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San Kizito, un mártir de trece años

San Kizito

VIAJE APOSTÓLICO DE BENEDICTO XVI A BENÍN 8-20 DE NOVIEMBRE DE 2011

ENCUENTRO CON LOS NIÑOS

PALABRAS DEL SANTO PADRE BENEDETTO XVI

Cotonú, iglesia parroquial de Santa Rita

Sábado 19 de noviembre de 2011

Queridos niños.

Agradezco a Monseñor René-Marie Ehuzu, Obispo de Porto Novo y responsable de la Pastoral Social de la Conferencia Episcopal de Benin, sus palabras de bienvenida. Doy las gracias también al Señor Cura Párroco y a Aïcha por lo que me han dicho en nombre de todos. Después de este precioso momento de adoración, os saludo con gran alegría. Gracias por haber venido tantos.

Dios nuestro Padre nos ha convocado alrededor de su Hijo y nuestro hermano, Jesús, presente en la hostia consagrada en la misa. Es un gran misterio que hay que adorar y creer. Jesús, que nos quiere tanto, está verdaderamente presente en los sagrarios de todas las iglesias del mundo, en los sagrarios de las iglesias de vuestros barrios y parroquias. Os invito a visitarlo con frecuencia para manifestarle vuestro amor.

Algunos de vosotros habéis hecho ya la primera comunión, otros os estáis preparando para hacerla. El día de mi primera comunión fue uno de los más bonitos de mi vida. También para vosotros, ¿no es verdad? Y, ¿sabéis por qué? No sólo por los lindos vestidos, los regalos o el banquete de fiesta, sino principalmente porque en ese día recibimos por primera vez a Jesús-Cristo. Cuando yo comulgo, Jesús viene a habitar dentro de mí. Tengo que recibirlo con amor y escucharlo con atención. En lo más profundo del corazón, le puedo decir por ejemplo: “Jesús, yo sé que tú me amas. Dame tu amor para que te ame y ame a los demás con tu amor. Te confío mis alegrías, mis penas y mi futuro”. Queridos niños, no dudéis en hablar de Jesús a los demás. Es un tesoro que hay que saber compartir con generosidad. En la historia de la Iglesia, el amor a Jesús ha llenado de valor y de fuerza a muchos cristianos, incluso a niños como vosotros. Así, a san Kizito, un muchacho ugandés, lo mataron porque él quería vivir según el bautismo que acababa de recibir. Kizito rezó. Había comprendido que Dios no sólo es importante sino que lo es todo.

Pero, ¿qué es la oración? Es un grito de amor dirigido a Dios nuestro Padre, deseando imitar a Jesús nuestro Hermano. Jesús se fue a un lugar apartado para orar. Como Jesús, yo también puedo encontrar cada día un lugar tranquilo para recogerme delante de una cruz o una imagen sagrada y hablar y escuchar a Jesús. También puedo usar el Evangelio. Después me fijo con el corazón en un pasaje que me ha impresionado y me que guiará durante la jornada. Quedarme así por un rato con Jesús, él me puede llenar con su amor, su luz y su vida. Y estoy llamado, por mi parte, a dar este amor que recibo en la oración a mis padres, mis amigos, a todos los que me rodean, incluso a los que no me quieren o a los que yo quiero tanto. Queridos niños, Jesús os ama. Pedid también a vuestros padres que recen con vosotros. Algunas veces habrá que insistirles un poco. No dudéis en hacerlo. Dios es muy importante.

Que la Virgen María, su madre, os enseñe a amarlo cada vez más mediante la oración, el perdón y la caridad. Os confío a todos a Ella, así como a vuestras familias y educadores. Mirad, saco un rosario de mi bolsillo. El rosario es como un instrumento que uso para rezar. Es muy sencillo rezar el rosario. Tal vez lo sabéis ya, si no es así, pedid a vuestros padres que os lo enseñen. Además, cada uno de vosotros recibirá un rosario al terminar nuestro encuentro. Cuando lo tengáis en vuestras manos, podréis rezar por el Papa, os lo ruego, por la Iglesia y por todas las intenciones importantes. Y ahora, antes de que os bendiga con gran afecto, recemos juntos un Ave María por los niños de todo el mundo, especialmente por los que sufren a causa de la enfermedad, el hambre y la guerra. Recemos ahora: Ave María, etc.

¿Quién fue San Kizito?

Kizito nació en 1872. Fue nombrado paje del rey de Buganda, actual Uganda. En aquella época, los mejores jóvenes del reino eran llevados al palacio del rey, donde se preparaba para ser gobernantes o militares.

Kizito conoció la fe cristiana a través de los Padres Blancos, religiosos misioneros; y se convirtió en un fiel seguidor de Jesús. En 1885, el rey de Buganda empezó a perseguir a los cristianos. Kizito tenía miedo de morir sin haber sido bautizado. Pero su catequista, san Carlos Lwanga, le bautizó y le dijo: Cuando llegue la prueba decisiva, yo te tomaré de la mano. Si tenemos que morir por Jesús, moriremos juntos, mano con mano. Al día siguiente, 3 de junio de 1886, los dos murieron martirizados. Kizito tenía trece años.

Carlos, Kizito y otros veinte mártires ugandeses fueron declarados santos en 1964. el día de su fiesta, 3 de junio, cientos de miles de católicos ugandeses y de otros países africanos peregrinan al santuario de Namugongo, en Uganda, para rezar juntos. Este templo fue construido en el lugar donde Kizito y sus compañeros dieron su vida por Jesús.

 

 

 

 

A escribir se aprende escribiendo… y tachando

Con motivo de la próxima fiesta del colegio donde estudiaba Javier Terriza, se había convocado un concurso literario, con varias categorías según las edades, y en el que los concursantes podían presentar trabajos de cualquier género literario: poesías, cuentos, novelas, ensayo, teatro… Los temas eran totalmente libres, así como la extensión de los trabajos. Javier envió por e-mail a todos sus amigos alumnos de otros centros docentes las bases del concurso. Sabía que a Jacobo Prieto, Raúl Prada y Carolina Saéz les interesaría, y quizás a algún otro más. De sus compañeros del colegio, seguramente concursarían Carlos Armenteros y Alberto López. Él también tenía pensado escribir una novela corta para presentarla.

Guillermo Sanz, el profesor de Lengua y verdadero promotor del concurso, había animado a sus alumnos a participar, diciéndoles:

Hace ya veinte años, cuando llegué a este colegio, un alumno mío me enseñó un cuento que había escrito. Hablando en plata, aquello era un bodrio. Le hice ver cómo repetía palabras pudiendo emplear sinónimos; el mal uso de la puntuación; la cantidad excesiva de gerundios; demasiadas oraciones subordinadas, en las que el lector se perdía; y los “que” aparecían en cada párrafo como setas en un otoño lluvioso. Sinceramente, me entró ganas de decirle: “Lo tuyo no es escribir, dedícate a otra cosa”. Pero no, le animé a seguir escribiendo. Ya iría puliendo el estilo, aprendiendo a expresar sus ideas en el papel. Hace pocos días me ha traído su última publicación. En Wikipedia se dice de él: “Escritor español, autor de novelas de literatura infantil y literatura juvenil. Compagina la docencia universitaria como profesor de Literatura con su labor como novelista. Hasta la fecha ha publicado más de quince obras, entre las que destacan por la buena acogida de la crítica…”, y cita unos cuantos títulos. Por tanto, así como para llegar a un sitio, hay que comenzar a caminar, para ser escritor el día de mañana, es preciso empezar a escribir ya. En ninguna actividad artística, a las primeras de cambio sale una obra medianamente buena, y mucho menos, una obra maestra. Los grandes literatos también tuvieron que tachar y rehacer lo que iban escribiendo, antes de publicar sus obras.

Los años apasionantes de Huelva

Ya estaba el mes de febrero en su segunda mitad, y Conrado tenía unos días de vacaciones después de los exámenes de las asignaturas cuatrimestrales. Su abuelo le había pedido que le ayudara en un libro que había escrito. La ayuda consistía en pasarlo al ordenador, y una vez informatizado, enviarlo a una imprenta para su publicación. El libro, titulado Aires del Odiel, era de los recuerdos que su autor tenía de los años de su juventud en la Huelva de mediados del siglo XX. Con este trabajo, Conrado fue sumergiéndose en “los apasionantes años”, según su abuelo, de las dos décadas centrales del pasado siglo. En realidad, en aquella veintena de años ocurrieron hechos sorprendentes en la ciudad como la fuerte nevada caída en la tarde y noche del 1 al 2 de febrero del año 1954, amaneciendo Huelva totalmente blanca, algo que nunca había ocurrido, pues ni los más viejos del lugar recordaban otra nevada. Otro acontecimiento fue la llegada de autobuses modernos de la nueva empresa -municipal, por cierto- de transportes urbanos, con seis líneas. Durante algún tiempo, los nuevos autobuses coincidieron por las calles con los destartalados autobuses amarillos, llamados tranvías, de una empresa privada que hacían sólo tres líneas. La desigual competencia, debido a la modernidad hizo que los “amarillos” desaparecieran. No dejaba de ser curioso y extraño para Conrado al leer lo escrito por su abuelo que la gente llamara tranvías a los autobuses, en una ciudad en que nunca hubo tranvías en el transporte público.

En la época historiada en Aires del Odiel, Huelva vibraba con su torero, el Litri, verdadero ídolo de los onubenses. En todas las tardes del largo verano era esperado por todos el sonido estrepitoso de unos cohetes anunciadores de lo conseguido por el diestro en la corrida toreada en ese día. Cada cohete era una oreja; si se oían dos cohetes muy seguidos, el trofeo conseguido era el rabo. Al sonar el primer cohete, la ciudad se paraba literalmente, haciéndose silenciosa (los que iban andando, se detenían; los que estaban en las terrazas de los bares, interrumpían su conversación…), esperando más cohetes. Al final, especialmente cuando los cohetes hablaban de rabos, en no pocas ocasiones el silencio se rompían en aplausos y gritos de hurra espontáneos, mientras los transeúntes se felicitaban mutuamente por el éxito obtenido por el Litri. Ninguna mella le hizo a este fervor litrista la aparición en el mundo de los toros de otro torero onubense, el Chamaco, auténtico fenómeno del toreo tremendista.

En un capítulo dedicado a los deportes, está la crónica del partido jugado por el Recreativo en Elche, publicada por el periódico Odiel. La victoria de los onubenses en ese partido supuso la culminación de la temporada 1956-57 con el ansiado ascenso a la segunda división. Pero no sólo da cuenta de este hecho, sino la desaparición del Velódromo, que no era precisamente una instalación para practicar el ciclismo de pista, sino -cosas de Huelva- el campo de fútbol. Para sustituir el histórico Velódromo se construyó un estadio. Después, durante algunos años, el Recreativo fue un equipo ascensor-descensor entre la segunda y la tercera división. Pero la auténtica gloria deportiva de Huelva era un billarista llamado Pepe Gálvez, varias veces campeón de Europa e, incluso en alguna ocasión, del mundo.

En sus Memorias, el abuelo de Conrado recoge también un acontecimiento religioso: la creación de la diócesis de Huelva. El 15 de marzo de 1954 llegó a Huelva su primer obispo, Mons. Pedro Cantero Cuadrado. Enseguida, el prelado fue apodado “el adoquín”, debido a su nombre y apellidos.

En otro capítulo aparece el entusiástico recibimiento por parte de los onubenses en el año 1964 al ministro de Industria y al comisario para el Plan de Desarrollo por habérsele concedido a Huelva el Polo de Promoción Industrial, que tan decisivo sería en los años posteriores para el crecimiento y desarrollo de la ciudad, dejando de ser la ciudad-cenicienta que hasta por aquel entonces era. Botón de muestra de este convertirse en una ciudad moderna fue la desaparición de las casas de la marinera calle de Enmedio para construir la Gran Vía.

Además asoma por el libro una serie de lamentos por verdaderas pérdidas, que hoy día serían valiosas piezas de museo. Entre estas pérdidas enumera los camiones del parque de bomberos. Hasta bien entrada la década de los sesenta, el material móvil contra incendios eran tres o cuatro camiones totalmente anticuados de ruedas macizas, con sus bombas, mangueras y depósitos, que cualquier forastero que pasaba delante del parque de bomberos creía que el parque era un museo. Y con cierta razón, porque las matrículas de los vehículos eran H y un número de tres cifras, siendo la primera de ellas el 1. Cuando se adquirieron nuevos camiones, totalmente modernizados, seguramente los viejos trastos fueron desguazados y convertidos en chatarra. Idéntica suerte debieron correr las pequeñas y singulares locomotoras de diesel de los trenes que llevaban el mineral al puerto, de diseño completamente distinto a las de vapor de la Renfe. Pero la pérdida más lamentable para el autor de Aires del Odiel era la desaparición de la línea férrea de vía estrecha entre Riotinto y Huelva, con sus coquetas estaciones. Al cesar la explotación de las minas de Riotinto por su poca rentabilidad, el ferrocarril minero quedó en desuso, y el descuido con el consiguiente abandono hizo que desapareciera, incluso los raíles. Si en la Huelva de entonces hubiera habido alguien con visión de futuro, seguramente hoy la provincia contaría con un turístico tren de época bordeando en su recorrido las orillas del río Tinto, después de pasar por las marismas, para introducirse por la comarca del Andévalo hasta el mismo corazón de la Cuenca Minera.

Afortunadamente -se lee en el libro- se ha conservado el Muelle de Riotinto, símbolo de la ciudad, convertido en un paseo sobre las aguas de la ría del Odiel. Aunque es de desear que se reconstruya los dos arcos que tenía, uno sobre la carretera de la Punta del Sebo, y el otro, sobre el ferrocarril del Puerto.

Conrado, al leer este párrafo, dejó de escribir en el ordenador, salió de su habitación y se fue a la sala de estar para preguntarle a su abuelo a qué arcos se refería. El abuelo, después de buscar en un cajón de su escritorio, mostró algunas postales del Muelle en las que aparecían dichos arcos.

-Realmente es una pena que los quitaran, comentó el chico.

Las compañeras del colegio

Siguiendo con la conversación, de los profesores pasaron a hablar de las niñas de la clase. Charo Pizarro fue calificada por Marcos como aprendiz de pija.

-Desde que su padre, “el bucarito”, se hizo rico, a Charo le ha dado por lo pijo. No hay más verla con los modelitos con que viene a clase, y con el tonteo que tiene encima.

-¿Por qué le llaman a su padre “el bucarito”?, preguntó Conrado, extrañado por ese mote tan curioso, pero parecido al del butanito, el apodo de un conocido periodista de la radio.

-Porque empezó su negocio vendiendo cacharros de barro y de cristal, como vasos, tazas, platos, búcaros o botijos… en un puesto que estaba a la entrada del mercado, respondió Soria.

-A mí, la que más me sorprende es Katia Valle, dijo Daniel.

-Explícate, profirió Marcos.

-Porque es muy contradictoria en su manera de ser -comenzó a explicar Daniel-. Por sus ideas, es de un progre que echa para atrás. Sin embargo, no es de ésas feministas radicales, sino todo lo contrario, es muy femenina, algo coqueta, pero desprovista de la menor falsedad. Quizás por timidez, no se relaciona mucho con los de la clase; y siempre tiene un aire de tristeza en su rostro, como un poco acomplejada.

-No sé por qué será ese complejo, porque, aunque no sea una de esas bellezas que deslumbran, guapa sí que es, fue lo que se le ocurrió comentar a Conrado.

-Además, saca buenas notas, apostilló Marcos.

-Sí, no niego que sea mona y lista, pero para mí que hay algo que hace que muestre tristeza en su semblante y en sus gestos, apostilló Daniel.

-¿Y qué me decís de Aisha?, preguntó Marcos.

-¡¿La mora?!, exclamó Daniel.

-No es mora, aclaró Conrado. Son moros los del norte de África limítrofe con España, y ella es de Arabia Saudí.

-Para mí que todos los islámicos eran moros, terció Daniel.

-A mí Aisha me cae muy bien. Está totalmente integrada en la clase, y es simpática, aunque un poco reservada, comentó Marcos.

-Tan integrada no está, Marcos. Si lo estuviera como dices tú no llevaría el hijab, dijo Daniel.

-¿Hijab…?, inquirió Conrado.

-Sí, el pañuelo que cubre el pelo, le respondió Daniel.

-Pues sí lo está. Se relaciona con todos -insistió Marcos-. Hace ya cuatro años que vive en España.

-Que yo sepa, nunca se apunta a los planes que organizamos… Ni cumpleaños, ni excursiones, ni fiesta de final de trimestre, dijo Daniel.

Iba a replicarle Marcos, cuando Conrado, después de mirar su reloj, dijo:

-Nos tenemos que acercarnos a la parada, pues ya queda poco para las seis.

Y los tres se levantaron del banco para dirigirse al lugar de donde salía el autocar para Huelva.

El profesor de Literatura

También del profesor de Literatura hablaron, aunque éste salió mejor parado que el Chacho, no porque estuviera exento de manías, sino porque era mucho más cercano a los alumnos, pero tampoco se había librado don Román Escurite de ser moteado por sus alumnos. El mote no era otro que el Perabá, pues siempre que pillaba a alguien copiando en un examen, le retiraba la hoja donde escribía mientras le decía:

-Suspenso, por Per Abat, en clara alusión al copista del poema Cantar de mio Cid.

Aunque era muy exigente, raro era el alumno que suspendía con él. Cada viernes había una prueba puntuable. Y no sólo examinaba del contenido del libro de texto, sino que también exigía la lectura de libros de la literatura castellana. El alumno que suspendía un examen podía presentarse cuando quisiera a examinarse de nuevo, si el Perabá se encontraba en su despacho, que era lo habitual; y no una sola vez, sino varias. Con estas facilidades para recuperar no era difícil llegar al final de la evaluación con el aprobado.

Además, también contaba positivamente en la puntuación final de la evaluación las poesías que voluntariamente recitaban los alumnos fuera de la clase y en horas extraescolares. Lo de las horas extraescolares tenía su razón de ser. Era para evitar que los alumnos, con motivo de ir al despacho de don Román a recitar una poesía, se perdieran parte de la clase de otra asignatura. El Perabá, después de muchos años de docencia, estaba ya bien sobre avisado de la picaresca de los alumnos. Por otro lado, el carácter un poco bohemio que hacía compatible con la elegancia en el bien vestir y con el clasicismo de la buena educación era otro ingrediente para que los alumnos tuvieran con él confianza y a la vez respeto. El cierto aire de artista se manifestaba claramente en la decoración de su despacho, pues éste era una especie de museo, con todo tipo de objetos (cuadros, metopas, cornamentas de venado, vidrios y lozas, trofeos deportivos, medallones conmemorativos…).

Mérito suyo era el que al acabar cada curso, un buen número de sus alumnos ya se habían aficionado a la lectura. Antes de las vacaciones, don Román recomendaba algunas novelas para leer durante el verano, a la vez que advertía que no todo lo que había en el mercado editorial era legible. Solía decir a sus alumnos para que no leyeran bazofia:

-En la actualidad hay novelistas, con una desmesurada propaganda, que su “éxito” estriba en ensuciar con su pluma páginas y páginas con descripciones escabrosas e inmorales, o de pornografía barata, para escribir sobre el amor. No se percatan de que lo que relatan es puro estiércol de burdel, pero no la belleza de la vida y del amor. Demuestran no tener idea alguna del corazón humano.

Las novelas que últimamente había recomendado eran: Palabras en la arena, de José Ramón Ayllón; Blanca como la nieve, roja como la sangre, de Alessandro D’Avenia; Un paso en falso, de Sofie Laguna; y Perdona si te llamo amor, de Federico Moccia. Sin embargo, nunca dio el título de libro alguno no recomendable, para evitar que algunos chicos se sintieran tentados a leerlo por curiosidad, precisamente por ser desaconsejable desde el punto de vista moral.

En la zona minera de Huelva

La amistad con Raúl facilitó a Conrado integrarse en la vida del instituto, aunque todavía continuaba siendo molestado por un exiguo grupo de sus compañeros. Además, con las notas sacadas en la primera evaluación, el chico malagueño adquirió cierto crédito en la clase, de tal forma que el segundo trimestre le estaba resultando mucho más llevadero: ya se contaba con él para planes tanto escolares como extraescolares. Para la realización de tareas en equipo, muchos querían tenerle a él en su grupo. Así, un día de las pasadas vacaciones de Navidades, viajó con Daniel Ruiz y Marcos Soria a la cuenca minera de Huelva para hacer un trabajo que les había sugerido el profesor de Ciencias Naturales sobre los distintos minerales que se extraen en las minas de la provincia. La presentación del trabajo suponía para los alumnos un positivo. Los positivos acumulados durante la evaluación, en teoría, tenían reflejo en las notas, pero casi siempre sólo valían para contrarrestar los negativos que, con mucha más facilidad, daba el profesor a sus alumnos, por faltas verdaderamente nimias de comportamiento.

*****

Al pasar por Zalamea la Real, Conrado mencionó la obra de Calderón de la Barca, El alcalde de Zalamea, por lo que Marcos se vio obligado a decirle que la Zalamea de la obra dramática no era ese pueblo, sino la localidad extremeña de Zalamea de la Serena. El autobús de línea les dejó en la localidad Minas de Río Tinto. Después de unos años de inactividad, se había reanudado la explotación de las minas de la zona. Con suerte, pudieron acercarse al lugar donde estaban los depósitos del mineral extraído para ser transportado. Allí, después de que un segurata un poco borde les dijera que nada de pasar a los depósitos, un directivo de la compañía minera que casualmente estaba en la puerta de entrada, interesándose por lo que querían los chicos, les permitió pasar acompañados por un empleado de la empresa para que cogieran trozos pequeños de calcopirita y de otras variaciones de pirita. El empleado, muy amablemente, les explicó las distintas clases de pirita y las características de este mineral mientras se acercaban al lugar donde se almacenaba el mineral. Conrado con un bolígrafo iba anotando todo en un cuaderno.

Conrado y Daniel seguían con atención las explicaciones, pero Marcos se dedicó a fotografiar. Especialmente hizo varias fotos de la mina, cuya explotación es a cielo abierto, y da la impresión de ser un paisaje lunar, como el cráter de un enorme volcán de nuestro satélite. También fotografió el río, único en el mundo por el color rojizo de sus aguas. Antes de despedirse de la persona que les había acompañado, Daniel le preguntó por la historia de la explotación de aquella mina.

-Todo está en Wikipedia, fue la respuesta que obtuvo.

*****

Ya pasadas las dos de la tarde, en un bus interurbano se trasladaron a Nerva. En este pueblo almorzaron con los bocadillos que les había preparado la madre de Daniel. Por una guía turística editada por el ayuntamiento nervense, se enteraron que estaban en una tierra de artistas. Los tres sabían que en Nerva había nacido uno de los más ilustres personajes de la provincia, el pintor Daniel Vázquez Díaz, pero desconocían la existencia de otros artistas nervenses.

Terminada la comida, no les quedó más remedio que esperar hasta las seis, que era la hora que salía el autobús para regresar a Huelva. Sentados en uno de los bancos del parque que les daba el sol, estuvieron de cháchara, hablando especialmente de algunos profesores, como el de Ciencias Naturales y el de Literatura. El primero, ya mayor, bajito, y a punto de jubilarse, era conocido por el Chacho. Conrado preguntó a Marcos y a Daniel el porqué de ese mote.

-¿No te has fijado que cuando dice muchacho, la mu apenas la pronuncia, y lo que se oye es chacho?, le aclaró Daniel.

-Es un profesor echado a la antigua, que no tiene nada de cintura y con un montón de manías que nos trae fritos a todos -añadió Marcos-. Por cualquier cosa dice: “Chacho, negativo”.

-Lo que estuvo bien fue la agarrada que tuvo con “el Cantin”, comentó como de pasada Daniel.

-¿Qué pasó?, inquirió Conrado.

-Fue el año pasado, en tercero -comenzó a decir Marcos, adelantándose a Daniel en responder-. “El Chacho” nos daba Física y Química. En un examen de formulación, varios de la clase dibujaron tres o cuatro figuras geométricas en la pizarra, señalando con letras los vértices, lados… que no era otra cosa que una clave de las fórmulas que podrían salir en el examen. Como una de las manías de “el Chacho” es que la pizarra esté borrada al empezar cada clase, al ver aquellas figuras mandó quitarlas al encargado de borrar, además de ponerle un “negativo” por no haberlo hecho antes. El encargado era Álvaro Barroso, que protestó, pero no tuvo más remedio que borrar la pizarra. Como Barroso es un poco pijo, llevaba los pantalones un poco bajo de tal forma que se viera la marca del calzoncillo. Bueno, un poco bajo… no, sino bastante bajo.

-Los pijos, los no pijos y también los macarras; es la moda, apostilló Conrado.

-Un poco hortera sí que es que se vea el gayumbo, dijo Marcos.

-Pues sí, pero la moda es la moda -dijo Daniel, antes de continuar el relato-. Cuando “el Chacho”, vio a Barroso, le dijo de mala forma: “Súbase el pantalón que se le ve el calzoncillo”. Y “el Cantin”, sin hacerle caso, dijo: “Es como ahora se lleva”, añadiendo que él como era joven estaba en lo último de la moda, no como otros que eran carrozas. “El Chacho” se dio por aludido y enrojeció de rabia, y perdiendo totalmente los papeles, le soltó a Barroso: “Eres un Cantinflas, y que sepas que el calzoncillo es ropa interior y no semiexterior”. Y fue cuando Barroso se pasó al decir: “Yo seré un Cantinflas, pero usted es un Charlot, porque todas sus clases son una charlotada”.

-¿Expulsarían a Barroso del instituto por unos días?, preguntó Conrado.

-No, porque la clase se puso a favor de él, y “el Chacho”, quizás para no complicarse la vida, no dio parte a la dirección, pues fue él el primero en insultar -respondió Marcos-. Eso sí, a Barroso se le ha quedado el mote de “el Cantin”.

-“El Chacho” se ha quedado anclado hace ya veinte años como mínimo -aclaró Daniel, por si sus compañeros tenían alguna duda-. Sólo hay que fijarse en los exámenes. Las preguntas están escritas a máquina en unas cuartillas que en su tiempo debían ser blancas, pero ahora más que amarillentas están negras. Además, ejerce la autoridad a base de poner negativos; y siempre, desde detrás de la mesa que está encima de la tarima, quizás para disimular su baja estatura.

-¿Siempre da clase en el gabinete de Ciencias?, preguntó Conrado.

-Por supuesto -afirmó Soria-. Lo considera como algo suyo. Allí no entra nadie sin que él esté. Lo controla todo. Además, ha sido él quien ha montado el gabinete. Todas las colecciones de conchas marinas, de minerales, de insectos, de animales disecados, de hojas…, que están en las vitrinas, las ha hecho “el Chacho”. También consiguió la canina, no se sabe cómo.

-¿La canina?, preguntó Conrado con extrañeza.

-Sí, la canina que hay, contestó Marcos.

Conrado, dándose cuenta de que su pregunta no había sido entendida, la formuló de distinta forma:

-¿Qué es una canina?

Fue entonces cuando Daniel le explicó que una canina es el esqueleto de un hombre.

Inmediatamente después de que le contestara Daniel, Conrado abrió su mochila y sacó la libreta para escribir algo. Un poco extrañado, Soria le preguntó qué anotaba.

-El significado de la palabra canina.

-¿Y la apuntas en la libreta?, inquirió Daniel.

-Es que son muchas…, estaba diciendo Conrado, y antes de que terminara la frase, de nuevo Ruiz habló para decir:

-Muchas… ¿qué?

-Pues la cantidad de palabrejas que se usan solamente aquí. No hay más remedio que apuntarlas para que no se me olviden.

-Déjame ver qué palabras tienes escritas, le pidió Marcos.

Conrado le pasó la libreta, y Marcos comenzó a leer en voz alta las palabras y expresiones allí anotadas:

cosqui (golpe en la cabeza), illo (chiquillo), aguamala (medusa), ni mijita (ni hablar), citrato (regaliz), pero (manzana), chícharo (guisante), aljofifa (paño basto para limpiar el suelo), estar pillao (no estar bueno de la cabeza), no ni na (claro que sí), calentito (churro), trochería (tontería, algo sin pies ni cabeza), trompo (peonza), ¿qué no de qué? (¿cómo qué no?), saborío (antipático)… Las leyó todas hasta la última anotada: canina (esqueleto humano).

La expresión que más gracia causó fue el pescado de la picardía, pues ni Daniel ni Marcos sabían qué pez era hasta que Conrado les contó que su abuela así se refería a un pez que se llamaba japuta.

-¡Ah!, chaputa, exclamó Daniel.

-No, chaputa, sino japuta -aclaró Conrado-. En Málaga también lo hay, porque es un pez del mar Mediterráneo.

-Sí, pero en Huelva decimos chaputa, dijo Daniel, sin querer dar su brazo a torcer.

Campamento de Montejaque (II)

La vida en el campamento era un poco espartana. Comodidades no había ninguna. Escasez de agua, con uno o dos minutos para la ducha colectiva. Explico esto de ducha colectiva. Se trataba de una tubería horizontal a unos dos metros del suelo, con varias alcachofas. La compañía se ponía en fila debajo de la tubería. Eso sí, cada uno procuraba ponerse debajo de una alcachofa y de esta forma se aseguraba que le caería agua encima. Para guardar el pudor, nos duchábamos con el bañador reglamentario del campamento, el famoso UHF. Estas tres letras son las iniciales de un huevo fuera, porque el bañador no conseguía cubrir por completo lo que se quería que permaneciera oculto, aunque en la vida “civil” UHF era el segundo canal de la única televisión que había en España.

Sin servicios. Había unas letrinas y unos lavabos corridos al aire libre. Para el aseo personal había que utilizar un espejo portátil. Y sólo había agua en los momentos previstos por el mando para el aseo, es decir, a primera hora de la mañana, después del toque de diana, y por tarde, antes del tiempo libre.

Pronto nos acostumbramos a los diversos toques militares. El más odioso era el toque de diana, porque se tocaba a las seis y media para despertarnos. Con la diana comenzaba el nuevo día. Inmediatamente había que levantarse y formar. Una vez rota la formación había un tiempo para el aseo personal, arreglar la tienda, recoger los charneques, etc., y también para desayunar. El desayuno consistía en un chusco de pan y un líquido lechoso. Como a mí la leche no me gusta, mi desayuno era solamente el chusco. En este tiempo libre algunos hacían el tigre. Hacer el tigre consistía en volver a acostarse durante el tiempo de aseo. Por supuesto, estaba prohibido. Los otros toques más frecuentes eran fajina (para ir a comer) y retreta (para acostarse). Pero siempre, formando previamente. Para fajina la formación era en Plaza de Armas, donde estábamos todas las unidades del campamento. Y la formación de retreta era por compañía. Una vez formado se leía (estando todos descubiertos y en posición de firme) la orden del día y los servicios del día siguiente.

Algo muy deseado por los milicios era el meteoro, es decir, que lloviera, pues entonces se suspendía casi todas las actividades de la jornada. Pero los meteoros en mis dos campamentos fueron tan escasos que sólo recuerdo algún que otro en la primera semana del primer campamento.

El horario de la mañana era aproximadamente el siguiente. Sobre las siete y cuarto se formaba la compañía para ir a hacer instrucción y tácticas militares en un lugar que le llamábamos el cuadridongolo. Eran varias horas. Al finalizar, se bajaba a la Plaza de Armas para continuar la instrucción y desfilar. Aquí hago un paréntesis. Yo como tengo muy mal oído, me resultaba muy difícil llevar el paso y era lo que en el argot se llamaba piñón fijo. No conseguía ni llevar el paso ni mover los brazos a la hora de desfilar. Además, por mi estatura tenía que estar en primera fila. Los primeros días me resultaron dramáticos. El capitán tuvo una decisión que siempre se la agradeceré. Me colocó en la última fila de la compañía para la instrucción y me dispensó de desfilar. Todo un chollo, pues en la última fila mis posibles fallos en la instrucción no se veían desde donde se colocaba el capitán y demás oficiales. Y el no desfilar era muy descansado. Recuerdo que después de estar en el cuadridongolo yo me iba directamente a la compañía y descansaba en la tienda mientras que mis compañeros se iban a la Plaza de Armas y estaban desfilando un buen rato, expuestos a ser reprendidos, e incluso a ganarse a un arresto, si no lo hacían bien. Después llegaban todos sudorosos a la compañía, donde yo estaba bien descansado. De toda forma este privilegio, aunque cómodo, era para mí humillante. Y por otro lado, pensaba que el ser piñón fijo era un hándicap para conseguir la estrella de seis puntas de alférez. Los tres jalones dorados de sargento no me atraían lo más mínimo.

Obras son amores y no buenas razones

En septiembre de 2010 Marina y su novio comenzaban el último curso de su carrera. Ambos eran conscientes de la necesidad de tener un buen expediente académico para entrar con buen pie en el mercado laboral. Por ello, durante el curso Esteban dejó de colaborar en la ONG, a la cual el año anterior le había dedicado bastante tiempo; y Marina también se centró exclusivamente en el estudio. En junio, los dos obtuvieron el grado en Ingeniería Informática. Esteban, debido el haber obtenido en varias asignaturas la máxima calificación, nada más sacar el título fue contratado por una empresa para realizar un trabajo de su especialidad: Técnico de Micro Informática. Y viendo que el sueldo apalabrado sería suficiente para poder casarse ya, decidió dar el paso que tanto Marina como él estaban deseando, el de contraer matrimonio. Esta decisión hizo que Marina se planteara su futuro profesional con un trabajo que fuera totalmente compatible con su dedicación a su hogar… y a los hijos que Dios quisiera dar al matrimonio. Mientras tanto, hasta que no se casara, continuaría su labor colaborando en la ONG que estuvo Esteban. Y pronto, sin tomarse unos días de vacaciones, comenzó su trabajo. Éste no le ocupaba más que media jornada, por lo que Marina también pudo ocuparse de lo que estuvo haciendo el verano pasado. Y aunque el año anterior no consiguió más que buenas palabras y nada más, ella no había perdido la esperanza de que esta vez las cosas salieran bien.

El primer día le explicaron la finalidad de la ONG y su tarea. Quienes llegan a Europa necesitan condiciones de recepción y asistencia adecuadas, particularmente quienes tienen necesidades especiales, como niños separados o no acompañados y sobrevivientes de violencia sexual y de género, igualmente, requieren acceso a procedimientos de asilo justos y eficientes. Por eso hay que promover una mayor solidaridad en los países europeos para asegurar la protección, incluyendo la reunificación familiar y la reubicación eficientes y rápidas. Es decir, un trabajo consistente en agilizar los trámites burocráticos. También le dijeron de la necesidad de un plan de acción más integral que apoye las soluciones a largo plazo para el complejo tema de los flujos migratorios mixtos, así como que ayude a abordar las causas fundamentales, en estrecha cooperación con los países de origen y tránsito, en línea con el derecho internacional.

A los pocos días de estar trabajando, le entregaron la carta de un refugiado. Y empezó a leerla: Hola, soy Naim, un joven que huyó desde Afganistán por las mismas razones que la inmensa mayoría: la violencia y la guerra diaria en nuestro país. Tengo 20 años y vivo en Moria con mi padre y dos hermanas. Mi madre murió en el camino. La más pequeña tiene cuatro años y la otra trece. Hemos dejado nuestro país porque temíamos por nuestras vidas. Estuvimos seis meses entre Irán y Turquía antes de llegar a Grecia en diciembre del año pasado. Así que llevamos cuatro meses en el campo de Moria y, por ahora, pocas posibilidades de salir de aquí en breve tiempo, lo cual hace que mi padre esté depresivo. Pasamos casi todo el tiempo en nuestro habitáculo de madera. Yo procuro dar ánimo y esperanza, pero realmente también yo lo necesito porque estoy desanimado y desesperado. Alguien me ha hablado que vuestra ONG se dedica a la atención de los desplazados por las guerras, y por eso me dirijo a ustedes. Es la única esperanza que aún tengo.

Al terminar de leerla, Marina quiso informarse lo que hay que hacer en casos como éste. Preguntaba a unos y a otros, y nadie le daba una respuesta concreta. Y después de pensarlo mucho, dándole vueltas en la cabeza, vio una posible solución, que no era otra que la de conseguir para el padre y el chico un trabajo, con contrato para que fueran inmigrantes legales. Después de remover Roma con Santiago, se enteró de un hacendado que andaba buscando unos guardeses para una de sus fincas, llamada El Chaparral. Inmediatamente comenzó a hacer gestiones para localizar a esa persona, de la cual sólo tenía escasos datos. Sorprendentemente, en unos días consiguió su propósito. Conectó por internet con el hacendado y quedó con él para hablarle del bien que haría en contratar a la familia del chico de la carta. La conversación no pudo ser más agradable. El propietario de la finca accedió a la propuesta de Marina, pero puso como condición el plazo de un mes para la incorporación de los que serían los nuevos guardeses. Además, el chico trabajaría en las faenas agrícolas propias del campo.

Aún con el lógico contento de lo logrado, Marina sabía que aún quedaba lo más difícil de resolver: sacar a Naim con su padre y sus dos hermanas del campo de refugiados. Sin embargo, no resultó nada complicado, pues la ONG para la que trabajaba tenía bastante experiencia en casos parecidos. Y cuando todavía no había pasado ni siquiera tres semanas del plazo acordado, la familia afgana ya estaba viviendo en la casa de los guardeses de El Chaparral.

Concurso literario

Como todos los años, el colegio Los Álamos había convocado un certamen literario con motivo de las fiestas colegiales que siempre se celebraban a finales del segundo trimestre. En el concurso había varias categorías según las edades, y en el que los concursantes podían presentar trabajos de cualquier género literario: poesías, cuentos, novelas, ensayo, teatro… Los temas eran totalmente libres, así como la extensión de los trabajos. Javier Terriza, alumno de Los Álamos, envió por correo electrónico a todos sus amigos de otros centros docentes las bases del concurso. Sabía que les interesaría a Jacobo Prieto, Raúl Prada y Carolina Saéz, y quizás a algún otro más. De sus compañeros del colegio, seguramente concursarían Carlos Armenteros y Alberto López. Él también tenía pensado escribir una novela corta para presentarla.

Guillermo Sanz, el profesor de Lengua y verdadero promotor del concurso, había animado a sus alumnos a participar, diciéndoles:

Hace ya veinte años, cuando llegué a este colegio, un alumno mío me enseñó un cuento que había escrito. Hablando en plata, aquello era un bodrio. Le hice ver cómo repetía palabras pudiendo emplear sinónimos; el mal uso de la puntuación; la cantidad excesiva de gerundios; demasiadas oraciones subordinadas, en las que el lector se perdía; y los “que” aparecían en cada párrafo como setas en un otoño lluvioso. Sinceramente, me entró ganas de decirle: “No es lo tuyo escribir, dedícate a otra cosa”. Pero no, le animé a seguir escribiendo. Ya iría puliendo el estilo, aprendiendo a expresar sus ideas en el papel. Hace pocos días me ha traído su última publicación. En Wikipedia se dice de él: “Escritor español, autor de novelas de literatura infantil y literatura juvenil. Compagina la docencia universitaria como profesor de Literatura con su labor como novelista. Hasta la fecha ha publicado más de quince obras, entre las que destacan por la buena acogida de la crítica…”, y cita unos cuantos títulos. Por tanto, así como para llegar a un sitio, hay que comenzar a caminar, para ser escritor el día de mañana, es preciso empezar a escribir ya. En ninguna actividad artística, a las primeras de cambio sale una obra medianamente buena, y mucho menos, una obra maestra. Los grandes literatos también tuvieron que tachar y rehacer lo que iban escribiendo, antes de publicar sus obras.

*****

Javier estuvo indeciso a la hora de ponerse ante el ordenador. Sí, escribiría una novela, pero… ¿de fantasía?, ¿de misterio?, ¿de terror? No. Quería algo intimista, que a la vez fuera una denuncia de la sociedad actual. Hay que transmitir un mensaje, se decía. Y eligió como tema la falta de entendimiento entre padres e hijos, la incomunicación entre adultos y niños, el llamado conflicto generacional. Bastante arduo le resultó plasmar su idea en la treintena de folios escritos en una semana, el tiempo que él mismo se había fijado para escribir la novela. Al imprimirla, ¡vaya fatalidad!, la impresora se quedó sin tinta en el séptimo folio. Enseguida telefoneó a Raúl exponerle el problema surgido.

Sí, ven ahora. Estoy aquí, en casa… con Juanma, haciendo unas traducciones de alemán. Puedes imprimir tu novela en mi impresora. Yo he escrito una poesía, pero me da no sé qué…

Déjate de tonterías, preséntala al concurso. En un momento estoy ahí.

Y así fue, al cabo de un rato, Javier llegó con un disquete e imprimió la novela. Con las hojas en las manos, fue comentándosela a los dos amigos, leyendo algún que otro párrafo.

Fijaos lo que he escrito: “José Luis -le decía el padre a su hijo adolescente con el que no se entendía muy bien-; he dedicado muy poco tiempo a estar contigo, a conocer tus problemas… Pero ten la seguridad de que, ahora en adelante, vas a encontrar en mí al mejor de tus amigos”. El muchacho, mirándole fijamente a los ojos, le contestó: “Papá: amigos ya tengo muchos; lo que yo necesito es un padre”. ¿Qué os parece?

Estoy totalmente de acuerdo con tu protagonista, Javier -dijo Raúl-. Además, aunque se tenga mucha confianza con un padre, hay asuntos que no se hablan con él, y con los amigos, sí. Y no porque la materia de estos asuntos sea mala o inmoral o inconveniente. Por ejemplo, si a uno le gusta una niña de su clase, seguramente se lo comentará a sus amigos, pero no a su padre.

Conversando hace tres días con mi preceptor del colegio sobre mi novela -de nuevo era Javier quien hablaba-, él me dijo que la amistad no aporta nada a la paternidad; están en planos distintos. En la amistad hay horizontalidad, mientras que en la paternidad hay verticalidad. Con los amigos, la reciprocidad es igualitaria; con los padres, es desigual. Un buen padre no necesita para nada ser amigo de su hijo. Él lo tiene claro, me lo dio a entender. Además me recalcó que falta de comunicación no es enfrentamiento, y me sugirió que pusiese cómo cada hombre es hijo de su tiempo, y los tiempos cambian, e incluso las formas de pensar en una misma persona en las diversas etapas de su vida, aunque mantenga siempre sus principios. Al terminar, añadió: “Sí, los tiempos cambian, pero hay cosas que permanecen inmutables, como son los valores éticos y morales”.

Juanma se mantuvo al margen de la conversación, silencioso, pero atento. Sólo al final, cuando Javier se disponía irse, rompió su mutismo para decirle a Raúl:

Enséñale tu poesía a Javier.

A Raúl no le quedó más remedio que mostrársela, pero se resistió a leerla como se lo pedía Javier. La había titulado: La noche de estrellas.

La noche, silenciosa, quieta.

Tu mirada hacia la infinitud del espacio celeste,

morada de estrellas inalcanzables.

Horas llenas de oscuridad…

…llegó la luz primera del nuevo día.

La aurora, luz sonrosada del amanecer,

borró de tu cielo las estrellas.

Horas de sol hiriente… y mediodía,

con su cegadora claridad.

Una brisa en la tarde,

y un sol andariego hacia el ocaso.

El crepúsculo, con su horizonte de fuego.

Atrás queda tu ansiedad.

Luminarias en el firmamento

tímidamente suspendidas en el vacío etéreo…

…y en la noche, tu cielo de estrellas.

Javier, después de leerla detenidamente en silencio y, a continuación, de recitarla en voz alta, insistió a su amigo para que concursara.

No se pierde nada por presentarla, y sí se puede ganar algo. Bueno, adiós.

Y se fue muy agradecido.

En el campamento de Montejaque (I)

En el curso 1969-70 hice los trámites para hacer el servicio militar en la IPS (Instrucción Premilitar Superior), es decir, la milicia universitaria. Después de entregar los papeles (instancias, certificado de buena conducta, fotografías…) en las oficinas militares situadas en la calle Baños, n. 50 de Sevilla, realicé una prueba psicológica consistente en unos tests en el cuartel de Regimiento Mixto de Ingenieros de Sevilla. También superé las pruebas físicas, que tuvieron lugar en la Universidad Laboral de Sevilla. Estas pruebas no las hice el día previsto, porque estaba lesionado en una mano. Tuve que esperar unas semanas y hacerlas en la convocatoria de repesca.

La lesión me la produje jugando un partido de fútbol con el equipo del Colegio Mayor Guadaira, en el campo de la RUS (Residencia Universitaria Salesiana).

Los campamentos de la IPS servían para formar oficiales de complemento, pero no todos salían con el empleo de alférez. En mi época un 40% de los aspirantes salían de sargento. Había que estar dos veranos consecutivos en el campamento. Mi primer campamento tuvo una duración de tres meses (junio, julio y agosto). Sin embargo, el segundo sólo fue de dos meses (julio y agosto), pues la IPS iba a desaparecer al año siguiente, siendo sustituida por la IMEC, que ya no sería en campamentos, sino en cuarteles y academias militares.

El día 1 de junio de 1970, en la antigua estación de la Renfe de San Bernardo comenzó nuestra vida militar, y en un tren militar viajamos a Montejaque. El tren salió de Sevilla a las 11 de la noche. Y llegó a la estación de La Indiana al amanecer. De la estación fuimos, ya formados militarmente, al cercano campamento de Montejaque. Éste estaba situado en la ladera de un monte, cerca de Ronda, en la provincia de Málaga. El nombre está tomado de un pueblo de los alrededores que se llama Montejaque.

Pertenecía al arma de Ingenieros, en la sección de Transmisiones. Mi compañía era la 24, perteneciente a la 6ª agrupación, y, como las 23 restantes unidades, estaba formada por 100 caballeros aspirantes a oficial de complemento (Caoc). La mayoría de caoc de la 24 eran compañeros de la Escuela Técnica Superior de Ingenieros Industriales de Sevilla. También había otros de otras universidades y escuelas técnicas (Granada, Murcia, Valencia y Politécnico de Grado Medio de La Rábida) y de diversas carreras (Ciencias Físicas, Ingenieros Técnicos Industriales).

Aquel verano, en el campamento de Montejaque estaban unos 2.400 universitarios haciendo la IPS, agrupados en 4 agrupaciones (3 pertenecientes al Arma de Infantería, con 4 compañías cada una; y 1 perteneciente al Arma de Ingenieros, también con 4 compañías -2 de zapadores y 2 de transmisiones-), 1 escuadrón del Arma de Caballería (4 escuadras) y 1 batallón del Arma de Artillería (4 baterías). La mitad de los 2.400 caoc eran del primer año, y la otra mitad, del segundo año. También estaban las fuerzas auxiliares, compuestas por soldados de reemplazo, y se dedicaban a las faenas domésticas: cocina, comedores, limpiezas…

Los cien de la 24 compañía fuimos distribuidos en diez tiendas de campaña (diez en cada una). A mí me tocó la primera. También fuimos numerados por orden alfabético. Mi número era el 8. En la tienda 1ª estábamos 7 de la Escuela de Ingenieros de Sevilla, pero sí había una representación muy diversificada de las provincias de origen de cada uno. En total, éramos de 9 provincias distintas. Éstas eran: Córdoba, Sevilla (con dos), Cádiz, Huelva, Valladolid, Valencia, Murcia, Granada y Jaén. He aquí los apellidos de los de mi tienda: Álamo, Alonso, Aguilar, Alcolea, Álvarez, Arias, Arroquia, Barba y Benlloch, además del mío, Azcárate.

Algunos caoc de la 24 tenían su apodo, como Aguilar, que era conocido por Coqui; Alonso, por el Sordo, pues un día en el ejercicio de tiro en la galería se quedó medio sordo con los disparos del Mauser. Otros motes tenían relación con la anatomía, como el nabito y el nabón, que se lo pusieron sus propios compañeros de tienda. A otro le llamábamos el guerrillero, pues siempre era voluntario para hacer los ejercicios de combate propuestos por el capitán. Y los que se tomaban muy en serio la milicia universitaria para conseguir un buen número, eran los pringones.

El capitán de la compañía era un valenciano llamado Francisco Calleja, que enseguida le empezamos a nombrarlo entre nosotros como Pacoca. Y los oficiales subalternos eran: el teniente Francisco López Jiménez, de la escala activa del ejército, y los alféreces Almela y De la Torre, de la escala de complemento. En su favor hay que decir que ninguno de los cuatro puso arresto alguno en el campamento del año 1970.

Al frente de la agrupación de Ingenieros estaba el comandante Torre. Pronto le empezamos a llamar el enanito de la calle Baños, por ser hombre de baja estatura y porque le conocimos en las oficinas militares de la citada calle sevillana cuando entregamos la instancia para la IPS.

Un coronel era el jefe del campamento. Su apellido era Casado. Se le veía poco, sólo entre los jardines que rodeaban las oficinas del campamento (puesto de mando, jefatura de estudios) para recibir las novedades a la hora de formar para la oración y arriada de la bandera. Por vérsele siempre entre las matas recibió el apodo del conejito.

No me fue mal el primer campamento, pues saqué el número 33. Pero pasé un mal momento cuando el capitán vio el lanzagranadas de mi tienda muy sucio y yo en aquella semana era el jefe de tienda, por lo que me gané una pequeña bronca y una mala nota. Pienso que si hubiera sido otro, habría sido arrestado. Me parece que el capitán me consideraba una persona responsable, y por eso no salía de su asombro al ver sucio el lanzagranadas de mi tienda siendo yo el jefe y por tanto el responsable de todo el armamento depositado en la tienda.

Al año siguiente pasamos a la Compañía 22. Al ser caballeros aspirantes del segundo año, mejoramos la vivienda. Ya no era una tienda de lona, sino una construcción semiesférica de fábrica, semejante a un iglú de los esquimales, totalmente blanqueada, por lo que se la conocía con el nombre de huevo. El capitán era el mismo del año anterior, el apodado Pacoca. Y el teniente -Francisco López Jiménez- también repetía con nosotros. Los alféreces eran: López García y López Armenteros, de la escala de complemento. En la primera mitad el segundo campamento fui furriel de servicios, por lo que estuve libre de hacer servicios. En este campamento avancé un puesto, pues saqué el número 32, lo que significaba que salía de alférez.