos de estudios, auténtica palestra de formación.

En la Acción Católica

En el año 1932 se fundó en Pozoblanco la Juventud Masculina de acción Católica, de la que Bartolomé fue secretario, cuando sólo tenía dieciocho años. En esta época se interesa por la Doctrina Social de la Iglesia e inicia su apostolado entre los obreros valiéndose de sus dotes como orador.

En enero de 1934 viaja a Madrid y es presentado al presidente de la Junta Central de Acción Católica, Ángel Herrera Oria, que también era fundador del Instituto Social Obrero. Don Ángel le facilitó a Bartolomé la participación en un curso de formación en el citado Instituto. Esto le permitió viajar junto con once compañeros por Francia, Bélgica y Holanda para conocer de cerca las organizaciones obreras católicas de esos países. A su vuelta, en poco menos de un año fundó ocho sindicatos católicos en diversas poblaciones de la provincia de Córdoba.

Su apostolado y su vida cristiana se basaba en la oración, la Eucaristía, la participación frecuente de los Sacramentos, la dirección espiritual, la devoción a la Virgen María, y sólida formación espiritual.

Prisión y martirio

Al iniciarse el 18 de julio de 1936 la guerra civil española, Bartolomé hacía el servicio militar en Cádiz y durante una semana de permiso es detenido en Pozoblanco el día 18 de agosto de 1936 por su condición de dirigente católico. A partir de su detención se preparó para el martirio con gran piedad. En la cárcel de Pozoblanco su comportamiento fue ejemplar, donde jamás pierde la serenidad ni el buen humor. El 24 de septiembre es trasladado a la cárcel de Jaén, en cuyo pabellón de “Villa Cisneros” tuvo la suerte de coincidir con quince sacerdotes y otros seglares fervorosos. El día 29 es juzgado por su condición de propagandista católico. Se defendió solo ante el tribunal. Tanto el juez como el secretario del tribunal no dudaron en mostrarle su admiración por las dotes que le adornaban. Debido a su elocuencia y la firmeza con la que defendió sus profundas creencias, trataron de ganarlo para su causa al comprobar sus cualidades como líder social, pero lo consiguieron. Fue condenado a muerte.

Durante el juicio sumarísimo, Bartolomé dejó constancia inequívoca de su fe cristiana y profesó con entereza inquebrantable sus convicciones religiosas. Bartolomé oyó al fiscal solicitar en su contra la pena de muerte y dijo sin inmutarse que nada tenía que alegar. No pidió que le cambiaran la pena capital y ante el tribunal comentó sin inmutarse que si seguía vivo seguiría siendo un católico militante. Siempre se había caracterizado por confesar su fe con optimismo, elegancia y valentía.

El día 1 de octubre, vísperas de su muerte, escribió una carta a sus familiares y otra a su novia Maruja. Ambas cartas constituyen una prueba fehaciente de su fe.

Antes de entrar “en capilla” -celda reservada a los condenados a muerte- repartió sus ropas entre los presos más necesitados, mientras confortaba a los que, como él, morirían al rayar el alba. “Era tanta su alegría que parecía dar la impresión de ir a uno banquete o a una boda”, declaró, años después, un preso que logró salvar la vida en la cárcel de Jaén.

Sus compañeros de prisión han conservado los emotivos detalles de su salida para la muerte. Era la mañana del día 2 de octubre, el de su su martirio. Estando en su celda y momentos antes de ser conducido al camión que le iba a llevar al lugar de la ejecución se descalzó para ir con los pies descalzos para parecerse más a Jesucristo. Él mismo explicó este gesto: Jesucristo fue descalzo al calvario, así quiero ir yo también. Además al ponerle las esposas, las besó con reverencia sorprendiendo al guardia que se las puso, y comentó: Beso estas cadenas que me han de abrir las puertas del Cielo. No aceptó ser fusilado de espaldas, según le proponían sus verdugos, ni que se le vendaran los ojos: Quien muere por Cristo, debe hacerlo de frente y con el pecho descubierto. ¡Viva Cristo Rey!”, fueron sus últimas palabras. Y después de la exclamación de “Viva Cristo Rey” cayó acribillado junto a una encina.

Carta de despedida a sus familiares

Prisión Provincial. Jaén, 1 de octubre de 1936

Queridas tías y primos: Cuando faltan horas para gozar de la inefable dicha de los bienaventurados, quiero dedicaros un último y postrer recuerdo con esta carta.

¡Qué muerte tan dulce la de este perseguido por la justicia! Dios me hace favores que no merezco proporcionándome esta gran alegría de morir en su Gracia.

He encargado el ataúd a un funerario y arreglado para que me entierren en nicho; ya os comunicarán el número de dicho nicho.

Hago todas estas preparaciones con una tranquilidad absoluta; y claro está que esto, que sólo puede conseguirse por mis creencias cristianas, os lo explicaréis aún mejor cuando os diga que estoy acompañado de quince Sacerdotes, que endulzan mis últimos momentos con sus consuelos.

Miro a la muerte de frente, y no me asusta, porque sé que el Tribunal de Dios jamás se equivoca y que invocando la Misericordia Divina conseguiré el perdón de mis culpas por los merecimientos de la Pasión de Cristo.

Conozco a todos mis acusadores; día llegará que vosotros también los conozcáis, pero en mi comportamiento habéis de encontrar ejemplo, no por ser mío, sino porque muy cerca de la muerte me siento también muy próximo a Dios Nuestro Señor, y mi comportamiento con respecto a mis acusadores es de misericordia y perdón.

Sea esta mi última voluntad: perdón, perdón y perdón; pero indulgencia que quiero que vaya acompañada del deseo de hacerles todo el bien posible. Así pues, os pido que me venguéis con la venganza del cristiano: devolviéndoles mucho bien a quienes han intentado hacerme mal.

Si alguno de mis trabajos (fichas, documentos, artículos, etc.) interesara a alguien y pudiera servir para la propagación del catolicismo, entregárselos y que ls use en provecho de la Religión.

No puedo dirigirme a ninguno de vosotros en particular, porque sería interminable. En general sólo quiero que continuéis como siempre: comportándoos como buenos católicos. Y sobre todo a mi ahijadita tratarla con el mayor esmero en cuanto a la educación; yo, que no puedo cumplir este deber de padrinazgo en la tierra, seré su padrino desde el cielo e imploraré que sea modelo de mujeres católicas y españolas.

Si cuando las circunstancias lleguen a normalizarse podéis, haréis lo posible porque mis restos sean trasladados con los de mi madre; si ello significa un sacrificio, no lo hagáis.

Y nada más; me parece que estoy en uno de mis frecuentes viajes y espero encontrarme con todos en el sitio a donde embarcaré dentro de poco: en el cielo.

Allí os espero a todos y desde allí pediré por vuestra salvación, Sírvaos de tranquilidad el saber que la mía, en las últimas horas, es absoluta por mi confianza en Dios.

Hasta el cielo. Os abrazo a todos.

Bartolomé.

Carta en la que se despide de su novia

Prisión Provincial. Jaén, 1 de octubre de 1936

Maruja de mi alma: tu recuerdo me acompañará a la tumba y mientras haya un latido en mi corazón, éste palpitará en cariño hacia ti. Dios ha querido sublimar estos afectos terrenales, ennobleciéndolos cuando los amamos en Él. Por eso, aunque en mis últimos días Dios es mi lumbrera y mi anhelo, no impide que el recuerdo de la persona más querida me acompañe hasta la hora de la muerte.

Estoy asistido por muchos sacerdotes que, cual bálsamo benéfico , van derramando los tesoros de la Gracia dentro de mi alma, fortificándola; miro a la muerte de cara y en verdad te digo que ni me asusta ni la temo.

Mi sentencia en el tribunal de los hombres será mi mayor defensa ante el Tribunal de Dios; ellos, al querer denigrarme, me han ennoblecido; al querer sentenciarme , me han absuelto, y al intentar perderme, me han salvado. ¿Me entiendes? ¡Claro está! Puesto que al matarme me dan la verdadera vida y al condenarme por defender siempre los altos ideales de Religión, Patria y Familia, me abren de par en par las puertas de los cielos.

Mis restos serán inhumados en un nicho de este cementerio de Jaén; cuando me quedan pocas horas para el definitivo reposo, sólo quiero pedirte una cosa: que en recuerdo del amor que nos tuvimos, y que en este instante se acrecienta, atiendas como objetivo principal a la salvación de tu alma, porque de esa manera conseguiremos reunirnos en el cielo para toda la eternidad, donde nada nos separará.

¡Hasta entonces, pues, Maruja de mi alma! No olvides que desde el cielo te miro, y procura ser modelo de mujeres cristianas, pues al final de la partida, de nada sirven los bienes y goces terrenos, si no acertamos a salvar el alma.

Un pensamiento de reconocimiento para toda tu familia, para ti mi amor sublimado en las horas de la muerte. No me olvides, Maruja mía, y que mi recuerdo te sirva siempre para tener presente que existe otra vida mejor, y que el conseguirla debe ser la máxima aspiración.

Sé fuerte y rehace tu vida, eres joven y buena, y tendrás la ayuda de Dios que yo imploraré desde su Reino. Hasta la eternidad, pues, donde continuaremos amándonos por los siglos de los siglos.

Bartolomé.

Glorificación.

Sus restos mortales reposan en la iglesia salesiana de Pozoblanco. El 28 de noviembre de 2007 fue beatificado por Benedicto XVI en la plaza de San Pedro de Roma, juntamente con otros 497 mártires de la persecución religiosa habida en España en los años de la década de los treinta. El beato Bartolomé Blanco Márquez es patrono de la pastoral juvenil de la diócesis de Córdoba.

Su fiesta se celebra el 6 de noviembre.

Dos hermanos santos: San Francisco Marto y Santa Jacinta Marto

San Francisco Marto y santa Jacinta Marto

El 13 de mayo de 1917 la Virgen María se apareció a tres pastorcitos en Fátima. Varias decenas de años después, en el mismo lugar, san Juan Pablo II beatificó a dos de aquellos niños (Francisco Marto y su hermana Jacinta). Asistió a la ceremonia una carmelita de 93 años, sor María Lucia de Jesús y del Inmaculado Corazón, única superviviente de los tres videntes.

Desde muy temprana edad, Francisco y Jacinta aprendieron a cuidarse de las malas relaciones, y por tanto preferían la compañía de Lucia dos Santos, prima de ellos, la cual les hablaba de Jesucristo. Los tres pasaban juntos el día, cuidando de las ovejas, rezando y jugando. Aunque su vida era muy dura, nunca estaban tristes, si bien a veces se enfadaban y reñían, porque Jacinta era un tanto caprichosa y Lucia tenía un genio muy vivo. Eran, en suma, unos niños normales, que no tenían nada de místicos.

Antes de las apariciones de la Virgen, a los tres niños se les apareció un ángel. Éste les dijo: Consolad a vuestro Dios. Estas palabras impresionaron vivamente a Francisco y orientaron toda su vida. Sólo a él Dios se dio a conocer muy triste, como decía. Una noche, su padre lo oyó sollozar y le preguntó por qué lloraba; el hijo respondió: Pensaba en Jesús, que está muy triste a causa de los pecados que se cometen contra Él. Quiso ser el Consolador de Jesús. Su pena era ver a Jesús ofendido; su ideal, consolarlo. Desde entonces hasta su muerte, vivirá movido por el único deseo -que expresa muy bien el modo pensar de los niños- de consolar y dar alegría a Jesús, y para esto hará todos los sacrificios que pueda.

Tanto él como su hermana fueron muy dóciles a los preceptos del Señor y a las palabras de la Santísima Virgen María. Progresaron constantemente en el camino de la santidad y, en breve tiempo, alcanzaron una gran y sólida perfección cristiana. Al saber por la Virgen que sus vidas iban a ser breves, pasaban los días en ardiente expectativa de entrar en el cielo. Y de hecho, su espera no se prolongó.

El 13 de julio, durante la aparición de la Virgen, tuvo lugar una visión del infierno. Jacinta se quedó tan impresionada con esta visión, que a partir de entonces todas las mortificaciones y penitencias le parecían pocas con tal de salvar a los pecadores. Años más tarde, su prima Lucia dijo de Jacinta: Vivía apasionada por el ideal de convertir pecadores, a fin de arrebatarlos del suplicio del infierno, cuya pavorosa visión tanto le impresionó. Alguna vez me preguntaba: “¿Por qué es que Nuestra Señora no muestra el infierno a los pecadores? Si lo viesen, ya no pecarían, para no ir allá. Has de decir a aquella Señora que muestre el infierno a toda aquella gente. Verás cómo se convierten. ¡Qué pena tengo de los pecadores! ¡Si yo pudiera mostrarles el infierno!”

Un día es un día

Como estaba previsto con antelación, en los primeros días de julio Conrado estuvo con su madre. Ésta llegó sola a Los Marines para estar una semana con su hijo y con sus padres. Las relaciones entre madre e hijo, a pesar del distanciamiento existente a causa de la decisión de ella de rehacer su vida, eran buenas. Durante el curso, todas las semanas hablaban por teléfono, y era raro el mes que la madre no hiciera un rápido viaje a Huelva para ver a su hijo. Para los dos -y también para los abuelos- fueron unos días felices. Hicieron turismo por toda la comarca. Un día se acercaron al parque minero de Riotinto, donde recorrieron aquella zona en un tren turístico con vagones mineros del siglo XIX restaurados; visitaron el Museo minero, en el cual se recoge 5.000 años de historia de la minería, y una casa de la compañía de Riotinto, típica de la época victoriana; vieron la reproducción de una mina romana. También estuvieron en una verdadera galería minera de la mina Peña de Hierro. Desde del tren, cuyo recorrido transcurría siempre paralelo al río Tinto, contemplaron un ecosistema acuático único en el mundo.

Otro día visitaron la Gruta de las Maravillas de Aracena. Hermosa cueva de estalactitas y estalagmitas, con un gran lago subterráneo y grandes bóvedas y salas. Conrado tomó nota de las explicaciones del cicerone, y luego en casa, las ordenó.

Y ¡cómo no!, degustaron de la gastronomía serrana, basada esencialmente en carnes y productos del cerdo. En dos ocasiones, con los abuelos también, comieron en bares típicos. En los entrantes no podía faltar el más rotundo de los elementos que componen la oferta gastronómica de la zona: el jamón de Jabugo. Saborearon caldo de la matanza, guiso de menudo, caldereta a la carrillera, brochetas de Ibérico con pasas… Y de postre, dulces como poleás y gañotes. Para esas comidas, los abuelos se olvidaron del régimen alimenticio prescrito por el médico.

-Un día es un día, dijeron cuando en plan de broma Conrado les recordó que tenían que cuidarse del colesterol.

Memoria histórica de la persecución religiosa en España durante el siglo XX

Joven apóstol de los obreros (Beato Joan Roig i Diggle)

Beatificación en la “Sagrada Familia”

El 7 de noviembre de 2010, el papa Benedicto XVI dedicó el templo expiatorio de la Sagrada Familia, de Barcelona, que desde ese día pasó ser Basílica Menor. Diez años más tarde, en ese mismo templo tuvo lugar la ceremonia de la beatificación de un joven catalán de 19 años, mártir de la fe. El nuevo beato -Joan Roig i Diggle- era una joven apasionado por la evangelización de los alejados, pero también por la cuestión social, sobre la que escribió varias veces a partir de los 17 años. Fue un joven normal, con los gustos y aficiones propias de su edad, que desde pequeño tenía la ilusión de ser un sacerdote enamorado de la Eucaristía y apóstol de los obreros. Quería estar con ellos para conocerlos, quererlos y para llevarles la Buena Nueva de Cristo. No llegó a realizar estos deseos pues fue asesinado por los enemigos de la Iglesia. Dios le concedió la palma del martirio.

En una familia cristiana

Joan Roig Diggle nació en Barcelona el 12 de mayo de 1917. Su padre era Ramón Roig Fuente y su madre era Maud Diggle Puckering. Ambos padres eran barceloneses, aunque con su madre, de familia inglesa, hablaba en inglés. De niño estudió en los Hermanos de La Salle de la calle Condal. Después estudió bachillerato en los escolapios de la calle Diputación. Tuvo como profesores a los sacerdotes escolapios Ignacio Casanovas y Francesc Carceller, que serían mártires y beatos.

Durante su infancia, la familia de Joan era burguesa razonablemente acomodada. Su padre, catalán, tenía un pequeño negocio textil. Pero cuando Joan entró en la adolescencia, la crisis del textil, y más en concreto a partir de 1934 unas deudas por avales, hundieron la economía familiar. Empobrecida la familia, se trasladó a El Masnou, un municipio de la provincia de Barcelona, situado en la costa del Maresme. En este lugar, los Roig Diggle podían vivir con más austeridad, y además tenían el mar muy cerca. Cada día rezaban el rosario en familia, alternando el inglés, el castellano y el catalán. De niño estudió en los Hermanos de La Salle de la calle Condal. Después estudió bachillerato en los escolapios de la calle Diputación. Tuvo como profesores a los sacerdotes escolapios Ignacio Casanovas y Francesc Carceller, que serían mártires y beatos.

Trabajo y estudio

Joan, cuando ya tenía 16 años, para apoyar la difícil economía familiar comenzó a trabajar como dependiente en una tienda de ropa. Durante dos años estuvo en el almacén de tejidos, y luego trabajó de obrero en una fábrica textil de Barcelona. Todo sin dejar de estudiar por su cuenta desde casa, con el objetivo de llegar a ser quizá abogado, porque estaba muy interesado en temas de doctrina social y laboral. Era, por lo tanto, estudiante y obrero de fábrica. Al llegar a El Masnou, ingresó en la Federación de Jóvenes Cristianos de Cataluña (FJCC), creada en 1932 por mosén Albert Bonet y que llegó a contar con ocho mil muchachos antes de la guerra.

Iba a misa diaria muy temprano de madrugada en El Masnou y luego en tren recorría los 17 kilómetros hasta Barcelona para entrar en la fábrica de Can Font, en el barrio de Poble Sec. Solía santiguarse al entrar en el vagón de tercera, con otros obreros, y sus compañeros -la mayoría de ellos alejados de la fe- conocían su firme religiosidad.

Joan Meseguer, presidente en 1936 de la rama infantil de la FJCC, escribió acerca de Joan Roig: Cuando vino a El Masnou nadie lo conocía, pero muy pronto se hizo notoria su piedad y ardiente amor a la Eucaristía. Se pasaba horas ante el Santísimo sin darse cuenta. Su ejemplo convertía más que sus palabras. Quería ser misionero. En un Círculo de estudios celebrado pocos días antes del 18 de julio nos dijo que veríamos a Cataluña roja, pero no sólo de comunismo, sino de la sangre de sus mártires, y que nos preparásemos todos, porque si Dios nos había elegido para ser uno de éstos, debíamos estar dispuestos a recibir el martirio con gracia y valentía como corresponde a todo buen cristiano, y así lo hacían los primeros en las catacumbas.

El joven Roig fue designado responsable de la rama infantil (10 a 14 años) de la FJCC, que eran unos veinte niños. Más tarde, se implicó con más cargos en la FJCC y se hizo amigo de su consiliario, el padre Pere Llumá, que fue su director espiritual. También trató mucho con el beato Pere Tarrés, que entonces era un joven médico laico y vicepresidente de la FJCC.

La Federación de Jóvenes Cristianos de Cataluña

Esta asociación de jóvenes fue sometida a una dura persecución anticlerical al empezar la Guerra Civil española. La asociación apenas tenía 4 años de historia, y sería disuelta en 1939 tras la guerra, pero se calcula que produjo unos 300 mártires para Cristo.

El sacerdote Albert Bonet i Marrugat, de Barcelona, recorrió en los años 30 distintas ciudades europeas para conocer los movimientos juveniles católicos de la época. Inspirado en la JOC de Joseph Cardijn en Bélgica, impulsó, con otros clérigos y laicos, la Federación de Jóvenes Cristianos de Cataluña. La asociación fundada en 1930 creció muy rápidamente. En julio de 1936, justo antes de comenzar las persecuciones, llegó a sumar 14.000 afiliados de 15 a 35 años y 8.000 en la rama infantil, de 10 a 14 años.

Tenían sedes y bases en las parroquias y a cada grupo les acompañaban sacerdotes “amigos de los jóvenes”. Realizaban actividades deportivas, culturales, de canto, de tiempo libre, de formación y de fe. Al crecer se organizaron en subfederaciones agrícolas, escolares, obreras, de dependientes de tiendas y universitarios. Cubrían todos los ámbitos en los que se movía un joven.

Su revista oficial se llamaba Flama. Controlaban otra publicación influyente, El Matí. Y, para los niños, L’Avant. Se veían como un movimiento de juventudes católicas no adheridas a ningún partido. Adoptaron como lema la frase atribuida al ya difunto obispo de Vic Torras i Bages (1846-1916): Cataluña será cristiana o no será y proclamaban el amor a la Iglesia y, específicamente, a su magisterio social.

Entre otros mártires beatos de la FJCC está el beato Josep Guardiet, uno de los sacerdotes consiliarios de la asociación, párroco en Rubí. Le detuvo un chico de 16 años que había sido monaguillo suyo asegurando que el Comité de Milicias le había pedido llevarlo a la prisión del pueblo “por su seguridad”. Lo fusilaron milicianos de Barcelona (no de Rubí) en la carretera de la Rabassada.

Orador apasionado interesado en la doctrina social

Joan Roig tuvo varias responsabilidades en la Federación de Jóvenes Cristianos de Cataluña. No sólo tenía a su cargos una veintena de niños (que se llamaban “vanguardistas” y le recuerdan con afecto y por su devoción eucarística) sino que le encargaban realizar predicaciones para otros jóvenes, a veces sobre temas de doctrina social, otras veces sobre temas de devoción y piedad. El joven mártir es recordado como un orador apasionado, que se movía por el escenario agitando las manos con emoción, cosa no muy frecuente en la época. Explicó a su hermana que las primeras charlas que dio las preparó mucho, pero pronto empezó a dejar los papeles a un lado, rezando al Espíritu Santo y dejando que Él le inspirara.

En las publicaciones de la Federación de Jóvenes Cristianos (Flama, o el boletín de su grupo local, Mar Blava) escribió en varias ocasiones sobre temas de doctrina social, que conocía a partir de las encíclicas papales. En aquella época no había las facilidades de hoy para documentarse, pero, por otra parte, los documentos papales sobre la cuestión social no eran tantos en esa época y a ellos acudía Joan. Se basaba sobre todo en la Rerum novarum de León XIII (de 1892) y la Quadragesimo anno de Pío XI (de 1931).

Sus enseñanzas sociales

He aquí diez de sus enseñanzas sociales, recordando que las escribió entre 1934 y 1936, que tenía entre 17 y 19 años y que no era historiador ni estudiante aún de ninguna carrera universitaria, sino un joven apasionado por la evangelización de los obreros y la justicia social, que escribió justo antes de empezar la Guerra Civil española.

1. El ejemplo de la esclavitud. Para abolir la esclavitud, por ejemplo, la Iglesia no procedió como Espartaco, capitaneando una revuelta violenta, sino que fue transformando, siglo tras siglo, el corazón de los señores con la difusión diaria de su doctrina de fraternidad, y la esclavitud cayó ella sola cuando la sociedad se hizo suficientemente cristiana como para que aquella injusticia repugnara a la nueva constitución de los espíritus.

2. No a la revolución; sí a la rectificación del espíritu. El tumulto externo compromete la eficacia de las grandes reformas; enturbia los espíritus les da el gusto al desorden que hace imposible el arreglo de toda mejora y apasiona a los hombres, impulsándolos hacia las exageraciones comprometedoras de las grandes ideas de justicia; la Iglesia conocer esto por instinto divino y por experiencia humana, y por eso prefiere trabajar silenciosamente en la rectificación de los espíritus con la que se consiguen todas las ventajas de la revolución, evitando todas las desventajas.

3. Que los socialistas mediten un poquito… (La Iglesia arma) los espíritus con la doctrina de la igualdad de todos los hombres delante de Dios y de la dignidad natural, y sobrenatural, de la persona humana, que no consiste en la riqueza, ni en la cultura, ni en la influencia social, sino en el hecho de ser hijo de Dios, alta categoría sagrada, rica en los derechos más augustos y exigentes, que nuestros socialistas harían bien en meditar un poquito.

4. Es normal que la Iglesia reciba críticas de unos y otros. La Iglesia elabora su doctrina social sin afán de popularidad y exponiéndose a las críticas de unos y de otros y esperando tranquilamente con la fe del que tiene toda la certeza y con las esperanza del que tiene todo el tiempo, que los programas inspirados en la ambición o el odio vayan desinflándose de su popularidad, poniendo cordura aquel carácter objetivo que da la experiencia de la vida.

5. La eficacia verdadera no es inmediata ni popular. La Iglesia deja a otros el papel de agitador, de leader de masas, de luchador contra unos hombres o unas clases, exponiéndose a una impopularidad momentánea, abnegación indispensable a toda persona o institución que aspirar a la mejora de la sociedad sinceramente y de buena fe. Los que la critican porque no actúa ni hace de revolucionaria, además de olvidar su misión substancial que abarca a todos los hombres, ignoran su amor a la eficacia verdadera, que no es nunca la inmediata.

6. Las nacionalidades y la Iglesia: que busquen el reino de Dios. En el problema de las nacionalidades no hay que esperar que la Iglesia haga ninguna revolución, ni provoque ningún alzamiento, ni tan siquiera que riña con los hombres por una cuestión que, a fin de cuentas, es puramente terrena. Pero, dentro de su peculiar competencia, la Iglesia siempre ha sostenido la teoría y la práctica del derecho que cada pueblo tiene a cultivar su lengua mientras él así lo ha querido. La Iglesia hace todo lo que esté en su mano para favorecer a los pueblos desgraciados, da el ejemplo y da la idea. Lo demás no es cosa suya, sino añadidura que la naturaleza, instrumento de la Providencia, dará a los pueblos

que buscan primero el reino de Dios y su justicia.

7. Las masas desconocen la doctrina social católica… que no es utópica. Hemos de reconocer que las masas aun no conocen la sociología cristiana. Es necesario, pues, ahora más que nunca, que lleguen a conocerla. Si en lo más íntimo de la voluntad popular se manifiesta este deseo de renovación y de justicia social, es muy lógico que al encontrar la única y verdadera justicia social las únicas normas y leyes de proceso social que pueden ser íntegramente llevadas a la práctica, porque no son utópicas, las masas se adherirán y harán suyas estas doctrinas y estos programas. Y es lógico también que si es

menester que se conozca la doctrina social católica hay que hacer propaganda práctica, que consiste en ver plasmadas en la realidad lo que hasta ahora sólo han sido palabras.

8. Si algo bueno tiene el socialismo… Si algo bueno tiene el socialismo es lo que ha aprendido de la sociología cristiana. Esto tendrá, por tanto, en el socialismo, algunos puntos de contacto. Uno de los medios de propaganda de nuestra doctrina social será, pues, hacer ver claro lo que de bueno pueda haber en la propaganda, los programas y la legislación social que nos espera. Lo malo, por sí solo, se descartará. (Escrito en marzo de 1936, antes de la Guerra Civil).

9. Qué hacer ante la anti-patria y el comunismo. Frente a la Patria Roja, frente a la patria comunista, delante del monstruo de la revolución, delante de la anti-patria, mostrémonos firmes y valientes, y demos a los hombres aquella paz, aquella justicia, aquel amor que buscan con tanta ansia y que no son capaces de encontrar. Es menester predicar, propagar y hacer conocer la doctrina social de la Iglesia.

10. Los cristianos que desacreditan la doctrina social cristiana. ¡Ay de aquel que, diciéndose cristiano, ataque o desacredite la propaganda social cristiana! ¡Ay de aquel que pudiendo practicar la doctrina social cristiana no lo haga! Que si las palabras del Divino Maestro, aquel que no está conmigo está contra Mí, suenan como terrible sentencia a los oídos de aquellos que conscientes de su catolicismo colaboraron al triunfo de las fuerzas revolucionarias, tanto más serán terribles para los que descuidan sus deberes sociales y cristianos.

Persecución religiosa

El 20 de julio de 1936, milicianos rojos quemaron la sede de la Federación. Empezó una persecución contra los jóvenes fejocistas (que eran una asociación de fe y acción social, pero no política ni de partido). Se calcula que unos 300 fejocistas fueron asesinados en la retaguardia republicana en Cataluña, incluyendo unos 40 sacerdotes ligados a ellos.

Maud, la madre de Joan, recordó después lo que su hijo hizo esos días: Fue aliviando penas, animando a los tímidos, visitando a los heridos, buscando diariamente en los hospitales entre los muertos, para saber cuáles de los suyos habían caído asesinados. Cada noche, al pie del lecho, con el crucifijo estrechado en sus manos imploraba para unos clemencia, para otros perdón, y para todos misericordia y fortaleza.

Las iglesias de Barcelona estaban cerradas, quemadas o destruidas y no era posible ir a misa a ningún templo. El padre Llumá entregó al joven Joan una reserva eucarística para que pudiera acudir a casas particulares a atender a los más necesitados. Joan dijo a la familia Rosés a la que visitó la misma tarde en que le matarían, el 11 de septiembre de 1936: Nada temo, llevo conmigo al Amo. Les dejó el Santísimo y, a la vuelta del trabajo, lo recogió y se lo llevó a su casa.

Martirio

Horas después, milicianos anticlericales, anarquistas de Santa Coloma de Gramanet, golpearon a la puerta de su casa, la de su familia. Fueron a buscar al joven Roig por petición de un vecino comunista. Joan, que escondía la Eucaristía en su cuarto, rápidamente consumió las Formas Sagradas encomendadas a su cuidado. Se abrazó a su madre y se despidió de ella en inglés: God is with me, (Dios está conmigo).

La patrulla, de las juventudes libertarias de Badalona, le llevó junto al cementerio nuevo de Santa Coloma de Gramanet. Le permitieron unas últimas palabras. Que Dios os perdone como yo os perdono, dijo él. Lo mataron de 5 disparos al corazón y uno de gracia en la nuca. Tenía 19 años: según la legislación de la época no era aún adulto. El martirio fue en la madrugada del 12 de septiembre de 1936, día en que la Iglesia celebra el Dulce Nombre de María. Después de la guerra, sus restos fueron recuperados y reconocidos por las 5 heridas del pecho y la del cráneo. Actualmente, descansan en una capilla de la parroquia de San Pere de El Masnou.

Semanas antes, unos milicianos habían quemado la iglesia del pueblo. Desde los asesinatos de varios clérigos en Asturias en 1934 Joan había reflexionado mucho sobre los mártires y la violencia social.

Jaume Marés, tío de Joan Roig, cuando se enteró de su detención pidió ayuda a un amigo policía. Le reveló que uno de los verdugo le había hablado del muchacho: ¡Ah! Aquel chico rubio era un valiente, murió predicando. Moría diciendo que nos perdonaba y que pedía a Dios que nos perdonará. Casi nos conmovió.