Archivo de la categoría: Liturgia

El culto a Dios y a los santos

El culto a Dios y a los santos

creo conocer la diferencia que hay del culto de “latría” que sólo se debe a Dios; pero el de “dulía” e “hiperdulía” ya no lo tengo tan claro.

No se complique la vida : ame a Dios con todo el corazón, con toda el alma y con toda la mente, como dice el Evangelio. Y a la Virgen venérela y ámela desde el agradecimiento que debemos a Dios Padre por habernos dado a su Hijo Jesús por medio de María. Y a los santos hónrelos y deles culto por su ejemplaridad de vida.

La teología diferencia los distintos cultos. El culto se refiere a las múltiples formas de homenaje, respeto y amor tributado. Si es Dios se denomina “culto de latría”. La tría es una palabra griega que significa adoración. Este culto sólo se da a Dios.

Para designar el culto a los santos se emplea el término “dulía” que significa esclavitud. El culto no es de adoración sino de veneración a un siervo de Dios. Y a la Virgen se le da el culto de “hiperdulía” (palabra griega: hiper = sobre, y dulía = servidumbre). Por lo tanto a la Madre de Dios se la venera con un culto más excelente que a los santos.

Anuncios

La fiesta de la Inmaculada Concepción

Fiesta de la Inmaculada Concepción

La proclamación de la maternidad divina de María, del Concilio de Éfeso (año 431), hizo surgir una serie de fiestas marianas en la Iglesia, partiendo de Jerusalén, donde se había desplegado en torno a la de la Asunción, celebrada ya unos años antes del Concilio de Éfeso en Jerusalén y Belén, bajo la denominación de Theotokos (Madre de Dios).

A partir de Éfeso fue surgiendo entre el pueblo cristiano y sus teólogos una piadosa creencia en torno a la Inmaculada Concepción, por el hecho de ser ésta madre del Redentor. Varios Padres y teólogos enseñaron esa doctrina en los primeros siglos, contándose, entre ellos, san Efrén de Siria (siglo IV), y san Prócolo, patriarca de Constantinopla, (siglo V), quien emplea aquella comparación tan expresiva: Dios es como el alfarero que, teniendo la posibilidad de fabricar un vaso limpio, jamás hubiese hecho uno manchado.

La fiesta de la concepción de santa Ana, celebrada en la Iglesia bizantina, desde el siglo VIII, fue trasladada a Inglaterra en el siglo XI, convirtiéndose, a mediados del siglo XII, en la de la Concepción de María. De aquí se extendió a la Normandía francesa, y, finalmente, a todas partes.

Entre el siglo XI y el siglo XIX en que tiene lugar la definición del beato Pío IX (1846-1878), se desarrolla una discusión teológica prolongada sobre el tema. Del lado negativo se colocaban los dominicos, que seguían a santo Tomás de Aquino (1225-1274), mientras en el positivo militaban los franciscanos, continuadores del beato Juan Duns Scoto (1266-1308).

El tratado de Eadmero Cantuariensis, discípulo de san Anselmo (+ 1109), sobre la Inmaculada Concepción, despertó notable interés y, a partir del siglo XIII, la tesis adquirió apoyo notable de parte de los franciscanos, que adoptaron la fiesta en 1263.

Los papas autorizaron la celebración de la Inmaculada en su estancia en Aviñón y la constitución Cum praeexcelsa, de Sixto IV (1491-1484), la introdujo en la diócesis de Roma y, en la bula Gravis nimis (año 1483), concedió especiales indulgencias a quienes celebraban su fiesta. El Concilio de Basilea, en su fase cismática, llegó a definir la Inmaculada Concepción como dogma (año 1437), si bien en la sesión XXVI del 17 de septiembre de 1439, declaró la doctrina sobre la Inmaculada Concepción como opinión piadosa y conforme con el culto de la Iglesia y con la fe católica.

Esta doctrina siguió progresando en los documentos de Julio II (1503-1513), León X (1513-1521), Pío IV (1559-1565), Sixto V (1585-1590), y entre los intelectuales. La universidad de París (año 1497), por ejemplo, y despúes las de Colonia y Maguncia, exigieron el juramento en la Inmaculada Concepción para obtener el grado de doctor, siendo requisito, ya en el siglo XVII, en 150 universidades europeas.

En general, puede decirse que, hacia mediados del siglo XVII, la causa de la Inmaculada había ya triunfado. Las mismas universidades, las ciudades, los príncipes y personas particulares hacían voto especial de defender, incluso con la propia sangre, el privilegio de María. Varios teólogos dedican tratados al tema de la Inmaculada, y poetas, escritores y pintores, como Bartolomé Esteban Murillo (1612-1682), exaltaron el misterio en obras de valor inmortal.

El magisterio de la Iglesia fue tomando postura, cada vez más clara, en favor de la tradición inmaculista. San Pío V (1566-1572) incluyó la fiesta en el misal romano; Paulo V (1605-1621), en un Breve (12 de septiembre de 1617) manda que nadie ose afirmar ni defender la opinión contraria; Alejandro VIII (1655-1667), en su bula Sollicitudo omnium ecclesiarum (año 1661), confirmó las disposiciones precedentes e instituyó la fiesta de la inmaculada, dando con ello, por supuesto, el dogma de la Inmaculada; y Clemente XI hizo obligatoria la fiesta para todo el rito romano (año 1708). por fin, el beato Pío IX definió el dogma de la Inmaculada el 8 de diciembre de 1854, después de consultar a un grupo de teólogos (año 1848) y de obispos, reunidos en Roma (año 1849), y cuatro años después de la proclamación del dogma vino la confirmación del Cielo. En varias apariciones ente el 11 y el 16 de febrero de 1858 la Virgen de Lourdes se identificaba, ante san Bernardette Soubirous (1844-1879) diciendo: Yo soy la Inmaculada Concepción.

La Ascensión del Señor (Palabras del Papa Francisco)

El Catecismo de la Iglesia Católica afirma que “la elevación en la Cruz significa y anuncia la elevación en la Ascensión al cielo” (n. 662). La ascensión de Jesús tiene lugar concretamente en el Monte de los olivos, cerca del lugar donde se había retirado en oración antes de la pasión para permanecer en profunda unión con el Padre: una vez más vemos que la oración nos dona la gracia de vivir fieles al proyecto de Dios.

 

La vida terrena de Jesús culmina con el acontecimiento de la Ascensión, es decir, cuando Él pasa de este mundo al Padre y es elevado a su derecha. Mientras sube a la Ciudad Santa, donde tendrá lugar su éxodo de esta vida, Jesús ve ya la meta, el Cielo, pero sabe bien que el camino que le vuelve a llevar a la gloria del Padre pasa por la Cruz, a través de la obediencia al designio divino de amor por la humanidad. También nosotros debemos tener claro, en nuestra vida cristiana, que entrar en la gloria de Dios exige la fidelidad cotidiana a su voluntad, también cuando requiere sacrificio, requiere a veces cambiar nuestros programas.

 

Con la Ascensión, el Hijo de Dios llevó junto al Padre nuestra humanidad que Él asumió y quiere atraer a todos hacia sí, llamar a todo el mundo para que sea acogido entre los brazos abiertos de Dios, para que, al final de la historia, toda la realidad sea entregada al Padre.

 

La Ascensión no indica la ausencia de Jesús, sino que nos dice que Él vive en medio de nosotros de uno modo nuevo. Ya no está en un sitio preciso del mundo, ahora está en el señorío de Dios, presente en todo espacio y tiempo, cerca de cada uno de nosotros. En nuestra vida nunca estamos solos: contamos con este abogado que nos espera, que nos defiende.

La Ascensión del Señor a los Cielos

 

El Catecismo de la Iglesia Católica afirma que “la elevación en la Cruz significa y anuncia la elevación en la Ascensión al cielo” (n. 662). La ascensión de Jesús tiene lugar concretamente en el Monte de los olivos, cerca del lugar donde se había retirado en oración antes de la pasión para permanecer en profunda unión con el Padre: una vez más vemos que la oración nos dona la gracia de vivir fieles al proyecto de Dios (Papa Franisco).

La vida terrena de Jesús culmina con el acontecimiento de la Ascensión, es decir, cuando Él pasa de este mundo al Padre y es elevado a su derecha. Mientras sube a la Ciudad Santa, donde tendrá lugar su éxodo de esta vida, Jesús ve ya la meta, el Cielo, pero sabe bien que el camino que le vuelve a llevar a la gloria del Padre pasa por la Cruz, a través de la obediencia al designio divino de amor por la humanidad. También nosotros debemos tener claro, en nuestra vida cristiana, que entrar en la gloria de Dios exige la fidelidad cotidiana a su voluntad, también cuando requiere sacrificio, requiere a veces cambiar nuestros programas (Papa Franisco).

Con la Ascensión, el Hijo de Dios llevó junto al Padre nuestra humanidad que Él asumió y quiere atraer a todos hacia sí, llamar a todo el mundo para que sea acogido entre los brazos abiertos de Dios, para que, al final de la historia, toda la realidad sea entregada al Padre (Papa Francisco).

Sábado Santo

El Sábado Santo es el día en el que la Iglesia contempla el “descanso” de Cristo en la tumba después de la victoriosa lucha en la cruz. La Iglesia, una vez más, se identifica con María: toda su fe es recogida en Ella, la primera y perfecta creyente. En la oscuridad que envuelve la creación, Ella permanece sola teniendo encendida la llama de la fe, esperando contra cualquier esperanza en la Resurrección de Jesús. En la gran Vigilia Pascual, celebramos a Cristo resucitado, centro y final del cosmos y de la historia; estamos despiertos llenos de esperanza esperando su regreso, cuando la Pascua tendrá su plena manifestación. A veces la oscuridad de la noche parece penetrar en el alma; a veces pensamos: “Ya no hay nada que hacer”, y el corazón no encuentra la fuerza para amar. Pero precisamente en esa oscuridad Cristo enciende el fuego del amor de Dios: La piedra del dolor se ha volcado dejando espacio a la esperanza. ¡Éste es el gran misterio de la Pascua! En esta noche santa la Iglesia nos entrega la luz del Resucitado, para que en nosotros esté la esperanza de quien se abre a un presente lleno de futuro: Cristo ha vencido y nosotros con Él (Papa Francisco).

Reflexión sobre la Cuaresma

Palabras del Papa Francisco

Sólo cuando las dificultades y los sufrimientos de nuestros hermanos nos interpelan , podemos iniciar nuestro camino de conversión hacia la Pascua. Es un itinerario que comprende la cruz y la renuncia. El Evangelio de hoy (evangelio de la Misa del miércoles de ceniza) indica los elementos de este camino espiritual: la oración, el ayuno y la limosna. Lo que cuenta no es la apariencia. La oración es la fuerza del cristiano y de cada creyente. En la debilidad y en la fragilidad de nuestra vida, podemos dirigirnos a Dios con confianza de hijos y entrar en comunión con Él. El ayuno tiene sentido si verdaderamente menoscaba nuestra seguridad, e incluso si de ello se deriva un beneficio para los demás. La limosna indica la gratuidad, porque en la limosna se da alguien de quien no se espera recibir algo a cambio.

Al inicio de la Cuaresma, la Iglesia nos hace leer, nos hace escuchar un mensaje que podríamos titularlo el estilo cristiano: “Si alguien quiere seguirme, es decir, ser cristiano, ser mi discípulo, niéguese a sí mismo, tome su cruz y sígame”. Porque Él, Jesús, fue el primero en recorrer este camino. “El Hijo del hombre tenía que padecer mucho, ser desechado por los ancianos, sumos sacerdotes y escribas, ser ejecutado y resucitar al tercer día”. No podemos pensar en la vida cristiana fuera de este camino, de este camino que Él recorrió primero. Es el camino de la humildad, incluso de la humillación, de la negación de sí mismo, porque el estilo cristiano sin cruz no es de ninguna manera cristiano, y si la cruz es una cruz sin Jesús, no es cristiana.

Ante tantas heridas que nos hacen daño y que nos podrían endurecer el corazón, estamos llamados a sumergirnos en el mar de la oración, que es el mar inmenso de Dios, para gustar su ternura. La Cuaresma es tiempo de oración, de una oración más intensa, más prolongada, más asidua, más capaz de hacerse cargo de las necesidades de los hermanos; oración de intercesión, para interceder ante Dios por tantas situaciones de pobreza y sufrimiento. En el camino cuaresmal está también el ayuno. El ayuno comporta la elección de una vida sobria, en su estilo; una vida que no derrocha, una vida que no “descarta”. Ayunar nos ayuda a entrenar el corazón en la esencialidad y en el compartir. Es un signo de toma de conciencia y de responsabilidad ante las injusticias, los atropellos, especialmente respecto a los pobres y los pequeños, y es un signo de la confianza que ponemos en Dios y en su providencia. La limosna nos ayuda a vivir la gratuidad del don, que es libertad de la obsesión del poseer, del miedo a perder lo que se tiene, de la tristeza de quien no quiere compartir con los demás el propio bienestar.

(El que no está conmigo está contra mí…). En el período de la Cuaresma, la Iglesia, en nombre de Dios, renueva la llamada a la conversión. Es la llamada a cambiar de vida. Convertirse no es cuestión de un momento o de un período del año, es un compromiso que dura toda la vida. ¿Quién entre nosotros puede presumir de no ser pecador? Nadie. Todos los somos. Escribe el apóstol Juan: Si decimos que no hemos pecado, nos engañamos y la verdad no está en nosotros. Pero si confesamos nuestros pecados, Él, que es fiel y justo, nos perdonará los pecados y nos limpiará de toda injusticia (1 Jn 1, 8-9).

Jesús relee las tres obras de piedad previstas por la ley de Moisés: la limosna, la oración y el ayuno. Jesús nos invita a cumplir estas obras sin ninguna ostentación, y a confiar únicamente en la recompensa del Padre que ve en lo secreto. El Señor no se cansa nunca de tener misericordia de nosotros, y quiere ofrecernos una vez más su perdón, todos lo necesitamos, invitándonos a volver a Él con un corazón nuevo, purificado del mal, purificado por las lágrimas, para participar de su alegría. Somos criaturas limitadas, pecadores cada vez más necesitados de penitencia y conversión. En Él podemos convertirnos en justos, en Él podemos cambiar, si acogemos la gracia de Dios y no dejamos pasar en vano el momento favorable. Que María Inmaculada nos acompañe en este momento favorable, para que podamos llegar y cantar juntos la exultación de la victoria en la Pascua de la Resurrección (18.II.2015).

El verdadero ayuno es el ayuno que no es solamente externo, una observancia externa, sino que es un ayuno q ue viene del corazón. En las tablas de la ley está la ley hacia Dios y la ley hacia el prójimo y las dos van juntas. Están unidos: el amor a Dios y el amor al prójimo son una unidad y si tú quieres hacer penitencia, debes hacerla delante de Dios y también con tu hermano, con el prójimo. El camino de la Cuaresma es doble, a Dios y al prójimo, es decir, es real, no es meramente formal. No es no comer carne solamente el viernes, hacer algo, y después hacer crecer el egoísmo, la explotación del prójimo, la ignorancia de los pobres. Tú no puedes hacer ofrendas a la Iglesia sobre los hombros de la injusticia que haces con tus trabajadores. Esto es un pecado gravísimo: es usar a Dios para cubrir la injusticia. ¿Qué puedo hacer por los niños, por los ancianos, que no tienen posibilidad de ser visitados por un médico? (20.II.2015).

Todos nosotros tenemos dentro algunas zonas, algunas partes de nuestro corazón, que no están vivas, que están un poco muertas; y algunos tienen muchos sectores del corazón muertos, una auténtica necrosis espiritual. Y cuando nosotros estamos en esta situación y nos damos cuenta de ello, tenemos ganas de salir de allí, pero no podemos. Sólo el poder de Jesús, el poder de Jesús es capaz de ayudarnos a salir de estas zonas muertas del corazón, estas tumbas de pecado, que todos nosotros tenemos. ¡Todos somos pecadores!Pero si estamos muy apegados a estos sepulcros y los custodiamos dentro de nosotros y no queremos que todo nuestro corazón resucite a la vida, nos convertimos en corruptos y nuestra alma comienza a dar “mal olor”, el olor de esa persona que está apegada al pecado. Y la Cuaresma es para esto. Para que todos nosotros, que somos pecadores, no acabemos apegados al pecado (6.IV.2014).

Tercer Domingo de Adviento

3º Domingo. ¡Estad alegres! La alegría es la nota dominante de este domingo. El tema no es nuevo. Al contrario, ha estado tradicionalmente unido al tercer domingo de Adviento.

Esta alegría está provocada por un doble motivo: la próxima venida del Señor en Navidad (oración colecta y después de la Comunión, lecturas 1ª y 3ª que hablan) y su vuelta al final de los tiempos. De la alegría que comporta la ya cercana Navidad hablan las oraciones colecta y después de la comunión, así como la primera lectura y el evangelio, que nos anuncian que han llegado los tiempos mesiánicos, es decir: la Encarnación del Verbo. Esa presencia de Dios entre nosotros es la verdadera causa de nuestra alegría.

Por eso, el gran enemigo de la alegría cristiana es el pecado en todas sus formas y manifestaciones, pues nos priva de la presencia íntima de Dios. Si nosotros y nuestros hermanos queremos celebrar la Navidad con “alegría desbordante” -como pedimos en la oración colecta- nada mejor que hacer una buena confesión en estos días, y animar a que nuestros amigos y parientes hagan esta experiencia.