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La Ascensión del Señor a los Cielos

 

El Catecismo de la Iglesia Católica afirma que “la elevación en la Cruz significa y anuncia la elevación en la Ascensión al cielo” (n. 662). La ascensión de Jesús tiene lugar concretamente en el Monte de los olivos, cerca del lugar donde se había retirado en oración antes de la pasión para permanecer en profunda unión con el Padre: una vez más vemos que la oración nos dona la gracia de vivir fieles al proyecto de Dios (Papa Franisco).

La vida terrena de Jesús culmina con el acontecimiento de la Ascensión, es decir, cuando Él pasa de este mundo al Padre y es elevado a su derecha. Mientras sube a la Ciudad Santa, donde tendrá lugar su éxodo de esta vida, Jesús ve ya la meta, el Cielo, pero sabe bien que el camino que le vuelve a llevar a la gloria del Padre pasa por la Cruz, a través de la obediencia al designio divino de amor por la humanidad. También nosotros debemos tener claro, en nuestra vida cristiana, que entrar en la gloria de Dios exige la fidelidad cotidiana a su voluntad, también cuando requiere sacrificio, requiere a veces cambiar nuestros programas (Papa Franisco).

Con la Ascensión, el Hijo de Dios llevó junto al Padre nuestra humanidad que Él asumió y quiere atraer a todos hacia sí, llamar a todo el mundo para que sea acogido entre los brazos abiertos de Dios, para que, al final de la historia, toda la realidad sea entregada al Padre (Papa Francisco).

Sábado Santo

El Sábado Santo es el día en el que la Iglesia contempla el “descanso” de Cristo en la tumba después de la victoriosa lucha en la cruz. La Iglesia, una vez más, se identifica con María: toda su fe es recogida en Ella, la primera y perfecta creyente. En la oscuridad que envuelve la creación, Ella permanece sola teniendo encendida la llama de la fe, esperando contra cualquier esperanza en la Resurrección de Jesús. En la gran Vigilia Pascual, celebramos a Cristo resucitado, centro y final del cosmos y de la historia; estamos despiertos llenos de esperanza esperando su regreso, cuando la Pascua tendrá su plena manifestación. A veces la oscuridad de la noche parece penetrar en el alma; a veces pensamos: “Ya no hay nada que hacer”, y el corazón no encuentra la fuerza para amar. Pero precisamente en esa oscuridad Cristo enciende el fuego del amor de Dios: La piedra del dolor se ha volcado dejando espacio a la esperanza. ¡Éste es el gran misterio de la Pascua! En esta noche santa la Iglesia nos entrega la luz del Resucitado, para que en nosotros esté la esperanza de quien se abre a un presente lleno de futuro: Cristo ha vencido y nosotros con Él (Papa Francisco).

Reflexión sobre la Cuaresma

Palabras del Papa Francisco

Sólo cuando las dificultades y los sufrimientos de nuestros hermanos nos interpelan , podemos iniciar nuestro camino de conversión hacia la Pascua. Es un itinerario que comprende la cruz y la renuncia. El Evangelio de hoy (evangelio de la Misa del miércoles de ceniza) indica los elementos de este camino espiritual: la oración, el ayuno y la limosna. Lo que cuenta no es la apariencia. La oración es la fuerza del cristiano y de cada creyente. En la debilidad y en la fragilidad de nuestra vida, podemos dirigirnos a Dios con confianza de hijos y entrar en comunión con Él. El ayuno tiene sentido si verdaderamente menoscaba nuestra seguridad, e incluso si de ello se deriva un beneficio para los demás. La limosna indica la gratuidad, porque en la limosna se da alguien de quien no se espera recibir algo a cambio.

Al inicio de la Cuaresma, la Iglesia nos hace leer, nos hace escuchar un mensaje que podríamos titularlo el estilo cristiano: “Si alguien quiere seguirme, es decir, ser cristiano, ser mi discípulo, niéguese a sí mismo, tome su cruz y sígame”. Porque Él, Jesús, fue el primero en recorrer este camino. “El Hijo del hombre tenía que padecer mucho, ser desechado por los ancianos, sumos sacerdotes y escribas, ser ejecutado y resucitar al tercer día”. No podemos pensar en la vida cristiana fuera de este camino, de este camino que Él recorrió primero. Es el camino de la humildad, incluso de la humillación, de la negación de sí mismo, porque el estilo cristiano sin cruz no es de ninguna manera cristiano, y si la cruz es una cruz sin Jesús, no es cristiana.

Ante tantas heridas que nos hacen daño y que nos podrían endurecer el corazón, estamos llamados a sumergirnos en el mar de la oración, que es el mar inmenso de Dios, para gustar su ternura. La Cuaresma es tiempo de oración, de una oración más intensa, más prolongada, más asidua, más capaz de hacerse cargo de las necesidades de los hermanos; oración de intercesión, para interceder ante Dios por tantas situaciones de pobreza y sufrimiento. En el camino cuaresmal está también el ayuno. El ayuno comporta la elección de una vida sobria, en su estilo; una vida que no derrocha, una vida que no “descarta”. Ayunar nos ayuda a entrenar el corazón en la esencialidad y en el compartir. Es un signo de toma de conciencia y de responsabilidad ante las injusticias, los atropellos, especialmente respecto a los pobres y los pequeños, y es un signo de la confianza que ponemos en Dios y en su providencia. La limosna nos ayuda a vivir la gratuidad del don, que es libertad de la obsesión del poseer, del miedo a perder lo que se tiene, de la tristeza de quien no quiere compartir con los demás el propio bienestar.

(El que no está conmigo está contra mí…). En el período de la Cuaresma, la Iglesia, en nombre de Dios, renueva la llamada a la conversión. Es la llamada a cambiar de vida. Convertirse no es cuestión de un momento o de un período del año, es un compromiso que dura toda la vida. ¿Quién entre nosotros puede presumir de no ser pecador? Nadie. Todos los somos. Escribe el apóstol Juan: Si decimos que no hemos pecado, nos engañamos y la verdad no está en nosotros. Pero si confesamos nuestros pecados, Él, que es fiel y justo, nos perdonará los pecados y nos limpiará de toda injusticia (1 Jn 1, 8-9).

Jesús relee las tres obras de piedad previstas por la ley de Moisés: la limosna, la oración y el ayuno. Jesús nos invita a cumplir estas obras sin ninguna ostentación, y a confiar únicamente en la recompensa del Padre que ve en lo secreto. El Señor no se cansa nunca de tener misericordia de nosotros, y quiere ofrecernos una vez más su perdón, todos lo necesitamos, invitándonos a volver a Él con un corazón nuevo, purificado del mal, purificado por las lágrimas, para participar de su alegría. Somos criaturas limitadas, pecadores cada vez más necesitados de penitencia y conversión. En Él podemos convertirnos en justos, en Él podemos cambiar, si acogemos la gracia de Dios y no dejamos pasar en vano el momento favorable. Que María Inmaculada nos acompañe en este momento favorable, para que podamos llegar y cantar juntos la exultación de la victoria en la Pascua de la Resurrección (18.II.2015).

El verdadero ayuno es el ayuno que no es solamente externo, una observancia externa, sino que es un ayuno q ue viene del corazón. En las tablas de la ley está la ley hacia Dios y la ley hacia el prójimo y las dos van juntas. Están unidos: el amor a Dios y el amor al prójimo son una unidad y si tú quieres hacer penitencia, debes hacerla delante de Dios y también con tu hermano, con el prójimo. El camino de la Cuaresma es doble, a Dios y al prójimo, es decir, es real, no es meramente formal. No es no comer carne solamente el viernes, hacer algo, y después hacer crecer el egoísmo, la explotación del prójimo, la ignorancia de los pobres. Tú no puedes hacer ofrendas a la Iglesia sobre los hombros de la injusticia que haces con tus trabajadores. Esto es un pecado gravísimo: es usar a Dios para cubrir la injusticia. ¿Qué puedo hacer por los niños, por los ancianos, que no tienen posibilidad de ser visitados por un médico? (20.II.2015).

Todos nosotros tenemos dentro algunas zonas, algunas partes de nuestro corazón, que no están vivas, que están un poco muertas; y algunos tienen muchos sectores del corazón muertos, una auténtica necrosis espiritual. Y cuando nosotros estamos en esta situación y nos damos cuenta de ello, tenemos ganas de salir de allí, pero no podemos. Sólo el poder de Jesús, el poder de Jesús es capaz de ayudarnos a salir de estas zonas muertas del corazón, estas tumbas de pecado, que todos nosotros tenemos. ¡Todos somos pecadores!Pero si estamos muy apegados a estos sepulcros y los custodiamos dentro de nosotros y no queremos que todo nuestro corazón resucite a la vida, nos convertimos en corruptos y nuestra alma comienza a dar “mal olor”, el olor de esa persona que está apegada al pecado. Y la Cuaresma es para esto. Para que todos nosotros, que somos pecadores, no acabemos apegados al pecado (6.IV.2014).

Tercer Domingo de Adviento

3º Domingo. ¡Estad alegres! La alegría es la nota dominante de este domingo. El tema no es nuevo. Al contrario, ha estado tradicionalmente unido al tercer domingo de Adviento.

Esta alegría está provocada por un doble motivo: la próxima venida del Señor en Navidad (oración colecta y después de la Comunión, lecturas 1ª y 3ª que hablan) y su vuelta al final de los tiempos. De la alegría que comporta la ya cercana Navidad hablan las oraciones colecta y después de la comunión, así como la primera lectura y el evangelio, que nos anuncian que han llegado los tiempos mesiánicos, es decir: la Encarnación del Verbo. Esa presencia de Dios entre nosotros es la verdadera causa de nuestra alegría.

Por eso, el gran enemigo de la alegría cristiana es el pecado en todas sus formas y manifestaciones, pues nos priva de la presencia íntima de Dios. Si nosotros y nuestros hermanos queremos celebrar la Navidad con “alegría desbordante” -como pedimos en la oración colecta- nada mejor que hacer una buena confesión en estos días, y animar a que nuestros amigos y parientes hagan esta experiencia.

Las dos venidas del Señor

Las dos venidas del Señor

Os anunciamos la venida de Cristo, y no sólo una, sinto también una segunda que será sin duda más gloriosa que la primera. La primera se realizó en el sufrimiento, la segunda traerá consigo la corona del reino.

Porque en nuestro Señor Jesucristo casi todo presenta una doble dimensión: Doble fue su nacimiento: uno de Dios, antes de todos los siglos; otro de la Virgen, en la plenitud de los tiempos. Doble fue venida: una en la oscuridad y calladamente, como lluvia sobre la hierba; la segunda en el esplendor de su gloria, que se realizará en el futuro.

En la primera venida fue envuelto en pañales y recostado en un pesebre; en la segunda aparecerá vestido de luz. En la primera sufrió la cruz, pasando por encima de su ignominia; en la segunda vendrá lleno de poder y de gloria, rodeado de todos los ángeles.

Por lo tanto, no nos detengamos sólo en la primera venida, sino esperemos ansiosamente la segunda. Y así como en la primera dijimos: Bendito el que viene en nombre del Señor, en la segunda repetiremos lo mismo cuando, junto con sus ángeles, salgamos a su encuentro y lo aclamemos adorándolo y diciendo de nuevo: Bendito el que viene en nombre del Señor.

(San Cirilo de Jerusalén, Catequesis)

 

Prólogo de la Navidad

El Adviento, prólogo de la Navidad

El Adviento, prólogo de la Navidad

El carácter festivo y de celebración que trae consigo la Navidad irrumpe en los comportamientos personales, familiares y sociales. La Navidad asoma día a día y se desparrama gozosamente en la última semana de diciembre.

Pero la Navidad o es cristiana o se vacía de sentido. Se celebra y se conmemora el nacimiento de Jesús, Hijo de Dios en nuestra carne y naturaleza. Una presencia entrañable en un recién nacido de María: os nacido el Salvador… como expresión inconfundible del amor de Dios.

Tan apretada historia, tan fuerte realidad no pueden ser entendidas ni vividas de improviso en el repentino amanecer del día 24 de diciembre. Por eso la Iglesia con sabia pedagogía establece programa y calendario que preparan tan fuerte acontecimiento. Es el Adviento, prólogo del libro de la Navidad sin cuya lectura reflexiva resulta imposible su comprensión. Cuatro semanas de catequesis y liturgia, de contemplación y ascesis preparándonos para el nacimiento de Jesús.

La navidad sin el prólogo del Adviento, queda sin contexto y sin contenido profundo. Por el contrario, tras un adviento intenso y consciente, la Navidad es un gozo nuevo y gratificante.

¿Por qué viene el Señor?

¿Por qué viene el Señor?

El Señor está cerca, nos repite la liturgia con acentos cada vez más vibrantes y apasionados.

¿Por qué viene el Señor a nosotros?

Dios viene porque quiere que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento de la verdad.

Viene porque ha creado el mundo y al hombre por amor.

Viene a causa del pecado.

Viene a pesar del pecado.

Viene para quitar el pecado.

No nos extrañemos, por eso, de que en la noche de Navidad no encuentre sitio en las casas de Belén y tenga que nacer en un establo.

El Adviento de cada año nos recuerda que la gracia es más fuerte que el pecado.

(San Juan Pablo II)